Un espíritu inédito

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el primer momento, don Josemaría se entrega de lleno a la misión que le ha sido confiada. A pesar de la claridad meridiana con que ha visto el camino, comprende que su realización implica un fenómeno teológico inédito dentro de las líneas de espiritualidad existentes, en ese momento, dentro de la Iglesia. Y siente una completa repugnancia interior a crear nada nuevo. No le interesa personalmente ser fundador, porque todas las antiguas fundaciones, lo mismo que las de los siglos más inmediatos, le parecen llenas de actualidad y vida. Se siente pequeño, sin medios, sin condiciones, sin relación alguna que le permita abrir la brecha de este arduo caminar que Dios acaba de pedirle.

Confesará, años más tarde: «El Señor, que juega con las almas como un padre con sus niños pequeños –“ludens coram eo omni tempore, luden in orbe terrarum” (Prov VIII, 30); jugando en todo tiempo, jugando por el orbe de la tierra-, viendo en los comienzos mi resistencia (…) permitió que tuviera la aparente humildad de pensar -sin ningún fundamento- que podía haber en el mundo instituciones que no se diferenciaran de lo que Dios me había pedido. (…) Han pasado unos años, y veo ahora que quizá dejó el Señor que padeciera entonces esa completa repugnancia, para que tenga siempre una prueba externa más de que todo es suyo y nada mío » (17).

En múltiples ocasiones expondrá el mismo argumento:

«No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. Somos apóstoles que “cumplimos un mandato imperativo de Cristo”» (18).

Intentará confirmar repetidamente -con sumisión total a la obediencia- la veracidad, la autenticidad divina del mensaje recibido, permaneciendo en contacto ininterrumpido con la autoridad eclesiástica. Durante algún tiempo, al explicar la llamada universal a la santidad en medio del mundo a otras personas, tendrá que escuchar palabras duras, hostiles. Opiniones que le duelen, pero que nunca consiguen minar su vida interior ni sembrar, en la magnanimidad de su espíritu, la menor duda. De una vez para siempre, decide esperar a que la Iglesia resuelva, sin dar más detalles a los que, sin ningún título, pretenden erigirse en jueces.

Jamás ha sido milagrero. Declarará que le bastan los milagros del Evangelio. Pero, con la misma firmeza, habrá de subrayar ante sus hijos, y ante todas las gentes, la fe y respeto sobrenaturales que exige la Obra de Dios en la tierra:

«En mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran “empresa sobrenatural”, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios.

“La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre” (…). Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho»(19).

Hasta el día de su muerte, no perderá un momento. Irá tras la Voluntad de Dios, en el convencimiento firme de la llamada divina y en busca de las almas que el Señor quiera poner en su camino.

En estos primeros tiempos recibe información sobre nuevas fundaciones aparecidas en Italia y Polonia. Trata de saber si coinciden con lo que Dios le pide. No quiere arrogarse calidad de Fundador si la Providencia ha puesto ya un camino similar en la tierra por medio de otro hombre. Pero pronto se convencerá de que nada se parece a la imagen clara, inconfundible, que le ha sido confiada.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de
vuestras pisadas» (20)

Cuenta ahora veintiséis años. Ha de desarrollar toda la doctrina teológica, ascética y jurídica del Opus Dei. Se encuentra ante una solución de continuidad de siglos: no hay nada semejante. A los ojos humanos todo ello puede parecer una locura, tanto más cuanto que tampoco tiene influencias sociales de ningún tipo.

Esta empresa divina tiene el apoyo de la gracia del Cielo y un alma fiel, sin medios humanos, que ha secundado siempre los deseos de Dios. Arraiga en un hombre que, desde la adolescencia, ha respondido afirmativamente… «Y esa semilla es hoy (…) un
árbol frondoso, de esbelto tronco, que restaura con su sombra a una legión de almas»(21).

Elementos capitales de la vida espiritual del sacerdote

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Capítulo del libro “Escritos sobre el sacerdocio”, de D. Álvaro del Portillo (Palabra, 1990)

«Si el Hijo de Dios se hizo hombre y murió en una cruz, fue para que todos los hombres sea­mos una sola cosa con Él y con el Padre (Cfr. Jn 17, 22). Todos, por tanto, estamos llamados a formar parte de esta divina unidad. Con alma sacerdotal, haciendo de la Santa Misa el centro de nuestra vida interior, buscamos nosotros estar con Jesús, entre Dios y los hombres»29. Si todos los cristianos, en virtud de la participación común en el sacerdocio de Cristo, pueden en­contrar en la Misa «la raíz y el centro»30  de su vida espiritual, por ser la Misa la renovación del Sacrificio del Calvario, momento supremo de la acción sacerdotal de Cristo, donde nuestra Re­dención se consuma, se comprende bien que la celebración del Sacrificio eucarístico haya de ser «el centro y la raíz de toda la vida del Pres­bítero, de forma que el alma sacerdotal se esfuerza en reproducir en sí misma lo que se realiza en el ara del sacrificio»31.

Es de notar la insistencia que el Decreto so­bre el ministerio y la vida de los presbíteros ha puesto en este punto, afirmando que «la obra de nuestra Redención se cumple de continuo en el misterio del Sacrificio eucarístico, en el que los sacerdotes realizan su principal minis­terio; y por eso se recomienda encarecidamen­te su celebración diaria, la cual, aunque los fieles no puedan estar presentes en ella, es un acto de Cristo y de la Iglesia»32. Conviene insistir en que no se trata propiamente de una devoción particular yuxtapuesta a las obligaciones del ministerio sacerdotal, sino de vivir intensamen­te, con plenitud de participación personal, el servicio principal que el sacerdote presta a la Iglesia entera. «A esto se dirige y en esto culmi­na el ministerio de los Presbíteros. En efecto, su servicio, que empieza con la predicación evan­gélica, extrae su fuerza y su poder del Sacrifi­cio de Cristo y se encamina a que la ciudad en­tera redimida, es decir, la congregación y socie­dad de los santos, ofrezca a Dios un sacrificio universal por medio del Gran Sacerdote, que se ofreció a sí mismo por nosotros en la Pasión para que fuésemos el cuerpo de una tal Cabeza»33.

Además del rezo del Oficio divino, oración pública de la Iglesia, otros dos momentos en que la vida espiritual del sacerdote, plenamen­te entregada a su ministerio, ha de alcanzar una particular intensidad, con sobrenatural conciencia de lo que hace, son la predicación de la Palabra de Dios —«pues no nos predicamos a nosotros mismos»34— y el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia. Transcribo a continuación unas palabras de Monse­ñor Escrivá de Balaguer que son particularmente significativas de esa vida espiritual del sacerdote que se traduce en ministerio pasto­ral: «los sacerdotes no tenemos derechos: a mí me gusta sentirme servidor de todos, y me enorgullece ese título. Tenemos deberes exclu­sivamente, y en esto está nuestro gozo: el deber de enseñar el catecismo a los niños y a los adul­tos, el deber de administrar los sacramentos, el de visitar a los enfermos y a los sanos; el deber de llevar a Cristo a los ricos y a los pobres, el de no dejar abandonado al Santísimo Sacramento, a Cristo realmente presente en el Sagra­rio, bajo la apariencia de pan; el deber de buen pastor de las almas, que cura a la oveja enfer­ma y busca a la que se descarría, sin echar en cuenta las horas que se tenga que pasar en el confesonario»35.

Unos rasgos más de la espiritualidad del sacer­dote. «El ministerio sacerdotal, por ser un minis­terio de la misma Iglesia, no puede cumplirse sino en la comunión jerárquica de todo el cuer­po. La caridad pastoral urge a los Presbíteros a que, actuando en esta comunión, pongan su vo­luntad al servicio de Dios y de sus hermanos mediante la obediencia, y reciban y ejecuten con fe lo que el Sumo Pontífice, su Obispo u otros superiores ordenen o aconsejen; gastándo­se y desgastándose a sí mismos en cualquier función que se les confíe, por humilde y pequeña que sea»36. Como cimiento de esa caridad que une y de esa obediencia viva que pone en comunión con Cristo, está la humildad profun­da y sincera: consecuencia, por otra parte, de ver con espíritu de fe su propia misión y adver­tir que «la obra divina para cuyo cumplimiento han sido elegidos por el Espíritu Santo trans­ciende todas las fuerzas humanas y la humana sabiduría»37.

Unión también —fraternidad en la común participación del único Sacerdocio de Jesucris­to— con los demás sacerdotes, y sobre todo, con aquellos que forman parte de un mismo Presbyterium diocesano. Esta fraternidad se traducirá en una mutua ayuda para que cada uno pueda cumplir más eficazmente la tarea que le ha sido encomendada, y nadie se sienta solo en su ministerio y en la lucha por alcanzar la santidad.

Unión, finalmente, con todos los demás fieles, buscando servirles en todo momento, y servirles como sacerdote, que es lo que los demás fieles necesitan y esperan de él. Evitará, pues, el sacerdote, con extrema delicadeza, cualquier apariencia de clericalismo, de dominio material o espiritual. Orientará a cada uno al cumpli­miento de lo que Dios le pide, sabiendo a la vez respetar sinceramente el ámbito legítimo de la libertad de todo laico en el desempeño de su misión en la Iglesia y en el mundo38.

«La continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos aconsejada por Cristo Señor, aceptada con gusto y practicada laudablemen­te por muchos fieles a lo largo de los tiempos y también en nuestros días, ha sido siempre muy estimada por la Iglesia, sobre todo para la vida sacerdotal. Es signo y al mismo tiempo estímu­lo de la caridad pastoral y fuente de fecundi­dad espiritual en el mundo»39. Una vez más se pone aquí de manifiesto la íntima unión y mu­tua necesidad de la vida espiritual del sacerdo­te con las exigencias del mejor cumplimiento de su ministerio.

El corazón del sacerdote ha de ser universal, abierto a todos, generoso, en una oblatividad continua —el sacerdote ha de estar en un servicio permanente— sin acepción de personas: «Si eres de Cristo —¡todo de Cristo!—, para todos tendrás —también de Cristo— fuego, luz y calor»40. La fortaleza, la constancia, la sinceri­dad, la lealtad, el amor a la libertad de todos con la consiguiente responsabilidad personal, un sentido profundo de la justicia en todos los órdenes —sin olvidar el control en el uso de la palabra: aborreciendo la murmuración en todas sus formas—, la prudencia, el optimismo, la laboriosidad… son otras tantas virtudes que el sacerdote ha de ejercitar continuamente para dar cumplimiento a su misión.

Aún se podrían seguir enumerando otras vir­tudes necesarias para la labor pastoral del sacerdote, mostrando siempre que no son un elemento añadido al trabajo propiamente sa­cerdotal, sino que brotan de él como exigencias propias, y quedan matizadas en su ejercicio por el carácter recibido en la ordenación y por la misión que la Iglesia le encomienda. Baste, sin embargo, referirnos a un aspecto en el que el Decreto Presbyterorum Ordinis se ha detenido también: el desprendimiento de los bienes terrenos, la templanza en su uso, el espíritu de pobreza41. «Despégate de los bienes del mundo. Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. Si no, nunca serás apóstol»42.

Pero todo este ejercicio necesita un alimento continuo, que el sacerdote encontrará buscando la unión con Jesucristo en la Eucaristía y en la meditación de la Palabra de Dios, siendo alma eucarística y alma de oración; recibiendo él mismo con frecuencia el sacramento de la Penitencia; amando tierna y filialmente a la Vir­gen Santísima, Madre de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote; practicando generosamente la mortificación; viviendo con gusto los tiempos dedicados a retiro espiritual y apreciando la di­rección espiritual personal43.

También alimentará su predicación con el es­tudio, teniendo en cuenta que «la ciencia del ministro sagrado debe ser sagrada, porque sa­grada es la fuente de donde nace y sagrado el fin al que tiende»44; de modo que también su indispensable cultura humana se haga medio para su servicio pastoral.

Parece conveniente terminar estas líneas mencionando un tema de no poca trascenden­cia para la espiritualidad del sacerdote: las aso­ciaciones sacerdotales, que tanto fruto han dado hasta ahora y que parecen llamadas a de­sempeñar en el futuro una función de gran im­portancia en la vida y en el ministerio de los sacerdotes seculares. De ellas dice el Concilio Vaticano II: «Han de ser tenidas en mucho y se deben promover diligentemente las asociacio­nes que, con estatutos reconocidos por la auto­ridad eclesiástica competente, fomentan la san­tidad de los sacerdotes en el ejercicio de su mi­nisterio, a través de una ordenación de vida conveniente y la mutua ayuda fraterna»45.

Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Encarnación Ortega quedó tan impresionada por “Camino” que asistió al curso de retiro que predicó Escrivá a finales de marzo de 1941 en Alacuás, cerca de su ciudad natal, Valencia. Después de la primera meditación fue a saludar al autor-predicador, que inmediatamente le explicó el Opus Dei y le dijo que necesitaba a unas cuantas mujeres valientes para llevarlo adelante. “Mi susto fue considerable”, recordó. “Perdí el apetito y el sueño y, aunque quería pensar que el retiro terminaría pronto y, tal vez, nunca volvería a encontrarme con nuestro Padre, me martilleaban esos planes divinos que me había dado a conocer”[1].

La meditación final del retiro trató sobre la Pasión de Cristo. “Todo esto, !todo!, lo ha sufrido por tí”, dijo Escrivá al final de la meditación. “Ten la valentía, al menos, de mirarle de frente y de decirle: eso que me estás pidiendo, !no quiero dártelo!”[2].

En cuanto terminó la meditación alguien dio a Ortega una palmadita en la espalda y le dijo: “Don Josemaría querría verte”. “En aquel momento”, cuenta Ortega, “tomé la decisión de decir que sí, que estaba dispuesta a ser una de aquellas mujeres que, muy cerca de nuestra Madre Dolorosa, pudieran ayudar al Padre a hacer el Opus Dei en la tierra”[3].

Cuando ella le habló a Escrivá de su decisión, le señaló los obstáculos que la aguardaban. Sus hijas todavía no tenían un centro donde pudieran vivir juntas, como familia. La gente podría no entender su camino. Debían vivir una pobreza real y dejar no sólo lo que tenían, sino también lo que habían soñado para el futuro. Ortega no se desanimó por este panorama, sino que, a la mañana siguiente, se sintió obligada a decirle a Escrivá que no sabía hacer nada. Escrivá respondió con una pregunta: “¿Sabes obedecer?”[4].

Durante la estancia de Escrivá en Valencia, Enrica Botella también pidió la admisión en el Opus Dei. Su vocación llevaba meses madurando. Su hermano Paco la había presentado, junto con una prima suya, a Escrivá. En su primer encuentro, Escrivá les había pedido que cosieran manteles y otros ornamentos para el oratorio del centro de Valencia, pero no les habló de la vocación al Opus Dei. “Nos ilusionó con ese encargo”, recuerda Enrica, “comentándonos la delicadeza de amor que suponía tener las cosas del Señor siempre bien cuidadas. Nosotras podíamos contribuir a esto, si cosíamos con cariño, en la presencia de Dios, esos lienzos que estarían tan cerca de Jesús Sacramentado”[5].

Pocas semanas después, durante un viaje a Valencia, Enrica habló con su hermano sobre el Opus Dei: “¿Por qué me hablas de esto?”, preguntó. Le explicó que las mujeres también podían pertenecer a la Obra y ella respondió que le encantaba ayudar cosiendo, pero que no tenía ningún interés en incorporarse al Opus Dei. Sin embargo, durante las semanas siguientes, siguió pensando en lo que su hermano le había dicho y, cuando Escrivá fue a Valencia para predicar un curso de retiro, ella acudió a verle. “Yo estoy pidiendo tu vocación, hija mia”, le dijo. “Desde aquel instante”, sigue relatando, “me consideré ya de la Obra”[6]. Escrivá le escribió un plan de vida y quedó en verla unos días después.

En su siguiente encuentro, Escrivá habló a Enrica y Ortega del inmenso panorama de actividades apostólicas que emprenderían. Las mujeres del Opus Dei, les dijo, se santificarían y practicarían un apostolado personal de amistad y confidencia con sus amigas y compañeras en todos los ambientes, desde el más prestigioso al más humilde. Algunas serían profesoras universitarias, médicos, periodistas, abogadas y farmacéuticas. Otras, dependientes, enfermeras o empleadas domésticas. Además de sus actividades personales, que son el principal apostolado de todos los miembros de la Obra, las mujeres del Opus Dei colaborarían con otra mucha gente para crear centros educativos y sociales, desde universidades y colegios de segunda enseñanza a dispensarios rurales, escuelas técnicas y residencias.

Aquellas aspiraciones contrastaban vivamente con la realidad del momento en Valencia: ni siquiera tenían un pequeño piso donde realizar ninguna actividad. De momento, además de su apostolado personal con familiares y amigas, Escrivá les pidió que bordaran ornamentos para el oratorio, que dieran clases al personal doméstico de la pequeña residencia de Samaniego y que ayudaran a organizar los menús. Estas humildes tareas -decía- les ayudarían a preparar sus alma para las grandes empresas que les aguardaban. Se explicó leyendo un punto de “Camino”: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’ -Pensé en ti: en tu forzosa inactividad… -Dime: ¿creces también para adentro?”[7].

Tan grande era la fe y la confianza con que Escrivá hablaba de su futuro, que Enrica Botella y Ortega apenas notaron el contraste entre aquellos grandes sueños y las pocas, y tradicionalmente femeninas, responsabilidades que les había pedido que asumieran. “Nos marchamos radiantes”, escribe Botella. “Valencia nos parecía pequeña para la carga de ilusiones que llevábamos dentro”[8]. No les importaba no ver todavía nada del apostolado con las mujeres: “Bastaba la seguridad de nuestro Fundador”[9].

A Ortega nunca se le había dado muy bien coser. En la cárcel de mujeres donde había estado retenida durante la Guerra Civil, prefirió cavar trincheras, cortar árboles y cargar camiones a trabajar en el taller textil. Claramente, sus gustos y ambiciones no casaban con los papeles que se asignaban a la mujer en la España de posguerra. Sin embargo, abrazó con entusiasmo no sólo los objetivos a largo plazo que Escrivá había descrito, sino también las realidades, mucho más prosaicas, de los principios. Escribió a las demás de la Obra: “Estoy dispuesta -si Dios me quiere cosiendo- a pasarme el día sentada en una silla y con la aguja en la mano; mejor que no me apetezca mucho, así tendré algo que poder ofrecer y desde luego, pienso hacerlo con alegría”[10].

[1] AGP P01 1980 p. 911

[2] Ibid. p. 912

[3] Ibid. p. 912

[4] Ibid. p. 913

[5] AGP P02 1981 p. 1214

[6] Ibid. p. 1215

[7] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 294

[8] AGP P02 1981 p. 1217

[9] Ibid. p. 1220

[10] AGP P16 III.1999 p. 79-80

Buscando a Dios en el trabajo ordinario

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Testimonio de Cardenal Albino Luciani, Patriarca de Venecia

Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En 1941, al español Víctor García Hoz le dijo el sacerdote des­pués de confesarse: «Dios le llama por los caminos de la contem­plación». Se quedó desconcertado. Siempre había oído que la «con­templación» era asunto de los santos destinados a la vida mística, y que solamente la lograban unos pocos elegidos, gente que, por lo demás, se apartaba del mundo. «En cambio, yo escribe García Hoz–, en aquellos años ya estaba casado, tenía dos o tres hijos y la esperanza –confirmada después– de tener más, y trabajaba para sacar adelante a mi familia.»

¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuer­po limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975,a los setenta y tres años. Es conocido, sobre todo, por ser el fundador del Opus Dei, asociación extendida por todo el mundo, de la que los periódicos se ocupan con frecuencia, pero con muchas imprecisiones. Lo que en realidad son y hacen los socios del Opus Dei lo ha dicho su mismo fundador:

«Somos -declaraba en 1967– un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; una gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres – de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas – que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, expe­rimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que rever­beran en las realidades más vulgares».

Con palabras más sencillas, las «realidades vulgares» son el tra­bajo que nos corresponde hacer todos los días; los «brillos divinos que reverberan» son la vida santa que hemos de llevar. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, ha dicho constantemente: Cristo no quiere de nosotros solamente un poco de bondad, sino mucha bon­dad. Pero quiere que lo consigamos no a través de acciones extraor­dinarias, sino con acciones comunes; lo que no debe ser común es el modo de realizar esas acciones. En mitad de la calle, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos, pero con la condición de cumplir el propio deber con competencia, por amor de Dios y alegremente, de modo que el trabajo diario no sea la «tragedia diaria», sino la «sonrisa diaria».

Cosas semejantes había enseñado San Francisco de Sales, hacía más de trescientos años. Desde el púlpito, un predicador había con­denado al fuego públicamente el libro en el que el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito, y que incluso contenía un capítulo entero dedicado a la «honestidad del lecho conyugal». Sin embargo, en algunos aspectos, Escrivá supera a Francisco de Sales. También éste proponía la santidad para todos, pero parece que enseña solamente una «espiritualidad de los lai­cos», mientras que Escrivá ofrece una «espiritualidad laical». Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios utilizados por los religiosos, con las oportunas adaptaciones. Escri­vá es más radical: habla incluso de «materializar» – en el buen sentido – la santificación. Para él, lo que debe transformarse en oración y santidad es el trabajo material mismo.

El legendario barón de Múnchausen contaba la fábula de una liebre «monstruosa», dos grupos de patas: cuatro debajo de la tripa y cuatro sobre el lomo. Perseguida por los perros y sintiéndose casi alcanzada, se daba la vuelta y seguía corriendo con las patas de refresco. Para el fundador del Opus Dei, es un «monstruo» la vida de los cristianos que pretendiesen tener dos grupos de acciones:

Uno hecho de oraciones, para Dios; otro hecho de trabajo, diver­siones y vida familiar, para sí mismos. No –dice Escrivá–, la vida es única y hay que santificarla en su conjunto. Por eso se habla de espiritualidad «materializada».

Y habla también de un justo y necesario «anticlericalismo», en el sentido de que los laicos no deben robar métodos y funciones a los curas y a los frailes, ni viceversa. Creo que heredó este «an­ticlericalismo» de sus progenitores, y especialmente de su padre, un caballero sin tacha, trabajador infatigable, cristiano convencido, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. «Lo recuerdo siempre sereno escribió su hijo; a él le debo la vocación…: por eso soy “paternalista”.» Otra pincelada «anticlerical» le viene pro bablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico, en el monasterio de las monjas cistercienses de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa había sido al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernadora temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, de las iglesias y de las villas dependientes, con jurisdicción y poderes reales y «quasi» epis­copales. Otro «monstruo», a causa de los múltiples oficios contra­puestos y superpuestos. Amasados así, estos trabajos no reunían condiciones para ser como pretendía Escrivá–, trabajos de Dios. Porque el trabajo decía–, ¿cómo puede ser «de Dios» si está mal hecho con prisas y sin competencia? ¿Cómo puede ser santo un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, si no es también, en la medida de sus posibilidades un buen albañil, un buen arqui­tecto, un buen médico o un buen profesor?. En la misma línea, había escrito Gilson en 1949: «Nos dicen que ha sido la fe la que ha cons­truido las catedrales en la Edad Media; de acuerdo… pero también la geometría». Fe y geometría, fe y trabajo realizado con compe­tencia. Para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió su teoría a los libros. Escrivá hizo lo mismo, utilizando retales de tiempo. Si se le ocurría una idea o una frase significativa, quizá mientras continuaba la conversación sacaba del bolsillo la agenda y escribía rápidamente una palabra. Media línea, que más tarde usaba para un libro. A propagar su gran empresa de espiritualidad dedicó una actividad intensísima, aparte de sus divulgadísimos libros, y organizó la asociación del Opus Dei. «Dad un clavo a un aragonés dice el refrán–y lo clavará con su cabeza.» Pues bien, «yo soy aragonés -escribió- y necesitamos ser tozudos». No perdía ni un minuto. Al principio, en España, durante y después de la guerra civil, pasaba de las clases a los uni­versitarios, a hacer la comida, a fregar suelos, a hacer las camas y a atender a los enfermos. «Tengo en mi conciencia –y lo digo con orgullo miles de horas dedicadas a confesar niños en los barrios pobres de Madrid. Venían con los mocos hasta la boca. Era necesario empezar por limpiarles la nariz, para limpiar después aquellas pobres almas.» Así ha escrito, demostrando que vivía de verdad «la sonrisa diaria». Y también: «Me iba a dormir muerto de cansancio. Cuando me levantaba por las mañanas, todavía can­sado, me decía: Josemaria, antes de comer te echarás un sueñecito”. En cambio, apenas salía a la calle, contemplando el panorama de los trabajos que me esperaban en aquella jornada, añadía: ‘Josemaría, te has vuelto a engañar”” ­

Sin embargo, su gran trabajo fue fundar y desarrollar el Opus Dei. El nombre llegó por casualidad. «Esto es una obra de Dios», le dijo uno. «He aquí el nombre exacto, pensó: la obra no es mía, sino de Dios. Opus Dei.» Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes: comenzó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para dar conferencias. La extensión, el número y la calidad de los socios del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario, sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad.

«Somos ecuménicos, Padre Santo, pero no hemos aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad», se atrevió a decir un día Escri­vá al Papa Juan XXIII. Este sonrió: sabía que, desde 1950, el Opus Dei tenía permiso de Pío XII para recibir como cooperadores a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba cuando era estudiante. Cuando entró en el semi­nario, regaló las pipas y el tabaco al portero y no volvió a fumar. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, dijo: «Yo no fumo, vosotros tres tampoco: Don Alva­ro, es necesario que empieces a fumar tú…; deseo que los demás no se sientan obligados, y que fumen, si les gusta». Ocurre a veces que un socio, a quien el Opus Dei solamente ayuda a tomar res­ponsablemente decisiones libres, también en política, ostenta un cargo importante. Eso es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957, una alta personalidad felicitó a Escrivá porque un socio había sido nombrado ministro en España recibió esta respuesta, más bien seca: «¿Qué me importa que sea ministro o barrendero? Lo que importa es que se santifique con su trabajo». En esta respuesta está todo el pensamiento de Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo, aunque sea de ministro, si tiene ese puesto: que sea santo de verdad. Lo demás importa poco.


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