Un restaurador de libros que encontró su “Camino”

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J. Carlos, uruguayo de pura cepa, llegó a la vida en el momento en que la selección uruguaya de fútbol se coronaba campeona del mundo. La vida lo hizo encuadernador y por sus manos pasó el libro “Camino”, escrito por san Josemaría. Para ese hombre de familia atea ya nada sería igual.

J. Carlos Bordolli, por sus manos han pasado miles de libros y joyas de la literatura.

J. Carlos Bordolli Fattoruso,
encuadernador-restaurador de libros:

Qué puedo decir acerca de mons. Escrivá y del Opus Dei. Es muy difícil hablar en pocas palabras de un mensaje sin hacer un poco de historia. Nací el año de Maracaná, el día de Maracaná y me bautizaron frente a la Asociación Uruguaya de Fútbol, en la Parroquia del Cordón a la hora del partido final. Todo orquestado por mi abuela italiana, Dofia Annunziata Molinari de Fattoruso. Pero en mi casa paterna, a Dios le habían cerrado la puerta.

Criado en un hogar ateo, donde se escribía y se pensaba a Dios con minúscula y María era simplemente el nombre de varias integrantes de la familia, crecí, estudié y comencé mi vida laboral. Mi único contacto con la Iglesia y la religión había sido mi bautismo ya relatado, las Primeras Comuniones de dos primas y algún casamiento religioso. Formé mi familia en 1972 un 17 de mayo, hoy soy padre de dos hijos y abuelo de dos nietos.

Soy fiel devoto de mons. Escrivá, de su palabra, de su obra, de su filosofía y de su intercesión en mi vida. En 1986 mi hijo menor contrajo una enfermedad tan rara como gravemente mortal: polimiositis. Los esfuerzos del neurólogo y del oncólogo-pediatra no eran suficientes. Mi única esperanza para él y la familia: la oración. Mi súplica a mons. Escrivá fue oída. Hoy mi hijo lleva una vida normal con 27 años. Desde ese momento mi respeto se convirtió en devoción y ya lo consideré un Santo.

Como encuadernador-restaurador de libros, por mis manos han pasado cientos y miles de volúmenes. Joyas de la literatura, biblias, catecismos, etc. Por el año 1976 un pequeño librito llamado “Camino” me llamó la atención. Mientras arreglaba sus deterioradas páginas, iba leyendo superficialmente sus puntos.

Portada del libro editado con ocasión del centenario.

Fanático del trabajo como soy, vi la importancia que se le daba en el texto a este tema y sobre todo a la necesidad de trabajar con tanta responsabilidad como alegría. No quiero mentir, pero me sentí identificado y le encontré razón a muchas sinrazones y ya ese libro pasó a ser parte de mi biblioteca particular. Lo estudié profundamente.

Cada día abrimos los ojos y enfrentamos al mundo y sus desafíos… Nuestros deberes a cumplir, nuestra relación con el medio, con la familia, nuestro cultivo espiritual, nuestras devociones, no son otra cosa que nuestras respuestas. Si lo hacemos responsablemente y con alegría, con “buena onda”, podemos llegar al fin de cada uno de esos días con una pequeña meta cumplida. Eso no es poco para cualquier ser humano en su corto paso por la vida terrenal. Si logramos contagiar ese espíritu que da la fe, habremos cumplido una tarea. Para eso debemos ser luchadores incansables…

En resumen. Un ateo, fanático del trabajo, conoce la palabra de monseñor Escrivá, la adopta, la sigue y la pone en práctica. Cuando, en un momento límite se encomienda desesperadamente, recibe una respuesta que reafirma materialmente la comunicación entre la fe humana y lo divino. Desde ese entonces su vida es una lucha permanente: por ser mejor, por ser ejemplo, por enriquecerse espiritualmente, por perdurar desde su trabajo diario tanto profesional como humano… para que un día los hijos puedan repetir los versos que un día escribió un poeta: “Mi padre fue un hombre bueno”.

Subió a mi autobús un sacerdote

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“En una ocasión estaba muy contrariado porque habían variado mi trayecto y andaba mal con el horario. No estaba en mi mejor momento…”. Testimonio de Ramón A., conductor de autobuses urbanos en España.

La estampa de la oración a san Josemaría ha sido traducida en 73 lenguas. Foto: estampa en hindi (India).

Soy conductor de autobuses urbanos. En una ocasión estaba muy contrariado porque habían variado mi trayecto y andaba mal con el horario. No estaba en mi mejor momento. Además tenía otros problemas en los que pensar: iban a operar a mi hija de dos años. Una señora subió al autobús y -al verme tan inquieto- me dijo que me iba a dar la estampa de un santo que me ayudaría en el trabajo. Yo la miré con indiferencia pero intenté sonreír un poco para agradecer la preocupación de esta señora por mí. El santo era Josemaría. Operaron a mi hija y todo salió mejor de lo que ninguno habíamos imaginado. Era una intervención que se presentaba compleja pero resultó muy bien.

Tenía (tengo) la estampa conmigo en mi cabina de conducir. Una semana después subió la misma señora y, en esta ocasión, fui yo quien la interpeló. Le agradecí la estampa y su preocupación y me disculpé por la indiferencia que había mostrado cuando me la dio. Estuvimos hablando todo el trayecto. Le pregunté por qué algunas personas se refieren a san Josemaría como ‘nuestro Padre’ y le confesé que me daba un poco de envidia no poder utilizar este modo de expresión por no ser yo del Opus Dei. Ella me dijo que ese modo de referirse a san Josemaría se debía a la gratitud de millones de personas. “Yo le llamo ‘Padre’ -me dijo- porque él me ha engendrado a la vida del espíritu, del trato amistoso con Jesucristo”. Me quedé de una pieza. “Él rezó y se sacrificó -continuó explicándome- por todas las personas, de todos los tiempos, que se acercarían a Dios en la vida cotidiana. Por eso le considero como Padre y le quiero como tal”.

Le pedí más estampas pero sólo tenía una. Pasó otra semana y se repitió la historia. Esta vez, ella traía un “taquito” de estampas. “Las he llevado conmigo por si volvíamos a vernos”, dijo. Ahora ‘nuestro Padre’ (mi Padre) y yo conducimos el autobús juntos. Hace poco tuve un percance en un cruce de circulación. Tuve que dar un volantazo y frenar violentamente. No pasó nada. Ahora estoy con buen humor aunque tenga algún problema. Mi cabina del autobús se ha convertido en un lugar estupendo para hablar de ‘nuestro Padre’.

Sólo diré una cosa; eso sí, preciosa. Hará un mes que subió a mi autobús un chico de unos 30 años que me preguntó dónde estaba una oficina de trabajo temporal. Le indiqué dónde era y le dije que en mi línea de autobús podía acercarle. Subió y empezamos a charlar. Le dije lo mismo que me dijo a mí la señora que me dio la estampa: “Sé de un santo que puede ayudarle en el trabajo” y le di una estampa. Hace dos días (esto es lo que me ha movido a escribir) subió un sacerdote en mi autobús y me saludó. No tenía ni idea de quién era. “Dios mío, -pensé- es el chico que me había preguntado por la oficina de empleo”. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Él sonrió ante mi estupor y me dijo que había abandonado su vocación de sacerdote. Al encontrarse con ‘nuestro Padre’ reconsideró las cosas y solicitó que le revalidasen las licencias sacerdotales porque quería ser fiel como lo fue san Josemaría.

“Estoy convencido de que don Álvaro me ha curado”

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Jorge Llop, español, es uno de los 42 diáconos que el sábado 21 de mayo de 2005 fué ordenado sacerdote por mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

Jorge Llop, en el centro, es uno de los cinco abogados que han sido ordenados sacerdotes por el prelado del Opus Dei.

Desde joven, Jorge sintió una gran pasión por los deportes. Compaginando el estudio con los entrenamientos, llegó a debutar en la máxima categoría nacional de jockey sobre hierba. Sin embargo, su deporte favorito es la bicicleta, con la que ha coronado las principales rutas del Pirineo. Este vasco de 46 años es, además, un gran aficionado a la lectura. A su reciente ordenación sacerdotal han acudido un numeroso grupo de familiares y amigos de Bilbao, entre ellos varios profesores, alumnos y ex alumnos del colegio Gaztelueta, en el que trabajó durante quince años. “Muchos de los que vienen me han apoyado especialmente con su oración durante la grave enfermedad que me descubrieron hace casi seis años y cuya curación atribuyo, sin duda, a la intercesión de don Álvaro del Portillo”.

Si no tiene inconveniente, ¿puede contarnos algo de su enfermedad?
Comencé a notar algún síntoma en el verano de 1999. Me sentía bastante cansado, y me daban golpes de calor. Un día me desmayé. Lo comenté con el médico y, después de descartar que se pudiera tratar de una hernia, me sometí a una endoscopia. Siguiendo el consejo de mi familia, viajé a Pamplona, para ser tratado en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra. Allí me hicieron otras pruebas y diagnósticaron una metástasis de melanoma en el estómago y en la pierna.

¿Cómo reaccionó cuando le confirmaron que se trataba de algo serio?
Lo primero que hice fue rezar y pensar que estaba en las manos de Dios. Después me encomendé a la intercesión de don Álvaro del Portillo. Fue inolvidable que el prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarria, me escribiera una docena de cartas durante mi convalecencia en la clínica. Estuvo siempre al corriente de la evolución de mi enfermedad, y me animó a acudir a los medios sobrenaturales y a no dejar de encomendarme a don Álvaro. Tras realizarme varias pruebas y constatar que rechazaba el tratamiento, tomé una actitud pasiva ante esa situación: me había tocado y mi vida había cambiado por completo y para siempre. Sin embargo, gracias a los consejos de los médicos, que siempre me animaron a luchar, y a los constantes apoyos de las personas que me acompañaban, nunca me desanimé. A los cuatro meses me hicieron nuevos análisis y los doctores descubrieron unas manchas en el páncreas, por lo que pensaron que podría ser una metástasis o un cáncer de las vías biliares. Pero resultó ser una intoxicación por la enfermedad. En enero de 2000 me hicieron otra prueba y me dijeron que las manchas habían desaparecido: fue una gran sorpresa. En seguida pensé en el milagro, aunque no me gusta que me consideren una persona que ha recibido un milagro. Pero la realidad es que a partir de ese momento, lo único que hago es una revisión semestral para controlar que los síntomas malignos no reaparecen.

Don Álvaro.

¿Ha tenido ocasión de animar a otras personas en situaciones similares a la suya?
Sí. Algunas veces he podido transmitir la experiencia sobre mi enfermedad a personas que han pasado por lo mismo. Hay gente que te pregunta por qué esa persona se ha curado y sin embargo otra no. Y te lo preguntan porque saben que eres consciente de lo que están pasando. Yo les animo diciéndoles que esa situación sólo se desbloquea cuando rezan, cuando acudan a Dios con confianza. En verdad, sólo Dios sabe lo que quiere cuando permite que la enfermedad pase a formar parte de la vida de un hombre. Todo acontecimiento, también aquellos más dolorosos, debe ser contextualizado en el proyecto que Dios tiene para cada uno. Y, entonces, es más fácil encontrar un sentido, que no es otro que el que dió Jesús a la Pasión. El misterio de la Cruz del hombre se entiende en el misterio de la Cruz de Cristo.

El contacto directo con la enfermedad, ¿le ha ayudado en cualquier modo a prepararse para el sacerdocio?
Naturalmente. Aunque Dios va al encuentro del hombre y de la mujer habitualmente a través de sucesos pequeños, aparentemente intrascendentes, no sólo existe la providencia ordinaria. Creo que no hay que asustarse si alguna vez el Señor se hace presente pidiendo algo grande. Es una muestra de amistad y de confianza. Por otro lado, me doy cuenta de que el sacerdocio es un don muy grande. Si veo claro que Dios desea que le sirva a partir de ahora como sacerdote, no me puedo equivocar al responder a su llamada. Aunque no faltarán sacrificios, estoy convencido de que el mejor negocio que puede hacer una persona es abrir las puertas a Dios, y responder que sí a su llamada. A mí me ha dicho “sígueme ahora como sacerdote” y mis sentimientos son de enorme agradecimiento.

En un momento de la ceremonia de ordenación.

Usted ha sido ordenado sacerdote en un momento especial. Han trascurrido casi dos meses de la muerte de Juan Pablo II y un mes de la elección de Benedicto XVI.
Realmente hemos vivido unos días inolvidables, sobre todo los que hemos tenido la suerte de residir en Roma durante este período único. Hemos palpado la extraordinaria humanidad de Juan Pablo II y de muerte santa que ha conmovido a todo el mundo. Una humanidad y una santidad que encuentran su fundamento en Cristo. ¡Cómo olvidar las miles de personas que han pasado gustosamente cinco, diez y hasta más de doce horas en pie haciendo cola para saludarlo por última vez! Ha sido algo impresionante. Lo que personalmente más me ha conmovido ha sido el amor apasionado de Juan Pablo II por la Eucaristía, pues hasta el último día que estuvo consciente tuvo como absoluta prioridad celebrar la Santa Misa. En el sacrificio del calvario, el Papa encontraba el sentido de toda la existencia. Considero un hecho no menos significativo en el diseño amoroso de la Providencia que su sucesor haya sido elegido en el Año de la Eucaristía. Esto es una gracia especial que debemos aprovechar todos -no solo los sacerdotes- para que crezca nuestro amor a la Eucaristía.

“El nacimiento de Benedetta fue un milagro”

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Durante el embarazo, los médicos diagnosticaron a la madre una grave disminución del líquido amniótico. Tras peregrinar a la tumba del fundador del Opus Dei, los problemas se resolvieron. Los padres, un matrimonio de Verona (Italia), lo atribuyen a San Josemaría.

Esta es la historia de un milagro. O, al menos, eso creen sus protagonistas. Tanto es así, que han sometido el caso al parecer de las autoridades eclesiásticas, para que reconozcan oficialmente la intercesión milagrosa del santo.

Benedeta, con sus padres y hermanos.

“Pero había tantos milagros en la causa de san Josemaría, que no fue necesario estudiar el que nos concedió a nosotros”, dicen sonriendo los padres de Benedetta, la niña que ahora tiene cinco años.

Es ella misma quien nos abre la puerta de la casa donde vive esta familia, en Ponte Crencano (Verona, Italia). Benedetta es una niña graciosa y pizpireta, de ojos alegres y muy habladora. Me lleva hasta sus padres: Paolo Danzi, médico oculista de 44 años, y Alessandra Sboarina, profesora en un colegio.

Tiene tres hermanos mayores: una chica de 16 y dos chicos de 14 y 11 años. La niña asiste a mi conversación con sus padres, escuchando con curiosidad su milagroso nacimiento. El matrimonio se fue alternando la palabra. Vi en ellos un entendimiento tan bueno, que en la entrevista no he distinguido sus respuestas.

Ustedes afirman que el nacimiento de vuestra hija fue gracias a un milagro. ¿En qué se basan?

«Para entenderlo, tenemos que dar un paso atrás. Antes de Benedetta, habíamos perdido otra niña, que murió al nacer. Durante el embarazo, había sufrido el mismo problema que con Benedetta».

¿O sea?

«El embarazo en ambos casos había comenzado bien. Luego, en las revisiones médicas que las embarazadas nos hacemos, en los dos casos se vio que había perdido líquido amniótico de la placenta».

¿Con los otros hijos no habíais tenido este problema?

«No. Los nueve meses de espera con ellos fueron muy bien. Con María –la niña que perdimos- el líquido comenzó a disminuir a partir del cuarto mes de embarazo. La ginecóloga nos avisó de que habría graves problemas».

¿Y decidisteir seguir adelante con el embarazo?

«Por supuesto, hasta el final. La vida es lo primero, aunque no nos faltaron consejeros que nos sugerían acabar con la historia. Nuestras convicciones nos ayudaron a continuar adelante».

¿No estábais preocupados?

«Fue una larga angustia, pero continuamos igualmente. Era muy duro saber que aquello que se movía en mi vientre no tenía esperanzas de vida. María nació al octavo mes. Vivió un par de horas, lo suficiente para poder verla, sonreirle y bautizarla. Fue angustioso traerla al mundo sabiendo que le faltaban algunos órganos: pero la fe nos sostenía. Sólo pedimos a Dios que naciese viva, para ver a mi hija y poderla bautizar. Cuando nació, la cogimos de la manita, y poco a poco vimos que se iba apagando en ella la vida. Sufrimos, pero nos quedaba el consuelo de que se iba al Cielo».

Después, decidísteis tener otro hijo

«Sentíamos un vacío. Además, la ginecóloga nos dijo que aquél había sido un caso raro que no había probabilidad de que se repitiese. Así, a finales del 2000, un año después de la muerte de María, quedé embarazada de Benedetta».

¿Y qué ocurrió?

«Al quinto mes, en marzo de 2001, una ecografía reveló que también en este caso el líquido amniótico estaba desapareciendo poco a poco. La única diferencia era que Benedetta no presentaba malformaciones –María sí las había tenido-. Era una situación inexplicable para la ginecología. Muchos me aconsejaron que abortase».

Una sensación terrible…

«Estábamos destrozados. Fuimos a Bolonia para pasar consulta en un centro especializado en enfermedades prenatales. Allí nos dijeron que no tenía solución, que para resolverlo haría falta un milagro».

San Josemaría Escrivá.

Y vosotros lo habéis pedido.

«Nos dijimos: rezaremos, pero además haremos una peregrinación a Roma, a rezar directamente ante la tumba de san Josemaría. Llevamos con nosotros las ecografías y todos los análisis, que depositamos ante el cuerpo del santo. Con mucha fe, pedimos su ayuda y aceptamos la voluntad de Dios, la que fuese».

Y la ayuda llegó…

«Un par de semanas después debía hacerme la siguiente ecografía, justo el día del Jueves Santo. Acudimos acompañados por las oraciones de tantas personas del Opus Dei, a quien habíamos pedido que rezasen a san Josemaría por el milagro. Aquellos días se oía hablar de una monja que había realizado una curación. Así que nosotros le pedíamos, bromeando: “San Josemaría, no puede ser que una monja lo haga y tú no…”»

Llegó el día señalado y …

«Ni siquiera nos atrevíamos a mirar la ecografía. Mirábamos a la doctora, que ponía una cara extraña. Tardó algo más de lo normal, porque no daba crédito a sus ojos. Finalmente dijo: “El líquido amniotico ha aparecido de nuevo. Esto es inexplicable”. San Josemaría había oído nuestra oración. Con todo, la doctora nos dijo que la existencia del líquido no garantizaba nada.

¿Y después?

«Nos alertó de todos los peligros que la niña tenía todavía que superar. Una lista larguísima. Superado el obstáculo del líquido amniotico, estuvimos en vilo hasta el día del parto. Porque esta niña la queríamos a toda costa. Nació el 7 de julio de 2001, un poco baja de peso, pero perfectamente sana. Fue un regalo de san Josemaría, pero no el único».

Cómo, ¿otro milagro?

«No, no un milagro, sino un regalo que nos hizo felices».

Por favor…

«El 6 de octubre de 2002, para dar gracias al santo viajamos de nuevo a Roma a la canonización de san Josemaría. Al día siguiente, el Papa Juan Pablo II saludó a quienes participaron en la Misa de Agradecimiento por la canonización. Al final, dio una vuelta a la plaza para saludar a los fieles. Bendijo a la gente, besó a muchos niños… Y cuando el papamóvil volvía al Vaticano, antes de despedirse, el Papa cogió finalmente a una niña y la besó. La última de todo el paseo… Benedetta».

La niña, en brazos de Juan Pablo II, el día de la canonización de san Josemaría.

¿Se la ofrecisteis vosotros para que la besara?

«No, nosotros estábamos con la niña, que entonces tenía 15 meses, sentados en un lugar muy lejos del trayecto del coche. Una persona dijo que el Papa quería besar a un niño más. Benedetta era la única en toda nuestra zona, así que literalmente nos la quitaron de las manos y fue pasando de uno a otro hasta que llegó al Papa. A la vuelta, todos se entretenían jugando con la niña. Tardó en volver a nosotros: ¡con lo que nos había costado tenerla! Estábamos felices».

Y satisfechos, supongo.

«Pero aún no terminó la historia. Un año después, nos telefonó un amigo para decirnos que la foto en la que Juan Pablo II besaba a nuestra hija ocupaba una doble página en el libro dedicado a la canonización de san Josemaría. Rápidamente, compramos uno de esos libros, y la foto».

Volvamos a la curación, ¿por qué pensáis que fue un milagro?

«Porque es demasiada coincidencia. Los pronósticos indicaban o un parto prematuro con escasas posibilidades de supervivencia, o la muerte del feto aún en mi vientre. Por no hablar de las posibles malformaciones. En vez de eso, mire usted a mi hija, fuerte como un roble. En cinco años y medio, ni un solo resfriado».

¿Y por qué hacen público este favor?

«Para dar ánimo a las madres en dificultades, para que no pierdan la esperanza. Y porque, como dice la ginecóloga que ha seguido mis dos últimos embarazos, esto sirve para que aprendamos que nunca hay que rechazar a un niño que aún no ha nacido».

Desde la tahona

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Victoria Torres Navalón, nació y vive en Mondéjar, provincia de Guadalajara (España) hace 72 años. Es panadera y a su edad sigue con una actividad y ánimo extraordinarios. Tiene 4 hijos y 12 nietos. Es locuaz, divertida y muy popular entre los 3.000 habitantes de su pueblo

Victoria es supernumeraria del Opus Dei desde 1978. Hace muchos años, más de 40-todavía vivía Josemaría Escrivá de Balaguer-, leyó en el periódico una entrevista con el Fundador del Opus Dei. Sus palabras le llamaron la atención y se dijo “esto es lo mío”. Pocos años después, llegó a su pueblo un sacerdote del Opus Dei, más tarde conoció a algunas personas de la Obra y a través de ellas comprendió el mensaje de la santificación en el trabajo.

Un trabajo que en su caso es la panadería. Se hizo cooperadora del Opus Dei y más tarde pidió la admisión. Ahora Victoria está jubilada pero ha dedicado 31 años a la tahona que era de sus padres. Es una buena repostera, aprendió entre otras cosas a hacer tortas y rosquillas con la receta de su abuela, ahora las hace su hija, quien junto a una de sus nietas, está al frente de la tienda.

“A todos los que vienen a comprar les hablo de Jesucristo, intento no perder ocasión para acercar a la gente a Dios porque mi ilusión es salvar almas”

Además de sacar adelante a su familia, el trabajo detrás del mostrador le ha permitido, en estos años, estar en contacto con muchas personas: gente del pueblo y forasteros. “A todos los que vienen a comprar les hablo de Jesucristo, intento no perder ocasión para acercar a la gente a Dios porque mi ilusión es salvar almas”, señala.

Esa preocupación apostólica le ha llevado también a dedicar tiempo a impartir catequesis a niños en la parroquia de su pueblo, ahora da a niños que ya han hecho la primera comunión y siguen aprendiendo el catecismo. También tiene una gran dedicación a  acompañar a algunos enfermos y ancianos, acudiendo a una residencia de ancianos, al hospital o a sus domicilios; ha ayudado a muchos a morir cristianamente, y facilitándoles que pudieran recibir los Sacramentos. “Yo les leía un examen de conciencia y cuando estaban preparados, llamaba al sacerdote”.

Ha organizado desde su pueblo, viajes a Roma y peregrinaciones y no escatima esfuerzos para ayudar a quien lo necesita.

Victoria confiesa que “en mi vida cristiana ha sido fundamental la ayuda espiritual que me da la Obra para realizar mi trabajo y atender a mi familia”. Victoria tiene mucha devoción  a San Josemaría, a quien atribuye una sorprendente mejoría de una grave enfermedad que tuvo hace años.  

¡Me salvé de milagro!

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César tiene 37 años y es supernumerario del Opus Dei. Una catástrofe en su país de origen, Venezuela, le obligó a emigrar a España con toda su familia. Siete años después nos cuenta su aventura y el modo asombroso en que consiguió afincarse en este país. Ahora trabaja en un hospital asturiano

César, ¿qué ocurrió en Venezuela?

Vivía en La Guaira con mi mujer, Elia, y mis tres hijos. El 16 de diciembre de 1999, tras unos días de intensas lluvias se produjo una espeluznante riada de agua y barro. Era de noche. Subimos enseguida a la terraza del edificio y al poco tiempo vimos con desconsuelo que nuestra casa y muchos más pisos quedaban enterrados por el lodo.

Una situación angustiosa…

Salvamos la vida de milagro. Murieron muchos vecinos y amigos nuestros. El torrente produjo en total 40.000 muertos. Pasamos el día en la terraza del edificio con varios vecinos casi sin esperanza de salvarnos. Rezamos cuanto pudimos. Hasta bautizamos a un niño por si no salíamos vivos. Las esperanzas eran pocas y la tensión más que terrible.

¿Cómo os salvasteis?

Gracias a Dios después de 24 horas de angustia, dejó de llover y pudimos salir. No sabíamos si nuestros padres seguían con vida. Corrimos por la playa en medio de centenares de cadáveres arrastrados por la riada: un espectáculo dantesco. Tuvimos la suerte de encontrar a nuestros padres con vida y fuimos trasladados en helicóptero a Caracas.

¿Y qué hicisteis?

Enseguida nos dimos cuenta que habíamos perdido todo. No teníamos absolutamente nada, salvo la ropa que llevábamos puesta.

Difícil situación…

El Opus Dei es una gran familia y pude contar con el apoyo de muchas personas de la Obra para ir tirando en aquella fatídica situación. Habíamos perdido hasta los empleos. Yo era médico residente de ginecología y mi mujer abogada. Teníamos que buscar una solución rápidamente. Pensamos que lo mejor era emigrar a otro país y decidimos venir a España.

¿Y os lanzasteis a la aventura?

Así fue. Me vine yo primero y me encontré con tres grandes dificultades: lograr un permiso de residencia, homologar mi título de médico y conseguir mantenerme a mí primero y luego a toda la familia cuando ésta se trasladó. Para homologar el título debía pasar un duro examen para conseguir la plaza de Médico Interno Residente, pero no nos daban el permiso de residencia sin antes tener trabajo.

Dura disyuntiva…

Sí, porque el plazo para conseguir la residencia acababa antes de las oposiciones médicas. El dilema parecía no tener salida. El mundo se nos vino abajo. Entonces encomendamos a San Josemaría pidiéndole tres cosas muy concretas: que nos dieran el permiso de residencia, que me homologaran el título antes de la fecha del examen y que, por supuesto, aprobase el examen. Era un cúmulo de imposibles. Al mismo tiempo pusimos todos los medios humanos interponiendo un recurso. Mientras, yo tenía que estudiar mucho. Conseguimos dinero de amigos y de instituciones de ayuda a inmigrantes. En la academia de preparación me becaron…

A eso le llamaría una situación límite

Era desesperada. Pero se solucionó todo de modo asombroso. El día 9 de enero, aniversario del nacimiento de San Josemaría nos notificaron que nos concedían el permiso de residencia. El 14 de febrero, aniversario del inicio de la labor de mujeres en el Opus Dei, me concedieron la homologación del título. En el mes de abril me presenté al examen, y el 17 de mayo, aniversario de beatificación del Fundador del Opus Dei, publicaron en la gaceta oficial el resultado del examen: ¡había aprobado!

¡Vaya coincidencias!

Aún hubo un broche de oro. La víspera de la fiesta del beato Josemaría –todavía no había sido canonizado- firmé el contrato de Médico Residente y escogí plaza. Ahora me encuentro feliz trabajando en un hospital asturiano y toda la familia da muchas gracias a Dios y a San Josemaría, por cuya intercesión recibimos tantos favores.

Un venerable siervo de Dios

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Testimonio de Mons. Jorge Medina Estévez, Obispo de Rancagua

Hace muy poco, el 9 de abril de 1990, la Congregación para las Causas de los Santos ha publicado el Decreto que reconoce que el siervo de Dios Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer practicó las virtudes cristianas en grado heroico. Esta es, sin duda, una gran noticia para los numerosísimos católicos que se sitúan en la pos teridad espiritual del fundador del Opus Dei. En efecto, reconocida la heroicidad de sus virtudes, sólo queda para que el Santo Padre pueda proceder a su beatificación que se pruebe canónicamente al menos un milagro obrado por Dios mediante la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Cuando se reflexiona en la obra de Monseñor Escrivá, uno se siente impulsado a recordar la palabra evangélica: «El árbol se conoce por sus frutos» (Mt 12, 33). ¿Cuáles son esos frutos? Muchos, muchísimos, pero de entre ellos me parece que pueden destacarse tres.

El primero es el de haber impreso en su obra una fidelidad sin restricciones a la fe católica, al magisterio, a la conducción pastoral del Romano Pontífice. En momentos de incertidumbres y vacila ciones, los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer han dado tes timonio de firmeza en la fe, de adhesión al magisterio y de amoroso apoyo y obediencia al Papa. Esas actitudes, profundamente cató licas, las bebieron en el ejemplo y en las palabras del siervo de Dios. Para la Iglesia es importante este testimonio, que toca a lo más íntimo de su ser y que apunta al fundamento de su unidad.

El segundo es el de haber dado un impulso muy sólido y vital a una espiritualidad auténticamente laical. Para Monseñor Escrivá la santidad se busca y se consigue en el medio de vida de cada cual y no a pesar de él, sino precisamente a través de él. Es la santificación por el trabajo, de cualquier tipo que sea, haciendo del lugar donde la Providencia de Dios nos ha colocado, la expresión de la voluntad suya de que nos santifiquemos, y el camino para lograrlo. Un trabajo hecho por amor a Dios (ver Col 3, 22s), con competencia profe sional, ejecutado con alta calidad, pensando que el fruto del trabajo no es sólo una fuente de recursos para satisfacer las propias nece sidades, sino que es también un aporte a los demás, al bien común, al bienestar de la comunidad.

El tercero es el profundo aporte espiritual, tan concreto y pre ciso, tan revelador de una rica experiencia personal y de dirección espiritual, constituido por los tres libro Camino, Surco Forja. Bajo el género literario de «números», aparentemente independientes unos de otros, pero en realidad profundamente conexos y trabados por una visión de la vida y de la espiritualidad característica del fundador del Opus Dei, el siervo de Dios ha proporcionado a millares y centenares de millares de discípulos de Cristo un alimento espiritual singularmente apropiado para el hombre de hoy. Son fór mulas breves, profundas, cargadas de experiencia, utilísimas para recordar verdades de siempre y para hacerse preguntas altamente pertinentes acerca de la propia vida espiritual y del estado real de nuestro seguimiento de Cristo. Como esas «pepitas de oro» apuntan a realidades de carne y hueso y no a vagos sentimientos o a impre cisas posturas intelectuales plasmadas en frases que suenen bien, pero que dicen poco y exigen menos, sobre todo en lo que más cuesta, los «números» del Venerable Siervo de Dios son, en el mejor sentido de la palabra, «números»: especie de espectáculos del espí ritu que golpean la inteligencia, la sensibilidad y el amor. Y no cualesquiera, sino los que están arraigados en la fe.

Se ha escrito mucho sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, y se escribirá todavía más, pero lo más grande que tal vez puede decirse de él no será nunca escrito, porque Dios, acogiendo su deseo de desaparecer, no dará plena satisfacción a nuestra curiosidad de medirlo todo y de reducirlo todo a estadísticas, sino que se reservará para el día del advenimiento del Señor, y sólo en ese día nos dará a conocer la verdadera dimensión de quien en este mundo fuera el fundador de una escuela y espiritualidad tan propia del siglo XX, del siglo del laicado cristiano y católico.

El reconocimiento de la heroicidad de las virtudes de Josemaría Escrivá de Balaguer es un hecho reconfortante en la valoración de la espiritualidad que hunde sus raíces en el Evangelio y en las ense ñanzas del Concilio Vaticano II. No tardará la Iglesia en reconocer algún milagro atribuido a su intercesión, el que vendrá a sumarse al «milagro» de sus frutos y de los de su obra.

Aunque el título de «Venerable» no nos autoriza para rendirle culto público, muchos son y serán, cada día más, quienes desde ya lo veneren en el santuario de su corazón.

Ayudar a niños enfermos

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Me llamo Inma y soy la tercera de siete hermanos. Tras el nacimiento de mis dos hermanos mayores, los médicos dijeron a mis padres que ya no podrían tener más hijos, además, los embarazos, si los hubiera, supondrían un riesgo importante para mi madre. Mis padres tenían la ilusión de tener familia numerosa, por lo que decidieron ir a Roma para encomendárselo al Fundador del Opus Dei y pedirle el milagro de los hijos. En los 22 meses siguientes tuvieron 4 hijos más, dos de ellos gemelos y dos años más tarde nació mi hermano menor.

Recuerdo muy bien el día en el que mi madre nos lo contó. Me ilusionó mucho saber que habíamos nacido gracias a la intercesión de un santo y desde aquel momento tomé especial cariño a San Josemaría que en cierto modo era nuestro “padrino”. El 13 de septiembre de 1995, pedí la admisión en el Opus Dei.

Una experiencia inolvidable
Profesionalmente, he trabajado durante más de seis años en el Centro de Cuidados Laguna, atendiendo a los enfermos al final de la vida y a sus familias, así como a las personas mayores del Centro de Día Psicogeriátrico durante los dos últimos años. Ha sido para mí una experiencia inolvidable.

Actualmente trabajo en una Fundación de Ayuda a niños oncológicos y/o de difícil curación como directora técnica y trabajadora social del programa de Cuidados Paliativos. Mi trabajo consiste en coordinar el equipo psicosocial y ayudar a los niños enfermos y a sus familiares en el proceso de la enfermedad, orientando a los padres, apoyando en la reorganización familiar, acompañando a los hermanos etc.

El verdadero consuelo
Estoy aprendiendo muchísimo con cada uno de los niños enfermos y con cada uno de los padres y hermanos. Me encanta descubrir cada día que los niños son siempre niños, aunque tengan una enfermedad grave, es decir, los niños que atendemos quieren jugar, sueñan con ser bombero o futbolista y tienen una sencillez asombrosa que les ayuda a comprender mejor que los adultos muchos de los acontecimientos diarios.

Por otro lado, la cercanía de la muerte y el contacto frecuente con el sufrimiento humano, me llevan a preguntarle más a Dios acerca de los grandes interrogantes: el sentido del sufrimiento, el dolor, la muerte… y a tratar, en la medida de lo posible, de acercar a los demás a Dios, pues creo sinceramente que Él es el único capaz de consolar realmente el corazón del doliente.


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