Monkole, en los alrededores de Kinshasa

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Celine Tendobi, joven numeraria del Opus Dei, cuenta su experiencia

12 de junio de 2007

Opus Dei -

Sucedió todo de forma muy sencilla. Yo acababa de terminar el bachillerato y estaba en mi parroquia, la iglesia de la Resurrección de Kinshasa, aguardando turno para confesarme antes de Misa, como otras semanas. La fila para confesarse era bastante larga.

Yo iba a la parroquia todos los domingos y ayudaba en lo que podía, como otras chicas católicas de mi edad. A veces, por ejemplo, hacía las lecturas.

Aquel día estaba un poco nerviosa porque acababa de presentarme a los exámenes para pasar a la Universidad y todavía no me habían dado las notas; y mientras esperábamos –la fila era larga, como he dicho- comencé a charlar con una chica que estaba a mi lado. Y en un determinado momento le comenté, entre otras cosas, que estaba buscando un sacerdote con el que pudiese charlar de algunas cuestiones personales.

-¡Ah! –me dijo-. Yo te puedo presentar uno: l´abbé Quirós, un sacerdote del Opus Dei.

Y me explicó que ese sacerdote atendía un Centro de mujeres del Opus Dei, y que allí acudían muchas chicas de mi edad para formarse cristianamente, tener dirección espiritual, estudiar, etc. Aquello me interesó mucho, y un día fuimos al centro, que se llamaba Tangwa, “eco” en lengua lingala.

Me gustó. Era una casa muy sencilla, situada en Livulu, Oasis, en Lemba, a unos 1500 metros de la Universidad pública de Kinshasa. Era sencilla, pero estaba puesta con gusto, limpia y ordenada.

Opus Dei - Niña congoleña

Niña congoleña

Comencé a charlar regularmente con l´abbé y cuando me matriculé en la Universidad iba a estudiar con frecuencia a aquel Centro, que contaba con una buena sala de estudio y una biblioteca. Ahora hay un Centro que conserva el mismo nombre, pero está en otro sitio. Me invitaron a círculos y acepté encantada, porque buscaba desde hacía tiempo una formación que complementase la formación católica que me habían dado mis padres. Somos ocho hermanos –cinco chicas y tres chicos- y yo soy la tercera.

En esos círculos fui conociendo el mensaje de la santidad en la vida corriente y en el ejercicio de la profesión que enseña San Josemaría. Yo soñaba con ser una buena cristiana y una buena profesional de la medicina, pero no sabía cómo hacer realidad las aspiraciones de entrega a Dios que sentía en mi alma. Fui comprendiendo, poco a poco, que Dios me había ido mostrando el camino de mi vocación de una forma muy sencilla: primero, gracias a la formación que me habían dado en mi casa; luego, mediante las actividades en la parroquia, y más tarde, gracias a aquella conversación que me había traído hasta el Centro… Sí; estaba claro: el Opus Dei era lo que Dios me pedía. Ése era mi camino.

Recé mucho, pedí luces y un día me decidí a pedir la admisión. Cuando lo hice, encontré una gran paz y una profunda serenidad interior. Era como si el Señor me dijese en el fondo del alma: “Celine, al fin has llegado: ya estás donde Yo te quería”.

Descubrí, gracias al espíritu del Opus Dei, la maravilla de la vocación cristiana y fui profundizando en las exigencias del Bautismo. Comprendí que vivir “en cristiano” es incompatible con una existencia replegada en si misma. Me fueron mostrando las exigencias de la caridad y de la justicia, junto con las enseñanzas de la Iglesia en materia social, de las que tantas veces se hizo eco San Josemaría. Pero era yo –me insistieron- la que debía dar mi respuesta personal ante los problemas de mi sociedad.

Opus Dei - Situación geográfica de El Congo

Situación geográfica de El Congo

Como en tantos países, en la República del Congo hay muchas personas que viven en condiciones de vida penosas y que necesitan nuestra ayuda. Comencé a participar en unas actividades de promoción social que se impulsaban desde el Centro en Mont-Ngafula, un poblado de carácter semirural. Esa zona sufre muchas necesidades básicas, aunque está situada sólo a treinta kilómetros de la capital.

Comenzamos dando unas cuantas clases al aire libre, sentadas sobre unas cañas de bambú bajo los árboles. Venía un grupo cada vez más numeroso de madres de familia y de mujeres jóvenes. Les dábamos algunos rudimentos de alfabetización, junto con nociones elementales de higiene y costura en lengua lingala. A veces las clases se acababan rápidamente, porque se desataba de pronto una tormenta y nos teníamos que marchar para guarecernos del chaparrón…

Así estuvimos hasta que Monkole, un hospital promovido por personas del Opus Dei, construyó unos locales en aquella zona, en los que se comenzó a dar atención sanitaria, humana y social a todas estas gentes. Al principio todo era de carácter elemental. Con el tiempo, tanto la atención médica como los diversos servicios se han ido especializando y profesionalizando.

Yo era muy joven todavía –estaba en los primeros cursos de Medicina- cuando me preguntaron si estaba dispuesta a responsabilizarme de algunas actividades de carácter social de aquel proyecto. Acepté encantada.

Opus Dei -

Nos enfrentábamos con muchos retos. Las familias eran muy buenas y nos acogían muy bien, pero lo ignoraban casi todo en higiene y nutrición. Muchas de las madres eran jóvenes, algunas casi niñas… Había que enseñarles a cuidar y a educar a sus hijos, que presentaban con frecuencia síntomas graves de anemia, fruto de la mala alimentación.

Algunos estudiantes de Medicina europeos se quejan porque mientras realizan sus estudios se sienten “alejados” de los problemas sanitarios reales: dicen que no tocan la realidad. No era ése mi problema: en mis clases de Universidad iban analizando día tras día cuestiones y problemas que yo tocaba constantemente con mis manos.

A medida que me fui formando como médico, el proyecto fue creciendo y consolidándose en toda la zona. Se pusieron en marcha varios programas de ayuda y comenzamos a enseñar las nociones básicas de una alimentación equilibrada, junto con algunos principios elementales de higiene y comportamiento. Son principios muy sencillos, pero nadie nace sabiendo: se necesita que haya una persona concreta que los enseñe, en el lenguaje adecuado y del modo conveniente a la mentalidad de cada uno. Durante siglos estas gentes no habían contado con esa persona concreta.

Cuando acabé la carrera me dediqué profesionalmente a la atención de esa población y contamos en la actualidad con un pequeño ambulatorio en el que atendemos consultas prenatales y de pediatría. No son simples “consultas”, porque no se trata sólo de atender al paciente, darle una receta y despedirse de él, como sucede en tantos lugares.

Opus Dei - Kinsasha

Kinsasha

En Monkole nos proponemos ayudar a cada paciente, a cada persona, una a una, ayudándola a resolver sus dificultades, que son distintas en cada caso. Con frecuencia son madres muy jóvenes con hijos enfermos, que no saben qué hacer con ellos, porque nadie les ha enseñado. Además de darles las medicinas específicas y el tratamiento a seguir, hay que hablar con ellas, interesarse por sus problemas, ofrecer algunas pautas de conducta personal, orientar, contestar a sus dudas, explicar -de forma comprensible- cómo pueden actuar en esta situación y en esta otra, a quiénes pueden acudir cuando les suceda esto o lo de más allá… No es fácil. El médico, en estos lugares, debe ser al mismo tiempo un educador social, un promotor de salud, un consejero familiar y un amigo en el que se pueda confiar plenamente.

Si se desconoce su mentalidad y su forma peculiar de afrontar y resolver los problemas, es difícil ayudarles de forma eficaz, porque con frecuencia no entienden exactamente lo que se les pregunta. Hay que adecuar el lenguaje a sus propias categorías, ya que es fácil que no valoren la trascendencia médica de las respuestas que dan. Por ejemplo, hace poco le pregunté a una joven embarazada si sabía cual era su grupo sanguíneo y su RH: ¿A positivo, A negativo, B positivo, B negativo, 0 negativo, 0 positivo?

-¿Sabes cual es? –le dije.

Opus Dei -

-Claro que lo sé –me contestó, resuelta-: 0 positivo.

Lo anoté y seguí preguntándole por otras cuestiones, de las que deduje que nunca se había hecho un análisis de sangre.

-Entonces… ¿cómo sabes que tienes 0 positivo?

-¡Porque es el numero más bonito de los que me ha dicho!

Estamos impulsando desde Monkole varios programas de lucha contra la desnutrición, en los que se ha ayudado a un buen número de familias. Hemos logrado que aumenten el número de comidas que hacen al cabo de la jornada, pasando de una a tres comidas al día. Se ha logrado también la escolarización de muchos niños y una atención médica regular. Para eso hemos realizado un estudio de los parámetros antropométricos y de las necesidades más urgentes de la población infantil.

También se han puesto en marcha algunos proyectos de piscicultura, que puedan ayudar a estas familias a tener una dieta alimenticia más equilibrada.

Los niños abandonados y huérfanos constituyen un capítulo especial, y desde hace dos años estamos organizando varios proyectos específicos para ellos, con programas de higiene y de nutrición. Esto exige conocer bien las situaciones en que viven y las características del entorno. Necesitamos colaboración para llevar a cabo estos proyectos, porque en ocasiones tenemos que suspenderlos temporalmente -como éste, con los niños huérfanos- mientras recabamos nuevas ayudas económicas.

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Otro capítulo especial es la lucha contra el SIDA. Estamos promoviendo, junto con la atención médica y personal, los códigos de conducta que tan eficaces se han revelado para combatir esta enfermedad en otros países africanos. Se ha demostrado que el mejor camino para obtener resultados eficaces en la prevención de esta enfermedad es favorecer la laboriosidad, el sentido de la responsabilidad y las virtudes de la fidelidad y la continencia.

También hacemos un seguimiento gratuito de los embarazos, promoviendo la atención médica durante el parto, porque cuando surgen complicaciones –ya sea por falta de medios o por ignorancia- son pocas las mujeres que acuden a un hospital o piden atención sanitaria.

En resumen: desde aquellas primeras clases bajo los árboles, que a veces terminaban de repente a causa de la lluvia, hemos ido dando pasos en la promoción humana, médica, laboral y espiritual de estas gentes. Entonces yo era sólo una inexperta e ilusionada estudiante de Medicina.

Pero nos queda todavía mucho camino por recorrer. Es un camino difícil y esperanzado, en el que contamos con la solidaridad de personas de todo el mundo que, gracias a proyectos como Harambee, nos ayudan a ayudar a esta población africana de los alrededores de Kinshasa.

“Gracias a una amiga de mi barrio”

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Primera parte del testimonio de Christian Kadjo, numeraria del Opus Dei de Abidjan, capital de Costa de Marfil, país francófono situado al oeste de África, donde los católicos suman el 12% de la población.

Opus Dei -

Me llamo Christian y  soy de Abidjan, Costa de Marfil, un país francófono situado al oeste de África, donde los católicos somos solamente el 12%. La mayoría de la población es animista, una religión natural donde la gente cree en Dios, en unos espíritus buenos y malos, pero nada más.

Yo fui bautizada recién nacida, lo mismo que toda mi familia, porque mis padres son católicos.

Conocí el Opus Dei de una forma muy sencilla. Un día, saliendo de Misa, me encontré con una amiga de mi barrio que me dio una estampa de San Josemaría. En esta época era Siervo de Dios.

Mi amiga me contó que había conocido el Opus Dei y había ido por un Centro donde vivían unas mujeres, europeas en su mayoría. Me contó como vivían y rezaban, y me invitó a ir a este Centro.

Opus Dei - Situación de Costa de Marfil

Situación de Costa de Marfil

La verdad es que al principio me resistía a ir, porque no sabía de qué se trataba. No sabía si el Opus Dei era algo católico o no, hasta que una tía mía me dijo que había ido a Misa en un Centro. Entonces pensé: bien, voy a ir, aunque sólo sea para  ver qué se hace allí.

Pero lo dejé para más adelante porque estaba preparando un viaje a Inglaterra. Yo estudié empresariales y el programa de estudios de mi carrera, de cuatro años, incluía un viaje a Inglaterra. Yo estaba en cuarto y a punto de salir para Bryton, en el sur de Inglaterra. Así que le dije a mi amiga que cuando volviera del viaje iría a ver el Centro.

La meditación

A la vuelta fui a verlo. Era una casa sencilla, un chalet, y ese día tenían una actividad que llamaban meditación. Me explicaron que  una meditación es una oración personal de media hora, predicada por un sacerdote.

Aquello me hizo mucho bien. Nunca había oído hablar así del Evangelio, de Dios, de los mandamientos.

Me encantó: nunca había oído hablar de la meditación; era una cosa nueva para mí. Todavía me acuerdo del tema de la meditación, hace ahora 20 años: era el cuarto mandamiento. El sacerdote nos hablaba del modo de tratar a los padres y explicaba cómo, siendo una buena estudiante, se podía ser una buena cristiana. Aquello me hizo mucho bien. Nunca había oído hablar así del Evangelio, de Dios, de los mandamientos. Y terminó se acabó, pensé: “este lugar es estupendo”.

Encontré a varias amigas del colegio, que no sabía que iban por allí, y tras la meditación me quedé a charlando con ellas.  Pensaba ir la semana siguiente, pero no pude porque tuve que asistir a una boda. Pensé: “bueno, aunque sólo sea por educación,  voy a llamarlas para decirles  que no puedo ir, y que ya iré el sábado que viene”. Y a partir de entonces, fui una de las asistentes regulares a las meditaciones en Kaisedra, que así se llamaba el centro. Antes era para jóvenes; ahora se dirige a señoras casadas.

Entonces acudían por allí personas de todas las edades porque era el único Centro que había. Organizaban programas de formación muy diversos: un club para niñas, actividades para bachilleres, universitarias como yo, para señoras…

Encarnita Ortega Pardo

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Comienza en Valladolid el proceso de canonización de Encarnita Ortega Pardo, una de las primeras mujeres del Opus Dei.

Opus Dei -  Muchas personas quisieron participar en el acto celebrado en el colegio  Alcazarén

Muchas personas quisieron participar en el acto celebrado en el colegio Alcazarén

El  proceso de canonización de Encarnación Ortega Pardo (1920-1995) fue abierto anoche en Valladolid, en un acto presidido por el arzobispo de la ciudad, monseñor Braulio Rodríguez Plaza, y celebrado en el Colegio Alcazarén.

Se trata de una de las primeras fieles del Opus Dei. Pidió la admisión como numeraria en 1941. Encarnita pasó en Valladolid los 25 últimos años de su vida, y está enterrada en el Cementerio de El Carmen.

El arzobispo explicó que “la Iglesia instruye estos procesos de santidad de hermanos nuestros pensando en nosotros”.

Mons. Braulio Rodriguez pidió a los presentes su oración “para que el Tribunal Archidiocesano de Valladolid desarrolle bien su trabajo, buscando la verdad y rezando también por las personas que testificarán en él”.

A partir de hoy el Tribunal nombrado por el arzobispo procederá a recibir la testificación de los testigos, una vez realizados los trámites previstos en la Instrucción Sanctorum Mater de la Congregación para las Causas de los Santos.

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Por su parte, el postulador de la Causa, José Carlos Martín de la Hoz, se preguntó si la sierva de Dios “puede ser una de esas personas que han recorrido el camino de la santidad y han alcanzado la heroicidad de las virtudes cristianas”. ·La Iglesia nos pide ahora que demostremos que su vida en el Opus Dei, durante cincuenta y cuatro años, fue verdaderamente heroica”, añadió.

“Por eso –dijo también el postulador-, el prelado del Opus Dei, en nombre y representación de todos los fieles de la Prelatura, me ha encargado que proponga a  la Iglesia Archidiocesana de Valladolid que tome su vida en consideración, y reúna todas las pruebas necesarias para examinarla con profundidad y determinar si puede ser considerado como ejemplo y como intercesor para todos los cristianos”.

Opus Dei -

Encarnita fue una de los principales colaboradoras del fundador en Madrid y Roma en los primeros años (1941-1961), y falleció con fama de santidad el 1 de diciembre de 1995.

En 1946 se trasladó a Roma, donde colaboró con san Josemaría en la expansión del Opus Dei por el mundo. Volvió a España en 1961 y colaboró en diversas iniciativas apostólicas donde desarrolló una intensa labor apostólica y profesional en Barcelona, Oviedo y Valladolid.

En 1980 se le diagnosticó un cáncer. Convivió con la enfermedad durante quince años, sin disminuir por eso el ritmo de trabajo. Una intensa vida de piedad la llevó a convertir la amistad humana en ocasión de ayudar a los demás a encontrar a Jesucristo.

En Estonia, poca luz, pero mucho calor

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Edmond y Rose-Marie Chmara viven en Villeneuve-lès-Avignon (Francia). Tienen una hija, que es numeraria del Opus Dei y vive en Tallin (Estonia). Este matrimonio ha dado el testimonio que publicamos a la Oficina de Información de la Prelatura en Francia.

Fabienne, con sus padres.

¿Cómo conocieron el Opus Dei?

En 1992, con motivo de la beatificación de Josemaría Escrivá. Nuestra hija Fabienne, estudiante de Económicas en Aix-en-Provence, nos habló un día de un sorprendente deseo: ser numeraria del Opus Dei. Acababa de descubrir su vocación, y quiso contarnos como había ocurrido todo y saber qué nos parecía.

¿Cómo reaccionaron?

Tanto mi marido como yo habíamos sido educados en la fe católica por unos padres ejemplares, que trabajaron mucho por nosotros. Eran verdaderos ‘currantes’ del norte francés. A nosotros, el compromiso de nuestra hija con una institución que apenas conocíamos más que por informaciones poco fiables nos inquietó un poco. Para calmar nuestras dudas, acudimos al centro del Opus Dei más cercano a nuestra casa, en Aix-en-Provence. Allí pudimos aclararlo todo y descubrimos el espíritu cristiano, la alegría y enorme convivencia que reinaba en aquel lugar. En todos los centros del Opus Dei que hemos conocido después se respira el mismo ambiente.

¿Y su hija ya no vive en Francia?

Nuestra hija nos dijo un día que el Santo Padre deseaba que el Opus Dei comenzase su trabajo apostólico en Estonia. El Prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría, pidió a Fabienne que si quería ir con las primeras a… Tallin. Estaba feliz. La satisfacción que veíamos en ella desde 1992 no dejaba lugar a dudas. Su felicidad era la nuestra. Así que partió con otras seis numerarias de España, Brasil y Argentina. Todos los domingos, por teléfono, nos cuenta lo diferente que es aquel país. Los estonios van respondiendo poco a poco, y ya comienzan a frecuentar los medios de formación cristiana que ellas les ofrecen: retiros, meditaciones y catecismo de la Iglesia católica. ¡Incluso dos chicas de Estonia, que han encontrado su vocación como supernumerarias del Opus Dei, ya están en San Petersburgo para comenzar el trabajo apostólico en Rusia!

Ustedes pueden ver poco a su hija, ¿conocen su vida y sus costumbres?

En julio de 1997, los dos viajamos a Tallin para echar una mano a las chicas del centro de Tallin. ¡Qué familia! Habíamos dejado marchar a una hija, y nos encontramos con siete. Vivimos junto a ellas tres intensas semanas. Pudimos constatar que no tenían prácticamente de nada y que necesitaban gente que les ayudase. No daban a basto. Mi marido hizo arreglos en la casa y acondicionó un poco el jardín. Yo me hice con una máquina de coser y me puse a remendar cortinas, cubre camas, ornamentos litúrgicos… Mi hija me enseñó a rezar el rosario, que recitábamos con ellas. También he aprendido a hablar con Dios como con un amigo. Tuvimos la suerte de conocer Estonia en el buen periodo del año, cuando hace un poco de sol, pero sabemos bien que el frío y la falta de calor les hacen sufrir el resto del tiempo. Disfrutamos tanto con nuestra visita, que repetimos la experiencia en 2004.

¿Qué contactos mantiene su hija con el resto de la familia?

Fabienne volvió a Francia en el verano de 2001, y pudo visitar a sus sobrinos. Además, nos las apañamos para poder asistir todos juntos a la canonización de san Josemaría en octubre de 2002. Nathalie, nuestra segunda hija, comprende muy bien el compromiso sólido de su hermana. Como nosotros, ella ha encontrado otras muchas “hermanas” en Francia, donde estamos continuamente en contacto con el Opus Dei. En los momentos difíciles, todos están ahí. Pude comprobarlo cuando murió mi padre, por ejemplo. Pienso que todos los padres que tienen hijos en el Opus Dei podrían contarle, con muy raras excepciones, la misma experiencia.

¿Pertenece usted al Opus Dei?

«Vocacionalmente hablando», no. Pero soy cooperadora y participo cuando me es posible en los medios de formación. Mi marido también coopera con Estonia y ayuda económicamente al centro Ravalaj de Tallinn.

¿Qué sentiría usted si su hija deseara abandonar el Opus Dei?

Aunque el clima es duro, yo la veo contentísima en Estonia. Con todo, ella es libre de dar marcha atrás en esa opción generosa que ha hecho. Está dispuesta a volver a Francia o ir donde sea. Sufriríamos mucho si una de nuestras hijas no supiera continuar el camino de su vocación –el celibato apostólico en el caso de Fabienne, el matrimonio en el de Nathalie-. Fabienne es numeraria desde hace 12 años y cada vez la vemos más feliz.

“Les sorprende mi alegría al verme en esta silla de ruedas”

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“Tengo cuarenta y cinco años, llevo casi treinta en esta silla de ruedas y más de treinta operaciones a mis espaldas”. Así resume su situación con su sonrisa habitual MªJosé Lostao. Numeraria, reside en un centro del Opus Dei en Pozuelo, Madrid.

“Nací con una complicación de corazón y a los 18 años me puse muy enferma: una meningitis tuberculosa que me tuvo seis meses en coma. Me llevaron al Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Mis últimos recuerdos, antes de entrar en coma, fueron los regalos de Reyes, en una habitación del Hospital. Mi siguiente recuerdo es de seis meses después: una luz radiante, esplendorosa, que entraba por la ventana, una luz de verano. Mis hermanos pequeños estaban jugando alrededor de mi cama y al oír la voz del pequeño, Eduardo, me reí. Cuando se dieron cuenta fueron a avisar a mis padres. Volví a caminar con dificultad, me incorporé a la Universidad y logré sacar un curso y medio de Historia del Arte. Cuando todo parecía ir mejor, volví a tener varias recaídas y una de esas múltiples operaciones me afectó a la médula. Dejé de caminar definitivamente.

Ahora, además de no poder caminar, tengo paralizada la mano derecha y la zona derecha de la cara. Esa espasticidad de las piernas, del brazo derecho, etc. me han venido lentamente y eso ha permitido asumirlas con más facilidad. Pienso que Dios cuando me creó dijo: “está chica lo va a pasar mal; por tanto le vamos a dar una buena dosis de humor y una buena dosis de fe para que pueda sobrellevar lo que le va a tocar”.

Y así ha sido. Por eso, puedo decir, de todo corazón, que no pienso que haya tenido unos momentos tremebundos en mi vida: las cosas me han ido llegando poco a poco y eso las ha ido haciendo mucho más llevaderas. Veo que Dios me va llevando de la mano y nunca me he sentido defraudada por Él. Veo Su Voluntad detrás de todo, y espero… ¡que esto me quite purgatorio! Veo claro que Dios no está ajeno a este tinglado, que está al tanto, al loro…

En el Opus Dei me han enseñado a cultivar esa fe y ese sentido del humor que Dios me ha dado y he aprendido a darle sentido al dolor. Muchas veces, en los momentos malos, pienso: “Dios se está enterando de este trance y lo permite. Por tanto, algo bueno sacará de él”.

He aprendido a agarrarme de la mano de Dios y de la Virgen. Nadie me lo ha dicho: lo he aprendido de la fe de San Josemaría. Además, mis limitaciones no me han impedido poder demostrarle mi cariño y agradecimiento: gracias a Dios pude viajar a Roma y asistir a su Beatificación y Canonización.

Vivo en un centro del Opus Dei que reúne todas las condiciones para mi situación. Suelo salir por la mañana, para ir a Misa de doce a mi parroquia, dónde me conoce mucha gente: muchos se sorprenden al verme tan feliz. Yo procuro explicarles que, además de los motivos sobrenaturales, resulta más cómodo para uno mismo estar de buen humor; y para los demás es más agradable que te vean sonreír que estar con cara de víctima… Luego me doy un paseo, hago alguna compra y trato de cultivar una de mis aficiones favoritas que es el arte. Una de las últimas cosas que he hecho ha sido buscar en Internet documentación sobre el arte mozárabe. Y siempre que puedo, procuro escaparme al campo para disfrutar de la naturaleza.

Como una parte importante de mi vocación es hacer apostolado, suelo recibir visitas de jóvenes que participan en los medios de formación que se imparten en los centros de la Obra. Suelo contarles cosas y animarlas a ser generosas para cumplir la Voluntad de Dios. Estoy muy contenta porque antes del verano mi hermano pequeño, Eduardo, al que tengo un especial cariño, me vino a ver para decirme que va a ser sacerdote. Y pienso que quizá alguna culpa de esa decisión generosa tendré yo…”.

“Mi fuerza ha sido Dios y Él me regaló la acuarela”

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Txon Pomés, es acualerista y numeraria del Opus Dei. Desde hace 24 años sufre una enfermedad crónica e incurable. Sus limitaciones físicas no le han impedido presentar su obra en galerías de diferentes ciudades

Nací en Pamplona en el año 1956. Estudié en ISSA (San Sebastián) donde me diplomé en 1978. En 1982 se me diagnosticó una enfermedad crónica e incurable. Todo iba a cambiar. Luchaba por mantener mi vida profesional, pero no fue posible. De creer ser “dueña” de mi vida pasé a abrirme a una dimensión desconocida: encontrar el sentido a mi dolor, a mi limitación, a mi desconcierto y a mis lágrimas. Deje de confundir el valor con la utilidad. Y fui aprendiendo el camino de lo esencial.

A pesar de todo, nunca me sentí sola en ese camino. Si pudiera contar cuántas manos amigas me tendieron puentes, me abrieron puertas, rezaron por mí… no acabaría.

En 1995 sufrí una caída y me rompí el hueso del talón. Sin poder usar muletas, me desplazaba en una silla de ruedas por la casa. Una día, una amiga apareció con un valioso objeto: “toma, he encontrado este video en la Biblioteca Municipal, igual te interesa…” ¡fue mi primer flechazo con la acuarela impresionista!

Sin poder andar, interiormente empecé a trepar. Aquella mano sostenía mis hilos tirando para arriba, cuando una persona comprometida con el Arte me llamó por teléfono. Me daba lo que necesitaba: “Txon, van a ir a buscarte de mi parte todos los días para que vengas a pintar a mi estudio hasta que te recuperes. Niña: los pies los tienes mal, pero las manos las tienes divinas”.

Ahora, el hecho de ser acuarelista me ha abierto los ojos a realidades antes desapercibidas por demasiado sutiles, etéreas o irrelevantes. Esta percepción -a veces arrobadora-  de lo efímero o cambiante -la luz, el aroma fresco, la lluvia…- me ha hecho ser más humilde y también más tenaz. La acuarela, por su misma naturaleza, se presenta unas veces con un ropaje misterioso y resbaladizo, y otras te llena de satisfacción porque eres capaz de plasmar la esencia de lo que ves.

Yo llevaba más de diez años enferma cuando descubrí la acuarela de manera providencial. Esta me ha hecho superarme ante la dificultad pero no ha sido mi Fuerza en los momentos malos de limitación y dolor. Mi Fuerza ha sido Dios y Él me regaló la acuarela.

Yo suelo pensar que he sido tres veces llamada por Dios. La primera por el bautismo, la segunda al darme la  vocación en el Opus Dei y la tercera a seguirle desde mi enfermedad. Considero que son tres predilecciones que a veces no sé valorar suficientemente. Lo de la acuarela es una delicadeza de Él. En realidad soy una afortunada pudiendo  pintar al aire libre y presentar mi obra a los demás.

Una artista veraz expresa en lo que pinta su concepción de la vida: frustración o esperanza, pesimismo o entusiasmo, negación o evolución. Pienso que desde una  concepción humana y espiritual se está más en la realidad que quien niega alguna de estas percepciones, luchando  por alcanzar lo que nos dignifica como ser humano: la relación con Dios. Yo soy la misma cuando pinto, escribo o hablo y por eso, procuro ser un buen cristal, que deje ver lo que hay dentro. A veces  lo consigo, otras no.

Para que África crezca y progrese por sí misma

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María Jesús Otero es una enfermera vallisoletana, numeraria del Opus Dei, que ha vivido durante nueve años en Kenia y durante más de diez en Uganda

En la actualidad trabaja en los suburbios de Kampala, donde ha puesto en marcha una clínica móvil con la colaboración de un grupo de universitarias de Teemba Study Center. Esta clínica recibe donaciones de empresas farmacéuticas y de otros colectivos, y gracias a ella se completan consultas y tratamientos para la gente de la zona.

La entrevista se realizó durante una visita a su país natal.

¿Por qué decidió ser enfermera?

Porque era algo que deseaba desde muy pequeña: ayudar a los demás.

¿Y África?

Fue un paso más dentro de ese deseo de ayudar. En África viven  millones de personas con muchas más necesida des y con muchas menos comodidades que nosotros.

En Kenia y en Uganda, en concreto, como en tantos países del mundo, el mensaje de san Josemaría ha contribuido a la vivificación cristiana de toda la sociedad. Por ejemplo, en Kenia, cuando llegaron las primeras mujeres del Opus Dei, -antes de que alcanzara a independencia- había una fuerte discriminación racial y parecía impensable la creación de un centro donde estudiaran juntas personas de diversas razas.

Sin embargo el Fundador impulsó a las que trabajaban allí a superar esa mentalidad dominante, y gracias a su tenacidad, y a su confianza en los africanos, fueron naciendo diversas iniciativas multirraciales de carácter educativo y asistencial. “Sólo hay una raza –decía-: la raza de los hijos de Dios”.

¿Qué situación se vive en estos países?

En muchos países de Europa se tiene una visión de África exclusivamente negativa, alejada de la realidad. Evidentemen te, son sociedades del Tercer Mundo, que tienen una mala situación eco nómica. Sufren muchas carencias y hay necesidades básicas que no están del todo cubiertas.

Uganda

Pero eso no significa que las personas se sientan frustradas por no poseer ciertas cosas que parecen imprescindibles a los que viven en países occidentales.

En muchos países de Occidente se valora exageradamente el “tener” y muchos se consideran infelices si carecen de determinados bienes y objetos. Los africanos se mueven por otros valores: han aprendido a “ser” felices con lo que tienen y, además, saben compartirlo con los demás. Esto no quie re decir que tengan una actitud pasiva, que no luchen por alcanzar nuevas metas o no se esfuercen por progresar.

Es importante que Occidente entienda que hay que ayudar a los africanos a que crezcan y progresen por sí mismos. En África hay  mucha gente preparada, capaz de llevar a cabo grandes proyectos, que merecen que se les apoye.

En este sentido trabaja Harambee, un proyecto de ayuda a África que nació con motivo de canonización de san Josemaría por Juan Pablo II. Harambee ayuda a muchas entidades y programas de carácter educativo, médico, asistencial, etc., del continente.

¿Qué clase de trabajo desempeña en Uganda?

Llevo a cabo diversos proyectos para la formación de las mujeres africanas. Hemos cre ado recientemente una Escuela de Hostelería en las que se las capacita para trabajar en el sector hotelero, un sector en auge porque el país se va recuperando  económicamente y se están abriendo las puertas al turismo.

¿Y en Kenia?

Allí trabajé con niñas, adolescentes y mujeres jóvenes. Puse en marcha con ellas varios pro yectos de voluntariado en los que atendíamos distintos suburbios con clínicas móviles. Las estudiantes de Medi­cina atendían a los más necesitados y les ayudaban en lo que podían.

¿Ha corrido alguna vez algún tipo de peligro?

Cuan do llegué a Uganda en 1996 el país estaba en paz. En cuanto a los peligros… con frecuencia las televisiones occidentales ofrecen una imagen muy deformada de estas naciones, y sólo emiten imágenes de miseria y de violencia. Y la violencia está presente en todo el mundo.

Evidentemente en África hay pobreza, pero los africanos van saliendo adelante, y van incorporando progresivamente a sus vidas los modernos adelantos técnicos, como el móvil, la  televisión –que está presente en casi todas las casas,- etc.

-¿Llega ayuda de otros países?

Sí. La Escuela de Hostelería empezó gracias a la ayuda de Austria. Y estamos en contacto con familias españolas que apadrinan con becas a las chicas que vienen a las clases de hostelería y a niños huérfanos de SIDA para que puedan estudiar secundaria.

El SIDA sigue siendo un problema  grave. ¿Cómo se puede luchar contra él?

El primer objetivo es cambiar las pautas de comportamiento. En Uganda estamos llevando a cabo un pro grama de educación sexual lla­mado ABC, conocido en todo el mundo por los buenos resultados que ha obtenido.

¿Animaría a realizar la “experiencia africana”?

Desde luego; y a las personas que no tengan la posibilidad de hacer esa experiencia, les animo a ayudar a África desde Europa, desde donde se puede hacer tanto.

Monkole, en los alrededores de Kinshasa

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Celine Tendobi, joven numeraria del Opus Dei, cuenta su experiencia

Sucedió todo de forma muy sencilla. Yo acababa de terminar el bachillerato y estaba en mi parroquia, la iglesia de la Resurrección de Kinshasa, aguardando turno para confesarme antes de Misa, como otras semanas. La fila para confesarse era bastante larga.

Yo iba a la parroquia todos los domingos y ayudaba en lo que podía, como otras chicas católicas de mi edad. A veces, por ejemplo, hacía las lecturas.

Aquel día estaba un poco nerviosa porque acababa de presentarme a los exámenes para pasar a la Universidad y todavía no me habían dado las notas; y mientras esperábamos –la fila era larga, como he dicho- comencé a charlar con una chica que estaba a mi lado. Y en un determinado momento le comenté, entre otras cosas, que estaba buscando un sacerdote con el que pudiese charlar de algunas cuestiones personales.

-¡Ah! –me dijo-. Yo te puedo presentar uno: l´abbé Quirós, un sacerdote del Opus Dei.

Y me explicó que ese sacerdote atendía un Centro de mujeres del Opus Dei, y que allí acudían muchas chicas de mi edad para formarse cristianamente, tener dirección espiritual, estudiar, etc. Aquello me interesó mucho, y un día fuimos al centro, que se llamaba Tangwa, “eco” en lengua lingala.

Me gustó. Era una casa muy sencilla, situada en Livulu, Oasis, en Lemba, a unos 1500 metros de la Universidad pública de Kinshasa. Era sencilla, pero estaba puesta con gusto, limpia y ordenada.

Niña congoleña

Comencé a charlar regularmente conl´abbé y cuando me matriculé en la Universidad iba a estudiar con frecuencia a aquel Centro, que contaba con una buena sala de estudio y una biblioteca. Ahora hay un Centro que conserva el mismo nombre, pero está en otro sitio. Me invitaron a círculos y acepté encantada, porque buscaba desde hacía tiempo una formación que complementase la formación católica que me habían dado mis padres. Somos ocho hermanos –cinco chicas y tres chicos- y yo soy la tercera.

En esos círculos fui conociendo el mensaje de la santidad en la vida corriente y en el ejercicio de la profesión que enseña San Josemaría. Yo soñaba con ser una buena cristiana y una buena profesional de la medicina, pero no sabía cómo hacer realidad las aspiraciones de entrega a Dios que sentía en mi alma. Fui comprendiendo, poco a poco, que Dios me había ido mostrando el camino de mi vocación de una forma muy sencilla: primero, gracias a la formación que me habían dado en mi casa; luego, mediante las actividades en la parroquia, y más tarde, gracias a aquella conversación que me había traído hasta el Centro… Sí; estaba claro: el Opus Dei era lo que Dios me pedía. Ése era mi camino.

Recé mucho, pedí luces y un día me decidí a pedir la admisión. Cuando lo hice, encontré una gran paz y una profunda serenidad interior. Era como si el Señor me dijese en el fondo del alma: “Celine, al fin has llegado: ya estás donde Yo te quería”.

Descubrí, gracias al espíritu del Opus Dei, la maravilla de la vocación cristiana y fui profundizando en las exigencias del Bautismo. Comprendí que vivir “en cristiano” es incompatible con una existencia replegada en si misma. Me fueron mostrando las exigencias de la caridad y de la justicia, junto con las enseñanzas de la Iglesia en materia social, de las que tantas veces se hizo eco San Josemaría. Pero era yo –me insistieron- la que debía dar mi respuesta personal ante los problemas de mi sociedad.

Situación geográfica de El Congo

Como en tantos países, en la República del Congo hay muchas personas que viven en condiciones de vida penosas y que necesitan nuestra ayuda. Comencé a participar en unas actividades de promoción social que se impulsaban desde el Centro en Mont-Ngafula, un poblado de carácter semirural. Esa zona sufre muchas necesidades básicas, aunque está situada sólo a treinta kilómetros de la capital.

Comenzamos dando unas cuantas clases al aire libre, sentadas sobre unas cañas de bambú bajo los árboles. Venía un grupo cada vez más numeroso de madres de familia y de mujeres jóvenes. Les dábamos algunos rudimentos de alfabetización, junto con nociones elementales de higiene y costura en lengua lingala. A veces las clases se acababan rápidamente, porque se desataba de pronto una tormenta y nos teníamos que marchar para guarecernos del chaparrón…

Así estuvimos hasta que Monkole, un hospital promovido por personas del Opus Dei, construyó unos locales en aquella zona, en los que se comenzó a dar atención sanitaria, humana y social a todas estas gentes. Al principio todo era de carácter elemental. Con el tiempo, tanto la atención médica como los diversos servicios se han ido especializando y profesionalizando.

Yo era muy joven todavía –estaba en los primeros cursos de Medicina- cuando me preguntaron si estaba dispuesta a responsabilizarme de algunas actividades de carácter social de aquel proyecto. Acepté encantada.

Nos enfrentábamos con muchos retos. Las familias eran muy buenas y nos acogían muy bien, pero lo ignoraban casi todo en higiene y nutrición. Muchas de las madres eran jóvenes, algunas casi niñas… Había que enseñarles a cuidar y a educar a sus hijos, que presentaban con frecuencia síntomas graves de anemia, fruto de la mala alimentación.

Algunos estudiantes de Medicina europeos se quejan porque mientras realizan sus estudios se sienten “alejados” de los problemas sanitarios reales: dicen que no tocan la realidad. No era ése mi problema: en mis clases de Universidad iban analizando día tras día cuestiones y problemas que yo tocabaconstantemente con mis manos.

A medida que me fui formando como médico, el proyecto fue creciendo y consolidándose en toda la zona. Se pusieron en marcha varios programas de ayuda y comenzamos a enseñar las nociones básicas de una alimentación equilibrada, junto con algunos principios elementales de higiene y comportamiento. Son principios muy sencillos, pero nadie nace sabiendo: se necesita que haya una persona concreta que los enseñe, en el lenguaje adecuado y del modo conveniente a la mentalidad de cada uno. Durante siglos estas gentes no habían contado con esa persona concreta.

Cuando acabé la carrera me dediqué profesionalmente a la atención de esa población y contamos en la actualidad con un pequeño ambulatorio en el que atendemos consultas prenatales y de pediatría. No son simples “consultas”, porque no se trata sólo de atender al paciente, darle una receta y despedirse de él, como sucede en tantos lugares.

Kinsasha

En Monkole nos proponemos ayudar a cada paciente, a cada persona, una a una, ayudándola a resolver sus dificultades, que son distintas en cada caso. Con frecuencia son madres muy jóvenes con hijos enfermos, que no saben qué hacer con ellos, porque nadie les ha enseñado. Además de darles las medicinas específicas y el tratamiento a seguir, hay que hablar con ellas, interesarse por sus problemas, ofrecer algunas pautas de conducta personal, orientar, contestar a sus dudas, explicar -de forma comprensible- cómo pueden actuar en esta situación y en esta otra, a quiénes pueden acudir cuando les suceda esto o lo de más allá… No es fácil. El médico, en estos lugares, debe ser al mismo tiempo un educador social, un promotor de salud, un consejero familiar y un amigo en el que se pueda confiar plenamente.

Si se desconoce su mentalidad y su forma peculiar de afrontar y resolver los problemas, es difícil ayudarles de forma eficaz, porque con frecuencia no entienden exactamente lo que se les pregunta. Hay que adecuar el lenguaje a sus propias categorías, ya que es fácil que no valoren la trascendencia médica de las respuestas que dan. Por ejemplo, hace poco le pregunté a una joven embarazada si sabía cual era su grupo sanguíneo y su RH: ¿A positivo, A negativo, B positivo, B negativo, 0 negativo, 0 positivo?

-¿Sabes cual es? –le dije.

-Claro que lo sé –me contestó, resuelta-: 0 positivo.

Lo anoté y seguí preguntándole por otras cuestiones, de las que deduje que nunca se había hecho un análisis de sangre.

-Entonces… ¿cómo sabes que tienes 0 positivo?

-¡Porque es el numero más bonito de los que me ha dicho!

Estamos impulsando desde Monkole varios programas de lucha contra la desnutrición, en los que se ha ayudado a un buen número de familias. Hemos logrado que aumenten el número de comidas que hacen al cabo de la jornada, pasando de una a tres comidas al día. Se ha logrado también la escolarización de muchos niños y una atención médica regular. Para eso hemos realizado un estudio de los parámetros antropométricos y de las necesidades más urgentes de la población infantil.

También se han puesto en marcha algunos proyectos de piscicultura, que puedan ayudar a estas familias a tener una dieta alimenticia más equilibrada.

Los niños abandonados y huérfanos constituyen un capítulo especial, y desde hace dos años estamos organizando varios proyectos específicos para ellos, con programas de higiene y de nutrición. Esto exige conocer bien las situaciones en que viven y las características del entorno. Necesitamos colaboración para llevar a cabo estos proyectos, porque en ocasiones tenemos que suspenderlos temporalmente -como éste, con los niños huérfanos- mientras recabamos nuevas ayudas económicas.

Otro capítulo especial es la lucha contra el SIDA. Estamos promoviendo, junto con la atención médica y personal, los códigos de conducta que tan eficaces se han revelado para combatir esta enfermedad en otros países africanos. Se ha demostrado que el mejor camino para obtener resultados eficaces en la prevención de esta enfermedad es favorecer la laboriosidad, el sentido de la responsabilidad y las virtudes de la fidelidad y la continencia.

También hacemos un seguimiento gratuito de los embarazos, promoviendo la atención médica durante el parto, porque cuando surgen complicaciones –ya sea por falta de medios o por ignorancia- son pocas las mujeres que acuden a un hospital o piden atención sanitaria.

En resumen: desde aquellas primeras clases bajo los árboles, que a veces terminaban de repente a causa de la lluvia, hemos ido dando pasos en la promoción humana, médica, laboral y espiritual de estas gentes. Entonces yo era sólo una inexperta e ilusionada estudiante de Medicina.

Pero nos queda todavía mucho camino por recorrer. Es un camino difícil y esperanzado, en el que contamos con la solidaridad de personas de todo el mundo que, gracias a proyectos como Harambee, nos ayudan a ayudara esta población africana de los alrededores de Kinshasa.

Pintores solidarios por la India

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Josephine Kunacherry es médico y numeraria del Opus Dei. Nació en Kerala (India) y es antigua alumna de la Universidad de Navarra. Recientemente ha organizado la exposición “Pintores Solidarios por la India”en la Galería Braulio de Castellón

Al terminar la carrera, Josephine ejerció su profesión en España y posteriormente dirigió un Hospital en Nigeria. Vive en Delhi desde 1997, donde dirige el Proyecto socio-sanitario Family Health Care.

Recientemente volvió a España para inaugurar en Castellón una exposición de pintores solidarios organizada por la Fundación DASYC.

Kunacherry habla con satisfacción de su trabajo en la India: “después de muchos años fuera, volví a mí país con la ilusión de hacer algo útil por la gente de aquí. Quería poner en la práctica lo que aprendí en estos años, primero en la Universidad de Navarra y luego en mi trabajo como ginecólogo en Europa y en el Continente Africano”.

Hace unos años, Josephine fue una de las mujeres que empezó la labor apostólica del Opus Dei en la India. “En mis primeros días en Delhi, recorrí la ciudad en busca de un trabajo para situarme profesionalmente. Uno de esos días tropecé con una señora por la calle a la que había saludado con una sonrisa y me sorprendió con una pregunta: “¿eres feliz?”. Aunque al principio me desconcertó, inmediatamente le respondí que sí, muy feliz…. Ella me contestó “si eres feliz, demuéstramelo”.

Delhi

Con esta curiosa conversación empezó mi amistad con Nilisha, que es de religión hindú. Con ella y algunas amigas hemos empezado una ONG en Delhi con el fin de proporcionar educación a mujeres y niños en temas básicos de salud. Atendemos a muchos pacientes en un dispensario que hemos montado en una zona muy pobre de la ciudad”.

Para sacar adelante económicamente este proyecto social, se comenzó de forma paralela a trabajar en la clínica con pacientes privados por las mañanas. “Todos saben que indirectamente están ayudando a personas con menos medios que ellos y colaboran generosamente. Por las tardes y los fines de semana atendemos muchos suburbios de Delhi donde viven bastantes inmigrantes. Con la ayuda de más de 200 voluntarios, médicos y otros profesionales, hemos podido atender a cerca de 22.000 personas en estos años. La mayoría de los voluntarios son gente joven de diferentes religiones. Todos dicen que han ganado más felicidad al dar su tiempo para colaborar con Family Health Care”.

Pintores solidarios

Son innumerables las gestiones para conseguir fondos y salvar nuevas vidas. Entre otras, Josephine contactó a través de una amiga con la Fundación Dasyc que organizó la exposición “Pintores Solidarios por la India”en la Galería Braulio de Castellón. En este proyecto han colaborado numerosos artistas de la Comunidad Valenciana que han cedido sus obras para ayudar en este proyecto solidario. Gracias a los fondos recaudados, se podrá vacunar a más de 500 niños y empezar un nuevo programa en un barrio marginal de 15.000 habitantes.

Me hice congoleña

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Nuria Mata ha vivido dos guerras, dos saqueos, se ha enfrentado al fusil de un niño soldado y ahora, tras veinte años en el Congo, preside la fundación navarra Profesionales Solidarios

¿Cómo nació Profesionales solidarios?

De un modo bastante fortuito: estaba en la peluquería, cuando  la chica que me atendía me dijo que acababa de venir de una reunión de profesionales. Al poco, en una cafetería, una camarera estaba contando  que había estado en un curso de formación… Si estas profesiones se preocupan por su formación y su profesionalización –me pregunté-  ¿por qué no hacerlo también con todo lo relacionado con la acción social? Puse en marcha la idea de esta fundación y me encontré, afortunadamente, con un grupo de personas que se sintieron muy motivadas: personas con experiencia profesional, que saben qué es lo importante y qué no, y que han superado esa etapa de la vida en la que se  busca el triunfo a toda costa. Comenzamos con ciclos de conferencias, y luego vinieron los cursos de formación para labores sociales, las publicaciones…

Yo venía de un Congo donde había dejado a muchas personas a las que quiero muchísimo: gente muy cercana, que viven en condiciones paupérrimas… Gente maravillosa, con estudios, inteligentes, buenos… Gente que pasa hambre y es muy generosa. A veces venían a traerme un mango, porque deseaban colaborar conmigo. “Muchas gracias –les decía- pero es mejor que se lo des a tus hijos!”, porque sabía en qué condiciones vivían.

Llegué a España en el 2001 y me encontré con una sociedad muy crispada en la que reina don Confort y don Consumo, y donde a veces se arrincona a los mayores, que en África son un tesoro, la autoridad moral de las familias… Pensé que debía hacer algo, y transmitirles lo que había conocido.

¿Cuál es la clave de Profesionales Solidarios?

Quizá la clave es haber sabido sumar y hacer equipo. Al principio era yo la que impulsaba; ahora todas las decisiones se toman en la Junta, de forma que cada uno puede aportar algo: la periodista, la secretaria, el médico… Hace poco se presentó una madre con dos niños pequeños diciéndome: “me gustaría echar una mano” y ya tiene tarea. Sólo tenemos a una persona contratada. Los demás colaboran de forma voluntaria, contentos de trabajar.

Al año de estar allí me planté ante mi misma y me dije: “o les quiero y hago por ser una de ellos, o me vuelvo”. Y así lo hice. Me hice congoleña, y aprendí a quererles,

¿Qué acogida han tenido en las instituciones?

Muy buena. Además, pienso que en Navarra se conserva un gran sentido de la solidaridad y de la profesionalidad. Veo como la idea gusta.

¿Africa o España?

Ahora España. Quiero vivir el hoy y ahora, lo que toque en cada momento Tenía 28 años cuando el Prelado del Opus Dei me preguntó si quería irme a ejercer mi profesión y a empezar el trabajo apostólico en el Congo. Dije que sí, y me fui a África llena de ilusiones. Pero los comienzos fueron muy duros. El choque cultural fue total. Al año de estar allí me planté ante mi misma y me dije: “o les quiero y  hago por ser una de ellos, o me vuelvo”. Y así lo hice. Me hice congoleña, y aprendí a quererles, hasta que aquello –su vida, sus costumbres- era mío.

Pasaron veinte años y  mi madre se puso enferma, con un cáncer muy duro y comprendí que, por un conjunto de razones, había llegado el momento de regresar. El actual Prelado, Mons. Javier Echevarría, me dijo que mi experiencia podía ser muy útil en España. Y eso es lo que procuro hacer.

¿Fue duro volver?

Al principio, sí. Al poco de llegar fui a comprar unas verduras al supermercado. Al ver toda aquella abundancia, aquellas ofertas de tres por el precio de uno… noté como si me faltara el aire y tuve que salir a reponerme. Es curioso; yo, que me había enfrentado a tantas cosas… La riqueza está muy mal repartida, y tenemos que transmitir un mensaje de solidaridad y de sobriedad, para saber utilizar sólo lo que necesitamos y saber encauzar bien lo que sobra, sin caer en el despilfarro. El otro día leí algo sobre los viajes turísticos por el espacio. No puedo entenderlo. Que se investigue, bien, pero emplear tanto dinero para divertirse, cuando hay tanta gente que carece hasta de lo más elemental…


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