Moncloa, residencia universitaria

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hace tiempo que la Residencia de “Jenner” resulta insuficiente para la atención de los estudiantes que la frecuentan. El dueño de la casa, aunque se prestó de buen grado a la instalación, ahora quiere disponer del piso. El Padre tiene que intervenir directamente, y consigue que mantenga el contrato durante el tiempo imprescindible para terminar el curso.

Esta situación pone en movimiento a los residentes y chicos que comparten las actividades de la casa: hay que encontrar un local amplio y bien comunicado con la Ciudad Universitaria, asequible a sus condiciones económicas y que sirva para atender la tarea que está llamando a sus puertas.

Después de una minuciosa búsqueda, aparece algo definitivo. El Padre les anima a convertir dos hoteles situados en la Avenida de la Moncloa números 3 y 4, cerca de la Ciudad Universitaria, en la Residencia que necesitan. Estos inmuebles han sufrido los avatares de la guerra, pero el propietario se muestra dispuesto a repararlos de acuerdo con las indicaciones del Padre. Con esta perspectiva, se inician, a toda prisa, las obras de adaptación. Habrá de dar cabida a cien universitarios y contará, además, con una parte separada, como una casa independiente, para las mujeres de la Obra que se harán cargo, con la ayuda de algunas empleadas, de los servicios de limpieza, cocina, etc., del nuevo Centro.

A finales de julio de 1943 se hace el traslado desde Jenner. Las obras están en pleno apogeo, pero ya se queda a vivir un pequeño grupo de chicos. Desde mediados de septiembre llegan refuerzos: antiguos residentes de]enner que vienen a Madrid para formalizar la matrícula en la Universidad y conocen ya lo que va a ser su nueva Residencia. Hay mucho trabajo y echan una mano en los ratos libres: empieza a ser una casa para todos.

Como estaba previsto, la Residencia se abre el 1 de octubre, aunque las obras no han terminado. El Padre viene todos los días, con don Alvaro, a impulsar el trabajo, corregir, programar… Y, en la mañana del día 10 de octubre, a reunirse con los residentes para explicarles «las reglas del juego»: lo que podrán encontrar en la Residencia y lo que se les pide a cambio.

El Fundador pone a su disposición la Residencia y se compromete a proporcionarles un ambiente tranquilo y familiar, cuidado y sereno, que facilite la dedicación al estudio y a su formación total. Les brinda, también, los medios para que sean buenos cristianos, si son cristianos. Pero dentro del marco de un clima de respeto y libertad. A cambio, ellos se comprometen a vivir un horario y algunos otros detalles razonables para una amable convivencia.

Es una llamada a la responsabilidad que dará buen resultado. Los chicos ponen su mejor voluntad ayudando a completar la instalación y llevando con sentido del humor las incomodidades propias del comienzo. Acaban de pasar los albañiles y todo transpira a obra recién terminada. El edificio, que se conoce con el nombre de hotel 4, incluye parte de las habitaciones destinadas a residentes y cuenta, además, con una amplia sala de estudio en la planta baja.

En el hotel 3 se ubicarán las dependencias destinadas a dirección, salas de recibir, la mitad de los dormitorios, el comedor y una amplia sala de estudio. Cuando concluyan las obras quedará instalado también, en este pabellón, el oratorio.

El Padre celebra la primera Misa en esta casa, que tomará el nombre de Moncloa, el domingo 7 de octubre de 1943. Asisten todos los estudiantes de la casa. Al Fundador se le ve muy contento al poner en marcha este nuevo instrumento de trabajo; sus palabras son una bella acción de gracias. Pero la consagración del altar no tiene lugar hasta el 7 de diciembre. Oficia la ceremonia el Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, don Casimiro Morcillo. Dentro del local, recién estrenado, se oye su voz, subrayando que el Opus Dei dispone de un nuevo sagrario en Madrid.

El Fundador ha seguido la instalación con particular interés. El oratorio es amplio, de planta rectangular, con una bóveda rebajada. El techo y las paredes en tonos verdes; dorado el Vía Crucis. Sobre la embocadura del presbiterio, las palabras del Canon de la Misa: “Per ipsum, et cum ipso, et in ipso”. «Por El, con El y en El… ». El retablo, de Fernando Delapuente, es una Asunción coronada. El altar, de mármol blanco, realza el sagrario: arqueta sostenida por ángeles. Enfrente, enmarcada por un arco ligeramente hundido, la Cruz de madera, con la siguiente inscripción: “Iudeis quidem scandalum, gentibus autem stultitiam”(2): Escándalo para los judíos, locura para los gentiles.

Al día siguiente, con el oratorio abarrotado, el Padre celebra la Misa de la Inmaculada y deja al Señor de modo permanente en la casa. Antes de la Comunión dirige unas palabras, con todo su fuego, para avivar la fe en Dios-Eucaristía. Habla de la Obra que, hasta este momento, ha permanecido oculta en el seno de la Iglesia… Hace alguna alusión a las incomprensiones sufridas y concluye refiriéndose a la erección diocesana del Opus Dei que este mismo día hará el Obispo de Madrid.

La fecha es doblemente feliz ya que, el pasado 11 de octubre, la Santa Sede ha enviado el Nihil Obstat para que el Decreto de erección diocesana pueda firmarse.

El Fundador había pasado esa fecha en Los Rosales, un Centro de la Sección de mujeres en Villaviciosa de Odón. Y don Alvaro del Portillo le dice, en un momento de la tarde:

-«Padre, estará contento, porque mañana es la Virgen del Pilar».

Y le contesta:

-«Fiesta por fiesta, todas las de la Virgen me conmueven, me parecen estupendas; pero, puestos a escoger, prefiero la de hoy, la Maternidad»(3).

En la fecha del 11 de octubre celebra la liturgia, en este tiempo, la Maternidad de la Virgen, y todavía no sabe el Padre que bajo su protección maternal se ha firmado en este día la Autorización para que se proceda a la aprobación diocesana de la Obra.

La flamante Residencia de Moncloa vive hoy, pues, una doble jornada de celebración. En la sacristía de este Colegio Mayor se coloca un crucifijo de metal de buen tamaño. Hace apenas unos meses que murió Isidoro Zorzano. Su vida silenciosa, fiel a la exigencia de cada momento, se ha quemado en breve plazo. El Crucifijo del ataúd se coloca ahí, como arbotante de los muros de la Residencia; para que bendiga las actividades e inquietudes de una juventud de la que han de surgir nuevas vocaciones. Esta imagen garantiza la fecundidad evangélica de una semilla que presagia ya campos de trigo.

La parte independiente del edificio destinada a la Administración ha sido ocupada por un grupo de mujeres de la Obra. Cuando llegan, aún hay albañiles que cruzan la casa en todas las direcciones, escombros y tabiques a medio levantar, y tienen que atender a los dos chalets, uno a cada lado de la calle, con la consiguiente dificultad que esta situación conlleva.

El país vive un momento de carestías después de la dureza de la guerra civil; los materiales de construcción son defectuosos y las averías se suceden, incluso en obras recién montadas. Un día es el calentador del agua de las cocinas; otro un fallo en la instalación eléctrica… El combustible universal es el carbón, eficaz, pero de manejo molesto y sucio. Por añadidura, el pequeño equipo de empleadas que se ha incorporado a los trabajos de la Administración de la Moncloa es inexperto para manejar un número de plazas de esta envergadura. Los residentes llenan el comedor en dos turnos y es preciso conseguir alimentos de las formas más pintorescas, ya que los mercados habituales están muy mal abastecidos. En esta coyuntura vienen, de vez en cuando, periodistas para hacer reportajes y dar a conocer la Residencia, así como frecuentes invitados. Durante muchas horas del día y de la noche, habrán de calcular gastos, estudiar una alimentación mejor y de más barata factura, atender las mil necesidades de un Centro grande y todavía sin acabar.

Aunque el campo de actividades de las mujeres del Opus Dei es inmenso -se extiende a todos los trabajos y profesiones del mundo-, el Padre encomienda a algunas -como una actividad de particular importancia-, la Administración y cuidados de las casas de la Obra. Ellas mantendrán un aire de familia inconfundible en todas las latitudes del mundo. Sin perder el específico estilo de cada país, con la sobriedad, la elegancia y el cuidado de las cosas hasta el mínimo detalle, crearán un entorno gratificante, necesario para la vida de la Obra. Y todo por amor de Dios, santificando hasta límites heroicos la aparente pequeñez de las tareas cotidianas.

La Navidad llegará acuciando el trabajo: entrega precipitada de la ropa limpia a los residentes, comidas extraordinarias para la Residencia, vacaciones de algunas empleadas… Y en esta situación, el Padre va a verlas con la ilusión de hacerles un primer regalo de Nochebuena en la Moncloa. Y al iniciar una conversación afectuosa con las dos que dirigen el servicio surgen, por efecto del cansancio, las mil y una dificultades como un programa desbordado de impotencia.

El Padre escucha sereno, aunque siente que los problemas inherentes a la botadura de este gran barco, que es la Residencia, hayan promovido tal tormenta. Pronto se impondrá un ritmo normal y el trabajo, organizado, será perfectamente viable.

Y en este punto de la conversación, una de ellas le dice: «además, como tenemos tanto trabajo, no tenemos tiempo de hacer la oración y la hacemos trabajando y prácticamente sin darnos cuenta de que hablamos con Dios»(4).

Es un momento que recordarán toda la vida, porque al Fundador de la Obra, a quien han visto desplegar una fortaleza casi sobrehumana en situaciones de oposición y dificultades de todo tipo, le asoma el llanto a los ojos. Todas las dificultades se allanarán si permanece en pie la vida interior de sus hijas; se convertirán en un escollo insalvable si abandonan el trato íntimo con Dios. Le importa la lucha por la santidad, no el rodaje de una empresa por importante que pueda parecer. Están ahí para encontrar a Dios en la esquina de todos los quehaceres diarios. En ningún caso, para olvidar este fin en función de unas tareas que han desbordado, temporalmente, sus posibilidades humanas.

Por eso, se hace un silencio denso que, al fin, rompe el Padre. Pide un papel y en él, escribe:

1. Sin servicio

2. Con obreros

3. Sin accesos

4. Sin manteles

5. Sin despensas

6. Sin personal

7. Sin experiencia

8. Sin dividir el trabajo

9. Con mucho Amor de Dios

10. Con toda la confianza en Dios y en el Padre

11. No pensar en los desastres, hasta mañana durante el retiro(5).

Cuando viene a darles el retiro, tiene ocasión de hablar, de nuevo, con Encarnita Ortega:

«Para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración»(6).

A partir de hoy, la vida sobrenatural ocupa de un modo más pleno el frontal de sus vidas. Y los problemas materiales, todos, van hallando cabida y solución.

El futuro trabajo de administrar los Centros que vayan poniéndose en marcha capta una gran parte de la atención del Fundador. Desde que se abre el Centro de la Sección de mujeres en Jorge Manrique, insiste en que pidan a Dios vocaciones entre las empleadas del hogar. No se trata de una llamada distinta, sino de un trabajo más, incluido en la universal vocación a la santidad. Las que reciban esta vocación al Opus Dei se formarán con iguales medios, en una amable convivencia familiar, compartiendo el esfuerzo y el estudio, capacitándose para desempeñar dignamente su trabajo profesional.

«En el Opus Dei no hay más que una sola vocación (…). Ese es el milagro grande nuestro: hacer de las cosas vulgares -vulgar en el sentido castellano, que quiere decir corriente- heroísmo; hacer esas cosas con tal ánimo, que lo de ayer es distinto de lo de hoy, siendo lo mismo; y lo de mañana será todavía mejor, siendo igual»(7).

Y la primera respuesta a la proposición del Fundador va a llegar, precisamente, en la Administración de la Moncloa. El Padre ha visitado a una religiosa del Servicio Doméstico que le conoce y aprecia: la Madre Carmen Barrasa. Oye hablar a Monseñor Escrivá de Balaguer del grupo de mujeres jóvenes que han de atender a los cien estudiantes que viven en la Moncloa; del trabajo intenso y de la necesidad de ayuda.

Esta monja conoce a una empleada de condiciones destacadas y que siempre ha permanecido en puestos de gran responsabilidad. Es probable que no quiera ir a la Residencia, pero intentará convencerla. Se llama Dora del Hoyo.

Ante la insistencia de Madre Carmen, Dora, que efectivamente no desea este empleo, acepta ayudar por algún tiempo. Y una jornada más tarde suena el timbre de la puerta .Moncloa está en plena efervescencia de albañiles, pintura, humo, habitaciones a medio instalar y defectuosa marcha de algunos servicios. Cuando Encarnita Ortega baja a abrir, se encuentra ante una mujer bien vestida y con porte elegante, que le muestra una tarjeta de visita.

Desde el primer momento, Dora se percata del panorama y decide marcharse inmediatamente. Pero le da pena ver el exceso de trabajo y la inexperiencia, en muchos aspectos, de este grupo encargado de que la casa funcione.

Encarnita, y cuantas se ocupan de la Residencia, descubren los conocimientos que Dora posee: cuidado y conservación de la ropa, lavado, plancha, tintorería, arte culinario… Y además es serena y educada.

Cuando el Padre viene a verlas, anima su audacia para que acerquen al Opus Dei a personas así, que destacan en su profesión. Vocaciones que entreguen sus posibilidades al servicio de Dios. Y todas piensan que la primera vocación tiene que ser la de Dora.

Y un buen día, Encarnita escucha un comentario sorprendente:

«Tengo ya un gran cariño a la casa y como he visto todo lo que ha costado poner en marcha la Residencia, si ponen en otra ciudad alguna nueva, no tengo ningún inconveniente en ir con ustedes para ayudarles en la instalación»(8).

Casi al mismo tiempo llega a Moncloa Concha Andrés. Se trata, igualmente, de una empleada que viene a contratarse. Tiene veintidós años y ha trabajado ya en varias casas. Aprende con rapidez y tiene curiosidad por conocer «Camino». Un libro en el que deletrea su primer dominio de la letra impresa. Al principio no entiende lo que se propone este grupo de mujeres que trabajan sin descanso, viajan, rezan y estudian en los escasos ratos libres de cada jornada. Pero no tardan en compartir con alegría sus iniciativas.

Dora y Concha conocen un día al Padre y le cobran gran cariño y respeto. En breve plazo, el espíritu de la Obra habrá colado muy hondo en sus corazones.

Cuando en 1945 se abra la Residencia de Abando, en Bilbao, Dora del Hoyo y Concha Andrés formarán parte del equipo que se traslada a la nueva ciudad. Allí se repiten los comienzos de Moncloa: obreros por la casa sin terminar, carestía de alimentos, falta de mano de obra. Pero el ejemplo de las mujeres del Opus Dei, su optimismo, se abre paso ante las dificultades. Las dos empleadas empiezan a estar unidas al Padre y al espíritu que sabe inculcar en quienes le secundan.

El 19 de marzo de 1946, Nisa González Guzmán llega a Madrid con dos cartas para el Fundador: son de Dora y Concha, que piden su admisión en el Opus Dei. El Padre dirá que este acontecimiento es el más hermoso regalo que podía haber recibido. Las bendice con la certeza de un presagio: les seguirán muchas más. En cada lugar de la tierra, en cada nivel de cultura, siempre habrá personas dedicadas a estas tareas del hogar. Almas elegidas que sabrán llevar por el mundo su conocimiento y experiencia, su capacidad de sacrificio, el señorío de una vocación de servicio admirable.

El Fundador de la Obra afirmó, desde el primer momento: «No hay labores grandes ni pequeñas: todas son grandes, si se hacen por Amor»(9).

Por eso, «nos da lo mismo ser mano que pie, que lengua que corazón, porque todos estamos en todas las partes de ese cuerpo, porque somos una sola cosa por la caridad de Cristo que nos une. Yo quisiera haceros sentir como miembros de un solo cuerpo (…). Todos, una sola cosa, y que esto se manifieste en unidad de miras, en unidad de apostolado, en unidad de sacrificio, en unidad de corazones, en la caridad con que nos tratamos, en la sonrisa ante la Cruz y en la Cruz. ¡Sentir, vibrar todos unísonamente!»(10).

Un hogar cristiano

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Una fecha importante en la vida de Josemaría es el momento en que realiza su primera Confesión. Tiene solamente seis o siete años de edad. Sus padres le han enseñado punto a punto el Catecismo de la Doctrina Cristiana; con ellos ha repetido el Credo, el Padrenuestro y las oraciones de la mañana y de la noche. Y también una oración entrañable a la Virgen, que rezará siempre con el mismo amor transparente de estos primeros años: «¡Oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón… »(9). Ahora, su madre le acompaña a la iglesia haciéndole las últimas recomendaciones. Allí le espera el Padre Enrique Labrador, un buen religioso escolapio, que es, desde hace años, el confesor de doña Dolores. Josemaría se acerca con seriedad al confesonario y habla tranquilamente de su vida y de sus cosas. Cuando termina, siente una alegría enorme y un bienestar feliz; será, para siempre, una experiencia que quiera compartir: la del amor de Dios que tranquiliza y que nos llega, desde niños, a través del Sacramento de la Penitencia. Uno de los misterios de la misericordia de Dios para los hombres.

Es un niño que adora a sus padres. Pero hay dos cosas, sin embargo, que Josemaría rehuye de continuo: saludar a las visitas y estrenar trajes nuevos. Tanto, que desaparece por la casa cada vez que oye la puerta y presagia amenaza de este tipo. Doña Dolores le encontrará en un lugar de escondite insospechado: debajo de una cama. Y suave, pero enérgicamente, golpea el suelo con uno de los bastones de don José exigiendo la rendición inmediata de la plaza. Sale Josemaría y su madre combate la timidez incipiente del muchacho: «Josemaría, vergüenza sólo para pecar»(10).

En cambio, es feliz cuando los jueves, día en que no hay clases, sube a la casa de Esteban, el notario, y juega con los chicos sin interrupción.

Al comenzar el curso de 1908-09, cumplida la mínima edad reglamentaria, el matrimonio Escrivá y Albás decide llevar a Josemaría al colegio donde iniciará sus estudios: a las llamadas Escuelas Pías, regidas por los RR.PP. Escolapios. Pascual Madoz, en su «Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de España»(11), describe así estos lugares de instrucción pública: «Generalmente concurren a sus clases centenares de niños, porque es tal el prestigio de que gozan en todo el país estos celosos directores de la infancia, que no sólo envían los vecinos de la ciudad a sus hijos a recibir la educación civil y religiosa que en aquéllas se enseña, sino que acuden de todos los pueblos inmediatos y hasta de algunos bastante distantes de Aragón y Cataluña, y tanta la asiduidad en el trabajo de estos maestros y tan grande el esmero con que procuran el adelanto de los discípulos, que no puede dudarse de que la superioridad que Barbastro ejerce sobre muchas otras poblaciones del antiguo Reino de Aragón, así en la Agricultura como en la Industria y el Comercio, es debida al continuo desvelo de aquéllos… ».

A partir de este momento veremos, cada día, la figura familiar del fámulo Faustino, empleado de los Padres Escolapios, que recoge a los pequeños al pie de los portales y los acompaña, amistosamente vigilados, hasta las clases matutinas. Josemaría estrena su uniforme: abrigo azul marino con doble botonadura de metal; gorra de paño en el mismo tono con visera de charol y, sobre ella, el brillo del escudo. Un pañuelo doblado, azul más claro, les sirve de corbata o de chalina. En las clases se ponen delantal de manga larga, en blanquiazul rayado, cinturón y cuello todo azul.

La educación de las Escuelas Pías es amable, aunque disciplinada y severa. En su origen, el reglamento para la enseñanza de estos religiosos establece que corre a su cargo desde el abecedario hasta leer latín, escribir perfectamente, contar, gramática y retórica inclusive, como también instruir a la juventud en los rudimentos de la fe católica y buenas costumbres.

Atienden el colegio, en este tiempo, una docena de Escolapios muy acreditados en Barbastro y en toda la comarca. Aquí están los Padres Laborda, José Martínez y Mariano Tabuenca. Son gentes entregadas al noble deber de formación y de enseñanza. En un viejo cuaderno, hallado entre las cosas personales del Padre Laborda, se puede leer, con letra caligráfica y menuda, el año de llegada y el destino final de cada alumno. Memorias del buen hacer de un maestro que tiene amor e interés por sus muchachos.

En estos primeros tiempos, los Padres José Beteta, de origen manchego, y Pedro Martínez Heras, que luego será apóstol del espíritu de San José de Calasanz en Argentina, se hacen cargo de los más pequeños. Aún consta en un semanario llamado «Juventud», editado en Barbastro el 13 de marzo de 1914, el siguiente párrafo de laude:

«Recibimos una sorpresa muy agradable al enterarnos, consta en la memoria 1912 a 1913 del Instituto de Lérida, el premio que obtuvieron en la asignatura: “Nociones de aritmética y geometría” los aprovechados alumnos de las Escuelas Pías de nuestra Ciudad, José María Escrivá y Miguel Cavero. Nuestra cariñosa felicitación a los alumnos, a sus distinguidas familias y a sus cultos profesores».

Su vida familiar está llena, durante estos tiempos, de situaciones gratas y dolientes, de felicidad y contradicciones. De confianza en el querer de Dios y de exigencia humana. El capital de don José y el negocio de «Juncosa y Escrivá» permite una vida holgada y sin preocupaciones económicas. Los chicos juegan bajo los arcos de la Plaza y descubren rincones y portales, aunque doña Dolores prefiere verlos en la casa, y controlar sus travesuras y proyectos. Por la escalera suben, en bandada, las amigas de Carmen y los amigos de Josemaría. Aquí, hasta un cuarto contiguo al de Josemaría, que familiarmente llaman todos «la leonera», llegan Joaquín Navasa, Julián Martín, los Esteban… Salen a relucir, seguramente, las cartas, los soldados de plomo, los rompecabezas y los bolos.

Otras veces, cuando la tarde se presenta reposada, doña Dolores les deja entrar en la salita. Josemaría hace corro, se sienta en una mecedora, y cuenta sin cansancio un relato tras otro a Carmen y a Chon, sus hermanas, y a Adriana y a Esperanza, amigas de Carmen, que le rodean. Le gusta entretenerlas.

Sin embargo, tiene Josemaría un carácter fuerte que, a veces, se le escapa. Por ejemplo, un día en el colegio piensa que el profesor ha sido injusto con él, y en su rabieta de niño arroja el borrador de tiza contra la pizarra. Pero luego es capaz de agradecer a este buen escolapio el silencio que guarda sobre tal anécdota cuando se encuentra a don José y a Josemaría durante un paseo.

Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer hablará del carácter enérgico, del «caratteraccio» -dirá bromeando en italiano-, que dejaba entrever desde pequeño.

Hay una fecha muy feliz que Josemaría recuerda con cariño. Es el día del santo de su madre. Suelen estar ya florecidos los almendros. Don José hace jornada de gran fiesta para estar más tiempo con su esposa y con sus hijos. Salen del arcón los manteles guardados para horas especiales. Y hay un postre sencillo y cuidadoso que sólo ese día, por excepción, manda hacer doña Dolores. Son los «crespillos» de la tierra: hojas de espinaca, rebozadas y fritas, que se sirven espolvoreadas con azúcar.

También tiene presentes, con especial emoción, las fiestas de Navidad. Con el aliento flotando en el aire bajo cero de Barbastro, le imaginamos caminando junto a su padre en busca del musgo verdinoso que crece en las laderas, de la rama y la roca para componer el Belén de cada año. En el calor de la casa, irán ocupando su lugar las figuras del Misterio, los pastores, las lavanderas…, y acabará naciendo el Niño sobre esta pequeña reproducción del Somontano.

A la media noche del 24 de diciembre, saldrá a Misa de la mano de sus padres. Y nunca podrá olvidar esta mezcla de rigor y ternura, de canciones y hielo, que han formado el paisaje de su Navidad. Empieza a forjar ahora la reciedumbre de su corazón y podrá expresar en el futuro, sin falsos pudores, el hondo e ingenuo cariño de sus devociones infantiles. Así lo escribirá, años más tarde, en «Camino»:

«Devoción de Navidad. -No me sonrío cuando te veo componer las montañas de corcho del Nacimiento y colocar las ingenuas figuras de barro alrededor del Portal. -Nunca me has parecido más hombre que ahora, que pareces un niño»(12).

En los veranos, cuando florece la aspereza somontana, Josemaría pasa los días en Fonz, junto a la estribación del Pirineo. Le gusta correr por los campos y las calles descubriendo los escudos agrietados que blasonan muchas casas, mientras allá arriba vigilan las ruinas del castillo de Forza, construido por los árabes. Hay en la tierra aragonesa una repetida devoción a la Asunción de la Virgen, que preside, bajo esa advocación, numerosos retablos. Y es frecuente hallar a simultáneo la representación de la Virgen «dormida» en su despedida del mundo, junto a esa otra imagen gloriosa de su llegada al Paraíso. Así, en una misma plegaria, las gentes aúnan el adiós y el encuentro más allá de la vida.

Josemaría se quedará, muchas veces, mirando esa representación beatífica, bella e inmóvil, de la Virgen durmiendo su último sueño en la tierra; siempre recordará esta devoción, que ha de estar representada, un día lejano, junto a su propia tumba en la ciudad de Roma.

Ya desde estos años infantiles, quedará clavado en su alma, junto al amor de Jesús en la Eucaristía, un real y profundo afecto a la Madre de Dios y de los hombres. No le cuesta al niño imaginar cómo puede ser este cariño: tiene siempre el modelo cálido de su madre en la tierra. Y aprende que, más fuerte aún y omnipotente, es el amor de su Madre del Cielo.

5. La santidad del amor humano

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Fundador del Opus Dei difundió por el mundo amor a la familia. En unos tiempos en que la santidad parecía más bien cosa reservada a religiosos y sacerdotes, Dios se sirvió de él, para hacer ver a muchos matrimonios que la vida conyugal es un ver­dadero camino de santidad en la tierra.

Juan Caldés Lizana le conoció en unos días de retiro. Era sep­tiembre de 1948. “Se abrió ante mí ‑publica en Mutado Cris­tiano, septiembre de 1975‑ un mundo ilusionante al contemplar el matrimonio (“sacramento grande”) como una auténtica voca­ción, un nuevo camino divino en la Tierra”. Era un panorama inédito: todos llamados a una misma santidad, plenitud de vida cristiana; la familia, un hoar luminoso y alegre, ocasión propicia para convertir la prosa diaria en endecasílabo, verso heroico; los padres, sembradores de paz y alegría; y los hijos, gaudium meum et corona mea (“mi alegría y mi corona”). Esta última fue la frase que el Fundador del Opus Dei estampó al dorso de una fotografía de los diez hijos de Juan Caldés, que vio en aquellas ideas de 1948 una profunda innovación sobre el papel de los laicos en la Iglesia.

Más nuevas sonaban aún sus palabras por los años treinta, cuando hablaba de vocación matrimonial, y presentaba el ma­trimonio como cauce de santidad. Lo subraya el doctor Jiménez Vargas, que asistía a los círculos y meditaciones del Fundador del Opus Dei, y entiende que sus charlas sobre la virtud de la pureza resultaban tremendamente originales, nuevas: hoy resulta familiar ‑afirma‑, después de tantas ediciones de Camino, pero “es importante situarse en 1933, con los modos de pensar de los chicos piadosos de entonces, y lo corriente que eran ciertas formas de sermonear sobre la castidad, que más que otra cosa lle­vaban a una visión deforme y hasta freudiana del problema. Por lo pronto, hablaba de pureza ‑más que de castidad‑ con esa visión positiva y optimista que ahora es tan conocida”. Más sor­prendente aparecía su enfoque acerca del matrimonio, recogido luego sintéticamente en tres puntos de Camino (26, 27 y 28). El profesor Jiménez Vargas precisa que “al decir que el matrimonio es para la clase de tropa ‑entonces no estaba publicado Camino ni Consideraciones Espirituales‑ se puede asegurar que entu­siasmaba tanto a los que se creían con vocación para la clase de tropa como a los que pensaban que su vocación era otra. No se le pasó por la cabeza nunca a nadie una idea equivocada, ni nadie se sintió molesto por este comentario que, además, tenia gracia cuando se le oía directamente”.

Ese modo de presentar la virtud cristiana de la pureza ani­maba a luchar, porque quedaba siempre muy claro su sentido positivo, amable, afirmativo, propio de un corazón enamorado. Así la definió el Fundador del Opus Dei en una homilía pro­nunciada en Navidad de 1970: La castidad ‑no simple con­tinencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada­ -es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida.

Mons. Escrivá de Balaguer había preparado desde muy atrás el sendero por el que infinidad de socios de la Obra lucharían decididamente para ser santos en su vocación matrimonial. El camino jurídico tardaría años en abrirse. Pero el Fundador del Opus Dei esperaba, confiado en el querer de Dios; mientras tanto, iba formando a las almas para que, en el momento opor­tuno, pudieran recibir explícita la llamada divina.

Así hizo, por ejemplo, con Antonio Ivars Moreno, quien ya en 1940, en Valencia, acudía a las actividades apostólicas que socios del Opus Dei desarrollaban en una casa de la calle Samanie­go, 16, pronto convertida en Residencia de Estudiantes: “El Di­rector era don Pedro Casciaro. Con él colaboraba mi viejo amigo don Amadeo de Fuenmayor. Ellos me llamaron un día pare hablarme. Pedro me dijo sucintamente que en la Obra había per­sonas que se habían entregado con dedicación plena a Dios. Pero añadió que el Padre había dicho que yo tenía vocación matrimo­nial y que no me inquietasen. Tuve la suerte de que, por aquellos días, estaba entre nosotros y tuve ocasión de contarle lo que Pedro y Amadeo me habían dicho. El mismo me lo confirmó añadiendo que cuando tuviera que contraer matrimonio, vendría: a casarme”.

A todos ‑solteros, casados, novios, sacerdotes‑ les moví« siempre a bucear en las profundidades del amor, les previno contra la gran tentación del egoísmo ‑que impide resolver los problemas que esa pasión crea‑, y les animó a huir de la sen­sualidad, porque ‑solía repetir‑ corta las alas del amor y em­pequeñece las cosas grandes para las que es capaz el corazón humano.

A los más jóvenes enseñaba lo que recogió en Camino, y reite­raba en 1974 con otras palabras a un grupo numeroso de mucha­chos en San Paulo: Pido a1 Arcángel San Rafael que, como a Tobías, a los que hayan de formar una familia los lleve al en­cuentro de un amor de la tierra, limpio y bueno. Bendigo ese amor terreno vuestro, y bendigo vuestro futuro hogar. Y al Após­tol Juan, que tanto se enamoró de Cristo Jesús, y que fue valiente ‑el único hombre: los demás se escaparon‑ al pie de la Cruz de Cristo, cuando el Redentor era victorioso y parecía vencido; a ese discípulo joven, pero fuerte, le digo que os ayude, si es que el Señor os pide más.

El Fundador del Opus Dei se despidió de estos chicos con la bendición que se imparte a los que emprenden un viaje: Todos estamos camino adelante por la vida… Es la bendición que To­bías dio a su hijo cuando ‑acompañado por el Arcángel San Rafael‑ fue a recoger un dinero que debían a su padre. En realidad, porque fue además, sin saberlo, a buscar la novia, y en­contró una que era guapa y buena y rica. Es toda una bonita historia de limpieza, de amor noble, casto y fecundo, como el amor de nuestros padres, que yo bendigo.

Pocos días antes, también en San Paulo ‑como hizo siempre a lo largo de su vida‑, proponía a personas casadas el cariño del noviazgo como modelo de su amor: Que os queráis mucho. El amor de los cónyuges cristianos ‑sobre todo, si son hijos de Dios en el Opus Dei‑ es como el vino, que se mejora con los años, y gana valor… Pues el amor vuestro es mucho más importante que el mejor vino del mundo. Es un tesoro espléndido, que el Señor os ha querido conceder. Conservadlo bien. ;No lo tiréis! ;Guar­dadlo!

Más adelante, en aquella misma conversación, respondiendo a otra pregunta, Mons. Escrivá de Balaguer insistiría: No es malo que os manifestéis ese cariño limpio entre vosotros, delante de los hijos: malo sería que no lo mostraseis. No hagáis delante de los niños manifestaciones de afecto extraordinario, por pudor; pero quereos mucho, que el Señor está muy contento cuando os amáis. Y cuando pasen los años ‑ahora sois todos muy jóvenes‑ no tengáis miedo: vuestro cariño no se hará peor, sino mejor. Se hará incluso más entusiasta, volverá a ser el cariño del noviazgo.

Supo tratar siempre de cosas divinas a lo humano, y de cosas humanas a lo divino. Usó imágenes del amor humano, para mover al amor de Dios. Al predicar sobre la Eucaristía ‑donde Cristo es, exclamaba, ¡prisionero de Amor!‑, hablaba de la madre buena que limpia a su hijo pequeñín, lo perfuma, lo abraza contra su corazón, y “se lo come a besos”… Y Cristo llega a lo que los hombres no pueden conseguir: se hace alimento, vida de nuestra vida, “tomad y comed”, nos dice.

Un Jueves Santo de 1960, en su homilía, evocaba la experien­cia humana de la despedida de dos personas que se quieren.

Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda El mismo. Irá al Padre, pero permanecerá crin los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiem­po, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amo­roso momento. Bajo las especies del pan y del vino está Él, real­mente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divi­nidad.

Siempre movió a todos a tratar a Dios con naturalidad, con el mismo corazón y las mismas palabras con que se trata a las per­sonas queridas de la tierra; o sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estu­diando…

Más de una vez, cuando alguien se dirigía a él, con un “Padre, dígame una jaculatoria…”, reaccionó espontáneamente:

‑Yo os daría una zurra… ¿Una jaculatoria…? Pero, ¿es po­sible que vosotros no sepáis hablar con el corazón a la gente? ¿Cómo hubierais hablado a la novia? ¿Qué queríais: que os soplaran para charlar con la novia? Pues, para hablar con Dios Nuestro Señor, lo mismo.

Partía del amor humano, para hacer comprender la riqueza santificadora que se encierra en los mil detalles de la vida coti­diana, que el alma enamorada sabe descubrir. Nada de extraño tiene, pues, que al esclarecer el sentido del matrimonio acentua4e aspectos aparentemente triviales. Tuvo lugar también en San Paulo una conversación que refleja con exactitud el tono con que Mons. Escrivá de Balaguer solía dirigirse a quienes debían hacer santa su vida conyugal. Fue un diálogo movido ‑es casi impo­sible reproducirlo por escrito‑, y entrecortado por la emoción de la persona que preguntaba. La primera interrupción fue del Fun­dador del Opus Dei, cuando ella dijo que estaba casada desde hacía 23 años y que tenía cinco hijos…

‑Oye, tú no dices la verdad… ;Veintitrés años! ;Tan joven y tan guapa!

Le había preguntado cómo mantener y aumentar en su matri­monio el entusiasmo de los primeros tiempos.

‑Siéntate, hija mía, siéntate. Tú serás una… ¿Cómo se dice novia en portugués?

‑Namorada, apuntaron a Mons. Escrivá de Balaguer.

… una enamorada perenne, constante. Cada día debes ir a conquistar a tu marido, y él a ti.

(…) Lograrás esto, si miras a tu marido como lo que es: una gran parte de tu corazón, ;todo tu corazón!; si sabes que él es tuyo y tú eres de él; si recuerdas que tienes la obligación de hacerlo feliz, de participar de sus dichas y de sus penas, de su salud y de su enfermedad…

Y Mons. Escrivá de Balaguer, como dirigiéndose a todas las esposas que estaban en el abarrotado salón del Palacio de las Convenciones en el Parque Anhembi, proseguía:

Sabéis más que nadie en el mundo, porque el amor es sa­pientísimo. Cuando viene el marido del trabajo, de su labor, de su tarea profesional, que no te encuentre a ti rabiando. Arrégla­te, ponte guapa, y cuando pasen los años, arregla un poquito más la fachada, como se hace con las casas. ;El te lo agradece tanto! Muchas veces, en los momentos de contradicción que habrá tenido en la labor, ha pensado en Dios y ha pensado en ti, y ha dicho: voy a ir a casa y… ;qué bien!; allí encontraré un remanso de paz, de alegría, de cariño y de belleza; porque, para él, no hay nada en el mundo más bello que tú. (…) El día que viene cansado ‑y tú lo sabes, tú lo prevés‑, te acuerdas de aquel plato que le gusta: esto se lo hago yo. Y no se lo dices, para no hacérselo pesar; lo sorprendes, y él te mira con una mirada… ¡y ya está! ¡Ya está!

Cientos de consejos ‑llenos de sentido común y de visión so­brenatural‑ dio el Fundador del Opus Dei a los padres de fa­milia. Muchos están recogidos en sus libros. Otros hay que espi­garlos pacientemente a lo largo de estas reuniones numerosas y en las conversaciones personales con quienes fueron a verlo a Roma, o lo habían tratado más de cerca en sus años de España. Realmente amó a las familias, a todas: las familias numerosas, las que tienen menos hijos, o las que no tienen ninguno, porque Dios no se los da, después de haber puesto ‑el marido también, repetía incansablemente‑ todos los medios sobrenaturales y los .humanos honestos. Sólo alguna vez se le escapaba lo que reo quería:

¡No soy amigo de las familias que, por egoísmo, cortan leas alas del amor y lo hacen estéril e infecundo…!

Les aconsejaba educar cristianamente a sus hijos, ante todo, con el ejemplo. Enseñarles a rezar, pero sin obligarles a grandes rezos: poquitos, pero todos los días (las madres, sí, pero también los padres). Llevarlos cortos de dinero, y que aprendan a usarlo, aunque ‑concretaba‑ es mejor que lo manejen cuando se lo ganen. Respetar prudentemente su libertad. Hacerles ayudar a los demás según la edad de cada uno, llenando el día de pequeños servicios. Conseguir que la casa ‑en una palabra‑ fuese hogar luminoso y alegre. (¡Cuántas veces bendecía en sus últimos años las guitarras de vuestros hijos!).

Mons. Escrivá de Balaguer hizo comprender a los matrimonios que el cariño se enrecia con las penas y dificultades de la vida. Como declaró a la directora de la revista Telva en febrero de 1968:

Pobre concepto tiene del matrimonio ‑que es un sacramen­to, un ideal y una vocación‑, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, aquae multae ‑las muchas dificultades, físicas y morales‑ non potuerunt extinguere cari­tatem (Cant., VIII, 7), no podrán apagar el cariño.

Otro periodista, Luis Ignacio Seco, publicó, después de la muerte de su hija de siete años, un artículo en el que desahogaba su corazón: Marta había caído enferma de leucemia en 1970 y Luis Ignacio Seco escribió a Mons. Escrivá de Balaguer para pedirle que rezase mucho por ella. “Su respuesta llegó pronto: me hablaba de la amabilísima voluntad de Dios y me prometía sus oraciones; y me hizo comprender enseguida que lo que teníamos en casa era un tesoro oculto, una maravilla puesta en nuestras manos para que viviésemos a fondo la vocación de padres, de colaboradores directos y voluntarios de la Providencia, de cristianos corrientes y molientes que tratan de materializar sin teatro el formidable amor de Dios por todos sus hijos, los hom­bres”.

Pero no era necesario ser intelectual para darse cuenta de las exigencias del amor humano santo, que el Fundador del Opus Dei difundía entre quienes le escuchaban. Su mensaje encon­traba eco en personas de toda condición social. Lo reflejaba María, una asociada del Opus Dei, que vive en los alrededores de Pozoalbero (Jerez de la Frontera), cuyo marido, un sencillo hombre de campo, estuvo con Mons. Escrivá de Balaguer en Pozoalbero, en noviembre de 1972. Por aquellos días, se confia­ba a su mujer:

‑Ahora tengo que dejar la ropa dobladita, porque está aquí Monzeñó…

Era su modo práctico de mejorar, después de haber escu­chado al Fundador del Opus Dei. Y María se alegraba también al comprobar que su marido, “desde que vio al Padre”, hacía visibles esfuerzos para no enfadarse ni con esas pequeñas cuestio­nes domésticas que surgen en todas las familias.

Mons. Escrivá de Balaguer tuvo palabras de aliento para cuantos atravesaban circunstancias difíciles. Les .ayudó, al me­nos, a sobrellevarlas, cuando no era humanamente posible encontrar solución. Aquella entrevista con la directora de la revista Telva ofrece una muestra muy completa ‑que siempre vale la pena releer‑ de su actitud ante la variada gama de situa­ciones que pueden darse en la vida matrimonial: el trabajo de la mujer casada, su proyección social, el sentido vocacional del ma­trimonio, el número de hijos, la infecundidad matrimonial, la separación de los cónyuges, las riñas y divisiones, el conflicto generacional, la educación en la piedad, la orientación de los hijos, el “matrimonio a prueba”, la monotonía del hogar, el confort y la sobriedad, etc. Quizá es exacto admitir que sólo falta una pregunta, la que le hicieron en San Paulo, en mayo de 1974:

‑Existen hoy en día, lamentablemente, muchas familias compuestas por personas divorciadas. ¿Cuál sería la actitud de un católico frente a esas familias y los hijos de esas familias?

‑En primer lugar, comprensión, hijos míos. No sacamos nada con maltratar a la gente. Si son almas que necesitan una ayuda, un buen consejo, una palabra afectuosa, no les vamos a tratar mal. Son enfermos del espíritu, como esos otros que son enfermos de la mente o del cuerpo.

Primera actitud: no tratarlos mal.

Segunda. Si ellos preguntan: ¿qué les parece mi situación?, una respuesta clara: pues… ;lamentable! Lo siento mucho, pero es lamentable. ¿Por qué vamos a mentir? Pero no te desesperes, que con la gracia del Señor se podrá ir arreglando. Como suelen ser cosas sentimentales y median los hijos, es difícil. Muchas veces se resuelven esas situaciones; y, al fin de la vida, siempre.

No los tratéis mal nunca. ¿Está claro? Y a los hijos de esas personas, ayudadles en lo que podáis. Que no se avergüencen, aunque esas pobres criaturas no puedan estar muy satisfechas. Es un shock tremendo, pero ésa es una razón más para que les tratemos bien, con afecto, con sentido sobrenatural, y para que les mostremos que somos cristianos. De modo que sed huma­nos, en primer lugar; y, después, cristianos. Primero, somos hombres; y después viene, con el Bautismo, la gracia de ser hijos de Dios. En la vida, en vuestras relaciones con la gente, se tienen que notar esas dos cualidades: las virtudes humanas y las virtu­des sobrenaturales. El trato afectuoso tuyo y cordial, porque eres una persona delicada, y además, la medicina sobrenatural de tus buenos consejos de cristiano y de tu buen ejemplo.
estar siempre juntas, pero el deber ‑el que sea‑ les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer. 

Navidades en Pamplona

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando Escrivá y los suyos entraron en España el 11 de diciembre de 1937, ninguno de ellos tenía ni idea de cuánto tiempo pasaría hasta que pudieran regresar a Madrid. Albergaban la esperanza de que el fin de la guerra estaba cerca, pero, en realidad, ésta todavía duraría otros quince meses. Durante ese tiempo, trabajaron para restablecer el contacto con los residentes y estudiantes de DYA a quienes la guerra había esparcido por los cuatro puntos cardinales, recomenzar el apostolado del Opus Dei, preparar la reapertura de la residencia y planear la expansión del Opus Dei a otras ciudades y países.

El grupo de Escrivá pasó la noche del 11 al 12 de diciembre en un pequeño pueblo cerca de la frontera. Al día siguiente fueron a San Sebastián y alquilaron una habitación en un hotel barato. Unas teresianas proporcionaron a Escrivá algo de ropa. Con la ayuda de varios amigos que residían en la ciudad, los demás miembros de la expedición adquirieron algunas ropas usadas y reemplazaron las destrozadas alpargatas por zapatos de segunda mano.

El grupo tuvo que separarse pronto. Albareda se quedó en San Juan de Luz. Alvira se dirigió a Zaragoza. Jiménez Vargas fue alistado como médico. Casciaro y Botella fueron conducidos a Pamplona para ser reclutados. El 17 de diciembre Escrivá tambíen partió para Pamplona. El obispo de la ciudad, su buen amigo don Marcelino Olaechea, le hospedó en el palacio episcopal y le consiguió una sotana.

En Pamplona, Escrivá hizo unos ejercicios espirituales. Al terminarlos, aunque estaba físicamente muy débil por la dureza del paso de los Pirineos y las privaciones de los dieciocho meses anteriores, decidió no dormir más de cinco horas por la noche y, en el tiempo de vigilia, rezar y desagraviar por todas las ofensas a Dios que la guerra había traído consigo. Además, pasaría la noche de los jueves enteramente en oración ante el Santísimo Sacramento.

El 24 de diciembre, Escrivá visitó a Botella y a Casciaro en sus compañías. A medianoche, volvió con Albareda que había ido a Pamplona para las Navidades. Aunque Botella y Casciaro estaban de guardia, Escrivá y Albareda lograron convencer al oficial para que les dejara pasar unos minutos juntos. Celebraron la noche de Navidad en los barracones, hablando de sus planes para contactar con la gente que habían conocido en DYA. Albareda consiguió una barra de turrón. Botella recuerda que “estos detalles de cariño, de vida de familia, en las circunstancias tan extraordinarias que vivíamos, se me clavaron en el corazón: me hacían sentir muy feliz y la entrega al Señor se me hacía gozosa”[1]. El día de Navidad, después de que Botella y Casciaro terminaran su guardia, los cuatro fueron a comer en un restaurante. Ya en el palacio episcopal, donde todavía se alojaba Escrivá, tuvieron una larga tertulia y pusieron unas popstales a los de la Obra y los amigos dispersos por España.

En los cuarteles de Pamplona no había espacio suficiente para todos los soldados, así que era relativamente fácil conseguir un permiso para vivir fuera. Escrivá aconsejó a Casciaro y Botella que alquilaran una habitación, ya que residiendo fuera del cuartel podrían asistir a Misa todos los días. También les dijo que no se preocuparan por cómo la pagarían.

Escrivá pasó la Navidad en Pamplona. Procuraba estar el mayor tiempo posible con Botella y Casciaro. El obispo Olaechea le insistió en que se quedara con él hasta que le fuera posible regresar a Madrid, pero Escrivá estaba deseoso de visitar a los miembros de la Obra esparcidos por todo el país y de restablecer contacto con la gente que habían conocido antes de la guerra. Trasladarse a Burgos haría todo más fácil. La ciudad era el cuartel general de los nacionales y siempre sería posible que alguno de la Obra o sus amigos fueran destinados allí o tuvieran alguna razón para estar por aquella zona. Burgos también tenía un mejor servicio de ferrocarril y de autobús, lo cual haría más fáciles los viajes para visitar a quienes no pudieran acudir. Además, Albareda se encontraba en Burgos, trabajando en un plan de reorganización de la educación secundaria; y Jiménez Vargas estaba también allí temporalmente mientras esperaba un destino en el frente. Casciaro y Botella habían sido destinados a servicios de apoyo, así que existía la posibilidad de que uno de ellos, o los dos, terminara en una de las muchas oficinas de Burgos.

[1] AGP P03 1983 p. 339

Un hogar cristiano

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Una fecha importante en la vida de Josemaría es el momento en que realiza su primera Confesión. Tiene solamente seis o siete años de edad. Sus padres le han enseñado punto a punto el Catecismo de la Doctrina Cristiana; con ellos ha repetido el Credo, el Padrenuestro y las oraciones de la mañana y de la noche. Y también una oración entrañable a la Virgen, que rezará siempre con el mismo amor transparente de estos primeros años: «¡Oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón… »(9). Ahora, su madre le acompaña a la iglesia haciéndole las últimas recomendaciones. Allí le espera el Padre Enrique Labrador, un buen religioso escolapio, que es, desde hace años, el confesor de doña Dolores. Josemaría se acerca con seriedad al confesonario y habla tranquilamente de su vida y de sus cosas. Cuando termina, siente una alegría enorme y un bienestar feliz; será, para siempre, una experiencia que quiera compartir: la del amor de Dios que tranquiliza y que nos llega, desde niños, a través del Sacramento de la Penitencia. Uno de los misterios de la misericordia de Dios para los hombres.

Es un niño que adora a sus padres. Pero hay dos cosas, sin embargo, que Josemaría rehuye de continuo: saludar a las visitas y estrenar trajes nuevos. Tanto, que desaparece por la casa cada vez que oye la puerta y presagia amenaza de este tipo. Doña Dolores le encontrará en un lugar de escondite insospechado: debajo de una cama. Y suave, pero enérgicamente, golpea el suelo con uno de los bastones de don José exigiendo la rendición inmediata de la plaza. Sale Josemaría y su madre combate la timidez incipiente del muchacho: «Josemaría, vergüenza sólo para pecar»(10).

En cambio, es feliz cuando los jueves, día en que no hay clases, sube a la casa de Esteban, el notario, y juega con los chicos sin interrupción.

Al comenzar el curso de 1908-09, cumplida la mínima edad reglamentaria, el matrimonio Escrivá y Albás decide llevar a Josemaría al colegio donde iniciará sus estudios: a las llamadas Escuelas Pías, regidas por los RR.PP. Escolapios. Pascual Madoz, en su «Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de España»(11), describe así estos lugares de instrucción pública: «Generalmente concurren a sus clases centenares de niños, porque es tal el prestigio de que gozan en todo el país estos celosos directores de la infancia, que no sólo envían los vecinos de la ciudad a sus hijos a recibir la educación civil y religiosa que en aquéllas se enseña, sino que acuden de todos los pueblos inmediatos y hasta de algunos bastante distantes de Aragón y Cataluña, y tanta la asiduidad en el trabajo de estos maestros y tan grande el esmero con que procuran el adelanto de los discípulos, que no puede dudarse de que la superioridad que Barbastro ejerce sobre muchas otras poblaciones del antiguo Reino de Aragón, así en la Agricultura como en la Industria y el Comercio, es debida al continuo desvelo de aquéllos… ».

A partir de este momento veremos, cada día, la figura familiar del fámulo Faustino, empleado de los Padres Escolapios, que recoge a los pequeños al pie de los portales y los acompaña, amistosamente vigilados, hasta las clases matutinas. Josemaría estrena su uniforme: abrigo azul marino con doble botonadura de metal; gorra de paño en el mismo tono con visera de charol y, sobre ella, el brillo del escudo. Un pañuelo doblado, azul más claro, les sirve de corbata o de chalina. En las clases se ponen delantal de manga larga, en blanquiazul rayado, cinturón y cuello todo azul.

La educación de las Escuelas Pías es amable, aunque disciplinada y severa. En su origen, el reglamento para la enseñanza de estos religiosos establece que corre a su cargo desde el abecedario hasta leer latín, escribir perfectamente, contar, gramática y retórica inclusive, como también instruir a la juventud en los rudimentos de la fe católica y buenas costumbres.

Atienden el colegio, en este tiempo, una docena de Escolapios muy acreditados en Barbastro y en toda la comarca. Aquí están los Padres Laborda, José Martínez y Mariano Tabuenca. Son gentes entregadas al noble deber de formación y de enseñanza. En un viejo cuaderno, hallado entre las cosas personales del Padre Laborda, se puede leer, con letra caligráfica y menuda, el año de llegada y el destino final de cada alumno. Memorias del buen hacer de un maestro que tiene amor e interés por sus muchachos.

En estos primeros tiempos, los Padres José Beteta, de origen manchego, y Pedro Martínez Heras, que luego será apóstol del espíritu de San José de Calasanz en Argentina, se hacen cargo de los más pequeños. Aún consta en un semanario llamado «Juventud», editado en Barbastro el 13 de marzo de 1914, el siguiente párrafo de laude:

«Recibimos una sorpresa muy agradable al enterarnos, consta en la memoria 1912 a 1913 del Instituto de Lérida, el premio que obtuvieron en la asignatura: “Nociones de aritmética y geometría” los aprovechados alumnos de las Escuelas Pías de nuestra Ciudad, José María Escrivá y Miguel Cavero. Nuestra cariñosa felicitación a los alumnos, a sus distinguidas familias y a sus cultos profesores».

Su vida familiar está llena, durante estos tiempos, de situaciones gratas y dolientes, de felicidad y contradicciones. De confianza en el querer de Dios y de exigencia humana. El capital de don José y el negocio de «Juncosa y Escrivá» permite una vida holgada y sin preocupaciones económicas. Los chicos juegan bajo los arcos de la Plaza y descubren rincones y portales, aunque doña Dolores prefiere verlos en la casa, y controlar sus travesuras y proyectos. Por la escalera suben, en bandada, las amigas de Carmen y los amigos de Josemaría. Aquí, hasta un cuarto contiguo al de Josemaría, que familiarmente llaman todos «la leonera», llegan Joaquín Navasa, Julián Martín, los Esteban… Salen a relucir, seguramente, las cartas, los soldados de plomo, los rompecabezas y los bolos.

Otras veces, cuando la tarde se presenta reposada, doña Dolores les deja entrar en la salita. Josemaría hace corro, se sienta en una mecedora, y cuenta sin cansancio un relato tras otro a Carmen y a Chon, sus hermanas, y a Adriana y a Esperanza, amigas de Carmen, que le rodean. Le gusta entretenerlas.

Sin embargo, tiene Josemaría un carácter fuerte que, a veces, se le escapa. Por ejemplo, un día en el colegio piensa que el profesor ha sido injusto con él, y en su rabieta de niño arroja el borrador de tiza contra la pizarra. Pero luego es capaz de agradecer a este buen escolapio el silencio que guarda sobre tal anécdota cuando se encuentra a don José y a Josemaría durante un paseo.

Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer hablará del carácter enérgico, del «caratteraccio» -dirá bromeando en italiano-, que dejaba entrever desde pequeño.

Hay una fecha muy feliz que Josemaría recuerda con cariño. Es el día del santo de su madre. Suelen estar ya florecidos los almendros. Don José hace jornada de gran fiesta para estar más tiempo con su esposa y con sus hijos. Salen del arcón los manteles guardados para horas especiales. Y hay un postre sencillo y cuidadoso que sólo ese día, por excepción, manda hacer doña Dolores. Son los «crespillos» de la tierra: hojas de espinaca, rebozadas y fritas, que se sirven espolvoreadas con azúcar.

También tiene presentes, con especial emoción, las fiestas de Navidad. Con el aliento flotando en el aire bajo cero de Barbastro, le imaginamos caminando junto a su padre en busca del musgo verdinoso que crece en las laderas, de la rama y la roca para componer el Belén de cada año. En el calor de la casa, irán ocupando su lugar las figuras del Misterio, los pastores, las lavanderas…, y acabará naciendo el Niño sobre esta pequeña reproducción del Somontano.

A la media noche del 24 de diciembre, saldrá a Misa de la mano de sus padres. Y nunca podrá olvidar esta mezcla de rigor y ternura, de canciones y hielo, que han formado el paisaje de su Navidad. Empieza a forjar ahora la reciedumbre de su corazón y podrá expresar en el futuro, sin falsos pudores, el hondo e ingenuo cariño de sus devociones infantiles. Así lo escribirá, años más tarde, en «Camino»:

«Devoción de Navidad. -No me sonrío cuando te veo componer las montañas de corcho del Nacimiento y colocar las ingenuas figuras de barro alrededor del Portal. -Nunca me has parecido más hombre que ahora, que pareces un niño»(12).

En los veranos, cuando florece la aspereza somontana, Josemaría pasa los días en Fonz, junto a la estribación del Pirineo. Le gusta correr por los campos y las calles descubriendo los escudos agrietados que blasonan muchas casas, mientras allá arriba vigilan las ruinas del castillo de Forza, construido por los árabes. Hay en la tierra aragonesa una repetida devoción a la Asunción de la Virgen, que preside, bajo esa advocación, numerosos retablos. Y es frecuente hallar a simultáneo la representación de la Virgen «dormida» en su despedida del mundo, junto a esa otra imagen gloriosa de su llegada al Paraíso. Así, en una misma plegaria, las gentes aúnan el adiós y el encuentro más allá de la vida.

Josemaría se quedará, muchas veces, mirando esa representación beatífica, bella e inmóvil, de la Virgen durmiendo su último sueño en la tierra; siempre recordará esta devoción, que ha de estar representada, un día lejano, junto a su propia tumba en la ciudad de Roma.

Ya desde estos años infantiles, quedará clavado en su alma, junto al amor de Jesús en la Eucaristía, un real y profundo afecto a la Madre de Dios y de los hombres. No le cuesta al niño imaginar cómo puede ser este cariño: tiene siempre el modelo cálido de su madre en la tierra. Y aprende que, más fuerte aún y omnipotente, es el amor de su Madre del Cielo.

Muchas historias, una Navidad

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¿Cuál es el origen de nuestras tradiciones navideñas? Para “recuperar el sentido cristiano de estas fechas” -como pide el Prelado en su carta-, puede ser útil conocer el origen de costumbres como el árbol o el belén.

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La corona de Adviento

La corona de adviento está compuesta por cuatro velas con ramas vegetales, que se van encendiendo, una a una, en las cuatro semanas que preceden a la Navidad.

La corona de adviento encuentra sus raíces en las costumbres precristianas de los pueblos del norte, entre los siglos IV y VI. Durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida de la primavera.

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En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes comenzaron a utilizar este símbolo durante el Adviento: aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la Verdad suprema: Jesús es la Luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. Las velas anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.

La corona está llena de símbolos: la luz recuerda la salvación; el verde, la vida; su forma redonda, la eternidad, etc.

La fecha: el 25 de diciembre

En un primer momento, durante los siglos I y II después de Cristo, los cristianos no celebraban el nacimiento de Jesús. Se sabía cuándo había muerto, en la Pascua Judía, pero no cuándo había nacido. Sin embargo, en el siglo III existen los primeros testimonios de que la fiesta del Nacimiento de Cristo era celebrado por la Iglesia, todavía clandestina, el día 25 de diciembre.

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Como en otros casos, los primeros cristianos aprovecharon festividades paganas para celebrar su fe. En el caso de la Navidad, en torno al 25 de diciembre las civilizaciones precristianas celebraban el solsticio de invierno, en la que la luz volvía de nuevo y se acababan las tinieblas. Aunque es una época de frío y de noches largas, se sabe que la vida vuelve de nuevo a empezar.

Por su parte, los romanos celebraban del 17 al 24 de diciembre las Saturnalia, unas fiestas dedicadas al dios Saturno. En la época imperial, a partir de los siglos I y II, se instauró el 25 de diciembre como el día del nacimiento del “Sol invicto”, divinidad que estaba representada por un recién nacido. Era un día de fiesta, nadie trabajaba, incluso los esclavos tenían fiesta.

Pronto, la ya gran comunidad de cristianos romana -que aún vivían en clandestinidad- aprovechó esa fecha tan celebrada en la sociedad romana para celebrar el nacimiento de Jesús, del que no conocían la fecha.

La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida. Tras las persecuciones de Diocleciano, en 354, se fijó oficialmente la fecha del Nacimiento de Cristo. En el siglo V puede considerarse que la Navidad era una fiesta universal, ya que por entonces la Iglesia no estaba dividida.

También los pueblos del Norte de Europa celebraban una serie de fiestas en torno al solsticio, en honor a dioses como Thor, Odin o Yule, razón por la que a los evangelizadores no les costó adaptar las fiestas paganas a la Navidad.

Misa del Gallo

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En el siglo V, el Papa Sixto III introdujo en Roma la costumbre de celebrar en Navidad una vigilia nocturna, a medianoche, “mox ut gallus cantaverit” (“en cuanto canta el gallo”). La misa tenía lugar en un pequeño oratorio, llamado “ad praesepium” (“junto el pesebre”), situado detrás del altar mayor de la Basílica paleocristiana de San Pedro.

La celebración Eucarística de esta Noche Santa, comienza con una invitación instante y urgente a la alegría: “Alegrémonos todos en el Señor –dicen los textos de la liturgia-, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo”. El tiempo litúrgico de Navidad se prolonga hasta el domingo del Bautismo del Señor, el domingo que sigue al día de la Epifanía.

Los belenes

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Un belén es la representación doméstica del misterio de la Natividad de Jesús. La costumbre surgió cuando en la Navidad de 1223, en Italia, San Francisco de Asís participó en la Misa dentro de una cueva en la localidad de Greccio. En ella, tras haber pedido permiso al Papa Honorio III, había instalado un pesebre con una imagen en piedra del Niño Jesús y un buey y un asno vivos.

Esta representación de Greccio fue el punto de partida de un fenómeno extraordinario de difusión del culto de la Natividad. Desde el mismo siglo XIII, la elaboración de belenes se difundió por Italia. Los frailes franciscanos imitaron a su fundador en las iglesias de los conventos abiertos en Europa. Esta costumbre se propagó por toda Europa durante los siglos XIV y XV.

En la actualidad, el belenismo tiene un gran éxito principalmente en Italia, España e Hispanoamérica. En Francia, tras la Revolución Francesa en que fueron prohibidas las manifestaciones navideñas, en la zona de Provenza surgieron con mucha fuerza. Incluso las comunidades protestantes, aunque no hagan belenes en las casas, sí conservan la tradición de representar “belenes vivientes”, con niños.

El árbol de Navidad

Es otra tradición precristiana que ha adquirido un significado profundamente cristiano. Muchas tradiciones, todas de procedencia nórdica, reclaman la costumbre del árbol de Navidad, aunque ninguna es fiable, por lo que su origen se pierde en la noche de los tiempos.

Los antiguos pobladores de Centroeuropa y Escandinavia consideraban a los árboles seres sagrados. Así, en la época del solsticio de invierno, adornaban el árbol más alto y poderoso del bosque con luces y con frutos (manzanas, por ejemplo), creyendo que sus raíces llegaban al reino de los dioses, donde se encontraban Thor y Odin.

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Según la tradición, el cristianismo dio una lectura más profunda a esta costumbre. Se cuenta que San Bonifacio -un sacerdote inglés que evangelizó Centroeuropa entre los siglos VII y VIII- explicaba el misterio de la Trinidad con la forma triangular del abeto: los frutos serían los dones del Espíritu Santo (los regalos de Dios a los hombres); la estrella sería Cristo, la luz de Dios, la luz del mundo; y el tronco, es fácilmente asimilable a la tradición cristiana, que utiliza también muchos árboles en su catequesis: el árbol del Paraíso, de la Ciencia del Bien y del Mal, el árbol de Jesé, el santo madero del que se hizo la cruz…

A partir del siglo XV los fieles comienzan a instalar los árboles en sus casas. Con la reforma protestante –que suprime las tradiciones del belén y de san Nicolás-, el árbol adquiere más protagonismo en muchos países del norte. A sus pies los niños encuentran los regalos que traía el Niño Jesús.

El éxito arrollador del árbol en el mundo anglosajón se debe a la reina Victoria, quien instaló uno en el palacio real en 1830 y extendió la costumbre por todo el reino. En 1848 incluso llegó a felicitar las navidades con una imagen de la familia real ante el árbol, lo que contribuyó a su difusión también por EEUU.

La difusión del árbol en el mundo protestante hizo que en los países católicos, especialmente del sur de Europa, se diera menos importancia a esa tradición. Más recientemente, con dos pontífices centroeuropeos la costumbre del árbol de Navidad ha recuperado su importancia.

En 1982 se instaló por primera vez un árbol en la Plaza de san Pedro: “Que significa este árbol? –preguntaba Juan Pablo II–. Yo creo que es el símbolo del árbol de la vida, aquel árbol del que se habla en el libro del Génesis y que ha sido plantado en la tierra de la humanidad junto a Cristo (…). Después, en el momento que Cristo vino al mundo, el árbol de la vida fue vuelto a plantar a través de El, y ahora crece con El y madura en la cruz (…). Debo decirles – confesaba – que yo personalmente, a pesar de tener unos cuantos años, espero impacientemente la llegada de la Navidad momento en el cual, es traído a mis habitaciones este pequeño árbol. Todo ello lleva un enorme significado que trasciende las edades…”.

Los regalos

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La relación Navidad-regalo es muy antigua. Desde el inicio, un regalo en estas fechas ha sido un modo de transmitir de modo material a las personas queridas la propia alegría por el nacimiento del hijo de Dios.

Hasta el siglo XIX, no se generalizó la idea, naciendo de las clases medias, de la burguesía. Reyes Magos, Niño Jesús, Santa Claus o Papá Noel, Befana, Olentzero, Caga Tiò… son personajes que, en las fechas de Navidad, traen regalos a los niños. Pero muchos de estos personajes tienen una larga historia. Contaremos dos:

Reyes Magos

La importancia de los Reyes Magos es principalmente religiosa: ellos son los protagonistas de la Epifanía, es decir, de la manifestación de Dios a todos los hombres, de todos los pueblos de la tierra.

Ya habían sido anunciados en el Antiguo Testamento (el libro de los Reyes e Isaías) y san Mateo los describe como “magos de Oriente”. Que fuesen tres y reyes, es una tradición que consolidó rápidamente, como demuestra Orígenes, teólogo del siglo II. Probablemente se trataba de sacerdotes de Babilonia, del culto de Zoroastro, dedicados a la astrología.

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En el siglo V, León Magno fija en tres el número de reyes, representando así las tres razas humanas: la semítica, representada por el rey joven; la camítica, representada por el rey negro; y la jafética, representada por el rey más anciano. En el siglo XV, con el descubrimiento de nuevas tierras, adquieren sus rasgos definitivos.

A lo largo de la historia han recibido nombres como Magalath, Galgalath y Serakin; Appellicon, Amerin y Damascón; o Ator, Sater y Paratoras. Los nombres Melchor, Gaspar y Baltasar aparecen por primera vez en un pergamino del siglo VII.

Los restos de los reyes magos, tras ser encontrados por Santa Elena en Saba, vivieron un agitado traslado por toda Europa, hasta que reposaron finalmente en la catedral de Colonia.

Papá Noel

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San Nicolás fue un obispo cristiano que vivió en la actual Turquía en el siglo IV. Aunque realizó muchos milagros, el más conocido relata que dio la vida a tres niños que habían sido descuartizados por un carnicero y había introducido sus restos en unos sacos. Por eso, su figura ha estado siempre unida a los niños. Su devoción ha pervivido tanto en la Iglesia católica como en la ortodoxa. Pronto, se asoció el santo a los regalos que los niños recibían por Navidad.

La imagen actual es una mezcla del Sinterklaas holandés y tradiciones escandinavas que habían llegado a EEUU. Su origen se remonta a una noche de 1822, cuando el pastor protestante Clément C. Moore creó el personaje de Santa Claus. El 24 de diciembre, al caer la tarde, su esposa comprobó que le faltaban algunas cosas para la cena y pidió a su marido que fuese a comprarlas. A su regreso, Clement se entretuvo un rato con el guarda Jan Duychinck: un holandés gordo y efusivo, con ganas de contar las tradiciones navideñas de su tierra, en particular las costumbres relacionadas con Sinterklaas (Santa Claus).

Ya en casa, el Dr. Moore mientras la mujer preparaba la cena, redactó un poema para sus tres hijas contando la visita que le había hecho San Nicolás. La figura que describió era la misma de Duychinck: un sujeto cordial, gordo, de ojos chispeantes, nariz roja y mejillas sonrosadas, que llevaba pipa y decía “ho, ho, ho”. Aunque el personaje se llamaba San Nicolás, no tenía nada del obispo.

(*) Artículo escrito por M. Narbona, Dr. en Historia.

Navidad en 20 villancicos

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Para estos días ofrecemos un documento con letras de canciones navideñas populares y algunos villancicos. Entre ellos, el del Colegio Tajamar, que recientemente ha recibido el primer premio en un concurso radiofónico

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1º) Heal the world
33 niños del coro de primaria del centro Tajamar de Madrid cantan un villancico versionando “Heal the world”.

2º) Vídeo: Popurrí de Navidad (5:49)
Vídeo del villancico interpretado por el coro del club Naira de Tenerife en la celebración de su 25º aniversario

3º) De todas partes del mundo
Francisca Fernández (2:45)
Interpretado por el coro de familias del club Beiramar (Vigo)

4º) Dime niño de quien eres
Villancico popular
Interpretado por el coro de familias del Colegio Altocastillo (Jaén)

5º) La jornadita
Villancico andaluz
Interpretado por la familia Arquer de la Prada (Sevilla)

6º) Christus natus est nobis
Anónimo. (2.19 min)
Interpretado por la Coral Oscense

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7º) “A cantar” (2:11)
Dirección: Feli Castellanos
Interpretado por el coro rociero del club Bahía (Jerez)

8º) “El pastor trabajado” (3:56)
Amparo Morell
Dirección: Inma Benet
Interpretado por el coro del club Massanella (Mallorca)

9º) “Fum, fum, fum” (2:13)
Villancico popular
Interpretado por la coral del colegio Viaró (Barcelona)

10º) “Rondalla” (2:43)
Begoña Lorenzo
Dirección: Ana Martínez
Interpretado por el coro familiar del club Torrelaguna (Madrid)

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11º) Hacia Belén (1:22)
Coro del Colegio Vedat (Valencia)

12º) Así se canta en Triana (3:19)
Coro Flamenco de Antiguos Alumnos de Entreolivos y Tabladilla (Sevilla)

13º) Al son de los panderos (2:13)
Coro del Colegio Senara (Madrid)

14º) Imos a Belen (3:47)
Coro de la Asociación Beiramar (Vigo)

15º) Cantad pastores (3:11)
Coro del club La Roqueta (Elche)

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16º) Tres magos van a Belén (2:34)
Coro del colegio Guadalaviar (Valencia)

17º) Y le besaré (2:58)
Coro del club Peñalara (Madrid)

18º) What child is this? (2:15)
Interpretado por Carlota Castillo del Colegio Sansueña

19º) Gloria (2:18)
Interpretado por el coro del Colegio Sansueña (Zaragoza)

20º) Mira José (2:58)
Letra de Carmen Martorel

La Navidad en Belén

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Santiago Quemada, un sacerdote que vive en Jerusalén, cuenta su visita a la gruta de Belén en el día de Navidad

El día de Navidad tuve la fortuna de volver a estar en Belén. Evidentemente es un día muy especial para visitar ese lugar Santo.

Desde luego todos los que han estado opinaban que este año había muchísima gente. He sabido que entre 50 y 70 mil turistas y peregrinos han venido a Tierra Santa, con motivo de estas festividades de Navidad.

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Pude ir por la tarde a la gruta de Belén. Ya se veía a muchas personas esperando para entrar por la puerta pequeña de la Basílica de la Natividad. Mucha más gente había dentro. Conseguí entrar no sin esfuerzo en la Gruta. Hacía mucho calor. Había tres franciscanos delante de la estrella. Coordinaban a la gente que pasaba, para que la besara rápido y no hiciera fotos. Me arrodillé al principio a un lateral, más bien cerca, a la altura del pesebre. Pero comenzó una Misa en el altar de los Reyes Magos que está al lado del pesebre, y se llenó más la gruta.

He recogido la foto de la Misa que celebré el año pasado precisamente en ese altar. El pesebre se encuentra justo detrás del lugar donde están las personas que asisten a la Misa. Era en lengua inglesa y participaba bastante gente. Empecé a notar más calor, así que decidí ir para atrás en busca de un poco de aire.

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En la parte del fondo había menos personas y allí me quedé rezando. Era difícil concentrarse por el movimiento constante que había. Por eso mi oración fue sobre todo de petición. Había tantos familiares, amigos y conocidos a los que había felicitado la Navidad diciendo que rezaría por ellos en la gruta ese día. Ahora no les podía fallar. Pensaba en tantos que desearían tener la suerte de estar donde yo estaba. Eso también me ayudó a pedir con intensidad por unos y por otros. Se palpaba un ambiente muy grande de piedad y de alegría.

Esta fue mi visita a Belén de esta Navidad. Espero no acostumbrarme nunca a visitar y rezar en los lugares Santos, y a pedir allí por tanta gente que no tiene esta oportunidad tan excepcional.

Carta del Prelado (enero 2008)

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Con estas letras, Mons. Javier Echevarría recuerda que los cristianos -respetando la libertad de todos- deben transmitir su fe, con el ejemplo y con la palabra.

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Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Desde el pasado 25 de diciembre, todo nos habla del nacimiento de Cristo, Verbo eterno del Padre, encarnado y nacido de la Virgen María para salvarnos. En los países de tradición cristiana, la piedad popular manifiesta de mil modos la alegría ante este maravilloso Misterio. Muchos hombres y mujeres de buena voluntad, también no cristianos, comparten con los católicos los ideales de paz, justicia y solidaridad evocados por esta fiesta, lo que constituye una prueba más de cómo el mensaje de Cristo responde a las aspiraciones más profundas de las criaturas.

Sin embargo, más allá del despertar de esos anhelos —que tienen su importancia, sobre todo en momentos como los actuales, caracterizados por la falta de paz en muchas naciones y en muchas conciencias—, lo decisivo de la Navidad es el hecho mismo que celebramos. Lo recordaba el Santo Padre, pocos días antes de esta fiesta: en Belén se manifestó al mundo la Luz que ilumina nuestra vida; se nos reveló el Camino que nos lleva a la plenitud de nuestra humanidad. Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene festejar la Navidad? La celebración se vacía. Ante todo nosotros, los cristianos, debemos reafirmar con profunda y sentida convicción la verdad del Nacimiento de Cristo para testimoniar delante de todos la conciencia de un don inaudito que es riqueza no sólo para nosotros, sino para todos[1].

La Navidad nos vuelve a poner ante los ojos la urgencia de colaborar con Cristo en la aplicación de los frutos de la Redención. Buen ejemplo nos dan los pastores de Belén: después de acudir presurosos a la gruta, donde encontraron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre, regresaron a su trabajo habitual llenos de alegría. Volvieron cambiados por dentro, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, y deseosos de comunicar a sus parientes y vecinos la buena nueva; de modo que todos los que lo oyeron, se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho[2]. Y eso que muy probablemente eran, como sucede también ahora, personas retraídas, poco dadas a la conversación.

Cuando alguien experimenta un gozo grande, siente el impulso de comunicarlo a las personas con las que se relaciona. Sucede con mayor motivo cuando se trata de la vida sobrenatural, que Jesús ha traído a la tierra. Es ésta una dicha que no se puede ocultar, porque la vocación cristiana lleva consigo, por su misma naturaleza, vocación apostólica. La alegría de haber sido salvados por Dios no cabe en un corazón solo. Dice San Agustín que quien logra la conversión de un alma tiene la suya predestinada. ¡Pues pensad lo que será traer al camino de Dios, a la entrega, a otras almas! ¡Algo maravilloso! (…). Porque el bien, de suyo, es difusivo. Si yo gozo de un beneficio, necesariamente tendré deseos eficaces de que otros vengan a participar de esa misma felicidad [3].

Sin embargo, en muchos lugares se ha consolidado la falsa idea de que no resulta conveniente hablar a otras personas de las propias convicciones religiosas. Equivale —dicen— a entrometerse en la conducta privada de los demás, atentando a la intimidad de cada uno. Debemos rechazar semejante actitud y estar siempre dispuestos a dar razón de la esperanza de nuestra vocación cristiana[4], con sinceros deseos de que resuene en los oídos de nuestros parientes, amigos y conocidos la buena nueva de la salvación.

No hay que conformarse con el testimonio del ejemplo, porque el ejemplo solo —siendo indispensable— no basta. Recordemos el reproche del Señor a quienes no advertían al pueblo de los peligros de la idolatría: son perros mudos, incapaces de ladrar, somnolientos, tumbados, amigos de dormitar[5].

Hijas e hijos míos, permanezcamos vigilantes para no hacernos acreedores a esa censura del Señor; dejaríamos de ser sal de la tierraluz del mundo[6]. Y eso no debe suceder. ¿Alimentas tu afán apostólico como si fuera un instinto sobrenatural? ¿Cómo pides al Señor que ponga en tus labios la palabra oportuna en tus conversaciones diarias, también en las de carácter profesional y en los ratos de descanso? Hay que hablar a los hombres y mujeres de la divina condescendencia que se ha manifestado con la venida del Hijo de Dios al mundo, y de cómo el Señor espera nuestra colaboración en el anuncio de su mensaje de amor, de vida y de paz.

Hace pocas semanas, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, queBenedicto XVI recomienda meditar a todos los fieles[7]. Entre otros puntos, ese documento recuerda que «estimular honestamente la inteligencia y la libertad de una persona hacia el encuentro con Cristo y su Evangelio no es una intromisión indebida, sino un ofrecimiento legítimo y un servicio que puede hacer más fecunda la relación entre los hombres»[8]. Más aún: «La actividad por medio de la cual el hombre comunica a otros eventos y verdades significativas desde el punto de vista religioso, favoreciendo su recepción, no solamente está en profunda sintonía con la naturaleza del proceso humano de diálogo, de anuncio y aprendizaje, sino que también responde a otra importante realidad antropológica: es propio del hombre el deseo de hacer que los demás participen de los propios bienes»[9].

Naturalmente, en esto como en todo, no sólo respetamos la intimidad y la libertad de los demás, sino que las defendemos; excluimos toda forma de violencia. Muy vivo conservamos el ejemplo y la enseñanza de San Josemaría, que nos señalaba: he defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer[10].

Me ha venido a la memoria la insistencia de nuestro Padre en este punto. Quizá se hizo más frecuente cuando empezó a difundirse en algunos ambientes la idea de que no es necesario tratar de nuestra fe con las demás personas; de que basta el testimonio de la propia conducta. Frente a esa actitud, que podría llegar a paralizar las ansias misioneras de la Iglesia, San Josemaría reaccionaba con fortaleza apostólica. Puntualizaba:es necesario que mis hijos busquen la ocasión de hablar, de comunicar estas maravillas que el Señor nos ha confiado. No basta la presencia, para trabajar cristianamente[11].

Cuando el Concilio Vaticano II se acercaba a su conclusión, nuestro Fundador nos impulsó a poner en práctica las grandes enseñanzas de esa magna Asamblea de la Iglesia; sobre todo, nos invitaba a recordar a la gente, en público y en privado, la llamada universal a la santidad y al apostolado proclamada con fuerza en el Concilio. Nos instaba a mantener con todos —católicos y no católicos, cristianos y no cristianos— una perseverante conversación apostólica fundada en la verdad y en la caridad. Así vivió hasta el final. Me pasan por la cabeza los recuerdos de cómo aprovechaba las ocasiones para servir de este modo a las almas.

Corrían tiempos en los que se aireaba mucho que era mejor no exponer la fe cristiana a las demás personas; algunos incluso concebían el diálogo como un coloquio en el que era preciso dejar de lado las verdades enseñadas por la Iglesia, como si cualquier opinión referente a Dios o a las verdades reveladas fuese igualmente válida y auténtica. En esas circunstancias, partiendo del Evangelio, San Josemaría comentó los múltiples ejemplos de las charlas o predicaciones que Jesucristo mantuvo con sus contemporáneos. Y gozaba al comprobar que de la misma manera se han comportado los cristianos a lo largo de los siglos, siguiendo el ejemplo del Maestro. Los primeros Doce —para predicar el Evangelio— tuvieron una conversación maravillosa con todas las personas a las que encontraron, a las que buscaron, en sus viajes y peregrinaciones. No habría Iglesia, si los Apóstoles no hubieran mantenido ese diálogo sobrenatural con todas aquellas almas. Porque el apostolado cristiano no es más que eso: ergo fides ex auditu, auditus autem per verbum Christi (Rm 10, 17); ya que la fe proviene del oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Jesucristo[12].

En su reciente carta encíclica sobre la esperanza cristiana, el Papa expone con incisividad estas enseñanzas. Partiendo de que el afán de santidad es algo intransferible —nadie puede sustituirnos en la correspondencia personal a la gracia—, Benedicto XVI explica: la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (cfr. 1 Tm 2, 6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser “para todos”, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás[13]. Ahí tiene su raíz la necesidad de comunicar la buena nueva de la salvación a otras almas. Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor[14]. Nos consta con entera seguridad, pues es algo inherente a la llamada recibida, que el Señor desea que incrementemos el apostolado personal de amistad y confidencia, tan característico de los fieles que viven por vocación divina en medio del mundo, y concretamente de quienes se alimentan del espíritu del Opus Dei.

En este mes se cumplen setenta y cinco años del momento en que San Josemaría dio un impulso decisivo a la labor apostólica con la juventud, que venía realizando desde la fundación del Opus Dei. Fue, en efecto, el sábado 21 de enero de 1933, cuando nuestro Padre reunió por vez primera a un pequeño grupo de jóvenes, para dirigirles una charla de formación cristiana.

¡Con qué sentido sobrenatural, con qué ilusión y cariño comenzó nuestro Fundador esa actividad! Sin embargo, como tantas veces rememoró, a aquel primer Círculo acudieron sólo tres muchachos, a pesar de que se había hablado previamente con nueve o diez. San Josemaría no se desanimó. Lleno de fe, confiando en la intercesión de la Virgen y de San José, y encomendando nuevamente esa labor al Arcángel San Rafael y al Apóstol San Juan, impartió a aquellos primeros la bendición con el Santísimo Sacramento. Meditemos despacio sus palabras: al terminar la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor Sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto, porque es una realidad (…). Me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso[15].

Al día siguiente, domingo 22 de enero, tuvo lugar la primera catequesis -medio imprescindible en la labor apostólica con la juventud, y también con otras personas-, a la que concurrieron algunos de los muchachos que trataba nuestro Padre. Fueron a un colegio de las afueras de Madrid, en la barriada de los Pinos, donde les esperaban un montón de niños. Las clases de formación, las catequesis y las visitas a los pobres y enfermos, que nuestro Fundador realizaba desde mucho tiempo antes, han sido y serán siempre un fundamento solidísimo de este apostolado, que es -así se expresaba siempre nuestro Padre- como la niña de nuestros ojos.

Lógicamente, el peso y el gozo de sacar adelante este apostolado recae principalmente sobre los fieles más jóvenes de la Prelatura, y sobre los que tienen confiado especialmente este encargo. Hijas e hijos míos, pensad en la confianza del Señor, que desea poner en vuestras manos —para que las modeléis, como el escultor modela la arcilla— las almas de tantas jóvenes y de tantos jóvenes, que buscan sinceramente el sentido profundo de sus vidas. Preparad bien los Círculos y las clases de doctrina cristiana, pedid al Espíritu Santo que ponga en vuestras palabras una fuerza que arrastre, y lanzaos con decisión a hablar con vuestras amigas, con vuestros amigos, entablando un diálogo apostólico que les lleve hasta Cristo, suaviter et fortiter[16], con suavidad y con fortaleza.

Remueve mucho la insistencia con que Benedicto XVI habla de que hay que invitar a los jóvenes a ser generosos, a acercarse más al Señor, a seguirle. Hagámosle eco al oído de muchos, confiando en la acción del Espíritu Santo y en la capacidad de entregarse al servicio de ideales grandes, que es siempre una característica de la juventud, aunque a veces parezca dormitar en los corazones.

Acudamos con confianza a San Rafael y a San Juan, Patronos de esta labor, y también a San Josemaría, que comenzó este trabajo hace ya tantos años. Tened presente que de este modo estáis —estamos— preparando el futuro de la Iglesia, el porvenir cristiano de la sociedad.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de enero de 2008.

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[1] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 19-XII-2007.

[2] Cfr. Lc 2, 16-20.

[3] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 29-XII-1959.

[4] 1 Pe 3, 15.

[5] Is 56, 10.

[6] Mt 5, 13-14.

[7] Cfr. Discurso en la audiencia general, 19-XII-2007.

[8] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, 3-XII-2007, n. 5.

[9] Ibid., n. 7.

[10] San Josemaría, Conversaciones, n. 44.

[11] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 25-VIII-1968.

[12] San Josemaría, Carta 24-X-1965, n. 13.

[13] Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 28.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 120.

[15] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 19-II-1975.

[16] Cfr. Sb 8, 1.

“La Eucaristía tuvo un papel decisivo en mi conversión”

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Rianne Spoon, holandesa de 22 años y estudiante de medicina, fué recibida en la Iglesia Católica el  12 de diciembre de 2004, en el trascurso de una Misa solemne que tuvo lugar en la catedral de Sta. Catalina de Utrecht.

Fui a Utrecht para comenzar la universidad. Quería estudiar medicina. Necesitaba una residencia donde vivir y fui a parar a Hogeland, conocida por su clara inspiración católica. Yo había sido educada con la idea de que la fe católica era una doctrina errónea, por eso me pregunté si era razonable que fuera a vivir a Hogeland. Cosas de la juventud, elegí la ventaja de la duda y descubrí muy pronto que las cosas no eran como me las había imaginado. Encontré un ambiente de gran libertad y respeto.

Hace año y medio una compañera universitaria se convirtió y eso me hizo pensar mucho. Me daba cuenta de que creíamos en el mismo Dios. A pesar de tener una fuerte sensación de unidad con la fe católica, había dos puntos de desunión: la Eucaristía y la manera de ver a María, la Madre de Dios. Después de un período de estudio sobre estos y otros temas, decidí hacer la profesión de fe en la comunidad protestante a la que pertenece mi familia, aunque tuviese dificultades con algunos puntos, entre otros por el modo como veían a la Iglesia Católica.

Esta decisión de no seguir buscando y dejarlo todo en manos de Dios no me dio la paz. Las dudas no se me iban de la cabeza y estaba intranquila. En la residencia Hogeland hay un oratorio, donde muchas estudiantes van a rezar o asisten a la Misa que un sacerdote del Opus Dei celebra todos los días.

Recuerdo que no podía pasar junto al oratorio sin sentir la necesidad de entrar. Es difícil explicar los sentimientos. En la situación en la que me encontraba, me daba cuenta de que si me decidía a entrar en el oratorio y me arrodillaba ante Su Presencia en el sagrario, no podría continuar siendo protestante. Por el momento no quería comprometerme a hacerlo: no tenía la motivación ni la seguridad de poder tomar esa decisión. No quería desobedecer ni a mi comunidad cristiana ni a mi familia, así que decidí dejar pasar el tiempo con la esperanza de que todos mis “problemas” desaparecieran.

Hogeland.

“Dios no se cansa de esperar”
Después vino la Navidad y la claridad que esperaba encontrar en este tiempo de felicidad y descanso no se produjo . La lectura de un pasaje del libro “Por fin en casa”, de Henri Nouwen, me volvió a dar esperanza. Me hizo mucho bien leer que Dios nos quiere infinitamente, tanto que no desea de nosotros un amor obligado, sino libre. Él sabe esperar. No se cansa de esperar.

Pero lo que jugó un papel decisivo en mi conversión fue la Eucaristía. Tenía envidia de la gente que iba todos los días a Misa. No podía imaginarme mi vida como católica sin ir diariamente a Misa. También fue importante, sin duda, encontrar en el Papa la figura de un padre, y ver brillar el rostro de Cristo en los sacerdotes y en los católicos que he conocido.

Echando la vista atrás, no deja de sorprenderme cómo Dios ha actuado conmigo. Por un lado, porque la mayor parte de la fe católica la he aprendido tomándome un vaso de chocolate caliente con mi amiga Agnes. Por otro lado, y reflexionando en serio, porque he comprobado en mi propia piel que Cristo vive. Si escribo estas cosas es sólo para compartir mi agradecimiento. Como dice un sacerdote que me ha ayudado en este camino hacia la fe plena, “no sólo debo estar agradecida por lo que yo he recibido, sino por lo que a partir de ahora puedo significar para otros, si soy fiel”.


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