¡Me gusta servir!

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Katia Blondeau, 34 años, es una numeraria auxiliar del Opus Dei. Actualmente, trabaja en la Escuela de Hostelería Dosnon cerca de Soissons (Francia).

¿Qué significa para ti ser numeraria auxiliar?

Para mí, una numeraria auxiliar es una cristiana, una persona del Opus Dei que vive el celibato, y que procura poner a los demás (su familia, sus clientes, sus amigos) en el centro de su trabajo, -en mi caso, la hostelería- y de esa forma servir a Dios, conocerle y quererle.

Busco crear un ambiente familiar allí donde trabajo, y espero contribuir así al equilibrio y al bienestar de las personas a las que llego con mi profesión.

¿Cómo se concreta eso? En el cuidado que procuro poner en los detalles: por ejemplo, al poner la mesa para comer; o prestando atención para escuchar las necesidades de los demás. Es decir, se trata de hacer felices a los demás.

Actualmente, trabajo como monitor técnico de la Escuela de Hostelería Dosjon. En concreto, me responsabilizo de la atención y el servicio de los asistentes que acuden a las actividades de formación y a los retiros espirituales al Centro de Encuentros Couvrelles, vecino a la escuela de hostelería.

¿Cómo ha reaccionado tu familia ante esta elección vital tuya?

Mis padres no conocían el Opus Dei cuando yo comencé a frecuentar un centro, por lo que lógicamente quisieron informarse un poco. Me hicieron preguntas, y yo se las fui respondiendo. Poco a poco, pudieron conocer el espíritu de familia que hay en la casa donde vivo y se encontraron satisfechos y a gusto en el ambiente de la casa.

Hace poco, mi padre, cocinero de profesión, vino para preparar una cena de gala que ofrecíamos a una de nosotras por su cumpleaños. Y regularmente los dos vienen a la Escuela Dosnon a las actividades que organizamos.

¿Cuál ha sido tu recorrido profesional?

Cuando terminé mis estudios de hostelería, trabajé durante un tiempo en el restaurante de un gran grupo. Aprendí mucho y a buen ritmo, pues los trabajos de hostelería no se improvisan. Trinchar y flamear ante el cliente, el arte de la mesa, neología… todo iba muy bien, pero yo quería trabajar para mi familia, el Opus Dei. Así que comencé a trabajar las tareas domésticas de diversos centros de la Obra.

Actualmente, soy profesora de restauración en una escuela de hostelería donde, además, el Opus Dei ofrece a las alumnas que lo desean una formación cristiana. Allí es donde procuro transmitir todos mis conocimientos profesionales junto con la atención a los demás que considero tan interesante.

Hoy día ha aumentado el interés por las profesiones directamente relacionadas con el servicio a los demás, anteriormente menos valoradas. ¿Qué te parece este cambio de mentalidad?

¡Me parece muy positivo y, a la vez, lógico!

Es como redescubrir el valor que tiene cada persona y la necesidad que tenemos de ser amados. En mi opinión, gran parte de los problemas de la sociedad surgen de la indeferencia con que a veces nos tratamos unos a otros.

Considero que estas profesiones relacionadas con el servicio contribuyen muy directamente a crear una sociedad más humana y calurosa. Por eso me parece lógico que cobren un nuevo valor: es una ganancia enorme para la sociedad.

¿No te parece que en una época en la que todo el mundo busca tener cada vez más derechos y trabajar menos, vuestro ritmo de trabajo puede parecer excesivo?

Quienes trabajamos en el sector de servicios y en la hostelería sabemos que nuestras ocupaciones no tienen nada de ordinario: trabajamos cuando los demás descansan, tomamos las vacaciones a destiempo, etcétera.

En cuanto al ritmo, evidentemente es exigente: ¡basta con mirar al personal de sala o de cocina de un restaurante en un día de afluencia alta! Por mi parte, yo me siento satisfecha respecto a mis compañeros con mis 35 horas de trabajo.

¿Los días festivos, por lo tanto, son sinónimo de más trabajo para ti?

¡Claro! Ya que los días en los que se celebra algo piden un poquito más de atención, te tienes que volcar un poco más para, por ejemplo, preparar el plato favorito de alguien o imaginar una nueva decoración para la mesa, algo original e inesperado.

Me gusta dar esta dimensión familiar a mi trabajo y manifestarlo en estos detalles de cariño hacia mi gente. A mi, estos detalles no me suponen una carga de trabajo. Son más bien una alegría, porque sabes que los demás están disfrutando con ello.

Es algo que siempre he experimentado en los centros del Opus Dei: allí la gente intenta hacer la vida alegre a los otros, especialmente si están pasando un momento difícil, por motivos de trabajo, salud u otros. Creo que las numerarias auxiliares tenemos un papel muy importante en este campo y eso me estimula a llevar a cabo mi trabajo con mayor profesionalidad y cuidado.

¿Te parece que los trabajos de servicio están bien remunerados?

Mi sueldo se corresponde con mis conocimientos y mi trabajo. No es desorbitante, pero sí suficiente.

Actualmente, estoy contratada por la Escuela de Hostelería Dosjon. Yo me encargo de mi mantenimiento: vestido, alimento, libros, entretenimientos, etc.

Procuro gastar el dinero con sentido de responsabilidad, sabiendo que –al igual que cualquier persona en el Opus Dei- puedo ayudar económicamente, siempre que me sea posible, a un gran número de iniciativas sociales, culturales y educativas que personas de la Obra llevan a cabo en todo el mundo. Me gusta poder contribuir –aunque sea con pequeñas contribuciones- al desarrollo de iniciativas en países necesitados.

¿Cuál es la frase de San Josemaría que más te gusta?

“Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor”.

Mi trabajo contribuye decisivamente a que una casa sea un auténtico hogar”

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Tiene 34 años y estudió Administración Hotelera. Nació en La Alberca, Salamanca, donde siguen residiendo sus padres, aunque ella vive en Madrid desde 1991, poco antes de hacerse numeraria auxiliar del Opus Dei

Como ciudad elige San Sebastián, para leer Ana Karenina y en el cine opta por Los miserables. “Para comer no hay nada como unas patatas alpujarreñas”, dice Isabel Angulo. Como numeraria auxiliar, su trabajo consiste en atender las necesidades de las personas que residen en centros de la Prelatura, contribuyendo a crear un ambiente familiar. Atiende con sentido profesional las necesidades de todos, como cualquier ama de casa. Aclara: “Vine a Madrid para estudiar y aterricé en un centro del Opus Dei porque podía compaginar trabajo y estudio. Y allí comencé a ver una serie de cosas que concordaban bastante con lo que yo pensaba. Al principio me llamó la atención la alegría de las que trabajaban allí. “Aquella alegría no la había visto antes y entendí la diferencia entre pasarlo bien y ser feliz. Porque se puede estar pasando un mal rato y ser feliz, y se puede pasar un rato agradable y no ser feliz. Descubrí un horizonte nuevo para mí, me di cuenta de que Dios me pedía colaboración para sacar adelante precisamente esa familia. Y me fié de Él: “Si esto es lo que Tú quieres para mí, adelante…”.

¿Numerarla auxiliar?

“Tuve claro entonces que mi sitio en el Opus Dei era éste: el de numeraria auxiliar”

La vocación al Opus Dei es única: todos sus miembros responden a idéntica llamada y comparten los mismos ideales de santidad y de apostolado en medio del mundo, aunque en cada uno se concreta de modo diferente, según sus circunstancias. Además, en el caso de las numerarias auxiliares, su ocupación principal es el trabajo en los centros de la Prelatura, “cuidar de la familia, hacer de madres”, añade Isabel. “Es un trabajo que conozco por mi preparación profesional y que ahora se enriquece por su enfoque de servicio a Dios y a los demás: dos objetivos muy importantes. Tuve claro entonces que mi sitio en el Opus Dei era éste: el de numeraria auxiliar”. Tanto san Josemaría como el actual Prelado han hablado con especial cariño de las numerarias auxiliares, a las que se referían como la columna vertebral del Opus Dei.

Isabel recuerda que “Dios quiere que en la Obra se viva, se respire un ambiente de familia”. Eso es precisamente lo que hace tan valiosas a estas mujeres, porque con su trabajo logran crear ese clima familiar que se vive en el Opus Dei: “Pretendo que quien sale de casa a trabajar por la mañana, al regresar por la noche se encuentre un hogar cuidado, en donde se le espera; y que lo noten en pequeños, o no tan pequeños, detalles: desde poner un centro de flores en un rincón hasta dejar una cena preparada para que vean el partido de fútbol, estén a gusto y disfruten estos días del Mundial. Y así sientan, a través del cariño que intentamos transmitir, cómo Dios les quiere”.

En gran medida es cuidando estos detalles como se consigue el ambiente de familia del Opus Dei. Isabel es, sobre todo, una persona vital, muy sociable y que disfruta con cualquier cosa o, incluso, sin cosa alguna…: “Mis padres me decían que no me hacía falta nada ni nadie para divertirme”, aunque la realidad es que siempre ha estado rodeada de amigos; una vez se puso muy mala y una de ellas decía “que no se muera, porque si no, vamos a aburrirnos mucho… “‘

Una jornada habitual

Se levanta a las seis y media, se arregla, ordena su cuarto, reza media hora y va a misa. Desayuna y empieza su jornada: limpia la casa, cocina, atiende el teléfono o al fontanero, plancha… como una madre de familia, que es a lo que más se parece una numeraria auxiliar.

Pero no se ocupa sólo de la materialidad de la casa, “sino de lo que hay detrás de ella, y procuro hacer todo con un amor de Dios y a los demás muy grande”. “Cuido la casa y procuro esmerarme con el oratorio, porque Dios está presente ahí. También atiendo a las personas que viven en ese centro cuidando su vocación, porque la gente, en la medida que está contenta en lo material, lo está en lo espiritual. Decía san Josemaría, citando un refrán, que cuando el cuerpo está bien, el alma baila y, cuidando del cuerpo y el entorno material, cuidamos la vocación de las personas que viven en ese centro.

Después de comer, un rato de descanso, de tertulia. «Es necesario, porque es una forma de coincidir con la gente que vive contigo, de enterarte qué les ha pasado durante el día”. Suelo rezar otro rato antes de ir a Móstoles, donde colaboro en una actividad apostólica de la Obra. Allí doy clases de formación cristiana, ayudo en iniciativas de voluntariado o echo una mano en lo que haga falta; otras veces, simplemente quedo con mis amigas”. ¿Y cuándo descansa? ·”Los jueves por la tarde trato de tener más tiempo y aprovecho para nadar, dar un empujón al libro que esté leyendo ‑ahora Las Crónicas de Narnia ‑ o salir con mis amigas. Soy muy familiar: si voy a casa de mi hermano, disfruto jugando con mi sobrina y me carteo mucho con otro, José Manuel, que estudia Periodismo y así hace prácticas con su tía…”

De la célula comunista ‘Ho Chi Min’ al diaconado

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Fabio Quartulli es uno de los 38 fieles del Opus Dei que el próximo 25 de noviembre recibirá el diaconado en Roma. Seis meses después, será ordenado sacerdote. En su juventud formó parte de una célula comunista, sin saber lo que le tenía preparado el futuro…

Fabio nació en Francia hace 37 años, y es doctor en Fisiopatología humana. Su padre es un albañil italiano que emigró a París para encontrar trabajo.

Todo empezó cuando tus padres emigraron a Francia…

Tras combatir en la Segunda Guerra Mundial en Albania y Rusia, mi padre regresó a Italia. Vivía en Squinzano, un pequeño pueblo del sur. Eran años de mucha inquietud social y él estaba firmemente convencido de que el comunismo arreglaría la pobreza de la posguerra.

Así que era –y sigue siendo- un comunista convencido. Los carabinieri registraban con frecuencia su casa, buscando panfletos y propaganda, pues había rumores de que se preparaba una revolución.

Como no encontraba trabajo, emigró a Francia y logró un empleo de albañil en Argenteuil, cerca de París. Poco después, se trasladó mi madre. Ella tenía una educación católica, pero no practicaba la fe. Así que las ideas que mis hermanos y yo aprendimos de jóvenes eran las que oíamos a mi padre: justicia social, lucha de clases…

Y también a vosotros os atrajo el comunismo.

Sí. Yo, por ejemplo, a los 15 años ya había leído el Manifiesto Comunista y gran parte de “El Capital”, de Marx. A esa edad, me inscribí con mi hermana mayor en las Juventudes Comunistas. Formábamos parte del grupo de mi ciudad, la célula “Ho Chi Min”.

Hasta que me fui a la Universidad, fui un miembro muy activo: vendíamos el periódico ‘L’Humanité’, repartíamos propaganda, recogíamos firmas de apoyo al partido y a otras causas, como por ejemplo la liberación de Mandela. Recuerdo que la victoria socialista en las elecciones francesas de 1981 fue una gran fiesta en mi casa.

¿Qué atractivo tenía la ideología comunista para ti?

Siempre me han preocupado mucho la justicia social y el problema de la pobreza, por eso me atraía el planteamiento de lucha de clases y el reparto de los bienes. Sin embargo, había una cosa que no me terminaba de convencer: la idea de que la revolución justificaba la violencia. Nos llegaban noticias de los gulags, y no me gustaban.

¿Qué pensabas de la Iglesia?

Me parecía que su mensaje era bueno, pero que no lo llevaba a cabo. Desconfiaba de la Iglesia como institución. Aunque, a mi modo, creía en Dios. Cuando mi madre falleció de cáncer, por ejemplo, mi hermana dijo que jamás podría creer en un Dios que se llevaba así a las personas. Yo, en cambio, le dije que seguía creyendo. Creo que esto le sorprendió.

¿Cuándo comenzaste a practicar la fe?

A los 19 años fui a París, a estudiar Biología. En mi grupo de amigos había un católico practicante: Christophe Borel. Hablábamos de todo, también de la fe cristiana. A mí no me insistía mucho, porque conocía mis ideas. Animaba más bien a otros, a aquellos que se declaraban cristianos, a vivir mejor su fe. Christophe era supernumerario del Opus Dei.

Un sábado, después de una fiesta en casa de un amigo, perdí el último tren para volver a casa. Christophe me invitó a pasar la noche en su apartamento, aunque me advirtió que al día siguiente haría temprano un poco de ruido, porque quería ir a Misa a la iglesia de la Madeleine. “Me gustaría ir contigo –le dije-. Despiértame a mi también, por favor”. Lo hice por curiosidad y educación, nada más.

Esa misma noche, vi que Christophe tenía un folleto en su casa que se titulaba: “Porqué y cómo confesarse”, de l’abbé Romero. Comencé a leerlo y en pocas horas lo terminé. A la mañana siguiente, concluí que también a mí me gustaría confesarme. Pocos días más tarde –un jueves, lo recuerdo bien- Christophe me presentó a un sacerdote del Opus Dei. Desde entonces, acudí a recibir el sacramento de la penitencia cada dos semanas.

¿Y después?

Comencé a frecuentar las actividades culturales y espirituales dirigidas a universitarios en ese centro del Opus Dei. Christophe me seguía descubriendo un mundo desconocido. Recuerdo, por ejemplo, cuando me enseñó a rezar el rosario mientras caminábamos por la orilla del Sena.

Poco tiempo más tarde, me propuse seguir el mismo plan de vida espiritual de una persona de la Obra. Yo por entonces tenía novia, así que quise pedir la admisión como supernumerario. Pero más adelante, vi que Dios podría pedirme la vida entera, así que en 1992 fui admitido como numerario.

¿Qué descubriste para dar el cambio?

En el cristianismo he descubierto que hay que ayudar a cada persona, uno a uno. El comunismo sacrifica la dignidad personal en bien de la colectividad. Pero cada uno somos hijos de Dios, así que el mundo cambiará cuando nos ayudemos, uno a uno, con la caridad. Como ves, no he perdido la inquietud por la justicia social y la desaparición de la pobreza.

¿Qué has aprendido en el Opus Dei?

Me enseñaron a hacer oración, a tratar a Dios de tú a tú, y también a hacer apostolado. Cuando estaba en la célula ‘Ho Chi Min’ nos preocupábamos por la expansión del comunismo. Pero era diferente, porque lo que queríamos era que la gente apoyase el partido. La vida de la persona que acababa de darnos la firma, nos daba igual. El apostolado cristiano es distinto: Dios te anima a interesarte por los demás, por su situación, por sus problemas.

¿Cuál fue la reacción de tu familia ante tu conversión?

“Dios, que me ha ido guiando en la vida como ha querido, me invita ahora a servir como diácono en la Iglesia”.

Normal, siempre tuvimos mucha libertad. Mi hermana mayor, la misma con la que había militado en las Juventudes Comunistas y que más tarde había decidido no creer en Dios, no comprendía mi decisión. “¡No te vas a casar!”, me decía asustada.

Y como la vocación es un tesoro que uno descubre y necesita compartir con los demás, yo empecé por ella. Como teníamos mucha confianza, le fui explicando todo, poco a poco… Ahora es numeraria auxiliar de la Obra.

En pocos días serás diácono, ¿qué sientes?

Es el primer paso hacia el sacerdocio. Dios, que me ha ido guiando en la vida como ha querido, me invita ahora a servir así a la Iglesia. Así que siento mucha ilusión… y mucha responsabilidad.

La cocina de los chicos del coro

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Ana Belén tiene 34 años y trabaja en la cocina de la Escolanía de la Virgen en Valencia cuidando la alimentación y la correcta nutrición de los chicos de esta institución

Soy de un pueblo del sur de Albacete, Elche de la Sierra. Vivo en Valencia desde el año 2002. Estoy casada y soy madre de dos niñas: Ana Belén de tres años y Alba María de diez.

Vine a Valencia para trabajar en la Escolanía de la Virgen de los Desamparados. Con la ayuda de mi marido me ocupo del servicio de cocina, comedor e internado de la Escolanía.

Conocí el Opus Dei por mi trabajo de cocinera. Nunca había trabajado para tanta gente y estaba algo agobiada. Una compañera de trabajo me sugirió la posibilidad de hablar con una profesional de la cocina que trabajaba en un colegio mayor.

Me añadió una información sorprendente: “es una numeraria auxiliar y ellas saben mucho de cocina”. Yo no sabía ni qué era eso de ser numeraria, ni nada de la Obra pero me interesaba conocer con urgencia a cualquiera que supiera como organizar una cocina de esas dimensiones.

“Para mí fue un descubrimiento eso de tener la posibilidad de santificarme con mi trabajo y con mi familia”

Yo le dije que sí, y esa compañera me puso en contacto con Anye. Quedamos para hablar el día 2 de octubre del 2002 fiesta de los Ángeles Custodios y aniversario de la Fundación del Opus Dei (aunque yo, por entonces, no sabía nada de todo esto).

Anye me dijo que podía dedicarme poco tiempo porque estaba muy ocupada preparando el viaje para la canonización de San Josemaría, que tendría lugar en Roma a los cuatro días.

Todo eso me intrigó, así que empezamos con la cocina y acabamos hablando del Opus Dei.

Para mí fue un descubrimiento eso de tener la posibilidad de santificarme con mi trabajo, con mi familia y quedamos para seguir hablando después de la canonización. Así, poco a poco, por ese camino y entre consejos de cocina, fui conociendo el Opus Dei.

Un día me habló de los cursos de retiro y me propuso ir a uno. Yo le dije que no había ido a ninguno y no sabía si lo entendería, pero acepté y me parecieron estupendos todos los temas que se trataban y estar tres días mirando hacia tu interior descubriendo cosas que nunca me había preguntado.

Cuando volví del retiro quise ser cooperadora y conocer cada vez mejor el Opus Dei. Poco después pedí la admisión como Supernumeraria. Cada día estoy más contenta de poder santificarme con mi trabajo y con mi familia. Y es que cuando pones a Dios en primer lugar todo sale: oración, familia y trabajo, siempre en ese orden.

Además ahora tengo un encargo en una asociación juvenil, por donde van mis hijas, que se llama Adarga. Estoy muy contenta de poder ayudar a todas las niñas y a sus madres con mi oración con mi trabajo y enseñarles esos valores espirituales y humanos que me han hecho tan feliz.

La Escolanía, fundada en 1958 por el entonces arzobispo de Valencia monseñor Marcelino Olaechea, ha formado durante este medio siglo a más de 500 niños. Sus voces blancas acompañan a la Virgen en la Real Basílica todos los días en Misa.

Ocho fotos personales, menos una

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1. Una ilusión de juventud

Soy de Cádiz y mi gran ilusión, desde siempre, era ser bióloga. Recuerdo que durante los veranos, desde los quince hasta los dieciocho años, estuve trabajando en un laboratorio de Biología Marina que hay en mi pueblo, la Línea de la Concepción. En esta foto estoy con una amiga, que es la que va de azul.

En 1999, al acabar el Bachillerato, como en La Línea todavía no nos han puesto una universidad, me encontré con la papeleta de tener que cambiar de ciudad para estudiar.

En el Instituto me hablaron de un centro del Opus Dei en Sevilla, donde podía residir, pagándome la estancia con mi colaboración en trabajos de la Administración.  Me pareció una buena fórmula y allí fue donde conocí el Opus Dei.

Un descubrimiento

El centro me gustó mucho, por la alegría, el buen humor y la preocupación por los demás que vi.

Y descubrí, además del calor de Sevilla, dos cosas nuevas para mí.

Lo primera fue la vida cristiana, porque en mi casa vivíamos muy alejados de la religión y no practicábamos casi nada. Y sin el casi: nada. Yo había hecho de pequeña la Primera Comunión, pero desde entonces no había vuelto a pisar una iglesia, salvo para una boda, un bautizo o cosas así; y en aquel Centro del Opus Dei descubrí la maravilla de la fe, que le daba una perspectiva nueva y un sentido profundo a todo…

2. Otro descubrimiento

Esta foto nos la hicimos durante una excursión con gente de la Facultad, en Córdoba. No sé qué lleva esta compañera en la mano, pero siendo de Biológicas, seguro que es un bote con un bicho dentro.

Durante ese tiempo hice mi segundo descubrimiento, esta vez de carácter profesional. Me di cuenta de que aquellas tareas de Administración que hacía en el Centro de Estudio y Trabajo, que al principio realizaba sólo para mantenerme, me iban gustando cada vez más y más.

Esto no tiene mucho de particular, porque hubo gente de mi clase – y algunos de ellos aparecen en la foto- que también cambiaron de orientación profesional con el paso de los años.

Aunque, pensándolo bien, en mi caso, más que un cambio, aquello fue una integración de perspectivas.

3. Una elección

Me explicaré. En aquel centro del Opus Dei descubrí que a mí, lo que me entusiasmaba verdaderamente era el trabajo de la Administración; por muchas razones: por el trabajo en sí y por el espíritu de servicio con que se realizaba. Yo había trabajado antes, como he dicho, en un laboratorio, y la Biología me seguía encantando; pero lo que me llenaba de verdad era ese trabajo, y  sobre todo, el sentido con que lo hacíamos.

Así, poco a poco, a medida que iba avanzando en mi vida cristiana, fui conociendo la Obra y me planteé la vocación al Opus Dei, que es la misma para todos, estén casados, solteros o viudos. Se trata de encontrar a Dios en las cosas de cada día: en el trabajo, en el descanso, en la vida familiar, en el trato con los demás, en el deporte…

Cada persona vive su vocación según sus circunstancias: unas se casan y la viven con su marido y con sus hijos; y otras no se casan, como en mi caso, porque han optado por el celibato apostólico. Soy numeraria auxiliar y me ocupo de los centros de la Obra, procurando rezar de un modo muy especial por las iniciativas apostólicas que llevan a cabo los que viven allí y cuidando de ellos, como cualquier madre de familia, para que cada una de esas casas sea realmente un hogar, un hogar cristiano.

Esta es una foto de mi clase, la típica clase de Ciencias.

4. Mucho más que eso

Lo que estaba contando: el trabajo de la Administración no es un trabajo meramente material, porque en una pensión, en un cuartel, en… yo que sé, en un barco, también hay que cocinar, limpiar y planchar la ropa (bueno, la verdad es que no sé hasta qué punto planchan la ropa en los barcos). Lo que sé es que convertir una casa en un hogar, en un hogar de familia, supone muchísimo más que eso. Porque sólo cuando una persona se siente tratada de forma personalizada se siente y está verdaderamente en su casa.

En un hotel puedes encontrar toda clase de servicios; pero, por buenos que sean, aquello nunca será tu casa. La diferencia está que en tu casa, en tu hogar, sabes que han preparado esa comida para ti, pensando en ti, en tu edad, en tu salud, en tus gustos y en tus circunstancias. En tu casa no te quieren por el dinero que ganas, sino por ser quien eres. En la casa de uno no hay clientes, ni residentes, sino personas, únicas e irrepetibles.

5. Por qué y para qué

Esa es la singularidad del trabajo de la Administración, que exige estar muy al día desde el punto de vista profesional. Yo estoy haciendo ahora un curso de cocina, en el que aprendo, entre otras cosas, las novedades que ha incorporando a este campo  la nueva cocina española; una cocina que está, como sabe todo el mundo, altamente reconocida en el ámbito internacional.

Esta foto no es mía: me la he bajado de Internet. La he puesto porque en ella se intuye que la cocina requiere, junto con unos conocimientos específicos, mucho arte, junto con un cuidado y un mimo muy especial.

6. Dudas

Bueno, os sigo hablando de mi vida. Al principio, cuando solicité la admisión como numeraria auxiliar, dudaba entre acabar Biológicas o no, ya que había decidido ejercer otra profesión; pero al fin, después de pensármelo mucho, decidí continuar, porque una carrera universitaria bien hecha, sea del tipo que sea, siempre ayuda a desarrollar la mente y a ganar en rigor intelectual; y pensé que  los estudios de Biología podían ser muy útiles para mi trabajo en la Administración; como de hecho ha sucedido.

Me especialicé en Tecnología de Alimentos, un campo estrechamente relacionado con algunas facetas del trabajo de la Administración. Esta es la foto de mi graduación, con todos los de mi clase, en la universidad de Córdoba, que ocupa la sede de la antigua Universidad Laboral.

Tenía otras razones para continuar con Biológicas. En esa carrera  se estudian muchas cuestiones íntimamente relacionadas con la fe, como la evolución, por ejemplo; y me interesaba contar, como cristiana, con una base sólida desde el punto de vista científico.

Además, las prácticas de Biología relajan muchísimo: a mí no hay cosa que más me divierta que irme a la sierra de Hornachuelos, por ejemplo, y darme un paseo por el campo, clasificando plantas y recogiendo flores. He organizado un pequeño seminario para chicas jóvenes que se llama Natura, en el que intento que conozcan y respeten la naturaleza y se familiaricen con los valores de la ecología.

7. Mis padres

Los he dejado para el final, pero en mi corazón están en un primerísimo lugar.

Gracias a Dios, mis padres -que al principio no acababan de entender el sentido de mi vida- se han ido acercando cada vez más a Él.

Ahora no sólo me alientan y me estimulan en mi camino – “Mientras tú estés contenta, adelante”, me dice mi padre- sino que quieren y comprenden la Obra.

Los dos frecuentan los sacramentos y mi madre es cooperadora del Opus Dei. Es un sueño. Desde luego, si me lo cuentan hace algunos años, no me lo creo.

Estas son mis fotos. Y nada más: espero que os hayan gustado. Adiós.

“Me siento la mujer más feliz del mundo”

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Chus Puente nació hace 32 años en Valladolid. Los valores sembrados por sus padres y el paso por el Colegio Alcazarén, obra corporativa del Opus Dei, fueron decisivos en la trayectoria de esta mujer.

Chus Puente nació hace 32 años en Valladolid, su padre es albañil y su madre ama de casa; aunque la vida les ha dado duro, nunca les ha faltado la alegría, y siempre han tenido el empuje necesario para sacar a sus cuatro hijos adelante. Los valores sembrados por sus padres y el paso de Chus por el Colegio Alcazarénobra corporativa del Opus Dei, fueron decisivos en la trayectoria de esta mujer.

En toda trayectoria personal siempre hay un antes y un después. ¿Cómo era la Chus de los primeros momentos?
Mi adolescencia estuvo marcada por los vaivenes típicos de esa edad. En ella se mezclaron rebeldía y responsabilidad, fruto quizás de esa marca de libertad y respeto que mis padres procuraron imprimir en la educación que nos dieron a todos los hermanos. Mi apariencia externa llevaba a más de uno a dirigirse a mí con el apelativo de macarra, quizás por la chupa de cuero y las botas de militar que acostumbraba a vestir por aquel entonces.

Juerguista era un rato: cuando salía con la pandilla me encantaba acudir a las fiestas, bailar, y divertirme de una manera sana. Eso sí, mi vena responsable salía a relucir a la hora de llegar a casa; si quedaba a una hora con mis padres, llegaba puntual por encima de todo.

En fin, que quería vivir la vida y disfrutar de ella al máximo. Por eso, a la hora de elegir mi futuro profesional pensé en algo corto, que me facilitara ganar dinero enseguida y opté por hacer FP (Formación Profesional) Administrativo, que era lo que se llevaba.

Y Dios, ¿contaba algo en tu vida por aquel entonces?
Dios, por aquellos años, contaba muy poco en mi vida. Creía, pero a mi manera. Ahora pienso que no había en ello malicia sino, más bien, falta de formación que me llevó a no valorar los Sacramentos.

¿Qué te llevó a cambiar?
Un día, vinieron al centro donde estudiaba unas profesoras del colegio Alcazarén para hablarnos de Hostelería y Turismo. Según iban explicando parecía la profesión del futuro y a medida que nos hablaban de sus ventajas me daba cuenta de que era lo que estaba buscando (profesionalmente): algo rápido y efectivo, que me diera dinero ya.

De repente, una amiga levantó la mano y les preguntó si eran del Opus.Como con un resorte, me giré hacia ella y le dije “¿qué dices? ¿qué es eso?”, pues nunca había oído hablar de esto. Ahora, tras el paso de los años, puedo decir que ahí empezó mi cambio radical.

Pero me imagino que algo verías en Alcazarén que te llevara a plantearte la vida de otra manera. ¿Qué aspectos te interpelaron más?
El primer impacto, cuando me presenté con mis amigas en Alcazarén, fue especial: la sonrisa de la que me abrió la puerta y la sensación de encontrarme en una casa, aunque de mayores dimensiones a las habituales; para nada parecía un colegio. Más tarde, cuando me matriculé –era el curso 91/92– me ayudó mucho la tutora personal que puede elegir cada alumna del colegio. Congeniamos estupendamente y resultó para mí de gran ayuda, no sólo desde el punto de vista profesional, sino personal pues con ella fui hablando y resolviendo, en un clima de libertad, dudas que me iban surgiendo, inquietudes que me asaltaban.

Poco a poco fui descubriendo otro mundo que hasta entonces no existía para mí; empecé a ver lo de cada día desde una tercera dimensión: la espiritual. Durante ese curso Dios empezó a contar un poco más en mi vida: me acostumbré a saludarle en el oratorio, siempre que llegaba o me iba de Alcazarén; empecé a ir a Misa algún día entre semana y, sobre todo, a darle al estudio un sentido nuevo, porque al ofrecérselo a Dios empezaba a tener un valor mucho más grande del que había tenido hasta ese momento.

Y todo esto que nos cuentas, ¿no chocaba un poco con el ambiente en el que anteriormente te movías?
Claro que chocaba, y de hecho, esos primeros pasos no fueron del todo firmes; me influía la opinión que mis amigas tuvieran sobre mis decisiones. Me faltaba todavía firmeza para vivir los fines de semana con los mismos objetivos que lo hacía el tiempo que estaba en Alcazarén.

¿Qué otros aspectos ayudaron a que en tu vida se fuera dando un cambio tan notorio?
Creo que mis disposiciones empezaron a afianzarse cuando fui a Roma una Semana Santa, y en ello tengo que reconocer que hubo tres acontecimientos que me marcaron especialmente.

En primer lugar ver al Papa Juan Pablo II. Al mismo tiempo, y no se bien explicar su porqué, la emoción que me produjo conocer a don Álvaro del Portillo, entonces Prelado del Opus Dei, a quien yo no conocía. Me caló hondo su cercanía, su cariño y esa paz que irradiaba; tuve la sensación de tener a mi lado un auténtico padrazo.

El tercer hecho importante y definitivo fue el de empezar a sospechar que Dios podía querer un poco más de mí: no sólo de mi tiempo o de una visita al oratorio, sino de una entrega total como Numeraria Auxiliar.

La llamada de Dios es exigente y a veces da miedo, ¿experimentaste esa reacción ante tal circunstancia?
Sí, claro. Mi resistencia, desde un principio, fue total. Por mi cabeza pasaban otros modos de vida dentro del matrimonio; me parecía excelente traer hijos al mundo y formarlos para que se entregaran a Dios, etcétera. Con esos planteamientos intentaba justificar mi falta de respuesta total a esos requerimientos.

Allí, en Roma, visité la cripta donde descansan los restos de San Josemaría y, aunque le pedí que me ayudara a tomar una determinación con valentía, seguí retrasando la respuesta.

¿Te costó mucho dar el paso definitivo?
Un poco. Al volver de Roma pasé un año en el que, sin dejar de asistir a los medios de formación, iba dando largas a ese tema.

Además, ese verano empecé a salir con un chico y duramos hasta el 9 de enero, día del cumpleaños de San Josemaría. En ello vi claramente su mano. Después, un 25 de marzo, tuve la oportunidad de hablar conEncarnita Ortega que me contó que San Josemaría le había dicho que necesitaba un puñado de mujeres valientes para hacer el Opus Dei, me animaron a tomar, días más tarde, la decisión de pedir la Admisión como Numeraria Auxiliar.

Me atraía la idea de ser madre y de hacer de los Centros del Opus Dei un hogar. Me sentía interpelada por la posibilidad de cuidar y velar por el espíritu de familia, con cada pequeño detalle material del cuidado de la casa y de la comida.

¿Qué hay detrás de la entrega como Numeraría Auxiliar que te haya llevado a tomar ese determinación tan importante?
Mi misión, por llamarlo de algún modo, desde entonces ha sido la de poder colaborar en la lucha por alcanzar la santidad de la gente que cuido facilitándoles, al mismo tiempo,  que puedan dedicarse a la labor apostólica y profesional que tengan.

A través de mi trabajo tengo la gran suerte de servir con mil detalles pequeños a las personas que cuido a través de cosas sencillas como rezar por la persona que va a ocupar el sitio de la mesa del comedor que estoy poniendo; al hacer la comida, al limpiar la habitación o planchar la ropa tener en la cabeza a la gente que vive en ese centro o los planes que van a tener ese día… En fin, todos esos detalles que tiene cualquier madre y mujer con las personas a las que quiere, ofreciéndoselos, al mismo tiempo, a Dios.

Actualmente, ¿a qué te dedicas?
Actualmente hago compatible el trabajo de la administración con impartir la asignatura de Preelaboración en el colegio Alcazarén. Me gusta mucho dar clases, porque además de enseñar unos contenidos de cocina, intento ayudar a los alumnos a trabajar bien, valorando no solo las cosas pequeñas de orden, limpieza, etc., sino también la dimensión de servicio y trabajo en equipo, de manera que, a través de ese oficio, puedan forjarse virtudes humanas y mejorar como personas.

“Entendí la Obra como una gran catequesis”

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Elena Rodríguez Vargas es una vallisoletana de 38 años, la mayor de cinco hermanos. Conoció el Opus Dei con 19, a través de Alcazarén, un centro educativo del Opus Dei en Valladolid


¿Cuándo conociste la Obra?

Tenía 19 años, aunque unos años antes ya había oído hablar de ella. Mi mejor amiga y mis primas empezaron a estudiar en Alcazarén. Al ver que ellas asistían después de las clases a medios de formación cristiana, pregunté si no podría ir yo también. Me dijeron que eso era una cosa seria, y me lo tomé con responsabilidad. Por entonces lo que ya estudiaba me permitía trabajar al mismo tiempo y empecé a hacerlo en la administración de un Centro. Esos años de trabajo me ayudaron en primer lugar a poner orden en  mi vida y después a conocer mucho mejor la Obra.

¿Por qué te hiciste del Opus Dei?
Primero porque Dios lo quería, es una vocación, y lo entendí en su momento. Los acontecimientos se van entrelazando y empiezas a comprender tu vida de una forma distinta: todo encaja. San Josemaríadecía que si contásemos el proceso íntimo de nuestra vocación todo el mundo juzgaría que es cosa del Cielo; yo también lo creo. A mí me costó. La pelea interior se intensificó las navidades del 93, y desde el mismo 23 de marzo, día en que don Álvaro del Portillo -el primer sucesor de San Josemaría- fallecía, hasta el 25 de junio, día en que hubiera celebrado en la tierra sus bodas de oro sacerdotales, mantuve una verdadera lucha. Al final me decidí a responder que sí a la voluntad de Dios y puedo decir que debo mi vocación a don Álvaro.

Tu comprensión de la llamada es clara, pero ¿por qué sabes que Dios lo quiere?
Porque conozco mis condiciones. Por ejemplo, es lógico que si soy coja de nacimiento, nadie me pida que compita en los juegos olímpicos corriendo los 100 metros lisos. Lo que se ve tan claro en lo físico, también se ve por dentro. Desde que tenía 16 años iba a Lourdes, como voluntaria, acompañando a enfermos; he ayudado en las piscinas; en los comedores… Ves muchas cosas; pero lo que verdaderamente me arañaba el alma no era la falta de salud, sino la falta de formación sobre la fe católica que encontraba en gente muy buena. Personalmente no siempre hacía las cosas bien, pero cuando fallaba, sabía que lo había hecho mal. En cambio, me encontré con muchas personas que no conocían siquiera que ofendían a Dios. Cuando conocí el Opus Dei, pronto entendí la Obra como “una gran catequesis” (expresión que le gustaba decir a San Josemaría) y esto calmaba mi inquietud.

Una entrega total es exigente hoy en día, ¿ha sido difícil para ti renunciar a un amor en la tierra y formar una familia?
Una vez que Dios me hizo ver que me quería en el Opus Dei, me hizo comprender que necesitaba un amor exclusivo. Esto no quiere decir que me considere autosuficiente; necesito de los demás como cualquiera; para otras personas, el matrimonio es considerado un escalón para el Cielo; en mi caso, el celibato es la rampa por donde yo lo alcanzo. En los dos casos cuesta subir, porque ganar el Cielo requiere esfuerzo.

¿Cómo descubriste que Dios te quería como Numeraria Auxiliar?
La verdad es que no me veo en otro sitio dentro del Opus Dei. El trabajo de la administración saca lo mejor de mí, y no me refiero simplemente a la habilidad manual, aunque ciertamente es una satisfacción poder hacer mejor las cosas cada día, sino a la oportunidad que ese trabajo me brinda para servir a los demás. El servicio es el núcleo de cualquier trabajo.

¿Cómo saca lo mejor de ti misma?
Porque es una escuela de virtudes, un entrenamiento sin el que no hubiera alcanzado humanamente buena parte de lo que ahora soy. Por otro lado, lo que es más importante en la administración, se trata de un servicio directísimo a Dios. En primer lugar, por cuidar los oratorios de los centros del Opus Dei y, en segundo, porque cuidas de personas del Opus Dei. Lo realmente maravilloso de mi labor no es otra cosa que hacer familia, hacer hogar. Los que pertenecemos a la Obra tenemos la conciencia de ser familia porque lo vivimos a diario y lo comprobamos.

¿Podrías poner algún ejemplo?
Pues sí, lo palpo en lo que yo llamo “los milagros de la administración” que son esas coincidencias que hacen que seas oportuna, que des a una persona lo que realmente necesitaba en ese momento. Suceden cosas graciosas, como que venga un invitado y, sin saberlo, prepares su plato favorito; que en un cumpleaños la decoración traiga a la memoria recuerdos de infancia, etc.

¿Y ese servicio es mutuo?

“El trabajo saca lo mejor de mí, la oportunidad para servir a los demás”

Por supuesto. Cada uno en su casa aporta todo lo que puede para dar el menor trabajo posible. En los 15 años que llevo trabajando he visto como cuando llego a limpiar encuentro habitaciones recogidísimas, baños ordenados… En fin, como en cualquier familia, porque donde hay cariño todos tienen cuidado de los demás y lo demuestran a la primera oportunidad.

Para ir terminando, ¿solo te dedicas al trabajo de la administración o lo concilias con otras actividades?
El tiempo que no dedico a la administración lo invierto en la formación de gente joven. Trabajo en un proyecto educativo enfocado a preparar humana y espiritualmente a las personas que frecuentan el centro donde vivo para que el día de mañana sean buenas hijas de Dios, buenas profesionales, ciudadanas y madres de familia, si es el caso. Por descontado mi especialidad es todo lo que favorece el hacer familia. Tengo comprobado que si alguien aprende a convertir su casa en un hogar se gana a toda la familia.


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