Aire de familia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde 1930, se multiplica el alcance de la actividad apostólica de don Josemaría. Atiende al grupo de muchachos, de toda condición, que le secunda en su labor sacerdotal por barrios y hospitales. Les hace participar del espíritu que ha recibido de Dios en busca de las primeras vocaciones: personas capaces de una decisión de entrega total a Jesucristo para vivir la santidad en el mundo y para difundirla.

Dispone de muy poco tiempo porque, además, da clases particulares de Derecho Canónico, de Derecho Romano… y hasta de Algebra y Matemáticas, para conseguir el dinero necesario para vivir y mantener a su familia.

Empieza a ocuparse también de algunas chicas que acuden a su dirección espiritual. Aunque otra dificultad que se suma a estos comienzos es la peculiar estructura social que encasilla a la mujer en una mentalidad y unas costumbres que limitan extraordinariamente sus actividades.

Natividad González Fortún, una de estas primeras mujeres que se acerca al espíritu del Opus Dei, escribe:

«Siendo todavía hijas de familia, apenas podíamos movernos sin dar a nuestros padres muchas explicaciones: dónde ibas y con quién; qué ibas a hacer, etc. »(7).

Sin embargo, el Fundador no se va a detener, tampoco, ante estos obstáculos. Como ha dicho Monseñor Alvaro del Portillo, a esta tarea «le dedicó mucho tiempo: rezando -siempre estaba rezando- y sentándose en el confesonario de la iglesia del Real Patronato de Santa Isabel. Allí empezó a trabajar, a buscar almas»(8).

El Padre habla mucho de vida interior y, en estas primeras mujeres que se acercan a la Obra, sus palabras van a imprimir una huella que durará toda la vida. Después de 1975, dejarán constancia de ello en sus testimonios:

-«Era muy claro, muy directo: con dos palabras que dijera, había materia para pensar mucho. En tantas ocasiones he recordado sus palabras y siempre me han ayudado»(9).

Don Josemaría tiene, ya en estos años, una visión amplia y certera del papel que la mujer ha de jugar en el mundo y en la Iglesia. Jamás se pronuncia por el extremismo pendular que conduce al desequilibrio. Tampoco reduce su participación en la vida social, aunque así lo induzcan algunos condicionamientos de la época. Ve a la mujer en todos los caminos profesionales, en todas las encrucijadas del trabajo. Y también, y de modo socialmente necesario, en ese quehacer que canaliza la felicidad y el bienestar de la familia: la dedicación al hogar.

Se avecina una etapa histórica en la que muchos intereses van a seguir limitando la condición femenina a un papel secundario. Otras ideologías aprovecharán esta situación injusta para apoyar los argumentos de una dialéctica agresiva. El Fundador del Opus Dei proclama, para la mujer, una más seria y honda convocatoria:

«La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad… »(10).

Consciente de que cualquier tarea en el mundo requiere una capacitación adecuada para realizarse de modo cabal, dará solidez a muchas profesiones; ratificará la dignidad de algunas labores apaleadas por la crítica destructiva y reivindicará el contenido e importancia que deben tener ante la sociedad; es parte de la promoción humana y sobrenatural que va a emprender el Opus Dei sobre la tierra.

«Una mujer con la preparación adecuada ha de tener la posibilidad de encontrar abierto todo el campo de la vida pública, en todos los niveles. En este sentido no se pueden señalar unas tareas específicas que correspondan sólo a la mujer. Como dije antes, en este terreno lo específico no viene dado tanto por la tarea o por el puesto cuanto por el modo de realizar esa función, por los matices que su condición de mujer encontrará para la solución de los problemas con los que se enfrente, e incluso por el descubrimiento y por el planteamiento mismo de esos problemas»(11)

Y en cualquiera de estos caminos no falta, no debe faltar, la presencia de la mujer: «desempeñáis, como vuestras iguales, toda clase de cargos profesionales, sociales, políticos, etc.»(12). Y les hablará más adelante, también, de un trabajo que ha de tener vital importancia dentro del Opus Dei:

«Os incumbe la tarea de atender la Administración de todas nuestras casas, de una y otra Sección (…): tarea que es un servicio a toda la Obra y un verdadero trabajo profesional»(13).

.En el futuro, muchas mujeres de la Obra se dedicarán por vocación profesional y personal a convertir los Centros del Opus Dei en hogares donde el servicio a Dios pueda apoyarse en la serenidad, el trabajo y la alegría.

Siempre que el Fundador quiere definir, enaltecer a la mujer, no encuentra mejor modelo que la Madre de Dios:

«Cuando el Señor vino al mundo para redimirnos, quiso hacer lo que hacen todas las criaturas humanas: estar en el seno de una mujer nueve meses. El primer sagrario de Jesús –perfecto Dios y perfecto Hombre- ha sido el seno de una mujer (…). ¿Te parece poca la dignidad de la mujer?»(14).

Aquella imagen de la Virgen que talló Jenaro Lázaro Gumiel va a pasar por muchas vicisitudes. Durante la guerra civil española permanecerá oculta, guardada cuidadosamente. Más tarde, don Josemaría la lleva a uno de los primeros Centros de la Obra, en la calle de Lagasca. En 1943 será trasladada a un pequeño hotel de la calle Jorge Manrique, donde la Sección de mujeres tiene una nueva casa: estará colocada sobre la mesa de la biblioteca y protegida por un fanal. En torno a ella aprenderán, del propio Fundador, el espíritu y la devoción a la Virgen que habrán de guiar sus pasos por el mundo. En 1945 preside la mesa del despacho de dirección en “Los Rosales”, Centro de formación en Villaviciosa de Odón. Ante esta imagen, Monseñor Escrivá de Balaguer reza por la fidelidad de estas mujeres que han confiado plenamente en el espíritu sobrenatural de la Obra de Dios. Más tarde, esta Virgen ocupa un puesto en el oratorio de la Sede Central del Opus Dei en España, a la derecha del altar, sobre una peana; y, por último, cuando el gobierno Central de la Obra se traslada definitivamente a Roma, la pequeña talla policromada se instala en su hornacina y preside el trabajo, el amor y el servicio de todas las mujeres del Opus Dei en el mundo.

Hubiera sido muy difícil el desarrollo de esta Sección, y también el de toda la Obra, sin la presencia y ayuda de doña Dolores y de Carmen, la madre y hermana del Fundador. Monseñor Escrivá de Balaguer les pidió todo. El patrimonio familiar se empleará, en años venideros, en atender las mil necesidades de la tarea apostólica. Doña Dolores cambiará la tranquilidad que podían haber exigido sus años, gastados en la solicitud y dedicación familiar, por un servicio constante a los miembros de la Obra. En el futuro recibirán el cariño, la atención incansable de esta mujer a quien, desde los primeros tiempos, van a llamar Abuela. Pero, muy en especial, la Sección de mujeres del Opus Dei sabrá de su desvelo, de su ayuda ante toda situación y evento.

Doña Dolores, con su trabajo y afecto, dejará un rico acervo de costumbres y tradiciones que van a ayudar a dibujar los rasgos de sencillez y sentido familiar propios del espíritu de la Obra. Tanto ella como su hija, a quien los miembros de la Obra llamarán afectuosamente «Tía Carmen», no van a escatimar esfuerzo alguno.

«Veo como providencia de Dios -dirá en una ocasión el Fundador- que mi madre y mi hermana Carmen nos ayudaran tanto a tener en la Obra este ambiente de familia: el Señor quiso que fuera así»(15).

Ellas afianzarán, para siempre, una herencia de cariño: un clima amable para la vida cotidiana. Con su ayuda, los Centros de la Obra adquirirán el perfil que han de tener en el futuro. Todos se abren en un ambiente cuidado, amable. Como corresponde a un lugar que preside el sagrario, desde el oratorio, y en el que conviven aquellos que Dios ha llamado a una entrega plena de amor y de servicio.

En 1941, cuando muera la madre del Fundador, su hijo se quejará confiadamente al Señor:

«Dios mío, ¿qué has hecho? Me vas quitando todo: todo me lo quitas. Yo pensaba que mi madre les hacía falta a estas hijas mías, y me dejas sin nada…, ¡sin nada! »(16)

Todos los afectos de doña Dolores han pasado a esta gran familia de vínculo sobrenatural y profundo cariño humano que es el Opus Dei. Y este caudal se mantendrá a través del tiempo, como una herencia permanente y entrañable.

Seguir caminando

D. Álvaro  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Las primeras declaraciones de Monseñor Álvaro del Portillo, elegido en Roma por unanimidad en la primera votación, el 15 de septiembre de 1975, para suceder a Monseñor Escrivá de Balaguer fueron estas:

«¿Qué hará ahora el Opus Dei? Seguir caminando: hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco.

»El espíritu del Opus Dei nos ha enseñado a vivir todas las realidades humanas nobles, a tratar todas las cosas de la tierra que los hombres aman limpia y rectamente, con sentido cristiano, de cara a Dios, ejercitando la fe, la esperanza y la caridad. Por eso, la familia, el trabajo profesional, los derechos y deberes propios de la vida social: en una palabra, todo lo que forma parte de la vida ordinaria de la persona, puede ser santificado y así, en esa medida, es acogido por el espíritu del Opus Dei, que a nadie saca de su sitio y en nada violenta las realidades naturales y la autonomía personal de cada uno. Monseñor Escrivá de Balaguer, al darnos este espíritu, nos ha engendrado a esta nueva dimensión de nuestra vida, de servicio generoso, alegre y constante a la Iglesia, al Papa –el Vicecristo, como gustaba llamarle el Fundador–, a los obispos y a todos los hombres. Nueva dimensión que cada uno realiza en su propia vida, con la gracia de Dios y su propio esfuerzo, con su propia responsabilidad. Somos una familia de vínculos sobrenaturales, espirituales, en la que cada uno goza de la más amplia libertad personal con todo el amplísimo campo de las cosas temporales, sin otros límites que los de la fe y de la moral cristiana, tal como las propone el Magisterio de la Iglesia: por ejemplo, ahora a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

»En el Opus Dei no hay vértice ni base: todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida.

»El trabajo que los miembros del Opus Dei desarrollan en todos los ambientes familiares, profesionales, sociales, es la ocasión normal y propicia del encuentro amistoso con sus iguales, y por eso, para hablarles de Dios con el testimonio de la propia vida.

»Nos llegan continuamente palabras de agradecimiento a nuestro Fundador, que, con su vida y su doctrina, ha llenado de luz cristiana el corazón de muchísimas personas, llevándolas al amor de Dios. Esto es lo que nos proponemos seguir haciendo los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, con la mayor fidelidad posible y siempre, en todo momento, en la pequeña realidad cotidiana de cada uno».

Creo que no se podía expresar de mejor modo la continuidad del Opus Dei en el espíritu que le imprimió su Fundador.

Al golpe de vuestras pisadas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el 26 de junio de 1975, la Cripta donde descansa el cuerpo del Padre es visitada sin interrupción: en ese pequeño rincón romano rezan hombres y mujeres, personas de edad madura, jóvenes y niños, que acuden a su intercesión ante Dios. Algunos llegan desde países lejanos para poner, en la orilla de su tumba, las inquietudes del alma, las preocupaciones familiares, las peticiones de salud… En muchos casos, para agradecer favores recibidos por la intercesión del Fundador del Opus Dei. Y envían flores desde todos los puntos cardinales del mundo para testimoniar la presencia del amor junto a su sepultura.

Es frecuente que personas procedentes de tierras muy distantes, depositen sobre la lápida que cubre sus restos rosarios y crucifijos, recuerdos familiares. O que dejen en la Cripta un ramo de flores que simboliza el calor de su cariño, de su recuerdo y de su oración.

En la Cripta han rezado muchos Cardenales y eclesiásticos en los días que precedieron a los dos últimos Cónclaves de 1978 para pedir, por la intercesión del Padre, gracia y luz. Es habitual que se presenten también religiosos, encomendándole el aumento de vocaciones para las respectivas Ordenes y Congregaciones.

Cada año, las Misas que se celebran en el aniversario de su fallecimiento, en todos los países del mundo, requieren un templo más amplio porque la afluencia de fieles aumenta como testimonio universal de su fama de santidad.

En Ciudad de México, en 1978, fueron dos mil personas las que asistieron a la Misa en la iglesia de la Santa Veracruz; en 1979, más de diez mil llenaron la nueva Basílica de la Señora de Guadalupe.

En Guatemala, tres mil fieles ocuparon el templo de La Recolección en 1979. Un sacerdote de la diócesis comentó: «los próximos años esta Misa sólo se podrá celebrar en espacio abierto».

En la Holy Family Cathedral de Nairobi, la iglesia más grande de la Archidiócesis, el 2 de julio de 1975 asistieron mil personas. A lo largo de estos años, el número se ha ido multiplicando.

En Buenos Aires han recurrido a la Basílica de la Merced, una de las más amplias de la capital argentina. A pesar de ello, desde el comienzo de la Misa, la gente invadía ya todos los espacios disponibles.

Su intercesión se ha extendido como una ráfaga de confianza por los caminos de la tierra. Es demostrativa la frase que había escrito un conductor de autobús bonaerense, bajo la estampa editada para la devoción privada al Fundador del Opus Dei:

«Pídeselo -¡escucha siempre!».

Cardenales, Arzobispos, Obispos, Superiores de diversas Ordenes y Congregaciones, sacerdotes, religiosos, exponentes de asociaciones de Apostolado; y en la esfera civil, jefes de Estado y de Gobierno, ministros, senadores, diputados, así como entidades de todo tipo, personas de los más variados países y niveles sociales, han elevado sus ruegos al Santo Padre, para que se introduzca la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer, de la que esperan un gran bien para toda la Iglesia.

En 1978, el Cardenal Albino Luciani, que ocupará la Silla de Pedro con el nombre de Juan Pablo 1, escribía refiriéndose al Fundador del Opus Dei:

«Fe y trabajo realizado con competencia, para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad» (12).

Ante estas realidades, Monseñor Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci. Con fecha 15 de marzo de 1980, se dirige a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para introducir la Causa. El Santo Padre Juan Pablo II, el 5 de febrero de 1981, ratifica y confirma lo que ya era decisión afirmativa de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, y el 19 de febrero el Cardenal Poletti, Vicario de Roma, da el Decreto para la introducción de la Causa.

En el número de marzo-abril de 1981, la «Rivista Diocesana di Roma» publica este decreto que contiene una síntesis breve de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad y de las fases preliminares del Proceso.

El 12 de mayo de 1981 comienza en Roma el Proceso de virtudes para la Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, con la primera sesión del Tribunal constituido por disposición del Cardenal Vicario de Roma.

En Madrid, el 18 de mayo, tiene su primera sesión el Tribunal constituido por el Cardenal Enrique y Tarancón que, por disposición de la Santa Sede, recibirá también las declaraciones de los testigos de lengua española.

Tres años más tarde, Monseñor Angel Suquía, Arzobispo de Madrid, clausura, el día 26 de junio de 1984, este Proceso.

El 8 de noviembre de 1986, en la sala de la Conciliazione del Vicariato de Roma, en el Palacio Letrán, tiene lugar la sesión de clausura del Proceso llevado a cabo en la Curia Romana. El Cardenal Ugo Poletti preside la ceremonia como juez ordinario. En lugar preferente, asiste Monseñor Alvaro del Portillo, junto a los miembros del Consejo General y de la Asesoría Central de la Obra. Y más de seiscientas personas entre las que se encuentran numerosas personalidades eclesiásticas: los Cardenales Poupard y Bafile; los Obispos Auxiliares Ragonesi, Marra y Giannini; el Secretario de la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Derecho Canónico, Monseñor Julián Herranz; y los Embajadores ante la Santa Sede de España.

Se concluye así, a los once años de su muerte, la Instrucción de la Causa de Beatificación del Fundador del Opus Dei, cuya apertura habían solicitado 69 Cardenales y 1.300 Arzobispos y Obispos. Más de un tercio del Episcopado mundial.

En 1985, Monseñor Alvaro del Portillo hacía unas declaraciones a la prensa:

«Nosotros no somos nada, pero con nosotros, que queremos ser miembros vivos de la Iglesia, está la eficacia redentora de Cristo, la omnipotencia suplicante de María, la intercesión de nuestro Fundador, que desde el Cielo vela sobre la Obra que Dios le inspiró el 2 de octubre de 1928. Con este poder llevamos a cabo el fin de la Prelatura Opus Dei»(13).

Desde ese infinito de Dios, que ya no mide el tiempo, el Padre sabe que su espíritu intacto sigue y seguirá vigente en los caminos abiertos al golpe de sus pisadas.

Como una inyección intravenosa

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Sólo Dios puede observar con relieve de verdad lo que sucede en este planeta. Somos los hombres quienes no solemos dar importancia a lo corriente de la vida y, sin embargo, es por ahí por donde actúa cl Opus Dei, «como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad», en expresión de su Fundador. No hace falta reflexionar demasiado, en efecto, para comprender que se trata de una novedad tan vieja como la de los primeros cristianos, quienes, renovados por dentro y entusiasmados por la fe, propagaban con la palabra y con el ejemplo la buena nueva, recibida por gracia de Dios, con la misma naturalidad con que respiraban. Fue su misma vida ordinaria el lugar de encuentro con Jesucristo resucitado y la órbita en que se desarrolló acto seguido la acción profunda del Espíritu que habían recibido. Ni se segregaron, ni pensaron que eran distintos de los demás. Siguieron viviendo honradamente, cada uno en su sitio, y haciendo mejor lo que debían, para no tardar en darse cuenta de que, siendo de ayer, «lo llenaban todo», como pudo afirmar Tertuliano menos de dos siglos después de la muerte de Cristo en la Cruz.

Monseñor Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, explicó en una entrevista publicada en La Vanguardia (Barcelona, 1–X–78) esta característica del apostolado del Opus Dei:

–«Monseñor Escrivá no fue detrás del seglar para halagarle, sino que lo situó ante una fuerte responsabilidad: la de llevar en su vida ordinaria la cruz de Jesucristo, con la alegría de los hijos de Dios. De esta manera, el mensaje de Monseñor Escrivá arrastra con la fuerza ideal de la cruz de Cristo y, por esta razón, trasciende los tiempos a la vez que se enraíza en todos. Su labor se entronca con la vitalidad fuerte y fresca de los primeros fieles cristianos. Aunque el Opus Dei durará mientras haya hombres sobre la tierra, no deja de ser elocuente que, en una época de laxismo y de cansancio moral, una llamada tan exigente arrastre a millares de personas de toda condición y cultura ».

Los hombres y las mujeres del Opus Dei son los primeros en reconocer que están hechos de la misma pasta que todo el mundo –como no podía ser menos– y que han de luchar animosamente cada día, comenzando y recomenzando, sin tirar nunca la toalla, para corresponder a la gracia de Dios. Y es esta lucha precisamente la que amplía el horizonte de sus defectos –la humildad es la verdad– y les hace descubrir en su propia vida la desproporción de los medios al comprobar que en el centro de la vocación cristiana está la Omnipotencia de Dios.

Sin uniforme, sin etiquetas ni distintivos, y sin espectáculo, los cristianos del Opus Dei tratan de responder ahora –y aquí está su verdadera novedad con el mismo natural sentido de lo auténtico que aquellos primeros cristianos, al compromiso radical contraído en el bautismo. Hablan en nombre propio, con responsabilidad personal, sin utilizar el «nosotros», y se les puede encontrar en cualquier lugar, en toda profesión decente, en el mundo vivo de todos los días. ¿Cómo puede sorprender entonces que la gente del Opus Dei conviva desde el principio de su existencia con gentes que actúan como si Dios no existiese o que le buscan donde no está, y que traten de trabajar con todos, sin sentirse ajenos a nada, en los nobles afanes de la humanidad?… Lo asombroso es que esta realidad esencial de la vocación cristiana siga asombrando todavía, como el hecho de que cada caminante siga su camino.

–«Al pensar en estos años transcurridos –decía el Fundador del Opus Dei al semanario vaticano L ‘Osservatore della Domenica a mediados de 1968–, vienen a mi memoria muchos sucesos que me llenan de alegría: porque, entremezclándose con las dificultades y las penas que son en cierto modo la sal de la vida, me recuerdan la eficacia de la gracia de Dios y la entrega –sacrificada y alegre– de tantos hombres y mujeres que han sabido ser fieles. Porque quiero dejar bien claro que el apostolado esencial del Opus Dei es el que desarrolla individualmente cada miembro en el propio lugar de trabajo, con su familia, entre sus amigos. Una labor que no llama la atención, que no es fácil traducir en estadísticas, pero que produce frutos de santidad en millares de almas, que van siguiendo a Cristo, callada y eficazmente, en medio de la tarea profesional de todos los días.

Sobre este tema –añadía Mons. Escrivá de Balaguer– no cabe decir mucho más. Podría contarle la vida ejemplar de tantas personas, pero esto desnaturalizaría la hermosura humana y divina de esa labor, al quitarle intimidad. Reducirlo a números o estadísticas sería peor aún, porque equivaldría a querer catalogar en vano los frutos de la gracia en las almas».

Es la misma lógica utilizada en la vida corriente de todas las latitudes: la del sentido común. «No son un secreto los pájaros que surcan el cielo, y a nadie se le ocurre contarlos», solía decir Mons. Escrivá de Balaguer. A los cristianos del Opus Dei se les conoce donde están. Basta con abrir los ojos para comprobar que cada uno trata de vivir, a su modo la vocación cristiana en la sucesión de realidades concretas que es su jornada humana habitual. Las personas de la Obra tienen un solo denominador común: la formación cristiana permanente que recibe del Opus Dei y todo lo que esta formación trae consigo al convertirse, sobre la marcha, en vida. Y lo mismo en cualquier país, bajo todas las banderas, sin rarezas de ningún género.

–«Puedo hablarle –seguía diciendo Mons. Escrivá de Balaguer a ese mismo semanario– de las labores apostólicas que los miembros de la Obra dirigen en muchos países. Actividades con fines espirituales y apostólicos, en las que se procura trabajar con esmero y con perfección también humana, y en las que colaboran otras muchas personas que no son del Opus Dei, pero que comprenden el valor sobrenatural de ese trabajo, o que aprecian su valor humano, como es el caso de tantos no cristianos que nos ayudan eficazmente. Se trata siempre de labores laicales y seculares, promovidas por ciudadanos corrientes en el ejercicio de sus normales derechos cívicos, de acuerdo con las leyes de cada país, y llevada siempre adelante con criterio profesional. Es decir, son tareas que no aspiran a ningún tipo de privilegio o trato de favor».

No puede quedar más claro el sentido de estas labores apostólicas, que atraen la colaboración espontánea de millares de personas de toda ideología en los lugares más insospechados del mundo.

Mons. Alvaro del Portillo expresaba en 1978 la función social que cumplen estas iniciativas, al escribir que «el espíritu cristiano exige no limitarse a dar a cada uno lo suyo, sino que lleva además a hacerlo con respeto, con cariño, y a dar más de lo estrictamente debido: a entregarse uno mismo a los demás. En fin, la caridad es motor poderoso, que mueve a ejercitar la misma justicia, especialmente cuando esto supone heroísmo. Sólo así se obra en conformidad con la dignidad del hombre».

«Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir –subrayó Mons. Escrivá de Balaguer en Amigos de Dios–, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar serenamente el tiempo de la enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos, y, en primer término, a conocer y amar a Dios con plena libertad, porque la conciencia –si es recta– descubrirá las huellas del Creador en todas las cosas».

25º aniversario de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz

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El Centro Académico Romano, núcleo originario de la actual Pontificia Universidad de la Santa Cruz. fue concebido por san Josemaría Escrivá de Balaguer y realizado por Mons. Álvaro del Portillo

Opus Dei -

El Prelado del Opus Dei y Gran Canciller de la Universidad, Mons. Javier Echevarría presidió el miércoles día 4 la inauguración del Año académico 2009/2010 en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, que celebra su vigésimo quinto aniversario.

“Lo que hoy vemos, al cabo de un cuarto de siglo, -dijo Mons. Javier Echevarría- fue posible por el amor a la Iglesia y al sacerdocio del fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer, y de su sucesor, Mons. Álvaro del Portillo. San Josemaría deseó promover un centro universitario en Roma, donde se impartieran las disciplinas eclesiásticas con altura científica y plena comunión con el Magisterio de la Iglesia. En ese anhelo vibraba su afán de fomentar en los católicos la unidad con el sucesor de san Pedro. Amaba a Roma con toda el alma, como símbolo de la unidad y de la catolicidad de la Iglesia Católica, y depositaria de una historia multisecular de santidad”.

En su discurso, el Prelado del Opus Dei, también recordó que Mons. del Portillo deseaba que ese centro tuviera varias características muy marcadas: una plena adhesión al Magisterio de la Iglesia, un diálogo fecundo con la cultura contemporánea, una cuidada formación científica de los alumnos, a la vez que la mejor asistencia espiritual posible.

Monseñor Antonio Miralles leyó la conferencia inaugural, en la que resumió el estilo que su fundador y primer Rector, Monseñor Álvaro del Portillo, quería para la Universidad Pontificia de la Santa Cruz: “La savia de la vida universitaria está en el entusiasmo por la verdad, junto con el deseo común de profesores y estudiantes de continuar aprendiendo siempre”.

Para conmemorar el 25 aniversario de la Universidad, el primer piso del Palacio de la Apolinar alberga una exposición sobre los orígenes y desarrollo de fotografía histórica de la Universidad.

7. Entrevista a D. Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría Escrivá

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Capítulo del dossier informativo “Libertad política de los fieles del Opus Dei durante el régimen de Franco”

Monseñor Álvaro del Portillo (1914-1994) vivió y trabajo junto a San Josemaría Escrivá durante cuarenta años, y fue elegido como primer sucesor cuando falleció el fundador del Opus Dei en 1975. Fue nombrado obispo en 1991.

Cesare Cavalleri (1936) es columnista del periódico italiano Avvenire, escritor, y profesor de Periodismo en la Universidad de Genoa. Su libro, Entrevista sobre el fundador del Opus Dei (Milán, 1992), fue publicado poco después de que el Papa Juan Pablo II beatificara a Monseñor Escrivá el 17 de mayo de 1992.

En el extracto que publicamos Cavalleri le pregunta a Monseñor del Portillo por las relación entre Escrivá (y el Opus Dei), y Franco.

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¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

El Padre Escrivá

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Testimonio de José A. Giménez–Arnáu, Embajador de España

Cuando San Silvestre se acostaba el 31 de diciembre de 1928, tenía yo la convicción de que ese año sería difícilmente olvidable para mi. En él, en efecto, mi «anciano» padre –con cincuenta y tres años a la espalda– le había hecho un quite a la muerte mientras que mi fuerte hermano primogénito, de veintidós años, se había rendido, sumiso y sereno, a la Desnarigada. Ignoraba, en cambio, que aún un hecho importante iba a acompañar a ese año que hoy recobra actualidad. Pero a esto tornaremos más tarde. Que por todas partes se va a Roma y- en Roma precisamente termina esta triste y, a un tiempo, alegre historia.

Catorce años después, yo ya asomándome a la treintena, tomé la resolución de casarme. Mi ausencia de España, desde el fin de la guerra fratricida, me había hecho olvidar a amigos y conocidos de los que anduviera ya separado los casi tres años de la contienda. Recurrí a quien, hacía muchos años, acudiera en los casos necesarios: a mi hermano Enrique, aquel que tomara el puesto de pri mogénito cuando el tifus se llevó a mi hermano Faustino. «Enrique, me quiero casar y no tengo cura que lo haga». Sonrió mi hermano como indicando que problemas como ése eran de fácil solución. «No te preocupes. Tengo el sacerdote indicado». « ¿Por qué indicado?». «Pues mira, era muy amigo de tu padre, condiscípulo y amigo de nuestro hermano Faustino y fue también condiscípulo y amigo mío. Por si necesitas más, es un hombre extraordinario». Quedé yo silencioso, sorprendido de que existiera un ser de las características descritas y totalmente desconocido para mí. « ¿Quién es?». «Estoy hablando del padre Escrivá». No me dijo nada el nom bre. Provocó Enrique un encuentro y pocos días más tarde almorcé con el sacerdote en casa de mi hermano. Nada sabía de sus pro yectos evangélicos, nada sabía de su historia pasada, pero al dejarle aquella primera vez comprendí que aquel futuro oficiante de mí matrimonio tenía Gracia, gracia con mayúscula, que sólo reparte la tercera persona de la Trinidad.

Lo conocí mejor el día de la boda en que, al confesarme con él, tuve que relatar el penoso y grotesco incidente de un frustrado duelo ante el que reaccionó con una energía que no convenía con su usual afabilidad. « ¿Qué estoy oyendo? ¿Será posible que seas tan pollino como para creer que con una espada o una pistola se puede lavar eso que tú, seguramente, llamarás pomposamente honor?». Había en su tono duro una buena dosis de tristeza. Nada podía yo hacer, sobre todo teniendo en cuenta que estaba total mente de acuerdo con lo que decía. Y horas más tarde bendecía mi matrimonio con quien iba a ser la madre de mis seis hijos.

Con el tiempo, aquel desconocido presbítero fue siendo familiar a muchos, a unos que le reverenciaban y a otros que lo denigraban. Yo, en mi ruta diplomática, recordaba su perfil humano, su simpatía contagiosa y su afabilidad constante. Volví a oír de ~ –no cuando prosperaba la semilla insignificante que iba constantemente aumen tando de dimensión–, sino cuando supe que también él había casa do por poderes a mi hermano Ricardo. Mi Dioscuro que también en esto se emparejaba conmigo.

Tardaron en llegarme noticias del Opus Dei, de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, de Camino, de la gran cosecha. Recorrí el mundo y fui tropezando con jóvenes que me pedían –realmente pedían a mi mujer– que se les comprase unas camas, una batería de cocina, una vajilla, que se les buscase un piso… Yo no dejaba puntualmente de repetir mi cantilena: «Yo os ayudo encantado, pero me parece conveniente que sepáis que yo no soy del Opus». Y efectivamente, nada tenía que ver, por más que me lloviera alguna vez algún varapalo de mal informados alcaldes, que castigaban a quien tenía muchos motivos de castigo, pero no ciertamente el que erróneamente me atribuían.

Yo seguía distinguiendo al sacerdote virtuoso, al aragonés ami go del día de mi boda, al hombre atractivo y generoso de una obra que iba aumentando como ese minúsculo pedazo de nieve que se desgaja de una cumbre y acaba convirtiéndose en un alud y una avalancha.

Nos carteamos con parsimonia y casi siempre en razón de esta contradictoria situación, mi amistad con él y mi inhibición frente a la Obra. Nos vimos en España, en Portugal, en Italia. Casi siempre acabábamos hablando de Aragón y hablando de los míos, que él bien generosamente elogiaba con calor. Comprobé así que mi padre, que tuvo siempre la coincidencia con mosén Escrivá –así decimos en Aragón– de que la santificación se «fabrica día a día» y se «fabrica» en el permanente quehacer profesional. Me emocionaba y enorgullecía oírle hablar de Faustino, mi hermano primogénito, y de Enrique, por quien él profesaba verdadera amistad. Uno puede pensar que todo está preparado. Que hay un cierto tea tro en lo que ve. Pero, de repente, surge una ocasión en que se juega con cartas descubiertas y en que se comprueba que la verdad es la verdad. Podía estar, sí, preparada la reacción de sus colaboradores cuando, oyendo mis apellidos, comentaban « ¡cómo se les quiere aquí!»; pero ya era más difícil que el 26 de junio de 1975, minutos después de su muerte, de su envidiable muerte, me llegase un mensaje telefónico dándome cuenta de su fallecimiento al que seguían estas palabras: «Se telefoneó al Santo Padre y luego al emba jador de España, Giménez–Arnáu». Esto, después de mi imperti nente reiteración sobre el «Ya sabes que no soy del Opus» que acabó mereciendo una dura réplica: «Eres un tozudo aragonés y estoy cansado de oírte siempre lo mismo. Me da igual que seas de la Obra o del Real Madrid. Lo que me interesa es otra cosa. ¿Tú eres mi amigo?». « ¡Claro!». «Bueno, pues eso liquida la cuestión».

Recordé luego – ¿quién me lo había dicho?, ¿lo había intuido yo?– que su última oración del día era no para sus enemigos –que él no los tenía–, sino para los que le atacaban. La máxima de San Pablo él no la repetía, él la practicaba: «Sol non accidat super iracundiam vestram». Minutos más tarde, después de la noticia, junto a Monseñor Álvaro del Portillo lloraba yo al amigo muerto. Lloraba mi egoísmo. Don Alvaro no lloraba. Ni él, ni los suyos. Y no lloraban porque el padre Escrivá seguía junto a ellos ayudándoles, animán doles, acompañándoles…

Por eso al empezar hablaba de triste y alegre historia. Triste para mí, para los egoístas. Alegre para otros que lo tenían y lo tienen clavado allá arriba.

El clamor que seguía a su muerte compensaba un poco de cuan tos grandes y pequeños agravios habían acompañado su vida. Ape nas unos días más tarde otro gran amigo mío también, el cardenal Sebastián Baggio, publicaba un admirable artículo en II Resto del Carlino, de mi vieja y querida Bolonia, y tras él seguían otros pur purados y otras gentes inesperadas componiendo un rosario que culminó con la visita que, en víspera de su elección, le hiciera el Papa Juan Pablo I (q. S. G. h.).

Yo pensaba en mi amigo que en dos ocasiones quiso comer en la Embajada de España a condición de que yo devolviese mi visita y comiera con él en el Bruno Buozzi y a condición –este acuerdo fue tácito– de que jamás se hablase de política: ni española, ni ita liana, ni de ningún rincón del mundo.

En el primer aniversario asistía a un funeral sobrecogedor de gentes que tampoco lloraban: dialogaban simplemente con él. Nun ca he visto nada parecido. Tras unas palabras de Monseñor Alvaro del Portillo una muchedumbre de fieles. en medio de un silencio sepulcral, se acercó a la Eucaristía.

El Opus Dei fue creado en 1928. Aquel año en que mi hermano Faustino, sumiso y sereno, entregaba su alma a Dios. Aquel en que mi «anciano» padre –tenía cincuenta y tres años– hiciera un quite a la muerte. Aquel en que un cura aragonés fundó una Obra que cuenta con miles y miles de hijos.

Fue exactamente el día 2 de octubre. fiesta de los Ángeles Custodios


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