El Papa: “Sed anticonformistas”

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Benedicto XVI ha recibido en Audiencia en la Basílica de San Pedro del Vaticano a los más de 3.500 jóvenes que participan en el Forum UNIV. El Santo Padre les ha sugerido que para cambiar el mundo “primero, cambiéis vosotros mismos”. Palabras del Papa y fotos de la audiencia.

Opus Dei - Un momento de  la audiencia celebrada hoy en la basílica de San Pedro.

Un momento de la audiencia celebrada en la basílica de San Pedro.

El Santo Padre ha dicho a los jóvenes que “sólo un serio empeño personal inspirado en los valores del Evangelio, os permitirá responder de modo adecuado a los grandes interrogantes del tiempo presente”. El Papa ha animado a los jóvenes a poner la propia libertad personal al servicio de la verdad.

Benedicto XVI ha continuado: “Ser amigos de Cristo y dar testimonio de Él allí donde nos encontremos, exige el esfuerzo de andar contracorriente, recordando las palabras del Señor: Estáis en el mundo pero no sois del mundo (Jn. 15, 19). Por lo tanto, no tengáis miedo cuando sea necesario ser anticonformistas en la Universidad, en el colegio, o en cualquier lugar”.

“Queridos jóvenes del UNIV -ha añadido el Papa-. Sed sembradores de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús, tal vez sin ni siquiera darse cuenta. Para mejorarlo, esforzaos sobre todo por cambiar vosotros mismos, por medio de una vida sacramental intensa, acercándoos especialmente a recibir el sacramento de la Penitencia, y participando con más frecuencia en la celebración de la Eucaristía”.

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“Sed sembradores de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús”.

Benedicto XVI ha terminado su intervención con estas palabras: “Encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestras familias a la Virgen María, que no cesó nunca de ver el rostro de su hijo Jesús. Sobre cada uno de vosotros invoco la protección de San Josemaría y de todos los santos de vuestros países. Y de corazón os deseo una Feliz Pascua”.

Actividad apotólica del Opus Dei en Hungría.

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La actividad apostólica del Opus Dei en Hungría comenzó de modo estable en 1990. Ofrecemos algunos apuntes con motivo del reciente viaje del Prelado a Budapest.

Desde 1990 muchos húngaros han podido conocer con más profundidad el mensaje de la santificación de la vida ordinaria.

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Es el caso de los estudiantes que pasan sus años universitarios en las residencias Orbánhegy y Fenyvesliget. “Hay mucha gente aquí en Hungría que espera que vosotros les llevéis a Cristo. ¡Eso es verdadera amistad!”, dijo el Prelado a los estudiantes de Orbánhegy en su viaje a Budapest a finales del mes pasado.

Opus Dei - Residentes de  Fenyvesliget cantaron al Prelado una canción típica.

Residentes de Fenyvesliget cantaron al Prelado una canción típica.

En Fenyvesliget las residentes le recibieron con los trajes típicos del país y con canciones populares. “También Jesús fue joven como vosotros. Cuando estudiéis o trabajéis, cuando estéis haciendo deporte o divirtiéndoos, preguntaos: ¿Lo haría Jesús así como lo estoy haciendo yo ahora?”

El Prelado recomendó al grupo de mujeres que participan en los medios de formación cristiana que se ilusionen por compatibilizar su vida profesional y familiar “con paz, en la presencia de Dios, y haciendo las cosas con la mayor perfección posible para poder convertirlo en oración”.

Opus Dei - Con una  familia de Budapest.

Con una familia de Budapest.

También algunos sacerdotes diocesanos de Hungría han encontrado ayuda en el espíritu que difundió san Josemaría. A un grupo, monseñor Echeverría les aconsejó “ser muy fieles al Obispo, cuidar la amistad con los hermanos en el sacerdocio -sobre todo con los que están solos o enfermos-, rezar mucho por los demás y especialmente por Papa”.

El Prelado acudió a rezar a la iglesia de Santa Anna (Belvárosi Szent Anna Templom), templo que el Obispo local ha confiado a sacerdotes de la Prelatura.

Es la tercera vez que el Prelado acude a visitar a los fieles y amigos del Opus Dei a Budapest. Las anteriores fueron en 1995 y 2005.

TEMA 12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia católica

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El Espíritu Santo une íntimamente a los fieles con Cristo de modo que forman un solo cuerpo, la Iglesia, donde existe una diversidad de miembros y funciones

1.  Creo en el Espíritu Santo

1.1. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad

En la Sagrada Escritura, el Espíritu Santo es llamado con distintos nombres: Don, Señor, Espíritu de Dios, Espíritu de Verdad y Paráclito, entre otros. Cada una de estas palabras nos indica algo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es “Don”, porque el Padre y el Hijo nos lo envían gratuitamente: el Espíritu ha venido a habitar en nuestros corazones (cfr. Ga 4,6); Él vino para quedarse siempre con los hombres. Además, de Él proceden todas las gracias y dones, el mayor de los cuales es la vida eterna junto con las otras Personas divinas: en Él tenemos acceso al Padre por el Hijo.

El Espíritu es “Señor” y “Espíritu de Dios”, que en la Sagrada Escritura son nombres que se atribuyen sólo a Dios, porque es Dios con el Padre y el Hijo. Es “Espíritu de Verdad” porque nos enseña de modo completo todo lo que Cristo nos ha revelado, y guía y mantiene la Iglesia en la verdad (cfr. Jn 15, 26; 16, 13-14). Es el “otro” Paráclito (Consolador, Abogado) prometido por Cristo, que es el primer Paráclito (el texto griego habla de “otro” Paráclito y no de un paráclito “distinto” para señalar la comunión y continuidad entre Cristo y el Espíritu).

En el Símbolo Niceno-Constantinopolitano rezamos «Et in Spiritum Sanctum, Dominum et vivificantem: qui ex Patre [Filioque] procedit. Qui cum Patre et Filio simul adoratur, et conglorificatur: qui locutus est per Prophetas». En esta frase los Padres del Concilio de Constantinopla (381) quisieron utilizar algunas de las expresiones bíblicas con las que se nombraba al Espíritu. Al decir que es “dador de vida” se referían al don de la vida divina dado al hombre. Por ser Señor y dador de vida, es Dios con el Padre y el Hijo y recibe por tanto la misma adoración que las otras dos Personas divinas. Al final, también han querido señalar la misión que el Espíritu realiza entre los hombres: habló por los profetas. Los profetas son aquéllos que hablaron en nombre de Dios movidos por el Espíritu para mover a la conversión a su pueblo. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento encuentra su plenitud en el misterio de Jesucristo, la Palabra definitiva de Dios.

«Son numerosos los símbolos con los que se representa al Espíritu Santo: el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él» (Compendio, 139).

1.2. La Misión del Espíritu Santo

La Tercera Persona de la Santísima Trinidad coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del designio de nuestra salvación hasta su consumación; pero en los “últimos tiempos” –inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo– el Espíritu se reveló y nos fue dado, fue reconocido y acogido como Persona (cfr. Catecismo, 686). Por obra del Espíritu, el Hijo de Dios tomó carne en las entrañas purísimas de la Virgen María. El Espíritu lo ungió desde el inicio; por eso Jesucristo es el Mesías desde el inicio de su humanidad, es decir, desde su misma Encarnación (cfr. Lc 1, 35). Jesucristo revela al Espíritu con su enseñanza, cumpliendo la promesa hecha a los Patriarcas (cfr. Lc 4, 18s), y lo comunica a la Iglesia naciente, exhalando su aliento sobre los Apóstoles después de su Resurrección (cfr. Compendio, 143). En Pentecostés el Espíritu fue enviado para permanecer desde entonces en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, vivificándola y guiándola con sus dones y con su presencia. Por esto también se dice que la Iglesia es Templo del Espíritu Santo, y que el Espíritu Santo es como el alma de la Iglesia.

El día de Pentecostés el Espíritu descendió sobre los Apóstoles y los primeros discípulos, mostrando con signos externos la vivificación de la Iglesia fundada por Cristo. «La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria» (Compendio, 144). El Espíritu hace entrar al mundo en los “últimos tiempos”, en el tiempo de la Iglesia.

La animación de la Iglesia por el Espíritu Santo garantiza que se profundice, se conserve siempre vivo y sin pérdida todo lo que Cristo dijo y enseñó en los días que vivió en la tierra hasta su Ascensión; además, por la celebración-administración de los sacramentos, el Espíritu santifica la Iglesia y los fieles, haciendo que ella continúe siempre llevando las almas a Dios.

«La misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables porque en la Trinidad indivisible, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero inseparables. En efecto, desde el principio hasta el fin de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, que nos une a Cristo en la fe, a fin de que podamos, como hijos adoptivos, llamar a Dios “Padre” (Rm 8, 15). El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por medio de su acción cuando nos revela el Verbo y cuando obra en la Iglesia» (Compendio, 137).

1.3. ¿Cómo actúan Cristo y el Espíritu Santo en la Iglesia?

Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y les ofrece la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo también actúa concediendo gracias especiales a algunos cristianos para el bien de toda la Iglesia, y es el Maestro que recuerda a todos los cristianos aquello que Cristo ha revelado (cfr. Jn 14, 25s).

«El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den “el fruto del Espíritu” (Ga 5, 22)» (Compendio, 145).

2. Creo en la Santa Iglesia Católica

2.1. La revelación de la Iglesia

La Iglesia es un misterio (cfr., p. ej., Rm 16,25-27), es decir, una realidad en la que entran en contacto y comunión Dios y los hombres. Iglesia viene del griego “ekklesia”, que significa asamblea de los convocados. En el Antiguo Testamento fue utilizada para traducir el “quahal Yahweh”, o asamblea reunida por Dios para honrarle con el culto debido. Son ejemplos de ello la asamblea sinaítica, y la que se reunió en tiempos del rey Josías con el fin de alabar a Dios y volver a la pureza de la Ley (reforma). En el Nuevo Testamento tiene varias acepciones, en continuidad con el Antiguo, pero designa especialmente el pueblo que Dios convoca y reúne desde los confines de la tierra para constituir la asamblea de todos los que, por la fe en su Palabra y el Bautismo, son hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo (cfr. Catecismo, 777; Compendio, 147).

En la Sagrada Escritura la Iglesia recibe distintos nombres, cada uno de los cuales subraya especialmente algunos aspectos del misterio de la comunión de Dios con los hombres. “Pueblo de Dios” es un título que Israel recibió. Cuando se aplica a la Iglesia, nuevo Israel, quiere decir que Dios no quiso salvar a los hombres aisladamente, sino constituyéndolos en un único pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. También significa que ella ha sido elegida por Dios, que es una comunidad visible que está en camino –entre las naciones– hacia su patria definitiva. En ese pueblo todos tienen la común dignidad de los hijos de Dios, una misión común, ser sal de la tierra, y un fin común, que es el Reino de Dios. Todos participan de las tres funciones de Cristo, real, profética y sacerdotal (cfr. Catecismo, 782-786).

Cuando decimos que la Iglesia es el “cuerpo de Cristo” queremos subrayar que, a través del envío del Espíritu Santo, Cristo une íntimamente consigo a los fieles, sobre todo en la Eucaristía, los incorpora a su Persona por el Espíritu Santo, manteniéndose y creciendo unidos entre sí en la caridad, formando un solo cuerpo en la diversidad de los miembros y funciones. También se indica que la salud o la enfermedad de un miembro repercute en todo el cuerpo (cfr. 1 Co 12, 1-24), y que los fieles, como miembros de Cristo, son instrumentos suyos para obrar en el mundo (cfr. Catecismo, 787-795). La Iglesia también es llamada “Esposa de Cristo” (cfr. Ef 5, 26ss), lo cual acentúa, dentro de la unión que la Iglesia tiene con Cristo, la distinción de ambos sujetos. También señala que la Alianza de Dios con los hombres es definitiva porque Dios es fiel a sus promesas, y que la Iglesia le corresponde asimismo fielmente siendo Madre fecunda de todos los hijos de Dios.

La Iglesia también es el “templo del Espíritu Santo”, porque Él vive en el cuerpo de la Iglesia y la edifica en la caridad con la Palabra de Dios, con los sacramentos, con las virtudes y los carismas. Como el verdadero templo del Espíritu Santo fue Cristo (cfr. Jn 2, 19-22), esta imagen también señala que cada cristiano es Iglesia y templo del Espíritu Santo. Los carismas son dones que el Espíritu concede a cada persona para el bien de los hombres, para las necesidades del mundo y particularmente para la edificación de la Iglesia. A los pastores corresponde discernir y valorar los carismas (cfr. 1 Ts 5, 20-22; Compendio, 160).

«La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su Muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los redimidos» (Compendio, 149; cfr. Catecismo, 778).

Cuando Dios revela su designio de salvación que es permanente, manifiesta también cómo desea realizarlo. Ese designio no lo llevó a cabo con un único acto, sino que primero fue preparando la humanidad para acoger la Salvación; sólo más adelante se reveló plenamente en Cristo. Ese ofrecimiento de Salvación en la comunión divina y en la unidad de la humanidad fue definitivamente otorgado a los hombres a través del don del Espíritu Santo que ha sido derramado en los corazones de los creyentes poniéndonos en contacto personal y permanente con Cristo. Al ser hijos de Dios en Cristo, nos reconocemos hermanos de los demás hijos de Dios. No hay una fraternidad o unidad del género humano que no se base en la común filiación divina que nos ha sido ofrecida por el Padre en Cristo; no hay una fraternidad sin un Padre común, al que llegamos por el Espíritu Santo.

La Iglesia no la han fundado los hombres; ni siquiera es una respuesta humana noble a una experiencia de salvación realizada por Dios en Cristo. En los misterios de la vida de Cristo, el ungido por el Espíritu, se han cumplido las promesas anunciadas en la Ley y en los profetas. También se puede decir que la fundación de la Iglesia coincide con la vida de Jesucristo; la Iglesia va tomando forma en relación a la misión de Cristo entre los hombres, y para los hombres. No hay un momento único en el que Cristo haya fundado la Iglesia, sino que la fundó en toda su vida: desde la encarnación hasta su muerte, resurrección, ascensión y con el envío del Paráclito. A lo largo de su vida, Cristo –en quien habitaba el Espíritu– fue manifestando cómo debía ser su Iglesia, disponiendo unas cosas y después otras. Después de su Ascensión, el Espíritu fue enviado a la Iglesia y en ella permanece uniéndola a la misión de Cristo, recordándole lo que el Señor reveló, y guiándola a lo largo de la historia hacia su plenitud. Él es la causa de la presencia de Cristo en su Iglesia por los sacramentos y por la Palabra, y la adorna continuamente con diversos dones jerárquicos y carismáticos. Por su presencia se cumple la promesa del Señor de estar siempre con los suyos hasta el final de los tiempos (cfr. Mt 28, 20).

El Concilio Vaticano II retomó una antigua expresión para designar a la Iglesia: “comunión”. Con ello se indica que la Iglesia es la expansión de la comunión íntima de la Santísima Trinidad a los hombres; y que en esta tierra ella ya es comunión con la Trinidad divina, aunque no se haya consumado aún en su plenitud. Además de comunión, la Iglesia es signo e instrumento de esa comunión para todos los hombres. Por ella participamos en la vida íntima de Dios y pertenecemos a la familia de Dios como hijos en el Hijo por el Espíritu. Esto se realiza de forma específica en los sacramentos, principalmente en la Eucaristía, también llamada muchas veces comunión (cfr. 1 Co 10, 16). Por último, se llama también comunión porque la Iglesia configura y determina el espacio de la oración cristiana (cfr. Catecismo, 2655, 2672, 2790).

2.2. La misión de la Iglesia

La Iglesia tiene que anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Cristo. En la tierra es el germen e inicio de este Reino. Después de su Resurrección, el Señor envió los Apóstoles a predicar el Evangelio, a bautizar y a enseñar a cumplir lo que Él había mandado (cfr. Mt 28, 18ss). El Señor entregó a su Iglesia la misma misión que el Padre le había confiado (cfr. Jn 20, 21). Desde el inicio de la Iglesia esta misión fue realizada por todos los cristianos (cfr. Hch 8, 4; 11, 19), que muchas veces han llegado al sacrificio de la propia vida para cumplirla. El mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de Dios, que ha enviado a su Hijo y a su Espíritu porque «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4).

En ese envío misionero están contenidas las tres funciones de la Iglesia en la tierra: el munus profeticum (anunciar la buena noticia de la salvación en Cristo), el munus sacerdotale (hacer efectivamente presente y transmitir la vida de Cristo que salva por los sacramentos) y el munus regale (ayudar a los cristianos a cumplir la misión y crecer en santidad). Aunque todos los fieles comparten la misma misión, no todos desempeñan el mismo papel. Algunos de ellos fueron elegidos por el Señor para ejercer determinadas funciones, como los Apóstoles y sus sucesores, que son conformados por el sacramento del orden con Cristo cabeza de la Iglesia de una forma específica, distinta de los demás.

Porque la Iglesia recibió de Dios una misión salvífica en la tierra para los hombres, y fue dispuesta por Dios para realizarla, se dice que la Iglesia es el sacramento universal de Salvación, pues tiene como fin la gloria de Dios y la salvación de los hombres (cfr. Catecismo, 775). Es sacramento universal de salvación porque es signo e instrumento de la reconciliación y de la comunión de la humanidad con Dios, y de la unidad de todo el género humano. También se dice que la Iglesia es un misterio porque en su realidad visible se hace presente y actúa una realidad espiritual y divina que sólo se percibe mediante la fe.

La afirmación «fuera de la Iglesia no hay salvación» significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por medio de la Iglesia, que es su Cuerpo. Nadie puede salvarse si, habiendo reconocido que ha sido fundada por Cristo para la salvación de los hombres, la rechaza o no persevera. Al mismo tiempo, gracias a Cristo y a su Iglesia, pueden alcanzar la salvación eterna todos aquellos que, sin culpa alguna, ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y, bajo el influjo de la gracia, se esfuerzan en cumplir su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia. Todo cuanto de bueno y verdadero se encuentra en las otras religiones viene de Dios, puede preparar para la acogida del Evangelio y conducir hacia la unidad de la humanidad en la Iglesia de Cristo (cfr. Compendio, 170 y ss.).

2.3. Las propiedades de la Iglesia: una, santa, católica, apostólica

Llamamos propiedades a aquellos elementos que caracterizan la Iglesia. Los encontramos en muchos de los Símbolos de la fe desde épocas muy antiguas de la Iglesia. Todas las propiedades son un don de Dios que conlleva una tarea que cumplir por parte de los cristianos.

La Iglesia es Una porque su origen y modelo es la Santísima Trinidad; porque Cristo –su fundador– restablece la unidad de todos en un sólo cuerpo; porque el Espíritu Santo une a los fieles con la Cabeza, que es Cristo. Esta unidad se manifiesta en que los fieles profesan una misma fe, celebran unos mismos sacramentos, están unidos en una misma jerarquía, tienen una esperanza común y la misma caridad. La Iglesia subsiste como sociedad constituida y organizada en el mundo en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sólo en ella se puede obtener la plenitud de los medios de salvación puesto que el Señor confió los bienes de la Nueva Alianza al Colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro. En las iglesias y comunidades cristianas no católicas hay muchos bienes de santificación y de verdad que proceden de Cristo e impulsan a la unidad católica; el Espíritu Santo se sirve de ellas como instrumentos de salvación, puesto que su fuerza viene de la plenitud de gracia y verdad que Cristo dio a la Iglesia católica (cfr. Catecismo, 819). Los miembros de esas iglesias y comunidades se incorporan a Cristo en el Bautismo y por eso los reconocemos como hermanos. Se puede crecer en unidad: acercándonos más a Cristo y ayudando a los demás cristianos a estar más cerca de Él; fomentando la unidad en lo esencial, la libertad en lo accidental y la caridad en todo; haciendo más habitable la casa de Dios a los demás; creciendo en veneración y respeto por el Papa y la jerarquía, ayudándoles y siguiendo sus enseñanzas.

El movimiento ecuménico es una tarea eclesial por la que se busca restaurar la unidad entre los cristianos en la única Iglesia fundada por Cristo. Es un deseo del Señor (cfr. Jn 17, 21). Se realiza con la oración, con la conversión del corazón, el recíproco conocimiento fraterno y el diálogo teológico.

La Iglesia es Santa porque Dios es su autor, porque Cristo se entregó por ella para santificarla y hacerla santificante, porque el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. Por tener la plenitud de los medios salvíficos, la santidad es la vocación de cada uno de sus miembros y el fin de toda su actividad. Es santa porque da constantemente frutos de santidad en la tierra, porque su santidad es fuente de santificación de sus hijos –aunque en esta tierra se reconocen todos pecadores y necesitados de conversión y purificación–. La Iglesia también es santa debido a la santidad alcanzada por sus miembros que ya están en el Cielo, de modo eminente la santísima Virgen María, que son sus modelos e intercesores (cfr. Catecismo, 823-829). La Iglesia puede ser más santa, a través de la tarea de santidad realizada por sus fieles: la conversión personal, la lucha ascética por parecerse más a Cristo, la reforma que ayuda a cumplir mejor la misión y a huir de la rutina, la purificación de la memoria que remueve los falsos prejuicios sobre los demás, y el cumplimiento concreto de la voluntad de Dios en la caridad.

La Iglesia es Católica –es decir, universal– porque en ella está Cristo, porque conserva y administra todos los medios de salvación dados por Cristo, porque su misión abarca a todo el género humano, porque ha recibido y transmite en su integridad todo el tesoro de la Salvación y porque tiene la capacidad de inculturarse, elevando y mejorando cualquier cultura. La catolicidad crece extensiva e intensivamente a través de un mayor desarrollo de la misión de la Iglesia. Toda iglesia particular, es decir, toda porción del pueblo de Dios que está en comunión en la fe, en los sacramentos, con su obispo –a través de la sucesión apostólica–, formada a imagen de la Iglesia universal y en comunión con toda la Iglesia (que la precede ontológica e cronológicamente) es católica.

Como su misión abarca toda la humanidad, cada hombre, de modos diversos, pertenece o al menos está ordenado a la unidad católica del Pueblo de Dios. Está plenamente incorporado a la Iglesia quien, poseyendo el Espíritu de Cristo, se encuentra unido por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión. Los católicos que no perseveren en la caridad, aunque incorporados a la Iglesia, le pertenecen con el cuerpo pero no con el corazón. Los bautizados que no realizan plenamente dicha unidad católica están en una cierta comunión, aunque imperfecta, con la Iglesia católica (cfr. Compendio, 168).

La Iglesia es Apostólica porque Cristo la ha edificado sobre los Apóstoles, testigos escogidos de su Resurrección y fundamento de su Iglesia; porque con la asistencia del Espíritu Santo, enseña, custodia y transmite fielmente el depósito de la fe recibido de los Apóstoles. También es apostólica por su estructura, en cuanto es instruida, santificada y gobernada, hasta la vuelta de Cristo, por los Apóstoles y sus sucesores, los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro. La sucesión apostólica es la transmisión, mediante el sacramento del Orden, de la misión y la potestad de los Apóstoles a sus sucesores. Gracias a esta transmisión, la Iglesia se mantiene en comunión de fe y de vida con su origen, mientras a lo largo de los siglos ordena su misión apostólica a la difusión del Reino de Cristo sobre la tierra. Todos los miembros de la Iglesia participan, según las distintas funciones, de la misión recibida por los Apóstoles de llevar el Evangelio al mundo entero. La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (cfr. Catecismo, 863).

Miguel de Salis Amaral

Estructura de la prelatura del Opus Dei

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El Prelado -y, en su lugar, sus vicarios- ejerce la jurisdicción en el Opus Dei como Ordinario propio de la Prelatura. Sin embargo, el gobierno de la Prelatura es colegial: el Prelado y sus vicarios desempeñan siempre sus cargos con la cooperación de los correspondientes consejos, formados en su mayoría por laicos.
En el gobierno del Opus Dei, el Prelado cuenta con la colaboración de un consejo de mujeres, la Asesoría Central, y otro de hombres, el Consejo General. Ambos tienen su sede en Roma.

Los congresos generales de la Prelatura se celebran ordinariamente cada ocho años, con participación de miembros procedentes de los distintos países donde está presente el Opus Dei. En esos congresos se estudia la labor apostólica realizada por la Prelatura en el precedente periodo, y se proponen al Prelado las líneas para su futura actividad pastoral. El Prelado procede en el congreso a la renovación de sus consejos.

Cuando es preciso nombrar nuevo Prelado, se convoca con este fin un Congreso General Electivo. El Prelado es elegido -según las normas del derecho universal y particular- entre los componentes del presbiterio de la Prelatura que reúnen ciertas condiciones de edad, antigüedad en el Opus Dei, experiencia sacerdotal y todas las previstas en los Estatutos. Su elección ha de ser confirmada por el Papa, que de ese modo confiere el oficio de prelado. Actualmente, el prelado del Opus Dei es monseñor Javier Echevarría.

La Prelatura se organiza en áreas o territorios llamados regiones. Al frente de cada región -cuyo ámbito suele coincidir con un país- hay un vicario regional, con sus consejos: Asesoría Regional para las mujeres y Comisión Regional para los hombres.

Algunas regiones se subdividen en delegaciones de ámbito más reducido. En este caso, se repite la misma organización del gobierno: un vicario de la delegación y dos consejos.

España, por ejemplo, es una región que está a su vez dividida en diez delegaciones: Barcelona, Granada, Madrid Este, Madrid Oeste, Pamplona, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza.

Finalmente, a nivel local están los centros del Opus Dei, que organizan los medios de formación y la atención pastoral de los fieles de la Prelatura de su ámbito. Los centros son de mujeres o de hombres. En cada uno hay un consejo local, presidido por un laico -la directora o el director- y formado por al menos otras dos personas. Estos cargos locales conllevan la responsabilidad de impartir los medios de formación colectiva –a los demás fieles y a otras personas que participan en las labores apostólicas- de acuerdo con lo que hayan establecido quienes tienen jurisdicción (los Vicarios de las Regiones o de las Delegaciones con sus Consejos), atender la dirección espiritual personal y ocuparse de la organización apostólica y material de los centros. Para la atención sacerdotal de los fieles adscritos a cada centro, el Ordinario de la Prelatura en cada región o delegación designa un sacerdote de su presbiterio.

Ningún cargo de gobierno, salvo el del Prelado, es vitalicio.

“Suscitad los sueños”, dice el Papa a los artistas

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El Papa se ha reunido con 260 artistas de todo el mundo para invitarles con urgencia a sentirse responsables en la transmisión de la belleza.

El Papa ha invitado a los artistas a transmitir “la auténtica belleza que lleva al corazón humano al deseo profundo de conocer, de amar, de ir hacia el otro”.

“Vosotros sois custodios de la belleza. Vosotros tenéis, gracias a vuestro talento, la posibilidad de hablar al corazón de la humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar sueños y esperanzas, de ampliar los horizontes del conocimiento y el compromiso humano”, comentó Benedicto XVI.

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“Estad, por tanto, agradecidos por los dones recibidos y sed plenamente sabedores de la gran responsabilidad de comunicar la belleza, de haceros comunicar en la belleza y a través de la belleza. ¡Sed también vosotros, a través de vuestro arte, anunciadores y testimonios de esperanza para la humanidad!”, agregó.

Contra la esclavitud del egoísmo

“Demasiado a menudo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y deslumbrante hasta el aturdimiento y, en vez de hacer salir a los hombres de sí mismos y abrirles a horizontes de verdadera libertad atrayéndoles hacia lo alto, los aprisiona en sí mismos y los hace aún más esclavos, faltos de esperanza y de alegría”, afirmó el Papa.

“Se trata de una seductora pero hipócrita belleza, que aviva el ansia, la voluntad de poder, de posesión, de abuso sobre el otro y que se transforma, enseguida, en su opuesto, asumiendo la expresión de la obscenidad, de la transgresión o de la provocación”, añadió.

Según Benedicto XVI, no era casual que el encuentro se celebrara en la Capilla Sixtina, “un lugar precioso” en el que el genio renacentista Miguel Ángel dejó “una de las creaciones más extraordinarias de toda la historia del arte”.

Redescubrir el amor misericordioso de Cristo

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Mons. Javier Echevarría // L’Osservatore Romano (Roma)

Tres años pudieron convivir los Apóstoles con Jesucristo. Tres años que representaron para todos ellos, salvo para el que le traicionó, una transformación radical de sus vidas. La cercanía al Maestro, la posibilidad de contemplar su ejemplo y de escuchar su doctrina, la amistad personal con Jesús, que les enseñaba a tratar como hijos a Dios Padre, y finalmente el envío del Espíritu Santo, hizo de ellos otros hombres.

Al pensar en los tres años de preparación del Jubileo vienen con frecuencia a mi cabeza aquellos tres años que los Apóstoles pasaron junto a Jesús: con la gracia de Dios, este trienio puede ser para nosotros una oportunidad semejante, si procuramos buscar la cercanía, la amistad, el seguimiento de Jesucristo.

Porque, en definitiva, así cabría resumir la invitación que Juan Pablo II nos dirige en la Tertio Millennio Adveniente: aprovechemos esta gran ocasión de acercarnos a Jesucristo, Verbo de Dios y Redentor del hombre, al conmemorar su Encarnación y Nacimiento. Me gusta recordar a este propósito que el Beato Josemaría Escrivá solía repetir Jesucristo «no es una figura que pasó, no es un recuerdo que se pierde en la historia», sino una Persona viva y siempre actual.

La ayuda de la gracia

Desea el Papa concretamente que dediquemos a Jesucristo el año 1997, primero de la fase de preparación del Jubileo (cfr. Tertio Millennio adveniente, n. 40). Y ha querido el Santo Padre recordarnos que ser cristiano no significa simplemente seguir una doctrina, atenerse a unas determinadas normas de comportamiento. El cristiano sigue a Jesucristo, intenta conocerle y amarle. Lo resume San Pablo con una expresión que posee la radicalidad propia del auténtico testigo: «Sólo importa una cosa: que llevéis una vida digna del Evangelio de Jesucristo» (Fil 1, 27).

Reproducir en nuestra vida la vida de Jesucristo, ése es el ideal de los cristianos: sabemos que es una meta que nos excede, que va más allá de nuestras fuerzas, que no guarda relación con nuestros méritos; pero «nos basta la gracia» (cfr. 2 Cor 12, 9) y no renunciamos a alcanzarla.

Todo esfuerzo por seguir a Cristo, por imitarle, por identificarse con El, es vano si no cuenta con la gracia de Dios. Como consecuencia del pecado, el hombre arrastra una naturaleza herida, y se unen en su corazón grandes ideales y tendencias mezquinas. No somos pesimistas al recordar estas verdades. Los cristianos somos los más optimistas entre los hombres, porque conocemos la fuerza de la gracia y de la misericordia de Dios, pero no somos ingenuos, nos sabemos pecadores.

De la conciencia de la propia limitación nace, espontánea, la humildad y brota, de forma natural, la necesidad de buscar la ayuda de Dios. Por eso, la vida cristiana precisa una asidua y constante meditación de la Sagrada Escritura -especialmente del Nuevo Testamento-, en la oración personal. Requiere espíritu de mortificación y el encuentro con Cristo en el Sacramento de la Penitencia, que nos lava y purifica. Y exige, sobre todo, el trato íntimo con nuestro Señor verdaderamente presente -¡vivo!- en la Sagrada Eucaristía. El dinamismo de la vida cristiana se configura como respuesta libre y generosa del hombre a los impulsos que le llegan del Espíritu Santo.

En la acción de la gracia en el alma, en la presencia del Espíritu Santo en la historia, confiamos los cristianos. Ese es el motivo de esperanza, que permitía exclamar a San Agustín: «Vivamos bien (cristianamente) y los tiempos serán buenos. Nosotros somos los tiempos. Tal como nosotros somos, así son los tiempos» (Sermo, 80, 8).

La celebración del año 2000 está inseparablemente unida al gran tema de la evangelización. Quizá nos hemos planteado en ocasiones alguna de estas preguntas: ¿por qué no es más fecunda la tarea evangelizadora? ¿Por qué no acertamos a presentar a los no creyentes una propuesta que sea capaz de convencer? ¿Por qué, después de dos milenios, tantos desconocen a Jesucristo? ¿Por qué no es más positivo el balance de estos veinte siglos?

«No habría un solo pagano si nosotros fuésemos verdaderamente cristianos». Tal vez estas palabras de San Juan Crisóstomo (In epistolam I ad Timotheum homiliae, 10, 3), no contienen todas las respuestas posibles a las inquietudes que acabamos de señalar. Pero resumen de forma admirable la responsabilidad apostólica de los católicos. Ser verdaderamente cristianos, procurar identificarse con Jesús, significa ser Cristo que pasa. No se conforma el cristiano con ser honrado y cumplidor, pero insípido en el trabajo y en las relaciones familiares y sociales. Con la gracia del Espíritu Santo, toda nuestra conducta ha de hacer presente a Cristo entre los hombres.

Desde esa perspectiva, podríamos volver del revés las preguntas que antes formulábamos; es más, considero que, en justicia, deberíamos plantearnos interrogantes de este otro tenor: ¿Pueden las personas con las que convivimos descubrir con facilidad a Cristo en nosotros, o deben esforzarse para reconocerle en nuestro comportamiento, porque lo escondemos con actitudes de pereza, de egoísmo, de mal carácter? ¿Somos para los demás luz, consuelo, descanso, estímulo, ayuda? ¿Nuestros colegas de estudio o de trabajo reciben de nosotros la luz de Cristo, su comprensión y su exigencia?

Estas preguntas y otras similares pueden comparecer en la intimidad de la oración, porque nos ayudan a realizar una labor de examen de conciencia, que desemboca en resoluciones concretas, coherentes, comprometidas. Propósitos que nos ayudarán a sentirnos responsables de esta época que nos ha tocado vivir. En este mundo nuestro, los cristianos hemos de seguir siendo fermento, no tanto como maestros cuanto como testigos, plenamente inmersos en todas las realidades nobles, las profesiones, los ideales, los afanes y preocupaciones de los demás ciudadanos, con los que deseamos construir la sociedad y la cultura.

El Padre del hijo pródigo

La Tertio Millennio Adveniente nos ofrece una hermosa meditación de la parábola del hijo pródigo, que simboliza el camino de conversión al que están llamados todos los cristianos. La meditación de esas páginas del Evangelio (cfr. Lc 15, 11-32), nos llena de admiración agradecida ante el inmenso Amor de Dios Padre.

Porque siempre es tiempo de conversión. En la parábola se nos cuenta la trayectoria de dos hijos, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado su libertad para alejarse del amor de su padre, buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Y el mayor porque ha permanecido junto a su padre con un amor sin libertad, más como siervo distante que como buen hijo y hermano.

No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión: quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña San Agustín, “para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos”, de manera que “creerse sano es la peor enfermedad” (Sermo 80, 4 y 3). Todos necesitamos convertirnos cada día. Y, para todos, este tiempo de preparación al Jubileo del año 2000 es una gran oportunidad de “conversión y de renovación personal” (Tertio millennio adveniente, 42).

El Sacramento de la Penitencia es el medio más seguro de conversión. Nos lo recuerdan estas palabras de Juan Pablo II: «No hablan de la severidad de Dios los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino más bien de su bondad y misericordia. Y cuantos se acercan al confesonario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la confesión no podrán encontrar en otra parte» (Juan Pablo II, Homilía, 16-III- 1980).

El Sacramento de la Reconciliación es el sacramento de la alegría. Los cristianos vivimos alegres porque nos sabemos hijos de Dios, hijos muy queridos. Con la alegría de su vida, con su optimismo, los cristianos han de recordar, en todos los ambientes, que en Jesucristo se encuentran todas las respuestas a los anhelos más profundos del corazón del hombre.

Confiemos filialmente a la Virgen, Madre de Cristo y Madre nuestra, todo el fruto sobrenatural que deseamos que madure en estos años, con motivo del Jubileo de Nuestro Redentor: Madre Santa, haz que se cumpla en cada uno de nosotros la voluntad de Dios. ¡Que se abra la tierra a la llamada universal a la santidad! ¡Que en muchos corazones se opere esta profunda y gozosa transformación que, acogiendo a Cristo, da un nuevo sentido a la vida! Sancta Mater, istud agas! (De la secuencia Stabat Mater, en la fiesta de los Dolores de la Virgen).

Mons. Javier Echevarría en Monterrey, N.L.

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El sábado 1 de agosto de 2009, el Prelado del Opus Dei se reunió con personas del norte de la República Mexicana.

Cerca de 9 mil personas llegaron a la Arena Monterrey pero el ambiente de la tertulia con Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, se distinguió por su carácter personal y familiar.

El fondo del estrado estaba decorado con un gran mural del cerro de la Silla y del Paseo Santa Lucía, y con paisajes de los mapas de los Estados de los que provenía la mayoría de los asistentes a la tertulia: Coahuila, Chihuahua, Nuevo León y Tamaulipas.

El Coro de la Ciudad de los Niños recibió al Prelado con la canción “Morenita mía” y Mons. Echevarría recordó la emoción de san Josemaría cuando en 1970 fue a despedirse de la Virgen en la Basílica de Guadalupe: “lo tuvimos que sacar en volandas por lo emocionado que estaba”. Añadió que en esa ocasión el Fundador del Opus Dei prometió que la próxima vez que fuera a ver a la Virgen de Guadalupe, pasaría por Monterrey.

Mons. Echevarría escucha una de las preguntas.

En su saludo, Mons. Echevarría dijo que los regiomontanos tienen en el alma el deseo de hacer las cosas bien, de ser emprendedores,  y les animó a conservar ese ánimo e impregnar todas sus actividades de trato con Dios: “Tiene mucha utilidad vuestra vida si la ponéis en las manos de Dios”.

También insistió, con fuerza y repetidas veces, en que hay que rezar por el Papa: por su persona, sus intenciones y su salud: “que de Monterrey salga una oración poderosa para el Santo Padre”, afirmó.

A raíz de la pregunta de una Cooperadora del Opus Dei, el Padre relató una anécdota de san Josemaría que manifiesta la humildad de saberse instrumento. Contó que una persona acudió al Fundador del Opus Dei para agradecerle por una ayuda que le había brindado. San Josemaría le respondió que diera las gracias a Dios, porque él era solamente el “sobre” en el que Dios le envió un mensaje: la carta se abre y el sobre se tira a la basura, añadió.

Pidió oraciones por la santidad de los sacerdotes en este Año Sacerdotal.

Ante la contrariedad de un padre que perdió a uno de sus hijos, el Prelado dijo que el amor está ligado al sacrificio y explicó con delicadeza que el dolor también está en los planes de Dios.

Una joven de Chihuahua le preguntó cómo vivir el año sacerdotal. El Prelado insistió en la importancia de rezar por la santidad de los sacerdotes, y en la necesidad de ofrecer oración y mortificación para que se llenen los seminarios de todo el mundo con jóvenes que deseen ser santos.

Los esposos han de inaugurar su amor cada día, afirmó el Prelado.

Con motivo de algunas preguntas sobre la familia, Mons. Echevarría habló de la importancia de la fidelidad en el matrimonio, subrayando que éste es un camino vocacional que lleva a sacrificarse gustosamente, y que los esposos han de inaugurar su amor cada día. Habló de la importancia del cuidado de los detalles en el trato, incluyendo el cuidado del aspecto físico, como muestra de amor al cónyuge.

Hablando del apostolado, sugirió ser “imprudentes”, no tener miedo, lanzarse con valentía para acercar a mucha gente a Dios y al sacramento de la confesión.

Una mamá pidió consejo para su hijo, que es productor de películas, y que ha tenido que rechazar varias propuestas por inmorales. El Prelado le aconsejó que no se canse de ser coherente con su fe y a tener confianza, pues si hace buenas películas le irá muy bien en todos los aspectos.

Mons. Echevarría pidió a los asistentes que rezaran por él.

La tertulia llegó a su fin y Mons. Echevarría, muy emocionado, afirmó que le habría gustado estar más tiempo en Monterrey y poder visitar Torreón y Chihuahua, pero que tenía que continuar con su viaje pastoral. Para concluir, extendió las dos manos para pedir la oración de los asistentes para ser bueno y fiel.

Un venerable siervo de Dios

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Testimonio de Mons. Jorge Medina Estévez, Obispo de Rancagua

Hace muy poco, el 9 de abril de 1990, la Congregación para las Causas de los Santos ha publicado el Decreto que reconoce que el siervo de Dios Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer practicó las virtudes cristianas en grado heroico. Esta es, sin duda, una gran noticia para los numerosísimos católicos que se sitúan en la pos teridad espiritual del fundador del Opus Dei. En efecto, reconocida la heroicidad de sus virtudes, sólo queda para que el Santo Padre pueda proceder a su beatificación que se pruebe canónicamente al menos un milagro obrado por Dios mediante la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Cuando se reflexiona en la obra de Monseñor Escrivá, uno se siente impulsado a recordar la palabra evangélica: «El árbol se conoce por sus frutos» (Mt 12, 33). ¿Cuáles son esos frutos? Muchos, muchísimos, pero de entre ellos me parece que pueden destacarse tres.

El primero es el de haber impreso en su obra una fidelidad sin restricciones a la fe católica, al magisterio, a la conducción pastoral del Romano Pontífice. En momentos de incertidumbres y vacila ciones, los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer han dado tes timonio de firmeza en la fe, de adhesión al magisterio y de amoroso apoyo y obediencia al Papa. Esas actitudes, profundamente cató licas, las bebieron en el ejemplo y en las palabras del siervo de Dios. Para la Iglesia es importante este testimonio, que toca a lo más íntimo de su ser y que apunta al fundamento de su unidad.

El segundo es el de haber dado un impulso muy sólido y vital a una espiritualidad auténticamente laical. Para Monseñor Escrivá la santidad se busca y se consigue en el medio de vida de cada cual y no a pesar de él, sino precisamente a través de él. Es la santificación por el trabajo, de cualquier tipo que sea, haciendo del lugar donde la Providencia de Dios nos ha colocado, la expresión de la voluntad suya de que nos santifiquemos, y el camino para lograrlo. Un trabajo hecho por amor a Dios (ver Col 3, 22s), con competencia profe sional, ejecutado con alta calidad, pensando que el fruto del trabajo no es sólo una fuente de recursos para satisfacer las propias nece sidades, sino que es también un aporte a los demás, al bien común, al bienestar de la comunidad.

El tercero es el profundo aporte espiritual, tan concreto y pre ciso, tan revelador de una rica experiencia personal y de dirección espiritual, constituido por los tres libro Camino, Surco Forja. Bajo el género literario de «números», aparentemente independientes unos de otros, pero en realidad profundamente conexos y trabados por una visión de la vida y de la espiritualidad característica del fundador del Opus Dei, el siervo de Dios ha proporcionado a millares y centenares de millares de discípulos de Cristo un alimento espiritual singularmente apropiado para el hombre de hoy. Son fór mulas breves, profundas, cargadas de experiencia, utilísimas para recordar verdades de siempre y para hacerse preguntas altamente pertinentes acerca de la propia vida espiritual y del estado real de nuestro seguimiento de Cristo. Como esas «pepitas de oro» apuntan a realidades de carne y hueso y no a vagos sentimientos o a impre cisas posturas intelectuales plasmadas en frases que suenen bien, pero que dicen poco y exigen menos, sobre todo en lo que más cuesta, los «números» del Venerable Siervo de Dios son, en el mejor sentido de la palabra, «números»: especie de espectáculos del espí ritu que golpean la inteligencia, la sensibilidad y el amor. Y no cualesquiera, sino los que están arraigados en la fe.

Se ha escrito mucho sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, y se escribirá todavía más, pero lo más grande que tal vez puede decirse de él no será nunca escrito, porque Dios, acogiendo su deseo de desaparecer, no dará plena satisfacción a nuestra curiosidad de medirlo todo y de reducirlo todo a estadísticas, sino que se reservará para el día del advenimiento del Señor, y sólo en ese día nos dará a conocer la verdadera dimensión de quien en este mundo fuera el fundador de una escuela y espiritualidad tan propia del siglo XX, del siglo del laicado cristiano y católico.

El reconocimiento de la heroicidad de las virtudes de Josemaría Escrivá de Balaguer es un hecho reconfortante en la valoración de la espiritualidad que hunde sus raíces en el Evangelio y en las ense ñanzas del Concilio Vaticano II. No tardará la Iglesia en reconocer algún milagro atribuido a su intercesión, el que vendrá a sumarse al «milagro» de sus frutos y de los de su obra.

Aunque el título de «Venerable» no nos autoriza para rendirle culto público, muchos son y serán, cada día más, quienes desde ya lo veneren en el santuario de su corazón.

“Nunca olvidaré el entusiasmo de todos en Lourdes”

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Isabel dirige una residencia de estudiantes en Toulouse. El pasado fin de semana viajó a Lourdes con 30 estudiantes para rezar a la Virgen junto con Benedicto XVI.

18 de septiembre de 2008

¿Que es lo que más os ha gustado de la personalidad del Papa?

A todas nos ha llamado la atención su afecto y dulzura. Parece un hombre muy humano y acogedor.

Asimismo, nos han impresionado la belleza y el recogimiento de las celebraciones litúrgicas. Personalmente, me ha marcado el momento de adoración con el Santísimo Sacramento. Algunas de las estudiantes de la residencia me han dicho que por primera vez han podido percibir la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

¿Como era el ambiente en Lourdes?

Era un ambiente de entusiasmo, que siempre recordaré. Esto nos ha ayudado a superar todos los inconvenientes: las largas esperas, la lluvia, el frío, el cansancio… todos deseábamos mostrar al Santo Padre nuestro cariño y nuestro aprecio.

Había además un gran clima de oración, porque todos, como el Papa, íbamos en peregrinación. Nuestro grupo ha hecho el camino del jubileo, participado en una noche de oración con centenares otros jóvenes, y asistido a la Misa del domingo.

¿Que destacarías de los mensajes del Santo Padre?

Me han parecido de una claridad impresionante, accesibles a todos los públicos, positivos, y animantes. Lo que más me ha gustado ha sido lo que dijo de la Virgen, pero también la mención a la necesidad que tiene la Iglesia de vocaciones.

Sophie, voluntaria en París

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Sophie es una joven francesa que recibe formación cristiana en un centro del Opus Dei de París. Con motivo de la visita del Santo Padre ha ayudado como voluntaria en la explanada de Les Invalides. Éste es su testimonio.

Acabas de vivir unas emociones fuertes…

Ver al Papa tan de cerca, tenerlo en nuestra casa, en París ha sido especialmente emocionante. Nos ha entusiasmado comprobar cómo conoce nuestra vida y nuestras preocupaciones ordinarias.

Personalmente, me ha sorprendido el entusiasmo y al mismo tiempo el recogimiento de la gente. Nunca olvidaré la experiencia de haber participado como voluntaria en esta Misa.

¿Cual era tu tarea como voluntaria?

Mis amigas y yo nos ocupábamos de que el flujo de personas que llegaba la explanada de Les Invalides circulase, que no se quedasen quietas. Era una labor sencilla, pero importante.

¿Como habéis acogido el mensaje del Papa?

Hemos escuchado con atención y recogimiento que el Papa tenía que decirnos ahora creo que tendremos que releer con calma los textos de las diferentes intervenciones, especialmente el discurso a los jóvenes. Hablando después entre nosotras, hemos coincidido en cuánto atraen la simplicidad y humildad del Papa.

Sophie, ¿qué recuerdo especial conservarás? Un gesto, una palabra, una homilía…

Dos cosas: en primer lugar, lo que Benedicto XVI nos ha dicho acerca de la proximidad de Dios al hombre. Él está cerca especialmente en la Eucaristía.

El segundo lugar, los ánimos que el Papa nos ha dado a la gente joven para no dudar de Dios cuando intuimos que nos está llamando.


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