Un recuerdo personal

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Testimonio de Eduardo Poveda, Obispo de Zamora
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Fue en el año 1940. Hacia poco que había ingresado yo en el Seminario Conciliar de Valencia y contaba a la sazón, veinte años. En noviembre llegó el tiempo de los ejercicios espirituales y vino a dirigírnoslos un sacerdote al que no conocíamos, pero que desde el primer momento captó nuestra atención y nos hizo entrar rápi­damente en la vía de la conversión que es propia de los ejercicios. Aquel sacerdote se llamaba don Josemaría Escrivá de Balaguer y había venido a Valencia llamado por la amistad que tenía con cl entonces rector del seminario, don Antonio Rodilla.

Aquellos ejercicios espirituales nos supieron distintos a los demás, a lo que entonces era habitual. Nada de meditaciones tre­mebundas sobre la muerte y el infierno; nada de sentimentalismos facilones; doctrina firme y clara y, sobre todo, exigencias peren­torias para el seguimiento de Cristo.

Los ejercicios de don Josemaría Escrivá quedaron grabados profundamente en la conciencia de todos los que en ellos partici­pamos. Mucho tiempo ha pasado desde entonces y aún conservo vivo su recuerdo. Que Dios se lo haya retribuido en la gloria.

Del recuerdo de aquellos ejercicios quisiera ahora espumar unas ideas fundamentales que ha dejado impresas en su Obra, pero que son doctrina viva y perenne de la Iglesia.

Todo el mundo habla hoy de sus enseñanzas sobre la santifi­cación del cristiano en el trabajo y en el propio ambiente y estado en el que cada cual se encuentra.

A nosotros, seminaristas, nos habló como seminaristas, nos exi­gió como seminaristas, ni siquiera nos hizo mención del Opus Dei que tenía fundado ya desde 1928. Nos habló mucho, recuerdo, de nuestro deber de trabajar, de estudiar, que era nuestra tarea. Sin tomar en serio el estudio ni podríamos ser santos ni buenos semi­naristas. Pero, al mismo tiempo, nos exigía oración, vida de inti­midad con Dios y devoción filial a María.

He aquí una enseñanza de don Josemaría Escrivá que tiene un valor perenne. El tomar en serio el trabajo, el pensar que hacerlo bien glorifica a Dios y nos santifica, es hoy doctrina universal. En cambio, algunos dicen ahora que como el trabajo es oración ya no hace falta que nos dediquemos a hablar con Dios ni a «perder tiem­po» rezando. Don Josemaría Escrivá siempre predicó que eran necesarias las dos cosas. Sin santificar y mejorar nuestro trabajo, la oración es falsa. Pero trabajando no podemos santificarlos si no dedicamos tiempo a la oración. ¡Qué gran verdad elemental y sen­cilla, pero perenne e iluminadora para el cristiano!

Había también otra paradoja en don Josemaría Escrivá que ya en aquellos ejercicios le captamos. Hoy podemos decir que fue un pionero en la tarea de embarcar a los seglares en la obra de la Iglesia. Revalorizó, como pocos, la visión del laicado… Pero amaba pro­fundamente a los sacerdotes. Pocas veces en mi vida he oído hablar con tanto cariño del sacerdocio y pocas veces me han dado unos ejercicios tan llenos de vivencias sacerdotales.

Y es que para don Josemaría Escrivá dignificar al laicado y reconocer su misión específica con la Iglesia no estaba reñido ni con el amor al sacerdocio ni creaba artificiosos antagonismos que últimamente hemos tenido que presenciar. En su amor a la Iglesia en su comprensión amplia, generosa y dilatada del misterio de Jesu­cristo no había lugar para celotipias ni para que la grandeza de unos miembros del Cuerpo de Cristo tuviese que ir en detrimento o en devaluación de otros miembros. Hoy en día esa lección continúa siendo valiosa y necesaria.

Y esto último que acabo de decir fue también una constante del fundador del Opus Dei, su amor a la Iglesia, su amor a la jerar­quía, su amor al Papa.

Poco antes de morir, ya en estos tiempos azarosos, don Jose­maría Escrivá solía decir: «no hay sacerdotes malos». La frase no deja de ser extraña. Él conocía muy bien las miserias que tenemos los ministros de la Iglesia. En aquellos ejercicios y en sus pláticas posteriores habló constantemente de la responsabilidad del sacer­dote y de la cuenta estrecha que tendríamos que dar a Dios en el día del juicio. Sabía que podríamos prevaricar y que muchos, de hecho, prevaricamos. Pero él veía, por encima de todo, que esta Iglesia con sus ministros y fieles era el instrumento de salvación que Cristo nos había dejado en la tierra.

Él no podría distinguir, como algunos hacen ahora, entre Iglesia institucional e Iglesia espiritual o popular, o encarnada. Sabía, eso sí, que el signo de Cristo podría ser peor o mejor hecho por nosotros los cristianos o por los miembros de la jerarquía. Pero sabía también que el Espíritu Santo actúa indefectiblemente a través de esta ins­titución que aun con miembros pecadores es santa porque Jesús la purifica constantemente con su propia sangre.

Todas estas constantes del espíritu de don Josemaría Escrivá son doctrina viva y perenne, doctrina de salvación y, por tanto, necesaria, al mismo tiempo que muy oportunas para ser recordadas en el momento actual.

Por ello, recomendamos a los miembros del Opus Dei que las recuerden siempre. En particular, me atrevería a pedirles en este 50 aniversario que reafirmen esa fidelidad a la Iglesia y al Papa que el padre les dejó como herencia. La Iglesia os necesita mucho hoy, necesita de vuestro trabajo y de vuestra colaboración. Man­tened encendido en vosotros el fuego de este espíritu.

Hablaba de lo que él mismo vivía

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Testimonio de Santos Moro Briz, Obispo dimisionario de Ávila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando le conocí, el fundador del Opus Dei era un sacerdote muy joven –rondaba los treinta años–, muy cordial y simpático: afable y abierto en el trato; elegante y respetuoso al mismo tiempo. Tanto en mi primera impresión como en el trato de amistad que luego nos uniría, estuve siempre íntimamente convencido de su san­tidad de vida. Por esa razón, no me extrañó saber que el Santo Padre Pablo VI, hace ahora unos dos años, dijo al actual presidente gene­ral del Opus Dei, excelentísimo y reverendísimo doctor don Álvaro del Portillo, en una de las audiencias que le concedió, dándole per­miso explícito para contarlo, que Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido el hombre que más carismas ha recibido de Dios y que mejor ha respondido.

Después de la primera entrevista, nuestro trato se fue haciendo paulatinamente más intenso y amistoso, como se manifiesta en la correspondencia que hemos mantenido a lo largo de los años. Car­tas que demuestran su hondo sentido sobrenatural y apostólico, así como el respeto cariñoso y lleno de confianza hacia mi, que durante largos años he tenido la carga honrosa de la diócesis de Ávila.

Don Josemaría basaba siempre su labor en modos y medios sobrenaturales. Era extraordinariamente «pedigüeño» de oracio­nes. Me rogaba que encomendara al Señor a sus chicos; que ofre­ciera oraciones por los cursos de retiro que predicaba a sacerdotes y religiosos, a universitarios o profesionales, por la santidad y el apostolado… Se puede decir que sentía una plena confianza en la ayuda de Dios y en el poder de la oración para obtenerla. La ora­ción, comentaba en ocasiones, es la gran arma para el apostolado.

Don Josemaría vivía pendiente de cumplir la voluntad de Dios y, aun en medio de las tribulaciones, siempre se mantuvo con un carácter abierto y alegre, de contagiosa simpatía. Muchas veces he comprobado que resplandecían en él tres amores que son característicos de la vida de los santos: el encendido amor a Jesús Sacra­mentado, a la Santísima Virgen y al Papa.

La actitud de contar con el prelado de la diócesis fue siempre norma de su trabajo. A todos los obispos nos hablaba con detalle del Opus Dei, de su naturaleza y de sus fines de su universalidad. En honor a la verdad, debo decir que yo no necesitaba una especial explicación porque tenía plena confianza en la rectitud de su criterio, pero siempre considero un deber hacia mi cargo de obispo y quizá también una obligación de amistad mantenerme al corriente de sus actividades: no era amigo de misterios ni secretos. Por el contrario, era franco y abierto. Lo suyo era la naturalidad: hablaba con cualquiera que tuviese interés limpio en conocer la Obra, sin buscar por eso aplauso y publicidad. Y callaba cuando sabía que se buscarían en sus palabras interpretaciones torcidas. En el Opus Dei, que apuntaba entonces, no había más secreto –co­mo expresaba su fundador- que el de la gestación, como el de la criatura que está en el claustro materno.

La confianza que tenía en el espíritu sacerdotal de don Josemaría y la seguridad en el bien que su palabra haría a los sacerdotes de Ávila, me llevó a encargarle –junto con otro sacerdote- de las tandas de ejercicios espirituales para el clero, que organizamos al terminar la guerra civil española. Eran momentos muy importantes para organizar la diócesis, agrupar al clero alrededor del obispo y unirlo en auténtica fraternidad. Yo estuve presente, como es natu­ral, y como resumen de aquellos días puedo destacar la fuerza que tenía la predicación de aquel sacerdote joven, que hablaba de lo que él mismo vivía: de las virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, hechas obras en las cosas menudas de cada día.

Siempre fue muy generoso a pesar de las indudables dificultades por las que tuvo que pasar; por ejemplo, nunca quiso recibir estipendio alguno por los numerosísimos ejercicios espirituales que dirigía. Don Josemaría prestaba toda la ayuda que podía con su trabajo personal. Ese mismo espíritu es el que siguen practicando sus hijos que colaboran en la formación de sacerdotes y laicos.

Puede decirse así, que los obispos en cuya diócesis se desarrollan apostolados promovidos por el Opus Dei o por sus socios, cuentan, de hecho, con obras que repercuten tan inmediatamente en el bien de la diócesis como las que pueden promover sus sacerdotes o las que llevan a cabo directamente.

Me parece que es digno poner de relieve el esfuerzo de don Josemaría en favor y ayuda de los sacerdotes diocesanos. La intensa ayuda que estos sacerdotes reciben de los socios del Opus Dei es un inefable beneficio para cada diócesis y para toda la Iglesia. El espíritu de Monseñor Escrivá de Balaguer, presente en sus hijos. les lleva a ser fieles y leales colaboradores de los obispos y servidores desinteresados de las diócesis procurando, al mismo tiempo, fomen­tar el sentido de fraternidad humana y sobrenatural entre todos los hombres, y especialmente con sus hermanos en el ministerio sacerdotal.

Desde que Monseñor Escrivá de Balaguer fijó su residencia en Roma, pasaron unos años en los que no pudimos vernos, aunque la amistad y el afecto los conservamos íntegros. En este tiempo pude conocer la prodigiosa expansión de la Obra, el bien que hacía a las almas y la inmensa ayuda que toda la Iglesia recibía por su acti­vidad apostólica en los más variados campos. No debe extrañar este paréntesis en nuestro trato; la única razón que hubo fue mi propósito de no robarle un tiempo valiosísimo para la Obra y para la Iglesia entera; pero, como he dicho, mi afecto profundo y mis ora­ciones los tuvo en cada momento.

Volví a ver a don Josemaría con ocasión de la erección de la Universidad Navarra. Creí mi deber asistir, no sólo por mi amistad hacia quien la había hecho posible, sino porque la erección de esta universidad revestía una importancia cultural y apostólica de pri­mera magnitud. Así que quise unirme a la bendición de todo el Epis­copado español, estando presente entre los muchos prelados asis­tentes. Todavía recuerdo –me parece que los estoy viendo– el gesto personal y expresivo de don Josemaría, cuando caminando en la presidencia del espléndido cortejo del profesorado de la universi­dad, me acerqué a él para manifestarle mi satisfacción y mi alegría; se llevó las manos a la cabeza y me dijo: «¡Señor obispo, qué ver­güenza; qué vergüenza para mí!». Era la expresión inequívoca de su humildad.

No es preciso acudir a detalles como el que acabo de relatar para realzar la profunda y sencilla humildad de Monseñor Escrivá de Balaguer. En él era lo natural: realizar su labor callada y per­severantemente, mirando más a la renovación profunda de las almas que a un ocasional fulgor con raíces menos profundas. Nunca buscó –y le hubiera sido bien fácil- cargos o prebendas.

Quiero terminar estos breves apuntes insistiendo en un aspecto medular del espíritu, la predicación y la vida del fundador del Opus Dei: la llamada universal a la santidad, la búsqueda infatigable de la santificación personal. Desde la atalaya de mi larga vida, cuando los detalles se difuminan en el tiempo y se recogen mejor los grandes trazos, puedo pensar que quizá hubiera podido aprovechar mejor las gracias actuales que suponía contar con el afecto entrañable e inmerecido de aquel insigne sacerdote, verdadero pionero en tantos aspectos de las iluminaciones doctrinales del Concilio Vaticano II, por su afán nobilísimo de difundir y promover por todo el mundo la llamada universal a la propia santificación.

TEMA 18. El bautismo y la confirmación

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El bautismo otorga al cristiano la justificación. Con la confirmación se completa el patrimonio bautismal con los dones sobrenaturales de la madurez cristiana.

Bautismo

1. Fundamentos bíblicos e institución

De entre las numerosas prefiguraciones veterotestamentarias del bautismo, se destacan el diluvio universal, la travesía del mar Rojo, y la circuncisión, por encontrarse explícitamente mencionadas en el Nuevo Testamento aludiendo a este sacramento (cfr. 1 P 3,20-21; 1 Co 10,1; Col 2,11-12). Con el Bautista el rito del agua, aun sin eficacia salvadora, se une a la preparación doctrinal, a la conversión y al deseo de la gracia, pilares del futuro catecumenado.

Jesús es bautizado en las aguas del Jordán al inicio de su ministerio público (cfr. Mt 3,13-17), no por necesidad, sino por solidaridad redentora. En esa ocasión, queda definitivamente indicada el agua como elemento material del signo sacramental. Se abren además los cielos, desciende el Espíritu en forma de paloma y la voz de Dios Padre confirma la filiación divina de Cristo: acontecimientos que revelan en la Cabeza de la futura Iglesia lo que se realizará luego sacramentalmente en sus miembros.

Más adelante tiene lugar el encuentro con Nicodemo, durante el cual Jesús afirma el vínculo pneumatológico que existe entre el agua bautismal y la salvación, de donde sigue su necesidad: «el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

El misterio pascual confiere al bautismo su valor salvífico; Jesús, en efecto, «había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un “Bautismo” con que debía ser bautizado (Mc 10,38; cfr. Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (cfr. Jn 19,34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva» (Catecismo, 1225).

Antes de subir a los cielos, el Señor dice a los apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20). Este mandato es fielmente seguido a partir de Pentecostés y señala el objetivo primario de la evangelización, que sigue siendo actual.

Comentando estos textos, dice Santo Tomás de Aquino que la institución del bautismo fue múltiple: respecto a la materia, en el bautismo de Cristo; su necesidad fue afirmada en Jn 3,5; su uso comenzó cuando Jesús envió a sus discípulos a predicar y bautizar; su eficacia proviene de la pasión; su difusión fue impuesta en Mt 28, 19 .

2. La justificación y los efectos del bautismo

Leemos en Rm 6,3-4: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva». El bautismo, que reproduce en el fiel el paso de Jesucristo por la tierra y su acción salvadora, otorga al cristiano la justificación. Esto mismo apunta Col 2,12: «Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que resucitó de entre los muertos». Se añade ahora la incidencia de la fe, con la cual, junto al rito del agua, nos «revestimos de Cristo», como confirma Ga 3,26-27: «Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo».

Esta realidad de justificación por el bautismo se traduce en efectos concretos en el alma del cristiano, que la teología presenta como efectos sanantes y elevantes. Los primeros se refieren al perdón de los pecados, como pone en relieve la predicación petrina: «Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2,38). Esto incluye el pecado original y, en los adultos, todos los pecados personales. Se remite también la totalidad de la pena temporal y eterna. Permanecen sin embargo en el bautizado «ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o “fomes peccati”» (Catecismo, 1264).

El aspecto elevante consiste en la efusión del Espíritu Santo; en efecto, «en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados» (1 Co 12,13). Porque se trata del mismo «Espíritu de Cristo» (Rm 8,9), recibimos «un espíritu de hijos adoptivos» (Rm 8,15), como hijos en el Hijo. Dios confiere al bautizado la gracia santificante, las virtudes teologales y morales y los dones del Espíritu Santo.

Junto a esta realidad de gracia «el bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al bautismo dar frutos de salvación» (Catecismo, 1272).

Como fuimos bautizados en un solo Espíritu «para no formar más que un cuerpo» (1 Co 12,13), la incorporación a Cristo es contemporáneamente incorporación a la Iglesia, y en ella quedamos vinculados con todos los cristianos, también con aquellos que no están en comunión plena con la Iglesia Católica.

Recordemos, finalmente, que los bautizados son «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9): participan, pues, del sacerdocio común de los fieles, quedando «”obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia” (LG 11) y a participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios» (Catecismo, 1270).

3. Necesidad

La catequesis neotestamentaria afirma categóricamente de Cristo que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos». Y puesto que ser «bautizados en Cristo» equivale a ser «revestido de Cristo» (Gal 3,27), deben entenderse en toda su fuerza aquellas palabras de Jesús según las cuales «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16,16). De aquí deriva la fe da la Iglesia sobre la necesidad del bautismo para la salvación.

Corresponde entender esto último según la cuidadosa formulación del magisterio: «El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cfr. Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer “renacer del agua y del espíritu” a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos» (Catecismo, 1257).

Existen, en efecto, situaciones especiales en las cuales los frutos principales del bautismo pueden adquirirse sin la mediación sacramental. Mas justamente porque no hay signo sacramental, no existe certeza de la gracia conferida. Lo que la tradición eclesial ha llamado bautismo de sangre y bautismo de deseo no son «actos recibidos», sino un conjunto de circunstancias que concurren en un sujeto, determinando las condiciones para que pueda hablarse de salvación. Se entiende así «la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo» (Catecismo, 1258). En modo análogo, la Iglesia afirma que «todo hombre que, ignorando el evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad» (Catecismo, 1260).

Las situaciones de bautismo de sangre y de deseo no incluyen la de los niños muertos sin bautismo. A ellos «la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos»; pero es justamente la fe en la misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cfr. 1 Tm 2,4), lo que nos permite confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo (cfr. Catecismo, 1261).

4. Celebración litúrgica

Los «ritos de acogida» intentan discernir debidamente la voluntad de los candidatos, o de sus padres, de recibir el sacramento y de asumir sus consecuencias. Siguen las lecturas bíblicas, que ilustran el misterio bautismal, y son comentadas en la homilía. Se invoca luego la intercesión de los santos, en cuya comunión el candidato será integrado; con la oración de exorcismo y la unción con el óleo de catecúmenos se significa la protección divina contra las insidias del maligno. A continuación se bendice el agua con fórmulas de alto contenido catequético, que dan forma litúrgica al nexo agua-Espíritu. La fe y la conversión se hacen presentes mediante la profesión trinitaria y la renuncia a Satanás y al pecado.

Se entra ahora en la fase sacramental del rito, «mediante el baño del agua en virtud de la palabra» (Ef 5,26). La ablución, sea por infusión que por emersión, se debe realizar en modo tal que el agua corra por la cabeza, significando así el verdadero lavado del alma. La materia válida del Sacramento es el agua tenida como tal según el común juicio de los hombres. Mientras el ministro derrama tres veces el agua sobre la cabeza del candidato, o la sumerge, pronuncia las palabras: «NN, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Los ritos posbautismales (o explicativos) ilustran el misterio realizado. Se unge la cabeza del candidato (si no sigue inmediatamente la confirmación), para significar su participación en el sacerdocio común y evocar la futura crismación. Se entrega una vestidura blanca como exhortación a conservar la inocencia bautismal y como símbolo de la nueva vida conferida. La candela encendida en el cirio pascual simboliza la luz de Cristo, entregada para vivir como hijos de la luz. El rito del effeta, realizado en las orejas y en la boca del candidato, quiere significar la actitud de escucha y de proclamación de la palabra de Dios. Finalmente, la recitación del Padrenuestro ante el altar –en los adultos, dentro de la liturgia eucarística– pone de manifiesto la nueva condición de hijo de Dios.

5. Ministro y sujeto

Ministro ordinario es el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono. En caso de necesidad, puede bautizar cualquier hombre o mujer, incluso no cristiano, con tal de que tenga la intención de realizar lo que la Iglesia cree cuando así actúa.

El bautismo está destinado a todos los hombres y mujeres que aun no lo hayan recibido. Las cualidades necesarias del candidato dependen de su condición de niño o adulto. Los primeros, que no han llegado aun al uso de razón, han de recibir el sacramento durante los primeros días de vida, apenas lo permita su salud y la de la madre: proceder de otro modo es, con expresión fuerte de San Josemaría, «un grave atentado contra la justicia y contra la caridad» . En efecto, como puerta a la vida de la gracia, el bautismo es un evento absolutamente gratuito, para cuya validez basta que no sea rechazado; por otra parte, la fe del candidato, que es necesariamente fe eclesial, se hace presente en la fe de la Iglesia. Existen, sin embargo, determinados límites a la praxis del bautismo de los niños: es ilícita si falta el consenso de los padres, o no existe garantía suficiente de la futura educación en la fe católica. En vista de esto último se designan los padrinos, elegidos entre personas de vida ejemplar.

Los candidatos adultos se preparan a través del catecumenado, estructurado según las diversas praxis locales, con vista a recibir en la misma ceremonia también la confirmación y la primera Comunión. Durante este período se busca excitar el deseo de la gracia, lo que incluye la intención de recibir el sacramento, que es condición de validez. Ello va unido a la instrucción doctrinal, que progresivamente impartida busca suscitar en el candidato la virtud sobrenatural de la fe, y a la verdadera conversión del corazón, lo que puede pedir cambios radicales en la vida del candidato.

Confirmación

1. Fundamentos bíblicos e históricos

Las profecías sobre el Mesías habían anunciado que «reposará sobre él el espíritu de Yahvéh» (Is 11,2), y esto estaría unido a su elección como enviado: «He aquí a mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones» (Is 42,1). El texto profético es aún más explícito cuando es puesto en labios del Mesías: «El espíritu del Señor Yahvéh está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahvéh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado» (Is 61,1).

Algo similar se anuncia también para el entero pueblo de Dios; a sus miembros Dios dice: «infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos» (Ez 36,27); y en Jl 3,2 se acentúa la universalidad de esta difusión: «hasta en los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días».

En el misterio de la Encarnación se realiza la profecía mesiánica (cfr. Lc 1,35), confirmada, completada y públicamente manifestada en la unción del Jordán (cfr. Lc 3,21-22), cuando desciende sobre Cristo el Espíritu en forma de paloma y la voz del Padre actualiza la profecía de elección. El mismo Señor se presenta al comienzo de su ministerio como el ungido de Yahvéh en quien se cumplen las profecías (cfr. Lc 4,18-19), y se deja guiar por el Espíritu (cfr. Lc 4,1; 4,14; 10,21) hasta el mismo momento de su muerte (cfr. Hb 9,14).

Antes de ofrecer su vida por nosotros, Jesús promete el envío del Espíritu (cfr. Jn 14,16; 15,26; 16,13), como efectivamente sucede en Pentecostés (cfr. Hch 2,1-4), en referencia explícita a la profecía de Joel (cfr. Hch 2,17-18), dando así inicio a la misión universal de la Iglesia.

El mismo Espíritu derramado en Jerusalén sobre los apóstoles es por ellos comunicado a los bautizados mediante la imposición de las manos y la oración (cfr. Hch 8,14-17; 19,6); esta praxis llega a ser tan conocida en la Iglesia primitiva, que es atestiguada en la Carta a los Hebreos como parte de la «enseñanza elemental» y de «los temas fundamentales» (Hb 6,1-2). Este cuadro bíblico se completa con la tradición paulina y joánica que vincula los conceptos de «unción» y «sello» con el Espíritu infundido sobre los cristianos (cfr. 2 Co 1,21-22; Ef 1,13; 1 Jn 2,20.27). Esto último encontró expresión litúrgica ya en los más antiguos documentos, con la unción del candidato con óleo perfumado.

Estos mismos documentos atestiguan la unidad ritual primitiva de los tres sacramentos de iniciación, conferidos durante la celebración pascual presidida por el obispo en la catedral. Cuando el cristianismo se difunde fuera de las ciudades y el bautismo de los niños pasa a ser masivo, ya no es posible seguir la praxis primitiva. Mientras en occidente se reserva la confirmación al obispo, separándola del bautismo, en oriente se conserva la unidad de los sacramentos di iniciación, conferidos contemporáneamente al recién nacido por el presbítero. A ello se une en oriente una importancia creciente de la unción con el myron, que se extiende a diversas partes del cuerpo; en occidente la imposición de las manos pasa a ser una imposición general sobre todos los confirmandos, mientras que cada uno recibe la unción en la frente.

2. Significación litúrgica y efectos sacramentales

El crisma, compuesto de aceite de oliva y bálsamo, es consagrado por el obispo o patriarca, y sólo por él, durante la misa crismal. La unción del confirmando con el santo crisma es signo de su consagración. «Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda “el buen olor de Cristo” (cfr. 2 Co 2,15). Por medio de esta unción, el confirmando recibe “la marca”, el sello del Espíritu Santo» (Catecismo, 1294-1295).

Esta unción es litúrgicamente precedida, cuando se realiza separadamente del bautismo, con la renovación de las promesas del bautismo y la profesión de fe de los confirmandos. «Así aparece claramente que la Confirmación constituye una prolongación del Bautismo» (Catecismo, 1298). Sigue a continuación, en la liturgia romana, la extensio manuum para todos los confirmandosdel obispo, mientras pronuncia una oración de alto contenido epiclético (es decir, de invocación y súplica). Se llega así al rito específicamente sacramental, que se realiza «por la unción del santo crisma en la frente, hecha imponiendo la mano, y con estas palabras: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”». En las Iglesias orientales, la unción se hace sobre las partes más significativas del cuerpo, acompañando cada una por la fórmula: «Sello del don que es el Espíritu Santo» (Catecismo, 1300). El rito se concluye con el beso de paz, como manifestación de comunión eclesial con el obispo (cfr. Catecismo, 1301).

Así pues, la confirmación posee una unidad intrínseca con el bautismo, aunque no se exprese necesariamente en el mismo rito. Con ella el patrimonio bautismal del candidato se completa con los dones sobrenaturales característicos de la madurez cristiana. La Confirmación se confiere una única vez, pues «imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el “carácter”, que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo» (Catecismo, 1304). Por ella, los cristianos reciben con particular abundancia los dones del Espíritu Santo, quedan más estrechamente vínculados a la Iglesia, «y de esta forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con su palabra y sus obras».

3. Ministro y sujeto

En cuanto sucesores de los apóstoles, solo los obispos son «los ministros originarios de la confirmación». En el rito latino, el ministro ordinario es esclusivamente el obispo; un presbítero puede confirmar válidamente sólo en los casos previstos por la legislación general (bautismo de adultos, acogida en la comunión católica, equiparación episcopal, peligro de muerte), o cuando recibe la facultad específica, o cuando es asociado momentáneamente a estos efectos por el obispo. En las Iglesias orientales es ministro ordinario también el presbítero, el cual debe usar siempre el crisma consagrado por el patriarca u obispo.

Como sacramento de iniciación, la confirmación está destinada a todos los cristianos, no solo a algunos escogidos. En el rito latino es conferida una vez que el candidato ha llegado al uso de razón: la edad concreta depende de las praxis locales, las cuales deben respetar su carácter de iniciación. Se requiere la previa instrucción, una verdadera intención y el estado de gracia.

Philip Goyret

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1212-1321.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 251-270.

Ordenación episcopal del Obispo Auxiliar de Denver

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El 26 de marzo de 2001, el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, fue uno de los Obispos consagrantes en la ordenación episcopal de Mons. José H. Gómez, por la invitación del Arzobispo de Denver, Charles J. Chaput O.F.M., que presidió la ceremonia.

Mons. Gómez, que procede del clero de la Prelatura del Opus Dei, fue nombrado por Juan Pablo II Obispo Auxiliar de la Archidiócesis de Denver (Colorado, EE.UU.) el 8 de enero del 2001.

La ceremonia tuvo lugar en la Catedral de la Inmaculada Concepción, y contó con la presencia de más de veinte Obispos, la mayor parte procedente de diócesis de los Estados Unidos.

El nuevo Obispo Auxiliar de la Archidiócesis de Denver nació hace 49 años en Monterrey, México, y lleva casi veinte años residiendo en Estados Unidos.

“He aprendido de san Josemaría a servir a la Iglesia”

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Entrevista a Monseñor Philippe Jourdan, sacerdote del Opus Dei y nuevo administrador apostólico de Estonia, ordenado obispo el pasado 10 de septiembre en la iglesia de San Olaf de Tallin. A la ceremonia acudió Mons. Javier Echevarría.

Opus Dei - Mons. Jourdan, obispo de Estonia

Mons. Jourdan, obispo de Estonia

Monseñor Jourdan, usted es el primer obispo católico residente en Estonia tras la segunda guerra mundial. El país es actualmente de mayoría luterana. ¿Como afronta su misión?

He aprendido de san Josemaría a servir a la Iglesia como la Iglesia quiera ser servida, a amarla con todo mi corazón en su dimensión universal y romana. Mi experiencia en Estonia me ha reafirmado en esta convicción y me ha enseñado además a amar a los hermanos que no se han unido aún a la Iglesia. En un país de tradición luterana y ortodoxa como Estonia, mi divisa episcopal (Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam: Todos con Pedro a Jesús, por María) –que debo igualmente al Fundador del Opus Dei- me ha parecido muy adecuada para resaltar los amores que deben unirnos: la búsqueda de Cristo, el recurso a María, y el deseo de que todos seamos un sólo rebaño guiados por un mismo pastor.

Usted es francés, pero asentado en Estonia, ¿que siente ahora?

Me encuentro lleno de gratitud hacia mi tierra natal. Me enorgullece especialmente el que la Conferencia Episcopal de mi país, Francia, haya enviado un representante oficial a mi ordenación, el padre Bernard Hayet. Mantengo y mantendré siempre una unión especial con la Iglesia en Francia, que me ha alimentado con la fe.

Y, en cuanto a la educación que me han dado mis padres, no encuentro palabras para agradecerles su entrega. A ellos, principalmente, debo mi vocación. De tres hermanos, dos somos sacerdotes. Es, sin duda alguna, un gran don de Dios que deseo a muchas familias. A la vez, supone una respuesta generosa por parte de unos padres profundamente cristianos.

¿Que diría a los católicos de Estonia, se van a celebrar con gran gozo este acontecimiento?

La Iglesia en Estonia atraviesa un momento histórico. El sábado 10 de septiembre, por primera vez desde la segunda guerra mundial, un obispo será ordenado en el país. Es un paso enorme para la vida de esta porción de la Iglesia y una prueba de confianza del Papa hacia nosotros: ¡Hemos alcanzado la mayoría de edad!

Poco antes de su fallecimiento, Juan Pablo II decidió nombrarme obispo de Estonia. Por eso quise que la ceremonia de ordenación tuviese lugar el 10 de septiembre, doce años después de la visita del difunto Papa a este país. De esa forma, hemos podido honrar aún mejor su memoria.

Es mi deseo que en esa ordenación episcopal, toda la comunidad católica de Estonia me haya acompañado en el altar. Por eso, quise que la ceremonia tuviera lugar en un gran templo histórico:  San Olaf de Tallin. Cuando un católico visita este lugar, tiene el sentimiento de regresar a su casa, aunque sepamos que no se trata de nuestro hogar. La toma de posesión del nuevo administrador apostólico tendrá lugar en la catedral de San Pedro y San Pablo.


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