14 febrero: un camino abierto a todos

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El 14 de febrero de 1930 San Josemaría comprendió que también Dios llamaba a pertenecer al Opus Dei a mujeres de todo el mundo, para santificarse en la vida ordinaria

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Selección del artículo publicado por Francisca Quiroga, profesora de Filosofía en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en “Studia et Documenta” (2007).

¿En qué consistió el hecho fundacional del 14 de febrero de 1930? Se podría contestar a esta pregunta de una manera escueta diciendo: San Josemaría entendió que Dios llamaba a las mujeres a ser y hacer el Opus Dei.

Por tanto, lo que sucedió en la fecha que nos ocupa hay que situarlo en la perspectiva de la realización de este proyecto que tuvo su inicio el 2 de octubre de 1928[1].

El fundador detallaba siempre la fecha en que percibió que Dios quería la sección femenina del Opus Dei; algunas veces añadía también las circunstancias de lugar y de situación. El lugar fue el oratorio de la casa de la Marquesa de Onteiro[2], en Madrid. La situación: mientras celebraba la Misa; el momento preciso: inmediatamente después de la Comunión.

Él mismo anotaría más tarde lo que había sucedido en su alma: “el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero que sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei” [3].

Y en una meditación dirigida en Villa Tevere[4], en el oratorio de Pentecostés: “Yo iba a casa de una anciana señora de ochenta años que se confesaba conmigo, para celebrar Misa en aquel oratorio pequeño que tenía. Y fue allí, después de la Comunión, en la Misa, cuando vino al mundo la Sección femenina. Luego, a su tiempo, me fui corriendo a mi confesor, que me dijo: esto es tan de Dios como lo demás [5].

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Aparece ese día algo nuevo, pero que no es una institución diversa, sino un ensanchamiento de lo que había comenzado el 2 de octubre de 1928[6]. De formas diferentes, siempre que se refería a lo que empezó el 14 de febrero de 1930, quedaba patente que había una plena continuidad con lo que vio el 2 de octubre de 1928.

Lo expresaba de una manera muy clara en una reunión en Buenos Aires en 1974: “Fue el 2 de octubre del veintiocho, fiesta de los Santos Angeles Custodios, cuando el Señor quiso que comenzáramos a trabajar. El 14 de febrero del treinta completó la Sección femenina esta gran movilización universal de cristianos para la paz, para el bienestar, para la comprensión, para la fraternidad”[7].

Veamos también un texto más antiguo, de 1959. Reunido con algunas mujeres del Opus Dei que vivían en Roma, les decía: “Quería estar hoy con vosotras, mis hijas, porque celebramos el aniversario de aquel día en que Nuestro Señor se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra”[8].

En un apunte de una conversación con el fundador, en febrero de 1955, se refleja cómo entendía que la integridad del Opus Dei incluía a hombres y mujeres. Les decía: “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca”[9].

Hombres y mujeres en el Opus Dei forman parte de una sola institución; tienen una misma llamada, una misma misión, idéntico espíritu y modos apostólicos[10]; constituyen una sola familia que tiene como cabeza al “Padre” que, desde que el Opus Dei alcanzó su forma jurídica definitiva en 1982, es su Prelado propio[11].

Así lo transmitió el fundador de formas variadísimas, con palabras y con hechos. Y así lo entendieron los miembros del Opus Dei desde el principio. Parece significativa una anotación del diario del primer centro de mujeres, fechada el 14 de febrero de 1943, en la que se percibe el eco de las palabras de san Josemaría: “Nuestra primera mirada en este día tan grande para nosotras ha sido para el Jesús (sic) que desde el Sagrario nos preside, en ella ha habido una acción de gracias muy honda por haber inspirado la colaboración femenina en su Obra”[12]. La expresión “colaboración femenina”, aunque es inexacta, refleja bien dos aspectos que san Josemaría les transmitía: el Opus Dei es una institución única, con dos secciones; la iniciativa es divina, por tanto, todos –las mujeres y los hombres– “colaboran” con Dios.

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[1] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 251-324.

[2] Doña Leónides García San Miguel, Marquesa de Onteiro: cfr. ibid., p. 258, nota 17. Su casa era un hotelito situado en la calle Alcalá Galiano; fue demolida años más tarde para construir un edificio de apartamentos. Cfr. Ana Sastre, op. cit., pp. 101-102.

[3] Josemaría Escrivá, Apuntes íntimos, n. 1871, anotación hecha en 1948, en Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, p. 323. Sobre la relevancia histórica y teológica de este texto, cfr. Antonio Aranda, “El Beato Josemaría…”, pp. 131-136.

[4] Villa Tevere es el nombre del conjunto de edificios que albergan la sede central del Opus Dei en Roma: cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. III, p. 105.

[5] Apuntes tomados en una meditación, 14-II-1964, AGP, Sec. P09, p. 74. Cfr. Andrés Vázquez de Prada, op. cit., vol. I, pp. 315-324.

[6] “En los meses que siguen al 2 de octubre de 1928, Don Josemaría Escrivá de Balaguer, aunque percibió claramente el alcance universal de la luz recibida, pensó que el Opus Dei estaba destinado solamente a varones. El 14 de febrero de 1930, mientras decía la Santa Misa, vio que debía promover esa vocación también entre mujeres, dando así origen a una nueva rama o sección del Opus Dei. La Prelatura del Opus Dei –que constituye una unidad pastoral orgánica e indivisible– realiza sus apostolados por medio de la Sección de varones y de la Sección de mujeres, bajo el gobierno y dirección del Prelado, que da y asegura la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción entre las dos Secciones”: José Luis Illanes, op. cit., p. 130, nota 74.

[7] Apuntes tomados en una reunión en Buenos Aires, el 26-VI-1974, AGP, Sec. P05, I, p. 595.

[8] Apuntes tomados en una charla el 14-II-1959, AGP, Sec. P02, 1992, p. 600.

[9] Apuntes de una conversación, febrero 1955, AGP, Sec. P01, II, p. 6.

[10] Cfr. Pedro Rodríguez — Fernando Ocáriz — José Luis Illanes, op. cit., pp. 69-86 y 162-198.

[11] Cfr. Statuta, nn. 1 y 130, en Amadeo de Fuenmayor — Valentín Gómez-Iglesias — José Luis Illanes, op. cit., pp. 628 y 647.

[12] Diario del centro de la calle de Jorge Manrique, 14-II-1943, AGP (Subfondo Asesoría Central), D-1004.

En Torreciudad

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Estuvo tres veces en Torreciudad durante su vida. En la primera ocasión le llevaron sus padres, con dos años, en agradecimiento por su curación. Y acudió dos veces como peregrino al nuevo Santuario, cuya construcción había impulsado por amor a la Virgen, mientras se realizaban las obras.

Su primera peregrinación tuvo lugar el 7 de abril de 1970. Se descalzó un kilómetro antes de llegar, y fue caminando hasta a la ermita, sobre los guijarros del camino y la gravilla. ¡Perdóname, Madre mía! —exclamó, evocando la primera visita de su infancia—. Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma. Me da mucha alegría venir a besarte, y me da mucha alegría pensar en las miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán.

Peregrinó por segunda y última vez a finales de mayo de 1975. El Santuario estaba prácticamente acabado y a punto de inaugurarse. Le gustó especialmente el retablo, porque movía a la piedad: Es todo un señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas…, y la gente joven! ¡Qué suspiros! (…) ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar hasta el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen. Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!

Quiso que se hicieran en el Santuario varias capillas y oratorios a la Virgen en sus diversas advocaciones; del Pilar, de Loreto, de Guadalupe, del Carmen… Pedía a la Virgen que Dios concediera a los que acudieran hasta aquel lugar, un derroche de gracias espirituales (…) que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesionarios para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y —renovadas las almas— confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo: la paz os doy la paz os dejo. Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace participar del amor creador de Dios; y Dios no fracasará en esos hogares, cuando Él les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de los intereses divinos.

Roma, 27 de marzo de 1975

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Sentado al fondo del oratorio del Consejo General del Opus Dei, el Padre evoca, en voz alta, sus cincuenta años de sacerdocio, que celebrará al día siguiente.

No quiero que se prepare ninguna solemnidad -había escrito dos meses antes- porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.

Lo único que ha pedido a sus hijos es que se unan a él en ese día, que coincidirá con el Viernes Santo: Ayudadme a agradecer a Dios, junto con el inmenso tesoro de la llamada al Sacerdocio y de la otra vocación divina a la Obra, todas sus misericordias y todos sus beneficios… también aquellos que yo no haya sabido percibir.

Motivos de agradecimiento, ha vuelto a tenerlos, hace todavía muy poco, en América.

Cuando el año anterior se había visto obligado a acortar su viaje, había prometido volver a Venezuela y ahora acababa de cumplir su promesa. Había estado en ese país, y también en Guatemala, pero, de nuevo, su estado de salud le había obligado a dar por terminada su estancia antes de lo previsto.

Más reuniones de familia

El viaje había durado dieciocho días, durante los cuales había vuelto a creer que soñaba viendo las maravillas que el Señor, en pocos años, había realizado en esos países. En diversos lugares, entre risas y canciones (canciones de amor de los trópicos, que él transportaba al plano sobrenatural para nutrir su oración), había recibido, con frecuencia al aire libre, bajo grandes toldos, a miles de personas. Entre ellas, numerosos jóvenes a los que había hablado de Dios, ya que, según sus propias palabras, yo no sé hablar más que de Dios. Precisamente para eso habían acudido a escucharle hombres y mujeres procedentes de todos los rincones de esos dos países -Venezuela y Guatemala- y también del Ecuador, México y Colombia; de Puerto Rico, de Trinidad, de los Estados Unidos…

Al contemplar su entusiasmo, había pensado en lo que había dicho Alejandro Magno a sus generales cuando, antes de una batalla decisiva, había repartido con ellos todos sus bienes: “¡A mí me queda la esperanza! “.

La esperanza, para él, estaba en la atención con que le escuchaban todos; en esos jóvenes de tantos países, que él se resistía a dejar al final de esas largas tertulias en las que procuraba inflamarles con el amor de Cristo.

El Amor… ¡bien vale un amor!, les había repetido muchos años después de escribir esa frase en Camino, pensando precisamente en ellos y en muchos otros…

El Padre había desempeñado así el papel de juglar de Dios, utilizando una imagen que gustaba emplear para expresar los sentimientos que solía experimentar en tales circunstancias, rememorando la leyenda del juglar de Nuestra Señora. Pero lo que muchos ignoraban era que esa actividad, ese darse a los demás, le hacía llegar completamente agotado al final de cada jornada.

A1 descender del avión que, desde Caracas, le había conducido a Guatemala, el 15 de febrero, había visto, con sorpresa, que entre las personas que le esperaban se encontraba el Cardenal Casariego, arzobispo de la diócesis. Luego, al marcharse, le había conmovido contemplar que miles de personas le aplaudían mientras se dirigía al avión: todas las que no había podido recibir al tener que adelantar el viaje a causa de su debilidad y cansancio. Porque, como en Ecuador al final de su anterior viaje, el Señor le había pedido esa renuncia, y él se ponía en sus manos como un niño en las de su padre.

Mirando hacia el pasado

Como un niño que balbucea. Tal es la idea que sirve de base a su oración ese 27 de marzo, Jueves Santo, en Roma. El Padre abre su corazón ante sus hijos, y les pide que se unan a él para dar gracias a Dios por sus cincuenta años de sacerdocio.

Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el “alter Christus” que hemos de ser. Señor, gracias por todo. ¡Muchas gracias! (…) Un cántico de acción de gracias tiene que ser la vida de cada uno, porque, ¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho Tú, Señor, con cuatro “chisgarabís” (…) Has buscado medios completamente ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero. Te dan gracias en toda Europa, y en puntos de Asia y África, y en toda América, y en Oceanía. En todos los sitios te dan gracias (..).

Tú eres quien eres: la Suma Bondad. Yo soy quien soy: el último trapo sucio de este mundo podrido. Y, sin embargo, me miras…, y me buscas…, y me amas (…) Señor, que yo te busque, que te mire, que te ame. Mirar es poner los ojos del alma en Ti, con ansias de comprenderte, en la medida en que -con tu gracia- puede la razón humana llegar a conocerte. Me conformo con esa pequeñez….

“Vultum tuum, Domine, requiram!” (Ps. XXVI, 8) ¡Señor, busco tu rostro! Hace meses que el Padre viene repitiendo aún más esta invocación bíblica, expresión de sus más profundos anhelos: el Papa, la paz de la Iglesia, los apostolados de la Obra, que desea ver cada vez más extendidos, como ese mar sin orillas del que hablaba en los años treinta a quienes quería comunicar su fe.

¡Señor, haz que yo vea!, añade ahora. La exclamación del ciego que pedía su curación a Jesús en el camino de Jericó (Lc. XVIII, 35-43) tiene, desde hace algún tiempo, un sentido distinto al que tenía cuando la utilizaba para pedir luces al Señor, antes de la fundación del Opus Dei. Su vista ha empezado a declinar. En enero ha consultado a un oculista, que le ha dicho que las cataratas de sus ojos, secuela de su pasada diabetes, no se pueden operar. Ve muy poco, en efecto, pero sólo quienes conviven con él se han dado cuenta. Pero, como ha hecho siempre, no pide su curación física, ya que se abandona por completo en las manos de Dios.

Elevando al plano sobrenatural esta nueva prueba, que tanto le limita, ya que disminuye considerablemente su capacidad de trabajo, ha pedido a sus hijos, al comenzar el año, que dirijan a menudo al Señor esta invocación, tomándola, como él, en su sentido más alto: Todos unidos, a decir esa jaculatoria: “Domine, ut videam!”, que cada uno vea. “Ut videamus!”, que nos acordemos de pedir que los demás vean. “Ut videant!”, que pidamos esa luz divina para todas las almas sin excepción: ¡que vean! Que veamos con la luz del alma, con claridad, con sentido sobrenatural, las cosas de la tierra.

Gracias a Dios, las defecciones han sido la excepción a lo largo de los cuarenta y siete años de historia de la Obra. ¡Qué reconfortante es la unidad de todos sus hijos…! Más de sesenta mil hombres y mujeres repartidos por toda la tierra, viviendo en las situaciones humanas más diversas el espíritu que él había recibido de Dios para transmitírselo a los demás.

Ciertamente, había procurado secundar con todas sus fuerzas, a pesar de sus debilidades, la acción del Señor, pero Dios había sido fiel a sus promesas y le había pagado con creces, permitiéndole contemplar en esta vida parte de lo que le había hecho ver el 2 de octubre de 1928 mediante una gracia excepcional. Como la vasta descendencia de un patriarca…

Pronto llegará el momento de “pasar el testigo”, como en las carreras de relevos. Pero tampoco eso ofrece problema alguno.

Vosotros sois la continuidad, dice el Padre a quienes le rodean, y, a través de ellos, a todos los miembros de la Obra, a quienes siempre ha llamado cofundadores, ya que les ha sido dado vivir con él la gran aventura de la expansión del Opus Dei por toda la tierra.

En los ojos de los que le visitan en Roma casi todos los días, en los de los jóvenes y las jóvenes que se están formando en Cavabianca y en Castelgandolfo, y en los de los grupos cada vez más numerosos que acuden en Semana Santa, percibe un gran cariño, un gran deseo de fidelidad, la determinación de entregarse plenamente al Señor y el convencimiento de que Dios les pagará con creces ya en esta vida. Pero, sobre todo, le conmueve la fidelidad de sus hijos mayores, quienes ya peinan canas y llevan en su alma las cicatrices de todos esos combates sobrenaturales que tanto les han hecho progresar en la vida interior. Entre ellos, los que, en países lejanos o muy cerca de él, como Álvaro del Portillo, consagran su vida y su experiencia a impulsar los latidos de ese corazón que es el gobierno de la Obra.

La oración de ese 27 de marzo está a punto de acabar. Una vez más, Mons. Escrivá de Balaguer recuerda a sus hijos el sentido de su vocación en el Cielo y en la tierra, siempre. No “entre” el Cielo y la tierra, porque somos del mundo (…) En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra…

De nuevo, una acción de gracias litúrgica: “Gratias tibi, Deus!” Una invocación a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, que fueron testigos privilegiados de aquella llamada divina, el 2 de octubre de 1928, y la oración termina.

El 28 de marzo, Viernes Santo, aniversario de su ordenación sacerdotal, se reúne por la mañana con algunos de sus hijos, que han ido a saludarle. En una de sus frases hace alusión a la marcha de sus cincuenta años de sacerdocio: He querido hacer la suma de estos cincuenta años y me ha salido una carcajada. Me he reído de mí mismo, y me he llenado de agradecimiento a Nuestro Señor, porque es Él quien lo ha hecho todo…

En Torreciudad

Las obras del nuevo Colegio Romano de la Santa Cruz, en Cavabianca, tocan a su fin. Desde el mes de septiembre último, funciona a pleno rendimiento. Quedan por rematar muchos detalles, pero pronto será posible colocar esa “última piedra” de esta nueva “locura”, con la que el Padre lleva tantos años soñando.

El 23 de mayo, el Padre se encuentra en Torreciudad, procedente de Madrid, adonde había llegado una semana antes, pasando por Zaragoza, Ese mismo día consagra el altar mayor del nuevo Santuario, luego de contemplar largamente el gran retablo de alabastro, diseñado con arreglo a sus indicaciones e inspirado en los de la Catedral de Barbastro, La Seo y la basílica del Pilar de Zaragoza.

Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos… ¡Muy bien!, lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar al final (…), ¡qué bien se va a rezar aquí!

El Santuario, de moderna y original factura, así como los edificios anejos, han complacido mucho al Padre. A los arquitectos, y a todos cuantos han intervenido en las obras, les ha dicho:

-Con material humilde, de la tierra, habéis hecho material divino.

Fiel a su lema de siempre -ocultarme y desaparecer- dice a quienes le acompañan que no asistirá a la apertura al culto, el próximo mes de junio. Ya lo ha inaugurado a su manera, consagrando el altar mayor… y confesándose con don Álvaro del Portillo, en la cripta de los confesionarios.

Antes de regresar a Roma, el Ayuntamiento de Barbastro le hace entrega, el 25 de mayo, de la medalla de oro de la ciudad. El discurso de Mons. Escrivá de Balaguer se ve interrumpido por la emoción. No es, sin embargo -explica-, tanto a causa de los recuerdos que la ceremonia trae a su memoria como de un pensamiento que no se le va de la cabeza: la muerte, en Roma, el día antes, de un hijo suyo, Salvador Canals, miembro del Tribunal de la Rota, a quien había enviado a Roma en 1942… Una vez más, Dios ha llamado a uno de sus hijos, el cual hubiese podido servir al Señor muchos años todavía, con generosidad. Y, una vez más, el Padre somete su mente y su corazón a la Voluntad divina, aunque no logre comprender…

El, por su parte, lleva mucho tiempo preparándose para esa última cita. Su prisa en trabajar todavía más por el Señor no tiene otra explicación. Dice, a menudo, que se le está haciendo de noche, pero ese presentimiento de la muerte no constituye para él un motivo de tristeza. La muerte repentina -ha dicho un día- es como si el Señor nos sorprendiera por detrás y como si nosotros, al volvernos, nos encontráramos en sus brazos.

El 25 de junio, e1 Padre celebra, en la intimidad de Villa Tévere, el trigésimo primer aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. En los mementos de la Misa, tiene un recuerdo también para los cincuenta y cuatro miembros de la Obra, de diversos países, que van a ser ordenados en Barcelona, dentro de unas semanas. Son bastantes, sí, pero todavía pocos para las necesidades crecientes de la Obra.

Al día siguiente, después de celebrar la Santa Misa muy temprano, se traslada a Castelgandolfo para despedirse de sus hijas antes de abandonar Roma ese verano.

Hace un calor bastante agobiante este 26 de junio.

A las diez y media de la mañana, el Padre y quienes le acompañan llegan a Villa delle Rose, sede, desde hace algunos años, de un centro internacional de formación de la Sección de mujeres del Opus Dei. Las últimas que han llegado proceden de Kenya y de las Islas Filipinas. Todas manifiestan ruidosamente su alegría ante la presencia del Padre. Lentamente, con gravedad, les habla de lo que, en esos momentos, constituye el objeto primordial de su oración y de sus preocupaciones. Evoca, una vez más, esa alma sacerdotal que deben esforzarse por tener todos los cristianos, hombres y mujeres, sacerdotes y laicos:

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí (…) Y con la gracia del Señor, y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Les pide que recen por los que van a ser ordenados el 13 de julio, y también por la Iglesia, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea.

Al cabo de unos veinte minutos, un malestar evidente obliga al Padre a interrumpir la reunión y a retirarse a una habitación cercana. Instantes más tarde, aunque quienes le acompañan le aconsejan esperar un poco, decide regresar a Roma. Quiere ir por la tarde a Cavabianca, para despedirse de sus hijos del Colegio Romano.

El viaje de vuelta es rápido. Poco antes de mediodía, el automóvil llega a Villa Tévere. El Padre saluda a Jesús Sacramentado en el Sagrario, haciendo una profunda genuflexión, acompañada, como siempre, de un acto de amor, y sube al ascensor que ha de conducirle al despacho donde trabaja de ordinario. Al abrir la puerta, dirige, también como siempre, una mirada a un cuadro de la Virgen de Guadalupe.

-¡Javi!

Don Javier Echevarría, que acompañaba al Padre, se ha quedado un poco rezagado para cerrar la puerta del ascensor.

-¡Javi! No me encuentro bien.

La voz, ahora, es más débil. Cerca de don Álvaro del Portillo y de don Javier Echevarría, el Padre cae desplomado al suelo.


Perú: imperio del sol

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Nada más llegar a Perú, Monseñor Escrivá de Balaguer se encamina hacia Los Andes, Centro de la Obra situado en la ciudad de Lima. Hoy se cumplen exactamente veintiún años de la llegada del Opus Dei a esta tierra. Por eso, el Padre va a encontrar, recibiéndole, veintiuna rosas rojas que escoltan estas dos fechas: 9 de julio de 1953 / 9 de julio de 1974.

Los Andes mantiene en su decoración el aire de las viejas casas limeñas; en ella se han acondicionado algunas habitaciones para el Padre y para don Alvaro. Cerca de su mirada, una imagen de la Virgen y otra de San José, de estilo cuzqueño. Un oratorio situado en la misma planta que las otras dependencias, será el lugar de oración y acción de gracias durante su estancia en Lima.

El 12 de julio tiene su primera reunión numerosa en Tradiciones, un Centro Cultural dedicado a la formación de muchachos jóvenes, en el que hoy se dan cita hombres de Lima, Cañete y Piura. También ha venido un grupo de sacerdotes de Yauyos.

Cuando el Padre entra en el vestíbulo, ve en primer término a los sacerdotes:

-«Yo no digo una palabra, si antes no me dan la bendición estos hijos míos sacerdotes. ¡Tengo hambre de vuestras bendiciones! ».

Más de cincuenta sacerdotes le rodean invocando, al unísono, a las Tres Personas de la Trinidad. Después les besará las manos, mientras dedica algunas palabras de cariño a cada uno.

«Estoy orgulloso de vosotros y me da mucha alegría besaros las manos».

Y sigue dialogando con todos:

«¿Qué os voy a decir en este rato de conversación? (…). Unas palabras de Isaías, que se me vienen del corazón a la boca: quoniam bene!, ¡que lo habéis hecho muy bien todo! He visto cómo tratáis al Señor en la Sagrada Eucaristía.

No tengáis vergüenza de ser piadosos. Ha escrito San Pablo en la primera epístola a Timoteo, que la piedad es ad omnia utilis. Es la devoción tierna a Dios Nuestro Señor, el trato, el estar continuamente hablando con El, casi sin darnos cuenta; unas veces con ruido de palabras, y otras veces con esa oración sumisa, honda y ancha, que nos alcanza la paz, que nos trae alegría y fortaleza»(44).

Pero quiere que comiencen las preguntas. Necesita dialogar con todos los que llenan el vestíbulo de Tradiciones. Y se destaca, en primer término, un muchacho que ha venido desde la Universidad de Piura junto con otros profesores, alumnos y empleados. Ha sido toda una aventura cubrir los mil kilómetros que les separaban de Lima.

Más de una hora continuará este diálogo en el que, cada uno, se encuentra a solas con la intimidad del Padre.

Y él sigue haciéndoles participes de las imágenes que cruzan por su memoria. De cómo se dirigía a Dios en su juventud, cuando veía el futuro de la Obra como «un mar sin orillas… ». Y le preocupaba saber si tendría el corazón tan grande como para acoger a todos los hijos que Dios enviaría al Opus Dei.

«Yo había soñado muchas veces, cuando era joven: ¿y cuando tenga sesenta años?, ¿y cuando tenga setenta años, setenta y dos años, me cabrán todos en el corazón? Pensaba en los miles de personas -no en tantos como luego han llegado, empujados por Dios- que habían de venir, y me preocupaba. ¡Claro que cabéis, y hay sitio para más! »(45)

Al doblar las doce se da por terminada la tertulia. En pie, rezan todos el Angelus a María.

Al día siguiente, sábado, el Padre se pone en camino hacia Cañete. Queda lejano aquel 2 de octubre de 1957, cuando don Ignacio Orbegozo tomó posesión de la Prelatura de Yauyos. El estado de este rincón de los Andes parecía la representación literal de estas palabras del Fundador:

«Desde la cumbre -me escribes- en todo lo que se divisa -y es un radio de muchos kilómetros-, no se percibe ni una llanura: tras de cada montaña, otra. Si en algún sitio parece suavizarse el paisaje, al levantarse la niebla, aparece una sierra que estaba oculta.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas»( 46).

Era la imagen descriptiva de estas cimas sin veredas, sin cultura, sin doctrina, llenas de pobreza. En la vertiente occidental de los Andes, a 2970 metros de altura, está situada la capital. Con la nueva demarcación de 1962, se añade a la Prelatura la provincia de Cañete y se traslada a San Vicente de Cañete la sede del Prelado. La zona confiada a los sacerdotes de la Obra alcanza los quince mil kilómetros cuadrados y tiene más de doscientos mil habitantes.

El tiempo, la oración y el trabajo de los hombres y mujeres del Opus Dei, Cooperadores y amigos han dado un giro a las posibilidades de estas tierras. La formación que se imparte en Valle Grande y Condoray -Centro para la formación de la mujer campesina-, abre hoy un buen surco.

El Instituto rural Valle Grande dirige su actividad a la capacitación de los trabajadores que cultivan sus «chacritas» en los puntos más variados de la Sierra o del Valle de Cañete. En 1968 se creó el Instituto Rural de Formación Acelerada (IRFA); en 1969 aparecieron las granjas experimentales. En una etapa más reciente, se pone en marcha una Residencia para dar alojamiento a los campesinos que siguen estos cursos. Luego, en los viajes por distintos poblados, se atienden consultas, problemas de agricultura, ganadería, plagas. Y también se da un paso ingente en la formación humana y religiosa de estas gentes.

Cuando el Padre llega a San Vicente de Cañete, después de 143 kilómetros de carretera, el auditorio de Valle Grande está repleto. Mirar hacia las butacas equivale a encontrar una muestra del mosaico racial del país: indígenas de rostro anguloso, quemados por el sol de los Andes; blancos y mestizos; mulatos de cabello ensortijado; gente de raza china… Campesinos unos, comerciantes otros; alumnos de Valle Grande y alumnas de Condoray; profesores y maestros; pequeños agricultores. No pasa inadvertida la presencia de un buen grupo de limeños que han viajado esta mañana desde la capital, por el mismo recorrido que ha traído el Padre: desiertos de arena, cultivos fértiles y tramos con vistas al mar. Dos horas por la autopista Panamericana. Los desplazamientos de los habitantes del valle y gentes de la Sierra tienen otras características. Han caminado a pie desde cercados vecinos: Cochahuasí, Boca del Río, San Benito. Algunos vienen de más lejos: Lunahuaná, Pacarán… Y otros han hecho más de ocho horas de viaje, en auto, en mulo y a pie, desde Catahuasí y otros lugares de montaña, de noche, para llegar temprano a Valle Grande: la sala es una explosión de color con las «polleras» y sombreros de paja con cinta negra.

El Padre entra en la sala y se hace un brevísimo silencio que rompe, inmediatamente, un largo aplauso.

Sus palabras iniciales son de aliento y cariño para todos los que promueven y acuden a la formación de Valle Grande y Condoray. Está conmovido ante el auditorio. Deja caer todo su afecto sobre estos hombres y mujeres que trabajan, con sus manos, la dura tierra andina. Todos quieren hacer preguntas. Algunos manejan poco el castellano, pero despacio y con calma logran hacerse entender.

El Padre les habla de promoción humana; de la doctrina de la Iglesia que recibieron de niños y que no pueden olvidar; de las relaciones de amor y servicio entre los hombres. De la igualdad de razas ante Dios.

Y la reunión cobra intimidad por momentos:

-«Nosotros los cristianos vivimos alegres; pero por razones y dificultades que hay en la vida, perdemos esa alegría. Muchos de nosotros, los hombres, recurrimos al licor, al trago, pensando compensar esa pérdida».

-«Oye, hijo mío, si cuando surgen dificultades en la vida hay que recurrir al trago, dentro de esta sotana yo debería tener hectólitros, porque he encontrado muchas -muchas más de las que podéis suponer-, y doy gracias a Nuestro Señor por eso. Cuando aparecen dificultades se va al Dueño, al Señor, que es Todopoderoso, y mejor a través de su Madre y de San José, que hizo las veces de padre del Señor en la tierra. Le presentamos los obstáculos, limpiamos el corazón en la Confesión, y además acudes a un amigo bueno de esos Centros del Opus Dei. Se abre el alma un poquito y se sale decidido a dejar,.el alcohol y a conservar, en cambio, el buen humor de la gracia de Dios».

El Padre ha visto, el día anterior, los cortes bruscos de la tierra en el balneario del Barranco, al Sur de Lima, a causa de un gran terremoto.

Recurre a esta imagen, habitual para estas gentes, para explicarles que las más grandes barreras se deshacen cuando nos apoyamos en la fortaleza que sólo puede darnos Dios.

-«Pues más se deshacen las dificultades, si acudimos al Señor. Se convierte todo en una llanura. ¡Animo, hijo mío!».

Les empuja a mejorar en su trabajo, a realizarlo de un modo digno, eficaz:

-«Si hemos de santificarnos cada uno en nuestro sitio, cada uno a través del trabajo propio, hay que realizar bien ese trabajo. No se pueden hacer chapuzas. No sé si aquí se dice chapuzas. ¿Cómo se dice?».

-« Criolladas » .

-«Criolladas, cosas mal acabadas, donde no se pone el alma y la ilusión. Nosotros hemos de poner ilusión, gusto, en trabajar. Tú puedes realizarlo así, también porque de esta manera ganas dinero y levantas la posición de los tuyos; pero, especialmente, por agradar a Dios, porque el trabajo es oración, porque el trabajo dignifica. Te lleva a ser una persona de categoría, es decir, hace de ti un cristiano cada día más perfecto, santo»(47).

Y de pronto, tercia una campesina; su idioma es el quéchua, pero se esfuerza por preguntar en castellano:

-«Padre, yo he venido de “Condoray”, colegio de mi hija (…). Soy Cooperadora y trabajo en el campo. Padre, yo traí naranjas, leche. ¿Cómo puedo hacer, Padre, para que los vecinos y compañeros del campo, no se rían de mí cuando voy a mi Misa?».

-«Oye, hija mía, no se reirá ninguna persona honrada de ti. Es una pena, si encuentras alguna que se ríe. Quizá lo hacen porque sienten envidia (…). Tú no trates mal a nadie; comprende a tus amigas, a todas tus compañeras, a tus vecinas; no te enfades con ellas, ten paciencia. Y luego, como he dicho por ahí, habla con cada una en particular: a solas, de corazón a corazón (…). Verás como te responden. Si están todas juntas no responden bien, porque tienen vergüenza las unas de las otras. Tú y yo hemos perdido la vergüenza, gracias a Dios, ¿oyes?» (48)

Un taxista, que hace el recorrido San Vicente de Cañete-Imperial, se lanza a preguntar:

-«Padre, en nuestro Perú tenemos dos grandes santos: Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres. San Martín de Porres, un zambo mulato como yo. Padre, quisiera que usted nos hable respecto de la devoción a los santos.

-¡Está siempre al día! ¡No es verdad que en la Iglesia se enseñe ahora a no tener veneración a los santos! De modo que rézales con mucha piedad (…).

¡Todas las devociones de siempre permanecen! (…). De modo que adelante. Y los que rezáis el Rosario, animaos. Yo siempre hago lo mismo, enseñar mi Rosario».

El Padre enseña su rosario, «con muchas medallas, como mi abuela» y dice:

-«¿Todos los días lo reza usted muy bien? Por lo menos lo rezo con amor. Es como un novio o un buen hijo que quiere llevar un obsequio a su novia o a su madre. Va con la guitarra, y unas veces se da cuenta de lo que toca; y otras, se distrae un momento, pero sigue con la guitarra. La madre o la novia lo agradecen lo mismo, porque eso es una manifestación de amor»(49)

La tertulia se prolongaría indefinidamente, pero no hay más remedio que terminar. El Padre bendice a todos y sale. La alegría de la reunión se desborda ahora en numerosos corrillos. En lo más alto de las montañas -las punas- cae un sol ardiente sobre la nieve.

Por la tarde, el Padre irá a la Residencia para campesinos, al Centro Profesional de la mujer Condoray y a la Academia de San José, un Seminario diocesano donde residen y cursan sus estudios los seminaristas de la Prelatura de Yauyos. Después, regresa a Lima.

El domingo día 14 amanece frío y gris. Está programada una gran tertulia en el jardín de Miralba, un Centro de la Obra. El servicio de altavoces multiplicará la voz del Padre por los ángulos del parque. Mil quinientas personas ocupan totalmente el recinto.

Viene, una vez más, a convertir la concurrencia en una reunión íntima, en una familia grande. Así lo dice nada más subir al estrado:

-«Hijos míos, aquí estamos reunidos para hacer un ratito de charla. Veo que sois bastante numerosos, pero es como si estuviéramos diez o doce. Yo sigo hablando, según mi costumbre, al oído de cada uno. Mi conversación es una conversación corriente, la que tiene un hermano con sus hermanos, un padre con sus hijos; una conversación de intimidad, sin pretensiones, pero siempre sacerdotal.

No sé si me podréis escuchar bien, porque tengo un catarro regular. Esta voz está medio afónica. Pero San Pablo, que no está afónico, ha escrito a los de Efeso: in novitate vitae ambulemos. Y no sólo a los de Efeso, sino a todos nosotros, nos dice que hemos de caminar con una nueva vida. Para que no haya duda, escribe a los Romanos: induimini Dominum nostrum Iesum Christum, revestíos de Nuestro Señor Jesucristo (…).

La vida del cristiano está hecha de renuncias y de afirmaciones. La vida del cristiano es comenzar y recomenzar» (50)

En pleno diálogo, Clarita -una incondicional colaboradorade la Universidad de Piura-, coge el micrófono por su cuenta: -«Padre, soy de Piura…

-¡Nada menos! Yo tengo con Piura una deuda inmensa… La próxima vez que venga a esta tierra amadísima del Perú, si el Señor me da esa gracia, lo primero que haré será ir a Piura.

-Padre, ya me ha quemado mi pregunta (…). Mi pregunta era ésta: ¿cuándo nos va a dar el gusto, la satisfacción, de verlo en Piura para que bendiga la Universidad?

-Hija mía, en Piura estoy desde el primer momento. Amo la Universidad, y a toda la población de Piura. Quiero con predilección al profesorado, a los estudiantes, a los empleados, a todos. Es una obligación mía, porque soy el Gran Canciller»(51).

Suenan fuertes los aplausos entusiastas de la representación universitaria que asiste.

-«Esos aplausos, para el profesorado. Esos aplausos, para el alumnado, que no hace nunca, jamás, una huelga. ¿Por qué vais a holgar? ¿Por qué? No son dos fuerzas opuestas el profesorado y los alumnos. Son fuerzas que tiran en la misma dirección, del mismo carro, con un espíritu de sacrificio maravilloso. De modo que hemos de pensar que, con la bendición de Dios, se acrecentará, se aumentará esa labor: iremos poniendo todas las Facultades»(52).

Una larga historia cargada de oración, de empeño y sacrificio, se oculta en este cruce de preguntas. La creación de una Universidad en la primera ciudad fundada por Pizarro en Perú, responde a un viejo sueño norteño. Urgía una Institución para que la gente joven no tuviera que abandonar los estudios superiores por carecer de medios para un costoso desplazamiento.

El esfuerzo de varios grupos privados, ciudadanos de Piura, quedó definitivamente orientado cuando, en 1967 algunos miembros del Opus Dei se desplazaron para llevar hasta aquellas tierras peruanas un acervo universitario, fraguado en experiencias anteriores. La Universidad quedó inaugurada, con todos los reconocimientos legales, en abril de 1969. El primer edificio fue un pabellón de tres pisos construidos frente a un arenal inmenso, quemado por el sol y roto en su monotonía por algarrobos verdes y leñosos. El Claustro Académico lo formaron profesores de Perú y de diversos países de Europa y América: México, Uruguay, Italia, España, Argentina y Suiza.

Nada más concluirla reunión del día 14, un médico aconseja al Padre que suspenda sus charlas en público. La gripe, que aqueja a miles de limeños, está haciendo presa en él. No tiene más remedio que someterse a tratamiento. Pero aprovecha estos momentos para hablar con algunos de sus hijos, para conocer, a través de ellos, la ciudad y el ámbito en el que desarrollan su vida y su trabajo.

Cuando en 1535 Pizarro funda la Ciudad de los Reyes -Lima-, lo hace con esquemas urbanísticos modernos que se habían utilizado por los monarcas de España en la ciudad de Santa Fe, en Granada. Las calles limeñas, estrechas y rectilíneas, se pueblan de edificios barrocos y alternan con la alegría de los patios y balcones andaluces.

Desde la Basílica de San Francisco a la Catedral es un paseo de placer en el que se oye hasta el revolotear de las palomas. En una capilla del recinto catedralicio, cerca de la puerta principal, se conservan los restos de Pizarro, momificados por la técnica incaica. Sobre una de las paredes, grabados en azulejos, figuran los nombres de los trece del Gallo: los hombres fieles del conquistador que no le abandonaron en su primer viaje.

Durante más de diez días, Monseñor Escrivá de Balaguer tendrá que guardar cama siguiendo las prescripciones médicas, desde el 25 de julio al 1 de agosto, atenderá nuevas reuniones de matrimonios y sacerdotes. Otras más con gente joven, en los Clubs Saeta y Altea. Y cuatro en Larboleda, la Casa de Retiros en Chosica, a las que asisten grupos de varios miles de personas.

En las tertulias de Larboleda, a cuarenta kilómetros de Lima, brilla un sol radiante, contrastando con las nubes grises que, en esta época del año, permanecen fijas sobre la capital de Perú. Es la última imagen que el Fundador se llevará de estas tierras: árboles y plantas de todos los colores; el césped de un verde intenso. Una multitud que le escucha, ávida de una palabra que oriente su vida, de un gesto humano que alegre el caminar…

A primera hora del 1 de agosto, el Padre sale en vuelo hacia Ecuador. Uno de sus hijos, español y peruano de adopción, escribe unos días más tarde, desde Cañete:

«He querido pasar un momento por la ermita de a la Virgen -Madre del Amor Hermoso- (…). La imagen tenía flores campesinas frescas. Es un regalo de Monseñor Escrivá de Balaguer y da gusto verla -con el Niño Jesús que tiene una manzana en la mano- vestida de cholita del Perú, con trenzas largas delante de la cara. Un “huayno” popular le canta así: “En el Valle de Cañete, hay una ermita, muy linda y chiquita, esperándome”… „(53)

Un año después, «Camino» aprenderá un nuevo idioma: el quéchua, la lengua que hablan seis millones de peruanos.

La versión, cuidadosa, será llevada a cabo por un sacerdote nacido en Irlanda, párroco de Huancarama en la diócesis de Abancay. Inicia su empeño en 1972, cuando le regalan una versión inglesa de «Camino».

«Lo leí y quedé impresionado por la riqueza y profundidad espiritual de su contenido. El hecho de haberlo traído -entre los pocos libros que llevé a Sudamérica- indica mi estimación por é1» (54).

La tarea no es fácil, porque el quéchua es preciso pero con un vocabulario limitado. Durante tres años, el párroco de Huancarama comprobará todos los vocablos, para asegurar una traducción fiel.

Cuando la versión esté completa, buscará colaboradores para una edición sencilla y digna. En la portada, un cuadro bellísimo de la escuela cuzqueña del siglo XVIII: la Santísima Trinidad y la Sagrada Familia, con el Niño en medio, empezando a caminar.

En esta roca andina, a cuatro mil metros de altura, «Camino» ha cumplido ya dos objetivos entrañables: conducir a don Demetrio, párroco de Huancarama, hacia el Opus Dei hasta pedir la admisión en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y adentrarse en el corazón de los peruanos para decir, por las veredas de la sierra cotidiana, palabras de santidad.

Un viaje accidentado

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es muy breve la ausencia de miembros de la Obra en suelo romano. En los comienzos del año 1946, Salvador Canals vuelve a Italia a bordo de un barco mercante, el Plus Ultra. Y, avanzado el mes de febrero, son don Alvaro del Portillo -ya sacerdote- y José Orlandis los que ponen proa a Levante en un barco que cubre la ruta Barcelona-Génova: el J.J. Sister. Traen cartas comendaticias de sesenta Obispos españoles que acompañan la solicitud del Decretum laudis de la Santa Sede para el Opus Dei.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Pío XII no realizó ningún nombramiento cardenalicio. El Colegio -que entonces contaba con setenta miembros- se ha ido despoblando en el transcurso de los años, y en 1945 tiene treinta y dos vacantes. Su Santidad cubrirá todos los puestos. Esta creación de Cardenales romperá la tradición, vigente desde hace siglos, de que los italianos tengan mayoría absoluta. Pío XII nombrará veintiocho Cardenales extranjeros y sólo cuatro italianos. La universalidad de la Iglesia se manifiesta así de un modo más patente.

Don Alvaro del Portillo se propone llegar a Roma antes de que los recién nombrados Cardenales abandonen Italia. Hay entre ellos quienes conocen el espíritu del Opus Dei. Y quiere recoger algunas cartas comendaticias para unirlas a la documentación que solicita el Decretum laudis.

A las seis de la tarde del 26 de febrero, atraca en Génova el J.J. Sister. En el puerto está Salvador Canals aguardando, con un viejo coche alquilado, ya que las comunicaciones son casi impracticables por la destrucción bélica reciente. La urgencia empuja a don Alvaro del Portillo hacia Roma; y por eso, sin mediar descanso, se lanzan a una noche entera de carretera. Es muy tarde y existe un cierto riesgo, ya que por el paso del Bracco pululan bandas armadas de bandoleros -residuos de la última contienda- que asaltan a los viajeros no escoltados por unidades del ejército. Pero no hay tiempo de alcanzar algún convoy de protección. Y emprenden el viaje que ha de atravesar el Apenino ligur, cubierto de bosques.

Ningún contratiempo les saldrá al paso, a excepción de los procedentes del viejo Fiat 1500 en el que ruedan. Primero será el delco, luego el encendido, más de un pinchazo y, al fin, una lluvia persistente que les bloquea. Ya de madrugada consiguen llegar a Pisa. Y aquí, en una iglesia pequeña, don Alvaro del Portillo celebra la primera Misa de un sacerdote del Opus Dei en Italia. Son las doce de la noche -veinticuatro horas más tarde- cuando ¡al fin! el Fiat enfila las calles de Roma.

A pesar de este retraso, don Alvaro conseguirá cartas comendaticias de varios Cardenales: Ruffini, Arzobispo de Palermo; Caggiano, Obispo de Rosario (Argentina); Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques (Mozambique); Frings, Arzobispo de Colonia…

En Roma, Salvador Canals ha logrado, a través del Cónsul de España, Mario Ponce de León, alquilar un piso amueblado en buenas condiciones. La entrada se abre al Corso del Rinascimento, pero todos los balcones se asoman a la belleza de la Piazza Navona. Allí, frente a los grupos escultóricos de Bernini que representan la fecundidad y los grandes ríos del mundo, se instala el primer sagrario de la Obra en Roma. Un mueble pequeño, de madera oscura, sirve como mesa de altar. Dos candeleros bajos; el Crucifijo presidiendo. Cubre la pared frontal un tapiz que han comprado a un anticuario de Nápoles. En el ángulo superior izquierdo, una lámpara de brazos.

Esta casa les acogerá un breve tiempo: desde febrero a junio de 1946. Durante estos meses, don Alvaro celebrará diariamente la Santa Misa en este oratorio y rezarán, unidos a su ofertorio, por el reconocimiento jurídico que la Obra desea para desbordarse, con la bendición de la Iglesia, por todos los caminos del mundo.

Aquí, en este suelo fértil por la sangre y la palabra de los Apóstoles, por la presencia constante del Vicario de Cristo entre los hombres, ha de prender pronto la semilla de la Obra.

Pero la gestión no va a ser fácil. Plantear un nuevo camino a las Congregaciones de la Curia Romana será una empresa ardua. Desde el primer momento se presentarán obstáculos y dificultades que parecen conducir hasta un callejón sin salida.

Sacerdotes para la eternidad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Antes de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, entre el 13 y el 20 de mayo de 1944, el Padre les dirige un curso de retiro en el Monasterio de El Escorial. Se instalan en una zona de invitados. El apartamento que le asignan tiene un despacho y un oratorio en el que el Fundador les dirige las pláticas y meditaciones. Este sector del Monasterio tiene una grata tradición: fue utilizado, a mediados del siglo XIX, por San Antonio María Claret, confesor de la Reina Isabel II.

En los atardeceres de la Sierra, el Padre habla a sus tres primeros hijos, que van a recibir el sacerdocio, de sacrificio, amor y fortaleza.

«Alegres, doctos, sacrificados, santos, olvidados de vosotros mismos… »(14).

Los sacerdotes de la Obra son necesarios «por la variedad inmensa de nuestras obras de apostolado, para atender a nuestros Cooperadores, que son tantos y tan eficaces; para trabajar con los sacerdotes diocesanos, a los que amamos con todo el corazón; para ayudar a los miembros laicos de una y otra Sección, en sus labores apostólicas; para atender debidamente a los no católicos y a los no cristianos, que piden amistad y comprensión; para ejercer su ministerio con tantas almas que, movidas por la gracia divina, se acercan al Opus Dei (…), de tal modo que puedan descansar bajo su sombra; finalmente, para el multiforme servicio de la Iglesia Santa de Dios y de todas las almas»(15)

Antes de recibir la tonsura, que tiene lugar el 20 de mayo, el Padre quiere que se hagan unas fotografías. Desde un punto de vista meramente humano resulta incomprensible que estos hombres, con brillantes carreras y en pleno rendimiento, se preparen al sacerdocio. Sólo puede entenderse a través de un prisma cristiano.

Como escribirá, años más tarde, Monseñor Alvaro del Portillo en un libro sobre la vocación sacerdotal:

«A partir de su ordenación, toda “recuperación” de aquellas realidades o funciones a las que (el sacerdote), elegido y movido por Dios, renunció para entregarse a su misión, sería ya una pérdida: para la Iglesia, en donde el sacerdote es punto focal de irradiación salifica, y para el mismo sacerdote que, hecho vaso de elección, configurado ontológica y definitivamente “(in aeternum)” por el carácter sacerdotal, se encuentra ante la alternativa de llenar su existencia de vida sacerdotal o tenerla vacía»(16)

Hasta el momento de la ordenación, continúan atendiendo sus obligaciones profesionales como ingenieros: incluso, después de haber recibido las órdenes menores, recuerda José Luis Múzquiz que tuvo que ir a inspeccionar un edificio en construcción.

El arquitecto ha hecho saber al capataz la ordenación sacerdotal de don José Luis. Y así se lo comunica a los obreros:

-«¡El ingeniero se ha hecho cura!»

Sin embargo, cuando visita las obras, la noticia no ha llegado hasta un obrero que trabaja en lo alto de un andamio. Y por poco pierde el equilibrio cuando ve al ingeniero vestido, al uso de la época, con sotana, manteo y sombrero de teja”(17).

El Padre les recomienda:

«El sacerdote tiene que llevar alguna manifestación externa (…) para servir a sus hermanos. Nosotros nos santificamos con nuestro ministerio sacerdotal, que es como nuestra profesión, nuestro trabajo (…). Pero nuestro ministerio sacerdotal es un servicio público. Por tanto, no podemos escondernos: tenemos que estar a disposición de todos. Aconsejad, pues, a vuestros hermanos que vistan como se hace en el país, para que todos sepan que son sacerdotes católicos (…). ¡Edifica tanto! Los fieles se sienten confirmados en la fe, asegurados en la fe, miran con un cariño loco al sacerdote que no se esconde»(18).

Recibirán la primera de las Ordenes Mayores de entonces, el Subdiaconado, el domingo 28 de mayo de 1944, a las ocho de la mañana, en el oratorio de “Diego de León”. Oficia la Ceremonia don Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona. Tienen que ampliarse espacios abriendo las puertas del anteoratorio y la sacristía; las rosas rojas ponen un contrapunto de alegría y holocausto junto al Tabernáculo. Asisten todos los miembros de la Obra en Madrid y algunos amigos.

El Padre ha de acostarse al acabar la ceremonia porque tiene fiebre alta. Pero se siente feliz, y esa noche sus hijos invaden su cuarto. Sentados en el suelo, en las sillas o en cualquier parte, alrededor de la cama, comentan las incidencias de la jornada.

Unos días después, el 3 de junio, sábado de témporas, recibirán el Diaconado en la capilla del Seminario de Madrid. Oficia la ceremonia don Casimiro Morcillo, Obispo Auxiliar de la diócesis.

La Ordenación de presbíteros, les será conferida por don Leopoldo Eijo y Garay en la Capilla Episcopal de Madrid, el 25 de junio del 44.

Unas semanas antes, el 17 de mayo de 1944, el Padre ha ido al cementerio del Este para rezar ante la tumba donde reposan los restos de sus padres y de Isidoro. Hace esfuerzos para contener su emoción, en este diálogo solitario que mantiene con quienes han sabido secundar sus mejores sueños de amor a Dios y a los hombres.

El 25 de junio la Capilla del Palacio Episcopal está repleta: miembros del Opus Dei que han venido de diversas ciudades de España, parientes, profesores, amigos, compañeros… También asisten muchos sacerdotes y religiosos, así como el Secretario de la Nunciatura. La Misa comienza a las diez de la mañana. Con profunda emoción siguen todos la ceremonia: llamada a los futuros sacerdotes, imposición de las manos, concelebración con el Obispo. Don Leopoldo va revestido con los ornamentos y báculo reservados a las fiestas mayores: quiere expresar, hasta en este detalle, la alegría por el momento que está viviendo.

Están todos presentes menos el Fundador. Teme que le desborde la emoción y, además, hay una razón más profunda que justifica su ausencia: será una jornada llena de alegrías y enhorabuenas. No quiere estar presente para recibirlas. La Obra es de Dios y sus hitos le pertenecen por entero. Esta decisión de hoy quedará subrayada treinta y un años más tarde, cuando el Padre celebre sus propias bodas de oro sacerdotales: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»(19).

Eso sí, espera impaciente a sus hijos, en “Diego de León”, para tener la inmensa alegría de besar sus manos recién consagradas y fundirse con ellos en un abrazo.

Más tarde, el Obispo de Madrid se les une también para almorzar. En un momento de la sobremesa, don Leopoldo Eijo y Garay recuerda a don Álvaro del Portillo una conversación sostenida por los dos hace algunos años. En ella, don Álvaro le informó de las incomprensiones que sufría la Obra.

«Me expuso el caso sin pasión, objetivamente, sin rencor. Tanto es así que me llamó la atención y se lo hice notar».

Entonces don Alvaro respondió que era natural que no se enfadaran con el bisturí que el Señor elige para preparar instrumentos adecuados; y que para probar a la Obra, había elegido un bisturí de platino. Si El permitía que viniera la Cruz a través de los buenos, bienvenida sea, pues presagiaba bienes futuros.

-«He de reconocer -termina diciendo don Leopoldo- que me impresionó esta respuesta: de forma que el que debía dar ánimos y consejo, fue el que recibió una lección y quedó confortado».

Inmediatamente don Alvaro interviene en la conversación: -«Si le dije eso, es porque unos días antes se lo había oído al Padre»(20).

En efecto, más de una vez el Fundador había hablado en este sentido:

«Cuando un cirujano debe realizar una intervención quirúrgica, el paciente no puede enfadarse ni con el médico, ni con el bisturí, aunque la operación sea dolorosa. El Señor está empleando ahora con su Obra un bisturí de platino» (21).

El Obispo termina diciendo:

-«La persecución santifica, pero no queráis nunca perseguir ni atormentar a nadie con el pretexto de santificarle… »(22) .

Hoy es un día de confirmación alegre, de realidades que subrayan la autenticidad sobrenatural de la Obra de Dios. Durante el resto de la jornada, el Padre no oculta su felicidad. A media tarde, habla a sus hijos en el oratorio.

«No quiero hacer historia en este día, pero cuando pasen los años y los más jóvenes que hay aquí peinen canas o luzcan espléndidas calvas, como algunas que se ven, y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo»(23).

El día va ya de retirada después de haber abierto un capítulo importante en la historia de la Obra. Son los primeros sacerdotes eslabones de una cadena -fuertes, unidos al Fundador- a los que se sumarán, con el paso del tiempo, centenares y millares dispuestos a ser «luz que se consume y sal que se gasta».

La jornada siguiente, 26 de junio, el Padre se encamina hacia el Centro de la calle Villanueva donde vive don Alvaro del Portillo. Le pregunta si ya ha recibido alguna confesión sacramental.

Y ante la respuesta negativa, le dice:

-«Pues la primera confesión será la mía: quiero hacer confesión general contigo» (24).

Treinta y un años más tarde, el 26 de junio de 1975, también don Alvaro elevará sus manos consagradas, en una última y emocionada fórmula de absolución, sobre el Fundador del Opus Dei, que acaba de morir en su cuarto de trabajo.

Don José María Hernández de Garnica celebrará su primera Misa en el Colegio de la Asunción. Don Alvaro y don José Luis, en el Colegio del Pilar y en la iglesia del Monasterio de la Encarnación. No consiguen que el Padre asista. Pero, a última hora, Ricardo Fernández Vallespín logra llevarle hasta la capilla donde acaba de oficiar don José Luis Múzquiz, para besar las manos del nuevo sacerdote, pasando inadvertido entre los fieles que llenan el templo.

Veinticinco años después, con el mismo cariño, el Padre preparará en Roma las bodas de plata de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Una carta se lo anuncia a don José Luis Múzquiz:

«Con Alvaro, te tengo en todo momento muy presente, y ya empezamos a pensar en la celebración de vuestras bodas de plata sacerdotales (…). Deseo festejar y agradecer a Dios ese aniversario junto a mis tres “curicas” mayores, sin que me falte ninguno»(25).

Así lo lleva a cabo. El 25 de junio de 1969 celebra cada uno su Misa conmemorativa. Tres palias idénticas cubren los cálices: las palabras “tu es sacerdos in aeternum” sirven de base al sello de la Obra bordado en oro.

Durante el ofertorio, don José Luis se da cuenta de que en la base del Cáliz está labrado el escudo de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en esmalte verde brillante, y una inscripción: «A José Luis Múzquiz, sus compañeros… »(26). Es el de su primera Misa. Lo mismo les ha ocurrido a don Alvaro y a don José María.

El Padre ha elegido los vasos sagrados en este día para rememorar, de modo más real y entrañable, la fidelidad de veinticinco años de sacerdocio.

El primer sagrario

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 19 de marzo de 1975, recordando el Fundador los tiempos de Ferraz 50, decía a sus hijos:

«Nuestra mayor ilusión era poner el oratorio, cosa que ahora os parece tan fácil, ¿verdad, hijos míos? Y es fácil porque hemos logrado, desde hace muchos años, tener jurídicamente el derecho a poner oratorios semipúblicos con Nuestro Señor reservado. Pero entonces no teníamos derecho a nada»(18).

La solicitud de los permisos necesarios para erigir el oratorio de Ferraz 50 va firmada por el Padre el 13 de marzo de 1935 y dirigida al Excelentísimo Señor Obispo de Madrid-Alcalá(19). Tanto la persona del Fundador como las actividades apostólicas y culturales de la Residencia han ganado la confianza de la más alta jerarquía de la Iglesia en la ciudad y, muy pocos días después, quedará consagrado en la casa un oratorio semipúblico, con licencia para celebrar la Santa Misa diariamente y para todas las funciones sagradas previstas por el Derecho Eclesiástico.

Durante muchos meses, y desde hace años, es el más ardiente deseo del Padre. Tanto que, ante las diversas dificultades, ha decidido invocar en su ayuda a un buen intercesor: San José. Recuerda cómo otro José, el hijo de Israel, en la historia del Antiguo Testamento, llega a ser primer ministro: aquel a quien envía el faraón cuando el pan escasea: «Id a José». Es la frase bíblica. En la nueva generación de cristianos, San José, elegido por Dios para cuidar a Jesús que se nos ofrece en el Pan Eucarístico como alimento permanente, será el mejor mediador. “Ite ad Ioseph” (20) se convertirá en oración para que Dios venga de nuevo a «plantar su tienda entre nosotros» (21). Y, en efecto: en el mes de marzo de 1935, Dios viene a habitar en el primer sagrario del Opus Dei.

A lo largo de este curso, con el entusiasmo y sacrificio de todos, se irá completando la instalación del oratorio. El Padre dirige la construcción del altar. El fondo de la habitación se decora con una tela, de color verde, de la misma anchura que el altar. Sobre el lugar que ocupará el sagrario, una especie de baldaquino de madera forrada sujeto al techo.

El párroco de la iglesia de San Marcos certifica que todo lo referente al local está en orden. Han trabajado de firme para lograr lo más indispensable. El escultor Jenaro Lázaro Gumiel ha prestado una bella imagen de la Virgen; pero, al fin, se pone como retablo un cuadro que representa a Cristo partiendo el pan en Emaús y dándose a conocer a los discípulos. En una de las paredes laterales irá una representación de la Virgen del Pilar. También el futuro sagrario saldrá del taller. de Jenaro Lázaro y, hasta entonces, consiguen que la Madre Muratori, una Religiosa que aprecia mucho al Padre, Priora de las RR. Reparadoras de Torija, les preste uno de madera dorada que no se utiliza en el convento(22). La llave que custodiará este sagrario lleva una cadena y una medalla acuñada con la imagen de San José: “Ite ad Ioseph”, se puede leer grabado en el envés. Es el agradecimiento de la Obra al Patrono de la Iglesia universal que les ha traído a Cristo Eucaristía.

Todavía faltan muchas cosas: candeleros, vinajeras, atril, bandeja… El cáliz y el copón los ha conseguido el Fundador, que quiere celebrar la primera Misa el 31 de marzo de 1935.

Unos días antes, el portero sube con un gran paquete. Lo ha dejado un señor en la portería, sin acompañarlo de tarjeta ni remitente. El Padre lo abre y allí, perfectamente colocado, está todo lo que faltaba para concluir la instalación del oratorio. En broma, y un poco en serio, los chicos dicen que han debido llevarlo, hasta Ferraz, San Nicolás o San José.

Alguien supuso que el generoso donante fue, esta vez, don Alejandro Guzmán, que tantas veces acompañó al Padre en sus correrías por los barrios de Madrid, visitando pobres y aliviando enfermos. Su barba cerrada y su capa española perfilan la estampa elegante de un hombre muy ligado a los primeros pasos de la Obra en Madrid.

Pedro Casciaro recuerda la alegría de don Josemaría Escrivá de Balaguer en estos últimos días de marzo de 1935:

«Los pensamientos del Padre en aquella tarde convergían muy especialmente hacia el nuevo Sagrario: el Señor, comentaba, jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú, ayúdame a hacerle compañía, me dijo finalmente.

Me conmovió ver su amor a Jesucristo en el tabernáculo, y como yo iba diariamente a la Escuela de Arquitectura, que entonces estaba cerca de Ferraz, me “comprometí” gustoso a ir tantas veces como pudiera a la Residencia para “hacer un ratico de oración” delante del Sagrario (…). Fue seguramente entonces cuando el Padre me dictó el texto de la Comunión espiritual que, desde entonces, he recitado toda mi vida»(23).

El 31 de marzo el Padre celebra la primera Misa. Con casulla blanca, gótica. Los candeleros escalonados hacia el Crucifijo, el altar adornado con flores naturales, y el oratorio lleno de gente. Están todos los de la Obra, los residentes y muchos amigos que asisten al acontecimiento. Es un día imborrable: Jesucristo ha llegado al primer sagrario del Opus Dei en el mundo.

Francisco Botella escribe acerca de las veces que pudo presenciar una Misa oficiada por el Fundador:

«Las primeras veces que asistí a esas Misas fueron un auténtico descubrimiento. Se veía al Padre embebido en Dios, y se comprendía mejor el sentido del Santo Sacrificio del Altar (…).

Recuerdo especialmente un sucedido. Yo dormía en el piso de Ferraz, 48. Alguna vez me quedaba a estudiar después de cenar, antes de acostarme. Por la ventana de la habitación donde yo dormía echaba una mirada a la ventana del oratorio, a través de una especie de patio que separaba los dos edificios. Una noche (…) -el Sagrario se entreveía a través de la ventana- vi a nuestro Padre arrodillado junto al altar, con la cabeza pegada a él, recogido en oración»(24).

Atraídos por este espíritu, la afluencia de estudiantes a Ferraz 50 va en aumento. Y la Academia “DYA” está repleta. Muchos de los que acuden a la formación que da el Padre, en una incansable dirección espiritual, conocerán su vocación y dedicarán su vida a realizar la Obra de Dios.

El trabajo diario crece y apenas hay servicio. Por la mañana, los chicos salen hacia sus Facultades respectivas. El Padre, aprovechando ratos mínimos, hace las camas, limpia los suelos y arregla las habitaciones de los residentes, sin que ninguno se dé cuenta de ello. Organiza las compras, con economía exhaustiva y pobreza heroica, que vive en todo momento y enseña a vivir a los demás. Piensa en los detalles; maneja las cosas con el cuidado de quien ha de hacerlas durar en buen estado. Apunta con precisión sus escasos gastos personales. No es la primera vez que, a pesar de la desaprobación de su madre, saca unos zapatos desechados y arrojados a una papelera y, tras teñirlos de negro y limpiarlos cuidadosamente, los utiliza para sus largas caminatas, que cubren la ciudad de un extremo a otro.

Pero jamás esta pobreza hace perder a la casa su aspecto grato, su confortable y limpia presencia. Las comidas son sanas y suficientes; el ambiente es cuidado y digno. Nada más lejos de la tacañería o la estrechez. Cada uno de los que viven en Ferraz se siente orgulloso de invitar a un amigo a almorzar o a pasar un rato en la Residencia. Se ha convertido en su casa. Un hogar cálido’ en el que todos colaboran y disfrutan de lo feliz y lo arduo.

A la vez, el Padre forma a cuantos le siguen en la importante idea de que no hay trabajo, por humilde que parezca, que no sea santificable, propio de un hijo de Dios, y no le haga feliz.

«Hay gente que confunde la pobreza con la suciedad y con la fealdad»(25).

Desde el principio les anima a la magnanimidad en las obras de Dios. A que no calculen sus posibilidades apostólicas de acuerdo con los medios actuales, sino con los que Dios enviará. Todo cuanto se construye ha de ser sólido, espacioso, terminado. Para que dure muchos años; mejor: siglos. Tiene, en su alma, una divina ambición que en cristiano se llama esperanza:

«Cada una de nuestras casas será el hogar que yo quiero para mis hijos. Vuestros hermanos tendrán un hambre santa de llegar a casa, después de la jornada de trabajo; y tendrán también ganas de salir a la calle -descansados, serenos-, a la guerra de paz y de amor que el Señor nos pide»(26).

Poco a poco, el ambiente de Ferraz 50 empieza a ser conocido en los medios universitarios y acuden a visitar al Padre los directivos de algunas organizaciones estudiantiles de otras provincias. De Valencia llega un grupo que invita al Fundador a realizar la primera expansión de la Obra a esta ciudad levantina. Pero su horizonte es universal, y ya en 1935 se habla, con naturalidad, de llevar este espíritu fuera de España, probablemente a París, a donde quizá alguno pueda ir a estudiar; de comprar una casa suficientemente grande para montar la Residencia de Madrid y de abrir otra en Valencia.

Con razón escribe Angel Galíndez, otro residente de los años 1935-36:

«Si la ocasión lo requería, era “un vendaval”: se lo llevaba todo por delante. En él coincidían virtudes opuestas y encontradas, aunque armónicamente fundidas, que daban lugar a una personalidad que se imponía recia y suavemente al mismo tiempo»(27).

Un día, viene invitado a comer un prestigioso Catedrático de Mecánica Racional de la Universidad Central. Los chicos comparten con él la tertulia y el café. El Padre intenta explicarle la pobreza que se vive alrededor de aquel ambiente agradable. Parece que no comprende muy bien. Apoyándose en la amistad que les une, el Padre se levanta, le toma del brazo y se lo lleva a la cocina: allí están dos residentes de la Obra, alumnos de este profesor, lavando la vajilla que se ha utilizado.

-«¿Lo entiendes ahora, Paco?»(28).

Y ante las actividades prácticas que ahora realizan estos chicos, completamente ajenas al estudio de la Cinemática que les explica en la Facultad, empieza a comprender.

El pan que sobra en las comidas se recoge cuidadosamente, se parte y se tuesta. Por las tardes se reúnen a merendar con este improvisado complemento, que el Padre llama, con su buen humor de siempre, «pastas para el té». Muchas veces, no cenará otra cosa.

En el cuarto destinado a Dirección de la Residencia hay una imagen de la Virgen. Todos son testigos de cómo se despide el Padre, cada día, al salir a la calle. La besa con el calor de una fe que no repara en falsos pudores. Esta Virgen, a la que el Padre dedica tantas miradas de afecto y tantos besos de confianza, le protege siempre. Le ayuda en toda dificultad y contradicción. Custodia su juventud sacerdotal y le da valor para una tarea superior a sus fuerzas humanas.

Con el deseo de hallar imágenes que le recuerden a su Madre del Cielo, descubre las que adornan fachadas de casas e iglesias madrileñas. Aun después de la época de mayor persecución religiosa, entre 1936 y 1939, fue capaz de hallar algunas que habían escapado al odio destructor. Este empeño por mantener una presencia de Dios, una vida contemplativa sin rarezas, tomando ocasión de todas las cosas que le rodean en la calle, será herencia que intentará clavar en el alma de sus hijos. A ello conduce también la costumbre de «asaltar sagrarios»: les invita a un acto de amor cuando pasen junto a los lugares en que permanece, en la oscuridad y la espera, Jesús Sacramentado.

Durante estos años muchos de los residentes y amigos se desplazarán de Madrid aprovechando las vacaciones. El Padre mantiene relación con ellos a través de múltiples cartas que les llevan el afecto y preocupación por cada uno. Desde el verano de 1934, en la casa de Luchana, se prepara una publicación corta, apenas una hoja informativa, escrita a máquina, y en la que se da cuenta a todos los que frecuentan la Academia, y luego la Residencia, de las noticias que puedan llevarles alegría e interés por los que han quedado en Madrid. No hay multicopista, pero se lograrán reproducciones con planchas de gelatina. Muy pronto, los correos de España son portadores de una corriente de amistad que pasa por encima de la inquietante situación política, que amenaza tormenta en todo el país.

Un incondicional

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

José María Hernández de Garnica fue otro ejemplo de cómo el espíritu de la Obra puede llenar de Dios un alma.

Un día del año 1935, aquel estudiante joven, conocido en las aulas de la Escuela de Ingeniería por su acusada personalidad y por la destacada inteligencia con que cursa la carrera de Minas, llega hasta la Residencia de Ferraz 50 acompañado de un amigo. Cuando aparece, la casa se encuentra en plena actividad: se instala el oratorio. Hay que colocar en el techo de la habitación una especie de baldaquino -que se ha confeccionado con madera forrada de tela-, porque la Iglesia ordena que se cubra, si hay vecinos en el piso superior, el lugar donde está el sagrario. Don Josemaría Escrivá de Balaguer dirige la operación con los chicos de la Residencia. Y, entonces, aparece este nuevo compañero a quien muy pocos han visto todavía. Hernández de Garnica es interpelado en el mundillo de sus amigos con el afectuoso diminutivo de «Chiqui». Y así es como suena su nombre en ese día y en la habitación, futuro oratorio, de Ferraz.

Don Josemaría no le conoce, pero ve el aspecto simpático, lleno de naturalidad, del recién llegado, y le saluda alegremente:

-«¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos, y ¡hala!, a clavar allí arriba… »(20).

Así empieza su relación con el Opus Dei. Muy pronto, sus buenas cualidades humanas y el empeño sobrenatural del Fundador de la Obra van a aliarse para abrir el camino a su entrega definitiva a Jesucristo.

A partir de ese momento, José María pasa a ser el incondicional que sigue, con toda fidelidad, las menores indicaciones del Fundador. Su mente clara, dotada de gran sentido práctico, convertirá en realidades los proyectos más inabordables.

A punto de ser fusilado durante la guerra civil, escapará providencialmente. Es trasladado a un penal, en Valencia, y, al salir, se incorpora al ejército republicano. Los primeros años después de su ordenación, en 1944, dedicará su actividad, de modo especial, a atender sacerdotalmente a la Sección de mujeres del Opus Dei.

Aparte de una ingente labor en España, se cuenta con él para momentos de expansión a través de varios países europeos; vivirá largos años de trabajo en Francia, Inglaterra y Alemania. En todos los difíciles comienzos deja constancia de su tesón, su enorme confianza sobrenatural, su fidelidad incondicional al Fundador y la fortaleza de un hombre forjado en duros combates pero que tiene intacto el empeño del primer día.

Su capacidad para resolver grandes y pequeños problemas ha sido siempre proverbial. A fuerza de entusiasmo y amor sabrá ejercer todo género de oficios que ayuden a levantar, incluso, las paredes materiales que albergan los Centros de la Obra de Dios.

En 1972 este hombre, que ha dado una impagable lección de fidelidad, muere, en Barcelona, rodeado por la gratitud de todos. El Fundador le despide con el mismo cariño con que le envió por tantos caminos de la tierra y le da su último impulso para cruzar los umbrales del Cielo.

Una tarde en Porta Coeli

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Va llegando a su fin el mes de enero del año 1933. Esta tarde, don Josemaría camina por la calle García de Paredes y entra en el número 25, tras haber bordeado un enorme edificio de ladrillo con largas ventanas cubiertas de celosías. Es el asilo de Porta Coeli. Una fundación del Canónigo de la Catedral de Madrid, don Francisco de Asís Méndez y Casariego, que acoge a un número elevado de muchachos de toda edad. Su cuidado y enseñanzas corren a cargo de maestros de diverso oficio y de una comunidad de Religiosas Trinitarias de las que también es Fundador.

Don Josemaría acude allí con frecuencia para charlar con los chicos, incluidos en el apelativo de «golfos» -pilluelos, vagabundos-, para enseñarles cuestiones elementales de religión. Las Religiosas ponen a su disposición una sala de visitas, cerca de la entrada, y también la capilla, que se halla muy próxima.

Ha citado para esta tarde de invierno a un grupo de universitarios que ha prometido venir. A la hora señalada, solamente llegan tres. Son estudiantes de la Facultad de Medicina.

Cuando entran en la sala de visitas, don Josemaría coloca, presidiendo, un cuadro de la Virgen. Es una sencilla estampa montada sobre un fondo amplio y bordeada con un marco cuadrado de unos treinta centímetros. Después, lee el Evangelio y hace un comentario breve; luego, desarrolla un tema espiritual. Anima a estos chicos a hacer un examen profundo a la luz de Dios. Y les impulsa a una vida nueva.

Todo es muy directo, sencillo. Los tres universitarios están sobrecogidos por la seriedad y la convicción de las palabras que acaban de escuchar, por la fe que anima las intenciones de este sacerdote.

Más tarde, les lleva a la capilla. Se trata de una sala, cuya pared frontal se cubre por un tapiz con dosel, un cuadro de la Santísima Trinidad, un pequeño Crucifijo y unas imágenes populares del Corazón de Jesús y de la Virgen.

Don Josemaría expone el Santísimo, reza y les imparte la Bendición. Juan Jiménez Vargas dejará constancia de la impresión que les produce su modo de actuar: la piedad con que abre el sagrario, se arrodilla y toma la Custodia en sus manos. Algo que, por sí solo, es una admirable lección de fe y de amor.

Un día, cuarenta y dos. años más tarde, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer contará a algunos de sus hijos en Venezuela y en Guatemala aquella reunión:

«Vinieron sólo tres. ¡Qué descalabro, ¿verdad?! ¡Pues, no! Me puse muy contento, y al terminar me fui al oratorio de las monjas, expuse a Nuestro Señor en la custodia, y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor bendecía no a tres, ni a tres mil, ni a trescientos mil, ni a tres millones: bendecía a una muchedumbre de gente de todos los colores, que ya es una realidad»(6).

Y durante la misma catequesis, en Guatemala, volverá a describir el horizonte humano que veía detrás de aquella primera bendición:

«…y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto, porque es una realidad a la vuelta de casi medio siglo. Me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso»(7) .

Algunos primeros de la Obra morirán jóvenes: don José María Somoano, Luis Gordon, María Ignacia García Escobar y Antonia Sierra. Pepe Isasa caerá en un frente de batalla. Otros van a ser dispersados por la guerra civil española. Pero los que permanezcan fieles, fraguarán su entrega durante estos años dificiles y enconados, para ser cimiento firme del futuro.

Con la proclamación de la República, son habituales el descrédito y la persecución religiosa. Una gran mayoría de clérigos y laicos se ven envueltos en el ambiente confuso y agresivo del momento nacional.

Los muchachos que frecuentan el trato de don Josemaría se sorprenden por haber encontrado un sacerdote que todavía es capaz de seguir cruzando la ciudad con sotana y manteo, que en su amplitud humana habla de la libertad de opción temporal de todos los católicos, que en su dirección espiritual evita tomar partido en cuestiones políticas opinables y les insiste constantemente en trabajo y estudio, que les habla de alegría como consecuencia de un enfoque sobrenatural de todo acontecimiento. Y también de la frecuencia de Sacramentos; de la Virgen, como una acogida universal, materna y amable, para todos los hombres. De profundo amor a la Iglesia y al Papa. Y, a la vez, es un hombre que se interesa por sus problemas personales y familiares, por sus amigos, por las nimias contrariedades y alegrías de la existencia diaria.

“El Cubil”

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A comienzos del curso académico 1939-40, se proyectó abrir residencias en Valencia y Madrid. Como en Valencia no se encontró un lugar adecuado, en agosto se alquiló un pequeño apartamento. Sus reducidas dimensiones y pobreza sugirieron el apodo de “El Cubil”, nombre con el era llamado habitualmente. Tenía un comedor, un pasillo y dos habitaciones, una de las cuales servía de almacén para la reciente edición de “Camino”. La otra servía para múltiples funciones: sala de estudio, cuarto de estar y lugar de oración a falta de oratorio.

A pesar de tratarse de un piso diminuto, resultaba difícil pagar el alquiler y cubrir otros gastos. En un momento dado, la compañía telefónica cortó la línea por falta de pago. Había tan pocos muebles que, cuando Escrivá cayó enfermo, con fiebre alta, después de predicar un curso de retiro en septiembre de 1939, lo mejor que pudieron ofrecerle fue un camastro militar y una vieja cortina y unos cartones a modo de mantas.

A pesar de la pobreza reinante, el numero de jóvenes que acudía a El Cubil aumentaba. En enero de 1940, asistía ya al círculo de San Rafael que había comenzado en agosto de 1939 una docena de estudiantes. Siguiendo el consejo de Escrivá de que fuera reducido el número de participantes en cada grupo, el círculo se dividió en dos. Pronto llegaron nuevas vocaciones: Salvador Moret, Antonio Ivars Moreno e Ismael Sánchez Bella, y su hermano Florencio, estudiante de Derecho que trabajaba por la noche como linotipista de un periódico local.

Escrivá celebró Misa por primera vez en El Cubil el 1 de febrero de 1940. Un sacerdote amigo prestó los ornamentos y demás objetos litúrgicos. Antes de la Misa, predicó una meditación sobre la eficacia del sacrificio y la necesidad de morir a uno mismo, como el grano de trigo. Aunque no hablaba de sí mismo, su propia vida era un vivo ejemplo de sacrificio. En El Cubil no había un sitio adecuado para hablar con todos los estudiantes que querían dirigirse con él, así que se veía obligado a dar largos paseos con ellos a orillas del Turia. Uno de la Obra anotó en el diario de El Cubil: “El Padre dice que necesita distraerse y tomar el sol; lo cierto es que quiere reventarse a fuerza de andar, pues desde hace dos días tiene los pies hinchados, como siempre que viene a Valencia”[1].

[1] AGP P03 1988 p. 547


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