Kianda Callege

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

«Cuando se ven por las calles de Nairobi –afirmaba el East African Standard, el periódico de más difusión en África Oriental– muchachas de razas diversas que pasean juntas, todos saben que se trata de alumnas del Kianda College».

No fueron fáciles los comienzos de este Centro de formación profesional de la mujer, pero son ya numerosas las promociones de alumnas de Kianda College que, después de haber recibido una intensa formación práctica y cultural y después de haber convivido con mujeres de distinta raza y religión, salieron con el diploma de secretariado y trabajan ahora con eficacia en oficinas de toda África. Ellas, como decía la esposa del presidente de Kenya, «tal vez no se han dado cuenta de la inmensa fortuna que les ha tocado, pero lo apreciarán dentro de algunos años, cuando comiencen a recoger los frutos de la formación que ahora reciben, de la eficacia de la instrucción que les ha sido impartida. Esta iniciativa (se refería al Kianda College) debe ser valorada, porque cuando se educa a una mujer se educa una familia: y la educación de una familia es la educación de todo un pueblo».

A través de este centro femenino y del Strathmore College (preuniversitario, para muchachos de Kenya, Tanzania y Uganda), los miembros kenianos del Opus Dei, junto con otros conciudadanos, realizan en Nairobi una profunda labor docente y social, contribuyendo a una completa integración racial y a una mayor difusión de la cultura.

Unas pocas cifras ilustran el rápido desarrollo de Kianda College (que en lengua kikuyu significa «valle fértil»). En 1963 había ya alumnas de los tres países del África Oriental, y a partir de 1967, de muchos otros del Continente africano: Nigeria, Etiopía, Zambia, Ghana, Lesotho…

En 1973 se pusieron las bases de Kianda High School, un colegio de enseñanza media que actualmente tiene más de 350 alumnas. Desde el principio, esta iniciativa contó con el apoyo entusiasta de las tres mil antiguas alumnas de Kianda, deseosas de que sus hijas se educaran en el mismo ambiente que habían conocido ellas. Mrs. J. Gechaga, primera mujer africana miembro del Parlamento, decía en una entrevista a la prensa en 1978: «He conocido Kianda desde que empezó (…), y comprendí que traía dos mensajes importantes para dar al país: proveer a la mujer africana de unos conocimientos que le permitieran ocupar su puesto en el siglo XX, y enseñarle a ser una buena cristiana, consecuente, madre de la primera generación de cristianos profesionales de Kenia».

«Urge vivir la fe con la vitalidad de los comienzos»

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Del 1 al 23 de octubre de 1999 tiene lugar en Roma la Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos.

30 de septiembre de 1999

Alfa y Omega (Madrid)

¿Cuáles son las prioridades de la evangelización de Europa y qué papel jugará el Sínodo para Europa en este sentido?

Antes que nada, debo aclarar que no me corresponde señalar esas prioridades, así, en general. Los trabajos del Sínodo constituyen precisamente una ocasión para reflexionar sobre la evangelización de Europa: durante esos días rezaremos, trabajaremos, nos escucharemos los unos a los otros, con apertura de espíritu y deseos de aprender. Y siempre con la confianza de que el Espíritu Santo nos mostrará el camino para iluminar Europa con la luz de Cristo. En este sentido, el Sínodo no es sólo una experiencia viva de la comunión de la Iglesia, sino también una manifestación de fe: creemos que de la comunión y de la unidad surgirán luces para la tarea apostólica de los próximos años.

Después de esta aclaración, no tengo inconveniente en comentar algunos aspectos que – en mi opinión – es bueno afrontar, movidos por el deseo de que el espíritu cristiano renueve nuestro continente, como ha hecho siempre la Iglesia. Me parece muy importante la necesidad de practicar la fe con la vitalidad de los comienzos; también atraerá nuestra atención la dimensión multicultural de la evangelización, dentro de la unidad; y considero que no faltará el estudio sobre las responsabilidades de la mujer.

Como telón de fondo situaría la obligación de presentar nuestra fe de forma genuina, con la coherencia de vida y con el entusiasmo de aquellos inmediatos discípulos de Jesucristo. Hemos de poner en primer plano a Cristo, en quien creemos, a quien seguimos, y de quien estamos llamados a hablar. Los católicos de este continente no tenemos motivos para considerarnos de vuelta, como desencantados. Pero hemos de desempolvar nuestro modo de practicar la fe, purificarlo, conectando más a fondo con la fuente, el manantial, que es el Señor Jesús. Y Jesucristo es eternamente joven, es la perenne novedad. Como consecuencia, nuestra esperanza resultará fortalecida, recuperaremos y comunicaremos siempre con más fuerza y convencimiento la alegría de sabernos cristianos, hijos de Dios.

El Santo Padre, en un discurso al CELAM, en 1983, decía que la evangelización tenía que ser «nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión». Pienso que podemos aplicar muy bien a Europa ese requerimiento de novedad que lleva en sí el mensaje cristiano. Y, lo repito, la novedad es Jesucristo vivo, que sigue pasando a nuestro lado y llamándonos a participar de la gran novedad que es su Vida.

También estimo como una necesidad pastoral urgente, porque se plantea en muchos de nuestros países, la relacionada con los nuevos europeos que llegan de otras regiones del mundo castigadas por el hambre, la violencia y la miseria. Europa se encuentra de nuevo ante el reto de la integración. Un desafío que tiene una dimensión social, organizativa y económica, pero también una dimensión moral. Se trata ciertamente de una cuestión compleja, de difícil solución, que reclama capacidad de apertura ante el otro, ante lo diferente, ante lo inesperado.

En estas circunstancias, los cristianos – como tantas otras veces a lo largo de la historia – descubrimos una tarea exigente que cabría resumir en tres palabras: respetar, acoger, anunciar. Respetar – es decir, amar – a todas esas personas que van llegando a Europa por oleadas, muchas veces en condiciones materiales de extrema indigencia: su pobreza no disminuye su dignidad. Acoger, dejando que suene en nuestros oídos el eco de aquellas fórmulas que hemos de redescubrir: «dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento…». Y anunciar, porque muchos de esos nuevos europeos no han oído hablar de Jesucristo, y necesitan conocerlo; y a nosotros nos obliga el gozoso deber de darlo a conocer.

Pienso que a todos los pastores nos llena de gozo la posibilidad de detenerse en una reflexión pastoral específica acerca de lo que podríamos llamar las nuevas responsabilidades de la mujer en la Europa del futuro. Por decirlo brevemente y de forma gráfica, la mujer, en el siglo que ahora acaba, ha pasado de cumplir una función de presencia limitada en la vida pública de las naciones a ocupar puestos de gran categoría: la que a ellas les corresponde también. Se trata de un proceso de transformación muy profundo, que no ha terminado todavía. El cambio está resultando a veces complicado y doloroso, con luces y sombras. El hecho es que el ámbito de influencia de la mujer presenta nuevas incidencias bien positivas, y sus responsabilidades están reclamando esa reflexión madura que todos deseamos. En este contexto, la Iglesia tiene mucho que decir sobre la dignidad de la mujer y la grandeza de su misión en la sociedad, sobre la importancia de la paternidad y la maternidad, sobre el papel de la familia, etc. Y con la expresión «la Iglesia tiene mucho que decir», quiero referirme en particular a las mujeres católicas europeas: me atrevería a afirmar que de su talento y santidad depende en gran parte el futuro de todos.

¿Cómo percibe la situación de la Iglesia en España?

Vaya por delante que llevo ya 50 años fuera de España. De todos modos, me llegan abundantes noticias, tengo ocasión de conversar con muchos obispos españoles, sobre todo cuando vienen a Roma, y con frecuencia encuentro a personas o grupos de españoles.

Le diría que percibo – especialmente entre los jóvenes – un clima de optimismo y un deseo de participar en la tarea apostólica propia de la Iglesia. Quizá se debe a que resido en Roma, pero he notado que gran parte de esos españoles vibran sinceramente con la dimensión universal de la Iglesia, con los retos de la evangelización en África, en Asia, en países donde no se conoce a Jesucristo. No es, por supuesto, algo nuevo ni exclusivo de España: lo he notado también en otros países. Llego a la conclusión de que el Espíritu Santo está muy activo, mucho más de lo que propagan los datos de algunas estadísticas.

¿Cuál es la situación actual de la labor apostólica del Opus Dei, en el mundo, en Europa y en España?

Su pregunta me recuerda unas palabras que el beato Josemaría Escrivá usaba para referirse a los primeros pasos del Opus Dei: solía hablar de «aquel no parar de los primeros tiempos». Con la gracia de Dios, no se para. Han pasado ya 70 años y cada fiel de la Prelatura se siente tan urgido como durante las semanas que siguieron a los comienzos: surgen nuevas iniciativas aquí y allá, se empieza en nuevas naciones, aunque no se puede ir a todos los sitios desde donde los obispos llaman. La labor del Opus Dei se va desarrollando, y crecer supone, en cierto modo, volver a nacer. Por ejemplo, el día 12 de septiembre, he ordenado al primer sacerdote de Costa de Marfil y al primero de Trinidad y Tobago incardinados en la Prelatura. Como comprenderá, ha sido para mí motivo de particular alegría y una estupenda sensación de un nuevo comienzo.

En Europa, la realidad del Opus Dei está ya asentada desde hace muchos años, salvo en los países del Este. Más de la mitad de los fieles de la Prelatura están en Europa. En España nació el Opus Dei y el crecimiento ha sido grande, gracias a Dios. Pero tengo la convicción de que también en España – como en las demás naciones – estamos comenzando: hay tanto por hacer.

Le confieso que cuando hago balance sobre la marcha de la labor apostólica de la Prelatura, empleo otros instrumentos de medida: la Prelatura va bien cuando cada uno de sus fieles reza, trabaja y sirve a los demás en el lugar donde está, con deseos de ser buen hijo de la Iglesia, de sembrar la paz y de la alegría de Cristo en su familia y entre sus colegas y amigos. Son magnitudes difíciles de medir, pero son las que verdaderamente importan.

¿Qué criterios recomendaría para la actuación pública de los cristianos?

Sigo como norma, aprendida del beato Josemaría, abstenerme de dar consejos en estas materias, fuera de recordar las exigencias éticas y de obrar en coherencia y bajo la inspiración de nuestra fe cristiana. No se puede ocultar la luz debajo de la cama, por temor a chocar con el ambiente descristianizado o con lo que algunos quisieran imponer como políticamente correcto aunque carezca de la verdadera ética, o por conservar intereses personales egoístas. Por lo demás, los cristianos hemos de compartir con todos los ciudadanos de buena voluntad el deseo de servir al bien común de la sociedad.

El pasado día 17, Juan Pablo II recibió a los obispos lituanos que se encontraban en Roma para la visita «ad limina». Entre otras cosas, les recordó que «los laicos no pueden ser, en la Iglesia, sujetos pasivos». Esas palabras pueden servirnos para recordar un criterio básico para la actuación pública de los cristianos. Y es que el cristiano no puede ser sujeto pasivo en la vida pública de su país y del mundo: los cristianos somos ciudadanos de la sociedad en la que vivimos, y nos sentimos tan responsables como los demás – es decir, protagonistas, con los otros ciudadanos – de la vida política, cultural, económica, de la opinión pública, de todo lo que configura, transforma y hace progresar una comunidad humana.

El cristiano coherente no se inhibe, no se limita a lamentarse. Y, sobre todo, no considera que la plenitud de su vocación cristiana se realiza sólo en el ámbito individual, privado; es sensible ante los problemas, busca soluciones, procura ser generoso, se compromete. Cada uno, insisto, da paso a la fe en todo cuanto hace, con la libertad propia del hijo de Dios. El beato Josemaría dice en Surco que «si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos…». Una revolución de justicia, de caridad, de paz.

El mundo necesita del genio femenino

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Con motivo del día internacional de la mujer el Prelado del Opus Dei ha escrito un artículo publicado en el diario “ABC”.

08 de marzo de 2006

Opus Dei -

El 8 de marzo es una fecha con referencia al pasado, porque recuerda la historia, no corta ya, de los esfuerzos para superar la discriminación de la mujer: una tarea que afecta también al presente. Conviene además mirar al futuro, imaginar qué sucederá y cuántos beneficios se lograrán cuando la mujer esté plenamente incorporada a todos los ámbitos de la sociedad.

Pero, ante todo, es preciso partir del reconocimiento de la igual dignidad entre varón y mujer. Desde el principio mismo de la Sagrada Escritura, en los relatos del Génesis, se nos revela que Dios ha creado al hombre y a la mujer como dos formas de ser persona, dos expresiones de una común humanidad. La mujer es imagen de Dios, ni más ni menos que el varón, y los dos están llamados a la identificación con Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre.

Con estas esenciales premisas de fe cristiana, se entiende con especial profundidad la perversión que supone maltratar a cualquier persona humana, varón o mujer. Los malos tratos toman a veces forma violenta y, en otras ocasiones, modos muy sutiles: se comercia brutalmente con el cuerpo de la mujer, considerándola como cosa, no como persona; o bien se le hace saber, amable pero insidiosamente, que un embarazo es incompatible con su contrato de trabajo. Siguen existiendo muchos motivos para recordar la necesidad de oponerse a esas discriminaciones.

También en el Génesis encontramos un segundo elemento fundamental y evidente: la diversidad. Pensemos por ejemplo en la familia: padre y madre desempeñan papeles distintos, igualmente necesarios, pero no intercambiables. La responsabilidad es la misma, pero difiere la modalidad de participación.

Suele decirse que uno de los problemas más agudos de la familia en nuestros días consiste precisamente en la crisis de la paternidad. El varón no puede considerarse “una segunda madre”, ni tampoco debe descuidar las responsabilidades del hogar, sino que necesita aprender a ser padre. Algo similar cabe decir de la sociedad en su conjunto, donde cada uno ha de encontrar su posición. El varón posee el derecho a desarrollarse como varón; la mujer, como mujer. Siempre sin dar cabida a mimetismos que producen crisis de identidad, complejos sicológicos y problemas sociales de gran trascendencia.

El principio de igualdad puede exasperarse y perder el equilibrio, cuando se confunden igualdad (de dignidad, de derechos y de oportunidades) con disolución de la diversidad. Si la mujer se homologa con el varón, o el varón con la mujer, los dos se desorientan y no saben cómo relacionarse. Pero también el principio de la diferencia se puede exasperar —y, de hecho, tantas veces se ha exasperado—, cuando se entiende la distinción como base que justifique la discriminación.

En este contexto, resulta oportuno y necesario considerar la virtud cristiana de la caridad, que Benedicto XVI ha querido situar en el comienzo y en el centro de su pontificado. La caridad ayuda a armonizar la igualdad y la diferencia e invita a la colaboración, pues ordena la relación con Dios y también las relaciones de cada uno con los demás hombres. Desde la caridad, la Iglesia promueve la comunión, el respeto, la comprensión, la apertura a la diversidad, la ayuda mutua, el servicio.

En las primeras palabras del Génesis leemos también que Dios, en su bondad, confía el mundo al hombre y a la mujer. Hemos recibido la misión de cuidar juntos del mundo y de hacerlo progresar. Este apasionante proyecto compartido ayuda a colocar en su sitio la cuestión de la relación entre ambos sexos. No estamos ante un asunto cerrado sobre sí mismo, angosto y problemático, sino ante una cuestión positiva y abierta: con igual responsabilidad, con aportaciones adecuadas al propio genio, hemos de trabajar juntos por una sociedad mejor. Las cualidades masculinas y las femeninas se necesitan mutuamente, para realizar esta tarea colectiva. En definitiva, sólo se alcanza el bien común —común a todos, hombres y mujeres— mediante un trabajo conjunto. Este cuadro muestra que la discriminación de la mujer no representa sólo una ofensa para ella: constituye una vergüenza también para el varón y un problema muy serio para el mundo.

El verdadero afán por desarrollar juntos la tarea de cuidar del mundo y hacerlo progresar, requiere abandonar esquemas maniqueos y tendencias al conflicto. Hacen falta actitudes de diálogo, cooperación, delicadeza, sensibilidad. El hombre tiene que exigirse más: escuchar, comprender, tener paciencia, pensar en la persona. La mujer también necesita comprender, ser paciente, volcarse en un diálogo constructivo, aprovechar su rica intuición.

Probablemente los dos deben rechazar los modelos que proponen algunos estereotipos dominantes: esas imágenes que empujan al hombre a competir con dureza, o que invitan a la mujer a comportarse con frivolidad, o incluso con un desgraciado exhibicionismo. Necesitamos una nueva forma de pensar, una nueva forma de mirar a los demás, que supere el dominio y la seducción. Así puede surgir un nuevo escenario social, sin vencedores ni vencidos.

En la Carta a las mujeres, Juan Pablo II señala que la aportación de la mujer resulta indispensable para “la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento”, así como para “la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad”. El genio femenino, con esa aptitud innata de conocer, comprender y cuidar del prójimo, ha de extender su influjo a la familia y a la sociedad entera.

San Josemaría solía recordar que “ante Dios, ninguna ocupación es por sí misma grande ni pequeña. Todo adquiere el valor del Amor con que se realiza”. Cuando descubrimos que lo importante es la persona, las discriminaciones de todo género tienen sus días contados. La fe cristiana posee la capacidad de ser verdadero fermento de un cambio cultural en este terreno, si las mujeres y los hombres de fe sabemos encarnarla en nuestra vida ordinaria.

Javier Echevarria
Prelado del Opus Dei

El varón, la mujer y la familia

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¿En qué sentido afirma que la mujer es la pieza clave en la familia?

En mi opinión, es pieza clave en sentido estricto. La familia – célula fundamental de la sociedad – constituye un proyecto común que depende de la aportación de todos: del marido, de la mujer, de los hijos. Opino, concretamente, que en nuestros días resulta muy necesario recordar la grandeza de la paternidad y la responsabilidad del padre en la familia. Pero sin planteamientos excluyentes, porque si el padre es fundamental, lo es igualmente la madre.

Negar el valor inmenso e insustituible de la aportación de la mujer en la familia equivale a cerrar los ojos a la realidad. No me refiero a la habilidad para las tareas del hogar, sino más a bien a una serie de cualidades morales, que no pueden resumirse en pocas palabras: se corre el riesgo de simplificar y de quedarse corto. Las madres poseen una maravillosa capacidad de expresar el amor, de hacer felices a los demás, amando a cada uno tal como es, de forma desinteresada, incondicional. Opino que la familia tiene su apoyo y se construye sobre esa forma particular de sabiduría y de intuición tan propia de la mujer.



En su opinión, ¿existe una disyuntiva entre el trabajo de la mujer fuera de casa y el trabajo del hogar?

En mi opinión, entre el trabajo en el hogar y el trabajo fuera de casa no existe disyuntiva, pero sí —cuando se da ese pluriempleo— una indudable tensión. Todas las mujeres que están en esas circunstancias notan cómo tira el hogar: atender a un hijo enfermo, llevar al día las mil tareas que genera una casa, por no hablar del embarazo o la maternidad. Otras veces tira el trabajo fuera, porque esos ingresos económicos son necesarios para sacar adelante la familia; porque las empresas, no siempre de forma razonable y flexible, quieren resultados; porque existe mucha competencia profesional y mucho desempleo, etc. De ese doble reclamo nace la tensión. Y para resolverla es preciso replantear ciertas formas de organización social y laboral que hoy se dan por descontadas.

Quisiera añadir una consideración que quizá pueda parecer una evasiva, pero que pienso que no lo es. En estos años se ha hablado mucho, justamente, de la necesidad de que la mujer no vea reducida su actividad sólo al trabajo doméstico, de la conveniencia de que las mujeres que lo deseen puedan salir del hogar, trabajar fuera. Pienso que, para completar el razonamiento, habría que mencionar también la obligación que tiene el hombre de entrar en el hogar. El hombre ha de notar también personalmente esa tensión entre su trabajo en el hogar y su trabajo fuera. Sólo si comparte con la mujer esa experiencia, y la resuelve de acuerdo con ella, podrá el hombre adquirir esa sensibilidad —que es lucidez, abnegación y delicadeza— que la familia de nuestros días necesita.

Le decía antes que mi respuesta puede parecer a algunos evasiva. Pero yo les preguntaría: ¿cuál es el problema mayor, la tensión que padece la mujer entre el trabajo en el hogar y el trabajo fuera, o el hecho de que la mujer sufra esa inquietud en solitario, porque los hombres se desentienden de sus deberes familiares?

“Poned amor en las pequeñas actividades de la jornada”, decía san Josemaría

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“Finalmente la cena está lista, los niños comen y rezan el Rosario. Entonces decido revisar el uniforme de los chicos para el día siguiente…”. Testimonio de Vickie Amulega, madre de cinco hijos, profesora de un colegio y ama de casa en Nairobi (Kenia).

Vickie Amulega.

Son las 6.35 de la tarde. De regreso a casa pienso en lo que debo escribir. Llego a la puerta y mientras hurgo en el bolso para buscar la llave, caigo en la cuenta de que la colada todavía está tendida…

Entro en casa anhelando acostarme un ratito. Estoy recuperándome de una enfermedad vírica y aún me siento débil. Los niños están haciendo los deberes. Llamo: “¡Hola! Álvaro, por favor cierra la ventana”. Dejo el bolso encima de la cama y llevo a la cocina las verduras que acabo de comprar. Inmediatamente me lavo las manos y empiezo a preparar la cena. ¿A quién le toca bañarse?
-¡A mí!, dice Joe.
-Álvaro, ¿te has bañado? ¡Caray! ¡Qué desastre de mesa! ¡Límpiala! Gloria, corre las cortinas.
-Mamá, dice Lisa, el profesor nos ha dado un trabajo de kiswahili para que lo leamos a nuestros padres. “Bien”, contesto. “Guárdalo, ya se lo leerás a papá”.

No siempre es fácil llevar una familia, pero ponerme en contacto con el espíritu del Opus Dei me ha dado un punto de referencia para saber qué hacer en cada momento. ¿Qué dice san Josemaría sobre esto? Un hijo da un portazo. Lo hago volver: “Abre la puerta y ciérrala con cuidado y di Jesús, te quiero”. O se hace daño y le digo: “Ofrece esto a Jesús por…” Eso no es algo mío…: ¡lo he copiado del fundador del Opus Dei! Poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, decía, y nos animaba a descubrir ese algo divino que en los detalles se encierra.

Finalmente la cena está lista, los niños comen y rezan el Rosario. Entonces decido revisar el uniforme de los chicos para el día siguiente. El pantalón corto de Joe está lleno de desgarrones. Lo pongo aparte para zurcirlo —el montón crece—… y pienso que algo tan trivial como buscar el hilo de color exacto para zurcir un desgarrón puede ser importante. Y otros tantos detalles: estoy a punto de tirar un papel y recuerdo que el reverso en blanco se podría utilizar como borrador…, y ahí descubro lo que es la pobreza cristiana. La lista es interminable.

Mi primer encuentro con san Josemaría fue a través de una película. Me impresionó su alegría, su gran bondad, el sentido del humor… Han sido sus palabras y enseñanzas, su modo de vida, las que han configurado todo mi ser y es de esperar que también el de mi familia y el de muchas personas más.

“Redescubrí el valor de la confesión”

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Verónica Montiel, de Buenos Aires (Argentina), quiere cambiar el mundo. Antes, deseaba que estallase una revolución para lograr la justicia social y la libertad de los trabajadores. Ahora, se empeña por esos objetivos diciendo que sí a Dios y esforzándose por trabajar mejor. Testimonio tomado del folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

Verónica Montiel en la Biblioteca de la Universidad Nacional de la Plata.

Verónica estudia filosofía y trabaja en la biblioteca de la Universidad Nacional de La Plata:

“Siempre había tomado la religión como una materia más, como filosofía, geografía o historia. Tenía concepciones materialistas muy arraigadas y estaba convencida de que la justicia social y la libertad de los trabajadores llegarían por medio de una revolución que aboliría las clases sociales.

Conocer las enseñanzas de san Josemaría fue dar un giro de 180º. Entendí que ninguna revolución es posible sin ese sí libérrimo que cada uno puede dar a Dios.

Cuando empecé a asistir a medios de formación cristiana, una de las cosas que más me llamaron la atención fue la alegría y buen humor de las personas que encontraba; me resultaba bastante incomprensible.

Con el tiempo redescubrí el valor de la confesión, una “herramienta” indispensable para seguir de cerca a Jesús, reconciliarnos con Él y mantener en el corazón esa alegría que proviene de Dios. Me llené de deseos de mostrar que –con la gracia de Dios y mi esfuerzo– es posible cambiar esta sociedad por otra más justa”.

“Como a los primeros cristianos, ¡Dios nos quiere en el mundo!”

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Julia Burfitt pensaba que los creyentes no estaban interesados en las cosas del mundo. Tras conocer el Opus Dei, entendió que “Dios quiere que respiremos el mismo aire que todos, sin formar camarillas católicas”. Descubrió que se puede estar a la moda e intervenir en la sociedad y a la vez entablar amistad con Dios. Ofrecemos su testimonio.

Julia Burtiff, de Sidney, tiene como ejemplo a los primeros cristianos.

Julia Burfitt es profesora de francés en Sidney (Australia). Su esposo James también es profesor. Tienen siete hijos.

“Los círculos en los que me movía eran muy materialistas. Siempre tenía la sensación de que debía elegir entre amar el mundo o amar mi fe. Tenía la impresión de que quienes se tomaban en serio la religión –cualquiera que ésta fuera– no estaban muy interesados en empeños humanos. Cuando conocí el mensaje del fundador del Opus Dei, mi visión cambió totalmente. Encontré personas extrovertidas y alegres, que estaban al día de las últimas tendencias y que eran creyentes. ¡Eran tan positivas frente a la vida! Empecé a entender que era justamente amando las cosas del mundo, como podemos poner en práctica plenamente la fe.

¡Dios nos quiere viviendo en el medio del mundo! Como los primeros cristianos, debemos respirar el mismo aire que respiran todos, sin formar camarillas católicas. Después de todo, ¿cómo podríamos llevar el mundo a Dios si no estuviéramos en contacto con ese mundo?

Cuando leí el primer punto de Camino: Que tu vida no sea una vida estéril… me di cuenta de que hasta ese momento había estado desperdiciando el tiempo. Y cuando descubrí que podía mantener una relación personal con Jesucristo a través de las cosas de cada día, mi vida adquirió su sentido real.

Busco la amistad con cada uno de mis hijos para hablar de su mundo y, sobre todo, escucharles y responder a lo que preguntan. Un día, mi marido y yo nos decidimos a fomentar en casa un tiempo de silencio. Durante media hora, antes de la cena, los niños hacen algo por su cuenta: leer, dibujar, armar un puzzle, etc. Les animamos a que no hablen entre ellos durante esos minutos. ¡Los niños encuentran muy pocas oportunidades de estar en silencio! ¿Cómo llegarán a tener una relación personal con Dios si no saben retirarse del ruido para meterse en sí mismos?…

Sé que si mi familia está en primer lugar, tengo toda la libertad para esforzarme por alcanzar metas profesionales. Gracias a esta convicción, logré completar una maestría en literatura francesa, mientras tenía cuatro niños en casa. Iba a la universidad una noche a la semana y hacía los trabajos mientras los niños dormían o jugaban fuera. Los medios de formación me ayudaron a ser más disciplinada en el uso del escaso tiempo que tenía.

Ahora la vida me parece una aventura extraordinaria. Sé que mi personalidad, las circunstancias en las que estoy, mis talentos, mis amistades, la carrera profesional, etc. interesan a Dios. Lo que haga con ellos, las decisiones que tome, son la arena en la que debo ejercitar mi fe”.

Fabrica tejidos y vende tortitas, para ganar el Cielo

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Irene de Santos fabrica tejido a mano y vende tortitas en el mercado de Aguascalientes (Guatemala). Gracias a una de sus 9 hijas, conoció el Opus Dei y recibió una formación católica que, entre otras cosas, le animó a recibir el sacramento del Matrimonio.

Irene Santos.

Conocí el Opus Dei por medio de una carta que llegó a la escuela del pueblo sobre la Escuela de hotelería y hogar Zunil. A mi hija Mirna le interesó. Fuimos a conocerla, nos gustó y decidió estudiar allí. Entonces comenzó la renovación cristiana de toda mi familia.

Mi hija me contaba lo que aprendía. Un día me dijo: “Mamá, ustedes no pueden seguir viviendo así, sin casarse”. Yo, por ignorancia, no había recibido el sacramento del matrimonio y nunca había pensado que fuera necesario. Pero mi hija insistió y me facilitó que asistiera a unas clases de doctrina. Así fui conociendo más a Dios y enterándome de muchas cosas de mi vida como católica que no sabía. Me preparé, y ese año nos casamos por la Iglesia.

Nunca pensé que podría ser del Opus Dei. Veía cómo el Señor iba llamando a cada una de mis hijas y para mí aquello era como un sueño. Las veía alegres, serviciales, trabajadoras… Hasta que un día, también yo recibí del Señor el regalo de la vocación.

Porque las personas que estamos en el Opus Dei, somos personas llamadas por Dios. Yo me he entregado a Dios y me cuesta vivir esta entrega cada día; pero he aprendido de san Josemaría que es aquí en el mundo, en los quehaceres del día, donde estamos ganando nuestra santificación: porque ganar el cielo no es fácil, es difícil, pero Dios nos ayuda”.

La familia… y cuatro más

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Rosa Ciriquián y Alberto Portilla ya tenían doce hijos cuando decidieron adoptar… a cuatro niñas indias. Rosa, es supernumeraria del Opus Dei, y además de madre, ha sido puericultora, directora de conservatorio y profesora.

“Cuando nos casamos yo no era de la Obra -dice Rosa-, pero Alberto y yo vivimos la llegada de los hijos con alegría y naturalidad, como un matrimonio cristiano. Durante los primeros diecisiete años me dediqué a la casa. Más o menos cada año llegaba un nuevo hijo. Cuando cumplí veintidós nació el primero y cuando tenía treinta y cinco, el undécimo. La última de mis hijas nació cinco años después”.

En ese tiempo, la familia cambió varias veces de ciudad. Al nacer la sexta, se trasladaron a Huelva. “Allí descubrí que tenía ratos libres. Es curioso: cuantos más niños tenía, más sencilla se volvía la vida. A partir del tercero me empezó a sobrar tiempo y esperando el octavo me matriculé en Peritaje Mercantil”.

“Lo de Perito Mercantil tiene su gracia –recuerda Rosa-. Surgió de una apuesta con uno de mis hijos. Un día me comentó que no valía para estudiar, y yo, para animarlo, le dije que hasta su madre podía hacer sus estudios. Hicimos una apuesta y me matriculé. Aprobé el primer año y acabé los estudios al nacer nuestro undécimo hijo. Cuando uno se complica la vida –reflexiona- se da cuenta de hasta dónde puede llegar y aprende a aprovechar el tiempo”.

En Huelva no había conservatorio de música y estaban buscando profesores. A Rosa le ilusionaba promover entre los jóvenes el amor a la música y se unió al grupo promotor. Lo que empezó casi como una broma terminó en Conservatorio. “Comenzamos con diez alumnos y el piano de la abuela, y acabamos con seiscientos. Además, se abrieron otros conservatorios en la provincia. Permanecí diez años como directora del Conservatorio”.

Fue en esa ciudad andaluza donde Rosa descubrió su vocación. “Pedí la admisión como supernumeraria cuando esperaba a la duodécima. Pero había oído hablar de la Obra desde la adolescencia”. Al preguntarle en qué ha cambiado su vida, Rosa contesta: “Hago lo mismo que antes pero con más paz interior, especialmente consciente de que soy hija de Dios y de que nada de lo que me pasa le resulta ajeno. No puedo decir que la vocación a la Obra haya añadido nada particular a mi vocación cristiana: es sólo una forma de subrayar los compromisos del Bautismo”.

Y eso a pesar de los apuros económicos. “Cuando no hay dinero –afirma- no te preocupas de lo superfluo; te conformas con lo esencial: que los niños vayan aseados, que tengan una buena educación. Nosotros no podíamos llevarlos a colegios privados, pero nos preocupamos de integrarnos en el APA para influir en su formación. Por otra parte, no sé qué tenía nuestra casa que tanto atraía a los amigos de mis hijos. Para aprovechar la comida, yo solía hacer puré con legumbres, verduras, pequeños restos que no quería desaprovechar. Nuestros purés se hicieron famosos. A los que venían además les llamaba la atención que en casa cenáramos todos juntos y sentados a la mesa. No hacíamos cosas extraordinarias, pero lo pasábamos muy bien”.

Cuando los mayores empezaron sus estudios universitarios se trasladaron a Sevilla. Allí a Rosa le surgió la oportunidad de impartir clases en Entreolivos, un colegio cuya atención espiritual está encomendada a la Prelatura del Opus Dei, y eso le permitió matricular a sus hijas. En ese colegio permaneció quince años, hasta su jubilación.

Desde la India

La última locura de los Portilla fue la adopción de Shobba, Mamata, Yuneshia y Mónica, que tras su catequesis y bautismo se convertirían en Amparo, Macarena, Carmen y Pilar; cuatro hermanas indias, que han incrementado la familia. “Por esa época –recuerda Rosa- pensé que ya no podía tener más hijos, pero que aún tenía mucho amor de madre que dar. Planteé el tema de la adopción a Alberto y a los niños. Y como todos estamos un poco locos nos gustó la idea, sobre todo a María, la pequeña. La adopción fue un proceso duro y largo. Al cabo de dos años de trámites nos contestaron que teníamos dos niñas preasignadas. Pero cuando fuimos a por ellas vieron que teníamos muchos hijos y pasamos a una lista de espera. La verdad es que regresamos a España apenados y dimos por perdida la adopción”.

Poco después entraron en contacto con la presidenta de una ONG que iba a India para recoger a su hija. A los pocos días les llamó para comunicarles que en su orfanato había cuatro hermanas a las que nadie quería adoptar. Tras estudiar el asunto en “cumbre familiar” concluyeron que donde cabían dos, cabían cuatro.

“Estas hijas han sido un regalo de San Josemaría y de la Virgen. Partieron de India un 2 de octubre (fecha del aniversario de la Fundación del Opus Dei) y aterrizaron en Sevilla el día de Nuestra Sra. del Rosario. Nos han abierto una perspectiva inmensa de generosidad. Han sacado lo mejor de todos, en especial de los hijos. La gente dice que han tenido mucha suerte. Yo digo que la suerte es para nuestra familia”.

Alberto y Rosa tienen quince nietos, uno en el Cielo desde hace un mes. Ahora esperan otros dos. “En ellos vemos la futura juventud. Nos han llenado la casa otra vez de risas y nos enternece oírles preguntar: Abuela, ¿me cuentas un cuento? La verdad es que nos gusta eso de ser abuelos”.

Monkole, en los alrededores de Kinshasa

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Celine Tendobi, joven numeraria del Opus Dei, cuenta su experiencia

Sucedió todo de forma muy sencilla. Yo acababa de terminar el bachillerato y estaba en mi parroquia, la iglesia de la Resurrección de Kinshasa, aguardando turno para confesarme antes de Misa, como otras semanas. La fila para confesarse era bastante larga.

Yo iba a la parroquia todos los domingos y ayudaba en lo que podía, como otras chicas católicas de mi edad. A veces, por ejemplo, hacía las lecturas.

Aquel día estaba un poco nerviosa porque acababa de presentarme a los exámenes para pasar a la Universidad y todavía no me habían dado las notas; y mientras esperábamos –la fila era larga, como he dicho- comencé a charlar con una chica que estaba a mi lado. Y en un determinado momento le comenté, entre otras cosas, que estaba buscando un sacerdote con el que pudiese charlar de algunas cuestiones personales.

-¡Ah! –me dijo-. Yo te puedo presentar uno: l´abbé Quirós, un sacerdote del Opus Dei.

Y me explicó que ese sacerdote atendía un Centro de mujeres del Opus Dei, y que allí acudían muchas chicas de mi edad para formarse cristianamente, tener dirección espiritual, estudiar, etc. Aquello me interesó mucho, y un día fuimos al centro, que se llamaba Tangwa, “eco” en lengua lingala.

Me gustó. Era una casa muy sencilla, situada en Livulu, Oasis, en Lemba, a unos 1500 metros de la Universidad pública de Kinshasa. Era sencilla, pero estaba puesta con gusto, limpia y ordenada.

Niña congoleña

Comencé a charlar regularmente conl´abbé y cuando me matriculé en la Universidad iba a estudiar con frecuencia a aquel Centro, que contaba con una buena sala de estudio y una biblioteca. Ahora hay un Centro que conserva el mismo nombre, pero está en otro sitio. Me invitaron a círculos y acepté encantada, porque buscaba desde hacía tiempo una formación que complementase la formación católica que me habían dado mis padres. Somos ocho hermanos –cinco chicas y tres chicos- y yo soy la tercera.

En esos círculos fui conociendo el mensaje de la santidad en la vida corriente y en el ejercicio de la profesión que enseña San Josemaría. Yo soñaba con ser una buena cristiana y una buena profesional de la medicina, pero no sabía cómo hacer realidad las aspiraciones de entrega a Dios que sentía en mi alma. Fui comprendiendo, poco a poco, que Dios me había ido mostrando el camino de mi vocación de una forma muy sencilla: primero, gracias a la formación que me habían dado en mi casa; luego, mediante las actividades en la parroquia, y más tarde, gracias a aquella conversación que me había traído hasta el Centro… Sí; estaba claro: el Opus Dei era lo que Dios me pedía. Ése era mi camino.

Recé mucho, pedí luces y un día me decidí a pedir la admisión. Cuando lo hice, encontré una gran paz y una profunda serenidad interior. Era como si el Señor me dijese en el fondo del alma: “Celine, al fin has llegado: ya estás donde Yo te quería”.

Descubrí, gracias al espíritu del Opus Dei, la maravilla de la vocación cristiana y fui profundizando en las exigencias del Bautismo. Comprendí que vivir “en cristiano” es incompatible con una existencia replegada en si misma. Me fueron mostrando las exigencias de la caridad y de la justicia, junto con las enseñanzas de la Iglesia en materia social, de las que tantas veces se hizo eco San Josemaría. Pero era yo –me insistieron- la que debía dar mi respuesta personal ante los problemas de mi sociedad.

Situación geográfica de El Congo

Como en tantos países, en la República del Congo hay muchas personas que viven en condiciones de vida penosas y que necesitan nuestra ayuda. Comencé a participar en unas actividades de promoción social que se impulsaban desde el Centro en Mont-Ngafula, un poblado de carácter semirural. Esa zona sufre muchas necesidades básicas, aunque está situada sólo a treinta kilómetros de la capital.

Comenzamos dando unas cuantas clases al aire libre, sentadas sobre unas cañas de bambú bajo los árboles. Venía un grupo cada vez más numeroso de madres de familia y de mujeres jóvenes. Les dábamos algunos rudimentos de alfabetización, junto con nociones elementales de higiene y costura en lengua lingala. A veces las clases se acababan rápidamente, porque se desataba de pronto una tormenta y nos teníamos que marchar para guarecernos del chaparrón…

Así estuvimos hasta que Monkole, un hospital promovido por personas del Opus Dei, construyó unos locales en aquella zona, en los que se comenzó a dar atención sanitaria, humana y social a todas estas gentes. Al principio todo era de carácter elemental. Con el tiempo, tanto la atención médica como los diversos servicios se han ido especializando y profesionalizando.

Yo era muy joven todavía –estaba en los primeros cursos de Medicina- cuando me preguntaron si estaba dispuesta a responsabilizarme de algunas actividades de carácter social de aquel proyecto. Acepté encantada.

Nos enfrentábamos con muchos retos. Las familias eran muy buenas y nos acogían muy bien, pero lo ignoraban casi todo en higiene y nutrición. Muchas de las madres eran jóvenes, algunas casi niñas… Había que enseñarles a cuidar y a educar a sus hijos, que presentaban con frecuencia síntomas graves de anemia, fruto de la mala alimentación.

Algunos estudiantes de Medicina europeos se quejan porque mientras realizan sus estudios se sienten “alejados” de los problemas sanitarios reales: dicen que no tocan la realidad. No era ése mi problema: en mis clases de Universidad iban analizando día tras día cuestiones y problemas que yo tocabaconstantemente con mis manos.

A medida que me fui formando como médico, el proyecto fue creciendo y consolidándose en toda la zona. Se pusieron en marcha varios programas de ayuda y comenzamos a enseñar las nociones básicas de una alimentación equilibrada, junto con algunos principios elementales de higiene y comportamiento. Son principios muy sencillos, pero nadie nace sabiendo: se necesita que haya una persona concreta que los enseñe, en el lenguaje adecuado y del modo conveniente a la mentalidad de cada uno. Durante siglos estas gentes no habían contado con esa persona concreta.

Cuando acabé la carrera me dediqué profesionalmente a la atención de esa población y contamos en la actualidad con un pequeño ambulatorio en el que atendemos consultas prenatales y de pediatría. No son simples “consultas”, porque no se trata sólo de atender al paciente, darle una receta y despedirse de él, como sucede en tantos lugares.

Kinsasha

En Monkole nos proponemos ayudar a cada paciente, a cada persona, una a una, ayudándola a resolver sus dificultades, que son distintas en cada caso. Con frecuencia son madres muy jóvenes con hijos enfermos, que no saben qué hacer con ellos, porque nadie les ha enseñado. Además de darles las medicinas específicas y el tratamiento a seguir, hay que hablar con ellas, interesarse por sus problemas, ofrecer algunas pautas de conducta personal, orientar, contestar a sus dudas, explicar -de forma comprensible- cómo pueden actuar en esta situación y en esta otra, a quiénes pueden acudir cuando les suceda esto o lo de más allá… No es fácil. El médico, en estos lugares, debe ser al mismo tiempo un educador social, un promotor de salud, un consejero familiar y un amigo en el que se pueda confiar plenamente.

Si se desconoce su mentalidad y su forma peculiar de afrontar y resolver los problemas, es difícil ayudarles de forma eficaz, porque con frecuencia no entienden exactamente lo que se les pregunta. Hay que adecuar el lenguaje a sus propias categorías, ya que es fácil que no valoren la trascendencia médica de las respuestas que dan. Por ejemplo, hace poco le pregunté a una joven embarazada si sabía cual era su grupo sanguíneo y su RH: ¿A positivo, A negativo, B positivo, B negativo, 0 negativo, 0 positivo?

-¿Sabes cual es? –le dije.

-Claro que lo sé –me contestó, resuelta-: 0 positivo.

Lo anoté y seguí preguntándole por otras cuestiones, de las que deduje que nunca se había hecho un análisis de sangre.

-Entonces… ¿cómo sabes que tienes 0 positivo?

-¡Porque es el numero más bonito de los que me ha dicho!

Estamos impulsando desde Monkole varios programas de lucha contra la desnutrición, en los que se ha ayudado a un buen número de familias. Hemos logrado que aumenten el número de comidas que hacen al cabo de la jornada, pasando de una a tres comidas al día. Se ha logrado también la escolarización de muchos niños y una atención médica regular. Para eso hemos realizado un estudio de los parámetros antropométricos y de las necesidades más urgentes de la población infantil.

También se han puesto en marcha algunos proyectos de piscicultura, que puedan ayudar a estas familias a tener una dieta alimenticia más equilibrada.

Los niños abandonados y huérfanos constituyen un capítulo especial, y desde hace dos años estamos organizando varios proyectos específicos para ellos, con programas de higiene y de nutrición. Esto exige conocer bien las situaciones en que viven y las características del entorno. Necesitamos colaboración para llevar a cabo estos proyectos, porque en ocasiones tenemos que suspenderlos temporalmente -como éste, con los niños huérfanos- mientras recabamos nuevas ayudas económicas.

Otro capítulo especial es la lucha contra el SIDA. Estamos promoviendo, junto con la atención médica y personal, los códigos de conducta que tan eficaces se han revelado para combatir esta enfermedad en otros países africanos. Se ha demostrado que el mejor camino para obtener resultados eficaces en la prevención de esta enfermedad es favorecer la laboriosidad, el sentido de la responsabilidad y las virtudes de la fidelidad y la continencia.

También hacemos un seguimiento gratuito de los embarazos, promoviendo la atención médica durante el parto, porque cuando surgen complicaciones –ya sea por falta de medios o por ignorancia- son pocas las mujeres que acuden a un hospital o piden atención sanitaria.

En resumen: desde aquellas primeras clases bajo los árboles, que a veces terminaban de repente a causa de la lluvia, hemos ido dando pasos en la promoción humana, médica, laboral y espiritual de estas gentes. Entonces yo era sólo una inexperta e ilusionada estudiante de Medicina.

Pero nos queda todavía mucho camino por recorrer. Es un camino difícil y esperanzado, en el que contamos con la solidaridad de personas de todo el mundo que, gracias a proyectos como Harambee, nos ayudan a ayudara esta población africana de los alrededores de Kinshasa.


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