Crecer para adentro

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá veía la estancia de los miembros de la Obra en la legación no como un intervalo sin sentido, sino como una oportunidad de desarrollar su vida interior de oración y sacrificio. Haciendo una analogía con el trigo en invierno, más tarde escribió: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’.

-Pensé en ti: en tu forzosa inactividad…

-Dime: ¿creces también para adentro?”[1].

Para facilitar este crecimiento interior, Escrivá estableció un horario con Misa, oración mental, lectura espiritual y Rosario; y también tiempo para el estudio, tertulias con los demás miembros de la Obra y espacio para relacionarse con los otros refugiados. Pensando en la futura expansión de la Obra, les animó a estudiar lenguas extranjeras. Por ejemplo, del Portillo comenzó con el japonés. Un sacerdote de la Congregación del Sagrado Corazón, también refugiado de la legación, observa: “Es significativo que en aquel ambiente, en el que pasábamos muchas horas jugando a los naipes, jamás vi a los chicos del Padre entretenidos en el juego. Daba la sensación de que el Padre estaba pensando en el después viviendo muy plenamente el hoy”[2].

Gracias a su vida de oración y a tener el día lleno, los miembros de la Obra consiguieron mantener la paz, la serenidad y el buen humor. La hija del cónsul recuerda que ellos “mantenían entre los demás un ambiente muy cordial, hablando con unos y con otros (…). El Padre y los suyos estaban muy unidos, se ayudaban intensamente y demostraban tener una gran educación y sensibilidad. Como demostración graciosa de lo que estoy diciendo, pronto se conoció entre los demás aquel grupo con un mote cariñoso: ‘el susurro’, por lo delicadamente que hablaban”[3].

Una característica de la conducta de Escrivá fue evitar cualquier manifestación de partidismo político. Se abstuvo de criticar a las autoridades de la República y de unirse a las celebraciones que los demás refugiados hacían al recibir noticias sobre las victorias nacionales. El yerno del cónsul relata que “estaba dotado de un increíble equilibrio, de enorme serenidad; era exquisitamente educado y correcto. Jamás le vimos un gesto de inquietud, o de depresión: era la persona que hacía fácil y amable la convivencia, que no planteaba problemas de ninguna clase, que nunca hizo un comentario menos positivo, ni para el gobierno rojo, ni para el blanco, ni para los bombardeos, ni para las dificultades. Y esta actitud, en lugar de resultar ficticia, parecía a todos normal, lógica y, sin proponérselo, contagiaba el ambiente de serenidad y de alegría. Porque don Josemaría transmitía su seguridad a quienes le rodeábamos”[4].

Escrivá predicaba la meditación a sus compañeros casi a diario. Alastrué describe la escena: “Sentados en los colchones, sumidos en la penumbra que nos envolvía (…), oíamos casi día a día las pláticas y meditaciones del Padre. Sus palabras, unas veces serias, otras impetuosas y emotivas, siempre luminosas, descendían sobre nosotros y parecían ponerse en nuestra alma. Todo en ellas giraba en torno a la persona, la vida, las palabras, la Pasión de Cristo, en una referencia más o menos directa. Contemplar despacio y con amor a Cristo, gustar sus palabras, seguir paso a paso sus milagros, sus enseñanzas, sus sufrimientos eran su materia inagotable”[5].

En aquellas circunstancias, muchos, incluso los que antes habían tenido una vida de piedad vigorosa, probablemente se hubieran contentado con esperar a que pasase la tormenta, manteniendo un mínimo nivel de vida cristiana. En las meditaciones y en sus conversaciones con los miembros del Opus Dei, sin embargo, Escrivá marcó metas altas de crecimiento en la vida interior: “La vida es lucha. Pero, insisto, esta lucha debe ser continua. Si no nos la presenta el enemigo, presentémosla nosotros. Si no distinguimos qué hemos de combatir en nosotros, examinémonos con mayor detenimiento y cuidado. Recojámonos profundamente en nosotros mismos. Acudamos así, alerta, al encuentro del enemigo, dispuestos a provocarle y a reñir con él en cuanto lo percibamos. No aceptemos la inacción; mientras vivamos, el enemigo de nuestra alma nos acecha.

Pero, además, estamos llenos de defectos que es necesario extirpar, y carentes de virtudes que es preciso adquirir. Busquemos en qué es necesario violentarse, qué es lo que hay que suprimir, qué es preciso hacer arraigar. ¿Qué debe ser nuestra existencia sino un sacrificio y un esfuerzo constantes para realizar la Voluntad de Dios, para darle alegría y gloria, con una perfección buscada a costa de mortificación y trabajo? Luchemos, luchemos siempre, con humildad, con perseverancia, con ánimo; luchemos, sabiéndonos hijos de Dios, que esta conciencia adquirimos de manera especial al llegar a la Obra. Luchemos, manteniendo en nosotros el gaudium cum pace, sin turbarnos, sin inquietarnos por fracasos y por reveses (…).

Pero de nada vale nuestro cuidado, si no contamos con Dios. Lo primero, casi lo único, es su ayuda. Pidámosle el gaudium cum pace para todas nuestras peleas. Supliquémosle que nos conceda gracia, fuerza, paciencia y humildad para que, conociéndonos, confiemos sólo en Él. Y recojámonos, finalmente, para que –contempladas nuestras necesidades- formemos nuestros propósitos concretos”[6].

Escrivá urgía a los miembros de la Obra no sólo a sobrellevar con alegría el hambre, el frío, el aislamiento y la ansiedad que entrañaba su situación, sino también a buscar oportunidades de ofrecer pequeños sacrificios a lo largo del día. En esto él iba por delante hasta un grado que es difícil de entender. Adelgazó tanto por la escasez y pobreza de la comida, que cuando su madre fue a visitarle no le reconoció hasta que oyó su voz. A pesar de todo, para poder ofrecer a Dios algo más como reparación y penitencia, en repetidas ocasiones comía menos de lo que le correspondía, de modo que los demás pudiesen tener un poco más. Practicaba también otras fuertes mortificaciones corporales, como el uso de las disciplinas, movido por el deseo de desagraviar a Dios por los muchos sacrilegios y crímenes que la guerra traía consigo.

Con su intensa oración y espíritu de sacrificio ayudó a los miembros de la Obra a mantener la alegría a pesar de la dureza de su situación. Alastrué, haciendo memoria de los meses pasados en la legación, escribe: “Parecía como si la carencia de todo, la sombría estrechez del encierro, el peligro que se cernía en torno nuestro, trajeran una dulzura escondida; era una bendición real que tocábamos día a día. No era sólo que Dios nos diese fuerzas para soportar la prueba; es que, efectivamente, ‘aquel yugo era suave y aquella carga ligera’, es ‘que podíamos correr con el corazón henchido de alegría por la vía de la voluntad de Dios’. Recuerdo la frase sencilla y sincera de uno de nosotros, José María, cuando un día, comentando esta disposición de ánimo decía: ‘esto no puede continuar, es demasiada felicidad’”[7].

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 294

[2] AGP P03 1981 p. 253

[3] Ibid. p. 249

[4] Ibid. p. 250

[5] Ibid. p. 257-258

[6] AGP P12 p. 121-122

[7] AGP P03 1981 p. 251

Últimas semanas antes de la Guerra Civil

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A principios del verano de 1936, el clima político seguía empeorando. Por todas partes se oía hablar de complots contra el gobierno: ya fueran de la derecha con apoyo del Ejército, ya de los sindicatos y partidos de izquierda con el apoyo de las milicias populares. A comienzos de junio un grupo de oficiales del Ejército, dirigidos por el general Mola, tenía completamente planeado el levantamiento. Quería imponer un gobierno militar presidido por el general Sanjurjo, que había dirigido la intentona golpista de 1932. Una vez restaurado el orden, convocarían elecciones constituyentes y se redactaría una nueva constitución. Aparte de éstos, sus objetivos políticos eran vagos. Da la impresión de que su modelo era la dictadura de Primo de Rivera.

Sin traicionar los planes de los conspiradores, el 23 de junio de 1936 el general Franco escribió al presidente del Gobierno. Protestaba porque varios generales de derechas habían sido removidos de sus puestos y prevenía a Casares Quiroga de que la disciplina del ejército estaba en peligro. Nunca recibió respuesta.

El 1 de julio la prensa informaba, con grandes titulares, de que un destacado diputado socialista había amenazado de muerte en público al líder de la derecha Calvo Sotelo. El día 13 fue asesinado por las fuerzas de seguridad y su cuerpo arrojado junto a la tapia del cementerio de Madrid.

Como la mayoría de los españoles, los fieles del Opus Dei veían con horror cómo su país sucumbía a una espiral de violencia, pero no se quedaron paralizados por la inquietud. Justo cuando Zorzano llegaba a Madrid, se encontró una nueva casa para DYA en el número 16 de la misma calle Ferraz. El 17 de junio de 1936 firmaron el contrato de compra y a comienzos de julio empezaron el traslado. El 15 de julio se terminó, aunque quedaba mucho por hacer en la casa. Siguieron trabajando para preparar la nueva residencia y redoblaron su oración y sacrificio para llegar a una solución pacífica a la crisis.

Los anhelos de crecimiento y expansión se vieron frustrados por el estallido de una guerra civil que duraría casi tres años. La guerra y la persecución religiosa dispersaron a los miembros del Opus Dei. Dos de ellos, recientemente incorporados, murieron en el frente de Madrid; otros no perseverarían en su vocación a causa de las difíciles condiciones de la guerra. Al terminar la contienda, el Opus Dei contaba con menos miembros que cuando empezó y su único centro era un montón de escombros. Sin embargo, la prueba sufrida a causa de la guerra y la persecución religiosa fortaleció y templó la vocación de los que perseveraron y puso los cimientos de un nuevo periodo de expansión.

La Guerra Civil tuvo un efecto devastador para las todavía incipientes actividades apostólicas con las mujeres. El pequeño grupo de chicas jóvenes que pertenecía al Opus Dei en julio de 1936 quedó aislado de Escrivá durante tres años. Cuando empezó el conflicto, todavía no habían asimilado con profundidad el espíritu del Opus Dei, y para cuando se veía el final de la guerra ya habían enfocado sus vidas en otras direcciones. En abril de 1939, Escrivá concluyó que ninguna de ellas podía continuar en el Opus Dei. La única mujer con la que Escrivá podría contar para recomenzar la labro apostólica era Lola Fisac, que pidió pertenecer al Opus Dei en 1937, en plena Guerra Civil.

Las fuentes disponibles poco o nada dicen sobre las mujeres que eran del Opus Dei al comienzo de la guerra. Por eso, los siguientes capítulos están exclusivamente centrados en los hombres.

El siguiente capítulo resume los dramáticos acontecimientos que fueron el contexto de la historia del Opus Dei en el periodo de julio de 1936 a marzo de 1937.

Hombres y mujeres de oración

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Como director espiritual, Escrivá procuraba ayudar a los miembros de la Obra y a los demás a convertirse en hombres y mujeres de oración y sacrificio, que mantuvieran una profunda relación personal con Jesucristo. Quería que se dieran cuenta de que también estaban llamados a ayudar a sus amigos y colegas a vivir vida de oración. El 14 de noviembre de 1931 escribió: “La Obra de Dios va a hacer hombres de Dios, hombres de vida interior, hombres de oración y de sacrificio. El apostolado de los socios será una superabundancia de su vida ‘para adentro’”[1].

Escrivá animaba a practicar oración mental a todos aquellos que acudían a él en busca de dirección espiritual, sin importar lo difícil o aparentemente infructuoso que pudiera parecer. El tono de este consejo lo refleja una carta a Zorzano: “Ten absoluta confianza con Jesús. Cuéntale tus cosas. (…) Si alguna vez (o muchas veces) estás seco y árido, ante el Sagrario, sin saber qué decirle a Jesús…, hazle la guardia: persevera, como de costumbre, sin quitar un minuto: fiel, como un perrillo a los pies de su amo. Y esto, aunque vengan pensamientos inoportunos y hasta malos. Aquel día, es seguro, habrás merecido más con tu perseverancia y habrás consolado más a Dios”[2].

A finales de 1932 Escrivá imprimió en un primitivo velógrafo 246 breves puntos de meditación, sacados principalmente de sus notas personales y basados en su propia experiencia y en la de aquellos que acudían a él para la dirección espiritual. Distribuyó el texto a la gente con la que tenía contacto personal. En 1934 revisaría y expandiría esta colección de puntos de meditación y los prepararía para ser publicados privadamente con el título de “Consideraciones Espirituales”. Inmediatamente después de la Guerra Civil Española publicaría una versión corregida y aumentada con el título de “Camino”. El libro se convertiría en un “best seller”, con cerca de cinco millones de ejemplares vendidos en más de 40 idiomas.

Escrivá aconsejaba a los que acudían a él que abrazaran la Cruz de Jesucristo y vivieran una vida de sacrificio. Pero no les sugería que imitaran la rigurosa penitencia que él practicaba personalmente. En primer lugar subrayaba la amable y animosa aceptación de las dificultades del día y los sacrificios que exigía el cumplimiento de sus obligaciones. “A menudo”, les decía, “una sonrisa es la mejor mortificación”. Cuando hablaba de hacer alguna mortificación corporal, las prácticas que sugería eran moderadas.

El ascetismo que Escrivá aconsejaba era lo que llamaba “ascetismo sonriente”, reflejo de su propia experiencia. La severa penitencia que practicaba personalmente no le volvía triste o malhumorado. Al contrario, la gente que le conocía se sorprendía de su alegría y buen humor. Un atento observador podría conjeturar que el sufrimiento era parte de su vida, pero nunca habló a nadie más que a su director espiritual de las penitencias que realizaba o de las dificultades que pasaban él y su familia. Tenía pronta la sonrisa y un calido y contagioso sentido del humor.

Decía a los miembros de la Obra que debían ser alegres y estar contentos, no a pesar de los problemas y sufrimientos que tuvieran que soportar y de las penitencias que realizaran, sino a causa de ellos. Su fe le llevaba a ver la mano amorosa de Dios detrás de todo y a encontrar en todo la Cruz de Cristo, que era, escribió en una ocasión, “identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”[3]. E identificarse con Cristo y ser hijo de Dios era la fuente de una profunda felicidad sin importar lo grande que fuera el sufrimiento. “La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. -Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada”[4].

[1] Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez–Iglesias, José Luis Illanes. Ob. cit. p. 57, nota 16

[2] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 134

[3] Lucas F. Mateo-Seco, Rafael Rodríguez-Ocaña. Ob. cit. p. 30

[4] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 758

Un libro de un historiador alemán

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El Prof. Petcr Berglar enseña historia en la Universidad de Colonia desde 1971, es hijo de periodista y escritor, y ha publicado, entre otras, una monografía sobre Metternich. Le hemos preguntado sobre el Opus Dei y su Fundador.

–He escrito un libro sobre Mons. Josemaría Escrivá, aunque no le conocí personalmente. Desde luego es algo arriesgado, y quizá convendría explicar cómo llegué a conocerle: no personalmente, ni tampoco a través de sus escritos, en la teoría, sino a través de sus hijos espirituales, los miembros de la Obra. Me encontré con gente llena de buen humor, de alegría en el trabajo y derrochando amabilidad, lo que –tanto en mi impresión subjetiva como objetivamente– les distinguía con ventaja del clima de malhumor tan extendido…

Los de la Obra han sido para mí como espejos, en cada uno de los cuales se reflejaba Mons. Escrivá de Balaguer. Y al mirar en esos espejos, uno siente muy pronto ganas de volverse hacia aquel que te contempla y te habla desde el espejo.

–¿Por qué se ha interesado usted por la figura del Fundador del Opus Dei?

–El que yo, que soy historiador, me haya propuesto un trabajo así, que no entra directamente en mi campo de la historia moderna, se comprende porque Josemaría Escrivá de Balaguer es ciertamente una de las grandes figuras, no sólo de la historia del siglo XX, sino de la historia de los tiempos modernos. ¿Por qué? Porque ha sido un renovador de la vida cristiana, uno de esos renovadores que son enviados una y otra vez a la Iglesia del modo y en el momento en que le hacen falta. Y la renovación consiste en que ha liberado a los cristianos de la escisión entre sentir por una parte el anhelo de Dios y de seguir a Cristo y por otra parte el haberse acostumbrado a pensar, durante siglos, que esto no era posible para un hombre corriente, metido en la vida cotidiana. Se había abierto un foso entre cristianos de primera y de segunda clase, es decir, entre cristianos, a quienes se suponía con fuerzas para conseguirlo, porque eran sacerdotes o religiosos, y la gran mayoría de los demás, que podían ser también cristianos cumpliendo ciertas exigencias mínimas. El Fundador del Opus Dei hasalvado este foso. Lo expresa de modo gráfico al decir que hay que aprender a realizar el trabajo de Marta con el espíritu de María.

–¿Qué rasgo de su personalidad le gustaría resaltar?

–Que lo que dice Mons. Escrivá hay que tomarlo absolutamente al pie de la letra. No hablaba por hablar, no afirmaba algo para retractarse luego con un «eso no lo decía en serio». Lo que dice debe tomarse en un sentido existencial. Nosotros corremos siempre el peligro de que ciertas palabras se nos conviertan en tópicos, por ejemplo el considerar el Opus Dei como familia. El carácter familiar de la Obra, oímos decir. O la universalidad de la Obra. O cuando su Fundador dice «omnia in bonum», todo es para bien… Hay que convencerse de que cada una de estas palabras contiene una afirmación de alcance existencial. Por ejemplo, cuando habla de la Obra como familia no usa una metáfora o una alegoría; quiere significar que la Obra es, en gran escala, una familia de lazos sobrenaturales que posee exactamente las mismas estructuras y las mismas normas de vida que una pequeña familia en el sentido biológico, social. Y cuando dice yo soy, para los miembros de la Obra, padre y madre, hay que tomarlo igualmente al pie de la letra, no como una bonita metáfora. Quiere dar a entender: yo soy padre porque oriento, enseño, dirijo a mis hijos en el Opus Dei. Pero soy también madre porque les amo con la ternura de una madre y porque les he engendrado de mi propio ser con oración y sacrificio, les he dado a luz.

Crecer para adentro

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá veía la estancia de los miembros de la Obra en la legación no como un intervalo sin sentido, sino como una oportunidad de desarrollar su vida interior de oración y sacrificio. Haciendo una analogía con el trigo en invierno, más tarde escribió: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’.

-Pensé en ti: en tu forzosa inactividad…

-Dime: ¿creces también para adentro?”[1].

Para facilitar este crecimiento interior, Escrivá estableció un horario con Misa, oración mental, lectura espiritual y Rosario; y también tiempo para el estudio, tertulias con los demás miembros de la Obra y espacio para relacionarse con los otros refugiados. Pensando en la futura expansión de la Obra, les animó a estudiar lenguas extranjeras. Por ejemplo, del Portillo comenzó con el japonés. Un sacerdote de la Congregación del Sagrado Corazón, también refugiado de la legación, observa: “Es significativo que en aquel ambiente, en el que pasábamos muchas horas jugando a los naipes, jamás vi a los chicos del Padre entretenidos en el juego. Daba la sensación de que el Padre estaba pensando en el después viviendo muy plenamente el hoy”[2].

Gracias a su vida de oración y a tener el día lleno, los miembros de la Obra consiguieron mantener la paz, la serenidad y el buen humor. La hija del cónsul recuerda que ellos “mantenían entre los demás un ambiente muy cordial, hablando con unos y con otros (…). El Padre y los suyos estaban muy unidos, se ayudaban intensamente y demostraban tener una gran educación y sensibilidad. Como demostración graciosa de lo que estoy diciendo, pronto se conoció entre los demás aquel grupo con un mote cariñoso: ‘el susurro’, por lo delicadamente que hablaban”[3].

Una característica de la conducta de Escrivá fue evitar cualquier manifestación de partidismo político. Se abstuvo de criticar a las autoridades de la República y de unirse a las celebraciones que los demás refugiados hacían al recibir noticias sobre las victorias nacionales. El yerno del cónsul relata que “estaba dotado de un increíble equilibrio, de enorme serenidad; era exquisitamente educado y correcto. Jamás le vimos un gesto de inquietud, o de depresión: era la persona que hacía fácil y amable la convivencia, que no planteaba problemas de ninguna clase, que nunca hizo un comentario menos positivo, ni para el gobierno rojo, ni para el blanco, ni para los bombardeos, ni para las dificultades. Y esta actitud, en lugar de resultar ficticia, parecía a todos normal, lógica y, sin proponérselo, contagiaba el ambiente de serenidad y de alegría. Porque don Josemaría transmitía su seguridad a quienes le rodeábamos”[4].

Escrivá predicaba la meditación a sus compañeros casi a diario. Alastrué describe la escena: “Sentados en los colchones, sumidos en la penumbra que nos envolvía (…), oíamos casi día a día las pláticas y meditaciones del Padre. Sus palabras, unas veces serias, otras impetuosas y emotivas, siempre luminosas, descendían sobre nosotros y parecían ponerse en nuestra alma. Todo en ellas giraba en torno a la persona, la vida, las palabras, la Pasión de Cristo, en una referencia más o menos directa. Contemplar despacio y con amor a Cristo, gustar sus palabras, seguir paso a paso sus milagros, sus enseñanzas, sus sufrimientos eran su materia inagotable”[5].

En aquellas circunstancias, muchos, incluso los que antes habían tenido una vida de piedad vigorosa, probablemente se hubieran contentado con esperar a que pasase la tormenta, manteniendo un mínimo nivel de vida cristiana. En las meditaciones y en sus conversaciones con los miembros del Opus Dei, sin embargo, Escrivá marcó metas altas de crecimiento en la vida interior: “La vida es lucha. Pero, insisto, esta lucha debe ser continua. Si no nos la presenta el enemigo, presentémosla nosotros. Si no distinguimos qué hemos de combatir en nosotros, examinémonos con mayor detenimiento y cuidado. Recojámonos profundamente en nosotros mismos. Acudamos así, alerta, al encuentro del enemigo, dispuestos a provocarle y a reñir con él en cuanto lo percibamos. No aceptemos la inacción; mientras vivamos, el enemigo de nuestra alma nos acecha.

Pero, además, estamos llenos de defectos que es necesario extirpar, y carentes de virtudes que es preciso adquirir. Busquemos en qué es necesario violentarse, qué es lo que hay que suprimir, qué es preciso hacer arraigar. ¿Qué debe ser nuestra existencia sino un sacrificio y un esfuerzo constantes para realizar la Voluntad de Dios, para darle alegría y gloria, con una perfección buscada a costa de mortificación y trabajo? Luchemos, luchemos siempre, con humildad, con perseverancia, con ánimo; luchemos, sabiéndonos hijos de Dios, que esta conciencia adquirimos de manera especial al llegar a la Obra. Luchemos, manteniendo en nosotros el gaudium cum pace, sin turbarnos, sin inquietarnos por fracasos y por reveses (…).

Pero de nada vale nuestro cuidado, si no contamos con Dios. Lo primero, casi lo único, es su ayuda. Pidámosle el gaudium cum pace para todas nuestras peleas. Supliquémosle que nos conceda gracia, fuerza, paciencia y humildad para que, conociéndonos, confiemos sólo en Él. Y recojámonos, finalmente, para que –contempladas nuestras necesidades- formemos nuestros propósitos concretos”[6].

Escrivá urgía a los miembros de la Obra no sólo a sobrellevar con alegría el hambre, el frío, el aislamiento y la ansiedad que entrañaba su situación, sino también a buscar oportunidades de ofrecer pequeños sacrificios a lo largo del día. En esto él iba por delante hasta un grado que es difícil de entender. Adelgazó tanto por la escasez y pobreza de la comida, que cuando su madre fue a visitarle no le reconoció hasta que oyó su voz. A pesar de todo, para poder ofrecer a Dios algo más como reparación y penitencia, en repetidas ocasiones comía menos de lo que le correspondía, de modo que los demás pudiesen tener un poco más. Practicaba también otras fuertes mortificaciones corporales, como el uso de las disciplinas, movido por el deseo de desagraviar a Dios por los muchos sacrilegios y crímenes que la guerra traía consigo.

Con su intensa oración y espíritu de sacrificio ayudó a los miembros de la Obra a mantener la alegría a pesar de la dureza de su situación. Alastrué, haciendo memoria de los meses pasados en la legación, escribe: “Parecía como si la carencia de todo, la sombría estrechez del encierro, el peligro que se cernía en torno nuestro, trajeran una dulzura escondida; era una bendición real que tocábamos día a día. No era sólo que Dios nos diese fuerzas para soportar la prueba; es que, efectivamente, ‘aquel yugo era suave y aquella carga ligera’, es ‘que podíamos correr con el corazón henchido de alegría por la vía de la voluntad de Dios’. Recuerdo la frase sencilla y sincera de uno de nosotros, José María, cuando un día, comentando esta disposición de ánimo decía: ‘esto no puede continuar, es demasiada felicidad’”[7].

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 294

[2] AGP P03 1981 p. 253

[3] Ibid. p. 249

[4] Ibid. p. 250

[5] Ibid. p. 257-258

[6] AGP P12 p. 121-122

[7] AGP P03 1981 p. 251

Últimas semanas antes de la Guerra Civil

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A principios del verano de 1936, el clima político seguía empeorando. Por todas partes se oía hablar de complots contra el gobierno: ya fueran de la derecha con apoyo del Ejército, ya de los sindicatos y partidos de izquierda con el apoyo de las milicias populares. A comienzos de junio un grupo de oficiales del Ejército, dirigidos por el general Mola, tenía completamente planeado el levantamiento. Quería imponer un gobierno militar presidido por el general Sanjurjo, que había dirigido la intentona golpista de 1932. Una vez restaurado el orden, convocarían elecciones constituyentes y se redactaría una nueva constitución. Aparte de éstos, sus objetivos políticos eran vagos. Da la impresión de que su modelo era la dictadura de Primo de Rivera.

Sin traicionar los planes de los conspiradores, el 23 de junio de 1936 el general Franco escribió al presidente del Gobierno. Protestaba porque varios generales de derechas habían sido removidos de sus puestos y prevenía a Casares Quiroga de que la disciplina del ejército estaba en peligro. Nunca recibió respuesta.

El 1 de julio la prensa informaba, con grandes titulares, de que un destacado diputado socialista había amenazado de muerte en público al líder de la derecha Calvo Sotelo. El día 13 fue asesinado por las fuerzas de seguridad y su cuerpo arrojado junto a la tapia del cementerio de Madrid.

Como la mayoría de los españoles, los fieles del Opus Dei veían con horror cómo su país sucumbía a una espiral de violencia, pero no se quedaron paralizados por la inquietud. Justo cuando Zorzano llegaba a Madrid, se encontró una nueva casa para DYA en el número 16 de la misma calle Ferraz. El 17 de junio de 1936 firmaron el contrato de compra y a comienzos de julio empezaron el traslado. El 15 de julio se terminó, aunque quedaba mucho por hacer en la casa. Siguieron trabajando para preparar la nueva residencia y redoblaron su oración y sacrificio para llegar a una solución pacífica a la crisis.

Los anhelos de crecimiento y expansión se vieron frustrados por el estallido de una guerra civil que duraría casi tres años. La guerra y la persecución religiosa dispersaron a los miembros del Opus Dei. Dos de ellos, recientemente incorporados, murieron en el frente de Madrid; otros no perseverarían en su vocación a causa de las difíciles condiciones de la guerra. Al terminar la contienda, el Opus Dei contaba con menos miembros que cuando empezó y su único centro era un montón de escombros. Sin embargo, la prueba sufrida a causa de la guerra y la persecución religiosa fortaleció y templó la vocación de los que perseveraron y puso los cimientos de un nuevo periodo de expansión.

La Guerra Civil tuvo un efecto devastador para las todavía incipientes actividades apostólicas con las mujeres. El pequeño grupo de chicas jóvenes que pertenecía al Opus Dei en julio de 1936 quedó aislado de Escrivá durante tres años. Cuando empezó el conflicto, todavía no habían asimilado con profundidad el espíritu del Opus Dei, y para cuando se veía el final de la guerra ya habían enfocado sus vidas en otras direcciones. En abril de 1939, Escrivá concluyó que ninguna de ellas podía continuar en el Opus Dei. La única mujer con la que Escrivá podría contar para recomenzar la labro apostólica era Lola Fisac, que pidió pertenecer al Opus Dei en 1937, en plena Guerra Civil.

Las fuentes disponibles poco o nada dicen sobre las mujeres que eran del Opus Dei al comienzo de la guerra. Por eso, los siguientes capítulos están exclusivamente centrados en los hombres.

El siguiente capítulo resume los dramáticos acontecimientos que fueron el contexto de la historia del Opus Dei en el periodo de julio de 1936 a marzo de 1937.

Nuevos fieles del Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Un día de finales de enero de 1935, Pedro Casciaro, murciano, estudiante de Arquitectura, fue a DYA invitado por un amigo. Casciaro no tenía ningún interés en conocer a Escrivá ni a ningún “alzacuellos”, como solía llamar a los sacerdotes. Estaba bautizado y había recibido una instrucción religiosa elemental de labios de su madre. Sin embargo, compartía la actitud de su padre, quien acompañaba a su esposa los domingos a Misa, pero no quería tener nada que ver con el clero. Casciaro aceptó ir a DYA, principalmente por curiosidad y con el firme propósito de no hablar de nada personal con Escrivá.

Le sorprendió agradablemente el buen gusto de la decoración de la academia y su aire cálido y acogedor. Se sintió completamente desarmado por la alegría y buen humor contagioso de Escrivá y por el interés que el joven sacerdote mostró por él. Después de unos minutos, se encontró vaciando su alma y, al final de la conversación, le pidió que fuera su director espiritual, aunque apenas tenía una ligera idea de qué era un director espiritual.

Con el paso de los meses, Escrivá animó a Casciaro a practicar las virtudes humanas y a adquirir una vida interior de oración y sacrificio. También necesitaba remediar las serias lagunas que tenía sobre la Iglesia y sus enseñanzas. Por ejemplo, en su primera visita al oratorio de DYA, Casciaro ni siquiera se había dado cuenta de que no había sagrario. Cuando el Padre se lo hizo notar, Casciaro preguntó si el Santísimo Sacramento se solía guardar por la noche en las iglesias.

Casciaro empezó a asistir a los círculos que daba el Padre. En sus memorias lo recuerda: “Semana tras semana, sábado tras sábado, Círculo tras Círculo, nos iba moviendo a realizar un intenso apostolado con nuestros compañeros, nos enseñaba a amar a Dios y nos alentaba a llevar una profunda vida cristiana. Era patente que lo que nos decía no procedía sólo del estudio o de su profundo conocimiento de las almas, sino, sobre todo, de su profunda vida interior y de su oración. (…) El Padre aludía con frecuencia en aquellas charlas al ‘fuego del amor de Dios’: nos decía que teníamos que pegar este fuego a todas las almas, con nuestro ejemplo y nuestra palabra, sin respetos humanos; y nos preguntaba si no tendríamos entre nuestros amigos algunos que pudieran entender la labor de formación que se llevaba a cabo en la residencia”[1].

Entre las cosas que llamaban la atención a Casciaro sobre el Padre estaban “su alegría, su buen humor constante, su don de gentes verdaderamente excepcional y su profundo amor a la libertad”[2]. Esto último era especialmente importante para Casciaro: “Yo era muy independiente. Esa independencia era un fruto natural de mi carácter y del clima de gran libertad en el que había sido educado. Quizá por eso, ese amor a la libertad de las conciencias que enseñaba el Padre me agradó especialmente. Nos recordaba siempre que el amor a la libertad consiste, antes que nada, en defender la libertad de los demás.

El Padre me fue mostrando las exigencias de la vida cristiana sin encorsetarla, sin asfixiarla en normas rígidas, o en cuadrículas mentales predeterminadas. Me ayudó a llevar una vida de piedad cada vez más intensa sin recortar nunca, ni ahogar -al contrario, las potenció- ninguna de mis legítimas aspiraciones humanas”[3].

Se aproximaban las vacaciones de verano y Casciaro había hecho importantes progresos en su vida interior. Intentaba ayudar a sus amigos y compañeros a vivir una vida más cristiana. Ni Escrivá ni nadie de DYA le había sugerido la posibilidad de pertenecer a la Obra; ni siquiera le habían explicado que algunos de aquellos jóvenes dedicaban sus vidas a Dios en celibato apostólico. Casciaro se sentía satisfecho con el progreso que había hecho y no pensaba nada más. Estimaba que había “llegado al tope, al ‘techo’ espiritual más alto al que podía aspirar…”[4].

Durante el largo y ocioso verano, pasado con su familia en la provincia de Alicante, la hoja informativa que recibía de DYA y algunas notas sueltas del Padre le ayudaron a mantener una cierta vida de piedad. En la hoja del mes de agosto se leía: “Seguid perseverantes en la oración y en el estudio: así es seguro que, dentro del próximo curso, el Señor dará a nuestro apostolado un impulso que supere nuestras esperanzas. No olvidéis que hay mucho por hacer… y que sería penoso oír a Jesús, diciendo como el paralítico de la piscina probática: ‘Non habeo hominem!’. No encuentro hombres capaces de ayudarme…”[5].

Casciaro empleó parte de su tiempo de verano en estudiar inglés para poder extender el apostolado a otros países: “Yo, a pesar de no ser del Opus Dei, ya me sentía parte, de alguna manera, no de un pequeño grupo circunstancial, sino de una labor apostólica naciente que duraría siempre. El Padre nos hacía partícipes de su ansia universal de apostolado y nos hacía rezar por esa futura expansión. Sabíamos que el aprendizaje de esos idiomas -alemán, ruso…- al que nos urgía tanto, tenía una poderosísima razón apostólica: había que extender el Opus Dei por los cuatro puntos cardinales”[6].

Cuando Casciaro volvió a Madrid en septiembre, notó que su compañero, estudiante de Arquitectura que le había llevado a DYA y que había pasado todo el verano en Madrid, parecía pensativo. Cuando le preguntó qué sucedía, la respuesta fue que estaba intentando aclarar si Dios le pedía que fuera miembro del Opus Dei.

Casciaro inmediatamente empezó a preguntarse si Dios le llamaba al Opus Dei. Cuando suscitó la cuestión por primera vez, Escrivá le aconsejó que reconstruyera su vida de oración y sacrificio que había dejado enfriarse durante el verano, y que se esforzara seriamente en los estudios, dejando sus preocupaciones vocacionales en manos de Dios.

A comienzos del año académico, otro estudiante de Arquitectura, Francisco Botella, quien como Casciaro combinaba esos estudios con la licenciatura en Ciencias Exactas, le pidió que le presentara al Padre. Poco después, Botella empezó a asistir a círculos en DYA y a tener dirección espiritual con Escrivá.

El día de retiro mensual de noviembre tuvo como tema central la vocación. Escrivá utilizó para la primera meditación el pasaje del evangelio del joven rico a quien Cristo invitó a seguirle, pero que se fue triste porque no quiso abandonar sus posesiones. Botella recuerda que el Padre habló sobre sacrificio, la Cruz del Señor y la mortificación y animó a los estudiantes a buscar apoyo y fortaleza en Nuestra Señora.

Después del día de retiro, Casciaro pidió a Escrivá pertenecer al Opus Dei, pero éste le aconsejó que esperara un mes o algo así y que mientras tanto profundizara su vida espiritual. Casciaro no quería esperar tanto y regateó con el Padre hasta llegar a nueve días. Escrivá le aconsejó que hiciera una novena al Espíritu Santo en la que pidiera luz para discernir la Voluntad de Dios. Pero nueve días seguían siendo demasiado tiempo para Pedro, quien finalmente logró que Escrivá aceptara una espera de sólo tres días, durante los cuales el Padre le urgió: “Encomiéndate al Espíritu Santo y obra en libertad, porque donde está el Espíritu del Señor allí hay libertad”[7]. Después de los tres días escribió una carta al Padre para pedirle la admisión al Opus Dei.

En los días de espera, Casciaro había preguntado a su amigo Botella qué pensaba de su deseo de incorporarse al Opus Dei. Botella, que desde hacía tiempo tenía la sensación de que Dios le pedía algo, no le dio ningún consejo, pero unos días después él mismo pidió ser admitido en el Opus Dei.

En julio, unos meses antes que Casciaro y Botella, había pedido la admisión Álvaro del Portillo, estudiante de Ingeniería de Caminos. Del Portillo era un joven apuesto y atlético, de familia acomodada y aficionado a los toros. Escrivá rezaba por él desde 1931 cuando una tía suya, voluntaria en el Patronato de Enfermos, le habló de su sobrino Álvaro cuando Escrivá le preguntó si conocía a buenos estudiantes que pudieran interesarse en las actividades apostólicas que pensaba organizar.

Al contrario que Casciaro, del Portillo había recibido una esmerada educación religiosa e iba a Misa y rezaba el Rosario casi a diario, aunque manifestaba poco interés por las asociaciones religiosas de estudiantes, altamente politizadas y muy abundantes en Madrid durante esos años. En el año académico 1933-34, del Portillo y otros estudiantes participaban en las actividades de la Conferencia de San Vicente de Paúl en Vallecas, barriada extremadamente pobre en las afueras del Madrid de entonces. Allá acudían regularmente para enseñar catecismo a los niños e intentar aliviar los sufrimientos de los pobres y enfermos.

Algunos trabajadores socialistas y anarquistas que vivían en el barrio detestaban esas visitas y decidieron dar una lección a los estudiantes. El domingo 4 de febrero de 1934, el grupo de jóvenes que iba calle abajo por la vía principal de Vallecas notó que en los balcones de las casas había mucha más gente que de costumbre. Parecían esperar que sucediera algo. Pronto descubrieron de qué se trataba: un grupo de quince o veinte hombres les atacó brutalmente. A uno le arrancaron la oreja, a Álvaro le golpearon en la cabeza con una llave inglesa y le hicieron una gran brecha. Los estudiantes lograron escapar lanzándose a la estación de metro vecina y cogiendo un tren a punto de salir.

El médico de urgencias que prestó a del Portillo los primeros auxilios fue negligente y la herida se infectó. Tuvieron que pasar tres meses antes de que Álvaro se recuperara del todo de aquel ataque.

Otro estudiante que también acudía a las Conferencias de San Vicente de Paúl presentó a del Portillo a Escrivá en febrero de 1935. Su primera entrevista sólo duro unos minutos, pero antes de que concluyera quedaron citados para verse unos días después. Cuando del Portillo llegó para la cita, Escrivá no estaba y no había dejado mensaje.

No se volvieron a ver hasta comienzos del verano. Del Portillo estaba a punto de marcharse de vacaciones de verano y decidió despedirse de Escrivá antes de viajar. Esta vez pudieron hablar largo y tendido. Escrivá le sugirió que retrasara su salida un día para asistir al retiro que tendría lugar al día siguiente en la residencia. Del Portillo no sabía en qué consistía un día de retiro y no tenía ganas de asistir, pero accedió. Aunque sólo habían hablado una vez con profundidad, Escrivá vio que del Portillo podía entender el Opus Dei. Durante el día de retiro uno de los miembros de la Obra le explicó la vocación al Opus Dei, y él, inmediatamente, pidió la admisión. Era el 7 de julio de 1935.

Hasta ese día el procedimiento para pertenecer a la Obra había sido comunicar verbalmente a Escrivá el deseo de ser admitido. En esta ocasión, sin embargo, Escrivá indicó a del Portillo que le escribiera una breve carta. A partir de entonces, éste sería el procedimiento para pedir la admisión en el Opus Dei. La carta de Álvaro era corta e iba al grano, no decía más que que él había conocido el espíritu de la Obra y quería formar parte de ella.

Para aprender más sobre su vocación, del Portillo decidió quedarse en Madrid durante el verano. Para atenderle, Escrivá anuló sus planes de pasar unos días en casa del vicario general de Madrid. Tras un año de intensísimo trabajo, el Padre necesitaba un descanso. Además de sus deberes como rector de Santa Isabel y de visitar a los enfermos, llevaba el peso del apostolado del Opus Dei. Predicaba meditaciones y días de retiro, daba círculos y atendía espiritualmente a muchos y trabajaba continuamente para fomentar el espíritu de familia en la residencia. Visitaba a gente para pedirle dinero para DYA. Sustituía a un profesor enfermo, lavaba los platos, barría los suelos. Además, escribía largas cartas personales, instrucciones internas para los miembros de la Obra y libros para el gran público. A comienzos de verano estaba tan agotado -y se le notaba- que el vicario general se empeñó en que se tomara unos días de descanso, pero él decidió quedarse para dar a del Portillo la primera formación sobre el espíritu del Opus Dei.

Como del Portillo no había asistido a los círculos que se habían dado a lo largo del año, se los repetiría durante el verano. Años depués, del Portillo recordaba: “Me explicó el espíritu de la Obra y me aconsejó que rezara muchas jaculatorias, comuniones espirituales…, y ofreciese abundantes mortificaciones pequeñas a lo largo del día. Al hablarme de las jaculatorias, me comentó: hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo, e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. El Padre añadió: yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de la vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Ángel Custodio”[8].

A las pocas semanas se incorporó al círculo José María Hernández de Garnica. Había acudido regularmente a DYA desde su primera visita en otoño de 1934. Durante el año había asistido a círculos y recibido dirección espiritual del Padre. El 28 de julio pidió la admisión en el Opus Dei.

A finales del curso 1934-35 DYA había superado las dificultades del inicio. Se habían ocupado todas las plazas de la residencia. La academia contaba con un total de 125 alumnos inscritos en diversas asignaturas. El local estaba abarrotado y encontrar una habitación libre donde dar un círculo o, sencillamente, donde hablar en privado constituía un reto. Escrivá solía impartir la dirección espiritual paseando por Madrid, no tanto porque le gustara caminar, sino porque no tenía sitio donde meterse en DYA.

Aunque aún estaba cercano el desastre del año anterior, decidió ampliar DYA. No quedaban más pisos disponibles en el edificio, pero encontraron uno en el bloque contiguo. De nuevo la menguada herencia de la familia Escrivá sirvió para alquilar el apartamento del número 48 de la calle Ferraz. En septiembre de 1935 trasladaron allá la academia y dejaron para residencia todo el antiguo local.

* * *

A finales de 1935, el Opus Dei parecía madurar. Más importante que el éxito de DYA era el hecho de que el número de fieles del Opus Dei crecía despacio, pero firmemente. Entre los estudiantes y jóvenes profesionales que pertenecían a la Obra había un núcleo sólido que entendía bien lo que Dios quería de ellos. Eran hombres de talento y carácter, muchos de los cuales serían punteros en sus profesiones. Tenían gran fe en Dios y en la Obra y estaban dispuestos a sacrificarse por cumplir su misión. Se estaban convirtiendo rápidamente en hombres de oración, en “contemplativos en medio del mundo”. Escrivá planeaba ya la expansión del Opus Dei fuera de Madrid y a otros países.

[1] Pedro Casciaro. SOÑAD Y OS QUEDARÉIS CORTOS. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 32

[2] Ibid. p. 33

[3] Ibid. p. 33

[4] Ibid. p. 34

[5] Ibid. p. 38

[6] Ibid. p. 39

[7] Ibid. p. 46

[8] AGP P01 1985 p. 833

Entre los pobres y enfermos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las obligaciones de Escrivá en la iglesia de San Miguel –limitadas a decir Misa diariamente– satisfacían muy poco su celo sacerdotal. Un mes después de trasladarse a la residencia de sacerdotes, la fundadora de las Damas Apostólicas, Luz Rodríguez Casanova, le pidió que fuera el capellán del Patronato de Enfermos, abierto por esta comunidad. Escrivá aceptó feliz el ofrecimiento. Sin embargo necesitaba el permiso del obispo de Madrid para poder decir Misa, predicar u oir confesiones fuera de la iglesia de San Miguel. Gracias a la fundadora, que disfrutaba de excelentes relaciones con el obispo Eijo y Garay, Escrivá pudo obtener el permiso requerido. No obstante, el obispo estaba tan decidido a reducir el número de sacerdotes de otras diócesis en Madrid, que sólo lo concedió durante un año. Escrivá tendría que pedir cada cierto tiempo renovar sus licencias eclesiásticas para administrar los sacramentos y predicar en Madrid, además de solicitar la renovación de licencias en su diócesis de Zaragoza.

Los deberes oficiales de Escrivá como capellán del Patronato de Enfermos se limitaban a decir Misa y oficiar los demás actos que se celebraban en la iglesia, pero pronto empezó a ayudar a las Damas Apostólicas de otros modos. El Patronato de Enfermos intentaba remediar alguna de las deficiencias de la sanidad de entonces. Prácticamente no existía la sanidad pública. Había algunos hospitales del Estado, pero no estaban a la altura de los más modernos, equipados con material técnico y personal áltamente cualificado. Eran casi barracones para los indigentes moribundos, que no tenían otro sitio a donde ir. Nadie que pudiera pagar una clínica privada acudía a un hospital público. Y sólo los muy afortunados de entre los pobres eran admitidos en ellos. El escaso número de camas hacía que a menudo los pobres simplemente se quedaran sufriendo en sus chabolas. El Patronato tenía una enfermería con veinte camas y una clínica móvil.

Las Damas Apostólicas también atendían unas 60 escuelas para niños pobres en los suburbios y otras zonas de clase obrera de Madrid. Allí, 14.000 estudiantes recibían educación primaria y aprendían los rudimentos de la religión. Las Damas Apostólicas también habían levantado seis capillas en las afueras de Madrid, en barrios donde los inmigrantes de las provincias vivían sin nada, casi siempre en chabolas hechas por ellos mismos. Sin embargo, ninguna de estas capillas tenía un capellán fijo.

Escrivá pronto se involucró en muchas de estas actividades. Oía confesiones, enseñaba el catecismo, administraba los sacramentos a los enfermos en sus casas y cada año preparaba a cerca de 4.000 niños para su primera comunión.

Escrivá obtuvo lecciones para su vida interior de su contacto con los niños. Considerando las tareas que Dios le estaba encomendando, pero que todavía no veía con claridad, concluyó que su fuerza debía proceder de su indigencia. Él tenía “nada y menos que nada”[1], decía, pero, con la oración, todo saldría como Dios quería. La vida de infancia espiritual, dijo en una ocasión, “se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Y yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna!”[2]

La parte más exigente y agotadora del trabajo de Escrivá para el Patronato eran las visitas a los enfermos en sus casas, para oír confesiones, llevarles la comunión y administrarles el sacramento de la extremaunción. Las Damas Apostólicas estaban en contacto con miles de personas de condición humilde y recibían numerosas peticiones – a veces de la propia persona, y a veces de un pariente – para que un sacerdote llevara los sacramentos al enfermo. En aquellos tiempos sólo se llevaba la comunión a los moribundos. Las Damas Apostólicas obtuvieron permiso del obispo para llevarla a cualquier enfermo que lo pidiera, si el párroco del lugar estaba de acuerdo.

Gran parte de esta carga recayó en Escrivá. Viajaba de un extremo a otro de la ciudad, normalmente a pie o en tranvía, para ejercer su ministerio entre los enfermos de los barrios más pobres. Gracias a sus modales educados, pero sobre todo a su intensa oración y sacrificio, el joven sacerdote tenía un don especial para hacer que gente largo tiempo separada de la Iglesia se reconciliara con Dios en el lecho de muerte. En sus notas personales, por ejemplo, describía el siguiente caso: “Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. ‘Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas’… (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. ‘Me ha dicho que me confiese…, porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!’. Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? ‘A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido’. Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado… Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose”.[3]

Una de las religiosas que trabajaban en el Patronato en aquel tiempo recordaba más tarde: “Cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento”[4].

Algunos años antes de su muerte, Escrivá rezaba en voz alta, trayendo a la memoria esta etapa de su vida: “Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios… Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más”[5]

El celo apostólico de Escrivá no se limitaba a los pobres y enfermos. Estaba ansioso de extender el fuego de Cristo a todo el mundo, incluyendo los miembros de algunas familias aristocráticas que conoció. Las palabras de Cristo “Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda” (Lc 12:49) se desbordaban a menudo de su corazón en forma de canción.

Extender el fuego del amor de Cristo en el mundo. Ciertamente, esto era una parte de lo que Dios le estaba pidiendo desde su adolescencia, y Escrivá continuaba respondiendo a esa llamada divina con las palabras del profeta Samuel, “Aquí estoy, porque me has llamado” (1Sm 3:5). Uno de sus apuntes resume mucha de su oración mientras estuvo en Madrid en 1927 y 1928: “Fac, ut sit” (“Hazlo, haz que sea”)[6]. En respuesta a estas ardientes peticiones, recibía de Dios inspiraciones en forma de palabras oídas en su oración. Escrivá procuró meditar sobre ellas, y ponerlas en práctica. No obstante, seguían siendo oscuras y fragmentarias, acercamientos a ese “algo” todavía indefinido que Dios quería de él.

[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 75

[2] Ana Sastre. TIEMPO DE CAMINAR. Ediciones Rialp. Madrid 1989. p. 84

[3] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 283

[4] Testimonio de Asunción Muñoz González. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 373

[5] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 280

[6] ibid. p. 286

Introducción

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Opus Dei es una parte de la Iglesia Católica. Técnicamente, una prelatura personal, cuyo fin es promover entre católicos de todas las clases sociales una vida totalmente acorde con su fe. Ayuda a sus miembros y a otras personas a convertir su trabajo y el resto de actividades que forman el día a día de sus vidas en ocasiones de amar a Dios y de servir a sus semejantes, hombres y mujeres, recordándoles que todos los bautizados están llamados a buscar la santidad y a extender el Evangelio. Hoy día cuenta con más de 80.000 fieles de 90 nacionalidades: 47.000 en Europa, 28.000 en América, 5.000 en Asia, el Pacífico y Australia, y 2.000 en África. Según Vittorio Messori, el periodista italiano que colaboró con Juan Pablo II en el best seller “Cruzando el Umbral de la esperanza”, “la importancia eclesial del Opus Dei y su proyección social están empezando a notarse ahora. Sólo el tiempo la dará a conocer entoda su amplitud”[1].

Este libro cuenta la historia temprana del Opus Dei, cuando sólo era una pequeña semilla que empezaba a florecer. Elegí 1943 como el punto final del comienzo de su historia. En aquel tiempo el Opus Dei sólo contaba con unos doscientos fieles, todos ellos solteros, estudiantes universitarios o recién licenciados y que vivían en España. Sin embargo, ya en 1943 el fundador del Opus Dei, el beato Josemaría Escrivá, tenía en mente todas sus características esenciales y cómo se pondrían en práctica. Todo lo que vino después, y lo que está por venir, fue, pues, un desarrollo de lo que ya existía entonces.

Echando la vista atrás después de más de medio siglo, sería fácil suavizar inconscientemente la dureza de la historia de los comienzos a la luz del crecimiento posterior. El principal obstáculo para el desarrollo del Opus Dei en un principio fue la novedad de su mensaje: la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria. Todavía hoy, a pesar de las enseñanzas del Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad y el desarrollo de una rica teología sobre los laicos, a muchos católicos –por tener una visión clerical de la Iglesia– les resulta difícil de comprender. Treinta años antes del Concilio Vaticano II, la afirmación de que enfermeras, abogados, empleados de fábrica y trabajadores del campo estaban llamados por Dios a buscar la santidad en medio de sus ocupaciones se le antojaba a mucha gente, también a muchos eclesiásticos, como algo herético. De los pocos que admitían esa posibilidad teórica de buscar activamente la santidad en la vida ordinaria, muchos consideraban quijotesco dedicarse realmente a ello: “Si fuera a tomarme mi religión tan en serio”, pensaban, “lo mejor sería que me hiciera sacerdote.”

Además de esta dificultad intrínseca, el Opus Dei encaraba otra multitud de obstáculos. Su fundador era un joven sacerdote sin dinero ni contactos. Si pasaba grandes apuros para ganar el dinero necesario con que mantenerse, viviendo muy modestamente, él, su madre, su hermana y su hermano pequeño, cuánto más para sacar adelante las actividades del Opus Dei. Por otro lado, no pertenecía a la diócesis de Madrid, donde nació el Opus Dei, y por tanto se encontraba con la constante amenaza de ser expulsado de ella.

Poco después de la fundación del Opus Dei, España empezó a ser testigo de una serie de ataques legales a la Iglesia, a la vez que de brotes de violencia anticlerical. En este clima, muchos jóvenes que se tomaban en serio su fe se dedicaron con tanto ahínco a actividades políticas, incluso a la resistencia armada frente a la violencia anticlerical, que encontraban difícil o imposible entender la importancia que el fundador del Opus Dei daba a la vida interior de oración y sacrificio.

Unos años más tarde, cuando el Opus Dei tenía un pequeño núcleo de miembros y había adquirido un inmueble en el que llevar a cabo sus actividades, comenzó la Guerra Civil española y, con ella, lo que muchos han juzgado como la más sangrienta persecución que la Iglesia ha padecido en Europa occidental. Miles de personas –sacerdotes, religiosos y laicos– fueron asesinadas por sus convicciones religiosas. Se quemaron numerosas iglesias y se prohibieron las ceremonias religiosas. El fundador y los primeros miembros de la Obra se vieron obligados a esconderse. Durante tres años, las actividades de formación del Opus Dei se vieron obstaculizadas por la guerra, durante la cual quedó destruido el único centro. Dos miembros murieron en el frente y algunos otros no perseveraron a causa de las difíciles condiciones a las que se vieron sometidos durante la guerra.

No bien hubo acabado la Guerra Civil y el Opus Dei reanudado sus actividades, estalló la Segunda Guerra Mundial. España no estuvo envuelta directamente en ella, pero el clima de tensión y de incertidumbre que creó, unido al periodo de dureza y escasez económica de la posguerra, fue un nuevo obstáculo para el crecimiento del Opus Dei. Además, el Opus Dei empezó a sufrir una serie de crueles ataques. Algunos venían de los enemigos de la Iglesia que querían impedir a los católicos tomar en serio su fe; otros procedían de algunos políticos, contrarios a la defensa que hacía el Opus Dei de la libertad política de los católicos y a su negativa a suscribir la doctrina política dominante. Los ataques más importantes vinieron, sin embargo, de algunos sacerdotes y religiosos que veían el mensaje del Opus Dei acerca de la vocación de los laicos como herético y como una amenaza para los seminarios y la vida religiosa.

A pesar de todas estas dificultades, el Opus Dei no sólo sobrevivió, sino que se consolidó. Su supervivencia y crecimiento no son, sin embargo, conclusiones que se daban por supuestas. Se deben, principalmente, a la gracia de Dios y, también deben mucho al valor extraordinario, fortaleza y fe del fundador y de sus primeros seguidores, que este libro documenta.

Este estudio está basado en libros y artículos ya publicados. Las fuentes en las que descansa son fragmentarias e irregulares. Hay material abundante sobre muchos acontecimientos; sobre otros, muy poco; y casi nada, acerca de algunos. Por diversas razones, también la caridad hacia quienes no perseveraron en el Opus Dei, las fuentes accesibles se refieren exclusivamente a la gente que continuó en el camino emprendido y contribuyeron al crecimiento y desarrollo del Opus Dei.

El texto incluye muchas citas del Beato José María Escrivá. Algunas están tomadas de sus obras escritas, publicadas y no publicadas. Otras, de notas sobre lo que dijo en diversas ocasiones. Me remito, con frecuencia, al Archivo General de la Prelatura del Opus Dei, que el lector verá en las notas con las siglas AGP.

Aunque no puedo citar a todos individualmente, no quiero dejar de expresar un especial agradecimiento a Stanley G. Payne, que fue mi maestro en la Universidad de Wisconsin.

Oí hablar por primera vez del Opus Dei en Milwaukee, Wisconsin, en 1958. Poco después me incorporé a él. Desde 1960 a 1968 estudié en el Colegio Romano de la Santa Cruz, perteneciente al Opus Dei, donde tuve la oportunidad de conocer y trabajar con su fundador, Josemaría Escrivá de Balaguer, que fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1992 y será canonizado el 6 de octubre de 2002. Aparte de un breve epílogo, todos los acontecimientos narrados en este libro ocurrieron mucho tiempo antes de que oyera hablar del Opus Dei por primera vez. No están por eso basados en mi observación directa. El relato está, sin embargo, como es lógico, impregnado de mi experiencia personal.


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