Abrid la ventana…

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hay una canción italiana que repite el eco de las calles populares. Canción nostálgica y alegre que camina montada en cuerdas de guitarra bajo la tarde… Muchas veces, algún muchacho la ha cantado con el Padre, en las horas quietas de una tertulia en Villa Tevere.

«Aprite le finestre al nuovo sole
é primavera, é primavera… ».

Decía Monseñor Escrivá de Balaguer que le gustaría que, unos minutos antes de morir, se la entonaran con la misma alegría… por el aire festivo y optimista de la letra, que habla del encuentro con el nuevo sol y una nueva primavera. Había llegado a decir al que acababa de recitarla:

«Tú me la cantarás, sin lágrimas»(12).

Jamás ha dado a sus hijos una versión trágica y sombría de la muerte, del juicio de Dios o de los errores cotidianos. Todo lo contrario. El amor, la confianza, se apoyan en la seguridad de ser perdonados. Por eso, en sus últimos años, hablaba continuamente de la misericordia de Dios. No se acoge a su justicia: invoca su misericordia. Esa puerta enorme del Corazón de Cristo por donde entran incluso los más lejanos, si tienen la humildad suficiente para solicitarlo.

El Padre vivirá siempre preparado para salir al encuentro de Dios:

«En esta lucha diaria, hay que tratar de vencer todas las batallas, pues el que pierde la última, ése pierde la guerra. Pero no sabemos cuál va a ser la última pelea, porque nos podemos morir en cualquier momento… No os preocupéis: detrás de la muerte está la Vida y el Amor» (13)

Nadie como él tan afincado en el amor al mundo y a las realidades temporales de los hombres. Tanto, que solía repetir que le parecía difícil que fueran felices en la otra Vida los que no hubieran sido capaces de experimentar la grandeza de ésta, la de ahora que, con su dolor y sus limitaciones, también es un don de Dios. Interpelaba afectuosamente a Teresa de Avila, advirtiéndole que no estaba de acuerdo con unos versos que aparecen en su mística:

«Que muero porque no muero».

El solía decir, basándose en palabras de San Pablo:

«¡Que vivo porque no vivo,
que es Cristo quien vive en mí! » (14)

Hasta el último momento ha quemado la energía que guardaban su alma y su cuerpo en una incesante actividad. Por eso, su insistente despedida pasó oculta, incluso para cuantos convivían muy cerca de él. Hablaba de su marcha con la naturalidad y el afán de quien se sabe llamado a un encuentro muy próximo.

«Tengo ya setenta y tres años. Los voy a cumplir dentro de unos días, y estoy para irme de este mundo… »(15)

La víspera de sus Bodas de Oro sacerdotales, el 27 de marzo de 1975, hizo su oración en voz alta, en el oratorio de Pentecostés en la Sede Central de Roma. Pareció como si, abarcando con una mirada estos cincuenta años de servicio a la Iglesia exclamara con Jesucristo: consummatuna est!; opus consummavi quod dedisti mihi; he terminado la obra que me has encomendado.

Desde hace tiempo, ha dejado este testamento a todas sus hijas e hijos:

«Para nosotros la muerte es Vida. Pero hay que morirse viejos. Morirse joven es antieconómico -añadía en broma-. Cuando lo hayamos dado todo, entonces moriremos. Mientras, a trabajar mucho y muchos años» (16)

Su último tiempo está marcado por un sufrimiento especialmente intenso. Siente sobre sus hombros el peso de la Iglesia, de las claudicaciones de tantos que deberían ser luz y son oscuridad. Permanece absorto, en una oración continua, que sólo interrumpe

su actividad, que también es oración. Desea quemarse en holocausto de la Iglesia y del Papa. Por eso ofrece su vida. Esta vida que aún le bulle en la sangre, este amor que inunda su corazón. Este deseo de otear el horizonte de sus hijos repartidos por el mundo, de asistir a las maravillas que Dios realiza a través de su Obra. Y espera que el Cielo acepte este regalo, último que queda en su reserva de generosidad.

Expresa en voz alta su deseo de conocer a Dios:

«Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras… sino cara a cara».

Y deja entrever el amor que llena su corazón:

«Hay una sed de Dios, un deseo de buscar sus lágrimas, sus palabras, su sonrisa, su rostro… No encuentro mejor modo de decirlo que volviendo a emplear las frases del salmo: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío!… ».

Siempre habla de la muerte con palabras que aculan el temor y dan entrada a la esperanza:

«Si el amor aquí en la tierra da tantas alegrías, ¿cómo será en el Cielo, cuando toda la Grandeza de Dios, toda la Sabiduría de Dios y toda la Hermosura de Dios, toda la vibración, todo el color, ¡toda la armonía!, se vuelque en ese vasito de barro que somos cada uno de nosotros?».

Tiene la esperanza puesta en Dios, pero también en la ayuda de sus hijos. Los necesita santos. Y por lo mismo, enormemente humanos. A todos les ha pedido, desde siempre, la piedad y el afecto.

«Tengo una gran debilidad: y es que os quiero mucho. Pienso que mi Cielo va a consistir en colarme por una puertecita y ponerme en un rincón, mirando y amando a la Trinidad Beatísima. Y desde allí, escondido, ver en el paraíso a mis hijas y a mis hijos muy en alto, muy cerca de Dios» (17).

Otras veces les ha dicho: «No me defraudéis: sed santos de verdad». Y usando una imagen muy castiza, les asegura que tiene la esperanza, con la ayuda de todos, de «saltarse a la torera» el Purgatorio(18)

Solicita de Dios una última gracia: morirse sin dar la lata. Sin que una enfermedad larga obligue a cuidar de él de modo crónico. Alguien le ha oído decir, ya en 1941 que, para «una persona del Opus Dei no existe la muerte repentina; ya que repentina es una cosa que no se espera y nosotros estamos constantemente buscando y esperando a Dios. La muerte repentina es como si el Señor nos sorprendiera por detrás, y, al volvernos, nos encontráramos en sus brazos… »(19).

Hasta los últimos días de junio de 1975, seguirá el ritmo idéntico de sus jornadas. Se levanta muy temprano. Reza su media hora de oración al punto de la mañana. Celebra la Santa Misa y desayuna a las ocho y media de un modo absolutamente frugal: café con leche y un trozo de pan. Su horario de trabajo se extiende de las nueve a la una. Desde las doce, recibe visitas de todo el mundo. Increíblemente, en tan corto espacio de tiempo es capaz de intimar, alentar y llenar de alegría a las personas que acuden a su encuentro: alemanes, mexicanos, españoles, franceses, italianos, africanos… Con la ayuda de un intérprete, cuando el italiano o español no son suficientes, se comunica con todos. Y en muchas ocasiones su gesto, su actitud de acogida universal, es mucho más elocuente que las palabras. Algunos que no comprenden la Obra, salen de la casa de Bruno Buozzi desarmados por la sonrisa y el amor del Padre.

Después de un rápido almuerzo y un rato de tertulia con sus hijos, paladea las Avemarías del Rosario entre las horas de trabajo, que ha iniciado de nuevo a las tres, hasta las siete y media. Antes de terminar la tarde volverá al oratorio para tener media hora de comunicación con Dios en la oración. Después de la cena otro tiempo de trabajo, hasta las nueve y media de la noche. Es el momento de compartir los incidentes de la jornada, las noticias que le llegan de sus hijos, de las tareas apostólicas, y las recogidas a través de la prensa.

Con frecuencia, encuentra unos minutos para pasar a la casa donde viven sus hijas y hablar con ellas, interesarse por su trabajo, por las condiciones en que lo realizan. Va sembrando cariño, confianza. Conoce el nombre, la situación familiar, los pequeños y grandes problemas. Y siempre acude con la pregunta certera, con la frase que hace sentirse, a cada uno, en el primer plano del afecto del Padre.

-«¿Estáis contentas? ¿Estáis alegres?». Y ante la contestación pronta y afirmativa, repite:

-«Entonces, todo va bien. Hemos de estar alegres siempre. ¿Aunque nos abran la cabeza? Sí, Padre, ¡aunque nos abran la cabeza! »(20).

Cuando alguno está enfermo, saca tiempo de su apretado trabajo para charlar con él, animarle, hacer más llevaderas sus molestias. Pide a todos que se esmeren; que cuiden, con el cariño de una madre, a cualquiera que esté pasando un mal momento físico.

Durante estos años sigue el horario de la casa, sin más excepciones que las que le impone su actividad: viajes, visitas, compromisos.

A veces lee, detenidamente, cartas de todos los países, hasta las primeras horas de la madrugada. Le sucede lo mismo que contaba ya en 1948:

«La semana anterior, cuando llegó el correo de España -¡vuestras cartas!- andaba con unas pequeñas molestias, que no me dejaban ver normalmente (…). Tenía el paquete de correspondencia en la mano, y sentía una gran tentación -no de curiosidad, de cariño- por leer todo aquello. Por fin, me dieron las dos de la madrugada hablando con el Señor, después de repasar despacio hasta la última carta: flojo estuve. No sé por qué puse una vez más, pero con más detenimiento, la mirada sobre un mueble de la habitación donde estoy escribiendo: hay allí-cuatro borriquitos, que los Reyes me trajeron de España, trotando… Yo me divierto a ratos, haciéndoles ir para aquí o para allí cambiándolos de dirección pero nunca se me ocurre separarlos: van junticos los cuatro, fraternales, con su carga abundante, inalterables, firmes. Hice mi examen, con remordimiento por el desorden: me dormí sonriendo y diciéndole al Señor en nombre de todos:”ut iumentum

factus sum apud te”!»(21)

No es fácil describir el cariño de la Obra por su Fundador. Un afecto alejado radicalmente de sentimientos apócrifos, que no podrían darse hacia una personalidad tan auténtica, llana y directa; como la de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Portugal: país de promisión

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un pequeño grupo sigue con expectación las evoluciones del avión que aterriza en Pedras Rubras: junto con el Consiliario del Opus Dei en Portugal y algunos miembros de la Obra, está también el Gobernador de Oporto. Se apagan los motores, y el Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden por la escalerilla.

-«Me siento feliz por estar una vez más en Portugal. Mi única pena es no saber hablar portugués»(22).

Durante siete días, Monseñor Escrivá de Balaguer va a presidir múltiples reuniones; conocerá los nuevos Centros abiertos en Lisboa, Coimbra, Oporto. Las tareas que la Obra aborda sin distinción de edades o de posición social. Desde bachilleres a campesinos pasando por sacerdotes, universitarios y matrimonios…

Enxomíl, la Casa de Retiros en los alrededores de Oporto, se llena en convocatorias sucesivas. La gente joven comparece con sus guitarras a punto de fado, y docenas de preguntas. Tal vez porque se saben objeto del futuro, interrogan acerca de la crisis de fe que sacude el mundo:

«Sí, es cierto que es un tiempo de falta de fe, y también es tiempo de mucha fe. Actualmente hay personas -yo conozco alguna-, que jamás habían hecho tantos actos de abandono en la misericordia de Dios, como ahora. Si rezamos todos juntos, si ponemos un poquito de nuestra buena voluntad, el Señor nos dará su gracia y pasará esta noche oscura, esta noche tremenda. Vendrá el alba, la mañana llena de sol. ¡Como estos días de Lisboa, que son una maravilla! » (23).

En Lisboa recibe a más de trescientos sacerdotes:

Se dirige a uno, después de contestar a una pregunta:

-«Me dan unas ganas de besarte las manos… »(24).

Y el Fundador mira el local del Club Xénon, materialmente abarrotado de hombres cuya vida está consagrada al servicio de Jesucristo…

-«Os tengo que decir que, cuando estoy rodeado de sacerdotes, me entusiasmo, me conmuevo, y me doy cuenta de que cada uno de vosotros podría darme doscientas docenas de lecciones, que serían de mucho provecho para mí. Por eso no predico a los sacerdotes: hablo con ellos de lo que ellos quieren… »(25).

Alguien le hace notar que están presentes algunos sacerdotes ya mayores:

-«¡Si viérais mi alegría cuando, en esta correría apostólica, he visto sacerdotes de más de ochenta años, que han pedido la admisión en el Opus Dei! Me acercaba furtivamente a besarles las manos, y les decía: tienes todos estos tesoros que has ido recogiendo, con tu trabajo, en las últimas parroquias de la diócesis, y yo debía estar de rodillas delante de ti. ¡Eres maravilloso! (…).

Aquí no hay nadie viejo. Todos somos jóvenes, todos (…). Somos inconmovibles (…). ¿Qué edad tenemos? Pues no lo sé; pero joven, siempre joven».

-«¡La edad del amor de Dios!», apunta don Álvaro.

-«Del amor de Dios, sí. ¡La edad del amor de Dios! La edad de hacer las cosas por amor. La edad de no dividir, sino de unir (…). La edad de ir detrás de los hermanos en el sacerdocio, que se nos han perdido por descuido de todos… »(26).

La tertulia se prolonga. Quieren preguntar los recién llegados al sacerdocio; otros, con años de experiencia; los de Lisboa y los que proceden desde otros puntos de Portugal… El tiempo pasa muy rápido y alguien se acerca al Padre:

-Padre, es la hora.

-« ¡Nos echan! ¿Me perdonáis? Pero quiero aprovecharme de vosotros, porque os he hablado hace un rato de la maravilla que el Señor ha puesto en vuestras manos. Tengo devoción -y algunos de los que están aquí lo saben- a recibir la bendición de mis hermanos sacerdotes. Así que os doy un sablazo. Me pongo de rodillas y me dais la bendición, por amor de Jesucristo (27).

Todos invocan al Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que descienda sobre el corazón y los trabajos de este sacerdote, Fundador del Opus Dei.

Y Monseñor Escrivá de Balaguer también les bendice. Después, sale deprisa, mientras se pierden en el aire sus últimas palabras.

El amor por el sacerdocio ocupa el alma del Padre desde sus años de Seminario, en Zaragoza. Ahora, a sus hijos portugueses les ha impulsado a vivir una fraternidad sacerdotal constante, una ayuda mutua sin fronteras en el cumplimiento de esta misión, de esta batalla por la santidad. Y les ha pedido, una vez más, a los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, la lealtad y la obediencia incondicional a los Obispos de sus diócesis. Y, por encima de todo, cariño. Amor de unos por otros:

«¡Que nos queramos, que nos queramos mucho! Que amemos también a los religiosos, porque todos somos una sola cosa; y veréis cómo la Iglesia florece y los seminarios se llenan; cómo se salvan las almas y cómo seremos felices todos»(28).

No podía faltar el Padre, no faltó, a una cita con la Virgen de Fátima. El día 2 de noviembre viene hasta el Santuario, una vez más, para poner en sus manos las realidades y esperanzas de la Obra. Hace pocos días les ha dicho:

«Siempre que estoy en Portugal me acerco a Fátima para rezar a la Virgen. A veces vengo exclusivamente a eso, y me escapo sin dejarme ver de nadie.

Tengo mucho cariño a todos los santuarios de la Virgen, y prácticamente se puede decir que he recorrido todos los de Europa. Pero Fátima me encanta de modo especial: por vuestro pueblo, que es de una fidelidad a la Virgen que conmueve»(29).

Llega la hora de partir. El 6 de noviembre tomará el avión que ha de conducirle nuevamente a España. Otras distancias le reclaman, pero no puede evitar, camino de la despedida, decir en una breve confidencia al viento:

-«¡Cuesta marcharse! »(30)

Dejar este país que tiene un corazón inmenso y un sentido formidable de la fraternidad universal.

1. Madrid, 2 de octubre de 1928

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre (…)

Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo,

que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios,

dos de octubre de mil novecientos veintiocho.

J. ESCRIVÁ DE BALAGUER

Muy de mañana, un joven sacerdote de veintiséis años está celebrando la Santa Misa en la Capilla de la planta baja de la Casa de los Misioneros de San Vicente de Paúl, en la madrileña calle de García de Paredes. Es uno de los seis sacerdotes que están haciendo unos ejercicios espirituales, comenzados dos días antes en dicha Casa.

Ese día la Iglesia celebra la fiesta de los Santos Ángeles Custodios, como lo recuerda la liturgia de la Misa: la colecta, la epístola -”Mira que enviaré al ángel mío para que te guíe, y guarde en el viaje, hasta introducirte en el país que te he preparado. Reverénciale y escucha su voz: por ningún caso le menosprecies…” (Ex. XXIII, 20-21)- y también el canto del Aleluya: “Bendecid al Señor todos vosotros, que componéis su milicia, ministros suyos, que hacéis su voluntad” (Ps. CII, 21). Y antes de iniciarse el Canon, el Prefacio:… “Per quem maiestatem tuam laudant angeli: Sanctus, Sanctus, Sanctus…”

Llega el momento supremo de la consagración, en el que se opera el misterio de amor de la Transubstanciación: “Esto es mi Cuerpo… Este es el cáliz de mi Sangre…” Y luego, la invocación a la Santísima Trinidad, por Cristo, con Él y en Él. Después, la Comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo… Finalmente, nueva invocación a los Ángeles, la bendición final y el último Evangelio, el de San Juan: “En el principio existía el Verbo…”

Tras las preces al pie del altar, Josemaría Escrivá -que así se llama ese joven sacerdote- se va despojando de los ornamentos, mientras reza las oraciones acostumbradas. Acto seguido, comienza una larga acción de gracias.

Después de un desayuno frugal, que no interrumpe el silencio y el recogimiento de estos ejercicios cerrados, vuelve a su habitación. Sentado junto a la mesa de trabajo, ajeno a los rumores de la calle, que llegan débilmente, sigue ordenando algunas notas que ha ido tomando durante los últimos meses: resoluciones, propósitos, breves invocaciones, llamadas repetidas, insinuaciones percibidas en la oración, largamente meditadas desde entonces.

No ha hecho más que empezar a releer algunas cuando, de repente, se da cuenta de que todo aquello se ha ordenado por sí solo, iluminado por una luz completamente nueva, como un rompecabezas cuyas piezas se hubiesen colocado en su lugar automáticamente; como un cuadro del que hasta entonces sólo hubiese visto algunos detalles y que ahora contempla en su totalidad…

Visión de una realidad buscada incansablemente, a menudo a tientas, y sólo entrevista, que ahora se impone con clara evidencia al espíritu y al corazón: miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hacia el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales… Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo… Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra.

Miles, millones de almas como un volteo incesante de campanas que repican y cuyas vibraciones suben y suben, y se mezclan, y se amplifican…

Campanas… Precisamente ahora, desde hace unos instantes, llega hasta su cuarto el eco de las campanas de una iglesia cercana. A unos cientos de metros de allí, a vuelo de pájaro, en la glorieta de Cuatro Caminos, las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles voltean en honor de su Santa Patrona.

Benedicite Dominum, omnes angeli eius… (Ps. CII, 20).

Miles, millones de criaturas celestiales, presentan al Señor, por mediación de la Reina de los Ángeles, la ofrenda valiosa de unas vidas vividas totalmente para Él, de cara a El, en Él, entre gozos y lágrimas. Y la humilde prosa de esas vidas ordinarias queda convertida en verso heroico, en grandioso poema de amor divino.

-¡Así que era eso, Señor!

“Gozo, ¡lágrimas de gozo!”

Aquí estoy, Señor, porque me roas llamado… (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Inmensidad de la grandeza y de la misericordia de Dios… gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, gloria a la Santísima Trinidad. Gloria a Santa María, Madre de Dios.

Profunda, intensa, amplia, caudalosa como los ríos que van a dar a la mar, surge una acción de gracias que nunca terminará.

Abrid la ventana…

fundador  Tagged , , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hay una canción italiana que repite el eco de las calles populares. Canción nostálgica y alegre que camina montada en cuerdas de guitarra bajo la tarde… Muchas veces, algún muchacho la ha cantado con el Padre, en las horas quietas de una tertulia en Villa Tevere.

«Aprite le finestre al nuovo sole
é primavera, é primavera… ».

Decía Monseñor Escrivá de Balaguer que le gustaría que, unos minutos antes de morir, se la entonaran con la misma alegría… por el aire festivo y optimista de la letra, que habla del encuentro con el nuevo sol y una nueva primavera. Había llegado a decir al que acababa de recitarla:

«Tú me la cantarás, sin lágrimas»(12).

Jamás ha dado a sus hijos una versión trágica y sombría de la muerte, del juicio de Dios o de los errores cotidianos. Todo lo contrario. El amor, la confianza, se apoyan en la seguridad de ser perdonados. Por eso, en sus últimos años, hablaba continuamente de la misericordia de Dios. No se acoge a su justicia: invoca su misericordia. Esa puerta enorme del Corazón de Cristo por donde entran incluso los más lejanos, si tienen la humildad suficiente para solicitarlo.

El Padre vivirá siempre preparado para salir al encuentro de Dios:

«En esta lucha diaria, hay que tratar de vencer todas las batallas, pues el que pierde la última, ése pierde la guerra. Pero no sabemos cuál va a ser la última pelea, porque nos podemos morir en cualquier momento… No os preocupéis: detrás de la muerte está la Vida y el Amor» (13)

Nadie como él tan afincado en el amor al mundo y a las realidades temporales de los hombres. Tanto, que solía repetir que le parecía difícil que fueran felices en la otra Vida los que no hubieran sido capaces de experimentar la grandeza de ésta, la de ahora que, con su dolor y sus limitaciones, también es un don de Dios. Interpelaba afectuosamente a Teresa de Avila, advirtiéndole que no estaba de acuerdo con unos versos que aparecen en su mística:

«Que muero porque no muero».

El solía decir, basándose en palabras de San Pablo:

«¡Que vivo porque no vivo,
que es Cristo quien vive en mí! » (14)

Hasta el último momento ha quemado la energía que guardaban su alma y su cuerpo en una incesante actividad. Por eso, su insistente despedida pasó oculta, incluso para cuantos convivían muy cerca de él. Hablaba de su marcha con la naturalidad y el afán de quien se sabe llamado a un encuentro muy próximo.

«Tengo ya setenta y tres años. Los voy a cumplir dentro de unos días, y estoy para irme de este mundo… »(15)

La víspera de sus Bodas de Oro sacerdotales, el 27 de marzo de 1975, hizo su oración en voz alta, en el oratorio de Pentecostés en la Sede Central de Roma. Pareció como si, abarcando con una mirada estos cincuenta años de servicio a la Iglesia exclamara con Jesucristo: consummatuna est!; opus consummavi quod dedisti mihi; he terminado la obra que me has encomendado.

Desde hace tiempo, ha dejado este testamento a todas sus hijas e hijos:

«Para nosotros la muerte es Vida. Pero hay que morirse viejos. Morirse joven es antieconómico -añadía en broma-. Cuando lo hayamos dado todo, entonces moriremos. Mientras, a trabajar mucho y muchos años» (16)

Su último tiempo está marcado por un sufrimiento especialmente intenso. Siente sobre sus hombros el peso de la Iglesia, de las claudicaciones de tantos que deberían ser luz y son oscuridad. Permanece absorto, en una oración continua, que sólo irrumpe
su actividad, que también es oración. Desea quemarse en holocausto de la Iglesia y del Papa. Por eso ofrece su vida. Esta vida que aún le bulle en la sangre, este amor que inunda su corazón. Este deseo de otear el horizonte de sus hijos repartidos por el mundo, de asistir a las maravillas que Dios realiza a través de su Obra. Y espera que el Cielo acepte este regalo, último que queda en su reserva de generosidad.

Expresa en voz alta su deseo de conocer a Dios:

«Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras… sino cara a cara».

Y deja entrever el amor que llena su corazón:

«Hay una sed de Dios, un deseo de buscar sus lágrimas, sus palabras, su sonrisa, su rostro… No encuentro mejor modo de decirlo que volviendo a emplear las frases del salmo: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío!… ».

Siempre habla de la muerte con palabras que aculan el temor y dan entrada a la esperanza:

«Si el amor aquí en la tierra da tantas alegrías, ¿cómo será en el Cielo, cuando toda la Grandeza de Dios, toda la Sabiduría de Dios y toda la Hermosura de Dios, toda la vibración, todo el color, ¡toda la armonía!, se vuelque en ese vasito de barro que somos cada uno de nosotros?».

Tiene la esperanza puesta en Dios, pero también en la ayuda de sus hijos. Los necesita santos. Y por lo mismo, enormemente humanos. A todos les ha pedido, desde siempre, la piedad y el afecto.

«Tengo una gran debilidad: y es que os quiero mucho. Pienso que mi Cielo va a consistir en colarme por una puertecita y ponerme en un rincón, mirando y amando a la Trinidad Beatísima. Y desde allí, escondido, ver en el paraíso a mis hijas y a mis hijos muy en alto, muy cerca de Dios» (17).

Otras veces les ha dicho: «No me defraudéis: sed santos de verdad». Y usando una imagen muy castiza, les asegura que tiene la esperanza, con la ayuda de todos, de «saltarse a la torera» el Purgatorio(18)

Solicita de Dios una última gracia: morirse sin dar la lata. Sin que una enfermedad larga obligue a cuidar de él de modo crónico. Alguien le ha oído decir, ya en 1941 que, para «una persona del Opus Dei no existe la muerte repentina; ya que repentina es una cosa que no se espera y nosotros estamos constantemente buscando y esperando a Dios. La muerte repentina es como si el Señor nos sorprendiera por detrás, y, al volvernos, nos encontráramos en sus brazos… »(19).

Hasta los últimos días de junio de 1975, seguirá el ritmo idéntico de sus jornadas. Se levanta muy temprano. Reza su media hora de oración al punto de la mañana. Celebra la Santa Misa y desayuna a las ocho y media de un modo absolutamente frugal: café con leche y un trozo de pan. Su horario de trabajo se extiende de las nueve a la una. Desde las doce, recibe visitas de todo el mundo. Increíblemente, en tan corto espacio de tiempo es capaz de intimar, alentar y llenar de alegría a las personas que acuden a su encuentro: alemanes, mexicanos, españoles, franceses, italianos, africanos… Con la ayuda de un intérprete, cuando el italiano o español no son suficientes, se comunica con todos. Y en muchas ocasiones su gesto, su actitud de acogida universal, es mucho más elocuente que las palabras. Algunos que no comprenden la Obra, salen de la casa de Bruno Buozzi desarmados por la sonrisa y el amor del Padre.

Después de un rápido almuerzo y un rato de tertulia con sus hijos, paladea las Avemarías del Rosario entre las horas de trabajo, que ha iniciado de nuevo a las tres, hasta las siete y media. Antes de terminar la tarde volverá al oratorio para tener media hora de comunicación con Dios en la oración. Después de la cena otro tiempo de trabajo, hasta las nueve y media de la noche. Es el momento de compartir los incidentes de la jornada, las noticias que le llegan de sus hijos, de las tareas apostólicas, y las recogidas a través de la prensa.

Con frecuencia, encuentra unos minutos para pasar a la casa donde viven sus hijas y hablar con ellas, interesarse por su trabajo, por las condiciones en que lo realizan. Va sembrando cariño, confianza. Conoce el nombre, la situación familiar, los pequeños y grandes problemas. Y siempre acude con la pregunta certera, con la frase que hace sentirse, a cada uno, en el primer plano del afecto del Padre.

-«¿Estáis contentas? ¿Estáis alegres?». Y ante la contestación pronta y afirmativa, repite:

-«Entonces, todo va bien. Hemos de estar alegres siempre. ¿Aunque nos abran la cabeza? Sí, Padre, ¡aunque nos abran la cabeza! »(20).

Cuando alguno está enfermo, saca tiempo de su apretado trabajo para charlar con él, animarle, hacer más llevaderas sus molestias. Pide a todos que se esmeren; que cuiden, con el cariño de una madre, a cualquiera que esté pasando un mal momento físico.

Durante estos años sigue el horario de la casa, sin más excepciones que las que le impone su actividad: viajes, visitas, compromisos.

A veces lee, detenidamente, cartas de todos los países, hasta las primeras horas de la madrugada. Le sucede lo mismo que contaba ya en 1948:

«La semana anterior, cuando llegó el correo de España -¡vuestras cartas!- andaba con unas pequeñas molestias, que no me dejaban ver normalmente (…). Tenía el paquete de correspondencia en la mano, y sentía una gran tentación -no de curiosidad, de cariño- por leer todo aquello. Por fin, me dieron las dos de la madrugada hablando con el Señor, después de repasar despacio hasta la última carta: flojo estuve. No sé por qué puse una vez más, pero con más detenimiento, la mirada sobre un mueble de la habitación donde estoy escribiendo: hay allí-cuatro borriquitos, que los Reyes me trajeron de España, trotando… Yo me divierto a ratos, haciéndoles ir para aquí o para allí cambiándolos de dirección pero nunca se me ocurre separarlos: van junticos los cuatro, fraternales, con su carga abundante, inalterables, firmes. Hice mi examen, con remordimiento por el desorden: me dormí sonriendo y diciéndole al Señor en nombre de todos:”ut iumentum

factus sum apud te”!»(21)

No es fácil describir el cariño de la Obra por su Fundador. Un afecto alejado radicalmente de sentimientos apócrifos, que no podrían darse hacia una personalidad tan auténtica, llana y directa; como la de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Portugal: país de promisión

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un pequeño grupo sigue con expectación las evoluciones del avión que aterriza en Pedras Rubras: junto con el Consiliario del Opus Dei en Portugal y algunos miembros de la Obra, está también el Gobernador de Oporto. Se apagan los motores, y el

Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden por la escalerilla.

-«Me siento feliz por estar una vez más en Portugal. Mi única pena es no saber hablar portugués»(22).

Durante siete días, Monseñor Escrivá de Balaguer va a presidir múltiples reuniones; conocerá los nuevos Centros abiertos en Lisboa, Coimbra, Oporto. Las tareas que la Obra aborda sin distinción de edades o de posición social. Desde bachilleres a campesinos pasando por sacerdotes, universitarios y matrimonios…

Enxomíl, la Casa de Retiros en los alrededores de Oporto, se llena en convocatorias sucesivas. La gente joven comparece con sus guitarras a punto de fado, y docenas de preguntas. Tal vez porque se saben objeto del futuro, interrogan acerca de la crisis de fe que sacude el mundo:

«Sí, es cierto que es un tiempo de falta de fe, y también es tiempo de mucha fe. Actualmente hay personas -yo conozco alguna-, que jamás habían hecho tantos actos de abandono en la misericordia de Dios, como ahora. Si rezamos todos juntos, si ponemos un poquito de nuestra buena voluntad, el Señor nos dará su gracia y pasará esta noche oscura, esta noche tremenda. Vendrá el alba, la mañana llena de sol. ¡Como estos días de Lisboa, que son una maravilla! » (23).

En Lisboa recibe a más de trescientos sacerdotes:

Se dirige a uno, después de contestar a una pregunta:

-«Me dan unas ganas de besarte las manos… »(24).

Y el Fundador mira el local del Club Xénon, materialmente abarrotado de hombres cuya vida está consagrada al servicio de Jesucristo…

-«Os tengo que decir que, cuando estoy rodeado de sacerdotes, me entusiasmo, me conmuevo, y me doy cuenta de que cada uno de vosotros podría darme doscientas docenas de lecciones, que serían de mucho provecho para mí. Por eso no predico a los sacerdotes: hablo con ellos de lo que ellos quieren… »(25).

Alguien le hace notar que están presentes algunos sacerdotes ya mayores:

-«¡Si viérais mi alegría cuando, en esta correría apostólica, he visto sacerdotes de más de ochenta años, que han pedido la admisión en el Opus Dei! Me acercaba furtivamente a besarles las manos, y les decía: tienes todos estos tesoros que has ido recogiendo, con tu trabajo, en las últimas parroquias de la diócesis, y yo debía estar de rodillas delante de ti. ¡Eres maravilloso! (…).

Aquí no hay nadie viejo. Todos somos jóvenes, todos (…). Somos inconmovibles (…). ¿Qué edad tenemos? Pues no lo sé; pero joven, siempre joven».

-«¡La edad del amor de Dios!», apunta don Álvaro.

-«Del amor de Dios, sí. ¡La edad del amor de Dios! La edad de hacer las cosas por amor. La edad de no dividir, sino de unir (…). La edad de ir detrás de los hermanos en el sacerdocio, que se nos han perdido por descuido de todos… »(26).

La tertulia se prolonga. Quieren preguntar los recién llegados al sacerdocio; otros, con años de experiencia; los de Lisboa y los que proceden desde otros puntos de Portugal… El tiempo pasa muy rápido y alguien se acerca al Padre:

-Padre, es la hora.

-« ¡Nos echan! ¿Me perdonáis? Pero quiero aprovecharme de vosotros, porque os he hablado hace un rato de la maravilla que el Señor ha puesto en vuestras manos. Tengo devoción -y algunos de los que están aquí lo saben- a recibir la bendición de mis hermanos sacerdotes. Así que os doy un sablazo. Me pongo de rodillas y me dais la bendición, por amor de Jesucristo (27).

Todos invocan al Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que descienda sobre el corazón y los trabajos de este sacerdote, Fundador del Opus Dei.

Y Monseñor Escrivá de Balaguer también les bendice. Después, sale deprisa, mientras se pierden en el aire sus últimas palabras.

El amor por el sacerdocio ocupa el alma del Padre desde sus años de Seminario, en Zaragoza. Ahora, a sus hijos portugueses les ha impulsado a vivir una fraternidad sacerdotal constante, una ayuda mutua sin fronteras en el cumplimiento de esta misión, de esta batalla por la santidad. Y les ha pedido, una vez más, a los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, la lealtad y la obediencia incondicional a los Obispos de sus diócesis. Y, por encima de todo, cariño. Amor de unos por otros:

«¡Que nos queramos, que nos queramos mucho! Que amemos también a los religiosos, porque todos somos una sola cosa; y veréis cómo la Iglesia florece y los seminarios se llenan; cómo se salvan las almas y cómo seremos felices todos»(28).

No podía faltar el Padre, no faltó, a una cita con la Virgen de Fátima. El día 2 de noviembre viene hasta el Santuario, una vez más, para poner en sus manos las realidades y esperanzas de la Obra. Hace pocos días les ha dicho:

«Siempre que estoy en Portugal me acerco a Fátima para rezar a la Virgen. A veces vengo exclusivamente a eso, y me escapo sin dejarme ver de nadie.

Tengo mucho cariño a todos los santuarios de la Virgen, y prácticamente se puede decir que he recorrido todos los de Europa. Pero Fátima me encanta de modo especial: por vuestro pueblo, que es de una fidelidad a la Virgen que conmueve»(29).

Llega la hora de partir. El 6 de noviembre tomará el avión que ha de conducirle nuevamente a España. Otras distancias le reclaman, pero no puede evitar, camino de la despedida, decir en una breve confidencia al viento:

-«¡Cuesta marcharse! »(30)

Dejar este país que tiene un corazón inmenso y un sentido formidable de la fraternidad universal.

Con los ojos de la fe

encuentros de jóvenes católicos  Tagged , , , , , , , No Comments »

A los diez años contrajo una enfermedad que le hizo perder la vista. José Enrique Fernández del Campo, agregado del Opus Dei, nos cuenta su historia.

En la puerta de mi casa.

Cuando tenía diez  años contraje un glaucoma, una enfermedad degenerativa de la vista que entonces tenía muy poco tratamiento. Mis padres pusieron todos los medios y los médicos me hicieron varias intervenciones quirúrgicas, pero dieron muy poco resultado. Aunque se prolongó algo más el proceso y durante un tiempo conservé la vista, acabé perdiéndola del todo.

Al principio me costaba aceptar mi realidad: me estaba quedando ciego. Gracias a Dios, mis padres me ayudaron mucho y se esforzaron para que tuviera una atención adecuada, llevándome a un colegio especial. Hoy esto no resulta necesario, pero entonces no existía la pedagogía adecuada en los centros ordinarios y fue una buena solución.

Aquel colegio fue una sorpresa para mí, porque era muy diferente de cómo me lo esperaba. Los chicos de mi edad, a pesar de sus limitaciones, hacían lo mismo que cualquier chaval de doce años: se subían a los árboles, jugaban al fútbol, etc. Aquello me pareció un paraíso, y el cambio de colegio me vino muy bien.

Allí aprendí a funcionar con autonomía, sin depender de nadie; y desde entonces voy en metro y viajo en tren o en avión cuando es necesario sin que me suponga ningún trastorno grave. Naturalmente algún pequeño accidente sí que tengo de vez en cuando, pero sin mayor importancia: una brecha al tropezarme con un andamio que han puesto en mitad de la acera y cosas así.

Ya sé que esto puede sorprender, pero tengo muchos amigos ciegos y la mayoría no vivimos esta limitación como una tragedia. Cuando una persona se queda ciega, los que la rodean lo consideran algo terrible; pero desde un punto de vista cristiano, sobrenatural, comprendes que el hecho de ver o no ver físicamente no es algo tan decisivo en la vida. Es algo que puedes superar, una situación a lo que te puedes adaptar. La ceguera verdaderamente terrible es la espiritual, que tantas veces nace del pecado. Y no es irremediable: basta con acudir con humildad a la misericordia de Dios, pidiéndole luz y perdón.

Gracias a mi ceguera

Gracias a mi ceguera, incluso he hecho muchos  amigos. A Pedro, uno de mis mejores amigos, lo conocí porque un día me ayudó a cruzar la calle. Pedro estudiaba Matemáticas, dos cursos por detrás. Varios días después nos encontramos de nuevo, empezamos a charlar y nos fuimos a tomar algo. Y así nació una amistad que se ha prolongado durante cuarenta años.

Dando clase en la ONCE.

La primera noticia que tuve del Opus Dei fue cuando estudiaba segundo de Matemáticas en la Universidad. Me acuerdo perfectamente del día y del momento. Luís, que era de mi mismo curso, me invitó a una conferencia en Montalbán, un Colegio Mayor de Madrid. Asistí  por simple interés profesional.

Fue la primera vez que estuve en un centro de la Obra. Le pregunté qué era aquello y me habló del Opus Dei, de su finalidad, de su misión, etc., pero yo tenía mis ideas preconcebidas y no estaba dispuesto a aceptar sus explicaciones, aunque a partir de entonces, empezamos a vernos con más frecuencia en la Facultad y acabamos haciéndonos amigos.

Un día me propuso hacer un curso de retiro y le dije que no podía; lo cierto era que no me interesaba ni mucho ni poco,  porque, aunque había recibido formación cristiana en mi casa, en aquel tiempo no era especialmente fervoroso, y estaba concentrado en la preparación de unas oposiciones para profesor del colegio de ciegos donde había estudiado.

Pasaron los meses. Unos días venía Luís a  estudiar a mi casa y otros días iba yo con él a estudiar a Montalbán. Allí tenían por costumbre, haciendo un alto en el estudio, reunirse  en el oratorio para hacer un rato de oración. Un día Luís me invitó, y acepté.

A veces leían algunos puntos de Camino, un libro que me interesó tanto que acabé consiguiéndome una edición en Braille. Y a partir de entonces empecé a leerlo y a meditarlo, a mi aire, todos los días. Así, casi sin darme cuenta, comencé a hacer oración y a tratar personalmente al Señor.

Iba con más frecuencia a Montalbán. El ambiente me atraía: gente muy alegre y al mismo tiempo muy seria en el estudio. Empezó a interesarme la formación cristiana y asistía  cada semana a un curso de formación cristiana para universitarios, y a las meditaciones espirituales que dirigía el sacerdote.

“¿Por qué no te animas a hacer un retiro?”, me preguntaba Luís de vez en cuando. Yo le daba siempre la misma excusa: “mira, es que tengo que estudiar esto, tengo que preparar lo otro…”. Acababa de iniciarme por aquel entonces profesionalmente en el mundo de la enseñanza; aunque la verdadera razón era que no quería comprometerme demasiado con Dios.

Durante ese tiempo san Josemaría estuvo de paso en  Madrid y  Luís le dijo que tenía un amigo ciego al que procuraba acercar a Dios. San Josemaría le comentó que rezaría por mí para “que viera” con visión sobrenatural.

Poco después, un día de 1967, después de estudiar con Luís, hicimos un rato de lectura, que más bien fue de  oración en mi casa con el libro Santo Rosario. Al terminar, estuvimos charlando del  curso de retiro y decidí acudir. Fue un paso decisivo para mi trato con Dios y para mi vocación al Opus Dei, donde pedí la admisión como agregado un mes después.

Cuando le contaron a San Josemaría que había pedido la admisión comentó que ahora lo que hacía falta es que supiera mirar todas las cosas siempre con los ojos de la fe.

Con San Josemaría

Ese mismo año le conocí, porque estuve en Pamplona,  en la Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. San Josemaría celebró la Misa en el Campus y por la tarde tuvimos un encuentro con él. Yo iba con un amigo mío, ciego también, que no era de la Obra. Le dije a un chico catalán que se ocupaba de la organización de la Asamblea que me gustaría saludar al fundador cuando pasase, si había oportunidad.

Con un amigo, en tandem.

Yo pensaba como mucho, en darle la mano, en decirle unas palabras o algo así… pero cuando le dijo que estábamos allí san Josemaría se acercó hasta nosotros y nos dio un par de besos. Era realmente un Padre. Me emocioné.

Pocos meses después me dieron una carta con el remite de Roma. La abrí y era de San Josemaría. Me escribía para agradecerme personalmente las cartas que le había escrito, tan llenas de cariño –decía- y de visión sobrenatural. Le agradecí mucho aquello, aunque lo consideraba algo como… ¡exagerado!: en mis cartas yo sólo expresaba el cariño normal de un hijo con su padre, diciéndole que rezaba por él. Y no fue la única carta que me escribió; un par de años después recibí otra en la que me decía que me encomendaba todos los días durante la Santa Misa y me pedía que siguiera rezando por él y por sus intenciones. Lo hice, hasta su fallecimiento en 1975. Desde entonces, acudí a su intercesión.

Durante ese tiempo me licencié en Matemáticas y luego estuve un año en Bélgica, estudiando Didáctica. Hasta 1983 trabajé en el colegio de ciegos y en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid.

¿Te das cuenta…?

Desde 1982 a 1985 desempeñé varios cargos diversos representativos y ejecutivos en la O.N.C.E., la Organización Nacional de Ciegos Españoles (O.N.C.E.) con algunas incursiones en el campo del marketing y la publicidad.

Por entonces participé en la vida pública de Madrid, hasta 1987. Luego volví de nuevo a la enseñanza, hasta hace tres años, cuando decidí dedicarme a tareas de asesoramiento e investigación en cuestiones relacionadas con la Didáctica de la Matemática y la Educación de ciegos: mi verdadera vocación profesional, que fue el tema de mi tesis doctoral.

A veces, cuando estoy trabajando, me detengo y me pienso: ¿te das cuenta de que un santo ha estado rezando por ti? Es un don, una responsabilidad, que le agradezco a Dios. Una de las grandes gracias que he recibido en mi vida.

Otra de ellas es la de poder estar junto a Juan Pablo II cuando vino a España en 1982, en el estadio Santiago Bernabéu. Yo era profesor en el colegio de ciegos y les planteé a mis alumnos de bachillerato la posibilidad de acudir. A todos les pareció muy bien. Conseguí unas treinta entradas de segunda fila, en el césped. Les dije a mis alumnos que para prepararse para estar con el Papa, la mejor manera era confesarse y comulgar. Y muchos lo hicieron.

Cuando el Papa terminó su discurso, se acercó a saludar a los enfermos como de costumbre. Vino hasta nosotros y pudimos darle la mano y estar con él.

Estas cosas se te quedan grabadas para siempre. Piensas: he tocado a un santo. Es algo inolvidable, lo mismo que aquel par de besos que nos dio san Josemaría a mi amigo y a mí.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder