Decisión heroica

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Otoño de 1972. Roma ilumina de rojo «matone» las fachadas en el atardecer. Desde que se clausuraron las sesiones del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha sufrido violentas sacudidas.

Monseñor Escrivá de Balaguer quema su vida en una honda tarea de fundación, conoce los entresijos de la crisis que afecta a gran parte del mundo cristiano y quisiera salir al encuentro de los que se desvían en una pérdida lamentable. Su llaneza y valentía sufren ante la ambigüedad y el silencio de tantos que debieran gritar, hoy más fuerte que nunca, la única verdad del Evangelio.

Siempre ha trabajado por la gloria de Dios, sin pretender ningún aplauso humano. Dotado de gran inteligencia y de vastísima cultura, su energía y talento teológico se vuelcan en cartas y escritos, en palabras destinadas a los miembros de la Obra de Dios, que llenan miles de páginas.

En los últimos años, al presenciar esta crisis que Dios permite en la Iglesia, piensa «lanzarse al ruedo», como se dice en el idioma castizo español. Es decir, salir al encuentro de muchas personas para hablarles de fe, esperanza y amor. Su decisión de presentarse ante millares de personas atenta contra su modo de ser, más inclinado al diálogo personal, a la reunión familiar. Se expone, al comparecer públicamente, a ser objeto de crítica y, ¿por qué no?, también de entusiasmos, de agradecimientos y de afecto. Pero todo pasa rápidamente de sus manos a las de Dios. Ni un solo instante los aplausos de una reunión se quedarán en los bolsillos de su sotana. Se transforman, por obra y gracia de la humildad y el servicio de este sacerdote, en un gran ofertorio a Dios.

A los setenta años de edad, el Fundador del Opus Dei va a librar otra batalla en servicio de la Iglesia. Durante mucho tiempo ha sufrido ante el panorama que presencia. Pero no concuerda su coraje con la congoja o el desaliento. Aquello que le afecta se transforma en fuerza para rezar, para sacrificarse, para ir a la acción como un vendaval pacífico e imparable que no puede contener la necesidad de hablar de Jesucristo.

El verbo catequizar, en su raíz griega significa algo así como «hacer sonar en los oídos». Esta resonancia apasionada es lo que el Padre va a intentar, incansablemente, en dos meses de catequesis por España y Portugal. Gritará despacio, afectuosa y libremente, las verdades viejas y nuevas del Evangelio. Una asamblea multitudinaria se convierte a su alrededor en una tertulia donde todos tienen la libertad y la confianza de exponer sus inquietudes y afectos en voz alta. En estas apariciones en público, jamás se mostrará pesimista ni agorero precursor de calamidades: todo lo contrario. Repetirá incansablemente que para los hijos de Dios, todas las cosas, aun las aparentemente más dolorosas, son para bien. Así, con este ánimo, el Padre inicia un «maratón» de fe este otoño de 1972, cuando Roma arde en uno de sus maravillosos atardeceres (1)

Bodas de Plata

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Al entrar en Molinoviejo, a pocos metros de la casa y en el camino de la ermita, se puede ver una lápida que descansa sobre dos leones de granito. La inscripción tallada en la piedra conmemora las Bodas de Plata del Opus Dei.

«Aquí, en Molinoviejo y en esta ermita de Santa María Madre del Amor Hermoso, después de pasar con paz y alegría días de oración, de silencio y de trabajo el Fundador del Opus Dei con su Consejo General y representantes de las diversas regiones que vinieron de lejanas tierras de Europa, África y América para celebrar las Bodas de Plata de la Obra el día 2 de octubre de 1953 renovó la Consagración del Opus Dei al Corazón Dulcísimo de María que ya había sido hecha en la Santa Casa de Loreto el 15 de agosto de 1951 »(38).

Es un modo antiguo, milenario, de recordar hechos importantes. Dicen los textos sagrados que al entrar el pueblo hebreo en la tierra prometida, el Señor mandó a Josué que levantara un monumento de piedra junto a las riberas del Jordán: «Cuando un día os pregunten vuestros hijos: ¿Qué significan esas piedras?, instruid a vuestros hijos diciendo: “Israel pasó este Jordán a pie enjuto; porque Yavé, vuestro Dios, secó delante de vosotros las aguas del Jordán, como lo había hecho Yavé, vuestro Dios, con las aguas del mar Rojo, que secó delante de nosotros hasta que hubimos pasado, para que todos los pueblos de la tierra sepan que es poderosa la mano de Yavé y vosotros conservéis siempre el temor de Yavé, vuestro Dios”» (39).

En veinticinco años, la Obra de Dios se ha extendido por muchos países. Este 2 de octubre de 1953, tiene ya sabor universal, porque se levantan voces para dar gracias en diversas lenguas. Están aquí los de la primera hora. Y también muchos de los que han llegado después, atraídos por Dios al calor humano y sobrenatural de esta familia.

En el silencio del oratorio, mientras el aire vibra entre las agujas de los pinos, el Padre hace en voz alta su oración ante el Sagrario.

Don Amadeo de Fuenmayor conserva en la memoria palabras que ha meditado muchas veces a lo largo de su quehacer sacerdotal. El Fundador les habla de serenidad, porque las manos de Dios sostienen sus vidas. Les invita a pedir que se cumpla siempre, ardientemente deseada, la Voluntad de Dios. Porque Dios es Padre, lo sabe todo, lo puede todo, nos ama y lleva nuestra impotencia y nuestra duda a buen puerto. Es nuestra roca firme. Serenidad.

El eco repite también palabras de servicio, de amor a los demás, de humildad para aceptar las propias limitaciones. Ahora que están junto a él algunos de los que trabajan en un cargo de gobierno dentro del Opus Dei, les recuerda que tienen la obligación, ante Dios y ante todos, de ser humildes, de buscar la santidad.

Por lo demás, de acuerdo con el propio modo de ser de la Obra, el Padre no desea ninguna solemnidad para celebrar el veinticinco aniversario. Sabe que todos los días, aun en medio de dificultades, son fiesta en el corazón de sus hijos. Les pide, una vez más, la única condición de esta felicidad: ser fieles.

«Cumplid con mayor empeño en ese dos de octubre los deberes de vuestro trabajo, intensificad -sois almas contemplativas en medio del mundo- vuestra oración constante, sed -en esta tierra tan llena de rencores- sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata… »(40).

Muchas veces, al hablar del espíritu de la Obra, el Padre insiste en mantener un diálogo de amor con Dios a lo largo de los acontecimientos del día: ofreciendo el trabajo, hecho con la mayor perfección posible; las contrariedades de la jornada; el dolor, la alegría y la dificultad. Con la presencia de Dios en el alma y la convicción de la filiación divina, una persona puede estar dedicada en profundidad a cualquier trabajo -manual o intelectual-, con el espíritu de un «alma contemplativa, pero en medio del mundo».

El día 2 de octubre llegan a “Molinoviejo”, para estar unas horas junto al Padre, casi todos los que se han ordenado sacerdotes durante estos años. Se reúnen en un claro del pinar, al aire del otoño segoviano. El Padre se emociona cuando ve juntos, por primera vez, a sus sacerdotes, hijos de Dios en el Opus Dei.

La Secretaría de Estado de Su Santidad envía un telegrama firmado por el Monseñor Montini:

«Augusto Pontífice complacido escogidos frutos (…) Sociedad Sacerdotal Santa Cruz y Opus Dei invoca ocasión sus Bodas Plata Fundación, abundancia celestes dones mientras de todo corazón imparte vuestra Señoría y miembros de la Obra paternal bendición apostólica».

Porque el Papa sí que entiende la solemnidad oculta y silenciosa de esta fecha. Sí que aprecia la fidelidad y el servicio constantes del Fundador y de toda la Obra. Y quiere dejar constancia de ello en un documento que reviste la misma solidez conmemorativa que una lápida de piedra. Es una carta de la Dataría Apostólica que escribe el Cardenal Tedeschini, que fue Nuncio en España cuando nació la Obra:

«Y me place recordar (…) que brotó el Opus Dei en el silencio; se reveló sin ruido; se extendió sin fatiga (…), arrastrando cuantos había de generosos, de abnegados, de entusiastas.

Somos de ayer y lo hemos llenado todo; decían los primeros cristianos, y lo repiten hoy los hijos del P. Escrivá. Lo que para los extraños es asombro, para ellos es naturalidad; y para la Iglesia es orgullo y consuelo (…).

La Iglesia ha mirado complacida, pero también sorprendida, el avanzar y el estrecharse a su maternal regazo, de tantos y tan inesperados soldados, y ha creído en la caridad que los animaba y los ha reconocido por los frutos (…).

Con la Santa Iglesia y con el Augusto Pontífice, sólo Usted, querido Padre, tiene hoy el honroso derecho de elevar la mirada al Cielo, con la más fervorosa y más debida acción de gracias (…). He amado y amo lo que es digno de amor; protejo lo que veo conducir más almas a Dios; leo en los corazones, valientes y nobles, del Fundador, de esta magnífica juventud (…), el más puro amor a la Iglesia; y por lo tanto, doy todo lo que está en mi pecho para que esta armada, la verdaderamente invencible, sea mina inagotable de Apóstoles, seculares, como los primeros de Cristo, y Romanos, como los eternos del Papa» (41).

Hoy recuerda el Padre aquel día, en Madrid, cuando iba pensando que lo que había nacido el 2 de octubre de 1928, por inspiración de Dios, no debería tener nombre propio. Porque era tan íntimo, tan enraizado en el trabajo habitual, que no requería distinción nominal. Hasta que alguien le preguntó:

-«¿Cómo va esa Obra de Dios? “Fue una llamarada de claridad: puesto que debería llevar uno, ése era el nombre: Obra de Dios, Opus Dei, “Operatio Dei”, trabajo de Dios; trabajo profesional, ordinario, hecho por personas que se saben instrumentos de Dios; trabajo realizado sin abandonar los afanes del mundo, pero convertido en oración y en alabanza del Señor -Opus Dei- en todas las encrucijadas de los caminos de los hombres”»(42).

En 1953, veinticinco años más tarde, el Opus Dei ha dejado su nombre esculpido en la amistad y en la luz de muchas gentes; personas que han descubierto, en el andar de su camino cotidiano, la presencia de Dios sobre la tierra.

Dios hace una pausa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los primeros meses de 1936, el Padre viaja a Valencia invitado por don Javier Lauzurica, Obispo Auxiliar y amigo suyo. Le acompaña Ricardo Fernández Vallespín. Van en un coche de turismo grande, de carácter público, de los que constituyen el medio de transporte más barato. En Valencia se alojan en el Hotel Balear, situado en la calle de la Paz.

Aquí vuelven a reunirse con el grupo que les visitó en Madrid. Don Javier Lauzurica les anima a montar una Residencia Universitaria en esta ciudad lo antes posible.

Cuando retornan a la capital de España el ambiente empieza a ser irrespirable. Se puede considerar el país en guerra civil. Hay grandes manifestaciones, acciones violentas; asesinatos, ataques personales y represalias. La violencia está a la orden del día y cuenta con la tolerancia del Gobierno.

El Padre está informado de todo. Sufre por la furia antirreligiosa, pero jamás pierde la serenidad ni consiente que se perturbe el apostolado o se interrumpan los medios de formación. No fomenta el menor aislamiento, sino todo lo contrario. Quiere que todos conozcan la situación y respeta las opciones políticas de cada cual. Nunca ha insistido tanto en que los miembros de la Obra recen y apoyen su fortaleza en el sagrario.

Cuando triunfa en las elecciones el Frente Popular, se recrudece la persecución religiosa y todo parece abocar a un régimen marxista. Por otro lado, la oposición prevé un golpe de Estado contra el Gobierno de la República.

En medio de este clima, el Padre combate todo derrotismo; trabaja como si nada fuese a ocurrir. Varias personas que conocen y aprecian su labor apostólica constituyen una sociedad civil, sin fines lucrativos, llamada “Fomento de Estudios Superiores”. Esta entidad adquiere una casa que pondrá a disposición de don Josemaría para una nueva Residencia de estudiantes en Madrid. Está enclavada en el mismo barrio de Argüelles, próximo a la Ciudad Universitaria. Es propiedad de los Condes del Real, que viven en Francia, y se trata de un inmueble, bien construido y amplio, situado en el número 16 de la calle de Ferraz, frente al Cuartel de la Montaña.

A primeros de julio de 1936, toda la instalación de Ferraz 50, incluido el oratorio, se traslada al número 16. Isidoro Zorzano ya ha solicitado excedencia voluntaria en su puesto de ingeniero de los Ferrocarriles Andaluces, en Málaga, porque es quien se va a ocupar de la nueva Residencia de Madrid. Ricardo se trasladará a Valencia para instalar, también allí, una Residencia Universitaria. El 16 de julio, Paco Botella, que está en Valencia, pone un telegrama anunciando que ha encontrado el local adecuado para llevar a cabo esta iniciativa en su ciudad levantina. Al día siguiente, 17 de julio, Ricardo recibe de nuevo la bendición del Padre en un salón de Ferraz 16, e inicia este viaje que marca la primera expansión de la Obra en España. Poco antes, Isidoro había llegado a Madrid. Su permanencia en Málaga le habría costado la vida: precisamente por su labor abnegada, en servicio de los más humildes, había sido puesto en la «lista negra» de los revolucionarios.

Ese mismo día, 17 de julio de 1936, se conoce el levantamiento del ejército de Africa. Una semana antes y a partir del asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica en la Cámara Legislativa, se recrudecen en toda España los disturbios y violencias. Sin embargo, el Padre y la Obra que Dios le encomendó siguen su camino. Es la locura de una fe que está más allá de coyunturas humanas.

El 18 de julio se proclama la rebelión dentro de la Península. Madrid y Valencia quedan incomunicadas. Va a dar comienzo una guerra civil que se prolongará casi tres años. Durante este tiempo, resultará arrasado lo que se ha conseguido con tanto esfuerzo. Ferraz 16 va a ser incautado por las milicias populares y luego, en el asedio de Madrid, bombardeado y destruido por las tropas nacionales.

El primer grupo de hombres de la Obra y toda aquella amplia labor apostólica se verá dispersada por avatares de muy diversa índole. Pero algo enraizado ya de modo sobrenatural permanece intacto en todos: la seguridad de que la Obra debe continuar adelante; de que uno sólo que sobreviva habrá de coger la antorcha del mensaje divino y transmitirla. Recordarán, ahora y siempre, las palabras del Fundador:

«La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el Cielo está empeñado en que se realice»(32).

Y, con este coraje en el alma, se inicia un tiempo de espera activa, de oración y penalidades. Una etapa de prueba da comienzo.

La primera hora

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante su estancia en México, en 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer explicaba a un grupo de sus hijos las vicisitudes por las que había pasado el desarrollo de la Obra de
Dios en el mundo:

«Cuando el Señor quiso que yo comenzara a trabajar en el Opus Dei, yo no tenía ni una virtud, ni una peseta (…). ¿Veis qué bueno fue esto? …»(1).

En 1928 es un sacerdote de veintiséis años, desplazado fuera de su diócesis aragonesa; prepara su Tesis Doctoral y sostiene económicamente a su familia; desempeña una agotadora actividad sacerdotal en barrios y hospitales; está inmerso en una aventura divina, cuyas dimensiones desbordan los sueños de su alma.

«Soñad y os quedaréis cortos»(2), dirá siempre a sus hijos, con la experiencia de quien se ve sobrepasado por la magnanimidad de Dios.

Pero en estos primeros años carece hasta de lo indispensable. Atraídas por el fuego de Dios, vienen a su alrededor personas de los más variados ambientes, que ignoran la estrechez oculta en una prodigiosa naturalidad. Por eso, en el correr del tiempo, cuando hable a los que van a abrir caminos para la Obra en cualquier parte del mundo, les recordará:

«Os puedo asegurar que todos los lugares, humanamente hablando, se encuentran en mejores condiciones y con más medios que cuando yo hube de empezar aquel 2 de octubre de 1928. No os podéis imaginar lo que ha costado sacar adelante la Obra. Pero ¡qué aventura más maravillosa!»(3).

La abrumadora soledad de esta primera etapa, la incomprensión, las dificultades de su juventud y de su carencia de medios se ven superadas por el temple irrompible de su fe.

A los primeros chicos que le siguen empieza a hablarles de generosidad y de servicio, por la calle: dando un paseo por el Parque del Retiro madrileño, o en aquel pequeño bar de la calle Alcalá, muy cerca de la Plaza de la Independencia, llamado El Sotanillo… En cualquier parte donde se le brinde la oportunidad de llamar a las puertas de una juventud sedienta de Dios y de ideales. Alguna tarde les invita a merendar, midiendo sus escasos medios porque las pesetas y los céntimos están contados hasta el último extremo.

A través del Patronato de Enfermos conoce a algunas señoras que colaboran con su trabajo y dinero a las obras de atención social que allí se realizan. A todas les pregunta si tienen algún pariente joven, estudiante. Años más tarde, algunos miembros del Opus Dei, como Monseñor Alvaro del Portillo, don José Luis Múzquiz y don Fernando Maycas, sabrán que el Fundador rezaba por ellos, con nombres y apellidos, desde antes de conocerlos.

Muchos, en esta primera hora, se le acercan y le siguen; pero no calan en el fondo sobrenatural de la Obra y se van, de pronto, sin dar ninguna explicación.

No obstante, continúa en su búsqueda. A través de la dirección espiritual va conociendo, también, a un grupo cada vez más numeroso de mujeres jóvenes a quienes expone el panorama de la santificación del trabajo profesional en medio del mundo.

Ninguna duda de la sinceridad, de la autenticidad sobrenatural de las palabras de don Josemaría. Pero es difícil conseguir las primeras vocaciones: quizá a muchos les parece un programa arduo. Demasiado exigente y demasiado nuevo en el contexto espiritual del momento.

Para cubrir la atención espiritual de todos los que se le acercan, pide ayuda a un grupo de sacerdotes seculares, entre los que hay alguno de más edad, a los que expone aquello que Dios le ha confiado. Tiene con ellos una reunión todos los lunes. Aquí acuden don José María Somoano, don Lino Vea Murguía y don Norberto Rodríguez. En una agenda, don José María Somoano, escribe entusiasmado que le ha visitado don Josemaría Escrivá y que su alma está transformada…(4).

Las dificultades le acompañarán siempre, pero nada va a detenerle. Este empeño le hará decir muchos años después:

«He dedicado mi vida a defender la plenitud de la vocación cristiana del laicado, de los hombres y de las mujeres corrientes que viven en medio del mundo y, por tanto, a procurar el pleno reconocimiento teológico y jurídico de su misión en la Iglesia y en el mundo (…).

Corresponde a los millones de mujeres y de hombres cristianos que llenan la tierra, llevar a Cristo a todas las actividades humanas, anunciando con sus vidas que Dios ama a todos y quiere salvar a todos»(5).

Para esta entrega, esta comprensión sin fronteras, Dios le dio una enorme capacidad; un conocimiento profundo del ser humano que le ayudará, en un inmediato futuro, a ser gozosamente entendido por muchos.

Don Rafael Fernández Claros, un sacerdote que le conoce en 1929, escribirá:

«Me bastaron unos momentos para apreciar en todo su altísimo valor el tesoro de santidad que cuidadosamente guardaba aquella delicada alma sacerdotal»(6).

En una carta personal del 7 de junio de 1931 le dirá: «Tus cartas me hacen mucho bien pues después de leerlas me siento con más ánimo para ser fiel (…). Vienen tus misivas siempre fragantes de piedad y del más puro fraternal cariño»(7).

Caridad y valentía

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Las Hijas de la Caridad que trabajaron en el Hospital del Rey durante la difícil década de 1926 a 1936, recuerdan con enorme afecto la dedicación, la generosidad, la entrega de estos tres sacerdotes. Después de la muerte imprevista de don José María Somoano, el 16 de julio de 1932, don Lino Vea Murguía caerá fusilado en Madrid al comienzo de la guerra civil. Y solamente don Josemaría Escrivá de Balaguer sobrevivirá al riesgo de persecución y al trabajo agotador que se ha impuesto para cuidar a tantas almas que reclaman su atención sacerdotal.

Tanto la Superiora de la Comunidad como la Hermana encargada de la capilla y las que trabajan en las salas de enfermos infecciosos(4), le ven acudir a pie o en cualquiera de los escasos medios de locomoción habituales; siempre rápido, como quien tiene una importante misión que cumplir en los minutos de cada hora; a la vez, siempre con calma, entregando todo su tiempo a las personas que le reclaman. Muy joven aún, pero con madurez y gravedad en el comportamiento, buscando siempre la gloria de Dios, y valiente, muy valiente para trabajar, en su calidad de sacerdote, de un modo amable y enérgico ante las situaciones más contradictorias.

Los pacientes le esperan con auténtico cariño. Aquellos tuberculosos desahuciados, jóvenes en su mayoría, se confían a este sacerdote alegre que habla de la muerte como el comienzo de la Vida; que les invita a pasar de la esperanza de la tierra a la seguridad de Dios, con una sonrisa; bendiciendo el dolor que les hace hermanos, con mayor predilección, de Jesucristo.

Celebra con frecuencia la Santa Misa en el Hospital del Rey. A la Hermana sacristana le conmueve advertir que reza con particular devoción las oraciones de la Misa, que toma en sus manos con actitud de profunda adoración la Sagrada Eucaristía, que es capaz de revestirse y salir a ejercer su sagrado ministerio al jardín del Hospital, cuando las circunstancias políticas exigen casi ocultarse para rezar y pronunciar el nombre de Dios. Que continúa llegando, cada vez, con su traje talar, sin miedo a las pedradas ni a las represalias que pueden ocultarse tras los desmontes y el descampado que rodean el Hospital. Y que, al mismo tiempo, es capaz de mantener una esperanza que tiene su cimiento, su apoyo inconmovible, en la fe sobrenatural que Dios le otorga. No conocerá el desánimo ni en los últimos años de esta década, cuando todo parece desmoronarse. Su aliento para los enfermos, las Religiosas, los que colaboran en el Hospital y acuden a escuchar sus homilías, será constante.

Algunas veces celebra en una capilla improvisada en un salón de la Comunidad, donde se ha instalado un altar portátil. En el retablo preside la Virgen Milagrosa. Desde allí distribuirá la Comunión a los enfermos que lo solicitan. Jamás le ha retraído el contagio a que se expone frecuentando algunas salas. No tiene miedo a nadie ni a nada. Y los pacientes, que saben apreciar esta actitud, aceptan la enfermedad y la muerte con una entereza y alegría que dan ejemplo de devoción a quienes les rodean. Las monjas llegan a comentar que se lleva a los enfermos al Cielo «en palmitas», con aquel don y atractivo que sabe poner en las cosas de Dios.

La Hermana sacristana le secunda en cuidar todo cuanto se refiere al culto, aun cuando las circunstancias presentes no favorecen el mantener los objetos con la calidad y decoro necesarios. Porque, en medio de la actividad constante que desarrolla, don Josemaría no olvida estas pequeñas grandes cosas en las que se demuestra un detalle de amor con el Señor.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei recordará que «la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.

Estas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor»(5).

Y muchos de estos enfermos, conscientes de que aquel sacerdote se ha sentido llamado a una alta misión del cielo, y que necesita y valora su ayuda y su oración, se brindan a ofrecer el dolor como la mejor moneda de cambio que poseen para pagar las atenciones de don Josemaría Escrivá de Balaguer. Hay referencias históricas conmovedoras. Entre ellas, la de una mujer joven que ingresa en el Hospital del Rey en 1930. Su tuberculosis es avanzada e incurable. Conoce a don Josemaría y empieza a recorrer el camino sobrenatural que le brinda. Poco después, pide su admisión en el Opus Dei: María Ignacia García Escobar, reza y se adentra en el panorama de filiación divina: entiende que Dios puede estar escribiendo su mejor biografía con la enfermedad; que la necesita para completar con su dolor la Redención del mundo; y ve el amor, misterioso amor de Dios que a veces resulta difícil de aceptar, en el envés de la trama con que el Señor teje los acontecimientos del mundo. Todavía recuerdan sus hermanas, que la acompañaban, frases completas que don Josemaría repite a la enferma en sus momentos de mayor sufrimiento: «A veces puede parecernos que nos trata duramente; no podemos entender las dificultades o las penas que nos envía; pero tampoco el niño pequeño entiende por qué su madre no le deja que juegue con un cuchillo o que acaricie con sus deditos la llama de una vela; y menos entiende por qué, en determinadas circunstancias, le da unos buenos azotes. Sin embargo, todo es para bien»(6).

María Ignacia se agrava, y don Josemaría la visita con frecuencia. Llama por teléfono a las Hermanas de la sala preguntando por su estado. La asiste en su muerte, larga y dolorosa. Lee despacio, ante ese cuerpo llagado y consumido por la enfermedad, la recomendación del alma, con voz pausada, solicitando la ayuda de los grandes aliados de los hombres: los ángeles y los santos. Y preside, afectuosamente, su entierro en el cementerio de Chamartín de la Rosa. Cuando el féretro baja hasta el fondo de la fosa, toma un puñado de tierra, lo besa y lo deja caer sobre la caja que contiene los restos de una mujer generosa que ha comprendido la Obra de Dios y que le ha sabido ayudar con el mejor tesoro que se puede poseer en la tierra: el dolor ofrecido con Cristo. Es el 13 de septiembre de 1933(7).

Un espíritu inédito

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el primer momento, don Josemaría se entrega de lleno a la misión que le ha sido confiada. A pesar de la claridad meridiana con que ha visto el camino, comprende que su realización implica un fenómeno teológico inédito dentro de las líneas de espiritualidad existentes, en ese momento, dentro de la Iglesia. Y siente una completa repugnancia interior a crear nada nuevo. No le interesa personalmente ser fundador, porque todas las antiguas fundaciones, lo mismo que las de los siglos más inmediatos, le parecen llenas de actualidad y vida. Se siente pequeño, sin medios, sin condiciones, sin relación alguna que le permita abrir la brecha de este arduo caminar que Dios acaba de pedirle.

Confesará, años más tarde: «El Señor, que juega con las almas como un padre con sus niños pequeños –“ludens coram eo omni tempore, luden in orbe terrarum” (Prov VIII, 30); jugando en todo tiempo, jugando por el orbe de la tierra-, viendo en los comienzos mi resistencia (…) permitió que tuviera la aparente humildad de pensar -sin ningún fundamento- que podía haber en el mundo instituciones que no se diferenciaran de lo que Dios me había pedido. (…) Han pasado unos años, y veo ahora que quizá dejó el Señor que padeciera entonces esa completa repugnancia, para que tenga siempre una prueba externa más de que todo es suyo y nada mío » (17).

En múltiples ocasiones expondrá el mismo argumento:

«No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. Somos apóstoles que “cumplimos un mandato imperativo de Cristo”» (18).

Intentará confirmar repetidamente -con sumisión total a la obediencia- la veracidad, la autenticidad divina del mensaje recibido, permaneciendo en contacto ininterrumpido con la autoridad eclesiástica. Durante algún tiempo, al explicar la llamada universal a la santidad en medio del mundo a otras personas, tendrá que escuchar palabras duras, hostiles. Opiniones que le duelen, pero que nunca consiguen minar su vida interior ni sembrar, en la magnanimidad de su espíritu, la menor duda. De una vez para siempre, decide esperar a que la Iglesia resuelva, sin dar más detalles a los que, sin ningún título, pretenden erigirse en jueces.

Jamás ha sido milagrero. Declarará que le bastan los milagros del Evangelio. Pero, con la misma firmeza, habrá de subrayar ante sus hijos, y ante todas las gentes, la fe y respeto sobrenaturales que exige la Obra de Dios en la tierra:

«En mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran “empresa sobrenatural”, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios.

“La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre” (…). Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho»(19).

Hasta el día de su muerte, no perderá un momento. Irá tras la Voluntad de Dios, en el convencimiento firme de la llamada divina y en busca de las almas que el Señor quiera poner en su camino.

En estos primeros tiempos recibe información sobre nuevas fundaciones aparecidas en Italia y Polonia. Trata de saber si coinciden con lo que Dios le pide. No quiere arrogarse calidad de Fundador si la Providencia ha puesto ya un camino similar en la tierra por medio de otro hombre. Pero pronto se convencerá de que nada se parece a la imagen clara, inconfundible, que le ha sido confiada.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de
vuestras pisadas» (20)

Cuenta ahora veintiséis años. Ha de desarrollar toda la doctrina teológica, ascética y jurídica del Opus Dei. Se encuentra ante una solución de continuidad de siglos: no hay nada semejante. A los ojos humanos todo ello puede parecer una locura, tanto más cuanto que tampoco tiene influencias sociales de ningún tipo.

Esta empresa divina tiene el apoyo de la gracia del Cielo y un alma fiel, sin medios humanos, que ha secundado siempre los deseos de Dios. Arraiga en un hombre que, desde la adolescencia, ha respondido afirmativamente… «Y esa semilla es hoy (…) un
árbol frondoso, de esbelto tronco, que restaura con su sombra a una legión de almas»(21).

5. El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los muchachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.

1. Madrid, 2 de octubre de 1928

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre (…)

Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo,

que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios,

dos de octubre de mil novecientos veintiocho.

J. ESCRIVÁ DE BALAGUER

Muy de mañana, un joven sacerdote de veintiséis años está celebrando la Santa Misa en la Capilla de la planta baja de la Casa de los Misioneros de San Vicente de Paúl, en la madrileña calle de García de Paredes. Es uno de los seis sacerdotes que están haciendo unos ejercicios espirituales, comenzados dos días antes en dicha Casa.

Ese día la Iglesia celebra la fiesta de los Santos Ángeles Custodios, como lo recuerda la liturgia de la Misa: la colecta, la epístola -”Mira que enviaré al ángel mío para que te guíe, y guarde en el viaje, hasta introducirte en el país que te he preparado. Reverénciale y escucha su voz: por ningún caso le menosprecies…” (Ex. XXIII, 20-21)- y también el canto del Aleluya: “Bendecid al Señor todos vosotros, que componéis su milicia, ministros suyos, que hacéis su voluntad” (Ps. CII, 21). Y antes de iniciarse el Canon, el Prefacio:… “Per quem maiestatem tuam laudant angeli: Sanctus, Sanctus, Sanctus…”

Llega el momento supremo de la consagración, en el que se opera el misterio de amor de la Transubstanciación: “Esto es mi Cuerpo… Este es el cáliz de mi Sangre…” Y luego, la invocación a la Santísima Trinidad, por Cristo, con Él y en Él. Después, la Comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo… Finalmente, nueva invocación a los Ángeles, la bendición final y el último Evangelio, el de San Juan: “En el principio existía el Verbo…”

Tras las preces al pie del altar, Josemaría Escrivá -que así se llama ese joven sacerdote- se va despojando de los ornamentos, mientras reza las oraciones acostumbradas. Acto seguido, comienza una larga acción de gracias.

Después de un desayuno frugal, que no interrumpe el silencio y el recogimiento de estos ejercicios cerrados, vuelve a su habitación. Sentado junto a la mesa de trabajo, ajeno a los rumores de la calle, que llegan débilmente, sigue ordenando algunas notas que ha ido tomando durante los últimos meses: resoluciones, propósitos, breves invocaciones, llamadas repetidas, insinuaciones percibidas en la oración, largamente meditadas desde entonces.

No ha hecho más que empezar a releer algunas cuando, de repente, se da cuenta de que todo aquello se ha ordenado por sí solo, iluminado por una luz completamente nueva, como un rompecabezas cuyas piezas se hubiesen colocado en su lugar automáticamente; como un cuadro del que hasta entonces sólo hubiese visto algunos detalles y que ahora contempla en su totalidad…

Visión de una realidad buscada incansablemente, a menudo a tientas, y sólo entrevista, que ahora se impone con clara evidencia al espíritu y al corazón: miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hacia el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales… Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo… Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra.

Miles, millones de almas como un volteo incesante de campanas que repican y cuyas vibraciones suben y suben, y se mezclan, y se amplifican…

Campanas… Precisamente ahora, desde hace unos instantes, llega hasta su cuarto el eco de las campanas de una iglesia cercana. A unos cientos de metros de allí, a vuelo de pájaro, en la glorieta de Cuatro Caminos, las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles voltean en honor de su Santa Patrona.

Benedicite Dominum, omnes angeli eius… (Ps. CII, 20).

Miles, millones de criaturas celestiales, presentan al Señor, por mediación de la Reina de los Ángeles, la ofrenda valiosa de unas vidas vividas totalmente para Él, de cara a El, en Él, entre gozos y lágrimas. Y la humilde prosa de esas vidas ordinarias queda convertida en verso heroico, en grandioso poema de amor divino.

-¡Así que era eso, Señor!

“Gozo, ¡lágrimas de gozo!”

Aquí estoy, Señor, porque me roas llamado… (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Inmensidad de la grandeza y de la misericordia de Dios… gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, gloria a la Santísima Trinidad. Gloria a Santa María, Madre de Dios.

Profunda, intensa, amplia, caudalosa como los ríos que van a dar a la mar, surge una acción de gracias que nunca terminará.

Un fundador que respetaba la libertad de sus seguidores

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

El Fundador del Opus Dei nació en Barbastro (Aragón) el 9 de enero de 1902. Ingresó en el seminario de Logroño a los dieciséis años. En aquel momento llevaba cuatro años residiendo en la capital de La Rioja, adonde se había visto trasladado a causa de un fuerte revés económico.

Comentaba Escrivá años después que durante su estancia en Logroño experimentó en su alma que Dios le llamaba para hacer algo por Él, aunque ignoraba el contenido de ese algo. A raíz de esa llamada decidió hacerse sacerdote y durante once años le pidió al Señor que le desvelase en qué consistía aquel querer divino.

Al fin, el 2 de octubre de 1928, tres años después de su ordenación sacerdotal en Zaragoza, mientras trabajaba en Madrid como capellán de una fundación caritativa, vio claramente que Dios le llamaba a abrir un camino de santidad en medio del mundo que llevara a los hombres y las mujeres a alcanzar la plenitud de la vida cristiana en el ejercicio de su propia profesión, en su vida familiar y social, y esforzándose por vivir una intensa vida de oración y de sacramentos. Con la ayuda de los sacerdotes, esos hombres y esas mujeres serían un fermento espiritual en el seno de la sociedad y, al igual que la levadura en la masa, contribuirían a mejorar sus ambientes familiares y profesionales, vivificándolos con los valores evangélicos.

Al principio siguieron a Escrivá algunos estudiantes universitarios; y a partir de febrero de 1930, varias mujeres jóvenes.

Para formar humana, profesional y cristianamente a los jóvenes universitarios que le seguían y poder transmitirles su afán de almas, abrió una academia en 1933, que un año después amplió con una residencia universitaria.

Las circunstancias no podían ser más desfavorables: la República, nacida pocos años antes, en 1931, había dictado una serie de leyes anticlericales que vinieron acompañadas por medidas vejatorias contra las congregaciones religiosas; y eran frecuentes por las calles las algaradas de signo antirreligioso. Pero el joven fundador no se detuvo. En julio de 1936, cuando estalló la guerra civil, estaba estudiando la posibilidad de abrir otros dos nuevos centros de formación cristiana, semejantes al de Madrid: uno en Valencia y otro en París.

Con los brazos abiertos a todos y respetuoso siempre con la libertad de cada persona, don Josemaría no hacía ningún tipo de declaración partidista sobre la situación política que le rodeaba. Los jóvenes que le seguían tenían filiaciones políticas muy diversas y a veces, antagónicas: había entre ellos nacionalistas, monárquicos que estaban cada vez más en desacuerdo con el gobierno constituido, católicos vascos de fuerte sentido republicano y defensores de sus “libertades patrias”, etc.

“El Padre”, como todos le llamaban, no hacía alusión alguna a las libres opciones temporales de cada cual, aunque les pedía, eso sí, que no hablaran de cuestiones políticas en aquel centro al que acudían para formarse cristianamente. Les explicaba que la labor apostólica que llevaba a cabo no era, en modo alguno, una respuesta ante la situación político-religiosa que atravesaba el país. “La Obra de Dios –decía– no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931”. “No somos una organización circunstancial” –recalcaba– (…) “ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica”. “El vínculo que os une –insistía el fundador– es de naturaleza exclusivamente espiritual (…) Lo que descarta toda idea o intención política o partidista” .

Escrivá se limitaba a enseñar –y eso ya era mucho– el mensaje del Opus Dei, que convoca a los cristianos corrientes a santificarse en medio del mundo y a esforzarse por vivir la llamada evangélica con todas sus consecuencias, recordándoles las palabras del Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”. No les ofrecía un recetario de reformas sociales, ni un programa político determinado. Sabía –y recordaba– que el esfuerzo por transformar la sociedad para hacerla más fiel a los valores evangélicos es una tarea que corresponde a cada fiel cristiano en particular. Es el cristiano de a pie quien debe formular y proponer, con plena responsabilidad, las consecuencias sociales concretas que, a su juicio personal, lleva implícito ese mensaje.

Esta convocatoria –nacida de la enseñanza perenne de la Iglesia y que invita a los cristianos a obrar en todo momento de forma coherente con su fe– tiene unas claras consecuencias sociales. Partiendo de esas enseñanzas los cristianos pueden proponerse programas sociales y políticos muy variados y diversos a los que proponen –partiendo de esas mismas enseñanzas– otros cristianos, con una pluralidad grande de enfoques y perspectivas. Fueran las que fuesen las opciones personales de cada uno, el Fundador alentaba a los cristianos a formarse bien desde el punto de vista doctrinal, y a cultivar una profunda vida interior acompañada por la creatividad y la iniciativa apostólica personal en todos los ámbitos. Porque sólo así –decía– cada cristiano, con personal responsabilidad, con autonomía y respeto a las legítimas opciones de los demás, será capaz de llevar a cabo una profunda renovación espiritual de la sociedad.

Conviene recalcar este punto: Escrivá alentaba a llevar a cabo una renovación espiritual personal; es decir: no daba ningún tipo de consigna, encaminada, por ejemplo, a reinstaurar nostálgicamente, la antigua cristiandad, si se entiende ese término –cristiandad– en su acepción política. Es interesante recordar que la palabra cristiandad no aparece en Camino.

No se trata de regresar a situaciones del pasado, sino de transformar el mundo presente desde dentro. Y esa transformación debía realizarse –explicaba el Fundador– en todas las épocas, en todos los países, en todos los ámbitos sociales, porque todos los oficios, trabajos y actividades nobles de los hombres pueden convertirse en caminos de santidad. “Hemos de estar siempre de cara a la muchedumbre, porque no hay criatura humana que no amemos, que no tratemos de ayudar y de comprender. Nos interesan todos, porque todos tienen un alma que salvar”. La palabra “alma”se encuentra frecuentemente en sus escritos, y es una manifestación del sentido estrictamente espiritual y apostólico de sus enseñanzas.

Hablaba con frecuencia del común denominador del que gozaban las personas que le seguían (la fe cristiana, las enseñanzas de la Iglesia, un espíritu y unos modos apostólicos específicos) y del numerador diversísimo y variado del que gozaban: ese numerador eran las libres opiniones y opciones personales de cada una, de cada uno, en materias políticas, culturales, científicas, artísticas, profesionales, etc.

Continuó predicando esto mismo, década tras década, de forma inalterable, en las circunstancias más diversas: en la preguerra, en el fragor de la contienda civil y durante el régimen que se impuso en España a continuación; y en los treinta y un países del mundo a los que llegó su acción apostólica a lo largo de su vida.

Este rechazo explícito de cualquier forma de clericalismo resulta completamente congruente con la condición secular de los miembros del Opus Dei, que son “ciudadanos de dos ciudades”; es decir, fieles corrientes que gozan de los mismos derechos y obligaciones que sus conciudadanos.

En los documentos que el Fundador sometió a la aprobación de la Santa Sede en 1947, hizo constar un mandato específico para los directores del Opus Dei, indicándoles con rotunda claridad que deberían abstenerse por completo de intervenir en cualquier ámbito (político, cultural, profesional, etc.) que perteneciera a la libre elección de los miembros de la Obra. Los estatutos definitivos del año 1982, sancionados por Juan Pablo II con motivo de la erección del Opus Dei en Prelatura personal, recogieron ese mandato.

Esto explica que cada vez que ha surgido alguna cuestión relativa a este punto en cualquier país del mundo, hayan sido los propios miembros del Opus Dei los que han reafirmado su libertad absoluta de opinión y de compromiso político, cultural y profesional. En los contextos culturales más diversos han señalado que ellos son los únicos responsables de sus libres opciones personales; y que no representan en modo alguno con sus actuaciones a la institución de la Iglesia a la que pertenecen.

Y lo mismo han hecho los responsables del Opus Dei en casos similares.

La cuestión se planteó por primera vez en 1957 en España, cuando fueron nombrados ministros del Gobierno dos miembros del Opus Dei: Mariano Navarro Rubio y Alberto Ullastres. Al conocer este dato, ciertos periodistas de la prensa internacional, como no sabían en qué tendencia clasificarlos, les colgaron rápidamente el sambenito de “tecnócratas” o “tecnócratas del Opus Dei”.

Esta calificación –tecnócratas del Opus Dei– era falsamente precisa: porque Ullastres y Navarro no accedieron a sus cargos por su condición de miembros del Opus Dei, ni actuaron en ningún momento como representantes de esta institución en la vida política; además, con esa calificación se englobaba arbitrariamente bajo el nombre “Opus Dei” a un conjunto de políticos –los llamados tecnócratas– que sólo tenían en común con Ullastres y Navarro la pertenencia al mismo equipo de gobierno. Todos estos hombres resultaban difíciles de “clasificar” en relación con las tendencias más conocidas, y que eran entonces: falangistas, militares, monárquicos (ya fueran donjuanistas, juancarlistas o carlistas), y demócrata-cristianos procedentes de la Acción Católica o de la Asociación Nacional de Propagandistas.

Cinco años después, en 1962, otro miembro del Opus Dei, Gregorio López Bravo, entró a formar parte del gobierno. Tres años después Ullastres y Navarro Rubio salieron del gobierno y fueron nombrados ministros cuatro miembros del Opus Dei: el ya citado López Bravo, Juan José Espinosa, Laureano López Rodó y Faustino García Moncó.

En el gobierno de 1969 había tres miembros del Opus Dei: López Bravo, López Rodó y Vicente Mortes. Entre los ministros nombrados en 1973 uno (López Bravo); y entre los nombrados en 1975, uno también, Fernando Herrero Tejedor.

Esto significa que de los 129 ministros que nombró Franco desde el 3 de octubre de 1936 hasta su fallecimiento en 1975, sólo ocho ministros eran del Opus Dei. Y esos ocho ministros, que pertenecieron a diversas tendencias, estuvieron en gobiernos muy distintos del Régimen, a lo largo de los años cincuenta, sesenta y setenta respectivamente.

“Dejar obrar a Dios”

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Artículo del Cardenal Joseph Ratzinger sobre san Josemaría Escrivá (L’Osservatore Romano, 6-X-2002)

06 de octubre de 2002

Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres —también cristianos— de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican mas bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra —en efecto— de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida — y esto me parece un punto central— precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.


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