Valencia: un bello recuerdo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre llega al aeropuerto de Manises el 14 de noviembre. Valencia está brillante, como en sus días de verano. Esta es una tierra que sonríe al mar, que se llena de azahares, que explota de alegría cada marzo y convierte sus barros en cosechas y cerámicas. Aquí llegó la Obra cuando los primeros miembros salieron de Madrid: Samaniego fue la primera Residencia universitaria, y El Cubil un pequeño piso en el que se forjaron las vocaciones levantinas. Aquí ha rezado mucho el Fundador, frente a las playas, en esta ciudad fecunda y trabajadora que se enclava en un circuito de naranjos.

«Con qué anhelo deseé -hace ya mucho, y durante largo tiempo- que el Opus Dei viniera a esta ciudad: hasta que el Señor concedió generosamente a su siervo que también aquí tuviera hijos e hijas; al regresar a Valencia, eran incontables las acciones de gracias a Dios que llenaban mi corazón de Padre feliz… »(39)

Estas frases de alegría forman parte del acta depositada en el altar del oratorio del Colegio Mayor Alameda, consagrado por el Padre durante estos días de 1972.

Una semana vivirá en La Lloma, una Casa de Retiros a muy pocos kilómetros de Valencia por la carretera de Sagunto. En este Centro recibirá a grupos de personas que acuden desde Albacete, Murcia, Alicante, Castellón y Teruel. Ha saludado, nada más llegar a la ciudad del Turia, a Nuestra Señora de los Desamparados; la voz de que el Padre acudirá a la Basílica ha cundido, y muchos de sus hijos esperan dentro de la iglesia. Son espectadores de la llegada y de su oración ante la Patrona de la ciudad.

También tiene una cita importante con un amigo ya fallecido, y el Fundador no puede faltar a ella. Acude a la catedral para hablar con Dios del que fue Arzobispo de la ciudad, don Marcelino Olaechea:

-«He querido con toda mi alma a vuestro arzobispo anterior (…), y él a mí. Tuvo mucho cuidado de que me avisaran, a mí y a dos parientes suyos, cuando se moría, y yo quiero corresponder, escaparme a la catedral, ponerme allí de rodillas donde está enterrado y rezarle con tanto cariño… Más que rezar por él, le rezaré a él, para que me bendiga y bendiga a este pueblo bendito de Valencia»(40).

Una multitud de jóvenes cruzará la llanura sobre la que se alza La Lloma para oír a Monseñor Escrivá de Balaguer durante sus días de estancia en Levante: miembros de los Clubs Collvert, Sorní, Azarba, Estay, Tetuán, Martí y Diemal.

Estos Centros, cuya dirección espiritual está confiada a miembros del Opus Dei, se ocupan de completar la educación de la juventud. Orientan sus métodos de estudio y la elección de sus futuras profesiones; organizan actividades culturales; estimulan la convivencia y el respeto en total libertad. Cuidan de que la dimensión transcendente, cristiana, de la persona, se cultive con conocimientos y prácticas desarrollados en paralelo a su formación profesional. En ellos comparten proyectos e inquietudes, miles de adolescentes en todos los países del mundo. Durante los períodos de vacaciones, este intercambio adquiere dimensiones internacionales.

Igualmente, acuden algunos centenares de sacerdotes de Valencia y diócesis vecinas. Residentes y adscritos del Colegio Mayor Alameda, y más de doscientas universitarias de la Residencia Saomar que van a tener, también, la oportunidad de escucharle.

¿De qué habla el Padre especialmente en esta tierra expansiva y apasionada? De uno de sus grandes amores, que comparte con los valencianos: San José. Un testigo sonriente de la pólvora que la ciudad quema cada año, en un alarde de fuego y música, para festejarle.

«Me habéis dado una alegría al poner en La Lloma esos azulejos con San José, a quien tanto quiero. Lo digo descaradamente, llamándole mi Padre y Señor (…). Le quiero mucho, con toda mi alma, porque es el que más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios, el que más le ha amado después de Nuestra Madre. San José era un hombre estupendo, un gran trabajador: estoy seguro de que no se quejó jamás a Nuestro Señor por tener que trabajar tan humildemente, para sostener aquella casa de Nazaret, ni por tener que correr de una parte a otra (…). Cuando me lo encontré allí, detrás de esa reja, me llevé una gran alegría, y le eché dos piropos» (41).

En las reuniones que se celebrarán en el Colegio Guadalaviar, promovido por padres de familia que han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei, se contabilizan unas diez mil personas.

Ahora es un profesor de educación física quien aborda al Padre, pidiéndole unas palabras acerca de la deportividad en la lucha interior, y le responde con un recuerdo de las Olimpiadas:

«Veía cómo se acercaban aquellos mozos fuertes, con su pértiga dispuesta para saltar. Se concentraban en silencio hasta que ¡por fin! daba la impresión de que se decidían. Pero no: había pasado una mosca por allí, y se acabó la concentración. ¡Tienen más recogimiento que muchos cristianos a la hora de rezar!

Otras veces no se paraban, querían saltar, pero… no podían. Entonces bajaban la cabeza, se iban de nuevo al punto de partida (…). Luego se lanzaban y, quizá al cuarto o quinto intento, saltaban.

Tú debes decir a tus alumnos que en la vida ocurre eso. Diles que no son animales; que, en estos momentos de violencia, de sexualidad brutal, salvaje, tienen que ser rebeldes. Tú y yo somos rebeldes: no nos da la gana ser unas bestias. Queremos tratar a Dios (…). Para eso es muy bueno saber hacer una gimnasia espiritual, que es muy semejante -paralela por lo menos- a lagimnasia física».(41)

Alguien le pregunta qué han de hacer sus hijos en la Obra para que la pujanza y la frescura y el vigor de los primeros tiempos se mantenga durante siglos. Y el Fundador responde, en serio, pero con tono de broma:

«Que sean humildes (…). A nosotros no nos interesan ni la pujanza ni la frescura… Un poquito de frescura, sí.

Me preguntaba un niño de pocos años: oye, tú, ¿no te da vergüenza estar ahí arriba hablando a tanta gente? De modo que unpoco de frescura también tengo yo; esa frescura hace falta para poder hablar de Dios (…).

Hemos de ser humildes, y el Señor nos ha pedido la humildad colectiva, que algunos se empeñan en no entender. Desde el principio, miles de personas en todo el mundo la han entendido, y ahora, además, la practican, porque forman parte del Opus Dei y no se les va la fuerza por la boca, sino en obras de servicio a los demás, con manifestaciones de amor a las almas (…). Ser humildes no es ñoñería; es hablar con sinceridad, con naturalidad, y después pensar en aquellas palabras de San Pablo: a mí me importa muy poco el pensamiento de los hombres que me critican; me importa el juicio de Dios. ¿Está claro? Me importa el juicio de Dios: todo lo demás me sale por una friolera»(43)

Antes de partir de Valencia, se reúne en la Casa de Retiros La Lloma con un grupo de hijas e hijos suyos, Supernumerarios, que ayudaron a la Obra en Levante desde los primeros tiempos. Algunos hace más de veinte años que no han visto al Padre. La mayoría le conocieron cuando cursaban sus estudios universitarios; aprendieron a entender, a querer al Opus Dei; descubrieron su vocación de mensajeros y testigos de Cristo sin abandonar su profesión, sus ocupaciones, los deberes de su matrimonio, de su vida familiar. Hoy, ya, alguno tiene el pelo encanecido y el rostro surcado por las huellas del tiempo y del trabajo. La reunión es entrañable por los acontecimientos que encierra este gran paréntesis de tiempo, lleno de lealtad, de fe en la Obra de Dios y en el Padre.

«Me da mucha alegría comenzar dándoos las gracias, por varias razones: la primera, porque correspondéis mucho y bien a la gracia divina; la segunda, porque arrimáis el hombro, y eso es muy bueno para la gloria de Dios, para la felicidad vuestra y para el bien de las almas (…). Veis que todos los cristianos tenéis el derecho y el deber de ser santos. Por eso os doy las gracias: porque lo habéis comprendido y lo estáis practicando. Sin vosotros no se podría hacer nada, absolutamente nada; lo hacéis todo vosotros, con la ayuda del Señor»(44).

El Padre habla con ellos de sus hijos, de sus proyectos, de su vida de entrega a Dios… Todos coinciden en haber vivido, junto al Fundador, una jornada inolvidable.

Y para que no falte una expresión cabal del cariño, los valencianos ofrecerán al Padre un castillo de fuegos artificiales acompasados por la banda de música de Mislata.

En la casa de La Lloma, sobre un viejo arcón de madera arrimado a la pared del patio, hay un ejemplar de «Camino». Se apoya en un atril de metal. En la primera página el Padre ha escrito al llegar:

Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972 (45). Mis elegidos no trabajarán en vano. Queda como acción de gracias a Dios y a todos aquellos que iniciaron el trabajo del Opus Dei en la ciudad del Turia.

Viaje por Centroeuropa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

No es la primera vez que el Padre cruza las fronteras de Europa. Ya en noviembre de 1949 escribía a sus hijos de Portugal:

«Queridísimos: Al entrar en Austria y Alemania por vez primera, recuerdo emocionado mi primer viaje por esas tierras benditas de Portugal. Encomendad de firme las cosas, para que el Señor no mire nuestras miserias, sino nuestra fe, y podamos pronto emprender definitivamente la labor en el centro de Europa.

Un fuerte abrazo a todos. La bendición de vuestro Padre»(2).

En abril y noviembre de 1955 lleva a cabo desplazamientos a través de varios países del Viejo Continente. En Villa Tevere saben que estos recorridos del Padre, al que acompañan don Álvaro y Giorgio de Filipi, están encaminados a ensanchar el horizonte de la Obra. Por eso, cada uno trata de ocupar un lugar imaginario dentro del coche que conduce al Fundador, y ayuda a la empresa con su oración y con la esperanza de recoger pronto la cosecha de esta siembra que está iniciando el Padre. Tienen una idea aproximada de los trayectos previstos. Y cuando la imaginación se ha salido de ruta, reciben una tarjeta por correo que vuelve a enderezar la dirección.

El día 16 de noviembre, en las primeras horas de la tarde, llega el coche a Milán. El Padre aprovecha para conocer la casa; bromea sobre la utilización de espacios -hasta el sótano-, con una iluminación que pretende suplir la falta de luz natural. Habla con los milaneses de su ciudad, de sus estudios, actividades y proyectos. Hojea despacio el álbum de fotografías, a través del que se sitúa en los acontecimientos que han sucedido. Incluso elige unas cuantas para que las envíen a Roma: les gustará conocerlas. Pero el tiempo vuela y queda mucho camino. Le acompañan hasta el coche y ahora resulta más fácil seguir con el pensamiento esa carretera que se desliza bajo las ruedas.

Al llegar a Francia, quiere acercarse a la tumba del Santo Cura de Ars para poner en sus manos un montón de intenciones. Entran en Ars el domingo por la mañana. Un oficio religioso solemne, al que asiste prácticamente todo el pueblo, induce a reflexionar sobre la huella que ha dejado este santo en su parroquia y en toda la Iglesia Católica. Durante cuarenta y dos años la vida de San Juan Bautista María Vianney estuvo marcada por el amor sin límites a su vocación sacerdotal, por la mortificación y entrega a las almas. El Santo Cura de Ars, como se le llama familiarmente en la Iglesia, llegó a pasar más de dieciséis horas diarias en el confesonario, perdonando los pecados en nombre de Dios, alentando, ofreciendo el calor de su afecto humano y de su identificación con Jesucristo Sacerdote. Pío XI le declaró Patrono de todo el clero secular. En este día festivo de 1955, frío y traspasado de luz, el Padre pide también, junto al corazón de este hombre de Dios, por sus hijos sacerdotes en el Opus Dei.

De nuevo en la carretera, camino de la frontera belga, se acercan al mar del Norte. Desde la costa, el Padre dedica un recuerdo a todas las personas del Opus Dei que están en Inglaterra e Irlanda… ¡Tiene tantas ganas de verles!…

Los descansos son breves. La misión del viaje se cumple al máximo: visitar autoridades y jerarquías de la Iglesia para explicarles el Opus Dei y preparar los comienzos de la Obra en nuevas ciudades. Y sembrar, él lo ha repetido siempre, el campo nuevo con una vieja fe de apóstol: la oración, única arma de paz, única certeza de éxito que Jesucristo legó a sus amigos.

Además, pasa algunas horas con sus hijos, dispersos ya en varios países, les anima en su lucha por alcanzar la santidad, en su empeño por poner a Cristo en la cumbre de su trabajo profesional y en la expansión apostólica de la Obra entre sus compañeros y amigos. Después de la visita del Padre, todos sienten un nuevo impulso.

La frontera de Holanda está a la vista. Desde La Haya vuelve a aparecer la profundidad gris del mar del Norte. Corre el coche camino de Amsterdam. Atardece cuando entran en la capital de los Países Bajos, y un sin fin de luces pulula por las calles: son bicicletas que cruzan en todas direcciones. Está cerca la Navidad, las tiendas y canales se iluminan, y todos avivan la ilusión de las próximas fiestas: San Nicolás aparece en cualquier esquina.

El coche seguirá rodando hacia Alemania. Hace mucho frío y la nieve es un encuentro lógico en estas tierras durante el mes de diciembre. A pesar de todo, el Padre trabaja exhaustivamente en las escalas del viaje. Además de las gestiones previstas, observa monumentos, plazas, detalles artísticos. Se empapa del ambiente cotidiano del país. En Colonia, su llegada a la Catedral es obligada. Cuando está en el pórtico, descubre a uno de sus hijos. Alegría y sorpresa. Después de un fuerte abrazo y el inmediato intercambio de preguntas, el Padre no quiere que abandone sus ocupaciones a causa del encuentro. Al volver a casa, le esperarán reunidos.

Ruedan hacia Bonn, ciudad de comienzo para la Obra en Alemania. Nueve meses separan su anterior viaje a esta ciudad, de la fecha de hoy. Siguen con muy pocos medios materiales, pero tienen la alegría de darlo todo por Dios. El Padre ya había augurado una gran abundancia de vocaciones: «la hora de la cosecha ha llegado, ya veréis, para ser sembradores de paz y de alegría en el mundo»’. Ahora les abraza de nuevo y les confirma en su entrega(3).

El viaje de Bonn a Viena será costoso. La niebla es muy espesa y no tienen más solución que pegarse, materialmente, a un coche que conoce mejor la carretera. La capital del antiguo imperio austro-húngaro les recibe con el esplendor de su ambiente serio y elegante.

Hoy, el Padre camina hacia la Catedral de San Esteban. Nada más entrar, a la derecha, hay una imagen de la Virgen María Pótsch.

Ante este icono pintado por Stephan Papp, a cuyos pies el pueblo deja, cada día, flores y cirios encendidos, se arrodilla este 3 de diciembre de 1955. Austria es la puerta de Europa. Hacia el Oriente europeo y más lejos aún, partirán sus hijas e hijos un día no lejano, camino de esas tierras por donde inicia el sol su amanecer. Ellos llevarán la luz dentro del alma. Es relato evangélico que, cuando Cristo vino al mundo, tres personajes importantes, Magos de Oriente, llegaron para adorar al nacido Rey de los judíos. Hoy es Cristo quien ha de caminar en los corazones de sus hermanos los hombres, para devolver su visita a las tierras de Oriente. Ante esta Virgen, el Fundador reza por primera vez una invocación: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! Anotará la frase en su agenda después de celebrar la Santa Misa, al día siguiente, en la Catedral.

Dentro de muy poco tiempo estas palabras se repetirán en muy diversos lugares del mundo; es una súplica afectuosa para que la Señora abra los caminos de la Obra de uno a otro extremo de la tierra.

Años después dirá a un alumno del Colegio Romano, de nacionalidad austriaca:

«Seréis mis hijos austríacos los que deis un buen empujón, desde vuestra tierra, a toda la labor en la Europa Oriental; y, desde otro lado, lo harán mis hijos de Asia, especialmente mis filipinos… A ver si os dais un buen abrazo»(4).

Está soñando hoy el Fundador del Opus Dei. Pero no en empeños inalcanzables. Porque quien abre los caminos es Dios y es su largueza quien da la medida para la andadura de sus hijos. Por eso, porque conoce la magnanimidad del Cielo, les sigue repitiendo: «¡soñad… y os quedaréis cortos!».

Desde Viena, vuelven a Bonn. En el retorno, la niebla ha desaparecido y el viaje es más rápido y fácil. A través de las ventanillas del coche se ven resplandecientes las capas de nieve que cubren los tramos del camino.

El 7 de diciembre está en Bonn. La casa entera se reúne alrededor de la mesa, junto al Padre. No hay apenas utensilios: el que tiene cuchara de sopa no dispone de cubierto para el postre, y viceversa. Monseñor Escrivá de Balaguer se siente a gusto:

«Así hemos comenzado siempre»(5).

Adelante. Espera mucho de estos países en los que ha enterrado el primer germen de amor y de trabajo. Sabe que todo llegará a buen puerto. Ahora, es preciso volver a Roma.

De nuevo el camino. El día 11 el Padre llega a Villa Tevere. Han cruzado veinte fronteras y recorrido miles de kilómetros.

Algún tiempo después, en la Sede Central y en un pequeño oratorio de paredes claras, se pondrá un cuadro que perteneció a doña Dolores Albás, con la advocación: Sancta María, Stella Orientis, filios tuos adiuva!

El Padre dedicará el oratorio a esta Virgen, para encomendar la labor en Oriente y a la memoria del icono de la Catedral de Viena, ciudad-frontera entre las dos Europas.

A través de los montes…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hacia el año 1940, el Padre cuenta a Alvaro del Portillo que había estado pensando en su paisano aragonés San José de Calasanz, un hombre muy santo, a quien maltrataron injustamente logrando desmembrar la orden religiosa de su fundación, que no lograría rehacerse hasta muchos años después de su muerte. Y comenta: «He pensado que me puede ocurrir lo mismo, y desde ahora lo acepto»(9).

Tiene el Padre treinta y ocho años, y en su apasionada entrega a la Obra y a sus hijos ha imaginado lo más doloroso, lo más sombrío que Dios pudiera permitir sobre su vida. Y Alvaro se queda helado ante la aceptación rendida de este casi imposible acontecimiento. Volverá a recordar esta conversación once años más tarde. Estamos en el verano de 1951 y el Fundador lleva varios meses intranquilo. No sabe nada, no le han dado ninguna noticia adversa, pero siente en el corazón la marejada de un peligro que no puede definir. Y le dice a don Álvaro:

-«Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo… »(10) .

Y como no hay ninguna fuerza humana a la que pedir ayuda, recurre, como siempre, al poder del Cielo. Es Ferragosto, hace mucho calor y las carreteras de Italia están llenas de coches. Sin embargo, decide salir el día 14 por carretera hacia Loreto, para estar allí el día 15, y consagrar la Obra a la Santísima Virgen.

Los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz se encuentran en un curso de verano en Castelgandolfo. El Padre llega muy de mañana a verles. Les pide que recen, que acudan a la Virgen, que es Madre de todos y seguridad en cualquier riesgo. Se dan cuenta de que ocurre algo y quieren compartir el peso del Fundador. Ofrecen su trabajo, su vida, su oración, todo… También sus hijas piden a Dios que ayude al Padre.

El día 14 salen de Roma el Fundador y don Álvaro camino de Loreto. El calor es sofocante y la sed se dejará sentir durante todo el trayecto. La carretera corre entre valles, se empina para escalar los Apeninos y desciende, en la última parte, hasta llegar al Adriático.

Según una tradición multisecular, desde 1294 la Santa Casa de Nazaret está en la colina de Loreto, bajo el crucero de la Basílica edificada con posterioridad. Es rectangular, con muros de unos cuatro metros y medio de altura. Una pared es de factura moderna, pero las otras, desprovistas de cimientos, ennegrecidas por el humo de los cirios, son originales. Su estructura y la formación geológica de los materiales no tienen parecido alguno con los caracteres de la antigua arquitectura de la zona: es perfectamente análoga a las construcciones que se realizaban en Palestina hace veinte siglos: sillares de piedra arenosa, que utilizaban la cal como elemento de unión.

El Santuario se apoya sobre una loma cubierta de laureles -de ahí el nombre-, brillando al sol. Aparcan en la plaza Central y el Padre sale rápidamente del coche. Durante quince o veinte minutos, le pierden entre la gente que llena la Basílica. Al fin sale, después de saludar a la Virgen, sonriente y animoso. Son las siete y media y hay que volver a Ancona para pasar la noche.

A la mañana siguiente, antes de que el sol se deje caer con aplomo, vuelven a la carretera. A pesar de lo temprana que es la hora, el Santuario está repleto. El Padre se reviste en la sacristía y avanza hacia el altar de la Casa de Nazaret para celebrar la Misa. El pequeño recinto está atestado y el calor es sofocante.

Bajo las lámparas votivas, quiere oficiar la Liturgia con toda devoción. Pero no ha contado con el fervor de la muchedumbre en este día de fiesta:

«Mientras besaba yo el altar cuando lo prescriben las rúbricas de la Misa, tres o cuatro campesinas lo besaban a la vez. Estuve distraído, pero me emocionaba. Atraía también mi atención el pensamiento de que en aquella Santa Casa -que la tradición asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José-, encima de la mesa del altar, han puesto estas palabras: Hic Verbum caro factum est. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios»(11).

Durante la Misa, sin fórmula alguna pero con palabras llenas de fe, el Padre hace la consagración de la Obra a la Señora. Y, después, hablando en voz baja a los que están a su lado, vuelve a repetirla en nombre de todo el Opus Dei:

«Te consagramos nuestro ser y nuestra vida; todo lo nuestro: lo que amamos y somos. Para ti nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos (…).

Y para que esta consagración sea verdaderamente eficaz y duradera, renovamos hoy a tus pies, Señora, la entrega que hicimos a Dios en el Opus Dei (…).

Infunde en nosotros amor grande a la Iglesia y al Papa, y haznos vivir plenamente sumisos a todas sus enseñanzas»(12).

El Padre ha salido de Roma visiblemente cansado. Pero, al volver, parece renovado. Como si todo obstáculo acabara de pulverizarse en el camino de Dios. Hace unas semanas que ha propuesto a sus hijos una invocación dirigida a la Madre de Jesús; a partir de este día la repetirán para que haya continuamente almas que estén pidiendo a Santa María su protección para las dos Secciones: “Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, ¡prepáranos un camino seguro!

Las rutas del Opus Dei siempre estarán precedidas por la sonrisa y el amor de la Virgen. Una vez más, el Fundador se ha movido en las coordenadas de la fe. Pone los medios humanos, pero confía en la intervención decisiva de lo alto.

«Dios es el de siempre. -Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura».

“Ecce non est abbreviata manus Domini” -¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido !(13)

Y la Virgen, aquel día caluroso de agosto, escucha al Fundador y atiende su petición.

Por estas fechas, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán -murió poco después en olor de santidad- en una visita que le hacen dos miembros de la Obra, les pregunta:

-«¿Cómo está el Padre?».

-«Muy bien», le contestan.

-«¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?».

-«Pues si es así, estará muy contento, porque siempre nos ha enseñado que, si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús»(14)

Don Juan Udaondo, que es quien ha llevado toda la conversación, escribe inmediatamente al Padre. No le asusta al Fundador, efectivamente, la Cruz. Ha repetido muchas veces que «el camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza.In laetitia, nulla dies sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz»(15)

Más tarde, en enero de 1952, de nuevo el Cardenal Schuster hará llegar la voz de alarma al Padre:

«Decidle que se acuerde de su paisano, San José de Calasanz, y… que se mueva»(16).

El Padre rememora la historia de este santo aragonés.

También aquel hombre había nacido en el Somontano; también llevaba en la sangre la férrea decisión de servir a Dios, según su alta inspiración, sin acepción de sufrimientos ni contradicciones.

El Fundador se entera de que existen ciertas maniobras con la finalidad de apartarle de la Obra y dividirla en dos diferentes Instituciones: una de hombres y otra de mujeres, separadas de la unívoca dirección del Fundador. Con santa valentía protesta y pone todos los medios, porque sabe que esta idea contradice la Voluntad de Dios. Pone en sus argumentos toda la voluntad y la fuerza de su temperamento, pues tiene la determinación de cumplir los designios divinos y espera en la poderosa intercesión de la Virgen, a quien ha acudido en busca de ayuda.

Pronto la situación se aclara y la Obra, intacta, sigue su camino. Monseñor Escrivá de Balaguer hace colocar, junto a su cama, un pequeño cuadro con la imagen de José de Calasanz:

«Había un gran santo (…). Era español, aragonés, pariente mío por parte de mi padre y de mi madre. Vivió muchísimos años aquí, en Roma, donde le hicieron sufrir mucho. La vida suya es un encanto (…).

Pues este hombre murió muy viejo, a los noventa y tantos años, sirviendo a los pobres de los barrios extremos, habiendo padecido toda clase de calumnias y de injurias. Lo llevaron a la Inquisición cuando era muy anciano -con toda solemnidad, por supuesto-, para que fuera ludibrio de la gente de la calle. Llegó al Santo Tribunal y, mientras lo estaban juzgando, se durmió. Tenía paz en su conciencia (…).

Pues él decía: si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde (…).

Llega un momento en el que a uno no le importan nada todas las cosas de la tierra (…), pero para esto hay que hacer ese desprendimiento » (17).

Por eso, porque no busca nada más que la gloria de Dios, igual que su paisano, recibe, una vez más, la respuesta afirmativa del Cielo.

Una lápida que se alza en Villa Tevere conmemora, con palabras de fe y unidad, estos acontecimientos:

«Cuando estas casas se alzaban en servicio de la Iglesia a fuerza de una abnegación mayor en cada jornada, permitía el Señor que de fuera vinieran duras y ocultas contradicciones, mientras el Opus Dei, consagrado al Corazón Dulcísimo de María el XV de agosto de MDCCCCLI, y al Corazón Sacratísimo de Jesús el XXVI de octubre de MDCCCCLII, firme, compacto y seguro se fortalecía y dilataba. Laus Deo”».



En la ciudad de los Papas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La nueva etapa que comienza es decisiva. En el oratorio de Cittá Leonina, el Padre prolonga muchas veces su oración por el Papa hasta la madrugada, junto a las ventanas desde las que pueden verse encendidas las luces del Palacio Apostólico. Es. un modo de mostrar su intenso amor al Pontífice, su absoluta oediencia y disponibilidad ante la decisión de la jerarquía, su fe inquebrantable en que las obras de Dios no tienen más remedio que abrirse camino en el corazón de la Iglesia.

Pero el Fundador de la Obra no ha improvisado esta fe y este amor en el momento crucial de su llegada a Roma. Desde sus tiempos de sacerdote recién ordenado, en su múltiple labor asistencial cerca de las camas de enfermos y moribundos, en las catedrales y ermitas, y en las breñas del Pirineo con una roca por ara de altar, siempre ha sorprendido por su fe, su enorme piedad y confianza. En especial cuando reza las palabras del Credo, durante el Sacrificio de la Misa: aquellas que confiesan irrevocablemente la adhesión a una Iglesia y a un Pontífice, la fidelidad al representante único de Cristo entre los hombres.

«Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro»(12).

Este cariño, enraizado en la más honda convicción sobrenatural, refleja un modo afectuoso de sentir, de hacer entrañable y humana su devoción por la figura del Vicario de Cristo:

«Durante años, por la calle, todos los días, he rezado una parte del Rosario por la Augusta Persona y por las intenciones del Romano Pontífice. Me ponía con la imaginación junto al Santo Padre, cuando el Papa celebraba la Misa; yo no sabía, ni sé, cómo es la capilla del Papa, y, -al terminar mi rosario, hacía una comunión espiritual, deseando recibir de sus manos a Jesús Sacramentado.

No os extrañe que me den una santa envidia aquellos que tienen la fortuna de estar cerca del Santo Padre materialmente, porque pueden abrirle el corazón, porque pueden manifestarle la estimación y el cariño»(13)

Esta fidelidad irá siempre unida a la representatividad como Vicario de Cristo, más allá de una personalidad humana concreta. San Pío X es uno de los santos invocados constantemente como intercesor en el Opus Dei. Cuando se termine de construir la Sede Central, en el oratorio donde el Padre va a celebrar habitualmente la Santa Misa, habrá un reclinatorio muy sencillo, de madera de nogal pulimentada y gastada por el paso de los años. San Pío X lo utilizó mientras fue Patriarca de Venecia. Una pequeña placa de plata, adscrita al frontal del reclinatorio, da constancia de este hecho: “Ab anno 1894 ad annum 1903 híc orabat Ioseph Card. Sarto, Patriarcha Venetiarum, Pius Papa X”(14)

La familia de este Pontífice, conocedora del cariño que la Obra siente por su persona y por sus hechos, decidió regalarlo la víspera de la Epifanía de 1972. Cuando el mueble llegó a su poder, el Padre lo besó piadosamente y lo mandó colocar en el oratorio de la Santísima Trinidad, frente al sagrario. Esta reliquia, que fue testigo mudo de tantas oraciones, había de ser también observador, a partir de entonces, del amor y devoción del Fundador por la cabeza visible de Cristo en la tierra.

De las relaciones filiales con los Pontífices que ha conocido personalmente a lo largo de su vida, dejan constancia estas palabras del Padre:

«No puedo olvidar que fue S. S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía a más de uno una herejía; como tampoco se me olvida que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma, en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini. Tengo también muy grabado el encanto afable y paterno de Juan XXIII, todas las veces que tuve ocasión de visitarle»(15).

El 16 de julio de 1946, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido por Pío XII en una primera entrevista oficial para hablar, con todo detalle, de este camino que Dios le ha inspirado. Una vocación divina que desea la bendición del «dulce Cristo en la tierra», como diría Catalina de Siena, para servir a la Iglesia por todos los países del mundo.

Años más tarde, S. S. Pío XII comentará ante el Cardenal Norman Gilroy, de Sidney (Australia), que estaba profundamente impresionado por una reciente visita de Monseñor Escrivá de Balaguer: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestro tiempo»(16).

El 5 de marzo de 1976, el Sumo Pontífice Paulo VI dirá a Monseñor Alvaro del Portillo que considera al Fundador del Opus Dei como uno de los hombres que ha recibido más carismas y ha correspondido con más generosidad a esos dones. Durante muchos años, Pablo VI había usado «Camino» para su propia meditación personal.

Y el Cardenal Albino Luciani, que cruzará las cancelas de la Capilla Sixtina para ser nominado Papa con el nombre de Juan Pablo 1 el 26 de agosto de 1978, había escrito acerca del Fundador de la Obra:

«¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuerpo limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975, a los 73 años (…).

Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes (…). La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario: sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad»(17).

Y hombres de la Curia Romana, como el Cardenal Sebastiano Baggio, que fue Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos:

«A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su Fundador -o quizá por eso mismo-, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histórico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucionaria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de la Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del Fundador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos -y así debe ser- como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo»(18).

Es el lógico decantamiento histórico sobre los hombres y los hechos que han permanecido inquebrantables en su lealtad a Dios y a la jerarquía de la Iglesia.

Pero hoy, en la pequeña terraza de Cittá Leonina, el Padre rompe la madrugada con su oración esperanzada, junto al Vicario de Cristo.

Sobre el mar

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El día 21 de junio de 1946 el Padre embarca en el J.J. Sister a primera hora de la tarde. Es un viejo barco con una placa que recuerda los años marineros que ha vencido su casco: 1896. Es decir, que lleva medio siglo de brega con las olas. Cubre la línea regular Barcelona-Génova y, a pesar de los buenos oficios de la Compañía Transmediterránea, no se ha podido encontrar más que un camarote interior para que el Fundador vaya a Italia. José Orlandis, que ha regresado a España a finales de mayo, le acompañará en esta travesía. Cuando el barco inicia la maniobra y enfila la salida del puerto, un pequeño grupo de hombres despiden, con una oración, la estela de su popa.

Desde la víspera, sopla un fuerte viento del norte -la tramontana- que hoy se ha hecho más violento. El camarote es mínimo, con dos literas. Al llegar al Golfo de León un furioso temporal sacude a la nave durante casi veinte horas. Desde el camarote se oyen rodar, de un sitio a otro, los muebles de la cámara superior y hacerse añicos buena parte de la vajilla en el comedor. Las olas barren literalmente la cubierta. El Padre lo pasa muy mal en este su primer viaje marítimo; no podrá descansar un solo instante en toda la noche. Pero en ningún momento pierde el buen humor. Cuando el barco se coloca en posiciones inverosímiles por la fuerza del viento y del agua, comenta:

-«¿Sabes lo que te digo? ¡Pues que si nos vamos al fondo y nos comen los peces, Perico Casciaro (…) no vuelve a probar la pescadilla en toda la vida! »(9).

-«¡Hay que ver de qué manera el diablo ha metido el rabo en el Golfo de León! Está visto que no le hace ninguna gracia que lleguemos a Roma! » (10).

A primera hora de la tarde del sábado todo amaina, y pueden subir un rato a cubierta. Es un alivio respirar algo de aire marino después de tantas horas de encierro. Sólo ahora el Padre podrá tomar un café con galletas, como único alimento durante toda la travesía.

Después de sortear, incluso, una de las numerosas minas que bogan perdidas como residuo de la guerra, el J.J. Sister llega a Génova ya muy entrada la noche del sábado 22 de junio. En el muelle, don Alvaro y Salvador esperan desde hace muchas horas.

-«¡Aquí me tienes (… ); ¡ya te has salido con la tuya!»(11)

Es lo primero que dice, lleno de cariño y con un gran abrazo, a su hijo Alvaro.

Al día siguiente, domingo, celebra su primera Misa en suelo italiano. Don Alvaro oficia el Santo Sacrificio, también, en una capilla lateral de la misma iglesia.

El viaje de Génova a Roma transcurre sin la menor novedad. Está cayendo aún el crepúsculo sobre Roma -son las nueve de la tarde- cuando, en un recodo de la Vía Aurelia, aparece recortada en el horizonte la Cúpula de San Pedro. El Padre se conmueve visiblemente y reza, en voz alta, paladeándolas despacio, las palabras del Credo.

Poco después, llegan al piso que don Alvaro ha alquilado en la Piazza di Cittá Leonina, junto al Vaticano. Suben la escalera de mármol hasta el ático y entran en el vestíbulo. En un ángulo, un velador con varios asientos da la bienvenida de modo acogedor. El oratorio es pequeño, pero ha sido instalado con amor y dignidad. El comedor se asoma a la Plaza de San Pedro por una galería corrida: a la derecha se alzan los Palacios Apostólicos y, muy cerca, se ve la ventana iluminada de la Biblioteca privada del Papa.

Aquí viven, adaptándose a las reducidas dimensiones del inmueble, Salvador Canals, Ignacio Sallent y Armando Serrano.

Esta primera noche, el Padre no se acuesta. Sentado en la galería, frente a la Basílica de San Pedro, pasará en oración sus primeras horas romanas. Desde la oscuridad se abre, con la oración del Padre, un nuevo capítulo de la historia de la Obra.

Hoy, una vez desguazado el J.J. Sister, se conservan en Diego de León, en Madrid, la rueda del timón y bitácora con la aguja que señala su rumbo camino de Roma; esa ruta difícil que era, sin embargo, el camino de Dios.

Caminos de Andalucía y de Castilla

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un buen día de abril el Padre emprende de nuevo la ruta del sur de España. El Miércoles Santo de 1945 salen con él, camino de Andalucía, don José Luis Múzquiz y Jesús Alberto Cajigal. Van en un coche que conduce Miguel Chorniquet. Su primer motivo es impulsar la instalación de las Residencias para universitarios de Sevilla y Granada. Además, visitarán a los Obispos de diversas ciudades. Siempre el Padre tendrá una gran deferencia con la jerarquía eclesiástica. Llegan casi de noche a la ciudad del Guadalquivir, que se encuentra abarrotada de gente por las festividades de la Semana Santa. Habrán de hospedarse en Alcalá de Guadaira, pero antes compartirán el fervor espontáneo de las procesiones. Años más tarde, el Fundador cuenta aquella experiencia junto a los sevillanos:

«Hace muchos años, casi treinta, vine a Sevilla por Semana Santa. Salí a la calle cuando ya andaban las cofradías por ahí… Y cuando vi toda aquella gente, aquellos piadosos hombres que iban en las procesiones acompañando a la Virgen, pensé: esto es penitencia, esto es amor. Era muy hermoso. Luego, cuando vi… no sé qué paso era, no recuerdo qué imagen de la Virgen… Lo de menos eran las joyas, las luces… Lo importante era el amor, las saetas, los piropos: ¡todo!

Estaba allí mirándola, y me puse a hacer oración… Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo:

-”Padre cura, ésta no vale ná; ¡la nuestra es la que vale!”.

De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé: tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aunque me gusten todos, también digo: éste, éste es el bueno»(15).

Al día siguiente, jueves Santo, visitan un edificio situado en la calle de Canalejas. Allí está ya, para enseñárselo, Javier de Ayala. Al Padre le gusta. Aquello se convertirá, en breve plazo, en la Residencia “Guadaira” de Sevilla.

Continúan el viaje sin pausas. Saludan al Obispo de Cádiz. Hoy les acompaña Vicente Rodríguez Casado. Por la tarde, maravillosa tarde de abril andaluz, con el aire inundado de jazmines, llegan a Algeciras. Desde las costas de Tarifa se ve la linea africana. El paisaje, deslumbrante de luz, es bellísimo. El Padre da paso a un pensamiento hondo que le desborda y hace un solo comentario:

-No es posible que la Gracia de Dios no llegue hasta allí(16).

Años más tarde, como respuesta a su deseo, Kenia, Nigeria y muchos otros países del viejo continente Africano acogen el espíritu de la Obra. Un número elevado de hijas e hijos suyos pregonan, con el color de su piel, el origen de su raza.

En este itinerario andaluz pasan por Málaga y se detienen brevemente. Se acercan a Granada; hacia allá ruedan durante varias horas. La ciudad transpira primavera y deja entrever sus «carmenes» entre cipreses, palmeras y arrayanes. Sube el Padre, calle arriba.

Sus hijos han buscado varias casas para montar la Residencia de estudiantes, pero les gusta especialmente el «Carmen de las maravillas». Se encuentra en el Albayzín, no lejos de las Facultades universitarias, aunque hay que jadear bastantes cuestas al regresar, ya que los accesos no son buenos. En el barrio pululan los niños, entre un rumor que canturrea o grita según la hora del día.

Desde arriba se ve la blanca y mora ciudad envuelta por la Vega. Al otro lado, la sierra y el mágico silencio de La Alhambra. El Padre se siente atraído por el lugar y les anima. No deben preocuparles las distancias ni la escasez de medios materiales. El «Carmen de las maravillas» se convertirá en la nueva Residencia. Además, les augura que se llenará muy pronto y que de ahí saldrán vocaciones para el Opus Dei: esta frase, cuando se está comenzando en todas partes, parece un sueño lejano, irrealizable. Sin embargo, Dios es quien pone el incremento.

Siguen viaje hasta Almería. El Domingo de Resurrección, el Fundador celebra la Misa de Pascua en la catedral junto al pequeño grupo que le acompaña. Sin apenas descanso, pasan por Murcia y continúan, carretera adelante, hacia Madrid.

En julio de 1945, se instala “Molinoviejo” en el término de Ortigosa del Monte, provincia de Segovia. Es una casa de campo, rodeada de pinos que, muy aprovechada, puede albergar un buen grupo de personas. Unos parientes de don José María Hernández de Garnica la ceden en arrendamiento. El Padre vuelca de nuevo su interés y cariño en este lugar, que con los años se transformará en casa de retiros; un Centro en el que residirán, alternativamente, hombres o mujeres, jóvenes y adultos: todos los que buscan la paz y el silencio de unos días para un mejor encuentro con Dios; para una rectificación verdadera y eficaz de su vida cristiana. También se monta una escuela de promoción social para las campesinas de los alrededores.

Molinoviejo, con su ermita, su crucero, que labran unos artesanos gallegos, las grandes vigas que apuntalan la techumbre y el recio suelo de roble, se convertirá en lugar de predilección y desarrollo para el Opus Dei. Con el tiempo, los álamos, el pinar, el cielo que asoma detrás de la montaña segoviana serán testigos de fidelidad, de esperanza, de caminos divinos abiertos a lo largo de la tierra. La Anunciación de María ocupa el retablo del oratorio, recogido, propicio a la oración. El silencio sólo está cortado por el agudo concierto del aire que mueve las agujas de los pinos. En la ermita, desde que comienza a utilizarse la finca en 1945, está entronizada una imagen de María con dos siglos de antigüedad. Se halla en mal estado, pero será restaurada en 1947. La Virgen es de madera policromada, sedente y con una gravedad dulce que proclama escuela castellana. Tiene el Niño descalzo en los brazos. Molinoviejo guarda secuencias inolvidables en la historia de la Obra.

Una vez restaurada la ermita, se ha conservado un recuadro con las primitivas losas rojas que formaban el suelo. El 24 de septiembre de 1946 el Fundador indicará que, con el artesonado de madera retirado a causa del deterioro sufrido por el tiempo, se hagan pequeñas cruces para entregar a las primeras vocaciones de cada país. Es como abarcar la tierra con el único e irrompible eslabón de amor: la Cruz de Cristo. Y es también la perennidad del espíritu del Opus Dei transmitido del primero al último, del inmediato al antípoda.

Cada rincón de la casa recogerá motivos entrañables. Sobre la viga que cruza el cuarto de estar, aquella frase de Virgilio: Deus nobis haec otia fecit: erit ille nobis semper Deus, que el Fundador de la Obra traducirá en un lenguaje familiar: «Dios nos ha dado este lugar de descanso; para nosotros El será siempre (…) nuestro Padre Dios»(17). Las Universidades del mundo, pintadas en la pared del comedor, como una llamada universal al esfuerzo, al trabajo y a la ciencia para Dios. Y los borricos mansamente dibujados en un muro exterior, tirando de una noria cotidiana, con la alegría de su fiel y nada ostentosa utilidad. Lugar de oración, de serenidad. De proyectos con anverso sobrenatural. Con noble reverso humano.

Junto a la entrada, campea el repostero que confeccionarán las primeras mujeres de la Obra que llegan a la casa: un águila con las alas desplegadas, a medio camino entre las rocas y las nubes. Y un fragmento de San Juan de la Cruz, que explica el simbolismo:

«esperé sólo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto
que le di a la caza alcance… » (18).

También se abrirá, en septiembre, la Residencia de estudiantes de Abando en Bilbao. Y, a la vez, Zurbarán, la primera Residencia Universitaria femenina, en Madrid. La Sección de mujeres de la Obra se ha hecho cargo de un edificio de dos plantas, situado en el número 26 de la calle de Zurbarán. Tiene posibilidades iniciales para veinticinco plazas. No obstante, la cabida del futuro Colegio Mayor es bastante elástica, en función de las necesidades y de la capacidad de reducir espacios ocupados por parte de las personas del Opus Dei.

El Padre sigue muy de cerca la instalación de estos Centros, que sirven de base para el apostolado personal que cada miembro de la Obra realiza con sus compañeros y amigos. Junto a los proyectos materiales, que requieren un enorme esfuerzo, antepone siempre el espíritu, la norma de vida y de amor que debe presidir todo trabajo. Le importa la santidad, le interesa la alegría cerca de Dios. Jamás ha tenido ambición de brillar. Camina al paso que le marca Dios. Pero sólo para llevarle almas; sólo para elevar las nobles actividades de la tierra con la dimensión evangélica de Cristo.

También a Zurbarán llegan algunos muebles de doña Dolores Albás para instalar el salón: sofá y sillones de madera oscura tapizados en rosa viejo; una vitrina con diversos objetos; un cuadro de la Abuela en su infancia. Y una lámpara de techo con buena iluminación.

En la escalera de entrada, a la izquierda, se encuentra el despacho de dirección. Una mesa de escritorio, un tresillo y el tríptico pintado al óleo que había servido de retablo al oratorio de la casa de Jorge Manrique 19. Un gran armario con libros cubre todo un lateral.

El oratorio está en la primera planta y llena su pared frontal con una pintura de la Inmaculada. Cerca de la puerta de acceso, una Cruz bajo cuyos brazos se acogen frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, et communicatione fractionis panis, et orationibus (19): Perseveraban todos en la doctrina de los Apóstoles, en la fracción del pan y en la oración.

En el semisótano, el comedor y la zona de Administración. La fachada posterior comunica con un patio amplio y silencioso. Junto a las ventanas de la cocina crecen las ramas de una adelfa.

La odisea económica de este Centro será de orden similar a la de cualquier comienzo, y está sembrada de múltiples anécdotas. El común denominador es la penuria del momento. Zurbarán vive prácticamente del crédito. Las facturas se acumulan y sólo gracias al trabajo profesional intenso, a la ayuda de algunas personas y a una confianza sin límites mantiene su funcionamiento.

La tarea de formación humana y sobrenatural que aquí se lleva a cabo será importante: un elevado número de mujeres pide la admisión en la Obra y otras muchas reciben un fuerte impulso en su vida cristiana, en este Centro del Opus Dei. Pero lo principal no es la Residencia. El Opus Dei no es un espacio concreto al que acercarse: es la presencia diaria, en la calle, de cada uno de sus miembros. Si las primeras mujeres de la Obra viven en los Centros que acaban de estrenarse es por una necesidad inmediata de orden, de dirección y formación. Muy pronto habrá personas que han de permanecer en su ambiente familiar, en los niveles sociales más diversos. Una idéntica vocación anima a todas. Solamente cambian las circunstancias.

Van adelante con la certeza sobrenatural de que la Obra es un imperativo de Jesucristo y no hay dificultad, incomprensión o freno que pueda detenerla en su camino.

Dios y audacia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cae sobre Madrid el invierno de 1933. La casa de Martínez Campos se ha quedado pequeña para las reuniones del Padre, y urge buscar un local más amplio. Y en el mes de diciembre, cuando se acerca la Navidad, alquilan un departamento en el número 33 de la calle de Luchana. Es el entresuelo de un edificio situado en la confluencia de las calles Luchana y Juan de Austria. Aquí se va a instalar la Academia “DYA”, con clases programadas para estudiantes universitarios. El título sugiere la dedicación a Derecho y Arquitectura. Sin embargo, todos traducen el nombre, en privado, como «Dios y Audacia».

Falta hace esa confianza, porque los medios materiales con que cuentan para el montaje y sostenimiento del piso son prácticamente nulos. Pero la fe que comunica el Padre es absoluta. Se alquila el inmueble a nombre de Isidoro Zorzano, y unos días más tarde campea sobre la puerta una placa de bronce con el nombre de la Academia. Los chicos que acuden a ella aportarán, además de su entusiasmo y trabajo, todo objeto material que pueda resultar de utilidad. Don Josemaría se lleva algunos muebles de la casa de su madre y unas cuantas cosas más que le ha dado una buena amiga de la familia.

Cada día, cuando el Padre sale camino de Luchana, su hermano Santiago mete las manos en los bolsillos de la sotana y le pregunta: -«¿Qué te llevas a tu nido?»(4). Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer comentaría: «Eso mismo hemos hecho después todos: traer a nuestro “nido” lo que podíamos, para servicio de Dios, para construir nuestro pequeño hogar en cada sitio. ¡Tantos hogares que son uno solo!, como somos muchos corazones y tenemos un solo corazón, una sola mente, un solo querer, una sola voluntad».

Esos muebles y objetos que proceden de la generosidad de muchas familias, «contribuyen a dar reposo a nuestros ojos cansados y a hacer más entero el calor de nuestro hogar cristiano»(5).

A pesar de todo, las dificultades económicas son continuas. Y también los favores y oportunidades que Dios brinda a este puñado de gente joven, decidida a confiar plenamente en el apoyo sobrenatural que deshace los obstáculos.

Un día no hay dinero para el teléfono y otro, cualquiera, para el alquiler. En una de estas situaciones, es la factura de la luz la que llama, reiteradamente, a la puerta de la casa; pero no hay el menor recurso para solventarla. El Padre lo toma con la serenidad habitual. A la mañana siguiente está sentado en su despacho de Santa Isabel, revisando papeles. Hay, entre ellos, un sobre deteriorado y vacío, que rompe y tira a la papelera. Pero, en el momento de arrojarlo, parece ver que algo asoma en su interior. Recoge los dos trozos y se cerciora de que, efectivamente, hay un billete de veinticinco pesetas. Inútil explicar cómo ha podido ir a parar allí. La factura que abruma el pequeño piso de Luchana acaba solucionándose.

Esta confianza en lo sobrenatural y sus consecuencias permanentes, prende con fuerza en los que han entendido la honda raíz de fe que tiene el Padre. Y contagia el ambiente de un tesón difícil de quebrantar.

Ricardo Fernández Vallespín relata que el 5 de enero de 1934 el Fundador se reunió con dos sacerdotes y tres profesionales de la Academia “DYA”, que encontraba, una vez más, fuertes dificultades económicas. Presentó a los asistentes a la reunión posibles planes para el futuro. Los dos sacerdotes opinaron que lo mejor era cerrar el piso, ya que era una locura mantenerlo abierto sin recursos. Era como « tirarse de un aeroplano sin paracaídas». En cambio, el Padre concluyó que para el comienzo del curso 1934-35, además de la Academia, debía instalarse una Residencia de estudiantes, en una casa más grande. Por eso escribió luego en «Camino», aludiendo sin duda a ocasiones como ésta: «No hagas caso. -Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. ¡Adelante, audacia!»(6)

Para hacer frente a este desembolso cuenta con algunas personas capaces de entender su tarea. En diversas ocasiones el Fundador se referirá a una mujer generosa, que regaló varios objetos para la Academia “DYA”. «Me envió un reloj para la primera labor apostólica que comenzamos, diciéndome: Padre, que no se lo coman… E hizo bien; si no, nos lo hubiéramos comido, como ha sucedido en ocasiones con otras cosas.

Teníamos una gran lucha para conseguir un reloj (…). Cuando habíamos reunido el dinero necesario para comprarlo, surgían necesidades más perentorias y debíamos gastarlo para poder comer»(7).

De la generosidad de ésta y otras personas que tuvo la oportunidad de conocer a lo largo de su actividad sacerdotal, hablará el Fundador, mucho tiempo más tarde, durante un viaje por los países de América:

«Ese sacerdote, hace muchos años, tenía que trabajar y carecía de medios; y fue a una persona muy rica, después de rezar mucho. Aquella persona lo recibió con una amabilidad extraordinaria, porque además era muy atenta y educada. Pero cuando el sacerdote sacó el “sable” -no era militar, pero tenía que dar un “sablazo” pensó: ésta se va a asustar. ¡No se asustó! Aquella santa mujer le dijo: Padre, venga. Le llevó a un salón, movió un cuadro; detrás había una caja de caudales. Abrió, sacó lo que había, se lo dio al sacerdote. Y el sacerdote -muy convencido; está tan convencido ahora de que hizo muy bien, de que salió ganando ella- le dijo: tú me has dado todo lo que tienes, en este momento. Yo te doy, ¡todo lo que tiene Dios! De rodillas. Se arrodilló: la bendición de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ti y permanezca para siempre. ¡Se quedó más contenta aquella criatura… ! Y se ha encontrado su dinero en el Cielo, multiplicado por cien… y la vida eterna»(8).

No les sorprende, por tanto, que el Fundador otorgue mucha importancia a los temas que se refieren al espíritu, y escasa, en cambio, a las dificultades materiales por insolubles que parezcan. Les pide, desde el primer día, que estén unidos en el amor de Jesucristo; que pongan esa bendita fraternidad por encima de todo interés personal, de toda cuestión opinable; se comparte cuanto afecta a la vida y opción de cada uno, pero con el infinito respeto y libertad que han aprendido del Fundador. Para recordarles siempre este precepto, en el piso de Luchana se cuelga un cartel de pergamino donde el Padre ha hecho escribir la frase evangélica: “Mandatum novum do vobis: Ut diligatis invicem, sicut dilexi vos, ut et vos diligatis invicem. In hoc cognoscent omnes quia discipuli me¡ estis, si dílectionem habueritis ad invicem”: Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros(9).

Después de la destrucción de la Residencia de Ferraz durante la guerra civil española, el Padre visitará las ruinas. Entre los escombros, junto a muy pocas cosas más, encuentra un pergamino igual que el de Luchana, que se había hecho para la nueva Residencia. Como si el Señor quisiera reafirmar así en el Opus Dei esta característica primordial del cristianismo: la fraternidad.

El piso de Luchana funciona como Centro cultural y de enseñanza. Además de las clases de temas profesionales, se organizan algunos ciclos de formación religiosa y apologética que imparte un sacerdote amigo de Monseñor Escrivá de Balaguer: don Vicente Blanco. Pronto se prestigian y atraen a un buen número de estudiantes universitarios hacia el ambiente de cordialidad, alegría y convivencia que existe en la Academia, aun en medio de la inestabilidad que sacude a todo el país.

Pero lo más importante de Luchana para los miembros del Opus Dei es la posibilidad de aumentar el trato con el Padre, ya que, a pesar de la intensa labor sacerdotal que sigue desarrollando en Madrid, pasa muchos ratos con sus hijos. Su ejemplo es ya formación. A su lado sienten ganas de ser mejores, más fieles a su vocación, más apasionados de la Obra de Dios.

El despacho del Fundador tiene una mesa-buró pequeña, una lámpara y dos o tres asientos. Sobre una pared hay una cruz de palo, sin crucifijo. Cerca, un reclinatorio. En la sala de estudio, presidiendo la habitación, el Padre ha puesto un cuadro de la Virgen confeccionado con una hoja de catecismo sucia y pisada que encontró por la calle. La misma que presidió aquella reunión con estudiantes en el asilo de Porta Coeli.

En medio de la escasez, la casa tiene el buen gusto y el aspecto acogedor que el Fundador sabe imprimir a los lugares por donde pasa. No es fácil conseguir ayuda económica en estos momentos para una Academia porque las huelgas merman la economía y hay crisis a todos los niveles. La mayoría de los que acuden al piso de Luchana son estudiantes que disponen de muy pocos medios.

El peso de la responsabilidad cae sobre el Padre, que sigue buscando ayuda entre personas conocidas, unas veces con mejor fortuna que otras. Pero, sobre todo, sostiene este pequeño comienzo del Opus Dei con oración y mortificación intensas. Llega por la tarde muy cansado pero, con afecto y paciencia, escucha a cada uno. Reparte ánimo, amor de Dios, servicio, alegría.

Todavía recuerdan aquellos hombres el apasionamiento con que les impulsa a soñar con el mundo rodeado por una red, tejida con vínculos de fraternidad, de amor, para ponerlo a los pies de Cristo. De arder en afán apostólico para pegar este fuego a todas las almas, con el ejemplo y la palabra; sin respetos humanos. Hablar de Dios a los hombres, uno a uno, preparando el camino hacia su corazón con la complicidad del Cielo, en la oración y la penitencia.

Este sacerdote que, desde antes de cumplir los veintiséis años, ha repetido la frase: «Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?»…, ha encontrado a los que ayudarán a propagar el incendio. Y acompaña sus palabras con noches enteras de oración, y con penitencia durísima que, a pesar de la naturalidad con que se oculta, no pasa inadvertida a quienes le rodean.

Rector del Real Patronato

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La Orden de las Agustinas de la Visitación data de 1589. Tenían el primitivo convento muy próximo al Corral de la Pacheca, lugar poco adecuado para su retiro. Una Real Orden de Felipe III les cede la sede que aún hoy ocupan.

Esta Fundación de Patrimonio Real tiene, en 1931, una amplia iglesia barroca con crucero y cúpula octogonal. Sobre el altar descansa un valioso tabernáculo, decorado por cuadros de Palomino que representan al Divino Pastor, San Pedro y San Pablo, entre doradas tallas, figuras angélicas policromadas y una cúpula sobre la que camina un San Juan niño. El retablo está ocupado por un lienzo de la Inmaculada de Ribera. Hay, además, una capilla interior con esculturas, objetos piadosos y relicarios de gran valor material e histórico. En las salas de Comunidad existen lienzos de espléndida categoría artística. Allí están las firmas de Claudio Coello, Cerezo, Agüero y Ribera. La mayor parte desaparecerá en los incendios provocados por el Frente Popular en 1936. Algunas obras de arte, milagrosamente salvadas, serán custodiadas de nuevo por la propia Comunidad.

El Patronato de Santa Isabel -que durante la República pierde el apelativo «Real» que hacía referencia al patronazgo de Felipe III- está compartido por dos Comunidades de actividad y vocación diversas: las Religiosas Agustinas Recoletas, de clausura, y las de la Asunción, dedicadas a la enseñanza.

Don Josemaría irá a celebrar la Santa Misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel, a las ocho de la mañana. Antes y después del Sacrificio, ocupará el confesonario. Atenderá espiritualmente a las religiosas enfermas y volcará su piedad, su alegría natural y sobrenatural sobre todas aquellas almas entregadas al servicio de Dios en momentos difíciles para cualquier forma de confesionalidad religiosa.

Con mucha frecuencia, se le puede ver arrodillado en el reclinatorio del presbiterio, haciendo su oración delante del sagrario. Otras veces llega acompañado de muchachos jóvenes, y reza con ellos.

También vienen por esta iglesia grupos de chicas que van a confesarse y a poner su vida espiritual en manos de este sacerdote. La Obra, en sus comienzos, encontrará cobijo material en estos lugares de oración, donde su Fundador reza intensamente y donde vuelca su trabajo sacerdotal(3).

En la primavera de 1934 don Josemaría se traslada a la vivienda que existe a disposición del capellán del Convento de las Agustinas Recoletas de Santa Isabel, con doña Dolores, Carmen y Santiago. La casa pertenece, por derecho, al cargo que desempeña don Josemaría Escrivá de Balaguer.

El 11 de diciembre de 1934 es nombrado oficialmente Rector del Patronato de Santa Isabel por el Presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora. El nombramiento se ajusta a las normas del Decreto publicado en el Boletín Oficial del Estado del 19 de diciembre del mismo año. Hasta el advenimiento del nuevo régimen republicano, el cargo lo asignaba el Obispo de Sión y Patriarca de las Indias, que era quien se ocupaba de la provisión de los cargos eclesiásticos que dependían de los Patronatos reales. Antes de aceptar el nombramiento, don Josemaría pide el permiso oportuno tanto al Obispo de Madrid como al Arzobispo de Zaragoza, del que aún depende.

Todas las religiosas que le van a conocer durante estos años previos a la guerra civil, le definen como sacerdote ejemplar, con una intensa vida de fe a cuya luz resuelve los acontecimientos y las situaciones.

La Madre María del Buen Consejo le acompaña a llevar la Comunión a las enfermas a través del claustro y de las habitaciones del convento. Y advierte la delicadeza y el amor con que acoge y transporta al Señor Sacramentado.

-«Lo arropa en el paño de hombros y luego lo lleva apretado contra su corazón»(4).

Un día, cuando don Josemaría está dando la Comunión a las Religiosas, tras la reja del coro, se le ocurre decir al Señor un piropo de amor competitivo:

-«Te quiero más que éstas».

Y siente una locución interior que le contesta, con las palabras de un conocido refrán, como empujándole a trabajar más aún: -«Obras son amores y no buenas razones»(5). Nunca olvidará esta respuesta divina que le invita a la oración intensa y a la acción incansable en busca del reino de Dios. Y así se lo hará llegar, con fuerza, como programa apasionante, a sus hijas e hijos en el Opus Dei:

«Se ha puesto de relieve muchas veces el peligro de las obras sin vida interior que las anime, pero se debería también subrayar el peligro de una vida interior -si es que puede existir- sin obras.

Obras son ancores y no buenas razones”: no puedo recordar sin emoción este cariñoso reproche (…) que el Señor grabó con claridad y a fuego en el alma de un pobre sacerdote, mientras distribuía la Sagrada Comunión, hace años, a unas religiosas y decía sin ruido de palabras a Jesús, hablando con el corazón: “te amo más que éstas”» (6).

Por eso, mientras se esfuerza por vivir el espíritu que Dios le ha hecho ver, forma también en este apasionado amor que se le muestra, a todos cuantos empiezan a seguirle. Su alma es una mezcla de energía y serenidad, de fortaleza y afecto. De madura gravedad de adulto y de abandono infantil en manos de Dios.

Es capaz de aprovechar para la vida interior las circunstancias difíciles que, desde hace ya mucho tiempo, se le plantean a diario, pero también las pequeñas nimiedades del quehacer cotidiano. Durante varios días, y mientras ocupa el confesonario de Santa Isabel, oye la puerta de la iglesia que se abre con estrépito y un ruido como de cántaros metálicos.

Por fin, decide averiguar la causa. Se sitúa junto a la puerta, por dentro de la iglesia. Al oír el primer golpe sale y encuentra un lechero que viene con sus cántaros.

-«Pero, tú, ¿qué haces?»

-«Yo, Padre…, vengo cada mañana, abro -no entro con más delicadeza porque no sé; por eso meto este ruido-, y le saludo: Jesús, aquí está Juan el lechero».

Y le parece una oración tan formidable que pasa el día repitiéndola como una jaculatoria: «Señor, aquí está este desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero»(7).

La Madre María del Buen Consejo, que le conoce desde el año 1932, tiene un gran afecto al Rector y a su familia. Sobre todo a doña Dolores, a quien ve diariamente asistir a la Santa Misa en la iglesia del convento. A través de toda vicisitud, mantiene su afabilidad, su distinción y delicadeza. Casi siempre le acompaña su hija Carmen.

Esta buena religiosa piensa, y con razón, que en las cualidades de don Josemaría ha debido influir notablemente su madre. Porque ella puso los cimientos más profundos. Por eso le tiene una simpatía y deferencia especiales. Años más tarde, cuando la Orden haya destinado a esta religiosa al Brasil, leerá «Camino» una y otra vez, con detenimiento. Luego, dirá a sus compañeras:

-«Este libro dice lo que el Fundador de la Obra vive: así es él»(8).

Mientras sigue como Rector, les pide oraciones constantes para que permanezca fiel a su vocación. Para que la Obra que Dios ha puesto en su corazón y en sus manos salga adelante. Para que las vocaciones que empiezan a frecuentar su casa y a entender su espíritu lleguen a una entrega total, absoluta, en medio del mundo, al servicio de las almas, de Dios y de la Iglesia.

Es costumbre en el Patronato que, durante los días de Navidad, las Religiosas Agustinas Recoletas expongan a la adoración un Niño Jesús de talla policromada. Tiene la cabeza inclinada hacia un lado, los ojos semicerrados y los brazos sobre el pecho. Parece dormir con placidez. Después de la muerte del Fundador, las monjas empezarán a llamarle el «Niño de don Josemaría», porque le tiene un cariño especial. Se lo pide algunas veces, y lo lleva a su casa para hacer la oración junto a El. A lo largo de la guerra civil es una de las pocas imágenes del convento que se mantienen intactas. La Madre San José, que es la sacristana, acostumbra a pararse cerca de la iglesia para escuchar al Rector que, sin advertir su presencia, ora delante de esa imagen, en voz alta, le dice palabras de amor al Niño Jesús e incluso le canta.

No es de extrañar, conociendo la espontaneidad humana y la sobrenaturalidad de sus afectos, que don Josemaría Escrivá de Balaguer redacte de un tirón, durante la acción de gracias de su Misa en la iglesia de Santa Isabel, breves comentarios a cada uno de los quince misterios del Rosario, que más adelante publicará, en forma de libro, para ayudar a rezarlo con atención y amor.

«Se ha promulgado un edicto de César Augusto -escribe en el tercer misterio gozoso-, y manda empadronar a todo el mundo. Cada cual ha de ir, para esto, al pueblo de donde arranca su estirpe. -Como es José de la casa y familia de David, va con la Virgen María desde Nazaret a la ciudad llamada Belén, en Judea (Lc II, 1-5).

Y en Belén nace nuestro Dios: jesucristo! -No hay lugar en la posada: en un establo. -Y su Madre le envuelve en pañales y le recuesta en el pesebre (Lc II, 7).

Frío. -Pobreza. -Soy un esclavito de José. -¡Qué bueno es José! -Me trata como un padre a su hijo. -¡Hasta me perdona, si cojo en mis brazos al Niño y me quedo, horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!…

Y le beso -bésale tú-, y le bailo, y le canto, y le llamo Rey, Amor, mi Dios, mi Unico, mi Todo!… ¡Qué hermoso es el Niño… y qué corta la decena!»(9).

Para los que viven de fe, la presencia de Dios entre los hombres, la encarnación de la Omnipotencia en la forma inerme, indefensa, de un niño, pone todos los sentimientos del alma en una orilla de amor que no entiende de suficiencias ni de pudores intelectuales.

La otra comunidad, Religiosas de la Asunción, dedicada a las tareas docentes, también recuerda las atenciones que tuvo para con ellas el Rector de Santa Isabel. El Colegio de la Asunción fue introducido en España por Alfonso XII, que conoció la institución en París, ya que la Reina Mercedes se había educado en uno de estos Centros.

La Madre Superiora, Eugenia Montes Jovellar, que había cambiado su nombre familiar por el de Inés, contaba con don Josemaría para las Profesiones de las religiosas, para los actos eucarísticos y para cualquier incidencia en la que precisara un consejo certero y oportuno.

El 5 de mayo de 1936 las dos comunidades tendrán que abandonar el Patronato por orden del Presidente del Gobierno. Habrán de refugiarse en diversas casas de Madrid o salir, en un verdadero exilio, por las provincias de España. Algunas consiguen pasar la frontera y permanecer, durante los tres años que se mantiene la contienda, en el extranjero. Al estallar la guerra, estos edificios soportan muchas vicisitudes: el convento de las Agustinas Recoletas, con todo su patrimonio artístico, arde por determinación del Frente Popular; un tercio del Colegio de la Asunción también queda destruido. El resto permanece en pie y es utilizado como acuartelamiento y oficinas.

Cuando termine el conflicto bélico en España, en 1939, don Josemaría prestará su colaboración para que las dos comunidades de religiosas puedan instalarse de nuevo en los edificios de Santa Isabel y reemprendan las actividades que les son propias.

No es de extrañar que las Agustinas repitan, con frecuencia, que tienen una deuda de agradecimiento con don Josemaría, y que las oraciones de esta comunidad contemplativa acompañen las actividades de la Obra en su caminar por los senderos de la tierra.

Este cariño a las comunidades religiosas es connatural a todos los miembros del Opus Dei, porque su Fundador lo llevó en el alma, durante el quehacer apostólico de su vida.

En 1967 lo afirma en una entrevista concedida a Jacques Guillemé Brúlon, redactor de «Le Figaro» de París, recogida en la publicación «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer»:

«Aunque ni somos religiosos, ni nos parecemos a los religiosos, ni hay autoridad en el mundo que pueda obligarnos a serlo, en el Opus Dei veneramos y amamos al estado religioso. Rezo cada día para que todos los venerables religiosos continúen ofreciendo a la Iglesia frutos de virtudes, de obras apostólicas y de santidad» (10).

Y a “Enrico Zuppi y Antonino Fugardi, de «L’Osservatore della Domenica»” (Ciudad del Vaticano):

«El camino de la vocación religiosa me parece bendito y necesario en la Iglesia, y no tendría el espíritu de la Obra el que no lo estimara. Pero ese camino no es el mío, ni el de los miembros del Opus Dei (…). La característica específica nuestra, es santificar el propio estado en el mundo, y santificarse cada uno de los miembros en el lugar de su encuentro con Cristo: éste es el compromiso que asume cada miembro, para realizar los fines del Opus Dei(11)»

Superior del Seminario

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En septiembre de 1922, después de acabar el tercer curso de Teología, Josemaría Escrivá es nombrado Superior del Seminario de San Francisco de Paula. Este cargo implica el deber de velar por la disciplina en la vida de los seminaristas: horarios de clases, puntualidad, silencios, estudios. Además se le asigna un fámulo, es decir, un seminarista que le ayuda en las pequeñas tareas materiales para que pueda entregarse con mayor dedicación al nuevo trabajo. Tiene solamente veinte años cuando cae sobre él la tarea de colaborar con el Rector en la formación de los futuros sacerdotes de la diócesis.

El Cardenal Soldevila(4), Arzobispo de Zaragoza, se ha dado cuenta de la categoría moral de este seminarista aragonés de intachable conducta y piedad reconocida. Tanto él como su Obispo Auxiliar, don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Presidente del Seminario de San Carlos, le aprecian profundamente.

El 28 de septiembre de 1922 recibe la tonsura clerical de manos del Cardenal-Arzobispo Soldevila. El ceremonial se celebra en el palacio del Arzobispo, de acuerdo con el rito de la liturgia romana, en un ala del edificio que los prelados solían ocupar durante los veranos. Al fondo de un salón se abre una gran puerta con dos hojas que da acceso a una capilla con el altar en el centro. Aquí tiene lugar la tonsura del nuevo Superior del Seminario.

En octubre de este mismo año comienza su cuarto curso de Teología, y dos meses más tarde recibe las llamadas Ordenes menores (Ostiariado y Lectorado, Exorcistado y Acolitado), también de manos del propio Cardenal Soldevila y en el oratorio del Palacio Arzobispal (5).

Mientras tanto, el país bulle en un clima político inestable. De 1919 a 1920 se han sucedido siete Gabinetes de Gobierno junto al rey Alfonso XIII. Se suspenden garantías constitucionales, se cierran las Cortes y hay una zozobra en la que los Ministros elegidos no tienen posibilidades de plantear ni resolver la multitud de problemas que aquejan al país. Aumentan los atentados y asesinatos, como el del Presidente Eduardo Dato en Madrid; es continua la creación de juntas Militares de defensa, inoperantes.

Los acontecimientos llegan hasta los estudiantes del Seminario. No resulta fácil conservar la serenidad interior y seguir luchando, con tenacidad, en busca de la santidad que exige la llamada al sacerdocio. Josemaría entiende que su mejor aportación para resolver tan graves problemas consiste en ser, con toda hondura, aquello que un día decidiera. Y que esta entrega pide -por las funciones sagradas que le competen- algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes la ejercen, constituidos -como están- en mediadores entre Dios y los hombres. Hasta el fin de su vida repetirá, en múltiples ocasiones, que todo cuanto sea ayudar a los sacerdotes en su vida sobrenatural, enseñarles que han de estar enamorados de Dios, es salvarles. Y salvar a un sacerdote es salvar a miles de almas.

En el silencio de la oración y en sus frecuentes caminatas en solitario, su corazón se desborda en amor a Dios y a las almas. «Servir es el gozo más grande que puede tener un alma, y es eso lo que tenemos que hacer los sacerdotes: día y noche al servicio de todos; si no, no se es sacerdote. Debe amar a los jóvenes y a los viejos, a los pobres y a los ricos, a los enfermos y a los niños; debe prepararse para decir la misa; debe recibir las almas, una a una, como un pastor que conoce su rebaño y llama por su nombre a cada oveja»(6).

Desde su atalaya de la iglesia de San Carlos, sigue pidiendo luz para un camino que barrunta pero que aún no ve claro. Muchas veces esperará, de corazón a corazón, una respuesta del Señor. De momento, sólo le empuja una apasionada fidelidad a sus designios, una correspondencia generosa. Reclama de Dios una amable y recia fortaleza, para hacer llegar su Voluntad hasta la vida de los hombres.

Repite, una y otra vez, con la fe y la pasión del ciego de Jericó: Domine, “ut videam!… ut sit”!: ¡Señor, que vea!…, ¡que sea! (7).

Estas palabras se harán jaculatoria en su corazón, y ya no las abandonará, en su diálogo con Dios, durante todos los años de su existencia.

Hay un aliado entrañable que forma parte de su historia desde su visita a “Torreciudad” en brazos de su madre: Nuestra Señora, que le sigue y apoya de continuo. Aquí, en Zaragoza, la devoción a la Virgen del Pilar le acompaña siempre. Sus padres, aragoneses de pura cepa, la habrían inculcado en su alma desde niño; pero ahora, mientras cursa sus estudios, encuentra un rato cada día para saludar a la Virgen que preside la ciudad desde la orilla del Ebro. Junto al Pilar se le hace más viva la fe, se le renueva la fortaleza; toda situación injusta o desabrida se le caldea en el amor filial que profesa a la Señora.

«La devoción a la Virgen del Pilar comienza en mi vida, desde que con su piedad de aragoneses la infundieron mis padres en el alma de cada uno de sus hijos. Más tarde, durante mis estudios sacerdotales, y también cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza, mis visitas al Pilar eran diarias. En marzo de 1925 celebré mi primera Misa en la Santa Capilla. A una sencilla imagen de la Virgen del Pilar confiaba yo por aquellos años mi oración, para que el Señor me concediera entender lo que ya barruntaba mi alma. “Domina”! -le decía con términos latinos, no precisamente clásicos, pero sí embellecidos por el cariño-, “ut sit”!, que sea de mí lo que Dios quiere que sea.

He tenido luego muchas pruebas palpables de la ayuda de la Madre de Dios: lo declaro abiertamente como un notario levanta acta, para dar testimonio, para que quede constancia de mi agradecimiento, para hacer fe de sucesos que no se hubieran verificado sin la gracia del Señor, que nos viene siempre por la intercesión de su Madre»(8).

Tiene amistad con varios clérigos que cuidan del Pilar. Un día, se queda en la Basílica después de cerradas las puertas. Con la complicidad sonriente de uno de aquellos sacerdotes, se dirige hacia la Santa Capilla; sube las escaleras que conocen tan bien los infanticos; se acerca, y besa la imagen y el manto de la Virgen. Este gesto se permite solamente a los niños y autoridades. Pero está seguro de que este alarde de cariño filial dará alegría a la Madre de Dios, aunque pase por encima de los usos establecidos.

Sin embargo, no vive encastillado en una vida ascética ajena a las preocupaciones y sacudidas de su tiempo. Está atento a la evolución de los acontecimientos, se interesa por todo, tiene avidez de saber, de conocer los módulos clásicos del pasado y la proyección que va dando la historia hacia el futuro. La calle no corta jamás el hilo de su entrega, ni la unión con Dios, ni el pacto de amor establecido con su Madre del Cielo. Al contrario: es el motivo y acicate que le lleva de continuo hacia la trascendencia.

“La barca de Pedro no se hunde”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Poco tiempo antes de celebrar sus bodas de oro sacerdotales ‑28 de marzo de 1975‑, Mons. Escrivá de Balaguer se dirigía a un grupo de socios del Opus Dei en estos términos:

Cuando yo me hice sacerdote, la Iglesia de Dios parecía fuerte como una roca, sin una grieta. Se presentaba con un aspecto externo que ponía enseguida de manifiesto la unidad: era un bloque de una fortaleza maravillosa. Ahora, si la miramos con ojos humanos, parece un edificio en ruinas, un montón de arena que se deshace, que patean, que extienden, que destruyen… El Papa ha dicho alguna vez que se autodestruye. ;‑Palabras duras, tremendas! Pero esto no puede suceder, porque Jesús ha prome­tido que el Espíritu Santo la asistirá siempre, hasta el final de los siglos.

¿Qué vamos a hacer nosotros? Rezar, rezar. Estoy seguro de que mis hijas y mis hijos, muchos miles de personas en todo el mundo, rezarán especialmente por las intenciones de mi Misa cuando celebre mis bodas de oro sacerdotales. Serán las de siempre: la Iglesia, el Papa, la Obra. Siempre doy estas tres pinceladas, aunque cada día haya unos coloridos diversos, unas vibraciones distintas, unas luces cuya intensidad va de aquí para allá. Pero el común denominador de mi petición al Señor es siempre el mismo: la Iglesia, el Papa y el Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer esperó siempre en la Iglesia, a pesar de los pesares. Una vez confiaba a un Cardenal que, con mucha frecuencia, al recitar el Credo y afirmar su fe en la divinidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, añadía: a pesar de los pesares. Cuando el Cardenal le preguntó a qué quería referirse, le respondió: a sus pecados y a los míos.

Estaba firmemente persuadido de que es el Espíritu Santo quien gobierna la Iglesia. De ahí surgía su optimismo contagioso cuando la Barca de Pedro se veía zarandeada por dificultades aparentemente insuperables.

Vivió siempre una fidelidad plena al Magisterio, a todo el Magisterio de la Iglesia, y al carácter continuo y unitario de sus enseñanzas. Por eso, no era amigo del uso arbitrario ‑a veces, abusivo‑ del término postconciliar, olvidando ‑comentó alguna vez‑ que estamos en época postconciliar desde unos treinta años después de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo: desde el Concilio de Jerusalén, donde con aquella autoridad tremenda, con aquel atrevimiento humano y divino, los apóstoles dijeron: visum est Spiritui Sancto et nobis, nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…

Siguió muy de cerca la marcha del Concilio Vaticano II . Ante todo, con la oración por los frutos de la Asamblea ecuménica. Mucho antes de que empezara la primera sesión, pidió a todos los socios del Opus Dei que encomendasen al Espíritu Santo los trabajos conciliares, ofreciendo cada uno a Dios lo que quisiera, pero que rezasen mucho y a diario.

Todos supieron pronto del cariño, del amor a la Iglesia con que siguió desde el primer momento los trabajos de los obispos, de la Curia, de los peritos conciliares. Y entre sus primeras preocupaciones destacó pronto una, por encima de todas: su gran amor al Romano Pontífice.

Cuando en 1967 el director de la revista Palabra le dirigió un extenso cuestionario, quiso iniciarlo inquiriendo el sentido que daba al término aggiornamento, muy usado en aquellos años para referirse a la Iglesia. La respuesta de Mons. Escrivá de Balaguer resume toda su actitud de fondo, toda su esperanza, ante la misión de la Iglesia:

Fidelidad. Para mí aggiornamento significa sobre todo eso: fidelidad. Un marido, un soldado, un administrador es siempre tanto mejor marido, tanto mejor soldado, tanto mejor adminis­trador, cuanto más fielmente sabe hacer frente en cada momen­to, ante cada nueva circunstancia de su vida, a los firmes compromisos de amor y de justicia que adquirió un día. Esa fidelidad delicada, operativa y constante ‑que es difícil, como difícil es toda aplicación de principios a la mudable realidad de lo contingente‑ es por eso la mejor defensa de la persona contra la vejez de espíritu, la aridez de corazón y la anquilosis mental.

Lo mismo sucede en la vida de las instituciones, singularísi­mamente en la vida de la Iglesia, que obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo ‑y de nosotros con Él‑ a la voluntad del Padre celestial que le envió. Por eso, el aggiornamento de la Iglesia ‑ahora, como en cualquier otra época‑ es fundamentalmente eso: una reafirmación gozosa de la fidelidad del Pueblo de Dios a la misión recibida, al Evangelio.

Es claro que esa fidelidad ‑viva y actual ante cada circuns­tancia de la vida de los hombres‑ puede requerir, y de hecho ha requerido muchas veces en la historia dos veces milenaria de la Iglesia, y recientemente en el Concilio Vaticano II, oportunos desarrollos doctrinales en la exposición de las riquezas del Depositum Fidei, lo mismo que convenientes cambios y reformas que perfeccionen ‑en su elemento humano, perfectible‑ las estructuras organizativas y los métodos misioneros y apostólicos. Pero sería por lo menos superficial pensar que el aggiornamento consista primariamente en cambiar, o que todo cambio aggiorna. Basta pensar que no faltan quienes, al margen y en contra de la doctrina conciliar, también desearían cambios que harían retro­ceder en muchos siglos de historia ‑por lo menos a la época feudal‑ el camino progresivo del Pueblo de Dios.

Esperanza y prudencia fueron dos virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer puso especialmente en ejercicio a partir de los años sesenta, para vivir su lealtad a la Iglesia. Al término de la entrevista citada, subrayaba el optimismo cristiano, la gozosa certeza de que el Espíritu Santo hará fructificar cumplidamente la doctrina con la que ha enriquecido a la Esposa de Cristo; pues ese enriquecimiento doctrinal ponía a la Iglesia toda ‑al entero Pueblo sacerdotal de Dios‑ de frente a una nueva etapa, suma­mente esperanzadora, de renovada fidelidad al propósito divino de salvación que se le ha confiado.

Pero el optimismo esperanzado era inseparable de la prudencia, puesto que el momento no dejaba de ser delicado: muchas conclusiones teológicas tenían inmediatas y directas aplicaciones de orden pastoral, ascético y disciplinar, que tocan muy en lo íntimo la vida interna y externa de la comunidad cristiana ‑liturgia, estructuras organizativas de la Jerarquía, formas apostólicas, Magisterio, diálogo con el mundo, ecumenismo, etcétera‑ y, por tanto, también la vida cristiana y la conciencia misma de los fieles.

De ahí la necesidad de la prudencia por parte de quienes investigan o gobiernan, porque especialmente ahora podría hacer un daño inmenso la falta de serenidad y ponderación en el estudio de los problemas.

No es éste el lugar para describir la difícil situación que ha padecido la Iglesia en estos últimos tiempos. Aquí interesa más señalar cómo Mons. Escrivá de Balaguer no perdió nunca la alegría, la serenidad, la fe esperanzada en que Dios iría arreglando todas las cosas. Tampoco la prudencia, cuando como buen pastor de la extensa familia del Opus Dei, tenía que tomar disposiciones para cuidar de la salud espiritual de sus socios. Era consciente de la complejidad del problema, lo cual hacía con frecuencia más difícil discernir lo que es positivo y bueno ‑reales contribuciones al desarrollo de la ciencia teológica, deseos de auténtica vida cristiana y afanes apostólicos‑, de lo que constituye un grave atentado a la fe y a las costumbres.

Con auténtica y sabia vigilancia pastoral, ejercida a veces en términos realmente heroicos, impulsó en estos años la formación de los socios y asociadas del Opus Dei, en la doctrina común de la Iglesia ‑in libertate gloriae filiorum Dei‑, sin tener escuelas propias en las cuestiones que el Magisterio eclesiástico deja a la libre disputa de los hombres: fortes in fide, con rectitud de intención, con apertura y vigilancia, evitando extremismos o conformismos de cualquier tipo. Y sin miedo al ambiente y a las modas pasajeras: porque nuestro amor a la Iglesia, a la Obra y a las almas nos llevará a hacer una labor de criba que aprovecha lo bueno y deja lo demás, y a ir a veces, por lealtad a Jesucristo y a su doctrina, contra corriente.

Desde estos sólidos puntos de apoyo, la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer destacó por esas dos notas ya seña­ladas: optimismo y prudencia. Supo estar en su sitio, y condujo la Asociación con una seguridad vibrante, que encendía a las almas, difundía fortaleza, y aseguraba el buen camino, cuajado de frutos sobrenaturales.

En conversaciones privadas, o con miles de personas, su enseñanza infatigable confortaba los espíritus, removía los cora­zones, confirmaba la fe y ampliaba el horizonte apostólico. Como escribe el Profesor Kummer, de la Universidad de Viena, que estuvo con el Fundador del Opus Dei en febrero de 196$, “de todas sus palabras se desprendía un profundo amor a la Iglesia y al Papa, que fue lo que dio a la conversación su verdadero tono. Me impresionó mucho que, a pesar de la seriedad de sus palabras, éstas desprendían un optimismo contagioso: una postu­ra que, dado su conocimiento de la situación, no podía salir más que de su profunda unión con Dios. Al despedirme me sentía confirmado en la fe y movido a una mayor dedicación apostó­lica”.

Un conocido sacerdote, don Juan Ordóñez Márquez, publicó en un periódico de Sevilla, al día siguiente del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer que había sido “posiblemente. El hombre a quien el Vaticano II poco o nada nuevo tuvo que decir, porque desde bien atrás ya venía andando sus caminos”.

Algo semejante apuntaría unas semanas después el Cardenal Primado de España, don Marcelo González Martín: “Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del postconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

“Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también ‑como no puede ser menos‑ un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser fieles”.

Y es que el Fundador del Opus Dei no se dejó llevar de superficialidades. Rechazó siempre la conveniencia ‑incluso, la posibilidad‑ de catalogaciones o simplificaciones del tipo “inte­grismo contra progresismo”. Al director de la revista Palabra le puntualizaba en 1967:

Esa división ‑que a veces se lleva hasta extremos de verda­dero paroxismo, o se intenta perpetuar como si los teólogos y los fieles en general estuvieran destinados a una continua orientación bipolar‑ me parece que obedece en el fondo al convencimiento de que el progreso doctrinal y vital del Pueblo de Dios sea resultado de una perpetua tensión dialéctica. Yo, en cambio, prefiero creer ‑con toda mi alma‑ en la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, y a quien quiere.

Tiempo después, al comienzo de 1974, el Fundador del Opus Dei estuvo con el Cardenal König,

Presidente del Secretariado pontificio para los no creyentes, que, en un artículo aparecido el 9 de noviembre de 1975 en el Corriere della Sera (Milán), se refirió a la conversación que mantuvieron entonces. El Cardenal König destacaba la “gran autoridad espiritual” de Mons. Escrivá de Balaguer, “su serenidad, su espíritu abierto que desarmaba, sus dotes de organizador, cualidades que iban unidas a una comprensión cariñosa de las preocupaciones y alegrías de las demás personas y a un celo ardiente por las cosas de Dios”.

Y en Il Veltro, Rivista della Civiltá italiana, aseguraba por las mismas fechas el Cardenal Pignedoli, Presidente del Secreta­riado para los no cristianos: “Sufría en su alma los sufrimientos de la Iglesia y se alegraba con sus gozos. Le dolía profundamente la actual desorientación de muchas almas, rezaba y trabajaba con renovado celo, y pedía oraciones. Tendía la mano `como un pobrecito de Dios, implorando la limosna de la oración’. Recor­daba incesantemente que este tiempo de tormenta, en el que el demonio, una vez más, zarandea como el trigo a la Iglesia de Dios (cfr. Lc. XXII, 31), es tiempo de plegarias y de reparación, porque cuanto más se extiende la insidia y la infidelidad tanto más necesario es buscar la intimidad con Dios en la oración y en la penitencia.

“Pero su fe no le permitía estar triste y menos aún desalen­tado. Ofrecía sus sufrimientos y toda su vida por la Iglesia y por el Papa y seguía trabajando contento ‑sembrador de paz y de alegría‑, lleno de optimismo, infundiendo a su alrededor seguridad y consuelo”.

Una vita per la Chiesa, tituló la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer. El titular quería compendiar el amor a la Iglesia que dio sentido a la vida del Fundador Dei Opus Dei; amor que fue siempre in crescendo hasta el final de sus días. Como escribía el 29 de junio de 1975 don Álvaro del Portillo, refiriéndose a la mañana del día 26: “Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. Para nosotros, ciertamente, se ha tratado de una muerte repentina; para el Padre, sin duda, ha sido algo que venía madurándose ‑me atrevo a decir‑ más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia”. Y don Álvaro del Portillo, actual Presidente General del Opus Dei, continuaba: “Desde hace tiempo, el Padre, con una progresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera ‑añadía habitualmente‑ por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era el desvelo de su vida”.

Quienes vivieron cerca de Mons. Escrivá de Balaguer estos últimos años saben de sus noches en vela, abrumado por noticias tristes de la vida de la Iglesia, que no le dejaban tranquilo, al pensar en las almas que podían perder la vida eterna. Fueron años ‑días y noches‑ de oración continua, de trabajo constan­te, de permanente y amoroso desagravio. Fue una época larga en que prescindió de su persona ‑de su honra, de su fama‑ para servir sólo y de veras a la Iglesia, pensando en las almas y en la gloria de Dios. Fueron tiempos en que sostuvo a los socios del Opus Dei como auténtico buen pastor. Puso en su oración, en su mortificación y en su trabajo apostólico un empeño que, aunque pueda parecer imposible, aumentaba de día en día, tanto en el aparente sosiego de Roma, como en sus meses de predicación por medio mundo. En estas horas de tempestad apuntaló la espe­ranza sobrenatural en la Iglesia:

El mar está un poco revuelto… ;Ya se aplacará, no os preocupéis! También yendo Jesús en la barca, la barca parece que se hunde. ;La barca de Pedro no se hunde!

“Así ‑evocaría don Álvaro del Portillo‑ hasta la última jornada, hasta las últimas horas que pasó en la tierra”. El 26 de junio de 1975, menos de dos horas antes de morir, el Fundador del Opus Dei urgía a las almas ‑en este caso, a las alumnas del Istituto Internazionale di Pedagogía de Castelgandolfo‑ a que crecieran en vida interior, para tratar a Dios y a su Madre bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.


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