“El respeto del derecho a la libertad religiosa constituye el fundamento del respeto de cualquier otro derecho”

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Mons. Mamberti, secretario de la Santa Sede para las relaciones con los estados, habló en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma) sobre el derecho a la libertad religiosa.

Respetar la libertad religiosa en el mundo quiere decir hoy combatir «la cristianofobia, la islamofobia y el antisemitismo», explicó Mons. Mamberti en un encuentro celebrado en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma.

Opus Dei - Mons.  Mamberti y el profesor Navarro.

Mons. Mamberti y el profesor Navarro.

Monseñor Dominique Mamberti es el secretario de la Santa Sede para las relaciones con los estados, figura similar al «ministro» de exteriores en otros países.

Según el prelado, la «cristianofobia» «es un conjunto de comportamientos que se derivan de la falta de educación o de la mala información, de la intolerancia y de la persecución».

El prelado dio una conferencia sobre «Protección del derecho de libertad religiosa en la acción actual de la Santa Sede». Ilustrando la posición de la Iglesia, explicó que «el respeto del derecho a la libertad religiosa constituye el fundamento del respeto de cualquier otro derecho, pues cuando la libertad religiosa está en peligro, todos los demás derechos vacilan».

La libertad religiosa, «derecho que no puede suprimirse», tiene «una dimensión privada, pública e institucional».

El secretario de la Santa Sede se refirió a San Josemaría Escrivá de Balaguer, como “apasionado y valiente defensor de la ‘aventura de la libertad humana’, como a él le gustaba repetir, refiriéndose, sobre todo, a la correcta autonomía y responsabilidad de los fieles laicos a la hora de cumplir su misión en el mundo”.

Opus Dei - El  público que asistió a la conferencia en el Aula 'Álvaro del Portillo' de  la Universidad romana.

El público que asistió a la conferencia en el Aula ‘Álvaro del Portillo’ de la Universidad romana.

Mons. Mamberti subrayó además que «la libertad religiosa no es sólo uno de los derechos humanos fundamentales, sino que es el derecho preeminente, pues como recordaba Juan Pablo II su defensa constituye el test para verificar el respeto de todos los demás derechos».

Por lo que se refiere al diálogo interreligioso y entre las culturas, aclaró que «es posible sólo si no se renuncia a la verdad».

26 de junio de 1975

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Durante su estancia en México se reunió con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos de Guadalajara, con los que sostuvo un encuentro largo y animado. Pero el calor era agobiante y acabó extenuado.

Se retiró para descansar. Observó entonces que frente a su cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe. Representaba a la Señora ofreciendo una rosa al indio santo, Juan Diego. La contempló con detenimiento.

—Así quisiera morir, musitó: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…

“El 26 de junio de 1975 —escribía un periodista, de la Real Academia Española— el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio, viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios. Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: ´Ha muerto Mons. Escrivá de Balaguer´. Ni una sílaba más, porque ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarle a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acerca de su salud. El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Castelgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: `Hijas, cosas son éstas para entretener la espera´ ”.

En contra de lo que suponía el académico, había pasado ya la hora del alba cuando Josemaría Escrivá se reunió con un grupo de mujeres del Opus Dei. Aquella mañana había celebrado, en Roma, a las ocho, la Misa votiva de la Virgen. A las nueve y media de la mañana salió hacia Castelgandolfo y durante el camino rezó los misterios gozosos del Rosario. Al entrar en la sala de estar de la casa vio, en uno de los muros, una imagen de la Virgen que le resultaba particularmente entrañable: esa imagen había recogido la última mirada de su madre antes de morir.

Vosotras, por ser cristianas —dijo—, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con ese alma sacerdotal, y con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se sintió indispuesto y se retiró. Regresó a Roma, y poco después, hacia las doce de la mañana, falleció de un paro cardíaco en la habitación donde solía trabajar.

En aquel cuarto estaba una imagen de la Virgen de Guadalupe a la que saludaba con la mirada siempre que entraba en la habitación. Ella se llevó su último saludo de amor. Dios le concedió morir como había pedido: mirando una imagen de la Señora.

El día siguiente, 27 de junio, fue sepultado en la Cripta del entonces oratorio de Santa María de la Paz. En la losa de mármol se colocó, bajo el sello de la Obra, esta inscripción, que era su biografía en dos palabras:

EL PADRE

y abajo, las fechas de su nacimiento: 9.I.1902, y de su muerte: 26.VI.1975

El cuerpo de Josemaría Escrivá reposa en la actualidad en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central de la Prelatura del Opus Dei, en Roma, continuamente acompañado por miles de peregrinos que acuden a rezar junto a su tumba. Allí continúa intercediendo ante Dios, y prosigue, desde el Cielo, su siembra de paz.

Tras su fallecimiento la fama de santidad del Fundador del Opus Dei era patente: y las alrededor de 6.000 cartas postulatorias que enviaron a la Santa Sede personas de más de 100 países del mundo demostraban el interés con el que aguardaban amplios sectores de la sociedad eclesial y civil la apertura de la Causa.

Se dirigieron en este mismo sentido al Santo Padre, 69 cardenales, 241 arzobispos, 987 obispos (más de un tercio del episcopado mundial) y 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas.

En 1981 se introdujo su Causa de Canonización y el 9 de abril de 1990 se promulgó el Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios

Un año después, el 7 de julio de 1991, la Santa Sede dio lectura al decreto de un milagro realizado por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá.

Se trató de la curación repentina de Sor Concepción Boullón Rubio, una carmelita de la Caridad de 70 años que residía en el Convento del Escorial, cerca de Madrid. Cuando se encontraba al borde de la muerte como consecuencia de las diversas enfermedades que padecía, una noche de junio de 1976 quedó completamente curada.

El 17 de mayo de 1992 Juan Pablo II beatificó a Josemaría Escrivá en la Plaza de San Pedro, en Roma, ante miles de peregrinos. Diez años más tarde, después de aprobar el 20 de diciembre de 2001 un decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre un nuevo milagro atribuido a su intercesión y de oír a los Cardenales, Arzobispos y Obispos reunidos en el Consistorio el 26 de febrero de 2002, el Santo Padre Juan Pablo II decidió que el Beato Josemaría fuera canonizado el 6 de octubre de 2002, en el año del centenario de su nacimiento.

A partir de ese día, este sacerdote que sólo buscó cumplir con la misión que Dios le había encomendado —difundir el mensaje de la santidad en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo, sembrar la paz entre los hombres—, será venerado en la Iglesia como San Josemaría.

Madrid

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El Patronato de Enfermos ocupaba parte de una manzana de casas en la calle de Santa Engracia, entre la de José de Marañón y la de Nicasio Gallego. Era un edificio noble, de estilo morisco, con una fachada de ladrillos vistos y adornada con mosaicos. A uno de sus lados se alzaba una iglesia. Don Josemaría Escrivá celebraba la Santa Misa allí todos los días, para que pudieran oírla los pobres y los enfermos, así como las religiosas que se ocupaban de ellos y otras personas del barrio.

Nada más llegar a Madrid, don Josemaría había ido a visitar al obispo, don Leopoldo Eijo y Garay, quien había leído la carta de presentación del obispo de Zaragoza. Inmediatamente, había autorizado al joven sacerdote para que pudiera confesar en la diócesis de Madrid-Alcalá, dándole las licencias oportunas.

Como todo sacerdote debía contar con un medio de subsistencia, don Josemaría fue nombrado en seguida capellán de esta fundación benéfica conocida como “Patronato de Enfermos”. La congregación que la dirigía -Damas Apostólicas del Sagrado Corazón- había sido fundada, unos años antes, por una aristócrata asturiana, doña Luz Rodríguez Casanova.

Don Josemaría se instaló en una residencia para sacerdotes fundada también por las Damas Apostólicas, en la calle de Larra. Era uno de los más jóvenes entre los diez o doce sacerdotes que vivían allí, lo cual hizo que tuviera que acompañar a veces a los mayores y hacerles pequeños favores. Desayunaba en la residencia, pero el resto del día lo pasaba fuera, absorbido por una serie de ocupaciones que no le dejaban un minuto de descanso.

Una actividad incansable

Pronto, en efecto, se echó sobre sus hombros una serie de responsabilidades que iban más allá de la misión concreta que se le había asignado en el Patronato: celebrar la Santa Misa, llevar la Comunión a las religiosas enfermas, presidir la Bendición con el Santísimo Sacramento… Se ocupaba también de los enfermos, charlaba con ellos, les animaba, se esforzaba por avivar su fe.

Había aprendido mucho de ellos, así como de los pobres que iba a visitar, con muchísima frecuencia, en los suburbios o en barrios abandonados, donde había palpado la miseria: la de los pobres reconocidos como tales y la de los pobres vergonzantes, que ocultaban su necesidad en casas de apariencia burguesa. ¡Qué escuela había sido para él!

La riqueza no siempre está donde se piensa. Estos pobres para el mundo eran, a veces, testimonio viviente del espíritu de las Bienaventuranzas.

Como en Zaragoza, explicaba también el catecismo a las niños de las “escuelas gratuitas” de los arrabales de Madrid, los confesaba y los preparaba para la Primera Comunión.

Al mismo tiempo, preparaba su doctorado en Derecho Civil. Daba también clases de Derecho Romano y de Derecho Canónico en la Academia Cicuéndez -institución privada similar al Instituto Amado de Zaragoza-, con lo cual obtenía unos ingresos suplementarios y, al mismo tiempo, tenía ocasión de hacer apostolado entre los estudiantes.

A finales de 1927, su madre y sus hermanos se instalaron en Madrid, en la calle de Fernando el Católico, no lejos del Patronato de Enfermos, y él había ido a vivir con ellos.

En medio de esta vida de desbordante actividad, la oración seguía ocupando el primer lugar; continuaba repitiendo constantemente: Domine, ut videam! Señor, ¡que vea!

Había vislumbrado, a veces, algunos destellos en medio de aquella persistente penumbra, pero no constituían por sí solos la esperada respuesta…

El 2 de octubre de 1928

¿Por qué se había hecho la luz precisamente en estos días de retiro, en un momento de su vida en el que todo parecía encajar o, al menos, ordenarse de manera más estable? ¿Por qué ahora y no antes o después? ¿Por qué en estas jornadas de relativa paz y no en momentos de tensión?

Es incapaz de dar una respuesta. Dios sabe más. La Providencia divina, a través de los acontecimientos más insignificantes, incluso más desconcertantes, se abre camino en el corazón de los hombres para llevarles como Él quiere, a ese ritmo, ni lenta ni rápido, que es el Suyo y que él se esforzará en mantener fielmente en adelante, pues ha visto claramente que ha sido llamado a caminar al paso de Dios.

“Ecce ego, quia vocasti me!”

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Tuy, febrero de 1945

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

-Sor Lucia: con todo lo que hablan de usted y de mí, ¡si encima nos vamos al infierno!

-Verdaderamente, tiene usted razón.

La vidente de Fátima se ha quedado un momento pensativa, antes de pronunciar estas palabras. Al Fundador del Opus Dei, por su parte, le ha sorprendido gratamente esta prueba de humildad de Sor Lucia, que se ha visto reforzada por una ligera alteración de la voz.

Después de las apariciones de la Santísima Virgen a tres pastorcitos, que han atraído y siguen atrayendo multitudes a Fátima, la única superviviente de los tres videntes se ha convertido en hermana lega de una Congregación religiosa y se esfuerza por permanecer en el anonimato. Mons. José López Ortiz, Obispo de la diócesis gallega de Tuy, donde reside Sor Lucia en esas fechas, ha querido hacer una excepción a favor de don Josemaría, íntimo amigo suyo, y le ofrece tener una entrevista, aprovechando una visita de la religiosa al obispado. Don Josemaría acepta.

Durante la conversación que mantienen ambos, Sor Lucia dos Santos expresa al Fundador del Opus Dei su deseo de que comience la labor de la Obra en Portugal. Don Josemaría, que ya había pensado en empezar, pero no de un modo inmediato, le pide que contribuya, con sus oraciones, a preparar el camino para que esta empresa sobrenatural tenga éxito: Siempre que la veo -dirá años más tarde- le recuerdo que tiene una buena parte en el comienzo de la Obra en Portugal.

En Portugal

A causa de la guerra, hay grandes dificultades para pasar de España a Portugal y quedarse allí algún tiempo, como desea el Padre. Sin embargo, unos días más tarde, gracias a una eficaz gestión de Sor Lucia todo se ha arreglado, y don Josemaría tiene la dicha de orar en la “capelinha” de Fátima y de poner bajo la protección de la Santísima Virgen la primera expansión apostólica de la Obra fuera de España.

En este viaje, además de Álvaro del Portillo -que acompañaba al Padre-, se unen el Obispo de Tuy y su secretario D. Eliodoro Gil. Don Josemaría se entrevista con el Obispo de Oporto, con el de Leiría -diócesis donde se encuentra el Santuario de Fátima- y con el Cardenal Patriarca de Lisboa, Mons. Gonsalves Cerejeira, el cual queda gratamente sorprendido por las perspectivas apostólicas que abre el espíritu del Opus Dei. Aconseja al Fundador que inicie la labor en Portugal por Coimbra, ciudad universitaria en la que él mismo ha sido profesor, y don Josemaría se traslada allí, donde se entrevista con el obispo de la diócesis.

A comienzos de 1945, el mundo sigue todavía en guerra y la Iglesia empieza a ser perseguida en los países del Este. Confiando en el arma poderosa que es el Rosario para combatir contra los enemigos de la fe, el Padre fecha en Fátima el prólogo a la cuarta edición de su Santo Rosario. En él alude a esa seria amenaza: “Saeta que hiere es la lengua de ellos”, dice Jeremías (IX, 8). Ojalá sepas y quieras tú -añade don Josemaría- curar esas heridas con esta admirable devoción mariana y con tu caridad vigilante.

Esta edición va firmada con el nombre de Josemaría Escrivá de Balaguer. Ha adoptado este apellido para distinguir a su familia de los Escrivá de Romaní, oriundos de la región valenciana y muy conocidos en España, lo cual podía dar lugar a confusiones. Ya en aquel viaje de incógnito que había hecho en 1941 a Barcelona había recurrido a ese apelativo, recordando la ciudad de donde era oriunda su familia paterna.

El antiguo sueño que don Josemaría simbolizaba en los años treinta, ante el asombro de sus hijos, dibujando una cruz griega terminada en flechas dirigidas a los cuatro puntos cardinales, va a realizarse enseguida, tan pronto como termine la segunda guerra mundial.

Así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas.

El “nihil obstat” de la Santa Sede

Con todo, ¡cuánto camino recorrido ya desde ese 11 de octubre de 1943 en el que Pío XII había firmado la appositio manuum de la Santa Sede! En esa fecha la Iglesia celebra la festividad de la Maternidad de María, lo cual era para el Fundador una prueba manifiesta de la intercesión de la Señora.

El 8 de diciembre de ese mismo año, festividad de la Inmaculada Concepción, el obispo de Madrid había dado ejecución, en su diócesis, a la decisión pontificia. La oración de todos, unidos al Padre, y los sacrificios ofrecidos día tras día por esa intención habían hecho posible obtener esa primera aprobación de la Iglesia. Entre ellos, el de Isidoro, que había ofrecido sus sufrimientos y su misma vida, entregada a Dios santamente el 15 de julio, a las cinco y media de la tarde. “¡Qué suerte tengo de estar enfermo precisamente ahora -había dicho poco antes de morir-, tener algo que ofrecer, esta enfermedad, cuando están pendientes asuntos tan importantes!”.

El Padre, al enterarse de que acababa de fallecer, había interrumpido un retiro, que estaba predicando a un grupo de mujeres de la Obra, y se había trasladado a la clínica para rezar junto al cuerpo del que había sido su primer hijo fiel, el primero que había perseverado sin dudar un solo instante de su vocación a partir de aquella conversación que tuvo el año 30 con el Fundador en el Patronato de Enfermos.

Prosigue la expansión en España

Apoyado firmemente en la oración y la penitencia, prosigue la labor apostólica en distintas ciudades españolas: Valencia, Valladolid, Zaragoza…

El Padre multiplica sus viajes, a pesar de las dificultades y de lo que quebrantan su salud -muy delicada- esos largos recorridos en automóvil, con visitas y charlas incesantes desde que llega a un sitio hasta que regresa a Madrid.

En Barcelona, la labor de la Obra empieza a ser mejor apreciada. El 26 de mayo de 1943, el Maestro de Ceremonias de la Catedral había bendecido el oratorio del Centro de la calle de Balmes, conocido desde los comienzos con el nombre de El Palau.

En julio, en Madrid, el propietario de la casa de la calle de Jenner había expresado su deseo de recuperar la vivienda, por lo que la residencia se había trasladado, poco después, a dos hotelitos situados en la Avenida de la Moncloa, cerca de la Ciudad Universitaria. Entre los dos, tenían capacidad para unos cien estudiantes.

La Moncloa será el nombre de la primera residencia de estudiantes de grandes dimensiones, sin perder por eso el ambiente de hogar que el Padre quiso darles desde el primer momento. Allí se vive una vida en familia, donde se aprende a convivir, a comprender, a querer a los demás, siempre con alegría y buen humor, rasgos característicos del espíritu de la Obra. No hay, por otra parte, limitaciones de tipo confesional, pues la residencia está abierta a todos, incluso a los no católicos. A los miembros de la Obra les brinda grandes posibilidades apostólicas, facilitándoles el trato personal, ese apostolado de amistad y confidencia tan propio de su espíritu. Además, la residencia ofrece a otras muchas personas un lugar de encuentro, donde palpan la fraternidad cristiana y tienen oportunidad de formarse mejor. Muchos estudiantes -unos residentes y otros que no viven allí, pero participan de los medios de formación que se ofrecen- recibirán la llamada a la santidad en su propio estado, sin salirse del mundo, en aquella residencia. Algunos, también, gracias al ambiente de La Moncloa, descubrirán una vocación de otra naturaleza -sacerdotal o religiosa- porque, al levantar la temperatura espiritual, cada alma muestra lo que da de sí y descubre su propio camino.

Los estudiantes que pasan por allí, cuando se encuentren más tarde en todas las encrucijadas del mundo, sabrán que deben santificarse allí donde estén y santificar sus tareas con su conducta cristiana, hayan recibido o no la vocación específica al Opus Dei. Tanto más en cuanto que la espiritualidad que han asimilado es esencialmente secular, apta para ser vivida por todos y cada uno en su propio ambiente: siendo estudiantes, en la Universidad, y luego en la vida familiar, profesional y social.

Al comenzar el curso escolar 1945-46, la expansión prosigue en España. En octubre, algunos miembros de la Obra se instalan en Sevilla para continuar sus estudios o ejercer su profesión, desarrollando, al mismo tiempo, una intensa labor apostólica.

Un apostolado fecundo

La Sección de mujeres, por su parte, también se había desarrollado lo suficiente como para que algunas, a petición del Padre, se hicieran cargo de la Administración de La Moncloa en sus aspectos materiales: conservación, decoración, restauración, alimentación, limpieza… Aunque trabajan en una zona totalmente independiente, separada del resto, proporcionan a la residencia ese ambiente de hogar que en la de la calle de Jenner habían sabido crear la madre y la hermana de don Josemaría. Habían tenido que contratar, para que las ayudasen, a algunas empleadas del servicio doméstico, pero el Padre, en este punto, también preveía el futuro: había pedido a sus hijas que extendiesen su apostolado a personas que, como aquellas empleadas, tuviesen como trabajo profesional el ayudar a las amas de casa en sus tareas domésticas. Ese trabajo debía considerarse, en efecto, como una auténtica profesión, susceptible, como cualquier otra, de santificar a quienes la ejercen y de ser santificada. No era -pensaba el Padre- una tarea útil pero servil o secundaria, como tantas personas -incluso buenas cristianas- atribuían a la labor de quienes llamaban “criadas”. Para él la dignidad de un trabajo no estaba en función de su prestigio social, sino del amor que se pusiera al realizarlo. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso.

El Padre no dudaba en absoluto de que surgirían muchas vocaciones entre las empleadas de hogar.

La ordenación de los primeros sacerdotes

Con el desarrollo de los apostolados y la constante afluencia de vocaciones, la necesidad de contar con sacerdotes formados en el espíritu del Opus Dei se hacía cada vez más urgente.

La llegada de las correspondientes autorizaciones -diocesana y pontificia- había permitido a don Josemaría activar la ordenación de los tres miembros de la Obra que venían preparándose desde hacía años.

El 25 de junio de 1944, el Padre había celebrado la Santa Misa en el oratorio de Diego de León, ayudado por José María Albareda. Aunque estaba solo, había permanecido intensamente unido a la misa de ordenación que celebraban a la misma hora sus tres hijos -Álvaro del Portillo, José María Hernández de Garnica y José Luis Múzquiz- en la capilla del Palacio Episcopal. El Padre no había querido asistir a la ceremonia, para no convertirse en el polo de atracción de los asistentes, que, sin duda, hubiesen querido felicitarle… Pero no era él, sino Dios el que había promovido la Obra; sólo a Él le correspondía ser el centro de aquella ceremonia…

Unas semanas antes -el 20 de mayo- había contemplado, desde un rincón de la capilla, la administración de la tonsura, de manos de Mons. Eijo y Garay, que también les había ordenado. Una forunculosis aguda, sin embargo, le había impedido asistir cuando les fueron conferidas las cuatro órdenes menores.

Aquel 25 de junio, tras la ceremonia de la ordenación, había tenido una reunión de familia con sus hijos, con asistencia del obispo de Madrid. Al final, el Padre, en el oratorio, había pronunciado unas palabras:

Cuando pasen los años… y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué hacía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo.

Aquellos tres primeros sacerdotes eran, sin duda, fruto de su oración, prolongada años y años. Con todo, no sin largas vacilaciones se había resignado a que se ordenaran precisamente esos tres hijos suyos, que eran de los primeros y de los cuales se podían esperar muchos frutos apostólicos en su trabajo profesional. No obstante, su tristeza se tornaba en gozo al pensar en el inmenso bien que harían estos sacerdotes, y los que vendrían después, trabajando codo a codo con sus hermanos seglares; aunque serían siempre una ínfima minoría en proporción con éstos.

La ordenación de estos tres ingenieros no había pasado inadvertida. Los periódicos de Madrid habían señalado la presencia en la ceremonia de un representante del Nuncio de Su Santidad en España, de numerosas personalidades eclesiásticas y de muchos profesores y alumnos de las facultades y escuelas especiales donde los nuevos sacerdotes habían cursado sus estudios. El acontecimiento había suscitado gran interés, pero también ciertos comentarios acerbos de algunos eclesiásticos, quienes, callando que los nuevos presbíteros habían hecho sus estudios durante varios años dirigidos por excelentes profesores, ponían en duda -como había previsto don Josemaría- la seriedad de su formación.

Había otras críticas que le divertían más, como la de quienes decían que, ahora, iba a matarles a trabajar… Ciertamente, no faltaba trabajo, y menos para estos sacerdotes que venían como llovidos del cielo. La Obra les había puesto inmediatamente a trabajar en su ministerio y las almas habían recibido aquella labor como la tierra las primeras lluvias de otoño. Además de la administración de los sacramentos, ¡qué ayuda para el Padre en la predicación y en la dirección de las almas! Y no sólo de las de sus hijas e hijos, sino también de otras muchas personas que se acercaban a la Obra.

Porque el Fundador continuaba respondiendo incansablemente, a pesar de su quebrantada salud, a las peticiones que le llegaban de todas partes. Durante un curso de retiro que había dirigido a los agustinos del Monasterio de El Escorial, del 3 al 11 de octubre de 1944, había experimentado un violento ataque de fiebre a causa de un ántrax en el cuello. El médico que había consultado, al observar otros síntomas concomitantes, había pensado en la diabetes. El Padre, a pesar de la fiebre, había continuado predicando, pero los análisis que posteriormente le hicieron confirmaron el diagnóstico: tenía diabetes. A partir de ese momento, había tenido que inyectarse insulina a diario, en dosis crecientes.

Ahora, los tres nuevos sacerdotes le ayudan en su tarea, viajando a distintas ciudades españolas y asistiendo a sus hijas en la dirección de la Sección de mujeres y en su formación específica. Éstas, en noviembre de 1944, se habían instalado en Los Rosales, una vieja casona con un amplio jardín, situada en Villaviciosa de Odón, cerca de Madrid.

Viajes, predicación…

A lo largo de 1945, antes de ir a Portugal, la Obra sigue extendiéndose por diversas regiones españolas.

El 27 de marzo el Padre viaja a Andalucía para visitar a sus hijos que están en Sevilla y ver las posibilidades de instalarse en Granada. En ambas ciudades, visita diversas casas con jardín que podrían ser aptas para convertirse en residencias de estudiantes.

Cuando regresa a Madrid, tras entrevistarse con varios obispos del sur y sureste de la península, ha recorrido cerca de dos mil quinientos kilómetros en nueve días.

Un mes más tarde, Pedro Casciaro, con otros tres miembros de la Obra, se instala en Bilbao con idea de abrir cuanto antes una residencia.

El Padre, por su parte, dedica cada vez más tiempo a la formación de los miembros de la Obra, sin dejar por eso su acción apostólica directa en todos los ambientes.

Con frecuencia, hombres de Iglesia y representantes de diversas asociaciones religiosas le piden que dirija ejercicios espirituales. Don Josemaría acepta siempre que puede, pensando en el bien que puede derivarse para las almas y para la sociedad. Muchas personalidades, algunas de ellas muy conocidas, se benefician así de la predicación del Fundador del Opus Dei, aunque, para él, la posición social o la altura intelectual de quienes le escuchan es lo de menos. Su mensaje es el mismo para todos: que busquen la santificación allí donde estén, sea en un lugar modesto o en los puestos más altos del Estado. Que procuren con todas sus fuerzas santificar su trabajo, sus ocupaciones ordinarias, para que su tarea sea agradable a Dios y útil a los hombres; y que procuren también santificar a los demás con su trabajo, buscando en la vida profesional ocasión para ayudarles a encontrar el sentido último a la vida.

Que nadie piense, en ningún caso, que es preciso apartarse del mundo para ser piadoso, o llevar una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

Unidad de vida, responsabilidad frente a los demás, conversión a Dios de las almas y de toda la sociedad: un lenguaje que va dirigido a todos los hombres que viven inmersos en las actividades terrenales y no sólo a los miembros del Opus Dei, quienes lo único que hacen es responder de una manera específica, “vocacional”, a esa llamada universal a la santidad, encontrando en la Obra estímulo y apoyo.

Durante la Cuaresma del año 1945, el Padre ha sido invitado a dar uno de los retiros espirituales organizados en una iglesia céntrica de Madrid por un grupo de profesores universitarios. Los demás predicadores son conocidos jesuitas y dominicos.

Lleva adelante todas estas actividades a pesar de que su diabetes es ya crónica; ha engordado mucho, se fatiga enseguida, le duele la cabeza y sufre de sed frecuente.

Durante los meses de verano, pasa algunos días cerca de Segovia, en Molinoviejo, una finca alquilada que es una esmeralda en la mano morena de Castilla. Allí, un tanto amontonados, se suceden los grupos de miembros de la Obra que van a descansar un poco y, al mismo tiempo, a continuar en cursos especiales una formación intensiva que son como un alto para tomar impulso y lanzarse de nuevo a una labor apostólica más ágil y viva.

En septiembre, el Padre realiza un nuevo viaje a Portugal, el tercero, para preparar el comienzo de la labor apostólica. A su regreso, pasa por Santiago de Compostela, donde viven ya algunos hijos suyos, y. pasando por Oviedo, llega a Bilbao. Aquí, gracias a la ayuda de algunas familias amigas, entre ellas la de un aristócrata que don Josemaría había conocido durante la guerra civil en Burgos, los miembros de la Obra han encontrado una casa apta para residencia de estudiantes, la cual ya han comenzado a instalar. Como siempre, el objetivo es que esa actividad de formación, que repercutirá favorablemente en toda la región, sirva de complemento al apostolado personal que todos ejercen en su ambiente profesional y social. La residencia se llamará Abando.

Unos meses más tarde, en febrero de 1946, un miembro de la Obra se instala en Coimbra. Pronto seguirán otros.

De esta manera, con toda naturalidad, gracias al impulso del Fundador, la expansión del Opus Dei prosigue en España y se inicia fuera de sus fronteras.

Viendo lo que ha llegado a ser esta Obra de Dios nacida el 2 de octubre de 1928, repite ante sus hijos los versos de una vieja canción de su tierra:

Capullico, capullico,

ya te estás volviendo rosa:

ya se está acercando el tiempo

de decirte alguna cosa.

Soñad, y os quedaréis cortos, decía a los que le rodeaban en 1942.

Para el Fundador, aquello era sólo el principio. Porque para ser fiel a la misión recibida, tendrá que impulsar mucho más todavía la expansión de la Obra, acelerar el curso de los acontecimientos…

La llamada de África

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante los años que median entre 1955 y 1960, el Fundador del Opus Dei cruza varias veces las carreteras de Europa, llevado por la exigencia de su misión.

Está, siempre que puede, allí donde han llegado sus hijas e hijos, para reafirmar su fe. Para dejar, detrás de sus pasos, la estela inconfundible de esperanza y de caridad. Apoyada en este aliento, la Obra se abrirá camino en poco tiempo. Un camino que agranda sus riberas en la medida en que los hombres responden a este mensaje de paz que lleva consigo.

En 1956, y durante los meses de junio y julio, encontramos al Padre en Francia, Alemania y Suiza. 1957 le empuja nuevamente a Suiza, Bélgica, Francia, Holanda, Luxemburgo y Alemania. Desde mayo a septiembre, durante cincuenta y seis días, viajará sin descanso. Al siguiente año, 1958, se acerca de nuevo a España, Inglaterra, Francia, Alemania y Suiza. Los años de 1959 y 1960 anotarán en los meses de mayo a noviembre la presencia del Padre en Inglaterra, España, Francia e Irlanda.

Mientras se consolidan los cimientos de Europa, dos miembros del Opus Dei llegan, en enero de 1958, a las tierras africanas.

Han despegado del aeropuerto de Ciampino, en Roma, a las cuatro de la tarde. Salen en un día traspasado de frío, después de recibir la bendición del Padre. Les ha despedido con un largo abrazo. Ahora sobrevuelan a ocho mil metros de altura la distancia que media entre Italia y Kenya.

Y África, esta tierra prometida que ya entrara por los ojos del Padre en un lejano día de 1945 cuando un desplazamiento por Andalucía le llevó hasta los límites de Algeciras, empieza a extender su paisaje. Volcanes, chozas diseminadas y aldeas, tierras altas y verdes, flores de color agresivo y un sol candente forman el trasfondo de Nairobi. Después de nueve horas de vuelo, el avión aterriza en la capital de Kenya.

Los primeros idiomas que oyen son el inglés y el swahili, pero las personas proceden de las más diversas razas y tribus: africanos kikuyos, masai, luo y kambas; árabes, goeses e indios de todas las castas. Nairobi es un pequeño exponente de la confluencia cultural y racial del Viejo Continente, al que se han calculado unos quinientos cincuenta millones de habitantes.

Los miembros del Opus Dei se asoman por primera vez a este inmenso campo de trabajo humano y divino. Ya desde el hotel escriben al Padre. Necesitan hacerle partícipe de su alegría, del espectáculo formidable que es África. Es la primera carta desde Kenya, pero están convencidos, y así se lo dicen, de que será una entre los millares que habrán de escribir los hijos africanos que el Padre tendrá pronto y que vendrán a la Obra, con la gracia de Dios.

Hay una confluencia de afectos entre África y el Fundador del Opus Dei. El soñaba esta labor desde hacía muchos años. Y de Nairobi llegarán las primeras rosas el día de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, en junio de 1975. Amor por amor, es el gesto de Kenya que anticipa su ofrenda a la de cualquier otro país del mundo.

Don Pedro Casciaro acude a Nairobi para iniciar un Centro Universitario. Se entrevista con el delegado Apostólico en África, Monseñor Mojaisky Perreli, quien le habla del problema educacional de Kenya. Los africanos y los numerosos emigrantes asiáticos apenas tienen posibilidades de continuar estudios superiores al acabar la enseñanza secundaria. Se exigen, en el sistema educativo británico, dos años de enseñanza intermedia entre la secundaria y la universitaria. Estos dos años han de cursarse en centros oficialmente reconocidos, que no existen en East África. Los europeos pueden enviar a sus hijos a la metrópoli, pero esta solución resulta prohibitiva, por razones obvias, para la mayoría de los nativos de Kenya. Monseñor Mojaisky ha pensado en el Fundador y ha enviado una larga carta a Roma: le pide que la Obra promueva un Centro que contribuya a resolver el problema: será el futuro Strathmore College.

Los miembros del Opus Dei han ocupado su primera casa el 1 de octubre de 1958. Aquí, don Pedro les da a conocer las premisas establecidas por el Padre para un Centro educativo en Kenya, en el que la Obra asuma la orientación espiritual. Primero: ha de ser interracial. Desde el principio, es preciso desechar la idea de un solo grupo étnico. Porque la Obra ha de intentar que convivan, se traten y se quieran las diversas razas y tribus. En segundo lugar, el College debe estar abierto a los estudiantes no católicos y no cristianos, si esos muchachos cumplen las condiciones de selección que exija el cuerpo académico; en tercer término, hay que aclarar a las autoridades keniatas que no se trata de un colegio misional, sino de un Centro atendido por profesionales seglares, con sus correspondientes grados académicos, y que ejercen libremente su trabajo de docencia. Y, por último, los estudiantes tendrán que pagar una parte de sus gastos, aunque sólo sea una cantidad simbólica, porque los hombres con frecuencia no aprecian ni se toman en serio lo que reciben como limosna, cosa que, además, suele resultar humillante.

En diciembre de 1958 llegarán otros miembros de la Obra para completar el equipo encargado de llevar adelante la creación de Strathmore College. En la agenda de uno de ellos, el Padre ha escrito glosando la frase de San Pablo: Omnia in bonum!(31) … Todo para bien. Es la convicción del Apóstol que se repite a lo largo de los siglos en la Iglesia.

Tres años más tarde, en marzo de 1961, se habrán concluido las primeras edificaciones de Strathmore College. Nace pequeño, con aulas, laboratorios y oficinas provisionales. Pero, desde el principio, se alza sólido y promete ampliaciones. Se ha construido con piedra de Nairobi entre los árboles y las flores del jardín.

Por este College pasarán alumnos procedentes no sólo de Kenya, sino también de Malawi, Nigeria, Uganda, Tanzania, Sudán… y de países de otros continentes, de Europa, Asia y América. Su confesionalidad será también muy variada: católicos, mahometanos, hindúes, ortodoxos, judíos, protestantes… Más de treinta etnias africanas y asiáticas se han dado cita en las aulas de Strathmore. Este acontecimiento producirá un gran impacto en Nairobi, donde es novedad el carácter interracial del College.

John Biggs Davison, miembro del Parlamento keniata, escribirá:

«Viven juntos, trabajan juntos, hacen deporte juntos. Con Strathmore College el Opus Dei ha dado a Kenya una institución de incalculable valor para un país recientemente independiente, necesitado de hombres de dirección, de técnicos y de integridad… ».

En 1960 llegará la Sección de mujeres de la Obra a Kenya. Las primeras emprenden el camino el 12 de junio. En Roma, el Padre les anuncia una labor inmensa y les afirma que África es una tierra maravillosa. Su tarea allí abarcará la formación integral de alumnas de razas y condiciones diversas, que han de acudir a una Escuela Superior de Secretariado: Kianda College iniciará sus actividades en 1961. Después de grandes dificultades, se construye un edificio de cuatro pisos, situado a seis millas del centro de Nairobi, en la carretera de salida hacia Najuru y Kisumu. Constará de una Residencia para cien muchachas. Desde la terraza se podrá ver a un lado Nairobi; al otro, la silueta del Kilimanjaro.

La historia de Kianda College cuenta el prodigio de una convivencia que comparten por igual la hija del Presidente keniata y la del jardinero del College. Un sistema de becas permite que muchachas de la más apartada tribu y de medios económicos exiguos puedan cursar sus estudios y ocupar un puesto de trabajo del que, muchas veces, va a depender la supervivencia de una familia.

Kíanda significa «valle fecundo». Es un nombre apropiado. Porque, además de la ayuda humana, Kíanda ha logrado poner en muchos corazones africanos la verdad trascendente de Cristo y de su Iglesia. Hoy, un buen número de personas del país participan de una gracia incalculable: han recibido de Dios la vocación al Opus Dei en medio de las ocupaciones profesionales, para ayudar a sus hermanos los hombres.

Años más tarde, el Eminentísimo señor Cardenal Maurice Michael Otunga, Arzobispo de Nairobi y Presidente de la Conferencia Episcopal de Kenya, podrá escribir, refiriéndose a Monseñor Escrivá de Balaguer:

«Su espíritu se hizo más joven a medida que fueron pasando los años; una increíble vitalidad de juventud y de alegría, conseguida no fácilmente, sino a lo largo de su vida de lucha heroica, le llevó a estar cada día más cerca de Dios, a ese Dios -como le gustaba repetir con la Iglesia- “que alegra mi juventud” (Ps XLII).

Fe, amor, trabajo, servicio, alegría y juventud son los tesoros cristianos que la vida de Monseñor José mamaria la Escrivá de Balaguer y la Asociación por él fundada pueden redescubrir para el mundo de nuestros días. Monseñor Escrivá de Balaguer pensaba que el alma joven de África podría responder particularmente a esos ideales. El mismo vislumbró un tiempo, como una nueva Pentecostés, en que generaciones de africanos pudieran ir desde África a llevar la alegría y la juventud de la fe católica a otras partes del mundo. Me gusta pensar que la grandeza de su corazón y su pensamiento gigantesco será, pronto, justificado por la Historia»(32).

La aventura de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Aquella frase que don Josemaría oyera en los años de adolescencia sigue repiqueteando en su alma ahora que la misión de Dios está clara y ha de buscar en el mundo gentes que entiendan este mensaje: «Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?… ». El ansia apostólica le impulsa, y sus condiciones humanas facilitan la amistad con muchachos de muy variada procedencia: estudiantes universitarios, obreros, artistas, sanitarios, etc. Durante sus frecuentes visitas a los pobres, en las casas y en los hospitales, encuentra a algunos que han tomado conciencia de la ayuda que es necesario ofrecer; y, otras veces, es don Josemaría quien lleva hasta los lugares donde se consuman el dolor y la soledad de los pobres a estos jóvenes que se aproximan a su apostolado.

Testigos presenciales de aquellos años, como José Manuel Doménech, Jenaro Lázaro y otros, han dejado constancia de la impresión que les causaba este sacerdote durante tantas jornadas al servicio y amor al prójimo. Jamás intenta desgajarles de sus actividades habituales hacia una caridad mal entendida y sentimental que les aparte de su diaria obligación; por el contrario, les anima a emplearse a fondo en su tarea profesional, en el estudio y en el trabajo. Tiene la seguridad de que el único modo de remediar los daños del mundo es una auténtica renovación interior, una donación constante a Dios y a la sociedad a través del perfecto cumplimiento de sus deberes de estado. Y si alguno se siente impulsado a la aventura de seguir más de cerca a Cristo, le habla serena y apasionadamente de los horizontes apostólicos y de los divinos caminos de la tierra que Dios quiere abrir con el concurso de sus vidas.

Y allí, en contacto con la miseria y el abandono, comprenden la necesidad de entregarse a fondo, de poner la Cruz de modo personal, responsable y auténtico, en la cumbre de las actividades humanas, en lo más alto de su entrega y de su sacrificio. Sólo así la vida se convierte en un acto de servicio a los demás.

Ellos verán, en este joven sacerdote, un instrumento fiel movido por las manos de Dios para abrir caminos de santidad en medio del mundo. Les explica que el Opus Dei va a ser como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»(8), inundando todo tipo de profesiones, personas y niveles sociales. No les pasa inadvertido su espíritu de oración, su modo de rezar, de adorar a Dios en la Eucaristía. Compartir con don Josemaría esta época llenará su experiencia de recuerdos profundos y entrañables; será, sin duda, una especial gracia de Dios para todos ellos.

Hay un grupo que le acompaña siempre en sus actividades apostólicas. En el Hospital General(9) frecuentan las salas atestadas de enfermos: son habitaciones comunes, con dos hileras de camas separadas por una mesita de noche, y a veces solamente por una silla. En el centro de la sala también se instalan más camas. Charlan con los enfermos, les lavan, les cortan las uñas, les peinan. Y, sobre todo, les dicen unas palabras de cariño, les hacen compañía. En ocasiones, les llevan algo divertido para leer, o un paquete de contenido apetitoso, de lo que no acostumbran a disfrutar habitualmente. Y lo compran con los escasos recursos que salen del bolsillo de este grupo amistoso.

A todos, a los muchachos y a los enfermos, les pide don Josemaría, de continuo, su oración y su sacrificio por algo de Dios que tiene que salir adelante. Y les confirma en la seguridad de que, si ellos lo piden, el Cielo no podrá negarse.

«No olvidéis que los enfermos son muy gratos a Dios, que su oración es escuchada y sube a la presencia del Señor»(10).

Una vez que el Señor le ha hecho ver la misión de la Obra en el mundo, tiene tal convencimiento de que «el cielo está empeñado en que se realice»(11), que no cesa de pedir y mendigar esta constante plegaria a todos cuantos tienen la buena voluntad de dirigirse a Dios cada día.

En una calle determinada de Madrid, se cruza a menudo con otro sacerdote, muy joven… Un día el Fundador le para, aunque no le conoce, y le pregunta:

-«¿Va usted a celebrar Misa?» -”Sí”

-«¿Podría usted rezar por una intención mía?»

El otro se le queda mirando, como asombrado, y le contesta:

-«Sí, con mucho gusto»(12).

Con el pasar del tiempo, llegaron a ser muy amigos. Este sacerdote era don Casimiro Morcillo, futuro Arzobispo de la diócesis de Madrid.

En el Hospital de la Princesa trabaja el profesor Blanc Fortacín, Catedrático de la Facultad y conocida personalidad médica en el mundo madrileño. Un día habla de don Josemaría a sus ayudantes como «un gran sacerdote, pariente y paisano mío». Y en otra ocasión les dirá que pertenecía a, «una familia de mucho abolengo» y que «había sufrido un importante quebranto económico » (13).

Un médico de este Centro, el doctor Canales Maeso, recuerda sus primeros contactos con don Josemaría en el año de 1932: «Me llamó profundamente la atención desde el primer momento que conocí al Padre, su elegancia natural, su esmerado trato social, su presencia agradable y su gran simpatía (…).

Desde el día en que me presentaron al Padre, lo veía con mucha frecuencia por las mañanas en el Hospital, por los años 1933-34. Iba de sala en sala (…) con cariño y una simpatía que encantaba al personal sanitario y a los enfermos. Lo veía a distintas horas de la mañana, por lo que deduzco que debía estar tres o cuatro horas»(14)

La encargada de la Farmacia comenta, un día cualquiera, con los médicos:

-«Qué buena persona, qué simpático, tan joven. Es un santo » (15).

Y los practicantes de la sala de enfermedades dermatológicas aprecian el valor y el sacrificio de este hombre de Dios que se acerca a los casos más graves sin arredrarse por las lesiones que presentan algunos pacientes.

Don Josemaría emplea su tiempo generosamente con todos. Desde siempre, para él, un alma es algo precioso ante los ojos de Dios, ya que por cada una ha derramado Cristo su Sangre. Se interesa también por los problemas humanos de los chicos que trata habitualmente, conoce a sus familias, sigue las vicisitudes de su trabajo o de sus estudios. Siente y prodiga auténtica y sincera amistad.

Uno de estos muchachos, comprometido tras los sucesos políticos del levantamiento del 10 de agosto de 1932, ingresa en la cárcel Modelo y queda incomunicado rigurosamente. Dos días más tarde, el oficial de prisiones grita su nombre frente al postigo de la puerta. Se asoma y, a su través, le entrega un sobre. Cuando lo abre, encuentra un Oficio Parvo de Nuestra Señora en el que va escrita la siguiente dedicatoria:

Beata Mater et intacta Virgo, gloriosa Regina Mundi, intercede pro hispanis ad Dominum.”
A José M. Doménech, con todo afecto. Madrid. agosto.932. José Ma Escrivá(16)

El estudiante le había contado en cierta ocasión que conocía y rezaba el Oficio Parvo de la Virgen. Durante los días de prisión, leerá con más devoción que nunca las oraciones tan queridas desde su infancia. Conserva a partir de entonces, como reliquia, este pequeño libro que don Josemaría le hizo llegar, venciendo mil dificultades, hasta aquella celda incomunicada en la cárcel.

No es la primera vez que visita las cárceles, ni será la última. A la hora de la persecución está junto a quien le necesita, sin banderías ni fronteras. Ajeno a las suspicacias desfavorables que pueda acarrearle su actitud. Jamás tiene en cuenta el riesgo personal. En esta ocasión, acude a ver a los estudiantes encarcelados vestido con traje talar. A través de las rejas del locutorio de presos políticos se interesa vivamente por sus necesidades materiales y espirituales. Insiste en que ocupen su tiempo libre en algo útil, que no pierdan la alegría de los que enarbolan la fe del apóstol Pablo: “Omnia in bonum!” Todo es para bien.

Y así, les empuja a convivir leal y sinceramente con todos los presos de signo contrapuesto que ocupan las cárceles en estos momentos.

-«Ahora tenéis ocasión de charlar con ellos, conversando con cada uno, con respeto y cariño» (17).

Mientras tanto, un grupo de chicas visita a otra enferma de 32 años. Es un alma que participa ya del espíritu del Opus Dei; que ofrece a Dios, en esta batalla de amor y de paz, todos los sufrimientos por las intenciones de don Josemaría. A Antonia Sierra no le acompaña familia alguna en el Hospital; se le presentan hemoptisis frecuentes y conoce que no puede vivir mucho tiempo. Recibe con alegría los detalles, los pequeños regalos que le ofrecen fraternalmente aquellas muchachas que llegan hasta su cama. Sabe que los caminos que ella no podrá andar se están abriendo al golpe de pisadas que encuentran su apoyo en el amor y la fe de los enfermos.

Así descubrieron los primeros del Opus Dei las armas con que Dios empieza y termina sus empresas. Y lo vieron, no sólo en el contacto con los pobres, sino también en el ejemplo de su Fundador que apoyaba su fortaleza en la oración y el sacrificio.

«El dolor: ¡aprovéchalo! Aprovecha la inocencia de los niños, el dolor de los enfermos, el candor de las viejitas, y sus suspiros ahogados en la oscuridad de la iglesia… Aprovéchalo todo. Y aprovecha las pequeñas contradicciones que no nos faltan, cuando somos mal entendidos, cuando parece que nos desprecian»(18).

Un espíritu inédito

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el primer momento, don Josemaría se entrega de lleno a la misión que le ha sido confiada. A pesar de la claridad meridiana con que ha visto el camino, comprende que su realización implica un fenómeno teológico inédito dentro de las líneas de espiritualidad existentes, en ese momento, dentro de la Iglesia. Y siente una completa repugnancia interior a crear nada nuevo. No le interesa personalmente ser fundador, porque todas las antiguas fundaciones, lo mismo que las de los siglos más inmediatos, le parecen llenas de actualidad y vida. Se siente pequeño, sin medios, sin condiciones, sin relación alguna que le permita abrir la brecha de este arduo caminar que Dios acaba de pedirle.

Confesará, años más tarde: «El Señor, que juega con las almas como un padre con sus niños pequeños –“ludens coram eo omni tempore, luden in orbe terrarum” (Prov VIII, 30); jugando en todo tiempo, jugando por el orbe de la tierra-, viendo en los comienzos mi resistencia (…) permitió que tuviera la aparente humildad de pensar -sin ningún fundamento- que podía haber en el mundo instituciones que no se diferenciaran de lo que Dios me había pedido. (…) Han pasado unos años, y veo ahora que quizá dejó el Señor que padeciera entonces esa completa repugnancia, para que tenga siempre una prueba externa más de que todo es suyo y nada mío » (17).

En múltiples ocasiones expondrá el mismo argumento:

«No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. Somos apóstoles que “cumplimos un mandato imperativo de Cristo”» (18).

Intentará confirmar repetidamente -con sumisión total a la obediencia- la veracidad, la autenticidad divina del mensaje recibido, permaneciendo en contacto ininterrumpido con la autoridad eclesiástica. Durante algún tiempo, al explicar la llamada universal a la santidad en medio del mundo a otras personas, tendrá que escuchar palabras duras, hostiles. Opiniones que le duelen, pero que nunca consiguen minar su vida interior ni sembrar, en la magnanimidad de su espíritu, la menor duda. De una vez para siempre, decide esperar a que la Iglesia resuelva, sin dar más detalles a los que, sin ningún título, pretenden erigirse en jueces.

Jamás ha sido milagrero. Declarará que le bastan los milagros del Evangelio. Pero, con la misma firmeza, habrá de subrayar ante sus hijos, y ante todas las gentes, la fe y respeto sobrenaturales que exige la Obra de Dios en la tierra:

«En mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran “empresa sobrenatural”, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios.

“La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre” (…). Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho»(19).

Hasta el día de su muerte, no perderá un momento. Irá tras la Voluntad de Dios, en el convencimiento firme de la llamada divina y en busca de las almas que el Señor quiera poner en su camino.

En estos primeros tiempos recibe información sobre nuevas fundaciones aparecidas en Italia y Polonia. Trata de saber si coinciden con lo que Dios le pide. No quiere arrogarse calidad de Fundador si la Providencia ha puesto ya un camino similar en la tierra por medio de otro hombre. Pero pronto se convencerá de que nada se parece a la imagen clara, inconfundible, que le ha sido confiada.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de
vuestras pisadas» (20)

Cuenta ahora veintiséis años. Ha de desarrollar toda la doctrina teológica, ascética y jurídica del Opus Dei. Se encuentra ante una solución de continuidad de siglos: no hay nada semejante. A los ojos humanos todo ello puede parecer una locura, tanto más cuanto que tampoco tiene influencias sociales de ningún tipo.

Esta empresa divina tiene el apoyo de la gracia del Cielo y un alma fiel, sin medios humanos, que ha secundado siempre los deseos de Dios. Arraiga en un hombre que, desde la adolescencia, ha respondido afirmativamente… «Y esa semilla es hoy (…) un
árbol frondoso, de esbelto tronco, que restaura con su sombra a una legión de almas»(21).

26 de junio de 1975

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Durante su estancia en México se reunió con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos de Guadalajara, con los que sostuvo un encuentro largo y animado. Pero el calor era agobiante y acabó extenuado.

Se retiró para descansar. Observó entonces que frente a su cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe. Representaba a la Señora ofreciendo una rosa al indio santo, Juan Diego. La contempló con detenimiento.

—Así quisiera morir, musitó: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…

“El 26 de junio de 1975 —escribía un periodista, de la Real Academia Española— el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio, viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios. Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: ´Ha muerto Mons. Escrivá de Balaguer´. Ni una sílaba más, porque ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarle a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acerca de su salud. El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Castelgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: `Hijas, cosas son éstas para entretener la espera´ ”.

En contra de lo que suponía el académico, había pasado ya la hora del alba cuando Josemaría Escrivá se reunió con un grupo de mujeres del Opus Dei. Aquella mañana había celebrado, en Roma, a las ocho, la Misa votiva de la Virgen. A las nueve y media de la mañana salió hacia Castelgandolfo y durante el camino rezó los misterios gozosos del Rosario. Al entrar en la sala de estar de la casa vio, en uno de los muros, una imagen de la Virgen que le resultaba particularmente entrañable: esa imagen había recogido la última mirada de su madre antes de morir.

Vosotras, por ser cristianas —dijo—, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con ese alma sacerdotal, y con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se sintió indispuesto y se retiró. Regresó a Roma, y poco después, hacia las doce de la mañana, falleció de un paro cardíaco en la habitación donde solía trabajar.

En aquel cuarto estaba una imagen de la Virgen de Guadalupe a la que saludaba con la mirada siempre que entraba en la habitación. Ella se llevó su último saludo de amor. Dios le concedió morir como había pedido: mirando una imagen de la Señora.

El día siguiente, 27 de junio, fue sepultado en la Cripta del entonces oratorio de Santa María de la Paz. En la losa de mármol se colocó, bajo el sello de la Obra, esta inscripción, que era su biografía en dos palabras:

EL PADRE

y abajo, las fechas de su nacimiento: 9.I.1902, y de su muerte: 26.VI.1975.

* * *

El cuerpo de Josemaría Escrivá reposa en la actualidad en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central de la Prelatura del Opus Dei, en Roma, continuamente acompañado por miles de peregrinos que acuden a rezar junto a su tumba. Allí continúa intercediendo ante Dios, y prosigue, desde el Cielo, su siembra de paz.

Tras su fallecimiento la fama de santidad del Fundador del Opus Dei era patente: y las alrededor de 6.000 cartas postulatorias que enviaron a la Santa Sede personas de más de 100 países del mundo demostraban el interés con el que aguardaban amplios sectores de la sociedad eclesial y civil la apertura de la Causa.

Se dirigieron en este mismo sentido al Santo Padre, 69 cardenales, 241 arzobispos, 987 obispos (más de un tercio del episcopado mundial) y 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas.

En 1981 se introdujo su Causa de Canonización y el 9 de abril de 1990 se promulgó el Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios

Un año después, el 7 de julio de 1991, la Santa Sede dio lectura al decreto de un milagro realizado por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá.

Se trató de la curación repentina de Sor Concepción Boullón Rubio, una carmelita de la Caridad de 70 años que residía en el Convento del Escorial, cerca de Madrid. Cuando se encontraba al borde de la muerte como consecuencia de las diversas enfermedades que padecía, una noche de junio de 1976 quedó completamente curada.

El 17 de mayo de 1992 Juan Pablo II beatificó a Josemaría Escrivá en la Plaza de San Pedro, en Roma, ante miles de peregrinos. Diez años más tarde, después de aprobar el 20 de diciembre de 2001 un decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre un nuevo milagro atribuido a su intercesión y de oír a los Cardenales, Arzobispos y Obispos reunidos en el Consistorio el 26 de febrero de 2002, el Santo Padre Juan Pablo II decidió que el Beato Josemaría fuera canonizado el 6 de octubre de 2002, en el año del centenario de su nacimiento.

A partir de ese día, este sacerdote que sólo buscó cumplir con la misión que Dios le había encomendado —difundir el mensaje de la santidad en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo, sembrar la paz entre los hombres—, será venerado en la Iglesia como San Josemaría.

Libros, novedades y páginas web

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En la página oficial de San Josemaría se ofrecen, entre otras, noticias sobre la nueva web del Instituto Histórico del Fundador del Opus Dei y un libro sobre el “santo de lo ordinario”, escrito por el norteamericano John Wauck.

Opus Dei -

Nueva web del Instituto Histórico San Josemaría
El Instituto Histórico San Josemaría Escrivá tiene una nueva página web on line: www.isje.org. El Instituto -erigido por el Prelado del Opus Dei, Mons. Echevarría, en el año 2001- se propone impulsar estudios históricos sobre el Opus Dei y su Fundador.

“Sal, luz y fermento.” La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia
Artículo de Mons. Álvaro del Portillo sobre la nueva evangelización.

San Josemaría, según Josemaría Escrivá
Con el título “Un camino por el mundo” -”Un Cammino Attraverso il Mondo”-, el norteamericano John Wauck ha publicado un libro -por el momento sólo en italiano-, en el que pretende poner al lector en contacto con el fundador del Opus Dei.


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