“La raza de los hijos de Dios”

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El Opus Dei nació geográficamente en España, pero, como su Fundador declaraba el 15 de abril de 1967 a Peter Forbath, corresponsal de Time, desde el primer momento la Obra era universal, católica. No nacía para dar solución a los problemas concretos de la Europa de los años veinte. Sin embargo, añadía a ese mismo periodista, la Obra nació pequeña: no era más que el afán de un joven sacerdote, que se esforzaba en hacer lo que Dios le pedía.

Mons. Escrivá de Balaguer empezó por recomendar continua­mente a los chicos que iba formando que estudiasen idiomas, para extender esta Obra nuestra a otros países, les repetía. Estudiar idiomas era un modo de aprovechar mejor el tiempo, sobre todo en los veranos. Además, con el conocimiento de otras lenguas se ampliaba la competencia en el propio trabajo profesional. Pero, por encima de todo, en esa recomendación latía la impaciencia por llevar el Opus Dei a todo el mundo.

Ya en los primeros meses de 1935, el Fundador iba preparando las cosas para trabajar en Francia, concretamente en París. Pero estalló la guerra civil española y luego la segunda guerra mundial, y hubo que aplazar esa expansión.

Sin embargo, incluso en medio de los avatares de la perse­cución religiosa en Madrid después del 18 de julio de 1936, don Josemaría, con su ilimitada confianza en Dios, escondido en diversos lugares, no cejaba en el empeño, y hacía que los que le rodeaban siguieran estudiando otras lenguas.

Lo mismo hizo en Burgos, donde vivió desde los comienzos de 1938 hasta abril de 1939. Seguía soñando con ir a nuevos países. Burgos es la ciudad castellana a que alude el punto 811 de Camino:

¿Te acuerdas? ‑Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. ‑Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.

Besaste el Crucifijo s recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles.

Apenas terminado el conflicto español, vino la guerra mun­dial. Hasta 1945 las actividades del Opus Dei tuvieron que centrarse casi exclusivamente en la Península Ibérica. Desde 1940 se inicia el trabajo en Portugal, y se hacen viajes a otros países. Al acabar las hostilidades, se comienza en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en México. A partir de 1949 y 1950 los socios del Opus Dei llegan a Alemania, Holanda, Suiza, Argentina, Canadá, Venezuela y restantes países europeos y americanos. Al mismo tiempo el apostolado de la Asociación se va extendiendo a otros continentes: el norte de África, Japón, Kenya y otros países de East África, Australia, Filipinas, Nigeria, etc.

Era lógica la alegría íntima ‑el agradecimiento a Dios‑ de Mons. Escrivá de Balaguer, que manifestaba en 1966 al perio­dista Jacques Guillémé‑Brûion. de Le Figaro:

El Opus Dei se encuentra tan a gusto en Inglaterra como en Kenya, en Nigeria como en Japón; en los Estados Unidos como en Austria, en Irlanda como en México o Argentina; en cada sitio es un fenómeno teológico y pastoral enraizado en las almas del país. No está anclado en una cultura determinada, ni en una concreta época de la historia.

Cabe pensar también en su pena por las dificultades que debió afrontar en España y que sucintamente confiaba a Peter Forbath en 1967:

En pocos sitios hemos encontrado menos facilidades que en España. Es el país ‑siento decirlo, porque amo profundamente a mi Patria‑ donde más trabajo y sufrimiento ha costado hacer que arraigara la Obra. Cuando apenas había nacido, encontró ya la oposición de los enemigos de la libertad individual y de personas tan aferradas a las ideas tradicionales, que no podían entender la vida de los socios del Opus Dei: ciudadanos corrien­tes, que se esfuerzan por vivir plenamente su vocación cristiana sin dejar el mundo.

Y luego ‑ampliaba Mons. Escrivá de Balaguer‑, en su expansión internacional, el espíritu del Opus Dei ha encontrado inmediato eco y honda acogida en todos los países. Si ha tropezado con dificultades ha sido por falsedades que venían precisamente de España e inventadas por españoles, por algunos sectores muy concretos de la sociedad española.

En esa ocasión, al acabar la entrevista, Mons. Escrivá de Balaguer se adelantaba a cualquier malentendido o equívoco: no piense que no amo a mi país. Porque, en su corazón de cristiano, el patriotismo jamás nublaba su mirada abierta a horizontes sin límites. Como se lee en Camino:

Ser “católico” es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ;Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo.

‑;Católico!: corazón grande, espíritu abierto (Camino, 525).

Movido por esta claridad ‑que era espíritu de Dios‑, muy pronto puso en marcha el Colegio Romano de la Santa Cruz: un centro de formación, en el corazón de la cristiandad, donde pudieran convivir personas del Opus Dei de todo el mundo, mientras estudiaban en los diversos Ateneos y Universidades de Roma. Allí aumentarían todos sus ansias de universalidad, para ser en el futuro ‑repartidos por el mundo‑ instrumentos de unidad.

Consumía al Fundador del Opus Dei el celo por la salvación de todas las almas. Ante el fuego que Cristo había venido a traer a la tierra, y que debía arder en los corazones, qué débiles se le aparecían las fronteras geográficas o políticas. Con su visión universal, descubría posibilidades apostólicas que a otros pasa­ban inadvertidas. Así sucedió con Brasil. Los miles de brasileños que le escucharon en 1974 no se esperaban el panorama apostólico que les presentó.

Su primera sorpresa fue que Mons. Escrivá de Balaguer, a los dos días de llegar a Brasil, comenzó a decirles que su patria era un continente, no una nación. Le había impresionado la amalga­ma de razas, de gentes que saben convivir, quererse. Y veía su proyección espiritual y apostólica en el mundo entero.

En diversos momentos de su estancia en aquellas tierras exclamaría: ¡El Brasil! Lo primero que he visto es una madre grande, hermosa, fecunda, tierna, que abre los brazos a todos, sin distinción de lenguas, de razas, de naciones, y a todos los llama hijos.

Como muestra de la fertilidad de aquella tierra, le contaron la anécdota de que en un sitio pusieron los maderos de una portería de fútbol, y les salieron ramas… Brasil tiene, como se sabe, infinidad de fuentes de riqueza que están por explotar. Ante ese panorama el Fundador del Opus Dei encarecía a los brasileños:

Hay mucho trabajo, mucha labor. Hay muchas almas buenas en el Brasil. Y vosotros tenéis en el corazón el fuego de Dios, el que Jesucristo vino a traer a la tierra. ;Hay que pegarlo a los otros corazones! Tenéis simpatía y bondad, capacidad humana r sobrenatural para hacerlo (…) Pues, ;hala!, a moverse, a multiplicarse y hacer muchas cosas buenas en esta tierra, que es tan feraz.

No se le ocultaban los problemas. Era consciente, por ejemplo, de las grandes diferencias sociales que hay en aquel país, como en el resto del mundo. Pero prefería poner el acento en lo positivo, porque sólo la caridad cristiana, el Amor, puede cambiar a las personas y borrar las injusticias.

En este país ‑razonaba con calor‑, abrís con naturalidad los brazos a todo el mundo, y lo recibís con cariño. Querría que eso se convirtiera en un movimiento sobrenatural, en un empeño grande de dar a conocer a Dios a todas las almas; de uniros; de hacer el bien no sólo en esta nación, sino, desde este gran país, a todo el mundo. ;Podéis! ;Y debéis! Y puesto que el Señor os da los medios, os dará también las ganas de trabajar.

Lo reiteraba en la fiesta de Pentecostés, dirigiéndose a varios miles de personas. Despacio, pronunciando las palabras con calma, como si temiese que la dificultad del idioma crease algún obstáculo para entenderlo:

Tenéis que hacer sobrenaturalmente lo que hacéis natural­mente; y después, llevar este afán de caridad, de fraternidad, de comprensión, de amor, de espíritu cristiano, a todos los pueblos de la tierra. Entiendo que el brasileño es y será un gran pueblo misionero, un gran pueblo de Dios, y que las grandezas del Señor las sabréis vosotros cantar en toda la tierra.

A los testigos presenciales les resulta difícil describir la impresión que estas palabras causaron en ellos, pues significaban un giro de ciento ochenta grados. Siempre habían pensado que el Brasil era tierra de misión y, en cambio, Mons. Escrivá de Balaguer lo dibujaba como un gran pueblo misionero, que debería llevar a otros países la riqueza sobrenatural de la Fe.

A un socio de la Obra, que es nissei ‑hijo de japonés, nacido en Brasil‑, le confiaría:

‑Cuando veo tu carita, me acuerdo de tu país ‑os quiero mucho a los japoneses‑, que es noble, grande, de hombres de ciencia y de cultura, con sed de verdad y de Dios, y que están en la oscuridad del paganismo.

Y pienso en África. Aquí hay tantos de raza negra, con antepasados que han sido traídos injustamente de África… ;Qué bonito sería lograr que me salieran aquí muchas vocaciones de gente de raza africana, que quisieran volver a África! Aquí, con todo este sentido de nación, tenéis mucha más facilidad para hacer el ut eatis!

Ut eatis!, no sólo al gran continente brasileño. Ut eatis!, al Japón; ut eatis!, a África, que es un continente que nos espera con los brazos abiertos.

El Fundador del Opus Dei soñaba con que esos hombres, que habían llegado a Brasil por la fuerza de los acontecimientos históricos, pudieran volver a sus países de origen, por su propia voluntad, a llevar el amor de Cristo.

A lo largo de aquellos días, dio respuesta a muchas preguntas concretas, y abrió horizontes de apostolado, para que los socios de la Obra se planteasen cada día metas más exigentes en aquella nación y, desde allí, en el mundo entero:

En Brasil tenemos los católicos mucho que hacer, porque se ve gente necesitada de lo más elemental: de instrucción religiosa ‑hay tantos sin bautizar‑, y también de elementos de cultura corrientes. Los hemos de promover de tal manera que no se quede nadie sin trabajo; que no exista un anciano que se preocupe porque está mal asistido; que ningún enfermo se encuentre abandonado; que no haya nadie con hambre y sed de justicia y que no pueda saciarla.

Y después, desde esta plataforma maravillosa ‑proseguía con la mirada a lo lejos y la mano extendida‑, a atender las necesidades espirituales de Oriente, donde la gente es muy bien recibida, pero mejor aún si la cara ayuda, como suelen decir en: Sáo Paulo:

‑Luego si amamos de verdad al Japón, por ejemplo, y a la China ‑con sus grandes tradiciones milenarias, con su cultura imponente, con su arte, con su gracia, con su historia…‑, debemos desear que haya japoneses y chinos, formados aquí, formados en Filipinas, formados en Perú, formados en otros sitios, que voluntariamente quieran volver al país de origen de sus padres, para anunciarles la buena nueva de Cristo.

Con las gentes de África, muchos europeos ‑no todos, muchos‑ cometieron una maldad muy grande, que fue traerlos a la fuerza aquí, y en esclavitud. ;Eso es un crimen de la humanidad! ;Un auténtico crimen! Tenemos que reparar. Y el Opus Dei en eso puede mucho y Brasil puede mucho… Luego si salen muchas vocaciones (…), y van allá preparados para llevar a Cristo, serán mucho mejor recibidos. Desde el Brasil…

Luego, ¿todos? No, pero algunos, sí. También acudirán de otros países: ;marchan tan a gusto! Hay hijos míos en Filipinas ‑donde el Señor quiere consolar este pobre corazón de sacerdo­te, haciendo que se promuevan tantas vocaciones, tan abundan­tes y tan buenas‑ que al ver mi hambre de extender el reinado de Cristo, me dicen: no se preocupe, nosotros, con esta cara, podemos ir a todos los lados.

Fue un ritornello constante. Mons. Escrivá de Balaguer quiso dejarlo también plasmado en el acta de la consagración del primer altar que consagró en Brasil. Era el del oratorio de la sede central del Opus Dei en ese país. Desde que Pío XII le concedió facultad para consagrar altares, siguió siempre la costumbre de depositar un acta en el sepulcro del ara, en la que expresaba su petición durante la ceremonia. Aquel breve documento decía que mientras hacía esta consagración rogué intensamente a Dios Trino y Uno, por intercesión de Santa María, siempre Virgen, y de San José, Nuestro Padre y Señor, que nos haga buenos y fieles a sus hijos de esta Región brasileña y a mí, y siempre prontos a extender el Reino de Cristo Señor Nuestro por esta inmensa nación y también por otras, hasta las tierras más lejanas.

En la fiesta de Pentecostés, 2 de junio de 1974, miles de personas se congregaron en el Salón de Actos del Palacio Mauá de Sáo Paulo. Aquí veo ‑describía Mons. Escrivá de Balaguer­- gente de todos los países y de todas las lenguas, que también entienden la voz de Cristo. Realmente, el auditorio hacía extraordinariamente actual aquella primera fiesta de Pentecostés, en que los Apóstoles comenzaron a hablar de las magnalia Dei, de las maravillas de Dios, y les entendían en todas las lenguas. También ahora, gentes de muchas razas estaban pendientes de la doctrina de Cristo: negros y amarillos, cobrizos y mulatos, blancos de las más diversas tonalidades y tintes. En cada alma, esas palabras resonarían con eco distinto: el milagro de las lenguas se repetía, una vez más, en el hondón de los corazones.

Allí, el corazón universal del Fundador del Opus Dei sólo veía una raza: la raza de los hijos de Dios.

La prudencia sobrenatural

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

No hagas caso. ‑Siempre los “prudentes” han llamado locu­ras a las obras de Dios.

‑;Adelante, audacia! (Camino, 479).

Sin embargo, la audacia no es imprudencia, ni osadía

(cfr. Camino, 401).

El Fundador del Opus Dei aprendió a abandonar en las manos divinas sus preocupaciones: Los niños no tienen nada suyo, todo es de sus padres…, y tu Padre sabe siempre muy bien cómo gobierna el patrimonio. Esta confianza en Dios no le llevaba a eludir su responsabilidad personal. Todo lo contrario: precisamente porque confiaba en Dios no podía despreciar ningún medio humano. Era lo más opuesto al carismático vacío de doctrina, al visionario irresponsable. Decía en broma que no era profeta, ni hijo de profeta. Pero repetía el electi mei non laborabunt frustra del Profeta Isaías (65, 23): el trabajo de los hijos de Dios siempre dará fruto.

La prudencia de Mons. Escrivá de Balaguer es contrapunto ineludible para entender en profundidad como vivió su filial relación con Dios, fuente de alegría, de paz, de serenidad, de audacia…, y a la vez base donde se apoyaban sus esfuerzos, sus agotadoras jornadas de trabajo.

En el capitulo tercero he aludido a la más importante manifestación de la prudencia sobrenatural del Fundador del Opus Dei: no querer ser fundador; poner los medios humanos, para comprobar que aquello que Dios le pedía no estaba ya organizado; actuar con la venia y con la bendición del Obispo de Madrid; buscar en el tiempo oportuno la aprobación de la Obra; desvivirse siempre ‑una vez clara la voluntad divina‑ para sa­carla adelante.

Hay luego un conjunto inabarcable de aspectos heroicos y menores de la prudencia de Mons. Escrivá de Balaguer, per­fectamente compendiados en el lema ‑Alma, calma‑ de su escudo familiar.

No era indeciso, pero sabía esperar. Le costaba mucho, por la viveza de su carácter. Alguna vez, casi recién llegado a Roma, i2 oyeron: ‑He aprendido a esperar: no es poca ciencia.

Maduraba las decisiones, sin improvisación ni ligereza. Así lo vivía, y así lo inculcó siempre a los que con los años ocuparon tareas de dirección dentro del Opus Dei. Usaba a menudo una frase gráfica, previniéndoles ante el peligro del apresuramiento: las cosas urgentes pueden esperar; las muy urgentes, ésas deben esperar… Era un modo práctico de distinguir lo importante de le, urgente: porque lo que no puede ni debe aguardar es le: verdaderamente importante, aunque no urja en apariencia.

No tenía así prisas en el trato con las personas. Las almas, como el buen vino, mejoran con el tiempo. Esperaba también cuando le apremiaba la indigencia de tantas almas, y, sin embargo, por las razones que fuera, apenas podía hacerse nada. No se veían las plantas cubiertas por la nieve. ‑Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: “ahora crecen para adentro”. ‑Pensé en ti: en tu forzosa inactividad… Dime: ¿creces también para adentro? (Camino, 294).

Su prudente dar tiempo al tiempo ‑calma‑ era compatible con el coraje y la impaciente rapidez ‑alma‑ con que se ponía en marcha, en cuanto tenía claro lo que Dios quería, cómo lo quería, y que lo quería ya. El Cardenal Tedeschini juzgaba que Mons. Escrivá de Balaguer era, entre las personas que había conocido, la que estaba más pendiente de los planes de Dios, para llevarlos a la práctica inmediatamente. Sabía esperar, pero cuando llegaba el momento de decidir o de hacer, no se concedía ningún plazo. Daba la impresión de no tener inercia.

Las asociadas del Opus Dei pudieron comprobarlo en los comienzos de su labor. Aún eran pocas, y, llenas de afán apostólico, pero con poca experiencia todavía, estaban deseosas de multiplicar las actividades. ¡Calma! ¡Calma!, solía repetirles el Fundador. Pocos años después, cuando estuvieron preparadas, les animaría con una frase muy distinta: ¡De prisa! ¡Al paso de Dios!

Si su audacia no fue imprudencia, su prudencia nunca fue cobardía. En Camino pudo escribir, como de algo que le ha tocado sufrir en la propia carne: No me gusta tanto eufemismo: a. la cobardía la llamáis prudencia.

La Superiora de la Comunidad que atendía el Hospital del Rey, sor Engracia Echeverría, reitera que vivió con valentía, y con prudencia, aquellos difíciles años entre 1931 y 1936. El Fundador del Opus Dei afrontó los problemas que surgían por la oposición al clero con una actitud serena, pero enérgica: “Se veía, desde entonces, que valía para gobernar”. A ella le impresionaba esa serenidad en un hombre que era joven, y a la vez “ya muy sensato, muy serio y muy valiente. Muy valiente, en aquellos momentos en que hacia falta coraje y prudencia para imponerse a tanta oposición”.

También entre las monjas de Santa Isabel dejó un recuerdo de sacerdote delicado y prudente. En aquel antiguo Patronato Real habla dos Comunidades religiosas distintas: el Monasterio de Agustinas Recoletas, y el Colegio de la Asunción. Antes de ser nombrado Rector del Patronato ‑en 1934‑, don Josemaría era sólo capellán de las Agustinas. Pera de los actos litúrgicos que celebraban en la iglesia del Patronato, podían beneficiarse indistintamente las dos comunidades religiosas: “Su exquisita prudencia ‑en opinión de la Hermana Aránzazu Minteguiaga, religiosa de la Asunción en Pamplona‑, favoreció siempre las relaciones, que fueron de gran armonía y de ayuda continua en unos momentos en los que acuciaba la persecución religiosa y la destrucción, dentro del país”.

Se atenía a la realidad de las cosas. Su prudencia ‑unida también a su sentido de la justicia‑ le hacía saber escuchar. Y acertó a expresar este criterio con una frase gráfica, que recuerdan, incluso, personas que no son del Opus Dei: oír todas las campanas y, a ser posible, conocer al campanero.

Por otra parte, tampoco tenía inercia, por decirlo así, en sus juicios o decisiones: cuando los datos cambiaban, rectificaba con alegría. No era amigo de dictar normas preconcebidas. Prefería que surgieran de la vida, de la experiencia, de la costumbre. Pero no se aferraba a la experiencia. Si aparecían nuevos factores, que exigían ver las cosas de modo distinto, cambiaba fácilmente ‑humildemente‑ su enfoque.

Una manifestación muy importante de esa prudencia sobre­natural ha quedado ‑para siempre‑ en el modo específico que preside la dirección del Opus Dei: la colegialidad. El Fundador tenía clara autoridad. “Era un hombre ‑según el P. Gargan­ta, O.P.‑ que sabía persuadir, sabía hacer reflexionar, pero cuando mandaba, mandaba. Es decir: un hombre excelso en su prudencia rectora, en su prudencia gubernativa”. Precisamente por esto, abominaba de la tiranía y del gobierno personal. Muy pronto quedó establecida la colegialidad ‑no sin especial providencia de Dios, solía decir‑ en la dirección del Opus Dei en todos los niveles: central, regional, local. Nunca en ningún sitio manda uno solo: son varias personas quienes toman las decisiones. Muchas veces declaró, incluso en entrevistas perio­dísticas, que él, como Presidente, era un voto, un voto más, dentro del Consejo General del Opus Dei. Y así se ha practicado siempre: en los organismos centrales de la Asociación, y en la dirección del centro local más incipiente.

Mons. Escrivá de Balaguer tuvo los pies en la tierra, fue realista: porque tenía la sobrenatural certeza de que Dios estaba,: empeñado en que fuera realidad la locura que le había confiado La Obra era de Dios, y el Cielo la realizaría. Sus sueños no eras; irreales. Todo lo contrario: nada más real que el cumplimiento, de un mandato imperativo de Cristo. Nada más prudente que aquella locura.

Supo querer

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Uno de los secretos de Mons. Escrivá de Balaguer fue su gran cordialidad. A su lado era fácil sentirse comprendido, arropado, empujado hacia el amor de Dios. Su corazón desbordaba cariño: hacia Dios, hacia los hombres, hacia el mundo. Amar al mundo apasionadamente es el título de la homilía que predicó en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra. Un título a la medida de su corazón. Pues en él cabían las penas y las alegrías, los cuerpos y las almas, lo grande y lo aparentemente trivial.

Ha asombrado a muchos la prodigiosa memoria del Fundador del Opus Dei. Ex abundantia enim cordis os loquitur: dice la Escritura que de la abundancia del corazón habla la boca (Mt., XII, 34). Mons. Escrivá de Balaguer, porque sabía querer, advertía ‑y recordaba‑ cientos de pequeños detalles que parecían no tener importancia.

La anécdota sucedió un día de 1974 en Brasil. Hacía trece años que Rafael Llano no le veía. El Fundador del Opus Dei respondió a su saludo con la melodía italiana ‑Tímida é la bocca tua‑ que solía entonarle amablemente en Roma, mucho tiempo atrás, haciendo alusión a las dimensiones no pequeñas de la boca de Rafael y de sus hermanos, casi todos socios de la Obra. Por la tarde, le comentaría:

‑Recuerdo que una vez había mucha gente. Vi a uno y le dije: tú eres fulanito. Y me contestó: sí; ¿en qué la boquita! ¿Te acuerdas?

Rafael respondió que sí, que a toda la familia les gustaba ser reconocidos por la boca, y por la canción. Al oírla por la mañana, se había echado a llorar.

La cordialidad del Fundador del Opus Dei era tan espontá­nea, que sorprendía incluso a los que convivían con él. Como sucedió en México, un día de 1970:

En una esquina del vestíbulo principal de ESDAI (Escuela Superior de Administración de Instituciones), obra apostólica promovida por la Sección de mujeres del Opus Dei en México, estaba Victoria, una asociada de la Obra, con su madre anciana, que quería, aunque sólo fuera, ver pasar al Padre. Cuando le dijeron a Mons. Escrivá de Balaguer que era la madre de dos auxiliares del hogar y dos obreros, los cuatro, socios de la Obra, se acercó para decirle que los acababa de ver en Montefalco. Sin dar tiempo a reaccionar a los que estaban a su alrededor, la señora se arrodilló con un gesto de agradecimiento y de respeto, y se empezó a inclinar para besarle los pies. ¡Eso no, hija mía, eso no! Inmediatamente, Mons. Escrivá de Balaguer se puso de rodillas. Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios, con la diferencia de que yo no soy más que un pobre pecador, por el que hay que rezar mucho. El gesto fue tan rápido, que nadie sabía qué hacer. Victoria intentaba levantar a su madre. Don Álvaro del Portillo esperaba poder ayudar a Mons. Escrivá de Balaguer a levantarse. Fue un minuto. Fue largo. Nadie hablaba… Nadie se movía. Sólo se escuchaba la voz afabilísima del Fundador del Opus Dei diciendo cosas a la anciana que, cubierta la cabeza con su rebozo, lloraba. Cuando se retiró, esa campesina decía con voz entrecortada por los sollozos: “Hoy ha sido el día más feliz de mi vida”.

Para don José Orlandis, Mons. Escrivá de Balaguer era “el más cordial, el más afectuoso, el más entrañable de los hombres: era, verdaderamente, el Padre. A nadie he conocido con mayor capacidad de amar, de amar a todos, teniendo para todos los brazos bien abiertos. Parece imposible que un mismo hombre pudiera ser a la vez tan de Dios y tan profundamente humano”.

“El secreto ‑explica Orlandis, repitiendo lo que había escuchado al propio Fundador del Opus Dei‑ estaba, sencilla­mente, en que amaba a Dios y a los hombres con el mismo corazón. Amaba al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a Santa María, con el mismo corazón de carne con que había amado a su madre y con que amaba a sus hijos”.

En 1974, en Sáo Paulo, le preguntaron:

‑Cómo hacer para que todas las personas quepan dentro de nuestro corazón y que nuestro temperamento no nos estorbe con su sensibilidad?

‑¿Qué te crees? Que el corazón humano es pequeñito y cabe una familia, y no cabe más? Toda la familia nuestra ‑somos miles y miles de personas, de distintas razas, de distintas lenguas, de distintos continentes…‑, todos caben. Ya verás qué fácil es. Si no te apartas del trato de Jesús, María y losé; si procuras tener vida interior; si eres hombre de oración; si trabajas, porque si no, no hay vida interior…, entonces el corazón se agranda.

Esa pregunta me la hacía a mí mismo al principio (…). Señor, y cuando seamos muchos, qué sucederás Porque ahora los quiero tanto: pero, cuando seamos una multitud? Ahora somos muchos, muchos, muchos, y el corazón se ha hecho grande, grande: a la medida del Corazón de Cristo, en el que cabe toda la humanidad y mil mundos que hubiera…

Mons. Johannes Pohlschneider, obispo de Aquisgrán, escribió en el Deutsche Tagespost que el día 27 de junio de 1975 recibió, por teléfono, la noticia de la muerte totalmente inesperada del Fundador y Presidente General del Opus Dei. Se quedó profun­damente consternado, con la sensación como si, de repente, una estrella luminosísima se hubiese apagado en el cielo de la Iglesia: “Mucho más potentes aún que las fuerzas de su inteligencia eran los impulsos que su corazón irradiaba a su alrededor. Espontáneamente me viene a la cabeza lo que dice la Iglesia del gran apóstol de la juventud don Bosco, en el Introito de la Misa en la fiesta de este Santo: Dedit illi Deus sapientiam et prudentiam multam nimis, et latitudinem cordis quasi arenam quae est in littore maris. Esa latitudo cordis, en la que cabían todos y todo, pero muy especialmente el Amor de Dios y del prójimo, era la característica esencial de este sacerdote. Amaba, quería a los hombres en el sentido más verdadero de esta palabra, y se preocupaba y cuidaba de ellos”.

A Mons. Escrivá de Balaguer le hacían sufrir la ignorancia, la miseria, el hambre de pan o de cultura, la enfermedad, el desconsuelo, la soledad… Y vivía a fondo aquellas escenas del Evangelio que hablan de la misericordia de Jesús, ante el dolor y las necesidades de los hombres: Se compadece ‑puede leerse en una de sus homilías‑ de la viuda de Naím, llora por la muerte de Lázaro, se preocupa de las multitudes que le siguen y que no tienen qué comer, se compadece también sobre todo de los pecadores, de los que caminan por el mundo sin conocer la luz ni la verdad.

De ahí surgía un propósito claro: tratar filialmente a Santa María, porque, cuando somos de verdad hijos de María com­prendemos esa actitud del Señor, de modo que se agranda nuestro corazón y tenemos entrañas de misericordia. Nos duelen entonces los sufrimientos, las miserias, las equivocaciones, la soledad, la angustia, el dolor de los otros hombres nuestros hermanos. Y sentimos la urgencia de ayudarles en sus necesi­dades, y de hablarles de Dios para que sepan tratarle como hijos y puedan conocer las delicadezas maternales de María.

Su desvelo llegaba tanto a las grandes crisis de la humanidad, que afectan a las muchedumbres, como a los pequeños proble­mas que agobian a los que conviven cerca. Vivió y enseñó desde los comienzos de la Obra lo que reiteraba el 1 de octubre de 1967, en Tajamar: Se pasó el tiempo de dar perras gordas y ropa vieja. ;Hay que dar el corazón y la vida!

Darse al que está al lado, olvidarse completamente de uno mismo: era justamente una de las claves de su perenne alegría.

En el trato con los demás, subrayaba siempre los aspectos positivos de sucesos y personas. “No le he visto nunca pesimista, nunca, a pesar de todo; a pesar de las muchísimas con­trariedades, dificultades, y calumnias, que hubo de soportar. Siempre, abrazado a la fe en Cristo Jesús, navegó con se­renidad y caridad”, acredita don Joaquín Mestre Palacio, Prior de la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados de Valencia.

Unos veinte días antes de morir, el 7 de junio de 1975, en una conversación con más de un centenar de socios del Opus Dei, del enorme corazón de Mons. Escrivá de Balaguer surgió, improvi­sado, un cántico a la alegría de vivir:

Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ;y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, la otra se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ;esta otra Vida! (…)

¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba San Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo.

Ser santo es ser dichoso, también aquí en la tierra. Y me preguntaréis quizá: Padre, y usted ¿ha sido dichoso siempre? Yo, sin mentir, recordaba hace pocos días, no sé dónde fue, que no he tenido nunca una alegría completa; siempre, cuando viene una alegría, de esas que satisfacen el corazón, el Señor me ha hecho sentir la amargura de estar en la tierra, como un chispazo del Amor… Y, sin embargo, no he sido nunca infeliz, no recuerdo haber sido infeliz nunca. Me doy cuenta de que soy un gran pecador, un pecador que ama con toda su alma a Jesucristo. Así, que infeliz, nunca; alegría completa, nunca tampoco. ;Ay que lío me he hecho!

Ayudadme a ser santo; pedid por mí para que sea bueno y fiel. Pero que no se quede todo en palabras; poned también obras, que el ejemplo arrastra.

También ocurrió en Roma. Lo firmó Jesús Urteaga en Mundo Cristiano. El Fundador del Opus Dei había advertido en la cara de un estudiante un gesto de contrariedad. Le preguntó qué le pasaba. Y cuando le dijo que estaba cansado, le contestó sonriendo:

‑Hijo mío, yo llevo cincuenta años haciendo las cosas a contrapelo.

Pero no era fácil notarlo, porque, como solía enseñar, muchas veces la mejor mortificación es la sonrisa. Diez días antes de su muerte, el 15 de junio de 1975, decía en otra conversación con un numeroso grupo de socios de la Obra:

Yo tengo la devoción de celebrar frecuentemente ‑cuando lo permite la liturgia‑ la Misa de la Santísima Virgen; me paree que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ;Qué bonito! Creen por ahí que la alegría de vivir es cosa pagana, porque lo que buscan es la alegría de morir, de suici­darse neciamente, suicidarse con estiércol hasta por encima de los ojos. Seguir a Cristo, buscar la santidad es tener la alegría de vivir. Los santos no son tristes, ni melancólicos; tienen buen humor.

En esa alegría de vivir se fijó también el profesor Viktor 1 . Frankl, en sus encuentros romanos con el Fundador del Opus:

Dei, y la describe en términos precisos, técnicos: “Evidentemente Monseñor Escrivá vivía totalmente en el instante, se abría a .I completamente, y se entregaba a él del todo. En una palabra. para él debía poseer el instante todas las cualidades de lo decisivo (Kairos‑Qualitiiten)”.

Su buen humor era contagioso, porque respondía a una alegría verdadera, que surgía de la paz de su alma en gracia w tenía también raíces de dolor: el dolor normal que acompaña,,: necesariamente la vida de todo hombre sobre la tierra. Se había fijado en los campesinos de su tierra, que pinchan las brevas, para que el fruto sea más dulce, y así aceptaba contento las contrariedades de cada día, viendo en ellas los alfilerazos con los que el Señor haría que su jornada fuera más fecunda y esperan­zada.

El 27 de junio de 1975 El Noticiero de Zaragoza publicaba un artículo de José María Zaldívar, que refleja el clima cordial que el Fundador del Opus Dei creaba a su alrededor, como por ósmosis. Había ido en octubre de 1960 a Zaragoza, para recibir la investidura como doctor honoris causa de su Universidad. José María Zaldivar acudió al Paraninfo de la Facultad de Medicina, donde se celebraba el acto, aunque llevaba unos días sin poder acercarse a los micrófonos en su diaria emisión de la radio, porque la inesperada muerte de su hermano le tenía en un hundimiento total. Había ambiente de fiesta en aquel Paraninfo. Mons. Escrivá de Balaguer entró “sencillo, abstraído de toda vanidad humana; sonriendo, familiar. Comprendí al verle cruzar aquella vía académica, que él nos demostraba ‑autor de Camino‑ su propio camino y su peculiar forma de caminar. La sencillez, la que engendra la paz en diafanidad de criterios; la rigurosidad suave que se puede crucificar con sonrisas”. Tanto se conmovió José María Zaldívar que aquel mediodía volvió “a ser voz en la radio, a base de olvidar mis penas, contando la alegría del altoaragonés”.

La anécdota llegó a oídos de Mons. Escrivá de Balaguer, que quiso saludarle. Zaldívar acudió a la cita. En el periódico, quince años después, no recoge el diálogo. Sólo habla de un abrazo, de una bendición y de un regalo: un ejemplar de Camino, con una jaculatoria escrita por la mano del Fundador del Opus Dei: Omrria ira bonum! (“Todo es para bien”). Y concluye José María Zaidívar: “Me ha correspondido en la vida, como a todo mortal, sufrir desde 1960 tantas casas que pocos sabrán… Pero ahí estaban las lecciones.

Su sobrenatural y humana alegría de vivir aparece en toda su fuerza cuando se enfrenta con un dolor tremendo, con una enfermedad incurable, con el lento consumirse de una vida. El Diario de Burgos publicó el 13 de agosto de 1975, el testimonio impresionante de un hombre que quería hacer pública su “deuda con Monseñor Escrivá de Balaguer”. Así tituló su artículo Manuel Villanueva Vadillo: era un hombre joven cuando le diagnosticaron una parálisis progresiva, que le ha llevado a una palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, como silla de ruedas, sin ninguna esperanza de volver a andar. Allí aprendió, guiado por el Fundador del Opus Dei, el significado del dolor. Poco a poco fue descubriendo que el sufrimiento, aceptado y ofrecido por amor a Dios, le hacía corredentor con Cristo. Y comprendió el valor auténtico de aquellas palabras: los enfermos son el tesoro del Opus Dei.

Manuel Villanueva rememora cómo el Fundador de la Obra, cuando era un sacerdote joven fue a buscar los medios para hacer la Obra de Dios en los hospitales: “Eran gente desamparada enferma; algunos con una enfermedad entonces incurable, la tuberculosis. Su tesoro estaba allí: repartido entre los enfermos que ofrecían el gozo de su dolor, y entre aquellos que, de su mano, subieron a la presencia de Cristo. Yo formaba ‑y formo‑ parte de ese tesoro”.

Alguien escribió en la prensa, también a raíz de la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer, que, de tanto querer, se le había roto el corazón. Y más de uno recordó aquello de morir inadvertido en una buena cama, como un burgués…, pero de mal de Amor (Camino, 743). Sólo que el Fundador de la Obra, en sus últimos años, más bien decía que de amor no se muere, de amor se vive. Como aquel 7 de enero de 1975 en La Lloma, cerca de Valencia. Hubo canciones; entre otras, aquella ‑Si vas para Chile‑ que le cantaron un año antes en Buenos Aires, la víspera de su salida hacia Santiago. Una canción suave, saturada de nostalgia, que habla de amor:

Si vas para Chile te ruego viajero le digas a ella que de amor me muero…

‑Bueno, eso de que se muere de amor… ‑comentó‑, De amor se vive. Quered mucho, quered con todo el corazón, que no os moriréis de amor. ;Hala, a poner el corazón en el Señor, a quererlo de verdad! Amad a su Madre, a San José, y vivid con ellos en Belén, en Nazaret, en Egipto… Que os enamoréis de verdad, y que viváis de amor: que de amor no se muere, no. Eso son cuentos: el amor da la vida; sin amor no se puede vivir. Por eso os quiero enamorados; porque, si lo estáis, no me da miedo nada. ¡Seréis fieles!

Y el Fundador del Opus Dei concluyó:

¡Vivid de amor, hijos míos, aunque digáis, mintiendo, que morís de amor!

Como una inyección intravenosa

compromiso  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Sólo Dios puede observar con relieve de verdad lo que sucede en este planeta. Somos los hombres quienes no solemos dar importancia a lo corriente de la vida y, sin embargo, es por ahí por donde actúa cl Opus Dei, «como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad», en expresión de su Fundador. No hace falta reflexionar demasiado, en efecto, para comprender que se trata de una novedad tan vieja como la de los primeros cristianos, quienes, renovados por dentro y entusiasmados por la fe, propagaban con la palabra y con el ejemplo la buena nueva, recibida por gracia de Dios, con la misma naturalidad con que respiraban. Fue su misma vida ordinaria el lugar de encuentro con Jesucristo resucitado y la órbita en que se desarrolló acto seguido la acción profunda del Espíritu que habían recibido. Ni se segregaron, ni pensaron que eran distintos de los demás. Siguieron viviendo honradamente, cada uno en su sitio, y haciendo mejor lo que debían, para no tardar en darse cuenta de que, siendo de ayer, «lo llenaban todo», como pudo afirmar Tertuliano menos de dos siglos después de la muerte de Cristo en la Cruz.

Monseñor Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, explicó en una entrevista publicada en La Vanguardia (Barcelona, 1–X–78) esta característica del apostolado del Opus Dei:

–«Monseñor Escrivá no fue detrás del seglar para halagarle, sino que lo situó ante una fuerte responsabilidad: la de llevar en su vida ordinaria la cruz de Jesucristo, con la alegría de los hijos de Dios. De esta manera, el mensaje de Monseñor Escrivá arrastra con la fuerza ideal de la cruz de Cristo y, por esta razón, trasciende los tiempos a la vez que se enraíza en todos. Su labor se entronca con la vitalidad fuerte y fresca de los primeros fieles cristianos. Aunque el Opus Dei durará mientras haya hombres sobre la tierra, no deja de ser elocuente que, en una época de laxismo y de cansancio moral, una llamada tan exigente arrastre a millares de personas de toda condición y cultura ».

Los hombres y las mujeres del Opus Dei son los primeros en reconocer que están hechos de la misma pasta que todo el mundo –como no podía ser menos– y que han de luchar animosamente cada día, comenzando y recomenzando, sin tirar nunca la toalla, para corresponder a la gracia de Dios. Y es esta lucha precisamente la que amplía el horizonte de sus defectos –la humildad es la verdad– y les hace descubrir en su propia vida la desproporción de los medios al comprobar que en el centro de la vocación cristiana está la Omnipotencia de Dios.

Sin uniforme, sin etiquetas ni distintivos, y sin espectáculo, los cristianos del Opus Dei tratan de responder ahora –y aquí está su verdadera novedadcon el mismo natural sentido de lo auténtico que aquellos primeros cristianos, al compromiso radical contraído en el bautismo. Hablan en nombre propio, con responsabilidad personal, sin utilizar el «nosotros», y se les puede encontrar en cualquier lugar, en toda profesión decente, en el mundo vivo de todos los días. ¿Cómo puede sorprender entonces que la gente del Opus Dei conviva desde el principio de su existencia con gentes que actúan como si Dios no existiese o que le buscan donde no está, y que traten de trabajar con todos, sin sentirse ajenos a nada, en los nobles afanes de la humanidad?… Lo asombroso es que esta realidad esencial de la vocación cristiana siga asombrando todavía, como el hecho de que cada caminante siga su camino.

–«Al pensar en estos años transcurridos –decía el Fundador del Opus Dei al semanario vaticano L ‘Osservatore della Domenica a mediados de 1968–, vienen a mi memoria muchos sucesos que me llenan de alegría: porque, entremezclándose con las dificultades y las penas que son en cierto modo la sal de la vida, me recuerdan la eficacia de la gracia de Dios y la entrega –sacrificada y alegre– de tantos hombres y mujeres que han sabido ser fieles. Porque quiero dejar bien claro que el apostolado esencial del Opus Dei es el que desarrolla individualmente cada miembro en el propio lugar de trabajo, con su familia, entre sus amigos. Una labor que no llama la atención, que no es fácil traducir en estadísticas, pero que produce frutos de santidad en millares de almas, que van siguiendo a Cristo, callada y eficazmente, en medio de la tarea profesional de todos los días.

Sobre este tema –añadía Mons. Escrivá de Balaguer– no cabe decir mucho más. Podría contarle la vida ejemplar de tantas personas, pero esto desnaturalizaría la hermosura humana y divina de esa labor, al quitarle intimidad. Reducirlo a números o estadísticas sería peor aún, porque equivaldría a querer catalogar en vano los frutos de la gracia en las almas».

Es la misma lógica utilizada en la vida corriente de todas las latitudes: la del sentido común. «No son un secreto los pájaros que surcan el cielo, y a nadie se le ocurre contarlos», solía decir Mons. Escrivá de Balaguer. A los cristianos del Opus Dei se les conoce donde están. Basta con abrir los ojos para comprobar que cada uno trata de vivir, a su modo la vocación cristiana en la sucesión de realidades concretas que es su jornada humana habitual. Las personas de la Obra tienen un solo denominador común: la formación cristiana permanente que recibe del Opus Dei y todo lo que esta formación trae consigo al convertirse, sobre la marcha, en vida. Y lo mismo en cualquier país, bajo todas las banderas, sin rarezas de ningún género.

–«Puedo hablarle –seguía diciendo Mons. Escrivá de Balaguer a ese mismo semanario– de las labores apostólicas que los miembros de la Obra dirigen en muchos países. Actividades con fines espirituales y apostólicos, en las que se procura trabajar con esmero y con perfección también humana, y en las que colaboran otras muchas personas que no son del Opus Dei, pero que comprenden el valor sobrenatural de ese trabajo, o que aprecian su valor humano, como es el caso de tantos no cristianos que nos ayudan eficazmente. Se trata siempre de labores laicales y seculares, promovidas por ciudadanos corrientes en el ejercicio de sus normales derechos cívicos, de acuerdo con las leyes de cada país, y llevada siempre adelante con criterio profesional. Es decir, son tareas que no aspiran a ningún tipo de privilegio o trato de favor».

No puede quedar más claro el sentido de estas labores apostólicas, que atraen la colaboración espontánea de millares de personas de toda ideología en los lugares más insospechados del mundo.

Mons. Alvaro del Portillo expresaba en 1978 la función social que cumplen estas iniciativas, al escribir que «el espíritu cristiano exige no limitarse a dar a cada uno lo suyo, sino que lleva además a hacerlo con respeto, con cariño, y a dar más de lo estrictamente debido: a entregarse uno mismo a los demás. En fin, la caridad es motor poderoso, que mueve a ejercitar la misma justicia, especialmente cuando esto supone heroísmo. Sólo así se obra en conformidad con la dignidad del hombre».

«Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir –subrayó Mons. Escrivá de Balaguer en Amigos de Dios–, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar serenamente el tiempo de la enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos, y, en primer término, a conocer y amar a Dios con plena libertad, porque la conciencia –si es recta– descubrirá las huellas del Creador en todas las cosas».

Presentación

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 26 de junio de 1975, al filo del mediodía, falleció en Roma Monseñor Escrivá de Balaguer. Horas más tarde sus restos mor­tales reposaban sobre el pavimento del Oratorio dedicado a Santa María, en la sede central de Opus Dei. Don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general de la Obra, depositó unas rosas rojas sobre los pies del Fundador, mientras repetía el verso de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangeli­zantium bona! (Rom., X, 15), ¡qué hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio de la paz, de los que anuncian cosas buenas!

Hubiera sido un espléndido epitafio. Cuantos le han conocido y tratado ‑aun por breves instantes‑ coinciden con clara una­nimidad en destacar su alegría. Su mirada serena y limpia resul­taba cordialmente acogedora. Era un hombre de Dios, que des­bordaba simpatía y humanidad: infundía paz, alegría, serenidad, contento, deseo de servir a los demás.

“No recuerdo a nadie ‑escribió don Manuel Aznar pocos días después‑ que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cum­plía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá “.

Vivió para Dios, y fue maravillosamente humano. Para reali­zar la Obra que el Señor le pedía, recibió dones que le hicieron persona atrayente en lo humano. Y, a la vez, sorprendente, por­que ante un fundador suele buscarse siempre algo raro, distinto. “Yo estaba haciendo actos de fe, para pensar que me encontraba ante el Fundador del Opus Dei, de lo sencillo y cordial que es‑‑‑, comentaba un sacerdote de Jaén, cuando le conoció en Pozo­albero (Jerez de la Frontera) un día de noviembre de 1972. Otro se fijó en “la naturalidad con que oculta su gran contenido so­brenatural‑ . Pero ‑añadía‑ “se le desborda. No puede ocultar su carga de Dios.

Por eso, no es fácil explicar cómo fue y qué hizo. Son muchas y muy ricas las facetas de su personalidad y de su doctrina. Están, de otra parte, tan trabadas en su unidad de vida sencilla y fuerte, que se resisten al análisis: no se puede despiezar esa existencia tan cargada de sentido humano y divino hasta en detalles mínimos.

He tratado, sin embargo, de apuntar en este libro algunas manifestaciones de su personalidad enteriza, porque, como digo, me resulta francamente dificultoso describir la imagen de pleni­tud que guardo desde que le conocí personalmente el 8 de sep­tiembre de 1960. Fue en el pequeño jardín del Colegio Mayor Aralar de Pamplona, junto a más de cien estudiantes, que le acosamos a preguntas durante casi una hora. Aprendí bastante aquella tarde. Quedé removido por dentro. Me sorprendió su sentido del humor. Todos reímos mucho. Tuve la convicción de estar muy cerca de Dios. Y además, quizá como síntesis de todo esto, lo pasé en grande: fue una hora deliciosa.

No imaginaba yo que Mons. Escrivá de Balaguer tuviese tal simpatía, tal capacidad de meterse en el bolsillo a los universi­tarios: conocía a fondo nuestras inquietudes, hablaba ‑hasta con giros castizos‑ nuestro lenguaje, y se servía de ese don para exigirnos mucho, para empujarnos hacia arriba, haciéndonos salir de la poltronería. (Siete años después, viví en Vallecas una reacción semejante, cuando un obrero, que tenía a sus hijos como alumnos de Tajamar, me comentaba: ‑A este cura sí que se le entiende; habla igual que nosotros… ).

Pero nada tenía que ver su facilidad connatural para hacerse entender, su rapidez en las respuestas, su gracia y simpatía humanas con un hacerse el simpático. Todo era recio, espon­táneo, verdadero. Como era auténtica su confianza en nosotros ‑en aquel verano de 1960 estaba yo a la mitad de mi carrera‑, al abrirnos el corazón contándonos cosas de mucha intimidad. Manifestaba también así su ilimitada capacidad de querer, que desde lo más grande ‑el trato con Dios, el amor a Santa María, la dilatación de la Iglesia por países de Asia y África‑, llegaba hasta lo más pequeño: la reconvención por el descuido de haber dejado abierta una contraventana ‑se veía desde el jardín‑ que exponía los muebles de la habitación al fuerte sol del mediodía; el afecto hacia ese brazo escayolado, que rara vez falta en un grupo numeroso de gente joven… Y todo, salpicado de anécdotas francamente divertidas.

La vida del Fundador del Opus Dei rompe casi todos los es­quemas: no probaba los licores, pero bromeando con la marca de un conocido coñac‑ se refería a sí mismo diciendo que, para fundador bueno, el

que venía embotellado… Porque se conside­raba, en su humildad, Fundador sin fundamento.

Tiene razón José Ortego, catedrático de Derecho Penal, que respondía así a una encuesta periodística de urgencia el 26 de junio de 1975: ` He leído una biografía de don Josemarfa Escrivá. Luego, he pensado en el hombre; y he llegado a la conclusión de que don Josemaría no es biografiable. Su recia personalidad des­borda cualquier intento de contarnos cómo fue. Por muchos y ordenados que sean los datos, por significativas que sean las anécdotas, se escapará siempre una vida, tan intensa y tan com­pleja, que sólo el conocimiento directo puede alcanzar”.

Afortunadamente se han podido filmar ‑después de vencer su resistencia personal durante años‑ muchas escenas de la última etapa de su vida. Pienso que media hora de imágenes del Fundador del Opus Dei, hablando de Dios y contestando a pre­guntas de personas muy distintas, facilita más ese conocimiento directo, que cuanto aquí se dirá.

Y están también sus libros, que han alcanzado enorme difu­sión en el mundo entero. Y sus escritos inéditos: porque, como dijo muchas veces jugando con su apellido, Escrivá escribe. En esos textos puede encontrarse ‑más que en estas páginas‑ la verdadera dimensión y la profundidad de su vida.

Sin embargo, me parecía urgente hacer una aproximación de la figura de este sacerdote de Dios. Había que correr el riesgo de ofrecer la visión parcial de una realidad plena de sentido. Y casi de un tirón, con prisa, después de dedicar unas semanas a docu­mentarme, escribí estas páginas entre noviembre y diciembre de 1975. Me parecieron pobres, llenas de lagunas, y decidí comple­tarlas con más calma, aunque el editor con quien había comen­tado el proyecto quería enviarlas ya a la imprenta, pues pensaba que podían servir. He retocado algunos detalles a lo largo de 1976, sin apenas añadir nada, conservando prácticamente el enfoque, la estructura y la distribución iniciales.

No espere, pues, el lector una biografía cerrada. En sus manos tiene un perfil, unas impresiones que, aunque se basan en hechos y datos históricos, no siguen un orden cronológico. Suce­sos y escritos de épocas diversas se aproximan y entremezclan con libertad, para apuntar en rápidos trazos los rasgos del Fundador del Opus Dei que, en cada caso, pretendo destacar. Quien le haya conocido personalmente ‑en la vida, en sus escritos, o en películas filmadas‑ comprobará que hay muchas cosas impor­tantes que no aparecen aquí.

Quizá estos apuntes ayuden, sin embargo, a repensar lo vivido, a meditar de nuevo los escritos del Fundador del Opus Dei. Se habrá cumplido entonces el propósito que buscaba este relato: dar a conocer un poco más la gran personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer, que gustaba de pasar inadvertido, según el lema de su vida: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.

Hace muchos años, un periodista del londinense The Times comentaba en una semblanza: ` Su característica más sorpren­dente es, en cualquier caso, su absoluta normalidad. En su modo de ser no hay nada fanático o dominador, ninguno de esos rasgos chocantes que la gente espera encontrar en un gran fundador o en un líder. Podría fácilmente pasar inadvertida la fuerza de su magnetismo, de su energía espiritual. Su estatura y su peso son normales; su cara, pálida y más bien redonda, sonríe casi siempre. Hay calor ‑cariño‑ en la expresión de sus ojos castaños. La rapidez de sus respuestas y los gestos que acompañan sus palabras revelan una inquietud enérgica. Ataca los asuntos de modo directo y personal, y va al fondo, sin perderse en lo anecdótico. Aborda los problemas en toda su amplitud y con audacia. Conga en los demás y delega fácilmente. Queda siempre subrayada la independencia y la responsabilidad individuales de los socios de la Obra. Deja la impresión perdurable de una per­sona muy humana, feliz, que hubiese tenido mucho en común con sir Tomás Moro, a quien, por cierto, ha escogido como uno de los santos intercesores de su Asociación “.

Aquel periodista subrayó un rasgo decisivo: la impresión de normalidad que reflejaba la extraordinaria personalidad del Fun­dador del Opus Dei. Es quizá éste uno de sus más preciosos legados: para ser muy divinos, hay que ser muy humanos. En­señó a miles de personas del mundo entero a imitar la natura­lidad de la vida corriente de Jesucristo ‑Perfecto Dios, Perfecto Hombre‑, en sus años de trabajo oculto. Cristo fue siempre el único Modelo para buscar la santidad ‑santidad auténtica, sin eufemismos‑ en las ocupaciones y circunstancias ordinarias de la vida. Mal hubiera podido difundir ese mensaje Mons. Escrivá de Balaguer si Dios no le hubiera hecho profundamente humano, cordial y sencillo. Aunque a veces sufrió, porque no le entendían o no se esforzaban por entenderle, y tenía que hacerse perdonar lo raro de no ser raro. Y es que existe una acusada tendencia a valorar lo aparatoso, lo artificial, lo extraordinario, sin calar la hondura ‑humana y divina‑ de lo cotidiano. Alguna vez, para explicar mejor el problema, aludiría al comentario que algunos hacen ante el primor de unas rosas frescas, de pétalos finos y bien perfilados ‑¡parecen de trapo!‑, porque prefieren lo ar­tificial.

En su vida y en su doctrina, lo humano y lo divino se funden de tal manera, que no es nada fácil distinguir en muchos mo­mentos si estamos ante un rasgo de su carácter, o ante un fruto de la gracia de Dios, que actúa de modo aparentemente natural. Lo ha visto bien el P. Sancho, O.P., cuando afirma con rigor teológico: “La impresión que yo tengo de él es la de un hombre de muchísima virtud, que, en su sencillez, no exhibía. No puedo destacar ningún detalle concreto de su profunda humildad, porque su sencillez llenaba su vida de naturalidad. No sorprendía nada, porque la constante suya era ésta: sobrenaturalizarlo todo sencillamente, y además alegremente, que es lo más difícil”.

Así actúa siempre la gracia de Dios en los hombres. Hace sobrenatural su vida, sin aniquilar ni desquiciar lo humano. Efectivamente, sólo quien es fiel a la gracia de Dios, puede ser plenamente hombre.

DECLARACIONES DE MONS. ALVARO DEI. PORTILLO A «THE NEW YORK TIMES»

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El 28 de noviembre de 1982, la Santa Sede otorgaba al Opus Dei su definitivo status jurídico como Prelatura personal, en la Constitución Apostólica «Ut sit».

En este año 1984 se han cumplido dos años desde aquella fecha. Con este motivo publicamos una entrevista hasta ahora inédita en castellano en la que su actual Prelado, Mons. Alvaro del Portillo, responde a las preguntas formuladas por el corresponsal en Roma del «New York Times».

–Todo organismo vivo se desarrolla. He leído lo que ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer sobre el Opus Dei: ¿me puede decir cuál es el papel actual del Opus Dei en la Iglesia y también en la sociedad? Y en concreto: ¿a qué se deben las controversias sobre el Opus De¡?

–El Opus Dei, en efecto, crece y se extiende por todo el mundo, con la gracia de Dios. Su fin consiste en promover, entre personas de todos los ambientes de la sociedad, una toma de conciencia de la vocación a la santidad en el ejercicio del propio trabajo; es decir, de la llamada a vivir una existencia cristiana plena, en medio de las situaciones comunes de la vida.

No se trata sólo de difundir una idea, un mensaje, sino de fomentar la puesta en práctica de un cristianismo sin mediocridades, en el ejercicio del trabajo profesional. Contribuimos así a la misión salvífica de la Iglesia, en íntima unión con el Papa y la Jerarquía eclesiástica.

Con esta finalidad quiso Dios el Opus Dei, y con su ayuda seguirá por este camino, sin modificaciones. Por tanto, con el transcurso del tiempo, no será necesario ningún aggiornamento de su espíritu, ya que, mientras haya hombres sobre la tierra, habrá trabajo que santificar.

Me pregunta usted por las controversias en torno al Opus Dei. En primer lugar, es preciso valorar en su justa dimensión eso que usted llama controversia y que yo no dudo en calificar de murmullo: he de agradecer a Dios que el Opus Dei sea una de las más amadas instituciones de la Iglesia, como lo demuestran los cientos de miles de personas –católicas o noque acuden a recibir de la Obra aliento para su vida espiritual y que colaboran con sus apostolados.

Por otra parte, son corrientes las incomprensiones cuando los hombres se enfrentan con realidades de carácter espiritual, y no tienen mayor categoría cuando sólo se busca el cumplimiento de la voluntad de Dios: ¿no ocurrió algo semejante con los primeros cristianos? Podríamos hablar también de tantas figuras de la Iglesia que, con frecuencia, fueron maltratadas o ridiculizadas por sus contemporáneos, o de instituciones católicas que han padecido vejaciones, mediante el ofrecimiento a la opinión pública de una imagen deformada y antipática. Y no es necesario limitarse a los hechos de la vida religiosa: cualquier persona que quiera hacer algo de importancia chocará con la crítica y se arriesgará a las objeciones que otros le ponen: es ley de vida. Por esto, repito, no hay que exagerar la importancia de esas incomprensiones que, al fin y al cabo, nos estimulan a seguir más fielmente a Jesucristo, sirviendo a nuestros hermanos los hombres.

También pregunta usted por qué se producen esas controversias. El origen podría encontrarse en la acostumbrada intolerancia de algunos grupos y personas que se oponen a la Iglesia católica y a la difusión del Evangelio; en otras personas, seguramente bien intencionadas, que no nos entienden o conocen sólo la falsa imagen de una noticia sensacionalista, y en algunos pocos que intentan justificar y encubrir sus propias frustraciones.

Puedo asegurarle que esos enredos no nos quitan la paz ni un segundo. Mons. Escrivá de Balaguer rezaba todos los días por quienes con su oración, con su trabajo y sus limosnas cooperaban con el Opus Dei. Y rezaba con la misma caridad por quienes trataban de denigrarnos. También en esto queremos ahora seguir los pasos de nuestro Fundador, para imitar así a Jesucristo: que Él nos cuide a todos.

–Sé que el Opus Dei no tiene un papel político, pero la espiritualidad no es algo abstracto separado de la vida secular: ¿cuáles son los «peligros espirituales» que afectan hoy a la vida política, profesional, intelectual?

–Mire, la gran revolución de Mons. Escrivá de Balaguer ha sido ésta: llevar precisamente la espiritualidad cristiana a la vida secular, porque entendió claramente que nada de este mundo debe ser ajeno a Dios. Como ve, se trata de una revolución que, como afirmaba nuestro Fundador, «es vieja como el Evangelio, y como el Evangelio nueva». Los peligros a los que se ven expuestos todas las personas en este mundo son los mismos. Cualquiera los podría enumerar fácilmente: en primer lugar, el deseo desordenado de autoafirmación, el egoísmo, el afán de poder, el orgullo; detrás, la codicia, la sensualidad, hasta completar la lista de los siete pecados capitales.

Sin embargo, quiero subrayar que, a ¡ni .juicio, lo que usted llama «vida secular» –es decir, el ambiente en el que se desenvuelven las personas– no debe verse como un conjunto de peligros para la vida espiritual. Entre los aspectos del espíritu que Dios ha querido que practiquemos en el Opus Dei, está el convencimiento de que el mundo es el lugar donde cada cristiano tiene que santificarse, y que los quehaceres temporales honestos son la ocasión de un encuentro cotidiano con Cristo. Con una visión que desgaje la vida espiritual de la vida secular, que no han de estar separadas, parece que detrás de cada situación acechan peligros. Un cristiano no puede entenderlo así. Además, yo tengo plena confianza en mis hernianos los hombres, y me enamora la aventura cotidiana del quehacer humano.

Santificar el trabajo significa llenarlo de amor a Dios y de amor al prójimo. Estoy persuadido de que el mundo necesita con urgencia que las tareas terrenas se llenen de este espíritu, que hará más justo y humano todo el conjunto de las actividades seculares. Sería bien triste qúe los católicos se ausentaran de este quehacer, porque comporte unos riesgos. Lo importante es que los cristianos trabajen bien y se esfuercen por empapar con el espíritu de Jesucristo las propias ocupaciones profesionales. Esto, desde luego, implica una lucha interior, para no dejarse dominar por las pasiones personales o por los postulados del materialismo.

Para vencer en esta contienda, el cristiano se apoya en la gracia de Dios, y emplea los medios adecuados: la oración y los Sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. De esta manera, va desarrollando las virtudes humanas y sobrenaturales, a la vez que se esfuerza en realizar con perfección su trabajo cotidiano.

Como le gustaba repetir a nuestro Fundador, los miembros del Opus Dei viven con los pies bien firmes en la tierra –trabajando con intensidad en su oficio o profesión–, procuran hacer todo por amor a Dios y en servicio del prójimo, mantienen una constante unión con El durante la jornada y van felices por esta tierra del brazo de sus hermanos los hombres.

–El Papa denuncia frecuentemente el materialismo. El Opus Dei vive dentro del mundo material. ¿Cómo evitar los peligros del materialismo, y en qué medida afectan a la institución que usted dirige?

–Indudablemente, los hombres y mujeres del Opus Dei están presentes en todas las encrucijadas del mundo, de la misma manera que las demás personas, insisto, nuestros iguales. Contra todos acometc la presión asfixiante del materialismo; también, y con maneras brutales, el mundo pagano presionaba sobre los primeros seguidores de Cristo.

La actitud cristiana ha sido y será siempre un claro desafío, lleno de caridad, a los establishment que impongan como regla del juego la reducción del hombre a un número o a un ser sin un destino trascendente. Al «no os conforméis a este siglo» (Rom 12, 2), de San Pablo a los cristianos de la Roma pagana, hace eco hoy el clamor del Papa Juan Pablo II en defensa de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

La idea que Mons. Escrivá de Balaguer predicó incansablemente desde 1928 era que este enfrentamiento con el materialismo no puede llevar a los católicos a ausentarse de las tareas seculares, a no ser a los que Dios llama al retiro del claustro. Insistió siempre, sin miedo ni cansancio, en que los católicos deben esforzarse en impregnar de espíritu cristiano los respectivos ámbitos de la vida familiar y social.

Los peligros del ambiente materialista de que usted habla los supera el creyente, hoy como hace veinte siglos, con una intensa vida de oración; con una profunda penetración en la visión cristiana del hombre y del mundo; con el recto desempeño de los deberes y derechos profesionales, familiares y sociales, y con un constante recurso –esto es primordial, ya lo he dicho antes– a los Sacramentos.

La formación que facilita el Opus Dei va precisamente encaminada a preparar hombres y mujeres, para que, cada uno en su ambiente, dé testimonio y estimule a otros a vivir los valores que Cristo ha predicado. Este es el nivel de acción de la Prelatura en cuanto tal, mediante una continua ayuda doctrinal y pastoral a sus miembros y a cuantos participan en las iniciativas de carácter religioso, educativo o asistencial, que promueven los miembros del Opus Dei en unión con otras personas decididas a superar el conformismo materialista.

El esfuerzo por santificarse, en medio de los quehaceres más corrientes y normales, es lo que Mons. Escrivá de Balaguer tuvo la audacia de llamar materialismo cristiano, cuando afirmaba: «No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso, puedo deciros que necesita nuestra época devolver –ala materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo. El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados del espíritu» (Conversaciones…, nn. 114–115).

–Alguno afirma que hay secreto en las actividades del Opus Dei. Le pregunto: ¿Es ver–dad esto? ¿Hay cosas secretas entre los miembros?

–Le acabo de manifestar mi opinión sobre el se dice, que tan desgraciadamente hoy se utiliza. No. No tenemos ningún secreto. Ni aunque quisiéramos –y j amas hemos querido– habríamos podido mantenerlo, ya que trabajamos a la luz del día, en estrecho contacto con todo tipo de hombres y mujeres, grupos e instituciones. Las sedes de nuestros Centros abren sus puertas a cualquier persona que desee frecuentarlos. Los miembros del Opus Dei son conocidos como tales en el ambiente familiar, social y profesional en el que se mueven, porque nada tienen que ocultar.

La Obra, además, insisto, anima por todo el mundo centenares de actividades educativas, sociales, de promoción humana bien conocidas. La finalidad de la Prelatura es proporcionar a sus miembros una sólida e intensa vida cristiana y apostólica, bien fundamentada en el conocimiento de la doctrina católica. En esta tarea de formación agota el Opus Dei todas sus energías. Una tarea que quizá no es vistosa y que no requiere acompañamiento publicitario, sino paciencia y humilde perseverancia. Nuestro Fundador nos animaba a trabajar por tres mil, pero a hacer el ruido de tres: en nuestra labor de apostolado detestamos los secretos: no buscamos el autobombo, los golpes de efecto, la primera página de los periódicos; nos interesa sólo el eficaz servicio a la Iglesia y a la humanidad.

Algunas personas, de cuando en cuando, han pretendido hacer «revelaciones» sobre presuntos secretos del Opus Dei, y, como no existen, los han inventado. En ocasiones, la técnica que han empleado ha sido la de presentar una información, amalgamando hechos y palabras sacadas de su propio contexto y puestos arbitrariamente bajo la luz que más convenía, para ofrecer una visión complicada y esotérica del Opus Dei; alargan o encogen a capricho los trazos del dibujo, y añaden además algún otro detalle ridículo y falso, que confiere al cuadro un aspecto grotesco. El resultado final es, por tanto, una caricatura irreal, contraria a la sencilla transparencia de la Obra, y que deja sin explicación los abundantes frutos espirituales que el Opus Dei produce en los ambientes en que trabaja y entre personas de todas las condiciones sociales. Digo esto último con agradecimiento al Señor, y estoy convencido de que la buena salud espiritual de que goza la Prelatura es un don gratuito, que Dios nos otorga por la mediación de la Santísima Virgen.

–Usted ha vivido durante cuarenta años junto al Fundador del Opus Dei, y es su sucesor. ¿Querría terminar esta conversación hablándonos de la figura de Mons. Escrivá de Balaguer?

–Me resulta imposible sintetizar en pocas palabras mis cuarenta años junto a nuestro Padre, como llamamos en el Opus Dei al Fundador. Tampoco podría resumir fácilmente todo lo que debo, en el terreno espiritual y en el humano, a Mons. Escrivá de Balaguer. Agradezco a Dios de todo corazón haber pasado la mayoría de mi vida al lado de tan gran maestro de santidad, que se sintió siempre muy mariano y muy romano.

Monseñor Escrivá de Balaguer fue un hombre ardientemente enamorado de Jesucristo. Irrumpió en la historia con vigor, recordando a los hombres de la calle, incluso a quienes quizá se interesaban muy poco en la práctica religiosa, que Cristo los llamaba para que le siguieran, sin que tuvieran que abandonar su estado y oficio.

Presentaba como ideal un cristianismo con sabor de primera hora, en el que las palabras, los hechos y los gestos de la vida de Cristo arrojaban de modo inmediato su luz sobre las mil menudas circunstancias de la vida diaria. Por esto, la vida y las obras del Fundador del Opus Dei –o, mejor dicho, lo que Dios obraba en su alma– tenía que ser para tantos signo de contradicción.

Aunque ya se ha escrito mucho sobre nuestro Fundador, es tan densa su historia, en servicio de la Iglesia y de las almas, que su estudio requerirá años de trabajo. Sin duda, seguirán apareciendo publicaciones que recogerán tantos aspectos de una biografía que no dudo en calificar de heroica.

Fue un hombre de fe robusta y contagiosa, que se apoyaba en la fortaleza de Dios, al tiempo que se consideraba nada y menos que nada y no dudaba en calificarse a sí mismo de instrumento inepto y sordo,– y, con esta confianza en Dios, promovió una inmensa movilización apostólica entre gentes de toda condición. Tan firmemente convencido estaba de la desproporción que existía entre lo que Dios le iba pidiendo y sus fuerzas humanas que no vacilaba en asegurar que la Obra era sólo de Dios.

Un rasgo característico de la personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer fue su transparencia, la autenticidad de su vida: quien había experimentado tantos sufrimientos para sacar adelante lo que Dios le urgía, conjugaba una gran fortaleza de carácter con una sencillez y sinceridad que cautivaban. Y otra nota de su temple sobrenatural y humano fue el buen humor: no concebía un cristianismo de caras largas. Con su hacer cotidiano, inculcó en sus hijos y en los que le rodeaban el afán de ser sembradores de la paz y de la alegría propias de los hijos de Dios.

Su generosa entrega a todos y el ejemplo de sus virtudes cristianas explican cómo llevó a tantas almas a seguir a Jesucristo; y, después de su muerte, el creciente recurso a su intercesión, por parte de miles y miles de personas en el mundo entero.


APÉNDICES

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me ha parecido interesante completar este reportaje con varios documentos que he citado, parcialmente, a lo largo de los capítulos.

Se trata del Decreto de Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, firmado por el Cardenal Ugo Poletti, y publicado en la «Revista Diocesana di Roma» en marzo de 1981. Contiene una breve síntesis de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad, y de las fases preliminares de su Proceso de Beatificación.

En segundo término, incluyo la Constitución Apostólica « Ut sit», por la que Juan Pablo 11 erigió el Opus Dei en Prelatura personal con fecha 28–XI–1982, tras un detcnido estudio de años por parte de la S. Congregación para los Obispos, presidida por el Cardenal Baggio, y una amplísima consulta a Obispos de todo el mundo.

Finalmente, he transcrito, por su interés, las declaraciones que Mons. Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, concedió a The New York Times, pocos meses más tarde.

DECRETO DE INTRODUCCIóN DE LA CAUSA DE BEATIFICACIóN

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El Concilio Ecuménico Vaticano II «ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles, de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último» (Motu proprio Sanctitas cdarior, 19–III–1969).

Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia.

El Siervo de Dios nació el 9 de enero de 1902, en Barbastro (España), en el seno de una familia de fervientes raíces cristianas. Desde su juventud se distinguió por la agudeza de su inteligencia y por su carácter fuerte y amable. Hacia los quince años advirtió por primera vez el presentimiento de la llamada del Señor a una misión que el Siervo de Dios aún ignoraba. Para disponerse plenamente a la Voluntad divina, decidió hacerse sacerdote, cultivando una vida de piedad y de penitencia intensísima. Tras haber cursado los estudios en el Seminario de Logroño, primero, y después en el Seminario de San Francisco de Paula y en la Universidad Pontificia de Zaragoza, fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925, en Zaragoza.

En 1927 se trasladó a Madrid, donde ejercitó un vasto apostolado con los enfermos, los necesitados y los niños. Fue Capellán del Patronato de Enfermos desde 1927 a 1931. En 1931 pasó a ser Capellán en el Patronato de Santa Isabel, del cual fue nombrado Rector en 1934.

El 2 de octubre de 1928, durante los ejercicios espirituales, el Señor le mostró con claridad lo que hasta ese momento había sólo barruntado; y el Siervo de Dios fundó el Opus Dei. Movido siempre por el Señor, el 14 de febrero de 1930 fundó la Sección femenina del Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino, dirigido a promover, entre personas de todas las clases sociales, la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado, mediante la santificación del trabajo ordinario, en medio del mundo y sin cambiar de estado.

Desde el primer instante, con la bendición y el aliento del Ordinario del lugar, el Siervo de Dios se dedicó plenamente a esta misión, y el Señor le bendijo con frutos abundantes.

Durante la guerra civil española, sin preocuparse por los peligros que le amenazaban, no abandonó su intensa actividad sacerdotal. A1 final de la guerra regresó a Madrid, desde donde pudo dar mayor impulso a la labor de la Obra en España: a pesar de la absoluta carencia de medios, abrió nuevos Centros en numerosas ciudades y preparó la expansión fuera de la península ibérica.

Muchísimos sacerdotes y laicos acudían al Siervo de Dios para la dirección espiritual. A petición de los Obispos y de los Provinciales de diferentes órdenes y Congregaciones religiosas, predicó gran número de ejercicios espirituales a sacerdotes y religiosos, además de los dirigidos a los laicos. Con su apostolado, suscitó muchísimas vocaciones de todas clases.

El 14 de febrero de 1943, Mons. Escrivá fundó, dentro del Opus Dei, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, haciéndose así posible la ordenación sacerdotal de algunos miembros laicos del Opus Dei, con una disponibilidad total para la asistencia espiritual de los demás miembros y de las actividades apostólicas promovidas por la Obra. Prácticamente toca el millar el número de profesionales de la Obra (médicos, abogados, ingenieros, periodistas, etc.) que, ya durante la vida del Siervo de Dios, recibieron las órdenes sagradas, dejando perspectivas profesionales muy florencientes para dedicarse enteramente al ministerio sacerdotal.

En 1946el Siervo de Dios se trasladó a Roma, donde fijó definitivamente su residencia. En 1947 obtuvo de la Santa Sede el deeretum laudis para el Opus Dei que, el 16 de junio de 1950, recibió la aprobación definitiva como institución de derecho pontificio. Simultáneamente fue aprobada la Asociación de Cooperadores del Opus Dei, en la que podían ser admitidos también los acatólicos.

Desde Roma, Mons. Escrivá estimuló y guió la difusión del Opus Dei en todo el mundo, prodigando todas sus energías para dar a sus hijas y a sus hijos una sólida formación doctrinal, ascética y apostólica. Ejemplar se demostró la dedicación del Fundador a la propia misión: fue incansable en el trabajo y, movido por su celo, llegó a emprender viajes muy duros y fatigosos por toda Europa y por América, también en épocas en que se encontraba gravemente enfermo. A pesar de las constantes estrecheces económicas, no se desalentó, y puso en marcha los oportunos instrumentos apostólicos, tanto en Roma como en otros países.

Su celo se plasmó en una amplísima gama de iniciativas apostólicas que –como un mar sin orillasse han extendido por los cinco continentes, en todos los sectores en los que más vivamente se experimenta la necesidad de que la verdad de Cristo ilumine el esfuerzo de los hombres: centros de formación profesional, de enseñanza elemental y media; universidades (Mons. Escrivá había fundado y era Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en España, y de la Universidad de Piura, en Perú); ambulatorios médicos; clubs para la formación de la juventud; residencias para empleadas del hogar, para campesinos, para estudiantes universitarios; centros culturales; instituciones académicas de especialización; escuelas agrarias, etcétera.

Con sus enseñanzas, el Siervo de Dios ha abierto un capítulo nuevo en la historia de la espiritualidad. Sus escritos han alcanzado una significativa difusión: basta considerar que sólo el libro Camino ha tenido una tirada de tres millones de ejemplares, con traducciones en 34 lenguas. Semejantes son los datos que conciernen a las otras obras de Mons. Escrivá: Santo Rosario, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios.

El Siervo de Dios era doctor en Derecho y en Sagrada Teología; había sido nombrado Prelado doméstico de Su Santidad, Consultor de la Pontificia Comisión para la interpretación del Código de Derecho Canónico y Académico de la Academia Teológica Romana.

En Roma, el 26 de junio de 1975, a mediodía, un repentino ataque cardíaco truncó su vida terrena. Murió después de recibir, cuando ya había perdido los sentidos, la absolución y la Unción de los Enfermos, que ardientemente había deseado toda la vida, dando repetidas veces a sus hijos indicaciones precisas en este sentido. También aquel día –según una confidencia hecha a cuatro miembros de la Obra– había renovado el ofrecimiento de su propia vida por la Iglesia y por el Papa, durante la celebración de la Santa Misa, cuatro horas antes de morir.

A la muerte del Siervo de Dios, el Opus Dei, difundido por los cinco continentes, contaba con más de 60.000 miembros, en representación de 80 nacionalidades.

La raíz de tanta fecundidad consiste en la actualidad del mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei y, a la vez, en el vivo ejemplo que en primer lugar dio el mismo Siervo de Dios. Proclamando la llamada a la santidad a través de las ocupaciones cotidianas, enseñó que cada acción del hombre es santificable y santificante y contribuye a la edificación del Pueblo de Dios.

Al enseñar que todos han de buscar la santidad en el marco de la vida ordinaria, Mons. Escrivá subrayó que el trabajo ha de considerarse como instrumento y ámbito de la santificación; por eso, mientras recalcaba la importancia de alcanzar la máxima perfección posible en el cumplimiento de los deberes temporales, insistía en la necesidad de desarrollarlos en unión con Dios mediante la gracia y con una piedad viva y sincera. De ahí su empeño en poner de relieve la primacía de los Sacramentos en la edificación de una existencia auténticamente cristiana, y en mover a las almas a la práctica de la oración.

En la base de la espiritualidad del Siervo de Dios se halla una profunda percepción del misterio de Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, que se manifiesta en el entrelazamiento de lo divino y lo humano, en unidad de vida. En su’ vida personal demostró esta íntima fusión de contemplación y acción, de vida interior y actividad cotidiana. Las virtudes sobrenaturales se unían con las virtudes humanas, haciendo de él el ejemplo de una santidad entretejida de sencillez y naturalidad, construida de fidelidad en las cosas pequeñas. Vivía profundamente el sentido de la filiación divina, que se traducía en un confiado abandono en Dios Padre, en la primacía de la oración respecto al esfuerzo humano –que podía convertirse así en trabajo hecho con Dios y por Dios–, en un amor ardiente a la Humanidad Santísima de Cristo, en una devoción tierna y fuerte a la Virgen, a San José y a los Angeles Custodios, en un espíritu de sobrenatural optimismo y de contagiosa alegría.

En consonancia con esta unidad de vida, el Siervo de Dios no consideró el apostolado como una actividad más junto a otras, ni como una misión reservada a algunos iniciados en las cosas eclesiásticas, sino como un deber constante que concierne a todos los fieles, como consecuencia de las gracias recibidas en el Bautismo y en la Confirmación y sucesivamente desarrolladas por los demás sacramentos, y que debe ejercitarse en cada situación de la jornada.

Estas y otras enseñanzas –piénsese sobre todo en su consideración de la Santa Misa como centra y raíz de la vida interior, y en el amor que, consiguientemente, derrochó por el Sacramento de la Eucaristía y la liturgia toda– han aportado indudables beneficios también a los sacerdotes, para quienes la doctrina predicada por el Siervo de Dios está destinada a producir frutos de alcance insospechado.

Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, repartidos por el mundo, a actuar en firme unión con la jerarquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que, en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características suyas.

Un papel determinante en el mensaje de Mons. Escrivá lo desarrolla el amor a la verdadera libertad, valor tan agudamente sentido por la mentalidad contemporánea. En particular insistió sobre la libertad en las cuestiones temporales, indispensable en la acción ele los cristianos en el mundo; quiso que siempre se ejercitase con la consiguiente responsabilidad y en el respeto de las normas establecidas por la fe y la moral, según los dictámenes del Magisterio de la Iglesia. Respetó escrupulosamente las legitimas opciones de todos los cristianos en materias opinables. Así defendió una propiedad irrenunciable de la vocación secular cristiana y salvaguardó la finalidad exclusivamente espiritual del Opus Dei.

Digna de particular mención es la atracción que la espiritualidad del Siervo de Dios ejercita sobre los intelectuales: estudiantes, profesores universitarios y profesionales de las ramas más diversas advierten la gran fuerza de un mensaje en el que la vida interior y el empeño por alcanzar una seria competencia profesional constituyen dos aspectos igualmente necesarios de ese camino hacia Dios. Del mismo modo, empleados, campesinos, obreros, padres e hijos, hombres y mujeres, todos los componentes de la sociedad civil –la gente de la calle, como decía Mons. Escrivá encuentran en este espíritu la ayuda para descubrir el divino designio de salvación que late en las más pequeñas realidades de la vida. Perennemente actual se muestra, pues, la figura de este sacerdote, y es punto de referencia desde el que la luz del apostolado cristiano se irradia sobre la sociedad de todos los tiempos.

Lo confirma la vasta fama de santidad que circundó ya en vida al Siervo de Dios, respaldada por abundantes y autorizados testimonios. Desde que el Señor lo llamó a Sí, esta fama de santidad se ha ido progresivamente extendiendo, con significativa espontaneidad. Son millares las cartas –de eminentes personalidades y de gente común– llegadas al Santo Padre desde los más lejanos rincones de la tierra, con el fin de pedir la apertura de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios. Entre estas cartas, nos place recordar la de la Conferencia Episcopal del Lazio, con sus expresiones de gratitud por los frutos que sembró en Roma el celo sacerdotal de Mons. Escrivá. Personas de todas las condiciones sociales y de las más variadas nacionalidades atestiguan el cúmulo de favores, grandes y pequeños, espirituales y materiales, recibidos del Cielo por el recurso a la intercesión del Siervo de Dios. La Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei, en Roma, donde reposan los restos mortales del Fundador, es meta de una peregrinación ininterrumpida de fieles, que confían a su mediación ante Dios todas sus necesidades o le agradecen favores obtenidos.

Ante esta realidad, el Presidente General del Opus Dei, Revmo. don Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaria Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci, cuyo cargo fue legalmente reconocido el 4 de febrero de 1978. A petición del Postulador, persuadidos del beneficio que la acogida de nuestra súplica traería a la Santa Iglesia, con fecha 15 de marzo de 1980, dirigimos a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para la introducción de dicha Causa, adjuntando los documentos requeridos a ese fin por el Motu proprio Sanctitas clarior.

Tras un atento estudio de la documentación, la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en el Congreso Ordinario del 30 de enero de 1981, concedió el Nihil obstat para que fuese introducida la Causa. El Santo Padre Juan Pablo 11, el día 5 de febrero de 1981, ratificó y confirmó la decisión de la Sagrada Congregación.

En virtud de lo expuesto, y de las facultades que nos competcn a tenor del Código de Derecho Canónico y del Motu proprio Sanctitas clarior, DECRETAMOS la introducción canónica de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Joscmaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador del Opus Dei, y la instrucción del correspondiente Proceso canónico para el día 12 de mayo de 1981.

ERA UNA ENCEFALITIS

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Durante la segunda semana de agosto mi hermano comenzó a quejarse de mareos, al tiempo que se sentía francamente mal. Pensábamos que todo era resultado del cansancio físico y mental debido al estudio. Sin embargo, su salud empeoró rápidamente y fue cerrándose en sí mismo, sin querer hablar con nadie. Le llevamos a un médico, quien observó que decía cosas incoherentes y que su habla era dificultosa y difícil de entender. El médico llegó a sospechar una ingestión de drogas, pero no existía la sintomatología característica en estos casos. Le recetó una medicación para limpiar el sistema digestivo.

A pesar de eso, el estado de mi hermano no mejoró nada. Entonces, decidí encomendarle al Fundador del Opus Dei durante mi rato de oración diaria. En vista de que su situación empeoraba, la noche del sábado 14 de agosto le llevamos al Hospital de la Universidad. Aquí pensaron que se trataba de un problema psiquiátrico, pero después de varias pruebas no encontraron nada anormal. Sin embargo, la salud de mi hermano iba de mal en peor. Al cuarto día de su ingreso en el hospital, era incapaz de comunicarse con el mundo exterior. Pedí oraciones por él.

Un día pedí al sacerdote que le administrara el sacramento de la Penitencia. Cuando llegamos, mi hermano estaba dormido, recibiendo alimentación por un tubo. Como el sacerdote tenía que marcharse pronto, acudí a la intercesión de Mons. Escrivá para que diera señales de consciencia. En silencio, recé la oración para la devoción privada y, cuando el sacerdote se ponía la estola, mi hermano abrió los ojos. Cuando el sacerdote terminó de darle la absolución, mi hermano se quedó de nuevo inconsciente. Hacia el final del día, le administraron la Unción de Enfermos. Poco después, entró en coma.

Para entonces, los médicos habían llegado por fin a un diagnóstico preciso: encefalitis viral. Pero enseguida surgieron complicaciones: a los cinco días contrajo una pulmonía. Tuvieron que hacerle además una traqueotomía.

Esta situación hizo que nuestra familia quedara más unida. Todos los días, los compañeros de clase de mi hermano ofrecieron por él la Misa que se celebra en la Universidad. Se ofrecieran Misas y oraciones. En el hospital distribuimos estampas y Hojas Informativas entre los visitantes, los médicos, las enfermeras…

Una semana después de la traqueotomía mi hermano abrió los ojos. El médico nos dijo que probablemente vería imágenes, pero que éstas no serían reconocidas por el cerebro. Al cabo de otra semana, Riehard sonrió –era su primera sonrisa– a causa de la risa contagiosa de un amigo que vino a visitarle. Lentamente, con dificultad, comenzó a mover brazos y piernas, a coger algunos objetos y a asentir con 1a cabeza a lo que le decíamos. Sin embargo, la parte derecha del cuerpo estaba paralizada.

El médico anunció que había superado la gravedad, pero desconocía si tendría alguna lesión cerebral. Poco después comenzaron sesiones de fisioterapia. Cuando le suprimieron el tubo de la tráquea pudo comer normalmente y hablar. Su memoria cubría el pasado y el presente: nos dijo que desde el momento de su ingreso en el hospital hasta que recobró el conocimiento sólo recordaba la confesión. Antes de su regreso a casa se ofrecieron Misas de acción de gracias en el Centra y en la Capilla de la Universidad. La salud de Ríc es ahora normal, gracias a la intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.

Reconocieron mi inocencia

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Hace tres años que me vi envuelta en un problema terrible, por causa de una amiga en quien tenía depositada mi confianza. No quiero pensar que fue por maldad o ambición, sino por pura necesidad económica: no tenía ninguna formación cristiana.

El hecho ocurrió así. En un viaje a los Estados Unidos me pidió que llevara en la maleta unas carteras que –sin yo saberlo– contenían gran cantidad de droga. En la aduana descubrieron la mercancía, e inmediatamente me arrestaron. En medio de mi espanto di gracias a Dios de que esa gente que se enriquece a costa de la desgracia ajena no hubiera podido servirse de mí.

Estuve nueve días en la cárcel de Miami, y luego tres meses y medio sin poder salir de los Estados Unidos, separada de mis hijos –los tres de poca edad– y de mi esposo. No es fácil imaginar lo que sufrían ese tiempo. Pero confié en el Señor y en la Virgen e invoqué la intercesión del Siervo de Dios Monseñor Escrivá de Balaguer, segura de que me sacaría de aquel atolladero. Eso fue lo que me mantuvo lo suficientemente serena para no hacer sufrir más a mi familia, meditar las decisiones que debería tomar, y responder adecuadamente y con toda verdad en los interrogatorios. El juicio podía acabar con una sentencia de quince años de prisión, reducida a cinco por buena conducta y algunos atenuantes.

Casi cuatro meses después de los hechos, en la audiencia preliminar al juicio, el abogado de la persona más comprometida y culpable intentó que yo me acusara sólo de posesión de drogas y me autodeportara; así no habría lugar al juicio. Era justamente lo que convenía a las personas involucradas en aquel tráfico.

Pedía al Fundador del Opus Dei que me iluminara para tomar una decisión recta. En consecuencia, rechacé ese consejo, aun corriendo el riesgo de verme obligada a permanecer mucho más tiempo en Estados Unidos, en espera de un juicio que podía retrasarse dos años. Ante mi negativa, el juez separó mi caso de los expedientes de las demás personas que habían viajado en las mismas condiciones que yo; dos también eran inocentes, pero prefirieron aceptar el cargo de detcnción de drogas y la autodeportación.

Mi abogado aprovechó la decisión del juez para presentar más pruebas de mi inocencia. Y aquí sucedió el milagro, pues no hay precedentes de este tipo: los jueces federales y el fiscal de la Corte, tras escuchar a mi abogado, hablaron unos momentos y decidieron de común acuerdo retirarme todos los cargos. Me devolvieron mi pasaporte y a los pocos días pude regresar a mi casa.

Nunca olvidaré los padecimientos de la cárcel, el verme con esposas en las muñecas como si fuera una delincuente, las humillaciones que comportaba cada registro, las cuarenta detcnidas con las que compartí la celda… Cosas muy duras que me ayudaron a ser más fuerte y a valerme sólo del poder de Dios. Sé que el Siervo de Dios Monseñor Escrivá de Balaguer estuvo siempre conmigo, y que le debo la libertad.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder