Lo raro de no ser raros

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El modo en que nació la obra (al menos, según se cuenta) exige algunas consideraciones, para intentar conocer no sólo el origen sino también la naturaleza de esta institución, su presente y su posible futuro.

En primer lugar, y por decirlo con la crudeza propia de laicos (que tienen fe, pero que están también convencidos de que la razón es un don divino que no hay que dejar de lado): dejando obviamente al Misterio el lugar que le corresponde, ¿hay motivos humanos para dar crédito a esa narración que atribuye el nacimiento de la institución nada menos que a una explícita iluminación celestial? ¿Se le puede conceder cierto margen de confianza para no descartar a priori los escritos internos, que definen a la Obra como «el resultado de una intervención divina en la historia»?

La Iglesia ha reconocido oficialmente ese origen, después de haber realizado pacientemente las comprobaciones exhaustivas que se requieren en estos casos (recordemos las decenas de miles de páginas de las actas de los sucesivos procesos canónicos sobre el Beato). Este tipo de reconocimiento no es en absoluto irrelevante, como bien saben los activistas antisectas y los oponentes de diverso signo, que dirigen precisamente sobre este punto sus mejores invectivas contra la institución.

En efecto, si la Iglesia se equivocase -confundiendo por ejemplo un alucinado con un místico; o peor aún, un embaucador con un testigo del evangelio-, se crearían tantos problemas que la teología, también la posconciliar, prefiere prevenir y cortar por lo sano. No, no puede equivocarse. En este punto está en juego algo crucial: nada menos que proponer a todos los fieles un «modelo» ejemplar. Por eso, la fe habla de una «especial asistencia del Espíritu Santo», que evita que se puedan cometer errores de ese calibre.

En consecuencia, una vez conocida la decisión papal, quienes rechazaron la beatificación de Escrivá de Balaguer -desde dentro de la Iglesia, se entiende-, deberían haberse callado y, si realmente tenían interés en seguir siendo «católicos», aceptarla.

Uso el condicional, porque no hay que dar por supuesto que ciertos disidentes, aunque sean «gente de Iglesia», conozcan la teología católica. Si la conocen -añaden algunos maliciosos- es sólo para protestar contra ella, sosteniendo que no es «católica», sino únicamente expresión de un arcaico grupo vaticano de poder: la ideología del Sistema, del «papa polaco».

Semejante religiosurn obsequium tiene sentido sólo dentro de una dimensión de fe. Pero, ¿fuera de ella?

Mantengámonos ahora sólo en el plano de los hechos. Un plano que no debe a priori excluir nada, ni siquiera la posibilidad escandalosa de intervenciones por decirlo de algún modo «extraterrestres», en los asuntos del mundo (aunque se trate, como sucede en este caso, de sucesos poco llamativos, que ocurren en la intimidad de la conciencia). En este punto, justo al contrario de lo que se suele suponer, el creyente es mucho más «abierto» que quien no cree: este último, en efecto, está obligado a excluir, por principio, un montón de cosas que no encajan en el esquema teórico y lleno de prejuicios que se ha construido y que ha aceptado de una vez para siempre.

Siguiendo por tanto en el plano objetivo, fáctico, es preciso reconocer que hay suficientes motivos para confiar. En primer lugar, el carácter, la personalidad del testigo que estamos examinando: Josemaría Escrivá. Durante más de medio siglo dio abundantes pruebas de sentido de lo concreto, de realismo, de espíritu emprendedor y de una voluntad de hierro, unido todo esto a un fortísimo celo religioso. Otros muchos santos -como don Bosco, y en general, casi todos los «fundadores», entre los que no se puede dejar de citar al otro ibérico, San Ignacio- comparten estos rasgos de Escrivá, que fue un místico, pero con los pies bien plantados en la tierra; un contemplativo, y al mismo tiempo un organizador. Un hombre espiritual, pero doctor en derecho. Un aragonés, procedente de una familia de comerciantes, empresarios, artesanos, más bien acomodados.

Nada en común, ni siquiera por formación familiar, con los alucinados. Su religiosidad (la suya personal y la que inculcó en la Obra) desconfió siempre de esos devocionalismos estáticos que acuden a visiones, hechos sobrenaturales, profecías sobre el futuro y ostentación de prodigios.

Decía don Josemaría que nunca había dudado, ni siquiera un instante, sobre la verdad del evangelio (su camino no fue el de una conversión, sino el de una profundización cada vez mayor, hasta el extremo, en las exigencias del catolicismo que recibió y aceptó desde niño), porque había recibido el don -son palabras suyas- «de una fe tan gorda que se podía cortar con un cuchillo».

Tuvo siempre una seguridad que no requería de pruebas, pues éstas sólo son necesarias para quien duda secretamente, y no para quien no vacila. Quizá precisamente por esto, fue siempre partidario -y recomendó a los suyos- una naturalidad muy «laica», que le llevó a difundir el cultivo de una «piedad sin beatería».

Escuchemos a un buen conocedor del Opus Dei, Rafael Gómez Pérez, profesor de antropología de la universidad de Madrid, ensayista conocido en los países hispanohablantes, y numerario: «El fundador del Opus Dei utilizaba con frecuencia una expresión para explicar la normal condición civil de los miembros de la Prelatura: “lo raro de no ser raros”. La vida corriente, normal, de los miembros del Opus Dei no lleva a costumbres o a actitudes que, según el estereotipo corriente, entran en la manera de ser de las personas “muy religiosas”. El estilo del Opus Dei no es nada aparatoso, nada “fundamentalista”. En la casa de una persona casada, miembro del Opus Dei, no se encontrarán -si es él o ella quienes pueden decidir- imágenes religiosas por todas partes; a esa casa no irán tampoco con frecuencia sacerdotes, por lo menos no sacerdotes del Opus Dei; las prácticas de vida cristiana como, por ejemplo, el rezo del Rosario, no serán algo impuesto, sino libre». Ya lo aconsejó el mismo Jesús: «cuando recéis, no hagáis como los hipócritas, que aman rezar derechos en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para ser vistos por los hombres» (Mt 6, 5).

Estas líneas se refieren específicamente a los supernumerarios (y a los agregados, como veremos), que viven en sus casas.

Pero no es distinto el «ambiente emocional», como se dice ahora, de los Centros del Opus Dei donde viven los numerarios y las numerarias. Prosigue el mismo Gómez Pérez: «en los Centros del Opus Dei, el estilo, desde el principio, es el de una casa de familia. Como la vinculación al Opus Dei implica una voluntariedad renovada -quien no quiere seguir se va-, el ambiente emocional de un Centro es el de una familia bien avenida».

Por lo que yo he visto, en el Opus Dei -por poner un ejemplo no despreciable- no se da ninguna de esas obsesiones alimenticias, ni esos tabús dietéticos que son una de las señales inequívocas del sectario y del maniaco religioso. A pesar de declararse seguidores de ese Jesús que tuvo que padecer el rigorismo farisaico, con su tormento de establecer qué alimentos eran «puros» y cuáles «impuros»; ese Jesús que comió y bebió libremente, recordando que lo que contamina al hombre no viene de fuera sino de dentro; a pesar de seguir a semejante Maestro de libertad, las infinitas sectas e «iglesias» que se autodenominan cristianas se atormentan, y atormentan a sus seguidores con sus listas de comidas y bebidas «prohibidas» y «lícitas».

Unos admiten la carne y otros la maldicen; algunos precisan con más detalle qué carne sí y qué carne no; hay quien acepta el pescado y quien lo rechaza; algunos beben vino y otros lo excluyen; luego, están los que admiten el vino pero no las demás bebidas alcohólicas… En una «iglesia» concreta (y no de las menos importantes por número de seguidores y por prestigio), se llegó hasta un cisma, al no ponerse de acuerdo sobre si el café, el té y el cacao debían ser consideradas «drogas», en sentido bíblico, y por tanto deberían figurar en el elenco de alimentos proscritos para un cristiano…

Y no hablemos de la aversión, rayana hoy en el histerismo, a una planta que incluso fue sagrada en muchas culturas, y que Jesús -que no pudo llegar a conocerla: faltaban quince siglos para el descubrimento de América- no pudo ni aceptar ni rechazar: el tabaco.

En el Opus Dei, al menos por lo que se refiere a la variedad de alimentos y bebidas, se come y se bebe lo que a uno le da la gana, con la salvedad de las prescripciones aún vigentes de la Iglesia, y el cuidado (confiado a la responsabilidad personal) de la salud, además de la preocupación por conservar la libertad frente a cualquier exceso, gula incluida, que es un precepto válido para todo creyente llamado a seguir la «virtud cardinal» de la templanza.

También en este punto -es preciso reconocerlo-, se busca obedecer al precepto evangélico: «Cuando ayunéis, no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que ayunan (…) Tú, en cambio, cuando ayunes perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que los hombres no adviertan que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto» (Mt 6, 16 y ss.).

Más aún: en el Opus Dei (escándalo máximo para los exaltados «religiosos» y también para tantos bienpensantes «laicos»), fuma quien quiere. En las mesas de los Centros se pueden encontrar esos ceniceros que el pequeño burgués «políticamente correcto» ha expulsado de su casa con horror fanático, desfogando la eterna necesidad de intolerancia no ya con los negros, los judíos, las mujeres o los homosexuales (muy a su pesar, la mentalidad dominante le prohibe hacerlo), sino contra esa única minoría indefensa que queda en el mercado del desprecio, el grupo superviviente de los zafios y malvados fumadores. El cigarrillo es visto como el enésimo sustituto del diablo, padre de todos los males (no hay enfermedad que no se le atribuya: desde la rodilla de lavandera a la pelagra); y se mira a su consumidor como a un poseso del Maligno, envenenador no sólo de sí mismo sino también de niños inocentes, vírgenes pudibundas, ancianos venerables…

Pues bien, para escándalo de los actuales moralistas intolerantes, hay en la vida del beato Escrivá un episodio en apariencia menor pero que me parece altamente significativo.

Lean con atención este suceso: el 25 de junio de 1944, el obispo de Madrid ordena a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Los tres son ingenieros (y el fundador, como sabemos, es un arquitecto frustrado: conviene tener presente esta señal de espíritu concreto, poco dado a los «misticismos»). Estos nuevos sacerdotes podrán aliviar, por fin, el peso que recaía en exclusiva sobre los hombros de don Josemaría: la atención espiritual de los miembros. La misma tarde de la ordenación, el fundador pregunta si alguno de los recién ordenados fuma. No, ninguno fuma.

Entonces, aquel hombre benemérito dio una singular indicación. Esta fue su determinación liberadora: si ninguno de los tres fuma, uno al menos deberá comenzar a hacerlo. Que el Dios de Jesucristo -enemigo de puritanos y de su fariseísmo, que se convierte en «virtud» narcisista y persecutoria- le recompense también por este rasgo encantador, que lo aparta radicalmente de la triste mentalidad de los sectarios, del fanatismo «sanitario» de los gnósticos de siempre, del conformismo de los bienpensantes, de la hipocresía de la subcultura dominante. Hay quizá una parte de verdad en el antiguo refrán según el cual qui vitia odit, homines odit, quien odia los vicios odia a los hombres.

En efecto, Escrivá quiere gente «normal», gente dispuesta a cualquier sacrificio y a todas las renuncias, pero en privado («buscad mortificaciones que no mortifiquen a los

demás», es una de sus enseñanzas), gente que conserve externamente la misma apariencia que sus semejantes. En la España y en todo el Occidente de aquellos años cuarenta, «normalidad» quiere decir que al menos la mitad de la población adulta es fumadora (como se dividían antes, fi fifty, los vagones de tren, espejo de la sociedad). Este hábito debía estar presente también entre los suyos, incluidos los sacerdotes.

El puro, la pipa, el cigarrillo -al menos de vez en cuando- servirán para mostrar que la vida en el Opus Dei no es rara, no es extravagante: es sencillez, normalidad, aun dentro de la radicalidad del compromiso cristiano. Quien asumió el encargo de «aprender» a fumar fue el ingeniero -desde pocas horas antes, «don»- Alvaro Del Portillo: mira por dónde, precisamente el que treinta y un años después sucedería a Escrivá. Y es curioso observar que el hábito adquirido por obediencia -tenía entonces treinta años- no debió disgustarle, ya que (como me dijo alguien que lo ha tratado y lo conoce bien), no hace mucho que el obispo-prelado del Opus Dei decidió dejar de fumar. Es decir, tras muchos años de filial obediencia a la invitación del fundador; para ayudar, también de ese modo, a entender qué es la vida «normal» de quien tiene vocación en esta Obra.

Decía que esta anécdota no me parece en modo alguno insignificante, sino una confirmación de que en la Obra no se da ese clima de fanatismo que favorece, entre otras cosas, fenómenos de credulidad «mística». «Visiones» y «mensajes divinos personales» incluidos.

Este clima en los hombres y mujeres de la Obra, perceptible incluso para un observador ajeno, es el fruto directo del árbol-Escrivá, que prevenía frente a los prodigios. El mismo era el primero en poner en práctica esa indicación de no confiar demasiado, y mucho menos desear, en quién sabe qué milagros, porque el más grande de todos es la vida misma, ese trabajo corriente que el cristiano está llamado a santificar y que santifica precisamente con la tranquila y confortante normalidad de su vida diaria (Forja, número 60: «Siente cada día la obligación de ser santo. ¡Santo!, que no es hacer cosas raras: es luchar en la vida interior y en el cumplimiento heroico, acabado, del deber»).

Es significativo que el Opus Dei, durante la causa de beatificación de su fundador, parece no haber seguido el método tradicional en este tipo de procesos, es decir, la búsqueda a cualquier precio de milagros, prodigios, hechos inexplicables, dones divinos, que el candidato a los altares hubiera protagonizado y recibido en vida. (Otra cosa distinta es el don de intercesión ante Dios, pero post mortem, como se comprueba en los ochenta mil «casos» de gracias, favores, intervenciones de distinto tipo señalados antes, y los otros miles después de la beatificación).

Al examinar las actas del proceso pude comprobar que la investigación se propuso dilucidar no los hechos extraordinarios (siempre presentes, por otra parte, en el fondo de toda perspectiva religiosa), sino la práctica de las virtudes cristianas y humanas, tanto más heroicas por ser cotidianas, ajenas a la ostentación y al espectáculo. Parece como si se quisiera confirmar así que también el fundador fue «normal» (como quería que fuese todo el Opus Dei), aun en la radicalidad de su compromiso evangélico.

Da la impresión, por tanto, de que no se puede desconfiar a priori de la pretensión del Opus Dei, que asegura que el origen de la institución se sitúa en un hecho misterioso. En efecto, este «hecho» inicial está como aislado, y no es el comienzo de una tradición de «prodigios» o, al menos, de cosas extraordinarias. Si hay algo fuera de lo común en la Obra -enemiga jurada de toda ostentación, tanto colectiva como individual: «Gloria Operis Dei summa est sine humana gloria vivere» (la gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana), afirman solemnemente los estatutos oficiales-, debe permanecer escondido, in interiore hominis, en la intimidad de una casa, de una familia, entre las cuatro paredes de un lugar de trabajo.

La fama de secretismo procede, entre otras cosas, de este deseo de evitar cualquier cosa que llame la atención. Por eso, no cuadraría en absoluto que, sin fundamento, proclamaran un «milagro» y ostentaran dones «proféticos».

A esto hay que añadir el retraimiento de Escrivá para hablar de aquel dos de octubre, de aquel 14 de febrero (las mujeres…): sólo en poquísimas ocasiones, a petición de sus hijos, habló de ello, y limitándose a decir que «vio», pero sin entrar en detalles. Más aún, en todas esas ocasiones no dejó nunca de recordar que aquella misión que se abría ante él era, juzgando a lo humano, más una carga que debía aceptar obedientemente, que el premio soñado que coronaba una búsqueda mística personal.

No parece que haya apoyado nunca su autoridad como «fundador» sobre aquel hecho carismático; ni que haya recurrido a él para acrecentar su prestigio, atraer discípulos o afrontar los muchos obstáculos que levantaron en su camino, incluso dentro de la Iglesia. Al contrario: cuando se sintió obligado a hacer referencia a ese suceso -siempre y sólo entre los suyos, y a petición de estos- pedía que se le permitiera pasar por alto algunos pormenores, que no le pidieran demasiado. Hablaba de aquello, en definitiva, como de un «suceso» objetivo que él mismo, con sorpresa, se había visto obligado a aceptar; no como de un privilegio que Dios le hubiera concedido, sobre el que pudiera «elucubrar», aunque fuera de modo espiritual.

Estaba profundamente convencido de que el comienzo de aquella aventura había sido extraordinario; pero, una vez puesto en marcha, pensaba que su deber consistía en llamar la atención sobre lo ordinario, ayudando a la gente a descubrir las escondidas potencialidades de la vida «normal».

Confirma Peter Berglar: «Era extremadamente parco cuando hablaba de las gracias místicas o carismáticas que el Señor le concedía, y que no se agotaron en aquel día de octubre. El que actuara así no sólo era algo completamente natural en él, sino también un síntoma seguro de ser fidedigno. Cualquier comunicación expresa de un encuentro con Dios que haya tenido carácter místico y extraordinario suscita dudas sobre su autenticidad».

En resumen: me parece que hay bastantes elementos para atreverse a señalar que «no es así como se inventa». Hay que excluir la posibilidad de un fraude, por los motivos expuestos (que me parecen evidentes para quien no se empeñe en ser sectario). Los decenios transcurridos desde 1928 están ahí para testimoniarlo: tse puede engañar durante medio siglo?, ¿y con qué fin? En efecto, no es así como se comportan los alucinados. El Opus Dei -representado por el presunto «visionario»: enérgico, pragmático, realista, paciente, tanto como para darle como símbolo un burro atado a la noria- no es el tipo de institución que tiene su origen en fenómenos alucinantes o en ilusiones místicas.

Ya advertí al comienzo de estas páginas que no soy proclive a las hipócritas abstenciones de juicio. Si mi opinión les interesa, no tengo dificultad en darla. Para el escriba que se enorgullece de presentarles este informe, aquella mañana, en la madrileña calle de García de Paredes (y después, pocos meses más tarde, aquella otra mañana en la calle Alcalá Galiano, en la capilla de la marquesa de Onteiro), la historia de la Iglesia sufrió un viraje imprevisto e imprevisible. Y con ella, el mundo. «Algo» sucedió entonces, y no por iniciativa humana.

Esta es mi opinión. Pero eso no importa mucho. Lo que sí importa es que así piensa una multitud de personas que va creciendo, año tras año, siguiendo al curita joven que -cuando recibió el encargo, con sólo 26 años, de eso que ni esperaba ni deseaba- no tenía más que «gracia de Dios y buen humor».

Para lectores con experiencia, no hace falta explicar con mucho detalle qué puede significar para esa masa de hombres y mujeres la persuasión de participar en un proyecto que Dios mismo ha querido, cuyos confines son el mundo entero y su término el fin mismo de la historia.

Probablemente, el grito de los cruzados era ilusorio: Deus vult! La historia trágica que siguió y que -después de un par de siglos de sangre y fatigas, de heroísmos y de miserias, de sacrificios y de codicia- acabó en fracaso, pareció demostrar (por lo que está a la vista de los ojos humanos) que, en realidad, Deus non volebat. Aquí, en cambio, todo parece mostrar -al menos para quien lo contempla desde una perspectiva de fe- que esta vez no se trata de una ilusión: que el Dios cristiano, hacia el final del Segundo Milenio, habría querido una «obra» que fuese «suya», llamando a hijas e hijos en todas partes del mundo para que participaran en ella.

Importan poco, entonces, el escepticismo, las perplejidades, las ironías, los reparos y las negaciones de los de «fuera». Lo que importa es la certeza de los de «dentro»: esa es la fuente de energía que alimenta, con un impulso extraordinario, los motores de este panzer (usando de nuevo la afectuosa y admirada metáfora de don Giussani).

En cualquier caso, puedo garantizarles que, al menos por lo que he intuido y visto, ningún «fanatismo» al estilo de los cruzados puede achacarse a la Obra. Ninguno de sus miembros piensa en grabar a fuego en bandas ni estandartes una reedición de cualquier Gott mits uns de infausta memoria. Entre otras cosas, porque no existen: precisamente para evitar triunfalismos e orgullos colectivos, el Opus Dei no tiene un escudo oficial, ni tampoco un nombre para designar al conjunto de sus miembros: «opusdeístas» es una palabra inventada por «extraños», que no gusta a los de dentro.

No hay, pues, ni rastro de fanatismo. Al menos, por lo que un observador ajeno a la Obra puede ver: confieso que mi celo investigador no ha llegado hasta el punto de introducir grabadoras encondidas en las habitaciones «secretas», ni a practicar el espionaje a través de las cerraduras.

En el Opus Dei, hay rasgos que lo distinguen de actitudes propias de las sectas, como el rechazo de los tabús alimenticios y de las obsesiones maniacas contra presuntas «drogas» como alcohol, café, tabaco, cacao. Entre estos rasgos, destaca la ausencia de exaltación. La mentalidad sectaria, en efecto, siempre emplea como carburante la excitación acrítica en su defensa de la «causa» y en la afirmación del grupo. (A este propósito, es significativa una anotación de Surco, número 870: «Con la polémica agresiva, que humilla, raramente se resuelve una cuestión. Y, desde luego, nunca se alcanza esclarecimiento cuando, entre los que disputan, hay un fanático»).

En mi viaje por el interior del Opus Dei no encontré fanáticos (si los hay, me los deben haber ocultado cuidadosamente). Por el contrario, he visto cristianos que, a diferencia de cierta intelligenzia clerical de ahora, no consideran como una enfermedad el razonado entusiasmo por el descubrimiento de los horizontes de la fe. Son personas decididas a intentar vivir esa fe; y a proponer a otros, comenzando por los más próximos, la alegría que han experimentado. Y sobre esto no tienen intención de claudicar. Escuchen el número 131 de Forja: «Sería una falsa caridad, diabólica, mentirosa caridad, ceder en cuestiones de fe (…) No es fanatismo, sino sencillamente vivir la fe: no entraña desamor para nadie. Cedemos en todo lo accidental, pero en la fe no cabe ceder…».

En definitiva, me he encontrado con cristianos convencidos de que haber sido llamados por la gracia de Dios (pues para entrar se requiere una «vocación») a formar parte de una aventura nacida no de un proyecto humano sino de una voluntad divina, es un gran privilegio al que hay que corresponder con el máximo empeño, día tras día.

Esta energía poderosa no es ajena, sino que está esencialmente unida a la certeza de que el 2 de octubre de 1928 Dios dio uno de sus imprevisibles golpes de gong, haciendo «ver» a un joven en un lugar remoto e insignificante lo que deseaba que se llevara a cabo.

Esta es la certeza que anima a la Obra, esta es la certeza que ninguna dialéctica humana puede deformar (sin ser irracional en sí misma, porque va más allá de cualquier razón, y se apoya sobre la roca de la fe). Y esta certeza ha sido confirmada por el mismo Cristo con la mano de su vicario en la tierra que, para los católicos, es el Papa. Esta es, a mi juicio, una de las razones que justifican mi previsión: habrá no poco Opus Dei en el futuro de la Iglesia.

No sólo por la granítica motivación «sobrenatural» que impulsa a sus miembros, desde el Prelado al más anónimo de los supernumerarios; sino también porque lo que el joven español «vio» es de tal categoría que puede asegurarse -desde una perspectiva no sólo cristiana sino probablemente también humana- un desarrollo ilimitado: el «mar sin orillas» del que hablan «dentro».

Pero, ¿qué es lo que vio aquel joven en la fiesta de los Santos Angeles custodios de 1928?

Ha llegado el momento de pasar de los «modos» (y la posibilidad) de aquel suceso a informar sobre los contenidos.

Cómo era el Padre

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Usted ha vivido cuarenta años junto al Padre. Soy consciente de que es prácticamente imposible describir una personalidad tan rica en cualidades humanas y dones sobrenaturales como la del Fundador del Opus Dei. Pero, por otra parte, ¿quién, fuera de usted, podría ofrecer un retrato lo menos incompleto posible?

–Su personalidad era tan rica de facetas que difícilmente puede describirse mediante esquemas generales. Además, había recibido tantas gracias del Señor que, al examinar su conducta, resulta difícil distinguir entre las cualidades naturales de su carácter y lo que es consecuencia de la gracia de Dios y la lucha ascética. He dicho intencionadamente “distinguir” y no “separar”, porque uno de los rasgos fundamentales de su personalidad era la perfecta unidad, la plena compenetración entre los aspectos humanos, apostólicos y ascéticos de su vida. Sería imposible diferenciarlos.

Nos enseñó siempre que las virtudes humanas son el fundamento de las sobrenaturales: quienes han tenido la suerte de vivir a su lado han visto realizada en su comportamiento aquella unidad de vida que predicaba con tanta pasión.

Para trazar un cuadro de conjunto, se podría decir que, ya fuera por sus virtudes o por sus dotes naturales –inteligencia, simpatía, carácter–, el Padre tenía la perfección del instrumento preparado por el Señor para la misión de fundar el Opus Dei.

Para comprender el carácter de nuestro Fundador es preciso tener presente una cualidad fundamental, que penetra todas las demás: la entrega a Dios y a las almas por Él; la disponibilidad para corresponder generosamente a la Voluntad del Señor. Este fue el norte de toda su vida. Como hombre enamorado, había descubierto el secreto que describió en el punto 1006 de Forja: Veo con meridiana claridad la fórmula, el secreto de la felicidad terrena y eternal: no conformarse solamente con la Voluntad de Dios, sino adherirse, identificarse, querer –en una palabra–, con un acto positivo de nuestra voluntad, la Voluntad divina. –Este es el secreto infalible –insisto– del gozo y de la paz.

Su entrega no era fría, “oficial”. Brotaba del amor y por eso se traducía en muestras sinceras de cariño y comprensión: tenía un corazón grande y noble. Estaba abierto a todos. Amaba el mundo apasionadamente, porque había sido creado por Dios. Le atraían todas las realidades humanas. Leía los periódicos, veía el telediario, le gustaban las canciones de amor, rezaba por los astronautas que iban a alcanzar la Luna… Era muy afable, sabía dar confianza y acoger a los demás.

A propósito de canciones: al Fundador le gustaba oír cantar, y refiriéndose a los viajes apostólicos realizados para preparar la “prehistoria” del Opus Dei en distintos países, afirmaba que había sembrado Europa de Avemarías y canciones…

–Sí, cantaba muy a menudo, con aquella voz suya de barítono, tan afinada y agradable. No era un hombre hosco, distanciado; al contrario, rebosaba humanidad, cordialidad, alegría. Nos enseñó que una sonrisa es, muchas veces, la mejor mortificación, porque nuestras mortificaciones nunca deben molestar a los que están a nuestro alrededor. Y fue por delante cumpliendo fielmente esta enseñanza. Su vida de oración y de penitencia, lejos de entristecer a los demás, infundía un auténtico gozo sobrenatural y humano a los que estaban a su lado.

Volvamos al temperamento del Padre…

–Puedo asegurar que su vida fue paradigma de hombre que sabe querer con todo el corazón y que desea servir a los demás y hacerles felices.

Estaba dotado de una inteligencia rápida y aguda, complementada por una cultura nada común y abierta a todas las ramas del saber, una destacada mentalidad jurídica y un notabilísimo gusto estético. Su personalidad humana era vigorosa y recia; su temperamento, valiente e impetuoso, fuerte y enérgico, y supo adquirir pleno dominio de sí mismo. Más de una vez me contó lo que le sucedió cuando era un sacerdote joven. Por un grave contratiempo había perdido un momento la serenidad: Me enfadé… y después me enfadé por haberme enfadado. En aquel estado de ánimo, caminaba por una calle de Madrid y se tropezó con una de esas máquinas automáticas que hacían seis fotos de carnet por unas monedas: el Señor le hizo comprender que tenía al alcance de la mano una buena ocasión para humillarse y recibir una lección ascética sobre la alegría. Entró en la cabina y se hizo las fotografías: ¡Estaba divertidísimo con la cara de enfado! Después rompió todas menos una: La llevé en la cartera durante un mes. De vez en cuando la miraba, para ver la cara de enfado, humillarme ante el Señor y reírme de mí mismo: ¡por tonto!, me decía.

El Fundador nos ha enseñado la corrección en el vestido, y una cierta elegancia según las circunstancias sociales de cada uno. Es un modo “secular” de entender la pobreza en este campo, en el que también fue por delante.

–Solía tener dos sotanas, que utilizaba en días alternos para que le durasen más; pero en algún periodo, por ejemplo, entre 1941 y 1944, no tuvo más que una, y así, cuando era preciso repasarla, no le quedaba más remedio que encerrarse en su habitación hasta que su hermana Carmen terminaba de coserla. También alguna vez en Roma tuvimos que pedir a sus hijas que la repasaran mientras esperaba en su habitación, en mangas de camisa.

Todas las noches cepillaba con cuidado el polvo de la sotana y, si tenía alguna mancha, la limpiaba con un poco de agua: yo le he ayudado muchas veces en esta operación, sosteniendo la tela. Cuando hacía falta lavarla, la pasaba a sus hijas que trabajaban en la Administración de la casa. Por eso le duraban tanto tiempo.

Hasta la fundación del Opus Dei, el Padre tenía la ropa sacerdotal necesaria tanto para invierno como para verano: cada año –cuando estaba todavía en Zaragoza–, se ponía la ropa de invierno el doce de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar, y el siete de marzo, entonces fiesta de Santo Tomás, la de verano. Esto significa que pasaría calor en octubre, y frío en marzo y abril. Desde la fundación del Opus Dei en adelante, como otro signo de sobriedad y pobreza, decidió usar las mismas prendas todo el año.

No le gustaba llevar camiseta, y esto desde que era niño. Pero estando en Turín el 27 de noviembre de 1949, pescó un fuerte resfriado por el intenso frío. Le compré entonces una de lana y le rogué que se la pusiera. Accedió, pero, como no estaba acostumbrado a llevarla, le cortó las mangas. Años después, para combatir el reumatismo, los médicos le prescribieron que usase rodilleras: nuestro Fundador empleó entonces aquellas mangas como “rodilleras”.

Padre, algún otro detalle de su vida cotidiana…

–El Padre amaba la limpieza y el aseo personal, pero no usaba ningún tipo de perfume, convencido de que para un sacerdote el mejor olor es no oler a nada; sólo al cabo de los años aceptó nuestro consejo de emplear un agua de lavanda para desinfectar eventuales cortes al afeitarse.

Durante muchos años se cortaba el pelo en casa con nuestra ayuda; en un momento determinado, quiso comprar uno de esos peines con cuchilla pensados expresamente para cortarse el pelo uno mismo. Pero acabamos aconsejándole que recurriera al peluquero, porque el pequeño ahorro económico no compensaba los resultados tan poco satisfactorios.

Como estaba heroicamente desprendido de sí mismo, no tenía nada superfluo. Por ejemplo, desde los años cuarenta hasta 1970 usó siempre las mismas gafas, aunque eran de un modelo bastante anticuado. Se decidió a cambiarlas por la insistencia de don Javier Echevarría y mía.

Desde 1953 el Padre dormía, en la Sede Central, en una habitación pequeña y fría con el pavimento de baldosas. Un día de 1973, al levantarse por la mañana, se cayó al suelo y estuvo algunos instantes sin conocimiento sobre las frías losas. Cuando lo supe, me preocupé, por su predisposición a las enfermedades bronquiales: poco tiempo antes le había sucedido algo similar a un cardenal de la Curia Romana, el Cardenal Larraona, quien contrajo una pulmonía y murió repentinamente. Por eso, aprovechando un viaje de nuestro Fundador, en 1974 revestimos el suelo de moqueta. A su regreso se molestó, porque habíamos tomado aquella iniciativa sin que lo supiera, y sólo la aceptó cuando le dijimos que lo habíamos hecho por consejo del médico.

Sé que el Padre no fumaba. Lo había dejado cuando entró en el seminario, y regaló el tabaco y las pipas al portero.

Sin embargo, vivió siempre con personas que fumaban, sin quejarse nunca. Es más, si recibía como regalo de alguna visita una caja de puros, los guardaba para los demás. Los dejaba en un armario empotrado de su dormitorio con un frasco de agua al lado, que iba sustituyendo periódicamente, para que no perdiesen humedad. Los días de fiesta los llevaba a la tertulia, después de comer, con gran alegría, y dejaba encendida una vela fina para que los fumadores pudieran prender sus cigarros.

Estas anécdotas traducen la sencillez, la delicadeza, el espíritu de servicio, el orden y el buen humor del Padre. Y, ya que hablamos de su vida cotidiana, ¿sería posible trazar el esquema de una de sus jornadas habituales?

–En realidad, no se puede hablar de una jornada “habitual”, porque su actividad se organizaba siempre en función de lo que el Señor le pedía: servir a todas las almas por amor. Lo verdaderamente habitual para nuestro Fundador era la disponibilidad de secundar en todo momento el querer divino.

Es verdad que a lo largo de su existencia terrena se sujetó a un plan de vida que tenía puntos de referencia intocables: la oración mental, la Santa Misa, el rezo del Breviario y del Santo Rosario, y otras prácticas de piedad. De hecho, y contrariamente a lo que podría pensar quien le hubiera escuchado hablar tan sólo de la santificación del trabajo, sin conocer bien el espíritu del Fundador de la Obra, repetía constantemente esta verdad fundamental: El arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración, y tenemos alma contemplativa.

Aun conservando estos puntos esenciales, la jornada del Padre tuvo características muy diferentes según las distintas épocas: por ejemplo, sus jornadas de los años treinta, cuando desarrollaba una intensa y directa actividad pastoral por los barrios de Madrid, eran muy diferentes de las de los años sesenta, en Roma, cuando su ocupación fundamental era el gobierno y la atención al desarrollo del Opus Dei.

Hablemos entonces de una jornada–tipo del Padre, en Roma, durante los últimos años.

–Al final de los años sesenta, el Padre, obedeciendo a lo que le habían prescrito los médicos, descansaba todas las noches entre siete horas y media y ocho: era tan fiel a la indicación recibida que, aunque se despertaba mucho antes, no se levantaba de la cama hasta que no se lo decía uno de sus Custodes, don Javier Echevarría; el otro Custos era yo. Antes de recibir esta prescripción médica, tenía la costumbre de levantarse en cuanto se despertaba, o apenas sonaba el despertador, aunque hubiera dormido sólo dos o tres horas: nunca se quedaba en la cama más del tiempo previsto, ni durmió jamás la “siesta”. Para no darnos preocupaciones, no le gustaba hablar de sus largas horas de insomnio, que pasaba haciendo oración. Siempre me he divertido cuando alguno le preguntaba por la mañana si había descansado bien; el Padre respondía con frecuencia: Muchas gracias, igualmente; así daba la impresión de que contestaba a la pregunta, pero, de hecho, la eludía.

En cuanto se despertaba, vivía el minuto heroico: saltaba de la cama y besaba el suelo, pronunciando como jaculatoria un vibrante Serviam! Ofrecía toda su jornada al Señor, y hacía la señal de la cruz sobre su frente, sobre los labios y sobre el pecho, mientras repetía: Todos mis pensamientos, todas mis palabras y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera, por amor. Besaba también el crucifijo y la imagen de la Virgen que tenía sobre la mesilla de noche.

Mientras se afeitaba solía repetir las oraciones que había aprendido en su infancia de labios de sus padres. Muchas veces, sobre todo a partir de los años cincuenta, en que ya tuvo una habitación personal, rezaba estas oraciones en voz alta, e incluso cantando. Después del aseo personal se preocupaba de dejar bien limpio el baño, arreglar la habitación y de que todo quedase en orden, por delicadeza con las personas que se ocupaban de las tareas del hogar, y para facilitarles su trabajo.

Acto seguido, continuando con la oración mental que había hecho mientras estaba despierto, en la cama, hacía otra media hora como preparación inmediata para la Santa Misa. A veces dirigía la meditación en voz alta para los que estábamos en el oratorio; debo decir que todos esperábamos, como un gran regalo del Señor, los momentos en los que el Padre, por decirlo así, nos abría su alma y nos confiaba, en la presencia de Dios, detalles de su vida interior. Pero la mayor parte de las veces, sobre todo en los últimos años, utilizaba los libros de Meditaciones escritos por indicación suya.

En cuanto a la Santa Misa, habría que extenderse mucho más…

Sobre este tema me reservaría una pregunta específica para cuando hablemos de la vida sacramental del Padre.

Conforme, lo dejamos para entonces. Su desayuno era frugal y rápido, de acuerdo con su profundo espíritu de mortificación y la severa dieta que los médicos le habían impuesto desde que le diagnosticaron la diabetes. Se limitaba a una taza de café con leche sin azúcar, y sin pan, y a una fruta, generalmente una manzana o una pera. Mantuvo este régimen después de curarse de la diabetes, sustituyendo la fruta por un pequeño trozo de pan. Siempre era café poco cargado, y la leche, descremada.

Después del desayuno, el Padre dedicaba unos minutos a la lectura del periódico. Antes, dividía las páginas en dos mitades, y me las iba pasando a mí, que desayunaba a su lado. Se notaba que, mientras leía, rezaba por tantos problemas del mundo y de la Iglesia. En los últimos años, se puede decir que prácticamente no conseguía leer el diario porque, muchas veces, le sucedía que, nada más empezar, prescindía inmediatamente de las noticias, y su mente se sumergía por completo en Dios: apoyaba la frente sobre la palma de la mano derecha, cerraba los ojos y rezaba, aprovechando que estaba a solas conmigo. Mirándole, y viéndole tan absorto en Dios, yo también rezaba.

Tras el Breviario, que solía recitar condon Javier Echevarría y conmigo, antes de empezar a trabajar, el Padre dedicaba un tiempo a la lectura meditada del Nuevo Testamento. Con frecuencia anotaba alguna frase, nada más leerla, y la utilizaba en la predicación, en sus escritos, o en la oración mental de la tarde, etc. Tengo la certeza de que siempre sacaba por lo menos una consideración para meditarla durante el día en la presencia de Dios.

La mañana de trabajo comenzaba normalmente con el despacho de asuntos relacionados con el gobierno del Opus Dei. En este trabajo de gobierno, nuestro Fundador veía siempre almas detrás de los papeles. Para mantenerse en la presencia de Dios se valía de algunas “industrias humanas”; por ejemplo, miraba frecuentemente al crucifijo de la pared o a la imagen de la Virgen que estaba en su escritorio. Me impresionó siempre el cariño con que besaba esta imagen cuando yo la hacía caer, sin darme cuenta, al cambiar de sitio alguna cosa.

Después venía el tiempo del correo. Al Padre le gustaba abrir los sobres personalmente, aunque después me los pasaba a mí –y en los últimos años también a don Javier–, para que le ayudase a leer el contenido. Separaba las cartas relacionadas con el gobierno, dirigidas al Consejo General, de las personales. En cuanto a estas últimas, si advertíamos que alguna era confidencial, se la devolvíamos inmediatamente, sin leerla. Estoy seguro de que el Padre no leyó ninguna carta sin rezar por la persona que la había escrito, y por el problema que se le exponía.

Terminada la lectura del correo, rezaba el Angelus al mediodía. Constituía un momento importante de su jornada, porque además de ser una conversación filial con la Virgen, marcaba el tiempo en que su devoción eucarística cambiaba de signo: hasta entonces había pasado la mañana dando gracias a Dios por la Misa que había celebrado; a partir del Angelus comenzaba a prepararse para la Misa que celebraría al día siguiente.

A continuación iniciaba el espacio dedicado a recibir a las numerosas personas que acudían, a veces desde países muy lejanos, para visitar a nuestro Fundador y recibir su estímulo y sus consejos. Dispuso que, salvo algún caso excepcional, cada visita durase diez minutos: en parte, por motivo de orden, ya que eran muchos los que deseaban conocerle; y en parte, por mortificación, para evitar entretenerse más con las personas cuya compañía, por la razón que fuese, le resultaba más grata. Naturalmente, cuando era oportuno, el Padre dedicaba el tiempo que hiciera falta y no dudaba en quedar de nuevo para otra entrevista.

Después de despedirse de la última visita con una bendición sacerdotal y paterna, rezaba con los miembros del Consejo General las Preces de la Obra: como es costumbre en el Opus Dei, besaba el suelo diciendo Serviam! y renovaba interiormente el ofrecimiento de obras que había hecho por la mañana; después rezaba las invocaciones de alabanza y súplica a la Trinidad, a Jesucristo, a la Virgen, a San José y a los Ángeles Custodios; rezaba por el Papa y por el obispo de la diócesis –cuando estaba fuera de Roma–, por la unidad en el apostolado, por los benefactores de la Obra, por sus hijos y por los difuntos, y terminaba con una oración y seis invocaciones a los Patronos del Opus Dei: tres Arcángeles y tres Apóstoles.

Al final de las Preces, el Padre hacía un breve examen de conciencia sobre la mitad de la jornada transcurrida y consideraba, en particular, cómo había cumplido el propósito formulado en el examen de conciencia de la noche anterior. Si se daba cuenta de que aquella mañana había algo por lo que debía pedir perdón a alguien, actuaba con rapidez, buscando inmediatamente al interesado.

Normalmente comíamos con el Padre sólo don Javier Echevarría y yo, por la sencilla razón de que no quería obligar a sus hijos más jóvenes, que seguramente necesitaban comer más, pues era muy austero en las comidas. También por este motivo, cuando tenía invitados, se las ingeniaba para no hacer notar su frugalidad, y no desairar a los otros comensales. En el almuerzo, como en el desayuno, seguía la dieta prescrita por los médicos, pero, además, procuraba añadir a cada plato el condimento de la mortificación. De primero, tomaba verdura cocida y sin sal. De segundo, un poco de carne o de pescado, generalmente a la plancha, con un mínimo de guarnición. De postre, fruta. No probaba el pan ni el vino, y bebía uno o dos vasos de agua, por expresa indicación médica, pues, por su parte, tendía a mortificar severamente la sed. También por mortificación, nunca empezaba a comer hasta que nos habíamos servido don Javier Echevarría y yo.

Después del almuerzo el Padre hacía la Visita al Santísimo. Luego pasaba un rato, treinta o cuarenta minutos, charlando con sus hijos: era una costumbre que nuestro Fundador practicó siempre, a diario, desde que los miembros del Opus Dei comenzaron a vivir en familia en nuestros Centros, e indicó expresamente que se viviera en todos los Centros de la Obra. En el ambiente sencillo y acogedor del cuarto de estar, como sucede en toda familia cristiana, la conversación discurría sobre los sucesos cotidianos, y anécdotas apostólicas, o también temas divertidos; el Padre aprovechaba para formar en nosotros un criterio doctrinal seguro, para dar tono sobrenatural a las noticias del día, y hacer descansar a sus hijos. En muchas ocasiones nos abría confidencialmente su alma, y transmitía su espíritu, mejorando la formación espiritual de quienes le escuchaban. Me ha admirado siempre ver cómo se entregaba el Padre en estas reuniones, completamente olvidado de sí mismo, incluso cuando se encontraba agotado por el cansancio, las noches de insomnio o por haber sufrido una dura contrariedad.

Después de este rato de familia hacía la lectura espiritual, preferentemente con tratados clásicos de ascética, y volvía otra vez al trabajo: no le gustó nunca la siesta, hasta el punto de disponer que los miembros de la Obra no la hiciesen salvo por prescripción médica. A primera hora de la tarde continuaba la tarea de la mañana, y era muy frecuente que llamase a algún miembro del Consejo General para estudiar juntos algún asunto concreto. Dedicaba mucho tiempo a escribirnos cartas, bien en retazos de la mañana o en las primeras horas de la tarde.

Durante el tiempo de trabajo que precedía a la media hora de oración de la tarde, se preparaba interiormente para esta cita con el Señor. Después, antes de volver a las ocupaciones interrumpidas, la merienda, que consistía en un vaso de agua y una pieza de fruta, que con frecuencia dividía con don Javier o conmigo.

Todos los días recitaba y meditaba las tres partes del Rosario: las distribuía oportunamente a lo largo de la jornada, y terminaba con la parte del día, junto con las letanías lauretanas, después de la oración y la merienda.

La cena era aún más frugal que el almuerzo: un plato de menestra, de caldo o de verdura, sin pan; en los últimos años el médico le mandó tomar también un poco de queso, o una tortilla, además de fruta.

Después de la cena, el Padre veía a veces el telediario. También en estos momentos se valía de algunas “industrias” para vivir la presencia de Dios: por ejemplo, cuando aparecía sobre la pantalla la carátula del programa, con la imagen del globo terráqueo girando sobre su eje, aprovechaba para rezar por la evangelización de la Iglesia en todo el mundo, y por el trabajo apostólico del Opus Dei. Puedo afirmar que, especialmente en los últimos años, el Padre rezaba con mucha intensidad mientras veía las noticias de la televisión: encomendaba al Señor los sucesos que se comentaban y pedía por la paz del mundo.

Después del telediario volvía a su trabajo hasta las nueve y media. A esta hora pasaba otro rato con sus hijos en una tertulia familiar como la del mediodía. Al terminar, antes de salir de la habitación, se paraba un instante en la puerta, de modo casi imperceptible, para “dejar pasar a sus dos ángeles”: era un pequeño detalle que pasaba inadvertido a los demás y que muestra cómo vivía el trato con su ángel custodio y su arcángel ministerial. No era un gesto teatral, pues hacía falta estar muy atento y al corriente del “secreto”, para darse cuenta.

Inmediatamente después de esta tertulia con sus hijos, se retiraba en profundo silencio para hacer el examen de conciencia y rezar las últimas oraciones. Antes de acostarse recitaba a diario el salmo Miserere, postrado en tierra: después, de rodillas con los brazos en cruz, tres Avemarías, pidiendo la pureza para todas las almas, y especialmente para sí, y para sus hijos del Opus Dei. Solía meter en el bolsillo del pijama un crucifijo, que besaba repetidamente antes de dormirse, mientras repetía jaculatorias, comuniones espirituales, etc., o acompañaba con la imaginación al Señor presente en los tabernáculos de lugares lejanos.

Maestro, Sacerdote, Padre

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Conferencia inaugural del Congreso La grandeza de la vida ordinaria, con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma, 8-I-2002. Publicada en La grandezza Della vita quotidiana. Vocazione e missione del cristiano in mezzo al mondo, Edizioni Università della Santa Croce, Roma 2002, pp. 67-89.

Introducción

1. Virtudes humanas

2. Optimismo y esperanza

3. Unidad de vida

4. Amor a la libertad

5. La grandeza de la vida corriente

La Ascensión

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y, al verlo, le adoraron; pero otros dudaron. Y acercándose Jesús les habló: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt 28, 16-20)

Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.

Y después de decir esto, mientras ellos miraban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. (Hechos 1, 8-9)

“Cristo ha subido a los cielos, pero ha trasmitido a todo lo humano honesto la posibilidad concreta de ser redimido. (…) No me cansaré de repetir, por tanto, que el mundo es santificable; que a los cristianos nos toca especialmente esa tarea, purificándolo de las ocasiones de pecado con que los hombres lo afeamos, y ofreciéndolo al Señor como hostia espiritual, presentada y dignificada con la gracia de Dios y con nuestro esfuerzo. En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el Bautismo, es la corredención. Nos urge la caridad de Cristo[i], para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas. (…)

Tenemos una gran tarea por delante. No cabe la actitud de permanecer pasivos, porque el Señor nos declaró expresamente: negociad, mientras vengo[ii]. Mientras esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su Reino, no podemos estar cruzados de brazos. La extensión del Reino de Dios no es sólo tarea oficial de los miembros de la Iglesia que representan a Cristo, porque han recibido de El los poderes sagrados. Vos autem estis corpus Christi [iii], vosotros también sois cuerpo de Cristo, nos señala el Apóstol, con el mandato concreto de negociar hasta el fin.

Queda tanto por hacer. ¿Es que, en veinte siglos, no se ha hecho nada? En veinte siglos se ha trabajado mucho; no me parece ni objetivo, ni honrado, el afán de algunos por menospreciar la tarea de los que nos precedieron. En veinte siglos se ha realizado una gran labor y, con frecuencia, se ha realizado muy bien. Otras veces ha habido desaciertos, regresiones, como también ahora hay retrocesos, miedo, timidez, al mismo tiempo que no falta valentía, generosidad. Pero la familia humana se renueva constantemente; en cada generación es preciso continuar con el empeño de ayudar a descubrir al hombre la grandeza de su vocación de hijo de Dios, es necesario inculcar el mandato del amor al Creador y a nuestro prójimo”.

Es Cristo que pasa, 120-121

“Nunca hablo de política. No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político–religiosa –sería una locura–, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está –en circunstancias que no dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del resultado de las cambiantes situaciones históricas–, sepa dar testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa.

El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará –bien fuerte– la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio”.

Es Cristo que pasa, 183

La Resurrección

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos.

Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Ioh 20, 19-23).

Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. No temáis, con esta invocación saludó un ángel a las mujeres que iban al sepulcro; no temáis. Vosotras venís a buscar a Jesús Nazareno, que fue crucificado: ya resucitó, no está aquí [i]. Haec est dies quam fecit Dominus, exsultemus et laetemur in ea; éste es el día que hizo el Señor, regocijémonos[ii].

El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti[iii]. había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres[iv].

Cristo vive en su Iglesia. “Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré” [v]. Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad.

De modo especial Cristo sigue presente entre nosotros, en esa entrega diaria de la Sagrada Eucaristía. Por eso la Misa es centro y raíz de la vida cristiana. En toda misa está siempre el Cristo Total, Cabeza y Cuerpo. Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso. Porque Cristo es el Camino, el Mediador: en El, lo encontramos todo; fuera de El, nuestra vida queda vacía. En Jesucristo, e instruidos por El, nos atrevemos a decir —audemus dicerePater noster, Padre nuestro. Nos atrevemos a llamar Padre al Señor de los cielos y de la tierra.

La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo.

Cristo vive en el cristiano. La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado. Somos hombres y mujeres, no ángeles. Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa. Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos: porque así como por un hombre vino la muerte, por un hombre debe venir la resurrección de los muertos. Que así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados [vi].

La vida de Cristo es vida nuestra, según lo que prometiera a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él[vii]. El cristiano debe –por tanto– vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus[viii], no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí.”

Es Cristo que pasa, 102-103

La oración de Jesús

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí oraba. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él; y, cuando lo encontraron, le dijeron: Todos te buscan (Mc 1, 35-37) .

Sucedió en aquellos días que salió al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió a doce entre ellos, a los que denominó Apóstoles (Lc 6, 12-13) .

“Es muy importante –perdonad mi insistencia– observar los pasos del Mesías, porque El ha venido a mostrarnos la senda que lleva al Padre. Descubriremos, con El, cómo se puede dar relieve sobrenatural a las actividades aparentemente más pequeñas; aprenderemos a vivir cada instante con vibración de eternidad, y comprenderemos con mayor hondura que la criatura necesita esos tiempos de conversación íntima con Dios: para tratarle, para invocarle, para alabarle, para romper en acciones de gracias, para escucharle o, sencillamente, para estar con El.

Ya hace muchos años, considerando este modo de proceder de mi Señor, llegué a la conclusión de que el apostolado, cualquiera que sea, es una sobreabundancia de la vida interior. Por eso me parece tan natural, y tan sobrenatural, ese pasaje en el que se relata cómo Cristo ha decidido escoger definitivamente a los primeros doce. Cuenta San Lucas que, antes, pasó toda la noche en oración[i]. Vedlo también en Betania, cuando se dispone a resucitar a Lázaro, después de haber llorado por el amigo: levanta los ojos al cielo y exclama: Padre, gracias te doy porque me has oído[ii]. Esta ha sido su enseñanza precisa: si queremos ayudar a los demás, si pretendemos sinceramente empujarles para que descubran el auténtico sentido de su destino en la tierra, es preciso que nos fundamentemos en la oración.

Son tantas las escenas en las que Jesucristo habla con su Padre, que resulta imposible detenernos en todas. Pero pienso que no podemos dejar de considerar las horas, tan intensas, que preceden a su Pasión y Muerte, cuando se prepara para consumar el Sacrificio que nos devolverá al Amor divino. En la intimidad del Cenáculo su Corazón se desborda: se dirige suplicante al Padre, anuncia la venida del Espíritu Santo, anima a los suyos a un continuo fervor de caridad y de fe.

Ese encendido recogimiento del Redentor continúa en Getsemaní, cuando percibe que ya es inminente la Pasión, con las humillaciones y los dolores que se acercan, esa Cruz dura, en la que cuelgan a los malhechores, que El ha deseado ardientemente. Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz [iii]. Y enseguida: pero no se haga mi voluntad, sino la tuya[iv]. Más tarde, cosido al madero, solo, con los brazos extendidos con gesto de sacerdote eterno, sigue manteniendo el mismo diálogo con su Padre: en tus manos encomiendo mi espíritu[v]”.

Amigos de Dios, 239-240

PRELADO

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El prelado del Opus Dei dirige la misión del Opus Dei de difundir la llamada universal a la santidad y de promover el apostolado de los fieles de la Prelatura.

En la vida del Opus Dei, que tiene desde su origen un marcado carácter de familia, al Prelado se le llama sencillamente Padre.

El gobierno del Opus Dei corresponde al Prelado, como Ordinario y Pastor propio de la Prelatura. Vela para que se sigan fielmente las disposiciones de la Santa Sede y para que se cumplan el derecho y las costumbres de la Prelatura.

Su autoridad se circunscribe a la tarea apostólica peculiar de la Prelatura. Los fieles laicos del Opus Dei dependen del Prelado en lo que se refiere a la misión de la Prelatura, es decir, los compromisos espirituales, formativos y apostólicos que asumen libremente; y, como los demás laicos de su Diócesis, siguen sometidos a la jurisdicción del Ordinario del lugar en las materias que le competen. Los sacerdotes de la Prelatura dependen exclusivamente del Prelado.

El Prelado ejerce su solicitud pastoral mediante consejos y exhortaciones; y también por medio de normas y preceptos.

Para designar al prelado del Opus Dei se convoca un congreso general electivo. Su nombramiento corresponde al Papa. El cargo es vitalicio.

El actual Prelado, mons. Javier Echevarría (Madrid, 1932), sucedió en 1994 a mons. Álvaro del Portillo, quien gobernó el Opus Dei tras el fallecimiento del Fundador en 1975.

Homenaje al Fundador del Opus Dei

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Testimonio de Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston

Al poco de ser nombrado Arzobispo de Boston, fui a visitar Elmbrook, un Centro para estudiantes universitarios, situado a corta distancia de la Facultad de Derecho en la Universidad de Harvard, en Cambridge. Elmbrook es uno de los muchos centros universi tarios dirigidos por el Opus Dei, la Asociación internacional para seglares y sacerdotes, cuyo fin es fomentar la búsqueda de la san tidad en la vida secular ordinaria. Yo deseaba conocer, más a fondo, esta asociación porque me preocupaba la profunda insatisfacción espiritual de la inmensa mayoría de estudiantes que pedían a gritos una palabra mágica y el amor a Jesucristo.

VIVIR EN LA FE

En Elmbrook encontré a 50 jóvenes que se sentían tan alegres y felices que la conversación fluía con facilidad. La mayoría de lo que me contaron me dejó impresionado. Uno de los muchachos comentó sus esfuerzos para conseguir que algunos de sus compa ñeros de clase le acompañaran en peregrinación a una ermita de Nuestra Señora. Pregunté a otro sobre la oración, y me contó cómo a través del Opus Dei había aprendido a vivir en la fe con Jesús, María y José, pero no como si fueran abstracciones o algo lejano, sino como personas reales, cercanas, a las que poder llegar de forma sencilla y confiada, como un niño. Otros hablaron de su vocación de fomentar el deseo de vida interior y de servir a otros a través de la actividad profesional de cada uno. La tarde se fue agotando, y yo me olvidé, por completo, de lo cansado que estaba después de todo un día de trabajo, y cuando me despedí me sentí rebosante de optimismo.

En las siguientes semanas, con motivo de mis visitas a otras parroquias de la archidiócesis, pude conocer a otros miembros del Opus Dei; amas de casa y profesionales, que me hablaron de su apostolado personal en el seno de sus familias y comunidades. Cuan do me comentaron sus esfuerzos por ser almas contemplativas en su medio secular, me surgieron deseos de conocer al sacerdote que había inspirado este deseo de santidad.

NO BUSCABA LA PUBLICIDAD

Algunos meses más tarde conocí, en su residencia de Roma, a Monseñor Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Su libro de máximas ascéticas Camino ha vendido casi tres millones de copias pero realmente él no era hombre que buscaba la publi cidad. Su único deseo era pasar inadvertido para que Dios se mani festara. Era extraordinariamente franco, tan humilde y modesto, tan calido y cordial, tan entusiasta con la Iglesia y la misión de ésta, que tuve la impresión de conocerle de toda la vida y, por tanto, con derecho a llamarle «padre» como lo hacían más de 60.000 hom­bres y mujeres, que por entonces se esforzaban, en todo el planeta, en lograr su santificación dentro del Opus Dei a través de sus ocu paciones diarias, siguiendo la espiritualidad laica que él les había enseñado.

Él tenía setenta años cuando tuvimos la primera y, desgracia damente, última charla, pero su vitalidad era sorprendente. Reco nocí en él a alguien que está muy cerca de Dios, una auténtica roca de fe. «Eso es lo que necesitamos», me dije después de despedirnos. «Un hombre de oración, un hombre que confiesa abiertamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor a la Iglesia y al Santo Padre».

Me contaron que el 26 de junio de 1975, dirigiéndose a un grupo de sus hijas, en un centro del Opus Dei en la residencia de mujeres de Castelgandolfo, dijo: «Debemos amar a la Iglesia y al Santo Padre, sea quien fuere, y pedir a Dios que nuestro servicio a la Igle sia y al Santo Padre sea eficaz». Éstas fueron, prácticamente, sus últimas palabras, ya que una hora más tarde, de forma rápida e inesperada, murió en Roma, tras una mañana de intenso trabajo pastoral.

COMPASIÓN Y HUMOR

Después de su muerte he continuado «viendo» a Monseñor Escrivá de Balaguer gracias a las maravillas de la tecnología moder na. He podido contemplarle en películas, que le muestran de pie en salones, abarrotados, de toda Europa y América, derrochando compasión y humor, afirmando en sus respuestas que la Iglesia, la Esposa de Cristo, será por siempre el pilar de la verdad. El camino de santidad, dice dirigiéndose a su audiencia, así como el método para alcanzar una vida interior plena, es el de siempre; los sacra mentos, la oración y el sacrificio, la santificación del trabajo diario y el cumplimiento de las obligaciones cristianas en el mundo.

En realidad Monseñor Escrivá de Balaguer había estado pre dicando la llamada universal a la santidad desde 1928; la santifi cación a través y en las realidades de la vida cotidiana en la tierra. Estos aspectos de espiritualidad laica fueron incorporados, años más tarde, a los documentos del Concilio Vaticano II.

EL PADRE

Igualmente he continuado «viéndole» en Roma, donde a menudo visitó la casa donde nos encontramos aquella primera vez. Allí, en una preciosa cripta, una losa de mármol verde con la ins cripción «El Padre», señala el lugar donde descansan sus restos. Ami alrededor hay jóvenes que besan la tumba con devoción. Tam bién hay amas de casa y trabajadores que visitan la cripta, y en silencio le confían sus necesidades. Y con ellos yo también pido al Padre que rece por mí y por todas las almas que me han sido confiadas, y que continúe avivando esos caminos de santidad en la vida secular que comenzó en 1928, hará cincuenta años, el próxi mo 2 de octubre.


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