El Pan y la Palabra

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Una expresión típica del Fundador, la Misa, centro y raíz de la vida interior, fue utilizada por el Concilio Vaticano II para expresar la unidad de vida que todo sacerdote debe empeñarse en alcanzar: “El sacrificio Eucarístico resulta, pues, el centro y la raíz de toda la vida del presbítero” (cfr. decreto Presbyterorum ordinis, num.14). Bastaría esto para manifestar la intensidad con que su alma sacerdotal se entregaba en la celebración eucarística, pero desearía conocer algún ejemplo o detalle significativo.

–La Santa Misa era incluso el centro físico de su jornada. Como ya he señalado, la dividía en dos partes: hasta el mediodía vivía la presencia de Dios centrándola en la acción de gracias por la Misa celebrada y, tras el rezo del Angelus, comenzaba a prepararse para la Misa del día siguiente.

Muchas veces me confió que, desde su ordenación sacerdotal, se preparaba cada día para celebrar el Santo Sacrificio como si fuese la última vez: el pensamiento de que el Señor podía llamarle a Sí inmediatamente después, le animaba a volcar en la Misa toda la fe y el amor de que era capaz. Así, hasta llegar al 26 de junio de 1975, en que celebró su última Misa con extraordinario fervor.

Contaba que, cuando se trasladó a Zaragoza en 1920, una vez que pasaba delante de un bar llamado “Gambrinus”, vio que dentro del local estaba un famoso torero. Algunos niños se acercaron a aquel personaje popular, y uno de ellos exclamó exultante: “¡lo he tocado!” Al Padre le impresionó aquella escena, y la evocó con frecuencia para exhortarnos a reflexionar sobre el hecho de que cada día tocamos a Jesús en la Eucaristía.

Tenía la costumbre de adorar a la Eucaristía metiéndose al menos con la imaginación en las iglesias que veía a lo lejos o, simplemente, le venían a la memoria; y no dejaba de reparar cuando le llegaba noticia de algún robo sacrílego o de profanaciones.

Una vez, durante el viaje al Perú en 1974, le mostraron las fotografías de un lugar donde se había producido un gigantesco huaico, un tremendo corrimiento de tierra, piedra y fango. Todo un pueblo había quedado sepultado, y sólo sobresalía el remate del campanario de la iglesia. En la fotografía podían verse animales que pastaban en el lugar de la catástrofe, encima de la iglesia enterrada. Al pensar en que Jesús Sacramentado había quedado sepultado bajo la tierra, el Padre pasó la noche entera en oración y en adoración.

Sería muy largo describir cómo vivía el Padre cada parte de la Santa Misa. Sólo referiré dos detalles de los que me habló en muchas ocasiones. Al elevar el Pan Eucarístico y la Sangre de Nuestro Señor, repetía siempre algunas oraciones –no en voz alta, porque las rúbricas no lo permiten, sino con la mente y el corazón–, con una perseverancia heroica que duró decenas de años.

Concretamente, mientras tenía la Hostia consagrada entre las manos, decía: Señor mío y Díos mío, el acto de fe de Santo Tomás Apóstol. Después, inspirándose en una invocación evangélica, repetía lentamente: Adauge nobis fidem, spem et charitatem; pedía al Señor para toda la Obra la gracia de crecer en la fe, la esperanza y la caridad. Inmediatamente después, repetía una plegaria dirigida al Amor Misericordioso, que había aprendido y meditado desde joven, pero que no utilizaba nunca en su predicación, y que durante muchos años sólo muy de tarde en tarde nos dijo que la recitaba: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Después añadía la invocación: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace, a mí y a todos, pensando, como es natural, en sus hijos del Opus Dei. Por último, mientras hacía la genuflexión, después de haber elevado la Hostia o el Cáliz, recitaba la primera estrofa del himno eucarístico Adoro te devote, latens deitas, y decía al Señor: ¡Bienvenido al altar!

Todo esto, repito, no lo hacía de vez en cuando, sino a diario, y nunca mecánicamente, sino con todo su amor y vibración interior. Lo sé porque nos lo contó, a don Javier Echevarría y a mí. Nos lo confió un día de 1970, en México, mientras hacía su oración en voz alta en el Santuario de Guadalupe, a donde había ido para hacer una novena a la Virgen, en compañía de otros hijos suyos.

¿Cómo acogió el Padre la reforma litúrgica dispuesta por el Concilio?

–Como siempre, aplicó con obediencia y fortaleza todas las disposiciones sobre esta materia. Gracias a la solicitud de su Fundador, el Opus Dei ha sido, también en lo que se refiere a la praxis litúrgica, ejemplo de fidelidad.

Nuestro Padre encargó a algunos sacerdotes de la Obra la tarea de examinar las diversas posibilidades previstas por la reforma, y determinar y explicar cómo se aplicaban. Orientó personalmente este trabajo y aprobó sus resultados. De esta forma, todos los sacerdotes de la Obra comenzaron a aprender las nuevas rúbricas, siguiendo el deseo del Santo Padre de que “la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia sea puesta en práctica en su plenitud y con todo cuidado” (Carta enviada en nombre del Papa a todos los obispos y otros superiores eclesiásticos, junto con el libro Jubilate Deo, el 14 de abril de 1974).

Fue el primero en obedecer a las nuevas disposiciones litúrgicas y se esforzó en aprender el nuevo rito de la Misa. Desde hacía muchos años le ayudaba habitualmente en la celebración otro sacerdote: a partir de los años cincuenta solíamos hacerlo don Javier Echevarría o yo. Cuando se introdujeron los cambios litúrgicos, nos rogó que no dejáramos de hacerle todas las observaciones que nos pareciesen oportunas para ayudarle a aprender bien el nuevo rito. A pesar de su buena voluntad, nos dábamos cuenta de que le suponía un notable esfuerzo, porque debía cambiar hábitos de devoción litúrgica adquiridos durante muchos años de lucha perseverante llena de amor de Dios.

Yo me planteaba cómo ahorrar al Padre esas dificultades, y en su presencia aludí a que a otros sacerdotes más jóvenes se les había concedido permiso para seguir el rito de San Pío V y celebrar la Misa como habían hecho hasta entonces. El Padre me interrumpió inmediatamente: afirmó que no quería ningún privilegio, y me prohibió hacer esa propuesta. Sabía que yo trataba a las personas que estaban elaborando las nuevas disposiciones litúrgicas.

Algún tiempo después me encontré con Mons. Annibale Bugnini, que era el máximo responsable en este campo, y un buen amigo mío, tanto que nos tuteábamos. Hablamos de las dificultades que experimentaban algunos sacerdotes ancianos para adaptarse al nuevo rito, después de haber celebrado la Santa Misa con el antiguo durante tantos años. Era una situación conocida. De pasada, aludí al caso de nuestro Fundador, que obedecía de modo ejemplar y con profunda alegría. Bugnini me dijo que el Fundador del Opus Dei no tenía por qué hacer un esfuerzo semejante, ya que muchos otros sacerdotes tenían permiso para celebrar con el rito anterior, y él mismo había accedido a peticiones similares de parte de personas que estaban en esas circunstancias. Aunque yo le había dicho ya que nuestro Fundador no quería otro privilegio que el de obedecer siempre a la Santa Sede, y que incluso me había prohibido pedir nada, él se empeñó en concederme el permiso para nuestro Fundador, y me insistió en que le refiriese cómo se había desarrollado nuestra conversación.

La delicadeza con que el Fundador cuidaba el decoro de la liturgia y de los objetos de culto se expresa en el punto 527 de Camino: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

–Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

–Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” –una buena obra ha hecho conmigo.

–Recuerdo que en 1959 o en 1960, estando en Londres, vio por televisión una ceremonia de la Corte Real. Inmediatamente después observó, como había hecho en otras ocasiones, que una ceremonia de este estilo requiere una preparación muy cuidadosa y que, cuando es a Dios Nuestro Señor a quien se dirige un acto de culto, debemos prepararlo con un amor y un empeño mucho más grande que el que ponen los maestros de ceremonias de la Reina de Inglaterra.

El desprendimiento y la pobreza no le impedían amar la belleza y el decoro artístico en la liturgia y en el culto divino. Es una prueba palpable de su fe y de su generosidad con el Señor.

Quería que los objetos destinados al culto fuesen lo más preciosos posible; enseñó que, en este campo, la pobreza está en la cantidad y no en la calidad. Para los Centros del Opus Dei estableció esta norma: los objetos litúrgicos deben ser decorosos y bellos, pero en el número estrictamente indispensable.

En 1940, movido por su ardiente amor al Señor, a pesar de las estrecheces que pasábamos, comenzó a llevar a un taller de arte religioso, muy famoso en España y en el extranjero, las joyas que algunos amigos le regalaban: las iba dejando allí, porque deseaba ofrecer al Señor una custodia muy rica, con campanillas de plata. Se trataba de Talleres de Arte Granda, dirigidos por un sacerdote muy piadoso, don Félix, y su hermana, Cándida Granda. Nuestro Fundador, en cuanto recibía alguna piedra preciosa o un anillo, de los que se desprendía alguno de sus conocidos, lo llevaba enseguida al taller; a veces le acompañaba yo. Doña Cándida extendía sobre una mesa un paño de terciopelo negro y ponía encima todo lo que íbamos reuniendo; después decía: “Ahora necesitamos encontrar tal cosa; falta tal otra”… Con este motivo, el Padre trató mucho con los hermanos Granda, y les dio abundantes consejos sobre el diseño de sagrarios y vasos sagrados. Don Félix y doña Cándida los acogían con agradecimiento, porque eran sugerencias muy prácticas para enriquecer los objetos de culto: ambos me han contado que aprendieron mucho de nuestro Fundador. Por eso, cuando dejaron la dirección de Talleres de Arte Granda, la confiaron a unos miembros de la Obra. El Fundador les animó a mejorar constantemente su trabajo llevando a la práctica las palabras de la Escritura: zelus domus tuae comedit me (Ps. 79, 10).

A nuestro Padre no le fue posible, en muchas ocasiones, ofrecer al Señor todo lo que hubiera querido. Recuerdo que en 1935 lamentaba no haber podido instalar un sagrario más rico en el oratorio de la residencia de Ferraz; era un tabernáculo muy pobre, que le había prestado la M. Muratori. Le apenaba oficiar la exposición solemne con una custodia de poco valor, de hierro: sólo era de plata el viril que sostenía la Hostia consagrada. Desde entonces le oí decir que deseaba destinar al Señor objetos de culto ricos, aun a costa de quedarse sin comer.

Siempre, y en especial durante los últimos años de su vida, le he escuchado repetir: Ahora la gente ahorra todo a Nuestro Señor; yo no lo entiendo. Aunque, cuando un enamorado le regale a la mujer que quiere un trozo de hierro o de cemento, como regalo, ni siquiera entonces yo regalaré al Señor un poco de hierro o de cemento, sino lo mejor que pueda.

Durante toda su vida procuró dedicar al servicio del Señor lo mejor que tenía. Sé que poco después de 1928 deseaba encargar un cáliz que tuviese un piedra preciosa engastada en la base, de modo que nadie la pudiese admirar; quería que fuese como un sacrificio escondido, únicamente para el Señor. Sólo al cabo de los años, cuando vivía en Roma, pudo realizar este deseo suyo, cuando una señora le regaló una esmeralda de grandes dimensiones.

Hacía que todas las semanas se renovasen las formas consagradas reservadas en el sagrario, y estableció esta norma para todos los Centros de la Obra, exhortando a prever con prudencia cualquier dificultad. En 1940 ó 1941 pudo ver realizado al fin su antiguo deseo de que las formas se preparasen en nuestras casas. Quería que, con el tiempo, sus hijos llegasen a cultivar el grano y las vides necesarias para confeccionar las especies eucarísticas. El 15 de enero de 1965, explicaba una vez más este viejo proyecto: Se trata de acariciar a Dios que nace en nuestras manos, preparando las especies para que Él descienda. Se lo oí decir también, ante un grupo de hijas suyas, el 28 de marzo de 1975, pocos meses antes de morir.

Cuando era el único sacerdote del Opus Dei, se ocupaba personalmente de limpiar por dentro los sagrarios de nuestros Centros. Solía hacerlo cada quince días, con ocasión de sus viajes fuera de Madrid. Mientras los limpiaba, hablaba ininterrumpidamente con Jesús Sacramentado, repitiéndole que todas aquellas delicadezas eran para Él. Nos exhortaba: ¡Que tratéis con cariño cuidadoso los sagrarios! Cuando dejó de ocuparse de estos deberes personalmente, enseñó a sus hijos sacerdotes a cumplir esta obligación con el mayor cuidado, y a recitar en estos momentos muchas jaculatorias y comuniones espirituales.

Ya desde el principio estableció que los amitos, purificadores y manutergios se lavasen y planchasen cada vez que se usaban. Es una norma que se ha vivido siempre en nuestros Centros, en señal de amor de Dios y respeto hacia el Santo Sacrificio. Un cardenal que estuvo en la Clínica Universitaria de Navarra, promovida y dirigida por miembros del Opus Dei, me contó, admirado, que durante una visita por distintos departamentos, vio en una habitación un montón de lienzos blancos cuidadosamente dispuestos en cestas. Preguntó qué era aquello; le respondieron que eran los lienzos sagrados que se habían utilizado aquella mañana, y que iban a lavar y planchar para usarlos al día siguiente.

Su amor a la Eucaristía se reflejaba en muchos detalles, hasta en el modo de poner unas flores junto al tabernáculo. Nos decía: Cuando pongáis una flor junto al Sagrario, dadle un beso y decidle al Señor que queréis que ese beso se consuma, como se consumirá la flor, como se consume la lamparilla del Sagrario, alumbrando, señalando dónde está el Señor.

En las películas que recogen reuniones que el Fundador tuvo en varias ciudades de Europa y América con diversos grupos de personas –a veces, varios miles–, sobre todo en los últimos años de su vida, no falta nunca una referencia al sacramento de la confesión. Es conmovedora su catequesis sobre el que llamaba sacramento de la alegría.

–Sí, hablaba muchísimo de la Confesión y la llamaba el sacramento de la alegría, porque asegura nuestro retorno a Dios: nos devuelve la amistad divina, perdida por el pecado. Exhortó a sus hijos sacerdotes a hacer de la administración de la Penitencia una pasión dominante de su vida sacerdotal; y espoleaba a sus hijos laicos a llevar a muchas almas a la confesión: matad a vuestros hermanos sacerdotes, a fuerza de darles mucho trabajo, para que puedan llevar muchas almas a reconciliarse con Dios.

Tuvo una auténtica pasión por administrar el sacramento de la Penitencia. Tras su ordenación, durante su estancia en Perdiguera, logró que se confesaran prácticamente todos los habitantes del pueblo. De regreso a Zaragoza, continuó administrando la Confesión con mucha constancia. Recuerdo haber presenciado, en 1970, una conversación entre nuestro Fundador y uno de sus amigos de aquella ciudad, que había hecho una brillante carrera pública. Éste le recordó: “yo me confesé contigo –como eran viejos amigos, se trataban de tú– antes de que nos casases a mi mujer y a mí. Recuerdo que mientras me iba acusando de los pecados estabas callado. Pero cuando te dije que me había batido en duelo, exclamaste: ¡Estás loco!” Después comentó que nadie le había corregido tan claramente, pero que al mismo tiempo había agradecido que lo hiciese con tanta caridad, de modo que no se sintió ofendido, y en cambio, acabó muy contrito por su pecado. Durante el relato, nuestro Fundador permaneció en silencio; no añadió ni una palabra, porque, aunque fuese el mismo penitente quien hablaba, se sabía ligado por el secreto de la confesión.

Ya en Madrid, recorría la ciudad de un lado a otro para confesar al mayor número posible de enfermos, y llevarles la Comunión: fue una actividad desarrollada con una generosidad heroica, un empeño llevado a cabo con todas sus fuerzas, cuando no tenía dinero ni para pagarse el tranvía ni para comer.

Recordaba con alegría los años en que dedicó tantas horas de su tiempo a preparar para la confesión y la primera comunión a miles de niños. Afirmaba que había obtenido grandes enseñanzas para su propia vida espiritual de la devoción de aquellos pequeños.

Tras el 2 de octubre de 1928, continuó prestando su ministerio sacerdotal en el Patronato de Enfermos, y después en el Real Patronato de Santa Isabel. En la iglesia de este último, atendía un confesonario bastante frecuentado. Al mismo tiempo, dirigía espiritualmente a muchos estudiantes universitarios.

Durante la guerra civil española, escuchó confesiones por la calle, o pasando de una casa a otra; no se arredraba ante el peligro de muerte que corría si alguien le descubría, le identificaba como sacerdote y le denunciaba.

En los últimos años de su vida, nuestro Fundador no pudo ejercitar directamente el apostolado de la confesión, porque se debía a la labor de gobierno de la Obra. Esto no quiere decir que no desarrollase intensamente su ministerio sacerdotal, especialmente a través de la predicación a sus hijos, o a muchas otras personas que venían a verle para recibir su orientación espiritual; pero sólo me confesaba a mí. Me parece oportuno explicar que, como trataba sobre todo a miembros de la Obra, para evitar encontrarse atado por el sigilo sacramental, prefería no escuchar sus confesiones, para asegurarse una mayor libertad de acción. La única excepción fui yo: nuestro Fundador se confesaba conmigo y yo con él.

Predicó incesantemente sobre este sacramento. En los últimos años sufrió muchísimo viendo que los fieles abandonaban cada vez más la práctica de la confesión frecuente. Por eso emprendió una catequesis aún más intensa sobre la grandeza de la misericordia divina. Rechazaba con energía la afirmación de que es preferible retrasar la confesión de los niños para evitarles una experiencia traumática: contaba que había confesado a miles de niños y que, lejos de sufrir un shock, habían experimentado con agradecimiento la bondad de Dios Nuestro Señor. Aconsejaba a las madres: Mamás, llevad a vuestros hijos a confesar, como hizo mi madre conmigo. Así se acostumbrarán vuestros hijos a recibir el Sacramento de la Penitencia y a reconciliarse con Dios: por medio de este Sacramento bien recibido con todas las condiciones que se requieren para una buena Confesión, los niños irán teniendo cada vez mayor delicadeza de conciencia y serán más felices.

Enseñó a sus hijos sacerdotes a administrar este sacramento con tanta pasión, que el Santo Padre Juan Pablo II ha afirmado que los sacerdotes del Opus Dei tienen “el carisma de la Confesión”: he sentido el gozo de oírselo decir personalmente, y es fácil imaginar mi alegría ante un reconocimiento, tan autorizado, de los esfuerzos de los miembros de la Obra por imitar a su Fundador.

El Beato Josemaría decía que el mejor modo de vivir la virtud de la penitencia era acercarse contrito al Sacramento de la Confesión. Sentía el deber de compensar con la propia compunción tantas faltas de amor de las que era testigo cada día.

–El afán de reparación es uno de los modos en que se expresa la Comunión de los Santos. En una ocasión, se hablaba públicamente de la vida pecaminosa de una persona, y uno de nosotros exclamó: “¡Pobre hombre!” Nuestro Fundador replicó inmediatamente: ¡pobre Dios! No era una falta de caridad hacia aquel pecador, sino una prueba de su amor de Dios, y de la fuerza con que aborrecía cualquier pecado, aun el más pequeño que se pueda pensar. ¡Pobre Dios!, porque era un Padre ofendido por uno de sus hijos. No hace falta decir que el Padre se puso a rezar inmediatamente por aquel pobrecillo.

El temor de Dios y el odio al pecado le movían a repetir frecuentísimamente: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies! (Ps. 50, 19), y añadía, con fuerza y con vivo arrepentimiento de sus culpas: Contritum et humiliatum valde! Se lo he oído decir personalmente desde que le conocí hasta el día de su muerte.

La familiaridad del Fundador con la Sagrada Escritura se comprueba en las homilías publicadas, y especialmente, en su libro Santo Rosario, donde se ejemplifica gráficamente aquel consejo suyo de meterse en las escenas evangélicas como un personaje más. ¿Tiene sobre esto algún recuerdo especial?

–El Padre dio pruebas constantes de un respeto extraordinario hacia la Sagrada Escritura que, junto con la Tradición de la Iglesia, es la fuente de la que se nutría ininterrumpidamente para su oración personal y para su predicación.

Leía a diario algunas páginas –un capítulo– de la Escritura, en particular del Nuevo Testamento, y hacía la lectura espiritual preferentemente con obras de los Padres y Doctores de la Iglesia. Era raro el día en que no se detuviese al terminar para anotar expresiones o ideas que le habían impresionado: signo no sólo de la atención con que hacía esta práctica de piedad, sino sobre todo de la importancia que le concedía.

En 1944 predicó un curso de retiro a los agustinos del Monasterio de El Escorial, aunque se encontraba muy mal de salud. Uno de los participantes, el Padre Licinio González, después de haber anotado que sólo al final de los ejercicios se había dado cuenta de que nuestro Fundador estaba enfermo, ha testimoniado: “Sus meditaciones se caracterizaban por el uso continuo de textos y pasajes evangélicos, que a través de su voz, cobraban una vida sugestiva y llena de inspiración (…).

Están aún vivos en mí los pensamientos y las ideas de Mons. Escrivá sobre la vocación, la gratuidad de la vocación, la respuesta gozosa de San Andrés y el doloroso rechazo del joven rico.

También las meditaciones sobre la Virgen y sobre San José estaban llenas de vibración espiritual (…); junto a la meditación eucarística sobre la Última Cena, me dejaron una impresión tan profunda que no se ha borrado con el paso de los años”.

El Padre meditó asiduamente los versículos del Nuevo Testamento y puso de relieve aspectos nuevos, a veces inadvertidos durante siglos. No consideraba la Sagrada Escritura como un depósito inerte, sino como instrumento vital del que el Señor se sirve para infundir vida sobrenatural a quienes la leen con humildad y deseos de aprender. Lo comprobé desde que le conocí, pero sobre todo tras mi ordenación sacerdotal, en 1944, comprendí plenamente la profundidad con la que había meditado la Palabra de Dios.

Una prueba elocuente es la originalidad de sus comentarios a los textos sagrados: resultan siempre particularmente incisivos e inmediatos; no son conclusiones prácticas derivadas de una reflexión sobre el texto sagrado con el fin de introducirlas luego en una espiritualidad prefabricada, ni simples ejemplificaciones que ilustran conceptos de un sistema de pensamiento predefinido. Nuestro Padre deja que el Evangelio hable directamente con toda su fuerza; su espiritualidad es la vida de Cristo y de los primeros cristianos, que expresan su perenne actualidad sin necesidad de adaptación, glosa o añadido.

A la muerte de nuestro Fundador, el Cardenal Parente, que había leído algunas de sus homilías y otros escritos suyos, me dijo que en sus comentarios a la Sagrada Escritura había descubierto una densidad espiritual con una profundidad e inmediatez muchas veces superiores incluso a las obras de los Santos Padres.

Su predicación fue siempre muy práctica; movía a las almas a la conversión. Tenía el don de aplicar los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento a las situaciones concretas de los que le escuchaban. No trató nunca de ser original, porque estaba convencido de que la Palabra de Dios es siempre nueva, y conserva intacta su irresistible fuerza de atracción si se la proclama con fe. En sus labios, el Evangelio no era jamás un texto erudito o una fuente de meras citas o lugares comunes. Hablaba de la Sagrada Escritura con un amor tierno. Valgan como ejemplo estas palabras suyas que anoté en 1954: Vivía en Nazaret una Virgen de nombre María. ¡Qué bonito, qué divino y qué humano es el Evangelio!: Desciende hasta los detalles más mínimos, para que veamos la predilección de Dios hacia las criaturas. La quiere, la busca, como un detalle de cariño, la llama por su nombre de familia: María.

Me admiraba la facilidad con que citaba de memoria y con exactitud frases de la Sagrada Escritura. Hasta en sus conversaciones familiares traía a colación textos sagrados para mover a los presentes a una oración más honda. Vivía de la palabra de Dios. Como prueba de veneración hacia la Sagrada Escritura, a menudo introducía sus citas con las palabras: Dice el Espíritu Santo… No era un simple modo de decir, sino un auténtico acto de fe, que ayudaba a sopesar el valor eterno, y toda la verdad que contienen palabras a las que podemos acabar por acostumbrarnos.

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicarámos más tiempo que antes –la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra– a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él.

En los últimos años de su vida, con el deseo de contribuir a una mayor difusión de la lectura de la Biblia, y de facilitar al máximo su meditación, animó a algunos hijos suyos, profesores de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, a que preparasen una edición popular: deseaba que las notas fuesen sencillas, prácticas y asequibles a todos; que tuviesen un carácter doctrinal y ascético, no erudito, y fuesen acompañadas de abundantes citas de los Santos Padres y de los Concilios. El resultado ha sido un trabajo, todavía en curso, muy apreciado desde el punto de vista científico y, sobre todo, muy valioso desde el punto de vista espiritual. Los especialistas que lo comenzaron y lo están llevando a cabo, me han confirmado que haber puesto en las notas muchas citas de textos de nuestro Fundador ha contribuido decisivamente a la gran utilidad pastoral de esta obra.

La venida del Espíritu Santo

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse. (Hechos, 1).

“La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de El y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: El es quien inspira la predicación de San Pedro[i], quien confirma en su fe a los discípulos[ii] quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles[iii], quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús[iv]. En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo.

Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos. Yo rogaré al Padre —anunció el Señor a sus discípulos–— y os dará otro Consolador para que esté con vosotros eternamente[v] Jesús ha mantenido sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos dé la vida”.

Es Cristo que pasa, 127-128

“Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración [vi] (…).

No hay cristianos de segunda categoría, obligados a poner en práctica sólo una versión rebajada del Evangelio: todos hemos recibido el mismo Bautismo y, si bien existe una amplia diversidad de carismas y de situaciones humanas, uno mismo es el Espíritu que distribuye los dones divinos, una misma la fe, una misma la esperanza, una la caridad[vii] .

Podemos, por tanto, tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros? [viii], y recibirla como una invitación a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos cristianos, el Gran Desconocido: un nombre que se pronuncia, pero que no es Alguno –una de las tres Personas del único Dios–, con quien se habla y de quien se vive.

Hace falta –en cambio– que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza, como nos enseña a hacerlo la Iglesia a través de la liturgia. Entonces conoceremos más a Nuestro Señor y, al mismo tiempo, nos daremos cuenta más plena del inmenso don que supone llamarse cristianos: advertiremos toda la grandeza y toda la verdad de ese endiosamiento, de esa participación en la vida divina, a la que ya antes me refería”.

Es Cristo que pasa, 134-135

TEMA 12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia católica

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El Espíritu Santo une íntimamente a los fieles con Cristo de modo que forman un solo cuerpo, la Iglesia, donde existe una diversidad de miembros y funciones.

1.  Creo en el Espíritu Santo

1.1. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad

En la Sagrada Escritura, el Espíritu Santo es llamado con distintos nombres: Don, Señor, Espíritu de Dios, Espíritu de Verdad y Paráclito, entre otros. Cada una de estas palabras nos indica algo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es “Don”, porque el Padre y el Hijo nos lo envían gratuitamente: el Espíritu ha venido a habitar en nuestros corazones (cfr. Ga 4,6); Él vino para quedarse siempre con los hombres. Además, de Él proceden todas las gracias y dones, el mayor de los cuales es la vida eterna junto con las otras Personas divinas: en Él tenemos acceso al Padre por el Hijo.

El Espíritu es “Señor” y “Espíritu de Dios”, que en la Sagrada Escritura son nombres que se atribuyen sólo a Dios, porque es Dios con el Padre y el Hijo. Es “Espíritu de Verdad” porque nos enseña de modo completo todo lo que Cristo nos ha revelado, y guía y mantiene la Iglesia en la verdad (cfr. Jn 15, 26; 16, 13-14). Es el “otro” Paráclito (Consolador, Abogado) prometido por Cristo, que es el primer Paráclito (el texto griego habla de “otro” Paráclito y no de un paráclito “distinto” para señalar la comunión y continuidad entre Cristo y el Espíritu).

En el Símbolo Niceno-Constantinopolitano rezamos «Et in Spiritum Sanctum, Dominum et vivificantem: qui ex Patre [Filioque] procedit. Qui cum Patre et Filio simul adoratur, et conglorificatur: qui locutus est per Prophetas». En esta frase los Padres del Concilio de Constantinopla (381) quisieron utilizar algunas de las expresiones bíblicas con las que se nombraba al Espíritu. Al decir que es “dador de vida” se referían al don de la vida divina dado al hombre. Por ser Señor y dador de vida, es Dios con el Padre y el Hijo y recibe por tanto la misma adoración que las otras dos Personas divinas. Al final, también han querido señalar la misión que el Espíritu realiza entre los hombres: habló por los profetas. Los profetas son aquéllos que hablaron en nombre de Dios movidos por el Espíritu para mover a la conversión a su pueblo. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento encuentra su plenitud en el misterio de Jesucristo, la Palabra definitiva de Dios.

«Son numerosos los símbolos con los que se representa al Espíritu Santo: el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él» (Compendio, 139).

1.2. La Misión del Espíritu Santo

La Tercera Persona de la Santísima Trinidad coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del designio de nuestra salvación hasta su consumación; pero en los “últimos tiempos” –inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo– el Espíritu se reveló y nos fue dado, fue reconocido y acogido como Persona (cfr. Catecismo, 686). Por obra del Espíritu, el Hijo de Dios tomó carne en las entrañas purísimas de la Virgen María. El Espíritu lo ungió desde el inicio; por eso Jesucristo es el Mesías desde el inicio de su humanidad, es decir, desde su misma Encarnación (cfr. Lc 1, 35). Jesucristo revela al Espíritu con su enseñanza, cumpliendo la promesa hecha a los Patriarcas (cfr. Lc 4, 18s), y lo comunica a la Iglesia naciente, exhalando su aliento sobre los Apóstoles después de su Resurrección (cfr. Compendio, 143). En Pentecostés el Espíritu fue enviado para permanecer desde entonces en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, vivificándola y guiándola con sus dones y con su presencia. Por esto también se dice que la Iglesia es Templo del Espíritu Santo, y que el Espíritu Santo es como el alma de la Iglesia.

El día de Pentecostés el Espíritu descendió sobre los Apóstoles y los primeros discípulos, mostrando con signos externos la vivificación de la Iglesia fundada por Cristo. «La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria» (Compendio, 144). El Espíritu hace entrar al mundo en los “últimos tiempos”, en el tiempo de la Iglesia.

La animación de la Iglesia por el Espíritu Santo garantiza que se profundice, se conserve siempre vivo y sin pérdida todo lo que Cristo dijo y enseñó en los días que vivió en la tierra hasta su Ascensión ; además, por la celebración-administración de los sacramentos, el Espíritu santifica la Iglesia y los fieles, haciendo que ella continúe siempre llevando las almas a Dios .

«La misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables porque en la Trinidad indivisible, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero inseparables. En efecto, desde el principio hasta el fin de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, que nos une a Cristo en la fe, a fin de que podamos, como hijos adoptivos, llamar a Dios “Padre” (Rm 8, 15). El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por medio de su acción cuando nos revela el Verbo y cuando obra en la Iglesia» (Compendio, 137).

1.3. ¿Cómo actúan Cristo y el Espíritu Santo en la Iglesia?

Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y les ofrece la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo también actúa concediendo gracias especiales a algunos cristianos para el bien de toda la Iglesia, y es el Maestro que recuerda a todos los cristianos aquello que Cristo ha revelado (cfr. Jn 14, 25s).

«El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den “el fruto del Espíritu” (Ga 5, 22)» (Compendio, 145).

2. Creo en la Santa Iglesia Católica

2.1. La revelación de la Iglesia

La Iglesia es un misterio (cfr., p. ej., Rm 16,25-27), es decir, una realidad en la que entran en contacto y comunión Dios y los hombres. Iglesia viene del griego “ekklesia”, que significa asamblea de los convocados. En el Antiguo Testamento fue utilizada para traducir el “quahal Yahweh”, o asamblea reunida por Dios para honrarle con el culto debido. Son ejemplos de ello la asamblea sinaítica, y la que se reunió en tiempos del rey Josías con el fin de alabar a Dios y volver a la pureza de la Ley (reforma). En el Nuevo Testamento tiene varias acepciones, en continuidad con el Antiguo, pero designa especialmente el pueblo que Dios convoca y reúne desde los confines de la tierra para constituir la asamblea de todos los que, por la fe en su Palabra y el Bautismo, son hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo (cfr. Catecismo, 777; Compendio, 147).

En la Sagrada Escritura la Iglesia recibe distintos nombres, cada uno de los cuales subraya especialmente algunos aspectos del misterio de la comunión de Dios con los hombres. “Pueblo de Dios” es un título que Israel recibió. Cuando se aplica a la Iglesia, nuevo Israel, quiere decir que Dios no quiso salvar a los hombres aisladamente, sino constituyéndolos en un único pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que le conociera en la verdad y le sirviera santamente . También significa que ella ha sido elegida por Dios, que es una comunidad visible que está en camino –entre las naciones– hacia su patria definitiva. En ese pueblo todos tienen la común dignidad de los hijos de Dios, una misión común, ser sal de la tierra, y un fin común, que es el Reino de Dios. Todos participan de las tres funciones de Cristo, real, profética y sacerdotal (cfr. Catecismo, 782-786).

Cuando decimos que la Iglesia es el “cuerpo de Cristo” queremos subrayar que, a través del envío del Espíritu Santo, Cristo une íntimamente consigo a los fieles, sobre todo en la Eucaristía, los incorpora a su Persona por el Espíritu Santo, manteniéndose y creciendo unidos entre sí en la caridad, formando un solo cuerpo en la diversidad de los miembros y funciones. También se indica que la salud o la enfermedad de un miembro repercute en todo el cuerpo (cfr. 1 Co 12, 1-24), y que los fieles, como miembros de Cristo, son instrumentos suyos para obrar en el mundo (cfr. Catecismo, 787-795). La Iglesia también es llamada “Esposa de Cristo” (cfr. Ef 5, 26ss), lo cual acentúa, dentro de la unión que la Iglesia tiene con Cristo, la distinción de ambos sujetos. También señala que la Alianza de Dios con los hombres es definitiva porque Dios es fiel a sus promesas, y que la Iglesia le corresponde asimismo fielmente siendo Madre fecunda de todos los hijos de Dios.

La Iglesia también es el “templo del Espíritu Santo”, porque Él vive en el cuerpo de la Iglesia y la edifica en la caridad con la Palabra de Dios, con los sacramentos, con las virtudes y los carismas. Como el verdadero templo del Espíritu Santo fue Cristo (cfr. Jn 2, 19-22), esta imagen también señala que cada cristiano es Iglesia y templo del Espíritu Santo. Los carismas son dones que el Espíritu concede a cada persona para el bien de los hombres, para las necesidades del mundo y particularmente para la edificación de la Iglesia. A los pastores corresponde discernir y valorar los carismas (cfr. 1 Ts 5, 20-22; Compendio, 160).

«La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su Muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los redimidos» (Compendio, 149; cfr. Catecismo, 778).

Cuando Dios revela su designio de salvación que es permanente, manifiesta también cómo desea realizarlo. Ese designio no lo llevó a cabo con un único acto, sino que primero fue preparando la humanidad para acoger la Salvación; sólo más adelante se reveló plenamente en Cristo. Ese ofrecimiento de Salvación en la comunión divina y en la unidad de la humanidad fue definitivamente otorgado a los hombres a través del don del Espíritu Santo que ha sido derramado en los corazones de los creyentes poniéndonos en contacto personal y permanente con Cristo. Al ser hijos de Dios en Cristo, nos reconocemos hermanos de los demás hijos de Dios. No hay una fraternidad o unidad del género humano que no se base en la común filiación divina que nos ha sido ofrecida por el Padre en Cristo; no hay una fraternidad sin un Padre común, al que llegamos por el Espíritu Santo.

La Iglesia no la han fundado los hombres; ni siquiera es una respuesta humana noble a una experiencia de salvación realizada por Dios en Cristo. En los misterios de la vida de Cristo, el ungido por el Espíritu, se han cumplido las promesas anunciadas en la Ley y en los profetas. También se puede decir que la fundación de la Iglesia coincide con la vida de Jesucristo; la Iglesia va tomando forma en relación a la misión de Cristo entre los hombres, y para los hombres. No hay un momento único en el que Cristo haya fundado la Iglesia, sino que la fundó en toda su vida: desde la encarnación hasta su muerte, resurrección, ascensión y con el envío del Paráclito. A lo largo de su vida, Cristo –en quien habitaba el Espíritu– fue manifestando cómo debía ser su Iglesia, disponiendo unas cosas y después otras. Después de su Ascensión, el Espíritu fue enviado a la Iglesia y en ella permanece uniéndola a la misión de Cristo, recordándole lo que el Señor reveló, y guiándola a lo largo de la historia hacia su plenitud. Él es la causa de la presencia de Cristo en su Iglesia por los sacramentos y por la Palabra, y la adorna continuamente con diversos dones jerárquicos y carismáticos. Por su presencia se cumple la promesa del Señor de estar siempre con los suyos hasta el final de los tiempos (cfr. Mt 28, 20).

El Concilio Vaticano II retomó una antigua expresión para designar a la Iglesia: “comunión”. Con ello se indica que la Iglesia es la expansión de la comunión íntima de la Santísima Trinidad a los hombres; y que en esta tierra ella ya es comunión con la Trinidad divina, aunque no se haya consumado aún en su plenitud. Además de comunión, la Iglesia es signo e instrumento de esa comunión para todos los hombres. Por ella participamos en la vida íntima de Dios y pertenecemos a la familia de Dios como hijos en el Hijo por el Espíritu. Esto se realiza de forma específica en los sacramentos, principalmente en la Eucaristía, también llamada muchas veces comunión (cfr. 1 Co 10, 16). Por último, se llama también comunión porque la Iglesia configura y determina el espacio de la oración cristiana (cfr. Catecismo, 2655, 2672, 2790).

2.2. La misión de la Iglesia

La Iglesia tiene que anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Cristo. En la tierra es el germen e inicio de este Reino. Después de su Resurrección, el Señor envió los Apóstoles a predicar el Evangelio, a bautizar y a enseñar a cumplir lo que Él había mandado (cfr. Mt 28, 18ss). El Señor entregó a su Iglesia la misma misión que el Padre le había confiado (cfr. Jn 20, 21). Desde el inicio de la Iglesia esta misión fue realizada por todos los cristianos (cfr. Hch 8, 4; 11, 19), que muchas veces han llegado al sacrificio de la propia vida para cumplirla. El mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de Dios, que ha enviado a su Hijo y a su Espíritu porque «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4).

En ese envío misionero están contenidas las tres funciones de la Iglesia en la tierra: el munus profeticum (anunciar la buena noticia de la salvación en Cristo), el munus sacerdotale (hacer efectivamente presente y transmitir la vida de Cristo que salva por los sacramentos) y el munus regale (ayudar a los cristianos a cumplir la misión y crecer en santidad). Aunque todos los fieles comparten la misma misión, no todos desempeñan el mismo papel. Algunos de ellos fueron elegidos por el Señor para ejercer determinadas funciones, como los Apóstoles y sus sucesores, que son conformados por el sacramento del orden con Cristo cabeza de la Iglesia de una forma específica, distinta de los demás.

Porque la Iglesia recibió de Dios una misión salvífica en la tierra para los hombres, y fue dispuesta por Dios para realizarla, se dice que la Iglesia es el sacramento universal de Salvación, pues tiene como fin la gloria de Dios y la salvación de los hombres (cfr. Catecismo, 775). Es sacramento universal de salvación porque es signo e instrumento de la reconciliación y de la comunión de la humanidad con Dios, y de la unidad de todo el género humano. También se dice que la Iglesia es un misterio porque en su realidad visible se hace presente y actúa una realidad espiritual y divina que sólo se percibe mediante la fe.

La afirmación «fuera de la Iglesia no hay salvación» significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por medio de la Iglesia, que es su Cuerpo. Nadie puede salvarse si, habiendo reconocido que ha sido fundada por Cristo para la salvación de los hombres, la rechaza o no persevera. Al mismo tiempo, gracias a Cristo y a su Iglesia, pueden alcanzar la salvación eterna todos aquellos que, sin culpa alguna, ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y, bajo el influjo de la gracia, se esfuerzan en cumplir su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia. Todo cuanto de bueno y verdadero se encuentra en las otras religiones viene de Dios, puede preparar para la acogida del Evangelio y conducir hacia la unidad de la humanidad en la Iglesia de Cristo (cfr. Compendio, 170 y ss.).

2.3. Las propiedades de la Iglesia: una, santa, católica, apostólica

Llamamos propiedades a aquellos elementos que caracterizan la Iglesia. Los encontramos en muchos de los Símbolos de la fe desde épocas muy antiguas de la Iglesia. Todas las propiedades son un don de Dios que conlleva una tarea que cumplir por parte de los cristianos.

La Iglesia es Una porque su origen y modelo es la Santísima Trinidad; porque Cristo –su fundador– restablece la unidad de todos en un sólo cuerpo; porque el Espíritu Santo une a los fieles con la Cabeza, que es Cristo. Esta unidad se manifiesta en que los fieles profesan una misma fe, celebran unos mismos sacramentos, están unidos en una misma jerarquía, tienen una esperanza común y la misma caridad. La Iglesia subsiste como sociedad constituida y organizada en el mundo en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sólo en ella se puede obtener la plenitud de los medios de salvación puesto que el Señor confió los bienes de la Nueva Alianza al Colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro. En las iglesias y comunidades cristianas no católicas hay muchos bienes de santificación y de verdad que proceden de Cristo e impulsan a la unidad católica; el Espíritu Santo se sirve de ellas como instrumentos de salvación, puesto que su fuerza viene de la plenitud de gracia y verdad que Cristo dio a la Iglesia católica (cfr. Catecismo, 819). Los miembros de esas iglesias y comunidades se incorporan a Cristo en el Bautismo y por eso los reconocemos como hermanos. Se puede crecer en unidad: acercándonos más a Cristo y ayudando a los demás cristianos a estar más cerca de Él; fomentando la unidad en lo esencial, la libertad en lo accidental y la caridad en todo; haciendo más habitable la casa de Dios a los demás; creciendo en veneración y respeto por el Papa y la jerarquía, ayudándoles y siguiendo sus enseñanzas.

El movimiento ecuménico es una tarea eclesial por la que se busca restaurar la unidad entre los cristianos en la única Iglesia fundada por Cristo. Es un deseo del Señor (cfr. Jn 17, 21). Se realiza con la oración, con la conversión del corazón, el recíproco conocimiento fraterno y el diálogo teológico.

La Iglesia es Santa porque Dios es su autor, porque Cristo se entregó por ella para santificarla y hacerla santificante, porque el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. Por tener la plenitud de los medios salvíficos, la santidad es la vocación de cada uno de sus miembros y el fin de toda su actividad. Es santa porque da constantemente frutos de santidad en la tierra, porque su santidad es fuente de santificación de sus hijos –aunque en esta tierra se reconocen todos pecadores y necesitados de conversión y purificación–. La Iglesia también es santa debido a la santidad alcanzada por sus miembros que ya están en el Cielo, de modo eminente la santísima Virgen María, que son sus modelos e intercesores (cfr. Catecismo, 823-829). La Iglesia puede ser más santa, a través de la tarea de santidad realizada por sus fieles: la conversión personal, la lucha ascética por parecerse más a Cristo, la reforma que ayuda a cumplir mejor la misión y a huir de la rutina, la purificación de la memoria que remueve los falsos prejuicios sobre los demás, y el cumplimiento concreto de la voluntad de Dios en la caridad.

La Iglesia es Católica –es decir, universal– porque en ella está Cristo, porque conserva y administra todos los medios de salvación dados por Cristo, porque su misión abarca a todo el género humano, porque ha recibido y transmite en su integridad todo el tesoro de la Salvación y porque tiene la capacidad de inculturarse, elevando y mejorando cualquier cultura. La catolicidad crece extensiva e intensivamente a través de un mayor desarrollo de la misión de la Iglesia. Toda iglesia particular, es decir, toda porción del pueblo de Dios que está en comunión en la fe, en los sacramentos, con su obispo –a través de la sucesión apostólica–, formada a imagen de la Iglesia universal y en comunión con toda la Iglesia (que la precede ontológica e cronológicamente) es católica.

Como su misión abarca toda la humanidad, cada hombre, de modos diversos, pertenece o al menos está ordenado a la unidad católica del Pueblo de Dios. Está plenamente incorporado a la Iglesia quien, poseyendo el Espíritu de Cristo, se encuentra unido por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión. Los católicos que no perseveren en la caridad, aunque incorporados a la Iglesia, le pertenecen con el cuerpo pero no con el corazón. Los bautizados que no realizan plenamente dicha unidad católica están en una cierta comunión, aunque imperfecta, con la Iglesia católica (cfr. Compendio, 168).

La Iglesia es Apostólica porque Cristo la ha edificado sobre los Apóstoles, testigos escogidos de su Resurrección y fundamento de su Iglesia; porque con la asistencia del Espíritu Santo, enseña, custodia y transmite fielmente el depósito de la fe recibido de los Apóstoles. También es apostólica por su estructura, en cuanto es instruida, santificada y gobernada, hasta la vuelta de Cristo, por los Apóstoles y sus sucesores, los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro. La sucesión apostólica es la transmisión, mediante el sacramento del Orden, de la misión y la potestad de los Apóstoles a sus sucesores. Gracias a esta transmisión, la Iglesia se mantiene en comunión de fe y de vida con su origen, mientras a lo largo de los siglos ordena su misión apostólica a la difusión del Reino de Cristo sobre la tierra. Todos los miembros de la Iglesia participan, según las distintas funciones, de la misión recibida por los Apóstoles de llevar el Evangelio al mundo entero. La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (cfr. Catecismo, 863).

Miguel de Salis Amaral

Bibliografía

Sobre el Espíritu Santo

Catecismo de la Iglesia Católica, 683-688; 731-741.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 136-146.

Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, 18-V-1986, 3-26.

Juan Pablo II, Catequesis sobre el Espíritu Santo, VIII-XII.1989.

San Josemaría, Homilía El Gran Desconocido, en Es Cristo que pasa, 127-138.

Lecturas recomendadas

Catecismo de la Iglesia Católica, 748-945.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 147-193.

San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia (4-VI-1972), en Amar a la Iglesia, Palabra, Madrid 1986, pp. 13-3

Carta del Prelado (enero 2008)

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Con estas letras, Mons. Javier Echevarría recuerda que los cristianos -respetando la libertad de todos- deben transmitir su fe, con el ejemplo y con la palabra.

Opus Dei -

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Desde el pasado 25 de diciembre, todo nos habla del nacimiento de Cristo, Verbo eterno del Padre, encarnado y nacido de la Virgen María para salvarnos. En los países de tradición cristiana, la piedad popular manifiesta de mil modos la alegría ante este maravilloso Misterio. Muchos hombres y mujeres de buena voluntad, también no cristianos, comparten con los católicos los ideales de paz, justicia y solidaridad evocados por esta fiesta, lo que constituye una prueba más de cómo el mensaje de Cristo responde a las aspiraciones más profundas de las criaturas.

Sin embargo, más allá del despertar de esos anhelos —que tienen su importancia, sobre todo en momentos como los actuales, caracterizados por la falta de paz en muchas naciones y en muchas conciencias—, lo decisivo de la Navidad es el hecho mismo que celebramos. Lo recordaba el Santo Padre, pocos días antes de esta fiesta: en Belén se manifestó al mundo la Luz que ilumina nuestra vida; se nos reveló el Camino que nos lleva a la plenitud de nuestra humanidad. Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene festejar la Navidad? La celebración se vacía. Ante todo nosotros, los cristianos, debemos reafirmar con profunda y sentida convicción la verdad del Nacimiento de Cristo para testimoniar delante de todos la conciencia de un don inaudito que es riqueza no sólo para nosotros, sino para todos[1].

La Navidad nos vuelve a poner ante los ojos la urgencia de colaborar con Cristo en la aplicación de los frutos de la Redención. Buen ejemplo nos dan los pastores de Belén: después de acudir presurosos a la gruta, donde encontraron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre, regresaron a su trabajo habitual llenos de alegría. Volvieron cambiados por dentro, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, y deseosos de comunicar a sus parientes y vecinos la buena nueva; de modo que todos los que lo oyeron, se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho[2]. Y eso que muy probablemente eran, como sucede también ahora, personas retraídas, poco dadas a la conversación.

Cuando alguien experimenta un gozo grande, siente el impulso de comunicarlo a las personas con las que se relaciona. Sucede con mayor motivo cuando se trata de la vida sobrenatural, que Jesús ha traído a la tierra. Es ésta una dicha que no se puede ocultar, porque la vocación cristiana lleva consigo, por su misma naturaleza, vocación apostólica. La alegría de haber sido salvados por Dios no cabe en un corazón solo. Dice San Agustín que quien logra la conversión de un alma tiene la suya predestinada. ¡Pues pensad lo que será traer al camino de Dios, a la entrega, a otras almas! ¡Algo maravilloso! (…). Porque el bien, de suyo, es difusivo. Si yo gozo de un beneficio, necesariamente tendré deseos eficaces de que otros vengan a participar de esa misma felicidad [3].

Sin embargo, en muchos lugares se ha consolidado la falsa idea de que no resulta conveniente hablar a otras personas de las propias convicciones religiosas. Equivale —dicen— a entrometerse en la conducta privada de los demás, atentando a la intimidad de cada uno. Debemos rechazar semejante actitud y estar siempre dispuestos a dar razón de la esperanza de nuestra vocación cristiana[4], con sinceros deseos de que resuene en los oídos de nuestros parientes, amigos y conocidos la buena nueva de la salvación.

No hay que conformarse con el testimonio del ejemplo, porque el ejemplo solo —siendo indispensable— no basta. Recordemos el reproche del Señor a quienes no advertían al pueblo de los peligros de la idolatría: son perros mudos, incapaces de ladrar, somnolientos, tumbados, amigos de dormitar[5].

Hijas e hijos míos, permanezcamos vigilantes para no hacernos acreedores a esa censura del Señor; dejaríamos de ser sal de la tierraluz del mundo[6]. Y eso no debe suceder. ¿Alimentas tu afán apostólico como si fuera un instinto sobrenatural? ¿Cómo pides al Señor que ponga en tus labios la palabra oportuna en tus conversaciones diarias, también en las de carácter profesional y en los ratos de descanso? Hay que hablar a los hombres y mujeres de la divina condescendencia que se ha manifestado con la venida del Hijo de Dios al mundo, y de cómo el Señor espera nuestra colaboración en el anuncio de su mensaje de amor, de vida y de paz.

Hace pocas semanas, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, queBenedicto XVI recomienda meditar a todos los fieles[7]. Entre otros puntos, ese documento recuerda que «estimular honestamente la inteligencia y la libertad de una persona hacia el encuentro con Cristo y su Evangelio no es una intromisión indebida, sino un ofrecimiento legítimo y un servicio que puede hacer más fecunda la relación entre los hombres»[8]. Más aún: «La actividad por medio de la cual el hombre comunica a otros eventos y verdades significativas desde el punto de vista religioso, favoreciendo su recepción, no solamente está en profunda sintonía con la naturaleza del proceso humano de diálogo, de anuncio y aprendizaje, sino que también responde a otra importante realidad antropológica: es propio del hombre el deseo de hacer que los demás participen de los propios bienes»[9].

Naturalmente, en esto como en todo, no sólo respetamos la intimidad y la libertad de los demás, sino que las defendemos; excluimos toda forma de violencia. Muy vivo conservamos el ejemplo y la enseñanza de San Josemaría, que nos señalaba: he defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer[10].

Me ha venido a la memoria la insistencia de nuestro Padre en este punto. Quizá se hizo más frecuente cuando empezó a difundirse en algunos ambientes la idea de que no es necesario tratar de nuestra fe con las demás personas; de que basta el testimonio de la propia conducta. Frente a esa actitud, que podría llegar a paralizar las ansias misioneras de la Iglesia, San Josemaría reaccionaba con fortaleza apostólica. Puntualizaba:es necesario que mis hijos busquen la ocasión de hablar, de comunicar estas maravillas que el Señor nos ha confiado. No basta la presencia, para trabajar cristianamente[11].

Cuando el Concilio Vaticano II se acercaba a su conclusión, nuestro Fundador nos impulsó a poner en práctica las grandes enseñanzas de esa magna Asamblea de la Iglesia; sobre todo, nos invitaba a recordar a la gente, en público y en privado, la llamada universal a la santidad y al apostolado proclamada con fuerza en el Concilio. Nos instaba a mantener con todos —católicos y no católicos, cristianos y no cristianos— una perseverante conversación apostólica fundada en la verdad y en la caridad. Así vivió hasta el final. Me pasan por la cabeza los recuerdos de cómo aprovechaba las ocasiones para servir de este modo a las almas.

Corrían tiempos en los que se aireaba mucho que era mejor no exponer la fe cristiana a las demás personas; algunos incluso concebían el diálogo como un coloquio en el que era preciso dejar de lado las verdades enseñadas por la Iglesia, como si cualquier opinión referente a Dios o a las verdades reveladas fuese igualmente válida y auténtica. En esas circunstancias, partiendo del Evangelio, San Josemaría comentó los múltiples ejemplos de las charlas o predicaciones que Jesucristo mantuvo con sus contemporáneos. Y gozaba al comprobar que de la misma manera se han comportado los cristianos a lo largo de los siglos, siguiendo el ejemplo del Maestro. Los primeros Doce —para predicar el Evangelio— tuvieron una conversación maravillosa con todas las personas a las que encontraron, a las que buscaron, en sus viajes y peregrinaciones. No habría Iglesia, si los Apóstoles no hubieran mantenido ese diálogo sobrenatural con todas aquellas almas. Porque el apostolado cristiano no es más que eso: ergo fides ex auditu, auditus autem per verbum Christi (Rm 10, 17); ya que la fe proviene del oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Jesucristo[12].

En su reciente carta encíclica sobre la esperanza cristiana, el Papa expone con incisividad estas enseñanzas. Partiendo de que el afán de santidad es algo intransferible —nadie puede sustituirnos en la correspondencia personal a la gracia—, Benedicto XVI explica: la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (cfr. 1 Tm 2, 6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser “para todos”, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás[13]. Ahí tiene su raíz la necesidad de comunicar la buena nueva de la salvación a otras almas. Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor[14]. Nos consta con entera seguridad, pues es algo inherente a la llamada recibida, que el Señor desea que incrementemos el apostolado personal de amistad y confidencia, tan característico de los fieles que viven por vocación divina en medio del mundo, y concretamente de quienes se alimentan del espíritu del Opus Dei.

En este mes se cumplen setenta y cinco años del momento en que San Josemaría dio un impulso decisivo a la labor apostólica con la juventud, que venía realizando desde la fundación del Opus Dei. Fue, en efecto, el sábado 21 de enero de 1933, cuando nuestro Padre reunió por vez primera a un pequeño grupo de jóvenes, para dirigirles una charla de formación cristiana.

¡Con qué sentido sobrenatural, con qué ilusión y cariño comenzó nuestro Fundador esa actividad! Sin embargo, como tantas veces rememoró, a aquel primer Círculo acudieron sólo tres muchachos, a pesar de que se había hablado previamente con nueve o diez. San Josemaría no se desanimó. Lleno de fe, confiando en la intercesión de la Virgen y de San José, y encomendando nuevamente esa labor al Arcángel San Rafael y al Apóstol San Juan, impartió a aquellos primeros la bendición con el Santísimo Sacramento. Meditemos despacio sus palabras: al terminar la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor Sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto, porque es una realidad (…). Me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso[15].

Al día siguiente, domingo 22 de enero, tuvo lugar la primera catequesis -medio imprescindible en la labor apostólica con la juventud, y también con otras personas-, a la que concurrieron algunos de los muchachos que trataba nuestro Padre. Fueron a un colegio de las afueras de Madrid, en la barriada de los Pinos, donde les esperaban un montón de niños. Las clases de formación, las catequesis y las visitas a los pobres y enfermos, que nuestro Fundador realizaba desde mucho tiempo antes, han sido y serán siempre un fundamento solidísimo de este apostolado, que es -así se expresaba siempre nuestro Padre- como la niña de nuestros ojos.

Lógicamente, el peso y el gozo de sacar adelante este apostolado recae principalmente sobre los fieles más jóvenes de la Prelatura, y sobre los que tienen confiado especialmente este encargo. Hijas e hijos míos, pensad en la confianza del Señor, que desea poner en vuestras manos —para que las modeléis, como el escultor modela la arcilla— las almas de tantas jóvenes y de tantos jóvenes, que buscan sinceramente el sentido profundo de sus vidas. Preparad bien los Círculos y las clases de doctrina cristiana, pedid al Espíritu Santo que ponga en vuestras palabras una fuerza que arrastre, y lanzaos con decisión a hablar con vuestras amigas, con vuestros amigos, entablando un diálogo apostólico que les lleve hasta Cristo, suaviter et fortiter[16], con suavidad y con fortaleza.

Remueve mucho la insistencia con que Benedicto XVI habla de que hay que invitar a los jóvenes a ser generosos, a acercarse más al Señor, a seguirle. Hagámosle eco al oído de muchos, confiando en la acción del Espíritu Santo y en la capacidad de entregarse al servicio de ideales grandes, que es siempre una característica de la juventud, aunque a veces parezca dormitar en los corazones.

Acudamos con confianza a San Rafael y a San Juan, Patronos de esta labor, y también a San Josemaría, que comenzó este trabajo hace ya tantos años. Tened presente que de este modo estáis —estamos— preparando el futuro de la Iglesia, el porvenir cristiano de la sociedad.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de enero de 2008.

———————————

[1] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 19-XII-2007.

[2] Cfr. Lc 2, 16-20.

[3] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 29-XII-1959.

[4] 1 Pe 3, 15.

[5] Is 56, 10.

[6] Mt 5, 13-14.

[7] Cfr. Discurso en la audiencia general, 19-XII-2007.

[8] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, 3-XII-2007, n. 5.

[9] Ibid., n. 7.

[10] San Josemaría, Conversaciones, n. 44.

[11] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 25-VIII-1968.

[12] San Josemaría, Carta 24-X-1965, n. 13.

[13] Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 28.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 120.

[15] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 19-II-1975.

[16] Cfr. Sb 8, 1.


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