AL FINAL DEL CAMINO

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde hace más de veinticinco años encomendaba a Dios la conversión de mi padre, originario de China, que vino a estas tierras a principios de siglo. En su hogar nacimos once hijos, y todos fuimos bautizados y educados cristianamente sin que nunca nos pusieran ningún obstáculo. Pero tanto papá como mamá seguían sin bautizarse.

Cuando pedí la admisión en el Opus Dei, tenía ya la preocupación de su conversión: había conseguido catecismos en chino, Santos Evangelios y algunos libros de religión, pero la barrera del idioma, que yo no dominaba, hizo difícil descender a mayores precisiones.

Mis padres practicaban una mezcla de religión natural, con influencia de ideas morales de Confucio. Normas sobre la práctica del bien, la verdad, la honradez, el respeto y veneración por los antepasados y, sobre todo, la piedad filial. Todo esto era práctica ordinaria en su casa, que luego se vio reforzada por la enseñanza cristiana que recibimos.

Mi madre fue la primera en hacer el recorrido hacia la fe. Poco a poco incorporó a su vida diversas prácticas de piedad cristiana, comenzó a rezar, aprendió el padrenuestro y el avemaría, iba a Misa, mandaba celebrar otras por diversas intenciones suyas… Así, hace diecinueve años, ella recibió el Bautismo.

Mi padre era más difícil de abordar, pues decía que le bastaban las prácticas de su religión natural. Sugerí a mi madre que le plantease la posibilidad de convertirse, pero los resultados fueron negativos. Entretanto, me fui muchos años del país, aunque con frecuencia recomendaba a mi madre o a alguno de mis hermanos la posibilidad de un bautismo de última hora; incluso les había instruido para tal emergencia.

Así pasó el tiempo, rezando constantemente por la conversión de mi padre. Con la marcha de nuestro Fundador, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, al Cielo, le pedí este gran favor desde el primer momento. Mi madre también se lo pedía, aunque me escribía que papá no quería hablar nada sobre este punto.

Retorné al país, después de mi ordenación sacerdotal. Insistí más en la oración, sobre todo a nuestro Fundador, y recordaba con frecuencia a mi madre que rezase mucho, dada la avanzada edad de mi padre. Yo insistía a Mons. Escrivá de Balaguer.

–No puedes permitir que muera sin el bautismo. Formó una familia cristiana, te ha dado un hijo sacerdote, no se ha opuesto a mi vocación…

En mayo de 1980,–me pidieron que acudiese a una reunión con todos mis hermanos para sacarnos la última fotografía familiar. En esa reunión, una de mis hermanas me dijo:

–Es la última, efectivamente, pues papá tiene proyectado viajar a China y morir allí. Ese es su último deseo.

Redoblé mi oración. Pedía un verdadero milagro, pues cuando mi padre se marchara a China, sería mucho más difícil su conversión. Por esos mismos días, de manera inesperada, empeoró su condición física, hasta el punto de que se hacía imposible el proyectado viaje, ya inminente. Le internamos en un hospital para practicarle una intervención quirúrgica. Según la opinión de los médicos, la decisión era de mucho riesgo por su avanzada edad.

Dejé todo en manos de nuestro Fundador, mientras le pedía la conversión de mi padre con mayor vehemencia. Tres días después, me avisaron que había accedido a ser bautizado antes de la operación. No daba crédito a lo que oía.

Después de pedir la autorización necesaria a la autoridad eclesiástica, administré a mi padre los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.

La intervención quirúrgica no tuvo mayor contratiempo; ahora mi padre se ha repuesto de esos achaques providenciales, que han sido la ocasión de que se ha servido Dios –por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer– para moverle a recibir el Bautismo.

Un empleado de banca, un abogado y un ingeniero se ordenan sacerdotes

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El Prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría, confirió el domingo 2 de septiembre  de 2001 la ordenación sacerdotal a tres fieles de la Prelatura, en una ceremonia que se celebró en el santuario de Torreciudad, y en la que cantó la Coral Oscense.

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Al acto asistieron numerosos familiares, colegas y amigos de los ordenandos, que llegan al sacerdocio después de haber ejercido durante años su profesión y de haber cursado los estudios previstos por la Iglesia. Desde ahora se dedicarán exclusivamente a su ministerio sacerdotal. Con estos tres, son treinta y siete los fieles de la Prelatura ordenados sacerdotes este año.

Uno de los ordenados es el madrileño Gerardo Güemes Sedano, de 42 años, que ha trabajado como empleado de banca durante casi 25 años. “Comencé a los 14 años como botones y al mismo tiempo cursé el bachillerato y la carrera de Historia por la tarde. Al terminar en la Universidad Autónoma de Madrid decidí seguir en el banco, como gestor comercial”.

Güemes espera con “gran ilusión” el comienzo de su nuevo trabajo, “poniendo al servicio de todos mi ministerio sacerdotal”. Añade que “si tengo algo claro es que me ordeno para servir a todas las almas”

El abogado Conceso Sobradillo Casado, nacido hace 39 años en la localidad vallisoletana de Bercero, perteneció a la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados de Valladolid, en cuya Universidad estudió la carrera, e impulsó la creación de la Agrupación de Abogados Jóvenes de Valladolid.

El mexicano José Luis López González, nacido en Monterrey hace 41 años, es ingeniero químico, master en Dirección de Empresas, y se ha dedicado a la enseñanza como profesor de Ingeniería Industrial. López González dijo hoy que “espero ser fiel transmisor de las enseñanzas de Cristo”.

“Contáis con la oración de millares de personas”

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Homilía de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, pronunciada el pasado 31 de mayo en el transcurso de la ceremonia de ordenación sacerdotal de 26 diáconos del Opus Dei.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría durante la homilía.

Mons. Javier Echevarría durante la homilía.

Queridos hermanos y hermanas. Queridísimos diáconos.

1. Celebramos la Ascensión del Señor, solemnidad de especial alegría porque nos permite contemplar a Jesucristo que, aclamado por toda la muchedumbre de los ángeles, penetra gloriosamente en el Cielo. También nosotros, miembros de su Cuerpo místico, vivimos con la esperanza de que un día nos uniremos a Él en la gloria. Esta seguridad atempera el poso de tristeza característico de esta fiesta.

También los Apóstoles, al comprobar que la separación física de Jesús era ya definitiva, después de haber transcurrido tres años a su lado, se quedaron desorientados, con la vista fija en el Señor que se alejaba. Hasta que unos ángeles les dirigieron esta pregunta: hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que de entre vosotros ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera a como le habéis visto subir al cielo. Luego, los Apóstoles regresaron a Jerusalén con gran alegría.

Hasta que vuelva gloriosamente a la tierra, Jesús continúa entre nosotros de modos variados, por la potencia del Espíritu Santo. El Concilio Vaticano II enseña que el Señor «está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18, 20)». Y está presente, en primer lugar, «en el Sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro (…), sea sobre todo bajo las especies eucarísticas». A esta presencia sacramental quisiera referirme brevemente, para ilustrar el significado de la celebración litúrgica en la que van a recibir la ordenación presbiteral un grupo de diáconos de la Prelatura.

2. La reciente encíclica de Juan Pablo II sobre la Sagrada Eucaristía hace mucho hincapié en un punto central de la doctrina católica: «Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación (…). Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar en él, como si hubiéramos estado presentes».

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Si meditamos a fondo estas palabras, tratando de captar todo su sentido, nos daremos cuenta de que se trata de algo verdaderamente impresionante. No tenemos nada que envidiar a los Apóstoles: también nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, al participar en la Santa Misa con fe viva y con piedad sincera, entramos en contacto directo con la Muerte y la Resurrección del Señor. La acción salvífica del Verbo encarnado, cumplida hace dos mil años, con la que nos rescató del pecado y nos constituyó en hijos de Dios, se hace sacramentalmente presente en el Santo Sacrificio del Altar. Como afirmaba San Josemaría, “la Santa Misa es un sacrificio real, actual y propiciatorio”. Por ser real y actual, hemos de esforzarnos cada día para meternos más y más en él y así convertir nuestra jornada en ofrenda santa, pura e inmaculada a Dios Padre, con Cristo, en el Espíritu Santo. Por ser propiciatorio, han de dolernos nuestras negligencias, no haber sabido poner como centro de nuestra vida, en tantas ocasiones, la Santa Misa.

Siempre será insuficiente cualquier expresión de agradecimiento a Jesucristo por este don inestimable. Como recuerda el Papa, tendríamos que vivir siempre postrados «en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega “hasta el extremo” (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida».

Pues bien, precisamente para asegurar la presencia real y actual del Sacrificio de la Cruz en el mundo, hasta el fin de los tiempos, Jesucristo ha instituido el sacramento del Orden. Gracias a ese sacramento, el Señor elige, consagra y envía a algunos hombres para que le representen visiblemente ante los demás hombres. Cuando predican la palabra de Dios o administran los sacramentos, los sacerdotes actúan in persona Christi. Estas palabras —como escribe el Santo Padre— significan «más que “en nombre”, o también “en vez” de Cristo. “In persona”: es decir, en la identificación específica, sacramental con el “Sumo y Eterno Sacerdote”, que es el Autor y el Sujeto de su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie».

Los sacerdotes son instrumentos vivos de la Humanidad Santísima del Señor; es Él quien desde el Cielo obra a través de ellos, de modo especialísimo en la Misa y en la Confesión. A San Josemaría le gustaba considerar esta realidad. He aquí una reflexión suya. Decía: “Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría (…): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta”.

San Josemaría, modelo de existencia plenamente sacerdotal

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3. Me dirijo ahora a vosotros, hijos míos diáconos. En las reuniones que hemos mantenido en los meses de preparación al presbiterado, os he hablado de nuestro Padre como modelo de existencia plenamente sacerdotal. Conocéis muchos detalles de su vida, que han de serviros para grabar a fuego en vuestras almas su fascinante ejemplo de conducta sacerdotal y para convertiros en instrumentos fidelísimos del Señor en la obra de la santificación de las almas.

Ahora deseo traer a vuestra memoria uno de esos rasgos tan significativos, estrechamente unido a la representación visible de Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, que se os confía como misión. Me refiero a la necesidad de ser, en todo momento, transparencia viva del Señor, de modo que los fieles —al miraros, al escuchar vuestras exhortaciones, al contemplar vuestro comportamiento— descubran el rostro santo y misericordioso del Redentor.

Os lo reitero con palabras de San Josemaría: “se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor” (10). La meta es alta, pero no inasequible, porque el Señor os concede su gracia abundantemente. Esta seguridad os dará siempre una paz inalterable. Meditad la enseñanza de San Gregorio de Nisa a propósito del sacerdote: «Ayer y anteayer era uno del pueblo; de repente aparece como guía, preceptor, maestro de piedad, ministro de los sagrados misterios. Todo esto lo cumple sin haber cambiado en nada el aspecto corporal o la presencia exterior. Aparentemente, sigue siendo lo que era; pero por una fuerza invisible, por una gracia particular, su alma es cambiada en mejor». Vosotros, además, contáis con una honda preparación científica y espiritual, y lo que es más importante, con la oración de millares de personas.

A todos nos resulta espontáneo pedir al Buen Pastor que envíe a la Iglesia muchos sacerdotes santos. Pedimos en primer lugar por el Santo Padre, que con tanta generosidad gasta sus energías en el servicio de la Iglesia y de toda la humanidad; por el Cardenal Vicario de Roma, por los Obispos y los demás ministros sagrados. Y vosotros, padres y hermanos de los nuevos sacerdotes, agradeced al Señor el cariño con que ha distinguido a vuestra familia: procurad corresponder a tanta predilección mediante la renovación de vuestra vida cristiana. Mi más cordial enhorabuena a todos.

La Virgen estuvo asociada de modo único al Sacrificio de la Cruz. En el Calvario, en la persona de San Juan, recibió la misión de ser Madre de cada uno de los discípulos de su Hijo y, de modo particularísimo, de los sacerdotes. Ella, «con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía». Si la tratamos con piedad de hijos, si rezamos bien el Rosario, contemplando los misterios, especialmente en este año dedicado a esta devoción mariana, entraremos —como señala el Santo Padre— en la escuela de María, mujer “eucarística”, y progresaremos más y más en el amor a Dios y a los demás por Dios. Así sea.

Misa de mons. Javier Echevarría en Santa María la Mayor

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El día 22 de septiembre, Mons. Javier Echevarría concelebrará una Misa solemne, con algunos sacerdotes de la Prelatura, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con ocasión de sus cincuenta años de sacerdocio. La Misa tendrá lugar a las 17.30.

El Prelado del Opus Dei fue ordenado sacerdote el 7 de agosto de 1955, en Madrid. En 1995, poco después de su elección y nombramiento como Prelado, fue consagrado Obispo por Juan Pablo II.

En una homilía pronunciada en Torreciudad el día 4 de este mes, Mons. Echevarría se ha referido a la vocación sacerdotal con estas palabras: “Os pido que recéis por los sacerdotes, para que seamos dignos ministros de Nuestro Señor: hombres de oración, amantes del sacrificio, encendidos de celo por la salvación de las almas. Recemos ante todo por el Papa Benedicto XVI, que con tanta entrega y docilidad a Dios ha recibido la carga del Sumo Pontificado, para que el Señor le haga muy santo y llene de eficacia su labor en servicio de la Iglesia y de la humanidad. Rezad también por el Obispo de esta diócesis y por su seminario; por mí, que necesito de vuestras plegarias; y por todos los Obispos”. En otro momento de la homilía, el Prelado del Opus Dei encareció a los asistentes que pidieran a Dios que “conceda la vocación sacerdotal a muchos hombres en el mundo entero, y que los llamados correspondan con total generosidad”.

Homilía en la Misa de acción de gracias por el 50º aniversario de la ordenación sacerdotal

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Ofrecemos la homilía pronunciada por Monseñor Javier Echevarría en la Misa con motivo de su 50 aniversario de ordenación sacerdotal

Roma, Basílica de Santa María la Mayor

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1. La celebración del quincuagésimo aniversario de sacerdocio me invita dirigirme al Señor con esta breve oración: “Gracias, perdón, ayúdame más”, para recorrer con renovado impulso el camino de la conversión y del agradecimiento, vía maestra para progresar en la identificación con Cristo. De este modo trato de seguir las huellas de mi predecesor como Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, a quien gustaba dirigirse a Dios con esa exclamación, especialmente en los aniversarios y en otros momentos significativos de su vida. También nosotros podemos comenzar nuestras jornadas con éstas o parecidas palabras.

¡Gracias, Señor! A medida que transcurren los años, más clara se vislumbra la misericordia divina. Al mismo tiempo, sin pesimismos estériles, sino con realismo, se experimentan con mayor relieve las limitaciones personales. Pero no nos quitan la serenidad, porque —como a los primeros Apóstoles— el Señor dirige también a cada uno de nosotros aquellas palabras: ego sum, nolite timere (Mt 14, 27);  no tengáis miedo, soy Yo.

Al echar una mirada atenta a los cincuenta años trascurridos desde la ordenación sacerdotal, acude a mi memoria una frase de San Josemaría en los años 30: ¡Qué poco es una vida, para ofrecerla a Dios!... Haciendo eco a la verdad de esas palabras, añado: ¡qué breve es toda la existencia terrena, para agradecer adecuadamente a la Trinidad Santa su cercanía y su cariño! ¡Qué pobres nos descubrimos para corresponder al amor de Dios como Él se merece!

Quisiera dirigirme al Señor con el mismo hondo agradecimiento que he admirado en muchas personas santas y, de cerca, en San Josemaría. Sé muy bien que estoy muy lejos de unos modelos tan excelsos, pero éste es de verdad mi deseo. Por eso, me atrevo a hacer mías algunas palabras que oí pronunciar al Fundador del Opus Dei la víspera de sus bodas de oro sacerdotales.

Era el 27 de marzo de 1975, que aquel año coincidió con el Jueves Santo. A su lado se encontraba un pequeño grupo de hijos suyos, adorando al Santísimo Sacramento. De improviso, San Josemaría comenzó su oración personal en voz alta; esa oración que, hacia el final de su vida terrena, había llegado a ser continua, de día y de noche, pues el Señor le concedió la gracia —que también mencionan algunos Padres de la Iglesia— de que no se interrumpiese ni siquiera durante el sueño.

En aquella ocasión, entre otras expresiones de diálogo confiado con Jesús, presente en la Hostia Santa, le oímos pronunciar palabras que en todos los que estábamos allí presentes suscitaron una profunda conmoción. Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Un cántico de acción de gracias tiene que ser la vida de cada uno. Porque ¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho Tú, Señor, con cuatro chisgarabís… Stulta mundi, infirma mundi, et ea quæ no sunt (cfr. 1 Cor 1, 27-28). Toda la doctrina de San Pablo se ha cumplido: has buscado medios completamente ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero. Te dan gracias en toda Europa, y en puntos de Asia y África, y en toda América, y en Oceanía. En todos los sitios te dan gracias.

Si de este modo se expresaba un santo, ¿cuáles tendrían que ser mis sentimientos, al verme tan distante de él, tanto en dotes humanas como en cualidades sobrenaturales? Sin embargo, sé que al conferirme el sacerdocio ministerial, el Señor me ha llamado tuyo (cfr. Jn 15, 15), me ha otorgado la capacidad de renovar entre los hombres su divino Sacrificio del Calvario y de dispensar sus frutos en los demás sacramentos; sé bien que me ha concedido el don de poder proclamar la Palabra, de representarle ante los hombres, de estar íntimamente unido a Él, que desea acercarse a cada criatura utilizándome como instrumento suyo. Me ha confiado además —gratiam pro gratia! (Jn 1, 16)— el cuidado pastoral del Opus Dei, esta pequeña parte de su pusillus grex (cfr. Lc 12, 32), que es la Iglesia. Ayudadme a pedir al Señor que yo sepa llevar a cabo con eficacia la misión recibida, ahondando el surco trazado por mis predecesores en la tarea de guiar la actual Prelatura.

De algún modo, el Señor se ha sujetado a la voluntad de los sacerdotes, ha querido depender de nuestras palabras y de nuestros gestos para actualizar en la Santa Misa el misterio pascual de su muerte y resurrección. Él es, como decía San Agustín, «interior intimo meo», más íntimo a nosotros que nosotros mismos. Querríamos experimentar en todo momento esa presencia suya en nuestra alma, de modo que durante las veinticuatro horas del día nos sepamos y nos sintamos instrumentos totalmente suyos: y los sacerdotes sólo sacerdotes, sacerdotes de Jesucristo.

2. Al dirigir la mirada a la propia vida, cada uno puede descubrir el amor sin quiebra, siempre joven y nuevo, que la Trinidad Santísima nos ha donado. Dios nos ha mirado a todos nosotros con interés divino, con esa atención exquisita que se concede a los personajes importantes de la tierra. Ciertamente, para Dios nuestro Padre, cada hombre, cada mujer, es una persona de importancia inestimable. Empti enim estis pretio (1 Cor 6, 20; 7, 23), afirma San Pablo; hemos sido rescatados a un precio infinito: la sangre del Hijo Unigénito, hecho hombre por nosotros.

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Sin embargo, de nuestra parte —yo, al menos, de la mía—, hemos de reconocer que no siempre ha habido una respuesta adecuada, y sí, en cambio, tantas carencias, tanta falta de amor, en las cosas pequeñas y en las grandes. Por eso, siento la imperiosa necesidad de pedir indulgencia. Ayudadme a suplicar al Señor —Padre, Hijo y Espíritu Santo, Trinidad Santa—, también por no haber estado a la altura de las circunstancias; por no haber caído en la cuenta, con mayor profundidad, de que Dios encuentra sus delicias en estar con los hijos de los hombres —deliciæ meæ esse cum filiis hominum (Prv 8, 31)—, y desea solazarse conmigo, con todos nosotros, en la mayor intimidad; desdichadamente, ¡tantas veces!, nosotros no hemos sabido acogerle y conversar con Él.

Haciendo mías, una vez más, la palabras de San Josemaría, también yo debo confesar —y con mayor razón— que a la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando, recomenzando, en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de estar pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

Si queréis uniros hoy especialmente a mí en la oración, os suplico que pidáis al Señor que estas palabras de un sacerdote santo arraiguen profundamente en mi corazón, de modo que las haga mías con total sinceridad. Por mi parte, os aseguro que cada día rezo por vosotros, por cada uno de vosotros. A todos pido perdón por mis faltas de correspondencia y de servicio, por las posibles ofensas que os haya podido causar, por las veces que me haya comportado con alguien sin tener en cuenta la estupenda realidad de que somos hijos amadísimos de Dios y hermanos de Jesucristo.

Suplico a la Santísima Virgen, que se mantuvo fiel junto a la Cruz (cfr. Jn 19, 25), que nos haga avanzar a todos por la senda maestra de la caridad, que sepamos exaltar la Santa Cruz en nuestros cuerpos y en nuestras almas, de modo que en todos se haga realidad la profunda aspiración que el Señor mismo grabó a fuego en el espíritu del Fundador del Opus Dei, en una fecha bien concreta del año 1931.

Aquel día, 7 de agosto, durante la celebración de la Misa, San Josemaría escuchó en el fondo del alma unas palabras del Evangelio de San Juan según la versión de la Vulgata, entonces vigente en la Liturgia: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32). Dios le hizo entender con una luz intelectual muy clara el sentido de la misión confiada a los hombres y a las mujeres del Opus Dei en el seno de la Iglesia. Años más tarde, en una meditación, aludiendo a aquella locución divina, comentaba: aquel pobre sacerdote no sabía que iba a ser coronado así, tan divinamente, el Opus Dei. Pero sí comprendió que, en lo alto de todas las actividades humanas, tenía que haber hombres y mujeres con la Cruz de Cristo en sus vidas y en sus obras, alzada, visible, reparadora, redentora; símbolo de la paz, de la alegría; símbolo de la Redención, de la unidad del género humano, del amor que Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, la Trinidad Beatísima, ha tenido y sigue teniendo a los hombres.

3. Enseña el Apóstol: nadie puede decir: «¡Señor Jesús!», sino por el Espíritu Santo (1 Cor 12, 3). Si San Pablo habla de este modo, ¡cuánto más nosotros, en la presencia de Dios, nos hemos de reconocer necesitados de la ayuda del Cielo! Bien consciente del auxilio que continuamente me es dispensado, me dirijo de nuevo al Señor y Dios nuestro, para repetirle una vez más: ¡gracias, perdón y ayúdame más! Por esta razón, como recordatorio del quincuagésimo aniversario de ordenación, he elegido la figura del Crucifijo: para que en mi vida, y en la vida de todos, arraigue con mayor incisividad el convencimiento —real, práctico, concreto— de que nuestra fortaleza, nuestras virtudes, nuestros logros, proceden solamente de la bondad divina, manifestada de modo sumo en Cristo clavado en la Cruz por nuestros pecados.

Para sacar adelante la nueva evangelización tantas veces deseada por Juan Pablo II, y ahora por el Papa Benedicto XVI, hemos de ser hombres y mujeres de Cruz: lo requiere urgentemente este mundo nuestro. Tratemos de vivir y de anunciar: lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce.

Se asoman a mi memoria otras consideraciones del Fundador del Opus Dei. Casi al final del encendido coloquio que, como recordé anteriormente, había mantenido con Jesús en el Santísimo Sacramento, se dirigió a los que seguíamos sus palabras, y a los fieles de la Prelatura de todos los tiempos, para recordarnos algo que nos había enseñado muchas otras veces. Hemos de estar —nos dijo— en el Cielo y en la tierra, siempre. No entre el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez! Ésta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras estemos in hoc sæculo. En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra: un cacharro de barro que el Señor ha querido aprovechar para su servicio.

Antes de concluir, siento el deber de dar gracias a San Josemaría, que me llamó al sacerdocio y de quien he aprendido todo, y a Mons. Álvaro del Portillo, a cuyo lado he transcurrido muchos años; ha sido para mí un maestro de fidelidad a Dios. Doy gracias a los fieles de la Prelatura del Opus Dei —hombres y mujeres, laicos y sacerdotes—, a los obispos y sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, así como a los cooperadores y a los innumerables jóvenes que frecuentan los apostolados de la Obra, que con sus oraciones y sus sacrificios me sostienen y acompañan día tras día. Agradezco a mis padres y a mis hermanos y hermanas, a quienes debo —humanamente hablando— un tanto por ciento muy considerable de mi vocación cristiana y sacerdotal. Agradezco a las innumerables personas con las que me he encontrado a lo largo de estos cincuenta años, que también me han ayudado con sus oraciones, ejemplos y palabras. A todos se dirige mi agradecimiento más sentido, con la promesa, por mi parte, de plegarias constantes e ininterrumpidas.

Deseo dirigir un saludo especial a loas cardenales, obispos y sacerdotes aquí presentes, y a cuantos no han podido acompañarme físicamente en este día, pero se hallan espiritualmente unidos a nosotros. De modo particular, doy las gracias al Santo Padre Benedicto XVI por la carta tan paternal que me ha enviado con motivo de este aniversario, y por las muestras de cariño al Opus Dei y a mi persona, que ha querido manifestar. Todo esto constituye un estímulo para intensificar mi unión afectiva y efectiva con su Augusta Persona y sus intenciones.

También deseo expresar mi reconocimiento a los anteriores Romanos Pontífices que he tenido la alegría de conocer. De modo particular mi pensamiento va al amadísimo Papa Juan Pablo II, de venerada y feliz memoria, un verdadero padre para millones de personas, como confirmó la enorme conmoción causada en todo el mundo por su fallecimiento. Además de nombrarme obispo y conferirme la orden del episcopado, tantas veces y en modos diversos manifestó su interés y su afecto por la Prelatura del Opus Dei.  Lleno de confianza, recurro a su intercesión en la presencia de Dios.

María, Mujer eucarística, es también Mujer fiel junto a la Cruz. Con su fiat! en la Anunciación, prolongada sin interrupción en el curso de su vida, respondió al amor de Dios con la plena entrega de su persona; ahora cuida de nosotros, sus hijos, con amor materno. A Ella me dirijo con palabras de la secuencia Stabat Mater, que hemos recitado recientemente con ocasión de la fiesta de los Dolores de Nuestra Señora.

Sancta Mater, istud agas, Crucifixi fige plagas cordi meo valide. Suplico a Santa María que, como fruto de esa identificación con su Hijo crucificado, me enseñe —nos enseñe a todos— a amar más a Cristo, al Padre y al Espíritu Santo.  Fac ut ardeat cor meum in amando Christum Deum. Así sea.

Tiempos de esperanza

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Ramón Saiz-Pardo nació en Málaga hace 36 años. Siendo universitario conoció el Opus Dei y decidió seguir a Dios en su trabajo profesional. Estudió Físicas en la Universidad de Sevilla y se especializó en los superconductores. Ahora, ha sido ordenado sacerdote por el Prelado del Opus Dei.

Ramón Saiz-Pardo.

“Sólo te pido que reces por mí dos avemarías cada día”. Es la frase que Ramón repite con más frecuencia desde que recibió la ordenación sacerdotal. “Les pido a todos oraciones en los e-mail y cartas que escribo, con las personas que me encuentro, porque necesito su ayuda. El Señor me ha regalado el don del sacerdocio, hay mucho por hacer y me apoyo en las oraciones de la gente”.

Ramón nació en Málaga el 26 de junio de 1968. Estudió Física en la Universidad de Sevilla y se doctoró en Madrid con una tesis sobre semiconductores. Conoció la Obra en la residencia universitaria Guadaira de Sevilla.

El nuevo sacerdote se trasladó a Roma en 1997 y ha realizado estudios de filosofía y teología en la Universidad de la Santa Cruz, está terminando su tesis doctoral sobre la relación entre el intelecto y la razón en Santo Tomás.

Vendrán tiempos de esperanza

El sacerdote andaluz deja en manos de María el futuro trabajo pastoral de los recién ordenados: “Le estoy pidiendo que nos ayude a difundir esperanza en todos los sitios. En estos años en Roma, al ver la entrega del Santo Padre a su misión, estoy convencido de que vendrán tiempos de esperanza. Aunque estamos en una situación difícil, de sus palabras se dejan ver muchos motivos de optimismo”.

Ramón encuentra en la figura sacerdotal de san Josemaría un ejemplo de servicio. “Me llama la atención como nuestro fundador hacía esfuerzos por comunicar las verdades de la fe a todo tipo de personas. Lo que decía llegaba a la gente, no estaba en la estratosfera. Estoy pidiendo a san Josemaría que me ayude a vivir también el sacerdocio como un servicio, para poder dar al mismo Jesucristo a mucha gente”.

Aspecto de la basílica de san Eugenio el día de las ordenaciones.

Otros ordenados

Damian Pukacki, otro de los ordenados, nació en Poznan (Polonia) en 1972. Conoció el Opus Dei por un amigo de infancia, con el que participaba en una asociación estudiantil, que lo invitó a participar en las actividades de un centro de la Obra en Polonia.

Damian será el primer sacerdote de la Prelatura de nacionalidad polaca. “Es un ideal bello: acercar a la gente a Dios, ser instrumento suyo sin mérito por mi parte. Me ilusiona hacer descubrir a mucha gente la alegría de la fe, cómo ser útil, cómo mejorar el mundo”.

Asimismo, el venezolano Miguel Franceschi recibió el Orden de manos del Prelado. Él es el tercer sacerdote en su familia: su hermano Noel es capellán de un colegio en Barquisimeto; y Héctor es vicerrector de la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Miguel se licenció en Ciencias de la Educación en la Universidad Católica de Caracas y trabajó durante 15 años en la enseñanza media en varias ciudades del país. En 1996 se trasladó a Roma para estudiar filosofía y teología y realizó una tesis en Teología Moral.

Al referirse a la labor sacerdotal que llevará acabo en Venezuela, Miguel comenta que “la gente de mi país es muy alegre y de gran corazón. Los sacerdotes tenemos el reto de transmitir a las personas la fe cristiana y combatir la ignorancia religiosa”. El nuevo sacerdote añade que “en Venezuela hay mucha pobreza, gente abandonada, y siento la necesidad también de despertar en la conciencia de mucha gente la importancia de promover actividades de servicio social, en favor de los más necesitados”.


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