TEMA 21. La Eucaristía (3)

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La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa, como fuera de su celebración.

1. La presencia real eucarística

En la celebración de la Eucaristía se hace presente la Persona de Cristo —el Verbo encarnado, que fue crucificado, murió y ha resucitado por la salvación del mundo—, con una modalidad de presencia mistérica, sobrenatural, única. El fundamento de esta doctrina lo encontramos en la misma institución de la Eucaristía, cuando Jesús identificó los dones que ofrecía, con su Cuerpo y con su Sangre («esto es mi Cuerpo … esta es mi Sangre…»), es decir, con su corporeidad inseparablemente unida al Verbo y, por tanto, con su entera Persona.

Ciertamente, Cristo Jesús está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de los fieles (cfr. Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los encarcelados (cfr. Mt 25,31-46), en los sacramentos y especialmente en la persona del ministro sacerdote. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (cfr. Catecismo, 1373).

La singularidad de la presencia eucarística de Cristo está en el hecho de que el Santísimo Sacramento contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios verdadero y Hombre perfecto, el mismo que nació de la Virgen, murió en la Cruz y ahora está sentado en los cielos a la diestra del Padre. «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si los otras presencias non fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (Catecismo, 1374).

El término substancial trata de indicar la consistencia de la presencia personal de Cristo en la Eucaristía: ésta no es simplemente una “figura”, capaz de “significar” y de estimular a la mente a pensar en Cristo, presente en realidad en otro lugar, en el Cielo; ni es un simple “signo”, a través del cual se nos ofrece la “virtud salvadora” —la gracia—, que proviene de Cristo. La Eucaristía es, en cambio, presencia objetiva, del ser-en-sí (la substancia) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, de su entera Humanidad —inseparablemente unida a la Divinidad por la unión hipostática—, aunque velada por las “especies” o apariencias del pan y del vino.

Por tanto, la presencia del verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento «no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios» (Catecismo, 1381). Esto lo expresa muy bien la siguiente estrofa del Adoro te devote: Visus, tactus, gustus, in te fallitur / Sed auditu solo tuto creditur / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc verbo Veritatis verius (Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto / pero basta con el oído para creer con firmeza / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios / nada es más verdadero que esta palabra de verdad).

2. La transubstanciación

La presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía supone una conversión extraordinaria, sobrenatural, única. Tal conversión tiene su fundamento en las mismas palabras del Señor: «Tomad y comed: esto es mi Cuerpo… bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza…» (Mt 26,26-28). En efecto, estas palabras se hacen realidad sólo si el pan y el vino cesan de ser pan y vino y se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, porque es imposible que una misma cosa pueda ser simultáneamente dos seres diversos: pan y Cuerpo de Cristo; vino y Sangre de Cristo.

Sobre este punto el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”» (Catecismo, 1376). Sin embargo permanecen inalteradas las apariencias del pan y del vino, es decir, las “especies eucarísticas”.

Aunque los sentidos capten verdaderamente las apariencias del pan y del vino, la luz de la fe nos da a conocer que lo que realmente se contiene bajo el velo de las especies eucarísticas es la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Gracias a la permanencia de las especies sacramentales del pan, podemos afirmar que el Cuerpo de Cristo —su entera Persona— está realmente presente en el altar, o en el copón, o en el Sagrario.

3. Propiedades de la presencia eucarística

El modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio admirable. Según la fe católica Jesucristo está presente todo entero, con su corporeidad glorificada, bajo cada una de las especies eucarísticas, y todo entero en cada una de las partes resultantes de la división de las especies, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cfr. Catecismo, 1377). Se trata de una modalidad de presencia singular, porque es invisible e intangible, y, además, es permanente, en el sentido de que, una vez realizada la consagración, dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas.

4. El culto a la Eucaristía

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría (es decir, de adoración), al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa (por esto ha indicado que nos arrodillemos o nos inclinemos profundamente ante las especies consagradas), como fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas en el Sagrario (o Tabernáculo), presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión, etc. (cfr. Catecismo, 1378).

Se conserva la Sagrada Eucaristía en el Sagrario:

— principalmente para poder dar la Sagrada Comunión a los enfermos y a otros fieles imposibilitados de participar en la Santa Misa;

— además, para que la Iglesia pueda dar culto de adoración a Dios Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (de modo especial durante Exposición de la Santísima Eucaristía, en la Bendición con el Santísimo; en la Procesión con el Santísimo Sacramento en la Solemnidad de Cuerpo y Sangre de Cristo, etc.);

— y para que los fieles puedan siempre adorar al Señor Sacramentado con frecuentes visitas. En este sentido afirma Juan Pablo II: «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No ahorremos nuestro tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y pronta a reparar las grandes culpas y delitos del mundo. No cese jamás nuestra adoración» ;

Hay dos grandes fiestas (solemnidades) litúrgicas en las que se celebra de modo especial este Sagrado Misterio: el Jueves Santo (se conmemora la institución de la Eucaristía y del Orden Sagrado) y la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (destinada especialmente a la adoración y a la contemplación del Señor en la Eucaristía).

5. La Eucaristía, Banquete Pascual de la Iglesia

5.1. ¿Por qué la Eucaristía es el Banquete Pascual de la Iglesia?

«La Eucaristía es el Banquete Pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua [el paso de este mundo al Padre a través de su pasión, muerte, resurrección y ascensión gloriosa, nos entrega su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida, y nos une con Él y entre nosotros en su sacrificio» (Compendio, 287).

5.2. Celebración de la Eucaristía y Comunión con Cristo

«La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros» (Catecismo, 1382).

La Santa Comunión, ordenada por Cristo («tomad y comed… bebed todos de él…»: Mt 26,26-28; cfr. Mc 14,22-24; Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), forma parte de la estructura fundamental de la celebración de la Eucaristía. Sólo cuando Cristo es recibido por los fieles como alimento de vida eterna alcanza plenitud de sentido su hacerse alimento para los hombres, y se cumple el memorial por Él instituido. Por esto la Iglesia recomienda vivamente la comunión sacramental a todos aquellos que participen en la celebración eucarística y posean las debidas disposiciones para recibir dignamente el Santísimo Sacramento.

5.3. Necesidad de la Sagrada Comunión

Cuando Jesús prometió la Eucaristía afirmó que este alimento no es sólo útil, sino necesario: es una condición de vida para sus discípulos. «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Comer es una necesidad para el hombre. Y, como el alimento natural mantiene al hombre en vida y le da fuerzas para caminar en este mundo, de modo semejante la Eucaristía mantiene en el cristiano la vida en Cristo, recibida con el bautismo, y le da fuerzas para ser fiel al Señor en esta tierra, hasta la llegada a la Casa del Padre. Los Padres de la Iglesia han entendido el pan y el agua que el Ángel ofreció al profeta Elías como tipo de la Eucaristía (cfr. 1 Re 19, 1-8): después de recibir el don, el que estaba agotado recupera su vigor y es capaz de cumplir la misión de Dios.

La Comunión, por tanto, no es un elemento que puede ser añadido arbitrariamente a la vida cristiana; no es necesaria sólo para algunos fieles especialmente comprometidos en la misión de la Iglesia, sino que es una necesidad vital para todos: puede vivir en Cristo y difundir su Evangelio sólo quien se nutre de la vida misma de Cristo.

El deseo de recibir la Santa Comunión debería estar siempre presente en los cristianos, como permanente debe ser la voluntad de alcanzar el fin último de nuestra vida. Este deseo de recibir la Comunión, explícito o al menos implícito, es necesario para alcanzar la salvación.

Además, la recepción de hecho de la Comunión es necesaria, con necesidad de precepto eclesiástico, para todos los cristianos que tienen uso de razón: «La Iglesia obliga a los fieles (…) a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual preparados por el sacramento de la Reconciliación» (Catecismo, 1389). Este precepto eclesiástico no es más que un mínimo, que no siempre será suficiente para desarrollar una auténtica vida cristiana. Por eso la misma Iglesia «recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo, 1389).

5.4. Ministro de la Sagrada Comunión

El ministro ordinario de la Santa Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono. Ministro extraordinario permanente es el acólito. Pueden ser ministros extraordinarios de la comunión otros fieles a los que el Ordinario del lugar haya dado la facultad de distribuir la Eucaristía, cuando se juzgue necesario para la utilidad pastoral de los fieles y no estén presentes un sacerdote, un diácono o un acólito disponibles.

«No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado “por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano”». A propósito de esta norma es oportuno considerar que la Comunión tiene valor de signo sagrado; este signo debe manifestar que la Eucaristía es un don de Dios al hombre; por esto, en condiciones normales, se deberá distinguir, en la distribución de la Eucaristía, entre el ministro que dispensa el Don, ofrecido por el mismo Cristo, y el sujeto que lo acoge con gratitud, en la fe y en el amor.

5.5. Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión

Disposiciones del alma

Para comulgar dignamente es necesario estar en gracia de Dios. «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente —proclama san Pablo—, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues el hombre a sí mismo; y entonces coma del Pan y beba del Cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). Por tanto, nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental (cfr. Catecismo, 1385).

Para comulgar fructuosamente se requiere, además de estar en gracia de Dios, un serio empeño por recibir al Señor con la mayor devoción actual posible: preparación (remota y próxima); recogimiento; actos de amor y de reparación, de adoración, de humildad, de acción de gracias, etc.

Disposiciones del cuerpo

La reverencia interior ante la Sagrada Eucaristía se debe reflejar también en las disposiciones del cuerpo. La Iglesia prescribe el ayuno. Para los fieles de rito latino el ayuno consiste en abstenerse de todo alimento o bebida (excepto el agua o medicinas) una hora antes de comulgar. También se debe procurar la limpieza del cuerpo, el modo de vestir adecuado, los gestos de veneración que manifiestan el respeto y el amor al Señor, presente en el Santísimo Sacramento, etc. (cfr. Catecismo, 1387).

El modo tradicional de recibir la Sagrada Comunión en el rito latino —fruto de la fe, del amor y de la piedad plurisecular de la Iglesia— es de rodillas y en la boca. Los motivos que dieron lugar a esta piadosa y antiquísima costumbre, siguen siendo plenamente válidos. También se puede comulgar de pie y, en algunas diócesis del mundo, está permitido — nunca impuesto— recibir la comunión en la mano.

5.6. Edad y preparación para recibir la primera Comunión

El precepto de la comunión sacramental obliga a partir del uso de razón. Conviene preparar muy bien y no retrasar la Primera Comunión de los niños: «Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios» (Mc 10,14).

Para poder recibir la primera Comunión, se requiere que el niño tenga conocimiento, según su capacidad, de los principales misterios de la fe, y que sepa distinguir el Pan eucarístico del pan común. «Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino».

5.7. Efectos de la Sagrada Comunión

Lo que el alimento produce en el cuerpo para el bien de la vida física, lo produce en el alma la Eucaristía, de un modo infinitamente más sublime, en bien de la vida espiritual. Pero mientras el alimento se convierte en nuestra substancia corporal, al recibir la Sagrada Comunión, somos nosotros los que nos convertimos en Cristo: «No me convertirás tú en ti, como la comida en tu carne, sino que tú te cambiarás en Mí». Mediante la Eucaristía la nueva vida en Cristo, iniciada en el creyente con el bautismo (cfr. Rm 6,3-4; Gal 3,27-28), puede consolidarse y desarrollarse hasta alcanzar su plenitud (cfr. Ef 4,13), permitiendo al cristiano llevar a término el ideal enunciado por san Pablo: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Por tanto, la Eucaristía nos configura con Cristo, nos hace partícipes del ser y de la misión del Hijo, nos identifica con sus intenciones y sentimientos, nos da la fuerza para amar como Cristo nos pide (cfr. Jn 13,34-35), para encender a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo con el fuego del amor divino que Él vino a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49). Todo esto debe manifestarse efectivamente en nuestra vida: «Si hemos sido renovados con la recepción del cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi (2 Co 2,15), el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir».

Dios, por la Sagrada Comunión, acrecienta la gracia y las virtudes, perdona los pecados veniales y la pena temporal, preserva de los pecados mortales y concede perseverancia en el bien: en una palabra, estrecha los lazos de unión con Él (cfr. Catecismo, 1394-1395). Pero la Eucaristía no ha sido instituida para el perdón de los pecados mortales; esto es lo propio del sacramento de la Confesión (cfr. Catecismo, 1395).

La Eucaristía causa la unidad de todos los fieles cristianos en el Señor, es decir, la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Catecismo, 1396).

La Eucaristía es prenda o garantía de la gloria futura, es decir, de la resurrección y de la vida eterna y feliz junto a Dios, Uno y Trino, a los Ángeles y a todos los santos: «Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen María y a todos los santos» (Catecismo, 1419).

Ángel García Ibáñez

¿Cómo explicar la fe católica?

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¿Qué es la Misa? ¿cómo explicar que hay un Dios? ¿por qué existe el mal? ¿por qué el matrimonio es indisoluble? ¿qué dice la Iglesia sobre la honestidad en el trabajo? ¿cuál es el significado del 6º mandamiento?

Varios profesores de Teología han preparado 40 artículos breves que tratan diferentes aspectos de la doctrina católica: los puede encontrar en la sección “Resúmenes de fe cristiana”.

Opus Dei - Conocer bien la fe es la primera condición para poder transmitirla.

Conocer bien la fe es la primera condición para poder transmitirla.

En conjunto, siguen el esquema propuesto por el Catecismo de la Iglesia Católica: la profesión de Fe (temas 1-16), los Sacramentos (temas 17-25), la vida moral cristiana: los mandamientos (temas 26-38), y la oración del creyente (temas 39 y 40).

Con un estilo accesible y riguroso, los autores explicitan de modo sintético las enseñanzas de la Iglesia católica, ofreciendo oportunas referencias a la Sagrada Escritura, los Padres y el Magisterio de la Iglesia.

Opus Dei - Los padres, responsables de explicar la fe a los hijos.

Los padres, responsables de explicar la fe a los hijos.

Además, están presentes las enseñanzas de san Josemaría, que ayudan a acercar las verdades expuestas a la vida cotidiana del lector.

Al final de cada texto se propone una bibliografía fundamental para quien desee profundizar en algún aspecto de cada tema.

Estos escritos invitan a mejorar el conocimiento del cristianismo, proponen una comprensión vital del mismo, y constituyen un material de fácil manejo que estimulan a dar razón de la propia fe.

Las 40 cuestiones tratadas son:
La profesión de Fe
1. La existencia de Dios
2. La Revelación
3. La Fe sobrenatural
4. La naturaleza de Dios y su obrar
5. La Santísima Trinidad
6. La Creación
7. La elevación sobrenatural y el pecado original
8. Jesucristo, Dios y Hombre verdadero
9. La Encarnación
10. La Pasión y Muerte en la Cruz
11. Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo
12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia Católica
13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados
14. Historia de la Iglesia
15. La Iglesia y el Estado
16. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna

Los Sacramentos
17. La Liturgia y los Sacramentos en general
18. El Bautismo y la Confirmación
19. La Eucaristía
20. La Eucaristía (2)
21. La Eucaristía (3)
22. La Penitencia
23. La Penitencia (2)
24. La Unción de los enfermos
24 (2). Orden sagrado
25. El matrimonio

La vida moral cristiana: los mandamientos
26. La libertad, la ley y la conciencia
27. La moralidad de los actos humanos
28. La gracia y las virtudes
29. La persona y la sociedad
30. El pecado personal
31. El Decálogo. El primer mandamiento
32. El segundo y el tercer mandamiento del Decálogo
33. El cuarto mandamiento del Decálogo
34. El quinto mandamiento del Decálogo
35. El sexto mandamiento del Decálogo
36. El séptimo mandamiento del decálogo
37. El octavo mandamiento del Decálogo
38. El noveno y el décimo mandamientos del Decálogo

La oración del creyente
39. La oración
40. Padre nuestro, que estás en el Cielo.

Vivir las fiestas y los domingos con Dios

Prelado  Tagged , , , , No Comments »

En su última visita a España, el Prelado animó a redescubrir “la alegría de asistir a la Misa dominical”. Incluimos en esta sección unas palabras de Mons. Echevarría sobre el modo cristiano de vivir las fiestas (texto extraído de “Eucaristía y vida cristiana”)

Opus Dei -

Pasar el domingo con Dios significa ofrecerle también el tiempo del descanso. Otra paradoja: que nuestra pobre generosidad le brinde consuelo.

Muchas personas tienen tanto quehacer —así piensan, al menos— que no encuentran tiempo para asistir a la Misa dominical. En nuestra época, éste parece el principal obstáculo para pasar con Dios los domingos y las fiestas de la Iglesia.

Descansar supone cambiar de ocupación, de ambiente, de circunstancias relacionales, de esfuerzo. En nuestro caso, significa también cambiar lo poco nuestro con lo mucho de Dios: confiarle nuestras miserias y nuestras pequeñeces, para recibir sus dones —el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Espíritu Santo— causa infinita de alegría y de paz. Ofrecerle nuestro tiempo para recibir su eternidad, que un día nos alcanzará.

Ha escrito Juan Pablo II: «Éste es un día que constituye el centro mismo de la vida cristiana. Si desde el principio de mi Pontificado no me ha cansado de repetir: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”, en esta misma línea quisiera hoy invitar a todos con fuerza a descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir. Él es quien conoce el secreto del tiempo y el secreto de la eternidad, y nos entrega “su día” como un don siempre nuevo de su amor. El descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir, no sólo para vivir en plenitud las exigencias propias de la fe, sino también para dar una respuesta concreta a los anhelos íntimos y auténticos de cada ser humano.

El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida».

Sí, salimos siempre ganando cuando damos al Señor los yugos nuestros y aceptamos el que de Él nos viene. ¡Ojalá cada cristiano fuera consciente de que no puede vivir sin el domingo! Esta expresión, recordaba Benedicto XVI, «nos remite al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales.

Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: “Sine dominico non possumus”; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado.

»Sobre la experiencia de los mártires de Abitina debemos reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI. Ni siquiera para nosotros es fácil vivir como cristianos, aunque no existan esas prohibiciones del emperador. Pero, desde un punto de vista espiritual, el mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa y por un secularismo cerrado a la trascendencia, puede parecer un desierto no menos inhóspito que aquel “inmenso y terrible” (Dt 8, 15) del que nos ha hablado la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio. En ese desierto, Dios acudió con el don del maná en ayuda del pueblo hebreo en dificultad, para hacerle comprender que “no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor” (Dt 8, 3). En el evangelio de hoy, Jesús nos ha explicado para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la nueva alianza mediante el don del maná. Aludiendo a la Eucaristía, ha dicho: “Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 58). El Hijo de Dios, habiéndose hecho carne, podía convertirse en pan, y así ser alimento para su pueblo, para nosotros, que estamos en camino en este mundo hacia la tierra prometida del cielo.

»Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. Por lo demás, no es un camino arbitrario: el camino que Dios nos indica con su palabra va en la dirección inscrita en la esencia misma del hombre. La palabra de Dios y la razón van juntas. Seguir la palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo.

»El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56). ¿Cómo no alegrarse por esa promesa?».

Pasar cristianamente el domingo, con Cristo Señor nuestro, asegura al descanso su dimensión festiva: no se queda en simple reposo de una fatiga física, sino que asume el valor de conmemoración de acontecimientos que se sitúan en la propia vida como origen de la felicidad actual. La creación, la alianza, la liberación de la esclavitud, la ley, la resurrección gloriosa, Pentecostés… ¡Qué larga y amable resulta la serie de maravillas divinas, de las que reavivamos la memoria en el “Día del Señor”! Resuena entonces en el corazón del cristiano su amorosa petición en aquella noche última: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19. Nosotros realizamos un nuevo trueque y le decimos: “No te olvides de mí, Señor, cuando venga mi hora, la hora de mi dolor y de mi tribulación; mi hora de pasar de este mundo a la eternidad, cuando venga el último día, Día tremendo (cfr. Is 13, 6.9; Mal 4, 1; Jl 2, 2; So 1, 15). Acuérdate de mí, Señor, que tantas veces te he recibido en la Sagrada Comunión, que te he acompañado junto al Sagrario, y admíteme en tu reino «para que coma y beba a tu mesa» (Lc 22, 29)”.

Cristo, glorioso en el Santísimo Sacramento, escuchará nuestras plegarias, irá llenando de paz y de alegría nuestros corazones, también en vistas de aquel trance, como llenó de gozo y de serenidad a los Apóstoles el día de su resurrección: «¡La paz con vosotros!» (Jn 20, 19. 21).

El Prelado del Opus Dei anima a los cristianos a ponerse al servicio de los demás

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Celebró la Santa Misa en sufragio por el alma de Monseñor Álvaro del Portillo con motivo del XV aniversario de su fallecimiento.

El Gran Canciller de la Universidad de Navarra, Monseñor Javier Echevarría, celebró el lunes día 23 la Santa Misa en el Polideportivo de la Universidad de Navarra en sufragio por el alma de Monseñor Álvaro del Portillo con motivo del XV aniversario de su fallecimiento.

El Prelado del Opus Dei destacó la calidad humana y espiritual de Monseñor Álvaro del Portillo, de quien dijo que “amó mucho a esta tierra navarra, a sus gentes y, de modo especial, a la Universidad de Navarra”. Dijo de él que era un hombre con una gran intimidad con Dios. Por el ejemplo de “su conducta y sus palabras, muchos hombres y mujeres recuperaron la felicidad de la fe vivida”, destacó.

En su homilía, el Mons. Javier Echevarría se refirió a la Cuaresma, el tiempo litúrgico actual y en el que la Iglesia anima a los cristianos a vivir la oración, la limosna y el ayuno.

Subrayó que esas acciones tienen un significado que va más allá de su práctica externa, pues suponen una decisión personal de darse con generosidad y de “identificarse con Cristo, modelo para todo hombre y para toda mujer”.

Sobre el sentido de la limosna, el Prelado del Opus Dei afirmó que no se refiere sólo a una ayuda económica –necesaria siempre–, sino que tiene un sentido más amplio. “Hemos de saber dar nuestro tiempo, nuestra preparación humana e intelectual, nuestra disponibilidad al servicio de los demás, y siempre sin pasar recibo”, animó.

También aplicó esta enseñanza a la relación entre la persona y Dios. “Dios no necesita de nuestra limosna, pero sí quiere necesitar de nuestra respuesta como cristianos, para que nos adentremos en su amistad y la transmitamos a los demás”.

Mons. Javier Echevarría señaló también que, en algunos momentos, la vida depara situaciones de dolor que pueden desconcertar; y recordó que, en esas ocasiones, el amor puede ayudar a sobrellevar esa carga o bien darle su pleno sentido. “Tenemos que aprender y recordar diariamente que el cariño pasa por el sacrificio y el dolor en sus manifestaciones grandes y pequeñas”. En esos momentos, subrayó, “el buen amigo no deja nunca al prójimo en la estacada”.

Favores de la Causa

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Ofrecemos algunos favores concedidos por la intercesión del matrimonio Alvira

El 30 de enero nació mi última hija, Blanca. El domingo 6 de febrero, la niña se constipó y el lunes oí que daba un fuerte grito. Acudí enseguida sin apreciar nada extraño. La llevé a la pediatra porque no respiraba bien. Le aplicaron aerosoles y suero fisiológico pero la niña seguía inquieta. Tenía una flema que no expulsaba y empecé a sospechar que pudiera tener algo en la garganta. Respiraba cada vez peor y fue ingresada en la UCI. Regresé a casa y, al llegar, vi la estampa y pensé “voy a ponerlos a trabajar” y encomendarles a mi hija.

Fue sometida a una broncoscopia. En el Hospital me dijeron que el médico quería hablar conmigo. Me mostró una chincheta negra de plástico que la niña había vomitado. Al verla, reconocí que era de una caja de cartón que tienen mis hijas. Me dijo que parecía imposible que una niña tan pequeña hubiera podido vivir ocho días con esa pieza, y no se explicaban cómo no había muerto. Me pidieron permiso para utilizar este caso en las clases. Después de enseñar a unos familiares la chincheta, la extravié. Aunque estaba convencida de que se debía a la intercesión de Tomás y Paquita, les pedí que, si habían sido ellos, encontrará la chincheta. Y así fue.

M.J.S.M.    Madrid

Vivo y trabajo en España desde hace dos años y con frecuencia llamo por teléfono a Bolivia para hablar con mi madre. Me contaba que estaba preocupada por el matrimonio de dos de mis hermanos. La mujer de mi hermano mayor arrastraba una deuda a la que no podía hacer frente, y él no quería avalarle ni ayudarle. Por este motivo tenían frecuentes desavenencias, y un día ella le abandonó, marchándose de casa sin dejar ninguna seña. Tienen tres hijos.

Otro de los hermanos, Rubén, también se separó en esos mismos días. Me quedé muy preocupada, pensando que desde lejos no podía hacer nada. En ocasiones, viviendo en Bolivia, había hablado con ellos y les hacía pensar, pero ahora no podía hacer nada. Pensé en Paquita y Tomás, y me puse a rezarles con fe y a diario. Pasó alrededor de una semana y volví a hablar con mi madre, quien no daba crédito a lo que había pasado. De manera inesperada, se habían vuelto a unir los dos matrimonios.

Mi hermano mayor fue a buscar a su mujer hasta que la encontró en una población de la selva. Es maestra y allí tuvo un trabajo. Consiguió que regresara y viven de nuevo juntos. Ha pasado un tiempo y él le ha ayudado a pagar la deuda y están más unidos que nunca. Cuando hablé con mi hermano me dijo que su cambio fue inexplicable. Ante el ejemplo de este matrimonio, la esposa de mi otro hermano fue a por él y le admitió de nuevo en casa. Está desde entonces dedicando tiempo a la familia, ha vuelto a acudir a Misa los domingos y se siente también muy feliz. Estoy convencida de que debo estos favores a Paquita y Tomás.

A.C.S.

Somos una familia numerosa. Dos de mis hermanos tenían dificultades para casarse. La zona donde viven sufrió mucha depresión económica y tenían dificultades de trabajo. Además, iban cumpliendo años y estaban desanimados. Empecé a rezar a los Alvira para que sucediera lo que les conviniera y se casaran los incasables.

El año pasado se casó el mayor. Pasaba de los cuarenta y su novia también, y encontraron trabajo fijo. Han comprado una casa y ya tienen una niña preciosa, con la que están emocionados. Ha sido un favor completo.

Este año se ha casado el segundo, que casi llega a los cuarenta. Era funcionario y llevaba años intentando sacar la plaza fija. Un cambio de ley le dejó en la calle y se desanimó mucho. Les han vuelto a admitir. La novia también ha mejorado su situación profesional. Y se han casado.

P.G‑Ll. Pamplona

Llevaba tres años de noviazgo y estaba a punto de casarme cuando surgieron dificultades. Decidimos entonces dejarlo porque él no aceptaba el proyecto de vida al que me sentía llamada. Todo esto coincidió con una temporada muy dura porque yo trabajaba y a la vez preparaba oposiciones, de las que me examinaría en breve. Recé a diario la estampa al matrimonio Alvira pidiéndoles que me buscara “uno como Tomás”.

Por motivos burocráticos no pude presentarme en el segundo ejercicio de la oposición. ¡Otra contrariedad que me dejó muy hundida! Decidí irme una temporada con mi familia. Empecé a ir a Misa cerca de mi casa y allí me fijé en un chico que era amigo de mi hermano; nos presentaron y ya estamos saliendo.

Un día me dijo que él, en su relación anterior, rezaba a Paquita y Tomás, y vio que ese noviazgo no llevaba a ningún sitio. Desde entonces rezamos la estampa juntos y hacemos una petición común: “que nos ayudéis a querernos como vosotros y a cumplir la voluntad de Dios”. ¡GRACIAS!

L.L.G.   Córdoba

Biografía de José María Hernández Garnica

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José María Hernández Garnica nació en Madrid el 17 de noviembre de 1913. Doctor ingeniero de Minas, en Ciencias Naturales y en Teología.

Pidió la admisión en el Opus Dei el 28 de julio de 1935.  Falleció en Barcelona el 7 de diciembre de 1972.

Supo responder con generosidad a la llamada específica de Dios, y su vida, centrada en la Santa Misa, fue apostólicamente fecunda. Estuvo siempre muy unido a san Josemaría, Fundador del Opus Dei, que depositó en él una gran confianza.

Tenía grandes talentos humanos que puso, movido por Dios, al servicio de la Iglesia y de todas las personas que le trataron. Su sencilla humildad, y su extraordinaria sinceridad y franqueza hicieron que su personalidad fuera atractiva, aunque él se sintió siempre servidor de todos.

El 25 de junio de 1944 recibió la ordenación sacerdotal. Después, san Josemaría le encargó especialmente el impulso de la labor apostólica del Opus Dei entre las mujeres de España, lo que compaginó con otras muchas tareas sacerdotales por todo el país.

Más tarde, marchó a desarrollar su ministerio sacerdotal en varios países de Europa. Trabajó en Inglaterra, Irlanda, Francia, Austria, Alemania, Suiza, Bélgica y Holanda.

Se santificó en sus tareas profesionales y luego en las propias del sacerdote, con gran generosidad: aprendió varios idiomas, se adaptó a diferentes ambientes e hizo frente a incomodidades de todo orden en países en los que comenzaba la labor apostólica del Opus Dei.

Sufrió con gran paciencia y espíritu de sacrificio diversas enfermedades y de modo especial el largo proceso de su última dolencia, que duró más de un año. Dios quiso llevárselo en la víspera de la solemnidad de la Inmaculada del año 1972, mientras hacía oración.

“La Eucaristía tuvo un papel decisivo en mi conversión”

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Rianne Spoon, holandesa de 22 años y estudiante de medicina, fué recibida en la Iglesia Católica el  12 de diciembre de 2004, en el trascurso de una Misa solemne que tuvo lugar en la catedral de Sta. Catalina de Utrecht.

Fui a Utrecht para comenzar la universidad. Quería estudiar medicina. Necesitaba una residencia donde vivir y fui a parar a Hogeland, conocida por su clara inspiración católica. Yo había sido educada con la idea de que la fe católica era una doctrina errónea, por eso me pregunté si era razonable que fuera a vivir a Hogeland. Cosas de la juventud, elegí la ventaja de la duda y descubrí muy pronto que las cosas no eran como me las había imaginado. Encontré un ambiente de gran libertad y respeto.

Hace año y medio una compañera universitaria se convirtió y eso me hizo pensar mucho. Me daba cuenta de que creíamos en el mismo Dios. A pesar de tener una fuerte sensación de unidad con la fe católica, había dos puntos de desunión: la Eucaristía y la manera de ver a María, la Madre de Dios. Después de un período de estudio sobre estos y otros temas, decidí hacer la profesión de fe en la comunidad protestante a la que pertenece mi familia, aunque tuviese dificultades con algunos puntos, entre otros por el modo como veían a la Iglesia Católica.

Esta decisión de no seguir buscando y dejarlo todo en manos de Dios no me dio la paz. Las dudas no se me iban de la cabeza y estaba intranquila. En la residencia Hogeland hay un oratorio, donde muchas estudiantes van a rezar o asisten a la Misa que un sacerdote del Opus Dei celebra todos los días.

Recuerdo que no podía pasar junto al oratorio sin sentir la necesidad de entrar. Es difícil explicar los sentimientos. En la situación en la que me encontraba, me daba cuenta de que si me decidía a entrar en el oratorio y me arrodillaba ante Su Presencia en el sagrario, no podría continuar siendo protestante. Por el momento no quería comprometerme a hacerlo: no tenía la motivación ni la seguridad de poder tomar esa decisión. No quería desobedecer ni a mi comunidad cristiana ni a mi familia, así que decidí dejar pasar el tiempo con la esperanza de que todos mis “problemas” desaparecieran.

Hogeland.

“Dios no se cansa de esperar”
Después vino la Navidad y la claridad que esperaba encontrar en este tiempo de felicidad y descanso no se produjo . La lectura de un pasaje del libro “Por fin en casa”, de Henri Nouwen, me volvió a dar esperanza. Me hizo mucho bien leer que Dios nos quiere infinitamente, tanto que no desea de nosotros un amor obligado, sino libre. Él sabe esperar. No se cansa de esperar.

Pero lo que jugó un papel decisivo en mi conversión fue la Eucaristía. Tenía envidia de la gente que iba todos los días a Misa. No podía imaginarme mi vida como católica sin ir diariamente a Misa. También fue importante, sin duda, encontrar en el Papa la figura de un padre, y ver brillar el rostro de Cristo en los sacerdotes y en los católicos que he conocido.

Echando la vista atrás, no deja de sorprenderme cómo Dios ha actuado conmigo. Por un lado, porque la mayor parte de la fe católica la he aprendido tomándome un vaso de chocolate caliente con mi amiga Agnes. Por otro lado, y reflexionando en serio, porque he comprobado en mi propia piel que Cristo vive. Si escribo estas cosas es sólo para compartir mi agradecimiento. Como dice un sacerdote que me ha ayudado en este camino hacia la fe plena, “no sólo debo estar agradecida por lo que yo he recibido, sino por lo que a partir de ahora puedo significar para otros, si soy fiel”.

“Procuro que los fieles visiten al Señor en el Sagrario”

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Testimonio de Armando Lasanta, sacerdote desde 1990 y párroco de Alberite (La Rioja, España). Pertenece a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, una asociación de sacerdotes unida al Opus Dei.

“Me ha hecho un gran bien el ejemplo del fundador del Opus Dei que siempre decía: lo primero, las normas de piedad, el trato con el Señor en la oración, la celebración de la Santa Misa, el cuidar los pequeños detalles en el trato con las personas, la asistencia a los enfermos… He aprendido de él la importancia de estar siempre alegre, de transmitir optimismo, de ser positivo en medio de las contradicciones de la vida. Todo es para bien, decía y él mismo era maestro del buen humor.

Otra gran inquietud que también he heredado de su experiencia es buscar vocaciones sacerdotales. Ayudar a que los chavales, los jóvenes, descubran que, si Dios les llama, lo que dé sentido a su vida puede ser entregarse a Dios a través del sacerdocio. Hacerles ver que entregar la vida al sacerdocio es una cosa estupenda, maravillosa. Yo mismo fui fruto en cierto modo de la inquietud apostólica del sacerdote de mi pueblo…

También he aprendido del fundador del Opus Dei que la formación tiene que ir encaminada al trato con Jesucristo. Que la gente ame a Jesucristo, que se acerque a Él. Para eso, el Sagrario de la iglesia tiene que ser el centro de la vida, no sólo del sacerdote, sino también del pueblo; que sientan al Señor en el Sagrario como una referencia, Alguien a quien pueden visitar y acudir. Procuro recordar a todos que debemos recibir la Comunión con el alma limpia, después de haberle pedido perdón en el sacramento de la confesión, cuando es necesario.

Y luego, el trato con nuestra Madre la Virgen. En una tierra como ésta de la Rioja, que es tan amante de nuestra Madre, les animo a ponerla también a Ella como centro de sus vidas, junto al Señor en el Sagrario.

Por mi parte, gracias a los medios de formación que recibo en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz he ido adquiriendo un amor cada vez mayor a la Iglesia, al Papa y al magisterio. Me conmueve descubrir la gran fidelidad del Papa a Jesucristo. Es un hombre que se gasta por la Iglesia”.

Santa María de la Paz: Iglesia prelaticia del Opus Dei

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Santa María de la Paz: esa es la advocación mariana a la que está dedicada la Iglesia prelaticia del Opus Dei en Roma. Recordamos la historia de esta iglesia donde reposan los sagrados restos de san Josemaría Escrivá de Balaguer.

Altar de la iglesia prelaticia

Así es Santa María de la Paz

En el vestíbulo de acceso se encuentra una imagen de la Virgen María, Madre del Amor Hermoso.

En el atrio se contempla la pila bautismal donde fue bautizado san Josemaría el 13 de enero de 1902. Fue donada por el Obispo y el Capítulo de la Catedral de
Barbastro, su ciudad natal.

El altar del templo está situado bajo un pequeño baldaquino, siguiendo la costumbre de tantas iglesias romanas.

La iglesia está presidida por una imagen de la Virgen, obra de Manuel Caballero. Se puso a la veneración de los fieles el 18 de diciembre de 1959.

Los fieles pueden rezar ante la tumba de san Josemaría, dispuesta bajo el altar.

San Josemaría y Juan Pablo II: testigos de una historia

El 31 de diciembre de 1959, san Josemaría celebró la primera Misa en Santa María de la Paz, que desde la erección del Opus Dei como Prelatura personal pasó a ser la Iglesia Prelaticia. La devoción de Mons. Escrivá de Balaguer a la Virgen es la razón del título de la iglesia y de la imagen que la preside. En la cripta de la Iglesia se encuentran la Capilla del Santísimo y los confesonarios. San Josemaría predicó con incansable celo la necesidad de frecuentar los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, dones de Dios a sus hijos los hombres, fuente de paz y de alegría imperecedera.

En palabras de san Josemaría: “Santa María es —así la invoca la Iglesia— la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!” —Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad?… —Te sorprenderás de su inmediata eficacia”.

Santa María de la Paz

Juan Pablo II estuvo en esa Iglesia Prelaticia el 24 de marzo de 1994, para rezar ante los restos mortales del obispo Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei. El Papa había estado rezando en 1978 en ese lugar, cuando era cardenal.

En la cripta de la iglesia prelaticia

En una pequeña cripta bajo la Iglesia Prelaticia, a la que se accede bajando unas escaleras, está enterrado el obispo Álvaro del Portillo, primer sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei.

El 27 de junio de 1975 san Josemaría fue sepultado en esa cripta. Sobre la losa de mármol se colocó, bajo el sello del Opus Dei, la inscripción: EL PADRE, que aún perdura.

Millones de personas en todo el mundo acuden a san Josemaría para solicitar a Dios nuestro Señor gracias de toda clase. Y son muchos quienes se acercan hasta la Iglesia Prelaticia para seguir pidiendo o para agradecer las gracias recibidas por su intercesión.

Tras la beatificación en 1992 el cuerpo del Fundador se depositó arriba, en la iglesia prelaticia, bajo el altar, donde se encuentra en la actualidad.

En esa misma cripta está enterrada Carmen Escrivá, hermana del fundador; y se ha enterrado en ella recientemente a la primera numeraria auxiliar del Opus Dei, Dora del Hoyo.

“Les sorprende mi alegría al verme en esta silla de ruedas”

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“Tengo cuarenta y cinco años, llevo casi treinta en esta silla de ruedas y más de treinta operaciones a mis espaldas”. Así resume su situación con su sonrisa habitual MªJosé Lostao. Numeraria, reside en un centro del Opus Dei en Pozuelo, Madrid.

“Nací con una complicación de corazón y a los 18 años me puse muy enferma: una meningitis tuberculosa que me tuvo seis meses en coma. Me llevaron al Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Mis últimos recuerdos, antes de entrar en coma, fueron los regalos de Reyes, en una habitación del Hospital. Mi siguiente recuerdo es de seis meses después: una luz radiante, esplendorosa, que entraba por la ventana, una luz de verano. Mis hermanos pequeños estaban jugando alrededor de mi cama y al oír la voz del pequeño, Eduardo, me reí. Cuando se dieron cuenta fueron a avisar a mis padres. Volví a caminar con dificultad, me incorporé a la Universidad y logré sacar un curso y medio de Historia del Arte. Cuando todo parecía ir mejor, volví a tener varias recaídas y una de esas múltiples operaciones me afectó a la médula. Dejé de caminar definitivamente.

Ahora, además de no poder caminar, tengo paralizada la mano derecha y la zona derecha de la cara. Esa espasticidad de las piernas, del brazo derecho, etc. me han venido lentamente y eso ha permitido asumirlas con más facilidad. Pienso que Dios cuando me creó dijo: “está chica lo va a pasar mal; por tanto le vamos a dar una buena dosis de humor y una buena dosis de fe para que pueda sobrellevar lo que le va a tocar”.

Y así ha sido. Por eso, puedo decir, de todo corazón, que no pienso que haya tenido unos momentos tremebundos en mi vida: las cosas me han ido llegando poco a poco y eso las ha ido haciendo mucho más llevaderas. Veo que Dios me va llevando de la mano y nunca me he sentido defraudada por Él. Veo Su Voluntad detrás de todo, y espero… ¡que esto me quite purgatorio! Veo claro que Dios no está ajeno a este tinglado, que está al tanto, al loro…

En el Opus Dei me han enseñado a cultivar esa fe y ese sentido del humor que Dios me ha dado y he aprendido a darle sentido al dolor. Muchas veces, en los momentos malos, pienso: “Dios se está enterando de este trance y lo permite. Por tanto, algo bueno sacará de él”.

He aprendido a agarrarme de la mano de Dios y de la Virgen. Nadie me lo ha dicho: lo he aprendido de la fe de San Josemaría. Además, mis limitaciones no me han impedido poder demostrarle mi cariño y agradecimiento: gracias a Dios pude viajar a Roma y asistir a su Beatificación y Canonización.

Vivo en un centro del Opus Dei que reúne todas las condiciones para mi situación. Suelo salir por la mañana, para ir a Misa de doce a mi parroquia, dónde me conoce mucha gente: muchos se sorprenden al verme tan feliz. Yo procuro explicarles que, además de los motivos sobrenaturales, resulta más cómodo para uno mismo estar de buen humor; y para los demás es más agradable que te vean sonreír que estar con cara de víctima… Luego me doy un paseo, hago alguna compra y trato de cultivar una de mis aficiones favoritas que es el arte. Una de las últimas cosas que he hecho ha sido buscar en Internet documentación sobre el arte mozárabe. Y siempre que puedo, procuro escaparme al campo para disfrutar de la naturaleza.

Como una parte importante de mi vocación es hacer apostolado, suelo recibir visitas de jóvenes que participan en los medios de formación que se imparten en los centros de la Obra. Suelo contarles cosas y animarlas a ser generosas para cumplir la Voluntad de Dios. Estoy muy contenta porque antes del verano mi hermano pequeño, Eduardo, al que tengo un especial cariño, me vino a ver para decirme que va a ser sacerdote. Y pienso que quizá alguna culpa de esa decisión generosa tendré yo…”.


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