Un hogar para la Obra

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde que llegó a Madrid, doña Dolores Albás ve a su hijo mayor trajinando de un lado para otro, entre pobres y enfermos, dedicado a múltiples tareas y, especialmente, a la atención de muchachos jóvenes que siguen su dirección espiritual y empiezan a invadir hasta su propia casa. Siente alegría por lo que sabe que es una plena dedicación de Josemaría al sacerdocio, a las exigencias del amor de Dios. Pero, como madre, tiene la obligación -como diría frecuentemente el Fundador años después, refiriéndose también a otras madres y a otras circunstancias- de mirar «de tejas abajo». Y, más de una vez, le comunica su inquietud:

«¿Por qué no haces oposiciones a cátedra?»

Sabe doña Dolores que su hijo tiene capacidad y formación para sacar adelante un alto empeño intelectual. Otras veces, plantea el mismo tema recordándole amistades que pueden allanarle un camino brillante. El propio don Josemaría lo contará en varias ocasiones:

-«Y un obispo de mi familia, que después sería mártir, le decía: Lola, ¿cómo no viene a verme tu hijo? (…). Ella insistía: se te está pasando el tiempo»(1).

Don Cruz Laplana, que ha sido consagrado Obispo de Cuenca, es pariente de doña Dolores. Tiene el título de Maestrante de Zaragoza y fama de hombre santo.

Don Josemaría oye los consejos de su madre con cariño. Pero responde siempre con evasivas: juzga que no ha llegado el momento de explicar a su familia lo que Dios quiere de él. Doña Dolores sigue siendo testigo de la vida de oración, de expiación, de intenso trabajo de su hijo mayor, y le ayuda con su aliento. Su hermano Santiago, jugando por la casa, un día encuentra un instrumento de penitencia en la habitación de Josemaría: lo coge con extrañeza y acude a preguntar a su madre:

-«Fíjate lo que le he “pescado” a Josemaría.

-Déjalo donde estaba.

-¿Y qué es?

-Un cilicio»(2).

Ella conoce las mortificaciones, a veces tremendas, a que se somete su hijo. Y, a través de tantos indicios, llega a intuir que Dios pide a Josemaría un género de entrega que tiene poco que ver con el afán de ascensos en la carrera eclesiástica o en cualquier otra. Por eso, el empeño de doña Dolores se volcará, sin vacilación, sin un desmayo, en secundar la Voluntad de Dios sobre su hijo. Esta dedicación será poco llamativa, pero de tal eficacia que va a convertirse en un factor muy importante para la realidad del Opus Dei.

Martínez Campos 4 será, durante algún tiempo, un lugar de reuniones para los primeros miembros de la Obra. La Abuela, como cariñosamente la llamarán todos de ahora en adelante, agrandará su corazón hasta hacerlo doblemente maternal; tendrá mil muestras de cariño con los que empiezan a seguir de cerca el espíritu del Opus Dei. Les recibe siempre, en su hogar, como a nuevos hijos.

Entre el grupo de muchachos que llega a casa de doña Dolores, algunos pertenecen ya a la Obra. Vienen acompañados de amigos que aumentan poco a poco. El Padre se reúne con ellos y habla de cuanto puede interesarles. La tertulia es tan cordial, tan humana y atractiva, que a ninguno le resulta ajeno el futuro que el Padre extiende ante sus ojos: dispersarse por todas las actividades humanas para poner a Cristo en la cumbre, ganar el mundo entero para ponerlo a sus pies, santificando todas las profesiones y oficios.

Este joven sacerdote, desconocido, sin recursos económicos, les habla de los medios para lograrlo: seguir la Voluntad de Dios, rezar con fe, trabajar seriamente en la propia profesión y ser capaz de sacrificar todo en servicio de los demás.

Y la transparencia de su actitud y de su alma son tales, que ninguno de aquellos hombres que le escuchan duda de que todo se realizará, porque Dios, efectivamente, así lo quiere.

Pero el tono de estas reuniones dista mucho de tener características de plática o sermón vespertino. Todo transcurre en una amable espontaneidad llena a rebosar de proyectos, de seriedad humana y de alegría. Muchas veces, les invita a merendar. Los ingresos de la familia Escrivá de Balaguer son limitados. La casa no es lujosa; pero la distinción humana de sus ocupantes otorga categoría a hechos sencillos. Jamás doña Dolores tendrá un gesto impaciente, ante la llegada habitual de estos chicos que inundan su casa y su intimidad. Había dado mucho, continuaba dando y estaba dispuesta a darse del todo. Sacrificará, incluso, alguno de los gustos que pudiera haber reservado para su hijo pequeño, en función de otros hijos que, no lo dudó nunca, Dios enviaba junto a la palabra y el corazón del Padre.

Cuando Santiago llega del colegio -estudia entonces en los Maristas-, irá a buscar su merienda. Y se queja al descubrir, más de una vez, que las golosinas que él prefiere desaparecen antes de tiempo.

«¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo …!»(3).

Este comentario llegó a ser tan conocido que, años más tarde, se confeccionará un        “exlibris” para regalárselo a Santiago. Es un dibujo, con dos manos grandes, abiertas, que dejan caer generosamente un panecillo. Otras manos esperan, en muda aceptación. La leyenda repite aquella protesta infantil: «¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo!».

En la casa de Martínez Campos, utilizan una habitación que tiene balcón a la calle, en el segundo piso. Aquí acostumbran a leer, antes de despedirse, un breve comentario sobre textos evangélicos. El Padre coge un misal, lo abre por la Misa del día, y cita una frase. Luego hace una reflexión corta: una brevísima pauta que han de llevarse dentro del corazón. Esta voz les dará fuerzas para mantener a Dios muy cerca en medio de la calle. Y sienten, en verdad, como si Jesucristo, Dios entre los hombres, hubiera venido nuevamente a esta reunión que empieza y termina en su nombre.

Este cuarto está presidido por un pequeño cuadro de la Virgen con el Niño. El dibujo es de tonos cálidos, acogedores. Esta representación va a sobrevivir a todos los avatares históricos que se avecinan. Un día lejano llegará a Roma, cuando la Sede Central del Opus Dei se enclave en la Ciudad Eterna, y ocupará el retablo del oratorio de «Sancta Maria Stella Orientis». En el Acta de Consagración del altar de este oratorio, redactada en latín y fechada el 3 de enero de 1959, se cuenta brevemente su historia. Ella, que protegió los pasos de los primeros de la Obra, conducirá a buen puerto la expansión por tierras del Este de Europa y por las inmensas latitudes del continente asiático. Es la sed de Dios que desbordaba el corazón del Fundador en aquel pequeño piso de una calle madrileña, y que ha logrado ya abrazar el mundo.

Las relaciones personales del Fundador del Opus Dei con los poderes establecidos

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

En alguna ocasión Josemaría Escrivá evocó, con dolorosa ironía, la publicidad involuntaria que le dieron a la Obra las sucesivas oleadas de calumnias que tuvo que sufrir durante años.“Nos han tratado a patadas –decía–; por eso nos hemos esparcido”.

Se comportó siempre –en las circunstancias más diversas y en los contextos culturales y políticos más variados– como un sacerdote que vivía sólo para sacar adelante la fundación que Dios le había encomendado. Esa fue su norma de conducta durante los años difíciles de la II República Española, en medio de las peripecias dolorosas de la guerra civil, durante el escaso tiempo que vivió en la España de la postguerra y a lo largo de su vida entera. Sabía bien que el Opus Dei no era fruto de aquellas circunstancias y que su identidad no iba a cambiar en función de ellas. Mantuvo sus criterios y su propia línea de conducta, al igual que los que le seguían, en la época dura de la persecución religiosa y cuando el Régimen que siguió a la guerra dictó medidas favorables para la Iglesia.

Como dato anecdótico, hay que señalar que el 11 de diciembre de 1934 fue nombrado Rector de Santa Isabel, un Patronato de origen regio, por el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, bajo cuya tutela había quedado aquel Patronato.

“Siempre dando gracias a Dios”

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Ventura González Moñino hizo su último vuelo como piloto de Buenos Aires a Madrid en 1988. Ya está retirado “de todo menos de esposo, padre y abuelo”, e insiste en que no tiene más que motivos para dar gracias a Dios por todo lo que ha recibido

Ventura González Moñino hizo su último vuelo como piloto de Buenos Aires a Madrid en 1988: desde entonces ha trabajado como inspector de aviación civil e instructor; pero ya está retirado “de todo menos de esposo, padre y abuelo”, que no es poco.

Nació en 1928 en Zalamea de la Serena (Badajoz), siempre soñó con volar… y cumplió su sueño. En 1961 ingresó en Iberia y ahora se dedica con Mari Luz -su mujer- por completo a sus cinco hijos y siete nietos, aunque busca también trabajar con ella como voluntarios en una ONG.

Nos cuenta cómo deseaba imitar a los gorriones que veía por el campo en su pueblo, cómo conoció la Obra y pidió la admisión, y cómo hace vestidos para las fiestas de sus nietos, ya que procede “de una familia de sastres, y eso se lleva siempre en la sangre”.

Ventura, que siembra su conversación de mil anécdotas de aviador con casi 20.000 horas de vuelo, insiste en que no tiene más que motivos para dar gracias a Dios por todo lo que ha recibido.

Recuerdos de una amistad

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Testimonio de Mons. Fray José López Ortiz, Arzobispo titular de Grado. Vicario General Castrense Emérito

Conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer en la Universidad de Zaragoza, en junio de 1924. Yo era presbítero desde hacía poco tiempo, y mis superiores agustinos me habían indicado que estudiara la carrera de Derecho. Durante el curso había tra bajado con mis libros y apuntes, y en junio fue a rendir examen a Zaragoza: allí conocí y traté, durante los ocho o diez días que duró mi estancia, al futuro fundador del Opus Dei.

Se inició nuestra amistad de un modo muy corriente: cuestiones relacionadas con asignaturas de la carrera, características de los pro fesores, etcétera: lo normal en vísperas de exámenes. Don Josema ría estaba muy preparado y conocía el ambiente universitario, des conocido para mi; generosamente, como lo más natural, me daba valiosas orientaciones, mientras paseábamos por los claustros de la Universidad.

Nos hicimos francamente amigos, sabiendo que esa amistad iba a perdurar. A pesar de los años transcurridos, recuerdo al fundador del Opus Dei, ya entonces, con todas sus cualidades espirituales y humanas que tanto me han llamado la atención siem pre, y que le hacía ganar la simpatía y el respeto de todos. Era muy piadoso, lleno de vivacidad, muy comunicativo; sencillo, con un gran corazón y con una extraordinaria inteligencia. En la Facultad observé que todos le conocían, y que entre otras muchas cualidades– su carácter alegre hacia que fuera muy apre ciado por todos.

Pero había otro punto característico de toda su vida, quizá para mi el más importante: desde el momento que comencé a tratar a don Josemaría me di cuenta de que era responsable, piadoso, reza dor, con un ardiente deseo de ser buen sacerdote; deseo que ali mentaba con una vida espiritual intensa y con gran dedicación a su formación sacerdotal.

Pasó el tiempo, y en 1934 gané las oposiciones a la Cátedra de Historia del Derecho en la Universidad de Santiago de Com postela. Después –debía de ser la primavera de 1936– encontré a don Josemaría en la calle de San Bernardo, en Madrid, cuando yo salía de la Universidad Central.

Nuestra conversación, llena de alegría por el reencuentro, duró media hora o algo más. Aunque en esa ocasión no me habló explí citamente del Opus Dei, me pidió con insistencia que rezase mucho porque el Señor le pedía algo muy superior a sus fuerzas. Aludió genéricamente a un gran empeño espiritual que el Señor le soli citaba. Se sentía un pobre instrumento en las manos de Dios, pero dispuesto a hacer lo que Él quisiera, con una lucha amorosa para no poner resistencia, pues consideraba que el querer de Dios supe raba con mucho sus posibilidades. Esta actitud humilde, diametral mente opuesta a cualquier tipo de triunfalismo, fue una constante de toda la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer, hasta su marcha al Cielo, y daba peso y fundamento a una permanente alegría y a un optimismo desbordante, que sólo la rendida aceptación de la Cruz hace posible.

No nos volvimos a ver hasta el curso 1939- 40. Yo estaba de nuevo en Madrid, al frente de la Cátedra de Historia del Derecho. Mi auxiliar de Cátedra, don Juan Manzano, me había comentado que don Josemaría estaba preparando la tesis doctoral de Derecho. Fui enseguida a verle, a Jenner, 6, donde vivía. La tesis estaba prác ticamente acabada. Ni las vicisitudes de la guerra civil ni el intenso trabajo apostólico de esos tres años habían sido óbice para que dedi­case tiempo a su trabajo de investigación.

También en el curso 1939- 40 conocí a algunos universitarios que vivían en la residencia de Jenner; al ver que eran académica mente muy valiosos, que vivían una vida profundamente cristiana

y que tenían un notable cariño a don Josemaría, pensé que allí había un espíritu mucho más hondo que el habitual para una residencia de estudiantes. Y un buen día –quizá en otoño de 1941–, volviendo con el fundador del Opus Dei del estudio del pintor Fernando Dela puente, me fue explicando la Obra, con todo detalle. Me hizo ver que era de Dios, totalmente sobrenatural: el Opus Dei venia a recor dar la llamada universal a la santidad; el empeño de adquirir una vida contemplativa en medio del mundo, en medio de la calle, para poner a Cristo en la cima de todas las actividades humanas san tificar el trabajo profesional y las ocupaciones corrientes de cada día… Desde el principio entendí lo que me contaba don Josemaría: todo es obra de Dios, no es obra mía. No podía ser algo basado en el celo sacerdotal y las muchas dotes naturales del fundador, aunque fueran tantas y de categoría excepcional: era, ciertamente, una obra de Dios.

Don Josemaría me relataba todo lo referente a la Obra con una seguridad tal que, repito, me asombraba. Me explicó muchas cosas con una gran viveza, como si las estuviera viendo ya; cosas que después se han ido convirtiendo en fecundas realidades apostólicas, de servicio a la Iglesia y a todas las almas. Por ejemplo, me habló entonces de que, con el tiempo, habría en el Opus Dei hombres y mujeres casados que se santificarían en el matrimonio, en el hogar, en el trabajo.

El padre – como le llamaban millones de personas en todo el mundo – me habló también de la sección de mujeres de la Obra: centros de formación profesional femenina para elevar el nivel cul tural y social de las jóvenes y fomentar su vida cristiana en todos los ambientes; granjas para enseñar a campesinas esto me sor prendió especialmente–; labor apostólica con empleadas y obreras de fábricas y talleres; y–sobre todo, lo más importante– del apos tolado personal de las asociadas con sus compañeras de trabajo –obreras, profesoras de Universidad, empleadas, investigadoras, etcétera–, sus amigas, sus vecinas, etcétera.

Don Josemaría me hablaba de socios de la Obra en el mundo entero, en todos los ambientes sociales, profesiones y oficios, sol teros y casados, jóvenes y viejos, seglares, sacerdotes, de todas las razas… Y sólo había un puñado de chicos en Madrid, Valencia, Valladolid, Zaragoza y Barcelona, y poco más. El padre, movido por el querer divino de extender el Opus Dei por todo el mundo, les aconsejaba estudiar idiomas: ruso, japonés, inglés, francés, alemán, etcétera. El carácter universal de la Obra –hoy, realidad gozosa–lo vi ya entonces.

Dios quiso la Obra como una Asociación eminentemente laical y secular, y así fue desde el principio. Aquellos chicos que, al salir o entrar en la residencia Jenner, saludaban al Santísimo en el ora torio, con piedad y naturalidad, que dedicaban mucho tiempo a la oración y se mortificaban durísimamente, que eran abnegados, alegres, obedientes, entregados, con profunda vida interior, apos tólica… eran exactamente iguales que sus compañeros. Yo vivía, como profesor, en el ambiente universitario, y en esa gran expe riencia baso mi testimonio; otras muchas personas afirman lo mis mo respecto a su propio ambiente profesional y social.

Yo me sentía asombrado por la carencia de medios económicos con que e] Opus Dei iba creciendo. No contaba con centros para su labor. Poco a poco, con muy buen gusto y gran falta de medios, iba acomodando pequeños locales – recuerdo, por ejemplo, el que llamaban El Rincón, en Valladolid – ; y si aún no se podía contar ni con esos pobres instrumentos, hacían su apostolado personal reu niéndose con sus amigos en la calle, en un café, etcétera, como com probé en Zaragoza, donde muchas veces tenían sus medios de for mación junto al río. Les daba igual; no perdían la alegría ni dejaban de hacer apostolado por falta de medios.

Todo eso me llamaba más la atención, porque por aquellos tiem pos no era difícil conseguir subvenciones y ayudas de organismos estatales para fines apostólicos; o, al menos, muchas organizaciones apostólicas lo conseguían, sin que el hecho tuviera la consideración de privilegio ante la opinión pública, tales eran los tiempos y el talan te eclesial. Sin embargo, don Josemaría nunca actuó así. A los de la Obra, por el contrario, si les decía que se sostuvieran con su tra bajo, que exigieran sus derechos –becas, ayudas para el estudio, justa remuneración por su trabajo profesional, etcétera–, y que ayu daran, lo mismo que sus amigos, a sostener las labores apostólicas.

Precisamente en estos años, mientras el padre, con su gran sacri ficio personal y con tanta falta de medios económicos, impulsaba la Obra por las provincias españolas, se desencadenó una campaña injusta y terrible de falsedades y calumnias contra su persona y contra el Opus Dei. Eran ataques constantes, inhumanos, procedentes de varios sectores muy concretos. Entonces, la caridad, la fortaleza, la alegría y la prudencia sobrenatural de don Josemaría se me hicie ron patentes.

Hacia 1941 se hicieron especialmente crueles los ataques de fondo. Procedían de ambientes determinados –no quiero yo juzgar intenciones – que veían con malos ojos un apostolado con una espi ritualidad completamente nueva. También partían las insidias de un grupo de profesores universitarios, que tergiversaban el apos tolado entre intelectuales que realizaban algunos socios de la Obra, a la que atribuían, falsamente, el propósito de «conquistar» la uni versidad española, y de hacerlo, además, ayudándose unos socios a otros con medios ilícitos. Se añadió, ya en el año 1942, un grupo político, entonces dominante, que, considerando erróneamente al Opus Dei como otro grupo político, temía su supuesta competencia.

Como queda reseñado, la llamada universal a la santidad que el padre predicaba con palabras y con obras– no fue entendida por algunos. Faltaban muchos años para que el Vaticano lila pro clamase solemnemente como exigencia divina, y esto dio lugar a acusaciones de herejía contra el Opus Dei y contra el padre, que sufría mucho porque tenía un espíritu abierto, un corazón magná nimo, y la Obra no venía contra nada ni a hacer sombra a nadie: por el contrario, cualquiera que trabajase en servicio del Señor era muy querido, todos los brazos serían siempre pocos.

Estas dificultades fueron las que más me unieron a don Jose maría: su reacción ante los ataques –algunos, tremendos – era heroicamente sobrenatural y llena de caridad. Al desahogar con migo su corazón, me confiaba que, si el Señor lo permitía así, sería para bien, y que perdonaba de todo corazón a todos. Y a la vez, tenía una serena y justa indignación al ver injustamente maltratados a sus hijos y al comprobar el daño que se derivaba para la unidad de la Iglesia y para las almas. Que su persona fuera objeto de fal sedades y calumnias, por el contrario, no le importaba.

Monseñor Escrivá de Balaguer jamás habló mal de nadie, per donó siempre y prohibió terminantemente a sus hijos –aunque no era necesario, ya que vivían el espíritu que les había enseñado que comentaran aquellos ataques, exigiéndoles que no criticaran a nadie y que nunca apagaran ninguna luz que se encendiera en nombre de Cristo. Preveía, ya entonces, que cuando los enemigos de la Iglesia combatieran a la Obra, utilizarían – en triste paradoja – especies lanzadas por aquellos católicos a los que perdonaba y dis culpaba, diciendo que, posiblemente, lo hacían putantes se obse quium praestare Deo,considerando que así agradaban a Dios.

Tampoco faltaron los que, sin mala intención, presionaron fuer temente al padre para que los socios de la Obra militasen en movi mientos católicos de los que surgían iniciativas políticas cristianas.

Desde el primer momento, el fundador del Opus Dei insistió en la plena libertad personal que, en las cuestiones temporales, tienen los socios de la Obra. Lo decía terminantemente: Jamás he preguntado a alguno de los que a mí se han acercado lo que piensan en política: ¡no me interesa! Os manifiesto, con esta norma de mi con ducta, una realidad que está muy metida en la entraña del Opus Dei, al que con la gracia y la misericordia divinas me he dedicado com pletamente, para servir a la Iglesia Santa. No me interesa ese tema, porque los cristianos gozáis de la más plena libertad, con la conse­cuente personal responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política, social, cultural, etcétera, sin más lími tes que los que marca el magisterio de la Iglesia (Amigos de Dios, núm. 11).

Tratar de modo particular de las virtudes sobrenaturales y de las virtudes humanas del fundador del Opus Dei es muy difícil, por que toda su vida fue una vida de santidad muy intensa, que fue in crescendo, hasta el ultimo instante de su vida en la tierra. Es difícil distinguir qué era fruto de sus excepcionales cualidades humanas y qué lo era de su lucha ascética y de su vida interior, porque todo estaba estrechamente unido. Se pueden distinguir teóricamente sus dotes humanas y sus dotes sobrenaturales, pero, de hecho, estaban totalmente fundidas en su gran amor a Dios. La unidad de su vida radicaba en su entrega plena al Señor, en cumplir amorosamente lo que Él le exigía – el Opus Dei -, en servicio de la Iglesia y de todas las almas.

Don Josemaría era un sacerdote santo que amaba su sacerdocio profundamente; en una ocasión me lo contaba con toda sencillez al cabo de los años – visitó el Palacio Arzobispal de Zaragoza y, cuando estuvo a solas en la capilla donde, hacía años, había recibido la tonsura, besó el suelo con verdadera unción y gozo sacerdotales, mientras saboreaba aquellas palabras de la ceremonia: Dominus pars hereditatis meae et calicis mei… Su amor al sacerdocio y a los sacerdotes resultan evidentes, al recordar el gran número de ejer cicios espirituales y retiros para sacerdotes y religiosos que predicó durante los años en que yo le trataba más de cerca; recorrió toda España - sin cobrar nunca nada– a petición de obispos de unas y otras diócesis. La abnegada atención espiritual que el Opus Dei ha prestado y presta a los sacerdotes de tantos países es una con tinuación del trabajo ejemplar e infatigable del padre.

Quiero agradecer aquí – de modo especial – esfuerzo de don Josemaría y de sus hijos sacerdotes para ayudar espiritualmente al clero secular de todas las diócesis de España. Sé que éste es también cl sentimiento de los prelados que han visto surgir, entre sacerdotes suyos, vocaciones al Opus Dei. Como obispo de Tuy–Vigo primero, y como Vicario General Castrense después, he comprobado cómo los sacerdotes diocesanos que se vinculan a la Obra están aún más estrechamente unidos a sus obispos y les obedecen con fidelidad ejemplar, y con heroísmo si es preciso.

El amor de Monseñor Escrivá de Balaguer a Dios y su fe filial y confiada se transparentaban en toda su vida: no tenía otra fina lidad que cumplir amorosamente la voluntad de Dios y ayudar a los demás a acercarse a El.

Su fe, su visión sobrenatural, su unión con Dios, se manifestaban en todos sus pensamientos, sus afanes, su vida toda. En cuanto la conversación con el padre se hacía íntima, aparecía patente la efu sión de una vida interior llena de Dios, una vida que no tenía más intereses que los de la gloria de Dios.

Tenía una especialmente intensa y filial devoción a la Santísima Virgen, llena de ternura y fortaleza, que se traslucía hasta en los detalles más pequeños. Amaba entrañablemente a San José, y reza ba mucho, con amistosa confianza, a los Angeles Custodios, encomendándoles asuntos concretos, con la seguridad de que siempre le escuchaban.

Mantenía siempre la serenidad en el juicio. En una ocasión me llegó un documento oficial en el que se le calumniaba de una manera atroz. Me pareció un deber llevarle el original, que me había dejado un amigo mío: los ataques eran tan fuertes que, mientras don Josemaría fue leyendo esas páginas delante de mí, con calma. no pude evitar que se me saltasen las lágrimas. Cuando don Josemaría ter minó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír, y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gra cias a Dios, es falso. pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiese dejar en el Ministerio de donde los había tomado. Ten–medijo-, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él.

El espíritu de mortificación y el amor a la pobreza del padre fueron muy grandes. Nunca tuvo nada como propio, estaba des prendido de todo. Hasta en lo más pequeño cuidaba no apegarse a las cosas; era un cuidado amoroso el suyo. Recuerdo que en una ocasión en Roma acababa de recibir un burrito dorado, de una hechura preciosa, que le hizo mucha gracia porque le gustaba la figura del borrico trabajador y fiel. Al verlo, le encantó. Entonces, reflexionó un momento y me dijo: Llévatelo, es para ti. Me di cuenta, en aquel mismo momento, que era un gesto de desprendimiento.

Podría seguir enumerando, una tras otra, las virtudes que adornaban el alma de mi inolvidable amigo, un fundador que no hubiera querido fundar nada. Pero no es este el lugar oportuno para recoger por extenso tantas virtudes, vividas heroicamente en un crescendo a lo largo de su vida. Me he limitado a espigar unas cuantas en el hondón de mi alma, recuerdos de una amistad que nunca agra deceré suficientemente a Dios Nuestro Señor


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