Vocaciones con contrato

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Hemos visto hasta el momento quién entra en el Opus Dei y por qué. Queda por ver cómo se entra y, si es el caso, cómo se permanece. Para explicarlo usaré de nuevo la imagen de la «agencia».

Los miembros del Opus Dei no se unen a la Prelatura por medio de votos u otro tipo de vínculos «sagrados», como puede suponer quien conserve las ideas tradicionales sobre el mundo religioso, sino mediante un contrato de carácter laical. El acuerdo entre el Opus Dei y el fiel que solicita libremente la adhesión tiene la forma de un auténtico vínculo contractual, formalizado en presencia de dos testigos en un lugar cualquiera -no en una iglesia-, «sin solemnidad alguna, conservando el carácter privado».

Escuchemos a quien de esto sabe mucho: «Para resaltar debidamente el carácter secular de la incorporación, la Congregación para los Obispos (de la que la Obra depende, no de la de religiosos) puntualiza que no tiene lugar en virtud de unos votos. El vínculo de los miembros del Opus Dei es de naturaleza radicalmente distinta respecto al de los religiosos y al de aquellos que se consagran con la emisión de los votos de pobreza, castidad y obediencia. En consecuencia, la condición o el estado personal de los miembros no resulta modificado para nada por la pertenencia a la Prelatura: la ausencia radical de un “vínculo sagrado”, por el contrario, explica que cada uno siga siendo un fiel laico corriente de la diócesis a la que pertenece».

Muy sencillo, por tanto. Y también desconcertante (incluso para mí, lo confieso, que no tenía ideas claras sobre este punto, como sobre otras directrices de viale Bruno Buozzi).

En la práctica, las cosas suceden del siguiente modo. De un lado está la Prelatura, que se compromete, en virtud del contrato, a proporcionar una asidua formación religiosa, doctrinal, espiritual, ascética y apostólica. Con ese fin pone a disposición de sus fieles la específica atención pastoral (cuidadosamente «personalizada») de sus sacerdotes. «La institución», dice un documento, «se compromete a que no falte a ninguno de sus miembros la asistencia espiritual y formativa que tiene como fin la santificación en medio del mundo, organizando una especie de training permanente en vida interior y en apostolado».

Del otro lado está el fiel laico, que (impulsado por la «vocación», no se olvide: dan mucha importancia a este punto, y con razón) ha decidido acudir a los mencionados «servicios» de la «agencia espiritual». Se trata de ser al mismo tiempo «usuario» y «socio». Lo que se da y lo que se recibe en virtud de este contrato afecta sólo al plano religioso, pues los ámbitos temporales están explícita y totalmente excluidos del contrato.

El interesado «declara» (son de nuevo palabras oficiales) que «en pleno uso de su libertad, tiene el firme propósito de dedicarse con todas sus fuerzas a la búsqueda de la santidad y a ejercer el apostolado, según el espíritu y la praxis del Opus Dei. Y se obliga desde ese momento (hasta la renovación, el año siguiente; o para toda la vida, pero no antes de cinco renovaciones anuales sucesivas y teniendo, al menos, 23 años) a permanecer bajo la jurisdicción del Prelado para lo que se refiere a los compromisos ascéticos, formativos y apostólicos dirigidos a la consecución de los fines espirituales de la Prelatura».

Para todo lo demás, continúa teniendo respecto del propio obispo (y de la Iglesia en general) los mismos derechos y deberes que cualquier fiel católico corriente, pues permanece como tal. Del mismo modo, reconoce y respeta las leyes civiles y penales de su país, puesto que su pertenencia a la Obra, a la que se une por vínculos exclusivamente espirituales, se mueve exclusivamente en la esfera de la libertad religiosa. Es, como recordarán, lo que reconoció el ministro italiano del Interior, después de una atenta investigación.

Sobre los derechos y deberes mutuos y sobre los compromisos que libremente asumen las dos partes volveremos en los capítulos siguientes. Limitémonos, por ahora, a señalar que existe una red de contratos entre la Prelatura y decenas de millares de hombres y mujeres de noventa nacionalidades.

Este hecho no implica la constitución de una especie de «multinacional del espíritu», homologable a las grandes instituciones político-económicas; ni tampoco origina algo parecido a una American Express de la fe.

El contrato garantiza el carácter laical, impide que el Opus Dei se convierta en una orden o una congregación, y sus miembros en religiosos, vinculados por votos o por promesas sagradas. (Ya en 1941, Escrivá dejó escrito: «Nos interesan todas las virtudes. No nos interesan en cambio los votos, aunque bajo el aspecto teológico son dignos de todo respeto y con mucho respeto los vemos en los demás. Pero no son para nosotros»).

El vínculo contractual resalta y asegura el espíritu laical. Queda claro que el Opus Dei no es una orden, ni una congregación, ni un instituto secular (aunque durante decenios tuvo que encuadrarse por necesidad en esa figura, ante la inexistencia de otra fórmula mejor en el derecho canónico), pero tampoco es una sociedad económica, una fundación cultural, un club, un sindicato, una liga.

La Obra es algo más, una realidad distinta de una «agencia» o una «gasolinera», a las que la habíamos comparado para intentar conocerla mejor.

El Opus Dei se presenta, desde el comienzo, como una familia. Es hoy día un término arriesgado. Los maliciosos y los suspicaces irreducibles se sentirán tentados a preguntar: «¿una “familia” en sentido mafioso?». Para otros, este término evoca unas relaciones patológicas, de «nudo de víboras», de oscuros complejos psicoanalíticos, que llevaron a André Gide a gritar (aunque su pública pederastia no le otorga a este respecto una especial credibilidad): «¡Familias, os odio!».

Que cada cual elija entre las intenciones de unos y otros que, verdaderamente, son bien distintas. La intención expresada por la Prelatura -tanto en su espiritualidad como en la organización- es la de situarse en la misma dinámica familiar que rige todo cuanto hay en el cristianismo, esa fe que tiene como oración fundamental (la única que Jesús mismo enseñó) el Padrenuestro, y que invita a todos a considerarse «hermanos y hermanas». Una fe que llama a su jefe visible, tenido por el «Vice» de quien está en el Cielo, no «presidente» o «general» o «caudillo» u otras cosas por el estilo, sino «Santo Padre» (y «papa», como es bien sabido, viene del griego, donde quiere decir «papá»). Una fe que, en el último Concilio, ha definido la Iglesia como «la casa de Dios, donde habita su familia».

Resulta por eso coherente que, sobre la tumba donde yacía el cuerpo de Escrivá de Balaguer antes de la beatificación y de su traslado al altar principal de la iglesia prelaticia -corazón de la sede de Bruno Buozzi-, estuviesen grabados en bronce dorado un artículo y un sustantivo: « El Padre».

También parece lógico que los estatutos aprobados solemnemente por la Santa Sede atribuyan oficialmente al Prelado ese título familiar, en un artículo que dice así: «Debe ser para todos los fieles de la Prelatura un maestro y un padre que ame verdaderamente a todos en el corazón de Jesucristo, que cuide a todos, que enseñe a todos, que se gaste y se sacrifique con gusto en beneficio de todos, en una efusión de caridad».

No hay que olvidar tampoco que, a diferencia de esas «sociedades de solteros» que son los conventos y los monasterios de frailes y de monjas, la grandísima mayoría de los miembros está compuesta por padres y madres de familia, o de hijos e hijas que viven en familia, cada uno en su propia casa. Por tanto, no es difícil pedir que en la Obra se viva el «espíritu de familia».

Esta realidad explica otra singularidad (que quizá no lo sea tanto, ya que se desprende de las premisas que guían la dinámica de la Institución). La «singularidad» es esta: el Opus Dei es un «bloque único», sin distinciones internas que no sean contingentes, organizativas, ligadas más a las situaciones personales que a la espiritualidad.

Escuchemos a Le Tourneau: «Monseñor Escrivá de Balaguer recalcó con frecuencia que todos los miembros del Opus Dei tienen la misma vocación, reciben idéntica llamada a la santidad y al apostolado en el ejercicio de su trabajo, y que, por eso, no hay diversas categorías de miembros: unos no son más importantes que otros ni han recibido una vocación más exigente; todos son iguales, aunque su situación sea diversa, ya que en el Opus Dei hay sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, solteros, casados y viudos. Los laicos, además, pertenecen a todas las clases sociales, a todas las razas, y ejercen las más variadas profesiones. La unicidad de la vocación se traduce en el hecho de que todos los fieles de la Prelatura -sacerdotes incluidos- adquieren los mismos compromisos ascéticos, apostólicos y de formación doctrinal».

¿Pero cómo? ¿Los sacerdotes igual que los laicos? Hay motivo para plantearse esta pregunta. Y no es fácil intentar explicarlo con las palabras «técnicas» -que siempre son un poco «crípticas»- que se usan en informes y publicaciones especializadas, como esa que dice: «Como semejante unidad de vocación y en los consiguientes derechos y deberes en la Obra se refiere también a los sacerdotes, es preciso buscar su fundamento en la complementariedad existente entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles: ambos se integran, para realizar la única finalidad apostólica del Opus Dei».

En sustancia -y con palabras más claras: esto no es un manual de teología-, creo que podríamos explicarlo de este modo: uno de los fundamentos mismos de la teología católica, pero que con el paso de los siglos se había desdibujado un poco (también por reacción frente a la Reforma protestante, que procedió de un modo que Roma consideró subversivo) es el bautismo, por el cual todos los fieles participan en el sacerdocio de Cristo y entran a formar parte de un «pueblo sacerdotal». Es decir, hay un «sacerdocio común» (así llamado porque es común a todos los bautizados) y otro sacerdocio «jerárquico» o «ministerial» (en razón del munus, el servicio a los hermanos), reservado a los que son llamados a él y reciben de la Iglesia el sacramento del Orden.

Como es lógico, se evita cuidadosamente la postura protestante, que niega tout court el sacramento del orden, el sacerdocio «ministerial»: para los protestantes -y ni siquiera para todos-, los pastores son como maximo personas «consagradas», pero no están «ordenados», no son «sacerdotes». La teología católica auténtica (confirmada expresamente en el último concilio), establece que la diferencia entre el sacerdocio de «todos los bautizados» y el de «los ordenados» con el sacramento específico no es sólo de grado, es decir, más o menos intenso, sino esencial. Pero una vez precisado esto, en una perspectiva católica correcta, «laicos» y «sacerdotes» no son estados tan lejanos, sino que existe cierta «consanguinidad» entre ellos. No les separa un abismo, como ha querido hacer creer cierta teología clerical que veía en la Iglesia sólo al clero, y que reconocía a la grey de los laicos (según el famoso chiste parroquial) sólo tres derechos, correspondientes a otras tantas «posturas»: de rodillas frente al altar, sentados para escuchar la predicación y con las manos en los bolsillos para buscar el monedero para las limosnas…

Movido por su «visión», Escrivá se esforzó desde 1928 por conseguir la revalorización plena de los laicos y la superación de la concepción, consolidada por el paso de los siglos, de una Iglesia dividida en clases «superiores» e «inferiores», que consideraba a los «ordenados» y «consagrados» como sus únicos miembros de pleno derecho.

Esta perspectiva (igualdad de derechos, y por consiguiente igualdad de deberes) plantea la necesidad de que todos los creyentes se tomen en serio todo el evangelio; que cada bautizado se esfuerce por ser «santo» y, por natural consecuencia, «apóstol». Todos juntos forman «la Iglesia»; es decir -como indica la etimología-, la «comunidad de los convocados» por Cristo.

Así se explica la insistencia en el hecho de que en el Opus Dei «la vocación es la misma para todos». Como me han contado varios de sus seguidores, Escrivá solía usar la figura del puchero: «en la Obra hay un único puchero, del que cada uno toma según su necesidad y situación personal».

Este mensaje se enraiza en la Tradición católica más antigua y auténtica. Sin embargo, fue obstaculizado y combatido por hombres de Iglesia muy autorizados, que lanzaron incluso acusaciones de «herejía» y denuncias ante lo que por entonces se llamaba «Sagrada Congregación del Santo Oficio», nombre de resonancias tenebrosas.

Escrivá rechazó entrar en polémica con esas personas y siguió adelante, tenaz, por su camino, a pesar de la «peor de las persecuciones, la de los buenos». Algunos miembros (no todos, ciertamente) de alguna orden religiosa impulsaron esos ataques escritos y verbales. Hubo quien no se quedó ahí y se sintió en la obligación de visitar los hogares de los jóvenes que se juntaban alrededor de Escrivá, aterrorizando a sus padres al asegurarles que sus hijos estaban en peligro de condenación porque seguían a un hereje que proclamaba que todos están llamados a la perfección cristiana, y no sólo los «consagrados».

Fue necesario el concilio Vaticano II para confirmar solemnemente que el Opus Dei tenía razón. La confirmación conciliar no se limitó a este punto, sino también a otros aspectos de «su» teología. Aunque, como veremos con más detalle, la Prelatura no la considera «suya», pues rechaza tener una línea teológica propia. No quiere crear «escuela» o «tendencias», sino que se limita a proponer el Credo, tal y como es propuesto e interpretado por el Magisterio papal y definido por las enseñanzas de los dogmas y los concilios.

El papel desempeñado por el Opus Dei ha sido ampliamente reconocido, aunque no por su carácter «vanguardista». En la Iglesia, no hay nada que inventar; nada es más «moderno» que volver a lo antiguo, sobre todo a lo más «antiguo» de todo: el Nuevo Testamento, aunque, bajo el impulso de la historia, se profundice continuamente en su comprensión. Entre esos reconocimientos, que proceden de cinco pontífices y de numerosos obispos, arzobispos y cardenales, escojo el del Cardenal K¿Snig, que ha sido durante casi treinta años arzobispo de la diócesis de Viena.

En 1975, pocos meses después de la muerte de Escrivá, este cardenal escribía: «Probablemente, la fuerza magnética del Opus Dei procede de su profunda espiritualidad del laicado. Cuando lo fundó en 1928, monseñor Escrivá anticipó lo que, con el concilio Vaticano II, ha vuelto a ser patrimonio común de la Iglesia». Y continuaba el purpurado: «A quienes le siguieron, Escrivá recordó con mucha claridad que el lugar del cristiano es en medio del mundo. Se opuso a cualquier falso espiritualismo, equivalente casi a la negación de la verdad central del cristianismo: la fe en la Encarnación».

¿Por qué citar a KÚnig? ¿Por qué escogerle precisamente a él, en una lista de nombres en la que aparece el mismo Papa actual? Juan Pablo II, en efecto, ha reconocido en muchas ocasiones la aportación de la Obra, con palabras como estas: «Gran ideal es el vuestro, que desde los comienzos anticipó esa teología del laicado que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del post-Concilio. Ese es, pues, el mensaje y la espiritualidad del Opus Dei». Pero Karol Wojtyla resulta sospechoso -«el papa polaco», le llaman con un tono ciertamente no positivo- ante cierta intellighenzia clerical.

No así Franz KÚnig, considerado uno de los líderes -en el Concilio y en el post-Concilio- de la corriente llamada «progresista». Tanto es así que, cuando publiqué un libro que contenía la primera entrevista de la historia al Prefecto del ex-Santo Oficio (ahora llamada púdicamente «Congregación para la doctrina de la fe»), el cardenal Joseph Ratzinger, cierta editorial católica intentó demonizar esas páginas, vituperadas como «el manifiesto de la restauración anticonciliar», con entrevistas sobre los mismos temas al arzobispo de Viena, entonces ya anciano y emérito, pero visto aún como defensor infatigable de la “apertura”, de las “conquistas conciliares”, contra las «oscuras maniobras de los reaccionarios que quieren archivar el Vaticano II».

Pues este símbolo de los progresistas en el Colegio cardenalicio, este «valeroso guardián de las conquistas irreversibles del Vaticano II», reconoce que ese Concilio -y en puntos no marginales, sino neurálgicos- confirmó el trabajo realizado durante décadas por la Obra, entre la contestación de tantos. Paradoja de una institución que fue considerada por algunos progresistas como depositaria de un catolicismo tridentino y reaccionario.

Y no sólo eso: Kinig retomó más tarde el tema, para profetizar que el mensaje de Escrivá tendría en la Iglesia el mismo futuro que hemos conjeturado al inicio de este informe. El arzobispo de Viena señaló: «La profunda humanidad del fundador del Opus Dei reflejaba los rasgos de nuestra época. Pero su carisma -el de quien ha sido escogido para realizar una obra de Dios- lo proyectaba ya hacia el futuro. Pudo así anticipar los grandes temas de la acción pastoral de la Iglesia en estos albores del tercer milenio de su historia».

¿Resulta, por tanto, que los presuntos «anticonciliares», según el simplista esquema consolidado, han sido los precursores y artífices de la renovación conciliar? ¿No estaremos quizá ante otro de los clichés a los que hay que dar la vuelta, como ya vimos con el del antiecumenismo (cooperatores docent)?

Todo parece indicar que sí, según las palabras de hombres de Iglesia que han sido presentados (o disfrazados por sus propagandistas) como símbolos de «apertura». Junto a un Konig, por ejemplo, vemos también a un Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, aclamado con frecuencia -y probablemente instrumentalizado también él, en contra de su carácter de pastor fiel y riguroso- como «el rostro actual y humano de la Iglesia», para contraponerlo a otros estilos de enseñanza y de pastoral, que serían signos de anacronismo y de represión: «La fecundidad espiritual de monseñor Escrivá tiene algo de increíble (…) Quien escribe y habla como él manifiesta -para él y para los demás- una santidad sincera, genuina».

Ya antes, Pablo VI, el Papa que no sólo resistió las presiones para interrumpir el Vaticano II y lo llevó a término, sino que además abrió la serie de las reformas conciliares, dijo de esta Obra: «Ha nacido en estos años nuestros como viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia, plenamente abierta a las exigencias de un apostolado moderno». Y todavía alguno dice que «los nuevos tiempos» la convertirían en algo anacrónico.

Sobre mi mesa de trabajo, como instrumento de consulta rápido y frecuente, tengo al alcance de la mano las casi 1.700 densas páginas de la Garzantina, la enciclopedia de bolsillo más difundida en Italia.

Entre los millares de voces, está también la de «Romero, Oscar Arnulfo (1917-1980), religioso salvadoreño», que dice: «Arzobispo de San Salvador, símbolo de las fuerzas progresistas, fue asesinado por terroristas de derechas». Una definición significativa, en su extrema brevedad.

De este «mártir del evangelio», convertido -como dice la Garzantina- en «símbolo de las fuerzas progresistas», y quizá instrumentalizado brutalmente por las «izquierdas», tanto eclesiales como políticas, se lee lo siguiente en su biografía escrita por Jesús Delgado: «Monseñor Romero había conocido en Europa, en 1955, a Monseñor Escrivá de Balaguer -el fundador del Opus Dei- y en seguida surgió una relación de amistad, porque admiraba en él su destacada rectitud y su gran fe. En el comportamiento de Escrivá, dueño siempre de sí mismo también en los momentos más expansivos, el P Romero descubrió además el equilibrio entre una exigente santidad personal y la total apertura hacia los demás. Esta era precisamente la virtud que Romero sentía necesitar: por eso, la personalidad de Escrivá de Balaguer le atrajo inmediatamente. Pero el interés de Romero por el Opus Dei tenía también otra raíz. La institución ponía entre sus preocupaciones primarias la de ayudar al clero diocesano a mantener una espiritualidad intensa, un espíritu de dedicación y de fidelidad a la Iglesia, también en el ajetreo de las tareas parroquiales. Un ideal que correspondía perfectamente con el de Romero. Era pues lógico que se sintiese inclinado a cultivar la amistad con los miembros del Opus Dei aunque, en sentido pleno, nunca llegó a formar parte de esta organizacion».

Un año antes de ser asesinado por predicar las exigencias sociales del evangelio, monseñor Romero anotó en su diario personal (inédito en Italia y -me parece- en toda Europa), con fecha 6 de septiembre de 1979: «Almuerzo con los padres del Opus Dei. Me contaron de su trabajo con profesionales, con estudiantes y también con obreros y personal del servicio. Es una obra silenciosa, de mucha espiritualidad… Es una mina de riqueza para toda la Iglesia, la santidad del laico en su profesión».

El 12 de julio de 1975, pocos días después de la muerte de Escrivá, el arzobispo de San Salvador sintió la necesidad de escribir al Papa para solicitarle, «en nombre de la mayor gloria de Dios y del bien de las almas», que abriera pronto la causa de beatificación y canonización. Es una carta (tengo delante una copia, tomada de los archivos de la Prelatura) de pasión extraordinaria, en la que monseñor Romero confía a Pablo VI que «tiene una deuda de profunda gratitud a los sacerdotes del Opus Dei, a los que he confiado con mucho fruto y satisfacción la dirección espiritual de mi vida y la de mis sacerdotes». Se dice, entre otras cosas: «Personas de todas las clases sociales encuentran en el Opus Dei una orientación segura para vivir como hijos de Dios en medio de sus deberes familiares y sociales: esto sin duda se debe a la vida y a la doctrina de su fundador (…) Monseñor Escrivá -al que conocí personalmente- supo unir un diálogo continuo con el Señor a una gran humanidad: se descubría en seguida que era un hombre de Dios, su trato estaba lleno de delicadeza, cariño y buen humor (…). Desde hace muchos años conozco el trabajo de la Obra aquí en El Salvador y puedo testimoniar el sentido sobrenatural que lo anima y la fidelidad al Magisterio que lo caracteriza…».

Otro hombre de Iglesia, el cardenal Ugo Poletti, con palabras escogidas con extrema prudencia, señaló en el decreto oficial de introducción de la causa de beatificación que el fundador del Opus Dei «ha sido reconocido como un precursor del Concilio».

Y no sólo por la revaloración del papel de los laicos o por su insistencia en el hecho de que todos los cristianos están llamados a la santidad en su vida ordinaria, de trabajo. También -por señalar un campo de no poca importanciapor el «redescubrimiento» del matrimonio y de la vida familiar como auténtica «vocación» al mismo nivel de las que conducen al celibato y a la virginidad. Camino, punto 27: «¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? -Pues la tienes: así, vocación».

Podríamos multiplicar las citas. Por ejemplo: «El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice san Pablo».

Después del Concilio, para un católico todo esto resulta evidente. Pero después del Concilio, y no unas décadas antes, cuando semejante perspectiva provocaba hilaridad, y no pocas veces escándalos y denuncias. Por «herejía», naturalmente.

Parece pues que los «anticipos» del Vaticano II por parte de la Obra no se limitan a la superación de una visión clerical de la Iglesia, con la revalorización del sacerdocio del todos los fieles. Entre otras cosas -y es algo que rara vez se advierte- porque el «sacerdocio común» conferido por el bautismo incumbe a los dos sexos y no tiene diferencias de «grado» (no es «más» para los varones ni «menos» para las mujeres…). No insisto en este punto, pero son evidentes las consecuencias de este hecho para el reforzamiento del papel y de la dignidad de la mujer en la Iglesia. Volvemos a encontrarnos ante un planteamiento que sería calificado de «progresista» para quienes ven los fenónemos eclesiales desde una óptica «política».

¿De dónde procede entonces la agresividad de los que se proclaman «paladines conciliares» hacia una institución que, en los hechos, parece ser una de las mayores precursoras del mitificado «espíritu conciliar»?

Las razones son múltiples, y ya he mencionado algunas. En sustancia, el motivo principal es, a mi juicio, el siguiente: Escrivá y su Obra apoyaron un Vaticano II que les confirmaba en su vocación (monseñor Del Portillo, brazo derecho del beato, participó activamente en los trabajos de importantes comisiones conciliares), en cambio, pasado el Concilio, se opusieron a lo que se llamó «el Concilio imaginario».

Permanecieron fieles a los documentos, a la letra y a las intenciones de la asamblea de los obispos, pero rechazaron cualquier fuga hacia adelante y, sobre todo, consideraron el Vaticano II en continuidad con la bimilenaria Tradición de la Iglesia. Una profundización, un progreso, una actualización, pero sin olvidar ni renegar de nada de lo que en la fe es inmutable: sin considerar, por tanto, ese XXI concilio ecuménico de la Iglesia Católica como una especie de ruptura con lo anterior, un nuevo inicio, o una revolución copernicana.

Desde una perspectiva de fe, es fácil advertir cierta paradoja en los clamores de muchos clericales -los «contestatarios» en primer lugar, aunque no fueron los únicos- convencidos de que sólo a partir de los años sesenta del siglo XX un grupo de teólogos académicos, de profesores tonsurados y «al día», habría descubierto qué quería decir realmente el evangelio. Como si fuese posible que durante tantos siglos, el Espíritu Santo (en el que proclaman creer; más aún, se presentan con frecuencia inspirados directamente por El: ¡cuántos han autocalificado de «proféticas» a sus propias aseveraciones!) hubiera estado en letargo, o peor incluso, se hubiese entretenido sádicamente inspirando de modo equivocado y abusivo a tantas generaciones de creyentes, muchos de los cuales alcanzaron una santidad que sólo Dios conoce.

Pienso que precisamente por esto, el Opus Dei -apoyado entre otros por Joseph Ratzinger- rechaza hablar de «Iglesia “pre” y “posconciliar”», como si fueran dos realidades distintas e irreconciliables. Por esto, la Obra se opone a cualquier tipo de contestación de la autoridad jerárquica, a cualquier «en mi opinión» en cosas de fe y de moral, a todo aventurismo teológico, a ciertos experimentalismos pastorales y litúrgicos.

Muchos no le han perdonado esa posición. Como escribe un biógrafo: «Monseñor Escrivá sufrió agudamente la confusión doctrinal que algunos sembraron en la Iglesia, deformando las enseñanzas del Vaticano II». Sufrimiento no por lo que había dicho el concilio, sino por lo que se le hacía decir al concilio, «deformando» tanto su espíritu como su letra.

Laicos, pero de verdad

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

No le faltaba razón al que dijo: «antes del Concilio, la Obra fue acusada de “herejía” porque decía lo que redescubriría el Vaticano II. Después del Concilio también fue acusada de herejía, pero de la “herejía” de obedecer al Papa y de enseñar la fe y la moral de la Iglesia».

En cualquier caso, es un hecho documentable que el mismo status de «Prelatura personal» -aplicado por primera vez en la historia al Opus Dei- es un fruto directo del Vaticano II. Sin aquel Concilio, que introdujo esa novedad, la Obra no habría encontrado su «puerto».

Podríamos añadir otras pruebas de sintonía con el Concilio: por ejemplo, la visión optimista del mundo y de los hombres, unida a un sentido realista de la fragilidad de las criaturas, expuestas siempre al pecado. Una célebre homilía de Escrivá tiene por título, significativamente, Amar al mundo apasionadamente. Estos rasgos confirman las consideraciones que hice sobre el futuro de la Obra. A diferencia de casi todas las demás instituciones de la Iglesia, el Opus Dei no ha necesitado aggiornamento de ningún tipo. Aquella asamblea episcopal, que hizo tambalearse a árboles seculares y puso en crisis a instituciones que habían desafiado los siglos, supuso una confirmación de lo que el Opus Dei repetía casi en solitario.

Por su parte, el beato, con humildad serena, puso de manifiesto lo que debería admitir cualquier observador objetivo que conozca la dinámica de la Iglesia y la de esta institución: «El Opus Dei no tendrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque todos sus miembros son del mundo; no tendrá que ir detrás del progreso humano, porque son todos los miembros de la Obra, junto con los demás hombres que viven en el mundo, quienes hacen ese progreso con su trabajo ordinario».

En los años duros que siguieron al Concilio, marcados por crisis de identidad -y a veces de fe-, y por la caída del número de practicantes y el de vocaciones, el Opus Dei marcha claramente contra corriente, puesto que ha crecido año tras año, de modo discreto pero sin pausa, como es su estilo.

Por hacer una comparación con la crudeza de las cifras (pero sin olvidar que, en el espíritu del evangelio, la «cantidad» no es signo indicativo por sí mismo, y que en este campo con frecuencia small is beautiful, los Jesuitas (primera Orden católica masculina por número de miembros) eran 35.919 en 1966 y en 1990 habían bajado a 23.778, con una media de edad muy avanzada; los Franciscanos (segunda Orden por número de miembros) pasaron de 25.272 a 18.738. Por lo que se refiere a las mujeres, el primer instituto femenino, las Hijas de la Caridad de San Vicente, en el mismo periodo descendieron de 45.048 a 28.999. Lo mismo sucedió con casi todas las demás familias religiosas, hasta el punto de que algunas se juntan con otras para no desaparecer.

El Opus Dei, durante esos mismos años, siguió creciendo hasta llegar a los actuales 80.000 miembros, llamados todos ellos a alimentarse del mismo puchero. Una única vocación les impulsa a reunirse en una Obra en la que no se hacen «votos» sino «contratos», y en la que «no hay categorías distintas de miembros». Porque, recordémoslo, «para todos la vocación es siempre «plena y completa».

Si eso es cierto, ¿cómo se organiza? Si no hay «categorías» diferentes ni «clases» distintas, ¿qué consecuencias tienen esos nombres que hemos escuchado: numerarios, agregados, supernumerarios? ¿Y de dónde proceden los sacerdotes? ¿A qué se dedican?

En la Obra os responderán en seguida que esos términos (escogidos por espíritu laical, como hemos visto, y probablemente no del todo acertados), indican simpemente «situaciones personales distintas, que implican que la misma vocación se viva de un modo o de otro. Lo que de veras importa -los compromisos espirituales al servicio de una llamada, que es única- es igual para todos».

Como en la Institución se persigue el más alto de los ideales -que, en ocasiones, no excluye el heroísmo-, pero esforzándose por hacer compatible el radicalismo de la fe con la sencillez y la normalidad, convendrá empezar por entender las distintas situaciones. Comencemos no por los sacerdotes ni los miembros célibes (numerarios y numerarias, agregados y agregadas), sino por los supernumerarios.

El nombre es engañoso porque parece dar idea de añadido (el prefijo «super»), o de algo incompleto y superpuesto. En realidad, las mismas fuentes oficiales recuerdan que «la inmensa mayoría de los miembros son supernumerarios y esta es, por decirlo de algún modo, la situación normal en la Obra, puesto que un mayor número de personas, en fidelidad a la vocación cristiana, encuentran su camino en el matrimonio más que en el celibato». En efecto, los supernumerarios -hombres y mujeres- representan actualmente el 70% de los miembros del Opus Dei.

Sigamos con esa explicación oficial, clara y precisa. «Los supernumerarios son fieles laicos (solteros, casados o viudos) que son llamados a una completa vocación divina -la misma que la de los numerarios y agregados- y que viven esta vocación según la disponibilidad que sus obligaciones familiares les permiten».

Por consiguiente, queda claro que «la ordinaria vocación de supernumerario resalta en primer lugar la realidad de que el matrimonio y la vida familiar son un camino real de santificación».

Pero entonces, ¿por qué los frailes, los curas, las monjas (y también, dentro del Opus Dei, los numerarios y los agregados) no se casan? Transcribo tal cual su respuesta, y que cada uno piense luego como le dé la gana: confieso que este es uno de los nudos más complicados. «Aunque la teología dice que el “celibato por el reino de los cielos” -es decir, no casarse para estar más disponible al servicio de Dios y de los hombres- es superior al estado matrimonial, esto no quiere decir que la renuncia a casarse asegure por sí misma un mayor grado de santidad. En cualquier situación humana, la santidad (que es la meta a la que todos deben tender) depende únicamente de la fidelidad a Dios». En cualquier caso, aseguran que «en el Opus Dei, celibato y matrimonio son vistos no como estados contrapuestos, sino que están entrelazados y orientados ambos hacia el objetivo común: la santificación en la vida profesional». Que, para los sacerdotes, es su «oficio de cura».

Los supernumerarios representan la «normalidad», la vocación estadísticamente más frecuente, y en la que quizá aparece más claro el fin del Opus Dei de cristianizar el mundo desde dentro con gente «del mundo», pero no «mundana». Al mismo tiempo, también es cierto que los numerarios y las numerarias constituyen el «esqueleto» de toda la estructura. Estos últimos son en la actualidad algo menos del 20% del total de miembros.

Acudamos de nuevo a la descripción que hacen las fuentes oficiales: «Numerarios y numerarias son aquellos que han recibido la llamada de Dios a vivir el celibato apostólico y a estar en completa disponibilidad para las tareas de la Prelatura: tareas que se reducen a las de dirección y formación de los demás miembros de la Obra». Sigamos: «Viven habitualmente en los Centros de la Prelatura, pero pueden hacerlo también en otros lugares, si así lo exigen, por ejemplo, las circunstancias del trabajo profesional».

No olvidemos que los numerarios, como cualquier otro «opusdeísta» -del mismo modo, pues, que los supernumerarios-, tienen una profesión, un trabajo «normal», «civil», que ejercen gracias a que todos ellos (y todas ellas) tienen un título académico universitario. «Las tareas de dirección y de formación», por tanto (salvo casos especiales, y en cualquier caso temporales, de llamada a encargos de gobierno interno), se desarrollan en el tiempo libre: cuando cualquier otro hombre o mujer se ocupa de su familia. Que para estos es, más que nunca, el Opus Dei.

A propósito: si en apariencia hablo poco de las mujeres y no les dedico un capítulo especial, no es porque al estudiar los documentos y los textos de formación, o al observar su actividad, haya apreciado en la institución un residuo de antifeminismo. Sucede todo lo contrario: no hay mucho «especial» que decir.

La insistencia en la unidad de vocación se extiende a los dos sexos: tanto hombres como mujeres pueden ser llamados a santificarse allí donde están y por medio del trabajo. Dejando al margen lógicamente al sacerdocio ministerial, a cada «figura» masculina (numerario, agregado, supernumerario) corresponde otra femenina, con iguales derechos y deberes y con igual variedad de situaciones personales: solteras, viudas y casadas; doctas y poco formadas; pobres y ricas.

Las mujeres del Opus Dei son la mitad del total de los miembros. Si se adhieren a él libremente de forma tan numerosa, a pesar de que Escrivá pensara que no había lugar para ellas; si son tan activas y motivadas, tanto que el número de los «abandonos» -ya singularmente bajo entre los hombres de la Obra, incluso en los tiempos posconciliares- es casi irrelevante; si esta es la realidad, no deben encontrarlo nada malo. Es una comprobación pragmática, pero que vale mucho más que tantas teorías de teología feminista abstracta.

También es significativo lo siguiente: «La presencia de las mujeres en el Opus Dei no significa sólo que la espiritualidad y la misión de la Prelatura están abiertas a todos, sino que tal presencia es necesaria para que reine efectivamente el espíritu de familia (una familia con vínculos sobrenaturales) y se muestre que la Iglesia es verdaderamente familia Dei». Estas casi 40.000 mujeres hacen lo mismo que hacen las demás, según su cultura y su país. Las numerarias tienen un título de estudio, como también lo tienen muchas agregadas (hablaremos también de ellas), y muchas trabajan como directivas, empleadas, empresarias, propietarias de comercios, etc.

Además, algunas numerarias son «administradoras» de los Centros de varones, y en ese puesto coordinan el trabajo de otras mujeres, pertenecientes o no al Opus Dei. Su labor no se equipara a la del voluntariado, al menos en sentido económico y social: es su profesión, que deben santificar y en la que han de santificarse, y -aunque trabajan «para los de dentro»- reciben el salario normal por esas ocupaciones, junto con las demás prestaciones sociales propias de un contrato laboral.

También es trabajo profesional -y uno de los más valiosos y dignos- el de «ama de casa». Así lo describía el fundador: «Ciertamente habrá siempre muchas mujeres que no tengan otra ocupación que llevar adelante su hogar. Yo os digo que ésta es una gran ocupación, que vale la pena. A través de esa profesión -porque lo es, verdadera y nobleinfluyen positivamente no sólo en la familia, sino en multitud de amigos y de conocidos, en personas con las que de un modo u otro se relacionan, cumpliendo una tarea mucho más extensa a veces que la de otros profesionales».

Pero añadía a continuación: «Eso no se opone a la participación en otros aspectos de la vida social y aun de la política, por ejemplo. También en esos sectores puede dar la mujer una valiosa contribución, como persona, y siempre con las perculiaridades de su condición femenina».

La clave parece estar aquí: «peculiaridad», «especificidad» de cada sexo. Por tanto, radical igualdad de derechos y de deberes, idéntica dignidad frente a Dios y a los demás, pero sin olvidar que se encarna en una «diversidad» sexual que -como sabemos por la fe- forma parte del plan mismo del Creador; y que no es un simple rasgo de la historia, de las costumbres, de la cultura, que pueda cambiarse por gusto.

El feminismo está marcado por ese sufijo, “¡sino “, frecuentemente preñado de desgracias. El rechazo de la ideología feminista es una defensa de lo más propio de la feminidad, que es indispensable para el mundo: tanto para las mujeres como para los hombres, tanto para las familias como para las profesiones.

Sobre el papel de las mujeres en la Obra y sobre la existencia de «numerarias auxiliares» cuyo trabajo es la administración de los Centros, ha habido clamores y polémicas. Puede ser interesante recoger las palabras al respecto de Peter Berglar, un biógrafo de Escrivá. Sirvirán para entender con qué perspectiva se ven las cosas desde dentro. Perspectiva que no es otra que la católica tout court, pero que corre el peligro (por falta de información quizá) de ser rechazada antes de ser conocida, antes de que se comprendan sus motivos.

Escuchemos al historiador alemán: «En nuestros días, una de las más frecuentes deformaciones de la persona humana, con consecuencias catastróficas, es el desprecio del espíritu de servicio, la sospecha de que favorecer ese espíritu es un maligno fraude de los “poderosos” para humillar a los “oprimidos”, que no serían conscientes del engaño. Se piensa que servir es el principal obstáculo para la “autorrealización” personal; por eso, son cada vez más numerosos quienes rechazan servir a otras personas, o que lo hacen con repugnancia. Es ya de por sí un mal que los hombres no quieran servir, pero es un auténtico desastre cuando también las mujeres se contagian de ese rechazo. Muchas jóvenes se someten a todo tipo de humillaciones con tal de trabajar en una oficina o en una fábrica, porque consideran deshonroso trabajar como empleadas del hogar en la cocina u ocupándose de los niños (más aún si es para sus propios hijos, porque entonces no reciben sueldo y “por su culpa” deben quizá abandonar una profesión donde, dicen, “se realizan plenamente”). Innumerables mujeres y madres sufren una frustración crónica, porque se les ha sustraído la conciencia de la dignidad de su vocación específica, una vocación que se funda en las raíces mismas de la humanidad, y permanece en toda época. Por el contrario, tienen una falsa brújula. «Mejor en el paro, me dijo una vez una joven, antes que limpiar los zapatos de otros o hacer las camas. Esas cosas no se me pueden exigir».

Continúa Berglar: «A don Josemaría siempre se le pudo exigir. Dios esperaba mucho de él, y él mismo enseñó durante casi cincuenta años que un serviam! (¡serviré!) dicho por amor de Dios y, en atención a Dios, por amor a los hombres, es el nervio del camino hacia la santidad y, además, condición indispensable para una auténtica e indestructible alegría de vivir. Innumerables veces rechazó la distinción entre trabajos “prestigiosos” y trabajos “modestos”: el trabajo y el servicio reciben valor sólo por el grado de amor con que se realizan. Es evidente, por tanto, que el trabajo del hogar, el “servicio” doméstico en la propia familia o en la de los demás, tiene un valor eminente; y cuando se vive con un amor que se materializa en mil pequeños detalles para crear un hogar de familia agradable, es algo totalmente positivo y natural, especialmente para la mujer. “No hay que olvidar” -decía en 1968 a una periodista- “que se ha querido presentar este trabajo como algo humillante. No es cierto (…) Es necesario que la persona que preste ese servicio esté capacitada, profesionalmente preparada (…). Toda tarea social bien realizada es eso, un estupendo servicio: tanto la tarea de la empleada del hogar como la del profesor o la del juez (…). Para mí igualmente importante es el trabajo de una hija mía que es empleada del hogar, que el trabajo de una hija mía que tiene un título nobiliario».

Concluye Berglar: «Partiendo de estos principios, animó desde el principio a la Sección de mujeres a que erigieran escuelas de ciencias domésticas, donde las jóvenes pudieran aprender a cumplir el trabajo del hogar de modo completo y moderno, a conocer los medios técnicos y los criterios económicos más avanzados y, en fin, a realizar este trabajo con amor, para estar más cerca del corazón de Dios. En cualquier parte del mundo, muchas mujeres viven la vocación al Opus Dei a través de esta forma específica de entrega».

Pero volvamos no a las «categorías», ni mucho menos a las «clases» -quien siguiera hablando así habría entendido bien poco de la Obra-, sino a las «diferentes situaciones personales» que determinan distintas situaciones también en el modo de vivir la única vocación. Subrayo única como recordatorio de lo ya expuesto.

Para acabar con los laicos antes de pasar a los sacerdotes, hay un tercer nombre después de numerarios y supernumerarios: el de agregados (y agregadas). Es una especie de posición intermedia: tiene en común con los numerarios la elección del celibato y la mayoría de los demás compromisos; y se parece a los supernumerarios en otros aspectos. Como señalan los Estatutos: «Son agregados los que, por circunstancias permanentes de carácter personal, familiar o profesional, viven ordinariamente con su familia natural».

Con la familia o solos, pero siempre por su cuenta, y no -como hacen los numerarios, al menos de ordinario- en los Centros de la Obra.

Este podría ser su retrato robot: «en general, los agregados, por responsabilidades contraídas de tipo familiar, profesional o de otro tipo, tienen menos movilidad y disponibilidad de tiempo que los numerarios. No hay gran diferencia entre los numerarios y los agregados. Con esta figura se da acogida a una situación objetiva en la vida de algunas personas llamadas al Opus Dei: un modo distinto, por circunstancias permanentes, de vivir la misma y única vocación. Esas circunstancias implican que los agregados pueden participar menos en las tareas de gobierno, pero se ocupan ampliamente de las tareas de formación de los demás miembros, haciéndolas compatibles con su disponibilidad».

En resumen, el principio es claro: como todos pueden ser llamados, todos deben encontrar un modo adecuado de vivir eso que advierten como una llamada del mismo Dios. Una vocación para cada uno, y un puesto para vivirla según su condición personal y concreta.

Creo que entre las razones prácticas que indujeron a Escrivá a definir la figura de los agregados está también el hecho de que entre estos tienen cabida se también a los que, a diferencia de los numerarios, no poseen un título universitario.

Por lo que dicen «los de dentro», una de las señales de que la Obra está aún en plena adolescencia es el número considerado aún relativamente exiguo de agregados, que actualmente corresponde sólo al 10% de los miembros. Hay que precisar que este estado de «adolescencia» se refiere a la distribución de los miembros, pues la espiritualidad y la organización se consideran desde hace tiempo completas e inmodificables.

Como las condiciones de vida propias de los agregados son muy frecuentes, el Opus Dei del futuro tendrá un número de agregados y de agregadas dos o tres veces superior al de los numerarios. Lo contrario de lo que sucede ahora, cuando los numerarios los duplican: el veinte, respecto al diez por ciento de los agregados.

Ponen todo el esfuerzo posible para no dar la impresión (ni siquiera «inconscientemente») de que unos sean «superiores» a los «del segundo grupo». La vocación del peón peruano está al mismo nivel de la del más prestigioso sacerdote de la Obra: más aún, de la del mismo Prelado. Igual es el fin, iguales los medios espirituales para conseguirlos, igual la esperanza que orienta la vida. La esperanza no sólo de encontrar a Cristo después de la muerte, sino de escuchar de él las mismas palabras del evangelio: «Bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25, 21). Si no se pone de relieve la tensión hacia esta meta, se corre el peligro (repetita juvant…) de no entender nada de esas personas.

Sacerdotes, “sólo” sacerdotes

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El hilo de nuestra argumentación nos conduce a los sacerdotes. Ocupémonos de este clero singular, al que está prohibido ser clerical. El fundador señalaba: «Que nuestros sacerdotes no consientan que sus hermanos les presten servicios innecesarios. Cada uno debe guardar en su corazón los mismos sentimientos que tuvo Jesús, que dijo: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir”. Así debe suceder entre vosotros».

Y añadía: «Aunque la vocación es igual para todos, el sacerdote debe luchar por ser el servidor de sus hermanos, sabiendo ser uno más en nuestra Casa; porque efectivamente es como los demás».

Y como cada católico tiene a sus espaldas siglos de clericalismo de un lado, y de alticlericalismo por el otro, en los que no conviene volver a tropezar, insiste: «Los sacerdotes no mangoneen a los laicos, ni estos a los sacerdotes: que no haya entre nosotros sacerdotes que invadan el campo de competencia temporal de los laicos, ni laicos que se entrometan en los asuntos espirituales reservados a los sacerdotes». Y repetía con frecuencia: «el sacerdocio, en el Opus Dei, no es la coronación de una carrera, no es un premio para los mejores: es una llamada a servir a las almas en un modo al mismo tiempo igual y distinto al de los demás miembros».

El «sistema de reclutamiento» del clero de la Prelatura facilita considerablemente el cumplimiento de estas orientaciones. Por su mismo origen, no es ni puede ser una especie de «cuerpo extraño» o de «casta separada» en una institución «laical» como es esta, puesto que todos sus sacerdotes proceden de las filas de los numerarios y de los agregados.

No es infrecuente encontrar en los periódicos titulares que anuncian la ordenación sacerdotal (y no pocas veces de manos del Papa) de algunas decenas de personas de todas las edades, aunque nunca muy jóvenes y a veces ni siquiera jóvenes, que componen un auténtico muestrario de las profesiones más variadas. Algo así como: siete abogados, ocho ingenieros, dos periodistas, tres médicos, cuatro profesores, un notario, dos economistas, un coronel… No es necesario seguir leyendo esas noticias: con toda seguridad son los cuarenta o cincuenta sacerdotes que el Opus Dei, de modo constante y programado, hace ordenar (u ordenan ellos mismos: el anterior Prelado era Obispo, y por consiguiente podía ordenar) para cubrir las necesidades asignadas al «clero de la Prelatura».

En la práctica, las cosas suceden del siguiente modo. Después de algunos años de esfuerzo por «santificar el trabajo y santificarse en él» -que pueden ser muchos: las ordenaciones de personas de más de cincuenta años no son raras-, el Prelado pregunta a algunos numerarios y agregados que cumplen todos los requisitos si están dispuestos a vivir la misma vocación al Opus Dei con un trabajo, un servicio, distintos: el propio del sacerdote.

El interpelado puede aceptar, y también puede rechazar (sin demérito alguno, pues se trata de una materia en la que resulta esencial la más plena libertad). Si acepta, abandona totalmente la profesión civil y (dicen las normas) recibe la formación en los centros que la Prelatura erige con ese fin, de acuerdo con las disposiciones establecidas por la Santa Sede. Se trata, en la práctica, de seminarios propios. Hasta el último momento, todos tienen la posibilidad de interrumpir su camino hacia la ordenación, para volver al mismo trabajo que desempeñaban.

El número de sacerdotes está «programado»; actualmente es algo menos del 2% de los miembros de la Prelatura (1.500 entre un total de 80.000), y está previsto que no supere el 3%. Es decir, los indispensables para las necesidades de la Obra: ni más ni menos. Estos porcentajes confirman la impresión de que el peligro de «clericalización» del Opus Dei, que pudiera comprometer su carácter laical, carece de todo fundamento.

Este sistema de reclutamiento presenta muchas ventajas. La más importante es que, para desarrollar sus tareas de predicación y de dirección espiritual, y lógicamente la administración de sacramentos, es preciso que conozcan por experiencia personal el espíritu de la Obra en el que se han formado. Están llamados a perpetuar ese espíritu, junto con los laicos, pero en una situación objetivamente estratégica, decisiva. Además, su experiencia como trabajadores en profesiones «laicas» es también fundamental, puesto que en torno al trabajo se construye la vida espiritual.

La llamada al sacerdocio les llega en edad adulta, después de años y años de compromiso cristiano, y por consiguiente bien probados, y con garantías de una solidez particular. Los errores de perspectiva de tantos eclesiásticos de hoy, ante lo que creen que son exigencias del «mundo moderno», del «hombre contemporáneo», derivan probablemente de su inexperiencia en esos campos de la vida. Por eso, tantas orientaciones pastorales y parte de la avalancha de «documentos» sobre todo tipo de asuntos producidos por una nueva burocracia eclesial incurren en un generalismo estéril.

Además de esos y de otros aspectos positivos, existe otra ventaja cuya importancia podría pasar inadvertida a quien no conozca los entresijos de la Iglesia institucional, con sus problemas y sus conflictos.

Así lo describe Le Tourneau, con palabras sobrias pero llenas de significado: «Los sacerdotes del Opus Dei salen de la propia Prelatura y se forman en su seno, por lo que el Opus Dei no sustrae a las diócesis sacerdotes ni candidatos al sacerdocio». Casi todos los fundadores de órdenes y congregaciones religiosas, al menos en los tiempos modernos, han tenido antes o después enfrentamientos con el clero local precisamente por este motivo. Cuando los posibles candidatos al sacerdocio comenzaron a disminuir, hasta hacerse escasos en número, no faltaron obispos que sospecharon o incluso acusaron a los institutos de perfección de «robarles» las vocaciones. Por ejemplo, muchos de los graves problemas de Don Bosco y sus salesianos con el arzobispo de Turín tuvieron esa raíz.

El Opus Dei ha decidido «ir por su cuenta». De este modo, no sólo zanja las polémicas de ese estilo, sino que además puede replicar que, lejos de «empobrecer» las diócesis y sus presbiterios, en realidad los potencia, pues pone a disposición de la Iglesia otros sacerdotes que, sin la Obra, no habrían llegado al sacerdocio. Más aún, probablemente no habrían llegado a la Iglesia, ya que no pocos de los numerarios y los agregados que se ordena descubrieron -o redescubrieron- la fe a través de la relación con la Obra.

Este clero depende del Prelado en lo que se refiere a los fines de la Obra, pero para las disposiciones del Derecho canónico está sometido al obispo diocesano (del cual recibe con frecuencia encargos pastorales) y forma parte del presbiterio diocesano.

Sin embargo… ¿no fue Maquiavelo quien señaló que, en la organización de los asuntos humanos, cualquier solución a un problema crea siempre otros nuevos? El rostro institucional de la Iglesia, ese aspecto humano que da cuerpo al misterio y que es esencial en la lógica de la Encarnación, está sometido a las leyes que regulan cualquier organismo social. Por eso, acalladas las sospechas de «robar vocaciones» a las diócesis con ese sistema de «auto alimentación» -algo así como el «hazlo tú mismo» del bricolaje-, surgen otras, como la acusación de querer establecer una «Iglesia paralela», cerrada en sí misma como una secta, e incluso enfrentada al resto de la Iglesia Católica.

Hemos mencionado ya que la misma estructura canónica de Prelatura parece impedir este tipo de peligros, pero será interesante reproducir la réplica de la Obra a este tipo de acusaciones. Escribe uno de sus miembros: «No hay por qué alarmarse ante una posible “Iglesia paralela” si cada cristiano, como individuo, está legitimado -según los críticos- para inventarse su propia Iglesia. Sucede a veces que, en algunas parroquias, los párrocos hacen y disponen a su gusto, con independencia de las normas existentes en materia litúrgica y disciplinar. Es ligeramente farisaico acusar a otros -y además sin base- de lo mismo que hace con frecuencia el crítico. En realidad, “Iglesia paralela” es la formada por la suma de los comportamientos que se separan de la legítima autoridad en la Iglesia: el Papa y los Obispos en comunión con él».

Continúa la misma fuente («de parte», naturalmente): «El Opus Dei, desde 1928 a hoy, ha manifestado su voluntad de adherirse en todo al Papa. En 1967, decía Mons. Escrivá de Balaguer a Time: “Resido establemente en Roma desde 1946, y así he tenido ocasión de conocer y tratar a Pío XII, a Juan XXIII y a Pablo VI. En todos he encontrado siempre el cariño de un padre”. El comportamiento del beato -que inculcó también en sus hijos- fue de total coherencia: a esa paternidad pontificia correspondió (y pidió a todos que correspondieran) con veneración y obediencia filiales. ¿Formar sacerdotes y laicos con semejante planteamiento radicalmente católico es acaso pretender crear una “Iglesia paralela”?».

Como se ve, ante esa acusación reaccionan vivamente, sobre todo en comparación con el habitual tono sofí de la Obra, que procura no enzarzarse en polémicas intraeclesiales. Esa respuesta vigorosa confirma precisamente que la acusación está muy difundida en ciertos ambientes, y que es vista desde dentro como particularmente insidiosa. Más aún, la soportan como una injusticia frente a quien sostiene que la docilidad a los pastores es la base de todo.

¿Cómo deberían ser -cómo pretenden ser- «sus» sacerdotes, según el ideal del sacerdote don Josemaría? Procediendo del mundo del trabajo y ocupándose de la formación espiritual de trabajadores, ¿seguirán el modelo de «sacerdotes-obreros», se atendrán al cliché del «sindicalista consagrado», del cura en jersey que sólo habla de política y de sociología, ese que apoyaba la «lucha de clases», que participaba en huelgas y manifestaciones «contra los capitalistas».

Quien tenga esa idea, que se la quite pronto de la cabeza. Incluso en el aspecto externo tradicional (ya señalé que la sotana o el clergyman son obligatorios), el clero de la Prelatura es justo lo contrario del clérigo en trenka de los años setenta, que proclama su deseo de «ser exactamente igual que los demás», y que quizá juzgue «alienante», o al menos «discriminatorio para los no creyentes», hablar de Dios y de Cristo (salvo como «líder proletario»). De ese tipo de sacerdotes que llama a la misa «asamblea de camaradas», o como mucho, «ágape fraterno», y la celebra en la cocina sobre una mesa cualquiera; que quiere que todo sea «comunitario», incluida la confesión y la absolución de los pecados (los «sociales», que son los unicos pecados verdaderos, y que por ese motivo sólo pueden pecar los «burgueses» y los «capitalistas»).

Con una extraordinaria experiencia sacerdotal a sus espaldas, entre personas de todo el mundo, cuarenta y ocho años después de su ordenación y dos antes de su muerte, Escrivá insistió en lo que, para él, debería ser el sacerdote. Es una especie de «declaración programática» sumamente interesante: un biógrafo la definió como Carta Magna del sacerdocio de hoy y de siempre. (No «del Opus Dei», sino de la Iglesia, como han confirmado las enseñanzas de Juan Pablo II sobre ese sacramento). Se trata, a mi juicio, de un documento significativo, que no puede omitirse en un dossier que pretende descubrir «el secreto de la Obra». Aquí, en sus sacerdotes, reside quizá uno de sus verdaderos «secretos».

Escuchen estas palabras pronunciadas en 1973, cuando el ciclón contestarario azotaba la Iglesia, y se experimentaban esos «nuevos caminos» que convertirían a los cristianos practicantes en una especie en vías de extinción, y en algunos países ya desaparecida (la historia enseña que cuando los clérigos pelean entre sí, pocos son los laicos que se ponen de un lado o del otro: la mayoría se va, juzgando que tienen cosas más importantes que hacer que seguir riñas de sacristía o incomprensibles disputas teológicas, y dejando que los contendientes se las arreglen entre ellos).

«No comprendo -decía Escrivá en aquella homilíalos afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aun de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo -labor sacerdotal en ese caso-, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato. Pero junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal».

Así quiso que fueran los sacerdotes de su Obra, como lo demostró al formar personalmente casi un millar: fue una de las tareas que colocó siempre en primer lugar, convencido de que «el sacerdote no va nunca solo, ni al Cielo ni al infierno». Y esto es también lo que la gente espera del sacerdote, según Escrivá, «esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean; que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que -aunque conociese perfectamente- no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados».

«En una palabra -concluía Escrivá-: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor».

Esto es, a la postre, lo específico del sacerdote en la perspectiva católica, lo que le hace indispensable, lo que justifica su presencia y su misión. Todo lo demás pueden hacerlo los laicos, e incluso mucho mejor. No es casual que la experiencia -llena de generosidad- de los sacerdotes-obreros acabó o languideció porque los obreros les hicieron entender que gente como ellos era fácil de encontrar: no necesitaban otro obrero, ni un enésimo sindicalista, sino a alguien que anunciase cosas «distintas», que hablase de Dios y no sólo del hombre y de sus necesidades sociales, como ya hacen los demás.

Por mi conocimiento de esos ambientes, les puedo asegurar que este retrato-robot del sacerdote según Escrivá de Balaguer es mucho más que suficiente para hacer saltar los nervios de tantos clericales. O al menos, de los pocos que quedan, después de que sus grandes esperanzas se convirtieran en grandes desilusiones.

Para comprender la hostilidad de cierto clericalismo contra el Opus Dei, es suficiente reflexionar sobre las palabras de Escrivá que he transcrito y sobre sus consecuencias.

Podrán entenderlo también escuchando estas otras que ahora reproduzco, en las que encontrarán una confirmación de que detrás de esa concepción del sacerdocio se encuentra una teología, una eclesiología y una espiritualidad que no puede evitar entrar en conflicto con otras de nuestros días. La lucha sin cuartel contra la beatificación encontró aquí una de sus razones más importantes.

No es casualidad que esa oposición fuera mantenida sobre todo por sacerdotes y ex-sacerdotes, mientras los laicos (como parecen probar las más de 300.000 personas en la plaza de San Pedro y las decenas de miles de relatos de «favores») no sólo no adoptaron una postura contraria, sino que dio más bien la impresión de que les agradaba que se propusiera como «ejemplo» ante toda la Iglesia a un sacerdote como aquél, un sacerdote que quería que los demás sacerdotes fueran así. Empezando por los de su Obra, lógicamente; pero sin detenerse ahí.

Leamos pues estas palabras de Mons. Escrivá que, más o menos en esos mismos años, se lamentaba de que hubiera «sacerdotes que en lugar de hablar de Dios -que es el único “argumentó’ en el que tienen la autoridad y el deber de tratar-, hablan de política, de sociología, de antropología. Y como con frecuencia no saben nada, se equivocan. Y lo que es peor, el Señor no está contento. Nuestro ministerio consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, en administrar los sacramentos y en enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. El resto no es asunto nuestro».

Según los estatutos, los sacerdotes de la Prelatura tienen libertad de opinión en cualquier materia «opinable»: también en las cuestiones teológicas no definidas por el Magisterio. Pueden pensar como estimen mejor, como les dicte su conciencia, también en política -ejercitan con libertad el derecho de voto, como sus conciudadanos- pero deben guardar sus opiniones para ellos. La prohibición de meterse en política se entiende dentro de esa espiritualidad que propone la Obra: «ser siempre instrumentos de unidad en la Iglesia y entre los hombres, nunca de división». ¿Y hay algo que divida más a los hombres, y con mayor aspereza, que la lucha política? ¿Puede olvidarse acaso que, como expresó Dante, la política es «la palestra que nos hace tan feroces»?

En este sentido, resulta significativo que se exija al sacerdote del Opus Dei que tenga «alma sacerdotal y mentalidad laical». Es característico de cierta mentalidad clerical pensar que «el hombre sagrado» debe intervenir en todo «sacralizando» también lo que pertenece a las decisiones y opiniones dejadas a la libertad de los creyentes. En el fondo, la diferencia entre el clericalismo preconciliar y el posconciliar no es más que una inversión de punto de vista: antes del Concilio, se intentaba sacralizar las «derechas» (o al menos el «centro»; en cualquier caso, una posición política); después del Concilio, se quiso hacer lo mismo pero con las «izquierdas». Antes, se intentaba hacer creer a los católicos que no eran tales si no aceptaban defender la causa de la «reacción»; después, se lanzaba el anatema al creyente que no jurase que lo que Cristo quería era la «revolución».

Creo que así entendía Escrivá la «mentalidad laical»: pedir a los miembros de la Obra que llamaba a la ordenación que se esforzaran por ser «sacerdotes al cien por cien». Y ese compromiso comienza por la obligación de «no ingerencia» en todo lo que no es espiritual, en lo que se refiere al servicio de Dios.

De este aspecto deriva, en mi opinión, una de las características más sorprendentes del Opus Dei: el culto y la defensa a ultranza de la libertad de los miembros. Sorprendente, porque resulta que la realidad no sólo es distinta del cliché, sino incluso su contrario. Escuchemos a este propósito lo que afirma Le Tourneau: «Una de las características del espíritu del Opus Dei, a menudo puesta de relieve por sus portavoces y con mayor insistencia aún por el Fundador, es el amor a la libertad».

«Un amor íntimamente conectado con la mentalidad secular propia del Opus Dei, la cual hace que, en todas las cuestiones profesionales, sociales, políticas, etc., cada miembro actúe libremente en el mundo, con arreglo a lo que le dicte su conciencia, rectamente formada, y asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos y de sus decisiones. Eso les lleva no sólo a respetar, sino también a amar, de manera positiva y práctica, el auténtico pluralismo, la variedad de todo lo que es humano; así hacen realidad lo que la Declaración de la Congregación para los Obispos del 23 de agosto de 1982 decía con motivo de la erección del Opus Dei como Prelatura personal: “Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura -dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia- gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros”».

Continúa el autor francés: «Esta opción deliberada a favor de la libertad no es consecuencia de una prudencia humana o de una táctica, sino el resultado lógico de la conciencia clara que todos los miembros tienen de participar en la única misión de la Iglesia: la salvación de las almas. Verdad es que el espíritu cristiano ofrece unos principios éticos comunes de acción temporal: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia, nobleza y lealtad en el comportamiento -con caridad-, comprensión y respeto de las opiniones ajenas, verdadero amor a la Patria -sin nacionalismos estrechos-, promoción de la justicia, capacidad de sacrificio en servicio de los intereses de la comunidad, etc. Ahora bien, sobre la base de estos principios, cada cual determina qué solución le parece más pertinente entre las muchas opciones que existen. A este respecto, Mons. Escrivá concluía: “Con esta bendita libertad nuestra, el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben -y cabrán siempre- todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores”. Sólo la jerarquía de la Iglesia puede, si lo estima necesario para el bien de las almas, dictar una norma de conducta determinada al conjunto de los católicos».

Podría sospecharse que con mala fe se oculta la «verdadera» realidad de la Obra, que no sería más que un conjunto de marionetas dirigidas por alguien que, agazapado en la oscuridad, no sólo no respeta sino que coarta su libertad. Pero esa sospecha tendría que explicar el hecho de que la dinámica misma de la institución -con su rechazo del clericalismo, incluso para los sacerdotes- conduce no sólo en teoría sino también en la práctica a quedar al margen de las decisiones temporales de los laicos.

Volviendo al perfil del clero del Opus Dei, señalemos que el numerario o el agregado llamados al sacerdocio abandonan totalmente su profesión «civil», en la que han podido

alcanzar éxito y prestigio. No abandonan por esto el trabajo, sino que a partir de ahora se dedican plenamente a la labor sacerdotal. Este consiste, principalmente, en «colaborar en la formación espiritual de los miembros de la Obra -hombres y mujeres- mediante la predicación, la dirección espiritual y la administración de los sacramentos, sobre todo de la confesión».

A propósito de esto último: ¿está obligado quien pertenece al Opus Dei a confesarse con un sacerdote de su institución? Veamos cómo es el asunto. «El fundador enseñó siempre que los miembros son libres, como cualquier católico, de confesarse con cualquier sacerdote que tenga las debidas licencias. Un miembro del Opus Dei puede utilizar lícitamente esta libertad, dirigiéndose a sacerdotes que no pertenecen a la Prelatura. Sin embargo, es fácil darse cuenta de que esto no será frecuente: si los miembros del Opus Dei se comprometen libremente a perseguir un fin concreto dentro de la Iglesia, es lógico que escojan los medios específicos propuestos por la Prelatura. Y es evidente que los sacerdotes de la Obra, por su conocimiento del espíritu de la Obra y de las obligaciones específicas de sus miembros, pueden ayudar con su orientación a vivir de modo más eficaz el sacramento de la penitencia, que es también un medio de dirección espiritual».

Recogemos aquí esa precisión oficial porque este punto ha sido (y es) polémico: Algunos consideran que la práctica habitual (no obligatoria) de los miembros del Opus Dei, que se confiesan con sacerdotes del Opus Dei -con uno de ellos, ya que no se impone uno en particular-, es una manifestación de mentalidad «sectaria».

No me corresponde a mí defender a nadie ni a nada. Se trata sólo de razonar y de comprender: esta es la línea que, si no me equivoco, me he esforzado y me esfuerzo en seguir. Es preciso admitir que si se mira el asunto con objetividad y sentido común, parece realmente increíble que se polemice sobre este punto. Discusiones que no se dan, como es lógico, cuando un franciscano se confiesa con un franciscano, un barnabita con un barnabíta, un sacerdote diocesano con otro sacerdote de la misma diócesis.

Esas acusaciones confirman la aspereza de los contrastes que esta institución «nueva» -pero que se remite a lo antiguo, a los dos milenios de la Tradición- ha suscitado y sigue suscitando, alimentando sospechas también sobre comportamientos y costumbres aceptados pacíficamente en otras realidades eclesiales. Juzgue el lector si tiene sentido lo que se lee con frecuencia en los alegatos anti-Opus: los miembros deberían confesarse con sacerdotes no pertenecientes a la Prelatura, para «contrastar» de este modo los peligros de indoctrinamiento, de lavado de cerebro, de clausura, que implicaría la formación interna.

La respuesta es obvia: «al Opus Dei se viene impulsado por una vocación libremente aceptada. Con la misma libertad se puede salir, se pueden buscar otros caminos, si se sospecha que la Prelatura transmite venenos que deben combatirse con los antídotos de un confesor externo, que -aun no conociendo la Obra- periódicamente ponga en guardia, “descontamine”».

Para terminar con el origen, misión y espiritualidad de los sacerdotes, es preciso hablar también de otros sacerdotes, aunque coincidan en parte con el clero de la Prelatura: los socios de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz. No es un accesorio sin importancia de la Prelatura, como demuestra el hecho de que su nombre completo y oficial en los documentos y en el Anuario Pontificio es «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei», y que sólo por abreviar se dice «Opus Dei».

Sería complicado (para ustedes y también para mí), e incluso poco interesante para nuestros fines, explicar por qué y cómo, de acuerdo con las posibilidades y las exigencias del derecho canónico -conocidas al dedillo tanto por Escrivá como por su inseparable Del Portillo, doctores ambos en la materia- se llegó a semejante nombre. Confieso que no domino suficientemente las sutilezas eclesiásticas como para explicar con palabras mías cómo funciona esa Sociedad y cuáles son sus relaciones con la Prelatura, con la Iglesia universal y con las Iglesias locales.

Por tanto, en una materia tan compleja, donde cada término tiene un significado preciso, me limitaré a reproducir aquí una explicación «oficial» sintética pero, a mi juicio, bastante clara y completa.

Es la siguiente: «La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es una asociación de clérigos compuesta por: 1) los sacerdotes del Opus Dei, es decir, por el clero de la Prelatura; 2) por los diáconos y presbíteros, incardinados en una diócesis, que deseen formar parte de la Sociedad, respondiendo a una vocación divina que les llama (y esta es la finalidad de la asociación) a santificar su trabajo profesional: es decir, el ministerio sacerdotal. Para alcanzar esta finalidad, dependen de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz sólo en lo que se refiere a la asistencia espiritual (que es un ámbito que corresponde a la esfera de la autonomía personal): lo que significa que cada uno de esos sacerdotes sigue bajo la completa y exclusiva dependencia de su obispo propio».

Sigamos con esa explicación: «Esta Sociedad, creada por Mons. Escrivá en 1943, se adecua al espíritu del Vaticano II, que en el decreto sobre los presbíteros, cuando exhorta a mejorar continuamente la formación sacerdotal, sugiere también la pertenencia a alguna asociación específica. La Sociedad es una asociación con un espíritu que favorece la unidad y que fomenta, de un lado, la unión de cada sacerdote con su obispo, y de otro, la fraternidad sacerdotal. Por tanto, los socios no son del clero de la Prelatura del Opus Dei, sino clero propio del obispo del que dependen. No están, por tanto, bajo la jurisdicción de los directores del Opus Dei. La Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz es jurídicamente distinta de la Prelatura, pero existe entre ambas una completa unidad de espíritu alrededor de lo que es el elemento propio del Opus Dei: la búsqueda de la santidad a través de la santificación del trabajo ordinario».

Creo que, si habéis leído hasta aquí, os habréis dado cuenta de que esta Sociedad responde a una intención clara: conseguir que todos, si son llamados, puedan vivir el mensaje del Opus Dei. Como sólo los laicos pueden entrar en la Obra, porque los clérigos -ya ordenados o en el seminario- están excluidos, la Sociedad sacerdotal permite recibir y vivir la formación del espíritu del Opus Dei a estos sacerdotes que permanecen en su propia diócesis de la que dependen en todo lo que no se refiera a la autonomía personal de cada uno, como la formación espiritual.

Conviene señalar, como quizá se ha apreciado ya en la explicación anterior, el derroche de habilidad y de experiencia para encontrar una fórmula que salvaguardase, por una parte, la posibilidad de que un sacerdote diocesano pudiese vivir la espiritualidad de la Obra, si se siente llamado a ello; y por otra, los derechos del obispo del lugar -«nihi1 sine episcopo» (nada sin el obispo) es el lema programático de la asociación- y el deber del sacerdote de sentirse partícipe a pleno título del clero del que procede y al que continúa perteneciendo.

He aquí otro aspecto de la estrategia general de don Josemaría: proponer a todos, sin excluir a nadie, un training en santidad y apostolado, dejando a cada uno donde se encuentra, cambiando lo menos posible su condición tanto en la sociedad como en la Iglesia.

El cilicio y los ángeles

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Un training espiritual, por tanto, es el fin para el que el Opus Dei existe. ¿Recuerdan el contrato (en lugar de los «votos»), en virtud del cual la Prelatura «se compromete a proporcionar una asidua formación doctrinal, religiosa, espiritual, ascética y apostólica, así como la específica atención pastoral de sus sacerdotes»? Tengan entonces presente que, como cualquier otro contrato, el vínculo es «bilateral» y, por consiguiente, el laico que lo suscribe tiene el derecho de recibir esa ayuda de la Prelatura y también el deber de cumplir con sus obligaciones, resumidas en los conceptos de «ascéticas, formativas, apostólicas».

Veamos en concreto en qué consisten estos compromisos. Comencemos por los ascéticos. Así los desarrolla una fuente autorizada: «Los compromisos ascéticos se refieren al cumplimiento de un plan de vida espiritual. Exigente, pero adaptado a las circustancias personales de cada miembro (todo en la Obra, no se olvide, es personal; nada es anónimo, estardarizado, abstracto). Ese plan de vida, con palabras de Escrivá, le conduce progresivamente, “como por un plano inclinado”, a encontrar a Dios en el trabajo profesional y en las demás ocupaciones cotidianas».

Veamos con más detalle el compromiso que debe respetar el laico que acepta el contrato. No es poca cosa; más aún, podría llegar a ser insoportable para quien no se sienta llamado a ello. Verdaderamente, quien buscase sólo fines «humanos», no directamente religiosos, haría mejor en escoger caminos más cómodos. (¿Qué sacrificios, por ejemplo, impone la adhesión a la masonería, además de -que yo sepa- la reunión mensual de los “hermanos”? ¿Y son acaso sacrificios los almuerzos semanales y las festivas reuniones periódicas de esos service clubs -generosos, no cabe dudaque extienden por el mundo una red de relaciones, útiles para fines filantrópicos y culturales, pero útiles también, como es lógico, para fines profesionales y económicos?).

Sigamos con ese texto. «Este plan de vida espiritual comprende: una intensa vida sacramental, que gira alrededor de la misa y la comunión diarias y sobre la confesión sacramental semanal; la práctica habitual de la oración mental (hasta una hora al día); la lectura diaria del Nuevo Testamento y de un libro de espiritualidad; el rezo cotidiano del rosario; el examen de conciencia cada noche, un día de retiro mensual y algunos días de retiro cada año; frecuentes comuniones espirituales, actos de reparación, jaculatorias, etc.».

Todo esto es más que suficiente para satisfacer a quien se sienta llamado, pero también para cortar de raíz las pretensiones de cualquier hipócrita o de alguien tibio. Pero no acaba ahí el elenco: «A esto se añade el ejercicio cotidiano del espíritu de sacrificio y de penitencia -sin excluir la mortificación corporal-, adaptado a la edad, al estado de salud y a las circunstancias de cada uno, según los modos concretos aprobados por la Iglesia, y evitando en todo caso cualquier exceso».

Entendámonos: incluso el cuerpo más bello, si es diseccionado, se convierte en un horrible amasijo de órganos, sin resto alguno de unidad ni de armonía. Lo mismo sucede con la vida espiritual y sus “instrumentos”, los medios humanos para favorecerla y sostenerla; lo mismo con cada uno de los elementos de este plan de vida. Si se separan del espíritu que los anima, dan la idea de un elenco casi insoportable de «deberes».

En realidad, hablando de ese plan de vida con quien está «dentro», me he dado cuenta de que no es así: el clima de naturalidad, de sencillez, de agradecimiento por la vocación y por Dios que es su centro, hace que lo que desde fuera aparece como obligaciones sean una especie de necesidad y pierdan su rostro severo. Eso que más arriba llamamos «ascetismo sonriente».

Toda la formación busca alcanzar un ideal: crear hombres y mujeres «de una pieza», no «esquizofrénicos» para los que la vida, el trabajo, se conviertan en oración, superando la disociación de quien ve el plan como una jaula en la que uno está encerrado.

Se impone un breve paréntesis. En la última cita hemos transcrito en cursiva las palabras sin excluir la mortificación corporal. No se excluye, por tanto, ni siquiera el famoso cilicio, que ocupa un lugar importante en la leyenda de la Obra como escondrijo de los últimos oscurantistas medievales. Lo hemos mencionado ya al hablar del escándalo de los sospechosos movimientos antisectas. ¿No es el cilicio una aberrante y morbosa forma de masoquismo, indigna de un cristianismo «adulto», «abierto»? ¿No es la tradicional España triste, fanática y sanguinaria?

Como imponen las reglas de la justicia, «audiatur et altera pars». Escuchemos pues la defensa, sostenida por una persona que, aunque no lo dice, como experimentado numerario que es ha debido usar el famoso «instrumento de tortura» (que consiste, en resumen, en una especie de cinturón de lana ruda que se coloca en la cintura o en el muslo, con nudos o con unas púas de alambre que aprietan la piel sin traspasarla): «Como han perdido el significado de la penitencia y de la mortificación en la vida espiritual, muchos hombres de hoy se asombran -cuando no se escandalizan- de que en el Opus Dei algunos de sus miembros incluyan entre las mortificaciones corporales el uso del cilicio. Algunos, digo: no la mayoría; y siempre por un tiempo limitado. Por lo demás, no habría que extrañarse, porque la cruz ha sido siempre un motivo de escándalo. Es cierto, como se ha comentado muchas veces, que, sobre todo en los últimos tiempos, las personas se exponen a grandes sufrimientos (de ejercicios, de dieta, de cirugía estética) por conservar una cierta imagen corporal que los demás puedan admirar. Igualmente es verdad que, por obtener una cierta satisfacción, otras muchas personas se embarcan en una dirección, que con mucha frecuencia sólo trae «mortificaciones» para el sujeto afectado y sobre todo para los que están a su alrededor: es el caso, por ejemplo, del recurso a distintas drogas. Pese a todo eso, hay personas que no acaban de entender el sentido de una «mortificación corporal» que no hace daño a la salud -más bien, si acaso, al contrario- y que expresa el deseo de unirse, en lo poco que el hombre puede, al sacrificio de Cristo. Se comprende que en una época en la que se difunden con insistencia mensajes del tipo «¡No te prives de nada!», se haga difícil de entender las bases mismas de la penitencia y de la mortificación. Si «se puede todo», si nada está mal una vez que ha sido «asumido» por el yo; si, en definitiva, no hay pecado, no hay motivo para hacer penitencia. La mortificación (es decir, la profunda paradoja evangélica según la cual, para vivir hay que morir de algún modo: como Cristo, el cristiano debe descender al sepulcro para resucitar luego, como Cristo, a la vida eterna) resulta así ininteligible. Pero nótese también esto: entre los mensajes frecuentes destaca el de «el cuerpo es mío y hago con él lo que quiero». Es por lo menos incongruente que se admita la licitud de cualquier comportamiento corporal, incluso aberrante, y sea motivo de escándalo el hecho de la penitencia cristiana» (Rafael Gómez Pérez).

En cualquier caso, ni el cilicio ni otros «instrumentos de mortificación» son exclusivos de esta Obra: forman parte de la antiquísima tradición ascética de la Iglesia y han sido usados por todos los santos.

Desde la perspectiva de Escrivá -en línea, como en otros puntos, con la más antigua Tradición de la Iglesia-, penitencias y mortificaciones son «la oración de los sentidos». Esta participación de lo «material» en la oración pone de manifiesto la unidad del hombre, que no es sólo alma, espíritu, corazón. También estos «ejercicios ascéticos» (practicados siempre con discreción, sin presumir de ellos) son un medio para ejercitar la voluntad, en un mundo cada vez más poblado de apáticos, indiferentes y veleidosos. Estas prácticas de mortificación no son exclusivamente «activas», sino que pueden y deben ser «pasivas»: no es la búsqueda de sufrimiento lo que debe caracterizar a quien emprenda este camino, sino la aceptación de los que trae cada día la vida: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca, la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior».

Así dice el punto 173 de Camino, al que sigue este otro: «No digas: esa persona me carga. -Piensa: esa persona me santifica».

Tras los compromisos ascéticos, digamos algo de los formativos los que se refieren «a la formación doctrinal y religiosa que los miembros del Opus Dei reciben durante toda su vida, de manera adaptada a sus posibilidades y capacidades». Nos encontramos de nuevo con esa modulación personal: a cada uno la formación que le corresponde.

Este compromiso, naturalmente, también es bilateral, por derivarse de un contrato: compromiso de la Prelatura para «formar», y esfuerzo del fiel por «formarse», aprovechando los medios que se ponen a su disposición.

Este tipo de educación «se dirige a alimentar la vida espiritual y apostólica de todos los fieles de la Prelatura, para que cultiven una “piedad de niños y una doctrina de teólogos”, y para lograr que en todos los ambientes sociales haya personas preparadas intelectualmente, para realizar un eficaz apostolado de evangelización con ocasión del ejercicio de la propia profesión u oficio».

No se trata, pues, de una preparación teológica para formar conferenciantes o ensayistas (aunque luego cada uno, libremente, puede dedicarse a ese tipo de actividad, si considera que tiene capacidad y se siente llamado a ello), sino más bien de proporcionar los medios para ese apostolado «privado» -la famosa «amistad y confidencia»- con quienes están más cerca, comenzando por los parientes y compañeros de trabajo. Esta labor con frecuencia se confunde con «la actividad oculta del Opus Dei», pues se desarrolla de un modo discreto y nada aparatoso, en un mundo que tanto valora «ser visto» y «ser oído».

Examinando el asunto, me parece que se pueden señalar algunas líneas maestras.

En primer lugar, la conciencia clara de que quien pretenda «convertir el mundo» sin unir la santidad (o al menos, el esfuerzo por alcanzarla), que es su presupuesto primero e indispensable, a una formación teológica adecuada, acabará siendo «convertido por el mundo».

Aquí reside una de las razones de la débácle posterior al Concilio: masas católicas sin formación fueron animadas a «enfrentarse», a «dialogar», a «discutir», «con espíritu de total apertura» y de «radical autocrítica». El resultado no podía ser otro: se abrieron de golpe las puertas de la ciudadela eclesial, hasta entonces enrocada e incluso protegida y aislada en exceso. Por desgracia, quienes salieron por ellas no fueron con frecuencia «heraldos de la fe adecuados a los signos de los tiempos», bien preparados y motivados. Todo lo contrario: por esas puertas abatidas entraron «los otros», y la pronta rendición fue presentada por los teóricos del clericalismo como la «derrota del integrismo», el «fin de los exclusivismos» y la «victoria de la tolerancia».

Empujados al derrotismo por el entusiasta cupio dissolvi de cierta intellighenzia cuya obligación era haberles ayudado a distinguir lo verdadero de lo falso, a madurar y a crecer, pero en la continuidad, muchos católicos se vieron a sí mismos como herederos de una historia vergonzosa, por la que debían arrepentirse y pedir perdón. Se les persuadió también de que al mítico «hombre de hoy» le resulta imposible -más aún, indigno- seguir confiando en realidades dogmáticas totalmente «premodernas» e inaceptables, a las que había que dar una «nueva lectura», ser «reinterpretadas », «desmitizadas», hasta convertirlas en una mera simbología.

Sirva de ejemplo lo que sucedió con una verdad de fe muy querida para el Opus Dei: la existencia de los ángeles. Como sabemos, aquel 2 de octubre se celebraba la fiesta de los Santos Angeles custodios. Entre las pocas cosas que el beato comentó del suceso que dio origen a la Obra, fue que la misteriosa «visión» tuvo lugar cuando sonaban a lo lejos las campanas de la iglesia madrileña de Nuestra Señora de los Angeles.

Señala Peter Berglar: «Así, toda la Obra habría de estar, desde su nacimiento y en el futuro, bajo la protección de los Angeles, como cualquier persona humana. “Aumentemos nuestra amistad -dice monseñor Escrivá de Balaguer- con los Santos Angeles Custodios. Todos necesitamos mucha compañía: compañía del cielo y de la tierra. ¡Sed devotos de los Santos Angeles!”. Recuérdese que el Opus Dei ha puesto bajo la protección de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael los apostolados que sus miembros realizan con todo tipo de personas de toda condición social, casados, solteros, jóvenes, adultos».

Monseñor Del Portillo recordó que el fundador, antes de atravesar una puerta, se detenía un instante (de modo imperceptible, salvo para los poquísimos que estaban al tanto de esa costumbre suya), para ceder el paso a su Angel custodio, con el que contaba como diligente e infalible secretario en las cosas espirituales. Y no sólo para lo espiritual: «Ten confianza con tu Angel Custodio. -Trátalo como un entrañable amigo -lo es- y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día», dice el punto 562 de Camino.

Camino, Surco y Forja -esa trilogía fundamental en la espiritualidad del Opus Dei- dedican más de treinta puntos a los ángeles en general y a los ángeles custudios en particular: a su benéfica misión, a la necesidad de honrarles y venerarles, «aprovechándose» de ellos.

Como observó Monseñor Del Portillo, también en esto el beato era el primero en practicar su consejo: «piedad de niños y doctrina de teólogos».

En efecto, para la fe católica de siempre, la existencia y el papel de los ángeles son «doctrina cierta de la Iglesia». Sin embargo, en el Catecismo de los jóvenes publicado después del Concilio, en 1979, por la Conferencia episcopal italiana y redactado en la jerga de la época, desapareció toda mención a los ángeles. También a esos ángeles custodios que tanta parte tuvieron en la pedagogía que usaron todos los santos y a los que el sensus fidei del pueblo cristiano ha manifestado tanto aprecio, para recompensar la afectuosa atención de Dios por sus criaturas humanas, a las que ha considerado dignas de ser acompañadas del nacimiento a la muerte por semejante amigo y ayudante sobrenatural.

Si en el «catecismo para jóvenes» la censura de los ángeles ha sido total (considerados indignos, o al menos no necesarios, por los «expertos académicos de pastoral» en la presentación de la fe a las nuevas generaciones), en el Catecismo para adultos -quinientas sesenta densas páginas que quién sabe cuántos habrán leído-, su mención se retiró del texto y fue relegada como cosa menor a un apéndice, en una vergonzante «nota teológico-pastoral» donde entre otras cosas se dice: «Son figuras que se han hecho extrañas a la cultura de nuestro tiempo y a la mentalidad común imperante». Ninguna mención, ni siquiera a pie de página, a los ángeles custodios, convertidos en «figuras extrañas». Como si, en un planteamiento de fe, cada verdad dependiera de la aceptación de la «mentalidad común» mayoritaria en cada momento. Como si el Credo fuese objeto de los mudables y onduleantes «índices de audiencia»…

De acuerdo con su estilo, el Opus Dei no se enzarzó en polémicas, sino que -según el consejo de los espiritualesprefirió mantener encendida la lámpara que «combatir los errores». Sin embargo, durante estas décadas de bandazos que esos catecismos «oficiales» testimonian de un modo impresionante, en la formación de los suyos se resistió a la liquidación.

Nacida en el día de los Santos Angeles custodios mientras sonaban las campanas de Nuestra Señora de los Angeles, la Obra se ha mantenido firme. Sin polemizar, pero también sin ceder, y utilizando sin dudar cuando era necesario el catecismo de Trento o el llamado «de san Pío X», que muchas librerías católicas vendían a cientos, pero guardándolo bajo el mostrador, como si fuese un libro pornográfico. Con energía y decisión, no consideró que estas verdades teológicas fuesen el resultado de una devoción anacrónica ni alienante, como decían algunos, haciéndose eco de falsedades de cuño marxista o liberal.

No queda más remedio que reconocer que la evolución más reciente del catolicismo les ha dado una vez más la razón. Treinta años exactos después de la apertura del Concilio, en octubre de 1992, el Papa aprobó el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, en el que los ángeles vuelven por la puerta grande. Con palabras clarísimas, desde el comienzo de los parágrafos que se les dedican: «La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición».

Y vuelven también, naturalmente, los ángeles custodios, tan importantes y queridos no sólo para el beato Escrivá, sino para todos los católicos que le precedieron. Señala el nuevo Catecismo: «Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión». Y a continuación, cita -entre los infinitos textos posibles- un fragmento de un Padre de la Iglesia, San Basilio de Cesarea: «Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida». ¡Exactamente lo que decía Escrivá a los suyos para que actuasen en consecuencia!

Se trata de la enésima confirmación de lo que le gusta repetir a un amigo mío, historiador de profesión: «hay una receta infalible para ser modernos y vanguardistas, en la Iglesia y fuera de ella. Basta permanecer firme en la Tradición, en la auténtica tradición: no abandonar la compañía de los antiguos, y esperar. Antes o después, la historia les redescubrirá y entonces tú -considerado anacrónico y reaccionario hasta la víspera- serás aclamado como el profeta que supo ver de lejos…».

Con la misma firmeza, la Obra ha defendido también la doctrina de la Iglesia en el campo de la mariología, no tanto en proclamas polémicas, sino en la discreción pragmática de la formación interna.

No pretendo seguir por sendas teológicas, ni proporcionar el borrador de un manual de catequesis. Basta con señalar el puesto de primer orden que el fundador del Opus Dei dio a Nuestra Señora. Un ejemplo entre mil, el punto 494 de Camino: «Sé de María y serás nuestro»; o sus exhortaciones: «Mete a la Virgen en todo y para todo. No olvides que el Hijo no puede negar nada a su Madre». Este puesto no se explica sólo por su devoción; y menos aún por un sentimentalismo dulzón, del que se distanció siempre este propagador de un cristianismo «varonil» (también para las mujeres, que están en primera fila, como señala el punto 982 de Camino: «Más fuerte la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor»). Un cristianismo donde la humildad convive con la audacia, la ternura con el vigor de carácter y la fuerza de voluntad.

El lugar confiado a María no es, por tanto, ninguna concesión de beata, sino la conciencia de una realidad que -resumida crudamente en pocas líneas- podría sintetizarse así: sin esa raíz de carne que es el útero de una mujer en la que se realiza (en sentido verdadero y pleno) la encarnación de Dios, el cristianismo se reduce a una deletérea e ineficaz «Palabra», se convierte en una especie de globo aerostático a merced de los vientos, hinchado por gases tóxicos de un «espiritualismo» de aspecto noble y «religioso», pero que suprime la indispensable «materialidad» de la fe del evangelio. Así lo expresa Escrivá en su homilía «Amar al mundo apasionadamente»: «El auténtico sentido cristiano -que profesa la resurrección de toda carne- se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu».

No sólo los místicos, también los teólogos han sostenido siempre que «María es enemiga de cualquier herejía». La reflexión sobre esta «raíz de carne» muestra que concederle un puesto orgánico en el Credo -sin reducirla pues a objeto de una devoción facultativa, a una especie de optional para quien disfrute con los sentimentalismos- protege las verdades fundamentales de la cristología.

Cuando la estructura institucional de la Iglesia y hasta su edificio de fe pareció en peligro por el vendaval de la contestación, no fue una casualidad que Escrivá decidiera exponerse, salir al descubierto con gestos significativos. Hasta entonces había salido poco de Roma, limitando sus viajes lo más posible, de acuerdo con su programa de edificar la Obra apareciendo lo menos posible, trabajando para formar «jefes» sin ser considerado uno de ellos. En el umbral de los setenta años, comenzó una serie de peregrinaciones a los santuarios marianos europeos y americanos más venerados: Lourdes, Fátima, El hilar, Einsiedeln, Guadalupe…

Y no sólo esto: impulsó la construcción del santuario de la Obra, en la remota Torreciudad (donde, siendo un niño de dos años, fue llevado por sus padres para cumplir un voto por su curación), para constituir -en otro lugar de presencia mariana- una especie de baluarte de la resistencia ortodoxa, un muro que protegiese todo el Credo, a través de la renovación de la devoción mariana, de la que desconfiaban catedráticos de teología e incluso algunos obispos. Eran los años en los que el episcopado parecía rechazar incluso la convalidación de los milagros de Lourdes, y en los que se recomendaba leer el Magnificat, incoado por María en el evangelio de Lucas, como un «canto de guerrilla por la liberación política y económica de los oprimidos por el capitalismo»…

Era lógico entonces que la tarea de formación espiritual y teológica del Opus Dei haya mantenido y mantenga el lugar que desde siempre correspondió a la Virgen; y que seguirá ocupando, si el catolicismo sigue mereciendo ese nombre. No en vano el fundador quiso que el Opus Dei se caracterizase siempre, desde los comienzos, por dos notas: «romano» y «mariano».

Cada uno a su manera

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

María, los ángeles y el resto de la doctrina católica de siempre: la misma que acaba de volver a confirmar el catecismo universal.

Eso es lo que el Opus Dei transmite fielmente a los suyos. Como señalan los estatutos de la Prelatura: «la formación que se imparte a los miembros está en plena conformidad con el Magisterio de la Iglesia».

En lo que de veras importa, por tratarse de fide, no cabe el empleo del «a mi juicio», tan frecuente en los que pretenden dogmatizar sus propias opiniones, sino del «a nuestro juicio» del Credo, garantizado por el Papa y por el colegio de los obispos, en continuidad con la Tradición. Y con palabras rotundas se precisa: «El Opus Dei no tiene una doctrina propia ni constituye escuelas propias de pensamiento en cuestiones filosóficas, teológicas o canónicas dejadas por la Iglesia a la libre discusión».

A lo largo de los siglos, muchas Ordenes religiosas dieron vida de modo legítimo, porque actuaron siempre dentro de la Iglesia- a puntos de vista y enfásis propios, a «escuelas» en la reflexión teológica: las «escuelas» dominica, franciscana, jesuítica, redentorista, carmelita, benedictina, barnabita y muchas otras.

No sucede lo mismo en el Opus Dei, cuya característica específica no es la originalidad sino la normalidad, también a la hora de formar a sus miembros. No buscan la novedad sino la fidelidad al Magisterio en lo que es definitivo, en lo que ha sido declarado explícitamente que hay que creer, si se quiere ser católico. Me refiero, naturalmente, a la Institución como tal; cada uno de los miembros en particular es totalmente libre para realizar cualquier tipo de investigación, incluida la teológica, pero sin atribuir a la Obra su actuación personal.

Se advierte aquí un claro designio de universalidad. No quieren agrupar a un montón de excéntricos, aunque fueran todos ellos geniales. No persiguen formar un grupo más, sino crear una «agencia católica» que ofrece formación a todos los bautizados, para que conozcan y vivan seriamente no una espiritualidad particular, sino nada más y nada menos que el catolicismo «normal». The main stream (la corriente principal, de centro) del catolicismo.

Nos topamos de nuevo con «lo raro de no ser raro»; el intento de no sacar a nadie de su sitio, sino de pedirle que viva el evangelio con radicalidad allí donde está, sin ponerse en la solapa el distintivo de esta o de aquella «escuela» teológico-espiritual: «simplemente católicos, sin adjetivos».

Junto a la fidelidad doctrinal, y en sintonía con esta universalidad, otro rasgo del Opus Dei es la plena libertad para todos sus miembros en todo lo opinable, en lo que la Iglesia ha dejado a la autónoma discusión de los fieles.

Libertad en las cuestiones teológicas, aunque siempre dentro de las coordenadas dogmáticas; pero quien las conoce de veras sabe que los márgenes no son estrechos. Lo que es «obligatorio» creer para llamarse católico y, por tanto, para estar en plena comunión con el Magisterio, es menos de lo que habitualmente se piensa.

Y libertad más plena aún en los asuntos sociales, políticos, económicos. Algo hemos anticipado en el capítulo dedicado a trazar el perfil del sacerdote según Escrivá. Con palabras suyas, que resumen su pensamiento: «No olvidéis que en los asuntos temporales no hay dogmas.

Nos hallamos en un punto neurálgico de nuestra investigación. Uno de esos puntos donde da toda la impresión de que la teoría y la praxis de la Obra desmienten rotundamente la «leyenda negra», que describe a la Obra como un ejército compacto que mueve a sus falanges de templarios -obedientes perinde ad cadavera- en defensa de intereses políticos («reaccionarios», naturalmente) y de tenebrosas «tramas financieras», que persiguen volver a meter a la humanidad bajo una capa religiosa, a mitad de camino entre la hipocresía y el fanatismo.

Lo sé, lo sé: no se me escapa que puedo aparecer como un ingenuo que ha sido engañado, o como un superficial que no ha sido capaz de ir más allá de las apariencias; o, peor aún, que me influye un prejuicio positivo, quizá debido a un empeño apologético.

Lo siento de veras, pero ¿qué puedo hacer? Lo que se desprende de las intenciones repetidas infinitas veces por el Fundador y por sus sucesores, de las disposiciones de sus estatutos y demás normas, y de la misma lógica interna que preside la institución, difiere sorprendentemente del mito consolidado.

Cierto que la Obra está muy unida; más aún, es compacta y homogénea. Pero sólo en lo que se refiere a sus fines religiosos y espirituales: la santificación del, en y a través del trabajo, y el apostolado en el propio ambiente, que son los únicos fines que se propone. En cambio, es intencionadamente pluralista al máximo, en todo lo demás. «Amando y respetando», dicen, «la variedad de todo lo humano, empezando por la Iglesia».

Creo que en esto pensaba Escrivá cuando definió a la Obra como «una organización desorganizada»: bien estructurada para sus objetivos religiosos; y carente de organización «para lo que no le corresponde». De ese modo, sus miembros «forman un mosaico variado y multicolor de todo tipo de actividades, infinitas como las posibilidades de la vida, de los caracteres, de los trabajos, de las trayectorias personales, de las culturas».

Si creen que pueden descubrir otras cosas, inténtenlo ustedes. Por mi parte, por lo que he podido entender, observar y experimentar personalmente, no me han parecido palabras huecas las que repiten continuamente: «una de las características del Opus Dei en la que el Fundador insistió más es el valor de la libertad y de la responsabilidad personales».

Por otro lado, semejante planteamiento es lógico y comprensible, ya que se desprende de la intención de crear y mantener esa «mentalidad laical» que no es compatible con imposiciones en materias dejadas a la autónoma y libre iniciativa de cada uno.

Es una perspectiva de libertad y de autonomía de elección que deriva también del hecho (que he recordado varias veces) de que la «vocación» que se requiere para pertenecer a la Obra se percibe como una iniciativa divina; y, por consiguiente, quien solicita entrar lo hace sólo con fines exclusivamente religiosos, espirituales. Si quien ingresara en el Opus Dei descubriera una realidad distinta -como si se pretendiera de él que fuera cómplice de oscuras maniobras político-financieras en beneficio de alguien-, ¿cómo se explicaría que sean tan pocos los que salen, los que abandonan? Es una pregunta que merece la pena meditar.

Hemos señalado más arriba que se puede desconfiar de una «cúpula», pero no de decenas de miles de hombres y mujeres de todo el mundo. Sería poco generoso, por no decir innoble, poner en tela de juicio, de entrada, de la buena voluntad y de la buena fe de todas esas personas.

¿O quizá se prefiere pensar que nos hallamos ante un complot masivo, en el que todos están implicados? ¿Es acaso posible que todos, cada uno a su nivel, se beneficien personalmente de esa especie de cordada para ayudarse unos a otros? Escrivá repitió siempre a quien quería entrar en la Obra: «El Opus Dei es una obra apostólica; le interesan sólo las almas. Nuestro espíritu no nos permite actuar como una sociedad de socorro mutuo».

Los seguidores de Escrivá explican que «es impensable querer aprovecharse de la pertenencia a la Prelatura para fines personales, para ventajas profesionales, para obtener apoyos y recomendaciones, para ascender en la escala social o para imponer a los demás las opiniones personales». Y como prueba de la verdad de sus afirmaciones, recuerdan que el fundador recomendó a los miembros que -por desempeñar funciones directivas en empresas privadas o en entes públicos- estaban en condiciones de «ayudar» a otros, que evitasen todo tipo de «favoritismo» con gente de la Obra. Por citar las palabras textuales de Escrivá: «Es evidente que el favoritismo es contrario no sólo a la búsqueda de la santidad cristiana -que es la única razón por la que estáis en el Opus Dei-, sino también a las más elementales exigencias de la moral evangélica».

En la misma línea se encuentran las decididas y repetidas exhortaciones a no practicar esa «doble moral» -de la que fueron teóricos y maestros insuperables los comunistassegún la cual todo es bueno si sirve a la «causa», al partido, comenzando por la práctica de favorecer siempre y en todo lugar a los «camaradas». Mis interlocutores de la Obra juran que si un miembro del Opus Dei se comportase de ese modo recibiría una severa reprimenda y sería exhortado a arrepentirse y a prometer que abandonaría tales costumbres.

¿Serán sólo palabras? Para dilucidarlo, será preciso no olvidar el carácter popular que la Obra tiene en muchos países, donde la inmensa mayoría de miembros son amas de casa, obreros, campesinos, empleados y otras personas de condición modesta. Es decir, sectores sociales que difícilmente buscarían una especie de «masonería católica» para «ascender» en la escala social, ayudándose unos a otros.

¿Qué objetivos de prestigio y de poder podrían ambicionar los muchos millares de amas de casa, de madres dé familia, que atienden con sacrificio a sus padres enfermos o ancianos, y que pertenecen a la Prelatura -con un compromiso total para toda la vida- como agregadas o supernumerarias? Me refiero deliberadamente a las mujeres porque, aunque también ellas tienen tentaciones (las consecuencias del pecado original no hacen distinción de sexo: no sólo Adán, sino también Eva…), para las mujeres la tentación del tener, del poder, de «hacer carrera» prestigiosa a cualquier precio es menos agresiva que en sus hermanos varones. En cambio, entre las mujeres es más pronunciado el rechazo de la hipocresía, de las mezclas de lo sagrado con lo profano, de las edificantes manifestaciones de virtud que esconden turbios asuntos de política y de negocios. Probablemente, por esto, la masonería ha rechazado siempre aceptar a mujeres en sus logias.

Hay unas cuarenta mil mujeres en el Opus Dei, de todo el mundo y de cualquier extracción social, desde las más humildes a las más elevadas: ¿una masa de cómplices o, al menos, de engañadas?

No es casual tampoco que la Obra «reclute» entre todo tipo de gentes: también entre los que ninguna masonería aceptaría, porque no está en condiciones de proporcionar apoyos socioeconómicos ni de beneficiarse de los beneficios «fraternos». Y recluta también entre los que no encontrarían puesto en ningún service club, donde se entra sólo si se pertenece a cierta clase social.

Citemos a este propósito unas palabras de Escrivá: «Es imposible que nadie piense en aprovecharse del hecho de pertenecer al Opus Dei para obtener ventajas personales, o para intentar imponer a los demás opciones políticas o culturales: porque los demás no lo tolerarían, y le llevarían a cambiar de actitud o a dejar la Obra. Es este un punto en el que nadie en el Opus Dei podría permitir jamás la menor desviación, porque debe defender no sólo su libertad personal, sino la naturaleza sobrenatural de la labor a la que se ha entregado». Y concluía el beato: «Pienso, por eso, que la libertad y la responsabilidad personales son la mejor garantía de la finalidad sobrenatural de la Obra de Dios».

Recuerden también que, cuando hablamos de los compromisos que se piden a esta militancia, señalamos una duda razonable: para quien sólo pretendiera hacer carrera o negocios, sería mucho más cómodo dirigirse a otras instituciones. Así se explican otras palabras de Escrivá: «Quien, movido por una vocación, llama a nuestra puerta, sepa que la Obra pide mucho (desprendimiento, sacrificio y trabajar sin descanso en beneficio de las almas) y no da nada en el plano de los intereses temporales».

Y entonces, ¿cómo se explican los curricula prestigiosos, los puestos influyentes ocupados por miembros de la Obra? Si se lo preguntan, los de la Obra -a pesar de su educación en un autocontrol riguroso- disimulan con dificultad el aburrimiento de tener que repetir cosas mil veces explicadas y que, para ellos, son evidentes. Aclaran que entre los miembros hay algún nombre conocido (aunque no tantos como se suele repetir), pero que esos pocos VIPS no deben hacer olvidar la muchedumbre de rostros anónimos, la «gente corriente» que compone la inmensa mayoría de los miembros.

También recordarán que el éxito en el trabajo no es sino consecuencia natural de tomarse en serio la parábola evangélica de los talentos: hacer fructificar todo lo que se pueda los dones recibidos por Dios y las ocasiones que presenta la Providencia, porque habrá que dar estrecha cuenta de ellas. Actuando así, no sólo se da gloria a Dios y se consigue hacer el bien con la remuneración de una actividad bien realizada: el «hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias», según la consigna del fundador, es el principal intrumento de apostolado a través del trabajo.

Camino, punto 372: «Si tienes un puesto oficial, tienes también unos derechos, que nacen del ejercicio de ese cargo, y unos deberes. -Te apartas de tu camino de apóstol, si, con ocasión -o con excusa- de una obra de celo, dejas incumplidos los deberes del cargo. Porque me perderás el prestigio profesional, que es precisamente tu “anzuelo de pescador de hombres”».

Y lean también este otro texto (Surco, 781): «Cuando tu voluntad flaquee ante el trabajo habitual, recuerda una vez más aquella consideración: “el estudio, el trabajo, es parte esencial de mi camino. El descrédito profesional -consecuencia de la pereza- anularía o haría imposible mi labor de cristiano. Necesito -así lo quiere Dios- el ascendiente del prestigio perofesional, para atraer y ayudar a los demás”. -No lo dudes: si abandonas tu tarea, ¡te apartas -y apartas a otros- de los planes divinos!».

Y sobre el trabajo, concluye Forja (punto 980): «Con tu doctrina de cristiano, con tu vida íntegra y con tu trabajo bien hecho, tienes que dar buen ejemplo, en el ejercicio de tu profesión, y en el cumplimiento de los deberes de tu cargo, a los que te rodean: tus parientes, tus amigos, tus compañeros, tus vecinos, tus alumnos… -No puedes ser un chapucero».

Está claro que, con este tipo de espuelas espirituales, los resultados no pueden faltar. De aquí surge la aureola de «primeros de la clase» que con frecuencia rodea a los miembros, que es el «anzuelo» que usan.

Aunque para algunos, su éxito profesional no es algo atractivo, sino que se transforma a veces en causa de rencores: «Si ese triunfa y yo no, no es porque trabaja más y mejor, sino porque está apoyado por un lobby, y sus “hermanos” de la Obra le ayudan». No olvidemos que cierta mentalidad actual intenta ennoblecer tras palabras solemnes como «justicia» e «igualdad» aquella envidia que tienta a todo hombre, que la tradición cristiana exhorta a combatir y que en cambio es azuzada por ciertas ideologías «sindicales», inspiradas en visiones del hombre y del mundo demasiado conocidas y que se resisten a desaparecer, a pesar de su derrumbamiento histórico. No se debe descartar, por tanto, que parte de la hostilidad hacia los del Opus Dei hunda sus raíces en estas zonas oscuras del espíritu humano, instrumentalizadas por los demagogos o, más modestamente, por envidiosos frustrados.

Quien confía a la Obra su formación espiritual -advierten inmediatamente y con insistencia- no debe olvidar nunca que, como recuerda Surco en el punto 125, «No todos pueden llegar a ser ricos, sabios, famosos… En cambio, todos -sí, “todos”- estamos llamados a ser santos». Y esto porque -en palabras de Escrivá- «todas las profesiones tienen el mismo valor, si se hacen lo mejor posible, ya que, en definitiva, su importancia depende del amor de Dios que ponga el que lo realice». Y suelen citar su réplica a un alto eclesiástico, que le felicitaba porque uno de la Obra había sido nombrado ministro: «¿Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique en su trabajo».

Ese objetivo «religioso» no se podrá alcanzar si, como advierte uno de los primeros puntos de Camino (el 32), quien se ha alistado en la escuela de Escrivá viese en los demás «el escabel para alcanzar altura». En ese caso, «no serás caudillo», al menos en un planteamiento cristiano. Una vez más, el fin no justifica los medios, y una carrera ascendente hecha sobre las espaldas del prójimo es causa de perdición, no de salvación.

A este propósito, pienso que vale la pena citar las palabras de Giuseppe Romano, un ensayista miembro de la Obra: «el hecho de que el trabajo pueda y deba llevar a Dios no significa en modo alguno que se deba caer en una ética del éxito. Es el servicio, no el triunfo, lo que mueve la acción de los cristianos en medio del mundo: no la afirmación de uno mismo, sino la afirmación de Dios. El trabajo debe realizarse bien porque no se puede ofrecer a Dios una tarea mal hecha; Dios merece lo mejor. Ha de realizarse bien además porque así se mejora la vida de todos, se rinde un servicio a los demás y no se hace inútil la propia presencia en el mundo. Por último, ha de realizarse bien para que destaquen ante todos las cualidades del creyente, colaborador de Dios en la creación y en la re-creación de Dios».

Continúa Romano: «Todo esto lleva a conclusiones diametralmente opuestas a los principios de la ética “calvinista”. Y la más significativa es esta: no existen tareas importantes y tareas insignificantes; la dignidad de un trabajo no depende de su relevancia externa. Es más importante la ocupación que se realiza con más amor de Dios; el más humilde de los cometidos puede resultar más influyente, para el bien del mundo, que el cargo más insigne. Cada uno de los miembros del Opus Dei se esfuerza por trabajar lo mejor que puede, de acuerdo con sus dotes, porque ama a Dios y ama al mundo de Dios. Es lógico que con frecuencia tenga como consecuencia que “asciendan” en la profesión, como sucede a tantos otros buenos trabajadores. Este “ascender” traerá consigo que brillen virtudes humanamente atractivas y amables, de lo que Cristo se servirá para atraer a otros hombres».

Volvamos ahora al hilo de nuestra argumentación sobre la libertad de la que gozan los miembros de la Obra. Escribe Le Tourneau: «El amor a la libertad está íntimamente conectado con la mentalidad secular propia del Opus Dei, la cual hace que, en todas las cuestiones profesionales, sociales, políticas, etc., cada miembro actúe libremente en el mundo, con arreglo a lo que le dicte su conciencia, rectamente formada, y asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos y de sus decisiones».

En 1982, el Opus Dei fue erigido como Prelatura. Pasó entonces a depender de la Congregación vaticana para los obispos al tiempo que dejaba -con alivio- la de los religiosos. En esas circunstancias, la Iglesia dictaminó (o mejor dicho, puso de manifiesto, después de haber examinado la teoría y la vida de la institución a lo largo de más de medio siglo): «Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura -dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia- gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros».

Vuelve a la mente la imagen del «distribuidor de gasolina», de la «agencia de servicios espirituales». Aunque no todos queden convencidos, es obligado al menos esforzarse por entender. Y quizá ahora se entiendan mejor las continuas precisiones que salen de la Oficina de información de la Prelatura: «No podéis atribuir al Opus Dei lo que corresponde a la esfera de libertad y de autonomía de los miembros. Buscan y encuentran en nosotros los medios para alimentar su vida religiosa; para todo lo demás, hacen lo que les indica no la Obra, sino su conciencia y su profesionalidad».

A este respecto, dicen los textos oficiales: «La libertad de los miembros del Opus Dei se ejercita sobre todo en el trabajo profesional, comenzando por la elección de la profesión y de los medios necesarios para desempeñarlo del mejor modo. Después, darán cuenta de su actuación sólo a los dirigentes de su empresa, a los accionistas de su sociedad, a los organismos oficiales para los que trabajan, etc. Nunca -se dice nunca- darán cuenta a los directores de la Obra».

Y precisan los mismos documentos: «Si la Obra no tiene opinión al respecto, está claro por otra parte que tampoco puede servirse del trabajo profesional de sus miembros para lograr privilegios y ventajas: esto equivaldría a renegar del carácter exclusivamente espiritual de la Institución».

En materia económica, destacan siempre algunas preguntas, de las que interesa -a mí también, lo confiesoconocer la respuesta. ¿Qué hacen los miembros con su dinero? ¿Pueden gastarlo como les dé la gana? ¿O deben entregarlo todo a la organización? ¿Pueden quedarse con una parte? ¿Con cuánto?

Escuchemos qué dice la institución: «En primer lugar: no existen cuotas. El clima de libertad y de confianza en la conciencia personal debe regir también la solidaridad económica entre los miembros y la Institución. En segundo lugar: los miembros no se distinguen por lo que entregan. No existen miembros de honor. Las diferentes circunstancias en las que se vive una única vocación influyen también en lo que los miembros aportan económicamente a la Obra».

Haré un resumen de lo que disponen normas y costumbres según las «distintas circunstancias», como ellos dicen.

Comencemos por los numerarios. Por ser célibes, «tienen como auténtica familia la Obra». Por consiguiente, lo que ganan con su trabajo profesional -y todos, recordémoslo, son titulados superiores y tienen un trabajo remunerado- «lo emplean para su sostenimiento y para el de las actividades apostólicas».

Tengan presente que el Opus Dei, a diferencia de muchas órdenes religiosas, no vive de limosnas: cada uno se mantiene con su propio trabajo. De todos modos, se requiere un fondo común para las «obras corporativas» (todas deficitarias por principio) y para los gastos de organización, aunque estén reducidos al mínimo. Me da la impresión de que tienen un terror vivísimo a la burocratización, un peligro del que ni siquiera la Iglesia posconciliar ha conseguido escapar (la multiplicación de oficinas, secretariados, dicasterios, comisiones, ventanillas con su correspondiente funcionario, etc., pareció a muchos clericales «modernos» algo de lo más «progresista», quién sabe por qué…).

De los sueldos o rentas profesionales que entregan en el Centro en el que viven, numerarios y numerarias disponen de lo que necesitan para los gastos ordinarios. Para los extraordinarios -como la adquisición de una prenda de vestir o de otros objetos personales- solicitan la suma correspondiente al director, y su criterio es (según las palabras del Fundador) «el de un padre o madre de familia numerosa y pobre». Y añade nuestra fuente: «No corresponden a la Obra los bienes patrimoniales de los numerarios y agregados (y menos aún los de los supernumerarios, por razones obvias), que conservan la propiedad de su patrimonio y disponen de él como estiman conveniente».

En efecto, aseguran que la Institución «fue organizada por el fundador de tal modo que la Obra en cuanto tal, en el ordenamiento canónico y en el civil, dispusiera del menor número posible de bienes».

Más aún, en Roma la Prelatura es propietaria sólo del complejo de edificios «centrales» de viale Bruno Buozzi. Las demás propiedades inmobiliarias son mucho menos numerosas que las de órdenes y congregaciones religiosas. Y esto porque los frailes y las monjas viven por definición en comunidad, y necesitan edificios grandes, que con frecuencia están muy bien situados. En cambio, la inmensa mayoría de los miembros del Opus Dei sigue viviendo donde antes, en sus casas.

Tampoco las instalaciones de las «obras apostólicas» cuya dirección espiritual ha sido confiada a la Prelatura (por ejemplo, el Centro ELIS en Roma o el campus universitario de Pamplona) pertenecen a la Obra, sino a organizaciones civiles que se responsabilizan de su construcción y de su gestión.

No cabe duda de que un sistema como éste generó y genera muchas suspicacias. Se le puede dar, en efecto, dos lecturas antitéticas.

Una «en negativo» dirá que estamos ante el típico sistema de «sociedades fantasma» financieras, para ocultar al verdadero propietario a través de una red de testaferros: algo parecido a esas cajas chinas que, cuando se abren, muestran otra igual pero más pequeña.

Pero también cabe una lectura «en positivo»: la que, obviamente, da la Obra: una estructura de «agencia de formación espiritual» que fomenta en sus seguidores el sentido de autonomía y de responsabilidad civil. Estos, aunque impulsados por los fines religiosos que les han llevado al Opus Dei, y que la Institución no hace sino reforzar, actúan como comunes ciudadanos y «ejercitan sus derechos, como harían si no fuesen miembros de la Obra».

Por consiguiente, las «obras de la Obra» (incluido también el dinero para los gastos de gestión y, como es lógico, los necesarios bienes muebles e inmuebles) «son en realidad de iniciativa privada y no pueden considerarse en nungún caso, ni remotamente, actividades oficial u oficiosamente “católicas”. Estas obras corporativas se realizan y son dirigidas con métodos y mentalidad laicales: nacen y se desarrollan según las leyes civiles del país donde surgen, sin beneficiarse de ningún tipo de privilegios. Son sus dirigentes quienes responden directamente de ellas ante las autoridades civiles competentes».

Con toda razón, el Opus Dei da la vuelta a la acusación que les dirigen, según la cual el sistema de atribuir la propiedad a una red de grupos de «laicos» es un medio para evadir impuestos y eludir en general las leyes económicas y financieras. Sucede -dicen- justamente lo contrario: el rechazo a presentar las actividades como «religiosas», como «católicas», comporta la renuncia a muchos privilegios y a las considerables desgravaciones fiscales previstas en muchos países para realidades de este tipo. En cualquier caso, recuerdan que los estatutos obligan a los fieles de la Prelatura «al más grande respeto a las legítimas leyes de la sociedad civil». Si la formación que proporciona la Obra se propone crear personas totalmente disponibles a «dar a Dios lo que es de Dios», se asegura que en ningún modo se olvida la frase siguiente, «dar al César lo que es del César». Es preciso reconocer que -por encima de rumores, sospechas y acusaciones-, nunca, en ningún país, se han encontrado pruebas de que la Prelatura en cuanto tal estuviese mezclada en especulaciones económicas. Y juran que esto no sucederá nunca, por la simple razón de que no puede suceder, pues la Obra renuncia a tomar parte en cualquier cosa que no sea la formación religiosa y humana.

Sigamos trazando el marco de los asuntos económicos, y veamos ahora a los agregados. Estos, «por circunstancias de su vocación, viven en la familia en que nacieron, con algún pariente o solos, y participan en el sostenimiento de su casa. La cantidad restante de que pueden disponer la emplean para ayudar las obras apostólicas promovidas por la Obra».

No se debe pasar por alto que «con los fondos que proporcionan los numerarios y agregados se hace frente a las necesidades de los miembros incapacitados o enfermos, y también se ayuda a sus familias cuando los padres son ancianos o enfermos y no disponen de los suficientes ingresos para vivir. Con generosidad, se procura que no falte lo necesario a los que tuvieron la generosidad de aceptar la vocación de sus hijos».

Con una pizca de ironía, ese documento añade el siguiente comentario: «Cuando se habla del Opus Dei, esta ayuda no se cita casi nunca. Y nos alegra que sea así: estamos convencidos de que el bien pierde su valor cuando se divulga».

Quien sepa leer entre líneas podrá descubrir una especie de réplica a las acusaciones (ya mencionadas al hablar de las sectas y de los movimientos antisectas) de inducir a jóvenes a que abandonen sus familias y se hagan numerarios. Nada nuevo hay en esta polémica: es tan antigua como la historia de las vocaciones religiosas, en la tensión entre la libertad de los jóvenes para seguir una llamada considerada sobrenatural y el deseo (bien comprensible) de los padres de oponerse a esa libertad, incluso cuando los hijos e hijas son ya mayores de edad y tienen plena capacidad de discernimiento. Sucedió, por poner un ejemplo famoso, en la familia de Tomás de Aquino, que llegó a encerrar al futuro santo y doctor de la Iglesia durante todo un año en el castillo familiar de Frosinone. Ante casos semejantes, la Iglesia ha practicado y practica lo que ya enseñaba San Agustín: «Honorandus est pater sed oboediendum est Deo. Amandus est generator, sed praeponendus est Creator». Curiosamente, la aplicación de este principio tradicional e indiscutido entre los católicos sólo produce escándalo en el caso del Opus Dei.

Como hemos visto, la Obra interviene cuando la vocación del hijo pone en dificultades económicas a la familia; o cuando (también tras muchos años desde la entrada en la Institución) sea necesario echarle una mano por dificultades familiares sobrevenidas. Quede claro, de todos modos, que si el Opus Dei no es en modo alguno una «sociedad de mutuo socorro» para los miembros, tampoco pretende serlo para sus familias. Es el lema «que cada palo aguante su vela», severo pero realista y pedagógico, sobre todo hoy, en una sociedad que ha hecho del asistencialismo, tan indiscriminado como ruinoso para las finanzas públicas y para los caracteres humanos, un «derecho» que hay que defender con rabia y a gritos: pase lo que pase, tiene que haber un «otro» que lo resuelva.

Sigamos con los asuntos económicos, y ocupémonos ahora de los miembros más numerosos, los supernumerarios.

A este respecto, dice nuestra autorizada fuente: «Viven en su casa y de su trabajo. Entregan aportaciones voluntarias en la medida de sus posibilidades y de su generosidad, para sostener las actividades apostólicas de la Obra. No existe una cantidad mínima. La suma de las aportaciones económicas del supernumerario la fija el interesado, teniendo en cuenta las condiciones de su vida y sin causar perjuicio alguno a su familia, porque esta contribución debe proceder del sacrificio personal, no del de los demás, aunque sean sus parientes más cercanos».

Habría que resaltar un par de cosas. En primer lugar, no existen controles de la institución sobre la vida de los miembros: sobre ninguno de sus aspectos y, por tanto, tampoco sobre el económico. De este modo, subrayan, «el sistema funciona -y bien- sólo gracias a una voluntariedad continuamente renovada». En esto se diferencian de las órdenes y congregaciones religiosas, y también de los institutos seculares. Estas diferencias son lógicas, pues las estructuras y las vocaciones respectivas son distintas.

Podría suceder, por ejemplo, que un supernumerario, profesional liberal o empresario con altos ingresos, entregue menos de lo que en conciencia debería, a esa familia suya que es la Obra. A pesar de la ausencia de controles (salvo el autocontrol de la conciencia del interesado) parece que estos casos no se dan; o si se dan, no duran. No porque intervengan los directores de la Obra, sino porque desembocan necesariamente en la dimisión voluntaria. Cosa lógica y comprensible, visto que en la vocación todo se apoya sobre la voluntariedad, sobre un contrato libremente suscrito y siempre rescindible, sobre el sentido de compromiso, de responsabilidad, de dignidad personales. Quien quiera disponer con toda libertad de todo su salario, no tiene más que deducir las consecuencias: nada ni nadie le retiene en un estilo de vida que no es el suyo. No es obligatorio formar parte del Opus Dei para vivir como un buen cristiano y para salvarse e ir al Cielo…

Quizá vale la pena aventurar una observación de psicología menuda: dime de qué sospechas y acusas a los demás, y te diré de qué careces. De ordinario, el «vicio» o el «defecto» que se achaca al compañero es precisamente la obsesión que sufre uno mismo o la tentación ante la que suele ceder. Por eso, sólo en una cultura donde tantos colocan el dinero en el primer lugar de su escala de valores, puede explicarse la ininterrumpida acusación de «querer forrarse» lanzada a las personas y a las instituciones de la Iglesia, y al Opus Dei en particular. Quien no está obsesionado por el dinero no imputa a los demás -de manera tan obsesiva- que esconden sus objetivos bajo una tapadera religiosa. La fe puede explicar con creces algunos modos de vida. Pero parece que algunos no son capaces siquiera de sospecharlo.

La misma argumentación puede servir para explicar el compromiso de vivir la castidad. En el Opus Dei, al numerario o al agregado que quisiera, en edad madura, abandonar el celibato y casarse, se le invitará a pensarlo bien, a reflexionar sobre lo que pretende hacer; pero, al final, no se le pondrán dificultades para el matrimonio, que como sabemos, el Opus Dei estima y promueve para la inmensa mayoría de los miembros.

La estructura de la Institución no puede conducir a situaciones como la de tantas Ordenes religiosas, donde frailes y monjas, después de haber emitido sus votos definitivos y solemnes de «pobreza, castidad y obediencia», podrían en teoría (y no pocas veces también en la práctica, sobre todo en estos años) sentirse un poco «prisioneros». No se trata sólo del aspecto canónico (para casarse por la Iglesia, quien está ligado con un voto necesita la dispensa de Roma, que -después del «¡rompan filas!» de algunos años del pontificado de Pablo VI- ahora no se concede tan fácilmente). También influyen las consecuencias económicas y sociales: es decir, por la dificultad de encontrar un trabajo «civil» y de reinsertarse adecuadamente en la vida «normal». Entre las decenas de millares de ex-curas, ex-religiosos y ex-monjas del posconcilio, por desgracia, se produjeron -y se producen aún hoy- algunos dramas desconocidos, nacidos no sólo de problemas de conciencia, sino también de las cuestiones «materiales» que sólo un inhumano e irreal espiritualismo podría ignorar.

Este tipo de problemas no se da entre los que viven el celibato -una minoría, no lo olvidemos- en el Opus Dei.

Es posible incluso que de esta libertad, de esta elección libremente renovada cada día ante Dios y ante uno mismo (el ya citado «aquí está quien quiere», de Escrivá), de la concreta posibilidad de un modo de vida distinto gracias al propio trabajo, derive no sólo la eficacia de la Institución, sino también la ausencia de resignación que se aprecia al convivir con esta gente. Entre ellos, el entusiasmo -siempre moderadopor el compromiso de fe que han asumido, sea cual fuere el «coste» a los ojos de quien no comparte su planteamiento, parece ser la regla y no la excepción.

¿Y qué pasa con la política? ¿Qué sucede en el terreno político, donde la Obra -al decir de algunos- desempeña un papel oculto y siempre en favor de determinadas tendencias (el conocido «vínculo con los regímenes de derechas», que mencionaba el texto católico que ya comentamos…)?

También aquí nos interesará escuchar las razones de la defensa, que en este caso comienza con una observación que yo mismo adelanté, puesto que me parece de sentido común. Así lo explica Le Tourneau: «Quienes no creen en la existencia de ideales religiosos y de valores morales capaces de unir a los hombres en una empresa común por encima de las divisiones políticas, pueden reflexionar sobre una realidad de orden sociológico: hay miembros del Opus Dei de 87 nacionalidades, de los cinco continentes, de toda condición social, de las más variadas razas y culturas, con distinta mentalidad y viviendo en su propio ambiente familiar, profesional y social».

Si no se puede dudar de que esta es la realidad, parece entonces lógica la pregunta que sigue: «¿Cómo, en esas circunstancias, podría imponer la institución una especie de dogma en materia tan discutible y mudable como la política a personas tan distintas y tan alejadas unas de otras? ¿Cómo pedir a un japonés o a un keniano que se comporte en política como un australiano, un filipino, un malayo o un luxemburgués?».

A continuación, este autor francés miembro de la Obra, explica cómo ha de entenderse la relación (o mejor aún, la «falta de relación») entre el Opus Dei y la política. La cita es algo extensa, pero es de justicia escuchar a la defensa, sobre todo cuando ilustra los mecanismos que deberían conducir -al menos ésa es la pretensión de quien la pronuncia- a una sentencia absolutoria.

Escribe Le Tourneau: «Mons. Escrivá recalcó una y otra vez que, por su misma naturaleza, ‘el Opus Dei no está ligado a ninguna persona, a ningún grupo, a ningún régimen, ni a ninguna idea política’. En una instrucción para uso de los directores del Opus Dei, el Fundador les exhorta a no hablar de política y a mostrar que, en el Opus Dei, “caben todas las opiniones, que respeten los derechos de la Santa Iglesia”. Y añade que la mejor garantía para que los directores no se inmiscuyan en temas opinables es infundir en los miembros la conciencia de su libertad, pues “si los directores quisieran imponer un criterio concreto en una cuestión temporal, los demás miembros del Opus Dei que piensan de otra manera se rebelarían inmediata y legítimamente; y yo me vería en el triste deber de bendecir y alabar a los que se negasen firmemente a obedecer, y a reprender con santa indignación a los directores que pretendisesen hacer uso de una autoridad que no pueden tener”».

Continúa el autor de la «apología» que estamos citando: «Hay que conocer lo que le costó a Mons. Escrivá fundar el Opus Dei para comprender, en toda su profundidad, el vigor de otra de sus declaraciones, que refuerza la precedente: “he escrito hace tiempo, que, si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política, aunque fuera durante un segundo, yo -en ese instante equivocado- me hubiera marchado de la Obra. Por tanto no debe ser creída ninguna noticia en la que puedan mezclar la Obra con cuestiones politicas, económicas ni temporales de ningún género. De una parte, nuestros medios son siempre limpios y nuestros fines son siempre y exclusivamente sobrenaturales. De otra, cada uno de los miembros tiene la más completa libertad personal, respetada por todos los demás, para sus opciones ciudadanas, con la consiguiente responsabiliad, lógicamente tambien personal. Por tanto, no es posible que el Opus Dei se ocupe jamás de labores que no sean directamente espirituales y apostólicas, que nada tienen que ver con la vida política de ningún país. Un Opus Dei metido en la política es un fantasma que no ha existido, que no existe, y que nunca podrá existir; la Obra, si sucediera ese caso imposible, inmediatamente se disolvería».

Continúa Le Tourneau: «El amplio pluralismo que se vive en el Opus Dei no plantea problemas. Ya en 1930 escribió el Fundador que es «una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno». Los miembros del Opus Dei responden individualmente de sus opiniones y de sus actos. Su compromiso espiritual con la Prelatura no condiciona en absoluto sus preferencias políticas, por lo que el pluralismo es una realidad auténtica. Definir a alguien como miembro del Opus Dei por sus ideas políticas, o por sus intervenciones en la vida pública, si se trata de un político, carece de sentido».

En resumen, concluye nuestro autor, «esta actitud de profundo respeto hace que haya en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, intelectuales e ideológicas que son compatibles con una conciencia cristiana».

Es preciso reconocer que, aparte de rumores periodísticos y de sospechas genéricas, no se ha documentado, en ningún país del mundo, que el Opus Dei haya desempeñado un papel, por pequeño que sea, en la lucha política. Hombres y mujeres que pertenecen a la institución sí que intervienen en estas actividades, como en cualquier otra manifestación humana, ejercitando el mismo derecho-deber de ocuparse de la cosa pública que compete (al menos en los regímenes democráticos) a todo ciudadano. Pero paticipan a título personal, no como miembros del Opus Dei.

No parece que exagere el Opus Dei cuando acusa de «clericalismo» a los que ponen bajo la sombra de la sospecha la actividad personal de sus miembros o, peor aún, a los que quieren prohibirla. En efecto, quien así actúa confunde a los numerarios, agregados y supernumerarios con los religiosos, cosa que no son, ni mucho menos sacerdotes, «medio curas» ni frailes o monjas disfrazados. Como he repetido, la defensa a ultranza de la laicidad, de la «normalidad», del «seguir en su sitio» es un aspecto fundamental de la institución.

La actividad política «activa» (a excepción del sufragio) está en cambio prohibida a los sacerdotes que forman parte del clero de la Prelatura, sacerdotes «de veras». Más aún, se les exige que guarden para sí sus opiniones en estas materias, para no influir en los que de ellos reciben una asistencia exclusivamente espiritual. Se les pide que sean -en cuanto sacerdotes del Sumo Sacerdote Jesucristo- signo y testimonio de unidad y nunca de división. A ellos se dirige (como a todos los demás miembros, pero a cada uno según su función, que objetivamente es diversa para un sacerdote que para un laico) la advertencia de Surco: «No quieras hacer del mundo un convento, porque sería un desorden… Pero tampoco de la Iglesia una bandería terrena, porque equivaldría a una traición» (punto 312).

La experiencia ya milenaria demuestra que nada es más devastador para la causa del evangelio que el sacerdote o el religioso metido en política -o simplemente «politólogo»-, como algunos que aún circulan por ahí. Esta situación les aporta una indudable ventaja en el campo de la notoriedad, pero no ciertamente en beneficio de la fe.

No se ha documentado ninguna intervención «opusdeísta» en los asuntos públicos de un país, decíamos. El numerario Gómez Pérez lanza una especie de desafío que, por el momento, nadie ha recogido: «que citen un solo caso de pronunciamiento del Opus Dei en favor o en contra de determinada política, en más de sesenta años de historia».

En Italia, por poner un ejemplo de la situación más familiar para nosotros, se comprueba que no existen, nunca han existido y -aseguran- nunca existirán candidatos y elegidos del Opus Dei ni siguiera dentro de ese partido «de católicos» hacia el cual, quizá durante demasiados decenios, el episcopado ha sugerido votar, aunque cada vez en términos más discretos.

La situación es completamente distinta (porque distintas son las «vocaciones» legítimas dentro de la Iglesia) en Comunión y Liberación, otra institución eclesial de formación en la fe, pero que a través de su «brazo político», el «Movimento Popolare», proponía sus candidatos al parlamento y hacía confluir sobre ellos los sufragios de sus miembros y simpatizantes.

Por los datos que tengo, en el parlamento italiano actualmente en vigor mientras escribo, se sienta un solo diputado miembro supernumerario del Opus Dei. Pero también me consta -así me lo han confirmado muchos, y también oficialmente- que durante la campaña electoral, no se colocó ni un solo panfleto de propaganda de ese candidato en Centro alguno de la Prelatura, y que de ésta no salió orientación alguna de voto. Recientemente, se han desarrollado en varias ciudades importantes, incluida la capital, unas dramáticas elecciones municipales, que en su segunda vuelta enfrentaron a candidatos de la izquierda con candidatos de derechas, todos ellos fuera de la tradición italiana del catolicismo político. Difícil elección para un creyente; elección que, en el Opus Dei, se dejó a la libertad de conciencia de sus miembros. En efecto, en las dos frenéticas semanas previas a la votación, pude conversar con no pocos miembros de la Obra para completar mi reportaje. Descubrí que entre ellos se daban las tres posturas posibles: voto al candidato de izquierda, voto al candidato de derecha y abstención o voto en blanco. Pero ninguno de ellos consideraba su decisión como «más católica» o «más coherente para un creyente» que la de los demás miembros.

Como dicen los Estatutos, el Opus Dei -por humildad, pero también por respeto de la libertad de sus miembros- «se abstiene de actos colectivos». Tanto es así que prohíben la participación «de modo colectivo en manifestaciones públicas de culto, como las procesiones». Del mismo modo, los estatutos impiden «la publicación de periódicos y de cualquier clase de publicación con el nombre de la Obra». Lógico, puesto que un periódico no puede dejar de tomar postura sobre los problemas del momento, mientras que en cuestiones de fe y de moral, el Opus Dei no tiene otra opinión que la del Magisterio, y en todas las demás materias, no tiene opinión colectiva alguna. Con el nombre de la Prelatura sale sólo un boletín (titulado «Romana», como para remarcar la fidelidad a la Iglesia), que se limita a recoger noticias internas: sobre las actividades de apostolado, los nombramientos de directores, datos estadísticos y otras por el estilo.

Pues bien, precisamente la incomprensión de esta actitud provoca tantas acusaciones de secretismo, de ocultamiento. Si la Obra no aparece públicamente en cuanto tal y no adopta una postura coram populo, debe de ser porque es una sociedad secreta…

¿No será esta abstención de juicios sociopolíticos una superchería colectiva? ¿Un nuevo engaño, en el que ha caído el ingenuo periodista que esto escribe, al que se le han escamoteado directivas top secret transmitidas por caminos reservadísimos a los «hermanos»? Es cierto que no se debe desechar a la ligera la advertencia de aquel filósofo escéptico de la antigüedad, que recomendaba: ¡Acuérdate de desconfiar! Y menos aún quien realiza un trabajo como el mío.

Sin embargo, si examinamos las normas del Codex, es decir, de los estatutos de la Prelatura oficialmente aprobados por la Iglesia, en uno de sus últimos artículos (181/1) se lee: «Este código es el fundamento de la Prelatura del Opus Dei. Sus normas han de considerarse santas, inviolables y perpetuas, y sólo la Santa Sede puede modificarlas o introducir nuevos preceptos».

Entre esas normas declaradas con tanta solemnidad sanctae, inviolabiles, perpetuae, está la disposición del artículo 88: «Para todo lo que concierne a la actuación profesional y a las doctrinas sociales, políticas, etc., cada fiel de la Prelatura goza de la misma libertad que los demás ciudadanos católicos. Las autoridades de la Prelatura deben pues abstenerse de dar cualquier consejo en estas materias. Por tanto, esa plena libertad sólo podrá verse reducida por las normas que el obispo o la Conferencia episcopal pudieran dar para todos los católicos de una diócesis o de un país». A continuación, el Codex saca las consecuencias que ya mencionamos: la plena libertad de los miembros y esa abstención de todo lo que no es espiritual explican que «la Prelatura no hace suyas en modo alguno las actividades profesionales, sociales, políticas o económicas de ninguno de sus fieles».

¿Cabe la hipocresía frente a las disposiciones de un Código que ha sido escrito, aprobado y obedecido ante la mirada de Dios? No hace falta ser detective para preguntarse a qué o a quién beneficiarían esos perjurios. Quizá resulte mucho más razonable admitir que los miembros del Opus Dei sólo reciben consejos espirituales, y que en política no sólo no actúan en grupo, sino que consideran el respeto del pluralismo en las materias que no son de fe como un modo de obedecer a una indicación central del fundador.

Lo corrobora este pasaje de una homilía de Escrivá: «Un hombre sabedor de que el mundo -y no sólo el temploes el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando -con plena libertad- sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve». Y añade en seguida: «Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas».

De este planteamiento, don Josemaría deducía algunas indicaciones concretas, que forman como el «manifiesto» del Opus Dei sobre la actividad política y social: «Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas».

Es fácil advertir que semejante planteamiento da origen a una actitud de tolerancia que (una vez más…) contradice lo que muchos piensan sobre esta Institución, a la que se considera como la última reencarnación del fanatismo ibérico sobre la que aletea el fantasma del Gran Inquisidor.

Por eso, no es casual la réplica de Mons. Escrivá a los que no creían en la libertad de sus hijos espirituales: «Son personas que tienen mentalidad de partido único, en lo político o en lo espiritual. Los que tienen esta mentalidad y pretenden que todos opinen lo mismo que ellos encuentran difícil creer que otros sean capaces de respetar la libertad de los demás. Atribuyen así a la Obra el carácter monolítico que tienen sus propios grupos».

Los ataques al beato no sólo llegaron desde fuera de la Iglesia. También surgieron de ambientes tradicionalistas católicos, a los que hubiera gustado que el pueblo cristiano les siguiese incluso en sus decisiones temporales. A estos respondía Mons. Escrivá: «Cuando, durante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal, noto en algunos un gesto de desconfianza, como si sospechasen que la defensa de la libertad entrañara un peligro para la fe. Que se tranquilicen esos pusilánimes».

A los suyos recomendó la libertad, para sí y para los demás: «No comprendo la violencia. No me parece apta ni para convencer ni para vencer». Y recordó en Surco (punto 867) que «el violento pierde siempre, aunque gane la primera batalla…, porque acaba rodeado de la soledad de su incomprensión». Su receta era esta: «El error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos desapasionados, estudiando y haciendo estudiar. Y con la caridad».

Da toda la impresión de que el «proyecto social y político» del Opus Dei es no tener proyecto alguno ni doctrina propia, al menos en el sentido de los ideólogos, utópicos y revolucionarios. No tienen un esquema teórico de un «mundo mejor», de una «sociedad distinta», sino la conciencia de que no hay modo alguno de mejorar la humanidad que haciendo mejores a los hombres: uno por uno, y en su interior. Las cosas no se arreglan a base de partidos, mítines, opúsculos de propaganda política ni disquisiciones teóricas de «expertos» o «politólogos» clericales; sino a través de un esfuerzo tenaz, día tras día, por contener y, si es posible, disminuir las huellas del pecado original en los corazones (del que todo procede, tanto el bien como el mal, enseña el evangelio), comenzando por uno mismo.

Negras sombras

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Después de haber intentado desmontar el mecanismo de esta institución -singular y, al mismo tiempo, sorprendentemente simple, cuando se llega a entender-, estamos en condiciones de formarnos una idea cabal acerca de las recurrentes acusaciones de «sociedad secreta», de «obra oculta», de «masonería blanca».

Acabamos de ver cómo la dinámica de libertad de la que gozan los miembros en todo lo que no es verdad de fe o de moral definida por el Magisterio provoca la inquietud de muchos. El Opus Dei no dice qué piensa, no sale al descubierto, y por consiguiente -deducen- conspira en secreto. Lo que sucede en realidad es que la Prelatura no expresa opiniones precisamente porque ni las tiene ni puede tenerlas.

Otros en cambio quizá piensen en el «secreto» de la Obra movidos por sus «anomalías» respecto a las organizaciones religiosas tradicionales. Me permito remitir al capítulo correspondiente: como señalé al principio, este informe, sea cual fuera su valor, ha de ser leído íntegramente, porque analiza una realidad compacta y homogénea, en la que cada una de sus facetas está inseparablemente ligada a las demás.

Asimismo, conviene señalar que algunas acusaciones de «secretismo» se explican ciertamente por una mala comprensión de la realidad. Además, los dramáticos comienzos de la Obra, antes de la guerra civil, durante el conflicto y en los años de la posguerra, pueden haber alimentado esas incomprensiones. Las cautelas y la discreción, necesarias durante las primeras décadas del Opus Dei, despertaron nuevas sospechas que han llegado a nuestros días.

Añádase a esto las décadas en que la Obra se sintió descolocada en el derecho canónico vigente, y forzada -por ausencia de algo mejor- a aceptar el ropaje jurídico de los institutos seculares, que no le iba porque la «clericalizaba», mientras luchaba por llegar a su puesto definitivo en la Iglesia. No hubo entonces secretismo, ni eran secretos los estatutos (puesto que habían sido públicamente aprobados por la Iglesia), pero sí un deseo de no aparecer en público. Les desagradaba hablar de algo que no reflejaba adecuadamente el proyecto que Escrivá quería promover, sobre la base de lo que había «visto».

En este capítulo volveremos la mirada al fundador y dedicaremos amplio espacio -al menos, más que de ordinario- a citas de sus escritos.

La primera de ellas procede de la entrevista publicada en abril de 1967 por el semanario americano «Time». Preguntan al futuro beato: Es un hecho que hay gente que habla de misterio y de secreto a propósito del Opus Dei. ¿A qué lo atribuye Vd.?

Responde Escrivá: «Habla usted de acusación de secreto. Eso es ya historia antigua. Podría decirle, punto por punto, el origen histórico de esa acusación calumniosa. Durante muchos años una poderosa organización, de la que prefiero no hablar -la amamos y la hemos amado siempre-, se dedicó a falsear lo que no conocía [no es un misterio: se trata de algunos religiosos españoles de la Compañía de Jesús]. Insistían en considerarnos como religiosos, y se preguntaban: ¿por qué no piensan todos del mismo modo?, ¿por qué no llevan hábito o un distintivo? Y sacaban ilógicamente como consecuencia que constituíamos una sociedad secreta».

«Informarse sobre el Opus Dei es bien sencillo. En todos los países trabaja a la luz del día, con el reconocimiento jurídico de las autoridades civiles y eclesiásticas. Son perfectamente conocidos los nombres de sus directores y de sus obras apostólicas. Cualquiera que desee información sobre nuestra Obra, puede obtenerla sin dificultad, poniéndose en contacto con sus directores o acudiendo a alguna de nuestras obras corporativas».

«Los miembros de la Obra abominan del secreto, porque son fieles corrientes, iguales a los demás: al adscribirse al Opus Dei no cambian de estado. Les repugnaría llevar un cartel en la espalda que diga: “que conste que estoy dedicado al servicio de Dios”. Esto no sería laical ni secular. Pero quienes tratan y conocen a los miembros del Opus Dei saben que forman parte de la Obra, aunque no lo pregonen, porque tampoco lo ocultan».

«Debo decir también -aunque no me gusta hablar de estas cosas- que en nuestro caso no faltó además una campaña organizada y perseverante de calumnias. Hubo quienes dijeron que trabajábamos secretamente -esto quizá lo hacían ellos-, que queríamos ocupar puestos elevados, etc. Le puedo decir, concretamente, que esta campaña la inició, hace aproximadamente treinta años, un religioso español que luego dejó su orden y la Iglesia, contrajo matrimonio civil, y ahora es pastor protestante».

Como dato curioso, precisamente este sacerdote al que se le acusó de ser jefe de una «sociedad secreta», había escrito en Camino la siguiente consideración, con una vehemencia sorprendente, que contrasta con el tono moderado que usó siempre de palabra y por escrito. Se trata del punto 833: «¿No ves cómo proceden las malditas sociedades secretas? Nunca han ganado a las masas. -En sus antros forman unos cuantos hombres-demonios que se agitan y revuelven a las muchedumbres, alocándolas, para hacerlas ir tras ellos, al precipicio de todos los desórdenes…, y al infierno. -Ellos llevan una simiente maldecida».

Tras estas palabras, se escucha el eco de la España de aquellos años, enzarzada en una guerra implacable y sanguinaria. Pero también es cierto que el género «sociedad secreta» no parece que gozara de su indulgencia.

Aunque aprobados algunos años después de su muerte, los artículos del Codex íuris particularis son el fruto de su espíritu, consecuencia de su esfuerzo a lo largo de toda su vida. Pues bien, en ese texto solemne y vinculante se halla una disposición que recomienda precisamente alejarse del modelo -detestable para Escrivá- de las «malditas sociedades secretas».

Se trata del número 89, cuyo primer parágrafo comienza (según nuestra traducción, no oficial, del texto original latino) del siguiente modo: «Todos los fieles de la Prelatura amen y practiquen la humildad, no sólo personal sino también corporativa. Por tanto, no busquen jamás la gloria del Opus Dei y tengan siempre presente que la mayor gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana».

Tras este primer párrafo, de «ambientación», sigue otro que concreta hasta el detalle qué debe entenderse por «humildad colectiva» y por «rechazo» de la «gloria humana».

Sigamos traduciendo: «Para alcanzar su fin con mayor eficacia, el Opus Dei en cuanto tal quiere vivir humildemente; por consiguiente, se abstiene de actos colectivos, y ni siquiera los fieles de la Prelatura tienen una denominación común. Estos mismos fieles no participan de modo colectivo en manifestaciones públicas de culto como procesiones, aunque no esconden su pertenencia a la Prelatura, porque el espíritu del Opus Dei, mientras conduce a los fieles a buscar con todas sus fuerzas la humildad colectiva para obtener una eficacia apostólica más viva y amplia, al mismo tiempo evita completamente el secreto o la clandestinidad».

El siguiente parágrafo dicta normas concretas para secretum vel clandestinitatem vitare. En primer lugar, establece que «en todas las Regiones sean conocidos por todos el nombre del vicario del Prelado y los de aquellos que forman sus Consejos». Además, «a los obispos que lo soliciten comuníquese no sólo los nombres de los sacerdotes de la Prelatura que ejercen el ministerio en su diócesis, sino también los de los directores de los Centros erigidos en la misma diócesis».

Este artículo 89 concluye con un tercer parágrafo, cuyo contenido ya conocemos («A causa de esta humildad colectiva, el Opus Dei no puede editar periódicos ni publicaciones de ningún tipo con el nombre de la Obra»).

Los problemas surgen, sobre todo, por la parte final del segundo parágrafo. Queda claro que el Opus Dei hace públicos los nombres de los vicarios, de los consejeros, de los sacerdotes y de los directores de los Centros. Pero nada se dice de los demás miembros de la Prelatura. ¿No serán entonces «encubiertos», «reservados»? ¿O incluso «secretos», como dicen algunos?

Anticipemos la respuesta, basándonos en el testimonio de Rafael Gómez Pérez: «La Prelatura del Opus Dei tiene la obligación de respetar la intimidad de sus miembros, es decir, no tiene derecho a comunicar la condición de miembro, a no ser que el interesado esté de acuerdo».

Sería inútil tratar de disimular que semejante negativa sorprende y parece incluso confirmar las sospechas de tantos. Según el Opus Dei, en cambio, todo se comprende si este «respeto por la intimidad de los miembros» (como lo llaman) se enmarca en el contexto del espíritu de la Institución, y si se compara con el comportamiento de otras entidades con rasgos comunes. Así lo explica el autor que acabamos de citar: «Confundir esto con el secreto es desconocer la práctica habitual en cualquier institución de vínculos voluntarios y contractuales».

Fijémonos entonces en este marco conceptual, que -según dice el Opus Dei- debería disipar cualquier género de dudas. Transcribo la explicación (ese es el significativo título de su libro) de Gómez Pérez, numerario de la Obra que -como ya dije- enseña antropología en la universidad. Sus palabras exponen algunos de los argumentos de la defensa; después, como siempre, será el lector quien juzgue y deduzca sus conclusiones. Mi deber de cronista se limita a proporcionar las piezas del puzzle, los hechos e informaciones sobre los que basarse para emitir un juicio personal.

Interesa hacer notar que Gómez Pérez no encabeza el capítulo donde explica todo esto bajo un título del estilo de El secreto de la Obra, Las acusaciones de ocultismo o algo parecido, sino que lo titula La sencillez de la manifestación. Es decir, para Gómez Pérez el fondo del asunto es que se confunde el deseo de secretismo con lo que no es más que «naturalidad», «sencillez». Muy indicativo, para comprender la perspectiva desde la que quiere que miremos.

Veamos qué se dice tras ese título: «Un miembro del Opus Dei, que es una persona que desarrolla un trabajo cualquiera en la sociedad, no va pregonando sus compromisos con la Prelatura, ni anuncia su condición de miembro en las tarjetas de visita o en los membretes de las cartas o en el curriculum vitae. A todos los efectos, su pertenencia al Opus Dei es un asunto privado. Pero, a la vez, como desarrolla un apostolado personal en medio de los parientes, conocidos y amigos, la condición de miembro de la Prelatura es algo conocido. No pregonado, pero suficientemente conocido. Este rasgo de la espiritualidad del Opus Dei, que se ha mantenido desde el principio, ha sido a veces malentendido y después convertido en un estereotipo: “el secreto del Opus Dei”. Al principio, cuando existían pocos miembros del Opus Dei, una acusación de secretismo podría encontrar apoyo en ese mismo hecho. Si se decía que “salieran a la luz” los miembros del Opus Dei y no salían muchos, se podía decir que “se ocultaban”. La realidad era que no había más (…). A eso se unía el “estereotipo de la conspiración”, algo conocido desde antiguo. Se trata, en efecto, de una de esas constantes culturales que hacen verosímil, incluso para los incrédulos, la existencia de una común naturaleza humana. Así, ha sido corriente que cuando un pueblo quería preparar un ataque contra otro difundiera rumores sobre la “infiltración” del “enemigo” en las propias filas. Este fenómeno se observa incluso en sociedades iletradas, “primitivas”. Con independencia de que aquello respondiera a un hecho, el estereotipo ha funcionado de forma constante. Ya en tiempos históricos, han sido víctimas de ese estereotipo de la conspiración tanto los judíos como los cristianos, los protestantes o los católicos, los comunistas, los anticomunistas y, en general, cualquier conjunto de personas identificable como grupo. También el Opus Dei ha sido objeto de ese estereotipo. Pero, ya desde hace tiempo, la acusación de secreta conspiración o simplemente de ocultamiento se demuestra inconsistente. En el último decenio del siglo, con decenas de miles de miembros del Opus Dei, con iniciativas sociales y educativas de bastante relieve -como la Universidad de Navarra, en España, o el Ateneo de la Santa Cruz, en Roma- y, sobre todo, con todo lo que ha girado en torno a la beatificación del Fundador, un presunto secretismo es uno de esos fósiles desinformativos que se transmiten por perezosa inercia».

Al llegar a este punto, el autor aduce algo que ya hemos adelantado, pero que vale la pena transcribir de nuevo: «La Prelatura del Opus Dei tiene la obligación de respetar la intimidad de sus miembros, es decir, no tiene derecho a comunicar la condición de miembro, a no ser que el interesado esté de acuerdo. Confundir esto con el secreto es desconocer la práctica habitual en cualquier institución de vínculos voluntarios y contractuales». No se olvide que los miembros no están unidos a la Obra por votos o promesas, sino con un contrato bilateral. Este hecho introduce una perspectiva totalmente distinta acerca de la discreción que deben guardar las dos partes. Supone pues una relación diversa de las demás situaciones «religiosas» en sentido tradicional.

A continuación, Gómez Pérez añade la siguiente consideración: «En realidad, como ya se ha dicho, la condición de miembro del Opus Dei es sabida, sin más, en el ámbito de la vida familiar y profesional de cada uno (…). No es deseo de secreto, por ejemplo, contestar con una evasiva a alguien que pregunta a otro, sin apenas conocerle, en qué banco tiene una cuenta corriente, dato que sin duda no es secreto, pues lo conocen decenas de personas».

Nuestro testigo -que es al mismo tiempo abogado defensor- añade lo siguiente: «Las dificultades que, en un tiempo, surgieron en la opinión pública para entender este rasgo del espíritu del Opus Dei se deben, una vez más, a lo afianzado de la idea de que una vida espiritual debe notarse exteriormente en algún tipo de señal “vistosa”. Los religiosos han llevado tradicionalmente hábitos para que se viera, desde fuera, su profesión (religiosa). Y si, por la evolución de los tiempos o por otras razones, se quitan el hábito suelen dar a entender, con algún signo, esa misma profesión de vida de perfección, su condición de “persona sagrada”. La condición de los miembros de la Prelatura no es, como ya se ha dicho con frecuencia en estas páginas, “religiosa”. Los sacerdotes son sacerdotes seculares, incardinados en una Prelatura que es parte de la estructura jerárquica de la Iglesia. Los seglares son, antes que nada, lo que cada uno ha querido o ha podido ser: empleado, enfermera, médico, estudiante, atleta, cantante, profesora, secretaria, abogado, ingeniero, comerciante, modista, campesino, artesano, banquero, profesor, y así toda la variedad casi innumerable del trabajo social. Ser del Opus Dei no es una profesión, sino una vocación espiritual. La vocación trasciende de un modo semejante a como trasciende que alguien puede tener afición a la música: habla de ella en la primera ocasión que se le presente. Un miembro del Opus Dei habla de su vocación, cuando es normal hacerlo, entre amigos y entre conocidos».

El ensayista español trae a colación algo que ya hemos examinado en los estatutos de la Obra: «Este rasgo de no aparatosidad, de naturalidad, de secularidad, tiene que ver también con algo muy tratado en los escritos del Fundador y en los Estatutos de la Prelatura: la humildad personal y la humildad colectiva. El carácter básico de la humildad es una nota común de la espiritualidad, no sólo de la cristiana. Hay completa unanimidad entre los autores espirituales en afirmar que el mayor enemigo de la santidad y, por tanto, de la caridad es el orgullo, la soberbia, no sin razón considerada como el primero de los siete vicios capitales. Pero además, el Opus Dei señala a sus miembros la importancia de la humildad colectiva. No se trata, en absoluto, de buscar la gloria del Opus Dei, pues “la gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana”. La razón principal de esta actitud es la convicción de que la gloria se debe sólo a Dios -Deo omnis gloria, el antiguo aforismo cristiano repetido con frecuencia por Mons. Escrivá-, pero, además, la experiencia histórica de que las instituciones cristianas, si quieren pervivir a lo largo del tiempo, no han de exaltar el espíritu de cuerpo. Las ventajas iniciales del espíritu de cuerpo se suelen traducir, al cabo del tiempo, en algo peligroso: que, perdido el sentido de la finalidad fundacional, el ser considerado, el contar, el estar en todas las salsas, se convierte en el verdadero objetivo de la institución. Esto, que puede ser menos grave en una empresa política o comercial, suele ser letal en una institución con fines espirituales y apostólicos».

Para añadir más elementos al debate, transcribo la argumentación que me pasó por escrito un dirigente de la Obra, al que acudí durante la preparación de este informe. Independientemente de su valor objetivo, son razones que aduce la defensa, y por eso mismo han de ser tenidas en cuenta. Esa persona me escribió lo siguiente: «el hecho de que en los estatutos no se mencione ningún tipo de publicidad para esos miembros que no son más que miembros normales, laicos sin ningún cargo dentro de la Institución, ha de entenderse como un modo de subrayar la “normalidad” cristiana de los miembros del Opus Dei. Por otra parte, ¿por qué tanta insistencia en pedir la “publicación de las listas” de estos miembros corrientes? Si los miembros del Opus Dei son lo que ellos dicen que son, se desprenden dos datos. El primero: que quien los conoce personalmente, sabe que son de la Obra. Segundo: que este hecho no afecta a su comportamiento civil, profesional, político, etc. Son hombres y mujeres normales, cristianos corrientes, y como tales quieren ser considerados. Entonces, si la realidad es esa, ¿qué motivo puede hacer aconsejable que se haga pública la pertenencia a la Obra, la “etiqueta” de miembro del Opus Dei, y aplicarla clamorosamente a cierto número de ciudadanos? Felizmente superado el prejuicio de la incompatibilidad entre “obediencia al Estado” y “obediencia a la Institución” en los miembros de la Obra, hay indicios para pensar que la única razón que pueda aducirse es una voluntad descriminatoria, persecutoria. Con otras palabras: quien pretende la “publicación de las listas” niega de hecho que los miembros del Opus Dei sean “ciudadanos normales”. Puede ser que esté convencido de veras de que lo que pide es razonable, o quizá sea una excusa. Si se trata de lo primero, sólo necesita documentarse mejor. Si se trata de lo segundo, en cambio, estamos ante una auténtica prevaricación en beneficio propio. La única explicación imaginable es que lo que se busca es aislar y, de algún modo, eliminar de la vida pública -señalándoles con el dedo y haciendo ineficaz su actividad- a ciudadanos que querrían ejercitar la legítima libertad de vivir con coherencia su fe cristiana: una fe tanto más auténtica en cuanto no tiene etiquetas, manifestaciones aparatosas o compromisos públicos».

Detengámonos aquí: las citas anteriores son más que suficientes para nuestro propósito, entre otras cosas porque el mejor modo de formarse una opinión sobre las acusaciones de secretismo (o, para los benévolos, de «exceso de discreción») es reflexionar sobre la estructura, sobre la espiritualidad y sobre los fines de la Institución. Y a eso hemos dedicado cada página de este informe.

Un solo flash más, tomado de una entrevista al filósofo católico (y desde fecha reciente, también político) Rocco Buttiglione (1). Respondiendo a algunas preguntas sobre los vínculos que están saliendo a la luz entre logias, criminalidad organizada y turbios asuntos económicos y financieros, hizo la siguiente observación, difícilmente refutable: «Cuando se habla de masonería, con frecuencia se saca a colación al Opus Dei. Admitamos por hipótesis que el Opus Dei –por razones más o menos justas- tenga mucho aprecio a la discreción. La comparación, sin embargo, es engañosa, porque los miembros de la Prelatura, aunque no proclaman a los cuatro vientos su pertenencia a la Obra, están orgullosos de su identidad católica y consideran un deber manifestarla abiertamente. Siguiendo con la hipótesis, si no supiera de alguno de ellos que pertenece a la Obra, sabría ciertamente que es un cristiano practicante convencido. Ningún miembro de una organización anticlerical descubrirá con sorpresa que su secretario es miembro del Opus Dei. Y esto crea, respecto a la masonería, una diferencia insalvable».

Para acabar con nuestro viaje entre las “negras sombras”, trasladémonos a España, al periodo entre el comienzo de la guerra civil y la muerte de Franco.

La acusación es bien conocida y ha asomado ya varias veces por estas páginas, aunque indirectamente. Ha llegado el momento de afrontarla.

Para completar un informe como éste, he pensado que nada mejor que dirigirnos a un miembro del Opus Dei, para escuchar lo que tenga que decir acerca de la acusación de haber estado «implicados a fondo» en aquel régimen dictatorial. Nos hemos dirigido a Giuseppe Romano, numerario, historiador y periodista, autor de algunos estudios sobre la Institución a la que pertenece. Le recordé que el deber de cualquier informador es transmitir hechos, no opiniones; reunir documentación, no apologías ni condenas. Pienso que ha cumplido con su tarea aunque, como siempre, será el lector quien juzgue el breve pero denso informe que completa mi investigación.

Antes, sin embargo, de conceder la palabra a la defensa, la objetividad me impone la obligación de añadir tres consideraciones, entre otras muchas posibles, a las de Romano.

En primer lugar: las relaciones de algunos miembros con Franco y el franquismo no son consideradas en el Opus Dei como un asunto central de la historia de la Obra, como proponen algunos críticos de la Institución. De hecho, Escrivá proyectó trasladarse a Roma muy pronto, puesto que lo que había «visto» no estaba en función de las necesidades de un país o de una época determinada, sino que debía extenderse por todo el mundo. La guerra civil primero y la mundial después se lo impidieron.

Pero ya en 1946 se embarcó en el puerto de Barcelona rumbo a Génova, y de allí marchó como pudo a Roma, donde fijó su residencia. En aquella ciudad puso la sede central de una Obra que se proponía ser universal y que sólo desde la ciudad «católica» por excelencia podía extenderse a todo el mundo. «Romano y mariano»: así quería que fuese el Opus Dei.

Desde hace decenios, además, la mayoría de los miembros no procede de España y, aunque el castellano sigue siendo la lengua común, los españoles son una minoría.

En los años sesenta (en pleno franquismo, por tanto), Mons. Escrivá respondió así a la pregunta de un entrevistador americano: «En pocos sitios hemos encontrado menos facilidades que en España. Es el país -siento decirlo, porque amo profundamente a mi Patria- donde más trabajo y sufrimiento ha costado hacer que arraigara la Obra (…). Tampoco las obras corporativas de apostolado han encontrado especiales facilidades en España. Gobiernos de países donde la mayoría de los ciudadanos no son católicos, han ayudado con mucha más generosidad que el Estado español, a las actividades docentes y benéficas promovidas por miembros de la Obra (…). Quiero hacer constar, sin embargo, que, desde hace años, los españoles son una minoría en la Obra».

Por estos motivos, será preciso examinar con atención el «affaire Franco», conscientes de que no se trata de un asunto central sino más bien marginal o, al menos, local y ligado a un tiempo ya pasado.

La segunda consideración viene dictada también por la objetividad. Dice una fuente de la Institución: «Para aquellos que hablan del Opus Dei como de un poderoso lobby político, con tentáculos extendidos sobre toda la vida pública española, debe ser un misterio lo que sucedió después de la muerte de Franco. En efecto, aquel lobby no intervino tanto desde entonces, puesto que de 1976 a 1982 España evolucionó de modo muy distinto a como la Obra -si hemos de creer los objetivos políticos que le atribuyen- hubiera querido. A partir de 1982, además, el misterio se hace más oscuro aún: aquel año asumió el poder un partido socialista hegemónico, que no sólo no era favorable a la Iglesia ni a los católicos, sino ni siquiera a la misma experiencia religiosa. Mientras tanto, el país sufre una violenta y acelerada secularización, y algunos ambientes están ya casi descristianizados. Entonces, ¿qué fue de ese grupo de presión, del que se decía que dominaba la vida política, económica y cultural del país en el que había nacido?».

Pregunta interesante, que sigue esperando respuesta.

Tercera y última consideración, antes de ceder la palabra a Romano. Recordemos lo que escribió Peter Berglar: «Los miembros del Opus Dei que desempeñaron un papel importante en algunos gobiernos de los últimos años de Franco actuaban en el ejercicio de sus derechos, como personas libres y como ciudadanos del Estado. Ni la imitación de Cristo, ni la fidelidad a la Iglesia ni tampoco el espíritu de la Obra les prohibían servir al Estado español, que -a diferencia de otros ejemplos del pasado y del presente- no tuvo nunca los rasgos de un Estado en sí mismo criminal (y tampoco lo fue de hecho). Quien afirma que un cristiano puede expresarse sólo en favor de una democracia de corte angloamericano o jacobino, porque sólo un sistema de ese tipo sería compatible con el cristianismo, se coloca en una postura inaceptable y falsa».

Los católicos que protestan a gritos, escandalizados por la participación en el régimen de Franco de esos miembros del Opus Dei, parecen haber perdido de vista el planteamiento católico tradicional y clásico, válido aún hoy, y prefieren fundar su juicio en prejuicios y obsesiones tomados -sin ningún tipo de crítica- de ideologías contemporáneas. Recordemos los puntos básicos de ese planteamiento católico clásico.

Bien sabido es que los hombres pueden organizarse según tres modelos fundamentales, que consienten grados e incluso pueden mezclarse entre sí: la monarquía, la aristocracia y la democracia. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha mostrado no tener preferencias en abstracto por uno en concreto, y que tampoco excluye, a priori, ninguno de ellos. La decisión depende de las épocas, de la historia, de la idiosincrasia de cada pueblo.

A partir de Pío XII, con su mensaje radiofónico en la Navidad de 1944, cuya difusión -no es casualidad- fue prohibida en Alemania y en la República de Saló, los últimos Papas parecen haberse inclinado, para el Occidente contemporáneo, hacia la democracia parlamentaria. Pero han evitado muy mucho hacer de esa preferencia una especie de dogma, como si fuese la única forma política aceptable por un católico.

Simplemente, juzgaron que era el más adecuado para esta época y para estos países. Por los mismos motivos, la Iglesia no tiene que arrepentirse o pedir perdón por haber proporcionado capellanes a las cortes de los reyes del Ancien Régime, o por haber considerado al régimen veneciano -el ejemplo más insigne de sistema aristocrático- una Respublica Christiana (a pesar de las relaciones -en ocasiones tempestuosas- que mantuvo con la Iglesia, por cuestiones políticas contingentes).

Para aquellos tiempos y lugares, con esa historia y con esos temperamentos, el sistema era adecuado. Se trataba sobre todo de autoridades legítimas, a las que se aplicaba el severo consejo del Apóstol: «Que todo hombre se someta a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga de Dios; y las que existen, por Dios han sido constituidas. Así pues, quien resiste a la autoridad, resiste al plan de Dios; y quienes se resisten, recibirán su propia condenación (…). Por tanto, es necesario someterse, no sólo por razón del castigo, sino también del convencimiento interno. (…) Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto; a quien temor, temor; a quien honor, honor» (Rom 13, 17).

La Iglesia no quiere «funcionar por su cuenta», no puede «inventarse» una Revelación de acuerdo con los gustos y las preferencias siempre cambiantes de los hombres, sino que es esclava de la Palabra de Dios (guste o no guste a quien disfruta siguiendo las modas, por definición mudables). El comportamiento «católico» concreto ante los distintos regímenes está determinado por esos versículos de San Pablo y por otros del mismo tenor recogidos por el Nuevo Testamento. Entre estos se cuenta una exhortación de la primera carta de San Pedro (2, 7), brevísima y eficaz síntesis de la praxis cristiana: «Honrad a todos, amad la fraternidad, temed a Dios, honrad al rey».

El pensamiento católico, por tanto, no ha absolutizado ninguna forma política. Los cristianos de hoy, en cambio, liberados ya de la amenaza del comunismo y de la borrachera «comunitaria», corremos el peligro de consagrar el sistema democrático-liberal-capitalista que triunfa en su patria, los Estados Unidos de América, como el único sistema político aceptable para un cristiano.

El pensamiento católico ha sabido siempre que cualquier régimen, incluso el más perfecto sobre el papel, el más noble en teoría, se encarna en hombres a los que el pecado original ha convertido en una mezcla de valentía y de vileza, de altruismo y de egoísmo, de grandeza y de miseria. Por eso los hombres de la Iglesia se han esforzado durante siglos no en perfeccionar las estructuras, sino en mejorar a las personas. Más que pretender un «buen sistema de gobierno», han procurado contribuir a que hubiera «buenos gobernantes». La mejor de las estructuras políticas en la teoría se puede convertir en un régimen de pesadilla si, a la hora de la verdad, es regido por hombres indignos.

En cualquier caso, aunque nacido de una insurrección -el alzamiento de 1936-, el gobierno español guiado por Franco recibió después el reconocimiento de todos los países del mundo. Incluida la Unión Soviética. Incluida también la Santa Sede, con su Ciudad del Vaticano. Cuando en 1957 comenzó el affaire de los ministros del Opus Dei, ese gobierno podía gustar o no, pero es indudable que era legítimo y reconocido por toda la comunidad internacional.

Por consiguiente, la colaboración con él no era una especie de «crimen» ni de «vergüenza», como algunos ambientes políticos y religiosos -juzgando con la mentalidad de hoy y según las categorías ahora dominantes- quisieron creer. Parecen haber olvidado que el Estado español había regulado sus relaciones con la Iglesia mediante un concordato que, al menos durante 25 años, fue elogiado públicamente por los obispos del país. Nada, pues, impedía a un católico colaborar con él.

Tras estas precisiones, veamos en el capítulo siguiente los hechos y los documentos que el historiador Giuseppe Romano somete a nuestra consideración.

Mientras tanto, este cronista se despide. Dedit quod potuit, ha hecho lo que ha podido. En cualquier caso, se dará por satisfecho si otros -movidos quizá por un sentimiento de descontento o de indignación, al leer estas páginas- se ponen a trabajar para mejorar lo presente.

Así le vieron

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Un libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Buscando a Dios en el trabajo ordinario, de Cardenal Albino Luciani (Patriarca de Venecia)

Una amistad de 43 años, de Mons. Pedro Altabella. Canónigo de San Pedro de Roma. Doctor en Teología y Derecho Canónico.

Amigo de la libertad, de Manuel Aznar, Periodista

Un viraje de espiritualidad, del Cardenal Sebastiano Baggio, Prefecto de la S. congregación para los Obispos

Imitando a Monseñor Escrivá he aprendido de nuevo a creer, de Peter Berglar, Profesor Ordinario de Historia Moderna De la Universidad de Colonia

Un santo de nuestro tiempo, de Félix Carmona Moreno, O. S. A.

Un hombre de fe, de Mons. Laureano Castán Lacoma, Obispo de Sigüenza (Guadalajara)

Ese “siervo de Dios”, tan delicadamente Padre, de Cesare Cavalleri, Director de la revista «Studi Cattolici» y crítico literario

Un trabajador de Dios, de Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya

Monseñor Escrivá, peregrino de Fátima, de Mons. Alberto Cosme do Amaral, Obispo de Leiria

Un hombre que sabía querer, de Álvaro Domecq, Rejoneador y ganadero

Actitud eclesial del mensaje de Josemaría Escrivá, de P. Ambrogio Eszer, O. P. Relator General de la Congregación para las Causas de los Santos

Un maestro de la libertad cristiana, de Cornelio Fabro. Profesor Ordinario de Filosofia
en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia

La llamada universal a la santidad, de Antonio Fontán. Catedrático de Filosofía Latina de la Universidad Complutense

El Padre en mi vida, de Ángel Galíndez, Ingeniero Agrónomo. Presidente del Consejo de Administración del Banco de Vizcaya

Mi encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer, de Víctor García Hoz. Catedrático de Pedagogía en la Universidad Complutense de Madrid

El secreto de una vida santa, de Manuel Garrido Bonaño, O. S. B. Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España

El Padre Escrivá, de José A. Giménez–Arnáu, Embajador de España

¿Cuál sería su secreto?, de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España

Creo que conocí a un santo, de Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds

Un guía espiritual para nuestro tiempo, de Tatiana Goritscheva, Periodista y escritora rusa

Un apóstol de la amistad, Mons. Franz Hengsbach, Obispo de Essen

Corazón universal, de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real

Un proyecto de renovación en el corazón del mundo contemporáneo, de Cardenal Franz Konig, Arzobispo de Viena

Recuerdos de una amistad, de Mons. Fray José López Ortiz, Arzobispo titular de Grado. Vicario General Castrense Emérito

Homenaje al Fundador del Opus Dei, del Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston

Un venerable siervo de Dios, de Mons. Jorge Medina Estévez, Obispo de Rancagua

La amistad que nos unió para siempre, del Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado Emérito de México

Recuerdos de un corresponsal, de Eugenio Montes, De la Real Academia Española

Hablaba de lo que él mismo vivía, de Santos Moro Briz, Obispo dimisionario de Ávila

La enseñanza que tuve la suerte de recibir, de Covadonga O’Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»

Mi experiencia, de José Luis Olaizola, Escritor

Monseñor Escrivá de Balaguer y la Universidad, de Paul Ourliac, Miembro del Instituto de Francia

Las preguntas y respuesta de Pozoalbero, de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

Mis encuentros con su personalidad y su obra, de Mons. Johannes Pohlschneider, Obispo de Aquisgrán

Un santo de la vida corriente, de Cardenal Ugo Poletti, Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Vicario General del Papa para la diócesis de Roma

En el aniversario de la muerte del Fundador de la Obra, de Cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de Cultura

Un recuerdo personal, de Eduardo Poveda, Obispo de Zamora

Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, de Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam

Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer, de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila

Su amor a la virtud de la pobreza, de Cardenal Jaime Sin, Arzobispo de Manila

Evangelio y Vaticano II en el espíritu de Josemaría Escrivá de Balaguer, del Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española

Una trayectoria espiritual, de Mons. Adolfo S. Tortolo, Arzobispo de Paraná. Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

La muerte de un gran aragonés, de José María Zaldívar, periodista

Una vida, un camino y una herencia, de Eduardo Zaragüeta, O. S. A.

“Hay que buscar nuevos modos de comunicar el Evangelio”

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El obispo Anthony Muheria (Muranga, 1963), de la diócesis de Kitui (Kenia) ha pasado por Madrid de regreso a su país, procedente del Sínodo recién clausurado en Roma.

Opus Dei -

Anthony Muheria es administrador apostólico de Embu, y fue consagrado obispo en enero de 2004. Pertenece al Opus Dei.

La diócesis de Kitui cuenta con un millón de habitantes, de los que un 22 por ciento son católicos. El pasado 30 de octubre mantuvo un encuentro con periodistas en la Oficina de Información del Opus Dei, en Madrid, del que seleccionamos algunas declaraciones:

Sínodo: “Ha sido un intercambio muy enriquecedor, he tratado pastores de todo el mundo, ha sido una oportunidad excelente para conocer objetivos, logros y retos de la Iglesia, lo que te ayuda también a dar la importancia adecuada a tus problemas. Creo decisivo llegar con la Palabra de Dios a más gente. Somos amplificadores de la Palabra, cables que transmiten sin que se note, sólo se repara en los cables cuando hay problemas de transmisión. Hay que buscar nuevos modos de comunicar, incluso cómics, dibujos o historias para niños. El arte es también vehículo de evangelización”.

Clero: “Tengo 60 sacerdotes, que trabajan mucho para atender a la gente, tan diseminada en el medio rural. Intentamos organizar actividades para monaguillos y jóvenes, de los que esperamos salgan futuros seminaristas. Organizamos actividades que fomentan el estudio, el deporte y los juegos. En 2007 reunimos a 400 monaguillos y recuerdo una de estas fiestas, donde dimos buena cuenta de cuatro cabras. Disfrutamos mucho”.

Opus Dei -

Jóvenes, violencia: “La Iglesia busca la reconciliación y el perdón, y que la fe sea algo vivido. Me preocupa el riesgo de manipulación que tienen los jóvenes y que puede llevarles a la violencia. Hemos organizado festivales para la reconciliación y la paz, que incluyeron la posibilidad de vivir el sacramento de la confesión, destacando que primero hay que reconciliarse con Dios y con los otros”.

Opus Dei: “Trabaja en Kenia desde los años 50. Conocí la Obra en una de sus iniciativas educativas. La Obra colma la espiritualidad y la apertura de los kenianos, que son muy hospitalarios y que responden muy bien ante lo bueno y lo honesto. Esa es mi experiencia como ingeniero en una consultora, y después como sacerdote, atendiendo pastoralmente a mujeres sin recursos, entre otras tareas”.

Evangelización: “Admiro y valoro mucho el trabajo de los misioneros. Me bautizó un misionero de la Consolata. Cuidemos la familia para que salgan buenos ciudadanos y también sacerdotes. La formación del laicado es esencial, es lo que cambiará África. Irán africanos a evangelizar Europa, y entre todos contribuiremos a una nueva primavera en la Iglesia”.

Opus Dei -

Europa: “Nos han dado la fe y ahora le pido oraciones y que nos dé buen ejemplo, como hermanos mayores que son. Y les pido ayuda material con mucha caridad, como ese pan recién salido del horno, oloroso, crujiente con la caridad de Cristo”.

Benedicto XVI: “Le he visto muy bien, ágil y muy atento en las sesiones del Sínodo. El Papa, sea quien sea, es siempre el vicario de Cristo. Hace poco, una anciana de una aldea estaba muy contenta con mi visita, porque era la primera vez, y tal vez la última, que veía a un obispo, representante del Señor. Tuve que aceptar el regalo de una de las cuatro cabras que tenía. Si esa veneración la tienen con un obispo, ¡qué amor tendrán hacia el Papa!”.

Viaje pastoral a África y Sínodo: “Estamos muy contentos porque en marzo Benedicto XVI viajará a Camerún y Angola y entregará el documento preparatorio del Sínodo para ese continente, que tratará sobre el papel de la Iglesia para la reconciliación y la paz”.

Franco y el Opus Dei

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Datos y citas de historiadores que no son del Opus Dei.

1. Sobre la existencia de un grupo de ministros denominados “tecnócratas” y su identificación con el Opus Dei.

“Río arriba”, autobiografía de Gonzalo Fernández de la Mora. Ed. Planeta, 1995.
“A partir de 1957, los columnistas utilizaron el término ‘tecnócrata’ para caracterizar a un supuesto sector. Y se dijo que el gobierno de 1969 representaba la hegemonía de dichos tecnócratas. Ministros que llegaron a sus departamentos por conocer muy bien sus materias los hubo desde el primer Gobierno y nadie les llamó tecnócratas. La expresión, tardíamente utilizada, me parece ambigua y escasamente clarificadora. (…) Desde mis primeras conversaciones con Franco y con Carrero, que fueron los que elaboraron la lista definitiva, llegué a la conclusión de que su objetivo principalísimo era reunir un equipo de hombres eficaces y leales que, sin reserva alguna, apoyaran la instauración de la monarquía de las Leyes Fundamentales en la persona de don Juan Carlos de Borbón. Esta es la clave de aquel Gobierno y lo que lo diferenciaba de los anteriores”. pp.174‑175.

“Otra falacia era identificar a los partidarios de la política de las cosas con los miembros del Opus Dei, una institución sin definición política aunque, lógicamente, todos sus miembros españoles, muy pocos entonces, se alinearon con el Gobierno de Burgos en una guerra civil que la republicana persecución religiosa convirtió en cruzada”. pp.250‑251

“Franco. El hombre y su nación” de George Hills. Librería Editorial San Martín, 1968. (v.o. inglesa).
“La entrada de dos, si no tres, miembros de esta organización [el Opus Dei] en el Gabinete de Franco hizo que los comentaristas hablasen del Opus Dei como de un partido político. Dado el caso de que todos ellos eran economistas, hubiera sido igualmente justificable hablar de una escuela de economía. En realidad, ni sus opiniones políticas ni económicas están unificadas”. p. 463, nota 14.

“Vista a la derecha” de Jose María García Escudero. (1988)
“Como, de hecho, ni todos los miembros del Opus Dei que actuaron en política lo hicieron con los mismos criterios ni siquiera con criterios paralelos; ni los coincidentes en estos o aquellos criterios pertenecen exclusivamente al Opus Dei, optaré por hablar de ‘tecnócratas’ sin referirme con ello a ninguna institución religiosa. E incluso procuraré prescindir de una denominación que tan impropia parece respecto a los que se aplica”. p.232.

“La economía política del franquismo (1940‑1970)” de Manuel Jesús González González. Ed. Tecnos, 1979.
“El cambio de 1957‑1959 fue impulsado desde el exterior por los Organismos internacionales y directa e indirectamente por los EE.UU. En el interior del país la situación económica era grave; pero por sí sola no bastaba para hacer el cambio inevitable. (…) Sólo algunas personas intentaron una huida hacia adelante. Entrando en conflicto con elementos políticos e ideológicos tradicionales, rompieron las resistencias y forzaron una alternativa distinta de política económica.

(…) Muchos de los elementos con los que entraron en conflicto pensaron sinceramente que la operación era una traición al franquismo histórico; una maniobra política de gran habilidad para desnaturalizar el régimen. (…) Estos tecnócratas utilizaban en su lenguaje el mínimo de alusiones estrictamente necesarias a los principios doctrinales del sistema. Ello, naturalmente, añadía recelos y resistencias psicológicas”. p.26.

“Esta resistencia inicial, al pasar los años se convertiría en una ‘vendetta’ contra los socios del Opus Dei en posteriores gobiernos del régimen franquista. Como quiera que los socios del Opus Dei que actuaban en política se repartían entonces como hoy entre distintas corrientes, he intentado dar forma más exacta y circunspecta al lenguaje cotidiano de modo que me sirva para el análisis. Por eso me ha parecido más útil no englobarlos a todos en una misma familia política y hablar de liberalizadores o primeros tecnócratas con diversas procedencias y con dispares creencias o actitudes en materia de religión, para caracterizar el pequeño grupo de políticos y técnicos que impulsó el giro de 1959″. p.26, nota 5.

“Franco. Historia y biografía” (2 vols., de Brian Crozier. Ed. Magisterio Español, Madrid, 1969. T.o.: “Franco. A biographical history”, London, 1967.
“La acusación de que el Opus Dei apuntaba a obtener poder político y que lo había logrado al fin, se extendió en febrero de 1957, cuando Ullastres y Navarro Rubio entraron a formar parte del Gobierno de Franco. Expuesta así, la acusación parece totalmente infundada, ya que se basa en una clara concepción errónea de lo que es el Opus Dei.

El Opus Dei no es ‑como sus enemigos piensan o querrían que los demás pensaran‑ un partido político; tampoco es un grupo político de presión, ni, en este caso, una especie de oficina de colocación para políticos. En febrero de 1957, Franco no acudió a los directores del Opus Dei ‑como uno tendría que pensar leyendo los comentarios hostiles‑ para decirles: ‘Tengo dos vacantes para un par de tecnócratas. Envíenme unos cuantos candidatos para que pueda escoger’. Esta no ha sido nunca la manera de actuar de Franco, incluso aunque hubiera sido el deseo del Opus Dei. Lo que ocurrió fue algo mucho más pragmático y menos siniestro. Franco había oído hablar de los méritos intelectuales de Ullastres y Navarro Rubio y los hizo llamar, dando la casualidad de que eran miembros del Opus Dei. Al mismo tiempo, oyó hablar de los méritos intelectuales y técnicos de Castiella y Gual Villalbí, y también los mandó llamar, dando la casualidad de que no eran miembros del Opus Dei.

Con otras palabras: el Opus Dei no era un grupo político cuyos favores había que ganarse dándole una participación en el poder, como a los monárquicos, a la Falange o al Ejército”. p.245.

“(…) El Opus Dei ofrece ya una amplia diversidad de opiniones. Rafael Calvo Serer, por ejemplo, uno de los más destacados pensadores de la Obra es un monárquico entusiasta, mientras que Ullastres se muestra frío hacia la restauración. Otros matices de opinión van, desde el autoritarismo de derechas hasta una socialdemocracia cristiana de izquierdas.”p. 246.

“Franco. Caudillo de España” de Paul Preston. Grijalbo‑Mondadori, 1994. T.o.: “Franco. A Biography”, Harper Collins Publishers, London, 1993.
“El hecho de que López Rodó también fuera un miembro de esta institución, llevó a especulaciones de que los tres constituían un bloque siniestro a las órdenes de una sociedad secreta (…) El resentimiento falangista, combinado con una disposición a creer en siniestras conspiraciones masónicas, dio nacimiento a la idea de creer que el Opus era algo así como una masonería o mafia católica”. p.831 ed. española; p. 669 ed. inglesa.

“La llegada de los tecnócratas ha sido interpretada indistintamente como un plan del Opus Dei para hacerse con el poder, o como un movimiento inteligente de Franco para llenar los ‘huecos vacíos’. En realidad, la llegada de los tecnócratas no fue ni siniestra ni astuta, sino más bien una respuesta pragmática y sin esquema fijo a un conjunto de problemas específico. (…) López Rodó fue escogido por Carrero Blanco. El dinámico Navarro Rubio fue elección del Caudillo. Franco le conocía desde 1949. Era procurador en Cortes por los Sindicatos y estaba muy bien recomendado por el ministro de Agricultura saliente, Rafael Cavestany.” p.832 ed. española; p.669 ed. inglesa.

“Estaban surgiendo funcionarios brillantes y trabajadores cuyo primordial interés estaba más en obtener altos cargos dentro del aparato estatal que en llevar a la práctica el ideario de Falange. Ello era una verdad absoluta en el caso de hombres como López Rodó y Navarro Rubio, a quienes se tachaba de ser básicamente del Opus Dei pero que eran más exactamente parte de lo que se dió en llamar ‘la burocracia de los números uno’ (los que habían ganado oposiciones a los cargos superiores de la función pública o a cátedras universitarias cuando eran muy jóvenes). Otros funcionarios prominentes del franquismos en la década de 1960, como Manuel Fraga y Torcuato Fernández Miranda, eran habitualmente descritos como falangistas. (…) Resulta revelador que a principios de la década de 1960 hubiera más tensión entre López Rodó y Navarro Rubio que entre López Rodó y Fraga”. p.863 ed. española.

“Carrero. La eminencia gris del régimen de Franco” de Javier Tusell, Temas de Hoy, 1993.
“Del ascenso de López Rodó lo que asombra es la rapidez, pero no tiene, en cambio nada de extraño desde otros puntos de vista. Un ministro de Justicia como Iturmendi, que por su cartera debía tenerlas como preocupación, necesitaba, para la redacción de las Leyes Fundamentales, del asesoramiento de un catedrático de Derecho Público, Político o Administrativo”. p.229.

“La respuesta es más matizada que una afirmación habitual en alguna historiografía de acuerdo con la cual en este momento se habría producido el ascenso súbito de los llamados tecnócratas, vinculados al Opus Dei. Lo verdaderamente súbito, incluso meteórico, fue en realidad el ascenso de Laureano López Rodó (…). Los demás cambios entran dentro de la lógica del sistema político de Franco”. p.232.

“La controvertida cuestión acerca del ascenso al poder de los hombres relacionados con el Opus Dei puede resolverse de una manera bastante simple: eran técnicos en materias a las que no llegaba la especialización de Carrero, y el catolicismo de éste conectaba sin duda con el suyo”. p.233‑234.

2. Sobre la presencia de miembros del Opus Dei en la oposición al régimen franquista.

“Lo que el Rey me ha pedido” de Pilar y Alfonso Fernández‑Miranda, Plaza & Janés, 1995.
“Las diversas fuerzas políticas de la oposición antifranquista, situadas abiertamente extramuros del Estado, iniciaron en 1974, cuando se vislumbraba el inminente fallecimiento de Franco, un proceso de reorganización y convergencia que les permitiera aunar fuerzas y presentar un frente unido para la lucha política que se avecinaba.

En marzo de 1974 se constituía la Junta Democrática bajo la hegemonía del Partido Comunista de España e integrada además por la Asociación Socialista de Andalucía, el PSI de Tierno, el PTE, CCOO, independientes radicales (García Trevijano, Calvo Serer y Vidal Beneyto), asociaciones de barrios y grupos de intelectuales.” p.43.

“José Luis L.Aranguren. Medio siglo de Historia de España” de Feliciano Blázquez. Ed. Ethos, Madrid, 1994.
“Primero, [Calvo Serer] desde las páginas del diario de la tarde Madrid, que él, desde 1966, había convertido en el órgano más beligerante de oposición al franquismo, y que sería materialmente destruido por el entonces ministro de Información y Turismo, Sánchez Bella”, p. 136, nota.

“Carrero. La eminencia gris del régimen de Franco” de Javier Tusell, Temas de Hoy, 1993.
“Fraga, en efecto, se encontraba con reproches en el Consejo de Ministros por parte de quienes pensaban que la prensa estaba desmandada, en especial Alonso Vega y Carrero, los dos militares más cercanos a Franco, a los que tenía especial acceso López Rodó, pero al mismo timpo veía que había miembros del Opus Dei en la dirección de los dos diarios que le causaban más problemas en la prensa de la capital, ‘Madrid’ y ‘El Alcazar’”. p.325

“Juan Carlos I. La restauración de la Monarquía” de Javier Tusell, ed. Temas de Hoy, 1995.
“A finales de mayo de 1968 el diario ‘Madrid’ sufrió la primera sanción grave, siendo suspendiad su publicación durante varios meses. Dentro del mundo periosdístico español, este diario se había convertido con el paso del tiempo en la máxima expresión del monarquismo disconforme con el régimen; representaba también el testimonio del cambio producido en la ideología de su principal inspirador, Rafael Calvo Serer (…). Si se cita el caso de ‘Madrid’ se debe a que su suspensión constituyó el principio de una serie de medidad contra el monarquismo”. pp.473‑474.

“Franco. Caudillo de España” de Paul Preston. Grijalbo‑Mondadori, 1994. T.o.: “Franco. A Biography”, Harper Collins Publishers, London, 1993.
“López Rodó le dijo al Conde de Ruiseñada, poco después del cambio de gabinete, que los planes de la Tercera Fuerza elaborados por miembros del Opus Dei como Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez Embid estaban condenados al fracaso”. pp.833‑834 ed. española.

3. Sobre el papel de los miembros del Opus Dei en la restauración de la Monarquía Constitucional.

“Lo que el Rey me ha pedido” de Pilar y Alfonso Fernández‑Miranda, Plaza & Janés, 1995.
“El 25 de febrero de 1976 se nombraron once nuevos presidentes de comisiones legislativas. Merece especial atención el cambio de presidente en la Comisión de Leyes Fundamentales: Gregorio López‑Bravo sustituyó a Raimundo Fernández‑Cuesta.

Aquí está la clave de la renovación casi total en las presidencias de las comisiones. Frente a Fernández‑Cuesta, que no quería la reforma democrática, Gregorio López‑Bravo, afín a las tesis del presidente de las Cortes, fue una importante ayuda en las ‘Cortes de la reforma’”. p.145.

“Franco. Caudillo de España” de Paul Preston. Grijalbo‑Mondadori, 1994. T.o.: “Franco. A Biography”, Harper CollinsPublishers, London, 1993.
“En mayo de 1967, López Rodó delineó a Dinisio Ridruejo, el poeta falangista que había roto con el régimen, sus planes político de largo alcance. Preocupado por la fragilidad de un sistema dependiente de la vida de Franco, López Rodó quería reemplazarlo por una estructura más solida de instituciones y leyes constitucionales. Sobre la premisa de que ‘el poder personal del general Franco ha concluído’, López Rodó deseaba hacer que Juan Carlos fuera oficialmente proclamado sucesor a título de Rey.” p.834.

“Juan Carlos I. La restauración de la Monarquía” de Javier Tusell, ed. Temas de Hoy, 1995.
“En cuanto a quienes representaron de un modo más claro la opción monárquica en el Gobierno de 1957, tenían como rasgo común no sólo el monarquismo y el colaboracionismo, sino también la pertenencia al Opus Dei. Ello explica que en las propias declaraciones de D.Juan en el libro de Sainz Rodríguez se atribuya a esta asociación religiosa una actitud global respecto a la cuestión monárquica en el sentido de propiciar la Monarquía de D.Juan Carlos. (…) Pero en las mismas actitudes iniciales de los miembros del Opus Dei había discrepancias que acabarían por hacerse patentes en los años sesenta. (…) D.Juan sí fue consciente de esas diferencias. Nunca consideró a López Rodó como uno de los suyos, pero sí a Pérez Embid y a Calvo Serer, por ejemplo, aunque a menudo temiera el escaso sentido práctico del segundo”. pp.263‑264.

“Al día siguiente, 19 de diciembre, don Juan reunió al duque con un grupo de consejeros (…). No constituían el plenario del Consejo, pero sí eran buena muestra de la pluralidad existente en dicho órgano, pues en la lista aparecían tradicionalistas, personas vinculadas con el pensamiento de Acción Española y un miembro del Opus Dei (Florentino Pérez Embid)”.p. 297.

“Llegado a este punto no puede eludirse por más tiempo la mención de Laureano López Rodó (…). El acercamiento es, pues, tan difícil como obligado; lo segundo se impone por el hecho de que el protagonista de este libro [Juan Carlos I, Rey de España] sigue considerándolo ‑con Fernández‑Miranda y, en un tercer plano, con López Bravo‑ como uno de los políticos del régimen que estuvieron más cerca de él y le ayudaron más hasta el momento de la transición”. pp.390‑391.

“Por ser catedrático de Derecho Administrativo, y no de Derecho Constitucional, no pudo prestar a don Juan Carlos el servicio que le correspondió a Fernández‑Miranda, pero ello no obsta para reconocer su mérito en la restauración monárquica, que persiguió con una tenacidad superior ala de cualquier otro político del franquismo”. p.392.

“Tras aquella fecha [1957] Pemán había funcionado en la práctica como punto de coincidencia aceptado por todos (‘panacea para nuestros males monárquicos’, le denominó en una carta Sainz Rodríguez) y en él se había concentrado la representación de la causa dentro de España. (…)En la práctica quienes llevaban el peso de la causa monárquica eran Pemán y Sainz Rodríguez”. p.393.

“[D.Juan] le hizo saber a su hijo su decisión utilizando para ello a una persona destinada a desempeñar un importante papel político durante la transición. Este es el sentido que cabe atribuir a la gestión de Antonio Fontán en los últimos días de noviembre de 1975″.p.643.

“Cuando quedaron solos, don Juan se explicó: ‘Tú ‑le dijo a Fontán‑ eres la persona para llevarle un recado a mi hijo’”. p.644.

“Los contactos periódicos entre el Rey y Fontán prosiguieron hasta la primavera de 1976; hasta en seis ocasiones sirvió de enlace entre padre e hijo”. p.645.

Recuerdos, favores, noticias…

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En la web de San Josemaría se recogen varios testimonios de personas que conocieron en vída al Fundador del Opus Dei y algunos favores concedidos por este santo

Opus Dei -

Una amistad de 43 años

Monseñor Pedro Altabella conoció a san Josemaría al principio de los años 20 en Zaragoza. En el siguiente testimonio evoca algunos recuerdos de la larga amistad que les unió: “Quisiera evocar siquiera algún rasgo de la rica personalidad sacerdotal del fundador del Opus Deo. Creo que un trato frecuente que tuve con él a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo”.

Mi encuentro con Josemaría Escrivá

Peter Berglar, profesor de Historia Moderna y contemporánea es bien conocido por sus biografías. Casi todos los personajes de Berglar son figuras claves en la historia: hombres y mujeres que vivían en tiempos de cambio y que eran conscientes de ello. Al final de su vida escribió la biografías de tres santos que constituyeron figuras carismáticas en la Iglesia: San Pedro, Tomás Moro y San Josemaría. En el siguiente testimonio, Berglar relata cómo conoció a Josemaría Escrivá.

Recensión: Apuntes de ejercicios espirituales con san Josemaría Escrivá

El agustino p. Félix Carmona asistió a unos ejercicios espirituales predicados por san Josemaría en El Escorial en 1944 y tomó diversas notas, que, en 2003, publicó con el título Apuntes de ejercicios espirituales con san Josemaría Escrivá.

Nos escriben

Recogemos, con el consentimiento expreso de quienes los envían, algunos de los testimonios que se reciben en esta página web. Relatan favores obtenidos por la intercesión del fundador del Opus Dei o agradecen haber conocido su vida santa y sus enseñanzas.

San Josemaría Escrivá en Kerala (India)

Con ocasión del sexto aniversario de la canonización de San Josemaría en Koyattam, en el estado de Kerala al sur de la India, el pasado 6 de octubre se expuso para la veneración de los fieles una estatua del santo y se presentó oficialmente la traducción de Camino (“Divyapathā”) al Malayalam, lengua local que hablan más de 32 millones de personas.


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