“Dedica algún tiempo a Cristo y tu vida cambiará completamente”

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El pasado domingo Mons. Javier Echevarría regresó a los EE.UU. tras visitar a las personas del Opus Dei y amigos en Canadá. En una tertulia celebrada en San Francisco, ha animado a los asistentes “a conocer mejor a Cristo”.

Opus Dei - El Prelado escucha una pregunta en San Francisco.

El Prelado escucha una pregunta en San Francisco.

“Dios quiere vivir en nosotros”, dijo.“Quiere estar con nosotros. No Le cierres las puertas de tu corazón”.

La tertulia en San Francisco se celebró el pasado 24 de septiembre en el Marin Center Veterans’ Memorial Auditorium, situado en las afueras de la ciudad.

El Prelado ha regresado a los EEUU, tras celebrar tertulias en Nueva York y las ciudades canadienses de Montreal, Toronto y Vancouver.

En la tertulia de san Francisco, el prelado inició sus palabras con algunas consideraciones espirituales y prácticos consejos para la vida interior. Por ejemplo, animó a los presentes a escuchar el Evangelio mientras van en el coche, si el trabajo no les permite encontrar otro momento mejor.

También habló del fundador del Opus Dei: “San Josemaría deseó con mucha fuerza visitar esta tierra, que tanto amó siempre”, dijo.

Recordó una escena del Evangelio que ese día se había leído en Misa: Jesús reprende a sus discípulos, que habían discutido sobre quién sería mayor en el Reino de los Cielos. Este episodio, dijo, nos tiene que ayudar a estar más pendientes de Dios y de los demás que de nosotros mismos.

“Nuestro Señor se dirige a los Apóstoles para mostrarles que el orgullo y el egoísmo no llevan a ninguna parte. No penséis sólo en vosotros, dejando a los demás aparte y tratándolos mal. Pensad en vosotros –yo lo haré también- pero para ver cómo os vais a convertir, cómo os vais a acercar a Dios”.

Opus Dei - Muchas familias acudieron a la tertulia.

Muchas familias acudieron a la tertulia.

“Dios quiere abrazaros, quiere estar con vosotros. Lo que distancia a un hombre o a una mujer del Dios Padre es el orgullo. Tenemos que poner nuestro ego al servicio de los demás, así lograremos ser más amigos de nuestros amigos, y de Dios”.

El prelado del Opus Dei habló mucho sobre el Papa, de quien destacó su“mente brillante” y su deseo de“seguir siempre la voluntad de Dios”. Al recordar cómo el día de su elección Benedicto XVI pidió oraciones, Mons. Echevarría pidió a los presentes que no dejasen de sostener al Santo Padre: “Que pueda contar con nuestra ayuda en la oración”.

Tras pasar por San Francisco, viajará a Houston antes de regresar a Roma.

Opus Dei - En el Marin Center Veterans’ Memorial Auditorium, situado en las afueras de San Francisco.

En el Marin Center Veterans’ Memorial Auditorium, situado en las afueras de San Francisco.

“Dios no es un ser lejano, no es alguien que vive tras las estrellas”, dijo Mons. Echevarría en la tertulia celebrada en Nueva York. “Al contrario, ha querido venir a la tierra, para caminar a nuestro lado, para hacer las mismas cosas que nosotros, para enseñarnos que todo lo que hacemos puede transformarse en una labor de Dios”.

En este encuentro, recordó cuánto amó los EE.UU. el fundador del Opus Dei. “San Josemaría rezó mucho por esta tierra. ¡Cuánto os quiere! Sigue vuestros pasos a diario, con el corazón de un padre y una madre”.

Los participantes en la tertulia pudieron preguntar al obispo diversas cuestiones sobre temas tan diversos como la educación de los hijos, la felicidad en la vida corriente, o el perdón tras el 11-S.

“Los sacramentos son las huellas de Cristo en la Tierra”

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El Prelado ha concluido su viaje a los EE.UU. y Canadá. En la última tertulia, celebrada en Houston con 2.500 personas, habló sobre los sacramentos “que nos ayudan a encontrar la santidad en la vida ordinaria”.

Opus Dei - El Prelado finalizó en Texas su viaje a EE.UU. y Canadá.

El Prelado finalizó en Texas su viaje a EE.UU. y Canadá.

“Allí donde estemos –en nuestro lugar de trabajo, en la vida familiar, con los amigos, y en cualquier otra parte- podemos ser santos, haciendo santas nuestras ocupaciones y haciendo santos a quienes nos rodean”.

“Para lograrlo, los sacramentos son una gran ayuda. Son las huellas de Cristo en la tierra. Él, Jesucristo, está aquí, con nosotros; ¡no estamos solos! Podemos encontrarnos con Él en los sacramentos, especialmente la confesión y la Eucaristía”.

El encuentro en Houston (Texas) se celebró el pasado día 28 en el Grand Plaza hotel, cercano al Texans football stadium. Con esta tertulia, se ponía punto final a la visita pastoral de Mons. Javier Echevarría a los EE.UU. y Canadá, que comenzó el 11 de septiembre. El Prelado ha visitado además las ciudades de Montreal, Toronto, Vancouver y San Francisco.

Como en casi todas las tertulias, pidió oraciones por el Papa: “La Iglesia es una familia. No dejéis que pase un sólo día sin haber rezado por el Santo Padre. Podéis comprobar cuánto amor tiene por la Iglesia que le ha sido confiada. Rezad para que todos estemos muy unidos a él”.

Otro tema frecuente, que también abordó en Houston, fue la belleza del amor humano: “No podemos confundir libertad con libertinaje; no podemos ser como animalitos. A veces, podemos encontrarnos en la misma situación que la de los primeros cristianos, en la Roma pagana. Será el momento de afrontar el ambiente con fe y valentía, y dar buen ejemplo, sin dejarnos arrastras por esas modas sociales que atentan contra la dignidad de la persona”.

Opus Dei -

“Él, Jesucristo, está aquí, con nosotros; ¡no estamos solos!”

Para hablar de la confesión y de la alegría que da este sacramento, narró la historia de una señora mayor, un poco sorda, que tras confesarse se dio cuenta de que no había ningún sacerdote dentro del confesionario.“Salió riéndose por su despiste. Al día siguiente, volvió a esa misma iglesia y una joven se le acercó para darle las gracias. “Ayer le vi que se reía tras haberse confesado, y esa alegría me animó a confesarme. Muchas gracias”, dijo la joven”.

Una persona le preguntó sobre la planificación familiar: “No podemos juzgar a nadie. Pero, al mismo tiempo, tenemos que afirmar con fuerza el principio general de que el matrimonio debe estar abierto a la vida. Las parejas deben conocer que gozan del enorme poder creador de Dios. Estad abiertos a la vida, al amor, al amor que Dios nos envía. Tener hijos da muchísima más felicidad que tener coches, televisiones o distracciones. Tener niños nos hace ser más generosos, y así Dios puede llenarnos de su Amor. Él no nos abandonará jamás”.

Los universitarios, “buscadores de la verdad”

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El prelado del Opus Dei inauguró el curso de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma. Invitó a profesores y alumnos a “no separar nunca la investigación de la verdad del amor por los demás”.

Opus Dei -

«Cultivar la caridad quiere decir para los universitarios ejercitarse con premura en trabajar con los demás, porque en el diálogo y en el intercambio de opiniones y experiencias se madura como personas y como buscadores de la verdad», dijo el obispo Javier Echevarría, gran canciller de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y prelado del Opus Dei, al inaugurar el lunes el año académico del ateneo pontificio.

Refiriéndose a la primera encíclica de Benedicto XVI, «Deus Caritas Est», monseñor Echevarría la definió «un llamamiento a todos nosotros para no separar nunca la investigación de la verdad del amor por los demás», partiendo del «programa del cristiano: un corazón que ve. Este corazón ve dónde hay necesidad de amor y actúa en consecuencia».

El acto de inauguración, que tuvo lugar en la nueva Aula Magna dedicada a la memoria de Juan Pablo II y en el que participaron algunos representantes diplomáticos -entre otros, el embajador de Irán ante la Santa Sede, Mohammad Yavad Faridzadeh. Contó con el saludo inicial del rector magnífico, monseñor Mariano Fazio.

«Iniciamos un nuevo año académico lleno de posibilidades, a continuación del año pasado en el que hemos visto crecer el número de alumnos, de países representados y de nuevas opciones de estudio y de investigación», comenzó diciendo el rector.

«Intentaremos seguir por este camino -añadió-. Pero a los datos numéricos se añaden tantos desafíos culturales que hacen que el trabajo de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, y de todas las universidades pontificias romanas, se convierta en indispensable y lleno de responsabilidad».

«Vivimos en un mundo rico de valores humanos y cristianos en el que miles de personas ofrecen su vida al servicio de los demás, a menudo de modo escondido pero no por esto menos fecundo: estas personas son la sal de la tierra», añadió monseñor Fazio.

«Al mismo tiempo, no podemos cerrar las ojos ante los múltiples problemas que afligen a la cultura contemporánea y amenazan el respeto de la persona humana», subrayó.

Es, por tanto, «en esta encrucijada de la historia» en la que «nosotros católicos, cristianos y personas de buena voluntad, tenemos un punto de referencia claro y seguro: el magisterio de nuestro bienamado romano pontífice Benedicto XVI».

El número de alumnos es 1.467, de los que 930 están matriculados en las cuatro facultades y 537 en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas en el Apollinaire. Los alumnos «provienen de 76 países de los cinco continentes, distribuidos en 21 africanos, 13 asiáticos, 23 europeos, 17 americanos y dos de Oceanía».

Carta del Prelado (Noviembre 2006)

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Carta de Monseñor Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. Entre otros temas, el Prelado habla de la comunión de los santos.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

El mes de noviembre recibe su tonalidad espiritual de las dos jornadas con las que comienza: la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos. El misterio de la comunión de los santos ilumina de modo particular este mes y toda la parte final del Año litúrgico, orientando la meditación sobre el destino terreno del hombre a la luz de la Pascua de Cristo.

La Iglesia no sólo crece en este mundo, sino sobre todo en el “más allá”. Así nos lo hace presente esta gran fiesta de hoy, en la que recordamos a la inmensa multitud de almas que, después de haber pasado por la tierra, gozan de la bienaventuranza eterna contemplando a Dios cara a cara en el Cielo. Mañana, día 2, conmemoramos a los difuntos que se purifican aún en el Purgatorio, preparándose para el momento en que Jesús les dirá: entra en el gozo de tu Señor. Todos juntos formamos el Cuerpo místico de Cristo, cuya Cabeza es el Verbo encarnado; con Él y bajo Él tributamos a Dios Padre un incesante canto de gloria, por la virtud del Espíritu Santo. La consideración de este misterio de nuestra fe ha de movernos a dar gracias a Dios por su bondad y por la constante compañía de los santos, tratando de sacar más provecho de esta verdad tan consoladora.

Apoyado en esta realidad, nuestro Fundador buscó siempre —además de la protección de los santos del Cielo y de sus buenas amigas las almas del purgatorio- la oración y la mortificación de las personas que trataba. Especialmente en los primeros años de la Obra, ante la grandeza de la misión que el Señor le había encomendado, acudió lleno de confianza amendigar plegarias y sacrificios entre los pobres y enfermos de Madrid, convencido de que después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos.

Estas reflexiones acuden a mi pluma, porque en este mes se cumplen setenta y cinco años del momento en que San Josemaría comenzó a atender a pobres y enfermos en compañía de los primeros jóvenes que se acercaron a su labor sacerdotal. Ya varios años antes, como capellán del Patronato de Enfermos, se dedicaba personalmente a esa labor, con la que además asentó firmemente los fundamentos de la Obra. Pero en octubre de 1931, al cesar su servicio en aquella institución benéfica, para ocuparse de la iglesia y del Patronato de Santa Isabel, echó en falta el trato intenso con los menesterosos y los enfermos que había desarrollado durante los años anteriores. Lo relata en una de las anotaciones de sus Apuntes íntimos, cuando se refiere a su cambio de actividad pastoral: ayer hube de dejar definitivamente el Patronato, los enfermos por tanto: pero, mi Jesús no quiere que le deje y me recordó que Él está clavado en una cama del hospital….

Venía de lejos ese afán de servir a todas las almas: apenas ordenadosacerdote, organizó catequesis y atención material a familias necesitadas en Zaragoza, acudiendo a varios barrios extremos de la ciudad, haciéndose acompañar por estudiantes universitarios; no pocos de ellos se incorporaron luego al Opus Dei, movidos por el celo apostólico de aquel joven sacerdote.

En cuanto comenzó a trabajar en el Patronato de Santa Isabel, desde el primer momento buscó el modo de seguir ocupándose de ese apostolado, en el que —como señala en otro lugar— quiso el Señor que yo encontrara mi corazón de sacerdote . Conoció la existencia de una asociación de caridad, integrada por sacerdotes y laicos, que se ocupaba de atender a los enfermos del Hospital General, cercano a la iglesia de Santa Isabel. Tomó contacto con esa institución y el 8 de noviembre de 1931 formalizó su modo de colaborar. Los domingos por la tarde acudía al hospital para prestar los servicios necesarios a los pacientes. Allí conoció a algunos de los primeros que luego vieron que su camino de fieles de la Iglesia se encontraba en la Obra.

Me detengo en estos detalles porque nada de lo que se refiere a San Josemaría carece de significado para los fieles de la Prelatura. Hasta en las circunstancias más pequeñas de su vida se refleja fielmente el espíritu de la Obra, que cada una, cada uno, debe acoger, conservar y transmitir con veneración a las sucesivas generaciones.

¿Somos hombres y mujeres de caridad? ¿Cómo rezamos por las personas indigentes del mundo entero? ¿Ofrecemos mortificaciones, desprendimiento concreto según las reales posibilidades de cada uno, para ayudar a esos hermanos?

No quiero dejar de contaros la gran alegría que me ha causado la noticia de que ya comienza a ponerse en práctica un antiguo proyecto de San Josemaría: realizar en el Opus Dei todas las tareas para preparar la materia del sacramento de la Eucaristía.

Gracias a Dios, este sueño ya se ha convertido en realidad, porque en Chile —y espero que pronto pueda suceder en otros lugares—, con el cultivo del trigo y de las vides necesarias, ya disponen del vino y —dentro de poco— de las hostias para la celebración del Santo Sacrificio. Me imagino el gozo de san Josemaría, pues recuerdo con cuánto cariño hablaba de ese deseo.

Vuelvo al tema de esta carta: la importancia de vivir la Comunión de los Santos, no sólo rezando, sino también mediante el ofrecimiento del dolor y del sacrificio. Seamos generosos, hijas e hijos míos, para ofrecer al Señor con una sonrisa todo lo que nos contraríe; pidamos a las enfermas y a los enfermos que hagan a Jesús la ofrenda gozosa de sus penas y enfermedades, sabiendo que de este modo, además de acumular méritos para la vida eterna, colaboran de manera decisiva en el establecimiento del reino de Dios en la tierra, en la eficacia del apostolado. Tenemos un gran tesoro en quienes están aquejados por alguna enfermedad. Tratad a cada una, a cada uno, como lo haría el Señor. Ved en ellos al mismo Jesucristo.

La consideración de esta realidad alimentará además nuestra esperanza cuando las fuerzas del mal se hagan presentes con mayor virulencia en el mundo, abriendo quizá una puerta al pesimismo. ¡No demos cabida a esta tentación, hijas e hijos míos! Jamás olvidemos que existe la gran realidad de la comunión de la Iglesia universal, de todos los pueblos, la red de la comunión eucarística, que trasciende las fronteras de culturas, de civilizaciones, de pueblos, de tiempos. Existe esta comunión, existen estas “islas de paz” en el Cuerpo de Cristo. Existen. Y son fuerzas de paz en el mundo. Si repasamos la historia —comentaba el Papa recientemente—, podemos ver a los grandes santos de la caridad que han creado “oasis” de esta paz de Dios en el mundo, que han encendido siempre de nuevo su luz, y también han sido capaces de reconciliar y crear la paz siempre de nuevo. Ha habido mártires que han sufrido con Cristo, que han dado este testimonio de la paz, del amor que pone un límite a la violencia.

Durante mi reciente viaje al Líbano, he tenido constancia una vez más de la fuerza de esa comunión en Cristo de oraciones y de sacrificios. Me han comentado que, durante la reciente guerra, notaban que mucha gente estaba rezando por ellos. Se cumplía, una vez más, lo que nuestro Padre escribió en Camino: vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo.

Recordaremos también en este mes el anuncio de la erección del Opus Dei como Prelatura personal, por el queridísimo Juan Pablo II. Soy testigo de cómo rezó san Josemaría por esta intención, y de cómo tomó el relevo nuestro don Álvaro, también en esto: conservo muy presente su visita a la Medalla Milagrosa, aquí en Roma, para dar gracias por ese paso. Ahora nos toca a nosotros el deber de jugarnos la vida, por este reconocimiento tan esperado: uníos, por favor, a mi intención. Y encomendad también a los fieles de la Prelatura que el próximo día 25 recibirán la ordenación diaconal.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Carta del Prelado (Diciembre 2006)

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Carta de Monseñor Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. El Prelado habla del Adviento, “tiempo de alegría y esperanza”.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Dentro de dos días comienza el Adviento, tiempo litúrgico con el que la Iglesia nos urge, de una parte, a pensar en el fin de los tiempos, cuando Cristo vendrá en el esplendor de su gloria para juzgar a todos los hombres; y de otra, a prepararnos para recordar su nacimiento temporal, hace ya veinte siglos.

Las dos venidas se encuentran íntimamente relacionadas. En la primera se ha mostrado especialmente la misericordia divina; en la última, aparecerá clara la justicia; pero una y otra son manifestación del amor de Dios a los hombres, como enseña San Pablo: se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien.

Aprovechemos la ocasión, que nos ofrece ahora la liturgia, para meditar personalmente y para recordar a otras personas las espléndidas verdades de la fe sobre los novísimos. Es frecuente que la gente experimente un cierto miedo al pensar en esas realidades postreras. Los hijos de Dios, los apóstoles de Cristo —sin tremendismos, pero también sin ingenuidades—, hemos de facilitar a los demás —sin considerarnos mejores— esa toma de conciencia que, en muchas ocasiones, puede ser el comienzo de una profunda conversión o de un mayor acercamiento a Dios.

Unas semanas atrás, Benedicto XVI invitaba a considerar el Juicio de Dios, que saldrá y sale al encuentro de las ansias de justicia que anidan en los corazones. ¿Acaso no deseamos todos que un día se haga justicia a todos los condenados injustamente, a cuantos han sufrido a lo largo de la vida y han muerto después de una vida llena de dolor? ¿Acaso no queremos todos que el exceso de injusticia y sufrimiento, que vemos en la historia, al final desaparezca; que todos en definitiva puedan gozar, que todo cobre sentido?

Este triunfo de la justicia, esta unión de tantos fragmentos de historia que parecen carecer de sentido, integrándose en un todo en el que dominen la verdad y el amor, es lo que se entiende con el concepto de juicio del mundo. La fe no quiere infundirnos miedo; pero quiere llamarnos a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella; tampoco debemos conservarla sólo para nosotros mismos. Ante la injusticia no debemos permanecer indiferentes, siendo conniventes o incluso cómplices. Debemos percibir nuestra misión en la historia y tratar de corresponder a ella. No se trata de miedo, sino de responsabilidad; se necesita responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y por la salvación de todo el mundo. Cada uno debe contribuir a esto.

Pidamos al Espíritu Santo, hijas e hijos míos, que ponga en nuestros labios las palabras oportunas para mover eficazmente a las almas. El santo temor de Dios, don del Paráclito, significa sobre todo que los hijos no desean entristecer a su Padre celestial; pero la consideración de la muerte y la fe en el juicio particular, en el juicio universal y en los otros novísimos, ayuda como potente disuasivo para apartar a muchos del pecado; y no se queda en un mero temor, sino en la certeza de que la contrapartida tiene todas las ventajas de una existencia feliz, aquí y en el más allá. Por eso escribió nuestro Padre: “Ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”, rezamos en el Credo. —Ojalá no me pierdas de vista ese juicio y esa justicia y… a ese Juez. Y también¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar? .

El Adviento se nos presenta como tiempo de alegría y de esperanza. Más aún, podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. La Iglesia lo ponía de relieve en la reciente solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, cuando nos recordaba que hemos de colaborar activamente en la instauración del reino de Dios en la tierra. Y hemos de llevarlo a cabo día tras día, en las incidencias de la vida corriente, preparando el constante advenimiento del Señor a las almas. No olvidemos, en efecto, que Jesucristo no vino sólo en la primera Navidad, ni se presentará sólo al final de los tiempos. Constantemente desea el Señor estar presente en nuestras almas, y cuenta con nosotros para santificar todas las realidades humanas nobles. Actúa así mediante la gracia de los sacramentos —especialmente la Confesión y la Eucaristía— y también mediante el ejemplo y la palabra de sus discípulos, de sus amigos.

Si en la primera parte del Adviento, como anotaba al principio de esta carta, la liturgia nos orienta hacia la segunda venida de Cristo, a partir del día 17 de diciembre su horizonte se centra en la preparación inmediata de la Navidad. Caminemos, pues, hacia Belén muy pegados a María y a José. Ellos nos enseñan a tratar a Jesús con cariño y delicadeza, a seguirle, a enamorarnos de Él. Fruto de esa mayor intimidad será aquella aspiración que San Josemaría expresaba hace setenta y cinco años: quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación… Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo.

Sigamos rezando por el Santo Padre, cada día con más insistencia. No dudo de que, con vuestra oración y vuestro sacrificio gozoso, le habéis acompañado en su reciente viaje a Turquía. Tratemos de que muchas personas se unan a la oración por su Persona y sus intenciones. Y no os olvidéis de mis intenciones: que no os suenen a cosa sabida.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Carta del Prelado (Enero 2007)

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Carta de Monseñor Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. El tema central es la paz: “¿Qué paz dejamos en las almas? ¿Pueden afirmar que las queremos?”, pregunta el Prelado.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Durante la época de Navidad, la Iglesia nos recuerda en varias ocasiones que en el momento más importante de la historia, cuando Dios hecho hombre vino al mundo, un cántico de alegría resonó en los cielos: Gloria in altissimis Deo, et super terram pax in hominibus bonæ voluntatis (Lc 2, 14). El himno de los ángeles nos muestra que la gloria de Dios y la paz en la tierra son realidades que van unidas. Llamándonos a participar en su vida íntima, el Señor nos ha incorporado a la infinita comunión de amor existente en el seno de la Trinidad. Para eso, Dios Padre envió a su Hijo al mundo; y, luego, el Padre y el Hijo nos enviaron el Espíritu Santo. Desde entonces, y hasta el final de los tiempos, a través de la Iglesia, que es la familia de Dios en la tierra, derrama su amor, su gozo y su paz.

Precisamente hoy, 1 de enero, se celebra la Jornada Mundial de la Paz: un día muy adecuado para suplicar al Señor que infunda este don celeste en cada corazón y en la sociedad. Como recordaba el Santo Padre al principio del Adviento, «la paz es la meta a la que aspira la humanidad entera. Para los creyentes, “paz” es uno de los nombres más bellos de Dios, que quiere el entendimiento entre todos sus hijos» (Homilía, 2-XII-2006).

Cristo vino a derribar el muro que separaba a los judíos de los gentiles, haciendo de los dos un pueblo nuevo (cfr Ef 2, 14-17) que sirviera a Dios en justicia y santidad. Vino a poner paz, «no sólo entre judíos y no judíos, sino también entre todas las naciones, porque todos proceden del mismo Dios, único Creador y Señor del universo» (Homilía en Éfeso, 29-XI-2006).

A este propósito, el mensaje pontificio para la Jornada Mundial de la Paz lleva este año un título muy significativo: “La persona humana, corazón de la paz”. El Papa desea subrayar que los esfuerzos por promover la paz en el mundo, siempre loables, resultan baldíos o poco duraderos si no existe una verdadera preocupación por respetar en todos los hombres y mujeres su dignidad. «Estoy convencido —escribe— de que respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 8-XII-2006, n. 1).

El Papa recuerda las muchas consecuencias de este principio fundamental: el derecho a la vida y a la libertad religiosa; la igualdad natural de todas las personas, reflejada en la salvaguardia de los derechos humanos; la necesidad de cultivar la convivencia y la comprensión entre gentes de religiones, culturas y razas diversas… Como premisa indispensable, señala que la paz verdadera es un regalo de Dios y una tarea confiada a los hombres. En cuanto don divino, había sido prometida a los hombres desde antiguo, pero sólo con el nacimiento de Jesucristo fue enviada a la tierra. «Ecce pax non promissa, sed missa», escribe San Bernardo. «Ahora nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es diferida, sino concedida; no es profetizada, sino realizada. Dios Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame aquel precio de nuestro rescate, que en él se halla contenido; un saco que, si bien es pequeño, está totalmente lleno. En efecto, “un niño se nos ha dado”, pero en este niño “habita toda la plenitud de la divinidad”» (San Bernardo,Sermón 1 en la Epifanía del Señor). Agradezcamos a Dios su infinita misericordia, también en nombre de los que no la han reconocido. Y sintamos la necesidad de querer a todas las personas; pensemos más en San Josemaría, a quien el mundo resultaba pequeño.

Al mismo tiempo, la paz supone una tarea confiada a los hombres de buena voluntad; una buena voluntad que brota del mismo amor que Dios nos tiene. Así, como sabéis, se traduce más literalmente el canto de los ángeles: “… y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”. La tarea de fomentar la paz se pone en manos no sólo de quienes tienen responsabilidades directas en la gestión de la cosa pública, sino en las de todos los ciudadanos sin excepción, según las posibilidades de cada uno. Cumplamos diariamente esta gozosa tarea de empeñarnos en ser «sembradores de paz y de alegría» —como le gustaba decir a nuestro Padre— en los variados ámbitos de nuestra existencia. ¿Qué paz dejamos en las almas? ¿Pueden afirmar que las queremos? ¿Cómo rezamos por los que sufren?

El primer campo en el que hay que cultivar la paz se concreta en la propia alma, donde debe reinar ese don divino para poder transmitirlo luego a los demás. Del corazón humano proviene el mal; pero con la gracia de Dios nacen también las cosas buenas que la criatura está en condiciones de llevar a cabo. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca (Lc 6, 45). Afirma Benedicto XVI: «”Gracia” es la fuerza que transforma al hombre y al mundo; “paz” es el fruto maduro de esa transformación» (Homilía en Éfeso, 29-XI-2006). Pero se requiere la colaboración libre de la persona en el proyecto divino de salvación. Y como en el corazón reside en última instancia la causa de los conflictos, de ahí se deriva la necesidad de que cada uno pelee decididamente dentro de sí, para afirmar el reinado de Dios en la propia alma.

Es una verdad antigua como el Evangelio, aunque desgraciadamente muchos no la conocen o no la ponen en práctica. Dijo el Señor: no penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada (Mt 10, 34). Hablaba de la pelea contra el pecado, presupuesto indispensable de la paz verdadera.

Cuando hay verdadero empeño por erradicar la mala hierba del pecado y por identificarse con Cristo, la existencia del cristiano se convierte en la buena tierra, donde pueden germinar las virtudes que hacen posible la convivencia, llena de caridad y de paz, entre personas de los ambientes más diversos. En este sentido, Benedicto XVI afirma que «además de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar “humana”, y que a su vez requiere una “ecología social”». Y añade: «Es apremiante (…) el esfuerzo por abrir paso a una ecología humana que favorezca el crecimiento del “árbol de la paz”» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 8-XII-2006, nn. 8 y 10).

Difundamos por todas partes estos anhelos del Santo Padre. Y, al mismo tiempo, con corazón grande, pidamos perdón al Señor y reparemos por los pecados con que le ofendemos nosotros, y también por quienes le ofenden en gran parte del mundo mediante la promoción de comportamientos contrarios a la ley natural y, por tanto, a la dignidad humana.

Con el nuevo año, celebramos la Maternidad divina de María, que constituye la raíz de todas las gracias que el Señor ha concedido a nuestra Madre. Acudamos a su intercesión rebosantes de confianza, pongamos en sus manos nuestra pelea personal para alcanzar la santidad y nuestra oración por la paz. Ella, Regina pacis, obtendrá de Jesucristo, Príncipe de la paz (Is9, 5), este regalo divino que tanto anhelan las almas, la Iglesia, el mundo entero.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Carta del Prelado (Febrero 2007)

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El Prelado invita a aceptar la voluntad de Dios, también cuando nos resulte difícil: “Acoger con generosidad esos requerimientos, quizá después de un momento inicial de resistencia o desconcierto, configura el camino seguro para seguir de cerca a Jesús”.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Contemplemos la escena que nos ha transmitido San Lucas. Cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”; y para presentar como ofrenda “un par de tórtolas o dos pichones”, según lo mandado en la Ley del Señor (Lc 2, 22-24). En pocos versículos, con amable reiteración, se insiste en que María y José van a Jerusalén con la finalidad expresa de cumplir la Voluntad de Dios, tal y como se hallaba expuesta en la Ley mosaica. No cuestionan nada, aunque no faltaban motivos para pensar que esa prescripción no les obligaba a ellos. Obedecen con sencillez y alegría, dejando a los hombres y mujeres de todos los tiempos, y especialmente a los cristianos, un modelo acabado de fidelidad a Dios y de obediencia a sus leyes. Seguramente habrán venido a vuestra memoria las incisivas palabras de San Josemaría, en su comentario al cuarto misterio gozoso del Rosario: ¿Te fijas? Ella —¡la Inmaculada!— se somete a la Ley como si estuviera inmunda.

¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios? (Santo Rosario, IV misterio gozoso).

En el cumplimiento de la ley de Dios se resume toda la sabiduría cristiana. No existe posibilidad de seguir a Cristo fuera de este camino de completa identificación con el querer divino: así se comportaron la Virgen y San José, en todos los momentos de su existencia. La epístola a los Hebreos, al hablar de la entrada del Hijo de Dios en el mundo, pone en su boca las palabras de un salmo: sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me preparaste un cuerpo; los holocaustos y sacrificios por el pecado no te han agradado. Entonces dije: “Aquí vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro, para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7; cfr. Sal 40, 7-9). Y resulta muy significativo que, en el mismo momento, al dar su asentimiento a la Encarnación, María responda al arcángel Gabriel: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). El fiat! de la Virgen se identifica plenamente con el ecce venio del Hijo de Dios, que se hace hombre para nuestra salvación. El Santo Padre comenta: «Ante el misterio de estos dos “Aquí estoy”, el “Aquí estoy” del Hijo y el “Aquí estoy” de la Madre, que se reflejan el uno en el otro formando un único Amén a la voluntad de amor de Dios, quedamos asombrados y, llenos de gratitud, adoramos» (Homilía, 25-III-2006).

Pero ese asombro y esa gratitud han de ser operativos, han de manifestarse en obras concretas. Porque —recordemos las palabras de Jesús— no todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos (Mt7, 21). El gran reproche del Señor a los hombres de su época, que hoy nos podría dirigir también a nosotros, se concreta precisamente en esto: que muchas veces nos conformamos con proclamar nuestro amor a Dios de palabra, pero las obras se quedan cortas. Lo recoge San Marcos en un pasaje de su Evangelio, que leeremos dentro de pocos días en la Santa Misa: bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí” (Mc 7, 6). Meditemos, con palabras de nuestro Padre: «Ha de ser tu oración la del hijo de Dios; no la de los hipócritas, que han de escuchar de Jesús aquellas palabras: “no todo el que dice ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el Reino de los Cielos”.

»Tu oración, tu clamar “¡Señor!, ¡Señor!” ha de ir unido, de mil formas diversas en la jornada, al deseo y al esfuerzo eficaz de cumplir la Voluntad de Dios» (San Josemaría, Forja, n. 358).

Preguntémonos con frecuencia: ¿cumplo con fidelidad el querer del Cielo? ¿Busco acomodarme en todo a sus requerimientos, sin limitaciones? Resulta fácil enunciar esas consideraciones de San Josemaría; pero en la práctica —hemos de reconocerlo sin ambages— se nos presentan o nos podemos imaginar muchas dificultades, para acatar y amar la Voluntad de nuestro Padre celestial. Una enfermedad, una contrariedad física o moral, un obstáculo inesperado en la realización del trabajo, los roces propios de la convivencia con otras personas, algo que no sale de acuerdo con nuestros planes…, todos esos pormenores constituyen manifestaciones concretas del beneplácito divino, que el Señor nos dirige sirviéndose de las circunstancias más comunes y exigen una respuesta leal. Acoger con generosidad esos requerimientos, quizá después de un momento inicial de resistencia o desconcierto, configura el camino seguro para seguir de cerca a Jesús, cumpliendo a la letra la recomendación de cargar cada día su Cruz sobre nuestros hombros y así llegar a la plena identificación con Él (cfr. Lc 9, 23).

¿Cómo respondemos nosotros a esas interpelaciones divinas? ¿Sabemos descubrir la Voluntad amorosa de nuestro Padre Dios detrás de las contrariedades de la jornada, también de las más pequeñas? ¿Nos damos cuenta de que todo eso se puede comparar a los golpes de cincel con los que el Espíritu Santo, divino Artista, va esculpiendo la imagen de Cristo en nuestra alma?

Seamos generosos, hijas e hijos míos, en nuestro serviam! Escuchemos el consejo de San Josemaría: «No caigas en un círculo vicioso: tú piensas: cuando se arregle esto así o del otro modo seré muy generoso con mi Dios.

»¿Acaso Jesús no estará esperando que seas generoso sin reservas para arreglar Él las cosas mejor de lo que imaginas?

»Propósito firme, lógica consecuencia: en cada instante de cada día trataré de cumplir con generosidad la Voluntad de Dios» (Camino, n. 776).

Palabras que componen una prolongación de aquellas otras, también de Camino, grabadas a fuego en el alma de nuestro Padre: «Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración “Jesús, te amo”, oyó esta respuesta del cielo: “Obras son amores y no buenas razones”.

»Piensa si acaso tú no mereces también ese cariñoso reproche» (Ibid., n. 933).

Precisamente en estos días se cumplen 75 años de esa locución divina. Muchas veces se refirió nuestro Padre a ese episodio, ocurrido el 16 de febrero de 1932, pero hablaba siempre de modo que no se pudiera reconocer al protagonista. Sólo tras su marcha a la casa del Cielo hemos conocido con detalle ese suceso, como consta en sus Apuntes íntimos y se recoge en una de las biografías publicadas.

Nuestro Fundador llevaba varios días con un fuerte resfriado, y —así se expresa en sus notas personales— «eso era ocasión para que mi falta de generosidad con mi Dios se manifestara, aflojando en la oración y en las mil pequeñas cosas que un niño (…) puede ofrecer a su Señor cada día. Yo me venía dando cuenta de esto» —continúa— «y de que daba largas a ciertos propósitos de emplear mayor interés y tiempo en las prácticas de piedad, pero me tranquilizaba con el pensamiento: más adelante, cuando estés fuerte, cuando se arregle mejor la situación económica de los tuyos… ¡entonces!» (Apuntes íntimos, n. 606 (16-II-1932). Cfr. Andrés Vázquez de Prada, “El Fundador del Opus Dei”, vol. I, p. 417).

¡Qué humana se nos presenta la figura de San Josemaría! También debía luchar, como nosotros, en tantas pequeñas cosas. También le afectaban, como a nosotros, los achaques de salud, las dificultades económicas, la escasez de tiempo, la desgana… ¿Cómo no va a entendernos, cuando le pedimos que nos ayude a superar nuestras limitaciones? Acudamos con confianza a su intercesión, pues entiende muy bien nuestras necesidades. Pero actuemos a toda hora dispuestos a reconocer la Voluntad de Dios en las más diversas circunstancias, y asumámosla sin escondernos detrás de las excusas, que fácilmente nos forjamos para justificar nuestras carencias de generosidad.

Y sigo con la narración de San Josemaría. Aquel 16 de febrero, mientras administraba la Comunión a las religiosas de Santa Isabel, hablaba con Jesucristo en su corazón y, sin palabras exteriores, le manifestaba algo que tantas veces le repetía, de día y de noche: «”Te amo más que éstas”. Inmediatamente —añade—, entendí sin palabras: “obras son amores y no buenas razones”. Al momento vi con claridad lo poco generoso que soy, viniendo a mi memoria muchos detalles, insospechados, a los que no daba importancia, que me hicieron comprender con mucho relieve esa falta de generosidad mía. ¡Oh, Jesús! Ayúdame, para que tu borrico sea ampliamente generoso. ¡Obras, obras!» (Ibid).

Comentaba don Álvaro que esta intervención del Señor removió mucho a San Josemaría, no porque estuviera flojo en la oración, sino porque Dios le pedía más y, con esa lo que la, iluminó su inteligencia y fortaleció su corazón para que descubriese «muchos detalles, insospechados», en los que cabía afinar más. Así se comportó nuestro Fundador, y la memoria de aquel «cariñoso reproche» de Jesús le estimuló a lo largo de su existencia, para rendir más en el servicio de Dios y de las almas.

También nosotros podemos y debemos asimilar esta enseñanza. El cumplimiento sin cicaterías de la Voluntad divina, tal y como se nos muestra en la vida corriente, marca la vía maestra, el camino real para marchar derechamente en pos de Nuestro Señor y ser eficaces en el apostolado. Lo recordaba el Santo Padre en una homilía: «El dócil seguimiento del divino Maestro convierte a los cristianos en testigos y apóstoles de paz. Podríamos decir que esta actitud interior nos ayuda también a poner mejor de relieve cuál debe ser la respuesta cristiana a la violencia que amenaza la paz del mundo. Ciertamente, no es la venganza, ni el odio, ni tampoco la huida hacia un falso espiritualismo. La respuesta de los discípulos de Cristo consiste, más bien, en recorrer el camino elegido por Él, que, ante los males de su tiempo y de todos los tiempos, abrazó decididamente la cruz, siguiendo el sendero más largo, pero eficaz, del amor. Tras sus huellas y unidos a Él, debemos esforzarnos todos por oponernos al mal con el bien, a la mentira con la verdad, al odio con el amor» (Benedicto XVI, Homilía, 1-III-2006).

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre
+ Javier

Carta del Prelado (Marzo 2007)

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Carta de Mons. Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. Con motivo de la Cuaresma, el Prelado invita a realizar en la vida personal “los reajustes oportunos, con optimismo, como el avión o el barco para llegar a su destino”.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hemos comenzado la Cuaresma, tiempo litúrgico fuerte, en el que la Iglesia nos invita a una nueva conversión. Todos necesitamos este cambio, es decir, rectificar con constancia el rumbo de la vida para alcanzar nuestro fin último: la posesión y goce de Dios por toda la eternidad.

Sin embargo, conocemos que, mientras caminamos en la tierra, se puede perder la dirección o, al menos, desviarse de la ruta. Por eso hemos de realizar los reajustes oportunos, con optimismo, como el avión o el barco para llegar a su destino.

Afirmaba el queridísimo Juan Pablo II que todos los seres humanos, por encontrarnos in statu viatoris, en la condición de caminantes que se dirigen a la patria celestial, nos hallamos también in statu conversionis, en estado de conversión. De ahí concluía que hemos de vivir en conversión permanente; y que este hecho caracteriza profundamente nuestra peregrinación terrena (cfr. Dives in misericordia, 30-XI-1980, n. 13); pero, insisto, llenos de alegría y esperanza porque el Señor nos aguarda.

A esta fidelidad nos anima la Cuaresma, época especialmente adecuada para esforzarse con mayor determinación en el propio cambio personal, porque contamos con una gracia específica en este tiempo litúrgico. Meditemos unas palabras de San Josemaría. Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera —ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide— es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón(Es Cristo que pasa, n. 57).

La Pasión y Muerte del Señor constituyen el mayor acto de amor, de completa entrega de sí, que se ha realizado y se realizará en la historia: el Hijo de Dios se hace hombre y muere para librarnos de nuestros pecados. Por eso, en estas semanas, el Santo Padre nos invita a dirigir nuestra mirada con una atención más viva (…) a Cristo crucificado, que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor de Dios (Mensaje para la Cuaresma de 2007, 21-XI-2006).

La misma recomendación salía frecuentemente de los labios de San Josemaría. ¡Cuántas veces nos animaba a tomar el crucifijo en nuestras manos y a ponernos valientemente ante el Señor, para escuchar lo que quiera decirnos desde la Cruz! Meditemos, por ejemplo, aquellas palabras suyas: amo tanto a Cristo en la Cruz, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios: … Yo sufriendo, y tú… cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú… negándome. Yo, aquí, con gesto de Sacerdote Eterno, padeciendo todo lo que cabe por amor tuyo… y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña… (Vía Crucis, XI estación, punto 2). Le he visto besar al Señor crucificado con verdadero amor y con hambres de reparación.

Si, durante estos días, nos situamos con sinceridad total ante Jesucristo crucificado, no tardaremos en descubrir los detalles concretos en los que Él espera que mejoremos. Porque los afanes de santidad no deben quedarse en veleidades, en deseos inoperantes, sino que han de traducirse en propósitos concretos, en una lucha interior bien determinada.

En ocasiones quizá descubriremos que necesitamos dar un quiebro radical a nuestra conducta, porque las vías que seguimos no nos acercan a Dios. Otras veces —y será lo más frecuente— se tratará de mejorar en puntos que nunca son pequeños, si nos mueve el amor.

En cualquier caso, no olvidemos que —como afirma el Papa Benedicto XVI— esta conversión del corazón es ante todo un don gratuito de Dios (…). Por este motivo, Él mismo previene con su gracia nuestro deseo y acompaña nuestros esfuerzos de conversión. Y añade el Papa: ¿Qué es en realidad convertirse? Convertirse quiere decir buscar a Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo, de Jesucristo. Convertirse no es un esfuerzo para autorrealizarse, porque el ser humano no es el arquitecto de su destino eterno (…). La conversión consiste en aceptar libremente y con amor que dependemos totalmente de Dios, nuestro verdadero Creador; que dependemos del Amor. En realidad, no se trata de dependencia, sino de libertad (Discurso en la audiencia general, 21-II-2007, Miércoles de Ceniza).

En cada una de estas mudanzas entran en juego la llamada de Dios y la libertad humana. Dios —el Amor por esencia— se nos ha entregado libérrimamente en Jesucristo, y espera que nosotros nos abramos a su Amor. En la Cruz, Dios mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros (Mensaje para la Cuaresma de 2007, 21-XI-2006), ha escrito el Santo Padre, poniendo de manifiesto cómo en la figura de Cristo clavado en la Cruz se funden los dos aspectos de la caritas: el amor de donación y el de posesión.

Más aún: la revelación del eros de Dios hacia el hombre (su gran deseo de ser amado por nosotros) es, en realidad, la suprema expresión de suagapé (su donación absoluta e incondicionada). En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros (Ibid.).

En estas palabras de su mensaje cuaresmal, Benedicto XVI ofrece a los cristianos una luz que nos puede ayudar mucho durante estas semanas que desembocan en la Pascua. Procuremos aprovecharla. Preguntémonos cómo estamos correspondiendo personalmente, a diario, al amor inmenso e infinito de Dios por cada una, por cada uno, de modo concreto y eficaz.

Las prácticas propias de este tiempo litúrgico —oración, penitencia, obras de caridad— pueden servir de cauce a nuestro afán de conversión. ¿Cómo nos vamos preparando para el Triduo Pascual, con ansias santas de estar con Cristo, de padecer con Cristo, de darnos con Cristo? Él lo quiere, y también en su Pasión nos pide que le acompañemos.

Quizá podemos cuidar con más cariño alguna norma de piedad (la oración, la Santa Misa, el rezo del Rosario). Tal vez podemos aumentar el ofrecimiento de pequeñas mortificaciones, en las que se manifiesta el espíritu de penitencia; por ejemplo, cumplir con la mayor perfección posible un aspecto especialmente costoso de la tarea que nos ocupa; acoger de buena gana a quien acude a nosotros en demanda de un consejo o de una ayuda; esmerarnos en servir a las personas con quienes nos relacionamos más de cerca; poner en la comida y en la bebida elingrediente de una pequeña mortificación, que nos facilite vivir esos momentos en presencia de Dios. San Josemaría solía recomendar una que está al alcance de todos: comer un poquito más de lo que nos gusta menos, y un poquito menos de lo que nos gusta más. Hijas e hijos míos, ¿tenemos muy presente que no hay cristianismo, vida personal cristiana, sin Cruz? ¿Preside tus jornadas el amor a la Cruz?

Como la oración y la mortificación son columnas sobre las que se levanta la conducta del cristiano, al encauzar por esta senda el deseo de una nueva conversión, encontraremos maneras muy diversas de mejorar en la práctica de la caridad fraterna: desde la atención material a quienes lo necesitan, hasta el consejo capaz de abrir a otras personas horizontes nuevos en la lucha por ser buenos cristianos. En este sentido, no olvidemos la importancia del apostolado de la Confesión; intensifiquémoslo en esta Cuaresma, de modo que muchas personas lleguen a las fiestas pascuales después de haber acudido, bien preparadas, al sacramento de la misericordia divina.

Un consejo más os transmito, siguiendo lo que el Santo Padre manifestaba el Miércoles de Ceniza: esmerémonos en cultivar un intenso espíritu de recogimiento y de reflexión (Discurso en la audiencia general, 21-II-2007, Miércoles de Ceniza). En efecto, éste es el clima en el que maduran las verdaderas conversiones. Por eso, tratemos de aumentar la presencia de Dios a lo largo de la jornada, quizá sirviéndonos de alguna jaculatoria especialmente adecuada a nuestras circunstancias individuales; la liturgia nos ofrece muchas durante estos días. Y esforcémonos en el cotidiano examen de conciencia. Esos minutos de reflexión, cada uno a solas con Dios, constituyen un excelente punto de arranque, como un muelle que nos debe impulsar —con las luces y las fuerzas que nos conceda el Señor— a la mudanza seria del día siguiente.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

“Que vuestras discusiones acaben con un abrazo”

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400 matrimonios de todo el mundo han acudido a un congreso en Roma para compartir ideas sobre el futuro de la familia. En una tertulia, Mons. Echeverría les ha animado a santificar su convivencia diaria y renovar el amor constantemente.

Opus Dei -

“Familias cristianas: ¿qué hacéis? ¿cómo vivis? –ha sugerido que se pregunte cada uno-. Sed una sola carne. Dad testimonio cristiano de vuestro amor, también cuando hayáis tenido un pequeño conflicto. Vuestra es la responsabilidad de transmitir a la sociedad que la familia es un camino cristiano. Comunicad a los demás que el amor matrimonial es reflejo de un amor todavía mucho más alto”.

Matrimonios de 43 países han llenado uno de los salones del hotel Parco dei Principi (Roma), donde se ha celebrado la tertulia. Por los pasillos correteaban los niños. En un carrito descansaban los más pequeños. Los presentes –padres y madres jóvenes en su mayoría- han acudido a Roma desde todo el mundo para aportar ideas sobre el matrimonio.

Los asistentes al congreso imparten en sus países de origen cursos de formación dirigidos a los esposos. Por medio del estudio de casos prácticos, transmiten ideas para afrontar los retos de la vida en común y aportar a la sociedad la felicidad que se encuentra en el matrimonio.

Opus Dei -

Los organizadores del Congreso habían pedido al Prelado del Opus Dei que les dirigiese unas palabras.

Mons. Javier Echevarría les ha hablado sobre la fidelidad, a la que se llega afrontando quizá algunos momentos difíciles: “Qué bonito es ser fiel. Es la mejor demostración de que hemos usado nuestra libertad. Sobreponeos a los momentos pasajeros de ira o de impaciencia. Sed fieles, uno con una, para siempre y abiertos a la vida”.

Animó a los presentes a ayudarse mutuamente, a mejorar y a ser pacientes: “San Josemaría Escrivá decía que tenéis que querer a vuestro cónyuge con sus defectos. Pensad, ¿cómo puedo ayudar a mi mujer, a mi marido? Si ves que tiene tal o tal defecto, quiérele como es. Acéptalo. Lo sentirás mucho más tuyo. Así, las imperfecciones del otro, os ayudarán a mejorar a vosotros”.

Opus Dei -

“No discutáis mucho: sólo lo imprescindible. Y procurad no hacerlo delante de los hijos. El que piense que tiene razón, es el que tiene que disculparse primero. Así acabaréis vuestra disputa con un abrazo. Y es mejor que no os digáis las cosas cuando estáis enfadados. Tened paciencia, esperad. Demostrad así que no sentís rencor”.

Asimismo, ha animado a demostrar el amor al propio cónyuge en pequeños detalles: “Os podéis poner el vestido o la corbata que sabéis que le gusta al otro; preguntadle, si veis que tiene ganas de contar algo… Así evitaréis el mayor peligro que amenaza el amor, que es el acostumbramiento”.

Opus Dei -

Y sobre los hijos, ha afirmado: “Sois sus principales maestros. Les educáis con vuestro ejemplo, con vuestra alegría, con vuestra puntualidad… Si queréis que adquieran unos principios, comenzad por vivirlos vosotros. Por ejemplo, si en alguna ocasión os dais cuenta de que os habéis equivocado ante ellos, pedidles perdón: os mirarán con otros ojos”.

Carta del Prelado (Abril 2007)

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Carta de Mons. Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. En el mes de Abril, el Prelado se detiene ante los acontecimientos que celebramos en la Semana Santa e invita a tratar a Jesucristo, Dios hecho hombre.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hoy comienza la Semana Santa, la más importante de todo el año, porque conmemoramos los acontecimientos centrales de nuestra salvación. Ojalá que cada una y cada uno de nosotros la viva —o, mejor, la reviva— personalmente, acompañando a Jesús en los pasos que la liturgia pone ante nuestros ojos. Con San Josemaría, pido a Dios la gracia de que nos pasmemos con mayor profundidad ante estos Misterios.

En los primeros días, a partir de la entrada triunfal del Señor en Jerusalén, resulta fácil caminar junto a Jesús en sus frecuentes idas y venidas de Betania a Jerusalén y de Jerusalén a Betania. Tomemos el Santo Evangelio, metámonos en las escenas para acompañarle muy de cerca e ir a su paso en todo.

Deteneos a contemplar las horas que transcurre en el Templo, tratando de atraer a los escribas y fariseos que, en aquellos momentos, sólo tramaban para perderle. Pero Jesús no tiene en cuenta el aparente fracaso de sus invitaciones a la conversión: hasta el último momento —lo vemos en las escenas del Gólgota— espera que el alma se abra a la gracia y reciba así la salvación. Nos enseña a insistir una y otra vez en el apostolado personal, aunque en alguna ocasión pueda parecer que no hay resultados. El fruto llega siempre.

Precisamente antes de la Pasión, el Señor pronuncia una parábola en la que se refleja, de modo particular, el afán de almas que le consume: la parábola del rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir (Mt 22, 2-3). Cabe imaginar las ansias del amabilísimo Corazón de Jesús al pronunciar estas palabras. Y nos admira siempre su insistencia: tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas (Ibid., 4).

También ahora sucede frecuentemente lo mismo. Si de verdad nos esforzamos por identificarnos con Cristo, por ser alter Christusipse Christus, nada más lógico que —como repetía nuestro Padre— la vida de Jesús se reproduzca de un modo u otro en la nuestra. «Se repite la escena, como con los convidados de la parábola. Unos, miedo; otros, ocupaciones; bastantes…, cuentos, excusas tontas.

»Se resisten. Así les va: hastiados, hechos un lío, sin ganas de nada, aburridos, amargados. ¡Con lo fácil que es aceptar la divina invitación de cada momento, y vivir alegre y feliz!» (San Josemaría, Surco, n. 67).

Nuestra reacción, como la de San Josemaría, ha de consistir en no decaer, sino en aumentar la dedicación al apostolado, bien convencidos de que ningún esfuerzo se pierde, a pesar de las resistencias de los hombres.

Insistamos concretamente en el apostolado de la Confesión. El año pasado, por estas fechas, el Papa recordaba que, «para una fructuosa celebración de la Pascua, la Iglesia pide a los fieles que se acerquen durante estos días al sacramento de la Penitencia, que es una especie de muerte y resurrección para cada uno de nosotros (…). Dejémonos reconciliar por Cristo —añadía el Santo Padre— para gustar más intensamente la alegría que Él nos comunica con su resurrección. El perdón que nos da Cristo en el sacramento de la Penitencia es fuente de paz interior y exterior, y nos hace apóstoles de paz en un mundo donde, por desgracia, continúan las divisiones, los sufrimientos y los dramas de la injusticia» (Discurso en la audiencia general, 12-IV-2006).

En la segunda parte de la semana celebramos el Triduo Pascual, corazón del año litúrgico. Metámonos a fondo en las ceremonias litúrgicas de estos días. El Jueves Santo, durante la Misa in Cena Domini, agradezcamos a Jesús la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, y su perpetuación hasta el final de los siglos. Acompañémosle en los sagrarios —losMonumentos— donde se reserva el Santísimo Sacramento, hasta la tarde del Viernes Santo, en recuerdo de las horas de soledad que Jesucristo transcurrió, primero, en el Huerto de los Olivos, y luego, durante el proceso-farsa de aquella noche dolorosa y triste. Estad seguros de que esa vela nuestra junto al tabernáculo consoló de algún modo a Jesús, Dios y hombre verdadero, durante aquellas horas tan amargas.

Juan Pablo II —a quien tanto debe la Iglesia, la Obra— era un apasionado amante de Jesús Sacramentado: le atraía el Tabernáculo y nos invitaba a ir allí con frecuencia. Su llegada al Cielo, hace dos años, habrá sido tan rápida como cuando descubría un Sagrario durante sus visitas y viajes apostólicos.

En el Viernes Santo, conmemoración de la muerte del Señor, además de cumplir ejemplarmente la abstinencia y el ayuno señalados para esa fecha —recordando y facilitando a otras personas que también lo hagan—, busquemos con generosidad pequeñas mortificaciones a lo largo de esas horas, y ofrezcámoslas en desagravio por los pecados nuestros y los de los demás, y en petición de gracias para que muchas almas —millares y millares— se decidan a seguir de cerca a Jesucristo. No tengamos miedo a la Cruz, hijas e hijos míos, ni tampoco a las murmuraciones de quienes se escandalizan farisaicamente cuando contemplan que los cristianos nos asimos con amor a ese leño santo, en el que el Señor dio muerte a nuestra muerte y nos rescató para la vida eterna. ¿Hasta qué punto amamos el sacrificio? ¿Nos pueden los respetos humanos?

El Sábado Santo recordamos la sepultura de Jesús; permanezcamos muy cerca de la Virgen, con los Apóstoles y aquellas mujeres santas que le acompañaban. Ellos y ellas no sabían entonces que, tras esas horas de tinieblas, iba a amanecer el nuevo día de la Resurrección. Nosotros, ahora, sí lo sabemos. Llenémonos de optimismo y de esperanza.

Después del Triduo sacro comienza el Tiempo pascual, que representa la vida futura que esperamos recibir de Dios, y que ya ahora podemos pregustar en la esperanza, especialmente porque en la Sagrada Eucaristía se nos ofrece una prenda y un anticipo de la bienaventuranza eterna prometida. ¿Pensamos a menudo en el Cielo, especialmente cuando se presenta alguna contradicción, para recobrar enseguida la paz y la alegría sobrenaturales? ¿Acudimos con frecuencia al Sagrario, para permanecer con Jesús y alimentar nuestra vida teologal? Los primeros cristianos representaban la virtud de la esperanza mediante la figura de un ancla; significaba que, más allá de las circunstancias mudables de la existencia terrena, nuestra seguridad se funda en Jesucristo, que ha penetrado en el Cielo y se sienta a la derecha del Padre con su Humanidad Santísima, siempre vivo para interceder por nosotros (cfr. Hb 4, 14; 7, 25).

«Cristo vive. Ésta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la Cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia», escribe nuestro Padre. Y continúa: «Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102).

En su reciente exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis, Benedicto XVI recuerda entre otras cosas que, «especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo hombre y toda la creación (cfr. Rm 8, 19 ss.). El hombre ha sido creado para la felicidad eterna y verdadera, que sólo el amor de Dios puede dar (…). Esta meta última, en realidad, es el mismo Cristo Señor, vencedor del pecado y de la muerte, que se nos hace presente de modo especial en la Celebración eucarística. De este modo, aun siendo todavía como “extranjeros y forasteros” (1 Pe 2, 11) en este mundo, participamos ya por la fe de la plenitud de la vida resucitada. El banquete eucarístico, revelando su dimensión fuertemente escatológica, viene en ayuda de nuestra libertad en camino» (Exhort. apost. post-sinodalSacramentum caritatis, 22-II-2007, n. 30).

Jesús es el Compañero invisible, pero real, que se encuentra siempre a nuestro lado y nos espera en el Tabernáculo, donde nos muestra su cercanía. ¡Cómo cambiarían nuestras jornadas, si de verdad nos moviésemos en todo momento con la seguridad —llena de fe, de esperanza y de amor— que animaba a San Josemaría! Acudamos llenos de confianza a su intercesión, para que nos empuje a ser mujeres y hombres verdaderamente eucarísticos. El próximo día 23, aniversario de su primera Comunión, se nos presenta una excelente ocasión. Aprendamos a decirle en cada jornada un “Señor, te amo”, y procuremos demostrárselo con obras.

Recemos mucho por el Papa: por su persona y sus intenciones. Es muy grande el peso que recae sobre sus hombros. La Providencia divina cuenta con esas oraciones y esos sacrificios para fortalecerle y dar eficacia a sus palabras. El próximo día 16 de abril cumplirá ochenta años, y el 19 será el segundo aniversario de su elección. Agradezcamos a Dios el don que ha concedido a la Iglesia en la persona de Benedicto XVI.

Todos recordamos cómo en la Misa con la que inauguró su pontificado, el Santo Padre pedía a los cristianos la ayuda de la oración. Y en 2006, al conmemorar el primer año de su pontificado, apostillaba: «Cada vez me convenzo más de que por mí mismo no podría cumplir esta tarea, esta misión. Pero siento también que vosotros me ayudáis a cumplirla. Así estoy en una gran comunión y juntos podemos llevar adelante la misión del Señor (…). ¡Gracias, de corazón, a todos los que de diversas maneras me acompañan de cerca o me siguen de lejos espiritualmente con su afecto y su oración! A cada uno le pido que siga sosteniéndome, pidiendo a Dios que me conceda ser pastor manso y firme de su Iglesia» (Discurso en la audiencia general, 19-IV-2006).

Examinemos en la presencia de Dios cómo es nuestra unión con el Papa: unidad de oraciones, de afectos y de propósitos. ¿Rezamos mucho, cada día, por las intenciones del Santo Padre? ¿Ofrecemos los sacrificios y renuncias que nos cuestan más? ¿Movemos a otras personas a rezar y a ofrecer por el Romano Pontífice ratos de trabajo y pequeñas mortificaciones? ¿Difundimos sus enseñanzas —que son la doctrina de Cristo— y las defendemos cuando las atacan en la opinión pública o en conversaciones privadas?

No disminuyáis vuestra oración por mis intenciones.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier


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