Capítulo 7. Intentos de abrir camino (1931-32)

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Del Patronato de Enfermos a Santa Isabel

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante la primavera y comienzos del verano de 1931, Escrivá siguió buscando un modo de liberarse de las obligaciones del Patronato de Enfermos para dedicar más tiempo al Opus Dei. A partir del 13 de junio de 1931 rezó a diario en la Misa para encontrar una solución. Sus oraciones fueron escuchadas de una manera sorprendente el 18 de junio. “Creo que fue el quinto día de hacer esta petición cuando el Señor me oyó: fue Él: no cabe duda, porque accedió a mi súplica con creces… La concesión fue acompañada de humillación, injusticia y desprecio. !Bendito sea!”[1]. Escrivá no explica qué sucedió exactamente pero, al parecer, hubo una desagradable discusión.

La respuesta a sus oraciones fue sólo parcial. Dejó de ser el capellán titular del Patronato de Enfermos, pero no se designó a ningún otro, así que él siguió trabajando, como interino, hasta el mes de octubre. Necesitaba urgentemente un nombramiento para poder seguir en Madrid y mantener a su familia. Durante el verano, trabajó en la iglesia de Santa Bárbara, con un nombramiento temporal. Mientras tanto, se enteró de que las Agustinas Recoletas del convento de Santa Isabel, una de las multiples fundaciones reales de Madrid, necesitaban urgentemente alguien que les celebrara la Santa Misa y las confesara. Hacía meses que su capellán había caído enfermo y los Padres Agustinos le habían estado supliendo; pero la violencia anticlerical que arreciaba tras la proclamación de la Segunda República les impedía cruzar barrios peligrosos para llegar al convento, de modo que las religiosas a menudo no eran atendidas. Escrivá se ofreció voluntario hasta que encontraran a alguien.

Contentas como estaban con sus servicios, las monjas decidieron buscar su nombramiento de capellán. El convento tenía el estatuto de antigua Fundación Real, así que el nombramiento debía ser firmado tanto por las autoridades eclesiásticas como por las civiles. La aprobación eclesiástica fue concedida en noviembre de 1931, la del gobierno –con un estipendio regular—no llegó hasta mucho después.

El traslado del Patronato de Enfermos a Santa Isabel resultó providencial. En noviembre de 1931, la diócesis de Madrid inició una nueva campaña para expulsar a sacerdotes de otras dioceses y el puesto de capellán del Patronato de Enfermos no habría bastado para que las autoridades diocesanas le permitieran seguir en la capital, ni siquiera con el apoyo e influencia de la fundadora de las Damas Apostólicas. Pero su nuevo cargo estaba en una Fundación Real y no era sujeto de expulsion.

Por otra parte, la situación económica de Escrivá, era desesperada. Ahora no podía contar con su estipendio de capellán, y sus ingresos de profesor y tutor de la Academia Cicuéndez no cubrían ni siquiera sus gastos mínimos. “No sé cómo podremos vivir”[2] exclamó. A comienzos de septiembre comentaba: “Estoy con una tribulación y desamparo grandes. ¿Motivos? Realmente, los de siempre. Pero, es algo personalísimo que, sin quitarme la confianza en mi Dios, me hace sufrir, porque no veo salida humana posible a mi situación. Se presentan tentaciones de rebeldía: y digo serviam!”[3].

A finales de mes la situación no había mejorado: “Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta confianza, verdadera seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá pronto este asunto de una vez. ¡Si yo estuviera solo!… la pobreza, entonces, me doy cuenta, sería una delicia. Sacerdote y pobre: con falta hasta de lo necesario. ¡Admirable!”[4].

Escrivá comparaba su pobreza con los golpes con que Dios preparaba su alma para realizar el Opus Dei. Sufría porque la mayoría de estos golpes caían sobre su familia. Pensó pedirle a Dios que en lugar de ello le enviara una seria enfermedad, pero su director espiritual se lo prohibió. En el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei resumió parte de su oración de aquel día: “Y me encaré con Él y le dije: Que el padre Sánchez me tiene prohbido pedirle aquello; que, por eso, no se lo pido, pero que (así, en baturro) que arregle a los míos y me fastidie a mí solico”[5]. En otra ocasión rezaba: “Señor, lo pesado de mi Cruz es que de ella participan otros. Dame, Jesús, Cruz sin Cirineos. Digo mal: tu gracia, tu ayuda me hará falta, como para todo. —Contigo, mi Dios, no hay prueba que me espante: pienso en una enfermedad dura, unida, p.e., a una total ceguera —Cruz mía, personal— y audazmente, tendría, Jesús, el gozo de gritar con fe y con paz de corazón, desde mi oscuridad y sufrimiento: Dominus illuminatio mea et salus mea!… —Pero, ¿y si la Cruz fuera el tedio, la tristeza? Yo te digo, Señor, que, contigo, estaría alegremente triste”[6].

A pesar de su intenso deseo de remediar la situación familiar, en febrero de 1932 Escrivá rechazó lo que habría sido una solución prometedora. El obispo de Cuenca, pariente lejano de su madre, se ofreció a nombrarle canónigo de su catedral. El puesto estaba relativamente bien pagado, y podría haberle abierto la puerta de una ulterior carrera eclesiástica. Pero Escrivá estaba convencido de que el Opus Dei debía crecer en Madrid. Su director espiritual también convino en ello. Si el Opus Dei había nacido en la capital, le dijo, era señal de que Dios quería que se desarrollara en ella. La decision de Escrivá de rechazar la oferta resultó más difícil porque todavía no había dicho nada a su familia sobre el Opus Dei, y por consiguiente no podía dar ninguna razón convincente de su postura.

No se sabe por qué Escrivá todavía no había revelado a su familia lo que había sucedido el 2 de octubre de 1928 ni le había explicado el significado de todo lo que había estado haciendo desde entonces. La razón puede estar en que, a pesar de su intenso trabajo, no tenía nada externo que mostrar: sólo podía relatarles la visión del 2 de octubre y, como ya se ha dicho, siempre fue reacio a hablar sobre aquella experiencia o sobre cualquier otro acontecimiento sobrenatural de su vida, ni siquiera a los miembros del Opus Dei.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 373

[2] Ibid. p. 399

[3] Ibid. p. 396

[4] Ibid. p. 396

[5] Ibid. p. 397

[6] Ibid. p. 398

Para todos los tiempos y lugares

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 7 de septiembre de 1931 Dios hizo ver a Escrivá que el Opus Dei debía hacer a Cristo presente por todo el mundo y por todos los siglos. Había ido por la tarde a la iglesia del Patronato de Enfermos, y le resultaba muy difícil rezar: “No tenía gana. Pero, me estuve allí hecho un fantoche. A veces, volviendo en mí, pensaba: Tú ya ves, buen Jesús, que, si estoy aquí, es por Ti, por darte gusto. Nada. Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes perros como él y se agita y ladra bajito… pero sin apartarse de su dueño”[1].

En medio de sus distracciones se dio cuenta de que, sin quererlo, repetía unas palabras latinas de la Escritura, palabras en las que no se había fijado nunca y que no tenía ninguna razón particular para recordar: “Dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: ‘et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum’: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio. Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras pues, —repito— como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra he comprendido bien que Cristo‑Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que ‘la Obra de Dios estará con Él en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre’”[2].

Esta experiencia le confirmó de nuevo a Escrivá en que el Opus Dei no había nacido para la España de su época sino para todo el mundo y para todos los tiempos. Trabajaría duro para transmitir esta convicción a los primeros miembros del Opus Dei. En un documento de 1934 titulado “Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios” escribió: “No somos una organización circunstancial. Hemos de (…) durar hasta el fin. Ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica”[3].

[1] Ibid. p. 385

[2] Ibid. p. 386

[3] Instrucción 19.3.1934, nn. 14 y 15

La quema de conventos

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El gobierno provisional puso poco interés en frenar las manifestaciones de anticlericalismo. El 10 de mayo de 1931 la interpretación de un himno monárquico en un club de Madrid provocó una violenta respuesta por parte de un grupo de partidarios de la república. Este conflicto degeneró y se convirtió en tres días de violencia desatada contra iglesias, monasterios y conventos. Los asaltos se extendieron de Madrid a Sevilla, Málaga y otras cuatro ciudades.

Cuando el 11 de mayo de 1931 las masas desataron su violencia anticlerical, Escrivá temió que la iglesia del Patronato de Enfermos pudiera ser saqueada y profanada la Eucaristía. Vestido con ropas seglares prestadas y acompañado por su joven hermano se escabuyó por una puerta lateral de la iglesia “como un ladrón”, llevando un copón lleno de hostias consagradas envuelto en una sotana y el periódico. Mientras avanzaba rápidamente por las calles, rezaba con lágrimas en los ojos “Jesús, que cada incendio sacrílego aumente mi incendio de Amor y Reparación”[1]. Después de depositar el Santísimo Sacramento en la cercana casa de un amigo, Escrivá observó con horror el humo que cubría el cielo de Madrid a medida que ardían iglesias y conventos.

El 13 de mayo oyó rumores de que pronto atacarían el Patronato de Enfermos. Rápidamente localizó unas habitaciones que se alquilaban en la calle Viriato y trasladó allí a su familia con sus escasas pertenencias. Durante los meses siguientes tuvieron que apañarse en un diminuto apartamento cuya única ventana daba a un pozo de ventilación. La habitación de Escrivá era tan pequeña que no cabía una silla y tenía que escribir de rodillas, utilizando la cama por pupitre.

El gobierno provisional republicano no provocó la quema de conventos, pero muchos de sus miembros simpatizaban con los alborotadores. Manuel Azaña, de Izquierda Republicana, que se convertiría rápidamente en el político más influyente del país, dijo a sus colegas que todos los conventos de Madrid no valían la vida de un solo republicano. Además, amenazó con dimitir si una sola persona era herida en Madrid por esta estupidez[2]. Durante varios días el gobierno no hizo nada por controlar los tumultos.

En cuanto el gobierno se decidió a intervenir, la violencia cesó rápidamente; para entonces el daño ya había sido hecho. Habían ardido cerca de cien iglesias y conventos, cuarenta y uno en Málaga. La pasividad del gobierno durante los primeros días de los incidentes convenció a católicos de todo el país de que el nuevo régimen era enemigo implacable de la Iglesia. La reticencia de Azaña a utilizar la fuerza contra los alborotadores anticlericales le costaría cara a la república y al país.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 359

[2] cfr. Stanely G. Payne. SPAIN’S FIRST DEMOCRACY: THE SECOND REPUBLIC, 1931-1936. Madison, Wis. 1993, p. 45

En busca de un nuevo puesto

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En esta época Escrivá comprendió que debía dedicar más tiempo al Opus Dei. Sus deberes oficiales en el Patronato de Enfermos eran pocos (principalmente celebrar Misa y oficiar la Bendición). Sin embargo, estaba tan metido en las actividades del Patronato, especialmente visitando enfermos y moribundos, que le resultaría imposible encontrar mucho más tiempo para el Opus Dei mientras siguiera siendo su capellán.

No resultaría fácil encontrar de nuevo un puesto adecuado. Aunque la capellanía no estaba bien remunerada, proporcionaba un hogar gratis a Escrivá y a su familia. Si se trasladaba, tendría que conseguir dinero para alquilar un piso. Y resultaría todavía más difícil encontrar un medio para permanecer en Madrid, lugar donde había nacido el Opus Dei y donde él se veía llamado a desarrollarlo. Dada su condición de sacerdote extradiocesano, debía tener un cargo que le diera el derecho de permanecer en la capital, ya que la política oficial era la de expulsar a los sacerdotes de otras diócesis que no tuvieran poderosas razones para estar en Madrid.

Una mujer que conoció a través de su trabajo en el Patronato le presentó al don Pedro Poveda, fundador de las Teresianas y secretario del Patriarca de la Indias. Poveda ofreció a Escrivá la posibilidad de conseguir un nombramiento de Capellán Real Honorario. Cuando le explicó que el puesto, aunque de prestigio, no le daría derecho a permanecer en Madrid, Escrivá rechazó la oferta.

Pocas semanas después, surgió otra oportunidad. Esta vez se trataba de un nombramiento que dependía del Ministerio de Justicia. Pero, antes de poder hacer nada, se proclamó la República en España y el posible mentor de Escrivá perdió su trabajo y, con él, la posibilidad de nombrar a nadie para aquel puesto. Escrivá no se desanimó, sino que vio en esta nueva contrariedad una señal de la voluntad de Dios para él: “Dios no lo quiso. Yo estoy tan fresco. ¡Bendito sea!”[1].

La proclamación de la Segunda República afectaría al Opus Dei, y no sólo por la pérdida de ese puesto que hubiera permitido a Escrivá mantener a su familia y continuar su tarea fundacional. Para entender los siguientes acontecimientos de la historia del Opus Dei es preciso referirse a los cambios políticos, sociales y económicos que provocó el advenimiento de la República y la reacción de Escrivá ante ellos. De ello trata el próximo capítulo.

Los primeros pasos

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La visión del 2 de octubre dejó muy claro a Escrivá que Dios quería que el Opus Dei existiera. Pero, teóricamente al menos, esto no significaba que tuviera que fundar una nueva institución en la Iglesia. Cabía la posibilidad de que Dios le llamara a trabajar en algo que ya existía. Esta idea le gustaba. Desde los primeros barruntos de que Dios le pedía algo, afirmaba: “He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios —al barruntar el amor de Jesús—, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Ioann III, 30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea”[1]. En 1932 escribió a los miembros del Opus Dei: “Sabéis qué aversión he tenido siempre a ese empeño de algunos —cuando no está basado en razones muy sobrenaturales, que la Iglesia juzga— por hacer nuevas fundaciones. Me parecía —y me sigue pareciendo— que sobraban fundaciones y fundadores: veía el peligro de una especie de psicosis de fundación, que llevaba a crear cosas innecesarias por motivos que consideraba ridículos. Pensaba, quizá con falta de caridad, que en alguna ocasión el motivo era lo de menos: lo esencial era crear algo nuevo y llamarse fundador”[2].

Recordando su reticencia a fundar algo nuevo, muchos años después diría: “El Señor (…) viendo mi resistencia y aquel trabajo entusiasta y débil a la vez, me dio la aparente humildad de pensar que podría haber en el mundo cosas que no se diferenciaran de lo que Él me pedía. Era una cobardía poco razonable; era la cobardía de la comodidad, y la prueba de que a mí no me interesaba ser fundador de nada”[3]. “Me daba miedo la Cruz que el Señor ponía sobre mis hombros”[4].

La esperanza de que eso que Dios quería de él pudiera existir le llevó a buscar información sobre instituciones católicas en España y en otros países. Pero, cada vez que recibía información de aquel nuevo grupo por el que se interesaba, comprobaba que era muy diferente de lo que Dios le estaba pidiendo.

Ni el 2 de octubre de 1928 ni en los días y meses siguientes hizo Escrivá un llamamiento a posibles miembros, ni preparó estatutos, ni hizo una declaración a la prensa, o publicó un artículo para explicar los objetivos de la nueva entidad o su mensaje sobre la llamada universal a la santidad en el mundo. Ni siquiera reunió a su familia, amigos y conocidos para explicarles lo que iba a hacer. Al contrario, empezó a trabajar, silenciosa y tenazmente, para difundir su ideal a la gente con la que entraba en contacto. Su planteamiento era radicalmente práctico y pastoral, y cobró forma lo que llamaría “apostolado de amistad y confidencia”, basado en el trato personal y en la conversación. Empezó con la gente que ya conocía por sus clases en la Academia Cicuéndez, su labor en el Patronato de Enfermos, las confesiones y la dirección espiritual.

Pocas veces hablaba en términos abstractos sobre la situación histórica y cultural de la Iglesia o de una teoría del laicado. Exponía la palabra de Dios, como una fuerza vivificante capaz de transformar las vidas de sus oyentes sin apartarles de su trabajo, de sus amistades o de su situación social. Procuraba ayudar a cada uno a acercarse a Dios, a adquirir virtudes y vida interior de oración y sacrificio, y a sentir la responsabilidad de difundir el mensaje de Cristo entre sus amigos, colegas y familiares a través de la palabra y el ejemplo.

Escrivá no intentó provocar cambios radicales y repentinos en la gente a quien trataba, sino mejoras paulatinas. Este enfoque se refleja en su libro de 1939 “Camino”, que lleva a sus lectores por un plano inclinado hasta convertirse en almas contemplativas en medio del mundo. Comienza con una llamada a dar a la propia vida significado y dirección: “Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso”[5]. Habla de carácter, de autocontrol y de deseo de excelencia. Introduce gradualmente al lector en la oración, el espíritu de sacrifico, el amor de Dios, el compromiso apostólico, la filiación divina, la infancia espiritual y la perseverancia.

A medida que pasaban los meses, Escrivá fue reuniendo y formando a pequeños grupos en el espíritu del Opus Dei, aunque sin explicarles todavía qué era. Entre los estudiantes universitarios y jóvenes licenciados que trataba estaban algunos de sus alumnos de la Academia Cicuéndez; y José Romeo, hermano menor de uno de sus compañeros en la Facultad de derecho de Zaragoza. Otro grupo lo formaban sacerdotes. Un tercer grupo, obreros y empleados, a quienes Escrivá conoció a raíz de participar en una misión organizada para ellos por el Patronato de Enfermos el verano de 1930.

Escrivá dirigía espritualmente a muchas personas y empezó a buscar posibles miembros del Opus Dei entre ellas. Cuando juzgaba que alguien podía entender, Escrivá le explicaba el ideal de santidad y apostolado en medio del mundo a través del trabajo realizado conscientemente por amor a Dios. No hablaba de pertenecer al Opus Dei, sino más bien de hacer la obra de Dios. La razón de este modo de procecer era que hasta el verano de 1930 el Opus Dei ni siquiera tuvo nombre.

En 1967 Escrivá recordaba: “Comenzaba por no hablar de la Obra a los que venían junto a mí: les ponía a trabajar por Dios, y ya está. Es lo mismo que hizo el Señor con los Apóstoles: si abrís el Evangelio, veréis que al principio no les dijo lo que quería hacer. Los llamó, le siguieron, y mantenía con ellos conversaciones privadas; y otras, con pequeños o grandes grupos… Así me comporté yo con los primeros. Les decía: venid conmigo…”[6].

Al haber quemado Escrivá sus notas anteriores a marzo de 1930, es imposible dar un cuadro detallado de sus primeros pasos para desarrollar el Opus Dei. Está claro, sin embargo, que sufrió muchos desengaños. Bastantes estudiantes universitarios y jóvenes licenciados se entusiasmaban con los ideales que les proponía, pero poco después se cansaban y se alejaban, sin ni siquiera despedirse. Don Norberto Rodríguez, viejo sacerdote de mala salud, y don Lino Vea-Murguia, sacerdote de la edad de Escrivá que sería asesinado durante la Guerra Civil, respondieron afirmativamente cuando les propuso formar parte del Opus Dei, pero ninguno de ellos pareció entender bien de qué se trataba.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 317

[2] Ibid. p. 318

[3] Ibid. p. 318-319

[4] Ibid. p. 317

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 1

[6] AGP, P06 VI p. 297

La Academia Cicuéndez

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las actividades del Patronato de Enfermos permitían a Escrivá ejercer su ministerio sacerdotal y llevar a las almas a Cristo. Sin embargo, lo que ganaba no bastaba para mantener materialmente a su familia. Para llegar a fin de mes, Escrivá dió clases particulares a un buen número de estudiantes. También encontró un puesto de profesor en la Academia Cicuéndez, una institución privada como el Instituto Amado donde había enseñado en Zaragoza. Allí acudían bastantes estudiantes de Derecho que no podían asistir regularmente a clases en la universidad y que se habían matriculado como “no oficiales”. Escrivá se encargó del Derecho Canónico y el Romano.

Un día, otro profesor contó a algunos estudiantes que Escrivá trabajaba en el Patronato de Enfermos. El rumor se extendió rápidamente entre los alumnos, que apenas podían creer que su culto y refinado profesor, cuya sotana siempre estaba impoluta y bien planchada, pasaba horas y horas en los charcos, el barro y las calles sin asfaltar de las zonas más pobres de Madrid. Los estudiantes hicieron apuestas sobre la veracidad del asunto, y varias veces, después de clase, siguieron a su profesor hasta barrios de la ciudad que nunca hubieran soñado pisar.

No contento con enseñarles Derecho, Escrivá procuraba hacerse amigo de sus alumnos. Su cálido y extravertido carácter y el interés por cada uno hicieron que se ganara su afecto. A menudo algunos estudiantes le acompañaban en su camino de vuelta a casa. La conversación pasaba de las materias tratadas en clase a sucesos de actualidad, asuntos de familia y preocupaciones personales. Como lo haría durante toda su vida, Escrivá introducía en la conversación referencias a Cristo, a la Santísima Virgen y a las virtudes cristianas. Lo hacía naturalmente, sin sermonear o adoptar un tono pío. Podía pasar fácilmente de la conversación sobre sucesos de actualidad a los temas religiosos, porque su diálogo con Cristo, con su Madre, los ángeles era profundo, personal, real, cotidiano. Como consecuencia del trato con los estudiantes y de su oración por ellos, algunos pidieron a Escrivá que fuera su confesor o director espiritual.

En noviembre de 1927, gracias a sus ingresos provenientes del Patronato de Enfermos, la Academia Cicuéndez y las clases particulares, Escrivá pudó alquilar un pequeño piso para él y su familia en la calle Fernando el Católico. Esta sería la tercera vez en quince años que los Escrivá hicieron las maletas para empezar una nueva vida en una ciudad extraña. Aunque se trataba de una experiencia dolorosa para los suyos, Escrivá no tenía otra alternativa: no podía permanecer en Zaragoza ni alquilar dos casas, incluso si él o su familia hubieran querido vivir separados.

Escrivá veía las desgracias de su familia como parte del plan de Dios para purificarle, fortalecerle y prepararle para una misión aún desconocida. “Señor”, rogaba, “yo no soy un instrumento apto, pero, para que lo sea, siempre haces sufrir a las personas que más quiero: das un golpe en el clavo y cien en la herradura!”[1].

Más tarde, echando la vista atrás a los años que precedieron a la fundación del Opus Dei, Escrivá los describió con diferentes metáforas, pero siempre como un periodo de preparación. En una ocasión, dijo: “Dios Nuestro Señor, de aquella pobre criatura que no se dejaba trabajar, quería hacer la primera piedra de esta nueva arca de la alianza, a la que vendrían gentes de muchas naciones, de muchas razas, de todas las lenguas (…). Era preciso triturarme, como se machaca el trigo para preparar la harina y poder elaborar el pan; por eso el Señor me daba en lo que más quería… ¡Gracias, Señor! (…). Eran hachazos que Dios Nuestro Señor daba, para preparar –de ese árbol- la viga que iba a servir, a pesar de ella misma, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam! Domine, ut sit! No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder a la bondad de Dios, pero esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo. Adelante, sin cosas raras, trabajando sólo con mediana intensidad”[2].

El período de preparación terminó con la fundación del Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Desde entonces Escrivá supo lo que Dios le pedía y dedicó su vida a realizarlo. El resto de este libro cuenta la historia de esos esfuerzos.

[1] Álvaro del Portillo. UNA VIDA PARA DIOS. Ediciones Rialp. Madrid 1992. p. 30

[2] ibid. p. 30-31

Hombre para el futuro

fundador  Tagged , , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Patronato de Enfermos, hay algunas señoras de la alta sociedad madrileña que prestan su colaboración personal en muchas actividades benéficas. Una de ellas, Carmen del Portillo, es pariente y madrina de un muchacho llamado Alvaro del Portillo, que estudia en la Escuela de Ingenieros de Caminos. En más de una ocasión, esta señora habla con don Josemaría Escrivá de Balaguer de las grandes cualidades intelectuales de su ahijado. Tiene una buena formación religiosa, que debe a su familia, y una piedad sincera. Sin embargo, nunca ha seguido la dirección espiritual de sacerdote alguno.

Desde que conoce este nombre, en 1930, don Josemaría empieza a rezar por Alvaro. Pasan casi cuatro años y, un día del curso 1934-35, dos compañeros de la Escuela de Ingenieros le hablan de un cura muy simpático al que conocen. Desean presentárselo.

Hace unos meses que caminan en buena amistad por los barrios más pobres de Madrid, prestando servicios y repartiendo afecto entre la pobreza y el abandono. Han compartido muchas situaciones con Alvaro y saben que entenderá el espíritu que el Padre imparte entre los estudiantes que frecuentan la Residencia.

Y Alvaro acepta. Acuden a la calle de Ferraz, al Centro que la Obra acaba de abrir. Ahí, en una salita, le saluda, por primera vez, don Josemaría:

-«¿Cómo te llamas?, ¿tú eres sobrino de Carmen del Portillo? » (14)

Recuerda perfectamente los detalles familiares que le contó, hace ya varios años, su tía Carmen hablando de este ahijado suyo. Pasan un buen rato. La amistad es fácil con este sacerdote de treinta y tres años que parece conocer a cada persona desde toda la vida. Al estudiante de Caminos se le ha quedado grabada la entrevista y hace el firme propósito de volver. Pero ya no consigue reunirse con el Fundador del Opus Dei hasta que se avecina el mes de julio. La familia del Portillo está a punto de emprender el veraneo y, antes de abandonar Madrid, Alvaro decide despedirse de don Josemaría. Es el día 6. Sube hacia la Residencia de Ferraz y mantiene con él una conversación larga, íntima. Alvaro oye hablar, como si lo escuchara por primera vez, de vida espiritual, de oración, de presencia de Dios, de amar al que es Amor, al que es la Vida; y de la Obra de Dios que empieza a crecer sobre la tierra. Al final don Josemaría concluye:

-«Mañana tenemos un día de retiro espiritual -era sábado-, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo?»(15)

Alvaro no ha hecho nunca un día de retiro. Y, aunque no contaba con emplear el domingo en esta ocupación, se lo pide este sacerdote con tanto interés y cariño que no sabe negarse: acudirá al día siguiente.

El Fundador dirige la primera meditación de la mañana. Varios miembros de la Obra conocen a Alvaro, porque don Josemaría les ha hablado de él, de este hombre joven, que tiene una disposición generosa ante la vida y que puede ser llamado por Dios.

El Padre les aconseja que le hablen de su propia entrega, por la tarde, cuando haya terminado el retiro. Pero uno se adelanta, en la primera ocasión oportuna, por la mañana. Y Alvaro del Portillo dice que sí.

He aquí como lo describe él mismo, años más tarde:

-« Sí: fue un 7 de julio cuando conocí la Obra y cuando pedí la admisión. Statim -como dice el Evangelio de la llamada de los Apóstoles-, inmediatamente, relictis omnibus, dejé todo, para encontrar mucho más. Porque Dios es infinitamente más generoso que nosotros y, si le damos como uno, nos responde como mil» (16).

La decisión cambia sus planes en este caluroso verano de Madrid. Alvaro se quedará para oír y conocer, directamente del Fundador, el espíritu del Opus Dei. Y el Padre, al que habían programado unos días de descanso en la provincia de Salamanca, supera una vez más el agotamiento para abrir el horizonte de la Obra, y la profundidad del Amor de Dios, a este nuevo hijo suyo.

En marzo de 1936 ratificará para siempre su compromiso de fidelidad, cuando aún no ha pasado un año desde que pidió la admisión.

El Padre se ve urgido por Dios para desarrollar el Opus Dei y necesita apoyarse con fuerza en la lealtad de los que le siguen en esta primera hora. El día de San José, 19 de marzo, tiene lugar un gesto entrañable del Fundador, que Alvaro no olvidará.

Conmovido por la generosidad incondicional de estos hombres jóvenes que entregan todo sin titubear, les ha besado los pies, con aquellas palabras de la Sagrada Escritura: «¡qué espléndidos son los pasos de los que anuncian la paz, de los que evangelizan la buena nueva!»(17). En 1975, cuando el Padre haya cruzado los umbrales de la muerte, don Alvaro repetirá este gesto con el Fundador:

«Yo le devolví ese beso en cuanto pude: cuando su alma ya se había ido al Cielo. Si le besé los pies en aquel momento, fue porque me acordé de que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso. ¡Cómo me iba a olvidar! No era sólo un gesto. No fue solamente una manifestación de fidelidad y de unión, sino(18) mucho más: era entregarme de nuevo»

Desde 1936, don Alvaro permanecerá junto al Padre, con un breve paréntesis durante la guerra civil de España. Y es a partir de 1937 cuando el Fundador comienza a llamarle con el afectuoso nombre de “Saxum”: roca. En una carta fechada durante este año pueden leerse las siguientes líneas de don Josemaría Escrivá de Balaguer:

-«”Saxum”!: ¡qué blanco veo el camino -largo- que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! “Saxum”! » (19)

Roca en la que apoyarse. Porque desde el primer día, Alvaro no tendrá una duda. Estará incondicionalmente al lado del Fundador y abrirá, con él, los caminos del mundo para que pueda transitarlos el espíritu de la Obra. Va a compartir con el Padre los trabajos, las contradicciones y alegrías de los años que se acercan. Será testigo de los matices más profundos del Opus Dei y los conservará como se custodia una herencia preciosa, intocable, de origen divino.

Don Alvaro del Portillo, después de ordenarse sacerdote en 1944, será el confesor de Monseñor Escrivá de Balaguer. Dos veces habrá de darle la absolución in articulo mortis; la última, el 26 de junio de 1975, cuando su alma remonta, definitivamente, el camino del Cielo. Tras este acontecimiento, será elegido, por decisión unánime, primer sucesor del Fundador al frente del Opus Dei, el 15 de septiembre de 1975.

El Patronato de Enfermos

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Doña Luz Rodríguez Casanova, hija de la Marquesa de Onteiros(5), había iniciado sus actividades apostólicas en Madrid, entre los sectores más humildes de la sociedad, desde su juventud. El momento social de los comienzos del siglo XX en España es muy grave. El hambre y la incuria hacen presa en los menos privilegiados. Mientras se gestan posibilidades a nivel administrativo, político y social, hay personas que no permanecen indiferentes a la extensión de desgracias que se ceban en una parte de la población. Una de ellas será esta mujer, que va a ofrecer su vida y la de sus compañeras al servicio de los más necesitados. En plena Segunda República española, las Damas Apostólicas, Fundación de doña Luz, tienen en marcha sesenta y seis escuelas, en las que se instruyen unos doce mil niños; el Patronato de Enfermos, enclavado en la calle de Santa Engracia, atiende a más de cuatro mil pacientes por año con la ayuda de un cuadro de médicos, farmacéuticos y enfermeras.

Esta labor de caridad es muy amplia. Tanto, que alguna de las colaboradoras de estas Damas Apostólicas llega a comentar jocosamente: «En el Patronato, todo lo que se organiza es por toneladas». Y tiene razón. Muchos días se reparten hasta setecientas raciones de comidas. Las visitas a pobres y enfermos, dispersos por los más alejados barrios, así como por todos lo hospitales de la ciudad, son una tarea constante.

Don Josemaría está pendiente de traer a su madre y hermanos a Madrid cuando haya encontrado un mínimo de estabilidad. Y, sobre todo, siente en su alma la necesidad de canalizar todo el ímpetu de su entrega, todo el poder sacramental que Dios ha puesto en sus manos consagradas. Mientras tanto, Dios forja su espíritu para llevar a cabo la misión a que le tiene destinado. En medio de esta tarea, en contacto con los pobres y los más necesitados de ayuda, su alma se llena de fortaleza.

Por eso, no sólo acepta los cometidos que le competen como capellán del Patronato, sino que despliega un inmenso apostolado en este ambiente, sin abandonar nunca la amistad y formación de sus amigos universitarios y de un grupo de personas de alta posición que ha reclamado, también, su consejo y dirección espiritual. Toma los deberes de su ministerio sacerdotal con la misma apasionada generosidad con que emprendió, un día, la ruta del Seminario. Con la misma determinación con que decidió seguir la llamada de Dios barruntada desde la adolescencia en el interior de su alma.

Años más tarde, repetirá que el Opus Dei nació entre los pobres de los barrios y de los hospitales de Madrid; en medio de la actividad apostólica de aquellos primeros años de trabajo sin tregua.

El Patronato de Enfermos está abierto a la asistencia durante el día y la noche. Hay muchas jornadas de trabajo ininterrumpido en busca de una chabola de la que ha partido una llamada de auxilio, repartiendo comidas a enfermos en ambulatorios, descubriendo a los más graves por entre los ingresos de un hospital de beneficiencia. Y atendiendo espiritualmente a este enorme número de almas que encuentran a Dios, como única esperanza, en medio de su drama. La tarea es ingente y don Josemaría, por decisión personal, vuelca en ella su gran capacidad de trabajo, su energía física y sobrenatural. Resulta difícil calcular las distancias que puede cubrir al cabo del día, teniendo en cuenta que los barrios extremos de la gran ciudad le obligan a cruzarla en todas las direcciones. De Tetuán de las Victorias al Paseo de Extremadura; de Magín Calvo a  Vallecas, Lavapiés, San Millán, el Barrio del Lucero o la Ribera del Manzanares. Solamente desde la Residencia Sacerdotal de la calle de Larra hasta Vallecas hay un recorrido que se acerca a los cinco kilómetros. Se trata de zonas mal comunicadas que es preciso andar a pie, con frío, con lluvia y barro que cubre los zapatos. O con la canícula de verano cayendo sobre Madrid, en un sol de mediodía que obliga a sudar copiosamente. A veces, hay que correr del metro a un tranvía desvencijado que tarda más de una hora en cubrir su trayecto. Pero don Josemaría consigue llegar a todos. Tanto, que doña Luz sabe que, una vez dado el nombre y dirección de un enfermo a este sacerdote, puede tranquilizarse por completo. En unas octavillas apunta lo más urgente para la atención de un necesitado. Y se ocupa de resolver los múltiples problemas que pueden presentarse(6).

La actividad desplegada durante estos años resulta asombrosa. Don Josemaría pasa horas en el confesonario de la iglesia del Patronato de Enfermos, y escucha, alienta y otorga a raudales la gracia de Dios a las gentes que se acercan hasta la calle de Santa Engracia. Confiesa también a centenares de niños de varias escuelas de las Damas Apostólicas.

En las catequesis multitudinarias que Monseñor Escrivá de Balaguer prodigó durante los últimos años de su vida, no olvidó citar esta etapa de sus primeras actividades sacerdotales en Madrid:

«Cuando trabajaba con niños, aprendí de ellos lo que he llamado vida de infancia. ¡Allá cada uno! El que no se sienta movido por Dios para seguir por ahí, que no vaya. A mí se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna! (7) ».

Después de la Santa Misa, don Josemaría reúne a los pobres en el comedor de Santa Engracia, adultos y niños, y les habla, serenamente. Les da lo mejor que tiene: su palabra, su atención, su alegría y toda la actividad y el amor de su corazón sacerdotal.

Se inclina ante los catres en que algún ser humano sufre, generalmente en soledad, y le escucha, sin prisa, a veces toda la noche, hasta que el alivio o la muerte vienen a relevarle en su tarea.

Haciendo memoria de esta etapa -que se prolongaría durante varios años- podrá decir más adelante: «Recuerdo que una vez se estaba muriendo un chico joven, de veinte o veintiún años, en un auténtico cuchitril miserable. Le administré los sacramentos, y cuando acabé, el chico no quería que me marchara. Me quedé a su lado hasta que murió, y se me escapó decirle, y él lo entendió: “¡te tengo envidia!” Envidiaba su dolor, su desamparo, y la alegría que Dios le daba»(8).

Cada día, a las ocho de la mañana, celebra la Santa Misa en la iglesia del Patronato de Enfermos. Es patente el amor con que paladea las oraciones que Cristo y su Iglesia se intercambian en la renovación de ese misterio de la Misericordia de Dios que es la Cruz. Pero su intensa vida contemplativa no le vuelve reconcentrado o distante. Su sencillez y jovialidad son tan proverbiales como la humanidad que rezuman su conversación y su talante.

Este sacerdote llama la atención por su piedad y fe en la forma de tratar a la Sagrada Eucaristía. Por el modo correctísimo y reverente de dar la Bendición y de rezar. De tal manera que personas muy jóvenes que tienen la costumbre de pasar por la iglesia del Patronato a primeras horas de la tarde para hacer una visita, se ,quedan sorprendidas de la devoción con que don Josemaría reza los misterios del Santo Rosario.

Años más tarde, esta fe en la oración vocal, que compartía con Teresa de Jesús y con tantos santos de la Iglesia, quedará sencillamente fijada en el punto 85 de «Camino»:

«Despacio. -Mira qué dices, quién lo dice y a quién. -Porque ese hablar de prisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios».

Doña Luz Rodríguez Casanova, curtida ya en los azares de su apostolado, tiene un gran aprecio por este sacerdote que Dios ha llevado temporalmente hasta su Fundación. Y cuando su madre solicita poder oír la Santa Misa en su capilla privada, no duda en rogar a don Josemaría que sea el confesor de la anciana Marquesa de Onteiro y celebre algunas veces en su casa el Santo Sacrificio(9). Don Josemaría acepta gustoso, y así, en días festivos, oficiará en la residencia de los Onteiro. Asiste ala Santa Misa toda la familia, que preside doña Leónides García San Miguel y Zaldúa, viuda de Rodríguez Casanova. Este oratorio -situado en la calle de Alcalá Galiano número 1- tiene un retablo con el Corazón de Jesús; se venera también una imagen de la Virgen de Lourdes, sobre un pedestal, en el lado del Evangelio.

Después de celebrar la Santa Misa, el sacerdote se queda a desayunar en la casa. Parte de la familia le acompaña. La jovialidad de don Josemaría predispone a la confianza y al buen humor; pero también a la piedad y al respeto que impone su carácter. Cuando la Marquesa enferma de gravedad, varios años más tarde, la atenderá espiritualmente hasta el último momento.

Algunas Damas Apostólicas recuerdan todavía la personalidad de aquel capellán joven que permaneció ayudando al Patronato durante un período importante. Tienen presente el amor con que se dedicó a las tareas de su apostolado.

Cuando se inaugura el Noviciado de las Damas Apostólicas en Chamartín, son muchas las veces que don Josemaría se llega hasta la casa y habla con la Maestra de Novicias sobre la formación de aquellas primeras vocaciones, aunque nunca ha sido su Director espiritual:

«Esto es lo que dura y lo que ha de ser perdurable, que los cimientos estén bien»(10)

Muchas de ellas reviven hoy la insistencia sonriente con que sabía decirles:

-«Pide mucho por mí, pide mucho por mí».

Tanto, que alguna llega a preguntarse:

-«¿Qué irá a hacer don Josemaría que pide tanta oración?»(11).

Durante estos años, la tarea apostólica en los barrios madrileños resulta cada vez más difícil. El ambiente anticlerical se extiende, y en algunos sectores se fomenta el odio a todo lo que se relaciona con la Iglesia. En más de una ocasión, las Damas Apostólicas han sido apaleadas y, en algún caso, heridas de gravedad. Y también don Josemaría tiene que sufrir pedradas al caminar por zonas extremas de la capital.

Cuando en enero de 1929 agoniza Mercedes Reyna, una Dama Apostólica muerta con fama de santidad, don Josemaría permanece junto a ella en las horas de agonía, y está atento -con la seguridad de asistir a la partida de una santa- a todo cuanto pueda necesitar, a cuanto pueda servirle de ayuda en ese momento de dar el salto a la Vida.

En otoño de 1927, doña Dolores Albás y sus hijos -Carmen y Santiago- se trasladan a Madrid. Don Josemaría vivirá con ellos hasta mediados de 1929 en un piso alquilado en la calle Fernando el Católico número 46. Pero, desde estas fechas, la familia entera ocupará la vivienda que, para el capellán, tienen destinadas las Damas Apostólicas en el edificio de Santa Engracia. La entrada es independiente, por la calle de José Marañón número 4. Hay en ella el espacio y la autonomía imprescindibles para que se instale su familia. El piso comunica con el Patronato y, aprovechando esta circunstancia, pasa horas de la noche velando tras el sagrario, pidiendo una vez más la luz y la fortaleza para encontrar y llevar adelante aquello a que Dios le ha destinado desde hace tantos años.

Aunque la atención sacerdotal de don Josemaría está polarizada por las actividades del Patronato de Enfermos, aún encuentra tiempo -un tiempo problemático, dada la increíble donación de su persona a las necesidades que se le plantean de continuo- para tratar a un grupo de familias de la aristocracia madrileña relacionadas con Mercedes Guzmán, Marquesa de Miravalles y Condesa de Aguilar de Inestrillas, y con su hermana María Luisa, primas de Mercedes Reyna, Dama Apostólica.

Más tarde conocerá también a la Condesa de Humanes, Grande de España, anciana señora soltera y ciega. Vive en un piso muy amplio, cerca de la plaza de Santa Bárbara. La atienden un ama de llaves y un reducido servicio. Su casa conserva aún los signos del esplendor de la familia; había sido muy amiga de la Infanta Isabel.

El contacto con estos dos extremos de la sociedad permite a don Josemaría conocer el dolor de unos y de otros, su generosidad o su egoísmo, la capacidad de donación o la más desconcertante cicatería. Años más tarde sabrá sacar de aquella extensísima labor pastoral ejemplos gráficos para mostrar de modo concreto a vivir las virtudes cristianas.

«Había un comedor -no lo puedo llamar público, porque necesitaban una tarjeta para ir a comer allí- que dirigía una persona muy santa, que ya ha muerto. Y aquella pobre persona quería ayudar a muchos y no llegaba. Y les daba una especie de cocido. Venían con tarjeta y se hacía una gran labor, porque mataban el hambre. Era gente que no tenía nada.

Pero siempre sobraba algo, y había otros que esperaban en una habitación para que les dieran las sobras; traía cada uno un cacharro -una lata, un plato desportillado, lo que podían- y sólo uno llevaba cuchara. Y sacaba de un chaquetón sucísimo, de lo profundo de uno de los bolsillos, una cuchara de peltre toda abollada, la miraba -como diciendo: esto es mío, y los demás, que no tenéis cuchara, os fastidiáis- y comía sus garbancitos saboreándolos; miraba, al final, su cuchara, le daba dos lengüetazos y volvía a guardar el tesoro. Este, en su miseria, era rico, apegado como estaba a esa cuchara de peltre. Era un pobre de pedir limosna, pero ante los demás era rico.

Y conocí a una Grande de España -puedo hablar de ella porque ya ha muerto y está en el Cielo desde hace muchos añosque tenía una generosidad inmensa: vivía entre muebles ricos y tapices; en ella gastaba menos que en la última persona de su servicio, y era manirrota. Todo lo daba para los que no tenían. Esta era pobre»(12).

Durante su futura actividad sacerdotal, don Josemaría propondrá a sus hijos en el Opus Dei la pobreza de una disponibilidad completa, de un desprendimiento exhaustivo de los bienes de la tierra. De una donación generosa de todo cuanto son y pueden lograr mediante un trabajo profesional desarrollado en medio del mundo. Les hará partícipes de un espíritu que encubre, bajo el señorío de la normalidad en que se desenvuelven, la renuncia fisica y espiritual a cualquier atadura egoísta. No tendrán otras metas que las de servir a Dios, a las almas y a la Iglesia.

Desde el principio, don josemaría anima -con su ejemplo y consejo- a los chicos jóvenes que trata, a tener contacto con las necesidades materiales y morales de todos los hombres, visitando hospitales y chabolas, enfermos y pobres. Años después, comentará este modo de formar a los que se acercaban a él atraídos por su inmenso corazón sacerdotal. Les enseñará a andar ese camino tan corto, y a veces tan distante, que media entre los propios intereses y las necesidades del prójimo. A ser capaces de renunciar al tiempo, al dinero, a los planes establecidos para acercarse a confortar a un pobre, a un enfermo; para ser apoyo en la soledad de algunos. Les da ejemplo de cómo aliviar el dolor y convertir el abandono en un rato de amistad. En una palabra: pone en sus manos la clave para hacer grandes los pequeños servicios en esa realidad formidable de la Comunión de los Santos.

«No tratamos tampoco con estas visitas de despertar superficiales inquietudes sociales. Se trata (…) de acercar esta gente joven al prójimo necesitado. Nuestros chicos (…) ven -de una manera práctica- a Jesucristo en el pobre, en el enfermo, en el desvalido, en el que padece la soledad, en el que sufre, en el niño (…).

No es justo que manifestaciones del auténtico espíritu cristiano queden arrinconadas, porque algunos las han convertido en gesto ostentoso y frívolo, o en sedante para sus remordimientos de conciencia (…).

Este contacto con la miseria o con la humana debilidad es una ocasión de la que suele valerse el Señor, para encender en un alma quién sabe qué deseos de generosas y divinas aventuras. A la vez, sensibiliza a los más jóvenes, para que tengan siempre entrañas de justicia y de caridad (…).

La generalización de los remedios sociales contra las plagas del sufrimiento o de la indigencia -que hacen posible hoy alcanzar resultados humanitarios, que en otros tiempos ni se soñaban-, no podrá suplantar nunca, porque esos remedios sociales están en otro plano, la ternura eficaz -humana y sobrenaturalde este con tacto inmediato, personal, con el prójimo: con aquel pobre de un barrio cercano, con aquel otro enfermo que vive su dolor en un hospital inmenso; o con aquella otra persona -rica, quizá-, que necesita un rato de afectuosa conversación, una amistad cristiana para su soledad, un amparo espiritual que remedie sus dudas y sus escepticismos» (13)

Todos estos años no sembrarán en el alma de don Josemaría ni un rastro de desesperanza, de amargura, de agresividad social engendrada en el inhóspito medio en el que se mueve a diario. Ha dado a Dios y a los hombres su vida entera, y ofrece a todos la única posesión que le desborda: la dedicación, el amor, el servicio, tanto más necesarios cuanto más desvalido y abandonado pueda encontrar al prójimo.

Y, para siempre, dejará escritas -como resumen entrañable- aquellas brevísimas líneas del punto 419 de «Camino»: -«Niño. -Enfermo. -Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son El».

Esquina de Santa Engracia con Nicasio Gallego

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , , No Comments »

Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei.

Opus Dei -

Patronato de Enfermos

Si el paseante sube calle arriba, por la acera de la izquierda, tras pasar la calle Longoria, se encontrará con la calle José Marañón.

Aquí se encuentra el Patronato de Enfermos, fundado por doña Luz Rodríguez Casanova.

El Patronato de Enfermos y la fundadora Luz Rodríguez Casanova

Opus Dei -

Mientras tanto, durante sus primeros años en Madrid don Josemaría desarrollaba una incansable actividad sacerdotal en su trabajo como capellán de una institución benéfica, el Patronato de Enfermos, que había fundado doña Luz Rodríguez Casanova, cuya Causa de Canonización se encuentra abierta.

Esta mujer asturiana, de origen aristocrático -era la cuarta hija de los marqueses de Onteiro-, había decidido, durante una estancia en Lourdes, cuando tenía 24 años, dedicarse por entero a la labor apostólica con los pobres, enfermos y niños de la periferia de Madrid.

El Patronato de Enfermos era una de las múltiples iniciativas asistenciales que había impulsado. Había fundado tres años antes, en 1924, una Congregación religiosa: las Damas Apostólicas.

Una Dama Apostólica, Asunción Muñoz, que era entonces una de las más jóvenes, evocaba su primer encuentro con don Josemaría en el año 1927. “Recuerdo perfectamente -escribe- que se trataba de un sacerdote muy joven, con la carrera eclesiástica recién terminada, pero con una personalidad muy definida y muy grata. Si tuviera que definir alguna cualidad que me impresionara más que otras, me pronunciaría por la franqueza, la sencillez, el agrado, la simpatía. Todo eso tenía. Llano, sencillo, fervoroso.

Opus Dei -

Desde el primer momento se compenetró admirablemente con doña Luz Rodríguez Casanova, nuestra Fundadora, porque ella también poseía una gran sencillez y porque le preocupaban las mismas cosas.

Comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei, con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo…

Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

“El Capellán del Patronato de Enfermos -prosigue- era el que cuidaba los actos de culto de la casa: decía Misa diariamente, hacía la Exposición y dirigía el rezo del Rosario. No tenía que ocuparse, por razón de su cargo, de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados- del Madrid de entonces.

Sin embargo D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como capellán para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal”.

Durante ese periodo, don Josemaría instruyó a miles de niños para que pudieran recibir la Confesión y la Primera Comunión; y atendió a millares de enfermos y desvalidos en sus propias casas o en los hospitales. Recorría Madrid de un extremo a otro, día tras día, para administrar los últimos sacramentos a los moribundos y a los desahuciados de los barrios más pobres y miserables de la ciudad.

“Nuestra madre Fundadora -comenta Asunción Muñoz- le tenía gran cariño. Se le notaba y nos lo decía abiertamente: porque el fervor de don Josemaría era admirable y tenía un atractivo especial. Contagiaba su piedad y era de una llaneza y una claridad abiertas a toda confianza”.

Mercedes Reyna

“En la época en que don Josemaría era capellán del Patronato -recuerda Margarita Alvarado, una mujer que ayudaba a aquellas religiosas y que luego se hizo carmelita descalza- murió en olor de santidad Mercedes Reyna, una Dama Apostólica que había llevado una vida de sacrificio ejemplar: tenía los pies totalmente deformados y así iba a visitar a los pobres, por los distintos barrios”.

Opus Dei -

San Josemaría ayudó a esta mujer hasta el último momento. “Le dio los últimos Sacramentos”, recuerda Asunción Muñoz, “a pesar de que él, por su cargo de capellán del Patronato, no tenía que ver con la atención espiritual de la comunidad de Damas Apostólicas. Posiblemente D. Josemaría haría una excepción con Mercedes Reyna atendiendo a sus circunstancias personales.

Me contaron que no se apartó, prácticamente, del pasillo al que se abría la puerta de su habitación durante todo el tiempo que duró la agonía. Paseaba, rezando, dispuesto a entrar en cuanto lo necesitara; escuchaba, con la piedad de quien asiste a la muerte de un santo, las palabras entrecortadas de Mercedes. Asistió, con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante”.

Cuando administraron los últimos sacramentos a Mercedes Reyna, descubrieron que tenía los dedos de los pies absolutamente deformes. Comprendieron entonces cuál era la causa de su frecuentes caídas por las calles y barrizales cuando iba a visitar a los enfermos. Aquellos pies eran la confirmación del heroísmo silencioso de esta mujer que quiso siempre -como escribió en sus Apuntes Espirituales- “vivir una vida recogida, callada, ingeniándome en ocultarme y desaparecer”.

D. Josemaría, relata Asunción Muñoz, “tuvo siempre conciencia de la santidad de esta mujer y la ayudó intensamente en su búsqueda de Dios. La entendió en el profundo silencio de su entrega, en la mortificación constante, en la humildad, en la unión con su amor crucificado. La entendió a pesar de lo original de su forma; a pesar de que el ánimo de don Josemaría barruntaba una entrega a Dios por caminos diferentes. La entendió con la apertura de los que saben distinguir la Presencia de Dios en un alma por encima de todos los matices”.

Calle José Marañón: Vivienda del capellán

El Fundador estuvo residiendo con su madre y hermanos en la calle José Marañón, en la vivienda del Capellán del Patronato de Enfermos, desde el 4 de septiembre de 1929 al 13 de mayo de 1931 y trabajó como capellán de este patronato desde junio de 1927 hasta el 28 de octubre de 1931.

Las ventanas de la casa del capellán son las del medio, de forma cuadrada, sin arcos.

La entrada desde la calle a la casa del capellán está presidida con un hermoso azulejo que representa a la Virgen Inmaculada.

El capellán tenía acceso directo a la capilla del Patronato. En la actualidad se conserva sólo de esa capilla, tras la guerra civil, la imagen de Jesucristo con los brazos abiertos que está en lo alto, sobre el retablo.

Las Damas Apostólicas recuerdan a san Josemaría haciendo largos ratos de oración junto a la Eucarístía. Ellas acudían a la Misa que celebraba todas las mañanas, a la que asistían también algunos enfermos del Patronato y vecinos del barrio.

Calle de Nicasio Gallego

Subiendo por la calle de Santa Engracia, el paseante se encuentra, en la esquina con la calle de Nicasio Gallego, con el edificio del Patronato de Enfermos que ocupa casi toda la manzana.

Carlos de San Antonio recoge en su estudio El Madrid del 27, unos párrafos de la Memoria del proyecto arquitectónico: “Se procurará que sea una composición sencilla, pero bien hecha, sin lujos decorativos, pero verdadera y permanente, como debe ser la caridad, que es la idea principal que mueve este edificio”.

Sobre la puerta principal, con azulejos de Talavera pintados en azul y amarillo, de J. Navarro y F. Vidal, se lee: Patronato de Enfermos. Fue inaugurado por Alfonso XIII en 1924. Destaca, entre otros elementos constructivos y ornamentales, el trabajo del ladrillo en las arquerías corrida.

San Josemaría trabajó como capellán en este Patronato desde junio de 1927 hasta octubre de 1931.

En la fotografía, algunas de las numerosas notas en las que las Damas Apostólicas le pedían que fuese a atender sacerdotalmente a enfermos, moribundos y personas necesitadas en los barrios más pobres y extremos de Madrid.

Si se tuerce a la izquierda, por la calle Nicasio Gallego, por la acera contigua al Patronato, el paseante se encuentra con la antigua puerta de la iglesia del Patronato. Esta puerta, presidida por una imagen del Sagrado Corazón, está habitualmente cerrada.

Solamente se puede acceder a la iglesia los domingos a la hora de Misa. San Josemaría solía celebrar la Santa Misa, a una hora bastante temprana, en esta iglesia pública del Patronato de Enfermos, desde junio de 1927 hasta el 28 de octubre de 1931.

Iglesia del Patronato de Enfermos

Los que asistían a esas Misas han testimoniado que san Josemaría celebraba la Eucaristía de modo devoto y pausado, llegando a emplear a veces hasta tres cuartos de hora. Años después emplearía sólo media hora, en atención a los fieles. Al terminar la Misa explicaba el catecismo a los niños y pasaba por los comedores del Patronato hablando con las personas necesitadas que acudían allí, e interesándose por sus problemas.

Opus Dei - Iglesia del  Patronato de Enfermos, antes del conflicto bélico (1936-39)

Iglesia del Patronato de Enfermos, antes del conflicto bélico (1936-39)

El 7 de agosto de 1931, fiesta de la Transfiguración del Señor, cuando celebraba la Santa Misa en un altar lateral de esta iglesia, san Josemaría escuchó sin ruido de palabras, en latín: Yo, cuando fuera levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí.

Escribió el 21 de noviembre de 1931 en sus Apuntes, el ofrecimiento al Señor de su salud:

El día once de Agosto de 1929, según nota que tomé aquel día en una estampa que llevo en el breviario, mientras daba la bendición con el Santísimo Sacramento en la iglesia del Patronato de Enfermos, sin haberlo pensado de antemano, pedí a Jesús una enfermedad fuerte, dura, para expiación…

En esta iglesia el Fundador pasó muchos ratos de oración que se le quedaron íntimamente grabados en su alma. Contaba el 8 de septiembre de 1931:

Ayer, por la tarde, a las tres, salí al presbiterio de la Iglesia del Patronato a hacer un poco de oración delante del Ssmo. Sacramento. No tenía gana. Pero, me estuve allí hecho un fantoche.

A veces, volviendo en mí, pensaba: Tú ya ves, buen Jesús, que, si estoy aquí, es por Ti, por darte gusto. Nada. Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes (perros como él) y se agita y ladra bajito… pero sin apartarse de su dueño.

Así yo, perro completamente estaba, cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (En esta cuartilla, de que hablo, instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia): + dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: “et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum”: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio.

Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, -repito- como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo-Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que la Obra de Dios estará con El en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre.

En esa iglesia conoció el Fundador a un joven que comulgaba a diario, y que se convertiría con el tiempo en uno de los primeros miembros del Opus Dei: José María González Barredo.

Desde este Patronato de Enfermos desarrolló una intensa labor sacerdotal con pobres y enfermos de todo Madrid, fundamentalmente con los que vivían en barrios más humildes y necesitados.

Escribió con este motivo: “En el Patronato de Enfermos quiso el Señor que yo encontrara mi corazón de sacerdote”.

El 11 de mayo de 1931, durante la llamada “quema de conventos”, en la que ardieron numerosos conventos e iglesias de Madrid, el Fundador trasladó el Santísimo Sacramento, para evitar profanaciones, desde el Patronato de Enfermos hasta el domicilio de Manuel Romeo Aparicio padre de dos conocidos del Fundador: Colo y José –al que llamaba afectuosamente Pepito—.

Los Romeo residían en el nº 143 de la calle de Santa Engracia, esquina a la calle Maudes.

Anotó el 20 de mayo de 1931:

Comenzó la persecución. El día 11, lunes, acompañado de D. Manuel Romeo , después de vestirme de seglar con un traje de Colo, comulgué la Forma del viril y, con un Copón lleno de Hostias consagradas envuelto en una sotana y papeles, salimos del Patronato, por una puerta excusada, como ladrones…

Encuentro de san Josemaría con el Siervo de Dios Isidoro Zorzano

En esta misma calle de Nicasio Gallego, en la esquina con la calle Covarrubias, san Josemaría se encontró providencialmente el Siervo de Dios Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei, el 24 de agosto de 1930.

Cuenta Vázquez de Prada que escribía el Fundador en sus Apuntes el 25 de agosto de 1930:

Así las cosas, ayer día de S. Bartolomé, estaba yo en casa de Romeo y me sentí desasosegado -sin motivo- y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa D. Manuel y Colo.

Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme -me dijo- le hizo volver por Nicasio Gallego. Antes de que yo le dijera nada, me manifestó sus deseos…”.

La calle de Nicasio Gallego cruza primero la calle de Covarrubias y luego. la de Manuel Silvela. Torciendo a la derecha, muy cerca, en el nº14 de esta calle se encuentra la iglesia del Perpetuo Socorro.

Alcalá Galiano

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , , No Comments »

Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Comienzo de la labor apostólica con mujeres

Bajando por la calle de Fortuny, paralela al Paseo de la Castellana se llega hasta la calle de Fernando III el Santo, que la cruza. El paseante continúa bajando en dirección a Atocha, por la calle Amador de los Ríos, que hace esquina conla calle Alcalá Galiano.

Opus Dei -

En el nº 1 de la calle Alcalá Galiano, se encontraba el domicilio de Leónides García San Miguel, madre de Luz Casanova, Fundadora del Patronato de enfermos.

Esta vivienda tenía el mismo estilo y diseño que las casas de los números 3 y 5, habitado por sus hijos Florentín y María. De los tres edificios sólo se conserva el nº 1. Ha desaparecido la zona donde estaba el domicilio de doña Leónides y su oratorio privado.

Contaba el Fundador que el 14 de febrero de 1930, mientras celebraba la Santa Misa en el oratorio privado de esta señora, que se encontraba en el edificio nº 3 (actualmente derribado y sustituido por una nueva edificación), comprendió que debía comenzar la labor con mujeres del Opus Dei.“Dentro de la Misa, —escribió— inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina!”.

En el nº 3, en la casa del hijo de doña Leónides, Floro Rodríguez Casanova, experimentó el Fundador el 12.XII.1931, la locución inter medium montium…(A través de los montes las aguas pasarán) que narra en , n. 476 de sus Apuntes íntimos.

Escribía san Josemaría el 13 de diciembre de 1931:

Dominica III de Adviento, 1931: Gaudete in Domino semper [...]. Ayer almorcé en casa de los Guevara. Estando allí, sin hacer oración, me encontré -como otras veces- diciendo: “Inter medium montium pertransibunt aquae” (Ps. 103, 11).

Creo que, en estos días, he tenido otras veces en mi boca esas palabras, porque sí, pero no les di importancia.

Opus Dei - Encima de los  árboles, donde se aprecia un muro blanco, estaba la casa y el oratorio,  ahora desaparecidos

Encima de los árboles, donde se aprecia un muro blanco, estaba la casa y el oratorio, ahora desaparecidos

Ayer las dije con tanto relieve, que sentí la coacción de anotarlas: las entendí: son la promesa de que la Obra de Dios vencerá los obstáculos, pasando las aguas de su Apostolado a través de todos los inconvenientes que han de presentarse.

Desde la calle Alcalá Galiano se llega al Paseo de la Castellana y ala cercana Plaza de Colón. Junto a esta Plaza están los Jardines del Descubrimiento, al otro lado de la Avenida de la Castellana.

Ha desaparecido el edificio de la antigua Fábrica de la Moneda, que se alzaba en el lugar en que ahora hay unos jardines.

En esos jardines, junto a la cortina de agua, está el monumento a Colón, que se levantó con motivo del matrimonio del Rey Alfonso XII con su prima María de las Mercedes. Es obra del escultor Antonio Mélida. Mide 17 metros de alto y se acabó de construir en 1892. En 1928 este monumento se alzaba en medio de la Plaza, ocupada hoy por dos fuentes de agua.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder