En el sanatorio psiquiátrico del Doctor Suils

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El doctor Suils, antiguo compañero de colegio de Escrivá en Logroño, ya había dado asilo a varias personas en una clínica psiquiátrica que dirigía en Madrid. Aunque no había visto a Escrivá desde el colegio, se ofreció para acogerle en cuanto supo de su difícil situación. El doctor Herrero Fontana trasladó a Escrivá en un coche del hospital en el que trabajaba desde su casa hasta la clínica. Escrivá ocupó el asiento posterior. Herrero dijo al miliciano que conducía que el paciente estaba loco, pero que no era peligroso. Durante el traslado hacia la clínica, Escrivá hablaba consigo mismo, afirmando de vez en cuando que era el doctor Marañón, un conocido médico y escritor. El hecho convenció al conductor, que comentó: “Si está tan loco, es mejor fusilarlo y no gastar tiempo con él”.

Para cuando Escrivá llegó a la clínica, era probable que los nacionales conquistaran Madrid en pocas semanas. Sin embargo, sus asaltos a la ciudad fueron rechazados por las milicias populares y las Brigadas Internacionales. Se hacía paulatinamente más claro que España se enfrentaría a una guerra civil larga y que, aunque eventualmente ganasen los nacionales, necesitarían mucho tiempo para tomar la capital.

Pronto se reunió con Escrivá en la clínica su hermano Santiago. González Barredo y Jiménez Vargas, que había sido arrestado y encarcelado por poco tiempo, también buscaron escondite allí, pero enseguida decidieron irse. González Barredo encontró varios refugios temporales en Madrid, y Jiménez Vargas se alistó en una brigada anarquista. Para evitar luchar a favor de un régimen que estaba persiguiendo a la Iglesia, se puso inyecciones que le provocaron fiebre. A pesar de todo, las autoridades militares ordenaron su traslado al frente.

La clínica estaba lejos de ser un escondite seguro. Un día, en un registro, los milicianos se llevaron a uno de los pacientes. Otro día, apareció un grupo de milicianos debido a un soplo de que algunos de los pacientes, en realidad, eran refugiados políticos. Mientras ponían en fila a los internos, uno de los pacientes reales se acercó hasta un miliciano y preguntó si su subfusil ametrallador era un instrumento de viento o de cuerda. El hecho asustó tanto al miliciano que se fueron sin hacer el registro, convencidos de que allí estaban todos locos de remate.

Una de las enfermeras, sin embargo, sospechaba que algunos de los pacientes no estaban tan locos como pretendían. Tras varios días en la clínica, Escrivá pudo celebrar la Misa a diario en su habitación. Una enfermera de confianza se sentaba en un sofá en el vestíbulo de fuera. Si parecía que alguien iba a entrar en la habitación, avisaba a Escrivá para que cerrase las puertas del armario donde había preparado las cosas para la Misa. Después de la Misa daba la Sagrada Comunión a algunos de los refugiados. Cuando se marchó en marzo, les dejó varias Hostias consagradas envueltas una por una en papel de fumar. Así, después de su marcha podrían recibir la Sagrada Comunión, a la vez que respetaban las leyes litúrgicas de aquel tiempo que prohibían a los laicos tocar las formas consagradas. Uno de los presentes comentaría después: “Recuerdo con todo detalle esta escena porque me impresionó el profundo respeto que tenía por la Sagrada Forma”[1].

Los meses pasados en la clínica fueron de intenso sufrimiento. Había poca comida y estaban casi sin calefacción. Escrivá padeció un fuerte ataque de reuma, que le mantuvo en cama durante dos semanas. Peor que las privaciones físicas eran el aislamiento, la necesidad de fingir la locura y, sobre todo, la inseguridad sobre los demás miembros de la Obra, cuyas situaciones eran muy precarias.

[1] Ibid. p. 142

9. El Pan y la Palabra

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Una expresión típica del Fundador, la Misa, centro y raíz de la vida interior, fue utilizada por el Concilio Vaticano II para expresar la unidad de vida que todo sacerdote debe empeñarse en alcanzar: “El sacrificio Eucarístico resulta, pues, el centro y la raíz de toda la vida del presbítero” (cfr. decreto Presbyterorum ordinis, num.14). Bastaría esto para manifestar la intensidad con que su alma sacerdotal se entregaba en la celebración eucarística, pero desearía conocer algún ejemplo o detalle significativo.

–La Santa Misa era incluso el centro físico de su jornada. Como ya he señalado, la dividía en dos partes: hasta el mediodía vivía la presencia de Dios centrándola en la acción de gracias por la Misa celebrada y, tras el rezo del Angelus, comenzaba a prepararse para la Misa del día siguiente.

Muchas veces me confió que, desde su ordenación sacerdotal, se preparaba cada día para celebrar el Santo Sacrificio como si fuese la última vez: el pensamiento de que el Señor podía llamarle a Sí inmediatamente después, le animaba a volcar en la Misa toda la fe y el amor de que era capaz. Así, hasta llegar al 26 de junio de 1975, en que celebró su última Misa con extraordinario fervor.

Contaba que, cuando se trasladó a Zaragoza en 1920, una vez que pasaba delante de un bar llamado “Gambrinus”, vio que dentro del local estaba un famoso torero. Algunos niños se acercaron a aquel personaje popular, y uno de ellos exclamó exultante: “¡lo he tocado!” Al Padre le impresionó aquella escena, y la evocó con frecuencia para exhortarnos a reflexionar sobre el hecho de que cada día tocamos a Jesús en la Eucaristía.

Tenía la costumbre de adorar a la Eucaristía metiéndose al menos con la imaginación en las iglesias que veía a lo lejos o, simplemente, le venían a la memoria; y no dejaba de reparar cuando le llegaba noticia de algún robo sacrílego o de profanaciones.

Una vez, durante el viaje al Perú en 1974, le mostraron las fotografías de un lugar donde se había producido un gigantesco huaico, un tremendo corrimiento de tierra, piedra y fango. Todo un pueblo había quedado sepultado, y sólo sobresalía el remate del campanario de la iglesia. En la fotografía podían verse animales que pastaban en el lugar de la catástrofe, encima de la iglesia enterrada. Al pensar en que Jesús Sacramentado había quedado sepultado bajo la tierra, el Padre pasó la noche entera en oración y en adoración.

Sería muy largo describir cómo vivía el Padre cada parte de la Santa Misa. Sólo referiré dos detalles de los que me habló en muchas ocasiones. Al elevar el Pan Eucarístico y la Sangre de Nuestro Señor, repetía siempre algunas oraciones –no en voz alta, porque las rúbricas no lo permiten, sino con la mente y el corazón–, con una perseverancia heroica que duró decenas de años.

Concretamente, mientras tenía la Hostia consagrada entre las manos, decía: Señor mío y Díos mío, el acto de fe de Santo Tomás Apóstol. Después, inspirándose en una invocación evangélica, repetía lentamente: Adauge nobis fidem, spem et charitatem; pedía al Señor para toda la Obra la gracia de crecer en la fe, la esperanza y la caridad. Inmediatamente después, repetía una plegaria dirigida al Amor Misericordioso, que había aprendido y meditado desde joven, pero que no utilizaba nunca en su predicación, y que durante muchos años sólo muy de tarde en tarde nos dijo que la recitaba: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Después añadía la invocación: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace, a mí y a todos, pensando, como es natural, en sus hijos del Opus Dei. Por último, mientras hacía la genuflexión, después de haber elevado la Hostia o el Cáliz, recitaba la primera estrofa del himno eucarístico Adoro te devote, latens deitas, y decía al Señor: ¡Bienvenido al altar!

Todo esto, repito, no lo hacía de vez en cuando, sino a diario, y nunca mecánicamente, sino con todo su amor y vibración interior. Lo sé porque nos lo contó, a don Javier Echevarría y a mí. Nos lo confió un día de 1970, en México, mientras hacía su oración en voz alta en el Santuario de Guadalupe, a donde había ido para hacer una novena a la Virgen, en compañía de otros hijos suyos.

¿Cómo acogió el Padre la reforma litúrgica dispuesta por el Concilio?

–Como siempre, aplicó con obediencia y fortaleza todas las disposiciones sobre esta materia. Gracias a la solicitud de su Fundador, el Opus Dei ha sido, también en lo que se refiere a la praxis litúrgica, ejemplo de fidelidad.

Nuestro Padre encargó a algunos sacerdotes de la Obra la tarea de examinar las diversas posibilidades previstas por la reforma, y determinar y explicar cómo se aplicaban. Orientó personalmente este trabajo y aprobó sus resultados. De esta forma, todos los sacerdotes de la Obra comenzaron a aprender las nuevas rúbricas, siguiendo el deseo del Santo Padre de que “la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia sea puesta en práctica en su plenitud y con todo cuidado” (Carta enviada en nombre del Papa a todos los obispos y otros superiores eclesiásticos, junto con el libro Jubilate Deo, el 14 de abril de 1974).

Fue el primero en obedecer a las nuevas disposiciones litúrgicas y se esforzó en aprender el nuevo rito de la Misa. Desde hacía muchos años le ayudaba habitualmente en la celebración otro sacerdote: a partir de los años cincuenta solíamos hacerlo don Javier Echevarría o yo. Cuando se introdujeron los cambios litúrgicos, nos rogó que no dejáramos de hacerle todas las observaciones que nos pareciesen oportunas para ayudarle a aprender bien el nuevo rito. A pesar de su buena voluntad, nos dábamos cuenta de que le suponía un notable esfuerzo, porque debía cambiar hábitos de devoción litúrgica adquiridos durante muchos años de lucha perseverante llena de amor de Dios.

Yo me planteaba cómo ahorrar al Padre esas dificultades, y en su presencia aludí a que a otros sacerdotes más jóvenes se les había concedido permiso para seguir el rito de San Pío V y celebrar la Misa como habían hecho hasta entonces. El Padre me interrumpió inmediatamente: afirmó que no quería ningún privilegio, y me prohibió hacer esa propuesta. Sabía que yo trataba a las personas que estaban elaborando las nuevas disposiciones litúrgicas.

Algún tiempo después me encontré con Mons. Annibale Bugnini, que era el máximo responsable en este campo, y un buen amigo mío, tanto que nos tuteábamos. Hablamos de las dificultades que experimentaban algunos sacerdotes ancianos para adaptarse al nuevo rito, después de haber celebrado la Santa Misa con el antiguo durante tantos años. Era una situación conocida. De pasada, aludí al caso de nuestro Fundador, que obedecía de modo ejemplar y con profunda alegría. Bugnini me dijo que el Fundador del Opus Dei no tenía por qué hacer un esfuerzo semejante, ya que muchos otros sacerdotes tenían permiso para celebrar con el rito anterior, y él mismo había accedido a peticiones similares de parte de personas que estaban en esas circunstancias. Aunque yo le había dicho ya que nuestro Fundador no quería otro privilegio que el de obedecer siempre a la Santa Sede, y que incluso me había prohibido pedir nada, él se empeñó en concederme el permiso para nuestro Fundador, y me insistió en que le refiriese cómo se había desarrollado nuestra conversación.

La delicadeza con que el Fundador cuidaba el decoro de la liturgia y de los objetos de culto se expresa en el punto 527 de Camino: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

–Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

–Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” –una buena obra ha hecho conmigo.

–Recuerdo que en 1959 o en 1960, estando en Londres, vio por televisión una ceremonia de la Corte Real. Inmediatamente después observó, como había hecho en otras ocasiones, que una ceremonia de este estilo requiere una preparación muy cuidadosa y que, cuando es a Dios Nuestro Señor a quien se dirige un acto de culto, debemos prepararlo con un amor y un empeño mucho más grande que el que ponen los maestros de ceremonias de la Reina de Inglaterra.

El desprendimiento y la pobreza no le impedían amar la belleza y el decoro artístico en la liturgia y en el culto divino. Es una prueba palpable de su fe y de su generosidad con el Señor.

Quería que los objetos destinados al culto fuesen lo más preciosos posible; enseñó que, en este campo, la pobreza está en la cantidad y no en la calidad. Para los Centros del Opus Dei estableció esta norma: los objetos litúrgicos deben ser decorosos y bellos, pero en el número estrictamente indispensable.

En 1940, movido por su ardiente amor al Señor, a pesar de las estrecheces que pasábamos, comenzó a llevar a un taller de arte religioso, muy famoso en España y en el extranjero, las joyas que algunos amigos le regalaban: las iba dejando allí, porque deseaba ofrecer al Señor una custodia muy rica, con campanillas de plata. Se trataba de Talleres de Arte Granda, dirigidos por un sacerdote muy piadoso, don Félix, y su hermana, Cándida Granda. Nuestro Fundador, en cuanto recibía alguna piedra preciosa o un anillo, de los que se desprendía alguno de sus conocidos, lo llevaba enseguida al taller; a veces le acompañaba yo. Doña Cándida extendía sobre una mesa un paño de terciopelo negro y ponía encima todo lo que íbamos reuniendo; después decía: “Ahora necesitamos encontrar tal cosa; falta tal otra”… Con este motivo, el Padre trató mucho con los hermanos Granda, y les dio abundantes consejos sobre el diseño de sagrarios y vasos sagrados. Don Félix y doña Cándida los acogían con agradecimiento, porque eran sugerencias muy prácticas para enriquecer los objetos de culto: ambos me han contado que aprendieron mucho de nuestro Fundador. Por eso, cuando dejaron la dirección de Talleres de Arte Granda, la confiaron a unos miembros de la Obra. El Fundador les animó a mejorar constantemente su trabajo llevando a la práctica las palabras de la Escritura: zelus domus tuae comedit me (Ps. 79, 10).

A nuestro Padre no le fue posible, en muchas ocasiones, ofrecer al Señor todo lo que hubiera querido. Recuerdo que en 1935 lamentaba no haber podido instalar un sagrario más rico en el oratorio de la residencia de Ferraz; era un tabernáculo muy pobre, que le había prestado la M. Muratori. Le apenaba oficiar la exposición solemne con una custodia de poco valor, de hierro: sólo era de plata el viril que sostenía la Hostia consagrada. Desde entonces le oí decir que deseaba destinar al Señor objetos de culto ricos, aun a costa de quedarse sin comer.

Siempre, y en especial durante los últimos años de su vida, le he escuchado repetir: Ahora la gente ahorra todo a Nuestro Señor; yo no lo entiendo. Aunque, cuando un enamorado le regale a la mujer que quiere un trozo de hierro o de cemento, como regalo, ni siquiera entonces yo regalaré al Señor un poco de hierro o de cemento, sino lo mejor que pueda.

Durante toda su vida procuró dedicar al servicio del Señor lo mejor que tenía. Sé que poco después de 1928 deseaba encargar un cáliz que tuviese un piedra preciosa engastada en la base, de modo que nadie la pudiese admirar; quería que fuese como un sacrificio escondido, únicamente para el Señor. Sólo al cabo de los años, cuando vivía en Roma, pudo realizar este deseo suyo, cuando una señora le regaló una esmeralda de grandes dimensiones.

Hacía que todas las semanas se renovasen las formas consagradas reservadas en el sagrario, y estableció esta norma para todos los Centros de la Obra, exhortando a prever con prudencia cualquier dificultad. En 1940 ó 1941 pudo ver realizado al fin su antiguo deseo de que las formas se preparasen en nuestras casas. Quería que, con el tiempo, sus hijos llegasen a cultivar el grano y las vides necesarias para confeccionar las especies eucarísticas. El 15 de enero de 1965, explicaba una vez más este viejo proyecto: Se trata de acariciar a Dios que nace en nuestras manos, preparando las especies para que Él descienda. Se lo oí decir también, ante un grupo de hijas suyas, el 28 de marzo de 1975, pocos meses antes de morir.

Cuando era el único sacerdote del Opus Dei, se ocupaba personalmente de limpiar por dentro los sagrarios de nuestros Centros. Solía hacerlo cada quince días, con ocasión de sus viajes fuera de Madrid. Mientras los limpiaba, hablaba ininterrumpidamente con Jesús Sacramentado, repitiéndole que todas aquellas delicadezas eran para Él. Nos exhortaba: ¡Que tratéis con cariño cuidadoso los sagrarios! Cuando dejó de ocuparse de estos deberes personalmente, enseñó a sus hijos sacerdotes a cumplir esta obligación con el mayor cuidado, y a recitar en estos momentos muchas jaculatorias y comuniones espirituales.

Ya desde el principio estableció que los amitos, purificadores y manutergios se lavasen y planchasen cada vez que se usaban. Es una norma que se ha vivido siempre en nuestros Centros, en señal de amor de Dios y respeto hacia el Santo Sacrificio. Un cardenal que estuvo en la Clínica Universitaria de Navarra, promovida y dirigida por miembros del Opus Dei, me contó, admirado, que durante una visita por distintos departamentos, vio en una habitación un montón de lienzos blancos cuidadosamente dispuestos en cestas. Preguntó qué era aquello; le respondieron que eran los lienzos sagrados que se habían utilizado aquella mañana, y que iban a lavar y planchar para usarlos al día siguiente.

Su amor a la Eucaristía se reflejaba en muchos detalles, hasta en el modo de poner unas flores junto al tabernáculo. Nos decía: Cuando pongáis una flor junto al Sagrario, dadle un beso y decidle al Señor que queréis que ese beso se consuma, como se consumirá la flor, como se consume la lamparilla del Sagrario, alumbrando, señalando dónde está el Señor.

En las películas que recogen reuniones que el Fundador tuvo en varias ciudades de Europa y América con diversos grupos de personas –a veces, varios miles–, sobre todo en los últimos años de su vida, no falta nunca una referencia al sacramento de la confesión. Es conmovedora su catequesis sobre el que llamaba sacramento de la alegría.

–Sí, hablaba muchísimo de la Confesión y la llamaba el sacramento de la alegría, porque asegura nuestro retorno a Dios: nos devuelve la amistad divina, perdida por el pecado. Exhortó a sus hijos sacerdotes a hacer de la administración de la Penitencia una pasión dominante de su vida sacerdotal; y espoleaba a sus hijos laicos a llevar a muchas almas a la confesión: matad a vuestros hermanos sacerdotes, a fuerza de darles mucho trabajo, para que puedan llevar muchas almas a reconciliarse con Dios.

Tuvo una auténtica pasión por administrar el sacramento de la Penitencia. Tras su ordenación, durante su estancia en Perdiguera, logró que se confesaran prácticamente todos los habitantes del pueblo. De regreso a Zaragoza, continuó administrando la Confesión con mucha constancia. Recuerdo haber presenciado, en 1970, una conversación entre nuestro Fundador y uno de sus amigos de aquella ciudad, que había hecho una brillante carrera pública. Éste le recordó: “yo me confesé contigo –como eran viejos amigos, se trataban de tú– antes de que nos casases a mi mujer y a mí. Recuerdo que mientras me iba acusando de los pecados estabas callado. Pero cuando te dije que me había batido en duelo, exclamaste: ¡Estás loco!” Después comentó que nadie le había corregido tan claramente, pero que al mismo tiempo había agradecido que lo hiciese con tanta caridad, de modo que no se sintió ofendido, y en cambio, acabó muy contrito por su pecado. Durante el relato, nuestro Fundador permaneció en silencio; no añadió ni una palabra, porque, aunque fuese el mismo penitente quien hablaba, se sabía ligado por el secreto de la confesión.

Ya en Madrid, recorría la ciudad de un lado a otro para confesar al mayor número posible de enfermos, y llevarles la Comunión: fue una actividad desarrollada con una generosidad heroica, un empeño llevado a cabo con todas sus fuerzas, cuando no tenía dinero ni para pagarse el tranvía ni para comer.

Recordaba con alegría los años en que dedicó tantas horas de su tiempo a preparar para la confesión y la primera comunión a miles de niños. Afirmaba que había obtenido grandes enseñanzas para su propia vida espiritual de la devoción de aquellos pequeños.

Tras el 2 de octubre de 1928, continuó prestando su ministerio sacerdotal en el Patronato de Enfermos, y después en el Real Patronato de Santa Isabel. En la iglesia de este último, atendía un confesonario bastante frecuentado. Al mismo tiempo, dirigía espiritualmente a muchos estudiantes universitarios.

Durante la guerra civil española, escuchó confesiones por la calle, o pasando de una casa a otra; no se arredraba ante el peligro de muerte que corría si alguien le descubría, le identificaba como sacerdote y le denunciaba.

En los últimos años de su vida, nuestro Fundador no pudo ejercitar directamente el apostolado de la confesión, porque se debía a la labor de gobierno de la Obra. Esto no quiere decir que no desarrollase intensamente su ministerio sacerdotal, especialmente a través de la predicación a sus hijos, o a muchas otras personas que venían a verle para recibir su orientación espiritual; pero sólo me confesaba a mí. Me parece oportuno explicar que, como trataba sobre todo a miembros de la Obra, para evitar encontrarse atado por el sigilo sacramental, prefería no escuchar sus confesiones, para asegurarse una mayor libertad de acción. La única excepción fui yo: nuestro Fundador se confesaba conmigo y yo con él.

Predicó incesantemente sobre este sacramento. En los últimos años sufrió muchísimo viendo que los fieles abandonaban cada vez más la práctica de la confesión frecuente. Por eso emprendió una catequesis aún más intensa sobre la grandeza de la misericordia divina. Rechazaba con energía la afirmación de que es preferible retrasar la confesión de los niños para evitarles una experiencia traumática: contaba que había confesado a miles de niños y que, lejos de sufrir un shock, habían experimentado con agradecimiento la bondad de Dios Nuestro Señor. Aconsejaba a las madres: Mamás, llevad a vuestros hijos a confesar, como hizo mi madre conmigo. Así se acostumbrarán vuestros hijos a recibir el Sacramento de la Penitencia y a reconciliarse con Dios: por medio de este Sacramento bien recibido con todas las condiciones que se requieren para una buena Confesión, los niños irán teniendo cada vez mayor delicadeza de conciencia y serán más felices.

Enseñó a sus hijos sacerdotes a administrar este sacramento con tanta pasión, que el Santo Padre Juan Pablo II ha afirmado que los sacerdotes del Opus Dei tienen “el carisma de la Confesión”: he sentido el gozo de oírselo decir personalmente, y es fácil imaginar mi alegría ante un reconocimiento, tan autorizado, de los esfuerzos de los miembros de la Obra por imitar a su Fundador.

El Beato Josemaría decía que el mejor modo de vivir la virtud de la penitencia era acercarse contrito al Sacramento de la Confesión. Sentía el deber de compensar con la propia compunción tantas faltas de amor de las que era testigo cada día.

–El afán de reparación es uno de los modos en que se expresa la Comunión de los Santos. En una ocasión, se hablaba públicamente de la vida pecaminosa de una persona, y uno de nosotros exclamó: “¡Pobre hombre!” Nuestro Fundador replicó inmediatamente: ¡pobre Dios! No era una falta de caridad hacia aquel pecador, sino una prueba de su amor de Dios, y de la fuerza con que aborrecía cualquier pecado, aun el más pequeño que se pueda pensar. ¡Pobre Dios!, porque era un Padre ofendido por uno de sus hijos. No hace falta decir que el Padre se puso a rezar inmediatamente por aquel pobrecillo.

El temor de Dios y el odio al pecado le movían a repetir frecuentísimamente: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies! (Ps. 50, 19), y añadía, con fuerza y con vivo arrepentimiento de sus culpas: Contritum et humiliatum valde! Se lo he oído decir personalmente desde que le conocí hasta el día de su muerte.

La familiaridad del Fundador con la Sagrada Escritura se comprueba en las homilías publicadas, y especialmente, en su libro Santo Rosario, donde se ejemplifica gráficamente aquel consejo suyo de meterse en las escenas evangélicas como un personaje más. ¿Tiene sobre esto algún recuerdo especial?

–El Padre dio pruebas constantes de un respeto extraordinario hacia la Sagrada Escritura que, junto con la Tradición de la Iglesia, es la fuente de la que se nutría ininterrumpidamente para su oración personal y para su predicación.

Leía a diario algunas páginas –un capítulo– de la Escritura, en particular del Nuevo Testamento, y hacía la lectura espiritual preferentemente con obras de los Padres y Doctores de la Iglesia. Era raro el día en que no se detuviese al terminar para anotar expresiones o ideas que le habían impresionado: signo no sólo de la atención con que hacía esta práctica de piedad, sino sobre todo de la importancia que le concedía.

En 1944 predicó un curso de retiro a los agustinos del Monasterio de El Escorial, aunque se encontraba muy mal de salud. Uno de los participantes, el Padre Licinio González, después de haber anotado que sólo al final de los ejercicios se había dado cuenta de que nuestro Fundador estaba enfermo, ha testimoniado: “Sus meditaciones se caracterizaban por el uso continuo de textos y pasajes evangélicos, que a través de su voz, cobraban una vida sugestiva y llena de inspiración (…).

Están aún vivos en mí los pensamientos y las ideas de Mons. Escrivá sobre la vocación, la gratuidad de la vocación, la respuesta gozosa de San Andrés y el doloroso rechazo del joven rico.

También las meditaciones sobre la Virgen y sobre San José estaban llenas de vibración espiritual (…); junto a la meditación eucarística sobre la Última Cena, me dejaron una impresión tan profunda que no se ha borrado con el paso de los años”.

El Padre meditó asiduamente los versículos del Nuevo Testamento y puso de relieve aspectos nuevos, a veces inadvertidos durante siglos. No consideraba la Sagrada Escritura como un depósito inerte, sino como instrumento vital del que el Señor se sirve para infundir vida sobrenatural a quienes la leen con humildad y deseos de aprender. Lo comprobé desde que le conocí, pero sobre todo tras mi ordenación sacerdotal, en 1944, comprendí plenamente la profundidad con la que había meditado la Palabra de Dios.

Una prueba elocuente es la originalidad de sus comentarios a los textos sagrados: resultan siempre particularmente incisivos e inmediatos; no son conclusiones prácticas derivadas de una reflexión sobre el texto sagrado con el fin de introducirlas luego en una espiritualidad prefabricada, ni simples ejemplificaciones que ilustran conceptos de un sistema de pensamiento predefinido. Nuestro Padre deja que el Evangelio hable directamente con toda su fuerza; su espiritualidad es la vida de Cristo y de los primeros cristianos, que expresan su perenne actualidad sin necesidad de adaptación, glosa o añadido.

A la muerte de nuestro Fundador, el Cardenal Parente, que había leído algunas de sus homilías y otros escritos suyos, me dijo que en sus comentarios a la Sagrada Escritura había descubierto una densidad espiritual con una profundidad e inmediatez muchas veces superiores incluso a las obras de los Santos Padres.

Su predicación fue siempre muy práctica; movía a las almas a la conversión. Tenía el don de aplicar los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento a las situaciones concretas de los que le escuchaban. No trató nunca de ser original, porque estaba convencido de que la Palabra de Dios es siempre nueva, y conserva intacta su irresistible fuerza de atracción si se la proclama con fe. En sus labios, el Evangelio no era jamás un texto erudito o una fuente de meras citas o lugares comunes. Hablaba de la Sagrada Escritura con un amor tierno. Valgan como ejemplo estas palabras suyas que anoté en 1954: Vivía en Nazaret una Virgen de nombre María. ¡Qué bonito, qué divino y qué humano es el Evangelio!: Desciende hasta los detalles más mínimos, para que veamos la predilección de Dios hacia las criaturas. La quiere, la busca, como un detalle de cariño, la llama por su nombre de familia: María.

Me admiraba la facilidad con que citaba de memoria y con exactitud frases de la Sagrada Escritura. Hasta en sus conversaciones familiares traía a colación textos sagrados para mover a los presentes a una oración más honda. Vivía de la palabra de Dios. Como prueba de veneración hacia la Sagrada Escritura, a menudo introducía sus citas con las palabras: Dice el Espíritu Santo… No era un simple modo de decir, sino un auténtico acto de fe, que ayudaba a sopesar el valor eterno, y toda la verdad que contienen palabras a las que podemos acabar por acostumbrarnos.

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicarámos más tiempo que antes –la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra– a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él.

En los últimos años de su vida, con el deseo de contribuir a una mayor difusión de la lectura de la Biblia, y de facilitar al máximo su meditación, animó a algunos hijos suyos, profesores de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, a que preparasen una edición popular: deseaba que las notas fuesen sencillas, prácticas y asequibles a todos; que tuviesen un carácter doctrinal y ascético, no erudito, y fuesen acompañadas de abundantes citas de los Santos Padres y de los Concilios. El resultado ha sido un trabajo, todavía en curso, muy apreciado desde el punto de vista científico y, sobre todo, muy valioso desde el punto de vista espiritual. Los especialistas que lo comenzaron y lo están llevando a cabo, me han confirmado que haber puesto en las notas muchas citas de textos de nuestro Fundador ha contribuido decisivamente a la gran utilidad pastoral de esta obra.

Zaragoza. Rezar era el camino

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En 1920 se trasladó al Seminario de Zaragoza para completar sus estudios. Tres años después, con permiso de sus superiores, inició la carrera de Derecho como alumno libre. Era un seminarista con afanes intelectuales, amante de la literatura, de carácter abierto y hondo trato con Dios; un trato que lo iba llevando, como a San Juan de la Cruz y a tantos místicos cristianos, hacia intimidades divinas de altura insospechada: Volé tan alto, tan alto… “Desde joven —afirma Ambrogio Eszer, relator General de la Congregación para las Causas de los Santos— el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían sentir en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”.

En 1922 le nombraron inspector del Seminario. Desempeñó ese encargo con solicitud y caridad hacia los seminaristas. Me hicieron un gran bien —evocaba años más tarde—, yo recuerdo tantas virtudes de aquellos chicos, muchos de ellos después mártires. Tantas cosas maravillosas recuerdo. Y recuerdo (…) que iba anotando con alegría: van mejor, se les ve crecer, Dios está aquí en esta alma… tantas veces

Seguía pidiendo luces a Dios: Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y –mientras– decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: (…) que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino.

El 27 de noviembre de 1924, de improviso, falleció su padre. Murió agotado, con sólo 57 años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.

Otro cambio, doloroso e inesperado, en su vida: cuando sólo faltaban cuatro meses para su ordenación sacerdotal, se convirtió, de repente, en cabeza de familia. Los Escrivá estaban en una coyuntura económica difícil y a partir de aquel momento dependían de él, su madre, su hermana Carmen y su hermano Santiago, nacido en 1919.

Aceptó la voluntad divina uniéndose al dolor de Jesús, que también sufrió por cumplir la Voluntad del Padre. No fue una simple resignación: esa palabra no le parecía del todo cristiana: ¿Resignación?… ¿Conformidad?… ¡Querer la Voluntad de Dios!

La aceptación rendida de la Voluntad de Dios —enseñaba— trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada.

El 28 de marzo de 1925 recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia del Seminario de San Carlos. Había rezado allí durante noches enteras, en sus años de seminarista. Nunca olvidó la emoción de aquellos momentos: Aquí, en este altar —recordaba, años después—, yo me acerqué tembloroso para coger la forma sagrada y dar por primera vez la Comunión a mi madre.

Al día siguiente, dejó el Seminario. El día 30 celebró su primera Misa solemne en la Capilla del Pilar. El 31 partió hacia Perdiguera, su primer encargo pastoral.

Santa Misa en Belén

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Santiago Quemada relata la jornada del día 13 en la que asistió a la Santa Misa en Belén.

14 de mayo de 2009

Nos dijeron que había que levantarse prontísimo para cruzar el Check Point, pues si no sería imposible. También nos llegaba información de que a las 4.00 am ya empezarían a retirar cualquier coche que estuviera aparcado en la calle principal que lleva de Jerusalén a Belén.

Efectivamente, poco después de las 5.30 pasábamos por allí y había decenas de policías preparándose para actuar, y muchas gruas retirando coches. No tuvimos problemas para llegar a Belén. Lo hicimos a través del Check Point de Beit Jalla, con la intención de dejar los coches en el seminario y desplazarnos andando hasta la plaza al lado de la Basílica, donde tendría lugar la Santa Misa.

Opus Dei -

A veinte metros del Papa
Llegamos de los primeros, cuando todavía estaban montando los marcos de puerta para controlar objetos metálicos. Cuando llegué a la zona de sacerdotes sólo había unos pocos y me pude sentar en primera fila. A unos 20 metros se encontraba la sede que el Romano Pontífice ocuparía durante la ceremonia.

Nos empezó a preocupar un poco el que no llegara más gente y más sacerdotes. Parece que el motivo fue que sólo había una entrada y fue lentísimo hasta que pasó todo el mundo. Finalmente la plaza estaba a rebosar. Habría unas 3000 personas, al menos dentro del recinto. Probablemente desde las calles adyacentes lo seguían más personas.

Opus Dei -

Un ambiente festivo
El ambiente era distinto al de la Misa de ayer en Jerusalén. Mucho más festivo, y con un ambiente marcadamente local. Allí se encontraban los cristianos de territorios palestinos que no habían podido o podrían asistir a las otras Misas con el Papa. Había fieles de todas las parroquias palestinas, como Ramalla, Nablus, Taybe… Y había una pequeña representación de cristianos de Gaza, unos 50. Cuando el Papa los nombró y habló con mucho cariño de Gaza fue muy aplaudido.

Antes de que comenzara la ceremonia nos entregaron una gorras y unas bufandillas con los colores del Vaticano. Poco después -de parte de la autoridad palestina- nos regalaron también unas gorras y unas bufandillas con la bandera palestina y con el blanco y negro del kafiya típico.

Opus Dei -

El Papa estuvo antes de la Misa con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbas, y le dijo que la Santa Sede apoya el derecho de su pueblo a una patria soberana palestina.

Poco después el Santo Padre llegó a la plaza de la Natividad -ante el entusiasmo de la gente- en el Papa móvil. El vehículo entró dentro de la plaza y se detuvo en medio, delante del presbiterio. Gritábamos, aplaudíamos, y el Papa saludaba a todos lados muy afable. Bajó del papamóvil y se dirigió andando al lugar previsto para revestirse.

Mensaje del Papa en la homilía
La Santa Misa comenzó unos 10 minutos antes de la hora. Como el dia anterior el Patriarca comenzó con unas extensas palabras exponiendo la dura situación en que viven y pidiendo oraciones y ánimos al Santo Padre.

A mi modo de ver el Papa respondió con creces en la homilía, diciendo cosas muy concretas: sugiriendo ayuda internacional para mediar en el conflicto, pidiendo que se levante el embargo actual que pesa sobre la franja de Gaza, o cuando abogó por una mayor libertad de movimientos, entre otras cosas para permitir los contactos familiares. Pero sobre todo con sus palabras ha alentado y animado espiritualmente a la gente, que ha quedado encantada.

Después de la celebración el Santo Padre almorzará con los obispos de Tierra Santa y luego acudirá a rezar a la gruta de Natividad. Después visitará el hospital de Caridad para niños que hay en Belén y, posteriormente, un campo de refugiados palestinos que hay cerca de Belén.

Hay que seguir rezando mucho por el viaje del Papa. Si ya nosotros estamos agotados después de estos dos días, imaginamos lo tremendo que debe ser para su Santidad mantener ese ritmo de actos a su edad.

TEMA 21. La Eucaristía (3)

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La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa, como fuera de su celebración.

1. La presencia real eucarística

En la celebración de la Eucaristía se hace presente la Persona de Cristo —el Verbo encarnado, que fue crucificado, murió y ha resucitado por la salvación del mundo—, con una modalidad de presencia mistérica, sobrenatural, única. El fundamento de esta doctrina lo encontramos en la misma institución de la Eucaristía, cuando Jesús identificó los dones que ofrecía, con su Cuerpo y con su Sangre («esto es mi Cuerpo … esta es mi Sangre…»), es decir, con su corporeidad inseparablemente unida al Verbo y, por tanto, con su entera Persona.

Ciertamente, Cristo Jesús está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de los fieles (cfr. Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los encarcelados (cfr. Mt 25,31-46), en los sacramentos y especialmente en la persona del ministro sacerdote. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (cfr. Catecismo, 1373).

La singularidad de la presencia eucarística de Cristo está en el hecho de que el Santísimo Sacramento contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios verdadero y Hombre perfecto, el mismo que nació de la Virgen, murió en la Cruz y ahora está sentado en los cielos a la diestra del Padre. «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si los otras presencias non fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (Catecismo, 1374).

El término substancial trata de indicar la consistencia de la presencia personal de Cristo en la Eucaristía: ésta no es simplemente una “figura”, capaz de “significar” y de estimular a la mente a pensar en Cristo, presente en realidad en otro lugar, en el Cielo; ni es un simple “signo”, a través del cual se nos ofrece la “virtud salvadora” —la gracia—, que proviene de Cristo. La Eucaristía es, en cambio, presencia objetiva, del ser-en-sí (la substancia) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, de su entera Humanidad —inseparablemente unida a la Divinidad por la unión hipostática—, aunque velada por las “especies” o apariencias del pan y del vino.

Por tanto, la presencia del verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento «no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios» (Catecismo, 1381). Esto lo expresa muy bien la siguiente estrofa del Adoro te devote: Visus, tactus, gustus, in te fallitur / Sed auditu solo tuto creditur / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc verbo Veritatis verius (Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto / pero basta con el oído para creer con firmeza / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios / nada es más verdadero que esta palabra de verdad).

2. La transubstanciación

La presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía supone una conversión extraordinaria, sobrenatural, única. Tal conversión tiene su fundamento en las mismas palabras del Señor: «Tomad y comed: esto es mi Cuerpo… bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza…» (Mt 26,26-28). En efecto, estas palabras se hacen realidad sólo si el pan y el vino cesan de ser pan y vino y se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, porque es imposible que una misma cosa pueda ser simultáneamente dos seres diversos: pan y Cuerpo de Cristo; vino y Sangre de Cristo.

Sobre este punto el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”» (Catecismo, 1376). Sin embargo permanecen inalteradas las apariencias del pan y del vino, es decir, las “especies eucarísticas”.

Aunque los sentidos capten verdaderamente las apariencias del pan y del vino, la luz de la fe nos da a conocer que lo que realmente se contiene bajo el velo de las especies eucarísticas es la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Gracias a la permanencia de las especies sacramentales del pan, podemos afirmar que el Cuerpo de Cristo —su entera Persona— está realmente presente en el altar, o en el copón, o en el Sagrario.

3. Propiedades de la presencia eucarística

El modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio admirable. Según la fe católica Jesucristo está presente todo entero, con su corporeidad glorificada, bajo cada una de las especies eucarísticas, y todo entero en cada una de las partes resultantes de la división de las especies, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cfr. Catecismo, 1377). Se trata de una modalidad de presencia singular, porque es invisible e intangible, y, además, es permanente, en el sentido de que, una vez realizada la consagración, dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas.

4. El culto a la Eucaristía

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría (es decir, de adoración), al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa (por esto ha indicado que nos arrodillemos o nos inclinemos profundamente ante las especies consagradas), como fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas en el Sagrario (o Tabernáculo), presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión, etc. (cfr. Catecismo, 1378).

Se conserva la Sagrada Eucaristía en el Sagrario:

— principalmente para poder dar la Sagrada Comunión a los enfermos y a otros fieles imposibilitados de participar en la Santa Misa;

— además, para que la Iglesia pueda dar culto de adoración a Dios Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (de modo especial durante Exposición de la Santísima Eucaristía, en la Bendición con el Santísimo; en la Procesión con el Santísimo Sacramento en la Solemnidad de Cuerpo y Sangre de Cristo, etc.);

— y para que los fieles puedan siempre adorar al Señor Sacramentado con frecuentes visitas. En este sentido afirma Juan Pablo II: «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No ahorremos nuestro tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y pronta a reparar las grandes culpas y delitos del mundo. No cese jamás nuestra adoración» ;

Hay dos grandes fiestas (solemnidades) litúrgicas en las que se celebra de modo especial este Sagrado Misterio: el Jueves Santo (se conmemora la institución de la Eucaristía y del Orden Sagrado) y la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (destinada especialmente a la adoración y a la contemplación del Señor en la Eucaristía).

5. La Eucaristía, Banquete Pascual de la Iglesia

5.1. ¿Por qué la Eucaristía es el Banquete Pascual de la Iglesia?

«La Eucaristía es el Banquete Pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua [el paso de este mundo al Padre a través de su pasión, muerte, resurrección y ascensión gloriosa, nos entrega su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida, y nos une con Él y entre nosotros en su sacrificio» (Compendio, 287).

5.2. Celebración de la Eucaristía y Comunión con Cristo

«La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros» (Catecismo, 1382).

La Santa Comunión, ordenada por Cristo («tomad y comed… bebed todos de él…»: Mt 26,26-28; cfr. Mc 14,22-24; Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), forma parte de la estructura fundamental de la celebración de la Eucaristía. Sólo cuando Cristo es recibido por los fieles como alimento de vida eterna alcanza plenitud de sentido su hacerse alimento para los hombres, y se cumple el memorial por Él instituido. Por esto la Iglesia recomienda vivamente la comunión sacramental a todos aquellos que participen en la celebración eucarística y posean las debidas disposiciones para recibir dignamente el Santísimo Sacramento.

5.3. Necesidad de la Sagrada Comunión

Cuando Jesús prometió la Eucaristía afirmó que este alimento no es sólo útil, sino necesario: es una condición de vida para sus discípulos. «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Comer es una necesidad para el hombre. Y, como el alimento natural mantiene al hombre en vida y le da fuerzas para caminar en este mundo, de modo semejante la Eucaristía mantiene en el cristiano la vida en Cristo, recibida con el bautismo, y le da fuerzas para ser fiel al Señor en esta tierra, hasta la llegada a la Casa del Padre. Los Padres de la Iglesia han entendido el pan y el agua que el Ángel ofreció al profeta Elías como tipo de la Eucaristía (cfr. 1 Re 19, 1-8): después de recibir el don, el que estaba agotado recupera su vigor y es capaz de cumplir la misión de Dios.

La Comunión, por tanto, no es un elemento que puede ser añadido arbitrariamente a la vida cristiana; no es necesaria sólo para algunos fieles especialmente comprometidos en la misión de la Iglesia, sino que es una necesidad vital para todos: puede vivir en Cristo y difundir su Evangelio sólo quien se nutre de la vida misma de Cristo.

El deseo de recibir la Santa Comunión debería estar siempre presente en los cristianos, como permanente debe ser la voluntad de alcanzar el fin último de nuestra vida. Este deseo de recibir la Comunión, explícito o al menos implícito, es necesario para alcanzar la salvación.

Además, la recepción de hecho de la Comunión es necesaria, con necesidad de precepto eclesiástico, para todos los cristianos que tienen uso de razón: «La Iglesia obliga a los fieles (…) a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual preparados por el sacramento de la Reconciliación» (Catecismo, 1389). Este precepto eclesiástico no es más que un mínimo, que no siempre será suficiente para desarrollar una auténtica vida cristiana. Por eso la misma Iglesia «recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo, 1389).

5.4. Ministro de la Sagrada Comunión

El ministro ordinario de la Santa Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono. Ministro extraordinario permanente es el acólito. Pueden ser ministros extraordinarios de la comunión otros fieles a los que el Ordinario del lugar haya dado la facultad de distribuir la Eucaristía, cuando se juzgue necesario para la utilidad pastoral de los fieles y no estén presentes un sacerdote, un diácono o un acólito disponibles.

«No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado “por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano”». A propósito de esta norma es oportuno considerar que la Comunión tiene valor de signo sagrado; este signo debe manifestar que la Eucaristía es un don de Dios al hombre; por esto, en condiciones normales, se deberá distinguir, en la distribución de la Eucaristía, entre el ministro que dispensa el Don, ofrecido por el mismo Cristo, y el sujeto que lo acoge con gratitud, en la fe y en el amor.

5.5. Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión

Disposiciones del alma

Para comulgar dignamente es necesario estar en gracia de Dios. «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente —proclama san Pablo—, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues el hombre a sí mismo; y entonces coma del Pan y beba del Cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). Por tanto, nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental (cfr. Catecismo, 1385).

Para comulgar fructuosamente se requiere, además de estar en gracia de Dios, un serio empeño por recibir al Señor con la mayor devoción actual posible: preparación (remota y próxima); recogimiento; actos de amor y de reparación, de adoración, de humildad, de acción de gracias, etc.

Disposiciones del cuerpo

La reverencia interior ante la Sagrada Eucaristía se debe reflejar también en las disposiciones del cuerpo. La Iglesia prescribe el ayuno. Para los fieles de rito latino el ayuno consiste en abstenerse de todo alimento o bebida (excepto el agua o medicinas) una hora antes de comulgar. También se debe procurar la limpieza del cuerpo, el modo de vestir adecuado, los gestos de veneración que manifiestan el respeto y el amor al Señor, presente en el Santísimo Sacramento, etc. (cfr. Catecismo, 1387).

El modo tradicional de recibir la Sagrada Comunión en el rito latino —fruto de la fe, del amor y de la piedad plurisecular de la Iglesia— es de rodillas y en la boca. Los motivos que dieron lugar a esta piadosa y antiquísima costumbre, siguen siendo plenamente válidos. También se puede comulgar de pie y, en algunas diócesis del mundo, está permitido — nunca impuesto— recibir la comunión en la mano.

5.6. Edad y preparación para recibir la primera Comunión

El precepto de la comunión sacramental obliga a partir del uso de razón. Conviene preparar muy bien y no retrasar la Primera Comunión de los niños: «Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios» (Mc 10,14).

Para poder recibir la primera Comunión, se requiere que el niño tenga conocimiento, según su capacidad, de los principales misterios de la fe, y que sepa distinguir el Pan eucarístico del pan común. «Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino».

5.7. Efectos de la Sagrada Comunión

Lo que el alimento produce en el cuerpo para el bien de la vida física, lo produce en el alma la Eucaristía, de un modo infinitamente más sublime, en bien de la vida espiritual. Pero mientras el alimento se convierte en nuestra substancia corporal, al recibir la Sagrada Comunión, somos nosotros los que nos convertimos en Cristo: «No me convertirás tú en ti, como la comida en tu carne, sino que tú te cambiarás en Mí». Mediante la Eucaristía la nueva vida en Cristo, iniciada en el creyente con el bautismo (cfr. Rm 6,3-4; Gal 3,27-28), puede consolidarse y desarrollarse hasta alcanzar su plenitud (cfr. Ef 4,13), permitiendo al cristiano llevar a término el ideal enunciado por san Pablo: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Por tanto, la Eucaristía nos configura con Cristo, nos hace partícipes del ser y de la misión del Hijo, nos identifica con sus intenciones y sentimientos, nos da la fuerza para amar como Cristo nos pide (cfr. Jn 13,34-35), para encender a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo con el fuego del amor divino que Él vino a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49). Todo esto debe manifestarse efectivamente en nuestra vida: «Si hemos sido renovados con la recepción del cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi (2 Co 2,15), el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir».

Dios, por la Sagrada Comunión, acrecienta la gracia y las virtudes, perdona los pecados veniales y la pena temporal, preserva de los pecados mortales y concede perseverancia en el bien: en una palabra, estrecha los lazos de unión con Él (cfr. Catecismo, 1394-1395). Pero la Eucaristía no ha sido instituida para el perdón de los pecados mortales; esto es lo propio del sacramento de la Confesión (cfr. Catecismo, 1395).

La Eucaristía causa la unidad de todos los fieles cristianos en el Señor, es decir, la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Catecismo, 1396).

La Eucaristía es prenda o garantía de la gloria futura, es decir, de la resurrección y de la vida eterna y feliz junto a Dios, Uno y Trino, a los Ángeles y a todos los santos: «Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen María y a todos los santos» (Catecismo, 1419).

Ángel García Ibáñez

¿Cómo explicar la fe católica?

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¿Qué es la Misa? ¿cómo explicar que hay un Dios? ¿por qué existe el mal? ¿por qué el matrimonio es indisoluble? ¿qué dice la Iglesia sobre la honestidad en el trabajo? ¿cuál es el significado del 6º mandamiento?

Varios profesores de Teología han preparado 40 artículos breves que tratan diferentes aspectos de la doctrina católica: los puede encontrar en la sección “Resúmenes de fe cristiana”.

Opus Dei - Conocer bien la fe es la primera condición para poder transmitirla.

Conocer bien la fe es la primera condición para poder transmitirla.

En conjunto, siguen el esquema propuesto por el Catecismo de la Iglesia Católica: la profesión de Fe (temas 1-16), los Sacramentos (temas 17-25), la vida moral cristiana: los mandamientos (temas 26-38), y la oración del creyente (temas 39 y 40).

Con un estilo accesible y riguroso, los autores explicitan de modo sintético las enseñanzas de la Iglesia católica, ofreciendo oportunas referencias a la Sagrada Escritura, los Padres y el Magisterio de la Iglesia.

Opus Dei - Los padres, responsables de explicar la fe a los hijos.

Los padres, responsables de explicar la fe a los hijos.

Además, están presentes las enseñanzas de san Josemaría, que ayudan a acercar las verdades expuestas a la vida cotidiana del lector.

Al final de cada texto se propone una bibliografía fundamental para quien desee profundizar en algún aspecto de cada tema.

Estos escritos invitan a mejorar el conocimiento del cristianismo, proponen una comprensión vital del mismo, y constituyen un material de fácil manejo que estimulan a dar razón de la propia fe.

Las 40 cuestiones tratadas son:
La profesión de Fe
1. La existencia de Dios
2. La Revelación
3. La Fe sobrenatural
4. La naturaleza de Dios y su obrar
5. La Santísima Trinidad
6. La Creación
7. La elevación sobrenatural y el pecado original
8. Jesucristo, Dios y Hombre verdadero
9. La Encarnación
10. La Pasión y Muerte en la Cruz
11. Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo
12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia Católica
13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados
14. Historia de la Iglesia
15. La Iglesia y el Estado
16. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna

Los Sacramentos
17. La Liturgia y los Sacramentos en general
18. El Bautismo y la Confirmación
19. La Eucaristía
20. La Eucaristía (2)
21. La Eucaristía (3)
22. La Penitencia
23. La Penitencia (2)
24. La Unción de los enfermos
24 (2). Orden sagrado
25. El matrimonio

La vida moral cristiana: los mandamientos
26. La libertad, la ley y la conciencia
27. La moralidad de los actos humanos
28. La gracia y las virtudes
29. La persona y la sociedad
30. El pecado personal
31. El Decálogo. El primer mandamiento
32. El segundo y el tercer mandamiento del Decálogo
33. El cuarto mandamiento del Decálogo
34. El quinto mandamiento del Decálogo
35. El sexto mandamiento del Decálogo
36. El séptimo mandamiento del decálogo
37. El octavo mandamiento del Decálogo
38. El noveno y el décimo mandamientos del Decálogo

La oración del creyente
39. La oración
40. Padre nuestro, que estás en el Cielo.

Vivir las fiestas y los domingos con Dios

Prelado  Tagged , , , , No Comments »

En su última visita a España, el Prelado animó a redescubrir “la alegría de asistir a la Misa dominical”. Incluimos en esta sección unas palabras de Mons. Echevarría sobre el modo cristiano de vivir las fiestas (texto extraído de “Eucaristía y vida cristiana”)

Opus Dei -

Pasar el domingo con Dios significa ofrecerle también el tiempo del descanso. Otra paradoja: que nuestra pobre generosidad le brinde consuelo.

Muchas personas tienen tanto quehacer —así piensan, al menos— que no encuentran tiempo para asistir a la Misa dominical. En nuestra época, éste parece el principal obstáculo para pasar con Dios los domingos y las fiestas de la Iglesia.

Descansar supone cambiar de ocupación, de ambiente, de circunstancias relacionales, de esfuerzo. En nuestro caso, significa también cambiar lo poco nuestro con lo mucho de Dios: confiarle nuestras miserias y nuestras pequeñeces, para recibir sus dones —el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Espíritu Santo— causa infinita de alegría y de paz. Ofrecerle nuestro tiempo para recibir su eternidad, que un día nos alcanzará.

Ha escrito Juan Pablo II: «Éste es un día que constituye el centro mismo de la vida cristiana. Si desde el principio de mi Pontificado no me ha cansado de repetir: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”, en esta misma línea quisiera hoy invitar a todos con fuerza a descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir. Él es quien conoce el secreto del tiempo y el secreto de la eternidad, y nos entrega “su día” como un don siempre nuevo de su amor. El descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir, no sólo para vivir en plenitud las exigencias propias de la fe, sino también para dar una respuesta concreta a los anhelos íntimos y auténticos de cada ser humano.

El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida».

Sí, salimos siempre ganando cuando damos al Señor los yugos nuestros y aceptamos el que de Él nos viene. ¡Ojalá cada cristiano fuera consciente de que no puede vivir sin el domingo! Esta expresión, recordaba Benedicto XVI, «nos remite al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales.

Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: “Sine dominico non possumus”; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado.

»Sobre la experiencia de los mártires de Abitina debemos reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI. Ni siquiera para nosotros es fácil vivir como cristianos, aunque no existan esas prohibiciones del emperador. Pero, desde un punto de vista espiritual, el mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa y por un secularismo cerrado a la trascendencia, puede parecer un desierto no menos inhóspito que aquel “inmenso y terrible” (Dt 8, 15) del que nos ha hablado la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio. En ese desierto, Dios acudió con el don del maná en ayuda del pueblo hebreo en dificultad, para hacerle comprender que “no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor” (Dt 8, 3). En el evangelio de hoy, Jesús nos ha explicado para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la nueva alianza mediante el don del maná. Aludiendo a la Eucaristía, ha dicho: “Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 58). El Hijo de Dios, habiéndose hecho carne, podía convertirse en pan, y así ser alimento para su pueblo, para nosotros, que estamos en camino en este mundo hacia la tierra prometida del cielo.

»Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. Por lo demás, no es un camino arbitrario: el camino que Dios nos indica con su palabra va en la dirección inscrita en la esencia misma del hombre. La palabra de Dios y la razón van juntas. Seguir la palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo.

»El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56). ¿Cómo no alegrarse por esa promesa?».

Pasar cristianamente el domingo, con Cristo Señor nuestro, asegura al descanso su dimensión festiva: no se queda en simple reposo de una fatiga física, sino que asume el valor de conmemoración de acontecimientos que se sitúan en la propia vida como origen de la felicidad actual. La creación, la alianza, la liberación de la esclavitud, la ley, la resurrección gloriosa, Pentecostés… ¡Qué larga y amable resulta la serie de maravillas divinas, de las que reavivamos la memoria en el “Día del Señor”! Resuena entonces en el corazón del cristiano su amorosa petición en aquella noche última: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19. Nosotros realizamos un nuevo trueque y le decimos: “No te olvides de mí, Señor, cuando venga mi hora, la hora de mi dolor y de mi tribulación; mi hora de pasar de este mundo a la eternidad, cuando venga el último día, Día tremendo (cfr. Is 13, 6.9; Mal 4, 1; Jl 2, 2; So 1, 15). Acuérdate de mí, Señor, que tantas veces te he recibido en la Sagrada Comunión, que te he acompañado junto al Sagrario, y admíteme en tu reino «para que coma y beba a tu mesa» (Lc 22, 29)”.

Cristo, glorioso en el Santísimo Sacramento, escuchará nuestras plegarias, irá llenando de paz y de alegría nuestros corazones, también en vistas de aquel trance, como llenó de gozo y de serenidad a los Apóstoles el día de su resurrección: «¡La paz con vosotros!» (Jn 20, 19. 21).

El Prelado del Opus Dei anima a los cristianos a ponerse al servicio de los demás

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Celebró la Santa Misa en sufragio por el alma de Monseñor Álvaro del Portillo con motivo del XV aniversario de su fallecimiento.

El Gran Canciller de la Universidad de Navarra, Monseñor Javier Echevarría, celebró el lunes día 23 la Santa Misa en el Polideportivo de la Universidad de Navarra en sufragio por el alma de Monseñor Álvaro del Portillo con motivo del XV aniversario de su fallecimiento.

El Prelado del Opus Dei destacó la calidad humana y espiritual de Monseñor Álvaro del Portillo, de quien dijo que “amó mucho a esta tierra navarra, a sus gentes y, de modo especial, a la Universidad de Navarra”. Dijo de él que era un hombre con una gran intimidad con Dios. Por el ejemplo de “su conducta y sus palabras, muchos hombres y mujeres recuperaron la felicidad de la fe vivida”, destacó.

En su homilía, el Mons. Javier Echevarría se refirió a la Cuaresma, el tiempo litúrgico actual y en el que la Iglesia anima a los cristianos a vivir la oración, la limosna y el ayuno.

Subrayó que esas acciones tienen un significado que va más allá de su práctica externa, pues suponen una decisión personal de darse con generosidad y de “identificarse con Cristo, modelo para todo hombre y para toda mujer”.

Sobre el sentido de la limosna, el Prelado del Opus Dei afirmó que no se refiere sólo a una ayuda económica –necesaria siempre–, sino que tiene un sentido más amplio. “Hemos de saber dar nuestro tiempo, nuestra preparación humana e intelectual, nuestra disponibilidad al servicio de los demás, y siempre sin pasar recibo”, animó.

También aplicó esta enseñanza a la relación entre la persona y Dios. “Dios no necesita de nuestra limosna, pero sí quiere necesitar de nuestra respuesta como cristianos, para que nos adentremos en su amistad y la transmitamos a los demás”.

Mons. Javier Echevarría señaló también que, en algunos momentos, la vida depara situaciones de dolor que pueden desconcertar; y recordó que, en esas ocasiones, el amor puede ayudar a sobrellevar esa carga o bien darle su pleno sentido. “Tenemos que aprender y recordar diariamente que el cariño pasa por el sacrificio y el dolor en sus manifestaciones grandes y pequeñas”. En esos momentos, subrayó, “el buen amigo no deja nunca al prójimo en la estacada”.

Favores de la Causa

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Ofrecemos algunos favores concedidos por la intercesión del matrimonio Alvira

El 30 de enero nació mi última hija, Blanca. El domingo 6 de febrero, la niña se constipó y el lunes oí que daba un fuerte grito. Acudí enseguida sin apreciar nada extraño. La llevé a la pediatra porque no respiraba bien. Le aplicaron aerosoles y suero fisiológico pero la niña seguía inquieta. Tenía una flema que no expulsaba y empecé a sospechar que pudiera tener algo en la garganta. Respiraba cada vez peor y fue ingresada en la UCI. Regresé a casa y, al llegar, vi la estampa y pensé “voy a ponerlos a trabajar” y encomendarles a mi hija.

Fue sometida a una broncoscopia. En el Hospital me dijeron que el médico quería hablar conmigo. Me mostró una chincheta negra de plástico que la niña había vomitado. Al verla, reconocí que era de una caja de cartón que tienen mis hijas. Me dijo que parecía imposible que una niña tan pequeña hubiera podido vivir ocho días con esa pieza, y no se explicaban cómo no había muerto. Me pidieron permiso para utilizar este caso en las clases. Después de enseñar a unos familiares la chincheta, la extravié. Aunque estaba convencida de que se debía a la intercesión de Tomás y Paquita, les pedí que, si habían sido ellos, encontrará la chincheta. Y así fue.

M.J.S.M.    Madrid

Vivo y trabajo en España desde hace dos años y con frecuencia llamo por teléfono a Bolivia para hablar con mi madre. Me contaba que estaba preocupada por el matrimonio de dos de mis hermanos. La mujer de mi hermano mayor arrastraba una deuda a la que no podía hacer frente, y él no quería avalarle ni ayudarle. Por este motivo tenían frecuentes desavenencias, y un día ella le abandonó, marchándose de casa sin dejar ninguna seña. Tienen tres hijos.

Otro de los hermanos, Rubén, también se separó en esos mismos días. Me quedé muy preocupada, pensando que desde lejos no podía hacer nada. En ocasiones, viviendo en Bolivia, había hablado con ellos y les hacía pensar, pero ahora no podía hacer nada. Pensé en Paquita y Tomás, y me puse a rezarles con fe y a diario. Pasó alrededor de una semana y volví a hablar con mi madre, quien no daba crédito a lo que había pasado. De manera inesperada, se habían vuelto a unir los dos matrimonios.

Mi hermano mayor fue a buscar a su mujer hasta que la encontró en una población de la selva. Es maestra y allí tuvo un trabajo. Consiguió que regresara y viven de nuevo juntos. Ha pasado un tiempo y él le ha ayudado a pagar la deuda y están más unidos que nunca. Cuando hablé con mi hermano me dijo que su cambio fue inexplicable. Ante el ejemplo de este matrimonio, la esposa de mi otro hermano fue a por él y le admitió de nuevo en casa. Está desde entonces dedicando tiempo a la familia, ha vuelto a acudir a Misa los domingos y se siente también muy feliz. Estoy convencida de que debo estos favores a Paquita y Tomás.

A.C.S.

Somos una familia numerosa. Dos de mis hermanos tenían dificultades para casarse. La zona donde viven sufrió mucha depresión económica y tenían dificultades de trabajo. Además, iban cumpliendo años y estaban desanimados. Empecé a rezar a los Alvira para que sucediera lo que les conviniera y se casaran los incasables.

El año pasado se casó el mayor. Pasaba de los cuarenta y su novia también, y encontraron trabajo fijo. Han comprado una casa y ya tienen una niña preciosa, con la que están emocionados. Ha sido un favor completo.

Este año se ha casado el segundo, que casi llega a los cuarenta. Era funcionario y llevaba años intentando sacar la plaza fija. Un cambio de ley le dejó en la calle y se desanimó mucho. Les han vuelto a admitir. La novia también ha mejorado su situación profesional. Y se han casado.

P.G‑Ll. Pamplona

Llevaba tres años de noviazgo y estaba a punto de casarme cuando surgieron dificultades. Decidimos entonces dejarlo porque él no aceptaba el proyecto de vida al que me sentía llamada. Todo esto coincidió con una temporada muy dura porque yo trabajaba y a la vez preparaba oposiciones, de las que me examinaría en breve. Recé a diario la estampa al matrimonio Alvira pidiéndoles que me buscara “uno como Tomás”.

Por motivos burocráticos no pude presentarme en el segundo ejercicio de la oposición. ¡Otra contrariedad que me dejó muy hundida! Decidí irme una temporada con mi familia. Empecé a ir a Misa cerca de mi casa y allí me fijé en un chico que era amigo de mi hermano; nos presentaron y ya estamos saliendo.

Un día me dijo que él, en su relación anterior, rezaba a Paquita y Tomás, y vio que ese noviazgo no llevaba a ningún sitio. Desde entonces rezamos la estampa juntos y hacemos una petición común: “que nos ayudéis a querernos como vosotros y a cumplir la voluntad de Dios”. ¡GRACIAS!

L.L.G.   Córdoba

Biografía de José María Hernández Garnica

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José María Hernández Garnica nació en Madrid el 17 de noviembre de 1913. Doctor ingeniero de Minas, en Ciencias Naturales y en Teología.

Pidió la admisión en el Opus Dei el 28 de julio de 1935.  Falleció en Barcelona el 7 de diciembre de 1972.

Supo responder con generosidad a la llamada específica de Dios, y su vida, centrada en la Santa Misa, fue apostólicamente fecunda. Estuvo siempre muy unido a san Josemaría, Fundador del Opus Dei, que depositó en él una gran confianza.

Tenía grandes talentos humanos que puso, movido por Dios, al servicio de la Iglesia y de todas las personas que le trataron. Su sencilla humildad, y su extraordinaria sinceridad y franqueza hicieron que su personalidad fuera atractiva, aunque él se sintió siempre servidor de todos.

El 25 de junio de 1944 recibió la ordenación sacerdotal. Después, san Josemaría le encargó especialmente el impulso de la labor apostólica del Opus Dei entre las mujeres de España, lo que compaginó con otras muchas tareas sacerdotales por todo el país.

Más tarde, marchó a desarrollar su ministerio sacerdotal en varios países de Europa. Trabajó en Inglaterra, Irlanda, Francia, Austria, Alemania, Suiza, Bélgica y Holanda.

Se santificó en sus tareas profesionales y luego en las propias del sacerdote, con gran generosidad: aprendió varios idiomas, se adaptó a diferentes ambientes e hizo frente a incomodidades de todo orden en países en los que comenzaba la labor apostólica del Opus Dei.

Sufrió con gran paciencia y espíritu de sacrificio diversas enfermedades y de modo especial el largo proceso de su última dolencia, que duró más de un año. Dios quiso llevárselo en la víspera de la solemnidad de la Inmaculada del año 1972, mientras hacía oración.


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