Espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas”

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El próximo 24 de mayo, el Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echevarría conferirá la ordenación sacerdotal a 36 fieles de la Prelatura. La ceremonia tendrá lugar en la Basílica de San Eugenio, en Roma, a las 4 de la tarde.

Los nuevos sacerdotes provienen de 15 países: Argentina, Brasil, Costa Rica, España, Filipinas, Francia, Guatemala, Italia, Kenia, Líbano, México, Perú, Polonia, Portugal y Venezuela.

Opus Dei - Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los que llevan viviendo un largo periodo lejos de sus países mantienen a flor de piel los recuerdos de su tierra natal.

«Tengo muchas deseos de ayudar en la formación de los jóvenes de mi país – dice Dominique Helou, libanés. Desgraciadamente, a menudo abandonan el país o se dejan llevar por la desesperanza. Pienso que los cristianos tienen que dar testimonio en aquella región y que su presencia es fundamental para el futuro del Líbano».

Opus Dei - Dominique Hélou, libanés.

Dominique Hélou, libanés.

Dominique ha sido maestro en escuelas de Francia y del Líbano. Ahora su tarea será «ayudar espiritualmente a las almas, predicar, escuchar confesiones y administrar otros sacramentos».

La nueva tarea le impresiona, pero a la vez se siente animado: «Una máquina de café puede ser de oro, de plata o de latón. Da igual: lo importante es el café que produce. Pues bien, yo me imagino que soy como esa máquina de café y espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas. Basta servir buen café. ¡Eso me tranquiliza!».

La tarea pastoral de Dominique Hélou se desarrollará en el Líbano, donde la labor apostólica del Opus Dei comenzó hace diez años. «Como en otras regiones del mundo –afirma Dominique- la tarea de la Prelatura es de formación humana y espiritual, a través de actividades dirigidas a personas de variadas condiciones sociales. Pero también querría precisar que el trabajo apostólico más importante es el que lleva a cabo cada uno de los fieles del Opus Dei con sus colegas de profesión».


Opus Dei - Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Otro de los ordenandos es José Antonio Brage. A los 18 años ingresó en la Escuela Naval de Pontevedra (España) y en poco tiempo había recalado ya en puertos de más de veinte países. “Me di cuenta entonces –explica- de que la mayor pobreza que hay en el mundo es la falta de Dios. Llevar a Cristo es el mayor bien que se puede hacer a los demás, y ésa es la misión del sacerdote”.

Opus Dei - José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

Durante sus años en la armada, según dice, la navegación no fue nunca un problema para llevar adelante una vida cristiana, sino una gran oportunidad.

“Con frecuencia, amigos y conocidos me han preguntado si no encontraba difícil mantener una vida de cercanía a Dios, con prácticas de piedad como la oración mental, la Santa Misa, o el rezo del Rosario, en medio de una vida tan ajetreada. La verdad es que al contrario. Siempre digo que las mejores oraciones de mi vida las he hecho paseando por la cubierta en alta mar…”

“La mar dice muchas cosas de Dios. Me viene a la cabeza un recuerdo de mis primeros años en la Armada: junto a la puerta de entrada de la capilla de la Escuela Naval Militar, hay una lápida con esta inscripción: “El que no sepa rezar, que vaya por esos mares, y verá que pronto lo aprende”. Es una gran verdad: sólo hace falta abrir los ojos del alma”.


Opus Dei - Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Los nombres de los 36 ordenandos y sus respectivos países de origen son:

Avelino Picón (España),
Marc Chatanay (Francia),
Juan Manuel de Ojeda (España),
Iñaki Landa (España),
Gabriel de Castro (España),
Pedro Regojo (Portugal),
Dominique Khoury-Hélou (Libano),
José Antonio Brage (España),
Manuel García de Madariaga (España),
Marcos Antini (Brasil),
Sergio Gascón (España),
Fernando José Gallego (España),
Óscar Beorlegui (España),
Antonio Cózar (España),
Iñigo Martínez-Echevarría (España),
Carlo de Marchi (Italia),
Javier Zabaleta (España),
Alexandre Antosz (Brasil),
Bernal Antonio Campos (Costa Rica),
José Fernández Labastida (México),
Javier Salegui (Venezuela),
Juan Herráiz (España),
Rafael López-Ortega (México),
Julio Serrano (España),
Ignacio Palma (Argentina),
Daniel Silva (Venezuela),
Alfonso Berlanga (España),
Matías Rodríguez Quirós (España),
Jorge Boronat (España),
Carlos Enrique Guillén (Perú),
Marc Bosch (España),
Guillermo Antonio Aragón (Guatemala),
Michał Stefan Kwitliński (Polonia),
Leonardo Agustina (España),
Anthony Sy Reyes (Filipinas),
Charles Wanyoike Mundia (Kenia).

Galería de fotos sobre don Álvaro

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Bajo las fotos, recogemos algunos recuerdos acerca de su persona.

Cuando Mons. Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid-Alcalá, supo que Álvaro iba a recibir la ordenación sacerdotal, le preguntó: “-Álvaro, ¿te das cuenta de que vas a perder la personalidad? Ahora eres un ingeniero prestigioso, y después vas a ser un cura más”. A don Leopoldo le conmovió la respuesta: “-Señor Obispo, la personalidad hace muchos años que se la he regalado a Jesucristo”. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 84).

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicáramos más tiempo que antes -la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra- a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él. (Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, p. 150).

“Yo quiero trabajar junto al Padre, con todas mis fuerzas, hasta el fin de mi vida”. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 108).

No dejó un solo momento de animar aquella conversación tan agradable y edificante. Una de las presentes le habló de los frutos apostólicos de una catequesis realizada en un país de América del Sur, y el Padre precisó: “Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así”. (Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, p. 235).

El Papa necesita toda nuestra lealtad, todo nuestro cariño, toda nuestra piedad y nuestra devoción, todo nuestro deseo de ser santos, aunque seamos pobres pecadores. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 116).

Sus dotes humanas y espirituales, que constituyen como un compendio de las virtudes que deseamos encontrar en el sacerdote, ministro de Cristo y servidor de las almas: inteligencia humilde, piedad sencilla, entrega plena a los demás, solicitud y misericordia por los débiles y necesitados, fortaleza de padre, paz contagiosa. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 94).

Pedid al Espíritu Santo abundantes luces para el Papa y los Padres sinodales, a fin de que la profundización teológica y espiritual sobre la Iglesia, que se realice en esos días, traiga consigo un fuerte impulso de santidad y de apostolado que se difunda por todos los rincones de la tierra. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 131).

Hemos de continuar, como hasta ahora, bien unidos al Papa: a Juan Pablo II como a los anteriores y a los que vendrán después, porque el Papa es Cristo en la tierra. Nos dirán quizá que eso es papolatría… No nos importa nada. Tenemos el orgullo de sabernos hijos de Dios y también hijos del Papa, que es el Padre Común de los cristianos. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, pp. 255-256).

La paternidad espiritual, encarnada por nuestro queridísimo Fundador de modo inigualable, pasó a este pobre hombre que ahora es vuestro Padre. Verdaderamente cor nostrum dilatatum est (II Cor. VI, 11): mi corazón se dilató para quereros, a todos, a cada una y a cada uno, con cariño de padre y de madre, como nuestro Padre había pedido para sus sucesores. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 157).

Rezad por mí para que cuando me presente al Señor -cuando Él quiera: hoy mismo o dentro de veinte años- pueda ofrecerle las perlas, los brillantes, las esmeraldas, las amatistas: la fidelidad de mis hijas y de mis hijos que yo, con la gracia divina, habré ayudado a conservar. Que me seáis fieles: no dejéis que me presente al Señor con las manos vacías. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, pp. 291-292).

Zaragoza. Rezar era el camino

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En 1920 se trasladó al Seminario de Zaragoza para completar sus estudios. Tres años después, con permiso de sus superiores, inició la carrera de Derecho como alumno libre. Era un seminarista con afanes intelectuales, amante de la literatura, de carácter abierto y hondo trato con Dios; un trato que lo iba llevando, como a San Juan de la Cruz y a tantos místicos cristianos, hacia intimidades divinas de altura insospechada: Volé tan alto, tan alto… “Desde joven —afirma Ambrogio Eszer, relator General de la Congregación para las Causas de los Santos— el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían sentir en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”.

En 1922 le nombraron inspector del Seminario. Desempeñó ese encargo con solicitud y caridad hacia los seminaristas. Me hicieron un gran bien —evocaba años más tarde—, yo recuerdo tantas virtudes de aquellos chicos, muchos de ellos después mártires. Tantas cosas maravillosas recuerdo. Y recuerdo (…) que iba anotando con alegría: van mejor, se les ve crecer, Dios está aquí en esta alma… tantas veces

Seguía pidiendo luces a Dios: Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y –mientras– decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: (…) que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino.

El 27 de noviembre de 1924, de improviso, falleció su padre. Murió agotado, con sólo 57 años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.

Otro cambio, doloroso e inesperado, en su vida: cuando sólo faltaban cuatro meses para su ordenación sacerdotal, se convirtió, de repente, en cabeza de familia. Los Escrivá estaban en una coyuntura económica difícil y a partir de aquel momento dependían de él, su madre, su hermana Carmen y su hermano Santiago, nacido en 1919.

Aceptó la voluntad divina uniéndose al dolor de Jesús, que también sufrió por cumplir la Voluntad del Padre. No fue una simple resignación: esa palabra no le parecía del todo cristiana: ¿Resignación?… ¿Conformidad?… ¡Querer la Voluntad de Dios!

La aceptación rendida de la Voluntad de Dios —enseñaba— trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada.

El 28 de marzo de 1925 recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia del Seminario de San Carlos. Había rezado allí durante noches enteras, en sus años de seminarista. Nunca olvidó la emoción de aquellos momentos: Aquí, en este altar —recordaba, años después—, yo me acerqué tembloroso para coger la forma sagrada y dar por primera vez la Comunión a mi madre.

Al día siguiente, dejó el Seminario. El día 30 celebró su primera Misa solemne en la Capilla del Pilar. El 31 partió hacia Perdiguera, su primer encargo pastoral.

Roma, 28 de marzo de 1950

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Rodeado de sus hijos que están en Roma, siguiendo la costumbre de ocultarse y desaparecer, el Padre celebra el veinticinco aniversario de su ordenación sacerdotal.

Muchos recuerdos vienen a su memoria: los primeros barruntos de la Obra, en 1917 y 1918; el seminario de Logroño y luego el de Zaragoza; la ordenación, los primeros años de ministerio sacerdotal y, finalmente, aquel 2 de octubre de 1928 en Madrid, cuando vio en su plenitud lo que Dios quería que hiciese; los comienzos de la Obra; la búsqueda de las almas, una a una, para transmitirles la llamada divina; la falta de decisión de unos, la respuesta generosa de otros, la fidelidad de los primeros…

Y he aquí que, ahora, la cosecha apunta ya en muchos lugares de dos continentes, mientras prosigue la siembra en otros países. ¿Cómo no dar a Dios gracias encendidas?

Como ocurre en todas las familias -y la Obra es una familia de vínculo sobrenatural- los hijos y las hijas sólo conocen a medias lo que ha costado todo eso. Pero no le gusta referirse a ello:

¡Sacrificio, sacrificio! -Claro que seguir a Jesucristo -lo ha dicho Él- es llevar la Cruz. Pero no me gusta oír hablar tanto de cruces y de sacrificio a las almas que aman al Señor; porque, cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso -aunque cueste- y la Cruz es la Santa Cruz. -El alma que sabe amar y entregarse así está llena de alegría y de paz. Y entonces, ¿por qué hablar de sacrificio, como buscando un consuelo, si la Cruz de Cristo, que es tu Vida, te hace feliz?.

Ha terminado por ceder al deseo de sus hijos, especialmente de don Álvaro, que querían grabar una lápida -de acuerdo con las costumbres romanas- de sus bodas sacerdotales, pero con una condición: que se ponga en lo alto de la inscripción un borrico… Este borriquillo de noria o ese burro sarnoso bajo cuya figura se ve cuando se dirige a Dios…

Dos etapas jurídicas importantes

Las gestiones previas a la definitiva aprobación pontificia siguen su curso. La documentación presentada por el Fundador de la Obra es estudiada varias veces por grupos de expertos de la Curia romana: primero por una comisión de consultores y luego por el Congreso plenario. Mons. Escrivá de Balaguer hace hincapié en que el decreto de aprobación definitiva tenga en cuenta las características propias del espíritu y de los apostolados del Opus Dei. Entre otros puntos, insiste en que los no católicos, e incluso los no cristianos, puedan ser admitidos como cooperadores de la Obra -no como miembros- y quedar así unidos a su labor apostólica.

“Monseñor, ¡usted siempre pide cosas nuevas!”, le han dicho la primera vez. Porque, ciertamente, la Santa Sede nunca ha admitido que una institución católica incorpore de alguna manera a sus apostolados a personas que no forman parte de la Iglesia. Hasta que, tras una actitud dilatoria, que él considera ya como una aceptación implícita, llega la respuesta positiva.

Otro de los deseos del Fundador es lograr que puedan incorporarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos formados en los seminarios e incardinados en sus respectivas diócesis.

¿Qué estoy haciendo por mis hermanos sacerdotes?, se pregunta con frecuencia, pues su preocupación por la vida espiritual de los mismos viene de muy lejos. Un sacerdote -recuerda- no se salva ni se condena solo… Desde su época en el Seminario de Zaragoza, conoce la generosidad y el amor de Dios que tienen muchos de sus hermanos en el sacerdocio y desea ardientemente poder ayudarles en una tarea que ellos, con frecuencia, realizan con un heroísmo silencioso.

Le lleva a ello la altísima idea que tiene del sacerdocio ministerial; no en vano, cuando predicaba a sus hermanos sacerdotes en los años cuarenta, solía permanecer de rodillas ante el altar cuando se refería a este tema.

El Fundador está convencido de que la espiritualidad del Opus Dei puede contribuir mucho a que esos sacerdotes se santifiquen en su estado. Pero, ¿cómo incorporarles a la Obra sin alejarles de las diócesis en que trabajan y sin modificar en nada las relaciones y los lazos que les unen a sus obispos respectivos? Las sugerencias que le han hecho algunos expertos en Derecho canónico, así como diversas personalidades de la Curia, no le han parecido satisfactorias. Así, pues, continúa buscando una fórmula, como había hecho hasta el 14 de febrero de 1943, cuando vio cómo tenía que resolver la ordenación de sacerdotes en el Opus Dei.

Con todo, le acucia la urgencia de solucionar este asunto. Siente como si Dios le pidiese hacer algo, y pronto… Por eso, en 1949, después de haberlo madurado en la oración y a pesar del desgarramiento interior que supone para él, había llegado a la conclusión de que sería preciso hacer una nueva fundación orientada específicamente a ayudar a los sacerdotes. Aunque eso significaba, tal vez, tener que abandonar el Opus Dei, la Santa Sede, hecha la correspondiente consulta, le había autorizado a llevar a cabo una nueva fundación.

Inmediatamente, había informado de su decisión a los miembros del Consejo General de la Obra, los cuales, aunque conmovidos y abrumados ante tal determinación, habían decidido respetar la voluntad del Padre.

Mientras se preparaba para dar ese paso, no sin seguir dando vueltas a otras posibles soluciones, había descubierto, de repente, la manera de asociar a los sacerdotes diocesanos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sin necesidad de fundar nada nuevo.

La solución, que durante tanto tiempo había buscado y nadie le había sugerido, era muy simple. En efecto: si la vocación al Opus Dei consistía en buscar la santificación a través de las ocupaciones ordinarias -el trabajo familiar y los deberes familiares, en el caso de la mayoría de los fieles- estaba claro que los sacerdotes podían hacer lo mismo, esforzándose, en su caso, en cumplir su ministerio con la mayor perfección posible; la Obra sólo aportaría la ayuda espiritual necesaria para que lo lograsen.

De esta forma, podrían asociarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos incardinados en sus respectivas diócesis, y continuar dependiendo en todo de su Ordinario. Esos sacerdotes no tendrían “superiores” en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz; su único superior sería el obispo de la diócesis a la que perteneciesen. La Obra se limitaría a proporcionarles ayuda espiritual, con objeto de que pudieran santificarse en su ministerio sacerdotal, el cual llevarían a cabo en dependencia exclusiva de su obispo. Lo único que haría la Obra, con su espíritu de lucha ascética y de estímulo de vida interior, sería reforzar los lazos entre los sacerdotes y la jerarquía. Además, la fraternidad que encontrarían y vivirían en la Obra evitaría el riesgo de que se sintieran solos en un momento u otro de su vida. Finalmente, en virtud de esta nueva llamada, procurarían hacer más fecundo su ministerio y su vida sacerdotal. Lo lograrían gracias a la espiritualidad del Opus Dei, que consiste, para todos, en realizar el trabajo ordinario con la mayor perfección posible, humana y sobrenatural.

El Padre sabe que esta solución -no en vano la había buscado tanto-, tan sencilla en apariencia, tendrá consecuencias muy beneficiosas para los sacerdotes que respondan a esa llamada y para muchos otros que se verán influidos por su palabra y su ejemplo. Y también para los fieles que estén en relación con ellos. Sin duda, la recristianización de la sociedad, tan necesaria, se verá reforzada y acelerada.

Al comprender que así no tendrá que abandonar el Opus Dei, el Padre se ha sentido enormemente aliviado. El Señor, sin duda, le había hecho creer que le pedía ese desgarrador sacrificio, a la manera como había pedido a Abraham que sacrificase a su hijo, para probar su obediencia…

Ludens in orbe terrarum… (Prov. VIII, 30). El Señor había estado jugando con él como juega con los hijos de los hombres a lo largo y a lo ancho de la tierra… Como un padre juega con sus hijos: El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon éste aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final, ¡un castillo!

Una aprobación decisiva

El año 1950 trae otra gran alegría al Fundador del Opus Dei. Como culminación de todas las gestiones realizadas y después de que ciento diez prelados de diecisiete nacionalidades -entre ellos doce cardenales, un patriarca y veintiséis arzobispos- enviaran a la Santa Sede cartas de recomendación, el Papa firma el decreto de aprobación definitiva y solemne del Opus Dei el 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón.

El documento, más largo de lo habitual, evoca la rápida extensión de la Obra, que, como en la parábola evangélica, “se ha multiplicado de tal forma que el pequeño grano de mostaza se ha transformado de manera admirable en un árbol frondoso”.

El decreto recoge también los aspectos específicos del espíritu del Opus Dei: la secularidad -que lo distingue de los institutos religiosos-, las virtudes cristianas y humanas que sus miembros se comprometen a practicar, la libertad que éstos tienen en el terreno profesional y político, la filiación divina, que es el fundamento de su vida espiritual…

Tres días después de la publicación del decreto, Radio Vaticana difunde un amplio comentario sobre el mismo en cada una de sus treinta emisiones en distintos idiomas. El Padre escucha en silencio una de ellas, con la cabeza baja, como si no fuera con él…

Al recibir la noticia, había rezado un Te Deum con algunos de sus hijos. Luego, había pedido a todos los que estaban lejos de él, en diversos países, que se unieran a sus acciones de gracias y respondieran a la misericordia divina con un deseo renovado de santidad y de apostolado.

En Villa Tévere y por todo el mundo

Por todas partes empiezan a recogerse los primeros frutos de la siembra. El mismo día en que la aprobación definitiva de la Obra se ha hecho pública -16 de junio- don Adolfo Rodríguez Vidal celebra Misa por vez primera en el oratorio del primer Centro del Opus Dei en Santiago de Chile.

Un día antes, el 15, un norteamericano, Richard Rieman, ha pedido la admisión en la Obra. Acaba de terminar sus estudios en la Universidad y durante la guerra ha prestado sus servicios en la Marina. Unos días más tarde, el Padre le escribe una carta de su puño y letra, hablándole de la bendita responsabilidad que implica su vocación, y que le incumbe particularmente a él, primer miembro de la Obra en los Estados Unidos.

Durante el verano, se amplían los cursos de formación. Los hay en España -concretamente en Molinoviejo-, en Coimbra -Portugal-, cerca de Toormakeady -al oeste de Irlanda-, y también en Castelgandolfo, en Italia.

En este país, la labor del Opus Dei empieza ya a madurar, al igual que ha ocurrido en España desde hace algunos años. Los jóvenes que se reúnen en Castelgandolfo provienen de Roma, de Milán, de Palermo y de otras ciudades italianas. Uno de ellos escribe a otro, que está lejos: “Casi todas las tardes viene el Padre, y la familia se completa. Se queda con nosotros un largo rato y la jornada se hace entonces más intensa, porque el Padre nos comunica su alegría sobrenatural, nos estimula con su ejemplo y nos hace sentirnos más cerca de los demás miembros de la Obra”.

El Fundador aprovecha esos ratos para comunicarles su preocupación por verlos volar cuanto antes con sus propias alas. Los edificios de Villa Tévere, que han permitido iniciar la labor apostólica en Italia, no deberán servir, en el futuro, más que para sede de la dirección central de la Obra, y, provisionalmente, durante algunos años, como sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Así pues, sus hijos italianos tendrán que buscar cuanto antes una casa, porque, si no -les dice-, tendréis que refugiaros bajo los puentes del Tíber…

Las obras de la Sede Central prosiguen, en efecto, tan deprisa como se puede. A mediados de septiembre, las mujeres de la Sección femenina pueden ya instalarse en un edificio independiente, que les servirá de base para sus apostolados propios. Además, desde allí podrán, con las separaciones requeridas, encargarse de algunas tareas domésticas -cocina, decoración, limpieza, etc.- en los edificios ocupados por el Padre y por los miembros varones, como ya lo vienen haciendo en los Centros de la Obra en España y en otros países.

Bajo el manto de Nuestra Señora

El 1.° de noviembre de 1950 se produce la primera vocación a la Obra en Argentina. En ese mismo día, el Padre ha recibido un gozo indescriptible: el Papa Pío XII proclama, en la plaza de San Pedro, el dogma de la Asunción a los cielos de María Santísima. Día de gozo para los católicos del mundo entero, que se complacen al ver definido solemnemente un privilegio de la Virgen. Día de intensa acción de gracias para Josemaría Escrivá de Balaguer, que siempre lo ha puesto todo bajo la protección de Nuestra Señora: su vocación sacerdotal y esta Obra de Dios, tanto antes de que le fuera claramente revelada como después, a medida que ha ido creciendo paso a paso. Ella le ha correspondido con creces, de tal forma que muchas etapas decisivas en la historia de la Obra se han cubierto en fiestas de la Virgen.

Hace ya mucho tiempo, durante una acción de gracias tras celebrar la Santa Misa en la iglesia de Santa Isabel, en Madrid, había escrito unas palabras que ahora ayudan a miles y miles de cristianos a contemplar mejor el misterio de la Asunción, lo mismo que los demás misterios del Santo Rosario:

… María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y los Ángeles se alegran! Así canta la Iglesia (..). Jesús quiere tener a su madre, en cuerpo y alma, en la gloria. -Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora (..). La Trinidad Beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios… -Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles: ¿Quién es Esta ?

La voz del Sumo Pontífice se hace más fuerte en el momento en que pronuncia la fórmula solemne por la que define la verdad de fe: “Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de divina revelación que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

Frente a una imagen de madera policromada que preside la sala de estar donde se encuentra, el Fundador del Opus Dei ha oído estas palabras arrodillado…

9. El Pan y la Palabra

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Una expresión típica del Fundador, la Misa, centro y raíz de la vida interior, fue utilizada por el Concilio Vaticano II para expresar la unidad de vida que todo sacerdote debe empeñarse en alcanzar: “El sacrificio Eucarístico resulta, pues, el centro y la raíz de toda la vida del presbítero” (cfr. decreto Presbyterorum ordinis, num.14). Bastaría esto para manifestar la intensidad con que su alma sacerdotal se entregaba en la celebración eucarística, pero desearía conocer algún ejemplo o detalle significativo.

–La Santa Misa era incluso el centro físico de su jornada. Como ya he señalado, la dividía en dos partes: hasta el mediodía vivía la presencia de Dios centrándola en la acción de gracias por la Misa celebrada y, tras el rezo del Angelus, comenzaba a prepararse para la Misa del día siguiente.

Muchas veces me confió que, desde su ordenación sacerdotal, se preparaba cada día para celebrar el Santo Sacrificio como si fuese la última vez: el pensamiento de que el Señor podía llamarle a Sí inmediatamente después, le animaba a volcar en la Misa toda la fe y el amor de que era capaz. Así, hasta llegar al 26 de junio de 1975, en que celebró su última Misa con extraordinario fervor.

Contaba que, cuando se trasladó a Zaragoza en 1920, una vez que pasaba delante de un bar llamado “Gambrinus”, vio que dentro del local estaba un famoso torero. Algunos niños se acercaron a aquel personaje popular, y uno de ellos exclamó exultante: “¡lo he tocado!” Al Padre le impresionó aquella escena, y la evocó con frecuencia para exhortarnos a reflexionar sobre el hecho de que cada día tocamos a Jesús en la Eucaristía.

Tenía la costumbre de adorar a la Eucaristía metiéndose al menos con la imaginación en las iglesias que veía a lo lejos o, simplemente, le venían a la memoria; y no dejaba de reparar cuando le llegaba noticia de algún robo sacrílego o de profanaciones.

Una vez, durante el viaje al Perú en 1974, le mostraron las fotografías de un lugar donde se había producido un gigantesco huaico, un tremendo corrimiento de tierra, piedra y fango. Todo un pueblo había quedado sepultado, y sólo sobresalía el remate del campanario de la iglesia. En la fotografía podían verse animales que pastaban en el lugar de la catástrofe, encima de la iglesia enterrada. Al pensar en que Jesús Sacramentado había quedado sepultado bajo la tierra, el Padre pasó la noche entera en oración y en adoración.

Sería muy largo describir cómo vivía el Padre cada parte de la Santa Misa. Sólo referiré dos detalles de los que me habló en muchas ocasiones. Al elevar el Pan Eucarístico y la Sangre de Nuestro Señor, repetía siempre algunas oraciones –no en voz alta, porque las rúbricas no lo permiten, sino con la mente y el corazón–, con una perseverancia heroica que duró decenas de años.

Concretamente, mientras tenía la Hostia consagrada entre las manos, decía: Señor mío y Díos mío, el acto de fe de Santo Tomás Apóstol. Después, inspirándose en una invocación evangélica, repetía lentamente: Adauge nobis fidem, spem et charitatem; pedía al Señor para toda la Obra la gracia de crecer en la fe, la esperanza y la caridad. Inmediatamente después, repetía una plegaria dirigida al Amor Misericordioso, que había aprendido y meditado desde joven, pero que no utilizaba nunca en su predicación, y que durante muchos años sólo muy de tarde en tarde nos dijo que la recitaba: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Después añadía la invocación: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace, a mí y a todos, pensando, como es natural, en sus hijos del Opus Dei. Por último, mientras hacía la genuflexión, después de haber elevado la Hostia o el Cáliz, recitaba la primera estrofa del himno eucarístico Adoro te devote, latens deitas, y decía al Señor: ¡Bienvenido al altar!

Todo esto, repito, no lo hacía de vez en cuando, sino a diario, y nunca mecánicamente, sino con todo su amor y vibración interior. Lo sé porque nos lo contó, a don Javier Echevarría y a mí. Nos lo confió un día de 1970, en México, mientras hacía su oración en voz alta en el Santuario de Guadalupe, a donde había ido para hacer una novena a la Virgen, en compañía de otros hijos suyos.

¿Cómo acogió el Padre la reforma litúrgica dispuesta por el Concilio?

–Como siempre, aplicó con obediencia y fortaleza todas las disposiciones sobre esta materia. Gracias a la solicitud de su Fundador, el Opus Dei ha sido, también en lo que se refiere a la praxis litúrgica, ejemplo de fidelidad.

Nuestro Padre encargó a algunos sacerdotes de la Obra la tarea de examinar las diversas posibilidades previstas por la reforma, y determinar y explicar cómo se aplicaban. Orientó personalmente este trabajo y aprobó sus resultados. De esta forma, todos los sacerdotes de la Obra comenzaron a aprender las nuevas rúbricas, siguiendo el deseo del Santo Padre de que “la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia sea puesta en práctica en su plenitud y con todo cuidado” (Carta enviada en nombre del Papa a todos los obispos y otros superiores eclesiásticos, junto con el libro Jubilate Deo, el 14 de abril de 1974).

Fue el primero en obedecer a las nuevas disposiciones litúrgicas y se esforzó en aprender el nuevo rito de la Misa. Desde hacía muchos años le ayudaba habitualmente en la celebración otro sacerdote: a partir de los años cincuenta solíamos hacerlo don Javier Echevarría o yo. Cuando se introdujeron los cambios litúrgicos, nos rogó que no dejáramos de hacerle todas las observaciones que nos pareciesen oportunas para ayudarle a aprender bien el nuevo rito. A pesar de su buena voluntad, nos dábamos cuenta de que le suponía un notable esfuerzo, porque debía cambiar hábitos de devoción litúrgica adquiridos durante muchos años de lucha perseverante llena de amor de Dios.

Yo me planteaba cómo ahorrar al Padre esas dificultades, y en su presencia aludí a que a otros sacerdotes más jóvenes se les había concedido permiso para seguir el rito de San Pío V y celebrar la Misa como habían hecho hasta entonces. El Padre me interrumpió inmediatamente: afirmó que no quería ningún privilegio, y me prohibió hacer esa propuesta. Sabía que yo trataba a las personas que estaban elaborando las nuevas disposiciones litúrgicas.

Algún tiempo después me encontré con Mons. Annibale Bugnini, que era el máximo responsable en este campo, y un buen amigo mío, tanto que nos tuteábamos. Hablamos de las dificultades que experimentaban algunos sacerdotes ancianos para adaptarse al nuevo rito, después de haber celebrado la Santa Misa con el antiguo durante tantos años. Era una situación conocida. De pasada, aludí al caso de nuestro Fundador, que obedecía de modo ejemplar y con profunda alegría. Bugnini me dijo que el Fundador del Opus Dei no tenía por qué hacer un esfuerzo semejante, ya que muchos otros sacerdotes tenían permiso para celebrar con el rito anterior, y él mismo había accedido a peticiones similares de parte de personas que estaban en esas circunstancias. Aunque yo le había dicho ya que nuestro Fundador no quería otro privilegio que el de obedecer siempre a la Santa Sede, y que incluso me había prohibido pedir nada, él se empeñó en concederme el permiso para nuestro Fundador, y me insistió en que le refiriese cómo se había desarrollado nuestra conversación.

La delicadeza con que el Fundador cuidaba el decoro de la liturgia y de los objetos de culto se expresa en el punto 527 de Camino: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

–Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

–Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” –una buena obra ha hecho conmigo.

–Recuerdo que en 1959 o en 1960, estando en Londres, vio por televisión una ceremonia de la Corte Real. Inmediatamente después observó, como había hecho en otras ocasiones, que una ceremonia de este estilo requiere una preparación muy cuidadosa y que, cuando es a Dios Nuestro Señor a quien se dirige un acto de culto, debemos prepararlo con un amor y un empeño mucho más grande que el que ponen los maestros de ceremonias de la Reina de Inglaterra.

El desprendimiento y la pobreza no le impedían amar la belleza y el decoro artístico en la liturgia y en el culto divino. Es una prueba palpable de su fe y de su generosidad con el Señor.

Quería que los objetos destinados al culto fuesen lo más preciosos posible; enseñó que, en este campo, la pobreza está en la cantidad y no en la calidad. Para los Centros del Opus Dei estableció esta norma: los objetos litúrgicos deben ser decorosos y bellos, pero en el número estrictamente indispensable.

En 1940, movido por su ardiente amor al Señor, a pesar de las estrecheces que pasábamos, comenzó a llevar a un taller de arte religioso, muy famoso en España y en el extranjero, las joyas que algunos amigos le regalaban: las iba dejando allí, porque deseaba ofrecer al Señor una custodia muy rica, con campanillas de plata. Se trataba de Talleres de Arte Granda, dirigidos por un sacerdote muy piadoso, don Félix, y su hermana, Cándida Granda. Nuestro Fundador, en cuanto recibía alguna piedra preciosa o un anillo, de los que se desprendía alguno de sus conocidos, lo llevaba enseguida al taller; a veces le acompañaba yo. Doña Cándida extendía sobre una mesa un paño de terciopelo negro y ponía encima todo lo que íbamos reuniendo; después decía: “Ahora necesitamos encontrar tal cosa; falta tal otra”… Con este motivo, el Padre trató mucho con los hermanos Granda, y les dio abundantes consejos sobre el diseño de sagrarios y vasos sagrados. Don Félix y doña Cándida los acogían con agradecimiento, porque eran sugerencias muy prácticas para enriquecer los objetos de culto: ambos me han contado que aprendieron mucho de nuestro Fundador. Por eso, cuando dejaron la dirección de Talleres de Arte Granda, la confiaron a unos miembros de la Obra. El Fundador les animó a mejorar constantemente su trabajo llevando a la práctica las palabras de la Escritura: zelus domus tuae comedit me (Ps. 79, 10).

A nuestro Padre no le fue posible, en muchas ocasiones, ofrecer al Señor todo lo que hubiera querido. Recuerdo que en 1935 lamentaba no haber podido instalar un sagrario más rico en el oratorio de la residencia de Ferraz; era un tabernáculo muy pobre, que le había prestado la M. Muratori. Le apenaba oficiar la exposición solemne con una custodia de poco valor, de hierro: sólo era de plata el viril que sostenía la Hostia consagrada. Desde entonces le oí decir que deseaba destinar al Señor objetos de culto ricos, aun a costa de quedarse sin comer.

Siempre, y en especial durante los últimos años de su vida, le he escuchado repetir: Ahora la gente ahorra todo a Nuestro Señor; yo no lo entiendo. Aunque, cuando un enamorado le regale a la mujer que quiere un trozo de hierro o de cemento, como regalo, ni siquiera entonces yo regalaré al Señor un poco de hierro o de cemento, sino lo mejor que pueda.

Durante toda su vida procuró dedicar al servicio del Señor lo mejor que tenía. Sé que poco después de 1928 deseaba encargar un cáliz que tuviese un piedra preciosa engastada en la base, de modo que nadie la pudiese admirar; quería que fuese como un sacrificio escondido, únicamente para el Señor. Sólo al cabo de los años, cuando vivía en Roma, pudo realizar este deseo suyo, cuando una señora le regaló una esmeralda de grandes dimensiones.

Hacía que todas las semanas se renovasen las formas consagradas reservadas en el sagrario, y estableció esta norma para todos los Centros de la Obra, exhortando a prever con prudencia cualquier dificultad. En 1940 ó 1941 pudo ver realizado al fin su antiguo deseo de que las formas se preparasen en nuestras casas. Quería que, con el tiempo, sus hijos llegasen a cultivar el grano y las vides necesarias para confeccionar las especies eucarísticas. El 15 de enero de 1965, explicaba una vez más este viejo proyecto: Se trata de acariciar a Dios que nace en nuestras manos, preparando las especies para que Él descienda. Se lo oí decir también, ante un grupo de hijas suyas, el 28 de marzo de 1975, pocos meses antes de morir.

Cuando era el único sacerdote del Opus Dei, se ocupaba personalmente de limpiar por dentro los sagrarios de nuestros Centros. Solía hacerlo cada quince días, con ocasión de sus viajes fuera de Madrid. Mientras los limpiaba, hablaba ininterrumpidamente con Jesús Sacramentado, repitiéndole que todas aquellas delicadezas eran para Él. Nos exhortaba: ¡Que tratéis con cariño cuidadoso los sagrarios! Cuando dejó de ocuparse de estos deberes personalmente, enseñó a sus hijos sacerdotes a cumplir esta obligación con el mayor cuidado, y a recitar en estos momentos muchas jaculatorias y comuniones espirituales.

Ya desde el principio estableció que los amitos, purificadores y manutergios se lavasen y planchasen cada vez que se usaban. Es una norma que se ha vivido siempre en nuestros Centros, en señal de amor de Dios y respeto hacia el Santo Sacrificio. Un cardenal que estuvo en la Clínica Universitaria de Navarra, promovida y dirigida por miembros del Opus Dei, me contó, admirado, que durante una visita por distintos departamentos, vio en una habitación un montón de lienzos blancos cuidadosamente dispuestos en cestas. Preguntó qué era aquello; le respondieron que eran los lienzos sagrados que se habían utilizado aquella mañana, y que iban a lavar y planchar para usarlos al día siguiente.

Su amor a la Eucaristía se reflejaba en muchos detalles, hasta en el modo de poner unas flores junto al tabernáculo. Nos decía: Cuando pongáis una flor junto al Sagrario, dadle un beso y decidle al Señor que queréis que ese beso se consuma, como se consumirá la flor, como se consume la lamparilla del Sagrario, alumbrando, señalando dónde está el Señor.

En las películas que recogen reuniones que el Fundador tuvo en varias ciudades de Europa y América con diversos grupos de personas –a veces, varios miles–, sobre todo en los últimos años de su vida, no falta nunca una referencia al sacramento de la confesión. Es conmovedora su catequesis sobre el que llamaba sacramento de la alegría.

–Sí, hablaba muchísimo de la Confesión y la llamaba el sacramento de la alegría, porque asegura nuestro retorno a Dios: nos devuelve la amistad divina, perdida por el pecado. Exhortó a sus hijos sacerdotes a hacer de la administración de la Penitencia una pasión dominante de su vida sacerdotal; y espoleaba a sus hijos laicos a llevar a muchas almas a la confesión: matad a vuestros hermanos sacerdotes, a fuerza de darles mucho trabajo, para que puedan llevar muchas almas a reconciliarse con Dios.

Tuvo una auténtica pasión por administrar el sacramento de la Penitencia. Tras su ordenación, durante su estancia en Perdiguera, logró que se confesaran prácticamente todos los habitantes del pueblo. De regreso a Zaragoza, continuó administrando la Confesión con mucha constancia. Recuerdo haber presenciado, en 1970, una conversación entre nuestro Fundador y uno de sus amigos de aquella ciudad, que había hecho una brillante carrera pública. Éste le recordó: “yo me confesé contigo –como eran viejos amigos, se trataban de tú– antes de que nos casases a mi mujer y a mí. Recuerdo que mientras me iba acusando de los pecados estabas callado. Pero cuando te dije que me había batido en duelo, exclamaste: ¡Estás loco!” Después comentó que nadie le había corregido tan claramente, pero que al mismo tiempo había agradecido que lo hiciese con tanta caridad, de modo que no se sintió ofendido, y en cambio, acabó muy contrito por su pecado. Durante el relato, nuestro Fundador permaneció en silencio; no añadió ni una palabra, porque, aunque fuese el mismo penitente quien hablaba, se sabía ligado por el secreto de la confesión.

Ya en Madrid, recorría la ciudad de un lado a otro para confesar al mayor número posible de enfermos, y llevarles la Comunión: fue una actividad desarrollada con una generosidad heroica, un empeño llevado a cabo con todas sus fuerzas, cuando no tenía dinero ni para pagarse el tranvía ni para comer.

Recordaba con alegría los años en que dedicó tantas horas de su tiempo a preparar para la confesión y la primera comunión a miles de niños. Afirmaba que había obtenido grandes enseñanzas para su propia vida espiritual de la devoción de aquellos pequeños.

Tras el 2 de octubre de 1928, continuó prestando su ministerio sacerdotal en el Patronato de Enfermos, y después en el Real Patronato de Santa Isabel. En la iglesia de este último, atendía un confesonario bastante frecuentado. Al mismo tiempo, dirigía espiritualmente a muchos estudiantes universitarios.

Durante la guerra civil española, escuchó confesiones por la calle, o pasando de una casa a otra; no se arredraba ante el peligro de muerte que corría si alguien le descubría, le identificaba como sacerdote y le denunciaba.

En los últimos años de su vida, nuestro Fundador no pudo ejercitar directamente el apostolado de la confesión, porque se debía a la labor de gobierno de la Obra. Esto no quiere decir que no desarrollase intensamente su ministerio sacerdotal, especialmente a través de la predicación a sus hijos, o a muchas otras personas que venían a verle para recibir su orientación espiritual; pero sólo me confesaba a mí. Me parece oportuno explicar que, como trataba sobre todo a miembros de la Obra, para evitar encontrarse atado por el sigilo sacramental, prefería no escuchar sus confesiones, para asegurarse una mayor libertad de acción. La única excepción fui yo: nuestro Fundador se confesaba conmigo y yo con él.

Predicó incesantemente sobre este sacramento. En los últimos años sufrió muchísimo viendo que los fieles abandonaban cada vez más la práctica de la confesión frecuente. Por eso emprendió una catequesis aún más intensa sobre la grandeza de la misericordia divina. Rechazaba con energía la afirmación de que es preferible retrasar la confesión de los niños para evitarles una experiencia traumática: contaba que había confesado a miles de niños y que, lejos de sufrir un shock, habían experimentado con agradecimiento la bondad de Dios Nuestro Señor. Aconsejaba a las madres: Mamás, llevad a vuestros hijos a confesar, como hizo mi madre conmigo. Así se acostumbrarán vuestros hijos a recibir el Sacramento de la Penitencia y a reconciliarse con Dios: por medio de este Sacramento bien recibido con todas las condiciones que se requieren para una buena Confesión, los niños irán teniendo cada vez mayor delicadeza de conciencia y serán más felices.

Enseñó a sus hijos sacerdotes a administrar este sacramento con tanta pasión, que el Santo Padre Juan Pablo II ha afirmado que los sacerdotes del Opus Dei tienen “el carisma de la Confesión”: he sentido el gozo de oírselo decir personalmente, y es fácil imaginar mi alegría ante un reconocimiento, tan autorizado, de los esfuerzos de los miembros de la Obra por imitar a su Fundador.

El Beato Josemaría decía que el mejor modo de vivir la virtud de la penitencia era acercarse contrito al Sacramento de la Confesión. Sentía el deber de compensar con la propia compunción tantas faltas de amor de las que era testigo cada día.

–El afán de reparación es uno de los modos en que se expresa la Comunión de los Santos. En una ocasión, se hablaba públicamente de la vida pecaminosa de una persona, y uno de nosotros exclamó: “¡Pobre hombre!” Nuestro Fundador replicó inmediatamente: ¡pobre Dios! No era una falta de caridad hacia aquel pecador, sino una prueba de su amor de Dios, y de la fuerza con que aborrecía cualquier pecado, aun el más pequeño que se pueda pensar. ¡Pobre Dios!, porque era un Padre ofendido por uno de sus hijos. No hace falta decir que el Padre se puso a rezar inmediatamente por aquel pobrecillo.

El temor de Dios y el odio al pecado le movían a repetir frecuentísimamente: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies! (Ps. 50, 19), y añadía, con fuerza y con vivo arrepentimiento de sus culpas: Contritum et humiliatum valde! Se lo he oído decir personalmente desde que le conocí hasta el día de su muerte.

La familiaridad del Fundador con la Sagrada Escritura se comprueba en las homilías publicadas, y especialmente, en su libro Santo Rosario, donde se ejemplifica gráficamente aquel consejo suyo de meterse en las escenas evangélicas como un personaje más. ¿Tiene sobre esto algún recuerdo especial?

–El Padre dio pruebas constantes de un respeto extraordinario hacia la Sagrada Escritura que, junto con la Tradición de la Iglesia, es la fuente de la que se nutría ininterrumpidamente para su oración personal y para su predicación.

Leía a diario algunas páginas –un capítulo– de la Escritura, en particular del Nuevo Testamento, y hacía la lectura espiritual preferentemente con obras de los Padres y Doctores de la Iglesia. Era raro el día en que no se detuviese al terminar para anotar expresiones o ideas que le habían impresionado: signo no sólo de la atención con que hacía esta práctica de piedad, sino sobre todo de la importancia que le concedía.

En 1944 predicó un curso de retiro a los agustinos del Monasterio de El Escorial, aunque se encontraba muy mal de salud. Uno de los participantes, el Padre Licinio González, después de haber anotado que sólo al final de los ejercicios se había dado cuenta de que nuestro Fundador estaba enfermo, ha testimoniado: “Sus meditaciones se caracterizaban por el uso continuo de textos y pasajes evangélicos, que a través de su voz, cobraban una vida sugestiva y llena de inspiración (…).

Están aún vivos en mí los pensamientos y las ideas de Mons. Escrivá sobre la vocación, la gratuidad de la vocación, la respuesta gozosa de San Andrés y el doloroso rechazo del joven rico.

También las meditaciones sobre la Virgen y sobre San José estaban llenas de vibración espiritual (…); junto a la meditación eucarística sobre la Última Cena, me dejaron una impresión tan profunda que no se ha borrado con el paso de los años”.

El Padre meditó asiduamente los versículos del Nuevo Testamento y puso de relieve aspectos nuevos, a veces inadvertidos durante siglos. No consideraba la Sagrada Escritura como un depósito inerte, sino como instrumento vital del que el Señor se sirve para infundir vida sobrenatural a quienes la leen con humildad y deseos de aprender. Lo comprobé desde que le conocí, pero sobre todo tras mi ordenación sacerdotal, en 1944, comprendí plenamente la profundidad con la que había meditado la Palabra de Dios.

Una prueba elocuente es la originalidad de sus comentarios a los textos sagrados: resultan siempre particularmente incisivos e inmediatos; no son conclusiones prácticas derivadas de una reflexión sobre el texto sagrado con el fin de introducirlas luego en una espiritualidad prefabricada, ni simples ejemplificaciones que ilustran conceptos de un sistema de pensamiento predefinido. Nuestro Padre deja que el Evangelio hable directamente con toda su fuerza; su espiritualidad es la vida de Cristo y de los primeros cristianos, que expresan su perenne actualidad sin necesidad de adaptación, glosa o añadido.

A la muerte de nuestro Fundador, el Cardenal Parente, que había leído algunas de sus homilías y otros escritos suyos, me dijo que en sus comentarios a la Sagrada Escritura había descubierto una densidad espiritual con una profundidad e inmediatez muchas veces superiores incluso a las obras de los Santos Padres.

Su predicación fue siempre muy práctica; movía a las almas a la conversión. Tenía el don de aplicar los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento a las situaciones concretas de los que le escuchaban. No trató nunca de ser original, porque estaba convencido de que la Palabra de Dios es siempre nueva, y conserva intacta su irresistible fuerza de atracción si se la proclama con fe. En sus labios, el Evangelio no era jamás un texto erudito o una fuente de meras citas o lugares comunes. Hablaba de la Sagrada Escritura con un amor tierno. Valgan como ejemplo estas palabras suyas que anoté en 1954: Vivía en Nazaret una Virgen de nombre María. ¡Qué bonito, qué divino y qué humano es el Evangelio!: Desciende hasta los detalles más mínimos, para que veamos la predilección de Dios hacia las criaturas. La quiere, la busca, como un detalle de cariño, la llama por su nombre de familia: María.

Me admiraba la facilidad con que citaba de memoria y con exactitud frases de la Sagrada Escritura. Hasta en sus conversaciones familiares traía a colación textos sagrados para mover a los presentes a una oración más honda. Vivía de la palabra de Dios. Como prueba de veneración hacia la Sagrada Escritura, a menudo introducía sus citas con las palabras: Dice el Espíritu Santo… No era un simple modo de decir, sino un auténtico acto de fe, que ayudaba a sopesar el valor eterno, y toda la verdad que contienen palabras a las que podemos acabar por acostumbrarnos.

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicarámos más tiempo que antes –la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra– a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él.

En los últimos años de su vida, con el deseo de contribuir a una mayor difusión de la lectura de la Biblia, y de facilitar al máximo su meditación, animó a algunos hijos suyos, profesores de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, a que preparasen una edición popular: deseaba que las notas fuesen sencillas, prácticas y asequibles a todos; que tuviesen un carácter doctrinal y ascético, no erudito, y fuesen acompañadas de abundantes citas de los Santos Padres y de los Concilios. El resultado ha sido un trabajo, todavía en curso, muy apreciado desde el punto de vista científico y, sobre todo, muy valioso desde el punto de vista espiritual. Los especialistas que lo comenzaron y lo están llevando a cabo, me han confirmado que haber puesto en las notas muchas citas de textos de nuestro Fundador ha contribuido decisivamente a la gran utilidad pastoral de esta obra.

Testigos de lo eterno

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El  28 de marzo de 1975 se cumplían los cincuenta años de la ordenación sacerdotal de Monseñor Escrivá de Balaguer. El tiempo y el esfuerzo por extender el fuego de Dios en la tierra habían marcado su cuerpo. Pero el alma seguía joven. Con aquella apasionada adolescencia de Amor que le llevó camino del Seminario de Zaragoza.

Dos meses antes de sus bodas de oro sacerdotales, escribe:

«Conmemoremos, por tanto, hijas e hijos queridísimos, este aniversario sacerdotal, renovando el propósito de aprovechar cada jornada agradecidamente al pie de la Cruz -del Altar- la Vida que Jesucristo nos da: que sea siempre la Santa Misa el centro y la raíz de nuestra existencia»(1).

Y el 27 de marzo de 1975, jueves Santo, dirige una meditación a un grupo de miembros del Opus Dei y deja que hable su corazón:

«Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo ‘alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el “alter Christus” que hemos de ser»(2).

Sus palabras expresan, en este día, una maravillosa realidad: el Fundador ha vivido sus años de sacerdocio absorto, centrado en el Sacrificio del Altar, la Santa Misa.

Durante muchos años ha repetido que todos en el Opus Dei, sin distinción, tienen alma sacerdotal. Han sido llamados desde el anónimo de la historia colectiva para ser testigos de la eternidad. Capaces de entregar su vida en testimonio de la presencia de Dios entre los hombres. Pero el «muro sacramental» sólo es franqueado por el sacerdocio ministerial.

En su homilía «Sacerdote para la eternidad», el Padre se refiere una vez más a un grupo de hombres que serán ordenados sacerdotes y habla de esta dedicación en cuerpo y alma a la oración, a la Palabra y a la administración de Sacramentos: «Estos hombres que, libremente, porque les da la gana -y es ésta una razón muy sobrenatural- abrazan el sacerdocio, saben que no hacen ninguna renuncia, en el sentido en el que ordinariamente se emplea esta palabra. Ya se dedicaban -por su vocación al Opus Dei- al servicio de la Iglesia y de todas las almas, con una vocación plena, divina, que les llevaba a santificar el trabajo ordinario, a santificarse en ese trabajo y a procurar, con ocasión de esa tarea profesional, la santificación de los demás (…).

La santidad no depende del estado -soltero, casado, viudo, sacerdote-, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede, para aprender a alejar de nosotros las obras de las tinieblas y para revestirnos de las armas de la luz: de la serenidad, de la paz, del servicio sacrificado y alegre a la humanidad entera (…).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado con el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia “esencialmente, y no sólo en grado”, del sacerdocio común de los fieles»(3).

El Opus Dei, para continuar su camino necesita de la presencia de sacerdotes con el mismo espíritu que los laicos de la Obra.

Hombres que, con la misma dedicación y entrega, puedan constituirse en dispensadores de la gracia sacramental, con mentalidad laical y santificando su trabajo profesional.

Abundando en esta idea del Fundador, ha escrito Monseñor Alvaro del Portillo:

«El sacerdote, además de ser un cristiano -un hombre incorporado (a Cristo) por el bautismo-, por la consagración recibida en el sacramento del orden se hace representante -la expresión más adecuada en este caso sería, con los debidos matices, alter ego- de Jesucristo Cabeza de la Iglesia, para cumplir en su nombre y en su misma potestad la función de enseñar, santificar y dirigir pastoralmente a los demás miembros de su Cuerpo, hasta el fin de los tiempos»(4).

Si todo el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal, puesto que tiene la misión de consagrar el mundo a Jesucristo, los ordenados sufren «una configuración, una transformación sacramental y misteriosa de la persona del hombre-sacerdote en la persona del mismo Cristo, único Mediador»(5).

La luz y la convicción de esta realidad divina sembró en Monseñor Escrivá de Balaguer un intenso amor al sacerdocio, y deseó trasvasarlo plenamente a todos sus hijos. El itinerario de su vida está marcado por una dedicación sin límites a los sacerdotes. He aquí lo que escribe, de este amor entrañable y activo, el actual Prelado del Opus Dei:

«Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos -rápidos y definidos- la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas -en aquellos trenes de entonces-, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios»(6).

Y algunos de los que fueron testigos directos de esta dedicación como el Reverendo don Carlos Vicuña, Provincial de los Agustinos de España, en una carta a don Álvaro del Portillo, escrita en octubre de 1944:

«Voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don Josemaría Escrivá de Balaguer a los religiosos agustinos del R. Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores (…). Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse (…), cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón».

Desde el 2 de octubre de 1928, el Padre vio la Obra como una totalidad en la que estaban también incluidos los sacerdotes. Y por eso empezó a rodearse de algunos clérigos amigos que practicaban una honda vida de piedad. Se unieron al Padre y le ayudaron en su labor apostólica; aunque no todos lograron entender lo que don Josemaría Escrivá de Balaguer llevaba en el alma.

Por ello, el Padre se da cuenta muy pronto de que los sacerdotes idóneos para atender la Obra deben proceder de sus propios hijos, para que el espíritu del Opus Dei permanezca intacto.

Pero insiste en que recibir el Sacramento del Orden es un hecho accidental para la vocación a la Obra. Todos han entregado su vida al servicio de Dios. Y Dios elegirá, libremente, aquellos que han de servir con el sacerdocio ministerial a sus hermanos y a todas las almas. El Opus Dei acoge dedicaciones tan multivarias como la extensa vocación con que los hombres pueden sentirse llamados en medio del mundo:

«El constituyó a los unos apóstoles, a los otros profetas, a éstos evangelistas, a aquéllos pastores y doctores, para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo»(7).

Tan arraigada está en el Fundador la certeza de que los sacerdotes del Opus Dei han de proceder de los miembros de la Obra que, ya en 1936, cuando solamente existe en Madrid la Residencia de estudiantes de la calle Ferraz, tiene lugar un hecho muy significativo. Son los primeros días de mayo. Pedro Casciaro, que lleva seis meses de vocación en la Obra, sale del oratorio donde ha estado haciendo un rato de oración. Es una mañana en la que no ha tenido clase en la Universidad. La casa ha quedado desierta porque los demás han acudido a su trabajo. En un banco, fuera del oratorio, está el Padre rezando el Breviario. Pasa despacio para no distraerle, pero el Fundador, sin apartar los ojos del libro, le hace un gesto de que espere. Coloca una señal en la página que acaba de terminar y, mirándole afectuosamente, pregunta:

-«¿Estarías dispuesto a ser sacerdote, si recibieras la llamada?»

Casi sin reflexionar, Pedro responde:

-«Pienso que sí, Padre».

Pero, al tomar conciencia del contenido de la pregunta que acaba de escuchar, vuelve instintivamente ante el sagrario. Poco después el Padre se reúne con él y, de rodillas a su lado, señala la alfombra roja que cubre la tarima del altar. En voz baja le dice:

-«El sacerdote tiene que ser como esa alfombra; sobre ella se consagra el Cuerpo del Señor; está en el altar, sí, pero está para servir; más aún, está para que los demás pisen blando, y ya ves, no se queja, no protesta… ¿Comprendes cuál es el servicio del sacerdote?: ya verás que más adelante, en tu vida, reflexionarás sobre esto»(8).

Sin embargo el acceso de algunos miembros de la Obra al sacerdocio es un fenómeno teológico y pastoral que requiere fórmulas jurídicas adecuadas. Y esto, será un capítulo más que habrá de contar con la oración, el sufrimiento del Padre y, sobre todo, con la Providencia de Dios.

Desde la otra orilla

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Enero de 1935. En la Residencia de la calle de Ferraz 50, don Josemaría Escrivá de Balaguer recibe a un estudiante: se llama Pedro Casciaro. Al abrir la puerta, en la pequeña salita de la entrada, don Josemaría se para un momento, sonriente, en un gesto muy habitual. Tiene delante a un muchacho joven, espigado, de ojos azules, que trae un aire de curiosidad y una chispa alegre, casi irónica, en la mirada.

Don Josemaría sabe que Pedro es hijo de un Catedrático, que estudia Ciencias Exactas y Arquitectura, y que es un compañero que aprecian cuantos conocen.

En esta brevísima pausa, mientras median los saludos, Pedro repasa las circunstancias que le han llevado hasta la calle de Ferraz. Ha cursado sus estudios en instituciones laicas. En el círculo de amistades en que se mueve y en su ambiente familiar hay cierta prevención hacia los curas. Tiene fe, pero su formación religiosa no es profunda. Nunca ha hablado con un sacerdote cara a cara. Los profesores clérigos que tuvo en el Instituto han pasado por el filtro de su crítica intelectual y acerva. Por eso, cuando oye hablar de don Josemaría con admiración, contesta con sarcasmo y autosuficiencia.

Sin embargo, llevado de su insaciable curiosidad por todo, y empujado, también, por la insistencia de aquel amigo, accede a la presentación que está teniendo lugar en este momento. Pero acude con el firme propósito de no hablar de nada personal.

El vestíbulo de la Residencia le ha impresionado bien. Es, piensa, como el de una familia de la clase media, más bien modesta, pero de buen gusto. Y, sobre todo, muy limpio. No es la característica más frecuente en los alojamientos de estudiantes.

Ahora, ante la presencia de don Josemaría, se han debilitado sus prejuicios. Este sacerdote impone un respeto muy superior a su edad pero, al mismo tiempo, despierta una simpatía arrolladora y una alegría contagiosa. Con toda delicadeza, pide perdón al amigo que le acompaña para que les deje solos unos minutos. Y, durante esta conversación, Pedro pierde la noción del tiempo y ve derrumbarse sus reservas. Ganado por completo, va abriéndole su alma, hasta los pliegues más recónditos,. como no había hecho jamás con nadie. Hablarán más de una hora. Cuando se marcha, le pide insistentemente que sea su director espiritual, aunque no tiene ni la menor idea de lo que es la dirección espiritual. No puede medir hoy el alcance que va a tener en su vida esta petición.

A partir de este momento, Pedro acude regularmente a Ferraz para confesarse y hablar a don Josemaría de sus proyectos y de su alma. En los intercambios de su amistad, va descubriendo progresivamente la hondura espiritual de este sacerdote, su inteligencia y su cultura. Dentro de su familia ha sido educado en absoluta libertad, y no encontrará jamás, en este apoyo espiritual y humano de don Josemaría, estrechez de miras, coacción, rigidez o cuadrícula de ninguna clase: nunca cercena sus aspiraciones, despierta en él su generosidad con Dios, le recuerda la responsabilidad con sus padres, le habla de santidad en el mundo sin hacer nada raro, primero a través de sus estudios y, luego, en su profesión y trabajo.

Al llegar el verano, Pedro, asombrado, comprueba que ha conseguido cumplir un plan de vida que le acerca a Dios, que ha dado un nuevo rumbo a sus ideales, que ha forjado una buena amistad con aquellos que comparten la dirección y ayuda de don Josemaría, y que ha hecho apostolado con sus compañeros para conducirles a la alegría de un cristianismo vivo y verdadero.

Le parece que es el máximo. Nadie le ha planteado otra cosa y jamás se ha hecho la idea de que Dios pudiera necesitar su vida entera.

Y con esta renovada juventud se marcha a Torrevieja, en la provincia de Alicante, a pasar unas felices y largas vacaciones frente al mar.

Durante aquellas luminosas tardes de Levante, llegarán hasta Pedro las noticias de sus amigos de Madrid que le escriben. Siempre, don Josemaría añadirá unas líneas. Y estas cartas le dan la fuerza y el vigor para seguir poniendo a Dios delante de su vida.

Cuando regresa a la capital, un compañero de la Escuela de Arquitectura, con el que le une una antigua y profunda amistad, le dice que está a punto de pedir la admisión en la Obra. A través de él, Pedro entiende que en Ferraz hay un grupo de hombres, profesionales y estudiantes, que viven una entrega total a Dios y que han renunciado al matrimonio.

Se queda de una pieza y trata de calmar a su amigo. Pero nota que, según imparte tranquilidad, va perdiendo, paulatinamente, la suya. A él nunca le han hecho la menor insinuación.

En la primera oportunidad habla con don Josemaría. Pero, ante su asombro, no da importancia a las inquietudes que han ocupado su pensamiento durante aquellos días. Le recomienda, eso sí, que intensifique su vida de piedad, que estudie mucho, y que deje sus preocupaciones en manos del Señor de la paz. ¡Ah!, y que no falte al retiro mensual que harán los chicos de la Residencia.

Efectivamente, allí está. Y desde la primera meditación, Pedro sabe con certeza que no puede «irse triste» como el joven del Evangelio que no tuvo suficiente generosidad para ir tras Jesucristo. Busca impacientemente a don Josemaría y le pide ser admitido en la Obra. Aunque le vuelve a recomendar calma, forcejea para convencerle de la seriedad de sus palabras.

Don Josemaría le mira, con el cariño que le inspiró desde el primer día, y le envía a rezar al Espíritu Santo para que le ayude a decidir con libertad. La vocación, le dice, sólo puede afrontarse en absoluta libertad de alma.

Unos días más tarde, Pedro Casciaro, alegre, gozoso por el hallazgo de una nueva tierra, de un horizonte más ancho que el Mediterráneo de sus vacaciones, pone toda la fuerza de su corazón en manos de Dios (21). Esta aventura divina que comienza junto a don Josemaría en el año 1935 le llevará mucho más lejos y le hará edificar construcciones más altas de las que hubiera soñado nunca para sus ambiciones de arquitecto. Años después, en 1946, será ordenado sacerdote y, un tiempo más tarde, partirá hacia México para iniciar allí la singladura del Opus Dei.

Durante un viaje a España, en 1975, tras la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, tiene ya el pelo blanco. Pero conserva el brillo jovial de sus ojos, que han mirado tantas maravillas, como le pronosticara un día, en su juventud, el Fundador. Vuelve a México, el lugar donde ha desarrollado, durante más de veinte años, una enorme labor para dar solidez a los cimientos de la Obra; donde miles de almas conocen ya la misma luz con que el Espíritu Santo inundó su alma un día de invierno madrileño.

Coincidiendo en el tiempo con Pedro Casciaro, hay un estudiante que frecuenta la Residencia de Ferraz y que acabará viviendo en ella. Es alto, muy delgado, y habla con el inconfundible acento de la región levantina. Su familia está en Valencia. Pero él permanece en Madrid haciendo Ciencias Exactas y Arquitectura. Francisco Botella estudia a marchas forzadas. Tiene gran fuerza de voluntad y también la responsabilidad de ser el único hijo varón, en quien se cifran tantas esperanzas familiares. Sus dos hermanas viven en Valencia, con sus padres.

Por esta afinidad cronológica, los primeros pasos de Pedro Casciaro y Paco Botella, desde el invierno de 1935, van a estar tan unidos que, cuando años más tarde, doña Dolores Albás les conozca, formará con ellos un binomio indisoluble: cada vez que tenga que referirse a uno, le acompañará inevitablemente con el nombre del otro. Pregunta siempre por los dos a la vez, de modo que la «entente» Pedro y Paco comienza a cobrar carta de naturaleza.

Cuando estalle la guerra civil española, Pedro y Paco se encontrarán en Levante, y en octubre de 1937 acompañarán al Fundador en su salida de España a través de los Pirineos(22).

Don Francisco Botella recibirá la ordenación sacerdotal en 1946. Su dedicación plena a realizar la Obra se pondrá de manifiesto a lo largo de su vida, hasta su muerte en Madrid, el 29 de septiembre de 1987.

Durante más de cuarenta años atenderá a los alumnos de las Universidades de Barcelona primero y de Madrid después, desde su Cátedra de Geometría Analítica. También desarrollará amplias actividades académicas desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Pero esta dedicación no menguará nunca sus largas horas de servicio a multitud de personas que acudieron a su ayuda sacerdotal.

En la festividad de los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael su cuerpo yacente, revestido con los ornamentos sacerdotales, será el mejor testimonio de fidelidad al Opus Dei.

Ordenación sacerdotal

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá recibió el subdiaconado en junio de 1924 y pronto comenzó su preparación para la ordenación de diácono que tendría lugar pocos días antes de Navidad. El 27 de noviembre recibió un telegrama que le informaba de que su padre estaba gravemente enfermo y le rogaban que acudiera con urgencia a Logroño. De hecho, su padre había fallecido súbitamente aquella misma mañana mientras se preparaba para ir a trabajar. Desgraciadamente, la tensión creada entre los Escrivá y la familia de doña Dolores, por la quiebra del negocio familiar y la decisión de don José de pagar a los acreedores con el patrimonio familiar, quedó tristemente de manifiesto al no acudir ningún Albás al funeral celebrado en Logroño.

El joven seminarista de 22 años se encontró de repente con la responsabilidad de sacar adelante a su madre, a su hermana Carmen y al pequeño Santiago. Teniendo en cuenta que cuidar de toda su familia como sacerdote no iba a ser fácil, la decisión de no seguir adelante con su vocación hubiera tenido justificación. Es cierto que ya era subdiácono, pero dadas las circunstancias habría sido fácil obtener la dispensa. Además, y a pesar de los años transcurridos desde que vio las huellas del padre José Miguel en la nieve, Escrivá seguía sin tener una idea clara de lo que el Señor quería de él. Aunque había decidido hacerse sacerdote para estar dispuesto a llevar a cabo lo que Dios le pidiera, continuaba a oscuras con respecto a la razón última de su sacerdocio. Sin embargo, el hecho de haber recibido ya el subdiaconado lo consideró Escrivá como una señal cierta de que Dios deseaba que siguiera adelante en su vocación sacerdotal, y confió en que el Señor le ayudaría a hacerse cargo de su familia al mismo tiempo. Poco antes de su vigésimo tercer cumpleaños –el 20 de diciembre de 1924– fue ordenado diácono en Zaragoza.

En la España de 1920, pocas parroquias urbanas tenían rectorías. La mayor parte de los sacerdotes vivía con sus parientes o se alojaba como huésped en casas de otras familias. Escrivá sabía, por tanto, que en cuanto fuera ordenado sacerdote y dejara el seminario tendría que buscar alojamiento para él y su familia, ya que no era planteable tener dos casas, una para los suyos y otra para él. Suponiendo que el primer destino como sacerdote sería en Zaragoza, alquiló un pequeño apartamento en la ciudad y allí se mudó la familia en 1925.

El traslado de doña Dolores y sus hijos a Zaragoza molestó a algunos de sus parientes, sobre todo a su hermano Carlos Albás, sacerdote ilustre y con buenas relaciones en la diócesis de la capital aragonesa. Durante los años en que Escrivá estuvo en el seminario, Albás ayudó a su sobrino como pudo e hizo que fuera conocido en algunos círculos sociales, a pesar de no estar de acuerdo con sus planes de estudiar Derecho y de considerar la idea del sacerdocio del joven Josemaría poco práctica y nada realista. Lo peor de todo, sin embargo, fue que don Carlos Albás no estaba preparado para tener a sus parientes en una ciudad donde su pobreza dañaría la próspera y distinguida posición social que disfrutaba. Les aconsejó, por tanto, que se quedaran en Logroño y, al igual que otros parientes, se ofreció a ayudarles económicamente si permanecían allí.

A don Carlos le sacaba de quicio que echaran en saco roto sus consejos y la decisión de los Escrivá de trasladarse a Zaragoza le molestó enormemente. Cortó toda relación con ellos e hizo lo posible para que abandonaran la ciudad. Cuando Josemaría y su hermana Carmen fueron a visitarle al poco de llegar a la ciudad, les recibió en la puerta de su casa y les espetó: “¿Qué demonios habéis venido a hacer en Zaragoza?, ¿airear vuestra pobreza?”[1].

Durante los meses que siguieron a la muerte de su padre, Escrivá se preparó para la ordenación sacerdotal trabajando como diácono. Su fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía era tan manifiesta y su amor a Cristo tan apasionado, que le temblaban las manos, y a veces todo el cuerpo, cuando cogía la Hostia en sus manos. Nunca olvidó aquellos primeros encuentros con Jesús Sacramentado nada más ordenarse diácono. En noviembre de 1970, mientras se lavaba las manos durante la Misa, le volvieron a temblar al pensar que pronto iba a tocar el cuerpo de Cristo. Los recuerdos de esas primeras experiencias hacía casi medio siglo volvieron a su mente con fuerza. “Señor, que no me acostumbre a estar cerca de Ti; que te quiera como aquella vez, cuando Te toqué temblando por la fe y el amor”[2].

Escrivá recibió la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925 en la iglesia del seminario de manos del obispo auxiliar Díaz de Gómara y celebró la primera Misa el lunes siguiente en la capilla de la Virgen del Pilar. Debido a que la familia seguía de luto por la muerte de don José, el joven Escrivá invitó a poca gente a la ceremonia. Apenas hubo parientes y fue llamativo que ninguno de sus dos tíos curas, Carlos y Vicente Albás, estuvieran presentes. Aparte de su madre, sus hermanos y los dos sacerdotes que le ayudaron, invitó al rector del seminario –el padre López–, al Dr. Moneva, con su esposa e hija, un primo de Escrivá y su mujer, dos amigas de su hermana y otros dos amigos del nuevo sacerdote: uno era juez y el otro un empleado del seminario. Tras la Misa, algunos de los invitados fueron al apartamento familiar a tomar un pequeño refrigerio.

El joven sacerdote se encontró en una curiosa situación. En cierto sentido, toda su vida hasta la fecha había sido como un proceso de preparación para el sacerdocio. No albergaba ninguna duda de que ésa era su vocación y sin embargo intuía que Dios quería algo más de él; algo que no podía describir, pero que era la razón de ser de su sacerdocio. Así estuvo durante tres años y medio, hasta el 2 de octubre de 1928 cuando recibió de Dios su vocación específica como fundador del Opus Dei.

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 190

[2] ibid. p. 192, nota 182

La fundación del Opus Dei

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Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Introducción

Capítulo 1 La fundación del Opus Dei (2 de octubre de 1928)

Capítulo 2. Los primeros años (1902–1925)
Juventud
Vocación
El seminario de Logroño
Zaragoza
Inspector del Seminario
Estudios de Derecho
Ordenación sacerdotal

Capítulo 3. Años de preparación (1925-1928)
Sin sitio en Zaragoza
Madrid
Entre los pobres y enfermos
La Academia Cicuéndez

Capítulo 4. Los primeros pasos (1928-1930)
La situación socio económica
Contexto político
El contenido de la visión fundacional
Primeros obstáculos
Edificar sobre la oración y el sacrificio
Los primeros pasos
Mujeres en el Opus Dei
Zorzano
El nombre Opus Dei
En busca de un nuevo puesto

Capítulo 5. El ambiente se torna hostil (1931)
La Segunda República
El anticlericalismo español
La quema de conventos
Las medidas anticlericales del Gobierno Provisional
Las Cortes Constituyentes
La reacción de Escrivá ante el creciente anticlericalismo
Responder con Avemarías

Capítulo 6. Nuevas luces (1931)
Levantar la Cruz
Para todos los tiempos y lugares
Hijos de Dios
Infancia espiritual
Obras son amores

Capítulo 7. Intentos de abrir camino (1931-32)
Del Patronato de Enfermos a Santa Isabel
De nuevo entre los enfermos
A través de los montes las aguas pasarán
Somoano y las conferencias de los lunes
Las primeras mujeres del Opus Dei
Nuevos ataques del gobierno a la Iglesia
Muertes en la familia
En la cárcel de Madrid
Los frutos de un retiro
La Obra de los santos Rafael, Miguel y Gabriel
Hombres y mujeres de oración
La situación personal de Escrivá

Capítulo 8. Poner los cimientos (1933)
Los primeros círculos de San Rafael
Nuevos miembros
En el hogar de Escrivá y en los hospitales y chabolas de Madrid
Plan de vida
Nuevas pruebas

Capítulo 9. El primer centro (1933-1934)
Tensión y violencia como telón de fondo
La Academia DYA
El tono de la academia
Una isla de paz y trabajo en un mar turbulento
Actividades de formación en DYA
Meditaciones
Dificultades económicas

Capítulo 10. Obstáculos y crecimiento (1934-1935)
La Academia-Residencia DYA
La revolución de 1934
La crisis financiera de DYA
El primer oratorio del Opus Dei
Críticas y relaciones con la Jerarquía
Formalizar el compromiso de los miembros
Nuevos fieles del Opus Dei

Capítulo 11. Planes de expansión (1935-36)
La situación política y social empeora
Planes de expansión
Descenso al caos
Nuevos miembros y traslado de Zorzano a Madrid
Dificultades en el apostolado con sacerdotes y mujeres
La primera romería
Últimas semanas antes de la Guerra Civil

Capítulo 12. Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)
El levantamiento militar
Dimensión internacional de la Guerra Civil
Revolución y violencia anticlerical en la España republicana
El gobierno Giral y la revolución
La lucha por Madrid (julio de 1936 — marzo de 1937)
De la insurrección militar al Movimiento Nacional
Franco toma el poder en la España Nacional
Largo Caballero sustituye a Giral

Capítulo 13. Huida en el Madrid revolucionario (julio 1936 – marzo 1937)
Las primeras semanas de la Guerra Civil
En movimiento
En el sanatorio psiquiátrico del Doctor Suils
Del Portillo, Hernández de Garnica, Jiménez Vargas y Casciaro.

Capítulo14. Las últimas etapas de la Guerra Civil (marzo 1937—abril 1939)
La Guerra en el norte (marzo – noviembre 1937)
Fusión de Falange con los Carlistas
Crece la influencia comunista en la España republicana
El Gobierno de Negrín
Continúa la guerra (noviembre de 1937—noviembre de 1938)
Franco forma gobierno
El final de la Guerra Civil

Capítulo 15. En la Legación de Honduras (marzo – octubre 1937)
La Legación de Honduras
Crecer para adentro
Isidoro Zorzano
Escrivá y Jiménez Vargas dejan la legación.

Capítulo16. El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)
Madrid-Valencia-Barcelona
Espera sin fin en Barcelona
Escondidos en el bosque de Rialp
A través de los montes
En Andorra y Lourdes

Capítulo 17. La época de Burgos (diciembre 1937 – octubre 1938)
Navidades en Pamplona
Traslado a Burgos
El Hotel Sabadell
Pobreza y penitencia
De un Padre a sus hijos
El auxilio divino
Grabado en piedra
Por tren y por carta

Capítulo 18. En Madrid y en Burgos (octubre 1937–marzo 1939)
El paso al otro lado del frente
Reunión temporal en Burgos
Álvaro del Portillo
Últimos meses en Burgos
Preparativos para el regreso a Madrid

Capítulo 19. España en una Europa en Guerra (1939 – 1945)
España y la Segunda Guerra Mundial
El clima político
El ambiente religioso
La economía

Capítulo 20. Reconstrucción y expansión en Madrid (1939 – 1940)
En el rectorado de Santa Isabel
Una nueva residencia en Madrid
Los miembros de la Obra en la residencia
Discreción
El espíritu de la residencia Jenner
Mayores responsabilidades para los primeros
Nuevos centros y actividades de formación
Publicación de Camino
Fallecimiento de Zorzano

Capítulo 21. Expansión fuera de Madrid (1939-1942)
Un retiro en Valencia
“Gracias tumbativas”
José Orlandis
“El Cubil”
Una residencia universitaria en Valencia
Valladolid
Zaragoza
Barcelona
La actitud de los primeros

Capítulo 22. Vuelve a empezar la labor con las mujeres (1939-1943)
El trabajo apostólico con mujeres en Madrid
Valencia
León
Muerte de la madre de Escrivá
El primer centro de mujeres

Capítulo 23. Oposición y nuevo desarrollo (1940-1943)
Críticas y oposición
La oposición de la Falange
Oposición en la Universidad
Oposición de otros católicos
Reacción a la persecución
Apoyo del Obispo de Madrid
Primera aprobación del Opus Dei
La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

Capítulo 24. Epílogo
Cronología del Opus Dei y su Fundador.

3. El aire de familia del Opus Dei

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Mucho debe todo el Opus Dei ‑no sólo la persona de su Fundador‑ a la familia Escrivá de Balaguer. Sin la educación y el cariño que el Fundador recibió en el hogar paterno, no hubiera sido posible un rasgo capital de la Obra: su ambiente de hogar, de familia cristiana sencilla y alegre, donde la caridad es también cariño.

Es el Opus Dei una organización desorganizada, plena de res­ponsable espontaneidad; no tinglado, ni regimiento, sino familia que se multiplica en razón del amor, y conserva el mismo aire cuando se hace numerosa, cuando se enriquece con la variedad de las razas y temperamentos de los hombres.

El 26 de julio de 1975 escribía el Cardenal Baggio, en el diario Avvenire de Milán, cómo en 1946 tuvo “la fortuna (le conocer a Mons. Escrivá de Balaguer y de trabar con él una permanente amistad, respetuosa y discreta, pero no por es:) menos afectuosa y profunda”. Una de las cosas que impresio­naron ya entonces a Monseñor Baggio fue el aspecto externo de la sede central de la Obra, que no tiene “nada en común con las construcciones eclesiásticas del tipo convencional”. Resulta un edificio más del Parioli romano, sin placas ni símbolos vistosos, con plantas y flores. El Fundador del Opus Dei le precisaba entonces cómo aquello formaba parte de la espiritualidad laical propia de la Asociación, que trata de santificar ‑hasta el heroís­mo‑ la vida ordinaria, sin alterar para nada su propia y especí­fica realidad.

Ese aire de familia correspondía al tono humano que debía tener el Opus Dei, como vio su Fundador desde el primer mo­mento. Contaba, además, con el ejemplo de sus padres, dóciles al querer de Dios, que ante la vocación del hijo, responden con generosidad, y se disponen a ayudarle en todo lo que esté en sus manos.

La ordenación sacerdotal de Josemaría, en 1925, llenó a la familia de alegría y agradecimiento a Dios. A1 mismo tiempo, doña Dolores supo aceptar la entrega que esa vocación le exigía: su hijo debía dedicarse plenamente al ministerio sacerdotal.

Más tarde, cuando prosiguió su labor sacerdotal en Madrid, le acompañaron su madre y sus dos hermanos, Carmen y San­tiago. En esta ciudad nació el Opus Dei, y llegado el momento oportuno, les explicó lo que Dios quería de él. Todo el empeño de su madre se volcó entonces, sin una vacilación, sin desmayo alguno, en secundar la Obra que Dios haría a‑ través de su hijo. Fue una entrega silenciosa, poco llamativa, pero muy eficaz. Sin su ayuda ‑declararía el Fundador del Opus Dei‑ hubiera sido difícil que saliese la Obra adelante.

A partir de 1932, vivieron en el número 4 de la calle de Mar­tínez Campos. En esa casa continuó el trabajo apostólico que don Josemaría desarrollaba entre la gente joven. Allí se formaron muchos socios del Opus Dei. Iban por las tardes a Martínez Campos, y tenían con él un rato de charla, de tertulia; muchos comenzaron allí una dirección espiritual. Al final les leía el Evan­gelio de la Misa del día, en un misal grande, y hacía un comen­tario breve, incisivo, práctico, costumbre ésta ‑el comentario del Evangelio‑ que hoy se vive en todos los Centros del Opus Dei del mundo entero al caer el día.

Poco a poco, calaba en ellos lo que debía ser su tono de familia. Sin la mano delicada de doña Dolores, esto quizá hubiera sido muy difícil, si no imposible. Los trataba como a hijos, con continuas delicadezas de madre, como guardarles unos dulces o unas golosinas.

Juan Jiménez Vargas merendó a veces en aquella casa. Puede parecer un hecho de poco relieve, pero le ayudó a entender lo que sería auténtica vida de familia en el Opus Dei. Por el tono de dis­tinción humana que había en la casa ‑aunque era material­mente modesta‑, no se advertía a primera vista el sacrificio que estas invitaciones significaban. También así iban aprendiendo a envolver la escasez de medios en formas amables. Juan Jiménez Vargas menciona cómo fue mejorando él personalmente desde un punto de vista espiritual, e incluso en corrección humana, en templanza, en finura de trato: “realmente aquello contribuía mucho a cepillarnos, tanto que algunos podemos decir que aprendimos hasta la buena educación”.

Poco después se comenzó a instalar el primer Centro de la Obra ‑la Academia DYA‑, en un pequeño piso de la calle de Luchana, muy próxima a Martínez Campos, para el que doña Dolores proporcionó muchos elementos materiales de primera necesidad. Pasados los años, bastantes objetos de su casa irían a parar, también, a diversos Centros de la Obra. La familia del Fundador se desprendió incluso de su propia hacienda. Refiere la Baronesa de Valdeolivos cómo en septiembre de 1933 estuvieron todos en Fonz, al fallecer Mosén Teodoro, hermano de don José Escrivá, que era beneficiado de la casa Moner, para disponer la venta de lo que tenían, que no era poco: “Recuerdo que en el Palau, la familia tenía una finca bastante grande. En el pueblo extrañó que quisieran deshacerse de todo. Con el tiempo se piensa más: debió ser muy triste para ellos, pero fue una demos­tración palpable del desprendimiento de las cosas de la tierra”.

Hubo que trabajar mucho para sacar adelante, a pesar de la escasez de medios, las primeras Residencias de la Obra en Ma­drid. Doña Dolores velaba también por su hijo y se enfadaba con él, por ejemplo, cuando le veía utilizar zapatos desechados por los residentes y recorrer con ese calzado ‑viejo, de suelas total­mente gastadas, con grandes agujeros‑ las calles de Madrid en su diaria labor apostólica. Tuvo que negarse a poner nueva piezas en las sotanas, mil veces ya recosidas.

Después de la guerra civil española ‑tres años de intenso sufrimiento para toda la familia, en los que doña Dolores guar­dó, en el colchón de su cama, escritos y documentos de la Obra, con todo el riesgo que suponía‑, atendió con su hija Carmen, a ruego de don Josemaría, lo que luego el Fundador del Opus Dei llamaría el apostolado de los apostolados: las tareas domésticas de administración de los Centros de la Obra.

Veo como Providencia de Dios ‑diría‑ que mi madre y mi hermana Carmen nos ayudaran tanto a tener en la Obra este ambiente de familia: el Señor lo quiso así.

Ellas dos se hicieron cargo de los trabajos necesarios para que pudiera funcionar en Madrid la Residencia de la calle de Jenner. Luego, en 1940, fueron a vivir a la nueva casa de Diego de León, 14.

Eran tiempos duros para todos los españoles. Una asociada del Opus Dei valora con admiración el trabajo que la madre del Fundador y, sobre todo, Carmen, sacaban adelante en aquella casa de la calle Diego de León: “Era casi increíble que hubiera conseguido chicas, y que aprendieran a hacer las cosas de la casa, y a presentarse bien. Nunca la vimos correr, aunque se movía y trabajaba con ligereza; tampoco se la veía cansada, ni despei­nada, ni con una mancha”. Unos años después se hizo cargo de aquel trabajo un grupo de asociadas de la Obra, y una de ellas recuerda: “Teníamos que quedarnos a veces por la noche a hacer cuentas o a terminar trabajos pendientes. Carmen había llevado la casa sola”. Se ve que la laboriosidad era mal de familia. “Por la noche, en su habitación, repasaba calcetines. No quedaba tiempo durante el día. Y como hasta los hilos para zurcir estaban difíciles de encontrar, cuando se desechaba algún par, los des­hacía, y luego cosía con esos ovillos los pares rotos”.

Con su gran corazón ‑también mal de familia‑, Carmen se preocupaba siempre de que todos comieran bien, en la medida de lo posible, que era muy poco, y con alimentos baratísimos. Si veía que alguno se dejaba llevar por una sobriedad mal enten­dida, se las ingeniaba para hacerle comer. Quienes convivieron con ella la describen ‑y la descripción nos resulta familiar ­como laboriosa, recia, con un corazón grande y noble que sabía entregarse sin reservas, muy sincera ‑llamaba siempre a las cosas por su nombre‑, espontánea. Su manera de ser era tan natural, que parecía como si no se esforzara al tener con todos continuos detalles de cariño. Dejó un recuerdo imborrable.

En aquella casona de Diego de León, doña Dolores ocupaba una habitación de la segunda planta, con un mirador que se abría a la esquina con Lagasca, donde colocó pequeñas macetas, que ella cuidaba. En esa habitación ‑no grande, pero bien iluminada‑ pasó los últimos meses de su vida, trabajando in­cansablemente como había hecho siempre. Una imagen de la Virgen presenció sus últimos momentos en la tierra. Es una pin­tura italiana al óleo, con un Niño muy peinado, sonrosado y mo­fletudo, a quien la Virgen ofrece una rosa de té. Esta imagen de Nuestra Señora acogió su último sacrificio. Todo lo ofreció por la Obra: hasta su misma muerte, en 1941.

El Fundador del Opus Dei dejó a su madre enferma en Ma­drid ‑como escribió quince años después‑ para ir a Lérida a dar un curso de retiro a sacerdotes diocesanos. No conocía la gravedad porque los médicos no pensaban que la muerte de mi madre fuera inminente, o que no pudiera curarse. Ofrece tus molestias por esa labor que voy a hacer, pedí a mi madre al despedirme. Asintió, aunque no pudo evitar decir por lo bajo: ¡este hijo!…

Ya en el Seminario de Lérida, donde estaban de retiro los sacerdotes, acudí al Sagrario: Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes. A mitad de los ejer­cicios, a mediodía, les hice una plática: comenté la labor sobre­natural, el oficio inigualable que compete a la madre junto a su hijo sacerdote. Terminé, y quise quedarme recogido un momento en la capilla. Casi inmediatamente vino con la cara demudada el obispo administrador apostólico, que hacía también los ejerci­cios, y me dijo: don Álvaro le llama por teléfono. Padre, la Abuela ha muerto, oí a Álvaro.

Volví a la capilla, sin una lágrima. Entendí enseguida que el Señor mi Dios había hecho lo que más convenía: y después lloré, como llora un niño, rezando en voz alta ‑estaba solo con Él- ­aquella larga jaculatoria, que tantas veces os recomiendo: fiat, adimpleatur, laudetur… iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen. Desde entonces, siempre he pen­sado que el Señor quiso de mí ese sacrificio, como muestra externa de mi cariño a los sacerdotes diocesanos, y que mi madre especialmente continúa intercediendo por esta labor.

Era el 22 de abril de 1941. Don Josemaría acudió al gober­nador civil de Lérida, al que conocía de Zaragoza, pues muchas veces le había acompañado a hacer catequesis por Casablanca:

‑Oye, Juan Antonio, se ha muerto mi madre. ¿Cómo podría yo llegar pronto a Madrid?

‑Ahora va el coche mío, con el chófer.

Llegó a Madrid a las tres de la mañana. El cadáver de su madre reposaba ante el altar del oratorio, convertido en capilla ardiente. Lloró como un niño, como un hijo pequeño que ha per­dido a su madre. A esa madre a la que no había podido acom­pañar a la hora de la muerte, porque el Señor le pidió ese sacri­ficio, por amor a los sacerdotes.

Distinta fue, en cambio, la muerte de su hermana Carmen. Pudo estar junto a ella, en Roma, cuando Dios se la llevó. Carmen había llegado a la Ciudad Eterna ya muy experimentada en las renuncias, en los detalles de entrega, y mantenía su buen humor y sencillez de siempre. También sencillamente, porque era Voluntad divina, supo acoger la realidad de la muerte con acep­tación serena y alegre. Después de una enfermedad muy penosa, que duró dos meses desde que se diagnosticó, sufrió una agonía de cuarenta y seis horas en la que nunca perdió la unión con Dios. Guiada por su hermano y por don Álvaro del Portillo, hizo de su agonía una oración continua: “Estamos todos contigo ‑le decía don Álvaro en los momentos anteriores a su muerte‑. Y sobre todo está Dios, que es quien te da la fuerza. Toda tu vida has estado trabajando por Dios, y ahora vas a encontrarte con Él”.

Murió en la madrugada del 20 de junio de 1957, festividad del Corpus Christi. Poco tiempo antes, a mediados de abril, los médicos habían diagnosticado un cáncer sin curación posible. Recibió la noticia “como una persona santa del Opus Dei”; así dijo don Álvaro al Fundador de la Obra. Y desde ese momento, con paz y con alegría, comenzó a prepararse para bien morir. “Cuando supimos de su enfermedad ‑escribió años más tarde un socio de la Obra‑, la cuidamos como a nuestra madre, acompañándola y haciendo cuanto estaba en nuestra mano para que fueran más llevaderos esos días de vida que le quedaban”. Se pidió a Dios el milagro: “Señor, si quieres, puedes”. Ella re­zaba “para que se cumpliera la Voluntad de Dios”. Y todos, con el corazón apretado, aceptaban lo que el Señor dispusiera, repi­tiendo: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amén. Amén. La fe del Fundador del Opus Dei quedó confortada por una dedada de miel que recibió de Dios, y que dejó consignada ‑por tratarse de un hecho sobrenatural‑ en un documento que escribió y dejó en sobre cerrado, con la orden de que no se abriera hasta después de su muerte. Los socios de la Obra le oyeron aquellos días:

Se acabaron las lágrimas en el momento en que muro; ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor que se la ha lle­vado al cielo; con el gozo del Espíritu Santo. Me tenéis que dar la enhorabuena, porque ya está en el cielo. Estaba ilusionada con irse al cielo, ilusionadísima. Ya nos está encomendando.

Había cesado su dolor y el sufrimiento de los que con tanto cariño la habían acompañado. La expresión de paz que ilumina­ba su rostro era reflejo de su vida de entrega serena y sacrificada al servicio de Dios. Sus restos reposan hoy, muy cerca de los de su hermano Josemaría, en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, en la sede central del Opus Dei. Y es bien justo que sea así, porque ella ‑sin ser del Opus Dei‑ fue también cimiento auténtico de la Obra.


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