Estructura de la prelatura del Opus Dei

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El Prelado -y, en su lugar, sus vicarios- ejerce la jurisdicción en el Opus Dei como Ordinario propio de la Prelatura. Sin embargo, el gobierno de la Prelatura es colegial: el Prelado y sus vicarios desempeñan siempre sus cargos con la cooperación de los correspondientes consejos, formados en su mayoría por laicos.
En el gobierno del Opus Dei, el Prelado cuenta con la colaboración de un consejo de mujeres, la Asesoría Central, y otro de hombres, el Consejo General. Ambos tienen su sede en Roma.

Los congresos generales de la Prelatura se celebran ordinariamente cada ocho años, con participación de miembros procedentes de los distintos países donde está presente el Opus Dei. En esos congresos se estudia la labor apostólica realizada por la Prelatura en el precedente periodo, y se proponen al Prelado las líneas para su futura actividad pastoral. El Prelado procede en el congreso a la renovación de sus consejos.

Cuando es preciso nombrar nuevo Prelado, se convoca con este fin un Congreso General Electivo. El Prelado es elegido -según las normas del derecho universal y particular- entre los componentes del presbiterio de la Prelatura que reúnen ciertas condiciones de edad, antigüedad en el Opus Dei, experiencia sacerdotal y todas las previstas en los Estatutos. Su elección ha de ser confirmada por el Papa, que de ese modo confiere el oficio de prelado. Actualmente, el prelado del Opus Dei es monseñor Javier Echevarría.

La Prelatura se organiza en áreas o territorios llamados regiones. Al frente de cada región -cuyo ámbito suele coincidir con un país- hay un vicario regional, con sus consejos: Asesoría Regional para las mujeres y Comisión Regional para los hombres.

Algunas regiones se subdividen en delegaciones de ámbito más reducido. En este caso, se repite la misma organización del gobierno: un vicario de la delegación y dos consejos.

España, por ejemplo, es una región que está a su vez dividida en diez delegaciones: Barcelona, Granada, Madrid Este, Madrid Oeste, Pamplona, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza.

Finalmente, a nivel local están los centros del Opus Dei, que organizan los medios de formación y la atención pastoral de los fieles de la Prelatura de su ámbito. Los centros son de mujeres o de hombres. En cada uno hay un consejo local, presidido por un laico -la directora o el director- y formado por al menos otras dos personas. Estos cargos locales conllevan la responsabilidad de impartir los medios de formación colectiva –a los demás fieles y a otras personas que participan en las labores apostólicas- de acuerdo con lo que hayan establecido quienes tienen jurisdicción (los Vicarios de las Regiones o de las Delegaciones con sus Consejos), atender la dirección espiritual personal y ocuparse de la organización apostólica y material de los centros. Para la atención sacerdotal de los fieles adscritos a cada centro, el Ordinario de la Prelatura en cada región o delegación designa un sacerdote de su presbiterio.

Ningún cargo de gobierno, salvo el del Prelado, es vitalicio.

Carta del prelado del Opus Dei: “Demos gracias a Dios por Juan Pablo II, siervo bueno y fiel”

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Carta del 3 de abril, que Mons. Javier Echevarría ha dirigido a los fieles del Opus Dei, cooperadores y amigos con ocasión del fallecimiento del Papa Juan Pablo II.

Opus Dei - Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

¡Que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Queridísimos: Veníamos ya preparándonos para el doloroso trance del fallecimiento de nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II, que —más frecuentemente en estos últimos años y meses— ha ofrecido al mundo entero el testimonio sereno y alegre de su íntima unión con Dios, a través del sufrimiento.

Desde el miércoles pasado, cuando el estado de salud del Santo Padre se agravó repentinamente, la Iglesia entera se ha congregado en torno a su Pastor supremo, rezando con fe en todos los rincones de la tierra. Una vez más se ha reproducido la escena narrada por los Hechos de los Apóstoles: cuando el rey Herodes encerró al Apóstol Pedro en la cárcel, con el designio de hacerlo morir, “la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios” (Hch 12, 5).

Esta oración por el Sucesor de San Pedro, además de haber sido fuente de fortaleza para el Papa en los pasados días, nos ha unido con mayor solidez a Cristo y a su amada Esposa, la Iglesia; ha hecho que los católicos descubramos una vez más que formamos parte de la gran familia de hijos de Dios, que tienen un Padre común también en la tierra. Hemos sentido además la cercanía de muchos otros cristianos y de innumerables hombres y mujeres de buena voluntad, que se han unido también a nuestra oración. ¡Demos gracias a Dios por todos estos bienes, por tan buen siervo bueno y fiel, el Papa Juan Pablo II!

En la Obra, muchos motivos de gratitud nos vinculan a Juan Pablo II. Nuestro Padre nos enseñó a amar ardientemente al Papa, sea quien sea, por la sencilla y sublime razón de que es el Vicario de Cristo, su Representante visible en la tierra. Pero esta veneración se hace más neta al considerar cómo, en estos años de su ministerio como Pastor supremo, nos ha facilitado a los católicos el cumplimiento de nuestro deber filial de adhesión fiel, con el ejemplo de su intensa vida espiritual —¡se tocaba!—; de su alegría en el servicio a las almas; de su caridad con todos los hombres y, también, de su exigencia paterna, al erigir la Obra en Prelatura, para que hagamos el Opus Dei —esta partecica de la Iglesia— como Dios quiere.

Opus Dei -

“Con agradecimiento profundo y sereno, ofrezcamos sufragios por el eterno descanso de su alma”.

Conocíamos el enorme prestigio espiritual y moral que el Santo Padre tenía en el mundo entero; pero en los días pasados —también al contemplar la extensa cobertura que le han dedicado los medios de comunicación—, pienso que todos, también los no católicos, han tocado la verdad del ubi Petrus, ibi Ecclesia: “donde está Pedro, allí se encuentra la Iglesia”. Y ahora, tras tantos años de entrega generosa al Señor, resalta aún más la incisividad y la eficacia de su ministerio como Supremo Pastor.

Nos embarga la certeza de que la Trinidad Santísima le ha abierto de par en par las puertas del Cielo, para premiar su celo constante por las almas, su perseverante invitación a que todos abramos las puertas del alma a Cristo. A la vez, con agradecimiento profundo y sereno, ofrezcamos sufragios por el eterno descanso de su alma. Además de los que San Josemaría estableció en el Opus Dei para momentos como los que estamos viviendo, os aconsejo que seáis generosos en el ofrecimiento de sufragios por Juan Pablo II. Tened la seguridad de que esas oraciones —ya estamos acostumbrados a verlo— serán plegarias de ida y vuelta: subirán al cielo y el Señor las devolverá a la tierra convertidas en una lluvia abundante de gracias.

Opus Dei -

“Hijas e hijos míos: Juan Pablo II, junto al Señor, continúa invitándonos: “¡Levantaos, vamos!”. Para que nos decidamos a reemprender con decisión el camino de nuestra vida cristiana”.

Hijas e hijos míos: Juan Pablo II, junto al Señor, continúa invitándonos: “¡Levantaos, vamos!“. Para que nos decidamos, día tras día, a reemprender con decisión el camino de nuestra vida cristiana.Duc in altum! (Lc 5, 4), nos recuerda a cada una y a cada uno. Todos los cristianos, como hijos fieles de la Iglesia, hemos de lanzarnos mar adentro en el gran océano del mundo, para llevar a cabo —sin mediocridades, con entrega plena y decidida— la misión corredentora que Cristo nos ha confiado.

Cuando el Cónclave de los Cardenales, reunido bajo la inspiración del Espíritu Santo, elija al nuevo Sucesor de Pedro, escucharemos el anuncio: habemus Papam! Preparémosle ya desde ahora la senda. Roguemos al queridísimo Juan Pablo II que interceda ante Dios Nuestro Señor para que el nuevo Papa encuentre el surco abierto y preparado por la abundante oración y mortificación de todos los cristianos. Ya le queremos con toda el alma, sea quien sea; y, como nos dijo en ocasiones análogas nuestro Padre, ofrezcamos todo por su Persona e intenciones…, ¡hasta la respiración!

Durante estos días de sede vacante, quizá nos ayude aquella jaculatoria que sugiere nuestro Fundador en “Surco”: «Para tantos momentos de la historia (…), me parecía una consideración muy acertada aquella que me escribías sobre lealtad: “llevo todo el día en el corazón, en la cabeza y en los labios una jaculatoria: ¡Roma!”» (Surco, n. 344).

Con todo cariño os bendice vuestro Padre

+ Javier

“De los jóvenes dependen muchas cosas grandes”

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Publicamos la entrevista concecida por Monseñor Javier Echevarría a la agencia de noticias Zenit, en la que el prelado del Opus Dei hace un balance de la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia.

Por ser prelado del Opus Dei usted conoce a gente de todo el mundo, pues su «diócesis» no está limitada territorialmente. ¿Tienen todos ellos la misma «hambre de Dios» de la que ha hablado el cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, o son, por el contrario, los hombres del sur, por su mentalidad, más cercanos a Dios que los alemanes o que los del norte en general?


En primer lugar deseo aclarar que el Opus Dei es una prelatura personal y, por tanto, forma parte de la estructura jerárquica de la Iglesia, pero no es una diócesis. Ciertamente el Opus Dei está extendido por el mundo entero. Los fieles de la Prelatura pertenecen a muy diferentes nacionalidades, pero todos tienen como común denominador, la seguridad de que somos hijos de Dios con «hambre de trato con Dios», que procuran aumentar cada día. Es un hecho real a la vista de cualquiera que las personas somos diferentes: las del norte y las del sur, las del este y las del oeste, pero todos luchan con alegría para vivir cerca de Dios. No excluyo, al contrario, pienso que en Alemania existe un rico tesoro de gente que desea acercarse a Dios; muchas personas -con su mentalidad alemana- transcurren sus jornadas en trato con el Señor -en la familia, en el trabajo, en el tráfico de los traslados, en la diversión-, y con el afán de acercar a este gran ideal del hombre -su cercanía con Dios- a otras muchas personas.

¿Qué ha habido de especial en estos días en Colonia, para el mundo y especialmente para Alemania?


Para mí, lo especial de esta visita pastoral es que viene el sucesor de Pedro y, alrededor del sucesor de Pedro -por la comunión de los santos- toda la Iglesia procura unirse a las intenciones del padre común, del Papa. Por tanto, lo que está sucediendo estos días en Colonia tiene mucha importancia para Alemania y para el mundo, porque hace notar que la Iglesia está viva, que la Iglesia es joven, con una juventud que es también de las personas ancianas, de las personas maduras, de los enfermos y de las personas sumidas en la pobreza; ya que lo que importa es la juventud del alma y todas estas personas tienen una gran juventud, para poder ofrecer Dios a los otros, precisamente porque es lo que les falta.

¿Supondrá la visita del Santo Padre Benedicto XVI el inicio de una primavera espiritual de la Iglesia en su patria?


Naturalmente: en la Iglesia siempre estaremos en una situación de crecimiento. Aunque aparentemente pueda haber momentos en los que se experimenta una especie de parón, ese parón no existe, porque aquí –en este país estupendo que es Alemania- se cuenta ahora con la gran riqueza de la oración de muchas mujeres y hombres desconocidos. La Iglesia no se hace solamente con lo que se ve exteriormente, sino también con la riqueza de la santidad de muchas personas. Es seguro que aquí en Alemania hay mucha gente santa, que agradece al Señor pertenecer a la Iglesia católica y que desea amar a todos los ciudadanos de Alemania, y a los del mundo, con el amor de Cristo.

El Santo Padre quisiera mostrar que el ser cristiano proporciona alegría. ¿Qué tipo de alegría es esta?


El Santo Padre ha insistido recientemente en que, lejos de lo que algunas personas quieren hacer creer, el cristianismo no es un peso; antes bien, el conjunto de preceptos son esas alas de las que ha hablado Benedicto XVI, que nos ayudan a volar hacia el Creador, hacia Dios, que nos sigue a cada uno muy de cerca. Por tanto, la alegría consiste en saber que, en todas las circunstancias en que nos encontremos, tenemos un Padre que no nos abandona nunca y que se ocupa de nosotros en todas esas situaciones. En la vida humana no falta el dolor, el sacrificio, como no faltó en quien es modelo para todos los cristianos -nuestro Señor Jesucristo- y en la persona que ha estado más de cerca de Jesucristo, la Virgen María. Esto no significa masoquismo, sino que se debe al amor, porque -hasta en lo más humano- no existe amor, entrega, sin sacrificio, que consiste en gastarse gustosamente por los demás.

Su antecesor, San Josemaría, fundó el Opus Dei para enseñar a todas las gentes que pueden ser santos, sin hacer cosas extraordinarias. ¿Qué es por tanto la santidad?, ¿cómo se hace uno santo?


San Josemaría ha recogido las enseñanzas y la predicación de Jesucristo, que «coepit facere et docere», que empezó primero a hacer, y predicó después; al comienzo, con su nacimiento humilde, pobre, en una gruta, rodeado por el amor de María y de José y de los pastores -hombres pobres, pero con gran capacidad de amar-, y luego también por los Magos que acudieron a adorarle. Aunque estos últimos eran hombres con posibilidades humanas, en ese momento de búsqueda del rey de los judíos, nos dejan ver que tenían la misma necesidad o más que los pastores. La santidad es procurar encontrar a Dios en lo que nos ocupa en cada momento, identificarse con Cristo sin que sea preciso recurrir a cosas extraordinarias; no son imprescindibles las grandes abnegaciones, aunque no hay excluirlas si llegan, o buscarlas libre y voluntariamente si nos las pide el Señor.

Por eso, lo importante es cumplir la voluntad de Dios en cada momento, llevando a cabo heroicamente el deber de cada instante, sin quitar el hombro ante la sugerencia de fidelidad que precisamente nos hace Cristo, en lo agradable y en lo desagradable.

¿Qué ayuda proporciona el Opus Dei en ese camino hacia la santidad?


El Opus Dei ha venido a recordar a todo el mundo que la santidad no es cosa de privilegiados, es decir que todos podemos acercarnos a Dios ahí donde nos encontramos. A los hombres, a cada uno, ha dicho Jesucristo: «Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto». El Opus Dei recuerda la necesidad de transformar todas las actividades, también las aparentemente más banales, en un diálogo con Dios, e igualmente recuerda la necesidad de la vida sacramental, pues sin los sacramentos no puede aumentar esa vida de la gracia, ya que los sacramentos son los medios que nos ha dejado Nuestro Señor Jesucristo, para renovarnos y para identificarnos con Él.

El lema de estas Jornadas de la Juventud reza: «Hemos venido a adorarle» (Mateo 2, 2). Hoy vivimos un tiempo radicalmente cambiante en el que con facilidad se pierde de vista lo esencial y el recogimiento, el silencio, se considera a menudo insoportable. ¿Cómo llegar a esta actitud de adoración? ¿En qué consiste? ¿Cómo se puede hablar con Dios?


Antes de responder a esta pregunta, querría decirle algo que es fundamental en la vida del cristiano, en la vida de un hijo de Dios: el optimismo. No podemos enfocar las cosas o las situaciones con el pesimismo que, en ocasiones, pueda dominar el ambiente. El hijo de Dios se sabe con capacidad de transformar en alegría todas las circunstancias, también aquellas que otros puedan ver como una contradicción. Desde luego, el silencio y el recogimiento resultan esenciales para que exista un diálogo con Dios. Esto no puede considerarse insoportable, como nunca se considerará insoportable un diálogo —o estar— con la persona a la que se ama. Y todos los hombres somos los amados, los predilectos de Dios, como Él mismo ha dicho: en la Biblia se nos revela que sus delicias son estar con los hijos de los hombres. Si secundamos ese diálogo, seremos mujeres y hombres que participan en esa felicidad, en esa complacencia que Dios tiene puesta en cada uno. ¿Cómo se puede hablar con Dios? Con sencillez, con naturalidad, como se habla con el amigo, con el hermano. San Josemaría Escrivá aconsejaba que tratásemos con Dios de nuestra vida, porque hacer oración es hablar de nuestra alma, de nuestras luchas pequeñas o grandes; y Él nos acoge, nos escucha como el Padre más interesado, con un gran cariño y con el deseo de ayudarnos en todo lo que necesitemos, aunque a veces -como todo buen padre- permite la prueba o la contradicción, precisamente para que maduremos y contemos más con la ayuda de su Gracia.

El Santo Padre ha concedido a todos los participantes en estas jornadas una indulgencia plenaria. ¿Qué papel desempeñan las indulgencias en la vida de la Iglesia? ¿Cómo se relacionan con el sacramento de la penitencia?


Las indulgencias desempeñan un papel vital, porque son la aplicación al alma de los méritos infinitos de la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Nos hacen participar en esa Vida gloriosa a la que estamos todos llamados; por tanto, las indulgencias nos facilitan el que podamos acercarnos a Dios, perdonándonos los restos de pena merecida por los pecados ya perdonados y poniéndonos así en la disposición de acudir en adelante con más docilidad y con más facilidad a recibir la gracia en el sacramento de la confesión. Es en este sacramento donde Cristo perdona de raíz los pecados mortales, porque otro medio —fuera de circunstancias extraordinarias— no existe, aunque la Iglesia enseña que una contricción perfecta remite los pecados, también los mortales. Sin embargo, ¿quién puede estar seguro de que su contrición es perfecta? El hombre necesita la certeza del perdón de ese Dios que nos escucha, que nos atiende y nos quita también la tristeza por el fracaso, precisamente en el sacramento de la confesión.

¿Qué mensaje deja san Josemaría a los jóvenes del mundo que han estado estos días en Colonia?


El mensaje de san Josemaría lo resumiría en unas pocas palabras, que escribió cuando era un sacerdote muy joven. Nos ha dicho a todos, no sólo a los jóvenes, sino también a las personas maduras y a las personas ancianas -porque toda edad es tiempo de encuentro con Dios-, pero a la juventud les señalaría, si hoy viviera, lo que escribió en aquellos años de los comienzos del Opus Dei, cuando se vio rodeado de no pocas dificultades. Precisó: «De que tú y yo nos comportemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes». De que se porten muy bien los que se encuentran estos días en Colonia, esta juventud que nos rodea, dependen muchas cosas grandes: para su alma y para las almas que tratan, y también para sus países y para las almas del mundo entero.

“Tratad siempre con la máxima delicadeza a Jesús en la Eucaristía”

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Ofrecemos la homilía, pronunciada por Monseñor Javier Echevarría, en las ordenaciones presbiterales celebradas en el Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad el 4 de Septiembre. En www.torreciudad.org se puede ampliar la información sobre las ordenaciones.

Opus Dei -

Queridos hermanos y hermanas.

Queridísimos hijos míos diáconos.
1. No dudemos de que el Apóstol se dirige a todos los cristianos cuando nos dice: caritas Christi urget nos, nos apremia el amor de Cristo. ¡Cuántas veces escuché esta expresión en labios de San Josemaría Escrivá de Balaguer! Le urgían las almas, la salvación de las almas, por las que estaba dispuesto a dar la vida. Seguía en esto, como en todo, el ejemplo de Jesucristo, cuando exclamaba: fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? (Lc 12, 49). A miel y a panal le sabían las palabras de San Juan: ¡que os queráis! (cfr. 1 Jn 3, 11).

El Santo Padre Benedicto XVI, desde los albores de su pontificado, se ha referido a la santa inquietud que todos los cristianos hemos de experimentar ante un mundo cada vez más alejado de Dios, al menos en nuestra civilización europea y occidental. Basta abrir los ojos para contemplar que muchas personas —hombres y mujeres, jóvenes y adultos— se alejan del Señor o no le conocen, quizá porque no han tenido a su lado cristianos que les muestren —con el ejemplo y con la palabra, de modo coherente— el rostro amable de nuestro Redentor. Este afán de almas ha de constituir en nosotros una verdadera inquietud, en el sentido de que ha de permanecer siempre viva en el corazón; pero una inquietud santa, que no quita la paz del espíritu, que no degenera en comentarios pesimistas o en lamentos estériles, sino que se manifiesta en iniciativas apostólicas concretas, cotidianamente renovadas en el trato con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la Eucaristía y en la oración.

Se encamina a su conclusión el “Año de la Eucaristía”, convocado por el Siervo de Dios Juan Pablo II. En los dos meses que aún nos quedan, deberíamos empeñarnos todavía más para asistir con más amor a la Misa, para acompañar con frecuencia a Jesús en el Sagrario, para recibir con más fruto la Comunión. Sin olvidar que se requiere una confesión bien hecha —con verdadero arrepentimiento de las faltas y pecados, con propósitos de lucha— como preparación necesaria para acercarse a comulgar, si se tiene la desgracia de haber cometido algún pecado mortal; y, en cualquier caso, constituye la mejor disposición para recibir la Sagrada Eucaristía.

Benedicto XVI ha recordado que la Comunión «es realmente un encuentro entre dos personas, es dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor, de Aquel que es mi Creador y mi Redentor». Lo mismo cabe decir del trato con Él fuera de la Misa: «Cristo está realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a Él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros una sola cosa con Él. De este modo nos inserta en la comunión de los hermanos, y la comunión con el Señor es también siempre comunión con las hermanas y los hermanos».

2. En el marco de esta intimidad con Jesucristo, que se forja en la Eucaristía y en la oración, se entienden a fondo las palabras que el Maestro nos dirige en el Evangelio de la Misa de hoy: vosotros sois la luz del mundo (…). Vosotros sois la sal de la tierra. Y también: no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. El Señor busca —¡quiere!— entrar en nuestra intimidad, y para eso se hace el encontradizo con cada una, con cada uno. Seremos luz que ilumina a los hombres, sal que pone sabor en las instituciones sociales, fermento en la masa de la humanidad, si nuestra vida cristiana se halla firmemente asentada en la recepción frecuente de los sacramentos y en el trato personal con el Señor, huyendo del anonimato. Entonces, como afirma también el Santo Padre, «partiendo de esta intimidad, que es don personalísimo del Señor, la fuerza del sacramento de la Eucaristía va más allá de las paredes de nuestras iglesias. En este sacramento, el Señor está siempre en camino hacia el mundo».

La tarea que los sacerdotes estamos llamados a realizar, en virtud del sacramento del Orden, se resume en ayudar a que las almas de los fieles crezcan en la intimidad divina. Sólo para esto, para que todos tiendan a la santidad (cfr. Mt 5, 40), se nos otorga la capacidad de predicar con autoridad la palabra de Dios, de hacer presente sobre el altar el Sacrificio de la Cruz, de administrar la gracia por medio de los demás sacramentos, de guiar al pueblo que se nos encomienda…

De este modo, identificados sacramentalmente con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, los ministros sagrados —los Obispos en primer lugar, y los presbíteros como colaboradores suyos— se convierten en doctores y guías del Pueblo de Dios. Gracias al sacerdocio ministerial, se cumplen a la letra en la Iglesia las palabras del Salmo responsorial: el Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Y cada uno de los fieles puede afirmar con seguridad que se encuentra bajo el cuidado inmediato del Señor: me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.

3.  Si Jesucristo invita a todos los cristianos a entrar en su intimidad, con fuerza mayor lo dice a los Apóstoles y a los que les iban a suceder en el ministerio: a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer.

Hijos míos diáconos: la elección para el sacerdocio, con que os ha signado el Señor, constituye una señal de su predilección amorosa. Meditad —meditemos todos— la estupenda realidad que subrayaba San Josemaría, cuando afirmaba que, cuando un sacerdote celebra válidamente la Santa Misa, con intención de consagrar, Nuestro Señor no deja de bajar a aquellas manos, aunque sean indignas. ¿Cabe más entrega, más anonadamiento? Más que en Belén y que en el Calvario. ¿Por qué? Porque Jesucristo tiene el Corazón oprimido por sus ansias redentoras, porque no quiere que nadie pueda decir que no le ha llamado, porque se hace el encontradizo con los que no le buscan.

Aunque todos somos indignos —se lo decimos sinceramente al Señor en la Misa —Domine, non sum dignus…—, Jesús se hace presente en el altar, perdona los pecados en la Confesión y guía a las almas por senderos de vida eterna, ordinariamente a través del sacerdote. Esto nos obliga muy especialmente a procurar —dentro de nuestras limitaciones— a caminar siempre muy unidos a Jesucristo. Cuidadme, hijos míos, las normas de piedad; siempre, pero más especialmente cuando os halléis metidos de lleno en las faenas ministeriales que se os encomienden. Cuando el tiempo escasea, porque hay mucha labor que atender, precisamente entonces, hay que esforzarse primorosamente en todo lo que se refiere a la vida espiritual personal. Cura teipsum! ( 2 Tm 14, 15), tened cuidado de vosotros mismos, os recordaré con palabras de San Pablo a Timoteo. Tratad siempre con la máxima delicadeza a Jesús en la Eucaristía. Sed muy devotos de la Santísima Virgen. Recurrid a la intercesión de San Josemaría, nuestro Padre queridísimo, para que os ayude a ser sacerdotes a la medida del Corazón de Jesús.

Antes de terminar, felicito de todo corazón a las familias, parientes y amigos de los nuevos sacerdotes. Agradezcamos a Dios esta manifestación de su Providencia, con la que acompaña siempre a su pueblo peregrino. Al mismo tiempo, como la mies es mucha, pero los obreros pocos (Mt 9, 37), supliquemos al dueño del campo, que envíe más trabajadores a su mies, que conceda la vocación sacerdotal a muchos hombres en el mundo entero, y que los llamados correspondan con total generosidad.

Os pido, además, que oréis por los sacerdotes, para que seamos dignos ministros de Nuestro Señor: hombres de oración, amantes del sacrificio, encendidos de celo por la salvación de las almas. Recemos ante todo, por el Papa Benedicto XVI, que con tanta entrega y docilidad a Dios ha recibido la carga del Sumo Pontificado, para que el Señor le haga muy santo y llene de eficacia su labor en servicio de la Iglesia y de la humanidad. Rezad también por el Obispo de esta diócesis y por su seminario; por mí, que necesito de vuestras plegarias; y por todos los Obispos. Confiamos esta oración nuestra a la intercesión de la Santísima Virgen, Reina y Madre de cada uno y de la Iglesia entera, a la que en Torreciudad invocamos confiadamente también como Reina de los Ángeles. Así sea.


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