Josemaría Escriva: un sembrador de paz

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Opus Dei -

PARA ALGO MUY GRANDE

Barbastro. Una caricia de la Virgen
Logroño. La llamada de Dios
Zaragoza. Rezar era el camino
Perdiguera. ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!
Madrid. El crisol del dolor

AQUÍ ME TIENES

2 de Octubre de 1928
¡Todos santos!
Luces de Dios

GLORIFICADO SEA EL DOLOR

Cimientos sobrenaturales
La oraciónoració
La expiación
He aprendido de un gitano…
Los primeros
Trescientos, trescientos mil

CRUZ, TRABAJOS, TRIBULACIONES (1936-1946)

1936. La persecución religiosa
En absoluta pobreza
Olvidar y perdonar

EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA (Roma, 1946)

¡Tengo tanta fe, tanta confianza…!
Otra caricia de la Virgen

UNA NUEVA PENTECOSTÉS (1962-1965)

Uno de los pioneros del Concilio
Siempre pidiendo

VIAJES DE CATEQUESIS (Por Europa y América)

Peregrinación mariana y catequesis
Dios es un padre amoroso
Santificar el trabajo

Con espíritu de comunión eclesial
Una vieja sopera
Profundo amor y veneración a los religiosos
Yo los pasearía un poco…
Cincuenta años de sacerdocio
En Torreciudad
El escapulario del Carmen

ASÍ QUISIERA MORIR (26 de junio de 1975)

26 de junio de 1975
¡Todos llamados a la santidad!
Algunos escritos de Josemaría Escrivá
Algunos testimonios sobre Josemaría Escrivá

LA PRELATURA DEL OPUS DEI

La alegría del cristiano

Prelado  Tagged , , , , No Comments »

La alegría del cristiano no está en la “impecabilidad”, sino en el perdón

Monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, acaba de publicar el libro “Itinerarios de vida cristiana” (Planeta+Testimonio) en el que afronta el ser y el quehacer de los cristianos, y algunos temas candentes de la Iglesia y del mundo contemporáneo: la crisis de la familia , el concepto de paternidad responsable, el valor y el sentido de la corporalidad, etc.

Echevarría (Madrid, 1932) es el segundo sucesor del beato Josemaría Escrivá al frente de la prelatura personal, fundada el 2 de octubre de 1928. Según la edición del año 2000 del Anuario Pontificio, forman parte del Opus Dei (“Obra de Dios”, en latín) cerca de 84.000 personas.

En esta entrevista, el prelado presenta el ideal cristiano en “un ambiente donde lo principal es el culto de la buena imagen, del éxito, del poder” y que “se deprime ante un fracaso, ante un traspiés económico, incluso ante unas arrugas en la cara”.

¿Cómo valora el momento presente?

Me parece evidente que es un momento complejo y, en buena parte, paradójico: junto a innegables sombras, no faltan luces. Serían fáciles de enumerar los ejemplos de progresos, de retrocesos, de conquistas y de derrotas en lo humano.

Pero, por encima de todo, no podemos olvidar que estamos viviendo en la plenitud de los tiempos; es el momento, que dura ya dos mil años, de la verdadera y definitiva novedad: el momento en que Dios se ha hecho hombre en Jesucristo, dándonos la posibilidad de ser nosotros hijos de Dios: nunca agradeceremos suficientemente este tesoro, que nos lleva a afrontar las diferentes circunstancias con optimismo humano y sobrenatural. Otro modo de entender el momento presente sería necesariamente incompleto y nos expondría a captar sólo la superficie de lo que acontece en la historia personal y general.

¿No le parece que la conducta de los que se esfuerzan por vivir en cristiano choca con los rasgos de la sociedad actual?

Desde luego. Y esto viene de lejos. Nada más presentar a Jesús en el Templo, José y María recibieron del anciano Simeón el anuncio de que aquel niño sería signo de contradicción. Cuando los apóstoles recibieron el Espíritu Santo, superaron el miedo para anunciar a Cristo, pero enseguida “los objetivos” los tomaron por borrachos, fueron encarcelados y después ya sabemos cómo acabaron, aunque siempre fueron hombres felices. Y así a lo largo de los siglos. La novedad cristiana chocará siempre, pero este choque puede y debe ser un revulsivo que genere amor, humanice al hombre, le abra nuevas perspectivas, lo libere.

¿Qué opina de la concepción contemporánea del amor?

Pienso que en nuestra sociedad se ha ido abriendo camino una concepción del amor desligada del compromiso, es decir, de ese componente esencial del amor que es la mutua fidelidad de los que se aman. Y esto lo desvirtúa y tiende a transformarlo en egoísmo, en ansia de simple autosatisfacción. ¿Se puede concebir que una madre deje de querer a su hijo porque el de la vecina es más guapo? También por esto la cobertura legal a las rupturas matrimoniales es una gran tragedia; en cambio, la exigencia recordada por Cristo –”lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”– es fuente y garantía de libertad y de amor verdadero.

En su opinión, ¿cuál es el origen último de las críticas a la figura del padre en la familia, de las que habla en su libro?

Al fin y al cabo, parece que muchos confunden la identidad del hijo con la del esclavo. Y entonces se considera un ogro a todo padre. Jesucristo nos ha revelado la ternura de la paternidad de Dios y la libertad que nos gana la adopción filial que Dios Padre ha hecho de nosotros en Jesucristo.

Muchos matrimonios dicen que las estructuras sociales de hoy no les permiten tener todos los hijos que quisieran.
No cabe ignorar el peso efectivo de ciertas estructuras sociales, económicas y políticas –pobreza, desempleo, precio de la vivienda, etc.– que pueden justificar el uso de los métodos naturales de continencia, de acuerdo con la moral. Pero, a la vez, desgraciadamente, existe además una actitud que no se justifica en los motivos citados: pone en duda el valor de la paternidad o de la maternidad en sí mismas y, por eso, generar un hijo no se considera ya algo indiscutiblemente bueno y deseable, sino una opción entre otras muchas posibles. Se admite que dar la vida a otro es algo incomparable; pero se juzga que generar y educar otro hijo más conlleva una tarea compleja y arriesgada, y se procede a un balance de las satisfacciones que proporciona y de los sacrificios que exige, para concluir a menudo que no vale la pena. En el fondo, se ha perdido de vista el valor de la vida, el sentido del amor y la grandeza de la maternidad y la paternidad.

Su libro termina con un capítulo sobre “La esencia de la alegría”. Algunos se preguntan cómo se puede tener alegría en un mundo como el nuestro, donde está tan presente el dolor y la injusticia.

La Iglesia, en su liturgia, se atreve a cantar con alegría el Misterio de la Cruz de Cristo. El dolor no cancela la alegría, si se vive unido a la entrega de Jesucristo por nuestra salvación. La alegría se agosta por el egoísmo del pecado, por el olvido de amar a Dios y amar al prójimo, junto con la falta de arrepentimiento. Quien vive dominado por un ambiente donde lo principal es el culto de la buena imagen, del éxito, del poder, se deprime ante un fracaso, ante un traspiés económico, incluso ante unas arrugas en la cara.

Desde luego, la alegría, para un cristiano, no está ligada a una presunta impecabilidad, que no existe, sino a la disponibilidad para pedir perdón, para arrepentirnos. La alegría es la del hijo pródigo. Cada vez comprendo mejor que el Beato Josemaría Escrivá llamara al sacramento de la Penitencia “el sacramento de la alegría”.

“La violencia nunca es apta ni para vencer ni para convencer

Prelado  Tagged , , , , , No Comments »

Entrevista con mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei: “Sólo de la paz de las conciencias nace la paz en los pueblos”.

23 de febrero de 2003
Montserrat Lluis/ EL CORREO (Bilbao, España)

Opus Dei -

-La religión ha perdido peso en la escala de valores de muchos ciudadanos…

-Hay más católicos que nunca. Pero, más que el número, lo que importa es la realidad de una Iglesia viva que, como hace veinte siglos, choca y atrae. Es innegable la existencia de países o ambientes donde han disminuido los practicantes. Las razones serán múltiples, pero coinciden con la invasión de una cultura que margina a Cristo, produciendo un terreno fértil para que arraiguen las pasiones.

-¿Cómo hacer ver al hombre que el sacrificio y la caridad reportan más dicha que el placer y el dinero?

-Todos experimentamos la distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser. Pero, cuando se descubre la grandeza cristiana, se constata su superioridad sobre el placer y el dinero, que son pasajeros. Por eso, el Señor nos invita a luchar para no quedarnos prisioneros de comodidades y tendencias que envejecen y envilecen el alma. No existe nada más estupendo que una vida entregada por amor en unión con Jesucristo.

-El Opus Dei invita a merecer la santidad a través del trabajo. ¿Cuánta gente cree que, hoy en día, no se emplea sólo por ganar un sueldo?

-La ocupación no puede concebirse simplemente como un valor económico. En los planes de Dios, el trabajo perfecciona y madura al hombre. Por esta razón, poner inventiva e interés por hacer las cosas acabadamente bien -no sólo por cobrar un sueldo- y servir con lealtad a Dios y a los demás ennoblece a la persona. En nuestra sociedad ’supereconomicista’, descubrir el valor cristiano del trabajo puede ser una liberación y una siembra de fraternidad.

-Ustedes rechazan el control de la natalidad. Pero, ¿es responsable traer al mundo a media docena de niños con un sueldo de 600 euros?

-La insuficiencia de los salarios para mantener a los hijos, la falta de acceso a viviendas dignas, los obstáculos para conciliar vida laboral y familiar… demandan soluciones que deben buscar los ciudadanos y sus representantes. No se trata sólo de una cuestión económica: hay muchos practicantes del control de la natalidad que ganan más de 600 euros. Lo que la Iglesia rechaza es una visión de la vida que antepone el bienestar material a los valores humanos y cristianos del matrimonio.

-Ante la sucesión de casos de curas pederastas, ¿la Iglesia se siente igualmente legitimada para seguir pidiendo castidad antes del matrimonio?

-La continencia se encuadra en la moral cristiana; es decir, en el comportamiento conforme a la dignidad de la persona y a su verdadera felicidad. La doctrina en relación con el matrimonio no cambiará nunca. Si se descubriera robando a un fiel católico -sacerdote o laico-, la Iglesia tampoco reformaría su doctrina sobre el robo.

-¿Aprueba que los dirigentes eclesiásticos opinen sobre política?

-Todo laico puede, como cualquier ciudadano, involucrarse en la política según su recto entender. Lo único que se le exige es que obre conforme a su fe, lo que no impone ninguna opción política, sino honradez, juego limpio y ánimo sincero de servicio a la comunidad.

-¿Es tolerable que la religión sea causa de conflictos bélicos, como el que enfrenta a Palestina e Israel?

-Es una gran tristeza que los hombres se maten, sea por lo que sea. Pero no creo que el conflicto en Tierra Santa encuentre su inspiración en motivos religiosos. Se combate por una tierra. Entre palestinos e israelíes, hay hombres y mujeres capaces de convivir fraternalmente. La paz manifiesta una bendición del cielo que necesita hombres de buena voluntad en la tierra.

-¿Cómo llevaría esa paz a Euskadi?

-La paz no se reduce sólo a la ausencia de guerra. Para eso, bastaría la victoria militar o la tregua. La paz auténtica, inseparable de la justicia, brota del cordial entendimiento entre las personas, lo que requiere actitudes de comprensión y de perdón, así como esfuerzo para conocerse y resolver los malentendidos. Y mucha gracia de Dios. San Josemaría no se cansó de repetir que sólo de la paz en las conciencias puede nacer la paz en los pueblos y entre los pueblos. Y añadía que la violencia no es apta ni para vencer ni para convencer; siempre sale vencido el que la usa.

-¿Es mucho lo que el Opus Dei debe agradecer a Juan Pablo II?

-Toda la Iglesia debe agradecimiento, y mucho, a Juan Pablo II por su entrega constante. Sería muy largo mencionar tantos motivos, pero basta contemplar cómo, a su edad y en su estado físico, no ahorra ningún esfuerzo en su servicio a la Iglesia y al mundo.

-¿Puede detener la guerra en Irak?

-Juan Pablo II es el ejemplo más luminoso de amor por la verdadera paz. Aprovecho para pedir a los que lean estas palabras que se unan y recen por lo que el Papa ha hecho siempre y está haciendo hoy en favor de la paz.

“LA DEPRESIÓN PUEDE SER UN LUGAR PRIVILEGIADO DE SANTIFICACIÓN”

-¿También el prelado del Opus Dei sufre crisis de fe?

-Ninguna crisis, pero sí pruebas; porque la fe conoce necesariamente momentos duros ante el aparente -o real, pero no duradero- triunfo del mal. La muerte inesperada de personas queridas, los achaques de salud, las contradicciones de la vida son encuentros personales con la Cruz que pueden desconcertar un poco. El Señor nos hace madurar así, como personas y como cristianos.

-¿Cuánto tiempo reza cada día?

-Dedico ratos a meditar ante la Sagrada Eucaristía, y muchas horas al trabajo, que es rezar, porque todas las actividades pueden convertirse en oración. Pero lo que centra mi vida, como la de todo cristiano, es la santa misa.

-¿Qué distingue a un miembro del Opus de un cristiano ordinario?

-Un miembro del Opus Dei es un cristiano ordinario que ha escuchado la llamada de Dios a identificarnos con Jesucristo y a darlo a conocer a los demás desde su lugar en el mundo: su hogar, su profesión, su entorno social.

-¿La fe es una coraza suficiente contra la depresión?

-La depresión puede afectar a cualquiera. La fe ayuda a llevarla bien, pues confiere sentido al sufrimiento y a las dificultades de la vida. Empuja a tener paciencia y a fiarse más de Dios. Como cualquier otra enfermedad, puede convertirse en un lugar privilegiado de santificación.

-El Opus Dei ha hecho coincidir la canonización de Escrivá con una «ambiciosa misión» educativa en África. ¿Qué otras acciones llevan a cabo por los desfavorecidos?

-Trabaja en el continente africano desde hace más de cincuenta años. Me vienen a la cabeza, por ejemplo, el Centro Médico Monkole, en Kinshasa; Kianda School y Strathmore College, los primeros complejos educativos interraciales de Kenia; o Iroto Rural Development Centre, en Nigeria.

-¿Alberga esperanzas de que los templos vuelvan a llenarse algún día? ¿Cómo conseguirlo?

-No faltan lugares donde las iglesias se llenan cada día. Lo veo en mis viajes. El cristianismo mantiene su perenne juventud después de dos mil años, aunque su vitalidad convive, como siempre, con fenómenos de decadencia o de indiferencia. Lo que hay que revisar no es la doctrina, que ha de permanecer siempre fiel al Evangelio. Lo que necesita revisión diaria es la vida de cada uno, para ver qué conversión nos está pidiendo el Señor.

-¿Qué ha aportado usted al Opus Dei?

-No me lo he planteado. Procuro ser fiel a la herencia que he recibido y dejarla al que me suceda tan viva como yo la tomé. Suelo repetirle al Señor una oración que aprendí de San Josemaría: ‘Señor, que te dejes ver Tú a través de la miseria mía’.

El terrorismo

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En su declaración tras los atentados del 11 de marzo, usted invita a rezar por los terroristas. ¿Es posible rezar por gente que es capaz de matar de esa manera tan salvaje?

Basta mirar a Jesucristo, Modelo permanente para el hombre. A la luz de su ejemplo se concluye que sí, que es posible rezar cuando se sabe distinguir entre el crimen y quien lo comete. Al pedir por quienes asesinan de modo salvaje, no estamos negando la maldad de su acción ni la necesidad de que sean juzgados según las normas ecuánimes del derecho. No existe justificación ante el mal, la violencia no puede ser defendida. Pero esta intransigencia ante el mal en sí es compatible con algo que está en el corazón de la misión de la Iglesia: el perdón de los pecadores. La justicia no está reñida con la misericordia.

Gracias, Santo Padre

firmes en la fe  Tagged , , , , , , , No Comments »

Artículo del Prelado del Opus Dei, mons. Javier Echevarría, publicado en “ABC” con motivo de los veinticinco años del pontificado de Juan Pablo II.

En las imágenes del Papa que los medios de comunicación nos ofrecen en estos últimos años hay, me parece, un elemento permanente y otro que cambia: por una parte, reflejan cómo el cuerpo de un hombre se consume inexorablemente con el paso del tiempo; por otra, muestran con igual claridad, pero con más fuerza, un fenómeno que no registra cambio de tendencia: en todos los rincones del mundo, muchedumbres se estrechan en torno a su persona con idéntico fervor.

Muchas explicaciones se han querido dar a este hecho. Por lo general, se ha intentado responder al misterio de ese magnetismo de Juan Pablo II indagando en las expectativas que mueven a tantas personas a dirigirse a él. Por ejemplo, el difundido deseo de paz: Juan Pablo II se interpone en todos los conflictos que ensangrientan el mundo e invariablemente invoca el perdón, con una perseverancia más fuerte que las divisiones, como camino necesario para una paz verdadera. Otros sostienen que lo que mueve a dirigir nuestra mirada al Papa es la sed de verdad, tan viva en una sociedad cansada de mentiras y de modas efímeras: la voz del Papa proclama sin temor una verdad perenne, una moral insobornable, que se alza en defensa de la dignidad del hombre.

Para entender el extraordinario atractivo de Juan Pablo II, entiendo que es preciso profundizar más. Se impone escrutar lo que la teología llama sensus fidei: esa especie de instinto de la fe que palpita en la mente y en el corazón de los cristianos.

Desde este punto de vista, se observa una Iglesia apiñada en torno al Papa, una Iglesia que no puede alejarse de su Pastor supremo porque se sabe incapaz de concebirse a sí misma sin él. Y muestra también un Papa que existe para la Iglesia y en el que la Iglesia busca el rostro de Cristo.

Quien lo escucha siente que habla con una autoridad que procede de arriba: de ese Evangelio que no pasará “mientras no pasen el cielo y la tierra” (Mt 5,18). Junto al Sucesor de Pedro se siente la presencia de un vínculo de comunión más fuerte que cualquier otro basado en motivos de historia o de cultura. Se toca así el misterio que hace de la Iglesia la familia de Dios y de cada hombre un hijo de Dios.

A medida que la edad y el sufrimiento físico debilitan sus fuerzas, la voluntad del Papa se robustece en la unión con la Cruz de Jesucristo, que —salta a la vista— ama con generosidad ejemplar.

Contemplar el rostro de Cristo: es el objetivo que Juan Pablo II ha señalado a la Iglesia para que ésta pueda “asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora” (Carta apost. Novo millennio ineunte, 2) en el umbral del tercer milenio. Y no podemos dejar de pensar en el Papa, en su misión de Pastor de la Iglesia universal, al leer estas otras palabras suyas: “Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?” (ibidem, 16).

Este “contacto” con el Señor se produce también y muy especialmente en el dolor: “La Iglesia está invitada continuamente por Cristo a tocar sus llagas, es decir, a reconocer la plena humanidad asumida en María, entregada a la muerte, transfigurada por la resurrección: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27). Como Tomás, la Iglesia se postra ante Cristo resucitado, en la plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: ¡«Señor mío y Dios mío»! (Jn 20,28)” (ibidem, 21).

En la unión del Sucesor de Pedro con Jesucristo, que cada uno intuye con mayor o menor hondura, se encuentra, a mi modo de ver, la explicación última de la misteriosa sintonía que existe entre el Papa y la gente. El natural sentimiento de afecto y gratitud que todos los cristianos manifestamos a Juan Pablo II en estos momentos es, en el fondo, el reconocimiento de que el Papa nos ha hecho redescubrir lo mejor de nosotros mismos: nuestra relación personal con el Dios que nos ha creado y salvado en su Amor.

Ya en su primera encíclica leemos que el hombre “es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión”. La razón última de su contacto inmediato con el corazón de los creyentes se forja en que la pasión del Papa por el hombre hunde sus raíces en Dios hecho Hombre. Juan Pablo II se nos muestra cercano, porque nos recuerda que Cristo está muy cerca de nosotros, vive con nosotros y da sentido a nuestra vida. Una certeza tan firme que no necesita más pruebas que la Cruz: esta Cruz en la que todos contemplamos también al Papa.

Resulta muy lógico que en este aniversario de Juan Pablo II consideremos la importancia de su figura, la profundidad de sus enseñanzas, las consecuencias de sus decisiones. Y brota de modo natural también que sintamos la necesidad de expresar nuestro agradecimiento, de todo corazón. Secundando lo que nos acaba de pedir en Pompeya, el día de la Virgen del Rosario, queremos rezar siempre por él, como muestra de afecto filial y de profundo y sincero agradecimiento.

“Comprender que se puede ofrecer a Dios el dolor ha sido para mí un tesoro y me ha ayudado a no guardar rencor”

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Adelina Kola nació en Río Ekuku, en Bata (Guinea Ecuatorial). Es viuda y tiene ocho hijos. Por problemas de salud viajó a España, donde conoció el Opus Dei y descubrió su vocación.

Tras la independencia de Guinea Ecuatorial, el marido de Adelina ocupó un cargo en el gobierno, del que fue cesado, acusado de promover una huelga de funcionarios en protesta por la corrupción. Fue encarcelado y torturado. Falleció de una paliza. Adelina, con 39 años y ocho hijos pequeños fue entonces encarcelada con ellos durante año y medio realizando trabajos forzados.

Por problemas de salud viajó a España, donde reside actualmente. En este país conoció el Opus Dei y descubrió su vocación.

“Cuando detuvieron a mi marido pasé a ser una ‘persona non grata’, no podía trabajar como maestra, que era mi profesión e incluso a algunos de mis hijos les prohibieron ir al instituto o se negaron a examinarlos.

Antes de encerrar a mi marido en la cárcel, lo confinaron en el pueblo. Un día nos fuimos a hablar a la playa y me dijo: “Adelina, si me ocurriese alguna cosa, si me muriera, me gustaría que te mantuvieras en la situación en que te he dejado. Si te vuelves a casar, busca una persona honrada, no te rebajes”. Yo le dije que no encontraría a nadie como él. Prefería mantenerme, con la gracia y ayuda de Dios, cuidando de mis hijos y en paz.

Situación de Guinea Ecuatorial

Durante ese tiempo, como en el colegio había aprendido corte y confección, me dedicaba a coser. Cuando mi marido ya estaba preso, tenía que ir por la mañana a llevar la comida, porque cada familia tenía que preocuparse de los suyos: si estás preso y nadie te trae comida, no comes. Yo llevaba de comer a mi marido y a un antiguo alumno y le pedí a una prima mía que se encargara de otro chico que también había sido alumno mío. Por culpa de esto la detuvieron. De lo que sufrió allí salió enferma de la cárcel y murió. Me sentí responsable: le pedía perdón al Señor, porque si yo no se lo hubiera encargado no la hubieran cogido, pero lo hice con la intención de cuidar a los necesitados.

Una tarde mi sobrino, que también estaba preso me dijo que mi marido estaba mal. Resulta que había un preso al que estaban pegando los guardas. Tenían que darle cincuenta palos. Se quedó sin sentido y seguían pegándole. Entonces mi marido se levantó y les dijo: “¿Queréis que se muera este hombre? ¿No os dais cuenta de que ni siquiera grita, que está insensible?”. El guarda le contestó: “¿Tú también quieres que te dé?”. Y él respondió “Lo que le falta a él, dámelo a mí, porque se va a morir”. Mi marido se tumbó y le dieron veinticinco palos; después cogió su machete y se fue a trabajar. Cuando aquel señor salió de la cárcel vino a mi casa a agradecérmelo porque aquel acto le había salvado la vida.

Mi marido murió poco después, de otra paliza: tenía una herida en la cabeza y otra en el costado, bastante profunda, además le habían cortado una oreja. Así le mataron. Un militar extranjero me dijo que era el único país de África donde había visto torturar a los presos políticos.

Pude darle sepultura. Menos mal que me lo permitieron, porque a algunos los echaban en la fosa común. Los hijos que estaban allí también me acompañaron. Ese día el sacerdote que atendía a los presos me dijo: “Adelina, tu marido está en el Cielo, se ha salvado porque es un hombre santo”.

A pesar del dolor, nunca tuve la tentación de la venganza. En una de las conversaciones con mi marido, cuando estaba confinado, me dijo que me guardara del odio y del rencor. Yo le contesté: “No tengo rencor a nadie. Solamente Dios juzga los corazones de la gente”. He perdonado. Me cruzo a veces con las personas que sé que enviaron a la cárcel a mi marido y no les guardo rencor. Uno de ellos emparentó con nosotros por el matrimonio de uno de sus hijos con una sobrina mía. Ninguno de mis hijos quiso ir a la boda pero yo sí fui.

Comprender que se puede ofrecer el dolor, físico o moral, ha sido para mí un tesoro. Si Jesús mismo, que es el Hijo de Dios, al que el Padre quiere tanto, ha sufrido en la Cruz, ¿cómo voy a sorprenderme de que yo también tenga sufrimiento?”.

Tras la muerte de su marido, fueron a buscar a Adelina y la encarcelaron con casi todos sus hijos. Estuvo un año y medio en prisión, realizando trabajos forzados. Salieron después del golpe de estado.

En España, un descubrimiento

Al empeorar su salud, Adelina se trasladó a España, para seguir un tratamiento, y se quedó. Ella había oído algo del Opus Dei, y deseaba encontrar una institución que le ayudara a vivir cara a Dios en sus circunstancias. Pero pasó un tiempo antes de que la conociera a fondo y se diera cuenta de que era la respuesta a su petición de tanto tiempo.

“Había oído hablar de la Obra en Guinea, a través de un primo de mi marido, que había estudiado en Navarra. Me gustó su forma de actuar. Más adelante, cuando mis hijos me hicieron venir a España, estuve buscando un lugar donde se reunieran personas para formarse cristianamente.

“En el Opus Dei he aprendido qué significa ser hija de Dios, saber que es un Padre que te quiere, pase lo que pase”

Conocí a algunas personas del Opus Dei y comencé a ir por un Centro. Después de algún tiempo me dije: “Esto es lo que estás buscando. ¡Cuántas vueltas me ha hecho dar el Señor hasta venir a caer en la Obra! Esto era lo que Dios quería de mí: estar en mi casa, con mi familia, pero viviendo cara a Él”. Empecé a prepararme, comencé dirección espiritual con un sacerdote de la Obra, fui primero cooperadora y, al cabo de un tiempo ya pedí la admisión. Y aquí estoy.

Yo desde pequeña tenía una vida cristiana, iba a Misa, me confesaba, rezaba el Rosario… Pero en el Opus Dei he aprendido qué significa ser hija de Dios, saber que es un Padre que te quiere, pase lo que pase.

A veces me dicen que el Opus Dei es para gente rica yo les contesto que están equivocados porque yo soy del Opus Dei y no tengo donde caerme muerta. ¿Dinero? No tengo dinero. La Obra, como la Iglesia, pretende que la gente se salve, que sea santa, que se santifique a través del trabajo y el apostolado. Tú, por ejemplo, has encontrado una mina. Dices: “Esta mina es tan grande y tan rica que yo sólo no me la voy a quedar, lo que voy a hacer es llamar a mis familiares, a mis amistades, para que podamos participar y que todos podamos disfrutar de ella”. Es lo que está haciendo el Opus Dei, hablar de Dios y de la santificación del trabajo y de esta manera hacer apostolado para que otras personas también sigan el mismo camino y sean santos”.


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