Una amistad que nos unió para siempre

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Testimonio de Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado Emérito de México
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Han pasado poco más de cincuenta años desde que Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei; nos acercamos al también áureo jubileo de la fundación de su Sección Femenina, y los frutos con que el Señor ha bendecido a esta querida asociación de fieles son un motivo más para agradecer a Dios esta nueva mues­tra de su misericordia.

Desde el primer encuentro que a principios de 1959 tuvimos con Monseñor Escrivá de Balaguer –se encontraba acompañado por el Dr. Alvaro del Portillo, actual presidente general de la aso­ciación, y siempre lo vimos a su lado–, fuimos conscientes de que el Señor nos brindaba con ello una venturosa oportunidad para nuestra vida espiritual. Las visitas que en cumplimiento de nuestro ministerio episcopal debíamos gustosamente hacer al Romano Pontífice nos brindaron igualmente la oportunidad de visitar con frecuencia al fundador del Opus Dei, quien desde 1946 había esta­blecido en esa ciudad su residencia, y de profundizar en nuestra amistad.

En nuestras conversaciones, rebosantes de un gran cariño sobrenatural y humano y en las que Monseñor Escrivá nos atendía sin prisas produciéndonos la impresión de que no había cosa más importante para él que nuestra persona, pudimos descubrir en el fundador del Opus Dei un alma especialmente favorecida por Dios con gracias singularísimas, y cuyo ministerio sacerdotal trascendía a todo el mundo a través de la Obra a él encomendada por voluntad divina.

Esa amistad que nos unió para siempre propició el descubri­miento de campos nuevos para nuestra actividad, todos ellos movi­dos por un genuino espíritu apostólico; y al mismo tiempo, nos pro­porcionó una confirmación alentadora de nuestros trabajos pasto­rales. Especial importancia supuso para nosotros el concepto que de la formación cristiana, plena e integral, tenía Monseñor Escrivá de Balaguer, y que vino a resolver una de nuestras grandes inquie­tudes en el campo del apostolado con los seglares, presente ya desde nuestra ordenación sacerdotal en 1919, y cuya importancia con­firmamos primero en nuestra pequeña Diócesis de Tulancingo en 1937, y posteriormente, en nuestra enorme Archidiócesis de Méxi­co a partir de 1955. Para el fundador del Opus Dei la formación doctrinal significa «el suficiente conocimiento que cada fiel debe tener de la misión total de la Iglesia y de la peculiar participación y consiguiente responsabilidad específica que a él le corresponde en esa misión única». (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer. Ed. Rialp, Madrid, 976, núm. 2).

A nadie sorprende que estas relaciones inspiradas por Dios y mantenidas con lealtad y fidelidad entre dos sacerdotes pudiesen ser –como de hecho han sido – fuente de inspiración para ulteriores trabajos en nuestras vidas. La visión que los ojos de Cristo tienen del mundo en toda su integridad es la misma que tienen los ojos sacerdotales que procuran mirar con las pupilas del Señor.

Anterior a nuestro encuentro con él había sido el conocimiento de su Obra en México: un horizonte nuevo, alumbrado por la luz de Cristo, se abría ante nosotros como una expansión del mismo campo pastoral en que hemos vivido consagrados; un horizonte dis­tinto, pero indeleblemente marcado con el sello inconfundible de lo divino, que aparecía hasta en el nombre propio: Opus Dei. Ahora que ha cumplido sus primeros cincuenta años de existencia sobre la tierra, podemos sin dificultad comprobar que la Obra es nueva y antigua a la vez: antigua porque es de Cristo; y nueva porque Cristo es de hoy y propende al futuro, y en él se expande con naturalidad; porque Cristo es de siempre.

Desde el comienzo de la labor de la Obra en México con no poca complacencia contemplamos que se ha mantenido una estre­cha y amistosa relación con el Arzobispo Primado. Fue en junio de 1948 cuando mi predecesor, de gratísima memoria, el Excmo. y Rvmo. Sr. Dr. D. Luis Mª Martínez, concedió amabilísimamente la oportuna autorización para que se estableciera en la Archidió­cesis el primer Centro del Opus Dei en México y de América. Y fue el mismo Sr. Martínez, el 19 de marzo de 1949, atendiendo a la invitación que le hiciera el Consiliario en este país, quien celebró por primera vez la Santa Misa en el oratorio de ese centro y dejó el Santísimo Sacramento en el Sagrario. Una prueba más de esa amistad, entre muchas que se podrían señalar, está en el hecho de haber tenido entre los invitados a la Misa que con motivo de nues­tras Bodas de Plata Episcopales celebramos, sin solemnidad alguna pero con profunda piedad, en el Altar de la Confesión de la Basílica Vaticana, a un sacerdote del Opus Dei.

De todas nuestras fraternas conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, así como de la meditada lectura de sus escritos, que tanto bien han hecho y hacen a las almas, podemos atestiguar lo que siempre hemos visto en sus hijos en estos treinta años de labor de la Obra en nuestro país: su acendrado amor al Romano Pontífice y a la Iglesia toda: su preocupación siempre presente por el bien de las almas, y su fidelidad inconmovible a la doctrina de Cristo y al Magisterio eclesiástico. Pudimos comprobarlo una vez más en esta misma Archidiócesis cuando en 1970, aun antes de ver a sus hijos, vino a pedirnos las licencias necesarias para desempeñar su ministerio durante su estancia entre nosotros.

Con su natural buen humor nos comentaba en esa misma oca­sión: «Antes de ver a las ovejas, quise ver al Pastor». Se cumplía así lo que con tanta insistencia le encarecíamos siempre que le visi­tábamos en Roma: que viniera a México y visitara a esos hijos suyos que con fidelidad ejemplar estaban sirviendo a la Iglesia. Fue sin embargo su profundo amor a la Virgen de Guadalupe lo que le hizo venir a nuestro país, y se cumplió a la letra lo que con anterioridad había dicho: «Cuando vaya a la Villa, tendrán que sacarme de allí con grúa». A lo que recordamos haberle contestado de inmediato: «No seré yo quien la ponga».

Bastan estas ideas para comprender lo que significó para noso­tros recibir, el mes de junio de 1975, de forma súbita e imprevista, la noticia de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, nuestro amadísimo hermano. Aunque mirando este hecho a la luz de la fe, ¿qué podríamos sentir sino que el amor de Dios se lo llevó para tenerlo cerca de Sí y recompensarlo por la vida que él consagró totalmente a la gloria del mismo Señor y al servicio de todas las almas? Al fin y al cabo todos somos peregrinos y transeúntes, y nuestra vida es corta en comparación con la eternidad.

¡Qué bello resultaba descubrir en Monseñor Escrivá una real madurez humana y sobrenatural, puesta al servicio de las almas, con medidas y aspiraciones inspiradas por el Corazón Misericor­dioso de Cristo, que vivió y murió por todos y cada uno de nosotros!

Sabemos que el 50 aniversario de la fundación del Opus Dei, celebrado con el peso de la Cruz por el dolor que supuso la ines­perada muerte de S.S. Juan Pablo I, estuvo impregnado en todos sus hijos del recuerdo de su fundador y del propósito firme de man­tener una estricta fidelidad al espíritu por él predicado y vivido. Serán el ejemplo de su alma sacerdotal, y el recuerdo de su vida y afán apostólico, el alimento vigoroso que dé a su Obra el ímpetu necesario para difundirse con las mismas medidas generosas que su fundador le imprimió.

Tenernos la seguridad de que ese ejemplo de apostolado grabado en todos sus hijos contribuirá a que ese mismo espíritu suscite en el mundo y en todos los cristianos una actividad concorde para cum­plir la voluntad de Dios, que amó a todos los hombres y que a todos los quiere salvos y estrechados entre sus brazos misericordiosos.

Es grande el servicio que el Opus Dei ha prestado y presta a toda la Iglesia; son muchas las almas que al conocer el espíritu del Opus Dei mejoran notablemente la forma de vivir su vida cristiana, y por ello agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios.

No nos resulta fácil expresar en pocas palabras la profundidad del mensaje del Opus Dei, ni el perfil de la riquísima personalidad de su fundador. Pero para quienes tuvimos la gracia de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de tratarlo en múltiples ocasio­nes, sintiendo el calor de su sincera amistad, su entrega ejemplar por la Iglesia hasta el instante en que – en olor de santidad– Dios lo llamó a su presencia, y la fecundidad de esta Obra de Dios que ha superado cualquier previsión humana, no podemos menos que agradecer al Señor esta palpable muestra de su amor por la Iglesia: el Opus Dei.

Einsiedeln

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hasta 1960 no comenzará de modo estable un Centro del Opus Dei en Suiza. Pero unos años antes, del 22 al 26 de agosto de 1956, varios de sus miembros se reunirán con el Padre en Einsiedeln, para celebrar el II Congreso General de la Obra. Han venido de países muy distantes: Irlanda, Italia, Portugal, Estados Unidos, España, Francia… Este pequeño lugar, rodeado de montañas, está situado en el Cantón de Witz, a 60 kilómetros de Zürich y a 250 kilómetros de la frontera de Italia, por Como.

Más que un pueblo, la existencia de Einsiedeln responde a una profunda devoción arraigada en Centroeuropa. Es un lugar de peregrinación; su población fija, apenas sobrepasa los ocho mil habitantes. El centro de interés lo constituye un gran Monasterio benedictino construido en 1735. Fue el arquitecto suizo Kaspar Moosbrugger quien diseñó la monumental Klosterplatz y la Basílica, barroca, en honor de María de Einsiedeln. Dos torres encuadran la fachada, bombeada, a la que se llega por una gran escalinata que arranca de la plaza; una fuente de doce caños sobre la que se entroniza también una imagen de Nuestra Señora, da la bienvenida a los peregrinos que llegan continuamente.

Frente al Monasterio se han construido hoteles. Uno de ellos, el Pfauen, dará albergue durante estos días de agosto a los miembros del Opus Dei que se reúnen en este lugar de meditación: ante la presencia de la Virgen escoltada por los pinos y las montañas silentes, cubiertas de flores en la estación de verano.

Las calles que abocan a la plaza se encuentran invadidas por comercios que ofrecen un recuerdo a los visitantes. El Padre siente un gran cariño por este lugar escondido en el corazón de Suiza; por esta Virgen morena, grácil, de pelo dorado y gesto suave, que se reviste con toda solemnidad los días de fiesta. La Gnadenbild (imagen milagrosa) será testigo excepcional de esta reunión, en la que se va a hacer balance de los caminos emprendidos y proyectos de nuevas metas.

Además de otras muchas áreas de trabajo, como corresponde a una expansión que, en diez años, se ha abierto camino en varios países del mundo, en este II Congreso General de Einsiedeln se decidirá que el Consejo General del Opus Dei -del que una parte ha residido en Madrid hasta ese momento- se instale en Roma, puesto que las tareas de dirección así lo aconsejan. Desde 1946, el Padre, con don Álvaro, vive en la Sede Central de Roma; pero el resto del Consejo General ha permanecido en Madrid. También a partir de 1953, la Asesoría Central de la Sección de mujeres se trasladará definitivamente a Roma.

El Papa conoce este II Congreso General del Opus Dei en Einsiedeln y les envía su bendición, deseando que Dios derrame luz sobre el trabajo de esta asamblea; para que en total unidad de espíritu continúe, cada vez con más fruto, la intensa labor de la Obra. Imparte, sobre el Padre y todos los congresistas, su Bendición Apostólica.

Sentido homenaje a la Virgen de Montserrat en Torreciudad

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Con motivo del vigesimoquinto aniversario de la entronización de la Virgen de Montserrat en el Santuario de Torreciudad, un millar de peregrinos catalanes se desplazaron hasta el santuario oscense

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Un millar de peregrinos procedentes de Cataluña participaron el sábado en el homenaje a la Virgen de Montserrat celebrado en Torreciudad. A la entrada de los peregrinos, los niños cantores del “Petit Cor” del Colegio Bell.lloc de Gerona entonaron el “Lauda Ierusalem” a modo de bienvenida.

Los asistentes honraron así la advocación catalana con motivo del vigesimoquinto aniversario de la entronización de la Virgen de Montserrat en el santuario altoaragonés.

El padre Josep María Soler, abad de Montserrat, presidió los actos, acompañado de los rectores de Torreciudad y Montserrat, y del vicario delegado de la Prelatura del Opus Dei en Barcelona, Antoni Pujals.

En la homilía el P. Soler destacó que la Virgen María es Madre de todos los hombres y mujeres sin excepción, Madre de Misericordia que intercede por sus hijos ante Dios.

Opus Dei -

Ponderó también la devoción mariana de San Josemaría como un ejemplo entrañable para el pueblo fiel, y mostró su satisfacción por la difusión que está adquiriendo la Ruta Mariana El Pilar-Torreciudad-Montserrat-Lourdes.

Los actos incluyeron una procesión, una ofrenda de flores y alumnas de Igualada mostraron su trabajo sobre Montserrat y Torreciudad.


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