“La oración es garantía de apertura a los demás”

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El  Miércoles de Ceniza del 2010, el Papa recordó que la Cuaresma invita a la oración, a la penitencia y al ayuno

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Antes de la misa, en la Iglesia de San Anselmo hubo un momento de oración, al que siguió una procesión penitencial a la basílica de Santa Sabina, en la que participaron cardenales, arzobispos, obispos, los monjes benedictinos de San Anselmo, los padres dominicos de Santa Sabina y algunos fieles laicos.

En la homilía, el Papa ofreció unas reflexiones sobre la oración y el sufrimiento. “Precisamente porque invita a la oración, a la penitencia y al ayuno, la Cuaresma -dijo- constituye una ocasión providencial para hacer más viva y sólida nuestra esperanza”.

Tras poner de relieve que la oración “es la primera y principal “arma” para afrontar victoriosamente la lucha contra el espíritu del mal”, el Santo Padre señaló que “sin la dimensión de la oración, el yo humano termina por encerrarse en sí mismo, y la conciencia, que tendría que ser eco de la voz de Dios, corre el riesgo de reducirse al espejo del yo, de modo que el coloquio interior se convierte en un monólogo, dando lugar a miles de auto-justificaciones”.

“La oración, por tanto -continuó-, es garantía de apertura a los demás: quien se hace libre para Dios y sus exigencias, se abre al otro, al hermano que llama a la puerta de su corazón y pide ser escuchado, atención, perdón, a veces corrección, pero siempre en la caridad fraterna”.

Benedicto XVI subrayó que “la verdadera oración nunca es egocéntrica, sino que siempre está centrada en el otro. (…) Es el motor del mundo, porque lo mantiene abierto a Dios y por ello, sin oración no hay esperanza, sólo existe ilusión”.

“No es la presencia de Dios -añadió- lo que aliena al hombre, sino su ausencia. Sin el verdadero Dios, Padre del Señor Jesucristo, las esperanzas se convierten en ilusiones que inducen a evadirse de la realidad”.

El Papa puso de relieve que “el ayuno y la limosna, unidos armónicamente con la oración, también pueden ser considerados lugares de aprendizaje y ejercicio de la esperanza cristiana”. En este contexto, señaló que “gracias a la acción conjunta de la oración, el ayuno y la limosna, la Cuaresma forma a los cristianos para que sean hombres y mujeres de esperanza, siguiendo el ejemplo de lo santos”.

Refiriéndose posteriormente al sufrimiento, el Santo Padre recordó que Cristo “sufrió por la verdad y la justicia, trayendo a la historia de los seres humanos el evangelio del sufrimiento, que es la otra cara del evangelio del amor. Dios no puede padecer, pero puede y quiere com-padecer”.

“Cuanto más grande es la esperanza que nos anima, mayor es la capacidad de sufrir por amor a la verdad y al bien, ofreciendo con alegría las pequeñas y grandes fatigas de cada día, de modo que participen del gran com-padecer de Cristo”.

Tras recordar que en estos días se celebra el 150º aniversario de las apariciones de la Virgen de Lourdes, el Papa terminó invitando a “meditar en el misterio del compartir de María los dolores de la humanidad”.

Palabras de Benedicto XVI a los participantes del UNIV 2008

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Queridos amigos:

Os doy una cordial bienvenida a todos los que habéis venido a Roma de diferentes países y universidades para celebrar juntos la Semana santa y para participar en el congreso internacional UNIV. De este modo, podréis realizar momentos de oración común, un enriquecimiento cultural y un intercambio fecundo de las experiencias hechas por vuestra asociación con centros y actividades de formación cristiana patrocinados por el Opus Dei en vuestras respectivas ciudades y naciones.

Vosotros sabéis que con un serio compromiso personal, inspirado en los valores evangélicos, es posible responder adecuadamente a los grandes interrogantes del tiempo presente. El cristiano sabe que hay un nexo inseparable entre verdad, ética y responsabilidad. Toda expresión cultural auténtica contribuye a formar la conciencia y estimula a la persona a superarse a sí misma a fin de que pueda mejorar la sociedad. Uno se siente así responsable ante la verdad, al servicio de la cual ha de ponerse la propia libertad personal. Se trata ciertamente de una misión comprometida y para realizarla el cristiano está llamado a seguir a Jesús, cultivando una intensa amistad con él a través de la oración y de la contemplación. Ser amigos de Cristo y dar testimonio de él allí donde nos encontremos exige, además, el esfuerzo de ir contracorriente, recordando las palabras del Señor: estáis en el mundo pero no sois del mundo (cf. Jn 15, 19). Por tanto, no tengáis miedo, cuando sea necesario, de ser inconformistas en la universidad, en el colegio y en todas partes.

Queridos jóvenes del UNIV, sed levadura de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús, a veces sin darse cuenta. Para mejorarlo, esforzaos ante todo por cambiar vosotros mismos con una vida sacramental intensa, especialmente acercándoos al sacramento de la Penitencia y participando asiduamente en la celebración de la Eucaristía. Os encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestras familias a María, que nunca dejó de contemplar el rostro de su Hijo Jesús. Invoco sobre cada uno de vosotros la protección de san Josemaría y de todos los santos de vuestras tierras, mientras de corazón os deseo una feliz Pascua.

Palabras del Prelado del Opus Dei en Barcelona

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El Prelado del Opus Dei participó el viernes y el sábado en varios acontecimientos en la capital catalana. Ofrecemos un breve resumen y los textos de las conferencias que pronunció en el IESE y en la UIC

En calidad de Gran Canciller de la Universidad de Navarra, a la cual pertenece el IESE, Mons. Javier Echevarría presidió este viernes la apertura del Simposio Internacional “Ethics, Business and Society”. La sesión, que se enmarca en el 50 aniversario de esta escuela de dirección de empresas, contó con la asistencia de alrededor de un millar de personas.

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Mons. Echevarría centró su intervención en el humanismo cristiano en la dirección de empresas. Tras recordar que la fe cristiana no es sólo un simple humanismo, explicó que “es verdad que la lógica del mercado y las relaciones estrictamente contractuales se basan en el intercambio, pero ese comercio, ese trato, ha de llevar a la reciprocidad, de modo que ambas partes salgan beneficiadas”; y reclamó “superar la estructura del egoísmo, del mero utilitarismo, y sustituirla por la de la reciprocidad y la donación”.

“Desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia –dijo–, la empresa es ante todo una comunidad de personas libres y responsables que se asocian para lle­var a cabo una obra común, dentro de la cual trabajan, aportan recursos, se desarrollan en su humanidad y contribuyen eficazmente a la producción de bie­nes y servicios”.

La tarea del directivo empresarial, afirmó también el prelado del Opus Dei, “exige formación, experiencia, capacidades técnicas y –no en último lugar– ejercicio de las virtudes”. En este sentido, animó a los asistentes a querer “a las personas, a todas y a cada una”, añadiendo que “nunca pueden considerarse como simples recursos, o como números de una estadística, o como piezas para el diseño de una determinada estrategia”.

En su intervención, recordó a san Josemaría Escrivá, que “promovió” los primeros pasos del IESE e impulsó su desarrollo.

Visita a una escuela de Hospitalet

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A mediodía, el Prelado se desplazó L’Hospitalet de Llobregat, donde visitó el colegio Pineda. Durante su estancia, bendijo una imagen de Santa María Virgen, hecha por el escultor catalán Joan Mayné, autor también del retablo del Santuario de Torreciudad. Allí pudo saludar a padres y madres, alumnos y profesoras de este centro educativo. Los animó a tratar la Virgen María como un modelo de persona que saben querer y también los alentó a defender la dignidad de la mujer. Por último pidió que recordaran a Benedicto XVI en sus oraciones.

Bendición de una imagen de san Josemaría Escrivá

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Por la tarde, Mons. Javier Echevarría visitó la iglesia de Santa María de Montalegre, en el Raval, confiada a la prelatura del Opus Dei. Acompañado por numerosos fieles y voluntarios de las tareas sociales que han nacido alrededor de esta iglesia, Mons. Echevarría bendijo una imagen de san Josemaría Escrivá obra del escultor japonés Etsuro Sotoo, que actualmente trabaja en la Sagrada Familia. Entre otras cosas, el Prelado animó a los asistentes a acudir san Josemaría y a darle gracias, esforzándose también en adquirir una coherencia de vida, de acuerdo con la fe cristiana.

La familia en las enseñanzas de san Josemaría

Invitado por la Universidad Internacional de Catalunya, Mons. Javier Echevarría impartió la conferencia de Clausura del Congreso sobre Familia y Sociedad celebrado estos días en Barcelona.

El Prelado defendió el modelo de familia cristiano como un modelo positivo para el conjunto de la sociedad: “A todos beneficia el hecho que haya muchas familias unidas, abiertas a la vida y con mentalidad de servicio”.

“Difundir la verdad sobre la familia y el matrimonio se nos muestra como una de las tareas prioritarias en la nueva evangelización. Es obligación que corresponde a todos, a cada uno desde su propia posición en la familia: como esposos, como padres, como hijos, como abuelos”.

Durante la conferencia, habló de algunos aspectos de las enseñanzas de San Josemaría sobre la familia, referentes a la vida matrimonial, a la educación de los hijos y a la irradiación cristiana de la sociedad. “En el hogar se hace posible un aprendizaje que resulta imprescindible: la necesidad de contar con los demás en nuestra vida, respetando y desarrollando los vínculos que nos entrelazan unos con otros. Comprender que he de darme gustosamente cada día, viviendo con una sana atención y servicio a las personas que me rodean es uno de los grandes tesoros que las familias cristianas, consecuentes con su fe, brindan a sus propios miembros y a toda la sociedad”, afirmó.

La UIC, iniciativa de la sociedad civil a través de la Fundación Familiar Catalana, fue creada hace 10 años. Tiene un ideario basado en el humanismo cristiano, inspirado en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá. A petición de sus promotores, esta universidad cuenta con la atención pastoral de sacerdotes de la prelatura del Opus Dei.

En un clima de conversación familiar, pese al alto número de asistentes, Mons. Javier Echevarría mantuvo el sábado por la tarde un encuentro en el colegio Viaró de Sant Cugat con fieles de la Prelatura y amigos. Siguiendo el hilo de las preguntas y anécdotas del público, el Prelado comentó varios aspectos de la vida cristiana, como por ejemplo el amor a la vida, los hijos, los derechos de los padres en la educación, el sentido de la Cruz o la necesidad de dedicar diariamente algunos ratos a la oración. Como en otros momentos del viaje, pidió los asistentes que no dejaran de rezar por el santo Padre cada día, como una muestra del aprecio filial que los cristianos debemos manifestar a quien es el vicario de Cristo a la tierra. También quiso hacer mención del sacramento de la Penitencia. El encuentro concluyó con un Padrenuestro para todas las autoridades, políticas, eclesiásticas y militares, para que sepan llevar a término la tarea a ellos encomendada.

Una vida radicada y centrada en la eucaristía

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Dirijamos ya nuestras reflexiones a otro aspecto importante, al aspecto más radical y central de la vida del sacerdote, que es garantía de su eficacia evangelizadora.

Oración, penitencia, acción guiada por una incansable caridad pastoral. Son como coordenadas en las que hemos contemplado la identificación del sacerdote con Jesucristo, en lo que esta identificación tiene de tarea personal en correspondencia al don de Dios. Pero caería en una gravísima omisión si dejara de considerar que la vida cristiana y, especialmente, esos aspectos de la existencia sacerdotal, han de estar radicados, centrados y, por tanto, unificados en el Sacrificio de Cristo, en la Santa Misa, en la Eucaristía.

La Santa Misa es, en efecto, «el centro y la raíz de toda la vida del Presbítero» 44, como recordó el Concilio Vaticano II, con palabras que habían sido ya muchas veces repetidas por Mons. Escrivá de Balaguer 45.

No cabe duda de que esta centralidad del Sacrificio Eucarístico es una realidad en la vida de todo cristiano, pero en el sacerdote este hecho adquiere matices especiales. Como afirma Juan Pablo II, «Mediante nuestra ordenación —cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico— nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, por ella’ y para ella. Somos, de modo particular, responsables de ella» 46.

Necesito volver de nuevo a la eximia figura sacerdotal del Fundador de esta Universidad: para mí es algo inevitable y sé que, como para mí, es también para vosotros motivo de alegría. Durante cuarenta años, día tras día, he sido testigo de su empeño por transformar cada jornada en un holocausto, en una prolongación del Sacrificio del Altar. La Santa Misa era el centro de su heroica dedicacion al trabajo y la raíz que vivificaba su lucha interior, su vida de oración y de penitencia. Gracias a esa unión con el Sacrificio de Cristo, su actividad pastoral adquirió un valor santificador impresionante: verdaderamente, en cada una de sus jornadas, todo era operatio Dei, Opus Dei, un auténtico camino de oración, de intimidad con Dios, de identificación con Cristo en su entrega total para la salvación del mundo.

Externamente nunca hubo nada extraordinario o singular en la Misa de Mons. Escrivá de Balaguer, aunque era imposible no apreciar su profunda devoción. Desde el principio de su ministerio sacerdotal, se esforzó por no dar cabida ni a la rutina ni a la precipitación al celebrar el Santo Sacrificio, a pesar de la habitual escasez de tiempo para realizar sus múltiples actividades pastorales. Al contrario, tendía espontáneamente a decir la Misa con mucho sosiego, penetrando en cada texto y en el sentido de cada gesto litúrgico, hasta el punto que, por muchos años, tuvo que esforzarse positivamente —de acuerdo con cuanto le corfirmaban en la dirección espiritual— por ir más deprisa, para no llamar la atención y por saberse al servicio de los fieles que contaban, para la Misa, con un tiempo mucho menor. En este contexto, se entiende lo que escribió en 1932, como un suspiro que se escapó de su alma: «Al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes» 47.

Esa intensidad, con la que se unía personalmente al Sacrificio del Señor en la Eucaristía, culminó en algo que no dudo en considerar un peculiar don místico, y que el mismo Padre contó, con gran sencillez, el día 24 de octubre de 1966: «A mis sesenta y cinco años, he hecho un descubrimiento maravilloso. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ¡Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera Misa: la Cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino». No dudo de que este descubrimiento respondía a un ruego que constantemente nos dirigía a quienes estábamos a su alrededor: «pedid al Señor que sepa ser más piadoso en la Santa Misa, que tenga cada día más hambre de renovar el Santo Sacrificio».

Preparativos para el regreso a Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El fin de la guerra se acercaba y miembros de la Obra se preparaban para volver a Madrid. En primer lugar, se propusieron conseguir lo necesario para la instalación de un oratorio. Habían encargado un cáliz y un sagrario casi al principio de su estancia en Burgos. Escrivá pidió a varias mujeres su ayuda para coser los ornamentos. Era difícil encontrar telas apropiadas, y se alegró cuando le regalaron un cubrecama de seda que podría ser transformado en una casulla.

Otra de las prioridades era almacenar libros para las bibliotecas de la futura residencia que se restablecería en Madrid y de los centros de la Obra que se preveían en otras ciudades. Con la ayuda de Albareda, Escrivá había reunido a un buen número de personas del mundo académico para que firmaran una solicitud de libros a diversas instituciones de España y del extranjero. En una carta de junio de 1938, participaba a los demás su alegría por ver que los libros comenzaban a llegar. En sus cartas de julio continuaba con su gozo por ver que los libros no paraban de llegar. Esperanzado en que ese “negocio” resultara un éxito, no dejaba de hacer referencia a los otros “negocios” y a tener la vista puesta en Dios.

A pesar de su entusiasmo, quedaba mucho por hacer y el fin de la guerra estaba a las puertas. En un punto de “Camino” relata el magro resultado de sus gestiones: “Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo… ¡y me llevé cada chasco! -¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?”[1].

Los libros y el material para el oratorio eran el último de los problemas. La casa de Ferraz 16 en la que habían instalado la residencia justo antes de estallar la guerra estaba prácticamente destruida. Escrivá pudo ver su estado con unos prismáticos cuando, en julio de 1938, fue a visitar a Fernández Vallespín, convaleciente en un hospital de campaña. Haría falta mucho dinero para reparar los daños o, en el peor de los casos, cambiar la residencia de lugar. En esos momentos, en que Escrivá y Botella no tenían ni las veinte pesetas que costaba a diario la habitación del Hotel Sabadell, calcularon que para restablecer las actividades apostólicas y sus instrumentos en Madrid haría falta un millón de pesetas.

Además de rezar ardientemente para conseguir los medios necesarios, Escrivá y los demás acudieron a parientes, amigos y conocidos para pedir su ayuda. Don Emiliano, padre de uno de los chicos de la residencia, sugirió que don Pedro, un buen amigo suyo, podría hacer un cuantioso donativo. Escrivá respondió: “(…) ¡Ojalá! Me alegraré por él, que iba a coronar magníficamente su vida de caridad oculta. Pero, créame don Emiliano: veo el apuro enorme que se nos viene encima: no veo la solución humana objetiva… Y, sin embargo, no me intranquilizo: trabajamos por Él y en lo que Él quiere: le hemos dado la hacienda –poca o mucha-, la actividad intelectual –que es lo más grande que tiene el hombre-, el corazón…, ¡la honra! Parece justo pensar, llenos de confianza, que el millón de pesetas que necesitamos vendrá, a su tiempo, quizá pronto. ¿Don Pedro? Puede ser. Pidámoslo al Señor. Me alegraré por don Pedro”[2].

Nada llegaba por aquella petición, pero Escrivá continuaba optimista: “Se ha cumplido un año de nuestra llegada a Burgos, y es justo que tenga deseos –que pongo en práctica- de hablar con vosotros, para que, juntos hagamos un balance de nuestra actuación y señalemos el camino de la próxima labor.

Pero antes quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento, después de bien considerar las cosas en la presencia de Dios. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es optimismo (…).

¿Labor inmediata? Disponeos a vivir intensamente la obediencia, como hasta aquí la habéis vivido, y veréis, al llegar la paz, cómo renace con vida intensa nuestra casa (…). Después… ¡el mundo!

¿Medios? Vida interior. Él y nosotros.

¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución por parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita caridad.

Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios en la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento.

Hay entregamiento, cuando se viven las Normas; cuando fomentamos la piedad recia, la mortificación diaria, la penitencia; cuando procuramos no perder el hábito del trabajo profesional, del estudio; cuando tenemos hambre de conocer cada día mejor el espíritu de nuestro apostolado; cuando la discreción –ni misterio, ni secreteo- es compañera de nuestro trabajo… Y, sobre todo, cuando de continuo os sentís unidos, por una especial Comunión de los Santos, a todos los que forman vuestra familia sobrenatural”[3].

El 26 de marzo de 1939 comenzó el último asalto de las tropas nacionales a Madrid. No encontraron especial resistencia. A través de un amigo que trabajaba en la Subsecretaría del Interior, Escrivá consiguió un salvoconducto para entrar en Madrid. El 28 se las arregló para montarse en uno de los primeros camiones de abastecimiento que llegaron a la capital.

Los tres años de guerra civil fueron una prueba muy dolorosa. Al cabo de diez años, el Opus Dei no tenía un centro ni recursos de ningún tipo. Dos de sus miembros –José Isasa y Jacinto Valentín Gamazo- cayeron en el frente. Otros tres, que quizá no habían asimilado totalmente la vocación antes de estallar la guerra, no perseveraron a causa de los prolongados periodos de tensión y aislamiento. Ninguna de las mujeres que pertenecía al Opus Dei al comienzo del conflicto pudo perseverar en su vocación, también a causa del aislamiento a que se vieron sometidas. Durante este periodo sólo se unieron a la Obra Lola Fisac y José María Albareda. El Opus Dei salía de la guerra con sólo dieciséis miembros –quince hombres y una mujer-, todos ellos sólidos, probados, poseedores de una profunda vida interior de oración y de sacrificio y firmemente dispuestos a vivir su vocación.

Antes de hablar sobre sus esfuerzos para sacar adelante el Opus Dei en los años inmediatamente posteriores, conviene describir las circunstancias políticas, sociales y económicas de la posguerra española.

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 467

[2] AGP P03 1986 p. 128

[3] Ibid. p. 547-550

La primera llamada

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estamos en los últimos días del mes de diciembre de 1917. La nieve, espesa, cubre por completo el paisaje de Logroño. Las temperaturas extremas destemplan la ciudad, hasta alcanzar los dieciséis grados centígrados bajo cero. Los árboles, calles y aleros parecen obra de un gigantesco y alucinado imaginero. El río mantiene la superficie helada y firme. Se empieza a temer, incluso, que las existencias de combustible sean insuficientes para combatir el frío en la ciudad, prácticamente aislada por el temporal. El tránsito por las calles es peligroso, a pesar de las capas de paja que extienden sin descanso los empleados del Ayuntamiento. En el periódico local, «La Rioja», del 28-XII-1917, se destaca el arriesgado viaje del coche de punto de Murillo de Río Leza: llega tirado por caballos con los cascos envueltos en saco. No funciona ningún otro medio de comunicación. La situación se prolonga a los primeros días de enero de 1918. Los serenos tienen que guarecerse bajo techo con el vino de las cantimploras convertido en un bloque de hielo. Algún vigilante nocturno, incluso, ha advertido la bajada de los lobos, empujados por el hambre, hasta la periferia de Logroño. Sólo cuando el calendario alcanza la fecha del 6 de enero cede la intensa ola de frío que se abate sobre la capital riojana.

Josemaría contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido blanco y transparente. En la calle, intacta todavía, aparecen unas huellas que identifica inmediatamente. Es el sendero marcado por los pies descalzos de un Carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel. Su paso madrugador y habitual ha hollado hoy la nieve sin estrenar.

Este detalle pequeño y heroico suscita una profunda inquietud en el alma del muchacho: si otros hacen tantos sacrificios por Dios, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?… Nadie se dará cuenta del cambio que va a sufrir Josemaría. Todo continúa su ritmo normal: menos el corazón y el alma de este adolescente, que encuentra -a partir de ese día y en las cosas inocentes de la vida cotidiana- una sed insaciable de Dios. Empieza a notar que el Cielo quiere algo de su vida; interrogantes y convicciones le remueven y le llevan a la Comunión diaria, a la Confesión frecuente, a la purificación, a la penitencia.

El Señor le llama desde multitud de situaciones y le da a entender que quiere algo especial de su paso por la tierra. Y Josemaría, que desconoce lo que pueda ser, responde gritando por dentro palabras encendidas que Paladea al ritmo de su propio corazón: “ ecce ego quia vocastí me”!(5) . Aquí estoy, porque me has llamado.

Años más tarde dirá que entiende muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús que se conmueve cuando, por las páginas de un libro, asoma una estampa con la mano herida del Redentor. Porque también en su alma se van a suceder, con frecuencia, tales encuentros, y no sólo durante estos años de adolescencia. Pide luz para conocer la Voluntad de Dios.

Y en una impetuosa oración interior, que empieza a descubrir y a practicar, reza lleno de confianza para que se realice en su vida aquello que la Providencia parece desear.

Durante dos o tres meses, Josemaría se acercará al convento de los PP. Carmelitas para hablar con el Padre José Miguel. Le cuenta lo que ha sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo, porque entiende que está ante una persona que ha recibido los barruntos del Amor divino.

Josemaría medita esta proposición y la rechaza. Sabe, con una convicción que personalmente le sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida.

A partir de este momento es frecuente encontrarle en Santa María la Redonda. Hay en esta iglesia una bellísima capilla barroca que preside una imagen de Nuestra Señora de los Angeles. A esta advocación de la Virgen confía también la dulce e inquietante intuición que Dios ha hecho llegar hasta su alma. Pasará años en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras germina la semilla que el Cielo ha depositado dentro de su corazón.

Al mismo tiempo, se emplea a fondo en sus estudios y continúa avanzando, con brillantez, por las asignaturas del sexto y último curso del Bachillerato.

Es ahora cuando invade su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo grande. Y de la mano de esta llamada, cada vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino.

Tiene todavía algunas dudas: siente veneración por la figura del sacerdote -así lo ha visto inculcar en su familia-, pero no le atrae la perspectiva de la «carrera eclesiástica». Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta. Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la Voluntad de Dios, que aún no conoce, y que sin embargo pende ya sobre su vida.

Y en esta convicción, un buen día, posiblemente entre abril y mayo de 1918, acomete la empresa de comunicárselo a su padre. Don José, que continúa entregado a su trabajo para que la familia, y en especial Josemaría, puedan remontar la situación a la que les llevaron circunstancias adversas, se queda absolutamente sorprendido. De pronto, se vienen abajo los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha llorado nunca ante tanto acontecimiento doloroso, nota irremediables, impotentes, las lágrimas que cruzan por su cara.

Dice, con calma, asintiendo a los planes de Dios, que lo medite muy bien antes de decidir:

-«Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos… Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré»(6).

Y don José, con serio respeto por la libre opción de su hijo, le lleva a entrevistarse con un amigo suyo, don Antolín Oñate, Abad de la Colegiata de Santa María la Redonda y una verdadera institución en Logroño. Quiere que le oriente en el camino de esta seria decisión que acaba de tomar.

Josemaría sigue preguntándose sobre lo que Dios espera de su vida. Quiere tener la evidencia de un camino todavía oscuro; sin embargo, es tan constante la llamada de Dios, que le llevará a repetir las palabras que gritaba el ciego de Jericó: “Domine, ut videam”!… ¡Señor, que vea!; “ut sit”!(7).: ¡que sea! Que sea lo que Tú quieres y yo ignoro.

Escribe a su tía Cruz Albás, hermana de doña Dolores y Religiosa Carmelita en el Convento de las Miguelas de Huesca, y le habla de su decisión al sacerdocio, de la necesidad de luz para conocer los designios de Dios que, a los 16 años, se ha apoderado de su vida. Y le cuenta este modo de oración con que interroga frecuentemente al Cielo.

A lo largo de su camino, Monseñor Escrivá de Balaguer apoyará la historia de toda la Obra de Dios en la oración de sus hijos, de sacerdotes, de enfermos, de religiosos… Quizá es la primera vez, en el comienzo de su vocación, que pide la ayuda de un alma contemplativa para llevar adelante la Voluntad de Dios.

El Señor busca su humildad. Quiere que confie sólo en la oración constante para llegar a ver su camino; y, a la vez, inunda su alma con la seguridad plena del Amor. En la historia del Opus Dei, el Fundador ayudará a muchas personas a descubrir esa misma certeza, saboreando aquel fuerte y dulce grito de Isaías: “Ego redemi te et vocavi te nomine tuo; meas es tu(8)”: Yo te he redimido y te he llamado por tu nombre, tú eres mío.

Al mismo tiempo, se siente incapaz de responder adecuadamente a esta elección de Dios. Y suele recitar, despacio, una letanía que tiene raíces de verdadera y profunda humildad: «no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada… »(9).

Años después, Monseñor Escrivá de Balaguer afirmará, con frecuencia, que Jesucristo no le pidió permiso para meterse en su vida; que entró secreta y arrolladoramente -con palabras de la Sagrada Escritura- “sicut fur”!(10), como un ladrón. Y, con generosa juventud, empezará a dejarse llevar por la divina locura que va a impulsar toda su vida: “Ecce ego, quia vocasti me”: aquí estoy, porque me has llamado.

En octubre de 1918 se matricula en el Seminario de Logroño en calidad de alumno externo(11), para cursar el primer año de Teología. Y, con la ayuda de varios profesores particulares, realiza los estudios de Filosofía y perfecciona el Latín. Con este mismo carácter estudia también un grupo reducido de alumnos. Se trata de algunos muchachos que pueden compartir la vida del Seminario con la permanencia en sus ambientes familiares.

Llega Josemaría con el preámbulo de unos estudios brillantes, de una inteligencia notable y clara, de una personalidad comunicativa y educada. Sus compañeros recuerdan la elegancia natural de sus modos, la corrección de su porte y la actitud abierta con que acepta la amistad. En el Seminario hay una neta separación entre alumnos internos y externos. Todos los días, aunque no es preceptivo, llega temprano este pequeño grupo para oír la Santa Misa. Después, vuelven a desayunar a sus casas; poco más tarde comienzan las clases. Por las tardes, pasean hacia Lardero y, a veces, se acercan al río para organizar una animada pesca de cangrejos. Luego se reúnen en casa de Millán -un compañeroo de Josemaría.

Amadeo Blanco, un alumno interno, recuerda a Josemaría como un muchacho que se ofrece para ayudar en todo cuanto puede. Y cuenta cómo los domingos le ve incorporarse a una catequesis del Seminario a la que asisten unos cuatrocientos niños. Es atendida únicamente por los alumnos internos, pero Josemaría, con gran interés, pide permiso a los superiores y se entrega a la tarea que habrá de constituir, en el futuro, una de sus intensas dedicaciones: la atención y el cariño hacia los pequeños que han de formarse en el Cristianismo y deben empezar a comprender el amor de Jesucristo(12).

TEMA 23. La penitencia (2)

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Cristo confió el ministerio de la reconciliación a sus Apóstoles que lo transmitieron a sus colaboradores. Los sacerdotes pueden perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

1. Los actos del ministro del sacramento

1.1. Quién es el ministro y cuál es su tarea

«Cristo confió el ministerio de la reconciliación a sus Apóstoles, a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a los presbíteros, colaboradores de los obispos, los cuales se convierten, por tanto, en instrumentos de la misericordia y de la justicia de Dios. Ellos ejercen el poder de perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Compendio, 307).

El confesor realiza el ministerio de la reconciliación en virtud del poder sacerdotal recibido con el sacramento del Orden. El ejercicio de este poder está regulado por las leyes de la Iglesia de tal modo que es necesario al sacerdote tener la facultad de ejercerlo sobre determinados fieles o sobre todos.

«Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador» (Catecismo, 1465).

«Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, todo confesor está obligado, sin ninguna excepción y bajo penas muy severas, a mantener el sigilo sacramental, esto es, el absoluto secreto sobre los pecados conocidos en confesión» (Compendio, 309).

1.2. La absolución sacramental

Entre los actos del confesor, algunos son necesarios para que el penitente realice los que le corresponden, en concreto, escuchar su confesión e imponerle la penitencia. Además, con el poder sacerdotal del sacramento del Orden, le da la absolución recitando la fórmula prescrita en el Ritual, «cuya parte esencial son las palabras: “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”» .

«Así, por medio del sacramento de la penitencia, el Padre acoge al hijo que retorna a él, Cristo toma sobre sus hombros a la oveja perdida y la conduce nuevamente al redil y el Espíritu Santo vuelve a santificar su templo o habita en él con mayor plenitud».

2. Los efectos del sacramento de la Penitencia

«Los efectos del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios y, por tanto, el perdón de los pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia y el consuelo del espíritu; el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano» (Compendio, 310).

San Josemaría Escrivá de Balaguer resume sus efectos de modo vivo: «en este Sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea, y para retornar sin cansancio a Dios, aun cuando todo te parezca oscuro».

«En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena» (Catecismo, 1470).

3. Necesidad y utilidad de la Penitencia

3.1. Necesidad para el perdón de los pecados graves

«Para los caídos después del bautismo, es este sacramento de la Penitencia tan necesario, como el mismo Bautismo para los aún no regenerados”.

«Según el mandamiento de la Iglesia “todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez la año, los pecados graves de que tiene conciencia” (CIC can. 989)» (Catecismo, 1457).

«“Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no […] comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes” (CIC, can. 916)» (Catecismo, 1457).

3.2. Utilidad de la Confesión frecuente

«Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia. En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (Catecismo, 1458).

«El uso frecuente y cuidadoso de este sacramento es también muy útil en relación con los pecados veniales. En efecto, no se trata de una mera repetición ritual ni de un cierto ejercicio psicológico, sino de un constante empeño en perfeccionar la gracia del Bautismo, que hace que de tal forma nos vayamos conformando continuamente a la muerte de Cristo, que llegue a manifestarse también en nosotros la vida de Jesús».

4. La celebración del sacramento de la Penitencia

«La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión».

«El sacerdote acoge al penitente con caridad fraternal […] Después el penitente hace el signo de la cruz, diciendo: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. El sacerdote puede hacerlo al mismo tiempo. Después el sacerdote le invita con una breve fórmula a la confianza en Dios».

«Entonces el sacerdote, o el mismo penitente, lee, si parece oportuno, un texto de la Sagrada Escritura; esta lectura puede hacerse también en la preparación del sacramento. Por la palabra de Dios el cristiano es iluminado en el conocimiento de sus pecados y es llamado a la conversión y a la confianza en la misericordia de Dios».

«Después el penitente confiesa sus pecados». El sacerdote le exhorta al arrepentimiento, le ofrece los oportunos consejos para empezar una nueva vida y le impone la penitencia. «Después el penitente manifiesta su contrición y el propósito de una vida nueva por medio de alguna fórmula de oración, con la que implora el perdón de Dios Padre». Seguidamente el sacerdote le da la absolución.

Una vez recibida la absolución, el penitente puede proclamar la misericordia de Dios y darle gracias con una breve aclamación tomada de la Sagrada Escritura, o bien el sacerdote recita un fórmula de alabanza de Dios y de despedida del penitente.

«El sacramento de la penitencia puede también celebrarse en el marco de una celebración comunitaria, en la que los penitentes se preparan a la confesión y juntos dan gracias por el perdón recibido. Así la confesión personal de los pecados y la absolución individual están insertadas en una liturgia de la Palabra de Dios, con lecturas y homilía, examen de conciencia dirigido en común, petición comunitaria del perdón, rezo del Padrenuestro y acción de gracias en común» (Catecismo, 1482).

«Las normas sobre la sede para la confesión son dadas por las respectivas Conferencias Episcopales, las cuales han de garantizar que esté situada en “lugar patente” y esté “provista de rejillas” de modo que puedan utilizarlas los fieles y los confesores mismos que lo deseen». «No se deben oír confesiones fuera del confesionario, si no es por justa causa».

5. Las indulgencias

La persona que ha pecado necesita no sólo el perdón de la culpa por haber ofendido a Dios, sino también de las penas que ha merecido por tal desorden. Con el perdón de las culpas graves el pecador obtiene también la liberación de la pena de la separación eterna de Dios, pero normalmente permanece aún como merecedor de penas temporales, es decir, no eternas. También las culpas veniales merecen penas temporales. «Estas penas se imponen por justo y misericordioso juicio de Dios para purificar las almas y defender la santidad del orden moral, y restituir la gloria de Dios en su plena majestad. Pues todo pecado lleva consigo la perturbación del orden universal, que Dios ha dispuesto con inefable sabiduría e infinita caridad, y la destrucción de ingentes bienes tanto en relación con el pecador como de toda la comunidad humana».

«La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (Catecismo, 1471).

Los «bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, “que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención. Pertenece igualmente a este tesoro el precio verdaderamente inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María  y de todos los santos que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo sus pasos, y realizaron una obra agradable al Padre, de manera que, trabajando en su propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación de sus hermanos en la unidad del Cuerpo místico» (Catecismo, 1476-1477).

«La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente […] Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias» (Catecismo, 1471).

«Al fiel que, al menos con corazón contrito, lleva a cabo una obra enriquecida con indulgencia parcial, se le concede por obra de la Iglesia una remisión tal de la pena temporal cual la que ya recibe por su acción».

«Para ganar la indulgencia plenaria se requiere la ejecución de la obra enriquecida con la indulgencia y el cumplimiento de las tres condiciones siguientes: la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Romano Pontífice. Se requiere además, que se excluya todo afecto al pecado, incluso venial. Si falta esta completa disposición, y no se cumplen las condiciones arriba indicadas, […] la indulgencia será solamente parcial».

Antonio Miralles

TEMA 22. La penitencia

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Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia ofreciéndonos una nueva posibilidad de convertirnos y de recuperar, después del Bautismo, la gracia de la justificación.

1. La lucha contra el pecado después del Bautismo

1.1. Necesidad de la conversión

A pesar de que el Bautismo borra todo pecado, nos hace hijos de Dios y dispone a la persona para recibir el regalo divino de la gloria del Cielo, sin embargo en esta vida quedamos aún expuestos a caer en el pecado; nadie está eximido de tener que luchar contra él, y las caídas son frecuentes. Jesús nos ha enseñado a rezar en el Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», y esto no de vez en cuando, sino todos los días, muy a menudo. El apóstol S. Juan dice también: «Si decimos: ‘no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). Y a los cristianos de primera hora en Corinto, san Pablo exhortaba: «En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios» (2 Co 5, 20).

Así pues, la llamada de Jesús a la conversión: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15), no se dirige sólo a los que aún no le conocen, sino a todos los fieles cristianos que también deben convertirse y avivar su fe. «Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia» (Catecismo, 1428).

1.2. La penitencia interior

La conversión comienza en nuestro interior: la que se limita a apariencias externas no es verdadera conversión. Uno no se puede oponer al pecado, en cuanto ofensa a Dios, sino con un acto verdaderamente bueno, acto de virtud, con el que se arrepiente de aquello con lo que ha contrariado la voluntad de Dios y busca activamente eliminar ese desarreglo con todas sus consecuencias. En eso consiste la virtud de la penitencia.

«La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia» (Catecismo, 1431).

La penitencia no es una obra exclusivamente humana, un reajuste interior fruto de un fuerte dominio de sí mismo, que pone en juego todos los resortes del conocimiento propio y una serie de decisiones enérgicas. «La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo» (Catecismo, 1432).

1.3. Diversas formas de penitencia en la vida cristiana

La conversión nace del corazón, pero no se queda encerrada en el interior del hombre, sino que fructifica en obras externas, poniendo en juego a la persona entera, cuerpo y alma. Entre ellas destacan, en primer lugar, las que están incluidas en la celebración de la Eucaristía y las del sacramento de la Penitencia, que Jesucristo instituyó para que saliéramos victoriosos en la lucha contra el pecado.

Además, el cristiano tiene otras muchas formas de poner en práctica su deseo de conversión. «La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cfr. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás» (Catecismo, 1434). A esas tres formas se reconducen, de un modo u otro, todas las obras que nos permiten rectificar el desorden del pecado.

Con el ayuno se entiende no sólo la renuncia moderada al gusto en los alimentos, sino también todo lo que supone exigir al cuerpo y no darle gusto con el fin de dedicarnos a lo que Dios nos pide para el bien de los demás y el propio. Como oración podemos entender toda aplicación de nuestras facultades espirituales –inteligencia, voluntad, memoria– a unirnos a Dios Padre nuestro en conversación familiar e íntima. Con relación a los demás, la limosna no es sólo dar dinero u otros bienes materiales a los necesitados, sino también otros tipos de donación: compartir el propio tiempo, cuidar a los enfermos, perdonar a los que nos han ofendido, corregir al que lo necesita para rectificar, dar consuelo a quien sufre, y otras muchas manifestaciones de entrega a los demás.

La Iglesia nos impulsa a las obras de penitencia especialmente en algunos momentos, que nos sirven además para ser más solidarios con los hermanos en la fe. «Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia» (Catecismo, 1438).

2. El sacramento de la Penitencia y Reconciliación

2.1. Cristo instituyó este sacramento

«Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» (Catecismo, 1446).

Jesús, durante su vida pública, no sólo exhortó a los hombres a penitencia, sino que acogiendo a los pecadores los reconciliaba con el Padre. «Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23)» (Catecismo, 976). Es un poder que se transmite a los obispos, sucesores de los apóstoles como pastores de la Iglesia, y a los presbíteros, que son también sacerdotes del Nuevo Testamento, colaboradores de los obispos, en virtud del sacramento del Orden. «Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico» (Catecismo, 1442).

2.2. Nombres de este sacramento

Recibe diversos nombres según se ponga de relieve un aspecto u otro. «Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador» (Catecismo, 1423); «de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia» (Catecismo, 1424); «de la confesión porque […] la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento» (ibidem); «del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente el perdón y la paz» (ibidem); «de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión» (Catecismo, 1423).

2.3. Sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia

«Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones» (Lumen gentium, 11).

«Porque el pecado es una ofensa hecha o Dios, que rompe nuestra amistad con él, la penitencia “tiene como término el amor y el abandono en el Señor”. El pecador, por tanto, movido por la gracia del Dios misericordioso, se pone en camino de conversión, retorna al Padre, que: «nos amó primero», y a Cristo, que se entregó por nosotros, y al Espíritu Santo, que ha sido derramado copiosamente en nosotros» .

«“Por arcanos y misteriosos designios de Dios, los hombres están vinculados entre sí por lazos sobrenaturales, de suerte que el pecado de uno daña a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a los otros”, por ello la penitencia lleva consigo siempre una reconciliación a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a quienes el propio pecado perjudica».

2.4. La estructura fundamental de la Penitencia

«Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Cristo y establece el modo de la satisfacción» (Compendio, 302).

3. Los actos del penitente

Son «los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción» (Catecismo, 1448).

3.1. La contrición

«Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”» (Catecismo, 1451).

«Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta”(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental» (Catecismo, 1452).

«La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia» (Catecismo, 1453).

«Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas» (Catecismo, 1454).

3.2. La confesión de los pecados

«La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia: “En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo (cfr. Ex 20,17; Mt 5,28), pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos”» (Catecismo, 1456).

«La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión». La confesión de las culpas nace del verdadero conocimiento de sí mismo ante Dios, fruto del examen de conciencia, y de la contrición de los propios pecados. Es mucho más que un desahogo humano: «La confesión sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino».

Al confesar los pecados el cristiano penitente se somete al juicio de Jesucristo, que lo ejercita por medio del sacerdote, el cual prescribe al penitente las obras de penitencia y lo absuelve de los pecados. El penitente combate el pecado con las armas de la humildad y la obediencia.

3.3. La satisfacción

«La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también penitencia» (Catecismo, 1459).

El confesor, antes de dar la absolución, impone la penitencia, que el penitente debe aceptar y cumplir luego. Esa penitencia le sirve como satisfacción por los pecados y su valor proviene sobre todo del sacramento: el penitente ha obedecido a Cristo cumpliendo lo que Él ha establecido sobre este sacramento, y Cristo ofrece al Padre esa satisfacción de un miembro suyo.

Antonio Miralles

TEMA 23. La penitencia (2)

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Cristo confió el ministerio de la reconciliación a sus Apóstoles que lo transmitieron a sus colaboradores. Los sacerdotes pueden perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

1. Los actos del ministro del sacramento

1.1. Quién es el ministro y cuál es su tarea

«Cristo confió el ministerio de la reconciliación a sus Apóstoles, a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a los presbíteros, colaboradores de los obispos, los cuales se convierten, por tanto, en instrumentos de la misericordia y de la justicia de Dios. Ellos ejercen el poder de perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Compendio, 307).

El confesor realiza el ministerio de la reconciliación en virtud del poder sacerdotal recibido con el sacramento del Orden. El ejercicio de este poder está regulado por las leyes de la Iglesia de tal modo que es necesario al sacerdote tener la facultad de ejercerlo sobre determinados fieles o sobre todos.

«Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador» (Catecismo, 1465).

«Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, todo confesor está obligado, sin ninguna excepción y bajo penas muy severas, a mantener el sigilo sacramental, esto es, el absoluto secreto sobre los pecados conocidos en confesión» (Compendio, 309).

1.2. La absolución sacramental

Entre los actos del confesor, algunos son necesarios para que el penitente realice los que le corresponden, en concreto, escuchar su confesión e imponerle la penitencia. Además, con el poder sacerdotal del sacramento del Orden, le da la absolución recitando la fórmula prescrita en el Ritual, «cuya parte esencial son las palabras: “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”» .

«Así, por medio del sacramento de la penitencia, el Padre acoge al hijo que retorna a él, Cristo toma sobre sus hombros a la oveja perdida y la conduce nuevamente al redil y el Espíritu Santo vuelve a santificar su templo o habita en él con mayor plenitud».

2. Los efectos del sacramento de la Penitencia

«Los efectos del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios y, por tanto, el perdón de los pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia y el consuelo del espíritu; el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano» (Compendio, 310).

San Josemaría Escrivá de Balaguer resume sus efectos de modo vivo: «en este Sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea, y para retornar sin cansancio a Dios, aun cuando todo te parezca oscuro».

«En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena» (Catecismo, 1470).

3. Necesidad y utilidad de la Penitencia

3.1. Necesidad para el perdón de los pecados graves

«Para los caídos después del bautismo, es este sacramento de la Penitencia tan necesario, como el mismo Bautismo para los aún no regenerados».

«Según el mandamiento de la Iglesia “todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez la año, los pecados graves de que tiene conciencia” (CIC can. 989)» (Catecismo, 1457).

«“Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no […] comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes” (CIC, can. 916)» (Catecismo, 1457).

3.2. Utilidad de la Confesión frecuente

«Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia. En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (Catecismo, 1458).

«El uso frecuente y cuidadoso de este sacramento es también muy útil en relación con los pecados veniales. En efecto, no se trata de una mera repetición ritual ni de un cierto ejercicio psicológico, sino de un constante empeño en perfeccionar la gracia del Bautismo, que hace que de tal forma nos vayamos conformando continuamente a la muerte de Cristo, que llegue a manifestarse también en nosotros la vida de Jesús».

4. La celebración del sacramento de la Penitencia

«La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión».

«El sacerdote acoge al penitente con caridad fraternal […] Después el penitente hace el signo de la cruz, diciendo: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. El sacerdote puede hacerlo al mismo tiempo. Después el sacerdote le invita con una breve fórmula a la confianza en Dios.

«Entonces el sacerdote, o el mismo penitente, lee, si parece oportuno, un texto de la Sagrada Escritura; esta lectura puede hacerse también en la preparación del sacramento. Por la palabra de Dios el cristiano es iluminado en el conocimiento de sus pecados y es llamado a la conversión y a la confianza en la misericordia de Dios».

«Después el penitente confiesa sus pecados». El sacerdote le exhorta al arrepentimiento, le ofrece los oportunos consejos para empezar una nueva vida y le impone la penitencia. «Después el penitente manifiesta su contrición y el propósito de una vida nueva por medio de alguna fórmula de oración, con la que implora el perdón de Dios Padre». Seguidamente el sacerdote le da la absolución.

Una vez recibida la absolución, el penitente puede proclamar la misericordia de Dios y darle gracias con una breve aclamación tomada de la Sagrada Escritura, o bien el sacerdote recita un fórmula de alabanza de Dios y de despedida del penitente.

«El sacramento de la penitencia puede también celebrarse en el marco de una celebración comunitaria, en la que los penitentes se preparan a la confesión y juntos dan gracias por el perdón recibido. Así la confesión personal de los pecados y la absolución individual están insertadas en una liturgia de la Palabra de Dios, con lecturas y homilía, examen de conciencia dirigido en común, petición comunitaria del perdón, rezo del Padrenuestro y acción de gracias en común» (Catecismo, 1482).

«Las normas sobre la sede para la confesión son dadas por las respectivas Conferencias Episcopales, las cuales han de garantizar que esté situada en “lugar patente” y esté “provista de rejillas” de modo que puedan utilizarlas los fieles y los confesores mismos que lo deseen». «No se deben oír confesiones fuera del confesionario, si no es por justa causa».

5. Las indulgencias

La persona que ha pecado necesita no sólo el perdón de la culpa por haber ofendido a Dios, sino también de las penas que ha merecido por tal desorden. Con el perdón de las culpas graves el pecador obtiene también la liberación de la pena de la separación eterna de Dios, pero normalmente permanece aún como merecedor de penas temporales, es decir, no eternas. También las culpas veniales merecen penas temporales. «Estas penas se imponen por justo y misericordioso juicio de Dios para purificar las almas y defender la santidad del orden moral, y restituir la gloria de Dios en su plena majestad. Pues todo pecado lleva consigo la perturbación del orden universal, que Dios ha dispuesto con inefable sabiduría e infinita caridad, y la destrucción de ingentes bienes tanto en relación con el pecador como de toda la comunidad humana».

«La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (Catecismo, 1471).

Los «bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, “que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención. Pertenece igualmente a este tesoro el precio verdaderamente inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María  y de todos los santos que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo sus pasos, y realizaron una obra agradable al Padre, de manera que, trabajando en su propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación de sus hermanos en la unidad del Cuerpo místico» (Catecismo, 1476-1477).

«La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente […] Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias» (Catecismo, 1471).

«Al fiel que, al menos con corazón contrito, lleva a cabo una obra enriquecida con indulgencia parcial, se le concede por obra de la Iglesia una remisión tal de la pena temporal cual la que ya recibe por su acción».

«Para ganar la indulgencia plenaria se requiere la ejecución de la obra enriquecida con la indulgencia y el cumplimiento de las tres condiciones siguientes: la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Romano Pontífice. Se requiere además, que se excluya todo afecto al pecado, incluso venial. Si falta esta completa disposición, y no se cumplen las condiciones arriba indicadas, […] la indulgencia será solamente parcial».

Antonio Miralles

TEMA 22. La penitencia

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Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia ofreciéndonos una nueva posibilidad de convertirnos y de recuperar, después del Bautismo, la gracia de la justificación.

1. La lucha contra el pecado después del Bautismo

1.1. Necesidad de la conversión

A pesar de que el Bautismo borra todo pecado, nos hace hijos de Dios y dispone a la persona para recibir el regalo divino de la gloria del Cielo, sin embargo en esta vida quedamos aún expuestos a caer en el pecado; nadie está eximido de tener que luchar contra él, y las caídas son frecuentes. Jesús nos ha enseñado a rezar en el Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», y esto no de vez en cuando, sino todos los días, muy a menudo. El apóstol S. Juan dice también: «Si decimos: ‘no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). Y a los cristianos de primera hora en Corinto, san Pablo exhortaba: «En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios» (2 Co 5, 20).

Así pues, la llamada de Jesús a la conversión: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15), no se dirige sólo a los que aún no le conocen, sino a todos los fieles cristianos que también deben convertirse y avivar su fe. «Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia» (Catecismo, 1428).

1.2. La penitencia interior

La conversión comienza en nuestro interior: la que se limita a apariencias externas no es verdadera conversión. Uno no se puede oponer al pecado, en cuanto ofensa a Dios, sino con un acto verdaderamente bueno, acto de virtud, con el que se arrepiente de aquello con lo que ha contrariado la voluntad de Dios y busca activamente eliminar ese desarreglo con todas sus consecuencias. En eso consiste la virtud de la penitencia.

«La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia» (Catecismo, 1431).

La penitencia no es una obra exclusivamente humana, un reajuste interior fruto de un fuerte dominio de sí mismo, que pone en juego todos los resortes del conocimiento propio y una serie de decisiones enérgicas. «La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo» (Catecismo, 1432).

1.3. Diversas formas de penitencia en la vida cristiana

La conversión nace del corazón, pero no se queda encerrada en el interior del hombre, sino que fructifica en obras externas, poniendo en juego a la persona entera, cuerpo y alma. Entre ellas destacan, en primer lugar, las que están incluidas en la celebración de la Eucaristía y las del sacramento de la Penitencia, que Jesucristo instituyó para que saliéramos victoriosos en la lucha contra el pecado.

Además, el cristiano tiene otras muchas formas de poner en práctica su deseo de conversión. «La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cfr. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás» (Catecismo, 1434). A esas tres formas se reconducen, de un modo u otro, todas las obras que nos permiten rectificar el desorden del pecado.

Con el ayuno se entiende no sólo la renuncia moderada al gusto en los alimentos, sino también todo lo que supone exigir al cuerpo y no darle gusto con el fin de dedicarnos a lo que Dios nos pide para el bien de los demás y el propio. Como oración podemos entender toda aplicación de nuestras facultades espirituales –inteligencia, voluntad, memoria– a unirnos a Dios Padre nuestro en conversación familiar e íntima. Con relación a los demás, la limosna no es sólo dar dinero u otros bienes materiales a los necesitados, sino también otros tipos de donación: compartir el propio tiempo, cuidar a los enfermos, perdonar a los que nos han ofendido, corregir al que lo necesita para rectificar, dar consuelo a quien sufre, y otras muchas manifestaciones de entrega a los demás.

La Iglesia nos impulsa a las obras de penitencia especialmente en algunos momentos, que nos sirven además para ser más solidarios con los hermanos en la fe. «Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia» (Catecismo, 1438).

2. El sacramento de la Penitencia y Reconciliación

2.1. Cristo instituyó este sacramento

«Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» (Catecismo, 1446).

Jesús, durante su vida pública, no sólo exhortó a los hombres a penitencia, sino que acogiendo a los pecadores los reconciliaba con el Padre. «Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23)» (Catecismo, 976). Es un poder que se transmite a los obispos, sucesores de los apóstoles como pastores de la Iglesia, y a los presbíteros, que son también sacerdotes del Nuevo Testamento, colaboradores de los obispos, en virtud del sacramento del Orden. «Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico» (Catecismo, 1442).

2.2. Nombres de este sacramento

Recibe diversos nombres según se ponga de relieve un aspecto u otro. «Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador» (Catecismo, 1423); «de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia» (Catecismo, 1424); «de la confesión porque […] la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento» (ibidem); «del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente el perdón y la paz» (ibidem); «de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión» (Catecismo, 1423).

2.3. Sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia

«Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones» (Lumen gentium, 11).

«Porque el pecado es una ofensa hecha o Dios, que rompe nuestra amistad con él, la penitencia “tiene como término el amor y el abandono en el Señor”. El pecador, por tanto, movido por la gracia del Dios misericordioso, se pone en camino de conversión, retorna al Padre, que: «nos amó primero», y a Cristo, que se entregó por nosotros, y al Espíritu Santo, que ha sido derramado copiosamente en nosotros» .

«“Por arcanos y misteriosos designios de Dios, los hombres están vinculados entre sí por lazos sobrenaturales, de suerte que el pecado de uno daña a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a los otros”, por ello la penitencia lleva consigo siempre una reconciliación a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a quienes el propio pecado perjudica».

2.4. La estructura fundamental de la Penitencia

«Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Cristo y establece el modo de la satisfacción» (Compendio, 302).

3. Los actos del penitente

Son «los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción» (Catecismo, 1448).

3.1. La contrición

«Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”» (Catecismo, 1451).

«Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta”(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental» (Catecismo, 1452).

«La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia» (Catecismo, 1453).

«Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas» (Catecismo, 1454).

3.2. La confesión de los pecados

«La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia: “En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo (cfr. Ex 20,17; Mt 5,28), pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos”» (Catecismo, 1456).

«La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión». La confesión de las culpas nace del verdadero conocimiento de sí mismo ante Dios, fruto del examen de conciencia, y de la contrición de los propios pecados. Es mucho más que un desahogo humano: «La confesión sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino».

Al confesar los pecados el cristiano penitente se somete al juicio de Jesucristo, que lo ejercita por medio del sacerdote, el cual prescribe al penitente las obras de penitencia y lo absuelve de los pecados. El penitente combate el pecado con las armas de la humildad y la obediencia.

3.3. La satisfacción

«La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también penitencia» (Catecismo, 1459).

El confesor, antes de dar la absolución, impone la penitencia, que el penitente debe aceptar y cumplir luego. Esa penitencia le sirve como satisfacción por los pecados y su valor proviene sobre todo del sacramento: el penitente ha obedecido a Cristo cumpliendo lo que Él ha establecido sobre este sacramento, y Cristo ofrece al Padre esa satisfacción de un miembro suyo.

Antonio Miralles

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1422-1484.

Lecturas recomendadas

Ordo Paenitentiae, Praenotanda, 1-30.

Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Pænitentia, 2-XII-1984, 28-34.

Pablo VI, Const. Ap. Indulgentiarum doctrina, 1-I-1967.


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