Camino de Burgos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En diciembre de 1937, nieva fuerte sobre Pamplona. Acaban de llegar Pedro y Paco, que han salido temprano, en tren, desde San Sebastián. El Padre viene en coche, unas horas más tarde. Le ha invitado el Obispo de la diócesis, don Marcelino Olaechea, y va a hospedarse en el palacio episcopal. Son amigos desde hace varios años.

Muy próxima a las habitaciones que ocupa el Padre hay una capilla. En la sacristía, se puede ver un gran armario-cajonera con ornamentos sagrados. Allí se prepara, diariamente, todo lo necesario para celebrar las Misas. De esta cercanía brotará la inspiración de aquel punto de «Camino»: «¡Loco! -Ya te vi -te creías solo en la capilla episcopal- poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre El, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos»(1).

El Fundador está haciendo unos días de retiro. Su oración se eleva desde un rincón silencioso, en penumbra, dentro de la capilla. Entra el Vicario General, sin advertir la presencia de don Josemaría y, después de ponerse el roquete y la estola, consagra varias patenas y cálices. Sobre ellos, el pan se convertirá en Cuerpo de Cristo, el vino se transubstanciará en la Sangre del Dios Hombre. Apenas sale el Vicario General cuando el Padre se acerca a besar los vasos sagrados. Para que el Señor encuentre su gesto la primera vez que se utilicen en la Santa Misa. Es la locura de los enamorados que no vacilan ante cualquier encuentro.

Durante estos días de retiro espiritual don Josemaría llega a unas conclusiones, unos propósitos ascéticos. Entre ellos, el de dormir sólo cinco horas diarias, a excepción de la noche del jueves al viernes, que pasará en vela, rezando y trabajando. Decide este plan en un estado físico deplorable. Después del paso de los Pirineos, su salud se ha quebrantado notablemente. La delgadez es impresionante. Pero ninguna situación le impedirá adoptar un género de vida muy duro y sacrificado.

Don Marcelino Olaechea siente gran afecto por el Fundador del Opus Dei. Aunque tiene más edad que el Padre le trata con toda deferencia. En 1935, cuando fue consagrado Obispo de Pamplona, el Fundador le había enviado como regalo un cáliz muy sencillo. Sin embargo, es tanto el aprecio de don Marcelino hacia este sacerdote, que, en el futuro, decidirá celebrar habitualmente la Santa Misa con ese cáliz. Y cumplirá su propósito, aunque pueda disponer de otros vasos sagrados mucho más valiosos. Porque éste tiene la riqueza de la amistad de un hombre que considera santo.

El 24 de diciembre de 1937, Pedro y Paco están de guardia en su acuartelamiento. En este día de Navidad, y tras cumplir su servicio, pasarán unas horas formidables con el Padre y con José María Albareda, que ha venido de Zaragoza. Pasean, intercambian toda clase de proyectos y recuerdos. Hablan de otros miembros de la Obra y amigos repartidos por España. Comen en un pequeño restaurante de la Plaza del Castillo. El Padre les comunica que fijará temporalmente su residencia en Burgos. La ciudad es como la capital de la zona nacional y desde allí se puede atender mejor a todos los que se hallan dispersos por la geografía del país.

Mientras caminan, sin sentir apenas el frío de la nieve, por Pozoblanco, Zapatería, Mercaderes, Santa María la Real…, pesan la posibilidad de que Pedro y Paco puedan ser destinados también a la misma ciudad castellana. Así podrían convivir con el Padre en esta nueva etapa que se abre con el año.

En la fiesta de Reyes, el Padre se marcha de Pamplona. Poco tiempo más tarde, el 20 de enero, Paco recibe la noticia de su destino militar a Burgos. Pedro, de momento, se queda solo; pero el Padre viajará mucho y tiene ocasión de verle con cierta frecuencia. La patrona de la pensión situada en la calle de Pozoblanco adivina, con la intuición de las gentes sencillas, la categoría sacerdotal de don Josemaría. Y esta simpatía acaba redundando en beneficio de Pedro, que pasa a ser un soldado importante en la escala de valores de la dueña de la casa. Tiene el Fundador esta capacidad de acercamiento a gentes de toda condición.

Por ejemplo, nada más concluir la caminata de los Pirineos para cruzar la frontera francesa, hubieron de parar en Les Escaldes de Andorra. Allí entran un momento en el Bar Burgos. Junto al mostrador, una mujer sostiene en brazos a un niño de dos años. A pesar del agotamiento, el Padre sabe tener una palabra afectuosa, coge al niño un momento, le dice un piropo y le regala un azucarillo que le han servido con el café. Mucho tiempo después, un miembro del Opus Dei en una numerosa tertulia, celebrada en Castelldaura, llama la atención del Fundador:

-«Quiero contarle una anécdota. El próximo día 2 de diciembre hará treinta y cinco años que usted estuvo en Andorra con los primeros, en Les Escaldes y concretamente en el Bar Burgos, bar que fundaron mi padre y otro señor. La anécdota consiste en que usted dio un azucarillo a mi hermano (…). Mi hermano, es ahora de la Obra»(2).

El Padre se acuerda perfectamente. Y se alegra por ese hijo suyo al que, sin duda, dedicó una oración en aquel día, ya lejano, lleno de cansancio.

Mientras pasea y habla con el Padre durante las breves horas que pasa en Pamplona, Pedro Casciaro comprueba, una vez más, que Dios es el gran tema de la vida del Fundador. Jamás, ni en la zona dominada por los comunistas ni en la que le acoge ahora, se desliza al fácil comentario partidista sobre la contienda política. Siempre, el dique de su respeto por las personas. Este soldado es testigo de excepción para esa calidad humana y sobrenatural, puesto que en su familia existe el más abigarrado espectro político: radicales socialistas, republicanos moderados, monárquicos, voluntarios en las Brigadas Internacionales y hasta un pariente preso con José Antonio Primo de Rivera en la cárcel de Alicante. Don Josemaría Escrivá de Balaguer reza por la paz y la libertad, por la Iglesia y el retorno de los hombres a Dios. Y, para ello, actúa según la norma entera de su vida: reza, trabaja, calla.

Con razón podrá responder a un periodista, muchos años más tarde, al interrogarle acerca de un pretendido «integrismo» por parte del Opus Dei:

«El Opus Dei no está ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad; y cada uno de los miembros es libérrimo para escoger la opción que quiera, dentro de los términos de la fe cristiana.

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad»(3).

Navidades en Pamplona

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando Escrivá y los suyos entraron en España el 11 de diciembre de 1937, ninguno de ellos tenía ni idea de cuánto tiempo pasaría hasta que pudieran regresar a Madrid. Albergaban la esperanza de que el fin de la guerra estaba cerca, pero, en realidad, ésta todavía duraría otros quince meses. Durante ese tiempo, trabajaron para restablecer el contacto con los residentes y estudiantes de DYA a quienes la guerra había esparcido por los cuatro puntos cardinales, recomenzar el apostolado del Opus Dei, preparar la reapertura de la residencia y planear la expansión del Opus Dei a otras ciudades y países.

El grupo de Escrivá pasó la noche del 11 al 12 de diciembre en un pequeño pueblo cerca de la frontera. Al día siguiente fueron a San Sebastián y alquilaron una habitación en un hotel barato. Unas teresianas proporcionaron a Escrivá algo de ropa. Con la ayuda de varios amigos que residían en la ciudad, los demás miembros de la expedición adquirieron algunas ropas usadas y reemplazaron las destrozadas alpargatas por zapatos de segunda mano.

El grupo tuvo que separarse pronto. Albareda se quedó en San Juan de Luz. Alvira se dirigió a Zaragoza. Jiménez Vargas fue alistado como médico. Casciaro y Botella fueron conducidos a Pamplona para ser reclutados. El 17 de diciembre Escrivá tambíen partió para Pamplona. El obispo de la ciudad, su buen amigo don Marcelino Olaechea, le hospedó en el palacio episcopal y le consiguió una sotana.

En Pamplona, Escrivá hizo unos ejercicios espirituales. Al terminarlos, aunque estaba físicamente muy débil por la dureza del paso de los Pirineos y las privaciones de los dieciocho meses anteriores, decidió no dormir más de cinco horas por la noche y, en el tiempo de vigilia, rezar y desagraviar por todas las ofensas a Dios que la guerra había traído consigo. Además, pasaría la noche de los jueves enteramente en oración ante el Santísimo Sacramento.

El 24 de diciembre, Escrivá visitó a Botella y a Casciaro en sus compañías. A medianoche, volvió con Albareda que había ido a Pamplona para las Navidades. Aunque Botella y Casciaro estaban de guardia, Escrivá y Albareda lograron convencer al oficial para que les dejara pasar unos minutos juntos. Celebraron la noche de Navidad en los barracones, hablando de sus planes para contactar con la gente que habían conocido en DYA. Albareda consiguió una barra de turrón. Botella recuerda que “estos detalles de cariño, de vida de familia, en las circunstancias tan extraordinarias que vivíamos, se me clavaron en el corazón: me hacían sentir muy feliz y la entrega al Señor se me hacía gozosa”[1]. El día de Navidad, después de que Botella y Casciaro terminaran su guardia, los cuatro fueron a comer en un restaurante. Ya en el palacio episcopal, donde todavía se alojaba Escrivá, tuvieron una larga tertulia y pusieron unas popstales a los de la Obra y los amigos dispersos por España.

En los cuarteles de Pamplona no había espacio suficiente para todos los soldados, así que era relativamente fácil conseguir un permiso para vivir fuera. Escrivá aconsejó a Casciaro y Botella que alquilaran una habitación, ya que residiendo fuera del cuartel podrían asistir a Misa todos los días. También les dijo que no se preocuparan por cómo la pagarían.

Escrivá pasó la Navidad en Pamplona. Procuraba estar el mayor tiempo posible con Botella y Casciaro. El obispo Olaechea le insistió en que se quedara con él hasta que le fuera posible regresar a Madrid, pero Escrivá estaba deseoso de visitar a los miembros de la Obra esparcidos por todo el país y de restablecer contacto con la gente que habían conocido antes de la guerra. Trasladarse a Burgos haría todo más fácil. La ciudad era el cuartel general de los nacionales y siempre sería posible que alguno de la Obra o sus amigos fueran destinados allí o tuvieran alguna razón para estar por aquella zona. Burgos también tenía un mejor servicio de ferrocarril y de autobús, lo cual haría más fáciles los viajes para visitar a quienes no pudieran acudir. Además, Albareda se encontraba en Burgos, trabajando en un plan de reorganización de la educación secundaria; y Jiménez Vargas estaba también allí temporalmente mientras esperaba un destino en el frente. Casciaro y Botella habían sido destinados a servicios de apoyo, así que existía la posibilidad de que uno de ellos, o los dos, terminara en una de las muchas oficinas de Burgos.

[1] AGP P03 1983 p. 339

Junto a los enfermos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Lleva cincuenta años de médico. Enfundado en su bata blanca ha diagnosticado miles de enfermedades mortales, ha expresado miles de veredictos finales. Sabe lo que se sufre cuando, como médico en el que se han depositado las esperanzas, se anuncia al paciente o a sus familiares un diagnóstico irreversible. Lo sabe porque, dice, nunca ha ocultado la verdad –las causas y consecuencias de la enfermedad– a sus pacientes.

Ahora, enfundado ya en su traje de calle, sin bata blanca, sabe también lo que se siente frente a los médicos, frente a quienes de él han aprendido a decir la verdad, a expresar sentencias inamovibles sin falsos respetos. Porque de médico se ha convertido en enfermo. De los de diagnóstico irreversible: enfermo de cáncer, un mal que sabe que convive con él desde agosto de 1983.

Y sabe que va a morir. Pero no como lo sabemos todos, ignorantes del cuándo y del cómo, sino que conoce su plazo. Sin embargo, dice que no sufre –«decir que no me asusta me parece una vanidad»– y que lo afronta con serenidad y con paciencia. Por eso, quizás, en su rostro no hay miedo, no hay terror ni desesperación. En el rostro de Eduardo Ortíz de Landázuri, médico de los vivos y de los moribundos durante 50 años, hay ahora, a los 73 años, tranquilidad.

La tranquilidad de un hombre que ante un final que sabe cercano ha desechado la elección del camino del miedo y ha optado por recorrer el camino de la esperanza para llegar a su muerte anunciada –«qué distinto recorrido para un mismo final»–. Un recorrido que, quizás, no sea comprensible para otros caminantes si les falta algo que en Eduardo Ortiz de Landázuri es innato, la fe –«la he tenido siempre y pido a Dios que ahora, cuando más la necesito, no me la quite»–.

Con su cáncer y su fe a cuestas, Eduardo Ortiz de Landázuri –don Eduardo, en los ambientes de la Universidad y de la Clínica Universitaria– considera ahora que la muerte, enemiga y compañera de tantos años de ejercicio de profesión, no es tan terrible cuando le toca a uno mismo. Y dice que, aunque le gustaría seguir en este mundo todavía cinco años más, acata y agradece la voluntad de Dios en quien siempre ha creído y confiado.

La vida de este hombre, catedrático de Universidad y médico internista, ha ido quedando en la Facultad de Medicina de las Universidades de Granada y Navarra, en los hospitales de San Carlos de Madrid, San Juan de Dios y San Cecilio en Granada y en la Clínica Universitaria de Navarra, de la que fue pionero. Su vida la exprimió atendiendo, recuerda, a unos quinientos mil enfermos para los cuales no supo de horarios –«a las 3 de la madrugada se puede salvar una vida y quizás a las 9 sólo puedes certificar una defunción»– y sí de atenciones y de hacer real una frase que hizo famosa en las clínicas por las que pasó –«el enfermo siempre tiene razón»– con la conciencia de que una conversación puede ayudar, más que un análisis, a establecer un diagnóstico.

Partidario de que el enfermo confíe en el médico, pide, de éstos el estudiosuficientepara merecer la confianza y la dedicación sin prisas para los pacientes –«una muerte se aceptará o dejará una espina clavada según el trato que haya dado el médico»–.

Ahora, en este otoño, cuenta que ha luchado por no dejar espinas clavadas. Por intentar ser buen médico y por intentar también santificar su trabajo, la meta de loshombres del Opus Dei, del que Eduardo Ortíz de Landázuri es miembro –«si no fuera por el Opus Dei, no sé que habría sido de mi vida»–. Y en este repaso a sus 73 años de vida, sigue Ortíz de Landázuri menos apegado al mundo y con el deseo aumentado que siempre, dice, rigió sus actuaciones –«mi único deseo ha sido y es el de ir al cielo»–.

Médico hasta que la enfermedad le apartó de los enfermos, Eduardo Ortíz de Landázuri ha contado a Inés Artajo, del Diario de Navarra, que no llegó a la Medicina por una especial vocación, sino por azar. La fama y el prestigio, sin embargo, fue tarea de miles de horas en una especialidad y no del azar.

Era 1958 cuando Ortíz de Landázuri, médico famoso, catedrático y vicerrector de la Universidad de Granada y ya miembro del Opus Dei, casado y padre de 7 hijos, cambió su forma de vida y su economía para asentarse en Pamplona –«lo que tú digas, me respondió mi mujer»–. Aquí, dice, sólo había ilusión y pocos medios para levantar una Facultad de Medicina reciéñ inaugurada y para crear un hospital universitario, la Clínica.

A1 llegar a Pamplona rechazó la posibilidad de abrir una consulta en la calle Carlos III, foco seguro de fama y dinero, y pidió un pequeño consultorio en la Facultad de Medicina, después ampliado al pabellón F, antes para tuberculosos, del Hospital de Navarra.

Desde entonces mismo, un hombre enfundado en una bata blanca pasaba días y noches sentado en las camas de los enfermos –«en el borde de una cama nace el diálogo y la confianza, tan esencial para un buen diagnóstico»–. Porque Ortízde Landázuri, durante 50 años, ha practicado la Medicina a su modo. Y ha sido la suya una forma de hacerla que rompía con los esquemas de los horarios y de las visitas exclusivamente técnicas, convencido de que la unidad de la enfermedad no es sólo física, sino que un diagnóstico y un tratamiento pasa por el conocimiento de la unidad individual de la persona.

Dicen de él que acudía dos veces diarias, como mínimo, a las habitaciones de los enfermos y que sus visitas eran de amigo. Y cuentan, él lo recuerda, que cualquier noche, con su bata blanca, acudía a revisar una cura, a plantear un «qué tal está» o a pasar consulta.

«Los enfermos necesitan atención, hay que estar pendiente de ellos. Y la misión del médico no es sólo curarlos. Hay que darles cariño, confianza y ganas de vivir, que a algunos les falta. Porque, aunque la medicina esté por encima de la voluntad de los hombres, unas ganas de vivir siempre ayudan.

Rosa W Echevarría preguntó al Dr. Ortíz de Landázuri, para Nuestro Tiempo, por el nacimiento del Opus Dei juntoa los enfermos.

–El Opus Dei nació en los barrios más pobres y en los ambientes más míseros de Madrid, entre los enfermos… Por eso, a mí me parece que en la mente del Fundador siempre estuvo presente la idea de que lo antes posible empezara en la Universidad de Navarra la Facultad de Medicina. Ahora, cuando se analiza cómo se llegó a ese objetivo, se queda tino verdaderamente perplejo. Vinieron varios colegas a estudiar el asunto, se habló con las autoridades y lo cierto es que las primeras impresiones no resultaban nada halagüeñas. Sin embargo, Monseñor Escrivá de Balaguer les animó a seguir adelante a pesar de todos los problemas que se presentaban.

Con una sonrisa, comenta don Eduardo el decidido empeño del primer Gran Canciller, cuando todo hacía suponer que la iniciativa de montar una Universidad constituía una locura genial. Así comenzó la íntima historia de la Universidad de Navarra, que llegó a constituir con el tiempo la prueba palpable de un inmenso y de un intenso acto de fe.

–La realidad es que se puso en marcha la Facultad de Medicina con un porvenir no muy claro. En este sentido, la Clínica Universitaria es depositaria de ese pensamiento del Fundador y por lo tanto no constituye una casual coincidencia en la marcha de la Universidad. Y en esas condiciones, cuando la Facultad de Medicina empieza su fase clínica, tuve la oportunidad de dejar de ser un observador para vivirlo desde dentro. Como por ósmosis, por decirlo de alguna manera, el espíritu del Fundador entra de raíz en la Facultad de Medicina y concretamente en la atención a los enfermos. Creo que casi antes de empezar la Universidad, ya estaba en su mente la idea de que había que acercarse a los enfermos. ¿Por qué? Porque él sabía, y esto es muy importante, que una de las fuerzas más importantes para la formación de la gente que trabajaba con él, era el contactocon los enfermos.

Por eso en opinión del Dr. Ortíz de Landázuri, la atención a los enfermos, además de constituir uno de los pilares fundamentales de la Clínica Universitaria, ha llegado a convertirse en la esencia de la propia enseñanza de la Medicina.

–¿De qué forma los enfermos han influido de una manera personal en su vida?

–Creo que habría que preguntar si alguno de los enfermos que ha pasado a mi lado no ha dejado alguna huella en mí, ¡y cuidado que han pasado! Por eso comprendo muy bien que el Fundador del Opus Dei estuviera siempre tan cercano a los enfermos. En este sentido me impresionó mucho una conversación que tuve con Sor Engracia Echevarría, una monja del Hospital del Rey. Me hablaba de aquellos años tan duros, poco antes de la guerra… La comunidad se quedó totalmente sola, puesto que no había capellanes ni tenían asistencia sacerdotal. Entonces se encontraron con Monseñor Escrivá de Balaguer. Ella me contaba cómo les ayudaba… Cada vez que le llamaban por teléfono se dirigía inmediatamente andando desde Atocha hasta Chamartín porque no había medios de comunicación. Sólo unos tranvías blancos que funcionaban a detcrminadas horas.

Aquella conversación le ayudó a don Eduardo a descubrir muchos horizontes en su propia vida personal.

–Sor Engracia, que era la Superiora, me contaba que cuando tenían a un enfermo grave le llamaban a cualquier hora del día o de la noche para que le administrara los últimos sacramentos. Muchas veces me he preguntado o he considerado lo duro que tiene que ser que después de un intenso día de trabajo te llamen para ayudar a un moribundo del hospital, puesto que por aquellas circunstancias políticas no había ningún capellán. Claro, que para salvar a una persona y ayudarle a morir bien, merece la pena recorrer lo que haga falta. Sin embargo, en esas circunstancias la ayuda a los enfermos adquiría su máxima plenitud por el sacrificio y el riesgo que suponía.

Ortiz de Landázuri, al igual que Jiménez Díaz –volvemos al relato de Inés Artajo–, ha dejado una estela de eminencia en la Medicina Interna. Cuentan que su nombre atrajo a miles de enfermos a la Clínica Universitaria. Y dicen que la gente llegaba, además de por su fama, porque de boca en boca de pacientes y de familiares de enfermos corría el trato humano que daba el médico.

Confiesa Ortíz de Landázuri que para él todos los enfermos han sido iguales y que ni el dinero ni la posición social influían en su hacer. Porque para el médico estaba claro que a un rey no podía atendérsele mejor que a un enfermo pobre y porque él mismo atendía a los pobres enfermos como a reyes.

–La enfermedad no sabe de horarios ni de dinero, al igual que los buenos médicos. Qué me importaba a mí no cobrar a quien necesitaba curación. El dinero lo dejé cuando renuncié a hacerme rico en Granada. A quien no me ha podido pagar no he cobrado, y han sido muchos. Estoy contento por eso mismo.

Dice que no se ha hecho rico y que el poco dinero que tenía lo invirtió en pisos para sus hijos. Ahora, cuenta, guarda una pequeña cuantía para que su familia –«si los impuestos le dejan»– haga frente a la vida cuando le llegue la muerte.

De números, lo único que le importa ahora a Ortiz de Landázuri es conseguir dinero para la Universidad –«voy pidiéndolo a casas y empresas. Pedir es bonito, no me avergüenza, porque ves que la generosidad humana es grande»– y dice que tiene gracia para sacarlo.

Confiesa que éste es el encargo más bonito que le ha hecho el Opus Dei, a donde Ortíz de Landázuri llegó en 1952 a vivir el cristianismo mediante la santificación diaria en el trabajo.

Ciertamente nosoy más que un cristiano corriente que ha tratado de santificar su trabajo y que de no haber sido del Opus Dei ahora no daría dos duros por lo que hubiera podido ser mi vida.

Consciente de que hay santos de todas clases –«claro que se puede ir al cielo sin ser de la Obra, dice que a él le ha mejorado humana y espiritualmente –«quizá yo hubiera sido ahora un agnóstico»–. Comenta también que el Opus Dei cuenta con el reconocimiento de la gente y dice que él no ha visto odios hacia la Obra, que la gente la respeta y que, si acaso, se ha encontrado con gente recelosa por puro desconocimiento de lo que es –«algunos recelan porque piensan que quieres catequizarlos»–.

Añade el médico que para él ni la política ni la religión –«creo en la libertad»– le han sido impedimentos para curar a cualquier enfermo.

–Soy religioso y apolítico, pero respeto a los que son distintos. Me conformo con ser un hombre de orden y no digo que los que piensen distinto a mí sean gentes de desorden. Sólo que miran la vida de distinta forma.

Eduardo Ortíz de Landázuri reconoce que se encuentra relativamente bien –«aunque no soy lo que era hace cuatro meses, que estaba hecho un jabato»–, aunque las piernas, a las que, cuenta, en la vida cansó más que a la cabeza –«ahora se resienten más por el mal trato que les di»– no le obedezcan como antes.

–Tengo una afectación nerviosa, pero he procurado acostumbrarme a ellas, para aguantarlas el tiempo que Dios me conceda de vida.

Con esa serenidad que nace de sus palabras, apaciblemente y sin ninguna desesperación, y aún con la alegría de ver cumplida la voluntad de Dios, Ortíz de Landázuri prepara también a su familia para cuando él no esté –«me gustaría que no le faltara nada cuando yo me vaya»–. Y ahora como si todo estuviese lejos, les habla del lugar a donde irá. Primero a la tierra –«me da igual una sepultura, un nicho o la fosa común; no tengo dinero ni vanidad para ocupar un panteón»– y después al lugar al que, cuenta Eduardo Ortiz de Landázuri, siempre ha querido ir.

–Eso es lo único que de verdad me preocupa. Quiero ir al cielo. Sí, creo en el cielo. El lugar donde gozaré de la presencia de Dios.  ¿Cómo? Mi mente es demasiado limitada para entenderlo y explicarlo. Pero allí quiera ir.

Y Ortíz de Landázuri, que cree también en el infierno y en el purgatorio –«desgraciadamente existen»espera, dice, que en la balanza final pesen más sus trabajos buenos, la santificación que buscó atendiendo y curando enfermos, que los errores humanos y profesionales que pudo tener.

–He intentado pasar por la vida haciendo el bien que he podido. Lo he intentado, pero no quiero que me digan que lo he conseguido, porque me asusta mi posible vanidad. Quiero ir al cielo y allí no hay sitio para los vanidosos.

Don Eduardo falleció en la mañana del 20 de mayo de 1985. Dos días después, Diario de Navarra publicaba una carta que se había recibido en el periódico bastantes meses antes. La firmaba un enfermo de cáncer y la dirigía al Dr. Ortiz de Landázuri. Los responsables del periódico tuvieron la delicadeza de publicarla cuando ninguno de los dos enfermos estaba ya en la tierra.

De los de arriba y de los de abajo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Salomé, navarra, es empleada del hogar en una residencia femenina y profesora de Tintorería en una Escuela de Hogar y Cultura de Pamplona. Ahora se está especializando también en Repostería…

–¿Qué es lo que más le impresionó del Opus Dei?

–A1 principio me atraía la parte humana del Opus Dei… Y al mismo tiempo lo veía tan de Dios, tan de Dios… No entiendo cómo con tan pocos años podía darme cuenta de esto. Me gustaba el corazón grande que tenían, que era universal, que se preocupaban lo mismo de los de arriba que de los de abajo, de los blancos que de los negros… Me daba yo mucha cuenta de toda la gente que conocía del Opus Dei, lo unidos que estaban y el cariño que se tenían. Me daba mucha cuenta… Cuando me hablaron de apostolado me entusiasmé… Como soy muy sociable y tengo siempre muchísimas amigas, entendí muy bien que el apostolado se basara en la amistad y que había que ser amiga de verdad de la gente. Pensaba: «Justo, es lo mío… ». Y pedí la admisión en el Opus Dei. Al poco tiempo conocí a Mons. Escrivá de Balaguer y me parece a mí que desde entonces crecí más de prisa. Porque me causó una impresión enorme las cosas que dijo. Entre tanta gente, se fijó en mí, no sé si es que me vio muy pequeña, y me dijo que si quería ser fiel al Opus Dei, que fuera siempre muy sincera… No se me olvidará nunca.

Capítulo 17. La época de Burgos (diciembre 1937 – octubre 1938)

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Navidades en Pamplona

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando Escrivá y los suyos entraron en España el 11 de diciembre de 1937, ninguno de ellos tenía ni idea de cuánto tiempo pasaría hasta que pudieran regresar a Madrid. Albergaban la esperanza de que el fin de la guerra estaba cerca, pero, en realidad, ésta todavía duraría otros quince meses. Durante ese tiempo, trabajaron para restablecer el contacto con los residentes y estudiantes de DYA a quienes la guerra había esparcido por los cuatro puntos cardinales, recomenzar el apostolado del Opus Dei, preparar la reapertura de la residencia y planear la expansión del Opus Dei a otras ciudades y países.

El grupo de Escrivá pasó la noche del 11 al 12 de diciembre en un pequeño pueblo cerca de la frontera. Al día siguiente fueron a San Sebastián y alquilaron una habitación en un hotel barato. Unas teresianas proporcionaron a Escrivá algo de ropa. Con la ayuda de varios amigos que residían en la ciudad, los demás miembros de la expedición adquirieron algunas ropas usadas y reemplazaron las destrozadas alpargatas por zapatos de segunda mano.

El grupo tuvo que separarse pronto. Albareda se quedó en San Juan de Luz. Alvira se dirigió a Zaragoza. Jiménez Vargas fue alistado como médico. Casciaro y Botella fueron conducidos a Pamplona para ser reclutados. El 17 de diciembre Escrivá tambíen partió para Pamplona. El obispo de la ciudad, su buen amigo don Marcelino Olaechea, le hospedó en el palacio episcopal y le consiguió una sotana.

En Pamplona, Escrivá hizo unos ejercicios espirituales. Al terminarlos, aunque estaba físicamente muy débil por la dureza del paso de los Pirineos y las privaciones de los dieciocho meses anteriores, decidió no dormir más de cinco horas por la noche y, en el tiempo de vigilia, rezar y desagraviar por todas las ofensas a Dios que la guerra había traído consigo. Además, pasaría la noche de los jueves enteramente en oración ante el Santísimo Sacramento.

El 24 de diciembre, Escrivá visitó a Botella y a Casciaro en sus compañías. A medianoche, volvió con Albareda que había ido a Pamplona para las Navidades. Aunque Botella y Casciaro estaban de guardia, Escrivá y Albareda lograron convencer al oficial para que les dejara pasar unos minutos juntos. Celebraron la noche de Navidad en los barracones, hablando de sus planes para contactar con la gente que habían conocido en DYA. Albareda consiguió una barra de turrón. Botella recuerda que “estos detalles de cariño, de vida de familia, en las circunstancias tan extraordinarias que vivíamos, se me clavaron en el corazón: me hacían sentir muy feliz y la entrega al Señor se me hacía gozosa”[1]. El día de Navidad, después de que Botella y Casciaro terminaran su guardia, los cuatro fueron a comer en un restaurante. Ya en el palacio episcopal, donde todavía se alojaba Escrivá, tuvieron una larga tertulia y pusieron unas popstales a los de la Obra y los amigos dispersos por España.

En los cuarteles de Pamplona no había espacio suficiente para todos los soldados, así que era relativamente fácil conseguir un permiso para vivir fuera. Escrivá aconsejó a Casciaro y Botella que alquilaran una habitación, ya que residiendo fuera del cuartel podrían asistir a Misa todos los días. También les dijo que no se preocuparan por cómo la pagarían.

Escrivá pasó la Navidad en Pamplona. Procuraba estar el mayor tiempo posible con Botella y Casciaro. El obispo Olaechea le insistió en que se quedara con él hasta que le fuera posible regresar a Madrid, pero Escrivá estaba deseoso de visitar a los miembros de la Obra esparcidos por todo el país y de restablecer contacto con la gente que habían conocido antes de la guerra. Trasladarse a Burgos haría todo más fácil. La ciudad era el cuartel general de los nacionales y siempre sería posible que alguno de la Obra o sus amigos fueran destinados allí o tuvieran alguna razón para estar por aquella zona. Burgos también tenía un mejor servicio de ferrocarril y de autobús, lo cual haría más fáciles los viajes para visitar a quienes no pudieran acudir. Además, Albareda se encontraba en Burgos, trabajando en un plan de reorganización de la educación secundaria; y Jiménez Vargas estaba también allí temporalmente mientras esperaba un destino en el frente. Casciaro y Botella habían sido destinados a servicios de apoyo, así que existía la posibilidad de que uno de ellos, o los dos, terminara en una de las muchas oficinas de Burgos.

[1] AGP P03 1983 p. 339

“Yo os llamo amigos”

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Han pasado doce años desde que un reducido grupo de profesores inaugurara el Estudio General en la Cámara de Comptos de Pamplona. Ahora, cuando noviembre amenaza frío sobre la ciudad, celebra su Primera Asamblea General la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Porque, a lo largo de este tiempo, las Facultades han crecido, los alumnos se multiplican y la seriedad del ambiente atrae a cuantos quieren emprender, con ánimo abierto, el camino de la ciencia. Pamplona se ha convertido en un foco de cultura que transforma sus calles en una estampa internacional. Jóvenes de todo color, idioma y latitud, comparten las aulas de este Centro docente. También dentro y fuera de la geografía de España, la Universidad de Navarra se ha ganado un prestigio. Por eso, porque su trabajo ha sido arduo y verdadero, muchos se han acercado a su amistad. Y ayudan a esta empresa con la generosidad de su aliento, de sus conocimientos, de su aportación económica.

El 27 de noviembre de 1964 se anuncia la llegada de Monseñor Escrivá de Balaguer, Gran Canciller de la Universidad. Se han alzado los edificios sobre el Campus. Goimendi y Belagua, dos grandes Colegios Mayores, asoman sus torres junto a la hilera de chopos que bordea el camino. El Edificio Central, con el Rectorado y la Biblioteca, concluye hoy sus últimos detalles de instalación. Arriba, al otro lado de la carretera, se levanta la Clínica Universitaria, cerca del Hospital de Barañain.

Toda la actividad gira alrededor del día 28: carpinteros, albañiles, visitantes, jardineros… trabajan para preparar adecuadamente esta Asamblea de Amigos de la Universidad. Se calcula la llegada de unas doce mil personas, y los alojamientos en la ciudad y pueblos adyacentes están ya colmados.

A las cuatro y media de la tarde del día 27, el Padre llega al Colegio Mayor Aralar. Todos los que viven la ilusión de la espera, desde hace varias horas, se acercan a saludarle. Viene lleno de optimismo, sonriente. Como siempre. Con una palabra certera y amable para cada uno. Quiere ver a todos los estudiantes del Mayor, reunidos en el cuarto de estar. No le importa el cansancio del viaje. Está en su elemento: entre la gente.

«Yo querría daros una nueva dimensión de la Universidad de Navarra. Queremos que en ella se formen hombres rectos, limpios, claros, que sepan defender y amen la libertad de los demás. Navarra es punto de partida, y no de llegada. Nos llaman de todas partes. Y aquí debemos formar el profesorado para hacer labores universitarias en todo el mundo, para hacer las cosas muy seriamente, y -al mismo tiempo- con buen humor»(21).

El día 28, a las once de la mañana, se celebra la investidura de Doctor honoris causa de los dos últimos Rectores de la Universidad de Zaragoza. Cuarenta banderas de las nacionalidades representadas en este centro navarro se alzan sobre los mástiles de acceso al Edificio Central. El Campus es una fiesta de color universal. Más de trescientos profesores de Facultades españolas y extranjeras forman el cortejo académico. Mientras Pamplona se lava con una lluvia suave, un gentío que sobrepasa las veinte mil personas espera en la explanada y escucha a la tuna, que golpea el aire con el ritmo de sus panderetas.

Esta tarde el Padre tiene un horario agotador: se reúne con los profesores; asiste a una recepción en el Ayuntamiento; saluda a cuantos se acercan a hablarle. Se preocupa por los que vienen de viaje para asistir a la Asamblea. Le gustaría charlar personalmente con cada uno. En el salón de actos del Colegio Mayor Belagua se reúne con grupos numerosos para tener una conversación informal, una tertulia. Le hacen preguntas familiares, confiadas, en las que descubre un cariño que llena el interrogante y la respuesta. Durante dos días hablará en dieciocho tertulias: con el personal de servicio de la Universidad, los alumnos hispanoamericanos, los periodistas y corresponsales de agencias internacionales, religiosos y sacerdotes diocesanos de Pamplona.

La mañana del día treinta, fijada para la Asamblea, amanece nevando sobre la ciudad. Pero nada rompe el aire festivo de las calles abarrotadas de visitantes. Pamplona, cordial anfitriona, colabora abriendo las puertas de su amistad.

A las once en punto, la Catedral está repleta. En el claustro, cientos de personas siguen la ceremonia por un circuito cerrado de televisión. No han podido encontrar sitio en las naves del recinto. El coro de la Universidad incoa los cantos litúrgicos. Durante la homilía, el Padre habla del Papa, que en estos días viaja a la India, y pide que sigan los pasos del Pontífice. Luego -es la fiesta de San Andrés- les habla del apóstol a quien Dios llamó en medio del mundo y de su trabajo, como en el Opus Dei: «estamos en medio del mundo, en la calle; somos amigos del aire puro, del agua clara y de la luz del sol»(22).

Los corresponsales extranjeros le asaltan al terminar la Misa. El Fundador responde de un modo claro, alegremente. Les insiste en su actitud de absoluta libertad para escribir lo que quieran de esta entrevista. Y les añade: «Si decís la verdad, haréis un gran bien. Si no, yo rezaré por vosotros y, de todas formas, saldréis ganando. Confío en vuestra hombría de bien»(23).

Por la tarde tiene lugar la Asamblea de Amigos de la Universidad en el teatro «Gayarre» de la ciudad. También hay muchos que no podrán entrar y han de seguir el diálogo del Padre con las gentes a través de los aparatos de televisión.

«Llamaros Amigos de la Universidad de Navarra es estupendo. Cuando el Señor, en su Evangelio, quiere decir una palabra de amor, nos llama amigos. Yo os llamo amigos de Jesucristo, porque sois amigos de esta Universidad, donde alienta siempre el espíritu cristiano. Dios os bendiga.

¿Qué espera la Universidad de vosotros? Primero, vuestras oraciones. Después, vuestro espíritu de sacrificio, vuestra simpatía y vuestro cariño (…). Gracias, muchas gracias. Gracias en nombre de este Opus Dei, que es el último apóstol que el Señor ha promovido en su Iglesia Santa. El último, pero ya universal, porque trabaja en todos los continentes»(24).

A lo largo de esta reunión coloquial se suceden los comentarios, el buen humor, las respuestas firmes pero no hirientes, las palabras llanas y claras. Los aplausos. Se habla de libertad, de comprensión, de familia, de vocación matrimonial, de santidad en medio del mundo:

«No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo» (25).

El día 2 de diciembre de 1964, antes de salir de Pamplona, quiere el Padre reunirse una vez más con los estudiantes de Belagua. Está cansado después de las jornadas que acaban de transcurrir. Pero cuando entra en el salón, despliega un tono gozoso que cubre hasta el último rastro de fatiga. Alguien le recuerda que prometió una imagen de la Virgen como regalo para la Universidad.

El Padre asegura que les hará llegar una imagen que ya está terminada. Sólo falta darle la pátina que suelen emplear los escultores italianos. Es de mármol y más alta que una mujer de buena estatura; está sentada y con el Niño que bendice y aprieta una rosa contra su corazón. Jesús permanece en pie sobre un montón de libros: el primero es de Derecho, porque fue la primera Facultad; después, Medicina, Derecho Canónico, etc.

Les explica que se instalará en una ermita en el Campus Universitario para que bendiga, desde su advocación del Amor Hermoso, muchos amores humanos, santos, nobles, limpios y fecundos.

Un año más tarde, esa imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, será bendecida por Pablo VI como un mensaje de cariño y un deseo feliz a los hombres y mujeres que, en comunión de intereses y afectos, comparten el trabajo de la Universidad de Navarra.


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