El paso al otro lado del frente

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando Escrivá se marchó de Madrid a principios de octubre de 1937, dejó a Zorzano al frente del resto de miembros del Opus Dei en la zona republicana. Del Portillo, González Barredo y Alastrué permanecieron en la Legación de Honduras y Rodríguez Casado continuó en la Embajada de Noruega.

Hernández de Garnica, que había sido movilizado por el ejército republicano poco después de abandonar la cárcel en julio de 1937, se encontraba ahora lejos, en la provincia de Granada. Zorzano le escribía con regularidad y urgía a otros miembros de la Obra a hacer lo mismo, aunque los meses pasaban y no obtenía respuesta. En las pocas ocasiones en que Hernández de Garnica iba a Madrid, Zorzano recorría grandes distancias para visitarle y asegurarse de que había tenido la oportunidad de recibir los sacramentos. Años después, Garnica recordaba que “era tal la naturalidad con que Zorzano afrontaba las adversidades de aquel momento, que yo llegué a pensar si era un inconsciente y no se percataba de la realidad de los peligros que nos rodeaban por todas partes”[1].

Otra fuente de preocupación fue Rodríguez Casado, que, además del hambre, sufría la soledad en la Embajada de Noruega. Zorzano intentó varias veces, sin éxito, su traslado a la Legación de Honduras. Para junio de 1938, Rodríguez Casado había adelgazado 30 kilos. No le estaba permitido recibir visitas, pero una vez a la semana, aprovechando que estaba de portero un amigo, Zorzano se las arreglaba para pasar una hora con él y llevarle un poco de comida.

Zorzano se estaba quedando en los huesos y estaba tan débil que debía pararse a descansar en un banco del parque durante el corto paseo hasta la embajada. Rodríguez Casado le dijo que debía dejar de llevarle alimento y comer él un poco más, pero Zorzano no daba importancia a su debilidad e insistía en que él no necesitaba esa comida que llevaba.

Además de la comida, Zorzano llevaba a Rodríguez Casado la Sagrada Comunión, apoyo espiritual y noticias de los demás miembros de la Obra. Una carta resume el contenido de esas conversaciones: “En esta temporada en que D. Manuel [era el término que usaba para referirse a Jesús, a causa de la censura postal] nos concede la gracia de ayudarle a llevar su carga, debemos de aprovecharla bien considerando que cada uno de los instantes que pasan tiene repercusión eterna. Esta carga la debemos de llevar a plomo —como nos dice siempre el abuelo [así se refería a Escrivá]— con alegría y paz, reflejo del espíritu que nos anima y que constituye el ‘aire de familia’ que nos es peculiar. De esta forma, aunque aparentemente no se vea nuestra labor, para D. Manuel, que ve en lo oculto, tiene más valor que si estuviéramos actuando en primera línea”[2].

Del Portillo, González Barredo y Alastrué estaban impacientes por dejar la Legación de Honduras e intentar pasarse a la zona nacional, donde podrían reunirse con Escrivá y otros para reconstruir la labor apostólica del Opus Dei. Antes de que el grupo de Escrivá abandonara Barcelona, pidieron permiso a Isidoro para intentar escapar, pero se lo impidió porque consideraba que el riesgo que corrían era demasiado grande. Los meses pasaban y ellos repetían su consulta, pero Zorzano siempre encontraba una razón por la que debían permanecer en la Legación. Unas veces, por pensar que los nacionales estaban a punto de tomar Madrid y que la guerra terminaría entonces. Otras, porque pensaba que podría arreglar las cosas para huir por vía diplomática. Aunque todos los planes se venían abajo uno tras otro, siempre les pedía paciencia.

Aunque en junio de 1938 del Portillo tenía poca esperanza de que Zorzano hubiera cambiado de opinión, le escribió de nuevo y pidió permiso para salir de la Legación, alistarse en el ejército republicano y, una vez en el frente, cruzar las líneas. Unos días más tarde, Isidoro le envió una nota: “Con la ayuda de D. Manuel he pensado detenidamente en tus proyectos [...]. Me parece que puedes realizar tus proyectos, y que D. Manuel y Dª María llenen tus deseos, que son los nuestros”[1].

Del Portillo quedó asombrado: “Precisamente unos días antes supimos que Arquelao, un muchacho estudiante de filosofía de la Congregación de los Sagrados Corazones, que salió con los mismos propósitos del Consulado —el único que había marchado de nuestro refugio para atravesar las líneas del frente— cayó asesinado [...] entre las dos líneas, en el momento en que intentaba el salto. Eran más los que caían en la empresa que los que triunfaban en ella. Y en esos momentos nos concedía Isidoro el permiso, con tal fe en el triunfo humano del intento, que no podía por menos de asombrar la tranquilidad con que se jugaba a cara y cruz —mirando las cosas de tejas abajo— las vidas de varios miembros de la Obra”[2].

Zorzano explicó que había cambiado su parecer después de pensarlo en la presencia de Dios. Rezando ante un crucifijo en su habitación, Dios le hizo ver no sólo que esta vez el intento tendría éxito, sino que el paso al otro lado del frente tendría lugar el 12 de octubre de 1938, fiesta de Nuestra Señora del Pilar. En Burgos, simultáneamente, Escrivá recibió la misma revelación, y se lo dijo a la madre de del Portillo, que para entonces vivía en aquella ciudad.

En esos momentos, ni del Portillo ni los demás sabían nada de esas inspiraciones. Lo único que sabían era que, por fin, habían sido autorizados para intentar cruzar las líneas. Alastrué se fue de la legación el 27 de junio de 1938 y se presentó en el centro de reclutamiento. Para evitar problemas por el hecho de no haber comparecido cuando su quinta fue llamada a filas, declaró que tenía 28 años, seis más que su verdadera edad. Del Portillo y González Barredo salieron de la legación y fueron a la oficina de reclutamiento pocos días después. El primero se alistó con el nombre de su hermano, siete años menor que él. Los oficiales de la caja de reclutas sospecharon, pero finalmente aceptaron su alistamiento y le citaron cuatro días más tarde para asignarle destino. Por su edad, González Barredo fue destinado a oficinas sobre la marcha. Zorzano pensó que sería mejor que permaneciese en Madrid y no intentase cruzar a la zona nacional.

Del Portillo y González Barredo se alojaron temporalmente en una pensión. Alastrué, en casa de un amigo. Por las tardes, se reunían en alguno de los dos lugares para hacer oración juntos. Los tres iban a comer al cuartel, donde frecuentemente se encontraban con Santiago Escrivá y Zorzano. Éste dejó por escrito una descripción de esas comidas: “Primero, la cola con el plato para la ración; después, buscar un acomodo en el suelo y unos ladrillitos para colocar el plato; y después, como no disponemos de cubiertos suficientes, mejor dicho, de cucharas, pues es lo único que se utiliza, hay que esperar a que uno termine para que la utilice otro; divertidísimo. Cuando llega alguna fiesta de la Santísima Virgen, lo celebramos por todo lo alto; siguiendo la costumbre del Padre de hacer un obsequio a los pobres en sus festividades, repartimos las tres comidas que sacamos entre los pobres”[3].

Cuando del Portillo llegó a su destino, pudo comprobar las marcadas diferencias entre su aspecto de un joven de veinticuatro años y el de los reclutas de diecisiete, edad que él había declarado en el momento de alistarse con el nombre de su hermano. Para no correr el riesgo de ser acusado de impostor, regresó a la oficina de reclutamiento y se alistó con otro nombre.

El 21 de julio Zorzanó decidió que Rodríguez Casado debía unirse a del Portillo y Alastrué para intentar cruzar el frente. Al día siguiente, se alistó en el ejército. A final de mes, los tres habían recibido sus destinos, aunque en unidades que ofrecían pocas posibilidades para sus propósitos de pasar a la otra zona.

A comienzos de agosto, oyeron hablar de un lugar en la provincia de Cuenca desde donde era relativamnte fácil cruzar la línea. El primo de del Portillo trabajaba allí como ingeniero y tenía amistad con el comandante de las tropas de aquella sección del frente. Del Portillo y Alastrué decidieron desertar y volverse a alistar, con la esperanza de que les destinaran a una unidad situada en un buen punto. Desertar constituía un riesgo, pero las cosas en Madrid eran tan caóticas que había oportunidad de no ser sorprendidos. Rodríguez Casado trazó otro plan, aprovechando los contactos de su padre.

Pero todo se vino abajo a mediados de agosto. El comandante del frente de Cuenca fue trasladado y los esfuerzos de Rodríguez Casado resultaron inútiles. Llegados a este punto, decidieron que los acontecimientos marcharan por sí solos. Escribió del Portillo: “Llegamos a la conclusión de que el Señor quiere que nos pongamos por completo en sus manos, confiando en que Él resolverá por entero el asunto, como mejor le parezca; hemos buscado procedimientos y lugares para pasarnos, y tanto unos como otros resultaban imposibles. Como no podemos ni poner ni ver más medios humanos, no queda sino esperar a que Él, que sabe más, ponga los suyos y nos lleve como de la mano –ya que nosotros estamos ciegos- por donde le plazca”[4]. Los tres desertaron y se alistaron de nuevo.

El 24 de agosto de 1938, del Portillo y Rodríguez Casado fueron montados en un camión y conducidos a un destino desconocido. Alastrué quedó atrás. Después de unos días en un campo de instrucción situado en un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, del Portillo fue asignado a un grupo de doscientos soldados en otro pueblo a unos veinte kilómetros del frente. Rodríguez Casado se presentó voluntario para unirse al mismo pelotón y fue aceptado. Ambos fueron nombrados cabos y enviados a Fontanar, a unos diez kilómetros de Guadalajara.

Había pasado un mes desde que dejaron a Alastrué y no tenían noticias de él ni de su paradero. Inexplicablemente, el 19 de septiembre de 1938, llegó a la localidad, formando parte de un destacamento que iba allí para completar el batallón. Al principio, fue destinado a una compañía distinta a la de Rodríguez Casado y del Portillo, pero solicitó el cambio de compañía y pocos días más tarde lo consiguió.

Del Portilló obtuvo un permiso para pasar el 2 de octubre, décimo aniversario de la fundación del Opus Dei, en Madrid. Con Zorzano, González Barredo y Santiago Escrivá se puso a la cola de los barracones donde repartían un poco de pan, algo de arroz cocido y una sardina. Sentados en la acera de la calle, comieron su “pequeño banquete” para celebrar la fiesta. Al despedirse, Zorzano entregó a del Portillo varias formas consagradas para que las llevase a los que habían quedado en el frente.

Del Portillo contó a Zorzano que esperaban ser enviados al frente tres días después y que planeaban escapar al otro lado lo antes posible. Zorzano le respondió que ya había escrito a Escrivá para decirle que llegarían en torno al 12 de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar. Años después, del Portillo comentaba: “Quedé, naturalmente, más que medianamente desconcertado ante la respuesta de Isidoro. ¡Si él no sabía, hasta que se lo dije yo, que enseguida marchábamos al frente! Y, además, sólo Dios sabía si podríamos o no pasarnos cruzando la línea de fuego. Y, aun en caso de que lográramos evadirnos [...] ¿cuándo sería? Todo esto pensé, pero no comenté nada. E insisto en que la naturalidad con que aseguró Isidoro que había escrito en ese sentido —y con esa seguridad— al Padre, me desconcertó plenamente”[5].

El 9 de octubre de 1938, el batallón de del Portillo, Alastrué y Rodríguez Casado emprendió una larga marcha que le llevaría, en las primeras horas del día siguiente, hasta posiciones en lo alto de una colina cercana a un pueblo próximo al frente. Del Portillo oyó comentar a uno de los oficiales de la unidad a la que sustituían que las tropas nacionales paraban en Majaelrayo, pueblo a pocos kilómetros hacia el norte.

Al día siguiente del Portillo y Alastrué fueron enviados a conseguir provisiones en un pueblo a mitad de camino entre su posición y Majaelrayo. Rodríguez Casado, por su parte, recibió permiso para ir al mismo pueblo a comprar una medicina. A las 6.00 de la mañana y después de comulgar, emprendieron la marcha en medio de un chaparrón que creció a medida que avanzaba el día. Subieron varias montañas y evitaron ir por los caminos principales para mantenerse fuera de la vigilancia.

Hicieron noche en una cueva y en las primeras horas del día 12 se pusieron en camino. Ascendieron por un bosque de pinos y veían abajo un pueblo, pero no sabían si estaba en manos de los republicanos o los nacionales. Al oír las campanas de la iglesia que llamaban a los fieles para la Misa, se dieron cuenta de que estaban en zona nacional. Corrieron pendiente abajo sin tomar ninguna precaución. Al llegar al pueblo –que no era Majaelrayo, sino Cantalojas- supieron que habían sido descubiertos antes. Pensando que podía tratarse de una avanzadilla del ejército republicano, el comandante de las tropas nacionales había ordenado abrir fuego de ametralladora si había un despliegue o una maniobra de retirada.

Pudieron oír Misa y comer algo. Entonces, Rodríguez Casado llamó a su padre, coronel del ejército nacional. Gracias a su influencia, no fueron enviados a un campo de refugiados y prisioneros, sino que les permitieron seguir viaje a Burgos.

El 12 por la mañana, Botella y Casciaro se marcharon a la oficina. Escrivá prometió llamarles en cuanto llegaran. Pasó el 12 sin noticias, pero Escrivá se mantenía “tranquilo, seguro, contento. Cada llamada, cuando sonaba el teléfono, creía que eran noticias. El 13 transcurrió lo mismo, el Padre de fiesta y de broma todo el día. Nos decía que estuviéramos alerta. El día 14 me dijo: “ya os avisaré al cuartel, cuando lleguen””[6]. Les llamó a las 8.00 de la tarde para comunicarles que ya estaban allí.

[1] Ibid. p. 246

[2] Ibid . p. 246

[3] Ibid. p. 248

[4] AGP P03 1986 p. 237-238

[5] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 250

[6] AGP P03 1986 p. 354

[1] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p.. 253

[2] Ibid. p. 243.

Barbastro. Una caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

—De esta noche no pasa —dijo el doctor Camps.

Aquello fue un mazazo para los Escrivá, un joven matrimonio de Barbastro: su hijo pequeño, Josemaría, se les moría sin remedio. Aquella noche de 1904 le velaron hasta la madrugada, contemplando su rostro dormido y trémulo por la fiebre.

Había nacido dos años antes, el 9 de enero de 1902, y lo habían bautizado enseguida, como de costumbre. Y ahora, ¡tan pronto!, Dios se lo llevaba.

Pero no perdían la esperanza. Su madre, Dolores Albás, había prometido a la Virgen que, si se curaba, lo llevaría en brazos hasta la ermita de Torreciudad.

Y así pasaron la noche, rezando, llenos de fe, esperando el milagro.

El doctor Camps llegó a primera hora de la mañana. Pensó que, para ahorrarles la pena de que tuvieran que comunicárselo, lo mejor era preguntar directamente:

—¿A qué hora ha muerto el niño?

—¡El niño —le contestaron, emocionados— está perfectamente!

Sus padres cumplieron la promesa y le llevaron a Torreciudad. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo.

Fue la primera caricia de la Virgen con Josemaría Escrivá. Con razón le comentaba su madre, años después:

—Hijo: para algo muy grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo.

Salvo ese momento crítico, los primeros años de Josemaría fueron serenos y apacibles. Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención.

Agradeció siempre a Dios la educación humana y cristiana que le dieron sus padres: Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo. Y, el día de la Asunción (…), era cosa obligada adorar (así decíamos) a la Virgen de la Catedral .

Su infancia fue parecida a la de tantos niños de aquel Barbastro de comienzos de siglo XX: risas y correteos por la Plaza del Mercado, tablas y más tablas de multiplicar en el Colegio de los Escolapios y unos viajes fantásticos en las noches de invierno hasta el centro de la Tierra, o la mismísima Luna, de la mano de Julio Verne. Fue un niño como tantos otros: bueno, generoso, obediente y con los inevitables caprichos y rabietas que sus padres corrigieron con paciencia. Porque los santos no nacen: se hacen.

Se hacen correspondiendo, en lo grande y en lo pequeño a la voluntad de Dios. Y Dios quiso que Josemaría conociera pronto el misterio del dolor: entre 1910 y 1913 —desde los ocho a los once años— fueron muriendo, por enfermedad, sus tres hermanas pequeñas.

El sembrador

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a él, dijo esta parábola: Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo. (…) La semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven (Lc 8, 4-5 y 11-12) .

“Hay corazones que se cierran a la luz de la fe. Los ideales de paz, de reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero –no pocas veces– son desmentidos con los hechos. Algunos hombres se empeñan inútilmente en aherrojar la voz de Dios, impidiendo su difusión con la fuerza bruta o con un arma menos ruidosa, pero quizá más cruel, porque insensibiliza al espíritu: la indiferencia”.

Es Cristo que pasa, 150

Parte cayó sobre terreno rocoso y una vez nacida se secó por falta de humedad (…). Los que cayeron sobre terreno rocoso son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíces; ellos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás (Lc 8, 6 y 13) .

“Tantos que se dicen cristianos —porque han sido bautizados y reciben otros Sacramentos—, pero que se muestran desleales, mentirosos, insinceros, soberbios… Y caen de golpe. Parecen estrellas que brillan un momento en el cielo y, de pronto, se precipitan irremisiblemente.

Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguros en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo

Amigos de Dios, 75

Parte cayó en medio de las espinas y habiendo crecido con ella las espinas la sofocaron (…). La que cayó entre espinas son los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto (Lc 8, 7 y 14) .

“No te avergüence descubrir que en el corazón tienes el “fomes peccati” —la inclinación al mal, que te acompañará mientras vivas, porque nadie está libre de esa carga.

No te avergüences, porque el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha dado todos los medios idóneos para superar esa inclinación: los Sacramentos, la vida de piedad, el trabajo santificado.

—Empléalos con perseverancia, dispuesto a comenzar y recomenzar, sin desanimarte”.

Forja, n. 119

Parte cayó en la tierra buena, y una vez nacida dio fruto al ciento por uno (…) Son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la paciencia (Lc 8, 8 y 15) .

“Si miramos a nuestro alrededor, a este mundo que amamos porque es hechura divina, advertiremos que se verifica la parábola: la palabra de Jesucristo es fecunda, suscita en muchas almas afanes de entrega y de fidelidad. La vida y el comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven –sin saberlo quizá– por ideales nacidos del cristianismo”.

Es Cristo que pasa, 150


Una conversación en Boston

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

20 de agosto. Estoy en Boston con el matrimonio Freemont–Smith, Maury y Harriet. Les pregunto:

–El Fundador del Opus Dei hablaba con frecuencia sobre la vocación de llevar adelante una familia. ¿Qué consejos suyos les han ayudado de forma especial en su vida de familia?

Bueno, yo diría–comienza él– que había muchas cosas del Fundador del Opus Dei que nos ayudaban, y siguen ayudándonos en la vida de familia. Probablemente lo más destacado es cuando decía que el mejor don que podemos dar a nuestros hijos es querernos mucho entre nosotros. Y ser muy leales y muy felices el uno conel otro. Y hay muchas cosas más. Cuando hay que corregir a los hijos, procurar hacerlo por amor, y no por impaciencia.

Otras cosas podrían parecer de poca importancia: por ejemplo, tertulias de familia y el estar apiñados en la familia, pero no lo son. Unen mucho a las personas, les dan un sentido de unidad y de lealtad.

Ahora es Harriet quien habla.

–También decía cosas muy bonitas sobre la libertad, y lo importante que es que los padres den a los hijos la libertad, aun la libertad de cometer un error. Pero de lo que más me acuerdo es que dijo: «Si el marido y la mujer discuten –y tiene que ocurrir porque somos humanos– no debe ser delante de los niños. Pero si lo hacen, entonces deben tener la delicadeza de hacer la paz también delante de los hijos».

–Harriet, ¿cómo encuentra tiempo para seguir con sus afanes profesionales, y también cuidar de sus responsabilidades familiares?

–Creo que ser madre de nueve niños es una empresa muy profesional. Es una aventura. Pero también creo que es importante que la mujer tenga otras ocupaciones fuera del hogar. Les ayuda a tener más interés en sus familias cuando están en casa. Pero estar en casa ha venido a ser para muchas mujeres una cosa que consideran poco deseable. En cuanto a mí, yo pienso que es formidable tener la influencia de educar a todas esas personas –los niños son personas–. En fin, organizarse y tener disciplina. Y el propósito de no limitarse a la casa, sino salir fuera y divertirse un poco también.

–Maury, voy a hacerle esta pregunta: ¿Cómo cree que el Opus Dei podría ayudar a los profesionales que piensan muchas veces que están demasiado ocupados, que no tienen tiempo para practicar su fe?

–En todo esto se trata de tener prioridades. Siempre conseguimos acabar lo que realmente nos interesa. Si queremos ver la televisión, encontraremos el tiempo. Si queremos estar con nuestros hijos, encontraremos el tiempo. Si queremos unas vacaciones, encontraremos el tiempo para estar en la montaña o donde sea. Ahora bien, si una persona quiere aprender a amar más a Dios, si alguien se interesa suficientemente en la vida eterna, para el que quiera aprender más, el Opus Dei le ofrece un programa de formación e información que le ayudará a realizarlo. Ajustando esta dedicación a la vida diaria, sin cambiar nada en esta vida, pero ayudándonos a dedicarnos más a ese fin, de amor a Dios, ayudando a otros, formando amistades, cosas que querernos hacer porque son importantes.

“Practicamos deporte, nos lo pasamos bien y todos juntos maduramos.”

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Ignasi Taló, director de una entidad deportiva, ha organizado con sus amigos un equipo de voluntarios para ir a hacer deporte a una prisión de jóvenes en Barcelona.

“Hemos formado un equipo de voluntarios con amigos ─explica Ignasi─. Jugamos a fútbol en la prisión de jóvenes de L’Alzina, un centro educativo penitenciario destinado a delincuentes menores de dieciocho años.

Una vez al mes jugamos y merendamos con ellos. Ya sé que no es mucho; sólo es una gota en una piscina. El impacto de una tarde al mes es quizá muy pequeño, una circunstancia en medio de mil positivas y negativas. Pero es lo que puedo hacer, lo que está a mi alcance. Lo hago porque estas personas, aunque hayan sido condenadas por delitos importantes, merecen que se les ayude y que se les perdone.

Se lo pasan muy bien. Lo peor que hay en la prisión es la rutina. Y un partido de fútbol y una merienda rompen la monotonía de los días iguales. Además, ven y agradecen que alguien de fuera haga alguna cosa por ellos. Cuando juegas a fútbol con los internos te das cuenta de que son personas con la autoestima muy baja y la agresividad a flor de piel. Ellos piensan, con razón, que la sociedad los rechaza; y nuestra compañía les muestra que no todo es así y les ayuda para la futura reinserción. Practicamos deporte, nos lo pasamos bien y todos juntos maduramos.”

El equipo de voluntarios deportivos está formado por jóvenes, en edad de fin de semana lleno de planes de diversión. Para ellos, dar una horas de estos días festivos a los chicos presos es una alternativa. “La prisión engancha ─comenta Ricardo, uno de los voluntarios─. Tiene algo especial que la hace muy atractiva. Cuando invito a mis amigos para que vengan conmigo, se quedan extrañados, pero una vez que están allí, desaparecen los temores. Y con el tiempo, acabas haciendo muchos amigos.”

Ignasi, que dirige ahora la Escola Esportiva Brafa ─una obra corporativa del Opus Dei en Barcelona─, siempre se ha mantenido en forma como buen atleta.

“Cuando entrenaba profesionalmente ─recuerda Ignasi─, el espíritu del Opus Dei me enseñaba que todo el esfuerzo que hacía en cada movimiento lo podía ofrecer a Dios. Trabajaba la musculatura con un doble objetivo: mejorar las marcas y, a la vez, ofrecer alguna cosa a Dios. El atletismo, por otra parte, me ha aportado muchos valores: la constancia, la paciencia, el orden, la superación de dificultades… Son virtudes humanas que también como cristiano procuro vivir en todos los ámbitos de mi vida”.

“A lo largo de la vida ─continua Ignasi─ he ido tratando a Dios y dándome cuenta de lo que nos ama, del amor que Dios tiene a cada hombre. Y, en consecuencia, he aprendido a procurar valorar a cada persona de esta manera, a valorar la dignidad de cada persona. Todos, desde esta perspectiva del amor de Dios, merecen que se les ayude. También los chicos que están en la prisión, aunque gran parte de la sociedad los rechace y considere que no tienen ningún futuro y que deben estar allí encerrados para que no puedan hacer daño”.

La historia de Clement

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Clement Usabase cuenta su historia desde que salió de Ruanda hasta que consiguió los “papeles”

Tengo 34 años y nací en Rwamagana, un poblado de 20.000 personas a 50 km de Kigali, la capital de Ruanda. Allí, mi mundo era muy pequeño: se reducía a una pelota. Las mañanas las pasaba jugando al fútbol con el equipo de mi barrio. En el poblado jugaba en la delantera, soñando con meter goles como George Weah, un famoso jugador liberiano, que había sido elegido el mejor futbolista de África. Yo era del Mónaco, el equipo de Weah, y soñaba con que me fichara el Real Madrid

En mi familia vivíamos muy unidos, a pesar de las luchas tribales que sacudían mi país, una antigua colonia belga. Es un país hermoso, con una belleza que a veces se vuelve dramática. Desde 1990 a 1994 tuvo lugar el genocidio de Ruanda, con la guerra entre hutus y tutsis. Mi padre, Evariste, era hutu. Mi madre, Marie Claire, era tutsi.

Recuerdo un día soleado de 1991. Tenía 17 años y estaba internado en un colegio de 300 alumnos que dirigían unos sacerdotes. A media mañana un profesor entró en clase y me llamó: “Tu padre ha fallecido”, me dijo en voz baja.

La noticia me impactó. Fue un golpe duro. En casa quedábamos cuatro hermanos huérfanos, porque mi madre había fallecido cinco años antes de bronquitis aguda. Mi tía Rose se hizo cargo de nosotros.

El último de la fila

Kigali, capital de Ruanda

Yo -como el nombre del grupo de música- soy El último de la fila,aunque el segundo en edad. Me llamo Clement, y pienso que mi nombre de bautismo me ha enseñado a pedir clemencia, paciencia. Clemencia para los demás y exigencia para mí. Yo rezaba por tía Rose, por la paz, por mis familiares y amigos. También por los desconocidos, especialmente en los tiempos del genocidio…

En 1998, tras la guerra civil, el país quedó en crisis, con una gran inestabilidad económica y social. Entonces tuve oportunidades para salir del país. Deseaba seguir estudiando y las cosas no eran fáciles en Ruanda, porque la universidad no funcionaba bien. Decidí marchar a Marruecos, donde trabajaba mi hermano mayor, y estudié Económicas en Rabat. Menos mal que en la Universidad se hablaba francés, porque no tenía ni idea de árabe. Bueno, tampoco sabía nada de español cuando llegué a Melilla en 2004, con una beca para realizar un master en dirección de empresas.

“En el poblado jugaba en la delantera, soñando con meter goles como George Weah”

Cuando se acabó la  beca en Melilla me quedé sin trabajo y sin papeles. Seguí pidiendo la clemencia y la misericordia de Dios. Iba con frecuencia a Misa, y un día, a la salida, un amigo me dijo:

-Yo voy por una residencia del Opus Dei: ¿te quieres venir?

Acepté, fui por la residencia, y comencé a charlar con don Manuel, un sacerdote. Cada cierto tiempo venía Alfonso desde Málaga. Es publicista y miembro del Opus Dei, y gracias a él fui conociendo el espíritu de la Obra.

Sin papeles

Mientras tanto trabajaba como voluntario en una residencia de mayores, y seguía intentando obtener mis papeles. Pasaron los meses, llegó la Navidad, y en una guardería de Melilla necesitaban un rey Baltasar. Buscaban un rey magoauténtico y acepté. Fue muy divertido. Al año siguiente volví a hacer de Baltasar en una residencia de mayores.

Los papeles seguían siendo mi principal preocupación. Gracias a Dios, notaba que había mucha gente rezando por mí.

Al año siguiente subí de categoría: hice de Rey mago en la Cabalgata de Melilla… Y seguía rezando para encontrar una oportunidad en el mundo laboral.

Pedí un permiso legal a las autoridades para estar unos días en Málaga y poder hacer mi primer curso de retiro en Los Jarales, en Antequera. Aunque seguía sin papeles, me concedieron un salvoconducto para entrar en la Península.

Durante aquellos días de retiro recé mucho, me sentí reconfortado en la fe y decidí ser cooperador del Opus Dei. Seguía pidiéndole a Dios pormis papeles y por encontrar una buena novia. Los papeles se los pido a san Josemaría, que es el Santo del trabajo. La novia se la pido a la Virgen y a mi madre, y confío que me ayudarán desde el Cielo.

El 10 de julio recibí, por fin, mi tarjeta de residencia española con permiso de trabajo. Desde entonces estoy trabajando en Melilla como responsable de un almacén. Ahora, por fin he recibido mi primera paga. Es fruto de la la clemencia de Dios y de la intercesión de san Josemaría. Ahora sigo rezando por encontrar la mujer de mi vida.

Una mujer que trabaja por la mujer en India

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Fátima Villanueva cuenta con en este testimonio la aventura en la que se encuentra embarcada en los últimos tres años de su vida: Kamalini, un Centro de Capacitación para la mujer india en Nueva Delhi.

Bilbaína de nacimiento y afincada desde hace 14 años en Delhi donde se marchó para comenzar la labor apostólica de la Obra, Fátima Villanueva ha pasado unos días por España y cuenta con pasión la aventura en la que se encuentra embarcada en los últimos tres años de su vida: crear en Nueva Delhi un Centro de Capacitación para la mujer india –Kamalini–, en el que puedan formarse 560 mujeres.

En un país con 1.100 millones de habitantes donde se hablan 325 lenguas y 1.650 dialectos, conviven grandes contrastes y sobre todo mucho desequilibrio social. La cima de la tecnología y los profesionales más competitivos coexisten con altas tasas de analfabetismo, o uno de los mayores negocios farmacéuticos del mundo con elevados niveles de infecciones y epidemias.

¿Por qué decidiste implicarte en este proyecto de ayuda a la mujer?

Cuando hace catorce años llegué a la India me chocaba todo: ¡lo bueno y lo menos bueno! Ahora puedo decir que me admiro con todo: ¡con lo bueno y lo menos bueno! ¿Cuál es la diferencia? No lo sé, pero realmente me ha cambiado la  perspectiva. Supongo que al llegar, todo era extraño para mí, ahora de algún modo es algo mío. Entiendo mejor las cosas y así me encuentro con más derecho de hacer una crítica positiva de lo que no me parece bien. Quiero mejorar esto último y a la vez ser agradecida con lo bueno que recibo del país.

¿Qué es lo que más te ha impactado sobre la situación de la mujer en este país?

En Delhi estoy en contacto diario con muchas mujeres indias, con quienes me relaciono habitualmente por trabajo, amistad, etc. Tenemos muchas cosas en común y trato de apoyarme en eso y tratar con respeto aquello en lo que no coincidimos.

Además hay muchas mujeres que están en la calle: trabajando en unas obras, acarreando ladrillos sobre su cabeza, o picando piedra. Otras están limpiando en condiciones poco dignas, o cocinando sin un mínimo de higiene. Otras mendigando para conseguir cuatro rupias que luego tendrán que dar a sus maridos para que las malgasten. Otras, chicas jóvenes que vienen de los pueblos a Delhi a ganar dinero, con la mejor intención, y caen en manos de agencias sin escrúpulos que las explotan en todo tipo de actividades.

Viendo estas cosas, y muchas más, no podía quedarme indiferente. Así es como comenzamos a pensar acciones sociales en la línea de promover posibilidades para las mujeres menos afortunadas, que les lleven a tener una vida más digna, como el proyecto Kamalini. Desde 2007 contamos con la colaboración de una fundación española, Dasyc. En esta labor siempre me ha parecido importante implicar a mujeres indias de clases sociales más favorecidas que sean solidarias con las otras. Parece de perogrullo, pero no siempre resulta fácil conseguir este objetivo. El sistema de castas en India es todavía muy fuerte.

¿Qué valores piensas puede transmitir la mujer india a una mujer española?

La paciencia ante las dificultades, el no crearse necesidades que ciertamente no lo son. Vivir con sobriedad. A veces se confunden estas cosas con la pasividad. Ciertamente en ocasiones puede serlo, pero no cabe duda de que la sobriedad es un valor que tienen, y que las mujeres europeas, por estar completamente “acolchadas” por la sociedad del bienestar, no somos capaces de aguantar.

¿Cómo podemos apoyar un proyecto como Kamalini?

Aunque a veces a la gente le gusta la participación directa porque hace sentirse bien, en países como India, la mejor ayuda de un extranjero es la de facilitar donativos para que otras personas nativas o personas establecidas en el país y conocedoras de su idiosincrasia, puedan llevar a cabo una labor eficaz. Estas mujeres a las que queremos ayudar, jóvenes y menos jóvenes, estarán más receptivas a mujeres más cercanas a ellas: por idioma, mentalidad etc. Y el aprendizaje será siempre más eficaz.

Creo que ayudarles es una cuestión de solidaridad, pero también de justicia. Reconozco que aunque el trabajo de quienes llevamos a cabo este tipo de iniciativas resulta arduo en ocasiones, a la vez es muy gratificante ver los progresos en la vida y entorno de estas mujeres. En realidad, ellas serán los agentes de cambio de la sociedad india en el futuro.


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