Carta del Prelado (febrero 2008)

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El Prelado del Opus Dei anima a vivir la Cuaresma con optimismo y deseos de conversión, para gozar con Dios de la felicidad. Publicamos su carta pastoral de febrero.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estamos a las puertas de la Cuaresma: tiempo en el que la Iglesia, como Madre buena, recuerda insistentemente a sus hijos la necesidad de convertirse una y otra vez a Dios, rectificando lo que haya que cambiar en nuestra existencia personal. Ciertamente, como recordaba el Papa en una circunstancia análoga, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida[1].

Durante el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, el sacerdote, al imponernos las cenizas, pronuncia unas palabras que constituyen una llamada urgente a examinarnos: acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver[2]. Así reza una de las fórmulas previstas. Es un recuerdo muy expresivo de nuestra condición de criaturas mortales: llegará el momento en el que el Señor nos llamará a su presencia, juzgará nuestros pensamientos, palabras y acciones, y nos dará la recompensa —de gloria, de purificación o de condena— que haya merecido nuestra existencia.

La consideración de esta realidad no ha de asustarnos, sino movernos a dolor por nuestras faltas, a propósitos de mejora y a la alegría del encuentro definitivo con la Trinidad. Lo recuerda el Santo Padre en su última carta encíclica: ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios[3].

Es lo que pone de manifiesto la otra fórmula que puede emplearse en ese rito: convertíos y creed en el Evangelio[4]. Somos pecadores, necesitados del perdón de Dios; por eso, se nos invita a un cambio profundo, a enderezar el rumbo de nuestra peregrinación terrena hacia la meta definitiva: la felicidad eterna con Dios. Deseo que, con un sentido de optimismo, veamos en estas palabras la exigencia de mejorar día tras día: si mantenemos esa pelea, para nosotros el Juez divino no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús[5], “nuestro” Jesús: un Dios que perdona.

Meditemos, por tanto, lo que escribió San Josemaría: considerad esta maravilla del cuidado de Dios con nosotros, dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre. En todo tiempo —pero de un modo especial ahora, porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido a purificarse—, Él nos oye, y no desatenderá lo que pide un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19)[6].

La Iglesia Santa nos pone delante, una y otra vez, con una pedagogía muy acertada, las ideas fundamentales, para que se nos queden bien grabadas y no las olvidemos. Al comenzar la Cuaresma, mientras el sacerdote actúa en esa ceremonia del Miércoles de Ceniza, nos invita a entonar un cántico lleno de esperanza: renovemos nuestra vida con un espíritu de humildad y penitencia; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre dispuesta a perdonar nuestros pecados[7].

Cada año consideramos que el espíritu de la Cuaresma se resume en tres prácticas tradicionales de este período: la oración, la penitencia, las obras de misericordia. Os he invitado a deteneros en estos puntos, precisamente con ocasión de este tiempo litúrgico. Ahora querría fijarme especialmente en el espíritu de penitencia, que nos ha de mover —con dolor y refugiándonos en la misericordia divina— a reparar por nuestros pecados y por los de todas las criaturas.

Glosando la llamada del profeta Joel al arrepentimiento —convertíos a mí de todo corazón—, que la liturgia propone al comienzo de la Cuaresma[8], San Jerónimo se expresaba de la siguiente manera: «Que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas. Así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados (…). No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia remitirá, sin duda, la abundancia de vuestros muchos pecados»[9].

En primer lugar, reparemos por nuestras faltas personales. Todos nosotros hemos recibido el Bautismo, que nos ha convertido en hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. ¿No es lógico que correspondamos a tanto amor con toda nuestra alma? Sin embargo, debemos reconocer que con frecuencia, por nuestra debilidad, no cumplimos la Voluntad de Dios o, por lo menos, no correspondemos a su Amor con la prontitud y la generosidad que tiene derecho a esperar de nosotros.

¡Cómo le dolía a nuestro Padre que tantos cristianos olvidasen la grandeza y dignidad de su filiación divina! Podemos aplicarnos sus palabras. Reacciona. —Oye lo que te dice el Espíritu Santo: “Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique” —si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable. Pero, tú… “tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos” —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares![10].

Hijas e hijos míos, sin perder nunca la paz, reconozcamos sin ambages nuestros pecados y nuestras faltas: Padre y muy Padre nuestro es el Señor, siempre dispuesto a acogernos en sus brazos. Cuidemos diariamente los minutos de examen —sin escrúpulos pero con delicadeza de conciencia—, para descubrir con la luz del Espíritu Santo lo que ha salido bien, lo que ha ido mal, lo que podríamos cumplir mejor. Ante lo bueno, reaccionemos con sincera gratitud; ante las faltas, imploremos filialmente el perdón; y acabemos siempre con un acto de contrición —dolor de amor— y con algún propósito bien concreto de lucha; pequeño quizá, pero con serio afán de crecimiento interior.

De este modo, cuando acudamos al sacramento de la Penitencia, lo haremos bien preparados y obtendremos más provecho espiritual. ¿Somos conscientes de que, al practicar el examen de conciencia, de antigua raigambre cristiana, ponemos nuestra alma al descubierto delante del Señor? ¿Nos damos cuenta de que Dios está dispuesto a concedernos su gracia para que le amemos más?

La Iglesia ha recomendado y sigue recomendando la práctica de la confesión frecuente. Sin este medio de santificación personal, resulta muy difícil —por no decir imposible— mantener un alto nivel de vida cristiana; más aún cuando, en el ambiente que nos rodea, abundan las ocasiones de apartarse del Señor. No me canso, por eso, de animaros a seguir realizando un intenso y extenso apostolado de la Confesión No nos dejemos llevar por los respetos humanos, y alimentemos en nuestros amigos, parientes, colegas, este afán de ayudar a las personas con las que coinciden.

Decid a todos —también porque nos vean convencidos de lo que manifestamos— que aprovechen la abundante gracia de la Cuaresma, para purificar a fondo sus almas y descubrir o intensificar un trato de intimidad con el Señor. Se llenarán de paz y serán más felices, pues no hay gozo más grande que saberse hijos de Dios. Orientémosles a que acudan periódicamente a este sacramento de la alegría, como lo calificaba nuestro Padre.

Os mencionaba también la necesidad de pedir perdón por los pecados de los demás. Para esto no es preciso llevar a cabo tareas grandes. Eso ya lo ha hecho Nuestro Señor, muriendo en la Cruz por nosotros. Pero Él desea que unamos a su Sacrificio redentor las pequeñas mortificaciones y penitencias que la misma existencia trae consigo: las molestias de una enfermedad, las incomprensiones por parte de otros, las dificultades del trabajo, el fracaso de un plan que nos habíamos trazado con gran ilusión… Para aceptar con buen humor las contrariedades de este tipo, que constituyen materia de nuestra santificación personal, conviene que —especialmente durante estas semanas— añadamos con generosidad pequeñas mortificaciones en la comida, en la bebida, en la comodidad, en los momentos de descanso o distracción, que nos unan más a la Cruz de Jesucristo y nos vayan preparando para obtener mucho fruto de la Pascua.

Recientemente, Benedicto XVI ha recordado a todos la perenne validez de este modo de comportarse. Escribe en su encíclica sobre la esperanza: la idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada[11]. Y añade el Papa, lamentándose del olvido en que parecen haber caído esas muestras de amor a Dios, que las almas piadosas, mediante el ofrecimiento de las contrariedades de la jornada, estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de com-pasión que necesita el género humano[12]. Y concluye: quizá debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros[13]. Es una pregunta que os traslado, para que la consideréis cada uno de vosotros, redescubriendo el valor del sacrificio escondido y silencioso[14], y para que la hagáis resonar al oído de las personas con las que coincidís.

Como todos los meses, os pido que estéis muy unidos a mis intenciones. Encomendad ahora de modo especial los comienzos de la labor apostólica estable en Rumanía y en Indonesia; se están dando pasos concretos para ponerla en marcha, si Dios quiere, dentro de este año. Y seguid rezando por el Papa y por sus intenciones, entre las que ocupa un lugar importante la deseada unión de todos los cristianos, comenzando por una unidad más honda y sobrenatural entre los católicos.

También deseo que encomendemos diariamente a las personas enfermas: el Señor nos concede con abundancia el tesoro de poder atender a tantas y a tantos que sufren. Me interesa que, así como el Señor iba tras los dolientes para sanarlos y consolarlos, así vayamos todas y todos a enriquecernos con esta caridad, auténtico cariño, atendiendo a quienes lo necesiten.

No quiero alargarme, pero os pido que acudáis al queridísimo don Álvaro, que celebraba su santo el 19 de febrero. Pidámosle que nos obtenga del Señor una superabundancia de caridad fraterna, de modo que todos en la Obra —en cualquier momento, y más aún si algunas o algunos pasan por un período de enfermedad—, experimentemos vivamente que el Opus Dei es familia, familia de verdad, en la que gustosamente nos desvivimos los unos por los otros.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de febrero de 2008.

[1] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-II-2007.

[2] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Gn 3, 19).

[3] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 41.

[4] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Mc 1, 15).

[5] San Josemaría, Camino, n. 168.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 57.

[7] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Antífona en la imposición de las cenizas (cfr. Jl 2, 13).

[8] Cfr. Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Primera lectura (Jl 2, 12).

[9] San Jerónimo, Comentario sobre el libro del profeta Joel II, 12-13.

[10] San Josemaría, Camino, n. 244.

[11] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n, 40.

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino, nn. 185 y 509.

A lo largo de la calle Fúcar

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Opus Dei - Casa Central de Las Conferencias de San Vicente

Casa Central de Las Conferencias de San Vicente

El paseante cruza la calle de Atocha, tuerce a la izquierda y comienza a caminar hacia arriba. Se encuentra primero con el arranque de la calle de San Pedro, y subiendo por la acera de la calle Atocha encuentra el arranque de la calle del Fúcar La calle del Fúcar (hispanización fonética de Fugger apellido de unos famosos banqueros alemanes) es un ejemplo de lo que se denomina el “Madrid galdosiano”: edificios modestos, de cuatro y cinco pisos, con fachadas de ladrillo y balcones sencillos. Fueron construidos en su mayoría durante el siglo XVIII y XIX.

El caminante recorre esta calle del Fúcar, y va dejando, a la derecha de esta calle, la calle Almadén primero y la calle del Gobernador después, hasta encontrase con la esquina de la calle de la Verónica.

Álvaro del Portillo en sus años de juventud Recuerda Manuel Pérez Sánchez- que en su juventud Álvaro del Portillo participaba en unas reuniones de carácter caritativo con otros estudiantes los sábados por la tarde en la Casa Central de las Conferencias de San Vicente, en esta calle de la Verónica.

“En esas reuniones —cuenta Pérez Sánchez— hacíamos un rato de lectura espiritual y, a continuación, exponíamos los resultados y necesidades de las que habíamos sido testigos la semana anterior, y proponíamos las ayudas que teníamos que llevar la semana siguiente”.

Alvaro del Portillo, que estudiaba ingeniería, dedicaba varias horas de los fines de semana a realizar obras de misericordia con los pobres y necesitados de Madrid.

Recordaba Angel Vegas, que participaba en esas reuniones de la calle de la Verónica la figura de Álvaro del Portillo: “me sorprendía porque era uno de los alumnos más brillantes de la Escuela y, al mismo tiempo, una persona muy tratable y sencilla; muy inteligente, alegre, culto, simpático, amable, y sobre todo -esto es lo que me llamaba la atención- profundamente humilde, de una humildad extraordinaria, que dejaba huella. (…) Una huella de cariño, de bondad, de Amor de Dios”.

La paz nace en el corazón del hombre

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Carta pastoral de mons. Javier Echevarría dirigida a los fieles de la Prelatura y cooperadores del Opus Dei con ocasión del inicio de la Cuaresma.

En el inicio de la Cuaresma, quisiera hacer resonar en vuestros corazones los reiterados llamamientos del Santo Padre Juan Pablo II en favor de la paz del mundo. «En esta hora de preocupación internacional, todos sentimos la necesidad de dirigirnos al Señor para implorar el gran don de la paz. Como afirmé en la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariæ, “las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto (…) puede hacer esperar en un futuro menos oscuro” (n. 40). Invito a todos a tomar en la mano el rosario para invocar la intercesión de la Virgen Santísima: “No se puede rezar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz” (Ibid., 6)» (Juan Pablo II, Alocución en el Ángelus, 9-II-2003).

Estas palabras cobran nueva urgencia a la luz de las actuales circunstancias. Es preciso que con perseverancia, y con fe en la eficacia de la oración, se alce al Cielo la súplica de todos los hombres de buena voluntad, especialmente de los que nos honramos con el nombre de discípulos de Cristo. Así lo ha reafirmado el Santo Padre hace pocos días: «nosotros, los cristianos, estamos llamados especialmente a ser como los “centinelas de la paz”, en los lugares donde vivimos y trabajamos. Se nos pide que vigilemos para que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la mentira y de la violencia» (Juan Pablo II, Alocución en el Ángelus, 23-II-2003).

La verdadera concordia entre las naciones está muy vinculada al respeto de la Ley de Dios, de su Palabra, de sus Mandamientos, precisamente porque es opus iustitiæ, fruto de esa actitud de respeto y fidelidad a las leyes divinas que la Sagrada Escritura llama “justicia”. Por eso mismo, «la paz jamás es una cosa hecha del todo, sino un perpetuo quehacer. Siendo tan frágil la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno un constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima» (Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 78).

En este contexto resulta fácil comprender que la paz ha de nacer en el corazón del hombre, de la mujer, como acogida libre y voluntaria del amor de Dios. Si en el corazón de las personas persisten odios y envidias, rencores y malquerencias, no puede germinar allí esta planta delicadísima. Se debe purificar el alma del afecto al pecado, para que en las familias, en la sociedad y en el mundo entero se difunda “el reino de justicia, de amor y de paz” que Jesucristo ha traído a la tierra. Peleemos todos contra cualquier sombra de resentimiento o de rencor que, por romper la fraternidad, quiebra la comunión con el Señor.

Escuchemos a San Josemaría: «Pax in cœlo, paz en el cielo. Pero miremos también el mundo: ¿por qué no hay paz en la tierra? No; no hay paz; hay sólo apariencia de paz, equilibrio de miedo, compromisos precarios (…). No hay paz en muchos corazones, que intentan vanamente compensar la intranquilidad del alma con el ajetreo continuo, con la pequeña satisfacción de bienes que no sacian, porque dejan siempre el amargo regusto de la tristeza» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 73).

Ved la enorme importancia de la propia lucha interior —de cada una, de cada uno—, para la causa de la paz del mundo. No lo consideréis como una utopía: un hombre o una mujer que procura —un día tras otro— ser más grato a Dios, que se duele de sus faltas y se propone pequeñas y grandes ascensiones en la vida espiritual, que se dedica con empeño al bien de las personas con las que se relaciona más de cerca, que trata de comunicar a otros los ideales cristianos que le mueven, esa persona está colaborando de modo eficaz en la implantación de la paz.

Para el próximo día 5 de marzo, Miércoles de Ceniza, Juan Pablo II convoca a todos los hombres de buena voluntad, y especialmente a los hijos de la Iglesia, a dedicar esa jornada «a la oración y al ayuno por la causa de la paz, especialmente en el Oriente Medio» (Juan Pablo II, Alocución en el Ángelus, 23-II-2003.). Os recuerdo este deseo del Papa, al que queremos unirnos de la manera más generosa, con la esperanza de que la plegaria y el sacrificio unidos, presentados a Dios por intercesión de la Santísima Virgen, abran de par en par, una vez más —como ha sucedido frecuentísimamente a lo largo de la historia— las puertas de la misericordia divina.

«Antes que nada, imploraremos de Dios la conversión de los corazones y la prudencia en las decisiones justas, para resolver con medios adecuados y pacíficos las disputas, que obstaculizan el peregrinar de la humanidad en este tiempo nuestro» (Ibid). Sólo la luz de Dios se muestra capaz de disipar el apasionamiento, el orgullo, los prejuicios personales, de raza o de nación, que frecuentemente se hallan en la base de los fracasos para resolver pacíficamente los conflictos entre las diversas comunidades humanas. La oración se muestra como un medio de primera importancia, para que el diálogo entre los representantes de las naciones produzca sus frutos. No cesemos, pues, de rezar a diario por esta intención. En su llamamiento, el Santo Padre expresa su esperanza de que, el Miércoles de Ceniza, «en cada santuario mariano se elevará al Cielo una ardiente plegaria por la paz, con la recitación del Santo Rosario. Confío —añade— que también en las parroquias y en las familias sea recitado el Rosario por esta gran causa de la que depende el bien de todos» (Ibid).

La intención que nos propone el Papa, acompañada ese día por el ayuno, resulta muy adecuada para el comienzo de la Cuaresma, tiempo que en la Iglesia se dedica especialmente a la oración, a las obras de caridad y de penitencia. Por eso, en su convocatoria, Juan Pablo II precisa: «esa invocación coral irá acompañada por el ayuno, expresión de penitencia por el odio y la violencia que contaminan las relaciones humanas. Los cristianos comparten la antigua práctica del ayuno con tantos hermanos y hermanas de otras religiones, que mediante esa práctica procuran despojarse de toda clase de soberbia y disponerse para recibir de Dios los dones más grandes y necesarios, entre los que sobresale el de la paz» (Ibid).

Seamos generosos, —cada uno en la medida de sus personales circunstancias—, en la práctica de la mortificación, que tanto remueve el Corazón de Dios, e impulsemos a muchas otras personas a hacer lo mismo; no sólo el Miércoles de Ceniza, sino cuidando a lo largo de toda la Cuaresma, con particular esmero, el espíritu de penitencia en comidas y bebidas, en la realización acabada del propio trabajo, en el descanso y el uso del tiempo libre, en el ofrecimiento de las contrariedades y penalidades de la vida, llevando todo con alegría, como nos recomendaba San Josemaría. «Fomenta tu espíritu de mortificación en los detalles de caridad, con afán de hacer amable a todos el camino de santidad en medio del mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia» (San Josemaría, Forja, n. 149).

La Cuaresma nos llama a una mayor entrega a los demás: las obras de misericordia, en sus variadísimas expresiones, constituyen otra de las prácticas tradicionales de este período litúrgico. En su Mensaje para este año, el Romano Pontífice ha elegido como lema unas palabras de la Sagrada Escritura: “hay mayor felicidad en dar que en recibir”(Hch 20, 35). Todos tenemos experiencia inmediata de esta verdad. Cuando seguimos la llamada interior a servir a los demás, sin esperar nada a cambio, experimentamos una grandísima felicidad, que no cambiaríamos por ningún gozo de la tierra. En cambio, cuando nos resistimos a esa invitación de Dios y nos cerramos ante quienes nos rodean, nos sentimos infelices e insatisfechos. Si esto sucede en lo que se refiere a las simples relaciones humanas, ¡cuánta mayor felicidad encontramos al responder con nuestro amor al Amor —con mayúscula— de la Trinidad, con nuestra entrega a la entrega del Hijo, que Dios Padre ha realizado por causa nuestra!


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