Madrid, verano de 1931

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En las inmediaciones de la Estación de Atocha, se aglomeran los viajeros. Don Josemaría se abre camino entre ellos, abstraído, y se dirige a la parada del tranvía que lo llevará a la calle de Viriato, donde ahora vive con su madre, que se ha quedado sola: acaba de dejar en la estación a su hermana y a su hermano, que van a pasar el verano en Fonz.

En Madrid reina una angustia que casi se percibe físicamente. Desde hace más de un año, se han ido multiplicando los signos precursores de una tormenta; son las convulsiones de una sociedad cuya base política se tambalea.

El General Primo de Rivera había abandonado el poder el 28 de enero de 1930. Los gobiernos que le habían sucedido no habían logrado atajar la profunda crisis que sufría la monarquía. El 14 de abril de 1931, por segunda vez en la historia de España, se ha proclamado la República. Momentos de incertidumbre, de esperanza, y también de angustia, pues las corrientes anticlericales, desatadas, han desembocado en acciones de inusitada violencia. El 11 de mayo, grupos de exaltados se han echado a la calle en Madrid y han incendiado numerosas iglesias y conventos. Al día siguiente, ha ocurrido lo mismo en otras ciudades. En las calles, se mira a los sacerdotes con desprecio o con rabia, cuando no se les insulta, como ocurre, a veces, en los suburbios y en los barrios obreros, que don Josemaría sigue visitando para atender a pobres y enfermos. Han llegado hasta a apedrearle…

El Padre no hace jamás comentarios de carácter político, pero tiene el corazón oprimido, aunque está convencido que el Señor nunca permite que suceda algo irremediable.

El 11 de mayo había evitado que se cometiera una posible profanación en el Patronato de Enfermos, donde por entonces vivía aún. Un Coronel, antiguo amigo de la familia, había ido a llevarle ropa de paisano para que pudiese escapar. Él, entonces, había abierto el Sagrario y había consumido casi todas las Sagradas Formas que había en el copón. Luego, como el tiempo apremiaba, había envuelto cuidadosamente el copón con las que quedaban en un papel y las había llevado a casa del Coronel en un taxi que éste había mandado llamar.

En los días que siguieron, los espíritus se habían calmado un tanto. pero la atmósfera continuaba cargada y la tormenta podía estallar de nuevo.

Después de pasar unos días con su hermano, en casa del Coronel, don Josemaría había decidido ir a vivir con su madre en un piso de la calle de Viriato. Acababa de renunciar a su cargo de capellán del Patronato de Enfermos, con objeto de estar más disponible para hacer lo que Dios le había pedido.

Tú eres mi Hijo

Tales circunstancias no son nada favorables a la fundación de una obra como la que tiene entre manos, y don Josemaría lo sabe. Con todo, cuando sube al tranvía que ha de conducirlo a su casa, sigue pensando que se realizará, por absurdo que parezca.

En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible (…) sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater!.

Los que aquel día se apretujaban en el tranvía que, dando tumbos, hacía el recorrido Atocha-Cuatro Caminos, tal vez se asombraran al ver a aquel joven sacerdote murmurando palabras incomprensibles, con la cara iluminada de gozo.

¡Gozo, paz profunda! ¡Soy hijo de Dios! Lo demás, no tiene importancia…

“Tú eres mi Hijo: Yo te engendré hoy” (Ps. 11, 7). Toda una vida sería insuficiente para agotar el significado de estas palabras del Salmo II, que ahora contempla con una luz nueva…

Gozo. Identificación con Cristo, Hijo unigénito de Dios, el Bienamado del Padre. Como en los justos del Antiguo Testamento, como en María cuando entonó el Magnificat, la respuesta brota de lo hondo de su corazón, expresada con palabras de la Escritura: Abba, Pater! Abba, Pater! Abba! Abba! Abba!

“Y por cuanto vosotros sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual nos hace exclamar: Abba, Padre. Y así ninguno de vosotros es ya siervo, sino hijo. Y siendo hijo, es también heredero de Dios” (Gal. IV, 6-7). “Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, ¡Oh Padre!; porque el mismo espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios, y coherederos con Cristo: con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados” (Rom. VIII, 15-17).

¡Sí, Pablo, gran Pablo! ¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el Espíritu Santo te la inspiró!

Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe, y todo lo puede.

Don Josemaría ha bajado del tranvía, casi sin darse cuenta, y deambula por las calles sin dejar de repetir mentalmente, y tal vez en voz alta, ajeno a los viandantes: Abba, Pater! Abba, Pater!

Es una gracia demasiado grande que, sin duda, Dios no quiere que se la reserve para él. Ha de ser, también, para los que vengan. Para que sepan siempre, en media de las dificultades, ver la Cruz de Cristo, y que encontrar la cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

La luz del 2 de octubre de 1928 se ha hecho más brillante aún, en momentos particularmente difíciles. Que esta manifestación profunda de la filiación divina haya tenido lugar en plena calle -en un tranvía- confirma, con toda evidencia, que el cristiano puede y debe alcanzar la santidad en medio de sus ocupaciones ordinarias, y gracias a ellas:

La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.

“¿Por qué causa se han embravecido las naciones, y los pueblos meditaron cosas vanas? (…). Se han confederado los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (…). Aquel que reside en los cielos se burlará de ellos (…). Tú eres mi Hijo. Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré las naciones en herencia tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra …” (Ps. II).

El Padre, como lo llaman espontáneamente quienes se acercan a él, llega a su casa con el corazón inundado de gozo, lleno de confianza en el futuro, pase lo que pase. A partir de ese momento, la filiación divina será tema central de su predicación: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo (…). Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (..). Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

¡Ah, Señor! -¡díselo con toda tu alma!-, yo soy… ¡hijo de Dios!

Las primeras vocaciones

Don Josemaría prosigue haciendo apostolado con gente joven y con algunos sacerdotes. Confiesa durante más horas y ensancha y profundiza el trabajo básico indispensable para que la Obra de Dios se ponga en marcha.

El confesionario le permite empezar a dirigir espiritualmente algunas mujeres, en su mayoría jóvenes, que un sacerdote no podría encontrar en otros sitios, como a los hombres. Aconseja a unas cuantas que vayan a enseñar el catecismo a los niños en un suburbio muy pobre de los alrededores de Madrid llamado “La Ventilla”.

Pacientemente, va modelando las almas una a una, tallándolas como los diamantes, a la espera de que “respondan”.

Ya no está del todo solo, con el secreto de esta locura, de este fuego cuyo resplandor el Señor le ha hecho ver hace más de dos años. Algunos de los que le rodean han empezado a comprender… Entre ellos, uno en quien había pensado a poco de fundar la Obra: Isidoro Zorzano, aquel antiguo condiscípulo del Instituto de Logroño, persona recta, de gran corazón y buen cristiano. Estaba seguro de que sería capaz de entender ese ideal tan exigente y, con la gracia de Dios, dedicar su vida a esa tarea…

No le había olvidado, pero hacía varios años que no se veían. Sabía, eso sí, que no se había casado, que había terminado la carrera de ingeniero y que trabajaba en Málaga, en la Compañía de Ferrocarriles de Andalucía.

A comienzos de 1930, había decidido escribirle. Una carta muy breve: “No dejes de venir a verme cuando pases por Madrid; tengo que contarte cosas que pueden interesarte…”

Unos meses más tarde, el 24 de agosto, don Josemaría había ido a visitar a un estudiante de arquitectura, que se encontraba enfermo. A poco de llegar, piensa, sin saber por qué, que debe volver a casa. Sale y, cerca ya del Patronato de Enfermos, él, que siempre toma el camino más corto, da un ligero rodeo. De pronto, en la calle de Nicasio Gallego, ve venir en dirección contraria alguien a quien conoce: ¡Isidoro!

-Acabo de estar en el Patronato -dice éste- y, como no estabas, iba a buscar un restaurante y luego a tomar el tren. Voy al Norte, donde mi familia está pasando el verano… Es curioso, pero tenía el presentimiento de que te encontraría aquí, en esta calle…

Ya en las habitaciones del Patronato de Enfermos, antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que le insinuaba en su carta, Isidoro dice:

-Josemaría, quería verte para pedirte que me aconsejaras.

-¿Qué te pasa?

-Estoy inquieto. Siento que Dios me pide más, que debo hacer “algo”, pero no sé el qué. Me he preguntado a veces si el Señor querrá que me haga religioso, pero no lo veo claro. Tengo mi trabajo de ingeniero, que me satisface… Y no sé qué pensar, quiero que me orientes…

Don Josemaría le escucha estupefacto. Luego dice:

-¿Te acuerdas de mi carta? Pues bien, te he escrito precisamente para hablarte de una obra en la que estoy comenzando a trabajar…

Y empieza a describirle, a grandes rasgos, ese inmenso panorama de santificación del trabajo ordinario y de la vida corriente. La de un ingeniero como él, por ejemplo.

-Veo en esta coincidencia el dedo de Dios -exclama Isidoro-. Cuenta conmigo. Por mi parte, estoy decidido.

Ha sido todo tan rápido que don Josemaría no sabe qué hacer. Pide a su amigo que espere un poco, antes de dar una respuesta definitiva, pues se trata de dar un nuevo giro a su vida… Isidoro se marcha y vuelve después de comer.

Mientras le espera, el Padre reflexiona sobre el sentido de este suceso y pide luces al Señor. Ha sido todo tan rápido… Por una parte, Isidoro no podrá trasladarse inmediatamente a Madrid y no podrán verse con frecuencia, lo que dificultará su indispensable formación; por otra, resulta todo tan claro, tan providencial…

Vuelve Isidoro. Charlan largo rato, hasta la salida del tren. Cuando parte, se considera ya comprometido con el Señor, de manera irreversible, para trabajar a su servicio en esta Obra de Dios, de la cual, de hecho, será el primer miembro que perseverará. A partir de ese momento, Josemaría, su condiscípulo, se ha convertido en El Padre.

Contradicciones y certezas

Aunque los frutos no acababan de verse, el año 1930 había sido rico en trabajos y gozos. Sobre todo, ese 14 de febrero en que había nacido la Sección de mujeres del Opus Dei, inopinadamente. Así pues, don Josemaría prosigue su trabajo apostólico en tres frentes: hombres, sacerdotes y mujeres.

No es nada fácil. En tiempos de crisis, como ésos, las gentes andan preocupadas y se ven atraídas por la acción política. El ideal que el Padre propone es otro, mucho más alto. Incluye, sí, las aspiraciones y las empresas más nobles, pero iluminadas por la luz de la fe, con todo lo que eso exige: vida interior, formación, coherencia moral, unidad de vida…

Don Josemaría suele entusiasmar a aquellos a quienes se dirige; les hace descubrir nuevos horizontes y sacar nuevos destellos de las páginas del Evangelio (ha tomado nota de un centenar de versículos del Nuevo Testamento que relee y medita con frecuencia). No faltan, sin embargo, quienes se burlan de la increíble audacia que encierra la idea misma del Opus Dei. No se contentan con hacer comentarios a sus espaldas: algunos se lo dicen, con “comprensiva” condescendencia (son, con frecuencia, ¡ay!, sus hermanos en el sacerdocio). ¡Qué idea más absurda proponer que traten de ser santos a hombres y mujeres corrientes, que no están “consagrados” a Dios, que no se comprometen con votos, que no tienen vocación religiosa! ¿Acaso no basta con procurar que esas gentes inmersas en el mundo, con tantas ocasiones de perderse y de ensuciarse, simplemente se salven “como a través del fuego”? Qué osadía decir a los cristianos corrientes: Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”.

El joven Fundador sufre con estas incomprensiones, aunque no le sorprenden. Lo que predica es tan nuevo… Una locura, sin duda. Pero está tan seguro de que eso viene de Dios que no está dispuesto a renunciar por mucha sorpresa o muchas reticencias que algunos manifiesten. Al contrario, no hacen más que confirmarle que no es el inventor de una “idea” generosa, sino instrumento escogido por Dios para abrir un nuevo camino en la tierra. Esta obra no es una “buena obra” más. Es la Obra de Dios que Él le había hecho entrever desde su juventud, sin saberlo. ¿Qué puede tener de extraño que surjan obstáculos? Tendrá que quitarlos o esquivarlos, de la mano de Dios, porque, de alguna manera, el cielo está comprometido en que se realice.

El día de la Transfiguración, que en Madrid se celebra ese año el 7 de agosto, don Josemaría está celebrando misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Cuando se dispone a formular mentalmente las intenciones por las que la ofrece, se da cuenta, de pronto, del profundo cambio interior que -sin mérito alguno por su parte, piensa- se ha operado en él desde su llegada a la capital. Inmediatamente, renueva su propósito de orientar toda su vida hacia el cumplimiento de lo que Dios quiere de él: hacer la Obra de Dios.

Llegó la hora de la Consagración -escribe el mismo día en un cuaderno-: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, (..) vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum” (Joann., XII, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ne timeas!”, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas…

Querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo corno llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey…

Madrid, 1940

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El trabajo apostólico del Opus Dei empieza a desarrollarse de tal forma que se hace preciso abrir dos pequeños pisos, uno en Valladolid y otro en Barcelona, los cuales vienen a sumarse al de Valencia.

En Madrid, donde la casa de la calle de Jenner sigue funcionando como residencia de estudiantes, se alquila un piso en la calle de Martínez Campos (cerca de aquel en el que vivió la madre de don Josemaría antes de la guerra), para que puedan vivir allí algunos miembros de la Obra, que son un poco mayores.

El Padre, con su madre, sus hermanos y algunos miembros de la Obra, se traslada a un edificio de tres plantas, con un pequeño jardín, situado en la esquina de Diego de León y Lagasca, en un extremo del barrio de Salamanca.

La casa es amplia y las piezas nobles tienen prestancia, pero los muebles son tan escasos que resultan desproporcionados a ese cuadro. ¡Ni siquiera tienen dinero para reparar la caldera de la calefacción y comprar carbón!

El Padre duerme en el tercer piso, en una habitación pequeña que tiene una terraza encima y tres paredes en fachada, por lo que resulta gélida en invierno y sofocante en verano. Su madre y su hermana ocupan una habitación en la segunda planta y su hermano otra; realmente, no les sobra espacio, porque el resto de la casa se va llenando poco a poco con los miembros de la Obra que van a recibir una formación intensiva junto al Padre.

La actividad de don Josemaría sigue siendo ilimitada: impulsa la labor apostólica, se preocupa de la formación de las nuevas vocaciones, atiende a los estudiantes de la Residencia de Jenner, dirige espiritualmente a un número creciente de personas, sigue dando retiros y ejercicios espirituales… A todo lo cual hay que añadir su cargo de Rector de Santa Isabel y sus viajes para predicar a sacerdotes de numerosas diócesis.

Entre el 1 y el 7 de septiembre de 1940, da un curso de retiro a un grupo de jóvenes madrileñas. De ahí salen algunas de las primeras vocaciones de mujeres para el Opus Dei.

Rumores y calumnias

El árbol de la Obra empieza a multiplicar sus ramas y la labor apostólica de sus miembros ya no puede pasar inadvertida. La predicación del Fundador, por otra parte, se extiende mucho más allá del amplio círculo de hombres y mujeres de toda condición que le siguen de cerca.

Ya en los primeros comienzos de la Obra, antes de la guerra, habían llegado a oídos de don Josemaría Escrivá comentarios poco afortunados. Ahora, las críticas más o menos veladas cobran nuevo vuelo.

¿De dónde procede su influencia sobre las almas? ¿No es acaso sospechoso el éxito de esta nueva forma de apostolado? ¿No es peligroso hacer creer a simples laicos que pueden santificarse en su propio estado, sin apartarse del mundo, entrar en un convento o hacerse sacerdotes? ¿No resulta extraño hablar de vocación a simples fieles?…

A1 principio, no son más que rumores, palabras al aire, no necesariamente mal intencionadas. El Padre no les da importancia, convencido de que tales rumores acabarán cuando, bajo la novedad de la Obra, se descubran las raíces profundamente evangélicas de su espiritualidad.

Pero los rumores siguen en aumento y, en contra de lo previsto, parecen hallar eco en ciertas personas de las que se podía esperar más sentido común. A la curiosidad y al afán de cotilleo viene a unirse, por duro que resulte creerlo, la malevolencia indudable de algunos. Pronto se hace evidente que no se trata de simples comadreos propalados por gentes ignorantes. Es más bien que, como decía Beaumarchais dos siglos antes, sotto voce, a mezza voce, Basilio susurra de nuevo palabras calumniosas…

La primera reacción del Fundador del Opus Dei consiste en sacar de esas dificultades una lección de humildad: Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas. -Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar y aun pedir perdón- y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas.

Pronto se da cuenta, sin embargo, de que las acusaciones no van dirigidas sólo contra él, sino que amenazan la misma existencia del Opus Dei, todavía muy joven.

Don Josemaría sabe que puede contar con el Obispo de Madrid, que está profundamente convencido de que la Obra es cosa de Dios y suele cortar por lo sano cualquier crítica; y la misma actitud demuestran otros muchos obispos. Alguien recuerda que un día, con ocasión de la festividad del Corpus Christi, el Obispo de Madrid, durante la procesión con el Santísimo Sacramento, ha dicho al Presidente de Acción Católica, que llevaba uno de los varales del Palio:

-Mira: por lo que más vale en el mundo y lo que más estimo, que es Jesús Sacramentado, no ataques, no digas nada en desdoro de esa Obra, que yo quiero como a las niñas de mis ojos.

A pesar de esta firme actitud del prelado, las calumnias no cesan. Al contrario, se van “adornando” con detalles nuevos. Hasta que un día sucede lo increíble: alguien presenta, ante el Tribunal especial de represión de la masonería -creado el 1 de marzo de 1940-, una denuncia en regla contra el Opus Dei. La acusación es terrible y puede tener consecuencias gravísimas en la España de la época, pues en ella se califica a la Obra de “rama judaica de la masonería” y de “secta judaica en relación con los masones”.

Cuando se inicia el proceso, los acusadores arremeten contra la Obra. Uno de ellos, lleno de fogosidad, asegura, en apoyo de su requisitoria, que, para mejor llamar a engaño a la gente, los miembros del Opus Dei procuran no distinguirse en nada de sus conciudadanos y que llevan una vida honesta, laboriosa y casta…

El General Saliquet, que preside el Tribunal aguza el oído:

-¿Quiere usted decir que viven castamente? -pregunta.

-Sí, así es.

-Entonces, no sigamos más: si viven la castidad es que no son masones. ¡No conozco ningún masón que sea casto!

Ante esta afirmación perentoria del Presidente, el proceso se da por cerrado y los jueces pasan al siguiente.

El Tribunal decide entonces enviar a don Josemaría a las dos personalidades que habían sido requeridas para formalizar la acusación, con objeto de que le den a conocer el resultado. El Fundador del Opus Dei los recibe en la residencia de Jenner, sin ningún recelo. Cuando se despiden. uno de los dos “procuradores” no puede contener su curiosidad y le interroga:

-Padre, ¿no podría usted enseñarnos ese oratorio donde los que le acusan de ser masón dicen que usted hace milagros?

-Se lo enseñaré con mucho gusto; pero, ¿de qué milagros se trata?

Un tanto desazonados, le dicen lo que algunos propalan: que ha montado un complicado juego de luces para dar la sensación de que se alza sobre el suelo mientras celebra Misa…

-Pues verdaderamente, con el peso que tengo, elevarme sobre el suelo mientras digo la Misa, sería un milagro de primera categoría -responde el Padre, sonriendo, antes de llevarles al oratorio.

Y es que, en efecto, desde hace algún tiempo, ha empezado a engordar mucho…

La paz en la oración

El incidente ha quedado zanjado, pero no por eso cesan las calumnias. Al contrario. Don Josemaría procura no tenerlas en cuenta y olvidar. Más te ha perdonado Dios a ti. Recomienda a sus hijos que no tengan complejo de víctima, que no hablen entre ellos de lo que pasa y que continúen rezando y trabajando.

Con todo, no puede evitar el sufrir mucho cuando piensa que, aunque algún día se hará justicia con la Obra, los enemigos de la Iglesia pueden utilizar esas mismas acusaciones contra el Opus Dei, y gentes de buena fe repetirlas sin saber que se trata de calumnias.

Así pues, el Padre reza intensamente para que tal situación termine cuanto antes. Aunque no pierde nunca la serenidad, al empezar cada jornada se pregunta, con su colaborador más íntimo, Álvaro del Portillo, de dónde vendrá la injuria ese día.

Hasta que una madrugada, tras una noche en la que le ha sido imposible conciliar el sueño, entra en el oratorio. Arrodillado ante el Sagrario, lo deja todo en manos de Dios: Señor, si tú no necesitas mi honra, ¿yo, para qué la quiero?

Enseguida, una paz profunda le embarga.

Hasta entonces, no sabe el hijo de Dios lo que es ser feliz: hasta llegar a esa desnudez, a esa entrega, que es entrega de amor; pero fundamentada en la mortificación, en el dolor.

Para un cristiano, la alegría no es una alegría fisiológica, de animal sano, sino que procede de una causa sobrenatural: tiene sus raíces en forma de cruz.

El Padre continúa preocupado, pero no por eso piensa en restringir su actividad, ni el apostolado de sus hijos.

Una noche, suena el teléfono en la casa de Diego de León. Han dado ya las doce. Cuando don Josemaría descuelga el auricular, escucha una voz familiar, que pronuncia su nombre y luego dice en latín unas palabras de Cristo a los Apóstoles: Ecce Satanas expetivit vos ut cribaret sicut triticum: “Simón, Simón, he aquí que Satanás, os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe…” (Luc. XXII, 31-32). Tras unos instantes de silencio, la voz vuelve a sonar: et tu confirma filios tuos. Luego se corta la comunicación.

El Obispo de Madrid, que suele acostarse tarde, le ha llamado para darle a entender, con esas palabras, que la persecución arrecia. Para animarle y ayudarle a mantener la fe de los primeros miembros de la Obra, ha modificado ligeramente la segunda parte del versículo de San Lucas: “et tu confirma filios tuos”. Y tú, confirma “a tus hijos” (en lugar de “a tus hermanos”).

Los miembros de la Obra permanecen serenos, aunque sufren al pensar en lo que estará sufriendo el Padre. Éste les explica que Dios nuestro Señor, para hacernos más eficaces, nos ha bendecido con la Cruz. En su tierra -les dice- pinchan la primera florada de higos, que se llenan así de dulzura y sazonan antes.

Todo cuanto acontece, si se vive con fe, con humildad y con espíritu cristiano, ayuda a mejorar y a hacer más eficaz el apostolado.

Un viaje a Barcelona

El Padre puede reconfortar de viva voz a los que viven cerca de él en Madrid o a sus hijos de Valencia, pero no ocurre lo mismo con los de Barcelona, donde alrededor de media docena de jóvenes estudiantes procuran mantenerse firmes bajo la tormenta en un pisito que con buen humor llaman El Palau (el palacio). Y es que don Josemaría sabe que el Gobernador Civil está resuelto a detenerle si se presenta en la Ciudad. No obstante, en 1941, no puede aguantar más y así, después de pedir consejo al Nuncio, Mons. Cicognani, toma un billete de avión para Barcelona con el nombre de José María E. de Balaguer, con idea de permanecer allí sólo veinticuatro horas (Balaguer es una ciudad de Cataluña, de donde era oriunda su familia paterna).

Su llegada proporciona un gozo inmenso a sus hijos, a quienes les anima a seguir siendo optimistas: Nosotros, por ser hijos de Dios, hemos de estar siempre alegres. ¿Aunque nos rompan la cabeza? Sí: aunque tengamos que ir con la cabeza abierta, porque será señal de que Nuestro Padre Dios quiere que la llevemos abierta.

El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están.

¿Qué te importa, cuando vas derecho a tu fin, cabeza y corazón borrachos de Dios, el clamor del viento o el cantar de la chicharra, o el mugido, o el gruñido o el relincho?… Además… es inevitable: no pretendas poner puertas al campo.

Uno de los locos rumores que circulaban entonces por Barcelona, propalado por “almas bienintencionadas”, era que los miembros de la Obra hacían sacrificios humanos y se clavaban en una cruz de madera… El origen de este infundio estaba en una cruz de palo que el Padre había hecho poner en una habitación que comunicaba con la sala de estudio, esa pobre cruz de madera, sola y despreciable, de la que hablaba en Camino: Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

No podía concebirse nada más absurdo, pero, a pesar de todo, el Padre les aconseja que la sustituyan por otra mucho más pequeña… Así no podrá decir nadie que se crucifican, porque no caben….

Unos meses más tarde, el director de “El Palau” asegurará al Padre que, a pesar de las contradicciones y las calumnias, a ninguno de sus hijos de Barcelona le ha pasado por la cabeza ni el más mínimo pensamiento contra los que les atacan.

El viento de la persecución

En Madrid, algunas personas, para perjudicar a la Obra, aconsejan a algunos estudiantes, sobre los que tienen influencia, que se introduzcan entre los que participan en los medios de formación que ofrece el Opus Dei. Esos “falsos hermanos” se fijan, entre otras cosas, en un detalle ornamental del oratorio de la residencia de Jenner: un friso que el Padre había hecho pintar, a corta distancia del techo, con las palabras de un himno litúrgico (Congregavit nos in unum Christi amor, el amor de Cristo nos ha reunido), seguidas de unas frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, in communicatione fractionis panis et orationibus (Act. II,42): “Perseveraban todos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en las oraciones”. Las palabras latinas estaban separadas por motivos decorativos y símbolos eucarísticos y litúrgicos tradicionales: los panes, la espiga, la vid, la luz, la paloma, la cruz… Aquellos pobres chicos infiltrados, en su ignorancia, hacen correr el rumor de que se trata de signos cabalísticos …

En Barcelona ocurre algo parecido. A tal punto llegan las cosas que el nuevo abad coadjutor del Monasterio de Montserrat, el P. Escarré, considera oportuno, el 9 de mayo de 1941, escribir al Obispo de Madrid para pedirle información autorizada sobre el Opus Dei, con objeto de poder dar una respuesta a quienes le preguntan. Monseñor Eijo y Garay le contesta en los siguientes términos:

“Yo sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo. Lo conozco todo, porque el Opus Dei, desde que se fundó en 1928, está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario general o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos y… en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos. El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso (…). Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei ¡y no lo son!; cómo se inquieta a los padres y a las madres de los alumnos, y se requiere la acción de autoridades públicas; (…) de todo ello no sacará el Señor más que bien para el Opus Dei; pero duele el descrédito de los buenos que así persiguen lo bueno”.

La persecución, en efecto, no se limita a los miembros del Opus Dei; se dirige también contra sus familias. La madre de un estudiante que, poco antes, había pedido la admisión al Opus Dei en Valencia, es visitada, con ocasión de un viaje a Barcelona, por un religioso que ella no conocía. Lleno de “caridad”, le dice que su hijo va a condenarse si sigue al Padre Escrivá, pues éste enseña que es posible ser santo en medio del mundo, y le ruega encarecidamente que le haga desistir de seguir ese camino, olvidando que el joven es mayor de edad. Aquella pobre mujer quedó tan impresionada que tuvo que guardar cama durante varios días. Hasta que, a pesar de que aquel religioso le había dicho que no lo hiciera, la buena señora fue a consultar al Vicario de la diócesis de Valencia, don Antonio Rodilla, el cual no sólo la tranquilizó, sino que afirmó con fuerza que su hijo había encontrado en el Opus Dei un auténtico camino de santidad en el mundo.

Don Antonio Rodilla tuvo que disipar también otras muchas mentiras que circulaban entre algunos obispos, consiliarios de Acción Católica, religiosos y religiosas. Porque no se trataba ya de críticas más o menos aisladas, sino de un auténtico vendaval de persecución alimentado por pérfidas calumnias.

El Padre cambia de confesor

Desde su regreso a Madrid, don Josemaría ha vuelto a confesarse habitualmente con su antiguo confesor, el P. Sánchez Ruiz. Aunque sigue confiándole solamente su vida interior, no lo que se refiere al Opus Dei propiamente dicho, le habla de su desconcierto en cuanto estallan los primeros rumores calumniosos.

Cosa curiosa: no encuentra en él el consuelo que esperaba… Hasta que un día, el P. Sánchez, muy nervioso, le dice de sopetón lo que piensa: la Santa Sede jamás aprobará el Opus Dei. Y cita, para apoyar su opinión, un artículo -poco adecuado, por cierto- del Código de Derecho Canónico.

Don Josemaría queda consternado ante este súbito cambio, ya que su confesor siempre se había mostrado convencido del origen divino de lo que había pasado en su alma aquel 2 de octubre de 1928. Es más, cuando le había ido a visitar el 14 de febrero de 1930, después de haber visto, en la Misa, la necesidad de fundar una Sección de mujeres del Opus Dei, el P. Sánchez le había dicho que “aquello era tan de Dios como lo demás”.

¿Cómo explicar este cambio de actitud sin pensar que ha sido presionado para que le disuada de fundar el Opus Dei?

Don Josemaría no concibe la dirección espiritual al margen de un clima de plena confianza. Por eso decide dejar de verle, no sin antes explicarle, con toda delicadeza, que después de lo que le ha dicho, no le parece oportuno seguir confesándose con él. Corre el año 1940 y el Fundador toma como confesor a un sacerdote amigo suyo, don José María García Lahiguera, director espiritual del seminario diocesano de Madrid.

Primera aprobación oficial

Mons. Eijo y Garay está preocupado. Hacia 1940-41, el Señor permite una contradicción tremenda contra el Opus Dei, y el Obispo de Madrid, que sigue paso a paso la vida y desarrollo de la Obra, determina dar la primera aprobación diocesana, para ver si así se acalla la persecución.

El Fundador queda perplejo ante la proposición. Sabe que cuenta con el apoyo y estímulo de su obispo, al que siempre ha tenido informado, pero, como buen canonista, comprende perfectamente que la Obra tiene que crecer y madurar antes de encontrar su propio camino jurídico, pues su novedad planteará, sin duda, la necesidad de reformar la legislación en vigor.

Mientras el Señor permitía estas contradicciones, ocurrió un acontecimiento: el 22 de agosto de 1940 había fallecido el Arzobispo de Toledo y sabe el Padre que el candidato más probable para sucederle es precisamente el Obispo de Madrid.

Por eso, con lealtad, en una conversación, le dice a don Leopoldo: Señor Obispo, déjenos, no nos ayude; ¿no se da cuenta de que se juega la mitra de Toledo? Y don Leopoldo le contesta: “Josemaría, lo que me juego es el alma”.

Unos meses más tarde, el Padre se da cuenta de que todavía no ha presentado a Mons. Eijo y Garay los documentos pertinentes.

-Señor Obispo, yo quiero ser siempre muy obediente a Vuestra Excelencia y sin embargo, a pesar de que hace mucho tiempo me ha pedido los documentos para proceder a la aprobación de la Obra, no se los he traído: sólo hoy me he dado cuenta de esto, de que no hago lo que el Señor Obispo me ha dicho. Y, al darme cuenta, he sentido una gran alegría, porque cualquier otro eclesiástico hubiera venido enseguida al Palacio Episcopal, trayendo esos documentos que el Señor Obispo había pedido: así he tenido una nueva prueba de que la Obra no es mía, sino de Dios; si no la aprueba usted, la aprobará su sucesor…

El 14 de febrero de 1941, el Fundador presenta la solicitud de aprobación, con la documentación requerida. El 24 de marzo el Obispo de Madrid firma el decreto que, en virtud del artículo 708 del Código de Derecho Canónico (por el que los simples fieles pueden asociarse para obras de piedad y caridad), da al Opus Dei la aprobación como Pía Unión pero, como le ha pedido don Josemaría, sin erigirlo canónicamente. Don Leopoldo ha tenido la delicadeza de fechar el documento el 19 de marzo, festividad de San José, fiesta del Patrono que celebra el Fundador. Además de la fórmula ritual, añade algunas palabras que testimonian su afecto y estímulo hacia el Opus Dei: “Y pedimos a Dios Nuestro Señor, por intercesión de San José, en cuya fiesta tenemos la satisfacción de aprobar canónicamente tan importante Obra de celo, que conceda que no se malogre ninguno de los grandes frutos que de ella esperamos”.

Cuando Mons. Eijo y Garay comunica la noticia a don Josemaría, éste se encuentra en la casa de Diego de León. Inmediatamente, va a buscar a su madre y a los pocos miembros de la Obra que están allí. Todos juntos, entran en el oratorio y se postran de rodillas ante el Sagrario, para dar gracias.

París, 1º de mayo de 1960

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El Padre, rodeado de sus hijos, asiste a una tertulia en un piso de una casa del Boulevard Saint-Germain, donde viven algunos miembros de la Obra. A los tres primeros franceses -dos de los cuales acaba de conocer- les habla del cariño que tiene a su país, evocando, con buen humor, la octava parte de sangre francesa que lleva en sus venas, lo que explica -dice- su pasión por la libertad…

Les encarga también que digan a los que vendrán tras ellos cómo se ha esforzado desde hace años en amar mucho a Francia, para compensar así el empeño de algunos de sus profesores de Barbastro, que pretendían inculcar en sus alumnos sentimientos antifranceses, vivos en Aragón desde las campañas napoleónicas.

El Padre se divierte al observar la sorpresa de uno de los que le escuchan y pasa a hablar de otro tema, atemperando con buen humor la seriedad de lo que dice: espera mucho de Francia, como corresponde a su influencia intelectual en el mundo; para que los apostolados de la Obra se abran paso en ese “dulce” país, viene ofreciendo desde hace tiempo oraciones y mortificaciones, las últimas durante el viaje que le ha llevado a la capital de Francia.

Oración, trabajo

Porque -afirma- para lograr que la Obra arraigue en un país es preciso roturar antes la tierra: el apostolado de acción como fruto sabroso de la oración y del sacrificio.

Esa tarea espiritual -preparar la tierra- es precisamente la razón de ser de los rápidos viajes que suelen alejar al Fundador de Roma.

En algunos de los países que recorre no hay todavía ningún miembro del Opus Dei. No importa: con los que le acompañan, se detiene a rezar a la Virgen en diversos santuarios, para confiarle las intenciones de la Iglesia y poner en sus manos la futura expansión de la Obra en el país respectivo. Muchas veces, visita al Obispo del lugar para darle a conocer el espíritu y los apostolados del Opus Dei.

Cuando sus hijos ya han comenzado a trabajar en el país que visita -como ocurre en Francia, en Alemania, en Suiza, en Irlanda, en Inglaterra-, procura pasar largos ratos con ellos, a ser posible durante varios días, para animarles y reconfortarles con su buen humor y su alegría.

Cuando está en Roma, responde a sus cartas con palabras llenas de cariño, que escribe de su puño y letra, con rasgos firmes y fuertes. El tono es siempre optimista, aunque no ignora en absoluto las dificultades y estrecheces que acompañan siempre los comienzos de la labor apostólica en nuevos países. Las que dirige con frecuencia a sus hijos de París dan una idea de la manera cómo el Fundador impulsa la labor de la Obra en todos los lugares donde empieza a implantarse. Durante los primeros años, insiste en la necesidad de llevar a cabo una labor previa de preparación del terreno mediante la oración y la mortificación, para que se abra pronto en la dulce Francia un surco fecundo y ancho.

En 1954, ruega encarecidamente a sus hijos que sean fieles a los ratos de oración que deben jalonar su jornada, porque sólo así esa gran nación dará sus frutos. Los exhorta a tener fe y confianza en ese período aparentemente estéril: Roturad con alegría, que los campos de Francia son fecundos. Que la Madre del Cielo haga fecundo el trabajo en la dulce Francia…

Pide noticias de cada uno en particular, los felicita en sus santos y cumpleaños, les habla de fidelidad, de generosidad en el apostolado: Estoy ilusionado con las bendiciones que el Señor y su Madre bendita van a derramar sobre Francia, por vuestro trabajo, les escribe en diversas ocasiones, porque Dios Nuestro Señor premia siempre con creces nuestra fidelidad y el empeño que ponemos en servir a la Iglesia y a las almas…

Les pide también que rompan las amarras, que se hagan franceses con los franceses. ¡Por salvar un alma estoy dispuesto a hacerme turco!

Les hace sentir igualmente la ayuda procedente de la comunión de los santos: Rezo especialmente por vosotros cada día y estoy lleno de esperanza por la labor que se avecina.

Poco a poco, van empezando a surgir vocaciones, como el Padre había previsto mientras ayudaba desde lejos a una eclosión que anhelaba con todas sus fuerzas desde 1935.

En sus breves visitas a Francia, siempre se había apoyado en la Señora: en Lourdes, donde había ido a rezar siempre que había podido; en Chartres; en París, en aquel islote de paz del crucero derecho de la catedral de Notre Dame…

En Ars había invocado también a San Juan Bautista María Vianney, al que había nombrado santo intercesor de la Obra junto con el italiano Pío X, el inglés Tomás Moro y el oriental Nicolás de Bari; y en Lisieux, a Teresita del Niño Jesús, cuyos escritos había leído una y otra vez…

En París, finalmente, en 1958, había orado intensamente en la Basílica del Sacré-Coeur.

La animación de los apostolados

Cuando regresa a Roma, sigue ofreciendo, por todos los países donde está ya o estará la Obra, el trabajo monótono de los días siempre iguales, exprimidos hora a hora en el cumplimiento de sus “deberes de estado”: el gobierno del Opus Dei, la atención a los que, de visita en Roma, quieren verle y conversar con él aunque sólo sean unos instantes…

Siempre que puede, predica a quienes le rodean y escribe a todos sus hijos cartas en las que, a grandes rasgos, evoca, como en los años treinta y luego en la guerra y en la posguerra, las inmensas perspectivas apostólicas que abre el espíritu de la Obra.

El Señor quiere que se le ponga de nuevo en la cumbre de todas las actividades humanas.

Con ejemplos concretos, el Fundador sugiere cómo se puede vivir esa espiritualidad en todos los ambientes en que puede encontrarse un cristiano inmerso en el mundo.

En sus cartas de los últimos años ha ido dando noticias de la marcha de las obras de Villa Tévere. Ahora, en París, en este mes de mayo de 1960, habla de los edificios que están casi terminados. Desde 1955, las obras han ido a un ritmo muy rápido, sobre todo si se tiene en cuenta la importancia de esas casas y la escasez de recursos. Los gastos superan con mucho las posibilidades de los miembros de la Obra, aunque han dedicado a cubrirlos gran parte del producto de su trabajo profesional. Por eso, en todos los países donde trabajan, han buscado dinero como han podido, pidiendo ayuda a sus amigos y realizando, a menudo, tareas suplementarias u horas extraordinarias. Incluso han pedido dinero a personas que no conocían nada de la Obra.

Gracias a su esfuerzo, en la sede central de la Obra pueden, desde hace poco, alojarse con cierta comodidad los alumnos del Colegio Romano. El 31 de diciembre de 1959, el Padre ha celebrado misa por primera vez en el oratorio de Santa María de la Paz, destinado a ceremonias de cierta importancia. Debajo, se ha abierto una cripta en la que serán enterrados algunos miembros de la Obra. Allí desea reposar un día el Fundador del Opus Dei, sin salir de esta Roma donde ha venido a “enterrarse” en 1946.

Cerca, en otra pequeña cripta, yace su hermana Carmen, que no quiso regresar a España después de llevar a cabo su tarea de arreglo y atención de la casa de Salto di Fondi. El 20 de junio de 1957 había muerto apaciblemente, en su casa del Trastévere. El golpe había sido muy duro para el Padre, que, otra vez, veía partir a uno de los miembros de su familia, a quien, además, la Obra debía tanto.

Cuando le habían comunicado el diagnóstico, se había dirigido filialmente al Señor y le había repetido, como pidiendo un milagro: Si quieres, puedes…

“Tía Carmen” -como la llamaban los miembros de la Obra- había entregado su alma a Dios a las tres y veinticinco de la madrugada y el Padre había repetido de rodillas, al pie de la cama, la oración que, en los hospitales de Madrid, susurraba al oído de los agonizantes: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. -Amén. -Amén.

Al concluir la Santa Misa, que había celebrado inmediatamente después, le había invadido una profunda paz: Se acabaron las lágrimas (…); ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor, que se la ha llevado al Cielo; con el gozo del Espíritu Santo.

El Padre acababa de adquirir la certeza de que su hermana estaba en el Cielo. Una dedada de miel en medio de su amargura, como solía decir a veces…

Ahora Carmen descansa en la cripta, formando parte de los cimientos de unos edificios que parecen de piedra y son de amor. ¡Encierran tanta oración y tanto sacrificio de los que han colaborado en su construcción…! Entre ellos, los del Secretario General del Opus Dei, don Álvaro del Portillo, quien varias veces, en momentos decisivos para la continuación de las obras, ha logrado milagrosamente pagar las letras que vencían, trabajando sin descanso, a pesar de varias enfermedades que le aquejaban en esa temporada.

Una audiencia del nuevo Papa

En París, el Padre ha evocado también la audiencia que le había concedido, el 5 de marzo de 1960, Juan XXIII.

Era la primera vez que el Fundador de la Obra se entrevistaba con el sucesor de Pío XII, fallecido el 9 de octubre de 1958.

Juan XXIII, por su parte, ya conocía la labor del Opus Dei, pues había visitado algunas de sus realizaciones: La Estila, una residencia de estudiantes en Santiago de Compostela, donde había estado en 1954, año jubilar, y otra en Zaragoza, Miraflores, donde se había alojado durante su viaje a España en aquella ocasión.

El Papa conservaba un recuerdo muy vivo del ambiente cordial que se respiraba en los Centros de la Obra, que alguien le había descrito previamente como una institución “imponente” que “hacía mucho bien”. Se lo había contado al Fundador, añadiendo, con buen humor, que cuando había vuelto a oír hablar de la Obra, habían vuelto a decirle que era “imponentíssima e faceva moltissimo bene…”.

A esto se aludía, de alguna manera, en la carta que el Cardenal Secretario de Estado había dirigido al día siguiente a Mons. Escrivá de Balaguer, adjuntándole una fotografía de la audiencia.

El Papa Juan había reído abiertamente cuando el Fundador le manifestó, con su franqueza acostumbrada, que no había aprendido de Su Santidad a practicar el ecumenismo, porque había tenido que hacer varias tentativas infructuosas antes de conseguir que la Santa Sede admitiera, en 1950, que pudiese haber cooperadores no católicos, e incluso no cristianos, del Opus Dei.

Don Josemaría no era ya, en absoluto, aquel joven sacerdote desconocido que había llegado a Roma para solicitar una Fundación que hacía saltar el corsé del Derecho canónico. Sin embargo, ante el Papa, es decir, ante el “Vice-Cristo” o “el dulce Cristo en la tierra”, como solía decir con palabras de Santa Catalina de Siena, se sentía siempre profundamente conmovido: Después de Jesús y de María, el Papa, quienquiera que sea, solía repetir a sus hijos.

Don Josemaría, que ha hablado siempre con sinceridad y sencillez, y que ha obrado siempre como hijo que ama al Santo Padre, tuvo noticia de que hubo quien se sonrió al enterarse de que había pasado su primera noche, en la capital de la Cristiandad, rezando por el Papa y mirando a sus habitaciones Le ha dolido que se juzgue con esa ligereza lo que es profesión de fe, y desde entonces su cariño a la Cabeza visible de la Iglesia se ha hecho más teológico. Es lo que expresa a su manera cuando reza un Credo ante la basílica de San Pedro -lo hace siempre que visita el Vaticano-. Al llegar a las palabras “Creo en el Espíritu Santo… y en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica…”, repite por tres veces:

“Creo en mi Madre, la Iglesia romana, añadiendo, a veces, a pesar de los pesares”.

-¿Qué entiende usted por ese “a pesar de los pesares”?, le había preguntado un día Mons. Tardini, a quien le había contado esto.

-Sus errores personales y los míos, le había respondido Mons. Escrivá, acompañando su santa desvergüenza de una sonrisa que le había dejado desarmado.

Con este espíritu de fidelidad a la Iglesia, reza y hace rezar a sus hijos, ahora, por “la gran intención” de Juan XXIII: el Concilio Ecuménico que acaba de convocar el Santo Padre.

Roma, 26 de junio de 1975

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquella noche, en Europa, y a medida que pasan las horas en el resto del mundo, a miles y miles de hombres y mujeres les cuesta conciliar el sueño. Una y otra vez repiten, sin acabar de creérselo: ¡Ha muerto el Padre!

Cuando, tras hora y media de esfuerzos -durante la que don Álvaro del Portillo ha administrado la Extremaunción a Mons. Escrivá de Balaguer y le ha dado la absolución varias veces-, sus hijos comprenden que es inútil cualquier nueva tentativa de reanimación, todos se arrodillan para rezar, sin tratar de contener las lágrimas.

Unos minutos más tarde dos miembros del Opus Dei contemplan de rodillas, cerca de una de las puertas de Villa Tévere, cómo transportan el cuerpo del Padre, sobre una tarima, al oratorio de Santa María de la Paz.

Don Álvaro del Portillo ha mandado comunicar la noticia enseguida a Su Santidad el Papa, y Pablo VI, al recibirla, se ha retirado a rezar a su oratorio privado.

También ha mandado que se comunique, por teléfono o por telegrama, a los Consiliarios de todos los países donde la Obra trabaja.

En las primeras horas de la tarde de ese mismo jueves, empiezan a llegar personalidades civiles y eclesiásticas a Villa Tévere, para rezar ante el cuerpo del Fundador del Opus Dei, que, revestido con un alba de encaje bajo la que se trasluce el fondo púrpura de prelado, reposa ahora sobre un paño negro, al pie del altar.

Las Misas se suceden en el oratorio. La primera la ha celebrado don Álvaro, quien, el viernes, a las seis de la tarde, celebra también la última, de corpore insepulto.

Al darle el pésame, un cardenal le ha dicho que es un día de duelo no sólo para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia. Otro ha exclamado: “¡Cuánto bien va a hacer ahora a la Iglesia desde el Cielo!”

Mons. Deskur, Presidente de la Comisión Pontificia para la Comunicación Social, ha manifestado, por su parte, lo agradecido que estaba al Padre y al Opus Dei por lo mucho que habían hecho por la Iglesia en el campo del apostolado de la opinión pública, añadiendo que quería ser el primero de los obispos que solicitara su beatificación.

Durante el jueves y el viernes, no cesan de llegar testimonios de pésame.

En la tarde del viernes 27, después de celebrada la última misa de corpore insepulto, Mons. Escrivá de Balaguer es enterrado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz; la tumba se cubre con una lápida de color verde oscuro que el Padre había mandado preparar.

El sábado, 28 de junio, con asistencia de seis cardenales y numerosos obispos y prelados, se celebran unos solemnes funerales en la basílica de San Eugenio, llena a rebosar. El recogimiento de los asistentes y las innumerables comuniones que se imparten impresionan a las personalidades presentes, entre las cuales hay varios embajadores.

Terminada la misa, llega a la Sede Central del Opus Dei un telegrama firmado por el Cardenal Villot, Secretario de Estado, expresando que el Papa Pablo VI reza y ofrece fervientes sufragios para que el Señor conceda al Fundador del Opus Dei “la recompensa eterna por su celo sacerdotal”. Por la tarde, el Santo Padre envía al Secretario General del Opus Dei una carta en la que le comunica que el día antes ha ofrecido la Misa por el eterno descanso de Mons. Escrivá de Balaguer y que, consciente de la pérdida que ha sufrido la Iglesia, sigue rezando por él, pidiendo a Dios que todos los miembros del Opus Dei sigan siendo muy fieles al espíritu que, por voluntad divina, les ha legado el Fundador.

Mons. Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, ha ido a rezar, el jueves por la tarde, ante el cuerpo de Mons. Escrivá. También ha representado al Santo Padre en los funerales celebrados en la basílica de San Eugenio.

Casi simultáneamente, se celebran misas en distintas iglesias de numerosas ciudades de todo el mundo. La prensa se hace eco de estas ceremonias. Tanto en Kenya como en Japón, en Australia o en Filipinas, en Londres o en París, en Washington o en Buenos Aires, los informadores ponen de relieve la piedad y el dolor sereno de todos los asistentes.

En muchos lugares del mundo se producen, con este motivo, fenómenos espirituales muy singulares: cambios súbitos de vida, confesiones, conversiones de gentes apartadas de la Iglesia… Mientras tanto, en Roma, ha comenzado, por la cripta en donde yace enterrado el Padre -75, viale Bruno Buozzi-, el desfile ininterrumpido de personas de todos los países y de todos los ambientes. A veces, son familias enteras las que van a rezar unos instantes ante la lápida en la que se han puesto sólo dos palabras: EL PADRE. Y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975. Las de su nacimiento y de su muerte. Su oración silenciosa confía ya a la intercesión del Fundador del Opus Dei preocupaciones pequeñas o grandes, problemas de diversa índole y, también, acciones de gracias por los favores que ha empezado a alcanzar en el Cielo.

Durante las semanas siguientes y a lo largo de todo el verano, van llegando a la Sede Central del Opus Dei miles y miles de testimonios sobre las virtudes que Mons. Escrivá de Balaguer supo vivir en grado heroico. Muchas cartas piden que se abra el proceso de beatificación. La procedencia y el estilo de estas cartas y testimonios ponen de manifiesto hasta qué punto la espiritualidad del Opus Dei ha penetrado en muchos países y en todas las capas sociales. Porque esas “cartas postulatorias”, esos testimonios, proceden de gentes jóvenes y mayores, humildes o encumbradas; de instituciones promovidas por el Opus Dei; de personalidades civiles -hombres de Estado, universitarios, escritores…-; de dignidades eclesiásticas -cardenales, arzobispos, obispos: un tercio del episcopado mundial-; y de religiosos y religiosas.

El 15 de septiembre de 1975, dos meses y medio después de que Dios llamara al Cielo a Mons. Escrivá de Balaguer, es elegido sucesor don Álvaro del Portillo. La votación ha sido unánime y los electores, pertenecientes a ochenta nacionalidades de otros tantos países en los que hay miembros de la Obra, no han necesitado más que un solo escrutinio.

Para el Opus Dei, acaba de comenzar una etapa de continuidad en la fidelidad a la herencia espiritual del Fundador.

“Me llamo Leire…”

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Leire tiene 33 años. Se casó con Rober queriendo formar “un hogar luminoso y alegre”, expresión que aprendió de San Josemaría. Han pasado nueve años y tienen dos hijas con síndrome de Down. Con ellas, su hogar es más luminoso y alegre que nunca.

Opus Dei -

Me llamo Leire Zalba, nací en Durango el 26 de octubre de 1975, y soy la más pequeña de seis hermanas. Mis padres nos ayudaron siempre a crecer como cristianos, insistiéndonos en la importancia de querernos en la familia y de querer a los demás. Pienso que esto ha sido fundamental para que ahora, cuando todos hemos madurado, estemos muy unidos, “como una piña”.

Mi infancia fue muy normal. Al acabar el colegio me fui a Bilbao a estudiar Formación Profesional en el Centro Arangoya, que sacan adelante algunas personas del Opus Dei. ¡Qué cinco años! Aquí fue donde Dios tenia dispuesto cambiar mi rumbo, ya que yo venía muy “viva la vida que son dos días” y, realmente así hay que vivirla, pero bien.

Yo, en Arangoya, entendí lo que era el Opus Dei y pedí la admisión como supernumeraria. ¿Qué fue lo que me ayudó? La dirección espiritual, la oración y, otro factor al que yo le doy mucha importancia: el buen humor de la gente que me rodeaba.

En ese mismo año empecé a salir con Rober, el que hoy es mi marido. Como se puede ver, fue un año especial. Al acabar Arangoya tenía muy claro que quería estudiar Enfermería, pero no alcanzaba la nota media suficiente y estudié Educación Especial en San Sebastián. Tengo que reconocer que no empecé con muy bien pie, de nueve asignaturas, aprobé una y me desesperé; menos mal que mis padres en ese momento me animaron y me dijeron: “acaba el curso y después decidirás”. La verdad es que acabé los tres años de carrera con buen sabor de boca.

“Los dos luchamos por vivir un noviazgo cristiano: lo digo porque cuando tienes al lado a la persona que quieres, a veces, puedes hacer locuras. Rezábamos juntos y eso nos ayudaba, porque cuando luchas y respetas a la persona, la quieres más”.

En el último año de carrera, Rober y yo, decidimos casarnos. Acabé en junio y nos casamos el 2 de octubre de 1999. Fue un día precioso y la verdad es que pusimos mucha ilusión en prepararnos. Digo prepararnos, porque los dos luchamos por vivir un noviazgo cristiano, lo digo porque cuando tienes al lado a la persona que quieres, a veces, puedes hacer locuras. Nosotros intentábamos rezar juntos y eso nos ayudaba porque cuando luchas y respetas a la persona, la quieres todavía más. Nuestro plan era formar un “hogar luminoso y alegre”, y nos pusimos manos a la obra.

Al cabo de un año, nació Ander; después tuvimos a Asier; y más tarde, nacieron Nerea y Uribarri. No nos podemos quejar, Dios nos ha bendecido con estas cuatro joyas, cada cual más gorda, y digo esto porque las dos pequeñas tienen Síndrome de Down. Lo que al principio fue una desgracia se convirtió en un regalo de Dios, porque cuando aceptas su voluntad todo se convierte en eso, en un regalo de Dios. Nos apoyamos mucho en la familia y en nuestros amigos, que nos animaron mucho y nos siguen ayudando. San Josemaría Escrivá decía que Dios manda estas criaturas a las familias a las que ama mucho. Por eso Rober y yo nos sentimos muy afortunados de contar con estos hijos que nos ayudan a estar todavía más unidos. Además esta situación nos ha servido para no estar cerrados y abrirnos a otras familias que están en una situación similar.

Opus Dei -

En Durango, mucha gente nos admira, otros muchos piensan que estamos locos y les damos lástima por tener tantos niños y, encima, con síndrome de Down. Pero a nosotros nos importa muy poco todo eso, porque sabemos que el fundamento de nuestro matrimonio es agradar a Dios y por ello luchamos todos los días. Presentimos que estas dos niñas van a ser algo grande en esta vida. Son muchos los corazones que están transformando, en nuestra familia y en la gente de Durango.

La verdad es que cuanto más planificas tu vida, el Señor te da sorpresas como ésta y te cambia todo de un plumazo, sin avisar. También pensamos, desde lo más profundo del corazón que, si en alguna familia tenían que nacer estas niñas para ser acogidas y queridas incondicionalmente, era en la nuestra. ¡Esto es lo primero que nos dijimos cuando nos dieron la noticias y nos abrazamos inmediatamente después del parto! Sabemos que detrás de todo esto está la mano de Dios y que, iluminados con su gracia, sabremos afrontar todos los retos futuros.

Un hombre de fe

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Testimonio de Mons. Laureano Castán Lacoma, Obispo de Sigüenza (Guadalajara)
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando se cumplen los cincuenta años de la fundación del Opus Dei querido evocar por escrito algunos de mis recuerdos sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Le conocí hacia 1926, cuando era un joven sacerdote recién ordenado, y yo cursaba los primeros años del seminario. Solía acu­dir con su familia, durante el verano –hasta l934, a Fonz, mi pueblo natal, en la provincia de Huesca, para realizar algunas cortas visitas a su tío don Teodoro Escrivá, beneficiado de la capellanía de la Casa Moner.

En varias ocasiones pude ayudarle a celebrar la Santa Misa en la capilla de los señores de Otal barón de Valdeolivos–, con quie­nes me unía una gran amistad. Desde entonces, guardo la viva impresión que me produjeron la piedad y el extraordinario fervor con los que celebraba el Santo Sacrificio. Ya entonces vivía lo que más tarde habría de enseñar: «La misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la persona de Cristo, y en el nom­bre de Cristo» (1).

En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932 dimos vanos paseos, a solas, conversando largamente. Recuerdo una de aquellas conversaciones en la que, con gran fuerza, me habló de lo improcedente que resultaba la injerencia de los gobiernos en los asuntos internos de la Iglesia. En otra, paseando por la era Ferragut, cerca de la casa de su tío don Teodoro, me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que ayudado por la gracia de Dios– la veía proyectada en el futuro. La llamaba Obra de Dios, porque decía que no era suya, afirmaba: yo no quería fundar nada. El tiempo ha demostrado de modo impalpable que Dios escogió, para fundar el Opus Dei, un instrumento bueno y fiel

Me pidió entonces que rezara por la Obra de Dios, y lo he seguido haciendo, a diario, con intensidad y fervor. Reflexionando ahora desde la perspectiva de mi larga vida dedicada al servicio de la Igle­sia Santa y tantos años pastor en mi diócesis, no encuentro más explicación a mi perseverancia en rezar a diario por el Opus Dei que la profunda impresión que me causó la fe con la que hablaba Monseñor Escrivá de Balaguer y la santidad que se traslucía de su persona.

Su fe en Dios patente y fuera de lo común: de ahí su convencimiento de que los hombres somos sólo instrumentos, libres y responsables, en las manos de nuestro Padre Dios. Por eso –me insis­tía– en el apostolado lo primero es la oración; después, el espíritu de mortificación y de penitencia; sólo en tercer lugar, muy en tercer lugar como más tarde escribiría en Camino la acción (2).

Recuerdo también de aquella primera conversación sobre el espíritu de la obra, cómo me hizo ver que no estaría circunscrita a España, ni a una clase social determinada. Dios la quena universal, católica: abierta a los hombres de todas las condiciones sociales, de todas las razas, de los cinco continentes.

LA HORA DE LA INCOMPRENSIÓN

El primer desarrollo del Opus Dei en España estuvo acompa­ñado de graves incomprensiones, de una campaña de falsedades y calumnias, que Monseñor Escrivá de Balaguer supo sufrir con un profundo sentido sobrenatural y grandeza de corazón, sin guar­dar rencor a nadie.

En una ocasión –siendo yo obispo auxiliar de Tarragona– me refirió don Leopoldo Eijo y Garay, entonces obispo-patriarca de Madrid–Alcalá, que unas personas católicas fueron a hablar con él para sugerirle que interviniera contra la Obra y su fundador, como algo herético. Monseñor Eijo y Garay, después de escucharles, les explicó que él había actuado directamente y con pleno conocimien­to de causa en su aprobación. «Esa criatura –les dijo refiriéndose al Opus Dei– ha nacido en estas manos». Con esta expresión quería hacerles entender que conocía bien lo que había aprobado, lo que había hecho a ciencia y a conciencia.

En aquellos años no se hablaba de la llamada universal a la san­tidad. Esto puede explicar –humanamente– el recelo que en algunos provocó la predicación del fundador del Opus Dei a la par que hace destacar la unión íntima con Dios y la fortaleza heroica con la que –siempre con una sonrisa en los labios– continuó su labor. Escrivá de Balaguer, verdadero pionero del Concilio Vaticano II, que años más tarde vendría a promulgar solemnemente el contenido de su predicación.

Nunca guardó la menor animosidad contra nadie: al contrario, su gran corazón se agrandaba ante esos ataques injustos. Cuando tuvo que defender la Obra como era su deber– lo hizo siempre sin acritud, evitando referirse por su nombre a los que le habían calumniado. Y cuando era atacado personalmente, nunca se defen­dió, imitando de forma admirable el ejemplo del Divino Maestro: Jesús autem tacebat, pero Jesús permanecía en silencio (3). Como norma de conducta, que mantuvo siempre, trató tan sólo –son pala­bras suyas– de ahogar el mal en abundancia de bien.

DESPRENDIMIENTO

Junto con un gran respeto por la autoridad legítima que le llevaba a apreciar como es debida las muestras de honor y de dis­tinción que la acompaña– en Monseñor Escrivá de Balaguer noté siempre una absoluta carencia de afán de cargos o distinciones honoríficas.

Esta actitud de desprendimiento fue constante, a lo largo de su vida; cuando, al paso de los años, recibió merecidas distinciones pontificias y condecoraciones civiles; cuando rehabilitó un viejo título de nobleza de nuestra tierra aragonesa –le correspondía hacerlo al ser el primogénito– por considerarlo como un deber de estricta justicia hacia su familia. Paradójicamente, esta decisión constituyó una muestra de la humildad de don Josemaría, a quien no se le ocultaba que con seguridad, podría dar lugar a interpre­taciones torcidas que –para los que le conocíamos bien– resultaban ridículas.

AMOR A LA IGLESIA Y AL PAPA

Mi última conversación con el fundador del Opus Dei tuvo lugar en Roma en enero de 1974, durante cerca de hora y media. Fue una charla muy afectuosa, extraordinariamente espiritual y, a la vez, enormemente optimista: se mostró firmemente confiado en la Pro­videncia, aunque la Iglesia estaba pasando momentos difíciles. Me insistió mucho en que rezara –convencido de la eficacia de la ora­ción– por la Iglesia y por el Papa.

Manifestándose con gran realismo en la apreciación de las difi­cultades por las que atravesaba –y atraviesa– la Iglesia, me llamó la atención verlo profundamente esperanzado y optimista; más que en motivos humanos, fundamentaba su esperanza en la Providencia de Dios sobre su Iglesia: «Tu optimismo será necesaria consecuen­cia de tu fe» (4).

Se quedó grabado su amor por el Romano Pontífice. Al comen­tar la noticia de la audiencia que acababa de concederle el Santo Padre Pablo VI, me dijo que había procurado hablarle de las mara­villas que Nuestro Señor llevaba a cabo en tantas labores apostólicas de todo el mundo. Me comentó que el Papa ya tenía bastantes preo­cupaciones, y que había querido darle sólo alegrías. Me confió que a diario ofrecía la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa; sólo en tercer lugar la ofrecía por el Opus Dei. Salí de aquella conversación con Monseñor Escrivá de Balaguer contento y esperanzado: confortado por el gran sentido sobrenatural que pude apreciar en este gran amigo. Indudablemente, en armónico desarrollo con las demás virtudes, el amor a la Iglesia y al Papa que ya había notado en esa alma egregia en los años lejanos de nuestra juventud, se había hecho grande, más intenso, mas profundo. Sé que, con frecuencia, repetía a sus hijos lo que en esa ocasión me dijo a mí: que con alegría muy grande daría su vida, y mil vidas que tuviera, por el Romano Pon­tífice, sea quien sea; siempre–subrayaba– con la gracia de Dios, porque sin ella no podría hacer nada.

Si tuviera que realizar un resumen –muy limitado, como todos los resúmenes– sobre la persona del fundador del Opus Dei, diría que este extraordinario pionero de la espiritualidad laical, que tantos y tan altos servicios ha prestado a la Iglesia, se caracterizaba por una profunda vida interior, que le llevaba a conducir a Dios todas sus acciones y conversaciones, de manera que cuantos le tratábamos nos sentíamos arrastrados por ese amor de Dios que con­tagiaba; vida interior unida a una profunda alegría y sentido del humor, que llevaba a sentirse feliz a su lado. Y energía de carácter, que se compaginaba perfectamente con la exquisita delicadeza en el trato, con una gran serenidad y ponderación en sus acciones.

La beatificación y canonización de San Josemaría Escriva

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

El 17 de mayo de 1992, como hijos de su oración, asistimos en Roma a la beatificación de don Josemaría Escrivá de Balaguer, viaje inolvidable desde Almería recorriendo la primavera del litoral Mediterráneo, Francia, los Alpes, Italia, hasta la campiña romana. Un grupo maravilloso de familias y miembros de la Obra, que celebrábamos nuestras eucaristías al atardecer de cada día en los hermosos paisajes franceses e italianos, en sus verdes campos, en alguna gasolinera, siempre el mar a nuestra vista. Acampamos al sur de Roma, en plena campiña, al frescor de los viñedos y los ruidos agrícolas. ¡Qué gran día aquel 17 de mayo, la Plaza de San Pedro desbordada por el casi un millón peregrinos de todo el mundo, eufóricos bajo las columnas del Bernini escuchando la voz recia del Papa Juan Pablo II leyendo la fórmula de Beatificación de Josefina Bakhita, virgen, Hija de la Caridad, y de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei! En nuestros oídos los ecos de aquellas palabras de san Josemaría, siempre presentes: “Seguir a Cristo: este es el secreto. Acompañarle tan cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos”.(“Amigos de Dios”, 299). Hermoso día aquel, nuestra visita al atardecer a la iglesia de san Eugenio a Valle Giulia para venerar las reliquias del Beato, la noche estrellada, el clamor de la Roma histórica, cristiana, volteada de campanas, noche llena de rumores y palabras…

“Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándonos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior”, palabras de Juan Pablo II.

No pudimos estar en Roma, como hubiéramos querido, el domingo 6 de octubre de 2002, sí estuvimos en espíritu por medio de la TV, en la canonización de Josemaría Escrivá, san Josemaría Escrivá, también por el Papa Juan Pablo II, culminación de su camino de entrega a Dios, porque, como no se cansaba de repetir, “ir al cielo, es lo que importa; lo demás no merece la pena…”

“San Josemaría fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que las actividades comunes que componen la vida de todos los días son camino de santificación. Se puede decir que fue el santo de lo ordinario” Palabras de Juan Pablo II, el 7 de octubre de 2002, en una audiencia en la Plaza de San Pedro.”Este santo sacerdote enseñó que Cristo ha de ser el ápice de toda actividad humana (cf Jn 12,32). Su mensaje –seguirá diciendo- mueve al cristiano a actuar en los lugares en los que se modela el futuro de la sociedad. De la presencia activa del laico en todas las profesión es y en las fronteras más avanzadas del desarrollo ha de derivar forzosamente una contribución positiva al fortalecimiento de esa armonía entre la fe y la cultura de que tan necesitado está nuestro tiempo.”

En nuestra aproximación a su vida, mientras pudimos, visitaríamos su ciudad natal, Barbastro, la catedral y la casa de la plaza del Mercado, Torreciudad sobre todo, castillo espiritual mariano sobre el verde de las aguas del pantano del Grado, allá el Pirineo aragonés, leeríamos sus libros, cartas y meditaciones, palabra viva y penetrante sobre muchos temas…

El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine…” ¡Somos hijos de Dios, “portamos la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras…!”, nos dirá en Forja, 1.

Días antes de su muerte en 1975, diría a un grupo de fieles de la Obra:

- “Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ¡Y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ¡esa otra Vida!…

“¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba san Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo…”

- “Entendí que la filiación divina había de ser la característica fundamental de nuestra espiritualidad: Abba, Pater! Y que, al vivir la filiación divina, los hijos míos se encintrarían llenos de alegría y de paz, protegidos por un muro inexpugnable; que sabrían ser apóstoles de esta alegría, y sabrían comunicar su paz, también en el sufrimiento propio o ajeno. Justamente por eso: porque estamos persuadidos de que Dios es nuestro Padre…”

Alma contemplativa, maestro de contemplativos, insistía en que es del todo necesario que la vida del cristiano sea esencialmente, ¡totalmente!, eucarística. “Alma de Eucaristía” Le gustaba hacer –confesaría a uno de sus hijos- actos de fe explícita en la presencia real de Jesús Sacramentado. “¡Jesús, te adoro!” Consideraba a la Eucaristía prenda segura de nuestra esperanza. “Nos insistía a Mons. Álvaro del Portillo y a mi –cuenta Mons. Javier Echevarría, actual Prelado de la Obra- que no pasásemos delante del Tabernáculo, sin decirle que le queréis con toda el alma, que queréis custodiarle en vuestros corazones, que le agradéis su presencia en el Sagrario para consuelo nuestro, que nos ayude con su fortaleza y su omnipotencia y, después de hacernos estas consideraciones, agregaba, yo lo hago.” Te doy gracias, Dios mío, porque desde joven me has hecho entrever la maravilla del Amor desde el misterio de la Eucaristía”, solía repetir.

Desde el amor y la oración de san Josemaría, también nosotros, desde el silencio y la desmemoria, desde esa presencia oculta y manifiesta de Dios, damos gracias al Señor porque, como él tanto repetía, ir al cielo es lo que importa... Gracias a san Josemaría por enseñarnos a buscar el Rostro de Cristo, nuestra contemplación…

La vocación

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Leí en ese libro que viniera a mis manos y ahora se hacía vivo: “No lo dudes: tu vocación es la gracia mayor que el Señor ha podido hacerte. Agradécesela.”A estos pensamientos, venían sobre mí otros del mismo libro que hablaban de locura, de fuego, de sal, de apostolado…Pero Señor, ¿tú sabes quien soy yo? ¿Es a mí a quien hablas? Yo sólo soy un pecador, y lo sabes perfectamente, un siervo inútil incapaz de hacer nada a derechas, todo en mi es un mal tejido, un telar deshilachado, una voluntad sin fuerza y, sin embargo, me hablas de “sal de la tierra”, mi sal desvirtuada, mi nula voluntad…¡Si todo lo tienes que poner Tú! ¡Siempre te ha tocado ponerlo todo en mi vida! ¿Acaso hay algo bueno en mí que no sea tuyo? Tú mismo, por caminos torcidos, por sendas tenebrosas, me trajiste al Opus Dei, tu llamada. Aquí estoy Señor para hacer lo que me pidas, pero bien sabes que soy un siervo inútil… ¡Bien lo sabes! Todo en mi vida ha sido un sembrado estéril, un campo sin verdor…

Salimos del Centro (al que nuestro hijo nos llevó), la tarde caída ya, aturdidos, sin comprender qué nos pasaba, tiempo de silencio que duraría meses, mientras leíamos las obras de San Josemaría empapándonos de sus palabras, su experiencia espiritual, su lucha interior, indicándonos la ruta de nuestra nueva vida…No sé cómo, porque ninguno de los dos nos atrevíamos, una tarde nos pusimos a rezar el santo rosario, venablo fino, y María salió a nuestro encuentro, y como Juan, la introducimos en nuestra casa, le hicimos un lugar en nuestra vida. No se hizo rogar, se adelantó a nuestras súplicas, mujer al fin cariñosa, nos tranquilizó con sus sonrisas maternales, nos habló con amor de su Hijo, nuestro Hermano, dijo, porque, como dice san Josemaría, si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender un poco lo que hay en ese corazón de Dios que se anonada…”. Conoce nuestras necesidades. Porque también somos hijos suyos. Fue así como comenzó nuestro trato con Ella, su imagen ocupa desde entonces nuestro centro familiar, es el canto cotidiano de Adela desde su enfermedad, la Virgen y el Niño, canción que en su boca se hace gemido de amor que traspasa el cielo… A través de ella encontramos a Jesús, así lo buscamos en nuestro viaje a Tierra Santa: Muéstranos a tu Hijo, le pedíamos. Y nos lo mostró en Belén, como a los pastores… ¡Miradlo! ¡Ved cuan hermoso es! Ella es nuestro modelo, dulce nombre en nuestros labios, como no podía ser de otra manera, vino para rehacer nuestro vida espiritual, abrir la puerta tanto tiempo cerrada de nuestro corazón prisionero, elaborando dulcemente con sus sonrisas y palabras, la más humilde de las mujeres, ¡la que creyó!, las rosas de nuestro regreso al amor de Dios, lo más grande que pudo sucedernos, “¿de qué, que venga a nosotros la Madre de Dios? ¡Bendita tú que has creído lo que se te dijo de parte del Señor!… ¡Todas las generaciones te llamarán bienaventurada!”

¡Que Dios Padre misericordioso nos esperara en la puerta de su Casa, a nosotros, hijos de su memoria, pródigos perdidos, y nos atrajera al abrazo de su Amor feliz con lágrimas de sus ojos y besos de su boca…! Todo eso se nos anunciaba con barruntos de esperanza, de vida interior, el cielo nimbado de fulgores, que no eran otra cosa que ángeles anunciándonos la alegría del cielo y de la navidad… Empezamos a entender, estrenábamos traje nuevo, nuestros harapos quedaban en el suelo arrastrados por la escoba…Eso ocurriría aquel 15 de octubre de 1985, día de Santa Teresa de Jesús, nuestra intercesora. Ese día, Josemaría Escrivá se dio a conocer como Padre nuestro, con muestras visibles de padre cariñoso, nosotros fruto de su oración…

Fue así, como sucedieron las cosas. Cómo nuestra vida perdida fue encontrada, cómo nuestros labios se hicieron ardientes, la palabra de Dios era un licor precioso, bebida de ángeles, y nuestro tapiz recobró su hechura y color, señal inequívoca de nuestra vocación que durante meses se barruntaba en nuestro horizonte con nubes clamorosas cuyo sentido no terminábamos de entender. ¿Qué era lo que se nos anunciaba? ¿Qué significaban esos cirros color de rosa en el cielo azul, luminosas formas, ángeles o pastores, como si Dios con su mano se entretuviera dibujando nuestros nombres, fácilmente legibles, en las estrellas? Fue un presentimiento que cada día se hacía más nítido pese a desgracias familiares, pese a malas noticias, una voz cariñosa, nos decía: Pasad, no os quedéis en la puerta, todos los días, ¡toda la vida!, os esperaba…la mesa está puesta, yo mismo os serviré…

Volvía el consejo insistente: “Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. Fue la frase que vino a señalarnos la ruta. Así, para siempre. Y todo por la gracia de Dios…

Villa Tevere

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante más de once años, en Viale Bruno Buozzi sonarán las piquetas de los albañiles, el ruido de las excavadoras, las voces que los capataces hacen llegar de uno a otro andamio. El Fundador no ha querido bendecir la pimera piedra. Reseva la prisa y la paciencia de su corazón para la última: aquella que ha de coronar el edificio.

El antiguo inmueble recibirá el nombre definitivo de Villa Vecchia, y su estilo se mantendrá aunque los arquitectos construyen dos pisos sobre la primitiva estructura. A un lado irán dos casas con fachada a la calle lateral: una de ellas para alojar, de modo independiente, a la administración doméstica. La otra, llamada Montagnola, para la Asesoría Central, organismo de gobierno de la Sección de mujeres de la Obra. El conjunto entero de la finca responderá al romano nombre de Villa Tevere.

La estructura no puede desentonar del estilo de la zona y de la ciudad. Ha de ser, además, un hogar que dé calor a la vida cotidiana del Opus Dei.

Y como tal hoga se proyecta. Cada rincón, cada pasillo, salita o lugar de reunión, debe hacer patente un modo de ser que aparece en el alma y el cuerpo de Villa Tevere.

Resulta increíble pensar que semejante proyecto ha dado comienzo sin medios económicos para financiarse. Sin embargo, así es. A medida que la Obra se extiende, se solicita ayuda a muchas personas de todo el mundo para construir la Sede Central. Al mismo tiempo, el Padre no se permite una pausa en el camino de amor por las almas. No espera a que se acabe la dificultad de estas obras para impulsar otras actividades. Atiende un abundante apostolado en Italia. Prepara la llegada del Opus Dei a otros países. Programa la formación intelectual y ascética de sus hijas e hijos. Se entrega a un estudio constante. Muchas veces, una contrariedad echa por tierra un trabajo que parecía terminado y hay que volver a empezar. Pero hace honor al Somontano que le vio nacer. Hay en su carácter una gran fortaleza y una capacidad de superar contrariedades por insalvables que parezcan. El lo llama tozudez aragonesa; todos saben que es, en primer lugar, una gigantesca fe en Dios.

“Villa Tevere” se levantará firme, sobre cimiento sólido. En los oratorios se suple con más esfuerzo la escasez de medios, para ofrecer a Dios lo mejor de que se dispone: el más bellamente construido será el de la Santísima Trinidad; el mayor, el de Santa María de la Paz, hoy iglesia Prelaticia.

Arriba, en lo alto de un torreón, se puede leer una gran cartela con las palabras Omnia in bonum!, que el Padre explica así:

«Doctrina paulina (…), que yo he repetido tanto en mis treinta años de vocación al Opus Dei. No hay nunca motivo para perderla paz» (23).

“Omnia in bonum”, en lo alto, bien a la vista. Para que se grabe en los ojos y en la mente, y cale hasta el corazón, y se extienda por el mundo entero en siembra de paz y de alegría.

Alegría que inunda la doctrina del Apóstol y que el Fundador apoya en el sentido de filiación divina. Todo cuanto sucede concurre en el bien de los que aman a Dios. Saberse hijos del Padre que está en los Cielos es la certeza de que toda situación, aun aquellas de difícil comprensión humana, tiene su clave en el universal Amor de Dios por sus hijos.

El primer edificio que se termina es el destinado a la Administración, para las mujeres de la Obra que se ocupan de la atención doméstica. El Padre ha dirigido muchos de los detalles, incluso en la decoración interna de la casa. Y les invita, desde entonces, a cuidar especialmente aquello que Dios y la entrega de las gentes de todo el mundo van a poner en sus manos, porque estos muros y estas paredes, les dice, «parecen de piedra y son de amor»(24).

Es decir, cada piedra, cada metro cuadrado, se ha construido sobre el trabajo, el sacrificio y la oración de tantos que ya participan de los apostolados del Opus Dei.

Les rogará, de nuevo, que encomienden al Cielo los pasos de don Alvaro para conseguir créditos con los que sostener y avanzar las tareas comenzadas. A veces los días parecen acelerarse a velocidad increíble. Muchas semanas no hay dinero con qué pagar. Se hacen todas las gestiones posibles. Y de un modo a veces inesperado, siempre se sale a flote. Llega un envío, responden a una llamada, un Banco concede un nuevo crédito. Y todo sigue adelante. Repetidas veces el Padre comenta refiriéndose a don Alvaro:

«Al lado de este hombre es imposible no tener fe»(25).

En los momentos más críticos mantiene el señorío de la generosidad con las personas que prestan algún servicio en la casa. Les invita a participar de algún refrigerio; es espléndido en los salarios, aunque sean las últimas liras que quedan en la casa.

El cuarto del Padre, en los futuros edificios, será una habitación pequeña y austera. El enlosado del suelo, azul y blanco, de forma romboidal. Una cama muy sencilla. Una mesa con tablero que se abre por medio de bisagras. Un sillón de madera y una lámpara de pie, con pantalla.

En la pared un óleo de escuela italiana, ovalado, que representa la Sagrada Familia. A la derecha el Crucifijo. Una inscripción sobre la puerta: «Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti » (26).

En la cabecera de la cama, unos mosaicos dibujan un corazón escoltado por esta frase: “Iesus Christus Deus” Homo.

Una mesita de noche y una pequeña banqueta de madera completan la habitación.

En su cuarto de trabajo hay una librería; sobre la pared, las fotografías de los tres primeros hijos suyos que se ordenaron sacerdotes y un rosario de gruesas cuentas. Un tríptico que adorna lo alto de un mueble-cajonera. Un sillón y una mesa de estilo castellano.

Colgada de una pared, una cuerda con la placa metálica numerada que llevan los soldados en tiempo de campaña para su identificación. Está colocada bajo una sencilla acuarela que representa un borriquillo. En la cuerda hay diez nudos. Los hizo un hijo suyo, durante la guerra española, para rezar el Rosario en las trincheras de los campos de batalla.

La ventana, de medianas proporciones, da al llamado “Cortile vecchio”. Igual que las puertas y librerías, está pintada en color verde.

En este pequeño despacho, así como en el destinado a don Alvaro, el Fundador rezará, soñará y conducirá la Obra por los caminos de Dios. Esta va a ser época de maduración bajo su impulso. La etapa de la gran expansión por los cinco Continentes.

A través de la ventana mirará con frecuencia el “Cortile vecchio”: ese pequeño patio de empaque romano, que tiene tonos ocre y mosaicos de colores. Se puede ver la representación de Santa María, que cabalga en borrico blanco y lleva al Niño entre los brazos. A un lado, tres argollas de hierro viejo dan al conjunto sabor de casa antigua, con invitación de hidalga hospitalidad. Es un lugar para monturas que esperan el comienzo de viaje o que retornan del campo una vez cumplida su misión. Y en el suelo, grabadas en la piedra, las huellas de unos pies descalzos: el estilo romano de indicar la dirección correcta.

Por este cortile silencioso cruzarán sus hijos -un día que hoy queda lejano en el tiempo- con el cuerpo exánime del Fundador; se les habrá ido en plena juventud del alma, en el umbral de su trabajo cotidiano, junto a estos muros levantados con el impulso de su amor a Dios y a los hombres.

Con temple

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1972, Antonio Bienvenida -miembro Supernumerario del Opus Dei- sufre la cornada de un toro. Es una de las muchas faenas que rubricó con sangre en su buen hacer de maestro. El Padre anda entonces por España y se interesa vivamente por el torero. Llama a un amigo de Antonio y le insiste:

-«Dile que tenga cuidado, que me he enterado del percance que ha sufrido, y que se cuide»(36)

Antonio lo sabe y, cuando se restablece un poco, va con su mujer a Pozoalbero, la Casa de Retiros de Jerez de la Frontera, para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer. Le lleva, bien puesta en un marco, la mejor fotografía de uno de sus lances: un momento muy arriesgado y muy torero.

Nada más conocer su llegada, el Padre les recibe y les invita a almorzar. Durante la comida, Antonio cuenta anécdotas de toros, situaciones difíciles y brillantes, miedo y triunfo: las dos caras del peligro. La conversación se acompaña de lances figurados, y le explica los sentimientos artísticos que le animan cuando está sobre el albero de la plaza: eso que los taurinos llaman torear con temple, porque, como es un momento de arte que se va, quieren hacerlo muy despacio para retenerlo el mayor tiempo posible (37).

Sin duda, por la mente del torero desfilan momentos de aquel toreo suyo tan puro, tan de verdad. Y el dolor que le ha causado, muchas veces, colocarse tan cerca de las astas. Se acuerda de un 18 de mayo de 1958 con la Monumental de las Ventas llena hasta la bandera: más de treinta mil aficionados. Un toro le cornea y la sangre sale a borbotones. Está a punto de morir. Tanto, que ha de plantearse seriamente el seguir con el oficio y el arte de una dinastía torera o cambiar de profesión.

Cuando recobra la salud, reaparece en la misma plaza, el 16 de mayo de 1959. Lleva un traje de luces idéntico al de la vez anterior. Brinda el toro, desde el centro, a todos cuantos le miran, en silencio absoluto, desde las gradas nuevamente abarrotadas. Y se lanza con más fuerza que nunca, con el mejor valor. Entre la arena y el cielo de Madrid, liga, esa tarde, la más formidable faena de su vida.

Algún tiempo después, el Padre explica ante una tertulia numerosa:

«Una vez, no os diré cuando, oí a un hijo mío al que quiero mucho -es un torero estupendo- que cuando está con el capote y viene el toro -un toro leal, majo, que hasta le da pena pensar que lo va a matar: él al toro, claro-, se recrea en la suerte, y hace despacio con el capote…».

Y aquí el Padre se marca una verónica… Y continúa, bromeando:

-«Yo no lo sé hacer. No he toreado en mi vida (…). Pues sí, recrearse, recrearse en la suerte, como un artista, ¡con amor!. Esto es también lo que hay que hacer con Dios Nuestro Señor»(38).

Este faenar entre lo divino y lo humano tal vez fuera lo que dio contenido a una conversación de Antonio Bienvenida, un día que regresaba de Valencia, junto a un conocido crítico de toros. Este tenía miedo al vuelo en avión, y Antonio bromeaba con ello. De pronto, se puso serio y dijo:

-«La muerte es lo más hermoso de la vida del hombre. A mí me acompaña constantemente. Me es familiar. La llevo dentro de mí como tú, como todos, pero yo la siento más cerca, a veces se palpa cuando se está delante del toro.

-¿Y no te aterra?

-No. Por dos razones muy poderosas: porque estoy acostumbrado a vencerla siempre, y porque tengo una gran fe en Dios, en que esto no se acaba… en que no puede acabarse

aquí… »(39)

En otra ocasión, comentaba:

«El último toro que pienso lidiar -si Dios quiere lo mejor posible- es el de la muerte, a la que estoy acostumbrado a tratar. Quisiera darle una lidia alegre y… templada. Despacio, lo más despacio que pueda, hasta que pueda llegar a poderla besar; a poderla besar con alegría. Por eso la fe es importantísima»(40)

Antonio morirá en una «tienta», de una cornada por la espalda que le da uno de los astados, en un momento de descuido. Es el año 1975 y sólo hace unos meses que se ha retirado definitivamente de las plazas. Ese mismo año ha fallecido el Fundador del Opus Dei. Tal vez no olvidó el torero, en sus momentos de agonía, el consejo afectuoso y sincero que recibía siempre, después de cada encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer: «que me cuidara mucho y que hiciera todo con mucho temple»(41)

En olor de multitud, como en las tardes de triunfo, fue llevado a hombros por la Plaza de las Ventas. Dijeron los comentaristas que se había cerrado un capítulo importante. Lo que ignoraban era que, montera en mano, el espíritu de Antonio brindaba su mejor lance al Dios que ha pintado el color de los alberos. Tal y como le dijo el Padre que había que hacer a lo largo de su oficio: despacio, sonriendo, sin miedo.


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