¡Todos santos!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todos santos: ésta es una expresión fundamental para comprender el mensaje que don Josemaría había recibido y que intentaba hacer realidad en los cinco continentes lo antes posible. Soñaba con miles –con millones— de cristianos que vivieran su fe con plenitud en todos los enclaves de la tierra, levantando la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana.

Soñaba con hombres y mujeres de los más diversos ambientes, situaciones y culturas, que fueran testigos del Evangelio; con cristianos capaces de impulsar, en servicio de la Iglesia, junto con muchas otras personas, mediante su apostolado de amistad, cientos, miles, de labores apostólicas: escuelas para campesinos, dispensarios para gentes necesitadas, universidades y centros culturales, centros de promoción humana y espiritual…

Soñaba y sabía —con plena certeza, ¡lo había visto!— que eso se haría realidad con gentes de todo tipo y condición, de todas las razas, de todas las profesiones, de las más variadas costumbres y mentalidades. Pero luego… miraba a su alrededor, y se veía, humanamente, solo, sin nada. Pobre. Incomprendido. Sin experiencia.

Durante los primeros seis años de la Obra —recordaba años más tarde— me encontraba casi solo. Y no dudada en reconocer: Fueron años fuertes, duros.

Luces de Dios

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Tras aquella iluminación sobre toda la Obra del 2 de octubre de 1928, Dios le fue dando nuevas luces y mociones interiores: eran certezas inefables y sobrenaturales, que fueron perfilando en su alma la fisonomía espiritual de aquel querer divino. El 14 de febrero de 1930, mientras celebraba la Eucaristía en una casa particular de Madrid, comprendió que debía poner en marcha la labor del Opus Dei con las mujeres.

Meses después, el 7 de agosto de 1931, durante la Consagración, en la iglesia del Patronato de Enfermos, entendió que serán los hombres y las mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana.

Y un mes más tarde, el 16 de octubre de 1931, durante un viaje en tranvía por las calles de Madrid supo que Dios quería que el sentido de la filiación divina debía ser fundamento del espíritu del Opus Dei. Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater!

Junto con estas y otras mociones, fue viendo, a medida que crecía la labor apostólica, que necesitaba sacerdotes con su mismo carisma para llevar a cabo este fenómeno ascético y apostólico. No era sencillo encontrar una solución: el marco jurídico y canónico de la Iglesia de aquel tiempo no contemplaba todavía esta nueva realidad eclesial y pastoral, constituida por laicos y sacerdotes que trabajan en mutua cooperación, con unidad de espíritu y de régimen.

Estudió el asunto, se asesoró, solicitó consejo y rezó intensamente, pidiendo luces a Dios. Y cuando todos los caminos parecían cerrados, el 14 de febrero de 1943, de nuevo mientras celebraba la Eucaristía, comprendió la solución: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Fue un nuevo don. Otra manifestación del querer de Dios, que tiene sus propios tiempos. Después de buscar y no encontrar la solución jurídica —escribía— el Señor quiso dármela, precisa y clara.

Cimientos sobrenaturales

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En su adolescencia, soñaba con ser arquitecto y construir grandes edificios. Ahora Dios le pedía que fuera un instrumento fiel para construir un gran edificio sobrenatural que difundiese por los cinco continentes, a lo largo de los siglos, un mensaje divino.

Ese edificio necesitaba, por su propia naturaleza, cimientos sobrenaturales. Por eso comentaba don Josemaría, dos años después de la fundación, el 2 de octubre de 1930: Vengo considerando (…) que los edificios materiales, en su construcción, tienen gran semejanza con los espirituales. Y así como aquella veleta dorada del gran edificio, por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra, mientras, por el contrario, un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie lo ve, es de importancia capital para que no se derrumbe la casa…, aunque no brille como el pobre latón dorado allá arriba… Así, en ese gran edificio, que se llama “la Obra de Dios” y que llenará todo el mundo, no hay que dar importancia a la veleta brillante. ¡Eso ya vendrá! Los cimientos: de ellos depende la solidez toda del conjunto. Cimientos hondos, muy hondos y fuertes: los sillares de ese cimiento son la oración; la argamasa que unirá estos sillares tiene un nombre solamente: expiación. Orar y sufrir, con alegría. Ahondar mucho; pues, para un edificio gigante, se precisa una base gigante también.

Otra caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Seguía padeciendo la fuerte diabetes que le habían diagnosticado en El Escorial. Desde un punto de vista meramente humano, se iba enfrentando, en cada época de su vida, con dificultades fuera de lógica: cuando quiso empezar en otras ciudades de España, estalló la guerra civil. Cuando se dispuso a expandir el Opus Dei por el mundo, comenzó la guerra mundial. Y ahora, que impulsaba la labor apostólica en tantos países desde Roma, sufría una enfermedad le provocaba cada jornada una molestia distinta: un día estaba desfallecido; otro, le dolía la cabeza; al siguiente, le fallaba el ojo derecho. Tuvo una infección que le produjo un giro violento en las raíces dentales, y que llegó a tal punto que el dentista tuvo que hacerle una extracción con los dedos, para evitar una hemorragia, fatal en aquellos momentos.

Todo ilógico humanamente, respondía a la misteriosa lógica de Dios, que en un determinado momento le dio la enfermedad; y en otro determinado momento… se la quitó.

Era consciente de la gravedad de su mal. Había hecho colocar un timbre junto a su cama para pedir los sacramentos, por si le llegaba su última hora de forma repentina. Pero no vivía aquella situación de forma dramática: cada noche, antes de acostarse, rezaba confiado: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracia por la vida que me des y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia.

A comienzos de 1954 el resultado de los análisis semanales era cada vez más negativo. Hasta que el 27 de abril, fiesta de la Virgen de Montserrat, cuando estaba sentado en la mesa, hacia la una de la tarde, sufrió un shock anafiláctico: se dio cuenta que se moría y le dijo a Álvaro del Portillo, que le acompañaba, como de costumbre:

Álvaro, dame la absolución.

—Padre, ¿qué dice? —le preguntó éste, desconcertado.

¡La absolución!

Comenzó a indicarle la fórmula —ego te absolvo…— y se desvaneció sin sentido.

Tras absolverle, del Portillo intentó que tomara azúcar y avisó rápidamente al médico. Este llegó a los pocos minutos, cuando don Josemaría empezaba a recobrarse, aunque se había quedado ciego.

El médico se quedó extrañado por aquella sorprendente evolución. Al cabo de varias horas, don Josemaría se repuso del todo y recobró la vista. Y desde aquel día quedó curado de la diabetes que sufría desde hacía diez años. Fue una nueva caricia de la Virgen en su vida.

Personalmente estaba muy tranquilo —comentaba—, aunque me daba pena irme de vosotros. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, Él os ha oído.

Madrid, 1932, 1933

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Mil novecientos treinta y dos trae, para don Josemaría, un largo cortejo de alegrías y de penas, entre las cuales el Opus Dei experimentará un lento crecimiento, mientras, alrededor, se perfilan los prolegómenos de una crisis capaz de degenerar en guerra civil.

Continúa la labor apostólica en todos los frentes. Todos los lunes, hay una reunión para sacerdotes. El Fundador trata de hacerles comprender, en cada una de sus facetas, el espíritu de este nuevo camino que conduce a vivir la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo.

Algunos de los sacerdotes que asisten son jóvenes y emprendedores, como don José María Somoano o don Lino Vea-Murguía, que van a visitar a los enfermos y a enseñar el catecismo a los suburbios, como él, todos los domingos. Otros son ya maduros, pero también podrían ayudarle, mediante la dirección espiritual, para que la Obra fuera creciendo al ritmo querido por Dios.

Estos sacerdotes empiezan a comprender más o menos profundamente, más o menos de prisa, la nueva espiritualidad que les expone el Padre. Don José María Somoano mejor que los demás, hasta el punto de comprometer su vida entera en la empresa, sin dejar de depender de su Ordinario para todo su ministerio sacerdotal como único superior.

La vocación de una enferma incurable

Sus horas de confesionario en la iglesia de Santa Isabel siguen permitiéndole ampliar y consolidar los cimientos de lo que podría ser la Sección de mujeres del Opus Dei.

La Providencia ha querido que una de las primeras piedras sea una pobre enferma que ya no abandonará su lecho en el hospital: María Ignacia García Escobar, la tuberculosa del Hospital del Rey, que sigue pidiendo por la Obra sin saberlo. Don Josemaría sabe que no tiene curación, pero, a pesar de todo, decide revelarle este camino real de santificación en medio del mundo al que ha consagrado su vida desde aquel 2 de octubre de 1928. A pesar de su dolencia, María Ignacia resuelve enseguida ofrecer el tiempo que le quede de vida por este gran ideal.

Dos días más tarde, escribe en su diario: “Este 9 de abril de 1932 no podrá borrarse nunca de mi memoria. De nuevo Tú me eliges, buen Jesús, para seguir tus huellas divinas… Desde este momento, te prometo ser, con tu ayuda, generosa en el lugar donde me has colocado, puesto que toda la gloria debe volver a Ti”.

Las jóvenes que el Fundador de la Obra ha ido llevando por caminos de vida interior se turnan para acompañar a María Ignacia y aprenden de ella una magnífica lección de abandono a la Voluntad divina.

Una muerte dramática

A pesar de las dificultades exteriores y de la lentitud con que se desarrolla esta Obra querida por Dios, el Padre no se inquieta; prosigue rezando y actuando.

Con todo, la noticia que le dan el 17 de julio, por la mañana, le asesta un golpe en el corazón.

Cuatro días antes, don José María Somoano había caído gravemente enfermo. El Padre había pasado largos ratos junto a él, rezando intensamente por su curación. Se rumoreaba en las salas del hospital que lo habían envenenado, rumor que no tenía nada de absurdo en unos tiempos de furioso anticlericalismo. ¿Será cierto?, piensa don Josemaría cuando le dicen que acaba de fallecer.

Aunque estaba convencido de que no le hacía falta, el Padre rezó mucho por él y haría rezar a sus hijos durante muchos años.

Una vez más, es preciso aceptar sin comprender, sufrir sin perder la esperanza, pues un cristiano tiene que esperar, por mucho que el horizonte se cierre y se oscurezca… Hace muchos años que ha aprendido a ir subiendo por las gradas de la aceptación: Resignarse con la Voluntad de Dios: conformarse con la Voluntad de Dios: querer la Voluntad de Dios: amar la Voluntad de Dios.

Todas las circunstancias se prestan a hacer apostolado

Mientras tanto, en Madrid se precipitan los acontecimientos. Hace poco más de un año que se proclamó la República y, tras la quema de conventos y de iglesias, se han sucedido los disturbios.

El 10 de agosto de 1932, en Sevilla, el General Sanjurjo intenta dar un golpe de Estado, que fracasa. Algunos estudiantes que se han lanzado a la calle, en Madrid, son detenidos y conducidos a la cárcel Modelo, para ser juzgados. Entre ellos, hay algunos a quienes don Josemaría dirige espiritualmente. En cuanto se entera, acude a la prisión, vestido con sotana, y consigue hablar con ellos, animándoles a que no permanezcan inactivos y no pierdan la alegría y la esperanza cristianas. Les habla también de oración y les recuerda que son hijos de Dios… Con el abandono, no habréis de preocuparos, ya que descansaréis en el Padre.

Don Josemaría les aconseja que recen a menudo el Padrenuestro, meditando sobre todo las dos primeras palabras: “Padre-nuestro…”. Les recomienda, además, que invoquen con frecuencia a la Santísima Virgen, repitiendo las oraciones que aprendieron de pequeños o rezando el Rosario; que se confiesen y comulguen siempre que puedan y que procuren mantener un ambiente de camaradería y buen humor entre ellos y con los demás prisioneros. Lo necesitan, porque han pedido para ellos nada menos que la pena de muerte…

Tras la reja del locutorio, aquellos jóvenes agradecen al Padre las visitas, porque saben que sus palabras de aliento no son un mero formulismo, sino que le salen del corazón, pues quiere comunicarles el único consuelo que pueden tener en tan difíciles circunstancias.

De aquellos meses de cautividad, van a obtener no sólo una ocasión de progresar interiormente, sino también una lección de caridad y de comprensión mutua, intimando con un grupo de anarco-sindicalistas que están también en la cárcel. Al cabo de unas semanas, católicos y anarquistas, que en la calle andaban a golpes, juegan juntos al fútbol en el patio de la prisión…

Don Josemaría, a quien aquellos jóvenes habían mostrado sus recelos en este sentido, les había animado a confraternizar con ellos, sugiriéndoles que no jueguen en un solo equipo, sino en los dos equipos adversos, para evitar así que se reproduzcan las divisiones políticas en el deporte. Les dice, también, que se les brinda una ocasión de dar a conocer la doctrina cristiana a quienes, sin culpa suya necesariamente, tal vez la ignoren por completo. Incluso les lleva un catecismo, para ayudarles a practicar este nuevo género de apostolado…

Una nueva prueba

En octubre de 1932, a los cuatro años de la fundación de la Obra, don Josemaría pasa otra vez unos días de silencio y recogimiento en un convento de carmelitas situado en las afueras de Segovia. El perfil medieval de la ciudad se destaca en el cielo, alargándose tras la proa rocosa donde se yergue el Alcázar.

En una capilla de la iglesia conventual reposan los restos de San Juan de la Cruz. Allí, recogido en oración, el Fundador del Opus Dei pone las diversas tareas apostólicas de la Obra bajo la protección de los arcÁngeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael y de los apóstoles Pedro, Pablo y Juan.

Poco después, Luis Gordon cae enfermo también. Avisan a don Josemaría de que ha empeorado y, al cabo de unos días -el 5 de noviembre, de madrugada-, entrega su alma a Dios. El Padre. que ha ido a rezar inmediatamente ante el lecho de muerte, celebra además la Santa Misa en el oratorio privado de casa de sus padres. Una vez más, la voluntad divina resulta incomprensible para el entendimiento humano. Luis era un hombre joven, pero ya prestigiado. Su fidelidad y su finura de espíritu hubiesen sido valiosísimos para la Obra. No obstante, Dios había decidido otra cosa. Una vez más era preciso aceptar sin comprender… La Obra tendría que desarrollarse sin ningún medio ni sostén material.

La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada.

Al perder aquellos consuelos humanos te has quedado con una sensación de soledad, como pendiente de un hilillo sobre el vacío de negro abismo. -Y tu clamor, tus gritos de auxilio, parece que no los escucha nadie. Bien merecido tienes ese desamparo. -Sé humilde, no te busques a ti, ni busques tu comodidad: ama la Cruz -soportarla es poco- y el Señor oirá tu oración. -Y se encalmarán tus sentidos. -Y tu corazón volverá a cerrarse. -Y tendrás paz.

Un libro de oración y de acción

Estas palabras las ha redactado el Padre pensando en él y en todos los que, a lo largo de los siglos, se aproximarán a la Obra.

Para estimular más en su lucha interior a quienes ya han comenzado a acercarse, empieza a poner por escrito algunos aspectos de su predicación y de su labor de dirección espiritual: palabras de ánimo, experiencias íntimas de su continuo diálogo con el Señor, fragmentos de cartas, consejos… No es todavía un libro, pero podría llegar a serlo.

En diciembre de ese mismo año -1932- hace que se tiren unas cuantas copias a ciclostil, agrupadas con el título general de Consideraciones Espirituales: Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre… Cosas que removerán los recuerdos de aquellos a quienes aconseja y dirige, porque estas confidencias las escucha Dios.

Los puntos son breves, muy prácticos. Inspirados en la Escritura, lo mismo que su predicación, e impregnados de amor a la Iglesia y de ansias de llevar el fuego de Cristo hasta los confines de la tierra, tratan de remover al lector para que haga propósitos concretos que mejoren su vida cristiana. Poco a poco, irá completándolos con otros, extraídos de su vida interior y de sus experiencias inmediatas en el trato con las almas. Todos juntos constituirán un programa de vida interior y de lucha ascética: carácter, obediencia, oración, pureza de corazón y de alma, virtudes teologales… Y una serie de devociones básicas: Santa Misa, trato con la Virgen, presencia de Dios… A ello se añade la evocación del camino de la infancia espiritual -ese atajo de las almas enamoradas de Dios- y del sentido de filiación divina, cuya riqueza conoce bien el Fundador del Opus Dei, en especial desde lo que le ocurrió en un tranvía, en el verano de 1931, a su regreso de la estación de Atocha.

Y empapándolo todo, como un motivo constante en ese tapiz divino que anima a tejer a cada uno, con la gracia de Dios, sobre la trama de su vida, el tema central de su predicación y de sus conversaciones desde el 2 de octubre de 1928: la invitación a santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo y santificar a los demás con el trabajo, cumpliendo lo más perfectamente posible las obligaciones propias de la vida ordinaria.

¿Quieres de verdad ser santo? -Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.

Con esta perspectiva, las ocupaciones más corrientes adquieren una tercera dimensión, la sobrenatural, y con ella, el relieve, el peso y el volumen.

¿La Cruz sobre tu pecho?… Bien. -Pero… la Cruz sobre tus hombros, la Cruz en tu carne, la Cruz en tu inteligencia. -Así vivirás por Cristo, con Cristo y en Cristo: solamente así serás Apóstol.

A aquellos estudiantes llenos de generosidad que le rodean les propone, sin ambages, el ideal más exigente: el martirio, pero un martirio… al alcance de la mano, en las circunstancias más corrientes de la vida ordinaria: ¿Brillar como una estrella… ansia de altura y de lumbre encendida en el cielo? Mejor.- quemar, como una antorcha, escondido, pegando tu fuego a todo lo que tocas. -Este es tu apostolado: para eso estás en la tierra.

Así era, por lo demás, la vida de los primeros cristianos, que no se distinguían “de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres”, como explicaba un escrito del siglo II, la Carta a Diogneto: “Ni habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás (…). Habitando en ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta admirable y, por confesión de todos, sorprendente (…). Lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo”.

Lo mismo podría decirse de los miembros del Opus Dei. También ellos han oído la llamada de Jesús a los primeros discípulos. Sembrar. -Salió el sembrador… Siembra a voleo, alma de apóstol. -El viento de la gracia arrastrará tu semilla, si el surco donde cayó no es digno… Siembra y está cierto de que la simiente arraigará y dará su fruto.

El lector de Consideraciones Espirituales se siente animado así no sólo a soñar con un ideal muy alto, sino también a enfrentarse con una voluntad precisa de Dios a la que puede responder comprometiendo su vida, entregándose por entero sin salirse de su sitio, sin ceder a la tentación de huir, de evadirse.

El libro no va dirigido solamente a los miembros del Opus Dei o a los que han de venir, sino que su difusión ha de contribuir, también, a multiplicar los ecos de la predicación del Padre y, en consecuencia, a remover los corazones para que en ellos pueda madurar, si Dios así lo quiere, la vocación a la Obra (o a otros caminos de santidad, en su caso).

Con los ojos del alma

Los retrocesos de algunos, los fallos de algunos otros, la súbita desaparición de Luis Gordon y la del presbítero Somoano no desalientan al Fundador. Sabe que otros vendrán y que, sobre su fidelidad, se edificará la Obra de Dios por los siglos, mientras haya hombres en la tierra.

Estimuladas sin saberlo por la oración de los pobres y enfermos que visita el Padre, otras personas recibirán la vocación al Opus Dei, una a una, con solidez y convencimiento.

Hacía tiempo que don Josemaría venía viendo a un joven de veintitrés o veinticuatro años que asistía regularmente a la misa que celebraba en el Patronato de Enfermos. Su porte y su piedad le habían hecho pensar que tal vez fuera capaz de comprender lo que se traía entre manos. Había sabido que se llamaba José María González Barredo y que, concluida su licenciatura en Ciencias Químicas, estaba haciendo un curso de especialización en la Universidad. Un día, había decidido abordarle y pedirle que rezase por una intención suya. El joven había accedido y le había dado las gracias, tal vez a causa de la sorpresa. Todo había sido muy breve.

Poco después, don Josemaría le echó de menos en Misa, y se enteró de que se había trasladado a Linares, en la provincia de Jaén, donde había obtenido una plaza de profesor de Instituto. No obstante, había seguido rezando por él, convencido de que volvería a verle.

En diciembre de 1932, José María González Barredo regresa a Madrid para pasar las Navidades con su familia. Amplía un poco su estancia, para realizar ciertos trabajos de investigación en la Universidad. Quiere mejorar su formación científica, entre otras cosas, porque le preocupa el agnosticismo de algunos investigadores y desea contribuir a poner de relieve la armonía entre la ciencia y la fe.

Un día, poco antes de Navidad, bajando por la Gran Vía hacia la Plaza de España, José María ve venir al Padre en dirección contraria. Trata de hacerse el distraído, para evitar que le ocurra lo que con otros sacerdotes que le habían implicado en movimientos o asociaciones que, a su juicio, le hacían perder el tiempo. Pero don Josemaría ya le ha visto y se acerca para saludarle cariñosamente. Cambian unas palabras y el Padre le dice que le gustaría hablar con él sin prisas…

Lo que don Josemaría le propone resulta ser una respuesta asombrosamente exacta a sus aspiraciones más profundas. Solo te preocupas de edificar tu cultura. -Y es preciso edificar tu alma. -Así trabajarás como debes, por Cristo; para que El reine en el mundo hace falta que haya quienes, con la vista en el cielo, se dediquen prestigiosamente a todas las actividades humanas, y, desde ellas, ejerciten calladamente -y eficazmente- un apostolado de carácter profesional.

José María González Barredo descubre una perspectiva apostólica que merece, en efecto, que se le dedique la vida entera. Sin embargo, antes de decidirse, le dice al Padre:

-Conozco a un religioso con el que me he confesado varias veces. ¿Podría consultarle, para obrar con mayor seguridad?

-Obra con entera libertad.

Animado con este consejo, va a ver al religioso, pero lo que le dice no le convence:

-Si la Obra de que me hablas está en sus comienzos, ¿no sería mejor que te dirigieras a una institución más desarrollada? Vale más trabajar en una biblioteca ya organizada que en otra que se está empezando a organizar.

José María González Barredo reflexiona. ¿Qué importa que la Obra esté comenzando? La cuestión no es ésa. Lo importante es si vale la pena o no entregarse al ideal que proclama…

Cuando José María vuelve a ver al Padre, ya está decidido. Su respuesta es: ¡sí!

El Espíritu Santo ha empezado a actuar también en otras almas. Durante las vacaciones de Navidad, el Padre ha hablado de la Obra a aquel estudiante de Medicina que le habían presentado al comenzar el año. Sus conversaciones con Juan Jiménez Vargas son intensas: sin decírselo, pide al Paráclito, durante nueve días consecutivos, que ilumine al joven. Hasta que el 3 de enero de 1933 Juan responde con un sí definitivo a las palabras de don Josemaría.

Diez días más tarde, van los dos juntos a visitar el asilo de Porta Coeli, otra de educación y asistencia social donde un grupo de religiosas se esfuerza por enderezar a los golfillos. Hace algún tiempo que don Josemaría lo visita, para confesar y atender espiritualmente a unos muchachos que eran mendigos y, a menudo, delincuentes. Piensa que la sala de visitas, a pesar de ser poco acogedora, podría servirle para reunir a los estudiantes que se acercan a él y darles, así, una formación más regular e intensa. Así pues, invita a varios de ellos a una primera reunión, en la cual el Padre ha puesto muchas esperanzas, haciendo rezar por ella a los primeros miembros de la Obra.

Pero le aguarda una decepción: no acuden más que Juan y dos estudiantes de Medicina, amigos suyos. ¡No importa! La reunión se celebrará, a pesar de todo…

Una imagen de la Virgen Santísima preside esta reunión, y las que vendrán. Se trata de una página arrancada de un catecismo que, dos años antes, había encontrado, arrugada, en plena calle, junto a un árbol, en el barrio de Tetuán. Don Josemaría, para reparar lo que él había interpretado como un desaire, la había recogido y la había hecho enmarcar, colocándola previamente sobre un fondo de tisú de oro.

La reunión es corta, y, como a don Josemaría le gusta, sumamente práctica: un breve comentario del Evangelio del día, exposición de algún aspecto concreto de la vida interior, unos cuantos puntos de examen…

El Padre se ha dirigido a aquellos tres estudiantes con la misma convicción que si fueran muchos. Después de rezar unas oraciones finales, les ha invitado a seguirle a la capilla del asilo. Allí, revestido con sobrepelliz y estola, se ha arrodillado ante el altar, ha abierto el Sagrario y ha incoado la estación al Santísimo Sacramento. Cuando se vuelve para dar la Bendición a aquellos tres jóvenes estudiantes, el Fundador del Opus Dei ve, con los ojos del alma, todos los que vendrán: trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones… blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer…

Unos meses más tarde, otro estudiante pide ser admitido en la Obra: Ricardo Fernández Vallespín, que está a punto de terminar la carrera de Arquitectura.

Para sufragar sus gastos, Ricardo daba clases particulares a algunos compañeros suyos. Don Josemaría conocía a uno de ellos, así como a su familia. Un día, había ido a visitarlo y había entrado en la habitación donde Ricardo le estaba dando clase. El joven conocido del Padre le había presentado a su profesor, pero don Josemaría, para no interrumpirles, les había dicho que siguieran trabajando. Sacó su breviario y se puso a leerlo junto a la ventana, hasta qué terminaron la clase.

Ricardo queda tan impresionado por aquel primer encuentro que escribió en su diario ese 14 de mayo de 1933: “Hoy he conocido un sacerdote, muy joven y lleno de entusiasmo que -no sé por qué- pienso va a tener una gran influencia en mi vida”.

El 29 de mayo vuelven a verse, esta vez en casa de don Josemaría. El Padre se muestra locuaz y lleno de entusiasmo. No habla de los problemas políticos del momento, sino que expone, con fervor, unas perspectivas sobrenaturales que, para su interlocutor, son una revelación y una invitación urgente a mejorar su vida interior. Antes de que Ricardo se despida, el Padre se levanta, toma un libro de una estantería y escribe unas palabras en la primera página: Que busques a Cristo: que encuentres a Cristo: que ames a Cristo. Madrid, 29-V-33.

El libro es un ejemplar de la Historia de la Sagrada Pasión, del Padre La Palma.

Formación, oración, sacrificio

Las reuniones -auténticos cursos de formación- prosiguen en la calle de Martínez Campos, ya que el ambiente familiar de aquella casa es más adecuado que el austero asilo de golfos para transmitir el espíritu de la Obra.

Doña Dolores pronto se habitúa a ver grupos de jóvenes en su sala de estar, presidida por un cuadro de la Virgen con el Niño en sus brazos. Aunque hace tiempo que se ha dado cuenta del celo apostólico que despliega su hijo, tantas idas y venidas no dejan de sorprenderle un poco. A sus discretas preguntas sobre el porqué de tal actividad, éste le responde de manera evasiva. No quiere inquietarla y, por eso, no le ha revelado lo ocurrido en su alma en aquel 2 de octubre. Así pues, acepta sin comprender, y le ayuda en lo que puede, con su hija Carmen, preparando la merienda de aquellos estudiantes.

“¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo!”, refunfuña, indignado, su hermanito Santiago, al comprobar que han desaparecido las vituallas.

Prosiguen las visitas a los hospitales. Ahora, empiezan a ir al de la Princesa, fundado en el siglo XIX por la reina Isabel II. Es un vasto edificio de dos pisos situado en una zona céntrica. Dos mil enfermos se amontonan allí, en salas de doscientos y hasta de trescientos. Don Josemaría va de sala en sala, habla con ellos, los confiesa, les lleva la Comunión.

Otra actividad viene a unirse a esas visitas: el Padre aconseja a los estudiantes que enseñen el catecismo a grupos de niños desprovistos de toda educación religiosa que habitan en el barrio de Tetuán de las Victorias, como ya lo vienen haciendo algunas jóvenes en otros barrios. Los jóvenes responden con interés, esforzándose por prepararse bien y tratando de profundizar en su fe para mejor transmitirla a aquellos chavales.

A tal efecto, el Padre les da –o procura que otros les den- lecciones de doctrina cristiana. Además, les anima a pasar, una vez al mes, unas horas de recogimiento y silencio en un retiro espiritual en el que les comenta, con sentido práctico, puntos de ascética o de moral seguidos siempre de una invitación a hacer propósitos concretos que les ayuden a mejorar en su vida diaria. El mismo, del 8 al 16 de junio, hace unos ejercicios espirituales, solo, en la casa de los PP. Redentoristas, de Madrid.

Desde hace algún tiempo, no deja de pensar en la manera de ampliar las tareas apostólicas. Sería necesaria una cierta estructura, contar con unos locales adecuados… Y mientras da vueltas al asunto, confía en que, con el esfuerzo de todos, pronto se resolverá el problema.

Desde su lecho de dolor, María Ignacia sigue ayudando. Su mal se ha agravado, pues se trata de una tuberculosis intestinal que se resiste al tratamiento con lámparas de cuarzo. A finales de agosto, su estado es ya muy grave y los dolores continuos. Tiene el cuerpo deformado y cubierto de llagas, pero no pierde la paz y, estrechamente unida a Dios, le ofrece sus dolores.

Las jóvenes que conoce don Josemaría van a verla con frecuencia al hospital y no la dejan sola un momento. El procura, también, visitarla todos los días, pero, si no puede, telefonea.

A comienzos de septiembre, los médicos le dan pocos días de vida. El Padre le comunica la gravedad de su estado y le pregunta si quiere recibir la Unción de los Enfermos: se la administra él mismo, en presencia de una hermana de María Ignacia. Luego, lentamente, va desgranando las oraciones de la liturgia para la recomendación del alma; finalmente, le pide, con intenso fervor, que en el Cielo no se olvide de interceder por el Opus Dei, al que ha entregado los últimos meses de su vida, evocando, una vez más, los futuros apostolados de la Obra, extendidos por el mundo entero… Un panorama que ella podrá contemplar desde arriba.

El 13 de septiembre, en cuanto la hermana de María Ignacia le comunica que ha muerto, corre al hospital. Tras don José María Somoano y Luis Gordon, es la tercera vocación que el Señor se lleva nada más florecer… Tres intercesores más. Tres sólidos pilares sobre los que la Obra de Dios se podrá apoyar para proyectarse a lo largo de los siglos. Un sacerdote y dos laicos, hombre y mujer, que prefiguran todos los que, tras ellos, llevarán la palabra de Cristo a todas las encrucijadas de la tierra.

Nacimiento de un proyecto

Poco después, tras una nueva conversación con el Padre, Ricardo, el joven arquitecto, decide seguir el camino de la Obra. Un nuevo loco… para el manicomio, comenta, como en otras ocasiones, con su optimismo comunicativo, don Josemaría.

Pero, aunque está contento, no puede conformarse con tan lento progreso. La Obra de Dios debe crecer más deprisa. Es preciso relacionarse con más gente…

Don Josemaría sigue pensando en un piso, reservado exclusivamente para el apostolado, que tenga ese ambiente y ese aspecto específicamente seculares que son propios del espíritu del Opus Dei. Una especie de “Academia”, en la que se puedan dar clases y conferencias de carácter cultural y profesional, así como celebrar cursos de doctrina cristiana y otras actividades espirituales. De esta forma, piensa, se dará una perfecta simbiosis entre la formación religiosa y humana de numerosos jóvenes, capaces, luego, de ser testigos de Cristo en los ambientes en que se encuentren.

Para lograrlo, es preciso contar con los recursos indispensables. Pero quienes le siguen todavía no se ganan la vida, con excepción de Isidoro y de José María González Barredo. Así pues, anima a todos a buscar medios económicos, procurando entusiasmarles con ese proyecto, que permitirá ampliar rápidamente el círculo de sus amistades. Que recen más y que le pidan a Dios la audacia necesaria.

Algunos dirán que es otra locura… No hagas caso. Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. -¡Adelante, audacia!-.

“Dios”, “audacia…”.

En la placa de hierro colocada a la puerta de un piso entresuelo del número 33 de la calle de Luchana, se han grabado tres letras: DYA. Son las iniciales del nombre de la Academia: Derecho y Arquitectura. Pero son también, sobre todo, las de la divisa que el Padre recuerda con frecuencia a los estudiantes que lo rodean: Dios y audacia…

Río de Janeiro, 22 de mayo de 1974

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

“Fuego he venido a traer a la tierra…” (Lc. XII, 49). Estas palabras del Señor, que don Josemaría repetía con frecuencia cuando estaba en el seminario de Zaragoza, habían inspirado toda su labor apostólica desde la fundación del Opus Dei.

Al principio, el fuego se había mantenido mucho tiempo en rescoldo bajo las ramas; luego, poco a poco, se había ido propagando, encendiéndose en grandes llamaradas que, a veces, le maravillaban, aunque de alguna manera las hubiese previsto.

Tal era el caso de muchos países de Iberoamérica, donde apenas hacía veinte años que habían llegado los primeros miembros de la Obra para ejercer su actividad profesional. El número había sido reducidísimo y la falta de medios materiales evidente, pero, con todo, se había producido en poco tiempo una auténtica explosión apostólica.

Entre el 22 de mayo, fecha de su llegada al Brasil, y el 31 de agosto, en la que abandonará Venezuela para regresar a Europa, el Padre va a reunirse con miles y miles de personas en seis de los países de América del Sur donde trabaja la Obra.

Muchas de las reuniones que celebra son auténticas tertulias de familia en las que mantiene un diálogo íntimo con grupos reducidos. A otras asisten multitud de personas, las cuales, sin embargo, se sentirán siempre directamente implicadas en la conversación con el Padre, que, como es sabido, posee el don de convertir el “público” en familia en cuanto abre la boca.

Son tantos los que quieren verle y escucharle que se hace necesario organizar varias reuniones al día y buscar grandes espacios, pues los Centros de la Obra no son suficientes. Se alquilan, pues, salas de reuniones más amplias, como el Palacio de Convenciones del Parque Anhembi en São Paulo o el Teatro Coliseo de Buenos Aires, con capacidad respectivamente para 4.000 y 5.000 personas. Pero es preciso repetir las reuniones para que todo el mundo pueda ver al Padre por lo menos una sola vez…

Se invita a los amigos y acuden familias enteras. Los más atrevidos logran hacerse con algunos micrófonos repartidos por la sala, para entablar con Mons. Escrivá uno de esos sorprendentes diálogos, en los que lo sincero de las preguntas y lo directo de las respuestas hacen olvidar las dimensiones del local.

En todas partes se reproducen esos singulares coloquios durante los cuales un joven habla de su posible vocación, un padre de familia de su preocupación por los hijos, un empresario o un obrero de su deseo de santificar su trabajo; el librero, la costurera, el periodista, la actriz, cuentan lo que hacen para cristianizar su ambiente profesional.

El Padre escucha atentamente y responde sin vacilar, como si hubiese adivinado, antes de que su interlocutor remate la pregunta, lo que más le preocupa en razón de su edad, de su situación familiar y de su puesto en la sociedad. Toda su personalidad le vuelca sobre él, pero el diálogo, a través de esa persona, se establece también con todos los presentes, como si el Padre se estuviese refiriendo a cada uno de ellos.

Es algo más que una corriente de simpatía la que une al público con la silueta negra que se desplaza vivazmente de un lado al otro de la tarima o del escenario, para aproximarse a sus interlocutores; es una unión en Cristo que prende en los corazones y les insufla un nuevo deseo de proyectar a todos los vientos el dinamismo de la alegría cristiana.

A veces, las preguntas ponen de manifiesto, con delicadeza, dramas íntimos: padres con hijos subnormales, viudas que tienen que sacar adelante una familia, profesionales sin trabajo… O esa madre de un sacerdote que se descamina, a quien la emoción le impide terminar su intervención, que tiene que ser leída por otra persona. En esos momentos, el silencio se espesa, como si se llenase de cariño a medida que el Padre va respondiendo con palabras en las que pone todos los tesoros de su corazón sacerdotal para consolar, animar y unir todo ese sufrimiento al dolor triunfante de la Cruz de Cristo. Una cruz que, si se lleva con garbo, no es una cruz cualquiera; será… la Santa Cruz.

Las lágrimas que muchos enjugan en esos momentos no nacen del sentimentalismo, sino de lo que experimenta todo cristiano cuando Dios le hace sentirse más cristiano y más hombre.

Como en México el año 1970 y en España y Portugal en 1972, Mons. Escrivá dirá una y otra vez que ha aprendido mucho con esas preguntas, sobre todo por el amor a Dios y al prójimo que revelan.

Otras veces, con sus respuestas, el Padre aligera la atmósfera, revistiendo sus palabras, siempre llenas de contenido, de un buen humor que hace estallar la risa. Luego, cuando habla del misterio de la Comunión de los Santos o de la misericordia divina, que se vuelca en el Sacramento de la Penitencia, los rostros vuelven a ponerse serios.

El Padre, delante de todos, exclama más de una vez que daría por bien empleado su viaje con tal de que hubiese convencido a uno de los oyentes de la necesidad de confesarse. Llevad a confesar a vuestros amigos, a vuestros parientes, a las personas que amáis, repite insistentemente, alzando la voz para suscitar en sus interlocutores iniciativas concretas.

Insiste en la conveniencia de confesarse con frecuencia, aunque muchos sacerdotes no hablen apenas de ese sacramento en la predicación y en la catequesis. También los niños deben confesarse, porque no es verdad que queden “traumatizados” si se les lleva a confesar cuando son pequeños.

Para apoyar lo que acaba de decir, evoca su primera confesión en Barbastro y la curiosa penitencia -nada “traumatizante”, desde luego- que le había impuesto el simpático religioso a quien su madre le había llevado: comer un huevo frito. ¡Aquel hombre valía un imperio!, termina diciendo, ante las risas de quienes le escuchan. (Muchos de ellos aprenderán la lección, confesándose ellos mismos y acercando a sus amigos al Sacramento de la Penitencia.)

Su mensaje, en seis naciones de Sudamérica, es esencialmente el mismo que lanzó en México en 1970, en España y Portugal dos años más tarde, y en todos los países europeos que ha visitado: invitación a mantener un diálogo constante con el Señor, a través de la oración y de un trabajo hecho cara a Dios; vida sobrenatural, alimentada en la gracia que confieren los sacramentos, empezando por el bautismo, que abre las puertas a esa vida -de ahí la necesidad de bautizar cuanto antes a los recién nacidos-, y siguiendo con la Confesión y la Eucaristía…

Nuestro Señor Jesucristo -repite con insistencia- está realmente, verdaderamente, sustancialmente presente, oculto en la Hostia Santa, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad.

No es difícil darse cuenta de que los consejos del Padre son los de un confesor experimentado, lleno de sentido común y de sentido sobrenatural. Lo cual, a veces, hace reír, porque lo que dice está lleno de gracejo. Así, por ejemplo, cuando aconseja a las mujeres que se arreglen y se preocupen, sobre todo con los años, de remozar un poco la fachada,-, utilizando los cosméticos previstos al efecto. Será un gesto de caridad para todos y un medio de parecer más jóvenes ante sus maridos.

Utilizando el lenguaje con prudencia, sobre todo cuando hay niños

delante, el Padre, como en todas partes, recuerda con claridad a las parejas la doctrina de la Iglesia sobre ciertos puntos clave de la moral conyugal, exhortándoles a no cegar las fuentes de la vida, pues eso les llevaría a dejar de ser cónyuges para convertirse en cómplices… Además, cada hijo trae un pan debajo del brazo, dicho de su país que le gusta repetir, porque tiene mucho de verdad.

En cuanto al aborto no duda en decir que es un crimen, recalcando cada sílaba para que quede más claro.

Con todo, las consideraciones del Padre adquieren un matiz concreto en cada nación de América, como si captase inmediatamente sus características propias. En Brasil, por ejemplo, país de dimensiones continentales, donde todas las razas se mezclan y confunden, anima a sus oyentes a prepararse para dispersarse por el mundo entero; a rezar y a trabajar por el apostolado que deberán realizar en el Brasil y desde el Brasil.

En Argentina, a partir del 7 de junio, hace una invitación parecida, evocando las vastas llanuras de la Pampa, y en Chile, recién salido de las convulsiones políticas que lo han agitado, pide a quienes le escuchan, entre el 28 de junio y el 9 de julio, que no sean cristianos pasivos, que amen a la Iglesia, que sean buenos ciudadanos de su país, que quieran bien a todos sus compatriotas; ¡sin ninguna excepción de ninguna clase! Que tengáis el corazón muy grande para ver con afecto, insisto, a todo el mundo.

Ha pedido todo esto a la Virgen en los santuarios que ha visitado: Lo Vásquez, entre Santiago y Valparaíso; La Aparecida, en Brasil; Nuestra Señora de Luján, en Argentina… En todos ellos ha pedido también, para él, para sus hijos, para los sacerdotes, para todos los cristianos, la gracia de la fidelidad y de la lealtad.

Lealtad a la Iglesia: ese será el tema central de sus consideraciones en esos países de América, como lo había sido siempre, también dos años antes en la Península Ibérica: No se puede arrancar un sillar de la Iglesia de Dios sin tirar abajo la Iglesia entera. Una de las labores que os recomiendo -que podéis hacer como la hago yo, y aún mejor, porque tenéis más amor, porque sois mejores- es que, cuando veáis que arrancan una piedra de la Iglesia, vayáis allá, os pongáis de rodillas, la beséis, y, poniéndola sobre vuestros hombros, la volváis a colocar en su sitio. -Padre, ¿cómo la colocaremos? -Con el deseo, porque nosotros no tenernos capacidad para hacer otra cosa. Sí tenemos, en cambio, deseos de santidad, de hacer bien a las almas, de ser fieles a esta Madre Buena, de hacer que no se pierda ni una gota de la Sangre de Cristo Nuestro Señor. ¡Buena labor ésta!

El Padre ha ido a Lo Vásquez la víspera de su partida de Chile, el 8 de julio. Como la noticia había corrido de boca en boca, muchas hijas e hijos suyos se le han adelantado y están ya en el santuario antes de su llegada. Todos juntos, rezan el Rosario. El Padre, de rodillas en el suelo del coro, mira fijamente la imagen de la Virgen, de tamaño natural, que, revestida con hermoso ropaje, preside el altar. Luego, rezan todos la Salve.

Impresionado por esta manifestación de fe, el Padre repetirá varias veces, antes de abandonar Chile, que los chilenos saben rezar. No en vano ha recomendado una y otra vez a quienes han querido escucharle que no abandonen la tradicional devoción del Rosario, repitiendo, con otras palabras, lo que ya decía el año 1934 en ese librito escrito de un tirón, después de la Misa, en la madrileña iglesia de Santa Isabel:

-¡De hombres es rezar el Rosario! Lo que no es de hombres es no rezar: eso es de bestias. Sólo las bestias no rezan (…) Un hijo de Dios, una hija de Dios, un hombre digno del título de hombre, se santigua, reza, se dirige a Dios, habla con El, se encomienda, pide ayuda.

Y para mejor convencer a todos, no vacila tampoco aquí en sacar el rosario del bolsillo y besar las medallas que de él cuelgan, provocando los aplausos de la concurrencia. Una lección práctica que vale más que las palabras.

Brasil, Argentina, Chile… Las reuniones, las tertulias, se han sucedido ininterrumpidamente, a pesar del cansancio que eso representa para el Padre, quien, no obstante, está dispuesto a proseguir su correría apostólica al mismo ritmo.

En Perú, a donde llega el 9 de julio, día en que se cumple el vigésimo primer aniversario de la llegada de los primeros miembros de la Obra, tiene la alegría de visitar las principales labores apostólicas: en Lima, y también en Cañete, sede central de la Prelatura de Yauyos, confiada al Opus Dei por la Santa Sede en 1957.

Procedentes de los valles y montañas próximos, centenares de campesinos de los Andes han caminado durante horas y horas, de noche y de día, para estar un rato al lado del Padre en el Centro rural de Valle Grande y en la Escuela femenina de Condoray. Indios, mestizos y criollos, campesinos y comerciantes, estudiantes y profesores, se mezclan en los coloquios, que recuerdan aquellas conversaciones del Señor cuando hablaba a sus discípulos “de las cosas tocantes al Reino de Dios” (Act. I, 3); así las describen los Hechos de los Apóstoles cuando evocan los últimos días que Jesús resucitado estuvo presente entre los hombres.

El Padre tiene las mismas palabras para todos, pues en la Iglesia todos tenemos la misma dignidad: No hay ni pobres ni ricos, no hay más que hijos de Dios.

A una empleada de hogar que trabaja en Lima le dice que su tarea, semejante a la de María, puede ser divina, no sólo porque debe realizarla con arte y con ciencia, en beneficio de la familia donde presta sus servicios, sino también, y sobre todo, porque no hay trabajo que no sea digno, santo y divino.

En efecto: el valor de una tarea no reside en su apariencia más o menos brillante, sino en el amor de Dios que se pone en ella, sea una tarea que nos coloca en la cima de la escala social o en su base.

A Dios lo encontramos en nuestra vida diaria, en nuestros momentos de cada día aparentemente iguales, de hoy, de mañana y de ayer, de anteayer y de pasado mañana. Está en nuestra comida y en nuestra cena, en nuestra conversación y en nuestro llanto y en nuestra sonrisa. Está en todo, Dios es Padre. Si queremos ir a El, lo encontraremos en cualquier momento.

Durante su estancia en Perú, el Padre cae enfermo con una pulmonía en la tercera semana de julio. No por eso deja de reunirse con cerca de mil quinientas personas en el jardín del Centro cultural Miralba, próximo a Lima, y con otros grupos de personas, uno de ellos formado por sacerdotes.

Su estancia en Ecuador, entre el 1 y el 15 de agosto, le reserva una sorpresa: es víctima del soroche, el mal de altura, que ataca a muchas personas que visitan Quito, la capital, situada a más de 3.000 metros de altitud. El mal persiste, obligándole a partir antes de lo previsto, sin haber podido reunirse con todos los que esperaban verle y oírle: miembros de la Obra, parientes, cooperadores, amigos…, aunque no deja de tener tres o cuatro reuniones.

El Fundador del Opus Dei, que tantas ganas tenía de proseguir allí la tarea iniciada en Brasil, Argentina, Chile y Perú, físicamente lo está pasando mal. Pero no deja de aprovechar todas las circunstancias para meterse más y más en Dios. Habla con dificultad -antes de las dos reuniones que ha celebrado con dos grupos reducidos, ha habido que aplicarle oxígeno- y, en contra de lo habitual en él, su voz es débil, aunque todavía le queda humor para bromear:

-Es que no soy un hombre de altura…

Luego, ya más serio, continúa diciendo que el Señor juega con nosotros los hombres, como un padre con un niño pequeño. Ha dicho: éste, que está tan enamorado de la vida de infancia, de una vida de infancia especial, ahora se lo voy a hacer sentir yo. Y me ha convertido en un infante (…) Pero ahora debo predicarle sonriendo, y con mi pobre conducta, porque siento la protesta del niño que tiene que ir cogido de la mano de papá y mamá. Y a mí me gusta andar corriendo… ¡Qué humillación, ¿eh?! (…)

Jesús, acepto vivir condicionado estos días y toda la vida, y siempre que quieras. Tú me darás la gracia, la alegría y el buen humor para divertirme mucho, para servirte, y para que la aceptación de estas pequeñeces sea oración llena de amor.

La pena que sienten sus hijos e hijas al saber que no se encuentra bien y que va a acortar su estancia hace que estén todavía, si cabe, más atentos a lo que dice y hace en esos quince días, en los que el Padre, al aceptar con tanta sumisión la voluntad de Dios, les está dando la más hermosa de las lecciones, la mejor de las “catequesis”…

Muy cansado, y todavía afectado por las secuelas del soroche, el Padre llega a Caracas el 15 de agosto. A pesar de todo sigue recibiendo a grupos muy numerosos de hijos suyos, en especial los últimos días, el 29 y el 30 de agosto. Lo que más siente es no poder prolongar y multiplicar esas reuniones… Un día, en que se encuentra muy cansado, uno de sus hijos le oye murmurar en voz baja: Vultum tuum, Domine, requiram!

Son unas palabras del versículo 8 del Salmo XXVI, que siempre alimentan, pero desde hace algún tiempo todavía más, su diálogo con Dios y constituyen una manera de ofrecerle estas nuevas limitaciones que Él le impone y de manifestarle su deseo de unirse definitivamente con Él, al final de una larga vida a su servicio:

-¡Señor, tengo unas ganas de ver tu cara, de admirar tu rostro, de contemplarte…! Te amo tanto, te quiero tanto, Señor…

De regreso a Roma, Mons. Escrivá de Balaguer sigue teniendo ante los ojos el maravilloso espectáculo de tantas iniciativas apostólicas y tantos miles de personas como ha visto en los seis países de América que ha visitado, países en los que, veinte años antes, el Opus Dei no era nada.

Ha procurado con todas sus fuerzas, e incluso sacando fuerzas de flaqueza, transmitir a esas almas las riquezas que guarda en su corazón: la doctrina de la Iglesia y el espíritu recibido de Dios. Ahora, cuenta con que sus hijos e hijas sabrán tomar el relevo.

Las cartas que recibe de aquellos países le confirman que el apostolado está recibiendo un poderoso impulso. Verdaderamente, el Señor sabe hacer bien las cosas… En aquellas tierras fértiles, se ha excedido en generosidad.

Te agradezco, Señor, que hayas procurado que yo comprenda, de manera evidente, que todo es tuyo: las flores y los frutos, el árbol y las hojas, y esa agua clara que salta hasta la vida eterna.

“Gratias tibi, Deus!”

¿En qué piensa el Padre cuando se encuentra en una de esas salas repletas de un público tan diverso?…

“¿No te da miedo subir al escenario y hablar a tanta gente?”, le había preguntado un día su sobrina, de ocho o nueve años, con la osadía propia de su edad.

Ciertamente, la idea de ofrecerse como espectáculo le repugna. Sólo le empuja a hacerlo el deseo apasionado de fortalecer la fe de tantas almas como ya se benefician, en mayor o menor grado, de la influencia espiritual de la Obra, pero que, al vivir en un mundo desquiciado, ven poner en tela de juicio todos los días las verdades más elementales.

¿En qué piensa cuando contempla esos miles y miles de hombres y de mujeres que le escuchan con apasionada atención, con un cariño que enseguida advierte? Tal vez, cuando extiende las manos al final de esas reuniones, para dar la bendición a todos trazando la señal de la cruz sobre sus cabezas, Josemaría Escrivá evoque aquellos tres estudiantes que asistían a la bendición con el Santísimo Sacramento en una vieja capilla del asilo de Porta Coeli, un día de enero del año 1933. Pero, sin duda, ve también, con los ojos del alma, los millones de hombres y mujeres que continuarán abriendo el mismo surco de paz en el mundo, como los miles que ahora le escuchan.

Y así, la tradicional bendición de viaje se ensancha y amplifica para ponerse a la altura de aquel inmenso continente, haciéndose “patriarcal”:

En Brasil: Que os multipliquéis como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestras montañas, como las flores de vuestros campos, como los granos aromáticos de vuestro café…

En Argentina: Para toda la tierra Argentina, paro aquellos bosques maravillosos del Paraguay, para aquella tierra del otro lado del Plata (Uruguay), para vuestros hogares, para vuestros hijos, paro las guitarras de vuestros hijos, y para la alegría de vuestros corazones…

En Chile, el Padre concluye: Voy a bendecir ahora vuestros cariños buenos y nobles, vuestras amistades limpias, vuestras ilusiones grandes, científicas y apostólicas, y también vuestras diversiones… Y vuestros hogares futuros, y a vuestros padres… En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

La sonrisa de África. Un homenaje a Ryszard Kapuscinski

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Ismael Martínez y la Fundación Schola muestran otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco

Opus Dei -

Y es cierto, la sonrisa debe ser profundamente humana. Porque África es también un continente más allá de los estereotipos del drama. Por eso, en esta exposición itinerante  se muestra la vitalidad de Benin y Togo, dos pequeños países del oeste africano.

Ismael Martínez (Jaén, 1973) -fotoperiodista por la Universidad de Navarra- muestra otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco en esta serie sobre la que la fotógrafa y galerista Rene Maisner, hija de Ryszard Kapuscinski, ha dicho: “Refleja el movimiento y la emoción del mundo ordinario. Es lo cotidiano en diferentes ángulos y distancias: a veces sólo el rostro, a veces sólo siluetas y actividades. Son escenas corrientes con un lenguaje vital, emocional y poético. El día a día de cualquier calle africana. Es el África también real de la sonrisa y la esperanza. Por eso, estas fotos de Ismael Martínez son humanas; y al ser humanas expone -de alguna forma- aquel deseo de mi padre de hacernos ver la humanidad del otro y, al verlas, de hacernos más humanos a nosotros mismos. Estas imágenes muestran una relación de entendimiento recíproco, de empatía, que descubre en la mirada de lo cotidiano el alma de la humanidad”.

Harambee (“todos juntos” en swahili), es el grito de los pescadores cuando acercan sus redes a la orilla. Pero es algo más que un grito. Es un proyecto internacional solidario que promueve iniciativas de educación en África y sobre África. Harambee nació a raíz de la canonización de San Josemaría Escrivá en el año 2002 y desde entonces ha realizado 30 proyectos en el corazón africano. Proyectos sin distinción de raza, clase o religión. Proyectos que buscan crear futuro. Un futuro que, como el espíritu de los libros de Ryszard Kapuscinski, persigue Harambee en la sonrisa y en la esperanza del otro.

Dentro de la Obra

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Antes de continuar, quiero referirles una de las etapas de mi viaje por dentro de la Obra. Lo que a continuación cuento no pretende tan sólo mostrar que he trabajado duramente (aunque tampoco estaría de más, puesto que lo que presento es un informe que debe estar lo mejor documentado posible); quiero además anticipar algo que me parece de especial relevancia.

Veamos: naturalmente, he leído todo lo que se ha publicado sobre el Opus Dei en las lenguas que entiendo, comenzando por las que se usan en los documentos oficiales: algunas veces en latín, normalmente en castellano.

Reflexioné, en primer lugar, sobre ese libro que es al mismo tiempo carburante y motor de la Institución: Camino, que fue editado en su forma definitiva en 1939 (aunque la primera versión es de cinco años antes) y que merecería estar en el Guinness del mundo editorial, por sus millones de ejemplares y las decenas de lenguas en las que se ha editado, desde el quéchua del Perú, hasta el tagalog de las Filipinas. Son 999 breves consideraciones (número múltiplo de tres, en honor a la Trinidad) que tratan de tú al lector y le guían por la espiritualidad católica más clásica. En 1986, once años después de la muerte del Beato, se editaron otras mil consideraciones, recogidas bajo el título de Surco. Al año siguiente salieron otros 1.055 puntos, bajo el nombre de Forja. También se deben a Escrivá otros libros (por ejemplo, uno sobre el rosario: un millón de ejemplares vendidos), pero es en estos tres donde se encuentra el cogollo de su pensamiento y, por tanto, del Opus Dei.

Me ocupé no sólo de los escritos publicados (tanto a favor como en contra) sino también de otros informes, incluso de los difundidos a multicopista y de los mecanografiados. Les doy mi palabra de que ninguna de mis peticiones de información ha sido rechazada. Han puesto a mi disposición sus míticos archivos y todo lo que les he pedido.

Concertaron citas con las personas con quienes yo deseaba conversar. Desde un guardia de tráfico de Nápoles, miembro de la Obra, al casi inaccesible Prelado. Precisamente, con él estuve durante casi dos horas (privilegio nada frecuente, me aseguró mi acompañante «interno»), y pude preguntarle todo cuanto quise, en su despacho de Roma.

Me hospedé por un periodo no breve en la Residencia universitaria internacional, situada en el barrio romano del EUR. Es una «obra corporativa» (término que explicaré) donde compartí con los miembros que la dirigen y que desarrollan su función de tutores de los estudiantes (tarea que se añade a su trabajo profesional, que realizan «fuera»), además del reposo nocturno en la sencilla pero funcional suite que se me asignó, las comidas y las tertulias. Este último es un término castellano que, en el lenguaje «interno», indica la breve reunión que, en todos los centros, sigue al almuerzo y a la cena: un rato sentados en los sillones y sillas de la sala de estar, para intercambiar comentarios e impresiones, en una conversacion amistosa.

Las tertulias tenían lugar en compañía de los residentes, si los hay (como era mi caso), en ese clima de «normalidad», de «vida de familia», de «casa como las demás» que defienden como una característica esencial. El Opus Dei nació en la casa del entonces jovencísimo don Josemaría: un hogar burgués del Madrid de los años veinte y treinta, cuidado por la madre y la hermana del futuro beato. De aquí procede también esa búsqueda de «decoro», propio de una casa de familia normal, y que distingue los ambientes donde se recibe a los huéspedes y se convive. La pobreza (y les aseguro que he podido comprobarlo de visu) se vive, sí, pero «en la trastienda», en las habitaciones de los miembros de la Obra o en los lugares que normalmente sólo usan ellos (aunque no existe «clausura» de ningún tipo, inconcebible para el espíritu laico de la Institución). «La penitencia debemos practicarla nosotros, no imponerla a los demás», decía Escrivá, y recomendaba un «ascetismo sonriente», tanto más meritorio cuanto menos proclamado.

Visité también en Roma un Centro de mujeres (otra residencia universitaria). Tuve allí la posibilidad de formular todas las preguntas que quise, tanto a las empleadas que no pertenecen al Opus Dei como a las jóvenes residentes, que en su mayoría tampoco pertenecen a la Obra. Allí, como en los demás lugares donde hay mujeres de la Prelatura, mi ojo entrenado de cronista no pasó por alto un detalle: señoras (supernumerarias) y señoritas (numerarias y agregadas) vestidas con gusto, con un estilo muy lejano al de «monja disfrazada»; mujeres que no se distinguen -en cuanto al lookde otras de condición social semejante.

Pero cuando se sentaban (con elegancia, ca va sans dire…), cuando la falda dejaba descubiertas las rodillas, se notaba la marca que deja el rezar mucho arrodillado. Y -como signo de un «estilo» espiritual- al darse cuenta de haber sido descubierta, se cubría en seguida con cierto sonrojo, por temor a la ostentación devota.

A lo largo de mis «inspecciones», no dejé de lado a «Torrescalla», imponente y moderna residencia milanesa al servicio de los estudiantes del vecino Politécnico.

Pasé también un día entero en esa gran «obra corporativa» que es el Centro ELIS, situado desde 1965 en el popular barrio del Tiburtino. Es uno de los más grandes, eficientes y prestigiosos centros de formación profesional de Roma, e incluso de Italia, con residencia para jóvenes obreros y artesanos, centros deportivos (pasan por él cincuenta mil chicos cada año, la mayoría «externos») y biblioteca.

Junto a este Centro, las mujeres de la Prelatura dirigen una Escuela de hostelería profesional. Tanta es la fama de la Escuela que las chicas, al salir, encuentran trabajo inmediatamente al menos en el 90% de los casos. Las restantes, lo encuentran poco tiempo después.

El estilo de esa Escuela se refleja en detalles como los siguientes. Entre las materias que allí se imparten está la preparación de dulces -agradables a la vista y sabrosos al paladar- a partir de ingredientes baratos. Se aprende también el arte de transformar una casa modesta en un apartamento acogedor usando con sabiduría la tapicería, cortinas, luces, disponiendo todo con buen gusto y con otros pequeños detalles, todos rigurosamente baratos, do-it yourself. He aquí de nuevo el «hacer las cosas bien», el «causar buena impresión» con poco, ahorrando en todo menos en trabajo e ingenio.

El ELIS fue construido en terrenos y con fondos puestos a disposición por Juan XXIII, que utilizó el dinero recogido en todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII. Fue inaugurado por Pablo VI y visitado con admiración por Juan Pablo II (en el Opus Dei están muy orgullosos de estos «patrocinios» pontificios, que confirman la benevolencia de Papas tan distintos). Esta Escuela ha formado profesionalmente a millares de chicas y chicos, y ha desarrollado y desarrolla, en la economía romana, algo parecido a lo que representó la Valdocco de don Bosco, con sus escuelas para obreros y artesanos, en la Turín del siglo diecinueve.

Completa el conjunto una iglesia que funciona como parroquia del barrio, confiada al clero de la Prelatura.

Asistí en esa iglesia a una misa dominical: buenas obras de arte contemporáneo (hoy en día, no es preciso buscar mucho para encontrar objetos de arte sacro que no ayudan a rezar, sino a pedir a Dios que perdone al supuesto artista); gran cantidad de flores; liturgia impecable, fiel a las disposiciones oficiales y no entregada a la «creatividad» ni al estado de ánimo del sacerdote del lugar; un coro de jóvenes del barrio perfectamente dirigidos y asistidos por un organista profesional; un grupo de sacerdotes concelebrantes de varias nacionalidades y etnias…

Un lugar y al menos una hora a la semana de belleza y de dignidad «reales» para la gente de uno de los barrios más desolados de la ya de por sí inhumana periferia romana. La asistencia a aquella misa me confirmó que hasta una ceremonia puede ser también una «actividad social», y no de poca monta: dar a quien lo desee la oportunidad de participar en algo muy diferente -incluso por su armonía externa- de la fealdad cotidiana.

En mi viaje de inspección, también conversé en Roma con profesores y estudiantes del Ateneo romano de la Santa Cruz. Este centro, creado inicialmente como «cabeza de puente» en Roma de la Universidad de Navarra, se dirige a grandes pasos a convertirse en una universidad pontificia, como el Laterano o la célebre Gregoriana de los jesuitas. En sus facultades de Filosofía, Teología y Derecho canónico, estudian miembros del Opus Dei y también seminaristas y sacerdotes enviados por obispos de todo el mundo, que buscan solidez doctrinal. Un taller teológico donde se ponen a punto los motores de esos panzer a los que se refería don Giussani; y donde se enseña el modo de conducirlos -de acuerdo con el estilo de la Obra- suave pero con decisión: con una decisión que consiste en seguir adelante por el camino propio, evitando cuidadosamente polémicas y contraposiciones con «áreas» católicas orientadas de otro modo.

La Facultad de Teología de este ateneo, de importancia «estratégica» para toda la Iglesia, se ha querido, tenazmente, levantar aquí, en la misma ciudad del Papa. Su programa dice lo siguiente: «Nos proponemos profundizar y exponer sintéticamente, con método científico, la doctrina católica (…). Se pretende formar expertos en la ciencia de la fe …».

Recordarán quizá las ironías de Benedetto Croce sobre la teología: «estas palabras que se ocupan de cosas que no se sabe si existen…». En el Opus Dei no se pone en duda si esas cosas «existen». Y quizá, si se les preguntara, responderían con ironía, recordando que muchas de las «certezas» de filósofos y sabios, que creyeron haber descubierto la «verdadera verdad», acabaron en el cajón de las curiosidades para eruditos. Lo cierto es que aquí están totalmente convencidos de que «la teología es una ciencia que puede y debe ser enseñada científicamente…».

La nueva sede del Ateneo, en el antiguo e ilustre edificio de San Apolinar, se halla en plenas obras de adaptación, pues el Opus Dei va ocupando, incluso físicamente, los espacios que quedan libres por el «cierre» de otras realidades católicas. Para que se hagan idea de cómo se funciona por allí, en la entrada del edificio un aviso indica que para asistir a las clases los sacerdotes diocesanos deben vestir la sotana o el clergyman, y los religiosos el hábito de su orden.

Es un aviso sólo para «los demás», ya que nunca se han visto sacerdotes del Opus Dei en vaqueros, camiseta, etc., y ni siquiera con camisa y corbata, como visten tantos otros sacerdotes, convencidos de que la gente desea verlos «como ellos» en todo, comenzando por el modo de vestir (y vaya usted a saber si es cierto que la mítica «gente» los quiera así, y no preferirá, en cambio, que el sacerdote, el consagrado, continúe esforzándose por ser reconocible a primera vista como «distinto», en el sentido de que ha de dar testimonio de una realidad «distinta», más respirable y más prometedora que la cotidiana).

Sea como fuera, el clergyman o la sotana son indispensables para los sacerdotes de la Prelatura. Como lo son para todos los demás, como indican las leyes de la Iglesia. Así lo dice el nuevo Código de Derecho canónico de 1983 (nada sospechoso porque es la expresión más cabal del aggiornamento conciliar, hasta el punto de haber suscitado discrepancias y sospechas entre los tradicionalistas): «Los miembrosdel clero vistan decentem habitum ecclesiasticum, según las normas emanadas por las Conferencias episcopales…»). Así deben vestir si desean aprovechar este ateneo que, según me confirman los estudiantes, da mucho (no sólo estudios sólidos, sino también ayuda concreta para instalarse en Roma y asistencia «tutorial» en horas no lectivas), y también exige lo mejor, al menos en el plano del esfuerzo.

Una seriedad que, una vez más, acaba por dar fruto: las cifras certifican el crecimiento habitual que presentan las cosas del Opus Dei. En 1984, cuando el ateneo abrió sus puertas (discretamente, como «centro académico», simple sección romana de la Universidad de Navarra), los estudiantes no llegaban a cuarenta. Diez años después, en 1994, los inscritos son ya casi 600, de cincuenta y cinco nacionalidades, dividos en partes iguales entre estudiantes europeos y de otros continentes.

Créanme: este ateneo parece destinado a ser una pieza clave en la formación de la clase dirigiente de la Iglesia del Tercer Milenio, aunque esto es algo que los de la Obra no reconocerán nunca, escudándose en eso que llaman «humildad colectiva». Por otra parte, es evidente que no escribo para ellos; todas estas cosas las conocen perfectamente, aunque no las digan, y se esfuerzan tenazmente por llevarlas a la práctica. En el Ateneo Romano de la Santa Cruz se emplean los métodos pedagógicos más avanzados y un instrumental de vanguardia, pero lo que se enseña está en la línea de la fidelidad más absoluta al Magisterio. También en estos tiempos que llaman «posmodernos» la Tradición, con mayúscula, parece revelarse como el camino más directo hacia el futuro. Como ya se dijo, el futuro podría ser lo que los obnubilados por lo «nuevo» pensaban que representaba el pasado.

Es el mismo cocktail vigoroso (tradición en los contenidos, modernidad audaz y pragmática en las formas) que, en dimensiones más grandes y complejas de lo que por ahora tienen en Roma, he encontrado en otra etapa, la que me ha llevado a la antigua capital del reino de Navarra. Me refiero a Pamplona, que para tantas personas no está ligada al recuerdo de la herida que en 1521, defendiendo la ciudad frente a los franceses, sufrió el aún «mundano» hidalgo Ignacio de Loyola; ni tampoco al breve obispado del poco edificante César Borgia llamado el Valentino, hijo del Papa Alejandro VI, el brillante y cruel aventurero que encendió las ilusiones de Maquiavelo. Pamplona está ligada en la mente de muchos no a la historia religiosa, sino a las páginas sobre toros de Hemingway, a las imágenes ruidosas del encierro, con los toros libres por las calles de la ciudad, persiguiendo a miles de jóvenes que buscan la emoción del desafío a la muerte.

Folclore hispánico, mucho más rico de valores, de significados humanos y simbólicos, y de resonancias religiosas, de lo que alcanza a sospechar el superficial iluminismo de los escandalizados animalistas; mucho más de lo que puedan entender, dentro de la misma Iglesia, algunos frailes liberales, que rebajan la grandeza de Francisco de Asís al convertirlo en precursor en escayola nade los «verdes» y los «bestialistas» contemporáneos.

En cualquier caso, ese folclore hispano no parece tener sitio en el vasto campus de la Universidad de Navarra, con treinta mil árboles, cuatrocientos mil cuidadísimos metros cuadrados de arbustos, flores y césped. El ambientalismo (rechazado cuando se transforma en ideología, en un «ismo» como tantos otros) se practica en los hechos, no en los manifiestos. En este vasto campus surgen los modernos eficicios de las facultades y de los Colegios Mayores, dominados por el edificio de Rectorado, también moderno, pero que con torres, escudos, tímpanos, escalinatas, evoca los ecos gloriosos de una España católica e imperial. De una España consciente de sus deberes por el papel providencial que le corresponde en el mundo, y también en la Iglesia. No es casualidad que hoy día, la mayoría de los católicos hable ese castellano que, según Carlos V (¿o Felipe II?, aún se discute), es un idioma familiar en el mismo Cielo…

Iniciada en 1952, querida con insistencia por el beato Escrivá que, hasta su muerte en 1975, fue su Gran Canciller, esta universidad tiene sobre todo el mérito histórico de haber roto el secular monopolio estatal impuesto por el laicismo español en la enseñanza superior, con tal centralismo jacobino que sólo era posible doctorarse en la universidad controlada a la vista del gobierno, en la de Madrid.

Hoy, en Pamplona, se estudia Derecho, Medicina, Enfermería, Filosofía y Letras, Farmacia, Química, Biología, Derecho canónico, Ciencias de la información, Arquitectura, Filología, Económicas y Empresariales. Y se estudian de tal modo, con tal organización y asistencia de los alumnos, que una reciente investigación de la Comunidad europea clasificaba al campus de la Universidad de Navarra, niña de los ojos del Opus Dei, entre los mejores en absoluto, si no el mejor, del continente. Funciona aquí también el consejo de Escrivá: «Todo lo que hagas hazlo bien. A Dios no se le pueden ofrecer chapuzas».

La universidad ha cambiado la vida de esta ciudad de menos de 200.000 habitantes: casi medio millón de personas va y viene cada año por motivos ligados de algún modo a la universidad. Después de desembarcar en el pequeño pero moderno aeropuerto de Pamplona, el cronista que esto escribe fue tomado a cargo del profesional gabinete de relaciones públicas, al que trabajo no le falta, dada la frecuencia de visitantes y de delegaciones internacionales.

Las impresoras del ordenador sacaron para el periodista todos los números, los gráficos, los diagramas que deseaba, anticipándose con frecuencia a sus peticiones. Espiguemos de aquí y de allá algunas cifras. En las distintas facultades estudian unos 15.000 universitarios (el 10% proviene de otros países). Es un número programado, porque se considera lo suficientemente elevado para ofrecer los servicios adecuados, y al mismo tiempo suficientemente reducido para evitar la masificación y favorecer esa relación personal que está entre los objetivos que el Opus Dei, desde los comienzos, pretende conseguir en cualquier actividad, y no sólo en esta universidad «suya».

Así, en los colegios universitarios, o en los centros de formación profesional, o en las actividades de apostolado, las personas se subdividen siempre en grupos poco más numerosos que la decena de miembros, huyendo (también cuando el trend cultural iba en dirección contraria) de los mitos de la «asamblea», del «colectivo», de la «masa». Cada uno es atendido personalmente, en su formación religiosa, moral, cultural, profesional: el rechazo cristiano del «comunismo» y la elección del «personalismo», la repulsa del anonimato y la preocupación por el individuo (visto como una pieza «única» en los designios de Dios), forman parte de los trazos fuertes del planteamiento de una Obra que curiosamente nació en el siglo de las utopías colectivistas.

Creo que, como André Frossard, el célebre converso francés, también Escrivá estaba totalmente convencido de que «el Dios cristiano sabe contar sólo hasta uno». Y que Dios no se ocupa de la humanidad, sino de hombres concretos, cada uno con su nombre y sus apellidos; que no conoce «clases», «partidos», «razas», sino sólo individuos, iguales en derechos y deberes y al mismo tiempo irrepetibles, inimitables, inconfundibles.

Continuemos con las cifras de este lugar de «formación» más que de simple «estudio», y que por este motivo se declara «centrado en la persona». Los 1.900 profesores (uno por cada diez estudiantes, además de un gran número de jóvenes que se dedican al tutoring); casi 4.000 empleados; 18.000 solicitudes de admisión para las 2.000 plazas convocadas cada año; 43.000 licenciados en sus 40 años de actividad.

Además, desde 1958 funciona en Barcelona -capital económica de España- el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE), que se ha convertido en uno de los centros más prestigiosos de Occidente para la formación postuniversitaria de dirigentes empresariales, y que organiza masters con prestigio internacional. En 1993, contaba con 117 docentes de quince nacionalidades y sólo 420 alumnos recién licenciados, seleccionadísimos, procedentes de 34 países, que participaban en los cursos de 21 meses de formación intensiva para cargos directivos. Nos encontramos también aquí, sin complejo alguno, en el mismo corazón de la modernidad más avanzada, en un management que sabe convivir con misa y rosario. La presentación del instituto a los alumnos potenciales muestra en seguida ese espíritu específico: «La dirección de empresa es una tarea confiada a personas y orientada a otras personas. La enseñanza en el IESE subraya siempre los aspectos humanos, éticos, de conciencia, en cualquier decisión empresarial. La máxima profesionalidad debe convivir con el constante espíritu de servicio hacia las personas».

Quizá el periodista italiano sospeche que todo esto se ofrece a una elite, y confirme la fama de exclusivismo de la Obra, preguntan mis acompañantes. Pulsan entonces unas teclas y aparecen en la pantalla del ordenador algunos diagramas. Según las estadísticas relativas al año 1992-93, los estudiantes proceden en su mayoría (44%) de familias de baja renta, otra buena parte (40%) de familias de renta media y sólo el restante 16% procede de familias de renta alta. Otro gráfico revela que, en un año-tipo, gozan de beca parcial o total de matrícula un tercio de los alumnos, y la universidad destina 350 millones de pesetas a becas, exención de tasas y otros tipos de ayudas, incluido el hospedaje en los Colegios mayores, para que nadie deba «buscarse la vida» si viene de lejos ni -peor aún- renunciar a los estudios porque no sabe o no consigue establecerse por su cuenta.

Pregunto entonces: ano será que se pretende dar una imagen filantrópica gracias al dinero público, en una universidad reconocida por el Estado, que concede títulos con plena validez, y al mismo tiempo es privada? En un instante tengo en pantalla los datos correspondientes: la contribución del Estado español alcanza un 0,2%. No, no es un error: es el cero coma dos por ciento. La Universidad de Navarra (la única hasta hace pocos años en esta zona periférica de la península, al servicio de todo el país pero sobre todo de las poblaciones de la zona donde ha querido establecerse) se financia en el 85% con las tasas de inscripción, el 11% con las ayudas recogidas por la Asociación de amigos de la Universidad (en la que entran espontáneamente antiguos alumnos cuando se licencian, con el deseo de que otros jóvenes experimenten lo que a ellos se les ha dado y, como resulta claro, no les ha disgustado), y el 2% con subvenciones de entes locales, públicos y privados.

Sólo la mitad de los profesores pertenece al Opus Dei (menos numerosos en «su» universidad de Pamplona, que los miembros de la Obra que ocupan cátedras en las universidades estatales españolas), y la formación moral y religiosa no es más que una propuesta a los estudiantes, sin obligatoriedad alguna.

Es un clima que funciona, como lo demuestra el dato que me facilita el rector: en cuarenta años de actividad, desde 1952 a 1992 -incluidos los años en torno al 68-, la Universidad de Navarra ha parado por agitaciones estudiantiles durante doce días en total, poco más de un día cada cuatro años. Para esto, no ha necesitado recurrir a medida represiva alguna (aparte de la disciplina tradicional, la vigente en cualquier escuela de cualquier tipo y grado antes del cupio dissolvi contestatario, que no se abandonó aquí). La media de las universidades estatales españolas supera cinco veces esa cifra cada año.

Para completar el cuadro: un profesor me explicó, con sencillez desarmante, lo que a su juicio constituía el secreto de la estabilidad y la seriedad reinantes en Pamplona durante los años en los que todos las universidades del mundo -católicas incluidas- fueron devastadas por la locura del 68. «Sabe -me decía-, nos hemos confiado más que nunca al Espíritu Santo, para que inspirase a estos pobres jóvenes que corrían el riesgo de caer, como sus compañeros, en las manos de los malos maestros de la época…».

Una «explicación» que describe bien el extraordinario (empleo esta palabra en sentido literal, para que cada uno juzgue como quiera) habitat del Opus Dei: preparación profesional de vanguardia y devoción tradicional, ordenadores y novenas al Paráclito…

En el plano afectivo (además del de la eficacia organizativa, unida siempre, como enseñó el beato Escrivá, al «ambiente de familia»), me ha parecido, sin embargo, que el corazón del campus de Pamplona estaba en los edificios de la Clínica universitaria. Almorzando en la cafetería para médicos, enfermeros e invitados, he tenido como vecinos de mesa -por casualidad, pero no deja de ser significativonada menos que al Rey y a la Reina de todas las Españas. En efecto, el padre del Rey Juan Carlos, gravemente enfermo, decidió ingresar no en una sofisticada clínica privada ni en un hospital público, sino en esta clínica que, aunque dé cobijo al Rey, sigue estando abierta a cualquiera. Con el único límite, se entiende, de las posibilidades de espacio: como es fácil imaginar, las peticiones son muy superiores a la capacidad.

A un italiano no puede dejar de venirle a la cabeza una coincidencia: 120 años después de la brecha en Porta Pía (1), que iba a traer a Roma la «nueva civilización», expulsando las pesadillas del «milenario oscurantismo y malgobierno de los curas», resulta que los ciudadanos de la Ciudad Eterna están dispuestos a conseguir como sea una recomendación -incluso con subterfugios- con tal de ser ingresado o ingresar a sus parientes no en los hospitales públicos (¡Dios nos guarde!), sino en el gran policlínico «Agostino Gemelli», reconocido oasis de eficiencia, humanidad, modernidad en las vueltas y revueltas dantescas de la sanidad italiana, tal como la han dejado políticos «progresistas», partidos «democráticos», sindicalistas «defensores de los trabajadores» e intelectuales «ilustrados».

Después, estos mismos políticos, sindicalistas e intelectuales evitan con sumo cuidado acudir al sistema angustioso que ha salido de sus esquemas demagógicos: dejan esa sanidad, generosamente, toda para el «pueblo», por el cual, está claro, combaten. En cuanto a ellos, en caso de necesidad, no se avergüenzan de acudir a monseñores y a monjas con tal de obtener un puesto en una clínica de religiosos que se libró de la reforma, o al mencionado Gemelli. El cual, mire usted por dónde, es la clínica de la facultad de medicina de la Universidad Católica italiana.

Lo mismo sucede en Pamplona, me confirmaba sonriendo el director general de la clínica, un «numerario», con el que cometí una metedura de pata que confirmaba lo poco que había comprendido aún del espíritu del Opus Dei.

Es un hombre de buena presencia, delgado y deportivo, bien vestido, con un despacho elegante e informatizado, con una vista preciosa sobre las zonas verdes del campus. Comencé mi entrevista con un «Como es obvio, usted es médico…». «Como es obvio, no soy médico sino economista», me replicó amable pero inmediatamente, compadeciéndose de mi ingenuidad.

Un manager, en suma, para una empresa-hospital con 1.300 empleados: trescientos médicos que trabajan sólo en la clínica, renunciando a las consultas privadas; 12.000 enfermos al año en las 500 habitaciones, buena parte de ellas individuales, con la posibilidad de acoger a un pariente también durante la noche, y las demás dobles; 90.000 consultas externas cada doce meses; una escuela para medio millar de enfermeras; un centenar de trasplantes de corazón; más de quinientos renales; una experiencia consolidada también en los de hígado (los más difíciles, me comentan)…

Ninguna subvención del Estado, ni siquiera el 0,2% de otras facultades. Y, sin embargo, un balance siempre en activo gracias al pago de las prestaciones -como sucede en los hospitales estatales y regionales- a cargo de mutuas y aseguradoras. Los beneficios se invierten íntegramente en investigación y modernización de las instalaciones.

También recibe -una constante de las «obras corporativas» del Opus Dei, como he podido comprobar- la colaboración económica por parte de los miembros de la Obra y de otros muchos amigos, algunos no católicos o ni siquiera cristianos, convencidos del valor social de una actividad semejante. En cualquier caso, se aplica aquí -como en las demás iniciativas de los hombres y las mujeres de la institución- el dicho español que reza: «que cada palo aguante su vela». Cualquier actividad debe encontrar por sí misma los medios para financiarse, siguiendo los principios de la profesionalidad y no del asistencialismo. Aunque no se rechazan, lógicamente, las aportaciones de caridad.

No me callo lo que un paciente tiene a disposición en esta clínica. Saltaré -porque es obvio- que lo que aquí encuentra no lo encontraría en una estructura hospitalaria pública, no sólo en España o Italia, sino probablemente en todo el mundo.

La cosa es bien sencilla. Todas o casi todas las proclamas, las promesas propias de cualquier político o pensador engagé en un mitin o en una mesa redonda sobre la sanidad ideal (humanización, atención a la persona; profesionalidad; cuidado de las cosas grandes y de las pequeñas; respeto a un ética «universal» antes que a la «católica»; los trabajadores -desde los jefes de departamento a los encargados de limpieza-, vistos como «colaboradores» más que como «dependientes», conscientes de que el cumplimiento de sus deberes es condición indispensable para la tutela de sus derechos; organización sin pesadez burocrática; apertura al exterior, a las familias y a los amigos, para evitar el aislamiento y la formación de ghettos de enfermos; concepto intregral de asistencia médica, que no se fija sólo en la máquina-cuerpo que debe repararse, sino en que hay que ayudar a un individuo a que se cure en toda su personalidad…), es decir, todo aquello que en otros lugares se queda casi siempre en flatus vocis, deseo ineficaz, promesa electoral, en la clínica de Pamplona al menos se intenta poner en práctica. No digo que lo consigan. Pero al menos afirman que, todos ellos, lo intentan cada día, según otro frecuente consejo del beato: «comenzary recomenzar>.

Las palabras son palabras; los hechos, hechos. Y entre estos últimos, algunos son más reveladores que otros. Por consiguiente, permítanme que lo diga tal como lo siento: antes o después, cada uno tendrá que enfrentarse con la fragilidad del cuerpo, como es natural. Pues cuando llegue ese momento, también aquellos que miran con sospecha y hostilidad al «mundo católico» (y quizá especialmente a realidades «integristas» como el Opus Dei) desearán para sí mismos y para sus personas queridas acabar en una estructura «como la de Pamplona», en vez de esas otras donde rige la cultura de los derechos y las reivindicaciones que, en la práctica, no reconocen deber alguno; la cultura de los panfletos ideológicos, del igualitarismo abstracto, de las protestas sindicales, de la división política de sectores de influencia, de los programas electorales. ¿Es esto «apologética»? ¿O no será más bien realismo? Estas son las ideas que me venían a la cabeza cuando recorría los pasillos limpios como un espejo de la Clinica Universitaria de Pamplona, y veía al personal con uniformes impecables, las habitaciones bien instaladas y silenciosas, los trabajadores en actividad, los cuartos de baño tan relucientes como los de un hotel.

Quizá era esto lo que quería decirme uno de los docentes de medicina, un «supernumerario», aludiendo no sólo a su facultad y a su clínica, sino al conjunto de la Universidad de Navarra. Lo trascribo, por lo que significa: «Con nuestras limitaciones, ciertamente, pero poniendo toda la buena voluntad y confiando en la ayuda del Dios en el que creemos -el beato Escrivá decía de sí mismo que era «un pecador», pero «que amaba a Jesucristo»-, todos nosotros intentamos construir una realidad que sirva como ejemplo. Querríamos ofrecer hechos, que son más elocuentes que las palabras. ¿No lo dice el mismo Evangelio? Un árbol bueno se reconoce por sus frutos, que son buenos. A pesar de nuestra obligada humildad (humildad que es reconocer la verdad de nuestra condición de pobres hombres, con limitaciones), desearíamos suscitar al menos una pregunta: ¿por qué lo hacen? ¿Qué o quién les empuja, sin que nadie les obligue, a trabajar tanto?».

Hay también otro «ejemplo» que querrían dar (y me refiero una vez más a lo que me contaban): un ejemplo que tenga la fuerza de la vida y de los hechos. Es el «ejemplo» del que me habló el decano de una facultad, durante un almuerzo con el Estado Mayor de la universidad, en el comedor del rectorado (sala moderna pero decorada con el estilo severo y solemne de la vieja España, y su gusto particular, entre otras cosas, por los escudos heráldicos llenos de colorido): «Este complejo de energías, de inteligencias, de actividades, quiere ser también una demostración concreta de que es posible la armonía entre la fe cristiana profesada en su integridad y la cultura más rigurosa; que el creyente no tiene que escoger entre la aceptación plena y franca del dogma católico y el trabajo a los niveles más altos de las ciencias, de las artes y de la técnica humanas».

El ilustre profesor me sugería que consultase el Ideario, una especie de «decálogo» que todos aquí -sean o no de la Obra- están obligados a respetar, ya que en sus veinte puntos se trazan las coordenadas generales del compromiso de quien acepta libremente formar parte de esta comunidad de estudio y de trabajo, desde el nivel más alto al más bajo.

Así recita uno de los primeros puntos del Ideario, el tercero: «En toda su labor, la Universidad de Navarra se guía por una plena fidelidad al Magisterio eclesiástico (…), convencida de que la auténtica investigación científica, cuando procede con métodos rigurosos y conforme a las normas morales, no puede entrar en oposición con la fe, ya que la razón -que está ordenada y capacitada a reconocer la verdad- y la fe tienen origen en el mismo Dios, fuente de toda verdad».

Volviendo a mi tour, podría añadir otras etapas y describir otras «obras», vistas o visitables; y la lista de estas últimas podría ser muy larga y sometida continuamente a ampliaciones. En todos los continentes.

Me detengo aquí no sólo por razones de espacio, pues no se debe olvidar que las «puntas emergentes» a las que me he referido aquí, estas flores en el ojal, no son de ningún modo todo el Opus Dei. Al contrario: quizá no representen siquiera su aspecto más «importante».

En cualquier caso, detenerse en ellas -o darles demasiada importancia- podría impedir entender el «carisma» auténtico de la institución. Con el esfuerzo de sus miembros -que responden en primera persona, junto con otros hombres y mujeres «de buena voluntad», con frecuencia no católicos e incluso no cristianos o no creyentes- este «carisma»

anima ciertamente actividades «extraordinarias» como las que hemos mencionado. Pero su tarea principal sigue siendo dar sentido, dirección, contenido a lo que es «ordinario», personal: el trabajo, sea cual sea, desde el más prestigioso al más humilde; la vida diaria; la aparente monotonía, o quizá mediocridad, de la vida familiar. Y por lo que se refiere al apostolado, cada miembro lo ejercita de un modo que no hace ruido, que no interesa a los medios de comunicación, porque se desarrolla cada día con el ejemplo profesional y con la palabra «acertada» dirigida a quien está a su lado: en casa, en la oficina, en la fábrica.

Tendremos tiempo de explicarlo y, si es posible, de entenderlo. Por el momento, basta con advertir que las «obras corporativas» no son «la Obra». El Opus Dei no es el propietario de esas labores, sino que acepta responsabilizarse de la orientación doctrinal y espiritual; y como indican claramente los estatutos, no podrán ser nunca actividades industriales, económicas, comerciales, ni siquiera editoriales, sino siempre y sólo dirigidas a la enseñanza, a la asistencia, a la promoción social. La Obra actúa sobre todo en la vida espiritual que cada miembro, al entrar a formar parte, se compromete a cultivar en su conciencia, y que escapa por definición al observador externo.

Anticipando algo que diremos después, se podría señalar que -entre los muchos «secretos» de que le acusan- aquí está el primer y principal «secreto» del Opus Dei. Como sucede en cualquier realidad verdaderamente religiosa, lo que no se ve es mucho más (y mucho más importante) que lo que se ve.

Una agencia para el espíritu

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Recobremos aliento, después de tantas consideraciones teológicas y espirituales: estas páginas pretenden ser de información, no deformación. Para esto último la Prelatura dispone de publicaciones de gran valor y eficacia: a ellas remito al lector, en el caso de que no le baste las explicaciones que he dado y que daré a continuación acerca del fin teológico-pastoral-espiritual del Opus Dei.

A propósito del «fin», me permito destacar que, a la vista de lo anterior, tenía yo razón cuando anticipé que en el origen de todo sólo hay motivaciones radicalmente religiosas: siempre es gratificante confirmar que uno tenía razón. De ahí la dificultad de entender la Obra cuando no se emplean categorías religiosas, cuando no se mira desde el punto de vista de quien se mueve por el deseo de emplear su vida -de cara a la eternidad, por si fuera poco- de acuerdo con preocupaciones e intereses que nacen de la fe, no del deseo de ganar dinero y de ascender.

Tampoco estaba equivocado cuando les advertí de que las cosas son mucho más sencillas de lo que aparentan o de lo que muchos creen; incluso -como bien saben- de lo que creen muchos de dentro de la Iglesia.

«Original» es, según la etimología, «lo que vuelve a los orígenes». Eso es lo que buscó Escrivá, en esto reside su «originalidad»: en regresar a las raíces. Por eso, decía que «el modo más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos».

A la postre, todo se reduce a un planteamiento de este tipo: «¿Has recibido el bautismo? Pues sé consciente de lo que significa y esfuérzate por ser consecuente, vive conforme a lo que te propone la Iglesia, que al administrarte ese sacramento te ha introducido en ese Cuerpo cuya Cabeza es Cristo. Hazte santo (puedes; todos pueden, si tienen confianza en la ayuda de Dios que no puede faltar, puesto que la “perfección” de todo hombre, de toda mujer, es una voluntad explícita suya), en el mismo sitio en el que estás y, aparentemente, sin que nada cambie. Sigue en tu trabajo, continúa con tus compromisos profesionales y personales. Recuerda que, en un planteamiento de fe, todas las ocupaciones tienen gran valor, por insignificantes que sean a los ojos de los hombres; todas son de gran importancia, aunque objetivamente sean modestas, porque su importancia depende del amor a Dios y a los demás que ponen en ellas los que las realizan. Salvo vocaciones especiales, Dios no pide singularismos, cosas raras, actos clamorosos de heroísmo: tú también estás llamado al heroísmo, ciertamente, pero dentro de ti, en un contexto íntimo, privado, de “normalidad”. Reza mucho, más aún: reza en todo momento, pero sin agobios ni exhibicionismos, transformando tu trabajo en oración, sea cual sea, ofreciéndolo por una intención sobrenatural, y cumpliéndolo del mejor modo posible por amor de Dios y a los demás».

De la búsqueda de la «santidad» deriva la necesidad -mucho más que un deber- del «apostolado». Un apostolado normal, discreto, espontáneo, «tranquilo», como es el estilo de vida cristiana del cual procede.

«Los miembros del Opus Dei ejercitan el anuncio del evangelio a sus hermanos, sobre todo por medio del ejemplo que dan a los que les rodean, a sus colegas y compañeros de trabajo, en la vida familiar, social y profesional, esforzándose siempre y en todo lugar por ser mejores». Así decía en 1950 el primer decreto eclesial de aprobación solemne de la Obra (según la figura jurídica canónica de «instituto secular», aceptada a falta de otra mejor).

Las últimas palabras de ese Decreto que he puesto en cursiva merecen una explicación. Así las comenta Dominique Le Tourneau: «El trabajo bien hecho siempre es ejemplar. El cristiano debe realizarlo con toda la perfección de que sea capaz en el plano humano (competencia profesional) y en el divino (por amor de Dios y para servir a las almas), mostrándose así como una obra bien hecha. Difícilmente se puede santificar el trabajo si no se hace bien, con la mayor perfección posible. Será casi imposible lograr el indispensable prestigio profesional, calificado por Mons. Escrivá de “cátedra desde la cual se enseña a los demás a santificar ese trabajo y a acomodar la vida a las exigencias de la fe cristiana”. De aquí la necesidad de una formación profesional constante, con objeto de adquirir toda la ciencia humana de que se sea capaz. Para arrastrar a los demás, cada cual deberá empeñarse en cumplir su tarea como el mejor y, de ser posible, mejor que el mejor».

Comienza a vislumbrarse el origen de las habladurías sobre el «poder» de los miembros del Opus Dei. Si ponen todo el esfuerzo posible en su trabajo, no es extraño que muchos acaben por destacar. Pero esta excelencia profesional es para ellos «el medio para poder ayudar a los demás». A condición, claro está, de que actúen de buena fe. Pero, ¿hay alguna razón para dudar a priori de esa buena fe? ¿Quién les obligaría a tanto esfuerzo? ¿Acaso no hay logias y clubes donde se obtiene mucho más con un coste personal mucho menor?

Hay una pregunta que, antes o después, se escucha a propósito de los miembros del Opus Dei: «¿cuál es la fuerza que les impulsa a trabajar tanto, a estar siempre al día, a ser tan buenos profesionales?».

La estrategia y el estilo de este compromiso apostólico son tan «familiares» y discretos como extraordinariamente eficaces (los resultados son elocuentes, aunque el fondo de

los corazones escapa a cualquier estadística. Así lo confirma el propio Escrivá: «Trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás, y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla -a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte…-». Es, como ya sabemos, el «apostolado de amistad y de confidencia», sin púlpitos, prédicas, retórica ni teologías abstrusas (aunque siempre dentro de la ortodoxia católica: se proporciona una continua formación específica para lograrlo); en el coloquio téte-á-téte entre dos personas; y principalmente de colega a colega, pues no en vano el trabajo es el núcleo central.

Por decirlo con una cita del beato: «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo…».

Ese es el «fin», esa es la estrategia que el Opus Dei propone a los católicos, con todas las bendiciones de la Iglesia, tanto universal como local.

Buen programa -¿quién podría negarlo?- para un creyente.

Pero también podría parecer fascinante a personas alejadas del sérail católico, ya que el porcentaje de «conversos» en edad adulta es considerable.

Y también porque, junto a la Obra, se encuentra el numeroso grupo de los «cooperadores», que -como dice una autorizada fuente- podrían definirse como: «personas que, sin ser miembros del Opus Dei, ayudan a la Prelatura con su oración -si son creyentes-, con su trabajo o con su ayuda económica. Constituyen una asociación propia e inseparable de la Obra». Y atención a lo que sigue: «pueden ser cooperadores hombres y mujeres no católicos, no cristianos e incluso no creyentes, sin confesión religiosa alguna. El Opus Dei es la primera institución de la Iglesia que llama a colaborar en modo orgánico a no católicos, no cristianos, agnósticos, ateos».

He llamado la atención sobre este último punto porque es otro de esos casos donde la realidad no corresponde en modo alguno con la imagen consolidada que tiene la Obra en la opinión pública, sospechosos de ser una especie de secta impenetrable de fanáticos katólicor (con la k incluida), defensores recalcitrantes de los decretos dogmáticos y los anatemas del concilio de Trento y del Vaticano I, intolerantes y cerrados a cualquier apertura ecuménica. Por contraste, se descubre que es «la primera institución de la Iglesia» que, entre sus «cooperadores», concede un lugar a los que hemos mencionado.

Un buen programa, repito, el del Opus Dei: desde el punto de vista religioso y también en una perspectiva humana. Pensándolo bien: ¿quién no querría tener como compañero de trabajo a un colega que se esfuerce por vivir en serio un ideal semejante? ¿Qué propietario de un coche, comprado a plazos con tanto sacrificio, si tiene una avería grave, no desearía toparse con un mecánico (o con un chapista) miembro del Opus Dei, para poder estar seguro de que le hará una reparación impecable, facturada como es debido y a un precio justo? Pero no gratis, y probablemente sin descuento. Presten atención al pragmatismo del punto 979 de Cansino: «Es condición humana tener en poco lo que poco cuesta. Esa es la razón de que te aconseje el “apostolado de no dar”. Nunca dejes de cobrar lo que sea equitativo y razonable por el ejercicio de tu profesión, si tu profesión es el instrumento de tu apostolado».

Verdaderamente, es un buen programa. Si les convence, si piensan que podría ser lo suyo, ¿qué habría que hacer para ponerlo en práctica? Les responderán que es la cosa más sencilla del mundo: basta con dirigirse a la «Prestigiosa agencia de servicios espirituales» fundada en Madrid en 1928, que desde 1947 tiene su sede central en Roma y cuenta con filiales en todo el mundo. Pónganse en contacto con la agencia y -además del impulso misterioso y gratuito que les ha movido a tomar esa resolución: la «vocación»- apliquen su buena voluntad, su disponibilidad. De lo demás se ocupará la agencia en cuestión.

No se trata de una broma: tras haber leído, visto, indagado e interrogado, mi opinión es que así son las cosas. Si esta opinión fuera correcta, se aclararían también algunas facetas de la Prelatura que suscitan sorpresa y desconfianza.

El joven sacerdote contempló dos cosas en aquella famosa «visión»: 1) la posibilidad -más aún, la necesidad- de que todos los bautizados se santifiquen a través de su trabajo, cualquiera que sea, y de su vida ordinaria; y en consecuencia, la posibilidad -que también aquí es necesidad- de ser misioneros de su fe, «apóstoles»; 2) que a ese sacerdote español se le confió no sólo anunciar ese mensaje, antiguo y nuevo como el evangelio, sino también la tarea de crear una institución, una estructura eclesial para que los llamados a ella puedan realizar ese programa.

Por eso la comparo a una «agencia», a un «ente» -una authority, dirían los ingleses- para pasar de la potencia al acto, para traducir en realidad ese «sueño» cristiano. En el fondo, a lo largo de su vida el fundador no trabajó en otra cosa que en la puesta a punto de esta estructura, para hacerla lo más eficaz posible para el fin previsto.

Pippo Corigliano, ingeniero napolitano, numerario, director de la Oficina de información de la Prelatura en Roma, en esos fax que ha de enviar casi todos los días para desmentir el último bulo, suele usar con frecuencia una comparación. «El Opus Dei es como una gasolinera espiritual: quien quiere viene y llena el depósito, y vuelve cuando necesita más carburante o precisa una revisión de su vida interior». Así se expresa el eficiente y amable Corigliano, que ha sido mi guía en este viaje para conocer su familia, y al que he torturado hasta el punto que prefería usar el cilicio antes que estar conmigo.

La imagen de «agencia de servicios espirituales» no me parece muy distinta, en sustancia, de la de «gasolinera de almas». Y no es por presumir de saber más que el ingeniero portavoz de la Obra (¡sólo faltaría eso!), pero a veces las cosas se ven mejor «desde fuera» -como en mi caso-, y la imagen de la agencia, con los límites de cualquier metáfora, se acerca más a la realidad que la de la gasolinera. De hecho, hay gente que acude a la primera gasolinera que se encuentra, y no vuelve más; ni se debe un agradecimiento especial al distribuidor; ni el usuario puede elegir, porque todas las gasolinas son iguales…

No sucede lo mismo en el Opus Dei, donde para marcharse las puertas están abiertas (según una clara y repetida frase del fundador, al que le gustaba añadir: «en el Opus Dei está quien le da la gana, que es la más sobrenatural de las razones…»), pero hay que llamar a la puerta para entrar, y demostrar que lo que se busca en la agencia es disfrutar de esos «servicios»: es decir, que a uno le empuja esa fuerza enigmática que la teología cristiana llama «vocación».

Esto no es una proclama hipócrita; lo que hemos señalado en las páginas anteriores parece demostrar que sucede de veras. «La confirmación de que se necesita una específica vocación divina está en el hecho de que hay millares de cooperadores que conocen el Opus Dei desde hace diez, veinte o treinta años y contribuyen con generosidad a sus apostolados, pero no solicitan entrar en él. Y no porque no sean dignos ni capaces de santidad: simplemente, porque su camino es otro».

Ya hemos visto que el Opus Dei no es un partido: a sus miembros le están permitido militar en cualquier corriente sociopolítica, siempre que esté dentro de los límites «católicos», que son mucho más amplios de lo que se creía hasta hace poquísimo tiempo, en particular en la Iglesia italiana, condicionada por una situación histórica singular. No es tampoco un club, y por eso no se «inscribe» uno porque esté convencido por el programa, o por otras razones «humanas». Se puede solicitar la entrada sólo si se siente haber recibido una llamada.

La vocación realiza una selección misteriosa, que debe ser probada con cautela y prudencia no sólo al principio, sino también con la limitación en el tiempo de los compromisos, que han de ser renovados cada año hasta que se llega, si es el caso, al compromiso definitivo. Esta realidad impide a la Obra caer en la tentación del exclusivimo, del «imperialismo», de creer que todos los católicos, para serlo de verdad, debieran alistarse tras los discípulos del beato Josemaría Escrivá de Balaguer y Albas.

La insistencia en el hecho de que en el Opus Dei se entra y se permanece (pudiendo ser hijos ejemplares de la Catholica y hacerse santos y apóstoles de otros muchos modos) en virtud de una elección subjetivamente libre pero objetivamente «guiada» por Dios, es precisamente lo que mantiene la debida conciencia de que el pluralismo espiritual en la Iglesia es una riqueza que debe conservarse.

Quiero hacer notar, de paso, una diferencia radical respecto al protestantismo. En éste, quien tiene un «modo distinto» de leer la Biblia, o incluso sólo una sensibilidad diferente, funda su propia iglesia o secta, que se pone en abierto contraste -casi siempre agresivo: «il faut s’opposer pour se poser», dicen los franceses para indicar una ley sociológica constante- con las miríadas de otros grupos cristianos. De ese modo, lo que nació de la Reforma, desde hace siglos tiende a fraccionarse, cada vez más, hasta llegar a las dos mil «denominaciones» existentes hoy en Estados Unidos, que proceden de las cuatro o cinco confesiones iniciales.

No sucede lo mismo en el catolicismo, donde los centenares, o los millares de «sensibilidades», de «espiritualidades» distintas no se convirtieron -ni se convierten- en iglesitas litigiosas, sino en las órdenes, congregaciones, institutos, movimientos, familias, todos ellos reconocidos por la Iglesia -después de las oportunas comprobaciones-, como si fueran teselas de ese mosaico policromo que es la Iglesia. Una sola «vocación», pero infinitos modos de vivirla.

Quién va y quién viene

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Llegados a este punto, preveo la pregunta que yo mismo me planteé: ¿cómo se «prueba» la vocación, la llamada específica al Opus Dei? «¿Cómo se sabe que se ha recibido esta llamada? El modo más sencillo -y el más frecuente- sucede cuando una persona entra en relación de amistad con otras que ya pertenecen a la Prelatura, conoce su espíritu y, si es el caso, comienza a preguntarse si no sérá también su camino. Quienes juzgan si efectivamente hay “indicios” de vocación son los responsables locales del Opus Dei. En definitiva, es la Prelatura quien admite. Como sucede en cualquier organización voluntaria, el Opus Dei se reserva el derecho de admisión. Libertad por los dos lados: por parte de quien solicita ser aceptado, y por parte de la Prelatura de aceptarlo o no». Así dice un texto oficial.

Y en el caso de que haya «vocación» -o al menos indicios de «vocación»-, ¿quién puede llamar a la puerta para salir de dudas, y para que otros lo comprueben de modo objetivo, en la medida que esto es posible para los hombres?

La respuesta es muy sencilla: todos. Hombres y mujeres, solteros, casados o viudos, de cualquier condición social, nacionalidad, raza, con al menos dieciocho años pero sin límite de edad por arriba. Me contaron que no pocos han entrado en el Opus Dei con ochenta y con más años: «obreros de la última hora», según las categorías evangélicas, pero no por eso rechazados.

Bien sé que -más aquí que en otros temas- sospecharéis que he sido excesivamente benévolo a la hora de investigar la «leyenda negra» sobre esta «masonería blanca».

Permitidme, sin embargo, que señale un hecho objetivo, que he podido comprobar personalmente, aunque haya sido «desde fuera». Es cierto que podrían haberme inducido a error, seleccionando a las personas que me presentaban; pero son las estadísticas actualizadas sobre la institutión las que lo confirman. Esas estadísticas demuestran que no estamos ante un grupo exclusivo y elitista, en el que pueden entrar sólo ricos y poderosos; o, al menos, gente con posición desahogada y cierta relevancia social.

La sorpresa es grande al descubrir que -como declaró en varias ocasiones el Cardenal Jaime L. Sin, arzobispo de Manila- en esa zona deprimida como son las Filipinas, el Opus Dei es una de las instituciones católicas que no se limita a «ayudar» a los pobres, sino que hace mucho más: los cuentan entre sus miembros a pleno título. O cuando se descubre que el Opus Dei está bien implantado en las favelas y en las villas miseria de América Latina. O también cuando se observa al más de medio millón de peregrinos -en gran parte auténticos «proletarios», según las viejas categorías: es decir, de posición modesta- que cada año invade Torreciudad, «el» santuario del Opus Dei. Y no pocos de esos desfavorecidos romeros forman parte del Opus Dei.

Por otra parte, ya vimos que incluso el malévolo «The Economist» atribuyó a la Prelatura la nota mínima en cuanto a exclusivity: un miserable «uno» (calificación poco refinada para paladares elitistas), frente a los «cuatro» y «cinco» de algunos clubes y asociaciones.

Escuchemos de nuevo a Gómez Pérez, ensayista informado y todo lo objetivo que resulta posible a una persona existencialmente «comprometida»: «La curva profesional de los miembros responde a lo normal: una mayoría de personas con profesiones u oficios de los que se suele obtener una mediana renta; unos pocos de renta alta y algo más que unos pocos con menores rentas. Pero esa generalización, con ser muy amplia, no serviría, por ejemplo, para algunos países americanos, africanos o asiáticos, en peores condiciones de vida. Quizá se pueda decir que existe una inflación de profesiones intelectuales, sobre todo profesores. Respecto a la profesión, la idea central que basta para entender el resto, es que ninguna profesión honrada es obstáculo para pertenecer al Opus Dei. El hecho de estar situado socialmente más alto no confiere ningún tipo de privilegio a los miembros del Opus Dei en el seno de la institución. Para lo que se unen en la Prelatura -la vida interior y el apostolado- todos son radicalmente iguales: una misma vocación y unos mismos medios de formación».

En realidad, el porcentaje de intelectuales, más elevado que en los grupos humanos normales, no es un hecho estadístico casual: parece derivar de una atención particular hacia aquellos ambientes. Por decirlo con las palabras «oficiales» del texto de la Postulación que cité antes: «El fin para el que el Señor la suscitó es que la gente de todas las categorías sociales, comenzando por los intelectuales, para llegar después a todos…».

El punto 978 de Camino es significativo al respecto. Citando la frase de Jesús a sus discípulos («Venid detrás de mí, y os haré pescadores de hombres»), Escrivá comenta: «No sin misterio emplea el Señor estas palabras: a los hombres -como a los peces- hay que cogerlos por la cabeza».

En efecto, hoy es más superfluo que nunca señalar que a través de los intelectuales llega al resto de la sociedad la mayoría de las ideas y de los modos de comportamiento. Como ha escrito el cardenal Paul Poupard, presidente del Pontificio Consejo para la Cultura: «El beato Escrivá dedicó siempre la máxima atención a los que trabajaban con las ideas y a los que las transmiten, porque nunca como en nuestro siglo el problema de los problemas, para el cristianismo, es la relación del evangelio con la cultura, es la evangelización de las inteligencias».

Junto a esa estrategia, real, existe también una explicación práctica, ligada a la historia de la Obra, que comenzó con un grupo de jóvenes universitarios que siguieron a aquel extraño sacerdote. Las primeras «obras corporativas» en Madrid fueron una academia y una residencia para estudiantes, sobre todo de derecho y arquitectura. Y como en la institución se evangeliza «de igual a igual», difundiendo la propuesta cristiana, en primer lugar, en el círculo más estrecho de amistades (que normalmente comparten un mismo ambiente social y cultural), el «mensaje Opus Dei» penetró de modo prioritario en los millieux intelectuales, aunque con el tiempo se ha llegado a los demás ambientes. Apuntemos también que tampoco aquí se cumple la «leyenda»: son los profesores, los hombres de cultura (que de ordinario no gozan de una posición desahogada) quienes tienen cierta prevalencia en la Obra: no los «capitalistas», los profesionales ricos, los hombres de negocios, como se cree y se escribe.

Es también significativo que, por no salir de Roma, entre las «obras de la Obra» haya residencias de estudiantes universitarios (la mayor parte de origen modesto, como señalamos al hablar de Pamplona), pero también residencias para obreros y artesanos en formación; y que hay Centros tanto en los barrios acomodados como en los populares.

Una realidad como, por citar un ejemplo de los mil casos posibles, el Instituto rural Valle Grande, que es una de las más importantes entidades americanas en favor de los campesinos más pobres del Perú, y que está gestionada en gran parte por campesinos que -como tantos otros- pertenecen al Opus Dei.

«Recordad que de cien almas, nos interesan las cien. La del indio de los Andes tanto como la del hombre de negocios de Wall Street; la del ama de casa tanto como la del premio Nobel de astrofisica».

Esta indicación del fundador me pareció una de las más presentes en las actividades de la Prelatura. Así lo prueba también el hecho de que muchos ataques provengan de los que -tanto dentro como fuera de la Iglesia- les acusan de no hacer «opciones preferenciales» en el apostolado, de dirigirse a todos con la misma atención, sin excluir a priori a nadie; y sin pedir a nadie que trabaje en algo distinto de lo que hace, ya sea «capitalista» o «proletario». Rechazan así los esquemas demagógicos (carentes de cualquier justificación en el Nuevo Testamento, que está a años-luz de tabúes modernos como los marxistas), difundidos también en ambientes cristianos y que confunden la pobreza «económica» con la pobreza «evangélica».

Desde una perspectiva cristiana, no hay «pobres» más necesitados de ayuda espiritual que tantos ricos. La simple «pobreza» de bienes materiales no es salvífica por sí misma; todo depende no del rédito sino de la actitud del corazón. Sólo en las fábulas edificantes para gauchistes ingenuos, el que carece de medios económicos es siempre bueno, pacífico, altruista. Dice Peter Berglar: «tratar con caridad sólo a los “pobres” es una deformación del espíritu cristiano, desde el momento que los “ricos” -como sabemos por el evangelio- tienen una necesidad particular de la gracia de Dios para salvarse. Y, por consiguiente, están más necesitados de la caridad del prójimo».

Una perspectiva «humana, demasiado humana» (del tipo «clases hegemónicas», «clases inferiores») insidió la visión religiosa, que por el contrario todo lo juzga en términos de gracia y de pecado, de caridad y de egoísmo, de desprendimiento y de avaricia.

Con palabras de Oscar Cullmann: «el evangelio no llama a los pobres a la sublevación, sino a los ricos a la responsabilidad. Al recordar que todos, sea cual fuere su posición económica, necesitan el arrepentimiento y el perdón, la “revolución” de Jesús no es superficial como la de los ideólogos modernos: llega hasta el fondo, advierte que la sociedad no mejorará si cada uno -sea pobre o rico- no mejora personalmente». No olvidemos que un revolucionario, en sentido sociopolítico, es una persona que «quiere cambiarlo todo y a todos, salvo a sí mismo». Uno dispuesto siempre a recitar el mea culpa, pero golpeando el pecho de los demás.

A este propósito decía Escrivá: «Jesucristo en la cruz no extendió sólo el brazo derecho o el izquierdo: extendió los dos».

Pero no creáis que todos acepten esta universalidad de la salvación: algunos clericales «del brazo izquierdo» se lamentan (y algo más que lamentarse) porque querrían el monopolio de la atención para sus protegidos, excluyendo a los seguidores de los del «brazo derecho».

Lo contrario sucede también, y con más frecuencia de lo que podría creerse: no faltan los gritos de protesta y las acusaciones de los clericales del «brazo derecho», que cuando oyen hablar de un cristianismo que rechaza ser de algo propio de burgueses (o de aristócratas), olfatean inmediatamente demagogia, populismo, subversión.

Este fuego cruzado es, desde una perspectiva evangélica, una buena señal. Como dijo un antiguo Padre de la Iglesia: «Quien pretenda amar a todos, será salvado. Pero quien pretenda agradar a todos, no será salvado».


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