El Gobierno de Negrín

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Partido Comunista se mostraba cada vez más contrario a Largo Caballero. Aprovechó los sucesos de mayo en Barcelona y que era el cauce por el cual llegaba la ayuda militar desde la Unión Soviética para presionar y exigir una mayor centralización, la práctica del terror por parte de la policía, una menor presencia anarquista en el gabinete y el incremento de la influencia soviética en las decisiones militares. Como Largo Caballero se negó a admitir sus exigencias, en mayo de 1937 maquinaron su caída y su sustitución por Juan Negrín. Negrín, socialista, fue diputado desde 1931 y ocupó la cartera de Hacienda en el gobierno de Largo Caballero. Demostró ser un administrador capaz, sin tener especial apoyo político ni poder significativo entre las bases, todo lo cual le hacía aceptable para los grupos políticos dispares partidarios de la República

Como presidente, Negrín fue un oportunista y se mostró dispuesto a cualquier sacrificio con tal de ganar la guerra. Puso a Indalecio Prieto al frente del Ministerio de la Guerra. Nombró también a un segundo socialista, pero no contó para su gobierno con ninguno de la tendencia de Largo Caballero. Los comunistas conservaron sus dos asientos en el Consejo de Ministros. Completaban el gabinete dos republicanos, un nacionalista vasco y un catalán. Negrín invitó a los anarquistas, pero no quisieron entrar.

Podría interpretarse como un revés para los comunistas el hecho de que Indalecio Prieto –decidido anticomunista- se hiciera cargo de un ministerio tan crucial como el de la Guerra. A la larga, sin embargo, Negrín se apoyó cada vez más en el Partido Comunista, gracias a que moderó en cierta manera sus posiciones, a su realismo ante la guerra y al hecho de que el ejército republicano dependía absolutamente de la Unión Soviética. El programa económico del nuevo gobierno restringió el crecimiento y la actividad de la agricultura, redujo el control de los trabajadores en la industria y aumentó el control del gobierno central sobre los aspectos más importantes de la economía.

En marzo de 1938, el Partido Comunista lanzó un ataque político en toda regla sobre Prieto, criticándole por su derrotismo. Mientras el ejército nacional avanzaba a través de Aragón hacia la capital catalana, Prieto se venía abajo. Fue destituido el 5 de abril de 1938, día en que los nacionales alcanzaron a divisar el Mediterráneo. Negrín asumió el cargo del ministro cesado. Sería éste el último cambio de importancia en la composición del gobierno de la República hasta el final de la guerra.

En el sanatorio psiquiátrico del Doctor Suils

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El doctor Suils, antiguo compañero de colegio de Escrivá en Logroño, ya había dado asilo a varias personas en una clínica psiquiátrica que dirigía en Madrid. Aunque no había visto a Escrivá desde el colegio, se ofreció para acogerle en cuanto supo de su difícil situación. El doctor Herrero Fontana trasladó a Escrivá en un coche del hospital en el que trabajaba desde su casa hasta la clínica. Escrivá ocupó el asiento posterior. Herrero dijo al miliciano que conducía que el paciente estaba loco, pero que no era peligroso. Durante el traslado hacia la clínica, Escrivá hablaba consigo mismo, afirmando de vez en cuando que era el doctor Marañón, un conocido médico y escritor. El hecho convenció al conductor, que comentó: “Si está tan loco, es mejor fusilarlo y no gastar tiempo con él”.

Para cuando Escrivá llegó a la clínica, era probable que los nacionales conquistaran Madrid en pocas semanas. Sin embargo, sus asaltos a la ciudad fueron rechazados por las milicias populares y las Brigadas Internacionales. Se hacía paulatinamente más claro que España se enfrentaría a una guerra civil larga y que, aunque eventualmente ganasen los nacionales, necesitarían mucho tiempo para tomar la capital.

Pronto se reunió con Escrivá en la clínica su hermano Santiago. González Barredo y Jiménez Vargas, que había sido arrestado y encarcelado por poco tiempo, también buscaron escondite allí, pero enseguida decidieron irse. González Barredo encontró varios refugios temporales en Madrid, y Jiménez Vargas se alistó en una brigada anarquista. Para evitar luchar a favor de un régimen que estaba persiguiendo a la Iglesia, se puso inyecciones que le provocaron fiebre. A pesar de todo, las autoridades militares ordenaron su traslado al frente.

La clínica estaba lejos de ser un escondite seguro. Un día, en un registro, los milicianos se llevaron a uno de los pacientes. Otro día, apareció un grupo de milicianos debido a un soplo de que algunos de los pacientes, en realidad, eran refugiados políticos. Mientras ponían en fila a los internos, uno de los pacientes reales se acercó hasta un miliciano y preguntó si su subfusil ametrallador era un instrumento de viento o de cuerda. El hecho asustó tanto al miliciano que se fueron sin hacer el registro, convencidos de que allí estaban todos locos de remate.

Una de las enfermeras, sin embargo, sospechaba que algunos de los pacientes no estaban tan locos como pretendían. Tras varios días en la clínica, Escrivá pudo celebrar la Misa a diario en su habitación. Una enfermera de confianza se sentaba en un sofá en el vestíbulo de fuera. Si parecía que alguien iba a entrar en la habitación, avisaba a Escrivá para que cerrase las puertas del armario donde había preparado las cosas para la Misa. Después de la Misa daba la Sagrada Comunión a algunos de los refugiados. Cuando se marchó en marzo, les dejó varias Hostias consagradas envueltas una por una en papel de fumar. Así, después de su marcha podrían recibir la Sagrada Comunión, a la vez que respetaban las leyes litúrgicas de aquel tiempo que prohibían a los laicos tocar las formas consagradas. Uno de los presentes comentaría después: “Recuerdo con todo detalle esta escena porque me impresionó el profundo respeto que tenía por la Sagrada Forma”[1].

Los meses pasados en la clínica fueron de intenso sufrimiento. Había poca comida y estaban casi sin calefacción. Escrivá padeció un fuerte ataque de reuma, que le mantuvo en cama durante dos semanas. Peor que las privaciones físicas eran el aislamiento, la necesidad de fingir la locura y, sobre todo, la inseguridad sobre los demás miembros de la Obra, cuyas situaciones eran muy precarias.

[1] Ibid. p. 142

Franco toma el poder en la España Nacional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En los dos primeros meses de la guerra, la Junta de Defensa Nacional no desarrolló una estructura de gobierno ni una política común para las zonas de España bajo su control. Los jefes militares de los distintos frentes disfrutaron de gran autonomía y a menudo se produjeron discordias entre ellos.

Conforme se acercaban a Madrid, la necesidad de un mando único se hacía más urgente. A las alturas de septiembre de 1936, Franco no era miembro de la Junta, pero sí tenía gran autoridad en el bando nacional por estar al mando del Ejército de Africa y por haber conseguido las ayudas alemana e italiana. El 29 de septiembre, la Junta le nombró generalísimo y jefe del estado y le confirió todos los poderes.

Inmediatamente, Franco sustituyó la Junta de Defensa Nacional por una junta técnica, en la que sólo había un miembro de la Junta recién disuelta. No se pensó este nuevo organismo como una solución a largo plazo, sino como un ente supervisor de las operaciones bélicas. Funcionó como gobierno en la zona nacional durante un año y medio hasta que Franco nombró un gabinete convencional.

Dimensión internacional de la Guerra Civil

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La Guerra Civil se convirtió rápidamente en un acontecimiento internacional. Ambos bandos buscaron con prontitud armamento y ayuda de los países que podrían simpatizar con su causa.

En los primeros días de la guerra, los nacionales acudieron a Alemania e Italia para pedir armas; los republicanos, a Francia. Alemania envió bombarderos –muy útiles para facilitar que el Ejército de África cruzara el estrecho de Gibraltar-, cazas, piezas de artillería antiaérea, ametralladoras y fusiles. Paco más tarde, Mussolini también suministró aviones.

Lógicamente, el gobierno frentepopulista francés simpatizaba con los republicanos. De todas formas, el primer ministro, el socialista Leon Blum, resolvió no involucrar al país en la guerra española para no provocar a los católicos y a la derecha francesa. Con esta medida también evitó enemistarse con el Reino Unido, que prefería mantenerse al margen del conflicto español. En efecto, Francia no prestó ayuda oficial a la República, pero facilitó el envío a España de aviones y armamento por vías extraoficiales.

En 1936, la principal preocupación exterior de la Unión Soviética era la Alemania nazi. Stalin adoptó una actitud conciliadora hacia Gran Bretaña y Francia, con la esperanza de contar con su apoyo en el caso de conflicto con Alemania. Por otra parte, había comenzado una campaña internacional para que los partidos comunistas y socialistas de Europa occidental se unieran en frentes populares que pararan el auge del fascismo y del nazismo. La Unión Soviética proporcionó ayuda financiera a la República y utilizó su red mundial de propaganda para conseguir apoyos, pero no envió armamento a España hasta más tarde.

El 30 de julio de 1936 se estrelló en el Marruecos francés un bombardero italiano que se dirigía a la zona española de la colonia. Este hecho puso en evidencia el apoyo de Italia al bando nacional. París y Londres hicieron un llamamiento internacional para no intervenir en España. Las principales potencias europeas se mostraron de acuerdo, salvo Alemania e Italia que continuaron enviando material a los rebeldes. En octubre de 1936, la Unión Soviética comenzó a proporcionar armas a la República. El Comintern, por su parte, promovió las Brigadas Internacionales para luchar junto al ejército republicano.

Durante la guerra, ambos bandos recibieron sustanciosa ayuda extranjera, aunque los historiadores están en desacuerdo en cuanto a la cantidad. Se estima que la República recibió entre 1200 y 1800 aviones. El número de los enviados al ejército nacional varía entre 1250 y 1500. Por otra parte, las Brigadas Internacionales alistaron a favor de la República a un número indeterminado de voluntarios: 30.000 según unos, 100.000 según otros. Lo más eficaz y valioso del armamento llegado de la Unión Soviética fueron los carros de combate. Pero no lo fueron tanto como toda la ayuda alemana e italiana a los nacionales.

Capítulo 12. Los comienzos de la Guerra Civil (julio de 1936 — marzo de 1937)

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El levantamiento militar

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El asesinato de Calvo Sotelo confirmó a los conspiradores militares y a sus partidarios civiles en su opinión de que el Gobierno no tenía voluntad o era incapaz de controlar la situación; pensaban que España degeneraba rápidamente en el caos y la revolución. El plan último de los conspiradores preveía un levantamiento militar el 18 de julio con el que esperaban hacerse rápidamente con el poder. Al principio, los rebeldes no tenían ningún nombre, pero a las pocas semanas empezaban a llamarse “nacionales”.

La Guerra Civil comenzó, de hecho, un día antes de lo previsto, el 17 de Julio de 1936, con el alzamiento del Ejército en Marruecos. Pronto se propagó al resto del país. Los líderes eran, sobre todo, oficiales jóvenes, ya que la mayoría de los generales más antiguos se oponían a la rebelión o estaban indecisos. Parte importante del Ejército de Tierra y la Marina y el Ejército del Aire casi en bloque se negaron a unirse al levantamiento militar. En muchas zonas, la Guardia Civil y la Guardia de Asalto lucharon vigorosamente contra las unidades del ejército sublevadas.

Desconcertado por la insurrección militar contra su gobierno, el presidente Casares Quiroga dimitió. Su sustituto, el republicano moderado Martínez Barrio, intentó llegar a un acuerdo con los líderes nacionales, pero fracasó y a las pocas horas fue sustituido por José Giral, un republicano de izquierdas que había ocupado el cargo de ministro de la Marina. Giral formó un nuevo gobierno compuesto por completo de liberales de clase media, que desde el principio contó con el apoyo explícito de socialistas, anarquistas y comunistas. El 19 de julio de 1936, urgido por los socialistas y anarquistas, dio un paso crucial para el desarrollo posterior de los acontecimientos: armó a la población. Las milicias de izquierda se echaron a la calle. Esta decisión llevó a unirse a los nacionales a muchos jefes militares que hasta entonces no se habían decantado.

El 20 de julio de 1936 el país estaba dividido, más o menos claramente, en dos zonas. Las fuerzas republicanas ocupaban aproximadamente dos tercios del territorio, con la mayor parte de la costa atlántica y toda la mediterránea, excepto una zona cercana a Cádiz. Los nacionales habían tomado gran parte de la mitad norte del país, salvo Cataluña, el País Vasco, Santander y Asturias. En el sur, tan sólo ocupaban pequeños enclaves alrededor de Sevilla y Córdoba, y una zona de gran importancia estratégica en torno a Cádiz, que les permitiría trasladar tropas a la península desde el norte de Africa, también controlado por los nacionales.

La Academia DYA

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En este contexto tan poco propicio Escrivá decidió que había llegado la hora de abrir el primer centro del Opus Dei. El apartamento que había alquilado para su familia en diciembre de 1932 servía para conocer y hablar con estudiantes y otras personas, pero no era adecuado a largo plazo. Además de que el piso era pequeño, no era justo hacer que su familia aguantara el continuo trasiego de gente joven por su hogar, máxime cuando esperaba que el movimiento de gente aumentaría con el tiempo. Por otra parte, debido a la tensa situación política de la época, la policía desconfiaba de las reuniones a las que no encontraba explicación, especialmente si los reunidos eran estudiantes universitarios. El Opus Dei necesitaba un lugar donde se pudieran reunir grupos de gente joven, sin despertar sospechas injustificadas.

Su experiencia docente en el Instituto Amado de Zaragoza y en la Academia Cicuéndez de Madrid convenció a Escrivá de que la mejor solución sería una academia privada. Se trataría de una actividad profesional secular, de acuerdo con el carácter del Opus Dei, que además de proporcionar un lugar adecuado para clases y reuniones de estudiantes, ayudaría a conocer a alumnos y profesores que entendieran el mensaje del Opus Dei.

Aunque no tenía dinero para abrir una academia, a comienzos de 1933 Escrivá empezó a hablar con posibles profesores. Quizás porque sus recursos eran tan escasos, decidió llamar DYA a la futura academia: DYA era el acrónimo de las dos materias que se impartirían, Derecho y Arquitectura, pero sobre todo de “Dios y Audacia”. Durante el verano de 1933, Zorzano y Barredo viajaron a Madrid y buscaron un local para la academia; querían abrir sus puertas a primeros de octubre, con el comienzo del año académico.

No fue fácil encontrar un local adecuado a un precio asequible. En varias ocasiones parecía que lo habían conseguido, pero los acuerdos se venían abajo en el ultimo minuto. Cuando comenzó el curso académico, los miembros del Opus Dei seguían visitando pisos que o no reunían condiciones o estaban fuera de sus posibilidades.

Se encontraban impacientes por empezar. El 6 de octubre Escrivá apuntaba: “No pierdo la paz, pero hay ratos en que me parece que me va a explotar la cabeza, tantas cosas de gloria de Dios —su O.— bullen en mí, y tanta pena me da ver que no comienzan a cristalizarse todavía en algo tangible”[1]. Unos días después añadía: “18‑X‑1933: Me duele la cabeza. Sufro, por mi falta de correspondencia y porque no veo moverse a la Obra”[2]. A principios de noviembre comentó: “Estos días, ¡otra vez!, andamos buscando piso. ¡Cuántos escalones, y cuántas impaciencias! Él me perdone”[3].

Finalmente, a mediados de noviembre encontraron un piso de cuatro habitaciones en el número 33 de la calle Luchana, cerca del nuevo campus de la Universidad de Madrid, en las afueras de la ciudad. Llenos de optimismo, comprobaron que servía para sus necesidades y calcularon que podrían pagar el alquiler con las cuotas de los alumnos y donativos de amigos. Zorzano, uno de los pocos miembros de la Obra que tenía un sueldo fijo, firmó el contrato de alquiler. Ricardo Fernández Vallespín, el arquitecto que se había incorporado al Opus Dei en octubre, empezó a buscar muebles de segunda mano en El Rastro.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 506

[2] Ibid. p. 506

[3] Ibid. p. 507

Capítulo 8. Poner los cimientos (1933)

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Los primeros círculos de San Rafael

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

1933 trajo consigo progresos esperanzadores. Un año antes Escrivá había conocido a un joven estudiante de medicina llamado Juan Jiménez Vargas. El cuatro de enero de 1933 le explicó sus proyectos apostólicos, en particular sus planes para dar formación doctrinal religiosa a los jóvenes. Rápidamente, Vargas convenció a un grupo de amigos suyos para que le ayudaran a dar catequesis en el barrio de Los Pinos, donde hacía poco Escrivá había ofrecido su ayuda a las monjas en la catequesis de niños pobres. Pronto, Vargas y algunos de sus amigos acudieron con Escrivá a visitar a enfermos desamparados en hospitales o en sus casas.

Escrivá invitó a Vargas a asistir a las clases de formación religiosa. La primera tuvo lugar el 21 de enero de 1933, en la sala de visitas de Porta Coeli, un asilo para pilluelos, donde Escrivá echaba una mano de vez en cuando. Aunque había invitado a esta clase a bastantes jóvenes, y había rezado mucho por ellos, sólo acudieron Vargas y otros dos estudiantes de medicina. Terminada la clase, Escrivá condujo a los tres jóvenes a la capilla, para la bendición. Años después recordaba la escena: “Al terminar la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer”[1]. Uno de los tres no volvió; los otros dos sí.

Aquella reunión del 21 de enero de 1933 fue el primero de los que Escrivá llamaría después Círculos de San Rafael: clases breves y prácticas de formación cristiana en las que los jóvenes aprenderían a poner en práctica las virtudes naturales y sobrenaturales, para convertirse en hombres y mujeres de oración y para vivir una vida más cristiana. Aunque Escrivá había trabajado con jóvenes desde la fundación del Opus Dei, consideraba que este primer círculo de San Rafael señalaba el comienzo de la Obra de San Rafael, es decir, del apostolado organizado del Opus Dei con los jóvenes.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 482

La Obra de los santos Rafael, Miguel y Gabriel

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante el retiro, Escrivá vio cómo estructurar los incipientes apostolados del Opus Dei que, aunque pequeños, ya alcanzaban a un amplio abanico de gente. A partir de entonces, hablaría de tres obras de apostolado, confiadas a cada uno de los tres arcángeles mencionados en las Escrituras. La formación espiritual de los estudiantes y demás gente joven sería confiada a san Rafael y al apóstol san Juan. La formación de los miembros del Opus Dei que habían acogido una vocación al celibato en medio del mundo, a san Miguel y al apóstol san Pedro. Finalmente, el apostolado con la gente casada y la formación de los miembros casados del Opus Dei, a san Gabriel y al apóstol san Pablo.

Todas las futuras actividades del Opus Dei entrarían en una de estas tres Obras, a las que Escrivá llamaría de San Rafael, de San Miguel y de San Gabriel. Había estado pensando en fundar una asociación para gente joven, con el nombre de Pía Unión de Santa María de la Esperanza, afín a la Sociedad del Santo Nombre o a la Legión de María. Antes de asistir al curso de retiro había hablado sobre este asunto con el Padre Postius, su director espiritual tras la disolución de la Compañía de Jesús. Habían convenido que sería mejor no formar ninguna asociación, sino simplemente dar formación a la gente joven –tal vez mediante una academia como la Cicuéndez, donde daba clase–. Durante el retiro se reafirmó en esa convicción.

Somoano y las conferencias de los lunes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 2 de enero de 1932 don Lino Vea Murguía llevó a Escrivá a conocer a un amigo suyo, don José María Somoano, joven capellán del Hospital del Rey. Para preparar la visita, Escrivá pidió a varias personas que rezaran y ofrecieran sacrificios por una intención suya. En cuanto le explicó el Opus Dei Somoano pidió ser admitido. Somoano escribió en su diario un breve resumen del encuentro: “Me entusiasmó. Le prometí ‘enchufes’ –enfermos orantes- para la Obra de Dios. Yo, entusiasmado. Dispuesto a todo”[1]. Somoano confió a uno de los enfermos que se había sentido tan feliz que no pudo dormir aquella noche.

Inmediatamente, Somoano empezó a pedir a los pacientes del hospital que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención muy especial. Una joven llamada María Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis, se sintió tan impresionada por la alegría y entusiasmo de Somoano que anotó en su diario lo que le había dicho: “María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso le digo, es muy hermoso”[2].

Antes de que terminara la semana, Somoano descubrió una nueva vocación para el Opus Dei, su amigo Jose María Vegas, un sacerdote dinámico y optimista de la dioceses de Madrid, de treinta años de edad. Al igual que Somoano, en cuanto descubrió el Opus Dei pidió ser admitido.

El lunes 22 de febrero de 1932 se reunieron por primera vez lo seis sacerdotes que pertenecían al Opus Dei. Estos encuentros periódicos serían llamados por Escrivá las Conferencias de los Lunes. En estas reuniones les explicaba con más detalle la naturaleza de la vocación a la Obra y estrechaba relaciones entre los participantes. Solían hablar de futuras empresas apostólicas y soñaban con el día en el que el Opus Dei empezaría su actividad externa. Escrivá creía que ese día no estaba muy lejos. En febrero de 1932 escribió en sus cuadernos: “Jesús, veo que tu Obra puede comenzar pronto”[3].

A pesar de lo reducido del grupo, de su falta de actividad externa, e incluso de una sede propia, las Conferencias de los Lunes eran vibrantes y entusiastas. Los participantes salían de ellas cargados con la fe de Escrivá en el futuro de la Obra. María Ignacia Escobar observó que cuando Somoano “volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía, y el cuadernito donde conservaba los apuntes de las meditaciones y demás cositas de ésta, era su joya más preciada”[4]. Sin embargo, a la mayoría de los participantes no les resultaba fácil entender lo que Escrivá les explicaba. Aunque estaban entusiasmados, no entendían del todo el mensaje.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 130

[2] Ibid. p. 134

[3] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 445

[4] Ibid. p. 455

A través de los montes las aguas pasarán

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Además de llevar la dirección espiritual de estos jóvenes, Escrivá los reunía en pequeños grupos y compartía con ellos sus notas personales sobre santidad y apostolado en el mundo. También hacían planes para aumentar su reducido número y expandir el incipiente apostolado del Opus Dei. No tenían ningún sitio donde reunirse, así que, a menudo, se sentaban en un banco de uno de los principales bulevares de Madrid o en un parque cercano. Escrivá les hacía participar de sus ambiciosos sueños de apostolado mundial, que se prolongaría por los siglos. Esa visión contrastaba crudamente con la realidad: un puñado de chicos y hombres jóvenes sentados en el banco de un parque con un sacerdote que apenas tenía treinta años.

Escrivá, dolorosamente consciente de la desproporción entre lo que había visto el 2 de octubre de 1928 y la realidad de tres años después, se refugió confiadamente en la oración. A mitad de diciembre de 1931 escribió en sus cuadernos personales: “Ayer almorcé en casa de los Guevara. Estando allí, sin hacer oración, me encontré —como otras veces— diciendo: ‘Inter medium montium pertransibunt aquae’ (Ps. 103, 11). Creo que, en estos días, he tenido otras veces en mi boca esas palabras, porque sí, pero no les di importancia. Ayer las dije con tanto relieve, que sentí la coacción de anotarlas: las entendí: son la promesa de que la O. de D. vencerá los obstáculos, pasando las aguas de su Apostolado a través de todos los inconvenientes que han de presentarse”[1].

No habló de estas experiencias más que con su director espiritual, el padre Sánchez, pero le dieron una gran seguridad, que él comunicaba a su alrededor. Sus explicaciones sobre lo que aguardaba al apostolado de la Obra no eran “una cosa vaga, imprecisa” sino, como recordaba un futuro arzobispo de Valencia que le conoció en 1932, “algo perfectamente real y concreto”[2]. Otro futuro obispo que conoció a Escrivá en 1936 tuvo la misma impresión. Recuerda que le llamó la atención la “idea clara y nítida que tenía de la Obra, no sólo en cuanto era una realidad apostólica que se hacía cada día, sino en cuanto hablaba de ella como algo muy preciso proyectado en el futuro”[3]. Esto se explicaba, aunque sólo en parte, concluía, por el pensamiento e imaginación de Escrivá: “La claridad de la idea no quedaba suficientemente explicada si Josemaría no tenía además una iluminación especial del Señor. Esta precisa definición de las metas y de los medios para alcanzarlas no podían ser imaginaciones suyas. Además, su anticipación a los tiempos no tenía, en ningún momento, el tono pretencioso, exagerado o vanidoso que tiene, con tanta frecuencia, el planificar humano, sino que estaba acompañado de la sencillez, naturalidad y humildad, que le eran propias; también eso me llevaba al convencimiento de que me encontraba ante algo fuera de lo normal. La seguridad con que hablaba del porvenir de la Obra no podía venir de un mero razonamiento suyo, de cosas que se le ocurrían: ahí había algo más, esto era evidente”[4].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 393-394

[2] Testimonio de José María García Lahiguera. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 149

[3] Testimonio de José López Ortiz. Ibid. p. 212

[4] Ibid. p. 212


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