Hablaba de lo que él mismo vivía

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Testimonio de Santos Moro Briz, Obispo dimisionario de Ávila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando le conocí, el fundador del Opus Dei era un sacerdote muy joven –rondaba los treinta años–, muy cordial y simpático: afable y abierto en el trato; elegante y respetuoso al mismo tiempo. Tanto en mi primera impresión como en el trato de amistad que luego nos uniría, estuve siempre íntimamente convencido de su san­tidad de vida. Por esa razón, no me extrañó saber que el Santo Padre Pablo VI, hace ahora unos dos años, dijo al actual presidente gene­ral del Opus Dei, excelentísimo y reverendísimo doctor don Álvaro del Portillo, en una de las audiencias que le concedió, dándole per­miso explícito para contarlo, que Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido el hombre que más carismas ha recibido de Dios y que mejor ha respondido.

Después de la primera entrevista, nuestro trato se fue haciendo paulatinamente más intenso y amistoso, como se manifiesta en la correspondencia que hemos mantenido a lo largo de los años. Car­tas que demuestran su hondo sentido sobrenatural y apostólico, así como el respeto cariñoso y lleno de confianza hacia mi, que durante largos años he tenido la carga honrosa de la diócesis de Ávila.

Don Josemaría basaba siempre su labor en modos y medios sobrenaturales. Era extraordinariamente «pedigüeño» de oracio­nes. Me rogaba que encomendara al Señor a sus chicos; que ofre­ciera oraciones por los cursos de retiro que predicaba a sacerdotes y religiosos, a universitarios o profesionales, por la santidad y el apostolado… Se puede decir que sentía una plena confianza en la ayuda de Dios y en el poder de la oración para obtenerla. La ora­ción, comentaba en ocasiones, es la gran arma para el apostolado.

Don Josemaría vivía pendiente de cumplir la voluntad de Dios y, aun en medio de las tribulaciones, siempre se mantuvo con un carácter abierto y alegre, de contagiosa simpatía. Muchas veces he comprobado que resplandecían en él tres amores que son característicos de la vida de los santos: el encendido amor a Jesús Sacra­mentado, a la Santísima Virgen y al Papa.

La actitud de contar con el prelado de la diócesis fue siempre norma de su trabajo. A todos los obispos nos hablaba con detalle del Opus Dei, de su naturaleza y de sus fines de su universalidad. En honor a la verdad, debo decir que yo no necesitaba una especial explicación porque tenía plena confianza en la rectitud de su criterio, pero siempre considero un deber hacia mi cargo de obispo y quizá también una obligación de amistad mantenerme al corriente de sus actividades: no era amigo de misterios ni secretos. Por el contrario, era franco y abierto. Lo suyo era la naturalidad: hablaba con cualquiera que tuviese interés limpio en conocer la Obra, sin buscar por eso aplauso y publicidad. Y callaba cuando sabía que se buscarían en sus palabras interpretaciones torcidas. En el Opus Dei, que apuntaba entonces, no había más secreto –co­mo expresaba su fundador- que el de la gestación, como el de la criatura que está en el claustro materno.

La confianza que tenía en el espíritu sacerdotal de don Josemaría y la seguridad en el bien que su palabra haría a los sacerdotes de Ávila, me llevó a encargarle –junto con otro sacerdote- de las tandas de ejercicios espirituales para el clero, que organizamos al terminar la guerra civil española. Eran momentos muy importantes para organizar la diócesis, agrupar al clero alrededor del obispo y unirlo en auténtica fraternidad. Yo estuve presente, como es natu­ral, y como resumen de aquellos días puedo destacar la fuerza que tenía la predicación de aquel sacerdote joven, que hablaba de lo que él mismo vivía: de las virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, hechas obras en las cosas menudas de cada día.

Siempre fue muy generoso a pesar de las indudables dificultades por las que tuvo que pasar; por ejemplo, nunca quiso recibir estipendio alguno por los numerosísimos ejercicios espirituales que dirigía. Don Josemaría prestaba toda la ayuda que podía con su trabajo personal. Ese mismo espíritu es el que siguen practicando sus hijos que colaboran en la formación de sacerdotes y laicos.

Puede decirse así, que los obispos en cuya diócesis se desarrollan apostolados promovidos por el Opus Dei o por sus socios, cuentan, de hecho, con obras que repercuten tan inmediatamente en el bien de la diócesis como las que pueden promover sus sacerdotes o las que llevan a cabo directamente.

Me parece que es digno poner de relieve el esfuerzo de don Josemaría en favor y ayuda de los sacerdotes diocesanos. La intensa ayuda que estos sacerdotes reciben de los socios del Opus Dei es un inefable beneficio para cada diócesis y para toda la Iglesia. El espíritu de Monseñor Escrivá de Balaguer, presente en sus hijos. les lleva a ser fieles y leales colaboradores de los obispos y servidores desinteresados de las diócesis procurando, al mismo tiempo, fomen­tar el sentido de fraternidad humana y sobrenatural entre todos los hombres, y especialmente con sus hermanos en el ministerio sacerdotal.

Desde que Monseñor Escrivá de Balaguer fijó su residencia en Roma, pasaron unos años en los que no pudimos vernos, aunque la amistad y el afecto los conservamos íntegros. En este tiempo pude conocer la prodigiosa expansión de la Obra, el bien que hacía a las almas y la inmensa ayuda que toda la Iglesia recibía por su acti­vidad apostólica en los más variados campos. No debe extrañar este paréntesis en nuestro trato; la única razón que hubo fue mi propósito de no robarle un tiempo valiosísimo para la Obra y para la Iglesia entera; pero, como he dicho, mi afecto profundo y mis ora­ciones los tuvo en cada momento.

Volví a ver a don Josemaría con ocasión de la erección de la Universidad Navarra. Creí mi deber asistir, no sólo por mi amistad hacia quien la había hecho posible, sino porque la erección de esta universidad revestía una importancia cultural y apostólica de pri­mera magnitud. Así que quise unirme a la bendición de todo el Epis­copado español, estando presente entre los muchos prelados asis­tentes. Todavía recuerdo –me parece que los estoy viendo– el gesto personal y expresivo de don Josemaría, cuando caminando en la presidencia del espléndido cortejo del profesorado de la universi­dad, me acerqué a él para manifestarle mi satisfacción y mi alegría; se llevó las manos a la cabeza y me dijo: «¡Señor obispo, qué ver­güenza; qué vergüenza para mí!». Era la expresión inequívoca de su humildad.

No es preciso acudir a detalles como el que acabo de relatar para realzar la profunda y sencilla humildad de Monseñor Escrivá de Balaguer. En él era lo natural: realizar su labor callada y per­severantemente, mirando más a la renovación profunda de las almas que a un ocasional fulgor con raíces menos profundas. Nunca buscó –y le hubiera sido bien fácil- cargos o prebendas.

Quiero terminar estos breves apuntes insistiendo en un aspecto medular del espíritu, la predicación y la vida del fundador del Opus Dei: la llamada universal a la santidad, la búsqueda infatigable de la santificación personal. Desde la atalaya de mi larga vida, cuando los detalles se difuminan en el tiempo y se recogen mejor los grandes trazos, puedo pensar que quizá hubiera podido aprovechar mejor las gracias actuales que suponía contar con el afecto entrañable e inmerecido de aquel insigne sacerdote, verdadero pionero en tantos aspectos de las iluminaciones doctrinales del Concilio Vaticano II, por su afán nobilísimo de difundir y promover por todo el mundo la llamada universal a la propia santificación.

Juglares de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde los primeros tiempos del nacimiento de la Obra en Madrid, el Fundador llevaba a cabo sus correrías apostólicas con grupos de hombres jóvenes de la más diversa cualificación social: estudiantes, obreros, artistas, empresarios… Siempre apreció el valor de una profesión, de un oficio ejercido con perfección y responsabilidad. De ahí la importancia que va a conceder siempre a una buena formación. Sabe que las ideas sólo pueden defenderse sobre el cauce de una vida seria, de un comportamiento adecuado en el marco humano y social. En cada uno deben armonizarse las materias propias de su oficio junto a un conocimiento de la cultura y de las corrientes que conducen, en cada momento histórico, el comportamiento de los hombres y de los pueblos.

Por las connotaciones que implica, siempre tuvo predilección por los oficios que expresaban al hombre con manifestaciones intelectuales y artísticas.

Durante su viaje a Sudamérica, en 1974, el Fundador del Opus Dei afirmó:

-«El Brasil me está haciendo poeta»(26).

La verdad es que el Padre siempre ha sido poeta, en la mejor acepción de la palabra. De raíz griega, el vocablo significa «creador». Y no hay mejor creación de la belleza que el rastrear por lo humano en busca de la huella de Dios. Muchos de los que buscan la dimensión eterna de las cosas en el arte se han cruzado también, y han repostado, en las fuentes del espíritu del Opus Dei. A ellos les decía el Fundador, en más de una ocasión, que «los artistas nunca están contentos con sus obras. Y el cristiano, si lo es de verdad -y nosotros tenemos vocación de cristianos y de vivir como cristianos-, se da cuenta de que le falta tanto, tanto, para parecerse a Jesucristo que es el modelo… Por esa razón se siente la insatisfacción»(27).

La misma insatisfacción permanente del artista que no consigue arrancar de un modo definitivo el secreto de un gesto o el mensaje de un color. Hay que verlo, soñarlo, sufrir para darle forma: crear. Y eso es la transformación de cada persona y cada objeto en un mundo ascendido al orden de la Gracia. Una recreación de la existencia. «Un volver continuamente hacia la casa del Padre», como definiría el Fundador a esta andadura de la vida.

En junio de 1946 moría en Catarroja (Valencia) Bartolomé Llorens, miembro Numerario del Opus Dei. De este hombre joven, poeta, pudo decir Dámaso Alonso -Catedrático de Filología Románica en la Universidad Complutense- en su discurso de Recepción en la Real Academia Española: «El año pasado muere Bartolomé Llorens, la juventud quizá más traspasada de vida y espíritu, que he tenido estos tiempos a mi lado… ».

Cuando Bartolo conoce la gravedad de su estado, escribe a un amigo:

«He recibido carta de Lagasca. Me dicen que vendrán dentro de unos días y que le pida a Isidoro Zorzano mi curación. Se la voy a pedir como un loco a ver qué sale. Lo que pasa es que soy tan pobre persona que quizá no merezca que por mí ocurra nada extraordinario. Pero ¡he alcanzado tantas cosas sin merecerlas!

¿Qué merecimientos, antes bien todo lo contrario tenía yo para que en unos Ejercicios (…) a los que fui con el propósito nefando de salir como estaba, me señalase el Señor con su marca de fuego? Y después, ¿quién era yo para ser hijo de Dios en su Obra divina, en su Opus Dei?»(28).

Y así, haciendo su más logrado poema, como el Padre le dice la última vez que viene a verle, se va en un día de sol, cuando la muerte viene a cortejar su vida joven:

«Me quiere más mi muerte cada día

y corteja a mi vida moza y breve

que seducida queda a su porfía.

Toda mi vida es suya y no se atreve

-oh lento amor- a hundir ya mi agonía

mientras mi vida pide que la lleve»(29).

José Miguel Ibáñez-Langlois diría de Monseñor Escrivá de Balaguer en el periódico «El Mercurio» de Santiago de Chile, en 1974:

«Explica -el Padre- que no le importa hacer el juglar de Dios, si eso aprovecha a las almas.

El juglar de Dios: es algo más que una metáfora. Porque, desde el comienzo, este predicador encendido en el amor de Dios sabe prodigar la gracia humana, el humor más espléndido, las ocurrencias más inesperadas y chispeantes»(30)

Quien lo escribe, hoy sacerdote del Opus Dei, es un poeta chileno que alterna la edición de sus libros con la docencia de Literatura, Filosofía y Teología en la Universidad Católica de Santiago.

También lo entendió un poeta del color y de la forma: el pintor Fernando Delapuente, que abrazó el espíritu de la Obra, como miembro Numerario, desde el año 1940. Sus lienzos son un símbolo más que un documento. De él pudieron escribir, unos días después de su viaje definitivo:

«Delapuente acaba de morir. Aún está abierta al público la exposición de su última pintura, como él la había titulado. Y ha sido para siempre. Fernando era un hombre de fe profunda y un enamorado del arte. Se ha despedido del mundo con una sonrisa -su sonrisa generosa de hombre-niño- y una exposición de esa pintura en la que ponía tanta pasión» (31)

En la brecha. Desvelando el valor trascendente del último objeto que cruzó su mirada. Como había visto hacer siempre.

Como había aprendido después de andar tantos caminos junto al Fundador del Opus Dei.

Un día, Monseñor Escrivá de Balaguer visita al Santo Padre Pablo VI y le habla de estos hijos suyos que van por la vida cantando las maravillas de Dios. Y ningún ejemplo más plástico que el de una persona cuyo oficio es, naturalmente, cantar. Por eso le habla al Papa de Teresa Tourné, una mujer del Opus Dei que acaba de pasar por Roma en abril de 1967. Va camino de Colonia para cumplir unos contratos con la Opera de Augsburgo. Pero, antes, tiene con el Padre una conversación familiar, entrañable, en una salita de Villa Tevere.

-«Quiero que sepa, Padre, que gracias a la Obra he seguido en mi profesión; sin la ayuda de la vocación, ya la habría dejado».

-«Es bonito, hija mía, que cantes y que, mientras lo haces, alabes al Señor. Es lo que dice en unas palabras del Salmo: alabaré el nombre de Dios con un cantar (Ps LXVIII, 31)».

Luego, le recomienda que se cuide, porque no debe perder facultades por falta de atención. Y en medio de las dificultades del ambiente en que se mueve, que pegue a muchas almas el amor de Cristo…

-«Ilusiónate con tu carrera: es muy bonita. A mí me gusta mucho cantar y canto con frecuencia, ¿verdad Alvaro? Cuando vamos de viaje, suelo hacerlo».

Teresa le cuenta que, poco tiempo después de pedir la admisión en el Opus Dei, interpretaba en la ópera de «Turandot» el personaje de Liu, una esclava que defendía a un rey. El pueblo pregunta por qué defiende con tanto calor a aquel rey, y la esclava, en una frase musical difícil, contesta:

«Perché un di nella reggia mi ha¡ sorriso …: porque un día, en el palacio, me ha sonreído. Haciendo este papel, yo pensaba que así me había sucedido en mi vida, y que también el Señor me había sonreído» (32).

Y el Padre comentaría, más tarde, a propósito de esta anécdota:

-«Se sabe esclava y amadora de Dios. ¡Es bonito! Muchos hijos míos, en las tablas del teatro, hacen reír y distraerse a los demás, y hacen actos de amor colosales »(33)

Así quería exponerle a Su Santidad la idea de que las mujeres y los hombres de la Obra están en todos los lugares, en todos los trabajos; allí donde se dan cita los más variados oficios del mundo. Y quieren estar con aquél formidable espíritu que San Pablo deseaba contagiar a los de Corinto: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios»(34)

A veces los caminos de Dios dan un rodeo para traer más cerca a un alma. Y pasa el tiempo, hasta llegar a un encuentro feliz. Tal vez éste pueda ser el caso de Ernestina de Champourcin, escritora y mujer de un gran poeta: Juan José Domenchina. Los avatares de la guerra civil española les llevan al exilio, y México se convierte en su segunda patria. Un día, inesperadamente, conoce a Guadalupe Ortiz de Landázuri y comienza a frecuentar el primer Centro de la Obra en aquel país. He aquí cómo describe ella su propia experiencia interior:

«Un camino suave que se abre lentamente y que es distinto a todos los caminos entrevistos (…) hasta entonces. Y Dios sobre todo, que es lo que yo andaba buscando hacía años a tientas y sin saberlo…».

Poco después pide la admisión en el Opus Dei, y el 7 de enero de 1962, en Roma, conoce al Padre:

«Ese viaje en el que se habló de poesía, de aquella poesía mía a la que estaba a punto de renunciar y que se me presentó, al contrario, como una meta importante… Porque el Padre tenía el don de aclarar las sombras y de hacer sencillo lo que (…) se nos hacía incompatible o complicado».

-«No dejes de escribir nunca; en cualquier papel, en cualquier momento… ».

Uno tras otro irán llegando los libros a Roma. Y siempre, el mejor de los elogios:

-«Tus versos son muy buenos y sirven para hacer oración»(35). Aparentemente lejos de México, el Padre, de vez en cuando,leía poemas escritos más allá del mar. Y siempre, rezaba poraquellos que Dios había confiado a la fortaleza de su fe.

El espiritu de un Concilio

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En agosto de 1964, Pablo VI publica la encíclica Ecclesiam Suam trazando las directrices por las que ha de caminar la Iglesia en el cumplimiento de su misión. Es, en realidad, el timón que marca rumbo al esquema sobre la Iglesia que el Concilio está estudiando. Desde el 14 de septiembre al 31 de noviembre tiene lugar la tercera etapa de sesiones del Concilio, en la que se aprueban tres nuevos e importantes documentos, uno de ellos la Lumen Gentium, Constitución dogmática sobre la Iglesia.

Entre el 14 de septiembre y el 8 de diciembre de 1965 tiene lugar la cuarta y última etapa.

El día 7 de diciembre, se celebra la Novena Sesión pública, presidida por el Papa. Los últimos documentos son aprobados definitivamente. Antes de la celebración de la Misa, Pablo VI y el Patriárca Atenágoras de Constantinopla leen, ante la imagen de Pedro de Galilea -primer Vicario de Cristo-, una declaración común pidiendo la unión de todas las Iglesias. La Misa solemne de clausura será oficiada por el Papa el día de la Inmaculada Concepción, en la plaza de San Pedro.

A lo largo del Concilio, múltiples aspectos que el espíritu del Opus Dei viene exponiendo y practicando desde 1928, van a ser refrendados y propuestos para todos los fieles por la Iglesia Católica reunida en la mayor asamblea de su historia. El Padre lo hará constar así ante sus hijas e hijos. No por afirmación personal, sino por certeza absoluta de que todo el espíritu de la Obra es sobrenatural y urgido por Dios.

Seis años después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei, el 19 de febrero de 1981, se introducirá en Roma su Causa de Beatificación y Canonización. En el número de marzo-abril, la «Rivista Diocesana di Roma» publicará el decreto de introducción de la Causa, dado por el Cardenal Poletti, que contiene una breve síntesis de la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer y de la espiritualidad del Opus Dei.

Comienza el decreto recordando, con palabra del Motu proprio Sanctitas clarior, que el Concilio Ecuménico Vaticano II «ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles, de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último». Y añade:

«Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia».

Hoy, al concluir el Concilio Vaticano II, el Padre recuerda el arduo camino que ha tenido que abrir en el mundo este «espíritu viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo»:

«Hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne, en la Constitución dogmática De Ecclesia. Se ve que hemos ido delante, que habéis rezado mucho»(18).

Poco después de ser elegido Papa, Pablo VI declara públicamente que el trabajo puede ser santificado y santificante. En una audiencia, el Fundador del Opus Dei tiene la oportunidad de decirle:

-«Vuestra Santidad ha hablado hace poco sobre el trabajo santificado y santificador».

-«Sí. Es verdad».

-«Santidad, por decir eso mismo, hace muchos años, fui acusado al Santo Oficio»(19)

El Santo Padre sonríe con afecto. Las obras de Dios están marcadas, muchas veces, por la paciencia y la contradicción.

Recuerda un Obispo haber oído al Padre comentar en Villa Tevere unas palabras que el Papa le dirigió, y que sintetizan la inspiración sobrenatural de todo el espíritu de la Obra.

«Dios le ha dado a usted el carisma para que ponga en la calle la plenitud de la Iglesia»(20).

El día de la clausura del Concilio Vaticano II, junto a toda la Cristiandad, es fiesta para el Opus Dei, que se siente identificado con las palabras que Pablo VI dice ante los Padres Conciliares. Habla a los gobernantes, a los hombres y mujeres de pensamiento y de ciencia, a los artistas, a los trabajadores, a los pobres, a los enfermos, a los que sufren, a los que se inician en las responsabilidades de la vida.

El Opus Dei se sabe aludido por esta llamada a la plenitud de Cristo. Y subraya, con su entrega incondicional, las palabras con que el Papa clausura hoy el Concilio:

«La Iglesia (…) es la verdadera juventud del mundo. Posee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas. Miradla y veréis en ella el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el Profeta de la verdad y del amor, el compañero y amigo (…)”

En un oratorio de Villa Tevere, lejos y cerca de la multitud, el Fundador del Opus Dei sigue, paso a paso, la Cerermonia de Clausura. Su oración es hoy una ancha y honda acción de gracias.

12. Fama de santidad

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En la Presentación de Amigos de Dios, la primera obra póstuma del Fundador del Opus Dei (1977), usted escribió que el Padre “no pretendió jamás ser un autor, a pesar de que figura entre los maestros de la espiritualidad cristiana”. Esto refleja un aspecto de su humildad, que explica su resistencia a publicar libros, aunque (y quizá precisamente por esto) Camino era ya conocido en todo el mundo varias décadas antes. Hablemos ahora de los libros del Fundador, que recapitulo a continuación, con el orgullo de haber preparado sus ediciones italianas. Por orden de composición, el primero es Santo Rosario, escrito en 1931 aunque no se publicaría hasta 1934; Consideraciones espirituales, publicado a ciclostil en 1932, impreso en 1934, y que se amplió y editó con el título definitivo de Camino en 1939; la colección de entrevistas concedidas a la prensa internacional, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, es de 1968; el primer volumen de homilías, Es Cristo que pasa, apareció en 1973. Se han publicado póstumamente Amigos de Dios (1977), Via Crucis (1981), y los otros dos libros de meditación que forman con Camino una trilogía, Surco (1986) y Forja (1987). De carácter científico es el estudio teológico–jurídico La Abadesa de las Huelgas (1944): el Fundador, atento al encuadramiento canónico de la Obra, se interesó por la figura extraordinaria de jurisdicción cuasi–episcopal, de que gozó antiguamente la abadesa de ese monasterio de Burgos.

–Sin duda, las obras de espiritualidad de nuestro Fundador han contribuido decisivamente al nacimiento y difusión de su fama de santidad. Sin embargo, como no buscaba la popularidad, sino el bien de las almas, deseo subrayar que su fama de santidad surgía como consecuencia de los frutos espirituales que obtenían los lectores por la meditación de sus escritos. Disponemos de infinidad de testimonios unánimes en este sentido.

Ya he mencionado el aprecio de Pablo VI hacia Camino, que el Papa utilizaba para su meditación personal. Ese aprecio venía de mucho tiempo atrás, pues uno de los primeros miembros de la Obra que llegaron a Italia, el profesor José Orlandis, entregó en 1945 un ejemplar de Camino al entonces Mons. Montini, quien se lo agradeció con una carta, fechada el 2 de febrero de ese año, en la que decía, entre otras cosas: “Sus páginas son una sentida y poderosa llamada al generoso corazón de la juventud, a la que, descubriéndole elevados ideales, enseñan la senda de la reflexión y seriedad de criterio, que la dispone a vivir plenamente la vida sobrenatural (…). Ofrece ya la consoladora realidad de sus copiosos frutos en el ambiente universitario español. Yo celebro inmensamente que el libro haya tenido tan halagüeño resultado y pido al Señor que siga bendiciéndolo y difundiéndolo, para el bien de muchas almas”.

Son innumerables las personas de toda condición que declaran haber recibido luz y fuerza con la lectura de las páginas de nuestro Fundador. El cardenal Maurice Otunga, Arzobispo de Nairobi, escribió: “Yo no conocí a Mons. Escrivá personalmente, pero he leído muchísimos escritos suyos. Cada vez que he meditado uno de sus libros, he sentido que se hacía posible lo que me parecía imposible: que también yo puedo ser santo”.

Una religiosa española que vive en México, ha referido una historia edificante que tuvo lugar en los años cuarenta. En aquella época, recibió la indicación de trasladarse de España a México, y se dirigió a la Policía para tramitar su pasaporte; surgieron algunos problemas burocráticos y, además, la religiosa se enteró de que el funcionario hacía profesión de ateísmo. No se le ocurrió otra cosa que regalarle un ejemplar de Camino. Consiguió al fin el pasaporte, junto con otra religiosa de su Orden que se marchaba a Colombia. En 1980 regresó a España. Un domingo fue a Misa a la catedral, y a la salida le paró un señor que le dijo: “¡La culpa es suya, la culpa es suya!”. Se quedó sorprendida, y no sabía qué responderle, hasta que el hombre le explicó: “Usted me regaló un ejemplar de Camino antes de marcharse a México, y yo, gracias a aquel libro, me convertí”.

El prestigio del que gozó el Fundador del Opus Dei entre los que le trataron se funde con su fama de santidad. Le pediría que evocase algún testimonio.

–Un capítulo especialmente significativo lo constituyen las declaraciones de muchos seminaristas, sacerdotes y religiosos que, entre los años 1938 y 1945, participaron en alguna de las numerosas tandas de ejercicios espirituales que el Fundador de la Obra predicó por toda España. Me parece interesante recordar el origen de esos testimonios: en aquellos años, como ya he apuntado, se había desencadenado una auténtica campaña de calumnias increíbles contra nuestro Fundador, que fue acusado de hereje, de masón, de embaucar a las almas y ejercitar sobre ellas una influencia nefasta. A pesar de todo esto, muchos obispos diocesanos, que le conocían personalmente y lo consideraban un santo, seguían invitándole a predicar los ejercicios a su clero. De este modo, muchos sacerdotes tuvieron la oportunidad de escucharle, y se sintieron en el deber de defenderle como podían de aquellas acusaciones. Y la manera más sencilla de hacerlo era escribirme a mí: se trata, pues, de testimonios muy próximos cronológicamente a los hechos que describen; en aquellas circunstancias, tienen el gran valor de ser palabras muy sentidas y espontáneas.

Por ejemplo, Mons. Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona, me escribió el 22 de noviembre de 1941: “Muy querido Alvaro: Mi queridísimo amigo Don José María, ese tan buen Padre que Dios os ha dado, ha dictado Ejercicios Espirituales a todos los nuevos párrocos de esta bendita Diócesis de Pamplona, cuyo Clero es ejemplarísimo. Digo a todos, porque aunque nos falta la última Tanda, esperamos que sea también él el que la dicte (…). Que Dios nos lo conserve muchos años, muchos años, para gran gloria de Su santa Iglesia. Vosotros cuidad bien ese tesoro”.

Y el actual Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid, escribió en 1942, refiriéndose a un curso de ejercicios en el que había participado como seminarista a finales de 1938: “Recuerdo aquel amor a Cristo que respiraban todas sus frases. Conservo imborrable recuerdo de aquellas palabras: Amar a Cristo con locura, con enamoramiento, como un avaro su oro, como un negociante su negocio, como un amante a su amada, como un pobre desgraciado sus placeres sensuales“.

Ya he mencionado que, del 3 al 11 de octubre de 1944, nuestro Fundador predicó los ejercicios a los Agustinos del Monasterio de El Escorial, con su salud muy maltrecha: tenía un antrax enorme en el cuello, y una fiebre altísima. Fue entonces cuando le diagnosticaron la diabetes; sin embargo, cumplió su compromiso de predicarles. El Provincial de los Agustinos, Padre Carlos Vicuña, me escribió el 26 de octubre: “voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don José María Escrivá a los religiosos agustinos del Real Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores; ahora esperamos de Dios que el fruto sea muy abundante. Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse; sus conferencias de 30 y 35 minutos les parecían de sólo diez, cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón. ‘Le sale de dentro, habla así porque tiene vida y fuego interior’; ‘es un santo, un apóstol; si le sobrevivimos muchos de nosotros le hemos de ver en los altares…’, son las expresiones que he escuchado de los oyentes. Es muy de notar la rara unanimidad en los elogios, sobre todo tratándose de un auditorio de intelectuales y especialistas en gran proporción. No se ha oído una sola voz menos favorable. Es verdad que venía precedido de una aureola de santo, pero no es menos cierto que, lejos de defraudarla, la ha confirmado”.

Expresiones semejantes utilizan numerosos sacerdotes que escucharon a nuestro Fundador, tanto en Roma como en distintos países europeos a partir de 1946, o durante sus viajes a América en los años 1970, 1974 y 1975.

Ya he recordado el aprecio que le tenían Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Añadiré que Pablo VI, durante la audiencia que me concedió el 5 de marzo de 1976, afirmó que consideraba al Fundador del Opus Dei “como uno de los hombres que han recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que han correspondido con mayor generosidad a los dones de Dios”; me repitió estas ideas en otra audiencia del 19 de junio de 1978, en la que agregó que había podido advertir, desde el día que lo conoció en 1946, el carácter excepcional de su figura en la historia de la Iglesia.

Deseo evocar también al Cardenal Ildefonso Schuster, Arzobispo de Milán: con profunda convicción, aseguraba a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes.

El conocido escritor Mons. Hubert Jedin ha declarado: “Como historiador de la Iglesia puedo afirmar que una influencia tan profunda y universal en la Iglesia de Dios sólo puede generarla un hombre cuando éste se ha puesto por completo a disposición de Dios, convirtiéndose en un instrumento para la santificación de los demás y para la realización del Reino de Dios sobre la tierra. La fecundidad del Fundador del Opus Dei no habría sido posible si no hubiese sido santo”.

Una anécdota más entre las numerosas que se podrían citar. Durante la breve estancia de nuestro Fundador en Guatemala, con ocasión de su viaje a América Latina, en 1975, el Cardenal Casariego, Arzobispo de la Ciudad de Guatemala, manifestó muchas veces el deseo de recibir su bendición. La misma tarde en que llegó, cenaron juntos, y al final, el Cardenal se arrodilló y le pidió que le bendijera; entonces nuestro Fundador se puso de rodillas y le replicó: Yo no doy la bendición a un Cardenal. Ante la insistencia del purpurado, se limitó a hacerle la señal de la cruz en la frente, ganándose su amable protesta: “No me ha dado la bendición hoy, pero no le dejaré marcharse de Guatemala sin que lo haya hecho”. El día de la partida, el Cardenal Casariego vino a buscarlo al Centro de la Obra donde estábamos alojados; entraron juntos en el oratorio y estuvieron unos momentos rezando. Al terminar, mientras el Padre se levantaba para salir, el Cardenal se interpuso y exclamó: “En la presencia de Jesús Sacramentado y delante de estos hijos suyos, ¡no me muevo de aquí, si no me da la bendición!”. Mario, usted obtiene de mí lo que nadie consigue, respondió nuestro Fundador, que se vio obligado a ceder. Después el Cardenal declaró: “¡No podía perderme la bendición de un santo!”.

Durante aquella estancia en Guatemala, sufrió graves molestias físicas y tuvo que renunciar a tener tertulias con muchas personas a las que deseaba hacer llegar su predicación. A pesar de todo, el día en que nos fuimos, millares y millares de personas acudieron al aeropuerto, solamente para verle, aun de lejos, y recibir su bendición.

En su corazón, los miembros de la Obra consideraban un santo a su Fundador, aunque no lo mostrasen externamente, para no provocar sus protestas. Deseaban tener una fotografía suya, y los que consiguieron alguna, con palabras de su puño y letra, la conservaron como una joya que con el tiempo sería una reliquia. Usted, que ha estado a su lado durante cuarenta años, conservará seguramente algunos recuerdos muy personales.

–Desde 1950 el Padre tuvo que acudir al dentista con frecuencia: iba a la consulta de un buen amigo mío, el doctor Hruska. Le pedí que me entregase a escondidas, después de cada sesión, las piezas dentales extraídas, porque quería conservarlas. Aunque intentamos que no se diese cuenta, el Padre acabó enterándose. Y un día de 1961, mientras estaba yo ingresado en una clínica de Roma para someterme a una intervención quirúrgica, el Padre pidió a don Javier Echevarría que le ayudase a descubrir dónde las había guardado: estaba firmemente decidido a tirarlas, porque no quería que conservásemos ningún recuerdo de su persona: Vamos a buscar estas porquerías, le dijo.

En la vida del Fundador se han verificado algunos sucesos extraordinarios, intervenciones sobrenaturales, especialmente ligadas a la fundación de la Obra. Le rogaría que hablase un poco de este aspecto de la vida de un santo.

–No veo posible abordar este tema de un modo exhaustivo y detallado. Su humildad y su prudencia le llevaban a silenciar este tipo de sucesos, aunque no negase que se habían dado en su vida, más de una vez, intervenciones extraordinarias de Dios. De acuerdo con las indicaciones expresas de la Santa Sede, nos hablaba de estos temas pensando en el bien de nuestras almas, pero contando lo mínimo indispensable.

Además, estoy persuadido de que, así como quemó el primero de sus cuadernos de apuntes espirituales, porque reflejaban numerosos hechos sobrenaturales, es muy probable que nunca nos haya revelado muchos otros, sólo conocidos por Dios. Quería evitar, a toda costa, que leyendo aquellos apuntes, alguno pudiese pensar que era un santo.

Por otro lado, no conviene olvidar que el núcleo del espíritu que el Señor confió al Fundador del Opus Dei consiste en esforzarse por encontrar a Dios en la vida ordinaria y a través de las ocupaciones habituales: nada más opuesto, por tanto, a resaltar los fenómenos extraordinarios. Nuestro Fundador repetía con frecuencia: A mí me bastan los milagros del Evangelio; y, en efecto, su conducta y su predicación se distinguieron por la exaltación del valor de las situaciones más normales, y el empeño por imitar la vida oculta de Jesús.

Recuerdo que el 2 de octubre de 1968 el Padre pasó el quadragésimo aniversario de la fundación de la Obra en Pozoalbero, una casa de retiros en Jerez de la Frontera. También le acompañaba yo. Durante una tertulia familiar, agradeció a los que estaban allí que ninguno le hubiera preguntado sobre la fundación del Opus Dei: seguramente –añadió–, se le habría escapado alguna confidencia íntima. Entonces le preguntamos con insistencia cómo había intervenido el Señor en el nacimiento de la Obra, pero el Padre, con habilidad, eludió las preguntas; después nos dijo en tono serio: Hijos míos: intencionadamente no he querido contaros nada. Yo os mentiría si os dijera que el Señor no ha tenido conmigo intervenciones extraordinarias. Las ha tenido siempre que han sido necesarias para la marcha de la Obra. (…) Pero, muy especialmente en un día como hoy, no he querido contaros nada de eso, para que se os quede muy grabado, y lo repitáis en el futuro a vuestros hermanos, que el camino nuestro es lo ordinario: santificar las acciones vulgares y corrientes de cada día, hacer endecasílabos –poesía heroica– de la prosa diaria.

No obstante, deseo recordar algunos sucesos extraordinarios de los que he tenido conocimiento. Ya me he referido a que las locuciones interiores fueron uno de los modos elegidos por el Señor para modelar el alma de nuestro Padre: eran, como solía explicar, locuciones intelectuales, sin ruido de palabras, pero que permanecían como grabadas a fuego en mi alma. Algunas, especialmente importantes, se han dado a conocer ya en las biografías del Padre publicadas: hablaré de otras, a título de ejemplo.

Con frecuencia, aquellas inspiraciones consistían en una comprensión singularmente profunda de algún texto de la Sagrada Escritura. Sucedía así: de pronto, le afloraba a los labios con insistencia un versículo de un salmo o algún otro texto que no se había detenido a meditar hasta entonces con particular atención; después, también de modo repentino e irresistible, sin que la hubiese buscado, se le manifestaba una interpretación espiritual absolutamente nueva, que hacía más elevada aún su contemplación: el Espíritu Santo le tomaba por sorpresa y le mostraba, sin lugar a dudas, que todo era obra del Señor. En sus apuntes íntimos figuran muchos ejemplos.

El Padre me contó que, en medio de las grandes dificultades de los comienzos, el Señor le hacía ver toda su impotencia, pero no dejaba de sostenerle con la serena certeza de la ayuda divina. Así, el 12 de diciembre de 1931, imprimió en su alma, con fuerza inusitada, estas palabras: Inter medium montium pertransibunt aquae (Ps. 103, 10; cfr. Camino n. 12), a pesar de los obstáculos, la Obra se extenderá por todas partes.

Dando un salto en el tiempo, me detendré ahora en algunas locuciones del Señor que tuvieron lugar en época más reciente. Si toda su existencia estuvo sellada por la Cruz, los últimos años parecen quizá más dolorosos: la razón de su profundo sufrimiento fueron los malos tratos inferidos a la Iglesia por tantos que deberían haberla amado y defendido. Errores doctrinales, desórdenes morales y disciplinares, abiertas desobediencias en materia litúrgica, una sangría casi imparable de vocaciones sacerdotales y religiosas, junto a la confusión difundida dentro del Pueblo de Dios, le hicieron padecer un prolongado y agudísimo calvario. Y, en medio de aquella turbación, el Señor intervino: el 8 de mayo de 1970 hizo resonar en su alma, enriqueciéndola con luces nuevas, las palabras: Si Deus nobiscum, quis contra nos? (cfr Rom 8,31). Reafirmado en su fe, tuvo la clara confirmación de que el Esposo no había abandonado a su Iglesia y que la llevaría indefectiblemente a buen puerto después de la tempestad; al mismo tiempo, se consolidó en su alma la conciencia de su responsabilidad y de la de todo el Opus Dei en la tarea de confirmar y propagar la recta doctrina.

La esperanza no atenuó la intensidad de su dolor. Aunque estaba agradecido a Dios por haber ahorrado al Opus Dei tantas tribulaciones, le acuciaba el pensamiento de la tristísima situación que atravesaba la Iglesia. El 6 de agosto de 1970, el Señor hizo resonar en su mente con gran ímpetu las palabras de Isaías: Clama, ne cesses! (Is. 58, 1), y comprendió que Dios le pedía no sólo multiplicar su oración y su penitencia, sino también hacer llegar lo más lejos posible, a través de una predicación enérgica e insistente, la exhortación a la más rigurosa lealtad a la Iglesia. Ésa fue la razón de que el 4 de octubre de 1972 saliera hacia la Península Ibérica, y regresase a Roma el 30 de noviembre, después de haber recorrido España y Portugal: fueron dos meses de infatigable catequesis, en los que su ardiente mensaje de fidelidad llegó a cientos de miles de almas. Más adelante, concretamente del 22 de mayo al 31 de agosto de 1974, y después en febrero de 1975, ya pocos meses antes de su muerte, realizó dos viajes a América Latina: recorrió siete países, desarrollando por todas partes una vasta e intensa catequesis en encuentros con millares de personas que acudían a escucharle. Deseo añadir que estas locuciones interiores, descritas brevemente, además de constituir un nuevo estímulo a la heroica abnegación con que nuestro Fundador gastaba sus energías en servicio de la Iglesia, alimentaron también su certeza en la futura solución del problema de la configuración jurídica definitiva del Opus Dei.

Así, pues, no faltaron en la vida del Padre los dones extraordinarios.

–Soy testigo de cómo sabía dar respuesta precisa a problemas de los que ni siquiera le habían hablado, y de cómo “veía” sucesos que estaban ocurriendo en sitios lejanos, o que tendrían lugar en el futuro. Contaré un hecho, del que fui protagonista en 1939. Al terminar la guerra civil, nuestro Fundador regresó a Madrid. Durante algunos meses no pude estar a su lado, porque el ejército me destinó a un batallón en Olot (Gerona), cerca de la frontera con Francia; tenía el mando de la primera Compañía. Allí conocí a Fernando Delapuente, un teniente muy simpático con el que comencé a hacer apostolado. Un día recibí una carta de nuestro Fundador en la que me decía, más o menos: “Dile a tu compañero Delapuente, que lo que le ha pasado hoy se debe a esto y a esto otro”. Me quedé asombrado: yo no había hablado al Padre ni siquiera de la existencia de aquel amigo mío; además, en la inmediata posguerra, por el pésimo estado en que se encontraban las vías de comunicación, trasladarse de Olot a Madrid era una empresa que llevaba varios días y Fernando no había estado en Madrid, ni conocía al Fundador. Decidí invitar a mi amigo a dar un paseo a caballo fuera de la ciudad, donde podríamos estar más tranquilos. Así le pude contar todo con calma. Fue tal su sorpresa que se cayó de la silla. Me dijo que había pasado un momento verdaderamente difícil y me explicó las razones, añadiendo que hasta entonces no se lo había contado a nadie. Naturalmente, siguió encantado los consejos del Padre.

También por aquella época, sucedió que unas chicas insidiaban a un miembro de la Obra. Pronto supimos que precisamente el día en que intentaban ponerle en un compromiso, nuestro Fundador se encontraba con unos hijos suyos y de repente exclamó: En este momento un hermano vuestro necesita mucha ayuda. Vamos a rezar un Memorare por él. Debo precisar que la persona interesada no había tenido tiempo de informarle de nada. El peligro se desvaneció al instante. Así nació entre los miembros del Opus Dei la costumbre de rezar, por lo menos una vez al día, esta oración que el Padre llamaba oratio saxum, porque la consideraba un apoyo seguro para aquel miembro de la Obra que le hiciera más falta en aquel momento.

En 1948, durante un viaje a Sicilia, nuestro Fundador conoció a don Francesco Ricceri, un sacerdote que desarrollaba su ministerio en Catania; le habló sobre el espíritu y los apostolados del Opus Dei. Yo estaba presente, pero prefiero describir la escena con las propias palabras de su protagonista, que tomo textualmente de la relación que hizo, el 21 de febrero de 1978, cuando era Obispo de Trapani: “Fascinado por la hermosura de esta institución, pedí insistentemente al Padre que abriese una residencia del Opus Dei en Catania, donde yo le habría ayudado con todas mis fuerzas, ya que era el párroco de una parroquia muy bien situada, y Consiliario de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana). El Padre me fue dando largas hasta que, ante mi insistencia, respondió: “Si usted se quedase en Catania, me animaría a abrir con su ayuda la residencia, pero usted se irá. ¿Cómo podrá ayudarme?”. Yo repuse que no tenía ninguna intención de alejarme de Catania y el Padre, mirándome fijamente con sus ojos penetrantes, añadió: “Sepa que dentro de unos años le harán obispo y deberá dejar Catania”. Yo tomé esas palabras como una salida ingeniosa, pero los hechos confirmaron, en 1957, que habían sido proféticas”. En la tarjeta que Mons. Ricceri envió a nuestro Fundador el 24 de abril de 1957 para comunicarle su inminente consagración episcopal, afirmaba que no podía “poner en duda el espíritu profético” del Padre.

En Burgos, en 1938, un alto cargo de la administración pública amenazó con poner una denuncia calumniosa contra un miembro de la Obra, Pedro Casciaro. Sobre la base de un hecho real –la colaboración del padre de Pedro con el gobierno republicano–, este señor pretendía acusarle de ser masón y comunista y le atribuía la responsabilidad de numerosos asesinatos de gentes de derecha en Albacete. Afirmaba, además, que el propio Pedro Casciaro era comunista, y que había propagado esta ideología en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular; concluía de todo esto que era un infiltrado en la “zona nacional”, con la misión de actuar como espía en el ejército de Franco y, más concretamente, en el cuartel del general Orgaz.

La acusación era absolutamente falsa, aunque se basaba en una verdad parcial, y en aquellas dramáticas circunstancias una denuncia de este tipo resultaba gravísima; Pedro corría el peligro de ser condenado a muerte, en un momento en que los procesos militares eran a menudo sumarísimos, sin todas las garantías necesarias para probar la verdad.

Nuestro Fundador intentó disuadir al acusador, para que no cometiera una injusticia tan grave: fue a verle, acompañado por el profesor José María Albareda. La conversación fue tremendamente dura. Aquel señor mantenía una postura fría e insolente. Nuestro Fundador defendió a Pedro con la serenidad más completa y con todo el cariño paterno de que era capaz. Al principio con dulzura y, después, con gran energía, trató de hacer comprender al interesado que iba a cometer una injusticia: arrancar a la madre de Pedro, de un solo golpe, al hijo y al marido. Le invitó a pensar en su propia mujer.

Pero el hombre replicó que, como en aquel momento era imposible detener y castigar al padre, el hijo tenía que pagar por él, aunque fuese inocente; además –observó–, muchos inocentes morían en el frente o en las prisiones de la “zona roja”. Con una fortaleza que impresionó mucho a José María Albareda, nuestro Fundador le explicó que semejante postura era inconcebible en un cristiano que sabe que deberá dar cuenta a Dios de sus acciones. Añadió que no le gustaría estar en su lugar y presentarse al juicio divino con un rencor tan injusto en el alma. Le exhortó a pensar que el Señor podría llamarle aquel mismo día a responder de lo que iba a hacer o, incluso, castigarle en sus propios hijos. Pero ni las súplicas llenas de caridad, ni la fortaleza del Padre lograron ablandar el corazón de aquel infeliz, que repetía obstinadamente: “¡Lo tienen que pagar, el padre o el hijo!”.

Nuestro Fundador salió entristecido y en silencio del despacho del funcionario. José María Albareda estaba impresionado tanto por el modo en que había defendido a Pedro, como por la dureza y hostilidad demostrada por su interlocutor hasta el último momento. El Padre bajó las escaleras con la mirada baja, y como pensando en voz alta, dijo: Mañana o pasado, entierro.

Aquel mismo día, por la tarde, nuestro Fundador salió de casa en compañía de otro hijo suyo para hacer unas gestiones: también a él le contó lo sucedido y con voz dolorida repitió, aludiendo a la familia del que acusaba a Pedro: Mañana o pasado, entierro. Poco después, el que le acompañaba se paró de repente, y palideció: acababa de leer el anuncio de la muerte repentina de aquel funcionario. Como era costumbre en Burgos, la esquela estaba colocada en los escaparates de los comercios y en los muros de las casas. Nuestro Fundador rezó un responso y dijo que había “interpretado” mal: al oír interiormente las palabras “mañana o pasado, entierro”, había pensado que iba a morir un hijo de aquel hombre, que era de la misma edad que Pedro Casciaro, y en aquel momento se encontraba en el frente.

La noticia afectó tanto al pobre Pedro que se puso enfermo y tuvo que meterse en cama. Nuestro Fundador procuró serenarlo, y le animó a dar gracias a Dios por el modo en que le había protegido a él y a su padre. Le dijo que no se preocupara por la suerte de aquel pobre hombre: aunque el hecho era verdaderamente muy doloroso, tenía la certeza moral de que el Señor se había compadecido de él, y le había concedido la gracia del arrepentimiento final. Le confió que, desde que había salido del despacho, no había dejado de rezar por él y por sus hijos.

Son sucesos impresionantes que ponen de manifiesto su grado de intimidad con Dios. He oído hablar también de la “Virgen de los Besos”, una imagen que el Padre besaba siempre antes de salir de casa.

–Como disponemos de algunos de sus apuntes íntimos, en el quinto cuaderno hemos encontrado esta anotación, que refleja, a un tiempo, los favores divinos de que nuestro Fundador fue objeto, su humildad y su obediencia:

Octava del patrocinio de S. José, 20–IV–32: Después, si tengo tiempo, tomaré muchas otras notas retrasadas. Ahora quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Animas del purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (…) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. (…) Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (…) y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces. No le di importancia, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea su pureza!

Día de S. Marcos, 25–IV–32: Esta mañana estuve con mi padre Sánchez. Tenía decidido contarle lo del día 20: sentí cierta repugnancia o vergüenza. Me costó, pero se lo dije.

¿Se han dado también intervenciones extraordinarias a través de otras personas?

–Curiosa pregunta. Me viene a la cabeza lo que sucedió en 1935, cuando el Fundador instaló el primer oratorio de un Centro de la Obra, la Residencia de la calle de Ferraz. Era una época de gran estrechez económica, y al Padre le costó trabajo reunir muchos de los objetos litúrgicos y los ornamentos necesarios, pobres pero dignos. Para el Sagrario –lo he mencionado ya–, se dirigió a la Madre Muratori, una religiosa Reparadora que le apreciaba mucho. Esta buena monja le prestó uno de madera; pero parecía imposible conseguir las cosas que faltaban, o el dinero para comprarlas. Entonces el Padre se acordó de la frase de la Sagrada Escritura Ite ad Ioseph, con la que el Faraón respondía a los egipcios cuando le pedían pan. Y empezó a invocar al santo Patriarca, San José, y a pedirle lo necesario para poder tener en casa el Pan eucarístico. Un buen día –él mismo me lo contó–, se presentó un señor en la portería del edificio de la residencia y dejó un paquete. Cuando el Padre lo abrió, vio que contenía, exactamente, los objetos que faltaban para poder empezar el culto.

¿Se dieron casos de favores obtenidos por su intercesión cuando aún vivía?

–En el archivo de la Postulación del Opus Dei se conservan algunos testimonios sobre curaciones obtenidas por la intercesión de nuestro Fundador cuando aún estaba entre nosotros, atribuidas a los méritos de su vida santa; a veces, se trata de favores realmente importantes; otras, de pequeñas gracias obtenidas repentinamente y de un modo humanamente inexplicable.

Estos sucesos muestran que ya durante la vida de nuestro Fundador se le atribuía un particular poder de intercesión delante de Dios: quienes le conocían estaban convencidos de su profunda unión con el Señor, y se sentían impulsados a confiarle las penas y dolores que tenían. Conocí casos, al inicio de los años cuarenta, en que los interesados invocaban a nuestro Fundador en sus oraciones, y presentaban al Señor los méritos de sus virtudes para mover a la misericordia divina a conceder las gracias que pedían. Con significativa naturalidad, estas personas se anticiparon a lo que hacen hoy decenas de miles de fieles en todo el mundo: invocar al Fundador del Opus Dei confiándole sus necesidades.

Por otra parte, más que las intervenciones prodigiosas de nuestro Fundador durante su vida –que no faltaron, desde luego–, me parece más importante, como prueba de su fama de santidad, este hábito de invocarlo privadamente cuando aún vivía, y la gran confianza con que encomendaban a su oración las más graves necesidades. Nuestro Fundador, tuvo fama de que conseguía “favores”, cuando aún estaba en esta tierra.

Recuerdo el siguiente. Por trabajar constantemente a su lado, le he acompañado en la lectura de muchísimas cartas de personas que le contaban sus sufrimientos y se confiaban a su oración; soy testigo de cómo asumía estos problemas y de la fuerza con que los encomendaba al Señor, casi sintiéndose responsable de “arrancar” de las manos de Dios esas gracias. Especialmente recuerdo la impresión que me producía en tantas ocasiones en que quedaba recogido unos momentos después de la lectura de una carta y adoptaba luego un gesto de absoluta tranquilidad, que traslucía la certidumbre de que el asunto se había resuelto. En este sentido me impresionó singularmente el caso de un niño, Octavio Sitjar de Togores, que tenía la boca y el paladar completamente quemados y deformados a causa de un accidente. Cuando el padre de Octavio le contó los sufrimientos del niño, nuestro Fundador le dijo que estaba seguro de su curación, como si tuviese certeza de que el Señor había escuchado su súplica, como realmente sucedió. Recuerdo la misma confianza en el caso de un obrero que, durante la construcción de Cavabianca, sufrió un accidente de trabajo y se cortó la mano derecha y parte del antebrazo: durante varios días el Padre rezó intensamente por su curación, hasta que dejó de preocuparse, con la convicción de que aquel hombre se recuperaría y volvería al trabajo, como sucedió.

Castelgandolfo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Diciembre de 1947. Los médicos han prescrito al Padre unas horas diarias de ejercicio físico para ayudar al tratamiento médico de la diabetes que padece. Después de una larga jornada de trabajo, se desplaza en coche hasta Castelgandolfo; luego, a pie, junto a don Alvaro del Portillo, camina rápido por la carretera, que apenas tiene tráfico. Se detienen frecuentemente a contemplar el lago Albano, apoyados en una valla de madera cercana al hotel con que se inicia el pueblo.

Allí, muy cerca del lago, hay una vieja casona rodeada por terrenos sin cultivar: es propiedad de la Santa Sede, pero la utiliza la Condesa Campello para una actividad de beneficiencia. La proximidad de la ciudad y la privilegiada situación convierten este rincón italiano en un lugar idóneo para levantar un Centro del Opus Dei. Es-un sueño más, ya que no hay la menor posibilidad económica. Y, por esta razón, el Fundador y don Alvaro, acodados en la barandilla que rodea el lago, comienzan a «bombardear» con Avemarías los viejos muros de la casa.

En el verano de 1949, la esperanza del Fundador se convierte en hechos: Su Santidad Pío XII cede, de modo temporal, la casa y los terrenos a la Obra.

El Padre quiere que un grupo de sus hijos pase allí el verano de 1949 porque el calor aprieta en Roma y pesa sobre el reducido espacio vital del Pensionato. Pero antes hay que convertir las estancias, enormes y abandonadas, en un lugar habitable.

Varias asociadas se trasladan, con este fin, desde Roma a Castelgandolfo. Ya han vivido los avatares del Pensíonato y el comienzo de las obras de Villa Tevere. Ahora surge un nuevo instrumento dé apostolado, por gracia de Dios, en la vieja casona de Castelgandolfo. Y allá van, para preparar nuevamente el camino. El aspecto no es alentador: el jardín está invadido por la maleza, que alcanza más de un metro de altura. Los refugiados han guisado, dormido y cuidado animales domésticos en las habitaciones durante muchos meses. La zona de lavandería se utilizó como gallinero, y sobreviven, quien sabe por qué prodigio biológico, piojos a millones. Al iniciar la limpieza, cubren las manos y brazos como manoplas.

Parece ingente la tarea de convertir la casa junto al lago en un local desinfectado y limpio. El «agua fuerte», las lejías y jabones entran en juego y el sol del lago Albano logrará, en breve plazo, atravesar la transparencia de los cristales, dar su auténtico color al suelo, a la claridad de los muros recién pintados.

El Padre se instala frecuentemente en una de las habitaciones con don Alvaro, para seguir trabajando. Escribe directamente, a mano, con sus trazos inconfundibles, firmes y amplios.

No olvida dedicar un rato a la tertulia y a sembrar buen humor por la casa. Pero también al cuidado por la buena formación de todos, al cariño… ¡a su responsabilidad de Fundador!… Se preocupa de que descansen, de que estén fuertes y alegres, porque es síntoma claro de lealtad a su vocación.

«La infidelidad deja, hasta en el rostro, una huella de tristeza»(27).

Este será un verano intenso. A pesar de todos los esfuerzos, la casa no reúne condiciones para ofrecer un mínimo de comodidad a tanta gente. La parte destinada a la administración doméstica carece de utensilios y maquinaria adecuados al volumen de trabajo.

A pesar de todo, las actividades comienzan en septiembre de 1949. En esta casa junto al lago Albano, treinta chicos que han venido desde Roma viven aquí la realidad de la vida en familia del Opus Dei. Esta gozosa fraternidad ha irrumpido en su oración, su estudio, sus tertulias y excursiones. También se derrama fuera de la casa, en los campos, montes y trenes de cercanías. El Padre enciende el fuego de su espíritu. Trata de imprimir, en cada uno, el perfil sobrenatural de la Obra. Les habla de humildad, de trabajo, de oración, de perseverancia.

No resulta extraño que todos vuelvan renovados, tras estos días, al Pensionato. Por las noches, las ventanas del pequeño estudio romano permanecen iluminadas hasta que aparece el sol. Los amigos que frecuentan la Residencia se admiran, atónitos, del ardor con que continúan las obras de “Villa Tevere”, del ambiente que se respira en la casa y de la talla espiritual del Padre, que les conoce, les saluda y les habla de la divina misión de los hijos de Dios en la Obra: un milagro quasi flumen pacis. Como un río de juventud, bondad, belleza.

El Padre y don Alvaro multiplican su actividad. Durante estos años, abren los caminos de la Obra en Roma, Turín, Bar¡, Génova, Nápoles, Palermo… Empiezan a surgir las vocaciones italianas. Don Alvaro será el primer Vicario para la Región de Italia y, además, el primer Rector del Colegio Romano de la Santa Cruz. A su trabajo pastoral y de gobierno habrá de añadir, durante el Pontificado de Pío XII y, posteriormente, en los de Juan XXIII y Pablo VI, su dedicación a varios Dicasterios del Vaticano.

Críticas y oposición

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Papa Pablo VI señalaba en una ocasión que “los santos representan siempre una provocación al conformismo de nuestras costumbres, que con frecuencia juzgamos prudentes sencillamente porque son cómodas”[1]. Las instituciones de la Iglesia y sus fundadores, incluso lo más santo, frecuentemente han sufrido la crítica y la persecución, no sólo por parte de los enemigos de la Iglesia, sino por los propios católicos. El fundador de la Compañía de Jesús, san Ignacio de Loyola, fue denunciado ante la Inquisición en repetidas ocasiones y pasó dos veces por sus cárceles. El nuncio del Papa en España hablaba de la gran reformadora de la orden carmelita, santa Teresa de Jesús, con calificativos como inquieta, holgazana, desobediente y obstinada. Sufrió tantos ataques y hubo tantos intentos de desacreditarla que confesaba a una amiga suya su asombro por la capacidad de inventar infundios que tienen algunos. Don Bosco, el fundador de los salesianos, fue desacreditado por los sacerdotes de su tiempo: algunos le llamaron revolucionario, loco y hereje. El fundador del Opus Dei no fue una excepción.

Ya antes de la Guerra Civil, Escrivá fue criticado, especialmente en algunos círculos clericales de Madrid. El crecimiento del Opus Dei al principio de la década de 1940 y la intolerancia característica del ambiente de posguerra hicieron que se intensificaran los ataques. La contradicción tenía tres focos: algunos miembros de la Falange, el partido político oficial, que no estaba de acuerdo con el énfasis que el Opus Dei ponía en la libertad que tienen los católicos en estas materias; determinados profesores universitarios, contrarios a la presencia de algunos fervientes cristianos en la universidad; y algunos sacerdotes y religiosos, que se alarmaron por la novedad del mensaje del Opus Dei o porque le veían trabajar en ambientes y con gentes que hasta entonces consideraban de su exclusiva competencia.

[1] José Miguel Cejas. PIEDRAS DE ESCÁNDALO. Ediciones Palabra. Madrid 1992. p. 11

Pablo VI: «Aquí todo es Opus Dei»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me encontraba en Roma, en noviembre de 1965, cuando Pablo VI visito con detenimiento y cariño el Centro ELIS y pude recordar con precisión, gracias a lo escrito entonces, una historia esclarecedora.

Detrás del Centro Internazionale della Gioventú Lavoratrice, también llamado Centro ELIS, había tres Pontífices y mucho esfuerzo. Lo imaginó Pío XII, al destinar los fondos de la colecta organizada con motivo de su ochenta cumpleaños para «una obra social». Lo puso en marcha Juan XXIII, encomendando al Opus Dei la realización y la dirección del proyecto. Y lo convirtió en vida el mismo Opus Dei, que había aceptado «con particular agradecimiento el gustoso encargo» –son palabras del Fundador–, bajo los animosos auspicios de Pablo VI, el Papa que lo iba a inaugurar cuando ya la primera piedra era un recuerdo lejano.

¿Recuerdo?… Los protagonistas se mueven incesantemente de un lado a otro la víspera de la visita de Pablo VI. Aquel, que es ingeniero, arrastra cables de alta tensión. Este, que es arquitecto, recoge del suelo, para desmenuzarla entre los dedos, la colilla abandonada por el visitante descuidado. Ese, que es albañil, da instrucciones sobre el mejor modo de colocar una valla. Aquel, que es abogado, acaba de pintar unas tablas. El otro, que es electricista, pregunta al ingeniero si está bien puesto el foco. Aquellos muchachos, con mono o con corbata, llevan sillas, arrastran carretillas, cubren con tierra los charcos, dan martillazos, cuelgan cuadros o dirigen el tráfico de los que vienen o se van. Algunos serán soldadores o torneros, otros estudiarán segundo de Filosofía o cuarto de Químicas, otros serán empleados de Seguros o dependientes… El caso es que, mientras cae la noche del sábado sobre este descampado periférico del barrio Tiburtino, semillero de votos comunistas, todo el mundo está haciendo algo aquí y nadie es espectador ni curioso. Por eso entiendo de golpe, observando lo que veo, esa gran transformación individual que es el presupuesto necesario de cualquier «nueva frontera» social.

Así empezó «el Tiburtino», sin espectadores, sin curiosos y sin decidores. Había unos terrenos allá lejos, en la neorrealista periferia romana, donde se desmontaban los coches robados y donde la geometría de los edificios de nueva planta era solo un presentimiento. Había también un puñado de hombres –pocos, como siempre– con la idea clara de que aquello había que hacerlo pronto y bien, creando ya el ambiente desde los cimientos… Y había, sobre todo, pocas ganas de teorizar y muchas ganas de hacer.

La novedad en la barriada duró poquísimo, al menos como cosa extraña. La familia de los arquitectos, ingenieros, capataces, obreros y peones, unidos por el hormingón de la común empresa, fue el epicentro de un entusiasmo contagioso que acabó difundiéndose a la redonda. Ni ambiente hostil, ni nada que se le parezca. Allí había que arrimar el hombro como Dios manda y dejarse de dar consejos o de perder el tiempo con la retórica. ¿No eran todos trabajadores, desde el ingeniero hasta el pinche?… Pues, a demostrarlo, si querían que aquel Centro prosperase con sus escuelas profesionales, con su residencia, con su biblioteca, con sus instalaciones deportivas e incluso con una parroquia próxima, la de San Juan Bautista, toda nueva y limpia.

Fue así como «el Tiburtino» –el Centro arrampló pronto con el nombre del barrio entero– entró en funcionamiento con un espíritu de familia, de empresa y de obra social que era, al mismo tiempo, la causa y el efecto de la renovación individual producida por un nuevo tipo de relación basada en una solidaridad auténtica y en una responsabilidad concreta.

Todos sentían, desde luego, que se trataba de cosa suya: los que trabajaban en su construcción y los que se acercaban a dar una mano; los que tiraban de plano y los que amasaban cemento; los que hacían números en el barracón y los que daban a la paleta encima de un andamio; los que lo vivían y los que lo oían contar en sus casas o en la «trattoria». No era posible hablar de clases sociales en aquel ambiente de trabajo, en el que nadie escurría el bulto y en el que bastaba un descuido del visitante curioso para encontrarse con una pala en la mano.

Decir que el Centro empezó a funcionar desde que se colocaron los cimientos es describir exactamente lo ocurrido. No se trataba de hacer algo nuevo y grandioso para regalarlo una vez acabado, sino de crear entre todos, con los medios a disposición y con los que fuesen llegando, algo propio que llevase los latidos de la vida real. De este modo, cambiando sobre la marcha lo que había que cambiar, los arquitectos y los ingenieros consiguieron una armonía entre lo bello y lo útil que les valió el premio del Instituto Nacional de Arquitectura por la mejor «gestión constructora». Y de este modo, fue naciendo también, con el talante familiar y digno del Centro, la experiencia necesaria para la formación individual y social de unos muchachos que propagarían su estilo con sólo hacer bien lo que aprendían haciendo.

El Centro ELISacogía entonces, entre internos y externos, a trescientos jóvenes de todas las regiones de Italia y de otros países. Se fue poblando gradualmente al ritmo de las construcciones, y eran ya muchos los jóvenes que guardaban cola en su amplia esfera de influencia. Desde 1965, han pasado por la residencia más de 2.000 jóvenes, entre 15 y 22 años. En el Albergue de Juventud hay sitio para doscientos, divididos en grupos de dieciséis con el fin de conseguir un ambiente familiar («una casa en la casa»), que prepare con más calor para el vivir social, y en la hospedería pueden alojarse temporalmente unos 150 huéspedes (obreros y técnicos de paso por Roma por motivos de trabajo, estudio, reuniones sindicales, etc.).

Allí se afrontan directamente, con métodos modernos y abiertos, dos grandes problemas actuales: el de la cualificación de la mano de obra y el de la emigración interior y exterior. Hay escuelas de formación y perfeccionamiento para torneros, soldadores, ajustadores mecánicos, diseñadores técnicos, etc., con enseñanza diurna y nocturna, que han formado a más de 4.000 obreros especialistas. Hay una escuela femenina de hostelería, que atiende, con plena independencia, a las necesidades de las instalaciones de todo el complejo. Tiene una capacidad para sesenta chicas, y su centro cultural ha sido frecuentado ya por más de 3.000 estudiantes y trabajadoras romanas. Desarrolla cursos de cualificación profesional para la industria hotelera o para el trabajo en hogares de familia, sobre dietología, puericultura, economía doméstica, pedagogía familiar, etc. Hay una biblioteca bien nutrida en los sectores del mundo del trabajo, abierta no sólo para los alumnos internos y externos, sino también para todo el barrio. Hay cursos de información técnica y ciclos de «conversaciones» sobre los temas de mayor actualidad.Hay un restaurante y locales de descanso para los obreros que trabajan en las cercanías. Hay instalaciones deportivas, con cursos de gimnasia y «Escuelas» de los distintos deportes. Hay reuniones con las familias de los alumnos externos para promover una eficaz colaboración en la formación humana y profesional de todos los jóvenes…

En todas sus iniciativas –me decía un profesor– los chicos se encuentran y trabajan entre ellos en un clima de recíproco respeto, por encima de las diferencias de extracción social, de procedencia nacional, de intereses culturales, para lo cual la unidad de medida de sus relaciones humanas viene dada por la lealtad que los une y los mantiene juntos. De aquí procede, como resultado natural de la unidad de vida de los jóvenes, la colaboración de todos y de cada uno en el mejoramiento del Centro, en el que todos encuentran su sitio porque sienten como cosa propia el trabajo de todos.

Aquí –comentaba unchaval de Perugia– todos somos amigos. Somos una gran familia y no hay distinciones, ni por profesión ni por edad.

Aquí –añadía otro de Cagliari –estamos entre obreros, se habla de trabajo y nos entendemos a la primera.

Aquí –concluía uno de los jóvenes universitarios que dedican al Centro gran parte de su tiempo– hay posibilidad de realizar con los hechos todos los deseos de compromiso social que uno tenga.

Por eso no sorprendió a nadie la alegría y la detención con que Pablo VI visitó todas las dependencias del Centro ELIS aquella tarde del 21 de noviembre de 1965, el emocionado discurso del Papa en aquella ocasión y el abrazo que le dio a Mons. Escrivá de Balaguer al despedirse, mientras afirmaba:

«Aquí todo es Opus Dei».

Y el propio Fundador se lo había hecho observar al Pontífice en el saludo que le dirigió en italiano casi al final de la visita:

«En este ambiente sereno y alegre, similar al de todas las actividades que el Opus Dei desarrolla, por gracia de Dios, en todo el mundo, procuramos, Beatísimo Padre, que se respire un clima de libertad en el que todos se sientan hermanos, bien lejos de la amargura que proviene de la soledad o de la indiferencia. Un clima en el que aprenden a apreciar y a vivir la mutua comprensión, la alegría de una convivencia real entre los hombres. Amamos y respetamos la libertad, y creemos en su valor educativo y pedagógico. Estamos convencidos de que en un clima así se forman almas con libertad interior, y se forjan hombres capaces de vivir responsablemente la doctrina de Cristo, de poner en práctica virilmente la fe, de practicar con alegría la obediencia interior y devota a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia –entre las que ocupan un lugar destacado las de su doctrina social–, capaces de amar con todo su corazón y con todas sus fuerzas a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice».

Perenne juventud de la Iglesia

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Es lógico que esta realidad viva, que enlaza directamente con la de los primeros cristianos, haya contado desde su fundación con el apoyo y el aliento de la Jerarquía episcopal y haya recibido, desde 1943, todas las aprobaciones de la Santa Sede, que han culminado en la erección de la Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, el 28 de noviembre de 1982, en los mismos términos que había solicitado su Fundador.

En una carta manuscrita dirigida a Mons. Escrivá de Balaguer, Pablo VI escribía que el Opus Dei «ha surgido, en este tiempo nuestro, como viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia, plenamente abierta a las exigencias de un apostolado moderno, cada vez más activo, capilar y organizado». Y añadía: «Colocados por la voluntad del Señor al timón de la nave de Pedro, desde la que escrutamos con vigilante solicitud los signos anticipadores de los tiempos, el ansia de las almas que esperan la llegada de los operarios del Señor, las necesidades antiguas y siempre renovadas que entraña la difusión del Evangelio de Cristo, consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios, el deseo de hacer el bien, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia y testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea».

Juan Pablo II, en la homilía de la Misa que celebró en Castelgandolfo el 19 de agosto de 1979, se dirigía –según recoge L’Osservatore Romano– en los siguientes términos a un grupo de profesores y estudiantes universitarios del Opus Dei: «Vuestra institución tiene como finalidad la santificación de la vida permaneciendo en el mundo, en el propio puesto de trabajo y de profesión: vivir el Evangelio en el mundo, viviendo ciertamente inmersos en el mundo, pero para transformarlo y redimirlo con el propio amor a Cristo. Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a la teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio.

»Tal es el mensaje y la espiritualidad del Opus Dei: vivir unidos a Dios en medio del mundo, en cualquier situación, cada uno luchando para ser mejor con la ayuda de la gracia, y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la propia vida.

»¿Hay algo más bello y más apasionante que este ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa, queréis amarla, iluminarla, salvarla: ¡benditos seáis y siempre animosos en este vuestro intento! »,

Capítulo 23. Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)

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Críticas y oposición

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Papa Pablo VI señalaba en una ocasión que “los santos representan siempre una provocación al conformismo de nuestras costumbres, que con frecuencia juzgamos prudentes sencillamente porque son cómodas”[1]. Las instituciones de la Iglesia y sus fundadores, incluso lo más santo, frecuentemente han sufrido la crítica y la persecución, no sólo por parte de los enemigos de la Iglesia, sino por los propios católicos. El fundador de la Compañía de Jesús, san Ignacio de Loyola, fue denunciado ante la Inquisición en repetidas ocasiones y pasó dos veces por sus cárceles. El nuncio del Papa en España hablaba de la gran reformadora de la orden carmelita, santa Teresa de Jesús, con calificativos como inquieta, holgazana, desobediente y obstinada. Sufrió tantos ataques y hubo tantos intentos de desacreditarla que confesaba a una amiga suya su asombro por la capacidad de inventar infundios que tienen algunos. Don Bosco, el fundador de los salesianos, fue desacreditado por los sacerdotes de su tiempo: algunos le llamaron revolucionario, loco y hereje. El fundador del Opus Dei no fue una excepción.

Ya antes de la Guerra Civil, Escrivá fue criticado, especialmente en algunos círculos clericales de Madrid. El crecimiento del Opus Dei al principio de la década de 1940 y la intolerancia característica del ambiente de posguerra hicieron que se intensificaran los ataques. La contradicción tenía tres focos: algunos miembros de la Falange, el partido político oficial, que no estaba de acuerdo con el énfasis que el Opus Dei ponía en la libertad que tienen los católicos en estas materias; determinados profesores universitarios, contrarios a la presencia de algunos fervientes cristianos en la universidad; y algunos sacerdotes y religiosos, que se alarmaron por la novedad del mensaje del Opus Dei o porque le veían trabajar en ambientes y con gentes que hasta entonces consideraban de su exclusiva competencia.

[1] José Miguel Cejas. PIEDRAS DE ESCÁNDALO. Ediciones Palabra. Madrid 1992. p. 11

Hablaba de lo que él mismo vivía

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Testimonio de Santos Moro Briz, Obispo dimisionario de Ávila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando le conocí, el fundador del Opus Dei era un sacerdote muy joven –rondaba los treinta años–, muy cordial y simpático: afable y abierto en el trato; elegante y respetuoso al mismo tiempo. Tanto en mi primera impresión como en el trato de amistad que luego nos uniría, estuve siempre íntimamente convencido de su san­tidad de vida. Por esa razón, no me extrañó saber que el Santo Padre Pablo VI, hace ahora unos dos años, dijo al actual presidente gene­ral del Opus Dei, excelentísimo y reverendísimo doctor don Álvaro del Portillo, en una de las audiencias que le concedió, dándole per­miso explícito para contarlo, que Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido el hombre que más carismas ha recibido de Dios y que mejor ha respondido.

Después de la primera entrevista, nuestro trato se fue haciendo paulatinamente más intenso y amistoso, como se manifiesta en la correspondencia que hemos mantenido a lo largo de los años. Car­tas que demuestran su hondo sentido sobrenatural y apostólico, así como el respeto cariñoso y lleno de confianza hacia mi, que durante largos años he tenido la carga honrosa de la diócesis de Ávila.

Don Josemaría basaba siempre su labor en modos y medios sobrenaturales. Era extraordinariamente «pedigüeño» de oracio­nes. Me rogaba que encomendara al Señor a sus chicos; que ofre­ciera oraciones por los cursos de retiro que predicaba a sacerdotes y religiosos, a universitarios o profesionales, por la santidad y el apostolado… Se puede decir que sentía una plena confianza en la ayuda de Dios y en el poder de la oración para obtenerla. La ora­ción, comentaba en ocasiones, es la gran arma para el apostolado.

Don Josemaría vivía pendiente de cumplir la voluntad de Dios y, aun en medio de las tribulaciones, siempre se mantuvo con un carácter abierto y alegre, de contagiosa simpatía. Muchas veces he comprobado que resplandecían en él tres amores que son característicos de la vida de los santos: el encendido amor a Jesús Sacra­mentado, a la Santísima Virgen y al Papa.

La actitud de contar con el prelado de la diócesis fue siempre norma de su trabajo. A todos los obispos nos hablaba con detalle del Opus Dei, de su naturaleza y de sus fines de su universalidad. En honor a la verdad, debo decir que yo no necesitaba una especial explicación porque tenía plena confianza en la rectitud de su criterio, pero siempre considero un deber hacia mi cargo de obispo y quizá también una obligación de amistad mantenerme al corriente de sus actividades: no era amigo de misterios ni secretos. Por el contrario, era franco y abierto. Lo suyo era la naturalidad: hablaba con cualquiera que tuviese interés limpio en conocer la Obra, sin buscar por eso aplauso y publicidad. Y callaba cuando sabía que se buscarían en sus palabras interpretaciones torcidas. En el Opus Dei, que apuntaba entonces, no había más secreto –co­mo expresaba su fundador- que el de la gestación, como el de la criatura que está en el claustro materno.

La confianza que tenía en el espíritu sacerdotal de don Josemaría y la seguridad en el bien que su palabra haría a los sacerdotes de Ávila, me llevó a encargarle –junto con otro sacerdote- de las tandas de ejercicios espirituales para el clero, que organizamos al terminar la guerra civil española. Eran momentos muy importantes para organizar la diócesis, agrupar al clero alrededor del obispo y unirlo en auténtica fraternidad. Yo estuve presente, como es natu­ral, y como resumen de aquellos días puedo destacar la fuerza que tenía la predicación de aquel sacerdote joven, que hablaba de lo que él mismo vivía: de las virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, hechas obras en las cosas menudas de cada día.

Siempre fue muy generoso a pesar de las indudables dificultades por las que tuvo que pasar; por ejemplo, nunca quiso recibir estipendio alguno por los numerosísimos ejercicios espirituales que dirigía. Don Josemaría prestaba toda la ayuda que podía con su trabajo personal. Ese mismo espíritu es el que siguen practicando sus hijos que colaboran en la formación de sacerdotes y laicos.

Puede decirse así, que los obispos en cuya diócesis se desarrollan apostolados promovidos por el Opus Dei o por sus socios, cuentan, de hecho, con obras que repercuten tan inmediatamente en el bien de la diócesis como las que pueden promover sus sacerdotes o las que llevan a cabo directamente.

Me parece que es digno poner de relieve el esfuerzo de don Josemaría en favor y ayuda de los sacerdotes diocesanos. La intensa ayuda que estos sacerdotes reciben de los socios del Opus Dei es un inefable beneficio para cada diócesis y para toda la Iglesia. El espíritu de Monseñor Escrivá de Balaguer, presente en sus hijos. les lleva a ser fieles y leales colaboradores de los obispos y servidores desinteresados de las diócesis procurando, al mismo tiempo, fomen­tar el sentido de fraternidad humana y sobrenatural entre todos los hombres, y especialmente con sus hermanos en el ministerio sacerdotal.

Desde que Monseñor Escrivá de Balaguer fijó su residencia en Roma, pasaron unos años en los que no pudimos vernos, aunque la amistad y el afecto los conservamos íntegros. En este tiempo pude conocer la prodigiosa expansión de la Obra, el bien que hacía a las almas y la inmensa ayuda que toda la Iglesia recibía por su acti­vidad apostólica en los más variados campos. No debe extrañar este paréntesis en nuestro trato; la única razón que hubo fue mi propósito de no robarle un tiempo valiosísimo para la Obra y para la Iglesia entera; pero, como he dicho, mi afecto profundo y mis ora­ciones los tuvo en cada momento.

Volví a ver a don Josemaría con ocasión de la erección de la Universidad Navarra. Creí mi deber asistir, no sólo por mi amistad hacia quien la había hecho posible, sino porque la erección de esta universidad revestía una importancia cultural y apostólica de pri­mera magnitud. Así que quise unirme a la bendición de todo el Epis­copado español, estando presente entre los muchos prelados asis­tentes. Todavía recuerdo –me parece que los estoy viendo– el gesto personal y expresivo de don Josemaría, cuando caminando en la presidencia del espléndido cortejo del profesorado de la universi­dad, me acerqué a él para manifestarle mi satisfacción y mi alegría; se llevó las manos a la cabeza y me dijo: «¡Señor obispo, qué ver­güenza; qué vergüenza para mí!». Era la expresión inequívoca de su humildad.

No es preciso acudir a detalles como el que acabo de relatar para realzar la profunda y sencilla humildad de Monseñor Escrivá de Balaguer. En él era lo natural: realizar su labor callada y per­severantemente, mirando más a la renovación profunda de las almas que a un ocasional fulgor con raíces menos profundas. Nunca buscó –y le hubiera sido bien fácil- cargos o prebendas.

Quiero terminar estos breves apuntes insistiendo en un aspecto medular del espíritu, la predicación y la vida del fundador del Opus Dei: la llamada universal a la santidad, la búsqueda infatigable de la santificación personal. Desde la atalaya de mi larga vida, cuando los detalles se difuminan en el tiempo y se recogen mejor los grandes trazos, puedo pensar que quizá hubiera podido aprovechar mejor las gracias actuales que suponía contar con el afecto entrañable e inmerecido de aquel insigne sacerdote, verdadero pionero en tantos aspectos de las iluminaciones doctrinales del Concilio Vaticano II, por su afán nobilísimo de difundir y promover por todo el mundo la llamada universal a la propia santificación.


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