Virgen morena de Guadalupe

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

«Hijos míos, durante este mes (…) he ido de romería a Torreciudad, descalzo, a honrar a Nuestra Señora. También he estado en Fátima, descalzo otra vez, a honrar a Nuestra Señora con espíritu de penitencia. Ahora he venido a México a hacer esta novena a Nuestra Madre (…). Y creo que ruedo decir que la quiero tanto como los mexicanos la quieren»`.

Así explicará el Fundador del Opus Dei el motivo principal de su primer viaje a América en 1970. Alrededor de las tres de la madrugada del 15 de mayo, toma tierra el avión que le trae a la capital azteca.

-«He tardado veintiún años en venir a estas tierras»(32).

Se refiere el Padre a la fecha de llegada de sus hijos al Continente americano. Ahora, Dios le ofrece la oportunidad de presenciar cómo ha bendecido al Opus Dei. La presencia de la Obra en América se extiende, en 1970, a dieciséis países, que comprenden más del noventa por ciento del territorio; hay miles de vocaciones de todas las naciones y razas representadas en el Nuevo Mundo; numerosas tareas de formación y apostolado, que abarcan desde Universidades hasta labores de promoción humana y espiritual para campesinos y obreros; personas de todas las condiciones sociales que comprenden, aman y cooperan con el Opus Dei. Un horizonte abierto en el que no se pueden divisar los límites.

El Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden la escalerilla del avión. Don Javier Echevarría llegó a Roma en 1950 a los dieciocho años de edad. Desde entonces ha permanecido junto al Fundador, en este peregrinar universal, entregado con fidelidad al servicio de la Obra. Cuando el Opus Dei encuentre su configuración jurídica definitiva como Prelatura personal, seguirá ocupando el cargo de Secretario General, que ostenta desde el 15 de septiembre de 1975. Durante los años en los que se lleva a cabo la expansión apostólica del Opus Dei por los cinco continentes, trabajará junto al Padre de modo constante. Hoy, en México, son recibidos con emoción por un grupo de hombres que lleva mucho tiempo en esta tierra. Son momentos para recordar aquellas palabras que escribiera el Fundador treinta años antes:

«Olvidad vuestra pequeñez y vuestra miseria, hijas e hijos míos, y poned los ojos y el corazón en este caudaloso río de aguas vivas, que es la Obra»(33).

Como un río silencioso y pacífico, pero también desbordante, es la alegría con que los hijos suyos mexicanos miran hoy el vuelo de este avión que cruza un cielo plagado de estrellas.

Llegan cartas y telegramas de todas las partes de América. El teléfono es una canción continua:

-Les llamo para felicitarnos mutuamente.

-Encomendamos fuerte la estancia del Padre.

-Damos muchas gracias a Dios, y nos unimos a las intenciones del Padre, ante la Virgen de Guadalupe(34)

Realmente, un solo corazón y una sola alma.

Guadalupe no es sólo un Santuario visitado por casi treinta millones de personas al año: es la fe de todo el pueblo unido a la Virgen morena. El 12 de diciembre, conmemoración de una de las apariciones, es fiesta nacional. Desde la víspera, personas de toda la República y mexicanos que viven en el extranjero hacen noche a las puertas de la Basílica para entrar los primeros a saludarla.

Esta devoción se remonta al año 1531. El sábado 9 de diciembre, antes del amanecer, pasaba al pie del cerro de Tepeyac un indio converso, pobre y humilde. Era Juan Diego, que acudía a la primera Misa en la misión. De pronto oye un canto suave, como de una bandada de pájaros. Y al mirar a la cumbre ve una nube blanca y luminosa en medio del arco iris. Una alegría inexplicable pone alas a sus pies y se siente llamado a lo alto del cerro. Sube, y ve una bellísima Señora cuya presencia ilumina los nopales, los espinos y las piedras. Y le habla en su idioma náhuatl:

-«Hijo mío, Juan Diego, a quien amo tiernamente como a pequeñito delicado, ¿a dónde vas?

-A Misa, Señora.

-Hijo mío, muy querido. Yo soy la Siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, y mi deseo es que se me levante un templo en este sitio, donde como Madre piadosa tuya, y de tus semejantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los naturales y de aquellos que me aman y me buscan, y de todos los que solicitaren mi amparo y me llamaren en sus trabajos y aflicciones, y donde oiré sus lágrimas y ruegos para darles consuelo y alivio. Dirás al obispo que yo te envío para que me edifique un templo».

Juan Diego corre al Palacio de fray Juan de Zumárraga, primer Obispo de México. Pero tiene poca suerte en su embajada y retorna, cariacontecido, a dar cuenta a la Señora. Ella le anima. Ha de insistir. Y el Obispo le pide una prueba. Tiene que demostrarle que ha visto, efectivamente, algo sobrenatural. La Virgen le cita para la mañana siguiente. Le dará una señal.

Pero el amanecer del día 12, martes, encuentra a Juan Diego de camino y desalentado en busca de un fraile. Su tío, Juan Bernardino, se muere. Ni siquiera pasa por lo alto del cerro para no detenerse porque el tiempo urge al moribundo. Y la Virgen sale a su encuentro en la falda de la cuesta:

«Hijo mío, no te aflija cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa? No temas por tu tío que ya está sano»(35)

La Virgen le pide que antes de ir a casa del Obispo, suba al cerro y recoja las rosas que encontrará en la cumbre.

Nunca hay flores allá arriba en diciembre. Pero ese día, Juan Diego encuentra un vergel y llena la manta india que le sirve de capa. Muy pronto llega ante el Obispo, que le mira asombrado: pensó que no volvería. Y al desplegar la tilma, caen las rosas al suelo y queda dibujada en la manta la imagen de la Virgen de Guadalupe tal como hoy se venera en México. Sobre el tejido de palma silvestre brillan los colores y las formas de una hermosa Mujer de cabello negro, frente serena y color trigueño. Una túnica rosada y con bordado en oro la cubre por entero. El manto es de color verde mar. Lleva corona real e inclina la cabeza hacia la derecha, con los ojos bajos. Todo el sol de México emerge por detrás como si la respaldara: ciento veintinueve rayos. Un ángel de alas desplegadas carga alegremente con el leve peso etéreo de la imagen.

Pintores de gran prestigio acudirán, llamados por el Virrey, Marqués de Mancera, y el Obispo Zumárraga, a informar sobre a pintura. Entre ellos, Juan Salguero, Tomás Conrado, López de Avalos, Alonso de Zárate. Todos afirman la inexplicable textura y calidad del cuadro. El reverso del tejido es muy áspero y gruesa la trama. El lado de la pintura se palpa con tacto de seda. Los colores y técnica, permanecen intactos en el correr del tiempo. En este siglo se ha comenzado a realizar un estudio científico; sin embargo, el misterio continúa a la luz de los conocimientos técnicos y científicos de alta precisión. El sabio Richard Kühn, Premio Nobel de Química, ha atestiguado que la policromía de la Virgen de Guadalupe no procede de colorantes minerales, animales ni vegetales.

Se ha llevado a cabo un análisis más detallado con alta tecnología por los doctores Callaban y Brant, científicos de la NASA, que, mediante rayos infrarrojos han comprobado que la pintura carece de boceto previo y pinceladas. La imagen ha sido pintada directamente. Y, por último, el doctor Aste Tonsmann ha referido, con técnica de digitalización de imágenes fotográficas, el hallazgo de figuras humanas de tamaño infinitesimal en el iris de la Virgen. Figuras que componen una escena equiparable al episodio relatado en náhuatl por Antonio Valenciano en el Nican Mopohua del siglo XVI.

El Padre, al llegar a México, había comentado:

«Cuando vaya a la Villa, tendréis que sacarme de allí con una grúa».

Y lo mismo le repite al Arzobispo, Cardenal Miranda, cuando va a visitarle. Y el Cardenal, que le ha invitado repetidas veces a cruzar el Atlántico para visitar a la Virgen Guadalupana, contesta sonriente:

-«Pues no seré yo quien llame a la grúa».

Está encantado de tener en su país al Fundador de la Obra, y cuando le saluda con una abrazo, dice:

-«¡Por fin lo conseguimos!, ¡por fin lo conseguimos! »(36)

El sábado 16 de mayo, el Padre inicia sus visitas a la Virgen Morena, que se prolongarán durante nueve días. Le acompañan don Álvaro del Portillo, don Javier Echevarría y tres personas más. Un pequeño grupo que se acerca, discretamente, a la Basílica. Acaban de dar las seis de la tarde. El Padre entra, deprisa, con la juventud y el ánimo de quien tiene, desde siempre, una cita gratísima e importante. Llega hasta el presbiterio y se arrodilla. Allí permanecerá largo tiempo rezando, con la mirada puesta en la Virgen.

Suena un reloj distante con campanadas de metal. Don Álvaro del Portillo se acerca al Fundador: «Padre, llevamos dos horas y estamos rodeados de gente del Opus Dei…».

Mientras hacía su oración, han ido llegando hijas e hijos suyos mexicanos. La Basílica se ha poblado de caras conocidas que rezan, todos a una, por aquello que el Padre está poniendo a los pies de la Virgen.

Los siguientes días ocupará una tribuna alta, localizada sobre el presbiterio, a la derecha de la imagen, desde donde la puede ver con intimidad. Allí pasa varias horas con la Señora. Durante cuarenta días de permanencia en México, el Padre verá a más de veinte mil personas de toda América. En una tertulia, alguien le pregunta qué se puede decir a los que se olvidan de la Virgen:

-«¿Has oído aquellas palabras del Señor cuando, para manifestar su cariño, dice: pero, es posible que una madre se olvide de sus hijos? Aunque eso sucediera, yo en cambio no me olvidaría del amor que os temo. Pues tampoco los hijos nos podemos olvidar de la Madre» Madre»(37).

El indio, por temperamento, es reservado, silencioso. Puede seguir con gran interés una conversación pero mantiene el silencio. Junto al Padre el comportamiento es distinto: los mexicanos campesinos del Valle de Amilpas hablan con él, se ríen, dejan al descubierto la sencillez y el afecto de su corazón.

Y porque les ve y comprende el idioma de su corazón, se hace cargo de sus problemas humanos y sociales, del estado de pobreza de las gentes del campo. Traza los proyectos de vivienda dignas para los campesinos de la zona cercana a Montefalco; se interesa por la formación que reciben los nativos en esta gran escuela profesional que ha representado un esfuerzo gigantesco; se vuelca con las familias de las nativas que acuden a las escuelas del Opus Dei en toda la zona de México.

«Estamos preocupados de que mejoréis, de que salgáis de esta situación, de manera que no tengáis agobios económicos… Vamos a procurar también que vuestros hijos adquieran cultura: veréis como entre todos lo lograremos, y que -los que tengan talento y deseo de estudiar- lleguen muy alto (…). Y ¿cómo lo haremos? ¿Como quien hace un favor?… No (…), ¡eso no! ¿No os he dicho que todos somos iguales?»(38).

El 16 de junio se reúne en Jaltepec, a cincuenta kilómetros de Guadalajara, en el Estado de jalisco, con sacerdotes del Opus Dei que trabajan en México, y con otros muchos que participan de los medios de formación de la Obra. Llegarán desde muy diversos puntos, con la ilusión de tener una charla amable, prolongada y filial con el Fundador de la Obra.

«Estoy muy contento en México, entre otras cosas porque aquí he encontrado un anticlericalismo sano, como el que suelo predicar. Bien es verdad que lo tenéis como fruto de una gran persecución a la Iglesia, pero gracias a Dios ya aquello pasó: entiendo que sabréis mantener siempre el equilibrio que ahora tenéis.

No quise venir sin que lo supieran las autoridades (…), y de vuestros gobernantes no he recibido más que atenciones».

Conversará con estos sacerdotes de los temas que deben ocupar el corazón de los ministros de Cristo: del trabajo entre las almas, de su dedicación total, de su entrega incondicional y de servicio constante.

«Todo el corazón nuestro es para Cristo y -a través de Cristo- para todas las criaturas, sin singularidades»(39).

Les habla de humildad: esa virtud que hace al hombre grande a pesar de sus errores; de la vocación inmensa a que han sido llamados por Dios desde la eternidad. De la ayuda de unos para otros. De esa fraternidad que distingue, inconfundiblemente, a los hijos de Dios.

«No estáis solos. Ninguno de nosotros puede encontrarse solo. Y menos si vamos a Jesús por María, pues es una Madre que nunca nos abandonará»(40)

Pasa el tiempo, entre preguntas y respuestas rápidas, el buen humor del Padre y la alegría espontánea que produce su presencia. Cae fuerte el sol de media mañana y una bruma blanda desciende sobre las aguas de la cercana laguna de Chapala.

El 22 de junio, víspera de su regreso a Roma, el Padre está reunido con un grupo de hijos suyos. Alguien pulsa una guitarra:

-«Padre, es una antigua canción popular. Dicen que es demasiado dulzona, pero a mí me gusta. El comienzo es un poco lento»:

«Quiero cantarte, mujer,

mi más bonita canción,

porque eres tú mi querer,

reina de mi corazón…».

Y, de pronto, el Padre se pone de pie:

-«¿Por qué no vamos a la Villa todos a cantarle eso a la

Virgen, a darle nuestra serenata?»(41).

El asentimiento es unánime. A las 8,30 de la tarde, todos en la Basílica de Guadalupe.

Media hora antes la iglesia empieza a vaciarse de peregrinos. Pero, en lugar de quedarse el recinto en una penumbra solitaria, hoy se llena a tope de una concurrencia entusiasta. Los encargados del mariachi llegan con sus guitarras y se sitúan en el lugar apropiado. Ya está abarrotada la Villa. Viene el Padre, y los conserjes cierran las puertas. Otra vez, como el primer día de su llegada, el Fundador se arrodilla ante la Virgen de América. Luego entona la Salve, que cantan, unánimes, sus hijas e hijos reunidos en esta despedida imprevista. Se queda en el presbiterio, rodeado de sacerdotes. Los hay ya mayores, encanecidos por el trabajo y el tiempo, y muy jóvenes; todos unidos en un solo afecto. Rompen el silencio las guitarras:

«Tuyo es mi corazón,

oh sol de mi querer».

Después entonan «La Morenita» y, así, una y otra letrilla. La emoción cunde, porque allí está un gran trozo del alma de México: se han reunido junto al Padre todos los que recorren este camino de fidelidad a Cristo que es el Opus Dei.

Al empezar la tercera canción, el Padre se levanta y sale de la Basílica, mientras sigue sonando otra canción a la Virgen: «¡Gracias, por haberte conocido!… »(42). Después se hace el silencio. La gente abandona la nave y se apagan las luces. Los coches regresan a la ciudad mientras cae una lluvia fina, casi imperceptible. Se diría que el cielo mexicano también ha sucumbido a la emoción sencilla y entrañable de este adiós.

Al día siguiente, un avión llevará a Monseñor Escrivá de Balaguer camino de Roma. Allá en Montefalco, junto a los viejos muros de la iglesia, quedan unos árboles que ha plantado antes de partir. Pasados los años, cuando el tiempo los haya apuntalado, su sombra dará paz al caminante.

Cerca de Jaltepec, el cuadro que representa a la Guadalupana dando una flor al indio Juan Diego guarda una petición del Fundador:

-«Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor…

Y, después de un silencio, añade:

-«Sí, me gustaría morir ante este cuadro, con la Virgen dándome una rosa»(43)

De romería

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En abril de 1970, el Padre sale de Roma camino de Madrid. Su propósito es acercarse hasta Torreciudad como peregrino. En la capital de España, permanece varios días alojado en Diego de León. Allí, sobre un mueble cubierto por un terciopelo rojo e iluminada por dos focos, está la Virgen de Torreciudad. Ha sido parcialmente restaurada, apareciendo el color oscuro de la madera y las líneas auténticas de la talla. Ahora va a ser revestida con una lámina de oro que sirva de protección. Solamente la cara y las manos permanecerán al aire.

«Eso cuesta poco, porque la imagen es pequeña y la lámina muy delgada. Allí no habrá ninguna riqueza que atraiga a los ladrones. No se trata de poner riqueza, sino de  poner amor. Aunque se emplearán materiales nobles» (19)

Cuando el Padre entra por primera vez en la habitación en que está colocada la imagen, cruza el umbral con prisa, fijos los ojos en Nuestra Señora. Y repite, al mirarla despacio:

-«¡Es preciosa!»

Y se queda unos minutos a solas con la imagen. Luego, ante los que le acompañan, besa los pies de la Virgen y los del Niño, y reza:

-«¡Perdóname, Madre mía! Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma.

Me da mucha alegría venir a besarte, y me da mucha alegría pensar en los miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán»(20).

Durante el tiempo que la imagen permanece en Diego de León, recibe la compañía frecuente del Padre. Siente como un compromiso de acudir junto a Ella:

«Voy a rezar a la Virgen con un espíritu de romero del medioevo»(21).

El lunes 6 de abril, parte el Fundador camino de Zaragoza. Está muy alegre de ir a las tierras del Somontano. El día 7 celebra Misa en la Residencia de Miraflores y sale hacia El Pilar. No quiere pasar de largo por la ciudad sin acercarse a esta Capilla que encierra tantos recuerdos de su vida, tantos deseos acumulados en su alma durante aquellos años en los que, diariamente, acudía a sentir el cariño y la protección de Nuestra Señora.

Inmediatamente después, cruzan el Ebro por el puente de Santiago y enfilan la ruta de Huesca. No se detienen en Barbastro. Apenas les da tiempo a ver, sin bajarse del vehículo, la Catedral, el Coso y la placidez del río Vero, que sigue discurriendo más allá del tiempo. Cerca de las once de la mañana llegan al pueblecito de El Grado, donde se inicia la presa del mismo nombre. Desde aquí comienzan a perfilarse ya, en el horizonte, los andamios y las estructuras de hormigón de Torreciudad.

Un kilómetro antes de llegar a la ermita, le esperan los arquitectos y los que dirigen las obras. El Padre se baja del coche y saluda a todos con cariño. Después, rápidamente, se descalza para hacer su romería a la Virgen durante esta última parte del camino. Todavía no están asfaltadas las vías de acceso. Una grava fina y cortante cubre la carretera. No permite que le secunde nadie. Le acompañan contestando las Avemarías que recita con voz fuerte, distinta, sin monotonía. El Rosario tiene matices de saludo, de anunciación alegre.

«Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Amo a la Trinidad Beatísima. Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo. Creo en la Trinidad Beatísima. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Espero en la Trinidad Beatísima. Amo a mi Madre la Virgen. Creo en mi Madre la Virgen. Espero en mi Madre la Virgen»(22).

Al cabo de un buen rato de camino, alguien aventura la insinuación de que vuelva a ponerse los zapatos:

«Después de sesenta y seis años, es bien poca cosa lo que estoy haciendo por la Virgen. Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario»(23).

Al llegar a la ermita, se arrodilla en las gradas del altar; enciende unas velas y reza una oración corta.

Más tarde explicará a todos lo bella que es la imagen de la Virgen que se está restaurando en Madrid.

«Han quitado gran cantidad de pintura vieja, porque se ve que a veces le daban capas de pintura con brocha gorda (…). Tendréis que cuidar mucho la imagen, no sea que alguno, por llevarse cuatro cuartos, nos robe la mitad de nuestro corazón. A mí, me robaría el corazón entero» (24)

Acompañado de don Álvaro del Portillo, don Javier Echeverría y don Florencio Sánchez Bella, sube hasta la zona de obras. Cae una lluvia fina, y allí, junto a las excavaciones, explican los arquitectos cada uno de los futuros cuerpos de edificios y detalles de las construcciones.

La mayor parte se realizará en ladrillo, que dibujará formas geométricas. El interior del Santuario estará separado de la explanada exterior por un atrio con pórtico de columnas al que se accederá por una escalinata de piedra. También habrá un altar al aire libre en un ángulo de la explanada. El retablo de la iglesia será tallado en alabastro, de fácil manejo para los imagineros. En la cripta del Santuario existirán tres capillas, que han de presidir otras tantas advocaciones de la Virgen: Guadalupe, el Pilar y Loreto. Aquí se van a instalar cuarenta confesonarios, porque Torreciudad es un lugar de penitencia, de acercamiento a Dios, de fraternidad cristiana. Por eso, el Sacramento de reconciliación, de humildad y amor que es el perdón de los pecados por parte del sacerdote, en nombre de Cristo, ocupa un gran espacio.

En este momento, sólo existe el gran boquete que han abierto las excavadoras para echar los cimientos. El Padre bendice ya esta zona de los futuros edificios.

La torre del Santuario llevará en su coronación un carrillón con doce campanas de bronce que dejarán oír su Ángelus a muchos kilómetros de distancia. Un saludo a María cuyo eco se adentrará en la tierra alta del Pirineo. Se calculan dimensiones de 53 metros de longitud, 24 metros de anchura y 24 metros de altura para los interiores de la iglesia. En estos momentos, toda la explanada es un magma de grúas, cemento, ladrillos y materiales que se apilan esperando su perfil definitivo. También hay un proyecto de cierre porticado para abrazar la explanada, que tiene una extensión de 20.000 metros cuadrados.

El Padre lo recorre todo. La jornada es agotadora pero fecunda. Bendice a cuantos están trabajando, por su cariño y tesón en una obra de tal envergadura. Unos años después, cuando vea el Santuario prácticamente acabado dirá: «Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos. Lo habéis hecho muy bien (…). Pero hay que llegar hasta el final (…). ¡Qué bien se va a rezar aquí!… »(25)

Regresa ese mismo día a Zaragoza. Cuando las torres de El Pilar aparecen de nuevo, frente a la carretera, comenta:

«Estoy muy cansadico, pero tengo mucha confianza en la honradez cristiana de todos mis hijos y en su deseo de ser muy(26)fieles» .

Piensa, sin duda, en tantos como han sacrificado un sueño, una comodidad, un gusto, o incluso una parte importante de lo necesario, para costear Torreciudad. Después de la muerte del Fundador, don Álvaro del Portillo comentará:

«Hay gente murmuradora que ha dicho barbaridades… Se ha gastado mucho, pero a base de reunir muchos óbolos como el de la viuda: tantos sacrificios, tantas limosnas. Una familia -y eso ya no son las dos blancas de la viuda- que llevaba años y años ahorrando para construir una casa de descanso, entregó todos esos ahorros para Torreciudad. Los murmuradores no quieren entender que la gente se ha sacrificado por amor a la Santísima Virgen».

Todavía se guarda en Roma aquella carta de una formidable familia argentina:

«Querido Padre: Estos billetes parecen dinero, pero no lo son. Son sueños, ilusiones forjadas durante 24 años; planes de conocer Roma, Europa, en nuestras bodas de plata (…).

Desde hace años se sumó a esas ilusiones la más grande: visitar, ¡conocer al Padre! Tanto mi esposa como yo, pertenecemos a la Obra desde entonces, así como también dos de nuestros cuatro hijos.

Pero, como el Padre vino a nosotros, pensamos que todo lo demás no tiene importancia. En consecuencia, le rogamos que acepte esta donación para el Santuario de Nuestra Madre de Torreciudad» (27).

Otro matrimonio envía una pulsera de oro con ocho medallas. Son los aniversarios de nacimiento de sus hijos. El orfebre funde todo en la masa noble que ha de convertirse en una patena para ofrecer el pan de la Eucaristía. Cada vez que se alza esta patena, no es oro, sino vida, lo que llega a los pies del Señor y de la Virgen de Torreciudad. Es la vida de aquellos que desean «cantar y bendecir el nombre de Dios, anunciar de día en día su salvación, celebrar su gloria entre las gentes y llenar de luz los pueblos con sus maravillas».

La Primera Misa

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EL AMOR DE MI ALMA

«Dentro de unos minutos -decía en cierta ocasión Monseñor Escrivá de Balaguer- me llegaré, con este hijo que me acompaña, a celebrar la Santa Misa: a tener un encuentro personalísimo con el Amor de mi alma. Y este hijo mío me recordará -al contestarme con las palabras de la liturgia- que me estaré acercando al altar de Dios que alegra mi juventud. Porque soy joven, y lo seré siempre, ya que mi juventud es la de Dios, que es Eterno. Jamás podré con este amor sentirme viejo.

Después besaré el altar: con besos de amor. Y tomaré el Cuerpo de mi Dios, y el cáliz de su Sangre, y lo levantaré sobre las cosas todas de la tierra, diciendo: “Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso”: ¡por mi Amor!; ¡con mi Amor!; ¡en mi Amor!»(15).

Esta protesta de juventud, en su corazón enamorado del sacerdocio, echó sus raíces definitivas el 28 de marzo de 1925. Es en esta fecha cuando se consuma la vocación que le ha llevado al Seminario. Su ordenación sacerdotal ha tenido lugar en la iglesia de San Carlos`. Ofició la solemne ceremonia don Miguel de los Santos Díaz Gómara, siendo ya Obispo preconizado de Burgo de Osma y Presidente del Real Seminario de San Carlos; el Rector de San Francisco de Paula era el sacerdote don José López Sierra. Los documentos relativos a la ordenación están firmados por José Pellicer, Vicario Capitular. Hay un dato de interés: el día 28 de marzo de 1925 era sábado: un regalo para Josemaría, que no ha dado un paso en el camino de Dios sin pedir la ayuda, el cariño y el apoyo de la Virgen.

Dos días más tarde, el 30 de marzo de 1925, celebra su primera Misa solemne en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar de Zaragoza. Hay muy pocos invitados, apenas una docena, que pertenecen a la estricta intimidad de la familia.

La Santa Capilla está resplandeciente, a las diez de la mañana. En la gruesa barandilla de plata se agrupan las velas encendidas por la fe y el amor de los aragoneses a su Patrona. Grandes goterones de cera convierten la devoción en holocausto. A la derecha, la Virgen, con su corona y manto. En el centro, el altar principal, obra del escultor Ramírez, que presenta la venida de Nuestra Señora entre nubes y ángeles. A la izquierda, el grupo escultórico de Santiago y los Convertidos, en otro maravilloso relieve de alabastro. Es en este altar, que la voz popular llama «de los convertidos», donde celebra solemnemente el Santo Sacrificio don Josemaría Escrivá.

El tiempo hace confluir en este momento toda una sucesión de gracias y exigencias de lo Alto que han marcado la vida de este joven sacerdote: el día aquel en que la huella de unas pisadas en la nieve levantó la divina inquietud de la entrega a Jesucristo; la conversación con su padre y su decisión al sacerdocio; las dificultades, y también la piedad y el amor, que encierran sus años de Seminario; su caminar firme y ardiente por aquella ciudad apuntalada por santuarios.

La ceremonia se realiza de un modo sencillo y despacioso, porque Josemaría dice siempre que los enamorados no tienen prisa para despedirse. Y hoy, día en que sus palabras harán venir a Jesús hasta la tierra, las oraciones salen de su corazón. Cuando se vuelve a dar la Comunión a los fieles tiene el deseo de hacerlo, en primer lugar, a su madre. Doña Dolores Albás, con las señales de su reciente dolor aún en el gesto, se aproxima. Pero una buena mujer, que asiste a la Misa desde lejos, se cruza y se adelanta. Este trastrueque inevitable ha roto una pequeña ilusión que traía hoy en el alma. Pero hasta ese menudo detalle ha de ofrecer en el último momento. Así paladea, a la vez, el gozo y el sacrificio de este día.

En las cúpulas de la Basílica del Pilar, los ángeles de Goya, los suaves y nítidos firmamentos de Bayeu son, en este 30 de marzo de 1925, la representación plástica del amor universal del nuevo sacerdote.

Torreciudad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1956, don José María Hernández de Garnica, don José Orlandis y José Manuel Casas Torres viajan hasta la ermita de Torreciudad, a orillas del Cinca. Van a rezar ante la imagen bajo cuya advocación Josemaría Escrivá de Balaguer, en la infancia, curó de una enfermedad mortal. Tiempo después propondrán a las autoridades eclesiásticas y civiles la restauración del recinto y de la talla, que data del siglo XI. Capas de pintura y vicisitudes históricas han desfigurado la primitiva ingenuidad y elegancia de esta Virgen románica.

La gestión es positiva y, durante años, se prepara la organización de un Patronato promotor de las obras que habrán de acoger, en el futuro, un Santuario en honor de Nuestra Señora y un cuerpo de edificios destinados a diversas actividades sociales.

En 1966, el Obispo de Barcelona, don Gregorio Modrego, escribe al Presidente del Patronato:

«Con íntima satisfacción de aragonés y ferviente devoto de la Santísima Virgen he tenido noticia de la constitución del Patronato del Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad para restaurar completamente la ermita y devolver a su antiguo esplendor el culto a la venerada imagen, que tan celosamente y con filial afecto han guardado los vecinos de Bolturina.

La tradición y la historia nos recuerdan momentos heroicos y vicisitudes…, en los cuales los cristianos acudieron a la imagen de la Santísima Virgen, en devotas peregrinaciones implorando su maternal protección. Restaurar tales santuarios es ofrecer lecciones de vida cristiana… a las generaciones presentes.

Por eso alabamos el gesto de caballeros de los territorios que integraron la Corona de Aragón, los cuales han emprendido la restauración, a que nos referimos, y nos place que hayan sumado a su esfuerzo al Opus Dei que tanto estima ese lugar aragonés y la advocación mariana de Torreciudad por la relación que guarda con su venerable Fundador».

En el mismo sentido se reciben numerosas cartas de personalidades del ámbito religioso y civil: el Obispo de Barbastro, el Presidente de la Diputación de Valencia, el Alcalde de Barcelona. Además, hay testimonios de alegre colaboración por parte de los habitantes de este Somontano que reza y visita, desde hace siglos, a su Virgen de Torreciudad. Un campesino de los más entusiastas de la ermita comenta, mientras siembra trigo a voleo en las tierras de su afán:

«Están haciendo un Santuario nuevo allí (…). Está muy bien que haya quien lo haga, que la Virgen y el mundo estarán muy contentos»(15)

Ya en 1955 el. Fundador de la Obra habla en Roma de la ermita apoyada en la orilla del Cinca y de los proyectos de restauración. En estos años las dificultades económicas son inmensas. No hay dinero, pero la fe del Padre sueña planes de gran envergadura en honor de la Virgen. Les dice que será un lugar de peregrinación al que acudirán personas de todas partes del mundo, para honrar a nuestra Madre.

En 1966 hay ya un anteproyecto por parte de ingenieros y arquitectos. Y se empieza a trabajar con vistas a la futura edificación. El Padre seguirá los planos, dejando a la vez amplia libertad a quienes van a llevar las obras para convertir en realidad uno de sus grandes deseos. O mejor, según dirá él mismo, una de sus grandes locuras: hacer un despliegue de amor para María, la Madre de Cristo.

Ya en los primeros momentos llegarán hasta el Patronato aportaciones económicas de todo el mundo. Desde Japón a Kenia, Filipinas, Argentina, Estados Unidos y los países de Europa, colaborarán en esta universal devoción que no conoce otros intereses ni fronteras. Las regiones de España estarán unidas a este proyecto en el que van a volcarse tantos esfuerzos, tanta dedicación y esperanza.

Para dar constancia de ello, unos grandes carteles escritos en castellano, catalán, francés, italiano, portugués, inglés y alemán, jalonan la ruta montañera de Torreciudad con el siguiente texto:

«El Santuario y las obras sociales anejas se construyen con la generosa ayuda de muchas personas movidas por su amor a la Santísima Virgen. Agradeceríamos su donativo».

Durante una reunión con universitarias en Roma, en el año 1974, el Padre responde a una pregunta acerca del amor a la Madre de Dios:

«Sé muy devota de Nuestra Señora. A los del Opus Dei nos lo critican a veces. A mí me critican porque estamos levantando una iglesia muy grande, un santuario -el Santuario de Torreciudad-, con muchas obras sociales que están funcionando. Allí no se ha empleado más material que el de aquella tierra: ladrillo de por allí, piedra de por allí; piedras viejas de edificios antiguos que se han tirado y que nos han regalado (…). Se hace con limosnas de todo el mundo. Limosnas pequeñas, y menos pequeñas (…). Ha llegado ayuda hasta del Japón y de Nigeria, para poder hacer aquello» (16).

También en 1972, a un grupo numeroso de personas, les había explicado:

«En estos momentos, cuando se niegan en tantos sitios los privilegios de la Madre de Dios; cuando quienes deberían dar luz, están en la oscuridad y no dan más que sombra; cuando los que deberían ser fortaleza, son debilidad; cuando los que deberían derrochar gracia de Dios, derrochan tentaciones diabólicas y mala doctrina, y atacan sin piedad a la Madre de Dios diciendo también que ya no es tiempo de Santuarios a la Virgen… Pues, en estos momentos, estamos levantando entre todos ese Santuario maravilloso, donde habrá tanta piedad y tantas obras sociales, y donde esperamos que la Virgen Santísima derroche las gracias de su Hijo directamente en las almas, calladamente. Y, de paso, damos testimonio de que la devoción a la Virgen no se ha superado. Un cristiano tiene que amarla sobre todas las cosas de la tierra, después de Dios; porque más que Ella, sólo Dios»(17).

Una tarea ingente y difícil se abre ante los constructores de Torreciudad: hay que explanar terrenos de roca, abrir carreteras, llevar a cabo el tendido eléctrico y procurar conducciones de agua. Todo se proyecta en grandes dimensiones, porque la fe del Fundador apunta a centenares de miles de peregrinos que, un día no lejano, se acercarán a este Santuario. Comienzan las obras. Hace algunos años que se ha construido el embalse de El Grado. Lo que eran torrenteras y rápidos encrespados del Cinca se ha convertido en un remanso verdiazul que roba muchos metros a la roca. Tantos, que su nivel llega a besar, casi, los pies de la ermita.

El equipo de artesanos y arquitectos se encarga de adquirir, por los pueblos de la tierra, viejos materiales procedentes de casas en trance de desaparición. La emigración ha despoblado extensas zonas en el Somontano. En ellas quedan aún, abandonados, recios

edificios, ruinas de casas y de molinos. Todo ello condenado a la destrucción.

Los dueños, en muchos casos, cederán gratuitamente estos materiales en la esperanza de que sean útiles al Santuario. En los planos de cada edificio se van dibujando huecos para los arcos, sillares, rejas, puertas y ventanas. Unas 130.000 tejas integran todas las cubiertas, adquiridas de multitud de edificios en ruinas. Dentro se instalarán más de cien puertas rescatadas a derribo. Los equipos técnicos se preocupan por adaptar las construcciones al paisaje aragonés y hacerse con estos materiales del país. Tal esfuerzo supondrá, además, una importante economía en los presupuestos.

Trescientos obreros de la zona intervienen en las obras, que dan comienzo el 12 de octubre de 1968. La ermita es la que primero protagoniza los trabajos de consolidación y restauración. La capilla adquiere un nuevo retablo, y la hospedería adjunta se acondiciona para vivienda de los encargados del proyecto.

Hasta el 2 de febrero de 1970 no darán comienzo, propiamente, los cimientos del Santuario. Durante este tiempo se han abierto las carreteras de acceso; los aparcamientos ofrecen ya espacio a gran número de vehículos. Los cerros próximos, áridos y roqueños, empiezan a apaciguar el sol con una abundante repoblación forestal. Los muros de piedra ofrecen una sólida contención de tierras. Pocas veces, como en este lugar sereno, de adusta belleza, se podría concretar aquella frase de la Escritura esculpida en un corredor de Molinoviejo:

«A través de los montes, las aguas pasarán» (18).

No ha existido obstáculo que no se haya terraplanado hasta llegar, al fin, a esta gran explanada donde va a levantarse el Santuario que albergará a la Virgen y, con Ella, los edificios que ofrecerán la formación adecuada a tantos hombres y mujeres de éstas y otras tierras lejanas.

A Torreciudad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estamos en el año 1904, y el hogar de los Escrivá y Albás ve crecer con normalidad a Carmen y Josemaría. Pero el dolor va a ser protagonista de la casa en breve plazo. Un día, el pequeño amanece gravemente enfermo.

Don Santiago Gómez Lafarga, médico amigo de la familia, acude y examina a Josemaría. También lo hace el doctor don Ignacio Camps Valdovinos. Se trata de un cuadro infeccioso maligno; la fiebre es alta, los tratamientos sólo paliativos. Temen lo peor. Por esta época, en España, la mayoría de los niños que se ven aquejados por un cuadro semejante mueren en pocas horas.

Sus padres permanecen junto al lecho sin otra solución que esperar el desenlace. Los médicos han dicho que no hay remedio alguno: el niño ha de morir en breve plazo.

Y es aquí y ahora, en este momento solitario en que una madre está junto a su hijo que agoniza, cuando el corazón de doña Dolores se vuelve suplicante a la escarpadura de los montes. En un lugar natural, casi salvaje, junto a las crenchas de la roca pirenaica y el agua resonante del Cinca, hay una Virgen, románica de origen, que tiene un Niño entre las manos. Y desde largos años, los campesinos, letrados, hombres de ciudad, de lejos y de cerca, le han confiado males incurables.

Sin esperanza alguna en la ayuda de los hombres, esta mujer pide la curación a la Virgen morena y milagrosa de “Torreciudad”. Que así se llama la atalaya donde la Señora se hace cargo de la fe y del dolor de los que la reclaman.

Es de noche, y los doctores han pronosticado que el niño no llegará a ver un nuevo día. Todos en la casa velan el estupor inquieto del pequeño. Apenas un ruido rompe lo. quietud de la plaza de Barbastro. Pasan las horas despacio. Cuando el sol asoma sobre el Pirineo, el niño duerme tranquilo bajo el cuidado constante de sus padres. La fiebre ha desaparecido. -

La ciudad pone en marcha el quehacer del nuevo día, y don Ignacio Camps acude al hogar de los Escrivá. Su voz tiene un interrogante resignado:

-«EA qué hora ha muerto el niño?».

Le responden, gozosos, don José y doña Dolores:

-«No sólo no ha muerto, sino que está perfectamente»(4)

La alegría inunda la casa. El pequeño está curado. Tiene fuerzas y se sostiene perfectamente en pie, agarrado a los barrotes de madera de la cuna.

Doña Dolores, de acuerdo con su marido, ante el pronóstico inicial, había hecho una promesa: si se cura, cuando llegue el tiempo menos frío subirán los dos con Josemaría haciendo la larga y dura caminata que siguen los romeros, desde siglos, para llegar a la roca de “Torreciudad”. A partir de ahora, están llenos de seguridad y de confianza: su hijo vivirá. Y un día, en el correr del tiempo, ese hijo sabrá agradecer a la Virgen montañera la gracia de la salud y de la permanencia en el apasionante mundo de los hombres.

Años más tarde, su madre contará a Josemaría cómo fue aquella primera ascensión camino de los barrancos pirenaicos. Iba doña Dolores a lomos de una mula aderezada con silla a la española. Fuerte la albarda y prieta la cincha; ronzal y bocado bien seguros. El niño, envuelto en una manta flexible y abrigada. Y don José Escrivá delante, cuidando todos los pasos del camino.

Son incontables las almas que han podido andar aquellos peñascales, camino de un favor, desde que la Señora domina aquel paisaje. Dice el historiador López Novoa (1861)(5), al hablar de la Virgen de Torreciudad: «ha sido grande la devoción que siempre se le ha tributado, y muchos los prodigios y milagros que se le atribuyen».

Está la ermita de Nuestra Señora de los Angeles de Torreciudad en un lugar quebrado, apuntalada en la roca que se adelanta sin miedo hacia el abismo. Dice una tradición popular que, en 1084 -poco después de la reconquista de aquellos lugares-, comenzó a venerarse cerca de Bolturina una imagen hecha de una pieza, de madera de álamo o carrasca, y a cuyo alrededor se arropaban los cristianos en tiempos de guerra contra la invasión árabe. Los castillos del Grado y Torreciudad, frente a frente, defendían la salida del río Cinca como dos buenos guardianes y vigías de las riberas y huertas que empiezan más allá de esta angostura. Todavía queda en pie una torre cilíndrica junto a la orilla izquierda que, aunque ya herida por el tiempo, se resiste a caer y amontonarse en el olvido. Aún aploma sus veinticinco metros de altura sobre un círculo de cuarenta pasos, por metro y medio de espesor en el muro circular.

A pesar del ejército cristiano y de los dos centinelas instalados en las peñas, los árabes llegaron hasta el valle y la Virgen empezó, en el siglo XI, la oscuridad de su primer exilio. La imagen había sido escondida algunos años antes, cuando el lugar permanecía aún bajo el dominio árabe, en una oquedad profunda y peligrosa para que nadie pudiera descubrirla. Sólo el vuelo seguro de las águilas y el rumor pedregoso de las aguas del río la acompañaron durante un lapso de tiempo que fue largo. Cuando la breña volvió a poder de los cristianos se encontró la imagen, a medio cubrir por su escondite, y se dio cuenta gozosa del hallazgo(6).

La talla, obra de un artista popular de segunda mitad del siglo XI, tiene una grave sencillez fijada en la madera oscura; está sentada en una silla y con el Niño Jesús delante de su pecho. Las manos de la Señora protegen al Hijo en ambos lados; él tiene actitud de bendecir con la derecha y sostiene en la otra un libro abierto. Sancho Ramírez, conquistador del Reino frente al sarraceno, se ocupó de que la antigua mezquita pasara a ser iglesia ermitaña de la imagen; quiso también que los artistas restaurasen las inclemencias que el tiempo y abandono habían dejado declinar sobre la Virgen. Por eso se cubrió, desde esta fecha, con estofado y yeso en abundancia que sirviera de base a la policromía(7). Y así se encontraba dentro de la ermita, cuando don José Escrivá y doña Dolores Albás decidieron llevar a su segundo hijo en aras de agradecimiento. Como un cantar místico y sencillo de Berceo, allí está la Señora, grave, ingenua y sonriente. Como el entorno.

Veinticinco kilómetros largos hay desde Barbastro a “Torreciudad”, y en trechos muy frecuentes, ya cerca de la ermita, el camino se vuelve peligroso. Las caballerías van con paso lento, tanteando el sendero, porque hay grietas escondidas que se abisman desde cuarenta o cincuenta metros de su altura. El aire sopla fino y juega, en el silencio, a mover el tomillo y la retama. Huele a monte y a río, a campo abierto. Y se oye rezar a los que avanzan, camino de la ermita, para pedir un don o agradecer lo que ya ha sido recibido.

Doña Dolores lleva a Josemaría en su regazo. El niño está ya sano y fuerte; el camino, aunque difícil, no ha cansado a ninguno de los dos. Aparece la ermita. Allá lejos se asoma el Pirineo.

A la Virgen de Torreciudad presentan el pequeño que ha estado a punto de morir sólo unos meses antes. Saben que pertenece por entero a la Señora, que ha querido dejarle sobre el mundo. Y, con generoso arranque, vienen a entregarlo en manos de la Reina de los Angeles, para que sea respaldo y garantía que proteja la vida de su hijo.

Fuera suena el eco de la campana, entre bronco y festero, por las encrucijadas; parecen contestar desde los puntos cardinales del cielo las del Grado, Puy de Cinca, Clamosa, Mipanas, La Penilla y San justo. Vuelven los romeros camino de Barbastro una vez descansados, cuerpo y alma, a la Hostería.

Don José Escrivá, con su alegría inalterable, espanta los miedos que pueden aparecer por la angostura del sendero. Es hombre de palabra: si doña Dolores empeñó una promesa con Nuestra Señora, ahí los ha traído a los dos al pie de su atalaya. El camino de vuelta es doblemente feliz, porque tras ellos viene ya la protección de la Señora. Empieza a atardecer sobre Barbastro: todo presagia paz. Misión cumplida.


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