Artículo del cardenal Albino Luciani

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“Buscar a Dios en el trabajo cotidiano”. Artículo del Cardenal Albino Luciani. (“Gazzettino di Venezia”, 25-VII-1978). El Cardenal Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, escribe sobre el espíritu que difundió san Josemaría: santificar el trabajo, responder a la llamada universal a la santidad de todo cristiano.

Gazzettino di Venezia, 25-VII-1978

En 1941 el español Víctor García Hoz, después de confesarse, escuchó que le decían: “Dios te llama por caminos, de contemplación”. Se quedó pasmado. Siempre había escuchado decir que la “contemplación” era una cosa para santos encaminados a la vida mística, cumbre asequible sólo a unos pocos elegidos, gente en la mayoría de los casos retirada del mundo. “Yo, en cambio —escribe Hoz— en aquellos años estaba casado, con dos o tres hijos entonces y esperando, como ocurrió en realidad, la llegada de más hijos, teniendo que trabajar para sacar adelante la familia”.

¿Quién era entonces aquel confesor revolucionario, que dejaba de lado las barreras tradicionales, señalando metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, un sacerdote español fallecido en Roma en 1975 a los setenta y tres años. Conocido sobre todo por ser el fundador del Opus Dei, asociación difundida en todo el mundo de la cual los diarios se ocuparon a menudo, pero con muchas imprecisiones. ¿Qué hacen realmente, quiénes son, los miembros del Opus Dei? El mismo fundador lo ha dicho: ‘Somos —ha declarado en 1967— un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión, un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas, que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares”.

En palabras más modestas las “realidades más vulgares” el trabajo que nos toca hacer cada día; los “brillos divinos que reverberan” son la vida santa que hemos de sacar adelante. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, decía continuamente: “Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que lleguemos a ella no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes, aunque el modo de ejecutar tales acciones no debe ser común”.

Allí nel bel mezzo della strada, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos a poco que hagamos el propio deber con competencia, por amor de Dios, y alegremente, de manera que el trabajo cotidiano se convierta no en una “tragedia cotidiana”, sino en la “sonrisa cotidiana”.

Cosas parecidas había enseñado más de trescientos años atrás San Francisco de Sales. Desde el púlpito un predicador había quemado públicamente el libro en el cual el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito y, hasta contenía un capítulo entero dedicado a “la honestidad del lecho matrimonial”. Escrivá de Balaguer supera en muchos aspectos a Francisco de Sales. Este, también propugna la santidad para todos, pero parece enseñar solamente una “espiritualidad de los laicos” mientras Escrivá quiere una “espiritualidad laical”. Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá es más radical: habla directamente de “materializar” —en buen sentido— la santificación. Para él, es el mismo trabajo material, lo que debe transformarse en oración y santidad.

El legendario Barón de Münchausen narraba la leyenda de una liebre monstruosa, que tenía dos series de patas: cuatro debajo del vientre, cuatro sobre la espalda. Perseguidos por los cazadores, y sintiéndose casi alcanzado, se daba vuelta, continuando la carrera con las patas frescas. Para el fundador del Opus Dei es monstruosa la vida de los cristianos que desean una doble serie de acciones: una hecha de oraciones a Dios, la otra de trabajo, de diversiones, de vida familiar para sí mismos. No, dice Escrivá, la vida es única, debe ser santificada por entero. Por eso habla de espiritualidad “materializada”.

Y habla también de un justo y necesario “anticlericalismo” en el sentido de que los laicos no deben apropiarse de los métodos y oficios de los sacerdotes y de los frailes, y viceversa. Creo que él había heredado este “anticlericalismo” de sus progenitores, especialmente de su padre, un caballero a toda prueba, trabajador, cristiano ferviente, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. “Lo recuerdo siempre sereno —escribió su hijo— a él le debo la vocación… Por eso soy “paternalista”. Otro impulso “anticlerical” le vino probablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico sobre el monasterio femenino cisterciense de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa era al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernador temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, iglesias y aldeas dependientes con jurisdicción y poderes reales y cuasi episcopales. Un monstrum también por los múltiples encargos contrapuestos y sobrepuestos. Así acumulados, estos trabajos no eran adecuados para hacer —como quería Escrivá— trabajos de Dios. Porque —decía— ¿como puede ser un trabajo “de Dios” si está mal hecho, de prisa y sin competencia? Un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, ¿cómo puede ser santo si no es también, en lo que de él depende, un buen albañil, un buen arquitecto, un buen médico, un buen profesor? En la misma línea escribía Gilson en 1949: “Nos dicen que ha sido la fe la que construyó las catedrales en la Edad Media; de acuerdo… pero también la geometría tiene su parte”. Fe y geometría, fe y trabajo hecho con competencia para Escrivá caminan tomados del brazo: son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió sus teorías a los libros. Escrivá hizo otro tanto pero utilizando sólo fragmentos de tiempo. Si le venia de improviso una idea o frase significativa, sin interrumpir la conversación, sacaba del bolsillo una pequeña agenda y escribía rápidamente una palabra, media línea, que más tarde utilizaría para el libro.

A la propagación de su gran proyecto de espiritualidad, además de sus muy difundidos libros, dedicó una actividad tenacísima y organizó la asociación Opus Dei. “Dad un clavo a un aragonés —dice el proverbio— y lo clavará con su cabeza”. Pues bien “yo soy aragonés —escribió— es necesario ser tenaces”. No perdía un minuto de tiempo. En España, antes, durante y después de la Guerra Civil, pasaba de las lecciones dadas a los universitarios a cocinar, a limpiar los pisos, a hacer las camas, a atender a los enfermos. “Yo tengo sobre mi conciencia —y con orgullo lo digo— el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que empezar limpiándoles la nariz antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas”. Así ha escrito, demostrando que “la sonrisa diaria” la vivía de verdad. Ha escrito también “me iba a la cama muerto de cansancio. Al levantarme, todavía cansado, por la mañana, me decía: ‘Josemaria, antes de almorzar dormirás un poco’. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: ‘Josemaría te he engañado otra vez’ “.

Pero su gran trabajo, fue fundar y continuar el Opus Dei. El nombre vino por casualidad. “Es necesario trabajar duro: ésta es una obra de Dios”, le dijo uno. “Este es el nombre justo —pensó—, obra no mía, sino de Dios, Opus Dei”. Esta obra creció bajo sus ojos hasta extenderse a todos los continentes: empezó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para las conferencias. La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei han hecho pensar en alguna mira de poder, en la férrea obediencia de los gregarios. Lo contrario es lo verdadero: existe sólo el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y con gran libertad.

“Somos ecuménicos Santo Padre, pero no hemos aprendido el ecumenismo de su Santidad”, se permitió un día decir Escrivá al Papa Juan. Este sonrió: sabía que desde 1950 el Opus Dei tenía el permiso de Pío XII de recibir, como cooperadores asociados a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba siendo estudiante. Al ingresar al seminario, le regaló las pipas y el tabaco al portero y no fumó nunca más. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei dijo: “Yo no fumo; vosotros tres tampoco; —y dirigiéndose a Don Álvaro— tienes que fumar tú, porque, si no, vuestros hermanos podrían pensar que no está bien el tabaco, y quiero que los demás no se sientan coaccionados en esto y fumen si les da la gana”. Sucede alguna vez que alguno de los miembros —a quienes el Opus Dei únicamente ayuda a tomar responsablemente opciones libres— asciende a algún cargo importante, Esto es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957 una alta personalidad envió a Escrivá sus felicitaciones porque un socio habla sido nombrado ministro en España, obtuvo esta respuesta más bien seca: “Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo”.

En esta respuesta está todo Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo; aunque sea de ministro.., si ha sido puesto en ese cargo, que se santifique de verdad. El resto importa poco.

3. Cómo era el Padre

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

Usted ha vivido cuarenta años junto al Padre. Soy consciente de que es prácticamente imposible describir una personalidad tan rica en cualidades humanas y dones sobrenaturales como la del Fundador del Opus Dei. Pero, por otra parte, ¿quién, fuera de usted, podría ofrecer un retrato lo menos incompleto posible?

–Su personalidad era tan rica de facetas que difícilmente puede describirse mediante esquemas generales. Además, había recibido tantas gracias del Señor que, al examinar su conducta, resulta difícil distinguir entre las cualidades naturales de su carácter y lo que es consecuencia de la gracia de Dios y la lucha ascética. He dicho intencionadamente “distinguir” y no “separar”, porque uno de los rasgos fundamentales de su personalidad era la perfecta unidad, la plena compenetración entre los aspectos humanos, apostólicos y ascéticos de su vida. Sería imposible diferenciarlos.

Nos enseñó siempre que las virtudes humanas son el fundamento de las sobrenaturales: quienes han tenido la suerte de vivir a su lado han visto realizada en su comportamiento aquella unidad de vida que predicaba con tanta pasión.

Para trazar un cuadro de conjunto, se podría decir que, ya fuera por sus virtudes o por sus dotes naturales –inteligencia, simpatía, carácter–, el Padre tenía la perfección del instrumento preparado por el Señor para la misión de fundar el Opus Dei.

Para comprender el carácter de nuestro Fundador es preciso tener presente una cualidad fundamental, que penetra todas las demás: la entrega a Dios y a las almas por Él; la disponibilidad para corresponder generosamente a la Voluntad del Señor. Este fue el norte de toda su vida. Como hombre enamorado, había descubierto el secreto que describió en el punto 1006 de Forja: Veo con meridiana claridad la fórmula, el secreto de la felicidad terrena y eternal: no conformarse solamente con la Voluntad de Dios, sino adherirse, identificarse, querer –en una palabra–, con un acto positivo de nuestra voluntad, la Voluntad divina. –Este es el secreto infalible –insisto– del gozo y de la paz.

Su entrega no era fría, “oficial”. Brotaba del amor y por eso se traducía en muestras sinceras de cariño y comprensión: tenía un corazón grande y noble. Estaba abierto a todos. Amaba el mundo apasionadamente, porque había sido creado por Dios. Le atraían todas las realidades humanas. Leía los periódicos, veía el telediario, le gustaban las canciones de amor, rezaba por los astronautas que iban a alcanzar la Luna… Era muy afable, sabía dar confianza y acoger a los demás.

A propósito de canciones: al Fundador le gustaba oír cantar, y refiriéndose a los viajes apostólicos realizados para preparar la “prehistoria” del Opus Dei en distintos países, afirmaba que había sembrado Europa de Avemarías y canciones…

–Sí, cantaba muy a menudo, con aquella voz suya de barítono, tan afinada y agradable. No era un hombre hosco, distanciado; al contrario, rebosaba humanidad, cordialidad, alegría. Nos enseñó que una sonrisa es, muchas veces, la mejor mortificación, porque nuestras mortificaciones nunca deben molestar a los que están a nuestro alrededor. Y fue por delante cumpliendo fielmente esta enseñanza. Su vida de oración y de penitencia, lejos de entristecer a los demás, infundía un auténtico gozo sobrenatural y humano a los que estaban a su lado.

Volvamos al temperamento del Padre…

–Puedo asegurar que su vida fue paradigma de hombre que sabe querer con todo el corazón y que desea servir a los demás y hacerles felices.

Estaba dotado de una inteligencia rápida y aguda, complementada por una cultura nada común y abierta a todas las ramas del saber, una destacada mentalidad jurídica y un notabilísimo gusto estético. Su personalidad humana era vigorosa y recia; su temperamento, valiente e impetuoso, fuerte y enérgico, y supo adquirir pleno dominio de sí mismo. Más de una vez me contó lo que le sucedió cuando era un sacerdote joven. Por un grave contratiempo había perdido un momento la serenidad: Me enfadé… y después me enfadé por haberme enfadado. En aquel estado de ánimo, caminaba por una calle de Madrid y se tropezó con una de esas máquinas automáticas que hacían seis fotos de carnet por unas monedas: el Señor le hizo comprender que tenía al alcance de la mano una buena ocasión para humillarse y recibir una lección ascética sobre la alegría. Entró en la cabina y se hizo las fotografías: ¡Estaba divertidísimo con la cara de enfado! Después rompió todas menos una: La llevé en la cartera durante un mes. De vez en cuando la miraba, para ver la cara de enfado, humillarme ante el Señor y reírme de mí mismo: ¡por tonto!, me decía.

El Fundador nos ha enseñado la corrección en el vestido, y una cierta elegancia según las circunstancias sociales de cada uno. Es un modo “secular” de entender la pobreza en este campo, en el que también fue por delante.

–Solía tener dos sotanas, que utilizaba en días alternos para que le durasen más; pero en algún periodo, por ejemplo, entre 1941 y 1944, no tuvo más que una, y así, cuando era preciso repasarla, no le quedaba más remedio que encerrarse en su habitación hasta que su hermana Carmen terminaba de coserla. También alguna vez en Roma tuvimos que pedir a sus hijas que la repasaran mientras esperaba en su habitación, en mangas de camisa.

Todas las noches cepillaba con cuidado el polvo de la sotana y, si tenía alguna mancha, la limpiaba con un poco de agua: yo le he ayudado muchas veces en esta operación, sosteniendo la tela. Cuando hacía falta lavarla, la pasaba a sus hijas que trabajaban en la Administración de la casa. Por eso le duraban tanto tiempo.

Hasta la fundación del Opus Dei, el Padre tenía la ropa sacerdotal necesaria tanto para invierno como para verano: cada año –cuando estaba todavía en Zaragoza–, se ponía la ropa de invierno el doce de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar, y el siete de marzo, entonces fiesta de Santo Tomás, la de verano. Esto significa que pasaría calor en octubre, y frío en marzo y abril. Desde la fundación del Opus Dei en adelante, como otro signo de sobriedad y pobreza, decidió usar las mismas prendas todo el año.

No le gustaba llevar camiseta, y esto desde que era niño. Pero estando en Turín el 27 de noviembre de 1949, pescó un fuerte resfriado por el intenso frío. Le compré entonces una de lana y le rogué que se la pusiera. Accedió, pero, como no estaba acostumbrado a llevarla, le cortó las mangas. Años después, para combatir el reumatismo, los médicos le prescribieron que usase rodilleras: nuestro Fundador empleó entonces aquellas mangas como “rodilleras”.

Padre, algún otro detalle de su vida cotidiana…

–El Padre amaba la limpieza y el aseo personal, pero no usaba ningún tipo de perfume, convencido de que para un sacerdote el mejor olor es no oler a nada; sólo al cabo de los años aceptó nuestro consejo de emplear un agua de lavanda para desinfectar eventuales cortes al afeitarse.

Durante muchos años se cortaba el pelo en casa con nuestra ayuda; en un momento determinado, quiso comprar uno de esos peines con cuchilla pensados expresamente para cortarse el pelo uno mismo. Pero acabamos aconsejándole que recurriera al peluquero, porque el pequeño ahorro económico no compensaba los resultados tan poco satisfactorios.

Como estaba heroicamente desprendido de sí mismo, no tenía nada superfluo. Por ejemplo, desde los años cuarenta hasta 1970 usó siempre las mismas gafas, aunque eran de un modelo bastante anticuado. Se decidió a cambiarlas por la insistencia de don Javier Echevarría y mía.

Desde 1953 el Padre dormía, en la Sede Central, en una habitación pequeña y fría con el pavimento de baldosas. Un día de 1973, al levantarse por la mañana, se cayó al suelo y estuvo algunos instantes sin conocimiento sobre las frías losas. Cuando lo supe, me preocupé, por su predisposición a las enfermedades bronquiales: poco tiempo antes le había sucedido algo similar a un cardenal de la Curia Romana, el Cardenal Larraona, quien contrajo una pulmonía y murió repentinamente. Por eso, aprovechando un viaje de nuestro Fundador, en 1974 revestimos el suelo de moqueta. A su regreso se molestó, porque habíamos tomado aquella iniciativa sin que lo supiera, y sólo la aceptó cuando le dijimos que lo habíamos hecho por consejo del médico.

Sé que el Padre no fumaba. Lo había dejado cuando entró en el seminario, y regaló el tabaco y las pipas al portero.

Sin embargo, vivió siempre con personas que fumaban, sin quejarse nunca. Es más, si recibía como regalo de alguna visita una caja de puros, los guardaba para los demás. Los dejaba en un armario empotrado de su dormitorio con un frasco de agua al lado, que iba sustituyendo periódicamente, para que no perdiesen humedad. Los días de fiesta los llevaba a la tertulia, después de comer, con gran alegría, y dejaba encendida una vela fina para que los fumadores pudieran prender sus cigarros.

Estas anécdotas traducen la sencillez, la delicadeza, el espíritu de servicio, el orden y el buen humor del Padre. Y, ya que hablamos de su vida cotidiana, ¿sería posible trazar el esquema de una de sus jornadas habituales?

–En realidad, no se puede hablar de una jornada “habitual”, porque su actividad se organizaba siempre en función de lo que el Señor le pedía: servir a todas las almas por amor. Lo verdaderamente habitual para nuestro Fundador era la disponibilidad de secundar en todo momento el querer divino.

Es verdad que a lo largo de su existencia terrena se sujetó a un plan de vida que tenía puntos de referencia intocables: la oración mental, la Santa Misa, el rezo del Breviario y del Santo Rosario, y otras prácticas de piedad. De hecho, y contrariamente a lo que podría pensar quien le hubiera escuchado hablar tan sólo de la santificación del trabajo, sin conocer bien el espíritu del Fundador de la Obra, repetía constantemente esta verdad fundamental: El arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración, y tenemos alma contemplativa.

Aun conservando estos puntos esenciales, la jornada del Padre tuvo características muy diferentes según las distintas épocas: por ejemplo, sus jornadas de los años treinta, cuando desarrollaba una intensa y directa actividad pastoral por los barrios de Madrid, eran muy diferentes de las de los años sesenta, en Roma, cuando su ocupación fundamental era el gobierno y la atención al desarrollo del Opus Dei.

Hablemos entonces de una jornada–tipo del Padre, en Roma, durante los últimos años.

–Al final de los años sesenta, el Padre, obedeciendo a lo que le habían prescrito los médicos, descansaba todas las noches entre siete horas y media y ocho: era tan fiel a la indicación recibida que, aunque se despertaba mucho antes, no se levantaba de la cama hasta que no se lo decía uno de sus Custodes, don Javier Echevarría; el otro Custos era yo. Antes de recibir esta prescripción médica, tenía la costumbre de levantarse en cuanto se despertaba, o apenas sonaba el despertador, aunque hubiera dormido sólo dos o tres horas: nunca se quedaba en la cama más del tiempo previsto, ni durmió jamás la “siesta”. Para no darnos preocupaciones, no le gustaba hablar de sus largas horas de insomnio, que pasaba haciendo oración. Siempre me he divertido cuando alguno le preguntaba por la mañana si había descansado bien; el Padre respondía con frecuencia: Muchas gracias, igualmente; así daba la impresión de que contestaba a la pregunta, pero, de hecho, la eludía.

En cuanto se despertaba, vivía el minuto heroico: saltaba de la cama y besaba el suelo, pronunciando como jaculatoria un vibrante Serviam! Ofrecía toda su jornada al Señor, y hacía la señal de la cruz sobre su frente, sobre los labios y sobre el pecho, mientras repetía: Todos mis pensamientos, todas mis palabras y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera, por amor. Besaba también el crucifijo y la imagen de la Virgen que tenía sobre la mesilla de noche.

Mientras se afeitaba solía repetir las oraciones que había aprendido en su infancia de labios de sus padres. Muchas veces, sobre todo a partir de los años cincuenta, en que ya tuvo una habitación personal, rezaba estas oraciones en voz alta, e incluso cantando. Después del aseo personal se preocupaba de dejar bien limpio el baño, arreglar la habitación y de que todo quedase en orden, por delicadeza con las personas que se ocupaban de las tareas del hogar, y para facilitarles su trabajo.

Acto seguido, continuando con la oración mental que había hecho mientras estaba despierto, en la cama, hacía otra media hora como preparación inmediata para la Santa Misa. A veces dirigía la meditación en voz alta para los que estábamos en el oratorio; debo decir que todos esperábamos, como un gran regalo del Señor, los momentos en los que el Padre, por decirlo así, nos abría su alma y nos confiaba, en la presencia de Dios, detalles de su vida interior. Pero la mayor parte de las veces, sobre todo en los últimos años, utilizaba los libros de Meditaciones escritos por indicación suya.

En cuanto a la Santa Misa, habría que extenderse mucho más…

Sobre este tema me reservaría una pregunta específica para cuando hablemos de la vida sacramental del Padre.

Conforme, lo dejamos para entonces. Su desayuno era frugal y rápido, de acuerdo con su profundo espíritu de mortificación y la severa dieta que los médicos le habían impuesto desde que le diagnosticaron la diabetes. Se limitaba a una taza de café con leche sin azúcar, y sin pan, y a una fruta, generalmente una manzana o una pera. Mantuvo este régimen después de curarse de la diabetes, sustituyendo la fruta por un pequeño trozo de pan. Siempre era café poco cargado, y la leche, descremada.

Después del desayuno, el Padre dedicaba unos minutos a la lectura del periódico. Antes, dividía las páginas en dos mitades, y me las iba pasando a mí, que desayunaba a su lado. Se notaba que, mientras leía, rezaba por tantos problemas del mundo y de la Iglesia. En los últimos años, se puede decir que prácticamente no conseguía leer el diario porque, muchas veces, le sucedía que, nada más empezar, prescindía inmediatamente de las noticias, y su mente se sumergía por completo en Dios: apoyaba la frente sobre la palma de la mano derecha, cerraba los ojos y rezaba, aprovechando que estaba a solas conmigo. Mirándole, y viéndole tan absorto en Dios, yo también rezaba.

Tras el Breviario, que solía recitar condon Javier Echevarría y conmigo, antes de empezar a trabajar, el Padre dedicaba un tiempo a la lectura meditada del Nuevo Testamento. Con frecuencia anotaba alguna frase, nada más leerla, y la utilizaba en la predicación, en sus escritos, o en la oración mental de la tarde, etc. Tengo la certeza de que siempre sacaba por lo menos una consideración para meditarla durante el día en la presencia de Dios.

La mañana de trabajo comenzaba normalmente con el despacho de asuntos relacionados con el gobierno del Opus Dei. En este trabajo de gobierno, nuestro Fundador veía siempre almas detrás de los papeles. Para mantenerse en la presencia de Dios se valía de algunas “industrias humanas”; por ejemplo, miraba frecuentemente al crucifijo de la pared o a la imagen de la Virgen que estaba en su escritorio. Me impresionó siempre el cariño con que besaba esta imagen cuando yo la hacía caer, sin darme cuenta, al cambiar de sitio alguna cosa.

Después venía el tiempo del correo. Al Padre le gustaba abrir los sobres personalmente, aunque después me los pasaba a mí –y en los últimos años también a don Javier–, para que le ayudase a leer el contenido. Separaba las cartas relacionadas con el gobierno, dirigidas al Consejo General, de las personales. En cuanto a estas últimas, si advertíamos que alguna era confidencial, se la devolvíamos inmediatamente, sin leerla. Estoy seguro de que el Padre no leyó ninguna carta sin rezar por la persona que la había escrito, y por el problema que se le exponía.

Terminada la lectura del correo, rezaba el Angelus al mediodía. Constituía un momento importante de su jornada, porque además de ser una conversación filial con la Virgen, marcaba el tiempo en que su devoción eucarística cambiaba de signo: hasta entonces había pasado la mañana dando gracias a Dios por la Misa que había celebrado; a partir del Angelus comenzaba a prepararse para la Misa que celebraría al día siguiente.

A continuación iniciaba el espacio dedicado a recibir a las numerosas personas que acudían, a veces desde países muy lejanos, para visitar a nuestro Fundador y recibir su estímulo y sus consejos. Dispuso que, salvo algún caso excepcional, cada visita durase diez minutos: en parte, por motivo de orden, ya que eran muchos los que deseaban conocerle; y en parte, por mortificación, para evitar entretenerse más con las personas cuya compañía, por la razón que fuese, le resultaba más grata. Naturalmente, cuando era oportuno, el Padre dedicaba el tiempo que hiciera falta y no dudaba en quedar de nuevo para otra entrevista.

Después de despedirse de la última visita con una bendición sacerdotal y paterna, rezaba con los miembros del Consejo General las Preces de la Obra: como es costumbre en el Opus Dei, besaba el suelo diciendo Serviam! y renovaba interiormente el ofrecimiento de obras que había hecho por la mañana; después rezaba las invocaciones de alabanza y súplica a la Trinidad, a Jesucristo, a la Virgen, a San José y a los Ángeles Custodios; rezaba por el Papa y por el obispo de la diócesis –cuando estaba fuera de Roma–, por la unidad en el apostolado, por los benefactores de la Obra, por sus hijos y por los difuntos, y terminaba con una oración y seis invocaciones a los Patronos del Opus Dei: tres Arcángeles y tres Apóstoles.

Al final de las Preces, el Padre hacía un breve examen de conciencia sobre la mitad de la jornada transcurrida y consideraba, en particular, cómo había cumplido el propósito formulado en el examen de conciencia de la noche anterior. Si se daba cuenta de que aquella mañana había algo por lo que debía pedir perdón a alguien, actuaba con rapidez, buscando inmediatamente al interesado.

Normalmente comíamos con el Padre sólo don Javier Echevarría y yo, por la sencilla razón de que no quería obligar a sus hijos más jóvenes, que seguramente necesitaban comer más, pues era muy austero en las comidas. También por este motivo, cuando tenía invitados, se las ingeniaba para no hacer notar su frugalidad, y no desairar a los otros comensales. En el almuerzo, como en el desayuno, seguía la dieta prescrita por los médicos, pero, además, procuraba añadir a cada plato el condimento de la mortificación. De primero, tomaba verdura cocida y sin sal. De segundo, un poco de carne o de pescado, generalmente a la plancha, con un mínimo de guarnición. De postre, fruta. No probaba el pan ni el vino, y bebía uno o dos vasos de agua, por expresa indicación médica, pues, por su parte, tendía a mortificar severamente la sed. También por mortificación, nunca empezaba a comer hasta que nos habíamos servido don Javier Echevarría y yo.

Después del almuerzo el Padre hacía la Visita al Santísimo. Luego pasaba un rato, treinta o cuarenta minutos, charlando con sus hijos: era una costumbre que nuestro Fundador practicó siempre, a diario, desde que los miembros del Opus Dei comenzaron a vivir en familia en nuestros Centros, e indicó expresamente que se viviera en todos los Centros de la Obra. En el ambiente sencillo y acogedor del cuarto de estar, como sucede en toda familia cristiana, la conversación discurría sobre los sucesos cotidianos, y anécdotas apostólicas, o también temas divertidos; el Padre aprovechaba para formar en nosotros un criterio doctrinal seguro, para dar tono sobrenatural a las noticias del día, y hacer descansar a sus hijos. En muchas ocasiones nos abría confidencialmente su alma, y transmitía su espíritu, mejorando la formación espiritual de quienes le escuchaban. Me ha admirado siempre ver cómo se entregaba el Padre en estas reuniones, completamente olvidado de sí mismo, incluso cuando se encontraba agotado por el cansancio, las noches de insomnio o por haber sufrido una dura contrariedad.

Después de este rato de familia hacía la lectura espiritual, preferentemente con tratados clásicos de ascética, y volvía otra vez al trabajo: no le gustó nunca la siesta, hasta el punto de disponer que los miembros de la Obra no la hiciesen salvo por prescripción médica. A primera hora de la tarde continuaba la tarea de la mañana, y era muy frecuente que llamase a algún miembro del Consejo General para estudiar juntos algún asunto concreto. Dedicaba mucho tiempo a escribirnos cartas, bien en retazos de la mañana o en las primeras horas de la tarde.

Durante el tiempo de trabajo que precedía a la media hora de oración de la tarde, se preparaba interiormente para esta cita con el Señor. Después, antes de volver a las ocupaciones interrumpidas, la merienda, que consistía en un vaso de agua y una pieza de fruta, que con frecuencia dividía con don Javier o conmigo.

Todos los días recitaba y meditaba las tres partes del Rosario: las distribuía oportunamente a lo largo de la jornada, y terminaba con la parte del día, junto con las letanías lauretanas, después de la oración y la merienda.

La cena era aún más frugal que el almuerzo: un plato de menestra, de caldo o de verdura, sin pan; en los últimos años el médico le mandó tomar también un poco de queso, o una tortilla, además de fruta.

Después de la cena, el Padre veía a veces el telediario. También en estos momentos se valía de algunas “industrias” para vivir la presencia de Dios: por ejemplo, cuando aparecía sobre la pantalla la carátula del programa, con la imagen del globo terráqueo girando sobre su eje, aprovechaba para rezar por la evangelización de la Iglesia en todo el mundo, y por el trabajo apostólico del Opus Dei. Puedo afirmar que, especialmente en los últimos años, el Padre rezaba con mucha intensidad mientras veía las noticias de la televisión: encomendaba al Señor los sucesos que se comentaban y pedía por la paz del mundo.

Después del telediario volvía a su trabajo hasta las nueve y media. A esta hora pasaba otro rato con sus hijos en una tertulia familiar como la del mediodía. Al terminar, antes de salir de la habitación, se paraba un instante en la puerta, de modo casi imperceptible, para “dejar pasar a sus dos ángeles”: era un pequeño detalle que pasaba inadvertido a los demás y que muestra cómo vivía el trato con su ángel custodio y su arcángel ministerial. No era un gesto teatral, pues hacía falta estar muy atento y al corriente del “secreto”, para darse cuenta.

Inmediatamente después de esta tertulia con sus hijos, se retiraba en profundo silencio para hacer el examen de conciencia y rezar las últimas oraciones. Antes de acostarse recitaba a diario el salmo Miserere, postrado en tierra: después, de rodillas con los brazos en cruz, tres Avemarías, pidiendo la pureza para todas las almas, y especialmente para sí, y para sus hijos del Opus Dei. Solía meter en el bolsillo del pijama un crucifijo, que besaba repetidamente antes de dormirse, mientras repetía jaculatorias, comuniones espirituales, etc., o acompañaba con la imaginación al Señor presente en los tabernáculos de lugares lejanos.

EPÍLOGO: Por todos los rincones de la tierra

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

La fama de santidad de que gozó en vida Mons. Joseniaría Escrivá de Balaguer se ha ido luego extendiendo por todos los rincones de la tierra, como ponen de manifiesto los abundantes testimonios de favores espirituales y materiales, que se atribuyen a la intercesión del Fundador del Opus Dei, entre los que no han faltado Curaciones médicamente inexplicables.

A partir de junio de 1975, fueron numerosísimas las cartas procedentes de los cinco continentes pidiendo a la Santa Sede la apertura de su Causa de Beatificación y Canonización. Entre ellas, como va he relatado anteriormente, se encontraban las de rnás de un tercio del Episcopado mundial. Efectivamente, con el nihil obstat de la S. Congregación para las Causas de los Santos, ratificado por Juan Pablo II, el Cardenal Vicario de la diócesis de Roma emanó el Decreto de Introducción de la Causa el 19–11–1981; este Decreto queda recogido en un apéndice de este libro.

El Proceso sobre la vida y virtudes del Fundador del Opus Dei comenzó el 12 de mayo de 1981 en Roma, donde han prestado declaración decenas de testigos. Simultáneamente, testigos de habla castellana declararon en Madrid ante otro Tribunal, constituido por el Cardenal Enrique y Taraneón, y confirmado después por el Cardenal Suquía al ser nombrado Arzobispo de la diócesis. Presidió este Tribunal el Rvdo. P. Rafael Pérez, agustino, que había sido durante muchos años Promotor General de la Fe en la S. Congregación para las Causas de los Santos.

Al mismo tiempo han tenido lugar, también en Madrid, otros Procesos sobre dos curaciones, presuntamente extraordinarias, en una religiosa aragonesa, y en una mujer catalana, atribuidas a la intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.

Son innumerables los testimonios de personas, que han manifestado públicamente su agradecimiento al Fundador del Opus Dei, porque las ha escuchado en sus peticiones, y han enviado por escrito esos testimonios a la Postulación General en Roma, y a las Vicepostulaciones de los diversos países. Pero dejemos hablar a los protagonistas de unos pocos.

V. LA GENTE DEL OPUS DEI

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Los miembros del Opus Dei son, como se puede ver, personas corrientes que desean llevar una vida plenamente cristiana, buscando la santidad y ejerciendo el apostolado, en su propio estado y en su propio trabajo en medio de la sociedad civil.

En el fondo la cosa no puede ser más sencilla. Cada persona del Opus Dei se compromete en concreto a practicar las virtudes cristianas propias de su condición en el mundo, y a ejercer el apostolado en la medida de sus posibilidades y según su situación personal. Como es lógico, esa diversidad de situaciones personales trae consigo una variedad de participación en las labores apostólicas según que puedan dedicar más o menos tiempo, según que puedan desarrollar una u otra actividad, etc. La mayoría de los miembros de la Obra son personas casadas, que procuran vivir seriamente el cristianismo en el seno de su hogar. Otros, en cambio, deciden permanecer célibes, con el fin de dedicar más tiempo a las tareas de formación de los demás miembros y a las diversas actividades apostólicas. Y en correspondencia a esa dedicación de sus miembros, la Obra se compromete a su vez a darles ayuda espiritual y orientación para sostener e incrementar su vida interior, al mismo tiempo que les estimula para que en su acción apostólica puedan servir a todas las almas. Por tratarse de cristianos corrientes, en el Opus Dei se da la misma variedad de personas que en cualquier sociedad: hombres y mujeres, ,jóvenes y viejos, solteros y casados, sanos y enfermos; y hay en, la Obra personas de cualquier condición social y de cualquier profesión. «Para formar parte del Opus Dei –ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer– se necesita sólo la buena voluntad de corresponder a la vocación divina, que invita a buscar la perfección cristiana en el propio estado y en el ejercicio de la propia profesión u oficio en el mundo, según el espíritu del Opus Dei. Precisamente por eso pertenecen a la Obra hombres y mujeres de las más diversas condiciones: porque la vocación la da Dios y… porque para Dios no hay acepción de personas».

A esa multiplicidad de situaciones personales corresponde precisamente una forma personalísima de actuar la misma vocación que cada uno ha recibido, porque, como me decía uno de ellos, «en el Opus Dei cada uno se organiza como le da la gana». Unos pocos residen en centros de la Obra con el fin de estar más disponibles para trabajar en la dirección espiritual y doctrinal de las tareas de formación, pero la mayoría viven con su familia o en aquellos lugares donde los lleva a permanecer el desempeño de su labor profesional.

Del Opus Dei forman parte además sacerdotes, que se ordenan cuando ya pertenecen a la Prelatura y se dedican principalmente –aunque no de manera exclusiva– a la atención espiritual de los demás miembros de la Obra y son, por vocación, sacerdotes seculares en cualquier diócesis donde se encuentren.

Otros, después de haber recibido las sagradas órdenes, se asocian, para mejorar su vida espiritual, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación inseparablemente unida a la Prelatura, sin que esto disminuya –lógicamente– en modo alguno su condición de sacerdotes diocesanos ni su plena dependencia del propio Ordinario, como ya hemos visto.

En resumen, pues, se puede decir que en el Opus Dei hay laicos y sacerdotes seculares; que entre los laicos, hay personas casadas y otras que permanecen célibes; y que, tanto entre los casados como entre los célibes, hay personas de todas las profesiones y ambientes sociales.

Y existen también Cooperadores –muchos de ellos no católicos– que, sin ser propiamente miembros de la Obra, colaboran en las actividades apostólicas con su oración, sus limosnas o su trabajo.

IV. GOBIERNO DEL OPUS DEI

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Cuenta François Gondrand en su biografía de Mons. Escrivá de Balaguer, titulada Al paso de Dios, que ya en 1936, y posteriormente en 1940, el Fundador del Opus Dei preguntaba a los primeros miembros que estaban junto a él:

«Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?.

–Sí, Padre, continuaré haciendo la Obra, le respondían».

Años más tarde, continuaba pensando que en el Opus Dei no hay nadie indispensable: «Ni siquiera yo, que soy el Fundador», agregaba a veces.

Estas anécdotas, que revelan el profundo desprendimiento de sí mismo y la humildad de Mons. Escrivá de Balaguer, tuvieron siempre un fiel reflejo en su tarea de gobierno en el Opus Dei, desarrollada durante cuarenta y sietc años:

«La labor de dirección en el Opus Dei es siempre colegial, no personal –decía en 1966 a Tad Szulc–. Destacamos la tiranía, que es contraria a la dignidad humana».

De acuerdo con este espíritu, no puede parecer extraño que la organización del Opus Dei resulte sencilla y mínima.

III. ¿QUÉ ES EL OPUS DEI?

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

¿Quién mejor que Mons. Alvaro del Portillo, su Prelado, para explicarnos qué es el Opus Dei? El 28XI–82, el Papa Juan Pablo Il erigió esta institución de la Iglesia en Prelatura personal, con el fin de que su figura jurídica en el derecho canónico correspondiera adecuadamente con su vida, con su realidad social y con su auténtico espíritu fundacional, transmitido por su Fundador, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. «Este nuevo marco jurídico del Opus Dei –declaró Mons. del Portillo a Pier Giovanni Palla, del diario Ya, en noviembre de 1982–, transparenta claramente lo que son los miembros del Opus Dei: o simples fieles laicos, o sacerdotes seculares».

II. ALGO DE HISTORIA

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Con motivo de una visita del Fundador del Opus Dei a Andalucía y después de participar, en compañía de más de dos mil personas, en una conversación directa con él, José María Pemán escribió el 22 de noviembre de 1972 en la tercera página del ABC un delicioso artículo, rematado por este mano a mano con el «Séneca»:

«–Don José: si le llaman a todo esto Obra de Dios, ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las “causas segundas”.

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera».

No se podía resumir mejor, a mi juicio, ni con palabras más llanas, la verdadera historia del Opus Dei, ésa que parece tan fácil de escribir yendo desde ahora, después del Concilio Vaticano II, hasta su comienzo, y que resulta sobrehumana –léase sobrenatural– en cuanto uno se planta en 1928, observa el panorama de España y del mundo y trata de hacer camino al andar, de acuerdo con lo que Dios indudablemente quería. A la gente del Opus Dei no le gusta hablar de milagros –suelen decir, como Mons. Escrivá de Balaguer, que les basta con los milagros del Evangelio para creer–, pero indudablemente es ya un prodigio ese formidable cambio de mentalidad, operado en los cristianos y en todos los hombres, que nos hace ver hoy prácticamente como normal lo que hace unos años apenas se podía imaginar.

La «causa segunda», que decía el «Séneca», fue un muchacho de Barbastro, nacido el 9 de enero de 1902 y escogido por Dios para sacar adelante el Opus Dei. Se llamaba Josemaría y, según él mismo ha dicho, con perspectiva de lustros, atribuye más del noventa por cien de su vocación a la vida cristiana de sus padres, don José Escrivá de Balaguer y Corzán y Doña Dolores Albas y Blanc. En Barbastro inició los estudios de enseñanza media, que terminaría en Logroño…

La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer

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I. El Opus Dei en el mundo

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Al aterrizar la muchacha sintió vergüenza torera y, mientras el avión se acercaba lentamente a los edificios del aeropuerto, tomó en firme su decisión: buscaría en la guía telefónica la dirección del Opus Dei en Madrid y acudiría allí directamente, desde Barajas, para enterarse de una vez y para siempre del asunto. Porque otra como aquélla no le volvería a pasar en su vida.

Terminado el trabajo que sigue normalmente a todo vuelo, marchó al aparcamiento, se metió en su coche y, vestida todavía de azafata, se presentó en la dirección que encontró en la guía: la de la Oficina de Información del Opus Dei.

–Vengo aquí a saber con detalle lo que es el Opus Dei. Acabo de llegar de Londres y durante el vuelo me ha ocurrido algo que, la verdad, me ha llenado de vergüenza, porque soy católica y…

Lo ocurrido era sencillo. Un pasajero británico, anglicano, entabló conversación con su vecino, un cató] ico español, acerca del Opus Dei. Como éste no hablaba bien el inglés, había solicitado de la azafata que hiciese ella misma de intérpretc, «aunque mejor habría sido que no la hubiera llamado», porque, mientras el católico «navegaba» sobre el tema, el anglicano daba muestras cada vez más evidentes de conocerlo en profundidad, con lo cual el interrogatorio se convirtió al final, tanto para la azafata como para el pasajero, en una auténtica disertación sobre el Opus Dei a cargo de aquel señor alto y rubio que desapareció por la aduana con los demás viajeros procedentes de Londres.

Entre lo que había traducido en el avión y lo que le dijeron aquella tarde en la oficina, la azafata supo lo que era el Opus Dei y se llevó además unos cuantos títulos de libros y de folletos, que podía encontrar en cualquier librería. Sin embargo su mayor sorpresa fue la de descubrir por su propia cuenta, al darle vueltas a lo que acababa de conocer, que a lo mejor en el pasaje del avión había alguien del Opus Dei y que también en el aeropuerto podrían serlo la mujer de la limpieza, el empleado o el piloto de cualquier compañía, el mecánico, el técnico de la torre de control, el camarero, la telefonista, el mozo, la chica que vendía «souvenirs», la florista, el jefe del aeropuerto, el hombre del quiosco de periódicos, la compañera que pasaba de un avión a otro a los pasajeros en tránsito o acompañaba a aquellos niños que viajaban solos, o cualquiera de los que esperaban pacientemente su vuelo –hombres, mujeres, casados, solteros, viudos, enfermos, sanos–, de cualquier raza, de cualquier país, de cualquier cultura. «Bueno –seguía pensando la muchacha, dinamizada por el ritmo de su profesión–, y quien dice en un aeropuerto lo puede decir también en una estación de trenes o de autobuses, en el metro o en un barco, en Cabo Cañaveral o en una nave espacial… Pero, ¿entonces el Opus Dei…?».

Efectivamente. Cualquier hombre, cualquier cristiano lo puede comprender si se detiene un momento en la rabiosa carrera que le lleva a todo gas hacia cualquier parte y se para a reflexionar sobre las cosas sencillas, mira con ojos más humanos a la gente que se mueve a su alrededor (¡cuánta petulancia en este «alrededor», que decimos siempre y que nos convierte en centro del mundo!), y descubre esa formidable dignidad que está al alcance de todos sin más exigencia que la de la buena voluntad.

«Desgraciadamente –comenta Michael Kirke en The Word (mayo de 1972) de Dublín– muchas personas son capaces de tener muy buenas intenciones, pero rara vez de cumplirlas. Hay que enfrentarse a los hechos tal como son: los cristianos tenemos una triste tendencia –a veces escandalosa– a permanecer muy por debajo de nuestros ideales. ¿No es verdad que necesitamos a menudo medios más eficaces para acercarnos un poco más a esos ideales?… Eso es lo que e) Opus Dei se propone».

Libertad y formación cristiana

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Extracto del estudio “La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá”, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997

Angel Rodríguez Luño

El énfasis del Fundador del Opus Dei en el principio de libertad y de responsabilidad personales presupone en el ciudadano cristiano la preocupación de adquirir una sólida formación, de manera que su actividad constituya efectivamente una positiva contribución al recto orden de la vida social. Ya en un escrito de 1932, mencionaba la necesidad de proporcionar a todos esa formación.«Os diré, a este propósito, cuál es mi gran deseo: querría que, en el catecismo de la doctrina cristiana para los niños, se enseñara claramente cuáles son estos puntos firmes, en los que no se puede ceder, al actuar de un modo o de otro en la vida pública; y que se afirmara, al mismo tiempo, el deber de actuar, de no abstenerse, de prestar la propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad personal, al bien común. Es éste un gran deseo mío, porque veo que así los católicos aprenderían estas verdades desde niños, y sabrían practicarlas luego cuando fueran adultos»44. Ese deseo hoy se ha hecho realidad, pues el Catecismo de la Iglesia Católica y otros catecismos nacionales conceden la debida atención a los temas sociales y políticos45. El problema es de capital importancia, porque de la adecuada formación de los laicos depende que su presencia en la vida pública dé como resultado la ordenación cristiana del mundo, y no la «mundanización» de los cristianos, como manifestó en cierta ocasión el Beato Josemaría a un grupo de Padres y Peritos del Concilio Vaticano II que habían ido a conversar con él.

Cuando se habla aquí de formación, no se entiende propiamente la comunicación de soluciones concretas prefabricadas e irreformables, cerradas al diálogo constructivo. Formar es más bien promover una sensibilidad hacia las exigencias del bien común, así como estimular un pensamiento que, a la luz de la fe, permita progresar en la comprensión de la realidad y del cambio social. El Fundador del Opus Dei veía en esta formación una fuente y un motivo de solidaridad, es decir, de participación solidaria en la empresa colectiva de búsqueda de la verdad. «En este ayudarse los unos a los otros ocupa un puesto importante el contribuir a conocer, a descubrir, la verdad. Nuestra inteligencia es limitada, sólo podemos —con esfuerzo y dedicación— llegar quizá a distinguir una parcela de la realidad, pero son muchas las cosas que se nos escapan. Una manifestación más de la solidaridad entre los hombres es hacer comunes los conocimientos, participar a los otros las verdades, que hemos llegado a encontrar, hasta constituir así ese patrimonio común que se llama civilización, cultura».

100% estona y 100% española

compromiso  Tagged , , , , No Comments »

Teresa Peña es española y vive en Estonia desde hace 12 años. Es filóloga de lenguas románicas y trabaja en la Universidad de Tallinn como profesora de español

Opus Dei -

¿Cuánto tiempo lleva en Estonia?

Doce años.

¿Le costó mucho tomar la decisión de marcharse?

No, veinte segundos. Cuando me dijeron que el Padre había pensado en mí para empezar la labor del Opus Dei en Estonia, después de la sorpresa inicial, contesté inmediatamente que sí. Lo mismo que hago aquí, lo hago allá. De todas maneras, me dijeron que lo reflexionara con calma y total libertad antes de dar una respuesta. Tardé dos días en escribir una carta al Padre diciéndole que contara conmigo. Para mí, el mayor inconveniente era verme poca cosa ante tan gran aventura, pero pensé en el espíritu de familia de la Obra: Yo no iba sola, sino con otras cinco personas, así que unas a otras nos ayudaríamos. Más la fuerza de Dios y de la Santísima Virgen. No está mal, ¿no?

¿Es esto corriente en el Opus Dei?

Lo normal de la gente del Opus Dei es encontrar a Dios allá donde está. En este sentido, la mayoría sigue haciendo su trabajo y no cambia de lugar de residencia. Sin embargo, no podemos olvidar que hay muchos pueblos que aún no conocen a Cristo y nos reclaman. ¿Por qué no trasladarse allí a trabajar y así difundir el espíritu cristiano?

“Llevar a Dios todas estas realidades humanas, sencillas y nobles, es precisamente el mensaje del Opus Dei”

¿En qué aspectos puede ayudar el mensaje del Opus Dei al pueblo estonio? ¿Cómo se está recibiendo este mensaje?

El pueblo estonio es un pueblo trabajador, con mucho sentido artístico y creativo. Disfruta de la música, del trabajo bien hecho, de la naturaleza. Llevar a Dios todas estas realidades humanas, sencillas y nobles, es precisamente el mensaje del Opus Dei. Para ellos, al igual que para cada pueblo, ya que el mensaje de la Obra es universal, se abre un panorama más amplio y profundo. Todo aquello que hacen y aman lo pueden llevar a Dios. Actualmente en Estonia hay cooperadores del Opus Dei que son artistas, periodistas, actores de teatro, campesinos, músicos, enfermeras, cocineros, empresarios, etc.

¿Cómo se sintió recibida?

Con sorpresa. Cuando yo llegué hacía poco que se habían abierto las fronteras tras la larga ocupación soviética. No estaban acostumbrados a ver extranjeros, y además que quisieran vivir en su país, aprender su idioma, sufrir su clima frío. La pregunta más frecuente era “miks?” = “¿por qué?” y “¿hasta cuándo os vais a quedar?”. Cuando decíamos que para siempre, sus ojos se abrían como platos o se llenaban de lágrimas. Por otro lado, al ser personas de otra cultura, causábamos interés.

¿Le costó mucho adaptarse al nuevo país?

¡Qué difícil responder! Sí y no. El frío, el idioma, su carácter más cerrado, la oscuridad del invierno… eran los puntos flacos. Su amor a la naturaleza, su talento artístico, su fino humor intelectual, su seriedad en el trabajo, su respeto hacia los demás me fueron cautivando.

¿Muchas dificultades con el idioma?

Sí, es un palo. Un palo duro de roer. Dicen que es uno de los idiomas más difíciles del mundo. Pero bueno, hasta en esto se cumple lo de que todo es ponerse.

Opus Dei -

¿Piensa quedarse para siempre?

Sí. Si Dios quiere, sí.

¿Se siente ya estona?

Sí. Me siento 100% estona y 100% española.

Visto desde España parece que se trata de una actividad misionera, ¿es así?

No sé. Todos los cristianos somos misioneros… o lo deberíamos ser: llevar la alegría de Dios a los que nos rodean, ampliando el radio de acción todo lo que se pueda. Si piensas en la palabra de Jesús: “Id hasta los confines de la tierra”… pues yo estoy un poco más cerca de uno de los confines, el del Polo Norte. Dios me ha hecho este regalo.

Entonces, ¿tiene o piensa tener un trabajo profesional?

¿Cómo no voy a tener un trabajo profesional? Hay que traer el pan a casa. Yo soy filóloga de lenguas románicas y trabajo en la Universidad de Tallinn como profesora de español. En este campo del español hay mucho por hacer. Mis otras compañeras del centro del Opus Dei de Estonia son ingeniero, médico, economista, contable, químico y biólogo. Todas trabajamos.

¿En qué consiste la tarea evangelizadora del Opus Dei en el país?

Es una labor de catequesis y de apoyo a los que se van bautizando. La Iglesia Católica de Estonia es como un bebé recién nacido. A lo largo de estos doce años yo he visto muchas conversiones, la mayoría de adultos o de gente joven. Ellos necesitan y desean aprender a vivir la fe en su vida diaria. Los estonios son muy profundos y no se conforman con saber cuatro cosas del catecismo. En nuestro centro tenemos dos veces al mes un aula de teología. También hay otras actividades culturales variadas e interesantes, pero el aula de teología y el retiro espiritual son las actividades estrella, que tienen más éxito.

Opus Dei - Tallin

Tallin

¿Ha notado diferencia en la calidad de vida?

Pues sí. Al llegar tuve la sensación de haber vuelto al pasado, a la España de los años 40. Todo estaba viejo y roto. Pero gracias al tremendo esfuerzo de los estonios las cosas han mejorado mucho. En algunos aspectos el desarrollo tecnológico está ya a nivel europeo.

Habrá menos medios materiales que en España. Pese a todo ¿cree que la gente es más feliz?

Cuando uno no tiene nada disfruta de una puesta de sol, del sonido de los árboles, de cosas pequeñas. Esto es un valor que yo encontré al llegar. Ahora la economía de mercado es un peligro para las nuevas generaciones estonas. En algunas personas hay actualmente un hambre desequilibrada de tener, de adquirir, de comprar… –aunque tener un mínimo de bienestar es razonable-. Confío en el sentido común de los estonios para llegar a un equilibrio.

¿Qué valores cristianos se conservan?

Más que cristianos, he visto valores naturales; pues la mayoría no sabe mucho de Jesucristo. Pero aunque no tengan ninguna religión, porque nadie se la ha anunciado, sí son religiosos. Son paganos pero no ateos. Todos tienen un respeto y agradecimiento a Dios que les ha creado y dado esa tierra que aman.

Opus Dei -

¿Son muchos los católicos? ¿Cuántos creyentes hay de otras confesiones?

La Iglesia Católica es en Estonia una iglesia naciente, pero es respetada y valorada positivamente. En total somos 3.500 católicos. La mayoría de la población no tiene religión. Y después, de los que se definen como creyentes, un 15% son luteranos y un 14% son ortodoxos (la población rusa del país). También hay baptistas, metodistas, judíos y musulmanes.

¿Se puede decir qué los católicos de allí viven con más intensidad su fe que la media de los españoles, por ejemplo?

Sí, verlos rezar te impresiona. Impresiona su respeto y adoración a Dios, a la Eucaristía. Quizá por su sentido artístico dan mucho valor a la belleza de la liturgia, de los símbolos; los viven con sinceridad de corazón y no como una oración aprendida de memoria. Meditan las palabras, los gestos. Como les ha costado más esfuerzo conocer a Dios, lo valoran más. Es un tesoro encontrado y no una herencia recibida.

De todas maneras, yo veo que actualmente en España se está purificando mucho la fe. Ahora el que cree es porque quiere creer y es consecuente en medio de un ambiente adverso.

¿Cómo ve el futuro del desarrollo del catolicismo en el país?

Positivo. Y ecuménico. En Estonia la Iglesia Católica aunque sea pequeña tiene prestigio entre las confesiones luteranas y ortodoxas. Hay un diálogo ecuménico fraterno. Esto puede servir de modelo en otros países nórdicos y puede contribuir a la Iglesia Católica Universal.

¿Cuáles son las notas comunes del carácter de los estones?

Es difícil generalizar. Pero yo diría que son responsables, serenos, reflexivos, sencillos, con sentido del humor, artistas, independientes.


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