Novedades en josemariaescriva.info

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Seleccionamos algunas de las últimas noticias publicadas en la web dedicada al Fundador del Opus Dei. Entre otras, un libro infantil que narra los primeros años de la vida de San Josemaria Escrivá y un vídeo-testimonio de un favor concedido por el santo

Opus Dei - Portada de

Portada de “Forja” en ruso

Milagros de nuestro tiempo

Alberto Castro, un abogado de Puerto Rico, cuenta en el video “Encontrando a Dios en la vida diaria. El Opus Dei en Puerto Rico: Algunos Testimonios“, cómo pidió a san Josemaría que le curara de una grave lesión.

Blanco y los viajes a Barbastro

“Blanco y los viajes a Barbastro” es el título del nuevo libro infantil que narra los primeros años de la vida de San Josemaria Escrivá, fundador del Opus Dei, desde su nacimiento hasta su primera Comunión.

Nuevas ediciones de los libros de san Josemaría

La actividad editorial promovida por la Fundación Studium ha sido abundante en los últimos meses en muy distintos lugares del mundo.

“Apuntes”, la primera biografía sobre san Josemaría

Sólo unos meses después del fallecimiento de san Josemaría, vio la luz una primera publicación de carácter biográfico Mons. Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, escrita por Salvador Bernal. Esos Apuntes, que recogemos íntegramente en esta página web, ofrecen una introducción sencilla y ágil a la vida de san Josemaría y a los aspectos centrales del Opus Dei, la institución que fundó en 1928.

Lourdes, 3 de octubre de 1972

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El avión en que viaja el Padre acaba de aterrizar en el aeropuerto de Tarbes y algunos de sus hijos franceses y españoles han acudido para saludarle antes de que continúe viaje a Hendaya, camino de España. Piensa pasar varias semanas en la Península Ibérica y ver a muchas personas. Antes, el 7 de octubre, presidirá en Pamplona una ceremonia durante la cual concederá el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra a un alemán, Erich Letterer, profesor de Medicina; a un español, historiador del arte, el Marqués de Lozoya; y a un francés, el profesor Ourliac, catedrático de Historia del Derecho y miembro del Instituto de Francia.

Ante la basílica de Lourdes, adonde se ha trasladado enseguida, Mons. Escrivá de Balaguer habla de los “milagros” que ya han empezado a producirse en Torreciudad, al otro lado de los Pirineos, a pesar de que el nuevo santuario y los edificios anejos no están todavía terminados: confesiones, conversiones, decisiones de entregarse más plenamente al Señor… Todos esos milagros de la gracia con los que él soñaba cuando dio vía libre al comienzo de las obras.

Con paso decidido, el Padre se dirige a la gruta. Como siempre que visita Lourdes, se detiene a beber en la fuente milagrosa; luego, se encamina al lugar de las apariciones, donde va a comenzar un acto de culto y, en cuanto divisa la imagen de la Virgen, se arrodilla en el suelo. Tras unos momentos de intensa oración, atraviesa de nuevo la explanada.

Acto seguido, el Padre se despide de sus hijos franceses y sube al automóvil.

Antes de beber el agua milagrosa, ha dicho a los que le rodean que no quería pedirle nada personal a la Virgen, ni siquiera su salud. No les extraña, porque sus hijos conocen bien el motivo de esta visita a Lourdes, donde el 11 de diciembre de 1937 había celebrado misa tras aquel dramático paso de los Pirineos. Es el mismo motivo de sus otras peregrinaciones a este mismo santuario, y al de Sonsoles, en Ávila, y al Pilar de Zaragoza, y a la basílica de Nuestra Señora de la Merced, en Barcelona, y a los Santuarios de Einsiedeln, en Suiza, y de Loreto, en Italia… Y Torreciudad, en 1970, y Fátima, en Portugal, y Guadalupe, en México…

Lo que pide a la Señora en esos famosos lugares de peregrinación es la paz de la Iglesia, la paz del mundo, la perseverancia de sus hijos e hijas, la fecundidad de los apostolados de la Obra…

Ahora más que nunca, su principal preocupación es la situación de la Iglesia. Ello le lleva a intensificar sus ansias de reparación y a reforzar la fe de sus hijos, tanto de los que le visitan en Roma como de los que encuentra en sus desplazamientos. Antes, habitualmente se reunía con grupos no muy numerosos; ahora, se siente urgido a hablar de Dios de manera directa al mayor número posible de personas, para que profundicen en su vida cristiana. Pero, como para él, el apostolado tiene que ser -como había escrito en Camino- fruto de la oración, que se avalora con el sacrificio, repite con frecuencia las palabras de una oración litúrgica que ya utilizaba desde su juventud: “Ure igne Sancti Spiritus…” Señor, abrásanos con el fuego de tu Santo Espíritu, quema nuestras entrañas y nuestros corazones…

Este deseo se nutre en él con la búsqueda de una mayor intimidad con la Sagrada Familia de Nazaret, a la que invoca como la trinidad de la tierra.

Si nosotros queremos tratar al Señor y a nuestra Madre del Cielo, hemos de aprender de José.

Al lado de San José, su alma se encuentra más cerca de María, y también de Jesús, el Dios hecho Hombre, quien, a su vez, le introduce en el misterio de la Santísima Trinidad. Así es como va, según sus propias palabras, de la trinidad de la tierra a la Trinidad del Cielo, siguiendo ese camino de infancia espiritual del que han hablado los grandes místicos. Un camino que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios, y que requiere la sumisión del entendimiento, más difícil que la sumisión de la voluntad.

Es cristo que pasa

Los temas de su predicación más reciente reflejan claramente los puntos clave de su vida interior: la Iglesia, su fin sobrenatural, la necesidad de que sus hijos sean fieles, el abandono en manos de Dios.

Algunas de las homilías que ha ido pronunciando en distintas fiestas litúrgicas se han ido editando en diversos idiomas durante los últimos años, y para el primer trimestre de 1973 está prevista la aparición, en un solo volumen, de dieciocho de ellas, con el título de Es Cristo que pasa.

En efecto: Mons. Escrivá de Balaguer se esfuerza constantemente por acercar al Señor a las plazas y a las calles de todos los pueblos y ciudades del mundo, consciente de que, en esta época que nos ha tocado vivir, los hombres que deambulan por ellas sienten un gran vacío espiritual y, a veces, se obstinan en no encararse con Cristo y encontrar así la respuesta definitiva a las preguntas que se hacen.

La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez e incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso -el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas- puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? (…) Pero el Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo para que sea -siempre y en todo- signo levantado entre las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (…) No se ha hecho más corta la mano de Dios (Is., LIX, 1): no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena.

Un acto de confianza

Aunque no deja de sufrir por el mal que causan a las almas las desviaciones doctrinales que se producen en tantos sitios, el Fundador del Opus Dei encuentra en su fe fuerza para renovar su optimismo operante. Las grandes crisis de la historia le han parecido siempre como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten a la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras, ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos. Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo…

Dos años después de haber pronunciado estas palabras -el 30 de mayo de 1971, domingo de Pentecostés-, Mons. Escrivá de Balaguer ha consagrado la Obra al Espíritu Santo en el oratorio del Consejo General, donde unas vidrieras situadas detrás del Sagrario representan la venida del Paráclito sobre el colegio apostólico: Dios Espíritu Santo (…) que has dado siempre a la Iglesia tu paz, tu gozo y tu consuelo, en medio de tantas contradicciones, confirmando nuestra fe, sosteniendo nuestra esperanza, encendiendo nuestro amor: concédenos tu don septiforme, para que en nuestra vida entera, en nuestras obras, en nuestro pensamiento, en nuestra palabra, halle también sus complacencias Nuestro Padre que está en los Cielos, Dios eterno, Uno y Trino.

Te rogarnos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice, para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del Cielo.

Importunar día y noche al Señor en la oración para forzarle a intervenir, reparar todo el mal que él constata mediante una penitencia más intensa, es lo único que el Padre puede hacer. Todo le impulsa a acrecentar la formación personal de sus hijos y a estimularlos a ampliar más y más el radio de su apostolado personal. Y, siempre que puede, a tomar parte en ese empeño, dirigiéndose personalmente a todos aquellos que quieran escucharle…

Dos meses de catequesis

Su visita a España, debida en principio a los actos que van a tener lugar el 7 de octubre en la Universidad de Navarra, le permitirá también recordar a muchos las verdades fundamentales de la fe, porque, para él, todos los apostolados del Opus Dei se reducen a uno solo: dar doctrina, luz.

Tras abandonar Pamplona, el 10 de octubre, el Padre recorre España y Portugal, reuniéndose, en dos meses, con unas ciento cincuenta mil personas de toda clase, edad y condición: Bilbao, Madrid, Oporto, Lisboa, Jerez, Valencia, Barcelona… Los lugares son muy diversos: aquí, un gimnasio convertida en salón de actos, allí un anfiteatro, allá una sala de proyección… Y en Jerez, un antiguo lagar cubierto ahora con una gran lona…

En todas partes, los miembros de la Obra, sus familias, los cooperadores, los amigos, acogen al Padre con el mismo cariño y escuchan, con alegría, cómo les confirma en la fe y les exhorta a tender cada día, con renovado empeño, hacia esa santidad a la que todo cristiano está llamado en razón de su bautismo.

En cuanto llega a un sitio, los asistentes quieren mostrarle su cariño y agradecimiento estallando en aplausos, pero él les detiene con expresivo gesto:

-Habéis aplaudido, y a mi no me va; porque la gente que nos viera creería que esto es una muchedumbre, y en realidad somos una familia, una familia muy unida.

Abordando inmediatamente el tema que le interesa, comenta algún pasaje del Evangelio o un aspecto de la vida cristiana, siempre muy brevemente; luego, pide a los asistentes que le pregunten lo que quieran.

El ambiente se caldea. Cada cual le plantea lo que más le preocupa y el Padre se emociona, pues de esas preguntas tan espontáneas deduce que quienes están presentes desean vivir su vida cristiana con mayor exigencia. Los más jóvenes le preguntan qué pueden hacer para perseverar en la vida interior, cómo ofrecer mejor a Dios sus horas de estudio, cómo hacer que sus amigos vivan con más autenticidad su cristianismo, cómo santificar el amor humano… Los casados, la manera de santificar la vida conyugal, educar mejor a sus hijos, hacer compatibles las obligaciones profesionales con el apostolado y los deberes familiares…

Es patente que la labor apostólica del Opus Dei ha impregnado todas las capas de la sociedad y gentes de todas las edades. El Padre comprueba que los que le rodean -muchos de los cuales no pertenecen a la Obra- procuran vivir su fe sin complejos y, al mismo tiempo, sin ostentación ni agresividad, con una voluntad resuelta de mejorar y de hacer partícipes a los demás de las riquezas sobrenaturales adquiridas.

En sus respuestas, trata de reforzar esas buenas disposiciones con un don de lenguas que le pone a la altura de su interlocutor, utilizando palabras adecuadas y frases que conmueven. Todos y cada uno de los presentes se sienten implicados, no sólo quien ha hecho la pregunta, aunque éste haya sido respondido con mayor profundidad y precisión de lo que esperaba, sobre todo si no conocía al Padre.

Al final, los asistentes salen confirmados en su fe, dispuestos a profundizar en ella y a no contentarse con “la fe del carbonero”; resueltos, también, a frecuentar los sacramentos y a recibirlos con más fervor, a participar con mayor intensidad en el Santo Sacrificio de la Misa, el centro y la raíz de la vida interior, de donde se sacan fuerzas para ejercer ese “sacerdocio real” que es propio de todos los fieles, según la expresión de San Pedro.

Para que se comprenda mejor su mensaje, el Padre recurre con frecuencia a imágenes y anécdotas de la vida real.

-Nosotros tenemos (…) la oración, que es un hilo directo con Dios nuestro Señor, un trato personal, sin anonimato. Cuando hablan del “teléfono rojo” que hay entre los rusos y los americanos, me divierto mucho, porque vosotros y yo tenemos uno de platino. Si no estamos cerca del Sagrario para hablar con Jesucristo nuestro Señor, que se encuentra allí realmente presente, basta que nos metamos dentro de nosotros mismos, y mejor sobre nosotros mismos: Josemaría se pone encima de sí mismo para pisarse, porque sabe que no es nada, que no vale nada, que no tiene nada. Pero dentro del corazón, si no lo echo por el pecado mortal, sé que habita el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo. Somos tabernáculos de la Trinidad Beatísima, podemos ponernos inmediatamente en contacto con el Señor, sin que los demás lo noten, y decirle cosas de amor, actos de desagravio, peticiones de ayuda, porque somos flacos. Yo lo soy más que ningún otro; por eso me apoyo continuamente en vosotros.

Cuando voy a hacer mis ratos de oración, suelo decir al Señor: “ne respicias peccata mea!”; pero mira las virtudes de todos mis hijos, mira esos miles de almas entregadas a Ti, que hay en todo el mundo…

Un tesoro para compartir

Todos se dan cuenta de lo que hace el Padre cuando habla en esas reuniones de familia, y por eso, a veces, el silencio se adensa: levantar un poquito el velo que oculta su vida interior y manifestar, con sencillez, algunos de los “trucos” que utiliza para mantener la unión con Dios. Todo, con objeto de animar a los oyentes a seguirle por ese camino.

A veces, da a su interlocutor un consejo preciso. Si alguien le pregunta, por ejemplo, cómo hacer para mantener durante todo el día un diálogo contemplativo con Dios, el Padre le invita a recogerse interiormente, unos instantes, sin que nadie lo note, cuando está trabajando, cuando camina por la calle, cuando está reunido en el hogar con su mujer y sus hijos. Más aún: le aconseja que busque la intimidad con el Espíritu Santo en la humildad. Eso te llevará -le dice- a colocarte encima de ti mismo, pisoteándote con el deseo; porque tú y yo, ¿qué somos, hijo mío, sino barro de botijo? No valemos nada, ni podemos nada, ni somos nada. Y en cambio, somos trono de Dios, de la Trinidad entera.

A otro padre de familia que le ha preguntado cómo puede aumentar su fe en la Eucaristía, después de responderle detenidamente, termina diciéndole:

-La segunda Persona de la Santísima Trinidad, que asumió carne mortal -igual a la nuestra en todo, menos en el pecado-, con un corazón que latía abundantemente, ha querido quedarse como alimento nuestro (…) Se ha quedado inerme, escondido en las especies sacramentales, sin defensa. Pero espera el amor tuyo y el mío. ¿No te mueve esto a quererle de verdad? ¿No te mueve a irte con el deseo a todos los sagrarios de la tierra, y decirle: Señor, aquí estoy, te amo? ¡Dile esas cosas con tu corazón de hombre fuerte, duro! No busques las palabras, como no las escoges cuando hablas con tu mujer, con tus hijos, o con las personas que quieres, ni cuando haces un rato de oración todos los días. Piensa que quizá nunca como ahora han maltratado a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Y deja que tu oración marche…

Oración, vida interior. Ser tanto más contemplativo en cuanto que, por la situación en el mundo, se es más activo. Y así, transformar la propia vida, hacer endecasílabos de la prosa de cada día.

En Barcelona, el Padre exhorta a un cirujano a mantenerse constantemente en presencia de Dios durante su trabajo, desde el momento que se pone los guantes de goma hasta que se los quita. Y para que se dé cuenta de hasta qué punto puede elevar su trabajo a un plano sobrenatural, compara su labor, tan en contacto con el dolor humano, a la del sacerdote.

El cirujano asiente con una sonrisa y agradece al Padre su consejo, que viene a unirse a los que ha dado a una enfermera, a un empresario, a una empleada de hogar… Porque todo trabajo útil para la sociedad es noble y santificable por naturaleza. Tal es la causa de que las enseñanzas del Padre lleguen a todo el mundo, desde la sirvienta orgullosa de su trabajo, del cual hace una verdadera profesión, hasta el catedrático de Universidad que debe ver en el esmero con que prepara sus clases el mejor medio de acercarse a Dios y acercar a los alumnos, tan sensibles a la seriedad y prestigio de quienes les enseñan.

De esta forma prosigue, con el enlazar de estos temas de siempre, una correría apostólica que lleva al Fundador del Opus Dei de ciudad en ciudad, no sólo en esta España que en los comienzos de su labor apostólica ya había recorrido de punta a punta, sino también en Portugal.

Porque los tiempos han cambiado, pero las necesidades de las almas siguen siendo las mismas, y Monseñor Escrivá de Balaguer parece infatigable. Apenas concluida una reunión, ya piensa en la siguiente… Y es que quiere aprovechar al máximo las semanas que va a pasar fuera de Roma.

Lealtad a la Iglesia

El Padre pide vehementemente a sus oyentes que, en esta época en que la desobediencia es moneda corriente, sean fieles a la Iglesia, al Papa, a su propia vocación:

-Es tiempo de deslealtad, de traición, de herejía. Y las herejías salen de las bocas que deberían decir la verdad; gentes que habían de dar testimonio de la fe y dan testimonio de la duda; personas que deberían ser la fortaleza para los demás y son la debilidad; almas que, según el Evangelio, tendrían que ser la sal de la tierra, y son la corrupción del mundo.

La actitud de ciertos sacerdotes le hace sufrir mucho, aunque -precisa- no conoce a ningún sacerdote que sea malo. Lo que pasa es que algunos están un tanto confusos, como “enfermos”: Hay sacerdotes que, en lugar de hablar de Dios, que es de lo único que tienen obligación de tratar, hablan de política, de sociología, de antropología. Como no saben una palabra, se equivocan; y, además, el Señor no está contento. Nuestro ministerio es predicar la doctrina de Jesucristo, administrar los sacramentos y enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de alcanzar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. Lo demás no es cosa de nuestra incumbencia.

En Bilbao, pide a un grupo de hijos suyos sacerdotes que traten con el máximo respeto a Jesús Sacramentado y celebren con unción la Santa Misa, comunicando a los fieles, con su actitud, sus propios sentimientos:

-¡Por el amor de Dios! Sed sacerdotes, buscad el trato directo con Cristo. ¿No veis que algunos se ponen en mangas de camisa, de cualquier forma? Vosotros revestios con todos los ornamentos, bien limpios, y celebrad el Santo Sacrificio sin prisas, que ahora tienen prisa para todo. No la tienen para comer, ni para divertirse, ni para sus amoríos: sólo para las cosas de Dios… Luego haremos una espléndida labor, si hemos sabido no tener prisa, porque verdaderamente, “in persona Christi”, realizamos una honda tarea sacerdotal.

A estos mismos sacerdotes, les repite lo que ya ha expresado en múltiples ocasiones y repetirá luego ante hombres y mujeres de todas las edades:

-Hermanos, si nosotros no nos empeñamos en estar unidos en la oración y en el cariño, en la caridad de Cristo, todo esto se precipitará. Amemos al Papa actual y también al que va a venir…

Alude a las referencias que hace Pablo VI sobre quienes destruyen la Iglesia desde dentro, pero expresa también sus razones para tener esperanza:

-Lo que está sucediendo ahora en la Iglesia y en el mundo no lo entendemos mucho, pero será un bien para la humanidad. Además, me gusta pensar que así como detrás de la noche oscura viene el día claro, seguramente estamos ya muy cerca de la alborada…

Y revelando una invocación que suele hacer cuando piensa en la situación de la Iglesia, añade: ¡Madre mía, Madre nuestra, dígnate acortar el tiempo de la prueba!

Siempre que pronuncia estas palabras, su alma se llena de paz, como si le proporcionasen la certeza de que, como dijo Jesús a Pedro, “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mat. XVI, 18).

El apostolado de la confesión

Una de las cosas que más hacen sufrir al Padre desde hace algunos años es que no faltan en la Iglesia quienes tratan de poner entre paréntesis el Sacramento de la Penitencia.

Un Dios que nos saca de la nada, que crea, es algo imponente. Y un Dios que se deja coser con hierros al madero de la cruz, por redimirnos, es todo amor. Pero un Dios que perdona es padre y madre cien veces, mil veces, infinitas veces.

Para las personas bien constituidas psicológicamente, la confesión

-además de un don de Dios, porque es un Sacramento instituido por Jesucristo- es también un motivo de felicidad, de paz, de consuelo.

El Padre pide insistentemente a todos que animen a sus amigos a confesarse con frecuencia. Algunos dicen que han perdido la fe, pero, ¿no será que tienen en el alma como una costra grasienta que les impide percibir las insinuaciones del Espíritu Santo?… En el Sacramento de la Penitencia recibirán un buen baño que los limpiará y les dará la fuerza necesaria para volver a vivir cristianamente.

A los jóvenes, los “contestatarios”, los de la generación de la protesta, les incita a rebelarse contra todo lo que envilece al hombre y le coloca al nivel de las bestias. Les invita a luchar día a día, con la ayuda de la gracia, para vencer en esas pequeñas cosas que templan la voluntad, como los deportistas que se entrenan con constancia para mejorar sus propias marcas. Los Juegos Olímpicos celebrados recientemente en Munich le suministran comparaciones que dan en el blanco. Cuando explica que la vida espiritual es lucha y, como el deporte, exige esfuerzo y entrenamiento para vencer los obstáculos, o cuando imita los gestos del atleta que se dispone a saltar, las miradas atentas de los reunidos le revelan que le han entendido perfectamente.

El Padre suele prolongar su diálogo con los asistentes a esas tertulias de familia -como él las llama- durante tres cuartos de hora, más a veces. Antes de despedirse, extendiendo las manos, pide a todos que recen por él:

-Rezad por mí, que lo necesito mucho…, que recéis por mi, como una limosna que me hacéis.

Así el Señor le hará conformarse con lo que quiere ser: un servidor bueno y fiel, un buen canal de la gracia de Dios.

¿Setenta años? ¡No! Siete…

Cuando regresa a Roma, no acusa fatiga, a pesar del mucho trabajo que ha realizado, y se ha quedado con el gozo de haber podido insuflar un poco más de vigor y de optimismo a miles y miles de hombres y mujeres.

Ha podido comprobar también cómo se han ido extendiendo los apostolados de la Obra. Cerrando los ojos, vuelve a contemplar tantos rostros nuevos que han venido a unirse a los que ya le eran familiares; rostros que, para él, son como otras tantas intenciones por las que ofrecer cada día la tarea en apariencia monótona que es la suya, allí, en aquella casa que es como el corazón de la gran familia del Opus Dei.

Desde que el 9 de enero de 1972 ha cumplido los setenta años, se niega cada vez más a considerarse viejo. Gasta bromas con sus años, diciendo que el cero está de más y que le basta con el siete. En la historia de la Iglesia hay muchas almas santas que han sabido, siendo ya viejos, hacerse niños, por caminos muy diversos. ¿No os parece lógico que os diga que no quiero cumplir más que siete años? Tengo la esperanza de que el Señor me irá concediendo, por dentro, lo que le he pedido…

Cuando tenga que hacer alusión a su edad -comenta- dirá que sólo tiene siete años. Y así lo hace, provocando el regocijo de quienes le oyen.

La muerte de un hijo mayor

Algún tiempo después de su regreso a Roma, el corazón del Padre sufrirá un nuevo golpe. Hacía meses que aguardaba la noticia de la muerte de don José María Hernández de Garnica, uno de los primeros miembros de la Obra, que había abierto camino en Irlanda, en Inglaterra y en Francia, y luego en Alemania y en Austria.

Un cáncer de bulbo raquídeo le había provocado una parálisis progresiva que, en los últimos meses, se había agravado. Durante su estancia en España, no había cesado de pensar en él, pidiendo al Señor un milagro. Cuando el Fundador le había visitado, en un Centro del Opus Dei en Barcelona, había tenido que hacer un esfuerzo para no romper a llorar en su presencia.

Don José María había muerto ofreciendo sus sufrimientos por la Iglesia y por la Obra, con una gran paz, confirmando así lo que le gustaba repetir al Padre: que el Opus Dei es el mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir.

Don José María era uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei ordenados en 1944. Punto de arranque de una línea ininterrumpida que aumenta de año en año…

Nuevas ordenaciones

En el verano de 1973, cincuenta y un miembros de la Obra, todos ellos, como sus predecesores, con un título civil superior y con varios años de ejercicio profesional, son ordenados sacerdotes. Pensando en ellos y en quienes les han precedido y les seguirán, el Padre predica, el viernes de Pasión, sobre el tema del sacerdocio.

Quiere que los sacerdotes sean sacerdotes cien por cien. Algunos autores dicen que hay que buscar la identidad del sacerdote, pero para el Fundador del Opus Dei la identidad del sacerdote es la de Cristo.

Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya “alter Christus”, sino “Ipse Christus”: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental. Es “el sacerdocio ministerial”.

¿Qué le pide al sacerdote? Que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él.
El 25 de junio de 1973, poco después de que el Papa anunciara el próximo “Año Santo”, el Padre evoca ante Pablo VI esas futuras ordenaciones. La audiencia dura casi hora y cuarto. Mons. Escrivá no ignora que el Santo Padre sufre mucho con las tensiones surgidas en la Iglesia. Por eso, como un buen hijo, procura llevarle el consuelo de algunas buenas noticias: anécdotas que ilustran el desarrollo de los apostolados de la Obra y el bien que se hace a muchas almas en aquellos países donde trabajan sus hijos y sus hijas. Porque, desde hace años, no ha cesado de recibir noticias sumamente alentadoras de los cinco continentes. Entre ellas, las de aquellos países donde acaba de establecerse el Opus Dei: de Nigeria, donde la guerra de Biafra acaba de terminar; de Bélgica, de Puerto Rico…

A pesar de la fecundidad de esos apostolados, Mons. Escrivá de Balaguer no olvida que debe procurar a toda costa que sus hijos sean fieles a la doctrina cristiana y al magisterio de la Iglesia.

Tiempo de prueba -les escribe el 28 de marzo de 1973, aniversario de su propia ordenación sacerdotal- son siempre los días que el cristiano ha de pasar en esta tierra. Tiempo destinado, por la misericordia de Dios, para acrisolar nuestra fe y preparar nuestra alma para la vida eterna. Tiempo de dura prueba es el que atravesamos nosotros ahora.

Pero el Padre no se deja ganar por el desaliento. Basta, simplemente, con no dejarse llevar por las modas pasajeras y las corrientes de pensamiento… Vivamos de cara a la eternidad (…) Los días aquí son pocos y urge trabajar en la tarea de la salvación sin perder un momento, ahogando el mal en abundancia de bienes.

En su tarea de gobierno, tiene la obligación de actuar de manera que sus hijos no se vean afectados por esa desorientación que se apodera de muchos fieles.

Pero no se limita a tomar medidas en ese sentido. Como la confusión aumenta, arde en deseos de reanudar en otros países la catequesis iniciada años antes, aunque la haya continuado, de hecho, con nutridos grupos de estudiantes de diversas nacionalidades durante la Semana Santa y a lo largo de todo el año, recibiendo a muchísimas personas de todas las razas. Por eso, respondiendo a las insistentes peticiones de sus hijos de América, el 22 de mayo de 1974, unos días después de haber entregado, en Pamplona, el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra a Mons. Hengsbach, Obispo de Essen, y al Dr. Lejeune, profesor de genética fundamental en la Facultad de Medicina de París, Mons. Escrivá de Balaguer emprende vuelo rumbo a Sudamérica.

El secreto de una vida santa

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Testimonio de Manuel Garrido Bonaño, O. S. B. Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Mis primeros recuerdos sobre el Opus Dei datan de los años cuarenta. Fue entonces cuando leí por vez primera Camino, en una edición voluminosa que, creo, fue la primera con este titulo. El ejem­plar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo be leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura. Un amigo mío me los enviaba gene­rosamente junto con muchos ejemplares del Nuevo Testamento para ser distribuidos. Le sugerí que eso era una forma excelente de hacer apostolado. Mi amigo no pertenecía ni pertenece a la Obra, aunque la conoce bien y la aprecia.

Desde el primer momento comprendí la verdadera fisonomía del Opus Dei y simpaticé con esa Asociación. La he visto siempre como un gran movimiento apostólico con el fin de conducir a todos los hombres a vivir la vida cristiana lo más perfectamente posible, cada uno dentro de su propio estado, «camino de satisfacción en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano». Leía la hoja informativa del proceso de beatificación de Isidoro Zorzano, socio del Opus Dei, y me edificaba mucho lo que allí se decía. Por eso, cuando fui a fundar a Leyre, en 1954, siempre que iba a Pamplona visitaba la Cámara de Comptos Reales, donde funcionaba la Facultad de Derecho que allí tenía el Opus Dei. No hablaba con nadie. Iba allí sólo por simpatía. Y, sin embar­go, nunca me sentí llamado a pertenecer a la Obra, por la sencilla razón de que tenía y tengo vocación a la vida monástica benedictina.

Del fundador del Opus Dei yo conocía poca cosa. Pero por los frutos que producía, yo deducía que el árbol era bueno. Luego, sí; luego he leído mucho sobre el Opus Dei desde que tuve noticia del mismo.

Luego he tenido ocasión de seguir más de cerca la obra apos­tólica del Opus Dei como tal, o la que realizan algunos de sus socios, tanto los sacerdotes como los laicos y los sacerdotes diocesanos que pertenecen a la Obra. Todo ello me ha hecho ver que el Opus Dei es hoy en la Iglesia una fuerza espiritual.

Resulta difícil encontrar en la historia de la Iglesia una institución que a los cincuenta años de su fundación pueda presentar un panorama tan fructífero como el que presenta el Opus Dei en toda la tierra. Se vio esto en gran parte con motivo de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, en que, de todos los rincones del mundo, se elevó una gran ola de gratitud por los bene­ficios recibidos. Se comprende mejor esto cuando se han visto las películas de sus magníficas catequesis. ¡Qué acierto tuvieron los que las filmaron! Así somos muchos los que ahora hemos podido aprovecharnos de su doctrina y de su propio estilo de catequizar, en el que de una forma tan simpática, tan digna, tan espiritual y tan humana expone las cuestiones más intrincadas del dogma y de la moral. Las he visto varias veces y siempre me han edificado enor­memente. Sus homilías se leen ahora con verdadera fruición, como libro de oración, de meditación, como manual de pastoral y de consulta.

El secreto de todo esto está en su intensa vida espiritual. El Con­cilio Vaticano II ha sido para el Opus Dei una lluvia beneficiosa por eso mismo. Ha confirmado en no pocos puntos su misma fina­lidad y sus medios, pero también lo que es la base firme de todo el Concilio: la vida espiritual, aunque no siempre se tiene presente. La renovación principal que quiere el Concilio es la vida espiritual, las otras en tanto en cuanto se consigue o para facilitar el conse­guirlo. Paulo VI lo ha recordado multitud de veces en sus extraor­dinarias alocuciones o catequesis de los miércoles. Me parece que son el mejor comentario al Concilio y la más luminosa clave de su recta interpretación. Esto explica por qué el Opus Dei ha hecho y hace una labor tan excelente en la Iglesia y en el mundo, en con­sonancia con el Concilio.

Después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer se han hecho manifestaciones que revelan el secreto de su rica espiritua­lidad. No obstante su apariencia brillante, fue hasta el último ins­tante de su vida el grano de trigo que, enterrado, muere para dar lugar a una mies copiosa. Para algunos parecerá paradoja incom­prensible lo que afirman los testigos de la primera hora de la Obra: «El Opus Dei nació en los hospitales y barrios pobres de Madrid», acredita José Manuel Domenech de Ibarra (cfr Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei» Madrid 1977 pag 167). El día de San José de 1975 lo confiaba el fundador a los socios de la Obra «Fui a buscar fortaleza en los barrios mas pobres de Madrid- de         una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables que no tenían nada de nada…, fui a buscar los medios para hacer las obras de Dios en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor… Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei «crecía para adentro sin darnos cuenta». Pero he querido deciros que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas» (Apun­tes, pág. 168). Antes lo había insinuado en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile, el 2 de julio de 1974. Y en Lisboa en 1972, donde tuvo la feliz idea de manifestar el origen del núm. 208 de Camino. Sus palabras son de un valor grande y las transcribo íntegras: «Te encontrarás también con el dolor físico y feliz con ese sufrimiento. Me has hablado de Camino No me lo se de memoria pero hay una frase que dice bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción. ¡Me daba una envidia loca Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital moribunda y sola sin mas compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento hasta que murió. Y ella repetía, paladeando: bendito sea el dolor tenía todos lo dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor! El sufri­miento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón» (Apuntes, pág. 169). ¡Qué lástima que no haya dejado también el origen de los otros 998 números de Camino! Adivinamos que tal vez cada uno de ellos fue fruto de un hecho similar. No puede leer uno esos pasajes sin emoción. El Opus Dei ha nacido y se ha desarro­llado a golpes de azada. La incomprensión, la difamación, la calum­nia acompañó toda la vida del fundador del Opus Dei. Si el Opus Dei hubiera sido una obra meramente humana hace mucho tiempo que lo hubieran aniquilado, pero lo sostiene la gracia de Dios con la que tan fielmente colabora. Se comprende así el gran fruto espi­ritual que ha hecho y hace en las almas. Los datos hablan por si mismos: más de ochenta mil socios repartidos por todos los con­tinentes, con multitud de obras apostólicas en el campo de las letras, de la promoción social, en la pastoral, etcétera, etcétera. Oí decir no hace mucho a un arzobispo: si todos mis sacerdotes fuesen del Opus Dei no tendría conflictos en mi diócesis. Se nota hoy en la Iglesia donde actúan los socios del Opus Dei por el gran fruto espi­ritual que allí se da. Un misionero de África me indicó que la espe­ranza de la Iglesia está hoy en el Opus Dei.

Refiriéndose al fundador de la Obra, no hace mucho me recor­daba un destacado monseñor de la Curia Romana: «sufrió mucho». Resulta impresionante conocer que dos horas antes de morir decía en Castelgandolfo, el 26 de junio de 1975, a un grupo de asociadas del Opus Dei: «Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cual­quiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre» (Apuntes, pág. 238).

Como el grano de trigo… El lo recuerda en el núm. 199 de Cami­no: «Si el grano de trigo muere queda infecundo. – ¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien gra­nadas?– ¡Que Jesús bendiga tu trigal!».

Una de las grandes características de Monseñor Escrivá de Bala­guer es su intenso amor a la Iglesia. Amaba a la Iglesia en su tota­lidad y en sus diferentes manifestaciones particulares. Podríamos llenar páginas evocando doctrina y hechos en que manifiesta ese amor intenso por la Iglesia de Jesucristo. Habla del escapulario del Carmen como si fuera un fervoroso carmelita: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. Pocas devociones –hay muchas y muy buenas devociones marianas– tienen tanto arraigo entre los fieles y tantas bendiciones de los Pontífices. Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (Camino núm. 500). Incorpora a su Obra los hechos de la Iglesia más dispares y los propone como modelo. He aquí algunos ejemplos: «Por defender su pureza San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se arrojó a un zarzal, San Bernardo se zambulló en un estanque helado… –Tu, ¿qué has hecho?» (Camino, núm. 143). «Pero… ¿y los medios’? –Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…

– ¿A caso te parecen pequeños ?» (Camino, num 470) Y así multitud de veces, con respecto al sacerdocio a las ordenes religiosas a la liturgia, a las devociones a la pastoral No extraña que la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer titulase esa información «Una vida para la Iglesia», como queriendo compendiar que el amor a la Iglesia dio sentido a toda la vida del fundador del Opus Dei. Se ha dicho que desde hace tiempo Monseñor Escrivá de Balaguer «con una pro­gresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era desvelo de su vida». « ¡Qué alegría–ex­cribió– poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino num. 518). Por eso recetaba pausadamente, saboreándolo, las palabras del Credo, «creo en la Iglesia. Una, Santa, Católica y Apostólica» (Camino, núm. 517).

Analizar los puntos principales de su rica espiritualidad supone una extensión ajena a este trabajo Algo se ha hecho ya, especial mente por don Pedro Rodríguez Monseñor Escrivá de Balaguer es por antonomasia el apóstol de la llamada universal a la santidad A él le dolía que en los calendarios litúrgicos casi todos los santos fuesen sólo clérigos o religiosos fuera de los mártires cuando en realidad ha habido muchos santos laicos aunque no hayan entrado en el calendario universal de la Iglesia En la oración de San Bredan monje irlandés del siglo VI que se divulgo mucho en el medievo se evocan diversas categorías de santos mártires, confesores, vírgenes, anacoretas, monjes y «sanctí clericí sancti laicí, sanctae uxores, sancti domini, sancti servi, sancti divites, sancti pauperes, sancti doctores, sancti fauctores». Siempre que he leído esa plegaria litánica he recordado a Monseñor Escrivá de Balaguer y a su Obra. Él expuso con todo el ardor de su corazón grande de apóstol la vocación universal a la santidad en todos los aspectos, fijándose principalmente en la grandeza de la vocación cristiana, en la filia­ción divina del cristianismo, en la afirmación cristiana del mundo, en la santificación del trabajo ordinario, en la proyección apostólica de todo discípulo de Cristo y en su unidad de vida, no compar­timentos estancos: ahora cristiano y luego profesor o tornero. A ello ha contribuido con su palabra y con sus escritos, pero de un modo especial con su obra más característica: Camino. Se ha pre­tendido querer rectificar algunas de sus consideraciones espirituales insertadas en ese magnífico libro que tanto bien ha hecho y hace a las almas. Pero la espiritualidad genuina del fundador del Opus Dei la da ese libro que se ha convertido en un clásico de la vida espiritual cristiana. Uno de los libros de espiritualidad más leídos en el siglo XX. Así lo muestra la multitud de traducciones y de edi­ciones desde que aparece en redacción reducida en Cuenca, en 1934, y en la edición definitiva de 1939 hasta nuestros días. No es un libro de gabinete, fruto de especulaciones teóricas. Refleja siempre una experiencia apostólica del autor. Por eso, pretender marginar ese libro precioso y eclipsarlo con las homilías y «con­versaciones» de Monseñor Escrivá de Balaguer me parece una gran temeridad, sin quitar nada de su valor a esas homilías ni a las «con­versaciones», que en realidad no completan ni perfeccionan a Cami­no. Son otra cosa y como tales hay que juzgarlas y no enfrentarías ni contraponerlas. Todas las consideraciones espirituales de Camino tienen un gran valor actual y siempre lo tendrán, incluso aquellas que parecen reflejo de unas circunstancias muy concretas y deter­minadas. Son Evangelio vivido en todos los momentos de la jornada.

No sólo he repartido docenas de ejemplares de Camino como antes he dicho, sino que no podía tener un ejemplar para mi uso, pues también ése repetidas veces he tenido que darlo porque me lo han pedido y yo veía que debía desprenderme de él para que hiciese un bien espiritual a otras personas. Para no estar sin él recurrí a la estratagema de que un gran amigo me regalase uno muy sencillo y dedicado. La dedicatoria me impediría darlo. Él me envió un ejemplar que había usado mucho en sus conferencias y en su lectura personal. Es el que tengo y con el uso no está ciertamente para regalarlo a nadie: una edición muy pequeña de bolsillo que me acompaña siempre.

Cuando después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer he leído u oído muchas «gracias» atribuidas a su intercesión -de algunas diría milagro, pero no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia– no me extraña nada. Son los signos con los que Dios rubrica su gran santidad. Todos los días pido a Dios que esa santidad se proclame oficialmente lo más pronto posible.

Epílogo. 1975: “Como un niño que balbucea”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Al llegar a la noche y hacer el examen, al echar las cuentas y sacar la suma, ¿sabéis cuál es?: Pauper servus et humilis!

De esta forma hablaba de sí mismo el Fundador del Opus Dei, y quienes lo escuchaban no podían menos de emocionarse al experimentar la verdadera y profunda humildad con que lo decía. Se sentía ante el Señor como un siervo pobre e inútil, que quería ser bueno y fiel. Cada noche, antes de retirarse al descanso, rezaba postrado sobre el pavimento el Salmo 50, con aquel verso que tantas veces repitió como jaculatoria: Cor eontritum et humiliatum, Deus, non despicies! (No desprecies, Señor, el corazón contrito y humillado).

El domingo 26 de mayo de 1974 celebró la Santa Misa en el oratorio de un Centro del Opus Dei en Sao Paulo. Después, tomó la palabra, expresando su acción de gracias en voz baja y pausada:

‑Es bueno que cada uno de nosotros invoque a su Ángel Custodio, para que sea testigo de este milagro continuo, de esta unión, de esta comunión, de esta identificación de un pobre pecador ‑eso es cada uno de vosotros, y sobre todo yo, que soy un miserable‑ con su Dios.

Sabiendo que es Él, le saludamos poniendo la frente en el suelo, con adoración. Serviam! Nosotros te queremos servir. Le pediremos perdón de nuestras miserias, de nuestros pecados, y nos dolerán los pecados de todo el mundo. Supra dorsum meum fabricaverunt peccatores: sentiremos sobre nuestro pecho ese fardo de iniquidad, de toda la miseria que hay en el mundo, especialmente en estos últimos años. Querremos no sólo pe­dirle perdón, sino remediar de alguna manera todo esto: :desagraviar!

Tendremos que confesar nuestra nada: Señor, ;no puedo!, :no valgo!, ;no sé!, ano tengo!, ¡no soy nada! Pero Tú lo eres todo. Yo soy tu hijo, y tu hermano. Y puedo tomar tus méritos infinitos, los merecimientos de tu Madre y los del Patriarca San José, mi Padre y Señor, las virtudes de los Santos, el oro de mis hijos, las pequeñas luces que brillan en la noche de mi vida por la misericordia infinita tuya y mi poca correspondencia. Todo esto te lo ofrezco, con mis miserias, con mi poquedad, para que, sobre esas miserias, te pongas Tú y estés más alto.

Acudo a San José. Hemos dicho que le trataríamos ‑se lo hemos prometido a la Virgen‑ cordialmente. Acudo a San José, que es mi Padre y Señor; con él, voy a su Esposa, la Virgen Madre, que es también Madre mía. Con María y con José me acerco hasta Jesús ‑lo tengo ahora en mi corazón‑ y le digo: creo, ;creo! Adauge nobis fidem, spem, caritatem!, auméntanos la fe, la esperanza y el amor. Porque hemos de vivir de Amor, y sólo Tú puedes darnos esas virtudes.

Entonces, sabiendo que nos escucha, que nos ama; sabiendo que somos Cristo ‑porque Él nos asume de alguna manera‑, nos da alegría alabarlo así: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Desde esta tierra bendita, tan llena de cosas buenas, tan llena de almas que le aman y de almas que no le conocen, para quienes Cristo es todavía una figura desconocida o un mito. ;Dios mío!, ¿es posible? Han pasado veinte siglos, ¡veinte siglos!, y la Redención aún se está haciendo.

Unos días después, Mons. Escrivá de Balaguer conversaba con un grupo de socios de la Obra de Brasil, de edad ya madura.

Y les situaba, con fuerza, ante su responsabilidad como cofunda­dores del Opus Dei:

‑Cuando era joven, no me atrevía a decirlo; pero desde hace años, sí lo digo. Yo soy un pobre pecador que ama a Jesucristo, un pobre pecador. Pero, mirad: he conocido y tratado a un ejército de personas importantísimas… Pero Fundadores del Opus Dei, hay uno sólo: muy pecador, pero uno. ¿Padre vuestro? Sí. Siempre habrá uno que será mejor que yo: el que me suceda, y los que vengan detrás de él. Lo habéis de amar y de querer mucho más que a mí. Primero, porque ésa es la Voluntad de Dios; después, porque lo merecerá.

Pero el Señor os pedirá cuenta por haber estado cerca de mí. No porque yo sea bueno, sino porque Él ‑no encontró otra cosa peor‑ me buscó para que se vea que ha sido Él quien ha hecho

la labor. Vosotros y yo ‑os lo diré como suelo hablar, con comparaciones muy fáciles de entender‑ escribimos con una pluma. El Señor escribe con la pata de una mesa, y escribe

maravillosamente, para que se vea que es su mano, no la pata de la mesa. Y una vez que hago presente que soy un pobre palo –ut iumentum factus sum, apud te, como un borriquito delante de Dios, un borriquito que tira del carro‑, pues a pesar de todo, insisto: el Señor os pedirá cuenta, porque habéis estado cerca del Fundador. Por lo tanto, tenéis gracia fundacional y, mientras yo viva, sois cofundadores. Tenéis que poner el hombro de verdad, con alegría, con entusiasmo. Y sin entusiasmo, lo mismo.

Padre, ¿usted ha tenido mucho entusiasmo? En estos momen­tos parece que Dios me lo da: os miro… ;os quiero tanto, hijos míos! Sé que al Señor le agrada que os quiera, porque hay tanta pureza en este cariño. Pero la mayor parte de estos cuarenta y siete años he trabajado sin entusiasmo, porque había que hacerlo; porque Dios lo ha querido, y yo debía ser instrumento suyo: malo, pero instrumento. Tenía que dejar hacer a Dios y, por lo tanto, no podía abandonar la tarea; no podía echarme a un lado y decir: ;psss! Vosotros tampoco. Tenéis que ser constantes, tenéis que preocuparos y dar la vida por vuestros hermanos.

Ut iumentum… Le gustaban los borricos al Fundador del Opus Dei, porque así se sentía delante de Dios: como un borriquillo.

Un canónigo abulense, don Mariano Taberna, publicó en El Diario de Ávila su recuerdo de un lejano paseo con Mons. Escrivá de Balaguer: “Sacó un cuadernillo de apuntes y me enseñó el lema que tenía escrito: Ut iumentum factus sum apud Te, Domine… ¿No te parece, me decía, que es un buen lema para un fundador? Yo lo traduzco así: Señor, si alguna vez, como un jumento me empeño en meter la cabeza por donde Tú no quieres, palo seco, Señor, hasta que aprenda…”.

Había hecho lema de su vida ocultarse y desaparecer. Toda su confianza estaba en Dios. Ni para hacer el Opus Dei se consideraba imprescindible. Más de una vez, al menos desde 1936, a los socios de la Obra les preguntaba:

‑Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?

Algunos se acuerdan de que les hizo esa pregunta el 1 de octubre de 1940. Estaban unos cuantos, que habían venido a Madrid, desde diversas provincias, para pasar junto al Fundador la Fiesta de los Ángeles Custodios, en la que se cumplían los doce primeros años del Opus Dei. Todos quedaron impresionados, pero tuvieron la serenidad de decir que, en tal caso, seguirían adelante, fieles a la llamada que habían recibido.

¡Pues no faltaba más! ‑replicó con viveza‑ ¡Bonito negocio habríais hecho si, en vez de seguir al Señor, hubierais venido a seguir a este pobre hombre!

La humildad genuina, el abandono en manos de su Padre Dios, creció a lo largo de la vida del Fundador del Opus Dei. La madurez, la santidad, la bondad ‑como dice San Ambrosio­ está “en esforzarse por alcanzar la sencillez del niño”.

Como un niño que balbucea, que tiene que recomenzar, se veía Mons. Escrivá de Balaguer en sus últimos años. Fueron años de esperanza, de vivir con luces nuevas la realidad de la infinita misericordia divina. De sentir su propia condición de hijo pródigo, siempre volviendo hacia los brazos amorosos que le aguardaban en la casa paterna.

En su predicación ‑en sus homilías; en sus escritos; en sus conversaciones, a veces, ante miles de personas‑ aparecen atisbos de la inmensa riqueza de su vida interior, de la profunda unión con Dios, que daba unidad a toda su vida. Al acabar estas páginas, que apenas aciertan a esbozar unos pocos rasgos de esa vida, es de todo punto imposible dibujar lo que fueron ‑por dentro‑ su últimos años.

El 28 de marzo de 1975 cumplió sus bodas de oro con el sacerdocio. La víspera, día de Jueves Santo, hacía por la mañana su meditación en el oratorio del Consejo general de la Obra. Estaban con él los otros miembros del Consejo. Se había sentado al fondo. Apenas iniciado ese rato de meditación, comenzó a orar en voz alta. Fue una oración sencilla, improvisada. Sus frases aciertan a compendiar ‑en la presencia de Dios‑ la vida de Mons. Escrivá de Balaguer. Vale la pena leer algunas de sus frases, al término de estos rápidos apuntes:

Adauge nobis fidem! ¡Auméntanos la fe!, estaba diciendo yo al Señor. Quiere que le pida esto: que nos aumente la fe. Mañana no os diré nada; y ahora no sé lo que os voy a decir… Que me ayudéis a dar gracias a Nuestro Señor por ese cúmulo inmenso, enorme, de favores, de providencias, de cariño…, ¡de palos!, que también son cariño y providencia.

Señor, ¡auméntanos la fe! Como siempre, antes de ponernos a hablar con intimidad Contigo, hemos acudido a Nuestra Madre del Cielo, a San José, a los Ángeles Custodios.

A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, como en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de vivir pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del Artista,

que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el alter Christus que hemos de ser.

Señor, gracias por todo. ;Muchas gracias! Te las he dado; habitualmente te las he dado. Antes de repetir ahora ese grito litúrgico ‑gratias tibi, Deus, gratias tibi!‑, te lo venía diciendo con el corazón. Y ahora son muchas bocas, muchos pechos, los que te repiten al unísono lo mismo: gratias tibi, Deus, gratias tibi!, pues no tenemos motivos más que para dar gracias.

No hemos de apurarnos por nada; no hemos de preocuparnos por nada; no hemos de perder la serenidad por ninguna cosa del mundo. (…) Señor: que les des serenidad a los hijos míos; que no la pierdan ni cuando tengan un error de categoría. Si se dan cuenta de que lo han cometido, eso ya es una gracia, una luz del Cielo.

Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Un cántico de acción de gracias tiene que ser la vida de cada uno, porque ¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho Tú, Señor, con cuatro chisga­rabís… Stulta mundi, infirma mundi, et ea quae non sunt. Toda la doctrina de San Pablo se ha cumplido: has buscado medios completamente ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero. Te dan gracias en toda Europa, y en puntos de Asia y África, y en toda América, y en Oceanía. En todos los sitios te dan gracias.

En ese Tabernáculo tan hermoso que prepararon con tanto cariño los hijos míos, y que pusimos aquí cuando no teníamos dinero ni para comer; en esta especie de alarde de lujo, que me parece una miseria y realmente lo es, para guardarte a Ti, ahí quise yo colocar dos o tres detalles. El más interesante es esa frase que hay sobre la puerta: consummati in unum! Porque es como si todos estuviéramos aquí, pegados a Ti, sin abandonarte ni de día ni de noche, en un cántico de acción de gracias y ‑¿por qué no?‑ de petición de perdón. Pienso que te enfadas porque digo esto. Tú nos has perdonado siempre; siempre estás dispues­to a perdonar los errores, las equivocaciones, el fruto de la sen­sualidad o de la soberbia.

Consummati in unum!Para reparar…, para agradar…, para dar gracias, que es una obligación capital. No es una obligación de este momento, de hoy, del tiempo que se cumple mañana, no. Es un deber constante, una manifestación de vida sobrenatural, un modo humano y divino a la vez de corresponder al Amor tuyo, que es divino y humano.

(…) Esta vida que, si es humana, para nosotros tiene que ser también divina, será divina si te tratamos mucho. Te trataríamos aunque tuviésemos que hacer muchas antesalas, aunque hubiera que pedir muchas audiencias. ;Pero no hay que pedir ninguna! Eres tan todopoderoso, también en tu misericordia, que, siendo el Señor de los señores y el Rey de los que dominan, te humillas hasta esperar como un pobrecito que se arrima al quicio de nuestra puerta. No aguardamos nosotros; nos esperas Tú constante­mente.

Nos esperas en el Cielo, en el Paraíso. Nos esperas en la Hostia Santa. Nos esperas en la oración. Eres tan bueno que, cuando estás ahí escondido por Amor, oculto en las especies sacramentales ‑yo así lo creo firmemente‑, al estar real, verdadera y sustancialmente, con tu Cuerpo y tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad, también está la Trinidad Beatísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, por la inhabitación del Paráclito, Dios se encuentra en el centro de nuestras almas, buscándonos. Se repite, de alguna manera, la escena de Belén, cada día. Es posible que ‑no con la boca, pero con los hechos­- hayamos dicho: non est locus in diversorio, no hay posada para Ti en mi corazón. ¡Ay, Señor, perdóname!

Adoro al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, Dios único. Yo no comprendo esa maravilla de la Trinidad; pero Tú has puesto en mi alma ansias, hambres de creer. ¡Creo!: quiero creer como el que más. ¡Espero!: quiero esperar como el que más. ;Amo!: quiero amar como el que más.

Tú eres quien eres: la Suma bondad. Yo soy quien soy: el último trapo sucio de este mundo podrido. Y, sin embargo, me miras…, y me buscas…, y me amas. Señor: que mis hijos te miren, y te busquen, y te amen. Señor: que yo te busque, que te mire, que te ame.

Mirar es poner los ojos del alma en Ti, con ansias de comprenderte, en la medida en que ‑con tu gracia‑ puede la razón humana llegar a conocerte. Me conformo con esa peque­ñez. Cuando veo que entiendo tan poco de tus grandezas, de tu bondad, de tu sabiduría, de tu poder, de tu hermosura…, cuando veo que entiendo tan poco, no me entristezco: me alegro de que seas tan grande que no quepas en mi pobre corazón, e_ mi miserable cabeza. ;Dios mío! ;Dios mío!… Si no sé decirte otra cosa, ya basta: ;Dios mío! Toda esa grandeza, todo ese poder, toda esa hermosura…, ;mía! Y yo…, ;suyo!

Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, Maria y José. Están como más asequibles. Jesús, que es perfectus Deus y perfectus Homo. María, que es una mujer, la más pura criatura, la más grande: más que Ella, sólo Dios. Y José, que está inmediato a María: limpio, varonil, prudente, entero. ¡Oh, Dios mío! ;Qué modelos! Sólo con mirar, entran ganas de morirse de pena: porque, Señor, me he portado tan mal… No he sabido acomodarme a las circunstancias, divinizarme. Y Tú me dabas los medios: y me los das, y me los seguirás dando…, porque a lo divino hemos de vivir humana­mente en la tierra.

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes sapientiae! Concédenos la sabiduría del Cielo, para que nos comportemos de modo agra­dable a los ojos de tu Hijo, y del Padre, y del Espíritu Santo, único Dios que vive y reina por los siglos sin fin.

San José, que no te puedo separar de Jesús y de María; San José, por el que he tenido siempre devoción, pero comprendo que debo amarte cada día más y proclamarlo a los cuatro vientos, porque éste es el modo de manifestar el amor entre los hombres, diciendo: ;te quiero! San José, Padre y Señor nuestro: ‑,en cuántos sitios te habrán repetido ya a estas horas, invocándote, esta misma frase, estas mismas palabras! San José, nuestro Padre y Señor, intercede por nosotros.

Hemos de estar ‑y tengo conciencia de habéroslo recordado muchas veces‑ en el Cielo y en la tierra, siempre. No entre el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ;En el mundo y en el Paraíso a la vez! Ésta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras permanezcamos in hoc saeculo. En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra: un cacharro de barro que el Señor se ha dignado aprovechar para su servicio. Y cuando se ha roto, hemos acudido a las lañas, como el hijo pródigo: he pecado contra el cielo y contra Ti… Lo mismo cuando se trató de una cosa de categoría, que cuando era algo menudo. A veces nos ha dolido mucho, mucho, un fallo pequeño, un desamor, un no saber mirar al Amor de los amores, un no saber sonreír. Porque, cuando se ama, no hay cosas pequeñas: todo tiene mucha cate­goría, todo es grande, aun en una criatura miserable y pobre como yo, como tú, hijo mío.

Ha querido el Señor depositar en nosotros un tesoro riquísi­mo. ¿Que exagero? He dicho poco. He dicho poco ahora, porque antes he dicho más. He recordado que en nosotros habita Dios, Señor Nuestro, con toda su grandeza. En nuestros corazones hay habitualmente un Cielo. Y no voy a seguir.

Cratias tibi, Deus, gratias tibi: vera et una Trinitas, una et summa Deitas, sancta et una Unitas!

Que la Madre de Dios sea para nosotros Turris civitatis, la torre que vigila la ciudad: la ciudad que es cada uno, con tantas cosas que van y vienen dentro de nosotros, con tanto movimiento y a la vez con tanta quietud; con tanto desorden y con tanto orden; con tanto ruido y con tanto silencio; con tanta guerra y con tanta paz.

Sancta Maria, Turris civitatis: ora pro nobis!

Sancte Joseph, Pater et Domine: ora pro nobis!

Sancti Angel ¡Custodes: orate pro nobis!

Juan Pablo II y su legado de santidad

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Juan Pablo II cambió el mundo con “la única fuerza de una vida incuestionablemente santa”. Un año después, Mons. Javier Echevarría recuerda el funeral por el Pontífice y reflexiona sobre su legado.

En nuestra memoria permanece, inolvidable, la imagen del viento desordenando las páginas de una Biblia abierta sobre un simple ataúd de madera ante la basílica de San Pedro. En torno parecía haberse congregado el mundo entero: cardenales, reyes, presidentes, fieles corrientes, líderes religiosos, periodistas y, sobre todo, jóvenes llegados de todos los rincones de la tierra. Otras muchas personas contemplaban la escena desde sus casas.

Opus Dei -

Juan Pablo II gastó su vida yendo al encuentro de la gente, y en su funeral el mundo entero le devolvió el gesto: fue a su encuentro. Con la única fuerza de una vida incuestionablemente santa, el Papa fallecido había logrado atraer incluso a aquellos que no pensaban como él. Como un silencioso imán, se había convertido en un punto de convergencia de la unidad, la caridad, el respeto mutuo y la buena voluntad.

Todavía es pronto para hacer un balance de una vida tan rica, pero al recordar los acontecimientos del pasado abril es inevitable preguntarse: ¿cuál es el legado permanente de Juan Pablo II? El historiador Christopher Dawson dijo en una ocasión que “para cambiar el mundo, al cristiano le basta con ser”, y no parece precipitado afirmar que, en cuanto cristiano, Juan Pablo II fue.

“Su encuentro en la cárcel con Alí Agca; el hábito de besar el suelo de un país nada más descender del avión; el silencio elocuente en la ventana papal a causa del sufrimiento… Eran signos tangibles de algo mucho más profundo”.

Es claro que Juan Pablo II ha cambiado el papel del papado en el mundo. En Roma la sensación de su presencia se mantiene viva y real en la interminable fila de peregrinos que rezan ante su tumba y en las multitudes que acuden a escuchar a su sucesor.

Aunque fue un Papa de muchas palabras (homilías, discursos, encíclicas, poemas, libros, e incluso obras de teatro), Juan Pablo II sabía mejor que nadie que su impacto más profundo no sería el que pudieran provocar sus textos o sus palabras, por muy valiosas que fueran. En efecto, quizá lo que recordamos mejor son sus acciones simbólicas: la primera visita a Polonia; su encuentro en la cárcel con Alí Agca; el espontáneo entendimiento con niños y enfermos; el hábito de besar el suelo de un país nada más descender del avión; el silencio elocuente en la ventana papal a causa del sufrimiento… Eran signos tangibles de algo mucho más profundo.

En una ocasión, tras ser hospitalizado, habló sobre la necesidad de predicar “el evangelio del sufrimiento”. Y cuando, en silencio, llegaron sus últimos días –durante la Semana Santa, que conmemora el misterio de la muerte y la esperanza en la vida eterna–, fueron su sufrimiento y su muerte lo que atrajo y retuvo la atención del mundo entero. La personalidad, el amor y el sacrificio tienen su propio lenguaje, y por medio de él millones de hombres y mujeres que jamás leerán una encíclica “escucharon” claramente su mensaje durante aquellos días.

Pero, sobre todo, Juan Pablo II quiso preparar a la Iglesia para servir a la humanidad en el nuevo Milenio. Y bien sabía el Papa que el mayor regalo que la Iglesia puede ofrecer al mundo no es sino la santidad “encarnada” en personas: es decir, santos, siempre necesarios y siempre escasos.

“Bien sabía el Papa que el mayor regalo que la Iglesia puede ofrecer al mundo no es sino la santidad “encarnada” en personas: es decir, santos, siempre necesarios y siempre escasos”.

Uno de los santos que canonizó, Josemaría Escrivá, escribió: “Estas crisis mundiales son crisis de santos”.Todos conocemos el impacto que han causado en la historia las vidas de Agustín, Benito, Francisco de Asís, Tomás de Aquino o Juana de Arco. En cambio, ¿cuántos podrían recordar los nombres de los papas o emperadores que dominaron el mundo durante la vida de cada uno de ellos? A través de los siglos, son los santos quienes enriquecen realmente la vida intelectual y espiritual de la Iglesia y del mundo, modelando las mentes, los corazones y las vidas de millones de personas.

Es de la mayor importancia el hecho de que Juan Pablo II canonizara más santos que todos sus predecesores juntos. Con la vista puesta en el nuevo milenio, escribió:“Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección” (Novo millennio ineunte).

Opus Dei -

Esas canonizaciones no eran un simple reconocimiento del servicio heroico y las virtudes de los santos, sino también un urgente recuerdo de la vocación a la que está llamado todo cristiano. En efecto, los santos canonizados por Juan Pablo II –hombres y mujeres que realmentefueron cristianos y en consecuencia cambiaron el mundo– son, a la vez, un regalo y un reto para un mundo al que nunca faltarán los problemas. Son un impresionante legado de santidad, quizá el mayor legado que nos deja Juan Pablo II, al menos hasta que él mismo pueda ser contado entre los santos: ese día, su gran legado ya no serán los santos que él canonizó, sino el santo que él mismo ha sido.

+ Javier Echevarría

Favores

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Algunos favores concedidos por Encarnita Ortega

En julio de 2004 supe que un chico amigo mío había sufrido un accidente cardiovascular mientras practicaba la pesca deportiva de caña en el puerto viejo de San Sebastián (Guipúzcoa). Es muy comunicativo que siempre ha llenado de alegría a su familia. Le conocí poco tiempo después de trasladarme a San Sebastián, un día que me abordó por la calle para saludarme, mientras me recordaba a su abuelo, un médico, supernumerario del Opus Dei, que había fallecido.

Sentí muchísima pena al conocer su accidente pues el diagnóstico de los médicos era que muy probablemente iba a fallecer y, si salía del coma, quedaría como un vegetal, ya que los servicios sanitarios llegaron muy tarde para atenderle y el cerebro había permanecido sin riego demasiado tiempo.

Por aquellos días de julio había llegado a mis manos la estampa para la devoción privada de la Sierva de Dios Encarnita Ortega, y acudí a su intercesión para que se recuperara. Era el primer favor que pedía, por mi parte, a la Sierva de Dios. Me encaré con Encarnita diciéndole en mi oración unas palabras parecidas a estas: “Encarnita, tú que escuchaste tantas penas y preocupaciones de mujeres fieles de la Prelatura, compadécete de la madre de Rufo y pídele al señor que este chico sane del todo”.

Además de esta oración, encomendé muchísimo su salud, especialmente el 16 de julio, memoria de Nuestra Señora del Carmen. Pocos días después, supe que iba recuperando la conciencia y el habla. Los médicos comentaron a sus padres que aquello era un milagro. Más tarde, tengo entendido que le practicaron una intervención cardíaca para tonificar su corazón. Actualmente, que yo sepa, hace vida normal.

Como pienso que la intercesión de Encarnita Ortega ha tenido mucho que ver en este hecho que relato, lo comunico a la Oficina para las Causas de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

R.H.U.

San Sebastián, España

Me encontré con una amiga que estaba desconsolada. Su situación familiar era insostenible por la actitud de un hijo adolescente y los problemas que estaba creando en la convivencia. Esto sucedía desde hacía meses, y mi amiga no resistía más. Al verla así, le pedí a Encarnita que se solucionaran las cosas. Días más tarde me dijo que era milagroso lo que había sucedido: su hijo estaba cariñoso, centrado en los estudios que había elegido, y los problemas de convivencia habían desaparecido.

Al ser tan increíble el cambio, lo escribo.

A.G.A.

Gijón, España

Desde hace más de un año vive con mi madre una chica de la India. Le correspondían casi dos meses de vacaciones y se iba durante ese tiempo a su país. Busqué alguien que la pudiese sustituir cuando llegara el momento. Como no encontré, decidimos repartirnos este tiempo entre mi hermano y yo.

La primera en ir fui yo. Enseguida me di cuenta de que entre atenderla y hacer lo ordinario no me daba tiempo. Empecé a buscar a alguien que me ayudara y, sobre todo, que luego se quedara cuando yo me fuera. Tarea nada fácil en los meses de julio y agosto.

Durante los quince primeros días no encontré a nadie. Al cabo de estos días, me dieron una estampa de Encarnita y, como a ella le suelo encomendar todos los asuntos de la atención de mi madre, le dije que me consiguiera una empleada. Al quinto día de rezarle conseguí una persona estupenda, sin problemas de horario, pero que se tenía que ir a su país el 9, el 15 o el 25 de agosto. Han pasado las dos primeras fechas sin que se le arreglara el viaje y se irá cuando haya vuelto la otra persona para quedarse en casa.

Estoy muy agradecida a Encarnita.

C.R.S.

Sant Cugat del Vallés (Barcelona)

Hace quince días empecé a pedir a Encarnita que trasladaran a mi hermana a trabajar cerca de Jaén,  donde reside y, si era posible, a la misma capital. Desde hace cuatro años tenía su plaza fija en Cazorla. Por su situación, le suponía mucha dificultad viajar todas las semanas a esa ciudad.

Existían, además, otrassituaciones familiares que hacían más necesario que viviera en su casa en Jaén. En varias ocasiones le habían prometido el traslado, pero nunca se había llevado a término. Este año, antes de empezar el curso, se me ocurrió que Encarnita podía ayudarnos. Empecé una novena pidiéndole que, al finalizarla, se resolviera todo. A los siete días empezó a surgir la posibilidad del traslado a Martos, a 20 km. de Jaén. A los catorce días de comenzar mi petición, le comunicaron a mi hermana que tenía plaza en un colegio céntrico de la capital. Estoy contándolo a muchas personas para que se animen a acudir también a Encarnita.

M.P.G.A.

Jaén

Tengo una hermana que lo ha pasado muy mal económicamente a raíz de su separación matrimonial. Con esfuerzos increíbles, sacó adelante a su hija, pero ahora con 51 años se encuentra sin fuerzas para seguir luchando. El trabajo que tiene no es adecuado para su edad.

Le pedí a Encarnita un imposible: que encontrara un trabajo para el que tuviera condiciones y supusiera un descanso evitando tantas tensiones. En un par de semanas le llamaron de una empresa y comenzará a trabajar. Repito que es un gran favor teniendo en cuenta su edad. Estoy muy agradecida.

C.V.M.

Valencia

Agradezco a Dios, por intercesión de Encarnita Ortega, la conversión de mi padre que desde hace mucho tiempo estaba lejos de la fe católica. En julio de 2004 sufrió una operación en la pierna y había encomendado a Encarnita su recuperación física. Sabía que era un pedido difícil, pero no desistí y seguí pidiendo a Dios su curación física y, si no fuera posible, la curación espiritual. Mi padre sigue sometiéndose a tratamiento para la cicatrización de su pierna pero, para mi sorpresa y alegría, supe en septiembre de 2005 que tomó la decisión de acercarse a la Iglesia Católica y a los sacramentos. Creo que Encarnita ayudó a mi padre en ese proceso de conversión a Dios.

D.M.E.

Roma

Una de mis nietas vivía en el campo cerca del Mar del Plata con sus padres y nueve hermanos. Es de un carácter muy fuerte y orgulloso y se llevaba pésimamente con sus padres; es muy intransigente. A los 18 años quiso ir a vivir sola a Mar del Plata y, ante la rotunda negativa de sus padres, esperó a cumplir 21.

A pesar de que su padre le dijo que si se marchaba nunca más la iba a recibir en su casa, se marchó el mismo día de su cumpleaños. En Mar del Plata pasó un año y medio muy malo, sin conseguir ningún trabajo estable. Vivió en pensiones o en casas de amigas; no le pagaron nunca los pequeños trabajos que conseguía. Y entonces acudió a su abuela en Buenos Aires. La recibió, pero siempre haciéndole comprender que había obrado mal y que tendría que buscarse ella un trabajo y un lugar dónde vivir. Angustiada por la vida que llevaba mi nieta lejos de su familia, la encomendé mucho a Encarnita.

Al llegar a Buenos Aires, pasó dos meses en mi casa, consiguió un trabajo fijo en un pensionado de señoras con buen sueldo, casa y comida con las hermanas de una Congregación. El haber venido a buscar refugio en casa de la abuela y haber conseguido un trabajo sin haber hecho ella ni nosotros nada por conseguirlo, lo atribuyo a la intercesión de Encarnita y le estoy sumamente agradecida, y le sigo encomendando a todos mis nietos.

M.B.M.

Buenos Aires

A los pocos días de haberme dado de alta en Internet, sufrí una migración ilegal a otra compañía que me dejó sin servicio. Me costó mucho conseguir servicio en la nueva compañía, y el que me dieron era malísimo, así que, después de un mes de desatención, logré darme de baja sin los problemas que normalmente ocurren en estos casos.

Había encomendado el asunto a Encarnita y obtuve la gracia que le había pedido. Con toda celeridad, volví a darme de alta en la compañía anterior y el servicio fue muy bueno. Posteriormente, me ayudó a resolver situaciones delicadas. La última me ocurrió cuando intenté conectar una impresora. Leídas las instrucciones, fue imposible conectarla. Le volví a pedir el favor y, al primer intento, se puso en funcionamiento. No tengo ninguna duda de las diversas gracias obtenidas por mediación de Encarnita y dejo constancia.

C.C.G.

Barcelona

Tengo una prima, que es además amiga mía, a la que diagnosticaron un cáncer hace varios años. Ha estado en tratamiento continuo, y últimamente estuvo peor con la aparición de derrames pleurales, utilización habitual de oxígeno, etc. Se considera católica pero ni se confesaba ni daba importancia a la Santa Misa del domingo. En una ocasión, le hablé del sacramento de la confesión, de la asistencia a la Santa Misa y de recuperar la vida de piedad, así como el trato con la Virgen del Pilar, de la que había sido devota.

Comencé una novena a Encarnita, rezando su estampa todos los días. Hablé con ella con ocasión de un aniversario familiar y me comentó que mis oraciones le estaban haciendo efecto: había ido al Pilar y se había confesado. Continúo rezando a diario pidiendo su salud física y espiritual, pero el primer favor ya me lo ha concedido, por lo que quiero dejar este testimonio.

C.A.M.

Vitoria (Álava)

Mi hermano atraviesa una difícil situación económica. Empecé a encomendárselo a Encarnita, pidiéndole que nos diera luces para ver qué medios podríamos poner para mitigar algo el problema. Mi cuñada tiene un grado de incapacidad laboral muy elevado. Como hace tiempo trabajaron unos años en Suiza, decidieron hacer los trámites para solicitar en aquel país la pensión de invalidez correspondiente a los años cotizados allí. Pasados unos meses en espera de la contestación, le vino aprobada, aunque no en el porcentaje de minusvalía que tiene. Para mí ha sido la respuesta de mi oración a Encarnita, y lo considero un favor que Dios nos concede por su intercesión, tanto por haber movido a mi hermano a solicitarlo, como por haber venido aprobado.

No sabemos la cantidad que será, porque son pocos los años que estuvieron allí, y además contamos con que hay que esperar unos meses para que el cobro se haga efectivo, pero lo que sea nos ha dado mucha alegría, y yo le estoy muy agradecida.

C.O.B.

Santiago de Compostela

Relatos y favores recibidos

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Acudir en caso de necesidad a la intercesión de personas con fama de santidad, es una práctica corriente en la Iglesia. Presentamos una selección de relatos recibidos en la Oficina para la Causa de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

No escuchaba consejos

Hace unos meses me llamó mi hermana para decirme que su hija andaba por mal camino. Mantenía un noviazgo que no le convenía. Un día se marchó de casa, pero como es menor de edad, tuvo que regresar. Ha cambiado varias veces de escuela y tiene todos los cursos comenzados, pero sin terminar. Le escribí una carta, pero me dijo mi hermana que la había tirado a la basura: no escuchaba los consejos de nadie.

Hace tiempo que la encomendaba a Montse, pero esta situación me llevó a redoblar mi petición. Le insistía a Montse que dejase al novio y se encaminara. Unas semanas después volví a hablar con mi hermana y me contó con gran alegría que mi sobrina iba a dejar al novio. Solicitó trabajo donde trabaja su hermano mayor y la aceptaron. Además, el turno del trabajo le permitía seguir estudiando. Se lo he agradecido todo a Montse.M.C.

Que mi hija sonría como tú

Mi hija ha tenido depresiones y siempre ha estado muy triste, y siendo joven no quería salir de casa. Esto me preocupaba mucho, y pedía y pedía al Señor verla al menos sonreír.

Un domingo fui a Misa como de costumbre, y a la entrada había un folleto con la foto de una niña, con una sonrisa dulce. En ese momento me acordé de mi hija y al leerlo y al rezar la oración, solamente le pedí que mi hija sonriera como ella. Todos los días rezo la oración y le pido lo mismo.

Ahora, gracias al Señor y a la Virgen por la intercesión de Montserrat Grases, mi hija no sólo sonríe, sino que sale y está alegre a pesar de su enfermedad. Hago este relato, para la beatificación de Montse.

Relatos y favores recibidos

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Acudir en caso de necesidad a la intercesión de personas con fama de santidad, es una práctica corriente en la Iglesia. Presentamos una selección de relatos recibidos en la Oficina para la Causa de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

Una mancha en la cara de mi nieta

Mi nieta Carolina nació con una mancha roja en la cara, que le afectaba la frente, los párpados, la nariz y el labio superior. Era muy aparatosa. Tres dermatólogos consultados dieron diagnósticos diferentes, lo cual resultaba desalentador. Sólo coincidían en que era de difícil desaparición.

Me puse a rezar a Guadalupe con todo mi fervor y constancia, ya que me preocupaba realmente. La niña tiene año y medio y la mancha ha desaparecido casi totalmente. Mª E.F.Q.

Conflicto con un profesor

En el primer cuatrimestral del último año de carrera tuve un contratiempo con un profesor, que se enfrentaba a mis posiciones, y llegábamos a discutir en el aula. En el examen sólo me concedió un aprobado, argumentando, entre otras cosas, que ser católico es simple y marginal, y que una persona como yo no merecía más.

Le pedí a Guadalupe que intercediera por mí ante esa injusticia. Cuando vi mi calificación en el expediente había un sobresaliente. A.S.L.

Relatos y favores recibidos

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Acudir en caso de necesidad a la intercesión de personas con fama de santidad, es una práctica corriente en la Iglesia. Presentamos una selección de relatos recibidos en la Oficina para la Causa de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

Tres años de migrañas

En noviembre de 1998 empecé a tener ataques de migraña, algo que nunca había padecido antes. El primer año solía ser unas 4 ó 5 veces por mes. Después, empeoró y aumentó a unas diez veces por mes. Me declararon incapaz y me dieron de baja para una parte de mi trabajo.

En septiembre de 2001 los dolores empezaron a ser incluso más frecuentes; en noviembre tenía cada dos días migraña y se empezaron los trámites para declararme totalmente incapaz de trabajar.

De acuerdo con el médico de empresa, se decidió que dejara de trabajar, porque incluso las dos horas en que lo hacía me suponían mucho esfuerzo. Cada vez que sufría esos ataques de migraña tomaba una medicina que me aligeraba el dolor, pero que me hacía sentirme muy mal. Sin saber qué hacer empecé en noviembre una novena a Dios, con la estampa de D. Álvaro. Durante las dos primeras semanas no obtuve mi curación, pero sí la “curación espiritual” de dos amigas, algo que me consolaba y daba fuerzas.

Al día siguiente de terminar la tercera novena, el 12 de diciembre, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, fue el último ataque de dolor. Agradezco esa curación milagrosa y repentina, después de tres años, a la intercesión de D. Álvaro del Portillo. M.S., Utrecht (Holanda)

El trabajo

Aún teniendo dos títulos, uno de Economista y otro de Licenciada en Administración, no conseguía trabajo a pesar de haber solicitado empleo, entregado currículos y asistido a entrevistas en varias empresas. Le referí mi situación a una tía. Ella me entregó varias estampillas de D. Álvaro del Portillo, y me dijo: repártelas y rézale con fe.

Así lo hice, y cuál fue mi sorpresa que inmediatamente me sonó el celular y era una amiga para decirme que un amigo que yo no conocía necesitaba con urgencia un administrador de suma confianza. Nos comunicamos, tuve una entrevista, y a la semana estaba trabajando. En este momento estoy supercontenta en mi trabajo y realmente quiero dar constancia del favor recibido. L.G.P. Maracaibo (Venezuela)

Como por casualidad

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Lucía tiene ocho años, es alumna del colegio Fuenllana; a su edad, ya ha soportado 17 operaciones como consecuencia de una malformación cráneo-cerebral.

Luis, Lucía y Begoña

¿Cómo fue el nacimiento de Lucía?
La primera vez que tuvimos a nuestra hija en brazos fue el momento más feliz de nuestra vida y a la vez el más triste: cuando la vimos, comprendimos que Dios nos había concedido aquella niña para que la sacáramos adelante poniendo todos los esfuerzos que fueran necesarios. Fue un milagro su gestación, fue un milagro su nacimiento con vida y los milagros continúan.

“Si dejas que la niña viva, te prometo que su padre y yo vamos a empeñar nuestra vida en sacarla adelante”

Con 15 días le hicieron la primera operación, con mucho riesgo y escasas posibilidades de que pudiera superarla. Ante esta situación, Begoña le dijo a Dios: “mira, las dos cosas que te he pedido en mi vida me las has concedido, pero ahora te digo muy en serio, Tú nos has mandado a nuestra hija con este problema, y yo te digo: si dejas que la niña viva, te prometo que su padre y yo vamos a empeñar nuestra vida en sacarla adelante, pero si te la quieres llevar hazlo ahora”. A día de hoy Lucía tiene 8 años, hace una vida normal con algunos cuidados especiales que no impiden que tenga una evolución como cualquier niña de su edad.

Podemos decir que, sin cosas extraordinarias, Dios nos ha ido poniendo delante como por casualidad la solución a cada circunstancia concreta y eso ha sido nuestra historia con Lucía: Dios que permite un problema pero inmediatamente te pone la solución delante, y uno sólo tiene que mirar, estar atento y cogerla.

Vista parcial del colegio Fuenllana

¿Qué momentos del crecimiento de vuestra hija recordáis especialmente?
Cuando nos llegó el momento de decidir el colegio de Lucía, pedimos información sobre distintos centros que tuvieran algunos servicios como logopeda o posibilidad de hacer psicomotricidad. Optamos por un centro privado y laico que teníamos cerca del domicilio donde vivíamos.

Nunca pudimos disponer de los servicios de apoyo pedagógico que el colegio nos ofreció en su momento, por lo que tuvimos que ir solucionándolos por otro lado para paliar las dificultades con que Lucía se topaba en su desarrollo. Conscientes de que estos primeros años de la vida eran fundamentales, no quisimos escatimar esfuerzos para que nuestra hija fuera lo más normal posible.

“Me encanta esta escuela”, escribió en su dedicatoria Agatha Ruiz de la Prada, durante su visita al colegio

La responsabilidad de sacarla adelante era ineludiblemente nuestra, pero tuvimos poco apoyo por parte del colegio. Gracias a Dios, conocimos la ONG “Save the children” que nos ayudó durante aquel último curso escolar de infantil, que es imprescindible para poder acceder a la educación primaria porque es en el que se aprende todo el abecedario, los números, formas, conceptos, etc.

“Nos llamó la atención que quienes habían tenido un trato directo con miembros de la Obra eran los que opinaban más favorablemente”

¿Cómo decidisteis el cambio de colegio?
Los motivos se fueron dando la mano unos a otros. La vivienda que ocupábamos entonces era muy ruidosa y el sueño de Lucía se estaba alterando, sin descontar que siempre ha tenido frecuentes dolores de cabeza, y las largas estancias en el hospital contribuían a hacerle más difícil dormir. Noche tras noche nos enfrentábamos a la odisea de no poder dormir hasta que la situación se hizo insostenible.

Nos topamos entonces con otra de las casualidades que han acompañado la vida de Lucía: encontramos una casa perfecta, por sus condiciones y emplazamiento, para el tipo de vida que queríamos hacer. Con sorpresa por nuestra parte vimos que al lado estaban construyendo un colegio concertado que ofertaba los servicios que necesitábamos: se llamaba Fuenllana y era una obra corporativa del Opus Dei, con el que no habíamos tenido ninguna relación directa; como es lógico, preguntamos a nuestros conocidos.

Las alumnas de Restauración con el famoso cocinero Martín Berasategui

Hubo quien nos habló mal y quien bien, pero lo que nos llamó la atención fue que quienes habían tenido un trato directo con miembros de la Obra eran los que opinaban más favorablemente.

Finalmente decidimos pedir plaza y fuimos a Fuenllana, pero la directora no estaba; dejamos nuestros datos y a los pocos días recibimos su llamada, interesándose por Lucía y por nosotros. Al colgar, tuve una sensación que nunca antes había tenido: estábamos acompañados, porque una persona que no sabía quiénes éramos, que nunca nos había visto la cara, me decía que no nos preocupáramos porque iban a hacer todo lo posible para que Lucía estuviera bien en ese colegio. No pueden imaginarse el impacto que nos causó que sin ser alumna del colegio nos llamara y animara.

¿Qué destacaríais del tiempo que lleváis en Fuenllana?

“En cuanto las vio, pegó un salto y se incorporó de la cama, a pesar de que, después de las operaciones, apenas puede moverse por el dolor”

Del colegio no hemos recibido más que cariño y apoyo: en mayo del año pasado a Lucía tenían que hacerle otra operación “de las gordas”. Al día siguiente de la salida de la UVI, vinieron a visitarla su tutora con otra profesora; en cuanto las vio, pegó un salto y se incorporó de la cama, a pesar de que, después de las operaciones, tiene el cuerpo contracturado sin apenas moverse por el dolor… cuando vimos el salto de nuestra hija, los que tuvimos que sentarnos fuimos nosotros. Las profesoras del colegio le traían dibujos que las niñas le habían hecho, un peluche y una fotografía de sus compañeras con el peluche.

No podemos decir si el milagro fue por lo que la gente rezó a San Josemaría, si fue por lo que nosotros le suplicamos a Dios, o si fue el cariño que recibimos, o si fueron las tres cosas juntas, pero lo cierto es que lo que normalmente era una recuperación de semanas en este caso fue de días y sin complicaciones.

Celebración de la fiesta de San Josemaría

Además, antes de la operación recibimos una llamada de la directora del colegio en la que nos decía que estaban rezando para que todo fuera bien, nos animó a que encomendáramos la oración al patrón del colegio, san Josemaria, y nos dio una estampa con una reliquia que le dimos a Lucía para que la llevara durante la operación.

Cuando todo terminó estábamos tan felices, agradecidos y rodeados de cariño y apoyo, que sólo se nos ocurrió hacer llegar nuestro agradecimiento a todos a través de San Josemaría, así que decidimos regalar las flores que decoraron el polideportivo el 26 de Junio en la Misa de su fiesta. Al fin y al cabo todo había llegado a nosotros a través de la Obra, y en concreto de Fuenllana que es el resultado de la fidelidad de San Josemaría.

¿Os ha cambiado entonces la vida “Fuenllana”?
Sí, mucho. Antes éramos una familia unida y luchadora frente al mundo y contra los obstáculos del mundo. Hoy seguimos siendo una familia unida y luchadora, pero ahora no estamos solos, tenemos amigos: todos ellos nos han redescubierto a Jesucristo, a María, al Espíritu Santo… Y aunque el dolor y la lucha continúan y no vemos el final del camino, ahora tenemos más paz, somos más felices y estamos más orgullosos de ser una pequeña gran familia.


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