Universitarios, renovadores de la civilización

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El Papa celebró con universitarios de diversos países la VI Jornada Europea de los Universitarios y les urgió a tener deseos de renovar y enriquecer con su vida cristiana la civilización actual.

Durante el encuentro hubo conexiones vía satélite con universitarios de Nápoles (Italia); Bucarest (Rumania), Toledo (España); Aviñón (Francia); Minsk (Bielorrusia); Washington (EE.UU.); Ciudad del México (México); La Habana (Cuba); Aparecida (Brasil) y Loja (Ecuador).

Tras el rezo del Rosario, el Papa habló a los universitarios, especialmente a los de Europa y América, con estas palabras: “El cristianismo constituye un lazo fuerte y profundo entre el llamado viejo continente y el llamado “nuevo mundo”.

 

Opus Dei -

“Dios os llama a cooperar, junto con vuestros coetáneos de todo el mundo, para que la savia del Evangelio renueve la civilización de estos dos continentes y de toda la humanidad”.

“Las grandes ciudades europeas y americanas son cada vez más cosmopolitas, pero con frecuencia les falta esta savia capaz de hacer que las diferencias no sean un motivo de división o de conflicto, sino más bien de enriquecimiento recíproco”.

“Queridos amigos: ¡sed discípulos y testigos del Evangelio, pues el Evangelio es la buena semilla del Reino de Dios, es decir, de la civilización del amor! ¡Sed constructores de paz y de unidad!”.

ÁNGELUS: LA CEGUERA DEL ORGULLO

“Jesús revela al ciego curado que ha venido al mundo para dar un juicio, para separar a los ciegos curables de los que no se dejan curar porque creen que están sanos”, dijo el Papa en el ángelus.

En su mensaje dominical tras el rezo del ángelus, el Papa reflexionó sobre el Evangelio del día, en el que Jesucristo cura a un ciego de nacimiento. Frente a quienes veían en la ceguera un castigo causado por los pecados “Jesús no piensa en las culpas posibles sino en la voluntad de Dios que creó al ser humano para la vida”.

“E inmediatamente entra en acción: con tierra y saliva hace fango y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre que la Biblia narra con el símbolo de la tierra plasmada y animada por el soplo de Dios”.

“Curando al ser humano Jesús lleva a cabo una nueva creación. Pero esa curación suscita una discusión encendida porque Cristo lo hace durante el sábado, infringiendo según los fariseos el precepto festivo. Al final de la narración, Jesús y el ciego se encuentran “expulsados” por los fariseos: uno porque ha violado la ley y el otro porque, a pesar de la curación lleva todavía la marca de pecador de nacimiento”.

“Jesús revela al ciego curado que ha venido al mundo para dar un juicio, para separar a los ciegos curables de los que no se dejan curar porque creen que están sanos. Efectivamente en el ser humano es muy fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico, incluso la religión puede convertirse en elemento de este sistema, así como el ateísmo o el laicismo, pero haciendo así nuestro egoísmo nos vuelve ciegos”.

“¡Dejemos que nos cure Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios!” -concluyó-. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y sobre todo lo que la Biblia llama el “gran pecado”: el orgullo”.

Olvidar y perdonar

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

La guerra había dejado en el país un clima de recelos y sospechas; y tras la persecución religiosa, don Josemaría tuvo que sufrir una nueva persecución, esta vez contra su predicación y su figura: habladurías, murmuraciones, calumnias. Uno de aquellos ataques pudo costarle la vida: llegaron a denunciarle, en la espiral absurda de acusaciones sin fundamento, ante el terrible Tribunal para la represión del marxismo y la masonería.

Ante esos hechos, su enseñanza constante fue siempre olvidar y perdonar. Aconsejaba:

—No juzgues a los demás;

—no ofendas ni siquiera con la duda;

—ahoga el mal en abundancia de bien;

—siembra lealtad, justicia y paz;

—pasa por alto las interpretaciones torcidas;

—habla cuando pienses en conciencia que debes hablar;

—perdona, siempre, pronto, y todo con la sonrisa en los labios;

—y deja todo en manos de nuestro Padre Dios.

Tenía los brazos abiertos para todos, aunque le hubiesen ofendido seriamente, y sembraba la paz y el perdón, en medio de aquel clima exaltado de odios y rencores. A uno, que le hablaba de venganzas y penas de muerte contra unas personas enemigas de la fe, le explicó que él, por el contrario, deseaba todo el bien a esas personas; y oraba para que se convirtiesen y se acercasen al Señor. A otro, que quería levantar una cruz donde habían asesinado a un pariente suyo, le aconsejó que no lo hiciera, porque —le dijo con claridad— le movía el odio hacia los asesinos, y el odio es incompatible con la Cruz de Cristo. Escribió en su libro Via Crucis: Hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar. No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz.

El 15 de julio de 1943, víspera de la Virgen del Carmen, falleció en Madrid, con fama de santidad, Isidoro Zorzano, uno de los primeros fieles del Opus Dei. En octubre de 1944, mientras predicaba unos Ejercicios Espirituales a los agustinos de El Escorial, diagnosticaron a don Josemaría una grave enfermedad: diabetes mellitus. Siguió predicando, a pesar de su grave estado físico. Y acogió estas nuevas penalidades redoblando su esperanza en Dios.

Mientras tanto, se fueron dando los primeros pasos de carácter jurídico y pastoral, y el 25 de junio de 1944 tuvo lugar la ordenación sacerdotal de tres fieles del Opus Dei: José María Hernández Garnica, José Luis Múzquiz, y Álvaro del Portillo, su más fiel e inmediato colaborador.

Madrid, entre septiembre de 1931 y febrero de 1934

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquel individuo se abalanzó sobre él sin que le diera tiempo a defenderse. Don Josemaría es incapaz de librarse de esas dos manos que le atacan con violencia, al mismo tiempo que el agresor le cubre de injurias. Un poco más y no podrá respirar…

Casi en ese mismo instante, alguien le defiende, y la violencia de aquel individuo cede. Don Josemaría respira profundamente mientras el joven que acaba de librarle del atacante murmura, sonriendo: “¡Burrito sarnoso!”. Antes de que le dé tiempo a reaccionar, el joven se pierde entre la gente.

¿Cómo lo había sabido el joven? Mientras sigue su camino en dirección a 1a iglesia de Santa Isabel, don Josemaría siente que en su alma se mezclan el deseo de dar gracias a Dios por haberle librado de aquel mal paso y una impresión de desconcierto. Son muy pocas, en efecto, las personas que conocen la intimidad de su alma y menos las que saben que, en sus diálogos con Jesús, no quiere ser para El más que un burro sarnoso, indigno de recibirlo, de representarlo, de llevarlo entre los hombres.

Con todo, le inunda una gran paz, aunque está deseando hablar con el Señor, en el Sagrario. Lo que acaba de suceder es tan inexplicable que creería haber tenido una pesadilla si en ese momento no inundara la calle un sol radiante y los transeúntes siguieran caminando como si tal cosa…

En el confesionario de Santa Isabel

Desde el mes de septiembre de 1931, viene visitando todos los días este barrio, próximo a la Estación de Atocha, donde se encuentra la iglesia de Santa Isabel, cuya cúpula y fachada neoclásicas dan a una pequeña plaza encuadrada por un convento de clausura y un colegio de niñas.

El convento es el de las Agustinas Recoletas, a quienes se lo donó la Corona a comienzos del siglo XVII. Sus rentas provienen de un Real Patronato, el cual administra también el Colegio de Nuestra Señora de la Asunción -situado a la derecha de la iglesia de Santa Isabel- que llevan otras religiosas. Don Josemaría se ha ofrecido como capellán de las Agustinas y todos los días celebra la Santa Misa a las ocho de la mañana. Las monjas asisten a ella tras una reja erizada de gruesas puntas, a la izquierda del altar mayor, mirando desde la nave del templo. Oficia también en las ceremonias litúrgicas, en especial, la Bendición con el Santísimo.

Conoce bien la iglesia de Santa Isabel, porque viene confesando allí desde hace algunos meses. Las agustinas están encantadas con su nuevo capellán, porque aprecian su piedad, su disponibilidad y su buen humor. Cuando alguna de ellas está enferma, le lleva la comunión después de la misa; luego, cambia algunas palabras llenas de alegría sobrenatural con ellas, en los pasillos o en el patio.

Pasa largos ratos recogido en oración ante el altar mayor, adosado a un gran retablo barroco; son momentos de confiado diálogo entre un hijo, consciente de su debilidad, y su Padre Dios.

¡Señor, aquí está tu borriquillo!, exclama de nuevo un día… Y, al punto, oye una voz interior: “Un borrico fue mi trono en Jerusalén”. ¿Procederán de Dios estas palabras, que le han producido una gran turbación? ¿No serán fruto de su imaginación?

Para asegurarse, trata de confrontar enseguida, mentalmente, las palabras que acaba de oír con las de la Sagrada Escritura. El profeta Zacarías habla, en efecto -así cree recordar-, del Mesías que ha de venir, y dice: “Oh hija de Sión, regocíjate en gran manera, salta de júbilo, oh hija de Jerusalén; he aquí que a ti vendrá tu rey, el Justo, el Salvador; él vendrá pobre y montado en una asna y su pollino…” (Zac. IX, 9). Pero la evocación de este pasaje no resuelve todas sus dudas: el Señor podía ir montado en la asna y no en el pollino…

De regreso a su casa, consulta el Evangelio de San Mateo (XXI, 1-5), que reproduce la profecía de Zacarías y habla, tres versículos antes, de que Jesús había pedido a sus discípulos que desataran y le trajeran, para entrar en la Ciudad Santa, “una asna atada con su pollino al lado”, pero nada más. Así, pues, consulta a San Marcos, San Lucas y San Juan, los cuales precisan claramente que Jesús montó un borriquillo “sobre el que todavía no ha montado ningún hombre” (Mc. XI, 2; cfr. Lc. XIX, 30 y Joh. XII, 14-15). Está claro, por tanto, que Jesús había montado sobre un borrico.

Estos detalles disipan sus dudas, fruto de la prudencia que tiene siempre ante las intervenciones sobrenaturales: Dios, sin duda, ha querido, una vez más, hacerle partícipe de una brizna de su sabiduría; le ha dado una cariñosa lección que nunca olvidará.

Mira qué humilde es nuestro Jesús: ¡un borrico fue su trono en Jerusalén!, escribirá en una hoja de papel por aquellos días, para no olvidarla y hacer que, en el futuro, otras almas se aprovechen de ella. “Ut iumentum factus sum apud te!” (Ps. LXXII, 23). “¡Ante ti, no soy más que un borrico!”, repetirá a menudo en su oración y en su predicación.

Su cargo en Santa Isabel le permite pasar muchas horas en el confesionario, al cual acuden hombres y mujeres de toda condición, pues la iglesia está abierta al público. Así puede continuar dirigiendo espiritualmente a algunas jóvenes y mujeres que conoce, a las cuales anima a llevar una vida cristiana intensa en medio de sus ocupaciones habituales. Pronto, se forma un pequeño grupo: una estudiante, una secretaria, una enfermera, una profesora de un colegio…

A aquellas que considera dispuestas a recibir la gracia de la vocación al Opus Dei, les pide que se confiesen con alguno de los sacerdotes que le ayudan, para así consagrarse a su dirección espiritual propiamente dicha. Como a los jóvenes y a los hombres, les habla de que deben santificarse en su trabajo cotidiano, de virtudes humanas y cristianas, y, sobre todo, de la necesidad que tienen, para desarrollar un apostolado eficaz en su ambiente, de estar unidas siempre al Señor mediante la oración y la recepción frecuente de los sacramentos.

El ideal que les propone es, desde el principio, muy elevado. Evoca ante ellas a María Magdalena, a María Cleofás y a Salomé, que acompañan a la Madre de Dios al pie de la Cruz, mientras que los discípulos huyen, con excepción de Juan, el preferido del Señor… Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor (…). Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!

Algunas parecen comprender. Su vida interior se profundiza y fortifica, ajena a esos sentimentalismos tan frecuentes en la atmósfera religiosa de la época, pues las mujeres -piensan algunos- son, por naturaleza, más piadosas que los hombres…

Lo que les propone don Josemaría es algo muy serio, capaz de llenar toda una vida y de hacerla irradiar sobre toda la sociedad.

Como siempre desde los comienzos, los enfermos hacen que maduren los primeros frutos. En el Hospital del Rey, en 1932, don José María Somoano ha pedido a una joven, que está tuberculosa, que ofrezca sus dolores y rece mucho por una intención suya que beneficiará a mucha gente: algo verdaderamente universal que necesita y necesitará oraciones y sacrificios constantes para hacerse realidad. “Reza por ello incansablemente”, le ha dicho. Y desde ese momento, María Ignacia, siempre que le ve, le pregunta por esa intención que tanto fervor le inspira.

El gobierno de la República había suprimido, de hecho, el cargo de capellán, dejándolo sin retribución alguna. Y como don José María Somoano sólo era capellán interino, resultaba difícil encontrar sacerdotes que se ocuparan de los enfermos contagiosos allí hospitalizados.

Enterado el Padre, se había ofrecido enseguida para atenderlos espiritualmente, sin ningún estipendio. Pero había sido preciso vencer la resistencia de algunos directivos, que se oponían a que los sacerdotes visitasen a los enfermos, si éstos no lo pedían expresamente…

La serenidad, el ánimo, el buen humor de don Josemaría, pronto habían causado admiración a todos, en especial a las Hijas de la Caridad, sometidas a rudas pruebas en un ambiente sumamente ingrato. Solía ir varias veces por semana, procurando, sin desanimarse, acercarse a los enfermos que más necesitaban su ayuda. ¡Cuánto contribuyó su presencia a elevar la moral de aquellas pobres gentes! Algunos eran incurables, a menudo tuberculosos, víctimas, a la vez, de una segregación irremediable.

La atmósfera del hospital se fue transformando. Pacientes hubo que afrontaron la muerte con una paz, e incluso con una alegría humanamente inexplicables.

Los domingos, si el tiempo lo permitía, don Josemaría celebraba la Santa Misa al aire libre, en el jardín, sobre un altar portátil colocado al extremo de una explanada.

Jesús, en el Sagrario de la iglesia de Santa Isabel, era el único que oía las confidencias y las súplicas de don Josemaría, moral y físicamente agotado a causa de tanto ir y venir de un extremo a otro de la ciudad. El Padre, a fuerza de pedir, obtenía del Señor esos milagros de la gracia, esas conversiones en el último momento que tanto sorprendían a las religiosas del Hospital. Como contrapartida, mediante ese misterioso intercambio que se da en el Cuerpo Místico de Cristo, los enfermos obtenían del Cielo gracia tras gracia para don Josemaría y para ese Opus Dei que estaba naciendo sin que ellos lo supieran.

¡Cuántos ejemplos había recibido de estos marginados de la sociedad! Y también de otras personas humildes, como ese lechero cuyos manejos tanto le habían intrigado a poco de llegar a Santa Isabel. Desde su confesionario, oía cómo se abría, todos los días a la misma hora, la puerta de la iglesia, en medio de un gran estrépito de chatarra. Un día que se encontraba solo, había salido a su encuentro, para ver lo que pasaba, y el lechero, sin inmutarse, le había explicado que, antes de iniciar el reparto, tenía por costumbre entrar en la iglesia con sus cántaras metálicas, arrodillarse un momento y decirle a Jesús, presente en el Sagrario: “Jesús, ¡aquí está Juan, el lechero!”

Tal simplicidad en la vida interior le había causado envidia y hasta un poco de vergüenza. Tomó la resolución de hacer lo mismo y contó el sucedido a algunas de las personas que dirigía, para ayudarlas a simplificar su vida interior y a ser más espontáneas en la oración.

En la iglesia del Patronato de Santa Isabel, donde todo invita al recogimiento y al diálogo con Dios, pasa momentos de gran paz y felicidad. Pinturas y esculturas son de buen gusto, incluso artísticamente valiosas. Provienen en su mayor parte de donaciones hechas al Real Patronato a lo largo de los siglos. Hay un Niño Jesús que le tiene cautivado. Lo ha descubierto en unas Navidades y, desde entonces, pide con frecuencia a las monjas que se lo pasen por el torno. Se trata de un niñito moreno, agitanado, con los ojos entornados y los brazos recogidos sobre el pecho, como implorando protección.

Las buenas religiosas lo han envuelto en pañales, para proteger la desnudez de este Niño Jesús, en completo desamparo…

Se ha hecho tan pequeño -ya ves: ¡un Niño!- para que te le acerques con confianza.

Unidad de vida

A finales del año 1932, su madre se instala, con Carmen y Santiago, en un piso del número 4 de la calle de Martínez Campos, en pleno barrio de Chamberí. Eso va a permitirle reunir allí, periódicamente, a los jóvenes que dirige y aconseja, con objeto de intensificar su formación.

Sus exigencias siguen siendo grandes; no hace concesiones a la facilidad, aunque a cada cual le hace progresar a su propio ritmo, como conduciéndole por un plano inclinado. Sólo así, mediante una superabundancia de su vida “para adentro”, sentirán una necesidad más imperiosa de darse a los demás. Las visitas a los hospitales les ayudan a realizar esa toma de conciencia. Que tu vida no sea una vida estéril -les repite-. Sé útil. -Deja poso. -Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Esta manera de proceder, tan alejada del activismo como del pietismo, debe resultarles tanto más sorprendente en cuanto que, por entonces, la efervescencia política es grande. Reina en el ambiente un clima propicio a la acción violenta e incluso al golpe de Estado. En la universidad, hay enfrentamientos entre grupos políticos y en las calles de Madrid se multiplican las algaradas.

Don Josemaría no desanima en absoluto -todo lo contrario- a los que quieren actuar con responsabilidad en las difíciles circunstancias que atraviesa el país, pero se niega en redondo a dar soluciones concretas, que a cada cual le corresponde libremente asumir. Esa es la razón -el respeto al pluralismo en materias opinables- por la que la idea de constituir un partido político confesional -católico- no le agrada en absoluto, aunque el proyecto está a punto de cuajar.

Si alguien, alguna vez, se empeña en pedirle consejo o le pone en trance de tomar posición, corta sin paliativos, en un tono que no admite réplica. Un estudiante que conoció a don Josemaría en aquellos años recuerda que un día quiso satisfacer la curiosidad de saber qué pensaba en materia política, y le preguntó su opinión sobre uno de los personajes que destacaban en aquellos días. La contestación fue rápida, inmediata: Mira, aquí nunca te preguntarán de política; vienen de todas las tendencias: carlistas, de Acción Popular, monárquicos de Renovación Española… Y ayer -añadió a modo de ejemplo- estuvieron el Presidente y el Secretario de la Asociación de Estudiantes Nacionalistas Vascos. Y continuó en otro tono, sonriendo, tras hacer una pausa: En cambio, te harán otras preguntas más “molestas”: te preguntarán si haces oración, si aprovechas el tiempo, si tienes contentos a tus padres, si estudias, pues para un estudiante es obligación grave…

Doctrina que predica incansablemente, con riesgo de desanimar a algunos, más atraídos por movimientos dirigidos a la acción inmediata. Doctrina que empieza a poner por escrito en documentos que han de servir de orientación a los que han de venir. Porque el Fundador del Opus Dei quiere que, desde el primer momento, los fines y los medios queden claramente definidos.

A los jóvenes que le rodean ya en 1932, les dice que no deben considerarse como “un grupito” y que sólo deben buscar en el estímulo para su vida interior un espíritu que les incite a llevar la fe de Cristo a todos los ambientes que frecuenten y también -¿por qué no?- allí donde puedan ser útiles. Entre ellos debe haber un sano pluralismo, formen parte o no de ese pequeño núcleo constituido por quienes se han comprometido a servir al Señor en su Opus Dei.

En una carta fechada en 1932, recuerda a éstos, una vez más, que el lazo que los une es sólo espiritual. Estáis vinculados unos a otros, y cada uno con la Obra entera, sólo en el ámbito de la búsqueda de vuestra propia santificación, y en el campo -también exclusivamente espiritual- de llevar la luz de Cristo a vuestros amigos, a vuestra familia, a los que os rodean. Sois, por tanto, ciudadanos que cumplen sus deberes y ejercitan sus derechos, y que están asociados en el Opus Dei sólo para ayudarse espiritualmente a buscar la santidad y a ejercer el apostolado con unos modos apostólicos peculiares. El fin espiritual de la Obra no distingue entre razas o pueblos -únicamente ve almas-, por lo que se excluye toda idea o mira política o de partido.

Recomienda también que, en la práctica, se evite absolutamente hablar de política -en el sentido de “discusión política”- cuando él esté presente.

Nuestra pluralidad no es, para la Obra, un problema -escribía ya en 1930, respondiendo sin duda a una objeción-. Por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno.

Aquellos a quienes van dirigidas estas palabras del Padre, no las olvidarán jamás. Como tampoco las que invitan a no limitar la vida cristiana a lo que se ha dado en llamar “prácticas de piedad”: asistencia a ciertas ceremonias o rezo de unas cuantas oraciones.

Pero el pluralismo no es abstención, sino todo lo contrario. La vida del cristiano debe tener una coherencia que le impida desinteresarse de los que le rodean y de sus conciudadanos. La unidad de vida es un tema constante en la predicación del Padre. No puede darse una doble vida: religiosa por una parte, profesional o social por otra; una vida familiar y otra cívica, completamente separadas, como si se tratara de compartimentos estancos. Hay que ser cristianos las veinticuatro horas del día.

¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?

En determinadas ocasiones -y ése es el caso de España en aquella época- esta actitud de abstención sería, en efecto, más cómoda. Pero los cristianos no pueden desinteresarse de la vida pública. Algunos adoptan una actitud de indiferencia, simplemente porque no se les ha explicado que la virtud de la piedad -aparte de la virtud cardinal de la justicia- y el sentido de la solidaridad cristiana se concretan también en este estar presente, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad.

Al mismo tiempo, pone en guardia a quienes se le acercan contra la fácil tentación de “profesionalizar” el apostolado, algo corriente en una época en que el ambiente favorece que los jóvenes se lancen, a cuerpo descubierto, a una serie de actividades que les roban tiempo al estudio y cortan sus alas para una acción futura en la sociedad, al carecer del prestigio profesional necesario. Por eso, las reuniones esporádicas, que don Josemaría organiza también en casa de su madre, sólo duran el tiempo imprescindible para que los presentes capten unas cuantas ideas básicas capaces de orientarlos y sostenerlos en la lucha interior de cada día. A1 final de la reunión, el Padre comenta brevemente, con sentido práctico, algún versículo del Evangelio, que corresponde habitualmente a la Misa del día. El tiempo y la gracia de Dios irán realizando su tarea. El Fundador está convencido de que la paciencia es la mejor garantía del desarrollo de la Obra. Es preferible comenzar poco a poco que construir sobre el equívoco. Las primeras vocaciones surgirán, sin duda, de un pequeño núcleo de muchachos generosos, pero tendrán que ser los idóneos; no cristianos más o menos “píos” o “devotos”, sino caracteres fuertes, con virtudes humanas que les capaciten para superar las dificultades, pues sobre esa base podrán aprender a rezar y a dar a su vida ese sentido sobrenatural que facilitará su respuesta a la llamada de Dios.

Un día de comienzos de 1932, unos compañeros presentan al Padre a un estudiante de Medicina, Juan Jiménez Vargas, quien, por entonces, está muy comprometido en las luchas políticas de la Universidad. El joven sacerdote del que tanto le han hablado le produce una fuerte impresión, pero confiesa a sus amigos que lo que predica no corresponde a lo que él esperaba. Piensa que hay otras cosas que hacer en unos momentos en los que el país está al borde del drama…

Don Josemaría sonríe cuando se lo dicen: es natural que un muchacho de su edad piense así en momentos tan difíciles para España. Sin embargo, está seguro de que un día comprenderá -tal vez antes de lo que él piensa- que una formación doctrinal sólida y una intensa vida espiritual -en unión con Cristo- son capaces de transformar la sociedad, de manera más duradera y eficaz que un activismo improvisado y urgente.

Luis Gordon, el joven ingeniero que le acompaña en sus visitas a los hospitales, es uno de los que ha ido madurando en contacto con el sufrimiento y con las enseñanzas del Padre. Al terminar sus estudios se ha hecho cargo de una pequeña empresa situada cerca de Madrid y, poco después, ha decidido responder a la llamada de Dios.

Estas crisis mundiales son crisis de santos… Don Josemaría está convencido de esta realidad, y las dificultades que encuentra no hacen más que estimularle en su esfuerzo por abrir en la sociedad este nuevo camino de santidad que Dios ha querido hacerle ver.

Madrid, enero de 1936

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En los primeros meses de 1936, el cielo se oscurece todavía más sobre una España dividida en dos bandos: el Frente Popular, con una orientación cada vez más revolucionaria, y el bloque de centro-derecha, que se opone frontalmente al primero. A medida que se aproximan las elecciones del 16 de febrero, las manifestaciones y algaradas callejeras terminan a menudo en saqueos o en incendio de iglesias y conventos.

El ambiente está caldeadísimo. Los estudiantes que frecuentan la Academia DYA y la Residencia de Ferraz no escapan a esa fiebre generalizada, aunque encuentran allí un remanso de paz, donde pueden rezar e ir madurando. Un hecho les impresiona: allí no se habla nunca de política ni, mucho menos, se discute. Don Josemaría se limita a recordarles la doctrina de la Iglesia y la obligación que tienen los cristianos de tomar parte activa en las responsabilidades sociales.

Como haría en cualquier circunstancia, anima a aquellos jóvenes, envueltos en una atmósfera de odios, a poner en práctica el precepto de la caridad, incluso heroicamente. Es algo que está en la esencia del Opus Dei, pero que, en aquellas circunstancias, adquiere una especial fuerza. Les previene contra la tentación de dejarse llevar del sectarismo en sus actividades políticas.

Repite, con fuerza, las palabras de Jesús que nos ha transmitido San Juan: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como Yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor entre vosotros” (Ioh. 13, 34-35).

Para que grabaran mejor estas palabras en su espíritu, había hecho copiar el texto completo de estos versículos, en latín, sobre un papel imitando pergamino, y lo había mandado colocar, encuadrado, en una pared de la sala de estudios de la Academia DYA, cuando estaba en la calle de Luchana. Luego, al trasladarse a Ferraz, lo había mandado colocar en la “sala del piano”.

Muchas veces he pensado -les dice- que, después de veinte siglos, todavía sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos se han preocupado de practicarlo; el resto, la mayoría, ha preferido y prefiere no enterarse.

El Padre da a todos un ejemplo de serenidad, que resultaría inexplicable sin la hondura de su vida interior y su inmensa confianza en la Providencia divina: la Obra debe seguir adelante, al paso de Dios, en cualquier país y situación política. Piensa en los pasos inmediatos de una primera expansión, piensa en otras ciudades españolas, y piensa en París…

Próximas etapas: Valencia, París…

Por otra parte, es precisamente ahora cuando empiezan a recogerse, de manera más clara, los frutos de su apostolado. Como si un muelle, comprimido durante mucho tiempo, se soltara por fin…

En noviembre de 1935, dos estudiantes más, Francisco Botella y Pedro Casciaro, han pedido la admisión en la Obra. En cuanto a la Residencia, está llena desde comienzos del curso escolar 1935-36. Todos procuran llevar a sus amigos a la Academia para hacerles partícipes de la formación que allí se da. Tanto, que el piso se había quedado pequeño y había sido preciso buscar otro. Y como la cuarta planta, abandonada por falta de dinero, ya estaba ocupada, se había alquilado uno en el inmueble vecino, 48 de la calle de Ferraz, para instalar allí la Academia propiamente dicha, dejando así disponibles las dos viviendas de la tercera planta del número 50 para la Residencia. El traslado se había hecho en septiembre, pero el Padre piensa ya en franquear nuevas etapas destinadas a extender considerablemente los apostolados de la Obra. Y así, habla a sus hijos de tres proyectos concretos que habrá que llevar a cabo ese mismo año y el siguiente. Antes, el Fundador les ha pedido que ofrezcan la Santa Misa por sus intenciones, así como las pequeñas renuncias y contrariedades de cada jornada. También pide a algunos amigos que le ayuden con sus oraciones.

El primer proyecto concierne a la Residencia: habrá que trasladarla a una casa más amplia, para que tenga allí su sede definitiva. Pero no basta con eso: hay que ir a otras ciudades, e incluso a otros países… Algo que, a los que le rodean, les deja boquiabiertos… El Padre precisa: la primera ciudad será Valencia y el primer país, Francia; concretamente París, a donde, si Dios quiere, se irá en 1936…

¿Por qué la capital de Francia? Porque sabe que lo que allí se dice y lo que allí se escribe tiene, más pronto o más tarde, amplia repercusión en los medios culturales europeos y del mundo entero. Don Josemaría no olvida su antigua preocupación, reforzada por su vocación al Opus Dei: el apostolado en los medios intelectuales. Por eso, a pesar de las tensiones políticas que afectan a los países vecinos y a la amenaza de un conflicto con Alemania, no duda en hacer tales proyectos. La Obra ha nacido con entraña universal, católica, y conviene que, cuanto antes, lo ponga de manifiesto.

Por otra parte, aunque no sea un motivo determinante, lo que tiene de sangre francesa le hace alegrarse de que las tierras donde piensa sembrar la simiente divina que el Señor depositó en su alma hace siete años sean, precisamente, las que se extienden al norte de los Pirineos que contemplaron sus ojos de niño.

El Fundador ha pensado incluso en quiénes podrán instalarse en París. En cuanto a Valencia, marcará el inicio de la expansión en España. Abrir una Residencia de estudiantes, parecida a la de Madrid, es algo factible. Ricardo Fernández Vallespín podrá ser el director. Isidoro Zorzano, por su parte, podría pedir la excedencia en los Ferrocarriles Andaluces y hacerse cargo de la dirección de la Residencia de Ferraz…

Fijados los objetivos apostólicos, se ponen manos a la obra, a pesar del deterioro de la situación política. Desde comienzos de 1936, se busca una nueva casa para la Residencia DYA. No tardan demasiado en encontrar una, en el número 16 de la misma calle de Ferraz, frente por frente al Cuartel de la Montaña. Está cerca de la Plaza de España y no lejos de la Ciudad Universitaria; además, el propietario está dispuesto a venderla en buenas condiciones…

Días de angustia en Madrid

La agitación política va en aumento, y la inseguridad ciudadana también. La casa del rector de Santa Isabel ya no es un lugar seguro y don Josemaría decide que su madre y sus hermanos se vayan de allí. En marzo, alquilan un piso en la calle del doctor Cárceles -actualmente Rey Francisco-, muy cerca de Ferraz. El no abandona el rectorado de Santa Isabel y sigue ocupándose del Patronato, confesando en la iglesia y dando, desde allí, el impulso necesario a la naciente Sección de mujeres del Opus Dei.

Sus constantes idas y venidas por Madrid, le dan infinidad de ocasiones para pedir perdón por tantos odios, especialmente los que provocan aquellos sacerdotes que, como él, siguen vistiendo sotana. Muchos días no come; duerme poco y, para ahorrar unos cuartos, suele ir a pie, utilizando los zapatos que los residentes de Ferraz desechan por tener las suelas desgastadas, aunque su apariencia todavía es buena.

Continúa predicando a grupos de estudiantes. La Academia de Ferraz 48, tiene muchos alumnos y la Residencia de Ferraz 50, está completamente llena. El cuidado material lleva tanto tiempo que el Padre se ocupa, con la ayuda de los pocos miembros de la Obra que allí viven y cuando pueden, en las tareas domésticas: hacer las camas, reparar los muebles, poner la mesa… Todo, sin que los residentes se den cuenta.

Del 10 al 13 de abril de 1936, el Padre dirige un Curso de retiro espiritual en la Residencia. Es el primero que se organiza en un Centro del Opus Dei.

El 12, Vicente Rodríguez Casado, estudiante de Derecho y de Historia, pide la admisión en la Obra.

Los proyectos se concretan

Pasada la Semana Santa, el 20 de abril, el Padre se desplaza a Valencia, por primera vez, con Ricardo Fernández Vallespín. Llegan a la ciudad después de atravesar los macizos rocosos de Cuenca y los naranjales de la huerta valenciana. A lo lejos, se perfilan algunas barracas, con el techo de bálago y los muros enjalbegados.

Nada más llegar, van a visitar a unas cuantas personas amigas de sus amigos, y se dan a conocer. El obispo auxiliar de la diócesis recibe cordialmente a don Josemaría y a Ricardo, y les promete ayudarles.

Cuando regresan, al cabo de tres días, están convencidos de que pronto tendrán que volver para buscar una casa donde instalar la proyectada Residencia.

Sin embargo, las circunstancias se van haciendo cada vez más adversas. A comienzos de mayo, un rumor calumnioso se extiende por Madrid: algunos religiosos -dicen- han repartido caramelos envenenados entre los hijos de los obreros… El día 3, se produce una nueva quema de iglesias y conventos, con los correspondientes saqueos. Muchos religiosos y religiosas abandonan sus conventos y buscan refugio en casas particulares.

Desde el mes de enero de 1936 se han producido más de cuatrocientos atentados de este tipo y, en sesenta al menos, los edificios han quedado totalmente destruidos. Por otra parte, se multiplican las huelgas y los actos de vandalismo. El Gobierno se muestra incapaz de evitar los atentados políticos. Hay rumores de golpe de Estado y de revolución. Todo el mundo teme un desenlace trágico.

Para don Josemaría, estos dolorosos acontecimientos son un nuevo acicate. Como siempre, reza y anima a rezar a los estudiantes que le rodean, a los sacerdotes que conoce, a sus amigos. En mayo, su agotamiento es tal que el mismo Vicario general de Madrid, don Francisco Morán, que le tenía un gran afecto, le aconseja que vaya al médico y que se tome una temporada de descanso. Unos hijos suyos que eran médicos le atendieron, pero no pudo ir a descansar…

Un día, el Padre se da cuenta de que no es prudente proseguir las reuniones de formación religiosa en la Academia DYA, porque hay serio riesgo de registro. Lo cual no impide que el Padre prevea un período de intensa formación, durante el mes de julio, para los que van a ir a París y a Valencia.

También dedica mucho tiempo a los primeros miembros de la Obra.

Aumentad, pues, vuestra fe y confianza en Dios y tened también un poco de fe y de confianza en vuestro Padre, les dice, insistiendo con fuerza en el origen divino de la Obra, garantía de su permanencia a través de los siglos.

En cuanto a él, está convencido de que no es más que un simple instrumento. Sabe que puede desaparecer en cualquier momento y, de vez en cuando, toma aparte a alguno de sus hijos y le dice:

-Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?

Las respuestas le confirman que son conscientes del carácter sobrenatural del compromiso adquirido.

-Sí, Padre, continuaré haciendo la Obra…

En junio, reúne durante varios días a las vocaciones más recientes, para acelerar su formación. Las gestiones para la adquisición de la casa donde se instalará la nueva Residencia llegan a buen término. A primeros de julio, la llegada de Isidoro a Madrid permite iniciar el traslado. Francisco Botella, mientras tanto, se desplaza a Valencia para buscar una casa.

En Madrid, las huelgas y los atentados se multiplican; la situación política se deteriora por momentos, y el Gobierno ya no es capaz de dominar a las masas. El 13 de julio, es asesinado José Calvo Sotelo, líder de la derecha.

El 16, algunas personas viven ya en la nueva Residencia de Ferraz 16, casi desprovista de muebles.

Francisco Botella, desde Valencia, comunica que ha encontrado una casa, Ricardo viaja a la ciudad del Turia para hablar del contrato, pero las negociaciones se interrumpen cuando éste se entera de que acaban de decir por la radio que se ha sublevado el Ejército en África.

Las comunicaciones con Madrid quedan cortadas. Las tropas permanecen acuarteladas.

Acaba de empezar la guerra civil.

Retorno a Madrid

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

EL Padre abandona Burgos el 27 de marzo de 1939 y llega de noche a Villacastín (Segovia). Un viento fino, de sierra, pasa sobre los primeros brotes de la jara: en la mañana del día 28, es uno de los primeros sacerdotes que entra en Madrid, con los soldados del ejército.

Después de dieciocho meses de ausencia, puede abrazar a su madre, a Carmen y a Santiago. Y también a algunos miembros del Opus Dei que le esperan emocionados e impacientes. Junto a ellos, contempla de cerca las ruinas de Ferraz 16, la Residencia de estudiantes que tanto esfuerzo le costó montar.

Las carreteras de acceso a la capital de España son un hervidero de gente que retorna. La paz quiere volver. Y, sobre los estragos de la guerra, suenan las primeras canciones de esperanza. Madrid estrena primavera.

El 29 de marzo, el Padre cita en la Casa Rectoral del Patronato de Santa Isabel a los miembros de la Obra que se encuentran en Madrid, para reanudar, tras el forzoso paréntesis, todas las tareas iniciadas. Con él está ya Alvaro del Portillo, que viste todavía el uniforme de oficial del ejército.

La Casa Rectoral ha sido utilizada como Cuartel del Arma de Ingenieros. Hay, en las habitaciones, catres y mantas de soldados. También algunos muebles de oficina. Todo tiene el aire desmantelado del abandono y la precipitación; urge limpiar y poner orden en medio de la barahunda. Dos días después llegan doña Dolores y Carmen. El Padre les ha pedido que se vengan a la Casa Rectoral de Santa Isabel para facilitar el trabajo. La madre y hermanos de Josemaría sacrifican su independencia, su intimidad familiar, en función de la Obra de Dios. Con naturalidad y señorío, se adaptan a esta vivienda sin enseres adecuados y llena de incomodidades.

Poco a poco llegarán los que han permanecido fieles a la vocación al Opus Dei. La casa abre sus puertas día y noche para recibir a los que vienen tras duras jornadas de carretera, trenes abarrotados y ruinas casi intransitables. Con la ayuda de la Abuela y de Carmen, don Josemaría consigue que, en pocas semanas, la Casa Rectoral adquiera un aspecto de hogar digno y hasta acogedor.

Sin embargo, esta solución es transitoria. Es preciso buscar una casa en la que recomenzar la tarea con estudiantes universitarios, encontrar un nuevo local que sustituya al que ha sido destruido por la guerra.

La Obra no tiene, en estos momentos, absolutamente nada. Pero cuenta con lo más importante, aquello que el Padre comunica de un modo inmediato y contagioso: la fe, el coraje de los comienzos y la noble ambición de extender el Reino de Dios. Tras varias semanas de búsqueda, se encuentra un inmueble adecuado en el número 6 de la calle de Jenner. Es un lugar tranquilo y señorial; la calle, de corta numeración, cruza perpendicularmente Fortuny, Monte Esquinza, y enlaza la de Almagro con el Paseo de la Castellana. Las acacias ponen un retazo demsombra en ambos lados, aliviando el estío madrileño. Después de estudiarlo detenidamente, el 14 de julio de 1939 se firma el contrato. Alquilan la planta tercera completa y uno de los pisos de la primera. Los enseres de la Casa Rectoral se trasladan y, poco a poco, con la ayuda de todos, se irá instalando la futura Residencia de estudiantes. La primera planta, excepto un salón que se adaptará para comedor de los residentes, se dedica a las habitaciones del Padre, doña Dolores, Carmen y Santiago. Hay además una sala de recibir, un dormitorio de huéspedes y un pequeño comedor de invitados.

La salida de don Josemaría de la Casa Rectoral de Santa Isabel va a servir, además, para dar acomodo a las Agustinas Recoletas que han sobrevivido a la guerra. Su convento ha sido desmantelado. Don Josemaría cede a las Agustinas, hasta que pueda reconstruirse el convento, la vivienda asignada a la Casa Rectoral. Pero antes, por indicación del Vicario General de la Diócesis, solicita de ellas un documento que les compromete a pagar un alquiler al Rector. Mientras lo sea él, renunciará a este dinero en favor de la Comunidad. Pero no puede transmitir una carga injusta a quien le suceda en el cargo, limitando sus legítimos derechos.

Mientras tanto, la Universidad intenta recuperar los años perdidos en la guerra civil; los estudiantes permanecen en sus puestos, y esto brindará a la Residencia de Jenner la oportunidad de continuar abierta durante todo el verano. En este primer curso de 1939-40 hay ya unas treinta personas instaladas y otros muchos amigos que la frecuentan. El Padre ha marcado su ritmo de trabajo habitual y el engranaje se mueve ordenadamente. Jenner será el punto de apoyo, el comienzo de una formidable expansión del espíritu del Opus Dei.

He aquí cómo describe un estudiante que, más tarde, solicitará la admisión en el Opus Dei, su llegada a esta casa:

«Sabía que (el Padre) era el autor de Camino y que dirigía esta Residencia. Hoy (…) conozco bastante más. Sé, por ejemplo, que es un sacerdote enamorado de Jesucristo y con una fe inmensa en su presencia real en la Eucaristía (…). También sé que ha metido en el alma de los que me trajeron a estudiar, y en los que después he ido conociendo (…), sus insaciables afanes de apostolado… »(1).

Descubre aquí un ambiente nuevo y atractivo; un cristianismo arraigado en lo más genuino, pero gozosamente nuevo. Cuestiones como la vida interior, oración, Eucaristía, estudio, trabajo, orden, pureza, fraternidad… adquieren una extrema sencillez y luminosidad. Descubre a un Dios muy próximo, con gran exigencia, pero a la vez, muy Padre. Oír al Fundador resulta siempre animoso y reconfortante.

Las paredes del oratorio están recubiertas con tela de arpillera en plieges verticales. En la parte superior, un friso de madera oscurecida con nogalina ostenta estas palabras de los Hechos de los Apóstoles:

Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, et communicatione fractionis panis, et orationibus”(2).

Y sobre el frontal del Altar: “Congregavit nos in unum Christi amor”(3). Aquí celebra la Misa el Padre. Impresionan la sobriedad y el rigor litúrgico. Quienes asisten sienten que Dios está muy cercano. En esta casa formará el Padre a sus primeros hijos; se multiplicará para hacer, de cada uno, un continuador del espíritu de la Obra.

Les hablará el Fundador, con mucha frecuencia, de universalidad. Tiene en su cuarto un globo terráqueo y les invita a pensar en tantos países enteros que no conocen a Cristo… Y en los que se llaman cristianos, donde hay muchas gentes que no le siguen y le ofenden. ¡Hay tanto por hacer! Pero no cabe el pesimismo; hace falta entregarse, personas decididas a ser auténticamente cristianas para cristianizar el mundo. ¡Con la ayuda de Dios, será posible!…

En la fiesta de Cristo Rey de 1939, cuando aún se viven por las calles momentos de exaltación bélica, subraya:

«Todo eso es muy noble, patriótico, pero hay un Reino más grande, el Reino de Jesucristo, que no tiene fin»(4).

Desde Jenner viajará a un gran número de ciudades españolas, para cumplir deberes sacerdotales y plantar el espíritu de la Obra de Dios. En abril de 1940, reúne en esta casa a todas las recién llegadas vocaciones de España, para dedicar unos días más intensamente a su formación. Y les pide la fortaleza de aquellos soldados romanos que se llamaron «los cuarenta mártires de Sebaste».

-«Eran cuarenta, y venían los ángeles con cuarenta coronas. Pero uno de los soldados tuvo miedo, y se salió del estanque helado donde morían lentamente. Entonces, uno de los que les custodiaban se declaró cristiano, y murió también mártir. Las cuarenta coronas que traían los ángeles sirvieron todas; así debemos perseverar todos nosotros, pase lo que pase»(5).

A todos y cada uno de estos hombres jóvenes que le siguen el Fundador les habla, les exige y les quiere de verdad. Alguno recuerda su primer encuentro con el Padre, cuando, mirándole profundamente le dijo:

«A todos vosotros os conozco desde hace mucho tiempo»(6).

Porque les ha visto acudir a la llamada divina que él mismo recibió el 2 de octubre de 1928. Y ha rezado por esta juventud generosa, cabal y radicalmente fiel, que Dios va a poner en su camino.

El pergamino que encontró intacto entre las ruinas de Ferraz 16, la Residencia destruida por la guerra, con el mandato del amor de San Juan Evangelista, campea de nuevo sobre la vida de Jenner. En estos dos pilares, filiación y fraternidad, quiere Dios que se apoye la vida entera de la Obra.

Capítulo 7. Intentos de abrir camino (1931-32)

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Del Patronato de Enfermos a Santa Isabel

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante la primavera y comienzos del verano de 1931, Escrivá siguió buscando un modo de liberarse de las obligaciones del Patronato de Enfermos para dedicar más tiempo al Opus Dei. A partir del 13 de junio de 1931 rezó a diario en la Misa para encontrar una solución. Sus oraciones fueron escuchadas de una manera sorprendente el 18 de junio. “Creo que fue el quinto día de hacer esta petición cuando el Señor me oyó: fue Él: no cabe duda, porque accedió a mi súplica con creces… La concesión fue acompañada de humillación, injusticia y desprecio. !Bendito sea!”[1]. Escrivá no explica qué sucedió exactamente pero, al parecer, hubo una desagradable discusión.

La respuesta a sus oraciones fue sólo parcial. Dejó de ser el capellán titular del Patronato de Enfermos, pero no se designó a ningún otro, así que él siguió trabajando, como interino, hasta el mes de octubre. Necesitaba urgentemente un nombramiento para poder seguir en Madrid y mantener a su familia. Durante el verano, trabajó en la iglesia de Santa Bárbara, con un nombramiento temporal. Mientras tanto, se enteró de que las Agustinas Recoletas del convento de Santa Isabel, una de las multiples fundaciones reales de Madrid, necesitaban urgentemente alguien que les celebrara la Santa Misa y las confesara. Hacía meses que su capellán había caído enfermo y los Padres Agustinos le habían estado supliendo; pero la violencia anticlerical que arreciaba tras la proclamación de la Segunda República les impedía cruzar barrios peligrosos para llegar al convento, de modo que las religiosas a menudo no eran atendidas. Escrivá se ofreció voluntario hasta que encontraran a alguien.

Contentas como estaban con sus servicios, las monjas decidieron buscar su nombramiento de capellán. El convento tenía el estatuto de antigua Fundación Real, así que el nombramiento debía ser firmado tanto por las autoridades eclesiásticas como por las civiles. La aprobación eclesiástica fue concedida en noviembre de 1931, la del gobierno –con un estipendio regular—no llegó hasta mucho después.

El traslado del Patronato de Enfermos a Santa Isabel resultó providencial. En noviembre de 1931, la diócesis de Madrid inició una nueva campaña para expulsar a sacerdotes de otras dioceses y el puesto de capellán del Patronato de Enfermos no habría bastado para que las autoridades diocesanas le permitieran seguir en la capital, ni siquiera con el apoyo e influencia de la fundadora de las Damas Apostólicas. Pero su nuevo cargo estaba en una Fundación Real y no era sujeto de expulsion.

Por otra parte, la situación económica de Escrivá, era desesperada. Ahora no podía contar con su estipendio de capellán, y sus ingresos de profesor y tutor de la Academia Cicuéndez no cubrían ni siquiera sus gastos mínimos. “No sé cómo podremos vivir”[2] exclamó. A comienzos de septiembre comentaba: “Estoy con una tribulación y desamparo grandes. ¿Motivos? Realmente, los de siempre. Pero, es algo personalísimo que, sin quitarme la confianza en mi Dios, me hace sufrir, porque no veo salida humana posible a mi situación. Se presentan tentaciones de rebeldía: y digo serviam!”[3].

A finales de mes la situación no había mejorado: “Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta confianza, verdadera seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá pronto este asunto de una vez. ¡Si yo estuviera solo!… la pobreza, entonces, me doy cuenta, sería una delicia. Sacerdote y pobre: con falta hasta de lo necesario. ¡Admirable!”[4].

Escrivá comparaba su pobreza con los golpes con que Dios preparaba su alma para realizar el Opus Dei. Sufría porque la mayoría de estos golpes caían sobre su familia. Pensó pedirle a Dios que en lugar de ello le enviara una seria enfermedad, pero su director espiritual se lo prohibió. En el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei resumió parte de su oración de aquel día: “Y me encaré con Él y le dije: Que el padre Sánchez me tiene prohbido pedirle aquello; que, por eso, no se lo pido, pero que (así, en baturro) que arregle a los míos y me fastidie a mí solico”[5]. En otra ocasión rezaba: “Señor, lo pesado de mi Cruz es que de ella participan otros. Dame, Jesús, Cruz sin Cirineos. Digo mal: tu gracia, tu ayuda me hará falta, como para todo. —Contigo, mi Dios, no hay prueba que me espante: pienso en una enfermedad dura, unida, p.e., a una total ceguera —Cruz mía, personal— y audazmente, tendría, Jesús, el gozo de gritar con fe y con paz de corazón, desde mi oscuridad y sufrimiento: Dominus illuminatio mea et salus mea!… —Pero, ¿y si la Cruz fuera el tedio, la tristeza? Yo te digo, Señor, que, contigo, estaría alegremente triste”[6].

A pesar de su intenso deseo de remediar la situación familiar, en febrero de 1932 Escrivá rechazó lo que habría sido una solución prometedora. El obispo de Cuenca, pariente lejano de su madre, se ofreció a nombrarle canónigo de su catedral. El puesto estaba relativamente bien pagado, y podría haberle abierto la puerta de una ulterior carrera eclesiástica. Pero Escrivá estaba convencido de que el Opus Dei debía crecer en Madrid. Su director espiritual también convino en ello. Si el Opus Dei había nacido en la capital, le dijo, era señal de que Dios quería que se desarrollara en ella. La decision de Escrivá de rechazar la oferta resultó más difícil porque todavía no había dicho nada a su familia sobre el Opus Dei, y por consiguiente no podía dar ninguna razón convincente de su postura.

No se sabe por qué Escrivá todavía no había revelado a su familia lo que había sucedido el 2 de octubre de 1928 ni le había explicado el significado de todo lo que había estado haciendo desde entonces. La razón puede estar en que, a pesar de su intenso trabajo, no tenía nada externo que mostrar: sólo podía relatarles la visión del 2 de octubre y, como ya se ha dicho, siempre fue reacio a hablar sobre aquella experiencia o sobre cualquier otro acontecimiento sobrenatural de su vida, ni siquiera a los miembros del Opus Dei.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 373

[2] Ibid. p. 399

[3] Ibid. p. 396

[4] Ibid. p. 396

[5] Ibid. p. 397

[6] Ibid. p. 398

5. La santidad del amor humano

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Fundador del Opus Dei difundió por el mundo amor a la familia. En unos tiempos en que la santidad parecía más bien cosa reservada a religiosos y sacerdotes, Dios se sirvió de él, para hacer ver a muchos matrimonios que la vida conyugal es un ver­dadero camino de santidad en la tierra.

Juan Caldés Lizana le conoció en unos días de retiro. Era sep­tiembre de 1948. “Se abrió ante mí ‑publica en Mutado Cris­tiano, septiembre de 1975‑ un mundo ilusionante al contemplar el matrimonio (“sacramento grande”) como una auténtica voca­ción, un nuevo camino divino en la Tierra”. Era un panorama inédito: todos llamados a una misma santidad, plenitud de vida cristiana; la familia, un hogar luminoso y alegre, ocasión propicia para convertir la prosa diaria en endecasílabo, verso heroico; los padres, sembradores de paz y alegría; y los hijos, gaudium meum et corona mea (“mi alegría y mi corona”). Esta última fue la frase que el Fundador del Opus Dei estampó al dorso de una fotografía de los diez hijos de Juan Caldés, que vio en aquellas ideas de 1948 una profunda innovación sobre el papel de los laicos en la Iglesia.

Más nuevas sonaban aún sus palabras por los años treinta, cuando hablaba de vocación matrimonial, y presentaba el ma­trimonio como cauce de santidad. Lo subraya el doctor Jiménez Vargas, que asistía a los círculos y meditaciones del Fundador del Opus Dei, y entiende que sus charlas sobre la virtud de la pureza resultaban tremendamente originales, nuevas: hoy resulta familiar ‑afirma‑, después de tantas ediciones de Camino, pero “es importante situarse en 1933, con los modos de pensar de los chicos piadosos de entonces, y lo corriente que eran ciertas formas de sermonear sobre la castidad, que más que otra cosa lle­vaban a una visión deforme y hasta freudiana del problema. Por lo pronto, hablaba de pureza ‑más que de castidad‑ con esa visión positiva y optimista que ahora es tan conocida”. Más sor­prendente aparecía su enfoque acerca del matrimonio, recogido luego sintéticamente en tres puntos de Camino (26, 27 y 28). El profesor Jiménez Vargas precisa que “al decir que el matrimonio es para la clase de tropa ‑entonces no estaba publicado Camino ni Consideraciones Espirituales‑ se puede asegurar que entu­siasmaba tanto a los que se creían con vocación para la clase de tropa como a los que pensaban que su vocación era otra. No se le pasó por la cabeza nunca a nadie una idea equivocada, ni nadie se sintió molesto por este comentario que, además, tenia gracia cuando se le oía directamente”.

Ese modo de presentar la virtud cristiana de la pureza ani­maba a luchar, porque quedaba siempre muy claro su sentido positivo, amable, afirmativo, propio de un corazón enamorado. Así la definió el Fundador del Opus Dei en una homilía pro­nunciada en Navidad de 1970: La castidad ‑no simple con­tinencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada­ -es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida.

Mons. Escrivá de Balaguer había preparado desde muy atrás el sendero por el que infinidad de socios de la Obra lucharían decididamente para ser santos en su vocación matrimonial. El camino jurídico tardaría años en abrirse. Pero el Fundador del Opus Dei esperaba, confiado en el querer de Dios; mientras tanto, iba formando a las almas para que, en el momento opor­tuno, pudieran recibir explícita la llamada divina.

Así hizo, por ejemplo, con Antonio Ivars Moreno, quien ya en 1940, en Valencia, acudía a las actividades apostólicas que socios del Opus Dei desarrollaban en una casa de la calle Samanie­go, 16, pronto convertida en Residencia de Estudiantes: “El Di­rector era don Pedro Casciaro. Con él colaboraba mi viejo amigo don Amadeo de Fuenmayor. Ellos me llamaron un día pare hablarme. Pedro me dijo sucintamente que en la Obra había per­sonas que se habían entregado con dedicación plena a Dios. Pero añadió que el Padre había dicho que yo tenía vocación matrimo­nial y que no me inquietasen. Tuve la suerte de que, por aquellos días, estaba entre nosotros y tuve ocasión de contarle lo que Pedro y Amadeo me habían dicho. El mismo me lo confirmó añadiendo que cuando tuviera que contraer matrimonio, vendría: a casarme”.

A todos ‑solteros, casados, novios, sacerdotes‑ les moví« siempre a bucear en las profundidades del amor, les previno contra la gran tentación del egoísmo ‑que impide resolver los problemas que esa pasión crea‑, y les animó a huir de la sen­sualidad, porque ‑solía repetir‑ corta las alas del amor y em­pequeñece las cosas grandes para las que es capaz el corazón humano.

A los más jóvenes enseñaba lo que recogió en Camino, y reite­raba en 1974 con otras palabras a un grupo numeroso de mucha­chos en San Paulo: Pido a1 Arcángel San Rafael que, como a Tobías, a los que hayan de formar una familia los lleve al en­cuentro de un amor de la tierra, limpio y bueno. Bendigo ese amor terreno vuestro, y bendigo vuestro futuro hogar. Y al Após­tol Juan, que tanto se enamoró de Cristo Jesús, y que fue valiente ‑el único hombre: los demás se escaparon‑ al pie de la Cruz de Cristo, cuando el Redentor era victorioso y parecía vencido; a ese discípulo joven, pero fuerte, le digo que os ayude, si es que el Señor os pide más.

El Fundador del Opus Dei se despidió de estos chicos con la bendición que se imparte a los que emprenden un viaje: Todos estamos camino adelante por la vida… Es la bendición que To­bías dio a su hijo cuando ‑acompañado por el Arcángel San Rafael‑ fue a recoger un dinero que debían a su padre. En realidad, porque fue además, sin saberlo, a buscar la novia, y en­contró una que era guapa y buena y rica. Es toda una bonita historia de limpieza, de amor noble, casto y fecundo, como el amor de nuestros padres, que yo bendigo.

Pocos días antes, también en San Paulo ‑como hizo siempre a lo largo de su vida‑, proponía a personas casadas el cariño del noviazgo como modelo de su amor: Que os queráis mucho. El amor de los cónyuges cristianos ‑sobre todo, si son hijos de Dios en el Opus Dei‑ es como el vino, que se mejora con los años, y gana valor… Pues el amor vuestro es mucho más importante que el mejor vino del mundo. Es un tesoro espléndido, que el Señor os ha querido conceder. Conservadlo bien. ;No lo tiréis! ;Guar­dadlo!

Más adelante, en aquella misma conversación, respondiendo a otra pregunta, Mons. Escrivá de Balaguer insistiría: No es malo que os manifestéis ese cariño limpio entre vosotros, delante de los hijos: malo sería que no lo mostraseis. No hagáis delante de los niños manifestaciones de afecto extraordinario, por pudor; pero quereos mucho, que el Señor está muy contento cuando os amáis. Y cuando pasen los años ‑ahora sois todos muy jóvenes‑ no tengáis miedo: vuestro cariño no se hará peor, sino mejor. Se hará incluso más entusiasta, volverá a ser el cariño del noviazgo.

Supo tratar siempre de cosas divinas a lo humano, y de cosas humanas a lo divino. Usó imágenes del amor humano, para mover al amor de Dios. Al predicar sobre la Eucaristía ‑donde Cristo es, exclamaba, ¡prisionero de Amor!‑, hablaba de la madre buena que limpia a su hijo pequeñín, lo perfuma, lo abraza contra su corazón, y “se lo come a besos”… Y Cristo llega a lo que los hombres no pueden conseguir: se hace alimento, vida de nuestra vida, “tomad y comed”, nos dice.

Un Jueves Santo de 1960, en su homilía, evocaba la experien­cia humana de la despedida de dos personas que se quieren: Desearían estar siempre juntas, pero el deber ‑el que sea‑ les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.

Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda El mismo. Irá al Padre, pero permanecerá crin los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiem­po, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amo­roso momento. Bajo las especies del pan y del vino está Él, real­mente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divi­nidad.

Siempre movió a todos a tratar a Dios con naturalidad, con el mismo corazón y las mismas palabras con que se trata a las per­sonas queridas de la tierra; o sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estu­diando…

Más de una vez, cuando alguien se dirigía a él, con un “Padre, dígame una jaculatoria…”, reaccionó espontáneamente:

‑Yo os daría una zurra… ¿Una jaculatoria…? Pero, ¿es po­sible que vosotros no sepáis hablar con el corazón a la gente? ¿Cómo hubierais hablado a la novia? ¿Qué queríais: que os soplaran para charlar con la novia? Pues, para hablar con Dios Nuestro Señor, lo mismo.

Partía del amor humano, para hacer comprender la riqueza santificadora que se encierra en los mil detalles de la vida coti­diana, que el alma enamorada sabe descubrir. Nada de extraño tiene, pues, que al esclarecer el sentido del matrimonio acentua4e aspectos aparentemente triviales. Tuvo lugar también en San Paulo una conversación que refleja con exactitud el tono con que Mons. Escrivá de Balaguer solía dirigirse a quienes debían hacer santa su vida conyugal. Fue un diálogo movido ‑es casi impo­sible reproducirlo por escrito‑, y entrecortado por la emoción de la persona que preguntaba. La primera interrupción fue del Fun­dador del Opus Dei, cuando ella dijo que estaba casada desde hacía 23 años y que tenía cinco hijos…

‑Oye, tú no dices la verdad… ;Veintitrés años! ;Tan joven y tan guapa!

Le había preguntado cómo mantener y aumentar en su matri­monio el entusiasmo de los primeros tiempos.

‑Siéntate, hija mía, siéntate. Tú serás una… ¿Cómo se dice novia en portugués?

‑Namorada, apuntaron a Mons. Escrivá de Balaguer.

… una enamorada perenne, constante. Cada día debes ir a conquistar a tu marido, y él a ti.

(…) Lograrás esto, si miras a tu marido como lo que es: una gran parte de tu corazón, ;todo tu corazón!; si sabes que él es tuyo y tú eres de él; si recuerdas que tienes la obligación de hacerlo feliz, de participar de sus dichas y de sus penas, de su salud y de su enfermedad…

Y Mons. Escrivá de Balaguer, como dirigiéndose a todas las esposas que estaban en el abarrotado salón del Palacio de las Convenciones en el Parque Anhembi, proseguía:

Sabéis más que nadie en el mundo, porque el amor es sa­pientísimo. Cuando viene el marido del trabajo, de su labor, de su tarea profesional, que no te encuentre a ti rabiando. Arrégla­te, ponte guapa, y cuando pasen los años, arregla un poquito más la fachada, como se hace con las casas. ;El te lo agradece tanto! Muchas veces, en los momentos de contradicción que habrá tenido en la labor, ha pensado en Dios y ha pensado en ti, y ha dicho: voy a ir a casa y… ;qué bien!; allí encontraré un remanso de paz, de alegría, de cariño y de belleza; porque, para él, no hay nada en el mundo más bello que tú. (…) El día que viene cansado ‑y tú lo sabes, tú lo prevés‑, te acuerdas de aquel plato que le gusta: esto se lo hago yo. Y no se lo dices, para no hacérselo pesar; lo sorprendes, y él te mira con una mirada… ¡y ya está! ¡Ya está!

Cientos de consejos ‑llenos de sentido común y de visión so­brenatural‑ dio el Fundador del Opus Dei a los padres de fa­milia. Muchos están recogidos en sus libros. Otros hay que espi­garlos pacientemente a lo largo de estas reuniones numerosas y en las conversaciones personales con quienes fueron a verlo a Roma, o lo habían tratado más de cerca en sus años de España. Realmente amó a las familias, a todas: las familias numerosas, las que tienen menos hijos, o las que no tienen ninguno, porque Dios no se los da, después de haber puesto ‑el marido también, repetía incansablemente‑ todos los medios sobrenaturales y los .humanos honestos. Sólo alguna vez se le escapaba lo que reo quería:

¡No soy amigo de las familias que, por egoísmo, cortan leas alas del amor y lo hacen estéril e infecundo…!

Les aconsejaba educar cristianamente a sus hijos, ante todo, con el ejemplo. Enseñarles a rezar, pero sin obligarles a grandes rezos: poquitos, pero todos los días (las madres, sí, pero también los padres). Llevarlos cortos de dinero, y que aprendan a usarlo, aunque ‑concretaba‑ es mejor que lo manejen cuando se lo ganen. Respetar prudentemente su libertad. Hacerles ayudar a los demás según la edad de cada uno, llenando el día de pequeños servicios. Conseguir que la casa ‑en una palabra‑ fuese hogar luminoso y alegre. (¡Cuántas veces bendecía en sus últimos años las guitarras de vuestros hijos!).

Mons. Escrivá de Balaguer hizo comprender a los matrimonios que el cariño se enrecia con las penas y dificultades de la vida. Como declaró a la directora de la revista Telva en febrero de 1968:

Pobre concepto tiene del matrimonio ‑que es un sacramen­to, un ideal y una vocación‑, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, aquae multae ‑las muchas dificultades, físicas y morales‑ non potuerunt extinguere cari­tatem (Cant., VIII, 7), no podrán apagar el cariño.

Otro periodista, Luis Ignacio Seco, publicó, después de la muerte de su hija de siete años, un artículo en el que desahogaba su corazón: Marta había caído enferma de leucemia en 1970 y Luis Ignacio Seco escribió a Mons. Escrivá de Balaguer para pedirle que rezase mucho por ella. “Su respuesta llegó pronto: me hablaba de la amabilísima voluntad de Dios y me prometía sus oraciones; y me hizo comprender enseguida que lo que teníamos en casa era un tesoro oculto, una maravilla puesta en nuestras manos para que viviésemos a fondo la vocación de padres, de colaboradores directos y voluntarios de la Providencia, de cristianos corrientes y molientes que tratan de materializar sin teatro el formidable amor de Dios por todos sus hijos, los hom­bres”.

Pero no era necesario ser intelectual para darse cuenta de las exigencias del amor humano santo, que el Fundador del Opus Dei difundía entre quienes le escuchaban. Su mensaje encon­traba eco en personas de toda condición social. Lo reflejaba María, una asociada del Opus Dei, que vive en los alrededores de Pozoalbero (Jerez de la Frontera), cuyo marido, un sencillo hombre de campo, estuvo con Mons. Escrivá de Balaguer en Pozoalbero, en noviembre de 1972. Por aquellos días, se confia­ba a su mujer:

‑Ahora tengo que dejar la ropa dobladita, porque está aquí Monzeñó…

Era su modo práctico de mejorar, después de haber escu­chado al Fundador del Opus Dei. Y María se alegraba también al comprobar que su marido, “desde que vio al Padre”, hacía visibles esfuerzos para no enfadarse ni con esas pequeñas cuestio­nes domésticas que surgen en todas las familias.

Mons. Escrivá de Balaguer tuvo palabras de aliento para cuantos atravesaban circunstancias difíciles. Les .ayudó, al me­nos, a sobrellevarlas, cuando no era humanamente posible encontrar solución. Aquella entrevista con la directora de la revista Telva ofrece una muestra muy completa ‑que siempre vale la pena releer‑ de su actitud ante la variada gama de situa­ciones que pueden darse en la vida matrimonial: el trabajo de la mujer casada, su proyección social, el sentido vocacional del ma­trimonio, el número de hijos, la infecundidad matrimonial, la separación de los cónyuges, las riñas y divisiones, el conflicto generacional, la educación en la piedad, la orientación de los hijos, el “matrimonio a prueba”, la monotonía del hogar, el confort y la sobriedad, etc. Quizá es exacto admitir que sólo falta una pregunta, la que le hicieron en San Paulo, en mayo de 1974:

‑Existen hoy en día, lamentablemente, muchas familias compuestas por personas divorciadas. ¿Cuál sería la actitud de un católico frente a esas familias y los hijos de esas familias?

‑En primer lugar, comprensión, hijos míos. No sacamos nada con maltratar a la gente. Si son almas que necesitan una ayuda, un buen consejo, una palabra afectuosa, no les vamos a tratar mal. Son enfermos del espíritu, como esos otros que son enfermos de la mente o del cuerpo.

Primera actitud: no tratarlos mal.

Segunda. Si ellos preguntan: ¿qué les parece mi situación?, una respuesta clara: pues… ;lamentable! Lo siento mucho, pero es lamentable. ¿Por qué vamos a mentir? Pero no te desesperes, que con la gracia del Señor se podrá ir arreglando. Como suelen ser cosas sentimentales y median los hijos, es difícil. Muchas veces se resuelven esas situaciones; y, al fin de la vida, siempre.

No los tratéis mal nunca. ¿Está claro? Y a los hijos de esas personas, ayudadles en lo que podáis. Que no se avergüencen, aunque esas pobres criaturas no puedan estar muy satisfechas. Es un shock tremendo, pero ésa es una razón más para que les tratemos bien, con afecto, con sentido sobrenatural, y para que les mostremos que somos cristianos. De modo que sed huma­nos, en primer lugar; y, después, cristianos. Primero, somos hombres; y después viene, con el Bautismo, la gracia de ser hijos de Dios. En la vida, en vuestras relaciones con la gente, se tienen que notar esas dos cualidades: las virtudes humanas y las virtu­des sobrenaturales. El trato afectuoso tuyo y cordial, porque eres una persona delicada, y además, la medicina sobrenatural de tus buenos consejos de cristiano y de tu buen ejemplo.

La Resurrección

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos.

Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Ioh 20, 19-23).

Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. No temáis, con esta invocación saludó un ángel a las mujeres que iban al sepulcro; no temáis. Vosotras venís a buscar a Jesús Nazareno, que fue crucificado: ya resucitó, no está aquí [i]. Haec est dies quam fecit Dominus, exsultemus et laetemur in ea; éste es el día que hizo el Señor, regocijémonos[ii].

El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti[iii]. había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres[iv].

Cristo vive en su Iglesia. “Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré” [v]. Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad.

De modo especial Cristo sigue presente entre nosotros, en esa entrega diaria de la Sagrada Eucaristía. Por eso la Misa es centro y raíz de la vida cristiana. En toda misa está siempre el Cristo Total, Cabeza y Cuerpo. Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso. Porque Cristo es el Camino, el Mediador: en El, lo encontramos todo; fuera de El, nuestra vida queda vacía. En Jesucristo, e instruidos por El, nos atrevemos a decir —audemus dicerePater noster, Padre nuestro. Nos atrevemos a llamar Padre al Señor de los cielos y de la tierra.

La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo.

Cristo vive en el cristiano. La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado. Somos hombres y mujeres, no ángeles. Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa. Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos: porque así como por un hombre vino la muerte, por un hombre debe venir la resurrección de los muertos. Que así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados [vi].

La vida de Cristo es vida nuestra, según lo que prometiera a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él[vii]. El cristiano debe –por tanto– vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus[viii], no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí.”

Es Cristo que pasa, 102-103

Una calle a San Josemaría en la frontera del Polo Sur

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Ushuaia, la población habitada más cercana al Polo Sur, ha dedicado una calle a San Josemaría, el Fundador del Opus Dei.

Opus Dei -

“Sed sembradores de paz y de alegría”, decía San Josemaría en sus catequesis. Y la siembra ha llegado lejos. Concretamente, al fin del mundo: Ushuaia, la población habitada más cercana al Polo Sur, ha dedicado una calle a San Josemaría, el Fundador del Opus Dei.

El mensaje de la santificación del propio trabajo en servicio a los demás se ha difundido por los cinco continentes.

La prueba es que en la ciudad más austral del mundo, Ushuaia, los vecinos han dedicado una calle al sacerdote aragonés.

Ushuaia es una ciudad argentina de 45.000 habitantes, capital de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Se encuentra a orillas del Canal de Beagle, rodeada por la cadena montañosa del Martial, en la Bahía de Ushuaia.

La “Calle Monseñor Escrivá” se sitúa entre las calles Kanukinka y Magallanes. La ciudad, volcada sobre la bahía, es la población más próxima al estrecho de Magallanes, paso marítimo entre el océano Atlántico y el Pacífico.

Opus Dei -

La palabra Ushuaia proviene del idioma yagán, está compuesta por: ush (al fondo, o al poniente) y waia (bahía o caleta) y significa “bahía que penetra en el poniente o hacia el oeste”.

La labor del Opus Dei llegó a Argentina en 1950. La devoción al Fundador se ha extendido por todo el país, y ya son más de diez las localidades que le han querido tener presente en su callejero.

Jordania y la alianza de civilizaciones. Paz, razón, islam y cristianismo

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Pablo Blanco examina los tres días del Papa en Jordania en los que, entre otras cosas, el Santo Padre se ha referido al islam.

11 de mayo de 2009

Ya en el avión, Benedicto XVI hizo saber su estrategia secreta en este viaje: oración, ética y razón. «Nosotros no somos un poder político, sino una fuerza espiritual que puede contribuir al progreso del proceso de paz. Veo tres niveles: como creyentes, estamos convencidos de que la oración es una verdadera fuerza. […] Segundo punto: intentamos ayudar en la formación de las conciencias. [...] Y un tercer punto, interpelamos también –¡es exactamente así!– a la razón [,... para] apoyar las posturas realmente razonables. Esto lo hemos hecho ya, y queremos hacerlo ahora y en el futuro»[1]. A partir de ese momento el Papa alemán habló de libertad religiosa, de diálogo y respeto, de convivencia entre las tres grandes religiones –islam, judaísmo y cristianismo–; pero también de los derechos de la mujer y de los cristianos en países musulmanes, de igualdad de oportunidades para minusválidos e impedidos físicos, de razón y amor en definitiva.

No ha dudado tampoco en usar el término y pedir una «alianza de civilizaciones», en cuyo centro estuviera la defensa de la razón y de la libertad religiosa de todos los ciudadanos

No ha dudado tampoco en usar el término y pedir una «alianza de civilizaciones», en cuyo centro estuviera la defensa de la razón y de la libertad religiosa de todos los ciudadanos. Benedicto XVI ha dedicado a Jordania los tres primeros días de su viaje a Tierra Santa. En los anteriores viajes papales la parada en este reino musulmán había sido más fugaz. Con el papa Ratzinger, por el contrario, la relación con el islam ha estado visiblemente en el centro de la primera parte de su viaje. Naturalmente, la impronta general que Benedicto XVI dio desde el comienzo a su viaje fue la de la peregrinación cristiana, muy atenta a las raíces hebreas. Pero es en relación al islam que Benedicto XVI ha dicho en Jordania las cosas más argumentadas, sobre todo en dos momentos: cuando bendijo la primera piedra de una nueva universidad católica en Madaba, para estudiantes en gran parte musulmanes, y cuando visitó la mezquita Al-Hussein Bin Talal, de Amman.

«La fe en Dios –dijo en la futura universidad– no suprime la búsqueda de la verdad; por el contrario, la alienta. San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a abrir las propias mentes a todo “lo que es verdadero, noble, justo, a lo que es puro, amable, lo que es digno de honor, lo que es virtud y lo que merece alabanza” (Flp 4,8)»[2]. Y siguió reivindicando la razón como patrimonio común de cristianos y musulmanes. Pero ha sido en Amman, al visitar la mezquita Al-Hussein Bin Talal, cuando Benedicto XVI ha entrado más directamente en el núcleo de la cuestión. Quien presentó los saludos de recibimiento al Papa fue el príncipe Ghazi Bin Muhammad Bin Talal, quien inspiró la Carta abierta “Una palabra común entre nosotros y vosotros”, dirigida al papa y a los líderes de las otras confesiones cristianas, firmada en octubre de 2007 por parte de 138 representantes musulmanes de numerosos países. Esa carta ha sido la consecuencia más importante, en el campo musulmán, de la apertura al diálogo efectuada por Benedicto XVI con su memorable exposición en la Universidad de Ratisbona el 11 de setiembre de 2006.

La Carta de los 138 ha dado origen a un foro permanente de diálogo católico-musulmán, cuya primera sesión se desarrolló en Roma, desde el 4 al 6 de noviembre de 2008, y que concluyó con un encuentro con el Papa[3]. El portavoz vaticano hablaba así de «una crisis superada» en lo que se refiere a las relaciones entre el islam y la Iglesia católica[4]. El príncipe Ghazi le dirigió al Papa un largo discurso de bienvenida, al cual le siguió la intervención de Benedicto XVI. Allí planteó el Romano pontífice una difícil e inquietante pregunta: «¿no se da también el caso que muchas veces es la manipulación ideológica de la religión, a veces con fines políticos, el catalizador real de las tensiones y de las divisiones, y no por casualidad también de la violencia en la sociedad?». Ante tal manipulación ideológica de la religión, proponía: «Musulmanes y cristianos, […] deben esforzarse hoy para ser conocidos y reconocidos como adoradores de Dios, fieles a la oración, dispuestos a comportarse y vivir según las disposiciones del Todopoderoso»[5].

“Cuando la razón humana consiente humildemente en ser purificada por la fe, está lejos de ser debilitada por ésta; más bien es fortalecida para resistir a la presunción de ir más allá de sus propias limitaciones”

Tras lo cual, Benedicto XVI siguió con un discurso que recordaba al de Ratisbona en escala reducida: aquella polémica intervención pronunciada en la ciudad del Danubio cinco años y un día después del 11 de septiembre de 2001. «Distinguidos Amigos –decía allí–, hoy deseo referirme a una tarea que he tratado en diversas ocasiones […:] el desafío de cultivar –para el bien, en el contexto de la fe y de la verdad– el vasto potencial de la razón humana. […] En realidad, cuando la razón humana consiente humildemente en ser purificada por la fe, está lejos de ser debilitada por ésta; más bien es fortalecida para resistir a la presunción de ir más allá de sus propias limitaciones». Razón y fe se libran de las respectivas patologías, y son la mejor garantía para la paz y el respeto de la dignidad y los derechos humanos. Tal vez la solución al problema de la violencia en Oriente Medio no esté tan solo en la fe, sino también –y tal vez en primer lugar– en la razón.

Pablo Blanco Sarto
Facultad de teología
Universidad de Navarra


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