Polémica de Newsweek (13-I-92) sobre el supuesto antisemitismo de San Josemaría

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Ante las calumnias vertidas por el semanario, la Oficina de información publicó unas declaraciones desmintiéndolas.

A) Declaraciones de Mons. Álvaro del Portillo, sucesor de San Josemaría:

“Estoy asombrado y dolorido por las afirmaciones recogidas en algunos medios de comunicación sobre una supuesta simpatía del Fundador del Opus Dei por Hitler. Es absolutamente contrario a la realidad afirmar eso de una persona que amó profundamente al pueblo hebreo y siempre condenó vigorosa­mente cualquier tiranía. Tan pronto como he leído la prensa de hoy, me he puesto en contacto con la Embajada de Israel y con representan­tes de la comunidad is­raelita, y les he expresado mi solidaridad y mi indignación por semejantes mentiras. Sé que de este modo no hago otra cosa que participar del dolor de Mons. Escrivá por el holocausto sufrido por el pueblo hebreo, por obra del criminal programa nazi”.

(nota de prensa distribuida por la Oficina de Información el 7-I-1992).

B) Algunos datos sobre Vladimiro Feltzmann:

-La única relación que mantuvo con San Josemaría Escrivá de Balaguer fueron unos pocos encuentros esporádicos durante su estancia en Roma como estudiante de Teología durante sólo tres años. Esos pocos encuentros, además, fueron siempre públicos y delante de, al menos, un centenar de personas. Por supuesto, ninguna de esas personas coincide con el testimonio de Feltzmann.

-El señor Feltzmann puso por escrito en diversas ocasiones (la última en 1980, cuando tenía 41 años) su alta opinión de San Josemaría Escrivá, mostrándose partidario de su santidad. Además, no sólo no vertió esas acusaciones sólo después de abandonar el Opus Dei, sino que esperó hasta que pudieran ser noticia con motivo de su beatificación en 1992.

- El señor Feltzmann añadió, en 1992, a sus acusaciones de antisemitismo, una imaginativa interpretación de un viaje que realizó San Josemaría a Grecia, atribuyéndole intenciones de pasarse a la Iglesia Ortodoxa. Se demostró, con criterios históricos, que ese viaje fue uno más de los muchos que realizó en su vida y que informó previamente al entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Dell’Acqua para que lo supiera también el Santo Padre Pablo VI. Es más, de regreso les trajo a cada uno, de regalo, un icono de aquella tierra.

DECLARACIONES DE MONS. ALVARO DEL PORTILLO A «THE NEW YORK TIMES»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El 28 de noviembre de 1982, la Santa Sede otorgaba al Opus Dei su definitivo status jurídico como Prelatura personal, en la Constitución Apostólica «Ut sit».

En este año 1984 se han cumplido dos años desde aquella fecha. Con este motivo publicamos una entrevista hasta ahora inédita en castellano en la que su actual Prelado, Mons. Alvaro del Portillo, responde a las preguntas formuladas por el corresponsal en Roma del «New York Times».

–Todo organismo vivo se desarrolla. He leído lo que ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer sobre el Opus Dei: ¿me puede decir cuál es el papel actual del Opus Dei en la Iglesia y también en la sociedad? Y en concreto: ¿a qué se deben las controversias sobre el Opus De¡?

–El Opus Dei, en efecto, crece y se extiende por todo el mundo, con la gracia de Dios. Su fin consiste en promover, entre personas de todos los ambientes de la sociedad, una toma de conciencia de la vocación a la santidad en el ejercicio del propio trabajo; es decir, de la llamada a vivir una existencia cristiana plena, en medio de las situaciones comunes de la vida.

No se trata sólo de difundir una idea, un mensaje, sino de fomentar la puesta en práctica de un cristianismo sin mediocridades, en el ejercicio del trabajo profesional. Contribuimos así a la misión salvífica de la Iglesia, en íntima unión con el Papa y la Jerarquía eclesiástica.

Con esta finalidad quiso Dios el Opus Dei, y con su ayuda seguirá por este camino, sin modificaciones. Por tanto, con el transcurso del tiempo, no será necesario ningún aggiornamento de su espíritu, ya que, mientras haya hombres sobre la tierra, habrá trabajo que santificar.

Me pregunta usted por las controversias en torno al Opus Dei. En primer lugar, es preciso valorar en su justa dimensión eso que usted llama controversia y que yo no dudo en calificar de murmullo: he de agradecer a Dios que el Opus Dei sea una de las más amadas instituciones de la Iglesia, como lo demuestran los cientos de miles de personas –católicas o noque acuden a recibir de la Obra aliento para su vida espiritual y que colaboran con sus apostolados.

Por otra parte, son corrientes las incomprensiones cuando los hombres se enfrentan con realidades de carácter espiritual, y no tienen mayor categoría cuando sólo se busca el cumplimiento de la voluntad de Dios: ¿no ocurrió algo semejante con los primeros cristianos? Podríamos hablar también de tantas figuras de la Iglesia que, con frecuencia, fueron maltratadas o ridiculizadas por sus contemporáneos, o de instituciones católicas que han padecido vejaciones, mediante el ofrecimiento a la opinión pública de una imagen deformada y antipática. Y no es necesario limitarse a los hechos de la vida religiosa: cualquier persona que quiera hacer algo de importancia chocará con la crítica y se arriesgará a las objeciones que otros le ponen: es ley de vida. Por esto, repito, no hay que exagerar la importancia de esas incomprensiones que, al fin y al cabo, nos estimulan a seguir más fielmente a Jesucristo, sirviendo a nuestros hermanos los hombres.

También pregunta usted por qué se producen esas controversias. El origen podría encontrarse en la acostumbrada intolerancia de algunos grupos y personas que se oponen a la Iglesia católica y a la difusión del Evangelio; en otras personas, seguramente bien intencionadas, que no nos entienden o conocen sólo la falsa imagen de una noticia sensacionalista, y en algunos pocos que intentan justificar y encubrir sus propias frustraciones.

Puedo asegurarle que esos enredos no nos quitan la paz ni un segundo. Mons. Escrivá de Balaguer rezaba todos los días por quienes con su oración, con su trabajo y sus limosnas cooperaban con el Opus Dei. Y rezaba con la misma caridad por quienes trataban de denigrarnos. También en esto queremos ahora seguir los pasos de nuestro Fundador, para imitar así a Jesucristo: que Él nos cuide a todos.

–Sé que el Opus Dei no tiene un papel político, pero la espiritualidad no es algo abstracto separado de la vida secular: ¿cuáles son los «peligros espirituales» que afectan hoy a la vida política, profesional, intelectual?

–Mire, la gran revolución de Mons. Escrivá de Balaguer ha sido ésta: llevar precisamente la espiritualidad cristiana a la vida secular, porque entendió claramente que nada de este mundo debe ser ajeno a Dios. Como ve, se trata de una revolución que, como afirmaba nuestro Fundador, «es vieja como el Evangelio, y como el Evangelio nueva». Los peligros a los que se ven expuestos todas las personas en este mundo son los mismos. Cualquiera los podría enumerar fácilmente: en primer lugar, el deseo desordenado de autoafirmación, el egoísmo, el afán de poder, el orgullo; detrás, la codicia, la sensualidad, hasta completar la lista de los siete pecados capitales.

Sin embargo, quiero subrayar que, a ¡ni .juicio, lo que usted llama «vida secular» –es decir, el ambiente en el que se desenvuelven las personas– no debe verse como un conjunto de peligros para la vida espiritual. Entre los aspectos del espíritu que Dios ha querido que practiquemos en el Opus Dei, está el convencimiento de que el mundo es el lugar donde cada cristiano tiene que santificarse, y que los quehaceres temporales honestos son la ocasión de un encuentro cotidiano con Cristo. Con una visión que desgaje la vida espiritual de la vida secular, que no han de estar separadas, parece que detrás de cada situación acechan peligros. Un cristiano no puede entenderlo así. Además, yo tengo plena confianza en mis hernianos los hombres, y me enamora la aventura cotidiana del quehacer humano.

Santificar el trabajo significa llenarlo de amor a Dios y de amor al prójimo. Estoy persuadido de que el mundo necesita con urgencia que las tareas terrenas se llenen de este espíritu, que hará más justo y humano todo el conjunto de las actividades seculares. Sería bien triste qúe los católicos se ausentaran de este quehacer, porque comporte unos riesgos. Lo importante es que los cristianos trabajen bien y se esfuercen por empapar con el espíritu de Jesucristo las propias ocupaciones profesionales. Esto, desde luego, implica una lucha interior, para no dejarse dominar por las pasiones personales o por los postulados del materialismo.

Para vencer en esta contienda, el cristiano se apoya en la gracia de Dios, y emplea los medios adecuados: la oración y los Sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. De esta manera, va desarrollando las virtudes humanas y sobrenaturales, a la vez que se esfuerza en realizar con perfección su trabajo cotidiano.

Como le gustaba repetir a nuestro Fundador, los miembros del Opus Dei viven con los pies bien firmes en la tierra –trabajando con intensidad en su oficio o profesión–, procuran hacer todo por amor a Dios y en servicio del prójimo, mantienen una constante unión con El durante la jornada y van felices por esta tierra del brazo de sus hermanos los hombres.

–El Papa denuncia frecuentemente el materialismo. El Opus Dei vive dentro del mundo material. ¿Cómo evitar los peligros del materialismo, y en qué medida afectan a la institución que usted dirige?

–Indudablemente, los hombres y mujeres del Opus Dei están presentes en todas las encrucijadas del mundo, de la misma manera que las demás personas, insisto, nuestros iguales. Contra todos acometc la presión asfixiante del materialismo; también, y con maneras brutales, el mundo pagano presionaba sobre los primeros seguidores de Cristo.

La actitud cristiana ha sido y será siempre un claro desafío, lleno de caridad, a los establishment que impongan como regla del juego la reducción del hombre a un número o a un ser sin un destino trascendente. Al «no os conforméis a este siglo» (Rom 12, 2), de San Pablo a los cristianos de la Roma pagana, hace eco hoy el clamor del Papa Juan Pablo II en defensa de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

La idea que Mons. Escrivá de Balaguer predicó incansablemente desde 1928 era que este enfrentamiento con el materialismo no puede llevar a los católicos a ausentarse de las tareas seculares, a no ser a los que Dios llama al retiro del claustro. Insistió siempre, sin miedo ni cansancio, en que los católicos deben esforzarse en impregnar de espíritu cristiano los respectivos ámbitos de la vida familiar y social.

Los peligros del ambiente materialista de que usted habla los supera el creyente, hoy como hace veinte siglos, con una intensa vida de oración; con una profunda penetración en la visión cristiana del hombre y del mundo; con el recto desempeño de los deberes y derechos profesionales, familiares y sociales, y con un constante recurso –esto es primordial, ya lo he dicho antes– a los Sacramentos.

La formación que facilita el Opus Dei va precisamente encaminada a preparar hombres y mujeres, para que, cada uno en su ambiente, dé testimonio y estimule a otros a vivir los valores que Cristo ha predicado. Este es el nivel de acción de la Prelatura en cuanto tal, mediante una continua ayuda doctrinal y pastoral a sus miembros y a cuantos participan en las iniciativas de carácter religioso, educativo o asistencial, que promueven los miembros del Opus Dei en unión con otras personas decididas a superar el conformismo materialista.

El esfuerzo por santificarse, en medio de los quehaceres más corrientes y normales, es lo que Mons. Escrivá de Balaguer tuvo la audacia de llamar materialismo cristiano, cuando afirmaba: «No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso, puedo deciros que necesita nuestra época devolver –ala materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo. El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados del espíritu» (Conversaciones…, nn. 114–115).

–Alguno afirma que hay secreto en las actividades del Opus Dei. Le pregunto: ¿Es ver–dad esto? ¿Hay cosas secretas entre los miembros?

–Le acabo de manifestar mi opinión sobre el se dice, que tan desgraciadamente hoy se utiliza. No. No tenemos ningún secreto. Ni aunque quisiéramos –y j amas hemos querido– habríamos podido mantenerlo, ya que trabajamos a la luz del día, en estrecho contacto con todo tipo de hombres y mujeres, grupos e instituciones. Las sedes de nuestros Centros abren sus puertas a cualquier persona que desee frecuentarlos. Los miembros del Opus Dei son conocidos como tales en el ambiente familiar, social y profesional en el que se mueven, porque nada tienen que ocultar.

La Obra, además, insisto, anima por todo el mundo centenares de actividades educativas, sociales, de promoción humana bien conocidas. La finalidad de la Prelatura es proporcionar a sus miembros una sólida e intensa vida cristiana y apostólica, bien fundamentada en el conocimiento de la doctrina católica. En esta tarea de formación agota el Opus Dei todas sus energías. Una tarea que quizá no es vistosa y que no requiere acompañamiento publicitario, sino paciencia y humilde perseverancia. Nuestro Fundador nos animaba a trabajar por tres mil, pero a hacer el ruido de tres: en nuestra labor de apostolado detestamos los secretos: no buscamos el autobombo, los golpes de efecto, la primera página de los periódicos; nos interesa sólo el eficaz servicio a la Iglesia y a la humanidad.

Algunas personas, de cuando en cuando, han pretendido hacer «revelaciones» sobre presuntos secretos del Opus Dei, y, como no existen, los han inventado. En ocasiones, la técnica que han empleado ha sido la de presentar una información, amalgamando hechos y palabras sacadas de su propio contexto y puestos arbitrariamente bajo la luz que más convenía, para ofrecer una visión complicada y esotérica del Opus Dei; alargan o encogen a capricho los trazos del dibujo, y añaden además algún otro detalle ridículo y falso, que confiere al cuadro un aspecto grotesco. El resultado final es, por tanto, una caricatura irreal, contraria a la sencilla transparencia de la Obra, y que deja sin explicación los abundantes frutos espirituales que el Opus Dei produce en los ambientes en que trabaja y entre personas de todas las condiciones sociales. Digo esto último con agradecimiento al Señor, y estoy convencido de que la buena salud espiritual de que goza la Prelatura es un don gratuito, que Dios nos otorga por la mediación de la Santísima Virgen.

–Usted ha vivido durante cuarenta años junto al Fundador del Opus Dei, y es su sucesor. ¿Querría terminar esta conversación hablándonos de la figura de Mons. Escrivá de Balaguer?

–Me resulta imposible sintetizar en pocas palabras mis cuarenta años junto a nuestro Padre, como llamamos en el Opus Dei al Fundador. Tampoco podría resumir fácilmente todo lo que debo, en el terreno espiritual y en el humano, a Mons. Escrivá de Balaguer. Agradezco a Dios de todo corazón haber pasado la mayoría de mi vida al lado de tan gran maestro de santidad, que se sintió siempre muy mariano y muy romano.

Monseñor Escrivá de Balaguer fue un hombre ardientemente enamorado de Jesucristo. Irrumpió en la historia con vigor, recordando a los hombres de la calle, incluso a quienes quizá se interesaban muy poco en la práctica religiosa, que Cristo los llamaba para que le siguieran, sin que tuvieran que abandonar su estado y oficio.

Presentaba como ideal un cristianismo con sabor de primera hora, en el que las palabras, los hechos y los gestos de la vida de Cristo arrojaban de modo inmediato su luz sobre las mil menudas circunstancias de la vida diaria. Por esto, la vida y las obras del Fundador del Opus Dei –o, mejor dicho, lo que Dios obraba en su alma– tenía que ser para tantos signo de contradicción.

Aunque ya se ha escrito mucho sobre nuestro Fundador, es tan densa su historia, en servicio de la Iglesia y de las almas, que su estudio requerirá años de trabajo. Sin duda, seguirán apareciendo publicaciones que recogerán tantos aspectos de una biografía que no dudo en calificar de heroica.

Fue un hombre de fe robusta y contagiosa, que se apoyaba en la fortaleza de Dios, al tiempo que se consideraba nada y menos que nada y no dudaba en calificarse a sí mismo de instrumento inepto y sordo,– y, con esta confianza en Dios, promovió una inmensa movilización apostólica entre gentes de toda condición. Tan firmemente convencido estaba de la desproporción que existía entre lo que Dios le iba pidiendo y sus fuerzas humanas que no vacilaba en asegurar que la Obra era sólo de Dios.

Un rasgo característico de la personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer fue su transparencia, la autenticidad de su vida: quien había experimentado tantos sufrimientos para sacar adelante lo que Dios le urgía, conjugaba una gran fortaleza de carácter con una sencillez y sinceridad que cautivaban. Y otra nota de su temple sobrenatural y humano fue el buen humor: no concebía un cristianismo de caras largas. Con su hacer cotidiano, inculcó en sus hijos y en los que le rodeaban el afán de ser sembradores de la paz y de la alegría propias de los hijos de Dios.

Su generosa entrega a todos y el ejemplo de sus virtudes cristianas explican cómo llevó a tantas almas a seguir a Jesucristo; y, después de su muerte, el creciente recurso a su intercesión, por parte de miles y miles de personas en el mundo entero.

III. ¿QUÉ ES EL OPUS DEI?

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

¿Quién mejor que Mons. Alvaro del Portillo, su Prelado, para explicarnos qué es el Opus Dei? El 28XI–82, el Papa Juan Pablo Il erigió esta institución de la Iglesia en Prelatura personal, con el fin de que su figura jurídica en el derecho canónico correspondiera adecuadamente con su vida, con su realidad social y con su auténtico espíritu fundacional, transmitido por su Fundador, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. «Este nuevo marco jurídico del Opus Dei –declaró Mons. del Portillo a Pier Giovanni Palla, del diario Ya, en noviembre de 1982–, transparenta claramente lo que son los miembros del Opus Dei: o simples fieles laicos, o sacerdotes seculares».

Un hombre que habló sólo de Dios

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Mons. Alvaro del Portillo, muy cercano siempre a Mons. Escrivá de Balaguer desde sus tiempos de estudiante en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid, escribía en vida del Fundador del Opus Dei en la presentación de la primera edición de Es Cristo que pasa:

«Desde 1925, Mons. Escrivá de Balaguer realiza una intensa labor pastoral: primero –por poco tiempo– en parroquias rurales; más tarde, en Madrid, especialmente en los barrios pobres y en los hospitales; durante los años treinta, en toda España; desde 1946, cuando fija su residencia en Roma, con personas de todo el mundo.

»Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos –rápidos y definidos– la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas –en aquellos trenes de entonces–, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios (…).

»Autor de libros de espiritualidad difundidos en todo el mundo –como Camino y Santo Rosario– y de finos estudios jurídicos y teológicos –como La Abadesa de las Huelgas–, ha escrito sobre todo numerosas y extensas cartas, Instrucciones, Glosas, etc., dirigidas a los miembros del Opus Dei, tratando exclusivamente de temas espirituales. Reacio a cualquier forma de propaganda, ha accedido sólo rara vez a las numerosas y constantes peticiones de entrevistas por parte de la prensa, radio y televisión de muchos países. Con las pocas entrevistas que han sido la excepción se publicó el libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, traducido también a las principales lenguas (…)

»…En un texto no es posible darse cuenta plenamente de algunas cualidades de la predicación del Fundador del Opus Dei. Su humanidad, su sinceridad inmediata, que cautiva. Su entrega a los que le escuchan, su insistente repetir que cada uno debe hacer –al oír esas palabras– una oración personal con Dios, “con gritos callados”. Y ese realismo cordial, nada ingenuo y, a la vez, nada pragmático. Un sentido común poco común. El buen humor que aflora siempre, una alegría contagiosa, la de un hijo de Dios.

»Pero son ya muchos miles las personas que han oído directamente la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer: Porque, si no ama la propaganda y la publicidad, no tiene en cambio inconveniente en responder a cuantos le preguntan sobre cosas de Dios. En un viaje, en 1972, por España y Portugal, iniciado en Francia, pudieron oírle, en grupos pequeños o grandes, más de ciento cincuenta mil personas; en 1970, en México, estuvo con unas cuarenta mil personas de ese país, de los Estados Unidos y de otras muchas naciones americanas; y–en Roma son muchos miles los que, procedentes de Europa y de otras partes, tienen ocasión de oírle:..»(Posteriormente a la redacción de estas líneas el Fundador del Opus Dei realizó dos largos viajes más por diversos países de América Haciendo llegar su gran «catequesis –como él denominaba a estos viajes– a muchos miles de personas).

«…Otros rasgos entrañables de la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer: la viva conciencia de ser sólo un instrumentó en las manos del Señor; la convicción sobrenatural de que las flaquezas y miserias personales –que tendremos mientras vivamos, recuerda él siempre– no pueden ser un obstáculo para alejarnos de Cristo, sino un estímulo para estrecharnos más a Él. En una de las homilías aún inéditas dice: “Yo no le soporto nada al Señor; es Él quien me aguanta y me ayuda y me empuja y me espera”. Y, dirigiéndose a los que le escuchaban: “¡Cómo no voy a comprender vuestras miserias, si estoy lleno de ellas!”.

» Y, por todas partes, como en contrapunto, aparece un motivo de fondo: el amor a la libertad personal. “Soy muy amigo de la libertad… El espíritu del Opus Dei que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años –decía en 1963–, me ha hecho comprender y amar la libertad personal. Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano paternal llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad”.

»Si Dios respeta nuestra libertad personal, ¿cómo no vamos a respetar la libertad de los demás?… “No hay dogmas en las cosas temporales. No va de acuerdo con la dignidad de los hombres el intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestiones donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares, sus preferencias culturales y su propia experiencia peculiar. Pretcnder imponer dogmas en lo temporal conduce, inevitablemente, a forzar las conciencias de los demás, a no respetar al prójimo”».

Este amplio testimonio, tan entrañable y tan cercano, escrito por Mons. Álvaro del Portillo, confirma en toda la línea lo que Mons. Escrivá de Balaguer había dicho en tantas ocasiones: «Yo soy un sacerdote que no habla nada más que de Dios ».

Misión de todos en la Iglesia

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Ante este mundo nuestro, está claro que —insisto— la evangelización será nueva no por el contenido esencial de la doctrina que se anuncie, ni por el modelo de vida que se proponga a nuestros contemporáneos. La novedad habrá de residir en las nuevas energías espirituales y apostólicas puestas en juego por todos los fieles, pues todos somos partícipes y responsables de la misión de la Iglesia 14 . Particular importancia tendrá el testimonio coherente de los fieles laicos, a quienes —en palabras de Juan Pablo II— «corresponde testificar cómo la fe cristiana (…) constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible —continúa el Papa— si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud» 15 .

Con gran fuerza y singular eficacia, anunció insistentemente esta doctrina Mons. Escrivá de Balaguer, siempre con acentos más atractivos y con renovado vigor, desde la tercera década de este siglo: «Todos, por el Bautismo —son palabras suyas, del año 1960—, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (I Pet. II,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre» 16 . El amplio progreso doctrinal, por el que la vocación bautismal ha sido comprendida y presentada con el relieve eclesiológico que le corresponde, es sin duda uno de los pilares en los que la Iglesia se apoya para afrontar su futuro evangelizador.

La necesaria insistencia en que los fieles laicos asuman sus responsabilidades, para hacer posible una presencia más viva de la luz cristiana en la sociedad, debe ir a la par con la insistencia en la esencial necesidad de un ejercicio abundante, generoso, humilde y audaz al mismo tiempo, del ministerio público de los sacerdotes: «en la medida en que las familias cristianas y los laicos cristianos asumen en un más amplio nivel (…) sus múltiples compromisos apostólicos, mayor necesidad tienen de sacerdotes que sean plenamente sacerdotes, precisamente para la vitalidad de su vida cristiana. Y, en otro sentido, cuanto más descristianizado está el mundo o carece de madurez en la fe, mayor necesidad tiene de sacerdotes que estén totalmente consagrados a dar testimonio de la plenitud del misterio de Cristo» 17 .

La Iglesia, que queremos ver reflorecer y dar frutos nuevos, «la Iglesia del nuevo Adviento —como leemos en la Encíclica Redemptor hominis—, la Iglesia que se prepara continuamente a la nueva venida del Señor, debe ser la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia. Sólo bajo este aspecto espiritual de su vitalidad y de su actividad, es ésta la Iglesia de la misión divina, la Iglesia in statu missionis, tal como nos la ha mostrado el Concilio Vaticano II» 18 . Y la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia necesariamente es la Iglesia del ejercicio infatigable del sacerdocio ministerial, es la Iglesia del sacerdote santo, del sacerdote que ama en la raíz de su alma, de todo su ser, por tanto, la llamada que ha recibido del Maestro, para conducirse a toda hora como alter Christus, como ipse Christus 19 .

No es ahora necesario detenernos más sobre la necesidad del ministerio sacerdotal para la nueva evangelización, ni sobre la mutua ordenación entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de todos los fieles: a éstas y a otras cuestiones conexas habéis dedicado ya vuestra atención en estos días. Para todos es, en efecto, bien claro que, sin una abundante dispensación de esos grandes misterios de Dios 20 , que son la Eucaristía y la Penitencia, y con ellos del alimento de la palabra divina, languidecería la vida sobrenatural de los fieles. La nueva evangelización depende, de manera esencial, de que haya ministros que dispensen generosamente —con hambre de santidad propia y ajena— la palabra de Dios y los sacramentos, hombres formados por la Iglesia, que sienten siempre con la Iglesia, para ser, al ciento por ciento, sacerdotes a la medida de la donación de Cristo, siempre bien unidos a su respectivo Ordinario, con veneración a toda la Jerarquía de la Iglesia, y de modo peculiar al Romano Pontífice.

Introducción “Sacerdotes para la nueva evangelización”

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Con todo cariño y con todo respeto saludo a los que están aquí presentes. Me perdonaréis que no haga la enumeración habitual de excelentísimos e ilustrísimos señores, etc. Os llevo a todos en el corazón y esto es mucho más.

Pocos días antes de dejar la Ciudad Eterna, la sede de Pedro, he tenido el gozo sumo de asistir a la Audiencia en la que Su Santidad Juan Pablo II ha mandado, a petición de la Congregación para las Causas de los Santos, extender el Decreto de heroicidad de las virtudes del Siervo de Dios Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Comprenderéis que, como hijo de tan fiel servidor de la Iglesia, de las almas, mis palabras tomen un sesgo particular, que me lleva a referirme a este sacerdote que se hizo romano hasta lo más íntimo de su ser, porque estaba persuadido de que romano, en la Iglesia, es sinónimo de universal, válido, por tanto, para todos los ambientes y para todas las personas del mundo entero.

Concluimos hoy este Simposio Internacional de Teología, en el que se han abordado cuestiones centrales sobre la naturaleza del ministerio sacerdotal, sobre la espiritualidad del sacerdote, su formación, su acción pastoral y evangelizadora. El caudal y la calidad de las aportaciones al Simposio, constituirá —especialmente, con la publicación de las Actas— un material muy útil para enriquecer las actuales reflexiones, en las que toda la Iglesia está empeñada con vistas a la próxima Asamblea del Sínodo de los Obispos.

En este contexto deseo también situar las presentes consideraciones que, bajo el título «Sacerdotes para una nueva evangelización», hacen directa referencia a la nueva empresa evangelizadora —nueva y a la vez vieja, porque comenzó en Cristo hace veinte siglos— que los tiempos reclaman y a la que el Santo Padre Juan Pablo II nos impulsa 1 . Tenemos todos bien patente que el Concilio Vaticano II asoció a la causa de la renovación de la Iglesia toda su enseñanza, y en particular los Decretos sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, y sobre la formación sacerdotal 2 .

Yo tenía previsto para este Simposio otra Conferencia, pero ha llegado ese momento tan importante para el Opus Dei que es el Decreto con la declaración de virtudes heroicas de nuestro Fundador, y me ha parecido lógico —dejando de lado lo que había preparado, que sería más o menos repetir las cosas que tan doctamente han sido dichas por unos y por otros— presentar un testimonio de las virtudes sacerdotales vividas por Mons. Escrivá. Me complace ofrecerlo además precisamente bajo el título «Sacerdotes para una nueva evangelización».

Sacerdotes para la nueva evangelización

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Introducción

1. Necesidad de una nueva evangelización

2. Misión de todos en la Iglesia

3. Necesidad de sacerdotes santos

4. Santidad sacerdotal y vida de oración

5. Santidad sacerdotal y vida de penitencia

6. Santidad sacerdotal y caridad pastoral

7. Una vida radicada y centrada en la eucaristía

8. La dimensión mariana de la vida del sacerdote

9. Conclusión: formación para la santidad

Notas

APÉNDICES

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me ha parecido interesante completar este reportaje con varios documentos que he citado, parcialmente, a lo largo de los capítulos.

Se trata del Decreto de Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, firmado por el Cardenal Ugo Poletti, y publicado en la «Revista Diocesana di Roma» en marzo de 1981. Contiene una breve síntesis de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad, y de las fases preliminares de su Proceso de Beatificación.

En segundo término, incluyo la Constitución Apostólica « Ut sit», por la que Juan Pablo 11 erigió el Opus Dei en Prelatura personal con fecha 28–XI–1982, tras un detcnido estudio de años por parte de la S. Congregación para los Obispos, presidida por el Cardenal Baggio, y una amplísima consulta a Obispos de todo el mundo.

Finalmente, he transcrito, por su interés, las declaraciones que Mons. Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, concedió a The New York Times, pocos meses más tarde.

Libros, novedades y páginas web

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En la página oficial de San Josemaría se ofrecen, entre otras, noticias sobre la nueva web del Instituto Histórico del Fundador del Opus Dei y un libro sobre el “santo de lo ordinario”, escrito por el norteamericano John Wauck.

Opus Dei -

Nueva web del Instituto Histórico San Josemaría
El Instituto Histórico San Josemaría Escrivá tiene una nueva página web on line: www.isje.org. El Instituto -erigido por el Prelado del Opus Dei, Mons. Echevarría, en el año 2001- se propone impulsar estudios históricos sobre el Opus Dei y su Fundador.

“Sal, luz y fermento.” La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia
Artículo de Mons. Álvaro del Portillo sobre la nueva evangelización.

San Josemaría, según Josemaría Escrivá
Con el título “Un camino por el mundo” -”Un Cammino Attraverso il Mondo”-, el norteamericano John Wauck ha publicado un libro -por el momento sólo en italiano-, en el que pretende poner al lector en contacto con el fundador del Opus Dei.

III. ¿QUÉ ES EL OPUS DEI?

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

¿Quién mejor que Mons. Alvaro del Portillo, su Prelado, para explicarnos qué es el Opus Dei? El 28XI–82, el Papa Juan Pablo Il erigió esta institución de la Iglesia en Prelatura personal, con el fin de que su figura jurídica en el derecho canónico correspondiera adecuadamente con su vida, con su realidad social y con su auténtico espíritu fundacional, transmitido por su Fundador, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. «Este nuevo marco jurídico del Opus Dei –declaró Mons. del Portillo a Pier Giovanni Palla, del diario Ya, en noviembre de 1982–, transparenta claramente lo que son los miembros del Opus Dei: o simples fieles laicos, o sacerdotes seculares».


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