El primer oratorio del Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A pesar de las dificultades financieras, Escrivá y los miembros de la Obra seguían con los planes para instalar el oratorio de la residencia. Pasarían meses antes de que consiguieran reunir el dinero necesario para un altar, un sagrario y demás objetos litúrgicos, sin los cuales no podrían obtener el permiso de reservar al Santísimo Sacramento. En un primer momento, la habitación destinada al futuro oratorio sólo tenía una mesa con un crucifijo y dos candeleros, un par de bancos y una imagen de la Virgen, obra del joven escultor Jenaro Lázaro. Los pocos residentes que había se reunían ahí para rezar el Rosario, asistir a una meditación o simplemente para hacer un rato de oración personal.

En febrero o marzo de 1935 adquirieron un altar de madera y un cuadro de Jesús con los discípulos de Emaus. La madre Muratori, religiosa de las Hermanas Reparadoras, les prestó un sagrario de madera. Escrivá estaba ansioso por tener a Jesucristo en la casa, reservado en el sagrario, lo antes posible. “Jesús”, rezaba, “¿vendrás pronto a tu Casa del Ángel Custodio, al Sagrario? ¡Te deseamos!”[1].

El 13 de marzo de 1935 Escrivá envió una petición al obispo de Madrid, en la que explicaba las actividades formativas de la residencia y solicitaba la autorización necesaria para la instalación de un oratorio semipúblico donde se pudiera celebrar Misa y tener reservado al Santísimo. Esperaba celebrar Misa en el oratorio de DYA por primera vez el domingo 31 de marzo de 1935, pero todavía carecían de algunos objetos imprescindibles. Hacia final de mes un hombre barbado de aire distinguido, que llevaba una capa española pasada de moda, entregó, de forma anónima, un paquete que contenía todo lo que necesitaban. Escrivá comentó que el benefactor podría ser un amigo suyo, Alejandro Guzmán, pero los residentes dijeron, medio en broma medio en serio, que debían de haber sido san Nicolás o san José. Mencionaron a san José porque el Padre les había pedido que le rezaran continuamente pidiéndole el don del pan Eucarístico, prefigurado en el Antiguo Testamento por el pan que José distribuyó a los egipcios, a las órdenes del faraón.

El 31 de marzo de 1935, Escrivá celebró la Misa en la residencia. Por primera vez Jesús se quedaba en el sagrario de un centro del Opus Dei. Aunque a Escrivá le entristecía la pobreza del sagrario y de los vasos sagrados, estaba lleno de alegría por tener a Jesucristo en el centro. Animaba a los miembros de la Obra, a los residentes y a los alumnos que acudían a las clases de la academia a hacer compañía a Jesús: “El Señor jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú, ayúdame a hacerle compañía”[2].

Unas semanas después escribía al vicario general de Madrid: “Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 544

[2] AGP P01 1985 p. 292-293

[3] AGP P01 1985 p. 296

Preparativos para el regreso a Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El fin de la guerra se acercaba y miembros de la Obra se preparaban para volver a Madrid. En primer lugar, se propusieron conseguir lo necesario para la instalación de un oratorio. Habían encargado un cáliz y un sagrario casi al principio de su estancia en Burgos. Escrivá pidió a varias mujeres su ayuda para coser los ornamentos. Era difícil encontrar telas apropiadas, y se alegró cuando le regalaron un cubrecama de seda que podría ser transformado en una casulla.

Otra de las prioridades era almacenar libros para las bibliotecas de la futura residencia que se restablecería en Madrid y de los centros de la Obra que se preveían en otras ciudades. Con la ayuda de Albareda, Escrivá había reunido a un buen número de personas del mundo académico para que firmaran una solicitud de libros a diversas instituciones de España y del extranjero. En una carta de junio de 1938, participaba a los demás su alegría por ver que los libros comenzaban a llegar. En sus cartas de julio continuaba con su gozo por ver que los libros no paraban de llegar. Esperanzado en que ese “negocio” resultara un éxito, no dejaba de hacer referencia a los otros “negocios” y a tener la vista puesta en Dios.

A pesar de su entusiasmo, quedaba mucho por hacer y el fin de la guerra estaba a las puertas. En un punto de “Camino” relata el magro resultado de sus gestiones: “Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo… ¡y me llevé cada chasco! -¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?”[1].

Los libros y el material para el oratorio eran el último de los problemas. La casa de Ferraz 16 en la que habían instalado la residencia justo antes de estallar la guerra estaba prácticamente destruida. Escrivá pudo ver su estado con unos prismáticos cuando, en julio de 1938, fue a visitar a Fernández Vallespín, convaleciente en un hospital de campaña. Haría falta mucho dinero para reparar los daños o, en el peor de los casos, cambiar la residencia de lugar. En esos momentos, en que Escrivá y Botella no tenían ni las veinte pesetas que costaba a diario la habitación del Hotel Sabadell, calcularon que para restablecer las actividades apostólicas y sus instrumentos en Madrid haría falta un millón de pesetas.

Además de rezar ardientemente para conseguir los medios necesarios, Escrivá y los demás acudieron a parientes, amigos y conocidos para pedir su ayuda. Don Emiliano, padre de uno de los chicos de la residencia, sugirió que don Pedro, un buen amigo suyo, podría hacer un cuantioso donativo. Escrivá respondió: “(…) ¡Ojalá! Me alegraré por él, que iba a coronar magníficamente su vida de caridad oculta. Pero, créame don Emiliano: veo el apuro enorme que se nos viene encima: no veo la solución humana objetiva… Y, sin embargo, no me intranquilizo: trabajamos por Él y en lo que Él quiere: le hemos dado la hacienda –poca o mucha-, la actividad intelectual –que es lo más grande que tiene el hombre-, el corazón…, ¡la honra! Parece justo pensar, llenos de confianza, que el millón de pesetas que necesitamos vendrá, a su tiempo, quizá pronto. ¿Don Pedro? Puede ser. Pidámoslo al Señor. Me alegraré por don Pedro”[2].

Nada llegaba por aquella petición, pero Escrivá continuaba optimista: “Se ha cumplido un año de nuestra llegada a Burgos, y es justo que tenga deseos –que pongo en práctica- de hablar con vosotros, para que, juntos hagamos un balance de nuestra actuación y señalemos el camino de la próxima labor.

Pero antes quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento, después de bien considerar las cosas en la presencia de Dios. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es optimismo (…).

¿Labor inmediata? Disponeos a vivir intensamente la obediencia, como hasta aquí la habéis vivido, y veréis, al llegar la paz, cómo renace con vida intensa nuestra casa (…). Después… ¡el mundo!

¿Medios? Vida interior. Él y nosotros.

¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución por parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita caridad.

Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios en la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento.

Hay entregamiento, cuando se viven las Normas; cuando fomentamos la piedad recia, la mortificación diaria, la penitencia; cuando procuramos no perder el hábito del trabajo profesional, del estudio; cuando tenemos hambre de conocer cada día mejor el espíritu de nuestro apostolado; cuando la discreción –ni misterio, ni secreteo- es compañera de nuestro trabajo… Y, sobre todo, cuando de continuo os sentís unidos, por una especial Comunión de los Santos, a todos los que forman vuestra familia sobrenatural”[3].

El 26 de marzo de 1939 comenzó el último asalto de las tropas nacionales a Madrid. No encontraron especial resistencia. A través de un amigo que trabajaba en la Subsecretaría del Interior, Escrivá consiguió un salvoconducto para entrar en Madrid. El 28 se las arregló para montarse en uno de los primeros camiones de abastecimiento que llegaron a la capital.

Los tres años de guerra civil fueron una prueba muy dolorosa. Al cabo de diez años, el Opus Dei no tenía un centro ni recursos de ningún tipo. Dos de sus miembros –José Isasa y Jacinto Valentín Gamazo- cayeron en el frente. Otros tres, que quizá no habían asimilado totalmente la vocación antes de estallar la guerra, no perseveraron a causa de los prolongados periodos de tensión y aislamiento. Ninguna de las mujeres que pertenecía al Opus Dei al comienzo del conflicto pudo perseverar en su vocación, también a causa del aislamiento a que se vieron sometidas. Durante este periodo sólo se unieron a la Obra Lola Fisac y José María Albareda. El Opus Dei salía de la guerra con sólo dieciséis miembros –quince hombres y una mujer-, todos ellos sólidos, probados, poseedores de una profunda vida interior de oración y de sacrificio y firmemente dispuestos a vivir su vocación.

Antes de hablar sobre sus esfuerzos para sacar adelante el Opus Dei en los años inmediatamente posteriores, conviene describir las circunstancias políticas, sociales y económicas de la posguerra española.

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 467

[2] AGP P03 1986 p. 128

[3] Ibid. p. 547-550

“Tan actual como hace 50 años”

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En el 50 aniversario del fallecimiento de Montse Grases, los relatos y recuerdos de sus amigos, su biógrafo y el alcalde de pueblo donde veraneaba hacen presente en Barcelona el ejemplo de la sierva de Dios.

El acto conmemorativo de este 50 aniversario, que se celebró en el Oratorio de Santa María de Bonaigua de Barcelona, reunió a más de doscientas personas. En primer lugar, una mesa redonda en la que los testimonios de Rosa Pantaleoni, amiga íntima de Montse; Jordi Suriol, compañero de excursiones; y José Miguel Cejas, escritor y biógrafo, hicieron viva la persona de una joven de 16 años que percibió la llamada a servir a Dios en la vida ordinaria y que a raíz de una grave enfermedad murió un 26 de marzo, jueves santo, de 1959.

¿Quién es Montse? “Es como una canción que no pasa de moda, que se transmite de generación en generación, porque hay mensajes que siempre guardan vigencia”, explicaba Cejas que la definió como “una joven de 16 años que hizo la cosa más importante: querer con toda el alma”.

Para Rosa Pantaleoni, Montse es “mi amiga de siempre: viví con ella antes y después de su enfermedad. Hasta el último momento lo desdramatizó todo, siempre con la Virgen de Montserrat cerca”.

“Cuando me encontré con Montse, empecé criticar a la Obra. Ella callaba y se cruzaba de brazos”, recuerda Jordi Suriol. “Después de escucharme con serenidad, me dijo: ¿por qué no miras las cosas desde otro punto de vista? Siempre lo ves de forma negativa. Mira en positivo”. Suriol, amigo de juventud de la sierva de Dios, afirmó que “Montse tenia cabeza para pensar, corazón para querer y voluntad para  permanecer”. Otro recuerdo vivo es el de cuando le dijeron a Montse que estaba enferma de gravedad, sin curación. “Su madre, Manolita, me comentó que después de decírselo les dio las buenas noches, se puso delante de la Virgen de Montserrat y le dijo lo que quieras, te serviré, y se fue a la cama”.

Finalmente Josep Palmerola, alcalde de Seva, lugar donde veraneaba Montse con su familia, recordó el día en que en el pueblo se comentó “la hija de los Grases tiene un mal feo”. Pero recuerdan la serenidad con qué lo vivieron.

Tras la mesa redonda se celebró una Misa en el Oratorio de Santa María de Bonaigua en sufragio por el alma de Montse Grases presidida por el vicario del Opus Dei en Barcelona, Dr. Antoni Pujals.

“La reina de la alegría”
Una de las iniciativas para celebrar este aniversario ha sido el concurso internacional sobre Montse en el que han participado jóvenes de 9 a 18 años de todo el mundo (Estados Unidos, Polonia, México, Austria, Filipinas, y otros países).

“La reina de la alegría” fue el título de uno  de los trabajos presentados. Resume, en opinión de les personas que la conocieron, una característica propia de Montse: “una alegría que le nacía del corazón”, recuerda Pantaleoni.

El jurado del concurso estaba formado por Carlota Goyta y Asunción Esteban, autoras de uno de los cómics infantiles más populares, TEO, por el escritor Carlos Pujol y por el publicista Xavier Roca. Los premios fueron para:

La última piedra

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 9 de enero de 1960 se pone la última piedra de Villa Tevere. No había querido el Padre bendecir la primera piedra, como es frecuente al inicio de las construcciones; prefiere bendecir la última, que representa el final acabado, completo, el trabajo bien hecho y terminado que se ofrece a Dios. Es algo que está en la entraña del espíritu del Opus Dei. En el muro exterior del ábside de un oratorio dedicado a los Santos Apóstoles, los albañiles colocan una lápida pequeña que corona el esfuerzo de más de diez años. Grabada en la superficie se lee esta frase latina:
Melior est finis quam
principium.
IX-Iannuarií-MDCCCCLX

Son las once de la mañana y llueve fino sobre Roma. La calle anuda su ritmo habitual: es el sonido cotidiano de la Vía Bruno Buozzi; ir y venir apresurado de las gentes. A pocos metros de distancia, sin solemnidades, en la absoluta normalidad de un día cualquiera, se pone y bendice la piedra final de estos edificios. Un momento más, el último, de las obras de “Villa Tevere”. El Padre ha rezado un Te Deum en acción de gracias. Es la rúbrica litúrgica de este día tan esperado.

«Soy poco aficionado a las solemnidades; tenemos una vida poco solemne, pero coherente. De esta manera haremos lo que hemos dicho tantas veces: hacer de la prosa diaria, endecasílabos, versos heroicos»(41)

El Acta que ha leído don Álvaro en la brevísima ceremonia queda depositada en el muro, junto con un puñado de monedas, las más pequeñas en circulación, de los países en los que hay miembros del Opus Dei. El Señor y su Iglesia tienen aquí un instrumento eficaz que facilitará la extensión de la Obra y, con ella, el amor de Jesucristo.

Al recorrer esta Villa romana por la que tanto se ha rezado, sufrido y trabajado, llaman la atención la solidez y el buen gusto. Pero una mirada más atenta descubre tras la seriedad de muros y estancias, una presencia entrañable, un repetido gesto de amor que aparece en los pequeños detalles.

En muchos ángulos, las fotografías de quienes se han marchado lejos para abrir los caminos de Dios y de la Obra por el mundo. Algunas vidrieras, de colores y diseños simples, recogen una iconografía llena de fuerza y gratitud: la Anunciación de la Virgen en una gallería; un ángel, con el escudo embrazado, protegiendo a la Obra; San Rafael, con su pez colgado, marchando junto a Tobías. Cuadros, alusivos, evocan momentos históricos que el Opus Dei no olvidará nunca. Representan las etapas por las que ha pasado la Obra de Dios en su camino de la tierra.

En el Cortile dei Cantori hay una greca de mosaico que representa unas cadenas rotas. Al descubrirlas por primera vez, alguien pregunta al Padre:

-«¿Por qué están las cadenas rotas?».

-«Porque ni tú ni yo estamos encadenados. ¡Nos ata sólo el amor de Cristo! »(42).

Los detalles recios y gratos se multiplican. No hay un rincón sin arreglar, un descuido sobre aquello que la generosidad de Dios ha puesto en sus manos. Se estira la duración de las cosas hasta el límite, manteniendo siempre su aspecto digno.

Hay inscripciones que conmemoran momentos importantes, como una lápida en el. cuarto de trabajo de don Álvaro, donde el Padre concluyó los Estatutos de la Obra, o la que recuerda las bodas de plata en el sacerdocio de Monseñor Escrivá de Balaguer. Una imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, está colocada, para un bello encuentro, en uno de los vestíbulos. La de Sancta Maria Stella Maris en un aula, con la invocación escrita por el Padre en el sobre de la primera carta que llegó a Roma del Japón.

Otros objetos que tienen su pequeña y simpática historia, se dispersan también por la casa, como la vitrina, llena de pequeños borricos de adorno, que han venido desde las más lejanas latitudes. Los hay de cristal, de trapo, de madera, de cerámica… En las actitudes que se le han ocurrido al más imaginativo artista y al más simple artesano. El Padre tiene una gran simpatía por el borrico de noria. Un animal amable, trabajador, silencioso, que juega y se alegra con la fertilidad del campo mientras da vueltas, incansable, al eje que hace llegar el agua hasta las plantas. Un borrico fue el trono de Jesús cuando hizo su último ingreso en Jerusalén:

«Jesús se contenta con un pobre animal por trono. Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo (…), los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma» (43)

Cualquier recuerdo de una hija o de un hijo suyo, cualquier envío entrañable de índole familiar, tiene lugar y aprecio en el espacio de la Villa. Se acumulan, con buen gusto, los mensajes de todo el mundo. Con su carga de alegría y heroísmo, de sencillez y agradecimiento.

Villa Tevere guarda buena parte de la historia de este camino, abierto por Dios como un nuevo brote en la vida siempre fecunda de la Iglesia de Cristo.

Mucho más importante que la casa, para el Fundador, son sus hijas y sus hijos. Junto al sagrario, donde se mantiene permanente la Presencia del Señor, nombra cada día a los que están cerca y a los que han partido lejos, pero que siguen siempre junto a su corazón.

Hoy, 9 de enero de 1960, coincidiendo con el cincuenta y ocho aniversario del Fundador, ha concluido una etapa costosa, llena de sacrificios y de fe heroica. Algo que ya forma parte de la historia y del espíritu de la Obra: «El amor a Jesucristo campea en cada rincón de esta casa»(44)

Italia de norte a sur

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En Italia muchas personas se van acercando a la Obra y empiezan a surgir nuevos Centros en Roma, Palermo y Milán.

En noviembre de 1950 se abre otro Centro romano: en Via Orsini esquina a Pompeo Magno. El oratorio será bendecido el 9 de enero de 1952, cuando el Padre cumple cincuenta años de edad. Y en él celebrará don Álvaro, en 1954, su cuarenta aniversario.

En el Año Santo de 1950, Roma es una confluencia de peregrinos que invaden sus viejas y sólidas Basílicas. En Villa Tevere, las obras avanzan. Cada día sorprenden cosas nuevas: una escalera, un arco, una puerta… obreros que van y vienen incesantemente.

La Sección de mujeres participa de toda la actividad que se respira en la Villa. En cuanto se termina el edificio de la Administración, son las primeras que se trasladan desde el reducido espacio independiente que ocupaban en el Pensionato. Se instala, provisionalmente, un oratorio con los muebles que había en el de Cittá Leonina. Y cobra nuevo impulso la labor apostólica de mujeres italianas. Llegarán, de la mano de Dios, las primeras vocaciones: Gabriela Filippone, Carla Bernasconi, Gioconda Lantini. Se hacen también frecuentes viajes a Turín, Nápoles y Palermo. En esta última ciudad, entre el tipismo de sus mercados, los carros pintados de colores brillantes, los borricos enjaezados y las calles de puerto abigarradas de artesanos, quedarán sembradas las primeras esperanzas e ilusiones.

En la Sede Central no suele haber dinero ni para pagar gastos elementales. Pero la expansión continúa apoyada en el hecho, subrayado por el Padre, de que «la riqueza del Opus Dei es que sepamos vivir pobres… ». Esta escasez es compatible con un ambiente limpio, acogedor, de buen gusto. El Fundador quiere y pide este mismo clima para los Centros que comienzan; ayuda a instalar casas en muy diversos enclaves. Pero en todas pone la ilusión de la primera vez y cuida cada detalle, de lejos o de cerca, como si fuera la única que hubiese de montar.

«Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos»(31).

En este espíritu de magnanimidad, trabajo y desasimiento le seguirán sus hijas e hijos por todos los caminos. A cada tarea sabrán darle su auténtica dimensión, ya que la categoría «está en la persona, no en el trabajo». A las que se ocupan de atender la Administración de los distintos Centros, les dice que él ha realizado, muchas veces, estos quehaceres: ordenar las habitaciones de los residentes, organizar las comidas, atender la limpieza. Y que lo hacía sabiendo que era algo tan importante como dar una clase en la Universidad o preparar un artículo para una revista…

Dejará, esculpido en piedra y en hierro, el grito de: «Vale la pena, vale la pena… » como resumen teológico. Se trata de dar a Dios la vida entera, sin espectáculo ni regateo, sin categorías que no arranquen de la única importante dimensión: el amor que engrandece cualquier índole de actividad humana.

Cuando parten los primeros miembros de la Obra hacia Palermo y Milán, dos ciudades que abarcan Italia de norte a sur, el Padre se dirige a ellos con cariño y exigencia:

«Tened una gran fe: sed niños con el Señor, pero hombres recios y fuertes con todos los demás. No vais allí a trabajar por vuestro gusto, sino por Dios. Sed fieles; rezad para que continúe este milagro de la vocación que es el milagro más grande. Vocaciones sólidas. Fidelidad: no traicionéis este camino luminoso (…). Dentro de una decena de años comenzaréis a daros cuenta de la maravillosa novela que estamos escribiendo y de las extraordinarias aventuras que vivimos»(32).

También Milán estrena Centro el 16 de diciembre de 1949. Este grupo de hombres jóvenes no acaba de creer que está -¡al fin!- en su casa. Porque la prehistoria de la Obra en la ciudad tiene acumulados muchos viajes y esfuerzos del Padre y de don Alvaro antes de conseguir el primer inmueble. En el mes de febrero de 1949, don Alvaro ha estado rezando en la iglesia de San Rafael, a dos pasos del Duomo.

En noviembre de este mismo año, han pasado por Milán camino de Centro Europa el Fundador y don Alvaro, y deciden una parada para estar con un puñado de hijos suyos, jóvenes, que esperan impacientes una casa donde reunirse desde hace más de un año. El Fundador les cita en una habitación de la Pensión Cordusio, situada en un lugar muy céntrico, en la zona comercial de la ciudad. Allí les ha recordado el motivo que ha de empujar su actividad: la santidad personal.

El primer piso que ocupan en Milán, en la Vía B. Bixio, es de dimensiones minúsculas. Faltan enseres elementales, pero los chicos, que han esperado muchos meses para conseguir una casa, hacen gestiones para lograr, poco a poco, lo necesario a su hogar. Y aunque el futuro comedor está vacío, los pocos dulces comprados para festejar la llegada de la Navidad hacen buen efecto sobre las maletas colocadas, provisionalmente, en medio de la habitación.

En un cuaderno en el que se escribe el diario de la casa, permanecen las líneas que pusiera Monseñor Escrivá de Balaguer al enviarles a abrir nuevas rutas por Italia:

Consummati in unum!… semper in laetitia et paupertate. ¡Unidos! en pobreza y alegría`. En un ejemplar de «Camino» consta la siguiente dedicatoria:

«A esos hijos míos, que empiezan la labor junto a la Madonnina, con mi bendición y un abrazo. -Roma, Inmaculada Concepción 1949»(34)

En efecto, desde la más alta aguja del Duomo, la Madonnina sonríe.

¡Cúmplase!…»

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el mes de abril de 1941 doña Dolores Albás enferma, repentinamente, de neumonía. Tiene 64 años. Ya en su juventud los médicos le recomendaron que no fatigase su corazón. Este corazón que ha tenido que avezarse a tanto dolor, tanto desprendimiento llevado adelante con valor y alegría.

El Padre tiene concertados, desde hace tiempo, unos ejercicios espirituales para sacerdotes diocesanos en Lérida. Conoce el estado de gravedad de su madre, pero los médicos no pronostican una evolución desfavorable. Este día 20 de abril entra a despedirse de ella. Le lleva lejos, como otras veces, la dedicación, el amor que ha profesado siempre a los sacerdotes… En el vestíbulo que comunica con la puerta del dormitorio de la Abuela, se encuentra un grupo de miembros de la Obra que espera la salida del Padre. Está muy conmovido.

Un momento antes de partir, pide a su madre que ofrezca todas las molestias por la tarea que va a realizar. Ella asiente, aunque no puede evitar decir en voz baja:

-¡Este hijo!…

Una vez en el Seminario de Lérida, acude al sagrario de la capilla:

-Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes(66).

Hacia el mediodía del 22 les dirige una plática en la que habla de la labor sobrenatural, inigualable, que compete a la madre junto a un hijo sacerdote. Cuando termina se queda un rato de oración, arrodillado cerca del sagrario. Y, en ese momento, llega el Obispo Administrador Apostólico y le dice:

-Don Alvaro le llama por teléfono.

El Padre oye la voz de Alvaro a través de la distancia:

-Padre, la Abuela ha muerto (67).

Vuelve a la capilla sin una lágrima. Entiende que Dios ha hecho lo que más convenía. Y después llora, rezando en voz alta -está a solas con Dios- aquella larga jaculatoria que tantas veces recordará a sus hijos en situaciones semejantes:

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.(68).hagase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas.

Desde entonces, siempre pensará que el Señor quiso de él este sacrificio como muestra de su cariño a los sacerdotes; y que su madre, especialmente, sigue rezando en el Cielo por ellos. Es el último encargo que pudo hacerle sobre la tierra.

En Madrid esperan su llegada. El desenlace ha sido imprevisto y rapidísimo. Un fallo cardio-respiratorio ha terminado con esta vida quemada en la elegancia de quien da todo y jamás pasa factura. Ha compartido la exigencia, la fe, el sacrificio de Josemaría por la Obra de Dios. Su vocación fue ésta: ser la madre de un hombre elegido para llevar un alto mensaje ante las gentes. En la pared, sigue presidiendo el cuadro de la Virgen con el Niño: los dos parecen mirar la escena de este holocausto silencioso que acaba de concluir.

El cuerpo de doña Dolores se traslada al oratorio de Diego de León. Allí queda instalada la capilla ardiente, en la que se turnarán todos para velar y rezar por ella. Desde Lérida, el Padre viaja en coche hasta Madrid y llega muy tarde. Nada más entrar en la casa abre la puerta del oratorio; se arrodilla ante el sagrario y luego junto al cuerpo de su madre. Llora como un hijo que ha perdido algo insustituible. Después llama a Alvaro y le pide ayuda para rezar el Te Deum. Quiere agradecer a Dios la paz y la alegría en(69) que descansa su madre (69).

Dos días más tarde, el Fundador dirige una meditación en el oratorio de este Centro. Les habla de la Abuela, de lo mucho que ha hecho por la Obra. Descubre la Voluntad de Dios también en las circunstancias de su muerte, estando ausente. Y comenta:

«Aunque se procure que mis hijos estén junto a sus padres cuando mueran, no siempre será posible por necesidades de apostolado. Y has querido, Señor, que en esto vaya también delante»(70).

Creyó que su madre permanecería más años cerca de las mujeres del Opus Dei. Parecía que Dios se lo iba quitando todo. Todo aquello en que cifraba su apoyo y esperanza humanos.

Al fallecer doña Dolores, Carmen Escrivá de Balaguer queda sola para organizar y dirigir el servicio en Diego de León. Sobre ella va recaer la responsabilidad de transmitir una valiosísima experiencia a cuantas van a llegar hasta la Obra en estos primeros Centros de Madrid y de España. Tía Carmen, como la llamarán siempre con afecto, va a seguir poniendo todo el calor que aprendiera en su ambiente familiar. Mantendrá, con dignidad y escasos recursos, a un número elevado de personas que viven ya en la casa. Hará colas interminables, que comienzan de madrugada, para conseguir alimentos indispensables. El combustible es de baja calidad, escaso, y el humo inunda los servicios. Hay que ahorrar y no se enciende la calefacción. Por si fuera poco, siguen frecuentando la casa Obispos, sacerdotes, profesores y personalidades que se interesan por conocer el espíritu de la Obra y es preciso atenderles con esmero.

A base de una entrega ejemplar, logrará llevar adelante, con cariño y reciedumbre -y también con humor aragonés- las dificultades de la empresa. Su hermano tendrá en ella la ayuda inestimable para dar el tono de sobriedad y buen gusto que habrán de tener los Centros del Opus Dei.

Veintiocho años más tarde, cuando Carmen tampoco esté ya sobre la tierra, los restos de don José Escrivá -que habían sido trasladados desde Logroño al cementerio del Este, en Madrid- y los de doña Dolores, que reposaba junto a su marido, serán llevados a la cripta construida en Diego de León. Es todo un símbolo. En los cimientos de la Obra estuvo siempre la familia del Fundador.

Con razón podía decir Monseñor Escrivá de Balaguer, poco después de haber tenido lugar este traslado:

-«Mi madre ha vuelto a su casa»(71).

Ahí, en la paz y el silencio, los miembros del Opus Dei rezan por las familias de todos, cada día.

Encontré a Dios en las pequeñas cosas de cada día”

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Andrea de Souza es una profesora del colegio Sierra Blanca, un centro educativo malagueño inspirado en las enseñanzas de San Josemaría. Andrea nació en Inglaterra, de padre católico y madre anglicana.

“Encontré a Dios en las pequeñas cosas de cada día”
No me bautizaron al nacer, debido a que mi madre era de religión anglicana y mi padre católico. Llegaron al acuerdo de dejar que mi hermano y yo lo decidiéramos personalmente cuando fuéramos lo bastante mayores para ser conscientes del paso que íbamos a dar. A pesar de eso, siempre procuraron que fuéramos a las clases de religión que se impartían en el colegio.

Los primeros años de mi vida los pasé en Inglaterra donde, al estudiar junto a niñas de distintas religiones, nos limitábamos en clase a leer una Biblia infantil como si se tratara de una colección de cuentos. Al llegar a España la religión era una materia más, como cualquier otra que había que estudiar para nota

Durante los años de mi adolescencia, mi madre me animaba a decidirme, pero yo no era consciente de la importancia del Bautismo; era algo que estaba ahí, una decisión que debía tomar algún día…

Al llegar a Sierra Blanca y al ver cómo se comportaban, a veces me sentía extraña y fuera de lugar: yo no había vivido así hasta aquel momento. Pero al comprobar hasta qué punto la religión estaba presente en la vida cotidiana, experimenté el deseo de formar parte de la Iglesia.

No hubo un rasgo específico que me impresionara especialmente; fue el día a día, las pequeñas cosas, el ambiente: las breves visitas al oratorio, hechas como el que visita a un amigo; las charlas; los retiros; ver cómo vivían las niñas de primaria el mes de mayo , cómo traían flores a la Virgen; la alegría con que preparaban a las alumnas de 4º para recibir la Comunión; el hecho de acompañar a los niños de infantil al oratorio; etc. Y junto a eso, el apoyo y el interés de mis compañeras que me proporcionaban libros para que me fuera informando poco a poco, a mi ritmo.

Todos estos pequeños detalles, y sobre todo, el ejemplo del resto de las profesoras, me llevó a desear compartir con ellas el mismo sentir. Nunca olvidaré la amabilidad y cariño de todo el colegio al fallecer mi madre. Aunque había perdido a la persona más importante para mí, me sentí muy arropada. Entre todas me ayudaron a superar ese momento tan difícil y a seguir adelante trabajando con ilusión.

Cuando me noté suficientemente preparada y decidí bautizarme, mis compañeras me animaron, facilitándome todos los medios necesarios. Por fin llegó el día del bautizo. Me sentí muy satisfecha al compartir con mis familiares y compañeras la ocasión. Sé que el camino acaba de empezar pero estoy dispuesta a seguir adelante con ilusión.

Siempre estaré agradecida al Colegio Sierra Blanca ya que, sin las vivencias de los cuatro años que pase en él, y el consejo y apoyo de una gran amiga de mi familia, que fue mi madrina, quizás hoy todavía no hubiera disfrutado ese momento tan especial y enriquecedor.

Uno de mis recuerdos más bonitos fue la visita de la Virgen peregrina de Fátima al colegio. Las alumnas se volcaron en recibirla, emocionadas. Ese día me di cuenta de cómo había evolucionado mi forma de pensar y sentir.

Rusia: cebollas, patatas y mucha alegría

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Gabriela Santa María es chilena e historiadora. En 2007 viajó a Moscú con las primeras mujeres del Opus Dei que empezaron la labor apostólica en Rusia, “un país de gente profundamente espiritual”.

Gabriela con algunas amigas disfrutando del clima ruso.

Después de vivir siete años en Roma, donde se licenció en Teología y comenzó un doctorado en Historia de la Iglesia, Gabriela partió hacia Moscú. “Llegamos hace dos años, en septiembre”, cuenta Gabriela. ”No hacía mucho frío porque estaba terminando el verano y empezando el otoño. Encontramos un piso muy bonito y lo primero que hicimos fue instalar el oratorio”.

“Tenemos un living bastante amplio, donde empezamos las primeras actividades con algunas chicas que hemos conocido al asistir a clases de ruso, en la Universidad o a través de personas conocidas que habían vivido en Moscú. Vienen para charlar y ayudarnos con el idioma”.

Tertulias internacionales
“Poco a poco, la cocina se ha transformado en el punto de reunión y se han hecho famosas las comidas internacionales que preparábamos las recién llegadas (de Brasil, España, Chile, Austria y Francia) y las rusas, que aportaban sus platos típicos. Así hemos logrado grandes amigas y aprendido la cultura del país”.

Vestida para el frío como una rusa más.

“A pesar de haber vivido 70 años de comunismo, la gente es muy religiosa. Se nota que han sufrido mucho y por eso mismo son profundas y con sentido de lo trascendente: tienen una apertura total a que les hablen de Dios. Por eso, desde el principio hemos podido tener clases de formación cristiana y meditaciones (media hora de oración en el oratorio guiada por un sacerdote)”.

“Por otro lado, me ha sorprendido el alto nivel cultural de las chicas que vienen a recibir esa formación: tocan un instrumento, son grandes lectores, saben de filosofía. Por eso es fácil hablar de temas de fondo”.

Gaby confiesa que por una parte ha tenido mucha ayuda del Cielo, porque desde que llegó se sintió parte del lugar. También le ha ayudado el consejo de San Josemaría a los que partían a otros países a hacer el Opus Dei: ir a aprender.

“Poco a poco uno se va haciendo a la comida, a la cultura, a los temas de conversación, a la ciudad, que es grande y bonita. El metro es una maravilla y si uno se pierde al principio, después se orienta sin problema”.

Cebollas en vez de patatas

“Poco a poco uno se va haciendo a la comida, a la cultura, a los temas de conversación, a la ciudad”.

Aunque algunas primeras fieles del Opus Dei en Rusia ya se han instalado profesionalmente, al principio, sólo se dedicaron a aprender el idioma, que no es fácil, porque tiene otra semántica y otra escritura: el cirílico.

“Al principio comprábamos cebollas en vez de patatas. Al llegar a la casa, nos moríamos de la risa contando nuestras equivocaciones. Ya domino más o menos el ruso, pero se necesitan 3 años para hablarlo correctamente. Lo importante es lanzarse cuanto antes con el ruso para poderles hablar en su propio idioma, lo que valoran mucho”.

Formación para fortalecer las familias rusas
También ha surgido la necesidad de trabajar en proyectos de ayuda a la familia “que está bastante desprotegida. Hemos organizado ya dos cursos de orientación familiar, uno en junio del año pasado y otro en enero de este año, en un Centro Cultural de la zona céntrica de Moscú. Llegaron muchos matrimonios”.

“A raíz del interés demostrado, pensamos ir creando grupos de orientación familiar entre los mismos moscovitas porque existe una carencia muy grande en temas como la educación de los hijos o las relaciones entre marido y mujer, y la gente agradece enormemente la ayuda que puedan recibir. Esperamos dar dos cursos sobre conciliación familiar y trabajo durante este año”.

Otros proyectos son la búsqueda e instalación de un centro definitivo en Moscú y también  viajar con más frecuencia a San Petersburgo para empezar allí algún medio de formación estable. Estos planes los han puesto en  manos de la Virgen de Fátima.

“Descubrir que se puede ser santo en la vida ordinaria -concluye Gabriela-, que se puede encontrar a Dios en las cosas corrientes, en las actividades de cada día abre amplios y novedosos horizontes. Por ejemplo, una joven traductora que empezó a asistir a los cursos de formación espiritual me decía: ‘Pienso que el Opus Dei es todo lo que necesita mi alma porque es lo que me permite llevar a Dios en todo lo que hago. ¡Qué impresionante es que yo pueda llevar a Dios al traducir unos papeles o al hacer una traducción simultánea: puedo estar haciéndome santa y hacer apostolado también’”.


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