Pablo VI: «Aquí todo es Opus Dei»

iglesia  Tagged , , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me encontraba en Roma, en noviembre de 1965, cuando Pablo VI visito con detenimiento y cariño el Centro ELIS y pude recordar con precisión, gracias a lo escrito entonces, una historia esclarecedora.

Detrás del Centro Internazionale della Gioventú Lavoratrice, también llamado Centro ELIS, había tres Pontífices y mucho esfuerzo. Lo imaginó Pío XII, al destinar los fondos de la colecta organizada con motivo de su ochenta cumpleaños para «una obra social». Lo puso en marcha Juan XXIII, encomendando al Opus Dei la realización y la dirección del proyecto. Y lo convirtió en vida el mismo Opus Dei, que había aceptado «con particular agradecimiento el gustoso encargo» –son palabras del Fundador–, bajo los animosos auspicios de Pablo VI, el Papa que lo iba a inaugurar cuando ya la primera piedra era un recuerdo lejano.

¿Recuerdo?… Los protagonistas se mueven incesantemente de un lado a otro la víspera de la visita de Pablo VI. Aquel, que es ingeniero, arrastra cables de alta tensión. Este, que es arquitecto, recoge del suelo, para desmenuzarla entre los dedos, la colilla abandonada por el visitante descuidado. Ese, que es albañil, da instrucciones sobre el mejor modo de colocar una valla. Aquel, que es abogado, acaba de pintar unas tablas. El otro, que es electricista, pregunta al ingeniero si está bien puesto el foco. Aquellos muchachos, con mono o con corbata, llevan sillas, arrastran carretillas, cubren con tierra los charcos, dan martillazos, cuelgan cuadros o dirigen el tráfico de los que vienen o se van. Algunos serán soldadores o torneros, otros estudiarán segundo de Filosofía o cuarto de Químicas, otros serán empleados de Seguros o dependientes… El caso es que, mientras cae la noche del sábado sobre este descampado periférico del barrio Tiburtino, semillero de votos comunistas, todo el mundo está haciendo algo aquí y nadie es espectador ni curioso. Por eso entiendo de golpe, observando lo que veo, esa gran transformación individual que es el presupuesto necesario de cualquier «nueva frontera» social.

Así empezó «el Tiburtino», sin espectadores, sin curiosos y sin decidores. Había unos terrenos allá lejos, en la neorrealista periferia romana, donde se desmontaban los coches robados y donde la geometría de los edificios de nueva planta era solo un presentimiento. Había también un puñado de hombres –pocos, como siempre– con la idea clara de que aquello había que hacerlo pronto y bien, creando ya el ambiente desde los cimientos… Y había, sobre todo, pocas ganas de teorizar y muchas ganas de hacer.

La novedad en la barriada duró poquísimo, al menos como cosa extraña. La familia de los arquitectos, ingenieros, capataces, obreros y peones, unidos por el hormingón de la común empresa, fue el epicentro de un entusiasmo contagioso que acabó difundiéndose a la redonda. Ni ambiente hostil, ni nada que se le parezca. Allí había que arrimar el hombro como Dios manda y dejarse de dar consejos o de perder el tiempo con la retórica. ¿No eran todos trabajadores, desde el ingeniero hasta el pinche?… Pues, a demostrarlo, si querían que aquel Centro prosperase con sus escuelas profesionales, con su residencia, con su biblioteca, con sus instalaciones deportivas e incluso con una parroquia próxima, la de San Juan Bautista, toda nueva y limpia.

Fue así como «el Tiburtino» –el Centro arrampló pronto con el nombre del barrio entero– entró en funcionamiento con un espíritu de familia, de empresa y de obra social que era, al mismo tiempo, la causa y el efecto de la renovación individual producida por un nuevo tipo de relación basada en una solidaridad auténtica y en una responsabilidad concreta.

Todos sentían, desde luego, que se trataba de cosa suya: los que trabajaban en su construcción y los que se acercaban a dar una mano; los que tiraban de plano y los que amasaban cemento; los que hacían números en el barracón y los que daban a la paleta encima de un andamio; los que lo vivían y los que lo oían contar en sus casas o en la «trattoria». No era posible hablar de clases sociales en aquel ambiente de trabajo, en el que nadie escurría el bulto y en el que bastaba un descuido del visitante curioso para encontrarse con una pala en la mano.

Decir que el Centro empezó a funcionar desde que se colocaron los cimientos es describir exactamente lo ocurrido. No se trataba de hacer algo nuevo y grandioso para regalarlo una vez acabado, sino de crear entre todos, con los medios a disposición y con los que fuesen llegando, algo propio que llevase los latidos de la vida real. De este modo, cambiando sobre la marcha lo que había que cambiar, los arquitectos y los ingenieros consiguieron una armonía entre lo bello y lo útil que les valió el premio del Instituto Nacional de Arquitectura por la mejor «gestión constructora». Y de este modo, fue naciendo también, con el talante familiar y digno del Centro, la experiencia necesaria para la formación individual y social de unos muchachos que propagarían su estilo con sólo hacer bien lo que aprendían haciendo.

El Centro ELISacogía entonces, entre internos y externos, a trescientos jóvenes de todas las regiones de Italia y de otros países. Se fue poblando gradualmente al ritmo de las construcciones, y eran ya muchos los jóvenes que guardaban cola en su amplia esfera de influencia. Desde 1965, han pasado por la residencia más de 2.000 jóvenes, entre 15 y 22 años. En el Albergue de Juventud hay sitio para doscientos, divididos en grupos de dieciséis con el fin de conseguir un ambiente familiar («una casa en la casa»), que prepare con más calor para el vivir social, y en la hospedería pueden alojarse temporalmente unos 150 huéspedes (obreros y técnicos de paso por Roma por motivos de trabajo, estudio, reuniones sindicales, etc.).

Allí se afrontan directamente, con métodos modernos y abiertos, dos grandes problemas actuales: el de la cualificación de la mano de obra y el de la emigración interior y exterior. Hay escuelas de formación y perfeccionamiento para torneros, soldadores, ajustadores mecánicos, diseñadores técnicos, etc., con enseñanza diurna y nocturna, que han formado a más de 4.000 obreros especialistas. Hay una escuela femenina de hostelería, que atiende, con plena independencia, a las necesidades de las instalaciones de todo el complejo. Tiene una capacidad para sesenta chicas, y su centro cultural ha sido frecuentado ya por más de 3.000 estudiantes y trabajadoras romanas. Desarrolla cursos de cualificación profesional para la industria hotelera o para el trabajo en hogares de familia, sobre dietología, puericultura, economía doméstica, pedagogía familiar, etc. Hay una biblioteca bien nutrida en los sectores del mundo del trabajo, abierta no sólo para los alumnos internos y externos, sino también para todo el barrio. Hay cursos de información técnica y ciclos de «conversaciones» sobre los temas de mayor actualidad.Hay un restaurante y locales de descanso para los obreros que trabajan en las cercanías. Hay instalaciones deportivas, con cursos de gimnasia y «Escuelas» de los distintos deportes. Hay reuniones con las familias de los alumnos externos para promover una eficaz colaboración en la formación humana y profesional de todos los jóvenes…

En todas sus iniciativas –me decía un profesor– los chicos se encuentran y trabajan entre ellos en un clima de recíproco respeto, por encima de las diferencias de extracción social, de procedencia nacional, de intereses culturales, para lo cual la unidad de medida de sus relaciones humanas viene dada por la lealtad que los une y los mantiene juntos. De aquí procede, como resultado natural de la unidad de vida de los jóvenes, la colaboración de todos y de cada uno en el mejoramiento del Centro, en el que todos encuentran su sitio porque sienten como cosa propia el trabajo de todos.

Aquí –comentaba unchaval de Perugia– todos somos amigos. Somos una gran familia y no hay distinciones, ni por profesión ni por edad.

Aquí –añadía otro de Cagliari –estamos entre obreros, se habla de trabajo y nos entendemos a la primera.

Aquí –concluía uno de los jóvenes universitarios que dedican al Centro gran parte de su tiempo– hay posibilidad de realizar con los hechos todos los deseos de compromiso social que uno tenga.

Por eso no sorprendió a nadie la alegría y la detención con que Pablo VI visitó todas las dependencias del Centro ELIS aquella tarde del 21 de noviembre de 1965, el emocionado discurso del Papa en aquella ocasión y el abrazo que le dio a Mons. Escrivá de Balaguer al despedirse, mientras afirmaba:

«Aquí todo es Opus Dei».

Y el propio Fundador se lo había hecho observar al Pontífice en el saludo que le dirigió en italiano casi al final de la visita:

«En este ambiente sereno y alegre, similar al de todas las actividades que el Opus Dei desarrolla, por gracia de Dios, en todo el mundo, procuramos, Beatísimo Padre, que se respire un clima de libertad en el que todos se sientan hermanos, bien lejos de la amargura que proviene de la soledad o de la indiferencia. Un clima en el que aprenden a apreciar y a vivir la mutua comprensión, la alegría de una convivencia real entre los hombres. Amamos y respetamos la libertad, y creemos en su valor educativo y pedagógico. Estamos convencidos de que en un clima así se forman almas con libertad interior, y se forjan hombres capaces de vivir responsablemente la doctrina de Cristo, de poner en práctica virilmente la fe, de practicar con alegría la obediencia interior y devota a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia –entre las que ocupan un lugar destacado las de su doctrina social–, capaces de amar con todo su corazón y con todas sus fuerzas a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice».

El espiritu de un Concilio

fundador  Tagged , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

01 de diciembre de 2008

En agosto de 1964, Pablo VI publica la encíclica Ecclesiam Suam trazando las directrices por las que ha de caminar la Iglesia en el cumplimiento de su misión. Es, en realidad, el timón que marca rumbo al esquema sobre la Iglesia que el Concilio está estudiando. Desde el 14 de septiembre al 31 de noviembre tiene lugar la tercera etapa de sesiones del Concilio, en la que se aprueban tres nuevos e importantes documentos, uno de ellos la Lumen Gentium, Constitución dogmática sobre la Iglesia.

Entre el 14 de septiembre y el 8 de diciembre de 1965 tiene lugar la cuarta y última etapa.

El día 7 de diciembre, se celebra la Novena Sesión pública, presidida por el Papa. Los últimos documentos son aprobados definitivamente. Antes de la celebración de la Misa, Pablo VI y el Patriárca Atenágoras de Constantinopla leen, ante la imagen de Pedro de Galilea -primer Vicario de Cristo-, una declaración común pidiendo la unión de todas las Iglesias. La Misa solemne de clausura será oficiada por el Papa el día de la Inmaculada Concepción, en la plaza de San Pedro.

A lo largo del Concilio, múltiples aspectos que el espíritu del Opus Dei viene exponiendo y practicando desde 1928, van a ser refrendados y propuestos para todos los fieles por la Iglesia Católica reunida en la mayor asamblea de su historia. El Padre lo hará constar así ante sus hijas e hijos. No por afirmación personal, sino por certeza absoluta de que todo el espíritu de la Obra es sobrenatural y urgido por Dios.

Seis años después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei, el 19 de febrero de 1981, se introducirá en Roma su Causa de Beatificación y Canonización. En el número de marzo-abril, la «Rivista Diocesana di Roma» publicará el decreto de introducción de la Causa, dado por el Cardenal Poletti, que contiene una breve síntesis de la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer y de la espiritualidad del Opus Dei.

Comienza el decreto recordando, con palabra del Motu proprio Sanctitas clarior, que el Concilio Ecuménico Vaticano II «ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles, de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último». Y añade:

«Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia».

Hoy, al concluir el Concilio Vaticano II, el Padre recuerda el arduo camino que ha tenido que abrir en el mundo este «espíritu viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo»:

«Hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne, en la Constitución dogmática De Ecclesia. Se ve que hemos ido delante, que habéis rezado mucho»(18).

Poco después de ser elegido Papa, Pablo VI declara públicamente que el trabajo puede ser santificado y santificante. En una audiencia, el Fundador del Opus Dei tiene la oportunidad de decirle:

-«Vuestra Santidad ha hablado hace poco sobre el trabajo santificado y santificador».

-«Sí. Es verdad».

-«Santidad, por decir eso mismo, hace muchos años, fui acusado al Santo Oficio»(19)

El Santo Padre sonríe con afecto. Las obras de Dios están marcadas, muchas veces, por la paciencia y la contradicción.

Recuerda un Obispo haber oído al Padre comentar en Villa Tevere unas palabras que el Papa le dirigió, y que sintetizan la inspiración sobrenatural de todo el espíritu de la Obra.

«Dios le ha dado a usted el carisma para que ponga en la calle la plenitud de la Iglesia»(20).

El día de la clausura del Concilio Vaticano II, junto a toda la Cristiandad, es fiesta para el Opus Dei, que se siente identificado con las palabras que Pablo VI dice ante los Padres Conciliares. Habla a los gobernantes, a los hombres y mujeres de pensamiento y de ciencia, a los artistas, a los trabajadores, a los pobres, a los enfermos, a los que sufren, a los que se inician en las responsabilidades de la vida.

El Opus Dei se sabe aludido por esta llamada a la plenitud de Cristo. Y subraya, con su entrega incondicional, las palabras con que el Papa clausura hoy el Concilio:

«La Iglesia (…) es la verdadera juventud del mundo. Posee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas. Miradla y veréis en ella el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el Profeta de la verdad y del amor, el compañero y amigo (…)”

En un oratorio de Villa Tevere, lejos y cerca de la multitud, el Fundador del Opus Dei sigue, paso a paso, la Cerermonia de Clausura. Su oración es hoy una ancha y honda acción de gracias.

Una nueva primavera para la Iglesia

sacerdotes  Tagged , , , , , No Comments »

Carta que ha enviado Benedicto XVI a los sacerdotes al comenzar el Año Sacerdotal, que ha proclamado con motivo del 150° aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, conocido como el cura de Ars.

Queridos hermanos en el Sacerdocio:

Opus Dei -

He resuelto convocar oficialmente un “Año Sacerdotal” con ocasión del 150 aniversario del “dies natalis” de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero-.1 Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.

El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús“, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.2 Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.

Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?

Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo. El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”.3 Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia…”.4 Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!… Él mismo sólo lo entenderá en el cielo”.5 Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros”.6

Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: “No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá”. Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”. Con esta oración comenzó su misión.7 El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su “Yo filial”, que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, “viviendo” incluso materialmente en su Iglesia parroquial: “En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa… Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar”, se lee en su primera biografía.8

La devota exageración del piadoso hagiógrafo no nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también supo “hacerse presente” en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la “Providence” (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.

Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal9 y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos “para llevar a todos a la unidad del amor: ‘amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua’ (Rm 12, 10)”.10 En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de “reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia… Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos”.11

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía.12 “No hay necesidad de hablar mucho para orar bien”, les enseñaba el Cura de Ars. “Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración”.13 Y les persuadía: “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él…”.14 “Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis“.15 Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que “no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración… Contemplaba la hostia con amor”.16 Les decía: “Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios”.17 Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: “La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!”.18 Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: “¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!”.19

Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba -con una sola moción interior- del altar al confesonario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un “círculo virtuoso“. Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en “el gran hospital de las almas”.20 Su primer biógrafo afirma: “La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua”.21 En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: “No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”.22 “Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes”.23

Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: “Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita”.24 Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del “diálogo de salvación” que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el “torrente de la divina misericordia” que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: “El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!”.25 A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo “abominable” de su actitud: “Lloro porque vosotros no lloráis”,26 decía. “Si el Señor no fuese tan bueno… pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno”.27 Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como “encarnado” en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: “Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios… ¡Qué maravilla!”.28 Y les enseñaba a orar: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz”.29

El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: “La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.30 Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: “Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos”.31 Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el “alto precio” de la redención.

En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”.32 Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: “¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?”.33 Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el “nuevo estilo de vida” que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.34

La identificación sin reservas con este “nuevo estilo de vida” caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: “Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana”.35 El Cura de Ars supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la “Providence“,36 sus familias más necesitadas. Por eso “era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo”.37 Y explicaba: “Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada”.38 Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: “Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros”.39 Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: “No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera”.40 También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que “la castidad brillaba en su mirada”, y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.41 También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse “a llorar su pobre vida, en soledad”.42 Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: “No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido”.43 Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: “Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios”.44

En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. “El Espíritu es multiforme en sus dones… Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas… Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo”.45 A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: “Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño”.46 Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas “puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo”.47 Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical “forma comunitaria” y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo.48 Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva.49 Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente “entregado” a su ministerio. “Nos apremia el amor de Cristo -escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron” (2 Co 5, 14). Y añadía: “Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: “Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854″.50 El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que “Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre”.51

Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.

Con mi bendición.

Vaticano, 16 de junio de 2009.

BENEDICTUS PP.XVI

Unidos al Papa de todo corazón

Prelado  Tagged , , , , No Comments »

Carta pastoral de mons. Javier Echevarría dirigida a los fieles de la Prelatura y cooperadores del Opus Dei en ocasión de los veinticinco años del pontificado de Juan Pablo II.

Opus Dei -

Hace veinticinco años se cumplían las bodas de oro de la fundación del Opus Dei. El Señor dispuso que esa fecha coincidiera con un período de “sede vacante” en la Iglesia: Juan Pablo I, el Papa que removió al mundo con su sonrisa en sólo treinta y tres días, había fallecido. Aquel aniversario de la Obra, preparado con mucha oración y mucha alegría, se vio empapado por la tristeza de ese luto. Poco después, el 16 de octubre, nos llenamos de gozo con la elección de Juan Pablo II como sucesor de Pedro. Al celebrar ahora el vigésimo quinto aniversario de ese acontecimiento, unámonos al homenaje que millones de personas —creyentes y no creyentes— tributan al Romano Pontífice.

El hecho de que esa fecha coincida prácticamente con los setenta y cinco años de vida del Opus Dei, constituye otra oportunidad para descubrir la actuación de la Providencia, que todo lo gobierna con suavidad y guía la historia a través de los tiempos. Parece como si el Señor nos confirmara en una característica esencial del espíritu del Opus Dei: un amor grande a la Iglesia y a su Cabeza visible, como lo afirmaba nuestro Fundador en 1934, cuando escribía, tras haberlo predicado frecuentemente: “Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica?”. Y en 1964, después de una audiencia que le había concedido Pablo VI, afirmaba: “en el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa”.

Esos deseos de San Josemaría siguen cumpliéndose, gracias a Dios, en el mundo entero. Lo testimonian los centenares de millares de almas que reciben formación en los Centros de la Prelatura o colaboran con sus apostolados. Allí, los católicos aprenden a rezar diariamente —o se confirman en ese deber filial— por el Papa, por su persona y sus intenciones; se ven impulsados a conocer con profundidad sus enseñanzas y a ponerlas en práctica; se les anima a difundirlas entre parientes, amigos y conocidos, haciendo de altavoz al magisterio pontificio en los ambientes donde cada uno se desenvuelve. Y los muchos no católicos —e incluso no cristianos— que ayudan en el Opus Dei como Cooperadores, respetan y admiran al Santo Padre, en quien descubren —como otras innumerables personas de corazón recto— a un hombre de Dios, a un intrépido defensor de los derechos humanos, a un pacificador de los pueblos y de las conciencias; en el fondo, descubren en el Papa una representación viva de Jesucristo.
Opus Dei -

Por la bondad divina, a diario se cumple aquella aspiración de San Josemaría que he procurado que resonara frecuentemente en vuestros oídos: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!: que todos los hombres y mujeres que el Señor coloque a vuestro lado vayan, con Pedro, a Jesús por medio de María. ¡Gracias, Señor!, repito una vez más, mientras alzo mi corazón rebosante de cariño a la Madre de la Iglesia, por cuya intercesión nos llegan todos los bienes.

Con ocasión de este aniversario, habrá en muchos sitios actos de homenaje en honor de Juan Pablo II, a los que deseamos sumarnos de todo corazón. Pero los católicos no podemos limitarnos a esas expresiones exteriores de cariño, ya que se quedaría en algo muy escaso. Los hijos de la Iglesia hemos de acompañar al Papa, sobre todo, con el ofrecimiento generoso de nuestra oración, de nuestro sacrificio y de nuestro trabajo por su persona, su salud y sus intenciones. Procuremos difundir este modo de participar en la efeméride que se avecina: la oración perseverante y la mortificación generosa han de encontrarse en la base de todas las manifestaciones de cariño y veneración al Santo Padre.

Ha transcurrido un año desde la canonización de San Josemaría. Como os he repetido con frecuencia en estos meses, “el 6 de octubre” no debe borrarse de nuestra memoria ni de nuestra conducta. Esa fecha ha quedado esculpida para siempre en la historia del Opus Dei, y a ese recuerdo hemos de volvernos una vez y otra para reencontrar el impulso hacia la santidad personal y el apostolado, que aquel día experimentamos con particular intensidad. Las palabras que pronunció el Romano Pontífice han de alimentar incesantemente nuestra oración y la de las personas que tratan de acercarse a Dios siguiendo el espíritu del Opus Dei. Nos señalaba el Papa en aquella ocasión: “elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Opus Dei -

“Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cfr. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” “(Mt 5, 16).

Con su ejemplo y con sus palabras, San Josemaría nos enseñó a recurrir a la Santísima Virgen en todo momento, para manifestar nuestro cariño y nuestra confianza en su mediación materna. Don Álvaro, primer sucesor suyo al frente de la Obra, nos exhortaba a esforzarnos «en caminar muy pegados a la Santísima Virgen, en meter a la Virgen en todo y para todo». Cuidemos con devoción tierna y recia el rezo del Santo Rosario, especialmente en este mes de octubre, último del “año del Rosario” proclamado por el Papa. Esmerémonos en la contemplación de los misterios, en consonancia con las sugerencias del Santo Padre, que nos exhorta a recordar a Cristo, a comprenderle, a configurarnos con Él, a rogarle y a anunciarle a los demás, siempre por María y con María.

Al comenzar cada decena, poned en primer lugar las intenciones del Papa; de este modo, estaréis muy unidos a las intenciones de vuestro Padre y Prelado. A este propósito, y para terminar, acudo a otras palabras de San Josemaría: “Hijos de mi alma, tenemos la alegría de saber que Dios nos ha escogido desde la eternidad y nos ha traído a esta familia del Opus Dei, que tiene como orgullo servir: servir a todas las almas y, antes que nada, servir a la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica; servir al Romano Pontífice con un amor sin condiciones. Fieles a Jesucristo, dóciles al Magisterio de la Iglesia, trabajamos y rezamos para extender el reino de Dios, unidos al Papa en una obediencia filial y profunda”.

Pablo VI: El Opus Dei, expresión de la perenne juventud de la Iglesia

santos  Tagged , , , , , , , , , No Comments »

Una característica del espíritu del Opus Dei es la veneración por el Santo Padre. Publicamos algunos textos extraídos de diversos libros que muestran la veneración por un Papa querido por toda la Iglesia: Pablo VI.

Textos de Pablo VI

«Cumpliendo ahora el venerado encargo del Padre Santo, me es grato significarle que El, en hora densa de acontecimientos y de esperanzas para la Cristiandad, experimenta profundo consuelo al saber cómo tan crecido número de personas, diseminadas en los cinco continentes, practicando los altos ideales que el Opus Dei les propone, tan acomodados a las exigencias de los nuevos tiempos, tratan de servir a la Iglesia como ella desea ser servida; con su conducta personal y profesional vigorosamente cristiana que une la contemplación a la acción, con el sublime afán de plasmar y de difundir en los más variados ambientes de trabajo los postulados de la verdad y santidad Evangélicas».
(Carta del Secretario de Estado, de parte del Papa, después de la audiencia del 24-I-1964: en Ana Sastre, Tiempo de caminar, p. 484)

«En sus palabras hemos advertido la vibración del espíritu encendido y generoso de toda la Institución, nacida en este tiempo nuestro como expresión de la perenne juventud de la Iglesia».
(Quirógrafo de Pablo VI a san Josemaría, 1-X-1964, entregado en la segunda audiencia: en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, p. 333)

«Consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Del ha realizado y realiza por el Reino de Dios; el deseo de hacer el bien, que lo guía; el amor encendido a la Iglesia y a su Cabeza visible, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia y de testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea».
(Quirógrafo de Pablo VI a san Josemaría, 1-X-1964, entregado en la segunda audiencia: en Ana Sastre, Tiempo de caminar, p. 484)

Visita al ELIS (21-XI-1965)

«Acude al Tiburtino, para inaugurar solemnemente el Centro ELIS, que ya está construido y funcionando, junto con una amplia residencia, una escuela hotelera y una parroquia anexa, encomendada también a sacerdotes de la Obra.
Disfruta Pablo VI en ese acto. Recuerda que, años atrás, recién terminada la guerra mundial, pasaba él por ese barrio romano. Unos muchachos callejeros le suplicaron:
—¡Denos trabajo! ¡Denos trabajo!
—¿Qué sabéis hacer?
—Todo… Bueno… nada.
La respuesta no pudo ser más lacerante.
Ahora ve hecha realidad una satisfacción a aquella demanda. Y como Escrivá le pide la bendición para todos los que están allí, en esos nuevos edificios, Pablo VI le propone: “benediciamo insieme”, bendigamos juntos, los dos a la vez. Escrivá, conmovido por esa deferencia del Papa, se hinca de rodillas y baja la cabeza.
Poco después, cuando Pablo VI se despide, ya en la puerta, monseñor Escrivá vuelve a arrodillarse sobre el suelo mojado por la lluvia, para besarle el anillo. Pero el Papa, asiéndole por los codos, lo levanta con energía y, mientras le abraza, dice: “Tutto, tutto qui è Opus Dei!” ¡Todo, todo aquí es Opus Dei!».
(Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, p. 448)

Audiencia a san Josemaría (25-VI-1973)

«El Papa está consternado. El Papa está triste. Intenta parar el proceso de deterioro, de desvirtuación, de anarquía… Es como si la Iglesia se le fuera de las manos.
Josemaría Escrivá piensa que éste es el momento de ir a consolar y a confortar al Padre común.
El 25 de ese mismo mes de junio, va a visitarle: una audiencia privada que —rompiendo los protocolos de reloj— durará más de hora y cuarto.
En cuanto el fundador del Opus Dei ve al Papa, se clava con las dos rodillas sobre el enlosado de mármol. Pablo VI se conmueve ante ese desusado gesto de fe y de sumisión filial. Concentra vigor en sus brazos y tira físicamente de Escrivá hacia arriba, forzándole a levantarse.
Después, sentados ya, monseñor Escrivá saca su pequeña agenda de bolsillo. Ahí lleva algunas notas de lo que quiere referirle al Papa: buenas y animadoras noticias de la perseverancia fiel de millares de hombres y mujeres de la Obra, y de los pujantes apostolados en tantos países, en tantos estratos de la sociedad, en tantos escenarios de la actividad civil. ¿Crisis sacerdotal? Este año de 1973, como el otro y el otro y el otro, desde 1944, se ordenará una nueva “hornada” de laicos profesionales, con su doble doctorado: el universitario civil y el eclesiástico. Medio centenar más de sacerdotes, cuya única ambición es… ser sacerdotes.
No ha ido a pedirle nada al Papa: sólo quiere darle alegrías, alegrías… Y, una vez más, el corazón de Roma sabe, siente, que hay “una partecica de la Iglesia” donde la mano de Pedro se puede apoyar con firmeza».
(Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, pp. 430-431)

«El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: “No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: “En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre”».
(Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, pp. 19-20)

«En una audiencia privada, tenida el 25 de junio de 1973, nuestro Padre informó al Papa Pablo VI de la buena marcha del Congreso General Especial. El Papa escuchó con alegría esas noticias, y animó a nuestro Fundador a que siguiera adelante, en vista de la definitiva solución jurídica del problema institucional de la Obra».
(Álvaro del Portillo, Carta, 28-XI-1982, en Rendere amabile la verità, pp. 73-74)

Comentarios de Pablo VI sobre el carácter sobrenatural de la Obra

«El propio Pablo VI, reconociendo que el Opus Dei no es una iniciativa humana, sino un mensaje, una misión, una vocación de urdimbre sobrenatural, le dirá un día:
—Dios le ha dado a usted el carisma, para que ponga en la calle la plenitud de la Iglesia».
(Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, p. 455)

Audiencias a don Álvaro

«Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”».
(Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, p. 18)

«El 5 de marzo de 1976, el Papa concede una audiencia a don Álvaro del Portillo. Acaban de dar las doce de la mañana. Unos minutos después, es introducido ante Pablo VI. El Romano Pontífice le recibe en pie, apoyado sobre la mesa de trabajo. Levanta sus brazos, cuando le tiene cerca, y le felicita con gran cariño.
—”Santidad, agradezco mucho esta felicitación, pero yo pido al Santo Padre que tenga conmigo la caridad de concederme su Bendición Apostólica y sus oraciones. Porque soy el sucesor de un santo, y eso no es nada fácil.
—Ma adesso il santo è in Paradiso, e ci pensa lui; ahora el santo está en el Cielo, y él se preocupa de llevar la Obra adelante”.
(Ana Sastre, Tiempo de caminar, pp. 643-644)


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder