Alma sacerdotal

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A partir del 25 de junio de 1944, se suceden sin interrupción las ordenaciones de miembros del Opus Dei. Vocaciones sacerdotales de todas las razas, de todos los países, de todas las profesiones y oficios.

Estos sacerdotes son un pequeño número en el campo apostólico del Opus Dei. Desaparecen en el ejercicio de su ministerio como el agua en una tierra seca. El mundo entero es su parcela de trabajo. Son pocos, en comparación con el número de miembros de la Obra, pero están respaldados por la entrega simultánea de todos sus hermanos. Las últimas palabras que el Fundador, antes de morir, dirigió a sus hijas son para recordarles que habían de tener «alma sacerdotal». Porque a todos los bautizados concierne, una vez llamados a la gran vocación del cristianismo, testificar la luz de Cristo entre los hombres.

Monseñor Escrivá de Balaguer, en su homilía «Sacerdote para la eternidad», repite, una vez más, el 13 de abril de 1973, que los sacerdotes del Opus Dei se ordenan «para servir. No para mandar, no para brillar, sino para entregarse, en un silencio incesante y divino, al servicio de todas las almas. Cuando sean sacerdotes, no se dejarán arrastrar por la tentación de imitar las ocupaciones y el trabajo de los seglares, aunque se trate de tareas que conocen bien, porque las han realizado hasta ahora y eso les ha confirmado en una mentalidad laical que no perderán nunca».

Y más adelante:

«¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya “alter Chrístus”, sino “ipse Christus”: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (…).

Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad»(27).

Sus hijos sacerdotes han captado esta grandeza de la vocación para la que fueron elegidos. Configurarse en «otros Cristos» será una meta deseada, el modo de vivir su entrega a la Iglesia y a la Obra.

En 1975, don Ernesto Aguilar Alvarez, sacerdote mexicano recién ordenado, ingresa en la Clínica Universitaria de Navarra. Se le diagnostica un cáncer óseo muy avanzado. El pronóstico, irremediable a corto plazo, se cumplirá pocos meses después. Una tarde, dolorido y agotado por la enfermedad, piensa bajar hasta la capilla para rezar la Visita ante el sagrario. Duda: puede hacerlo desde su habitación; le resulta muy trabajoso andar ayudado por bastones. Pero se decide y ofrece el dolor en unión con Cristo. Cuando acaba de llegar, entra un hombre de mediana edad. Le mira, y, acercándose, le pide:

-«¿Querría usted confesarme?».

Don Ernesto afirma. Le señala el confesonario, invitándole a ir por delante, para que no vea el esfuerzo que le cuesta caminar. Este día don Ernesto revive, sin duda, las palabras del Fundador de la Obra:

«Sé de gente convertida a nuestra fe católica, sólo por considerar la bondad de Dios en el sacramento de la Penitencia»(28).

Monseñor Escrivá de Balaguer pide siempre a sus hijos sacerdotes que dediquen mucho tiempo a administrar este sacramento:

«Un consejo de hermano: sentaos en el confesionario, esperando a las almas, como el pescador los peces. Haced allí vuestra oración, la lectura espiritual, el Breviario. En los primeros días, podréis; después vendrá una viejecita, luego una niña joven, después un chicote… Y al cabo de dos meses no os dejarán vivir, ni podréis rezar nada en el confesionario, porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo -confundidas con ellas, porque sois Cristo- diciendo: “yo te absuelvo”. Amad el confesionario. ¡Amadlo, amadlo! ¡Que nos maten a fuerza de confesar!»(29).

En esta línea se inscribe el testimonio de Monseñor Ignacio María Orbegozo -sacerdote del Opus Dei, que sería consagrado Obispo de Yauyos (Perú)- cuando, a lomos de una mula, camina por los adustos senderos de la sierra andina. Allí donde el calor es pegajoso en la costa y el frío, la nieve y el peligro se alternan en las alturas de cinco mil metros.

«Me habían llamado desde un pueblo de la sierra, para que les dijera unas misas (…). Celebré en Huangáscar la Misa del domingo, y salí a buen paso hacia allá, con la intención de llegar a primera hora de la tarde y celebrar la Misa vespertina (…).

Mi cabalgadura caminaba mal por aquel sendero, deshecho por las lluvias. Pero no fue ésta la única dificultad. Poco después me vi rodeado de una niebla cada vez más espesa. Llegué a una encrucijada de caminos. Me encomendé a mi Angel Custodio, y dejé al mulo caminar a su antojo (…). La niebla era húmeda; yo estaba empapado y tenía frío (…). Cantaba y cantaba: esto me daba ánimos y, además, alguien podía oírme. Muy a menudo, una petición al Señor para que me llevara a buen puerto.

A eso de las seis de la tarde, oí un silbido. Dejé el camino, y me dirigí hacia el lugar de donde parecía provenir. Al poco tiempo divisé la silueta de un hombre que pastoreaba unas vacas (…). Le llamé varias veces y al fin vino a mi encuentro (…). Me había desviado mucho. Como ya anochecía, me invitó a su casa y yo acepté. Después agradecería al Señor la ocasión que me había brindado de ayudar a esta buena gente.

El hombre malvivía en una chabola construida con paja; allí se cobijaba toda su familia. Su madre, de ochenta años, estaba muy enferma. Cuando supo que yo me encontraba allí se llenó de alegría: deseaba confesarse. Hacía muchos años que, por falta de sacerdotes, no lo había hecho (…). Le di la absolución, la encomendé al Señor y hablé con ella durante algún rato; después le administré la Extremaunción (…).

De madrugada me despertaron (…). La abuela estaba muriendo (…). Le hablé al oído muy despacio, para que pudiera entenderme (…). Sonreía, besó el Crucifijo (…) y murió. Rezamos el primer responso (…).

Poco después cabalgaba de nuevo. El hijo mayor de la casa me puso en buena ruta (…). Entré en el pueblo a tiempo de celebrar la Santa Misa»(30).

Este es el espíritu que el Fundador de la Obra ha dejado impreso en sus sacerdotes: gastarse con generosidad para servir con su ministerio a todas las almas.

También cuenta en el haber de Monseñor Escrivá de Balaguer, y de los sacerdotes que ha enviado Dios a su Obra, el amor por aquellos que están lejos de la Iglesia. Y mucho más cuando les unen lazos de sangre. En 1960 se ordena sacerdote un miembro de la Obra, mexicano de nacionalidad; su padre ocupa un alto grado en la Logia Masónica del país. Su mujer y su hijo rezan por él, por su retorno a la fe, a la esperanza en Jesucristo. Antes de la ordenación, su padre enfermará gravemente. A pesar de que no resulta fácil llegar hasta el paciente, su familia invoca el derecho a recibir a un sacerdote católico. Lo consiguen y pueden ayudarle. Pocos días más tarde, muere en paz por el auxilio y el amor de la Iglesia.

Retorno a Madrid

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

EL Padre abandona Burgos el 27 de marzo de 1939 y llega de noche a Villacastín (Segovia). Un viento fino, de sierra, pasa sobre los primeros brotes de la jara: en la mañana del día 28, es uno de los primeros sacerdotes que entra en Madrid, con los soldados del ejército.

Después de dieciocho meses de ausencia, puede abrazar a su madre, a Carmen y a Santiago. Y también a algunos miembros del Opus Dei que le esperan emocionados e impacientes. Junto a ellos, contempla de cerca las ruinas de Ferraz 16, la Residencia de estudiantes que tanto esfuerzo le costó montar.

Las carreteras de acceso a la capital de España son un hervidero de gente que retorna. La paz quiere volver. Y, sobre los estragos de la guerra, suenan las primeras canciones de esperanza. Madrid estrena primavera.

El 29 de marzo, el Padre cita en la Casa Rectoral del Patronato de Santa Isabel a los miembros de la Obra que se encuentran en Madrid, para reanudar, tras el forzoso paréntesis, todas las tareas iniciadas. Con él está ya Alvaro del Portillo, que viste todavía el uniforme de oficial del ejército.

La Casa Rectoral ha sido utilizada como Cuartel del Arma de Ingenieros. Hay, en las habitaciones, catres y mantas de soldados. También algunos muebles de oficina. Todo tiene el aire desmantelado del abandono y la precipitación; urge limpiar y poner orden en medio de la barahunda. Dos días después llegan doña Dolores y Carmen. El Padre les ha pedido que se vengan a la Casa Rectoral de Santa Isabel para facilitar el trabajo. La madre y hermanos de Josemaría sacrifican su independencia, su intimidad familiar, en función de la Obra de Dios. Con naturalidad y señorío, se adaptan a esta vivienda sin enseres adecuados y llena de incomodidades.

Poco a poco llegarán los que han permanecido fieles a la vocación al Opus Dei. La casa abre sus puertas día y noche para recibir a los que vienen tras duras jornadas de carretera, trenes abarrotados y ruinas casi intransitables. Con la ayuda de la Abuela y de Carmen, don Josemaría consigue que, en pocas semanas, la Casa Rectoral adquiera un aspecto de hogar digno y hasta acogedor.

Sin embargo, esta solución es transitoria. Es preciso buscar una casa en la que recomenzar la tarea con estudiantes universitarios, encontrar un nuevo local que sustituya al que ha sido destruido por la guerra.

La Obra no tiene, en estos momentos, absolutamente nada. Pero cuenta con lo más importante, aquello que el Padre comunica de un modo inmediato y contagioso: la fe, el coraje de los comienzos y la noble ambición de extender el Reino de Dios. Tras varias semanas de búsqueda, se encuentra un inmueble adecuado en el número 6 de la calle de Jenner. Es un lugar tranquilo y señorial; la calle, de corta numeración, cruza perpendicularmente Fortuny, Monte Esquinza, y enlaza la de Almagro con el Paseo de la Castellana. Las acacias ponen un retazo demsombra en ambos lados, aliviando el estío madrileño. Después de estudiarlo detenidamente, el 14 de julio de 1939 se firma el contrato. Alquilan la planta tercera completa y uno de los pisos de la primera. Los enseres de la Casa Rectoral se trasladan y, poco a poco, con la ayuda de todos, se irá instalando la futura Residencia de estudiantes. La primera planta, excepto un salón que se adaptará para comedor de los residentes, se dedica a las habitaciones del Padre, doña Dolores, Carmen y Santiago. Hay además una sala de recibir, un dormitorio de huéspedes y un pequeño comedor de invitados.

La salida de don Josemaría de la Casa Rectoral de Santa Isabel va a servir, además, para dar acomodo a las Agustinas Recoletas que han sobrevivido a la guerra. Su convento ha sido desmantelado. Don Josemaría cede a las Agustinas, hasta que pueda reconstruirse el convento, la vivienda asignada a la Casa Rectoral. Pero antes, por indicación del Vicario General de la Diócesis, solicita de ellas un documento que les compromete a pagar un alquiler al Rector. Mientras lo sea él, renunciará a este dinero en favor de la Comunidad. Pero no puede transmitir una carga injusta a quien le suceda en el cargo, limitando sus legítimos derechos.

Mientras tanto, la Universidad intenta recuperar los años perdidos en la guerra civil; los estudiantes permanecen en sus puestos, y esto brindará a la Residencia de Jenner la oportunidad de continuar abierta durante todo el verano. En este primer curso de 1939-40 hay ya unas treinta personas instaladas y otros muchos amigos que la frecuentan. El Padre ha marcado su ritmo de trabajo habitual y el engranaje se mueve ordenadamente. Jenner será el punto de apoyo, el comienzo de una formidable expansión del espíritu del Opus Dei.

He aquí cómo describe un estudiante que, más tarde, solicitará la admisión en el Opus Dei, su llegada a esta casa:

«Sabía que (el Padre) era el autor de Camino y que dirigía esta Residencia. Hoy (…) conozco bastante más. Sé, por ejemplo, que es un sacerdote enamorado de Jesucristo y con una fe inmensa en su presencia real en la Eucaristía (…). También sé que ha metido en el alma de los que me trajeron a estudiar, y en los que después he ido conociendo (…), sus insaciables afanes de apostolado… »(1).

Descubre aquí un ambiente nuevo y atractivo; un cristianismo arraigado en lo más genuino, pero gozosamente nuevo. Cuestiones como la vida interior, oración, Eucaristía, estudio, trabajo, orden, pureza, fraternidad… adquieren una extrema sencillez y luminosidad. Descubre a un Dios muy próximo, con gran exigencia, pero a la vez, muy Padre. Oír al Fundador resulta siempre animoso y reconfortante.

Las paredes del oratorio están recubiertas con tela de arpillera en plieges verticales. En la parte superior, un friso de madera oscurecida con nogalina ostenta estas palabras de los Hechos de los Apóstoles:

Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, et communicatione fractionis panis, et orationibus”(2).

Y sobre el frontal del Altar: “Congregavit nos in unum Christi amor”(3). Aquí celebra la Misa el Padre. Impresionan la sobriedad y el rigor litúrgico. Quienes asisten sienten que Dios está muy cercano. En esta casa formará el Padre a sus primeros hijos; se multiplicará para hacer, de cada uno, un continuador del espíritu de la Obra.

Les hablará el Fundador, con mucha frecuencia, de universalidad. Tiene en su cuarto un globo terráqueo y les invita a pensar en tantos países enteros que no conocen a Cristo… Y en los que se llaman cristianos, donde hay muchas gentes que no le siguen y le ofenden. ¡Hay tanto por hacer! Pero no cabe el pesimismo; hace falta entregarse, personas decididas a ser auténticamente cristianas para cristianizar el mundo. ¡Con la ayuda de Dios, será posible!…

En la fiesta de Cristo Rey de 1939, cuando aún se viven por las calles momentos de exaltación bélica, subraya:

«Todo eso es muy noble, patriótico, pero hay un Reino más grande, el Reino de Jesucristo, que no tiene fin»(4).

Desde Jenner viajará a un gran número de ciudades españolas, para cumplir deberes sacerdotales y plantar el espíritu de la Obra de Dios. En abril de 1940, reúne en esta casa a todas las recién llegadas vocaciones de España, para dedicar unos días más intensamente a su formación. Y les pide la fortaleza de aquellos soldados romanos que se llamaron «los cuarenta mártires de Sebaste».

-«Eran cuarenta, y venían los ángeles con cuarenta coronas. Pero uno de los soldados tuvo miedo, y se salió del estanque helado donde morían lentamente. Entonces, uno de los que les custodiaban se declaró cristiano, y murió también mártir. Las cuarenta coronas que traían los ángeles sirvieron todas; así debemos perseverar todos nosotros, pase lo que pase»(5).

A todos y cada uno de estos hombres jóvenes que le siguen el Fundador les habla, les exige y les quiere de verdad. Alguno recuerda su primer encuentro con el Padre, cuando, mirándole profundamente le dijo:

«A todos vosotros os conozco desde hace mucho tiempo»(6).

Porque les ha visto acudir a la llamada divina que él mismo recibió el 2 de octubre de 1928. Y ha rezado por esta juventud generosa, cabal y radicalmente fiel, que Dios va a poner en su camino.

El pergamino que encontró intacto entre las ruinas de Ferraz 16, la Residencia destruida por la guerra, con el mandato del amor de San Juan Evangelista, campea de nuevo sobre la vida de Jenner. En estos dos pilares, filiación y fraternidad, quiere Dios que se apoye la vida entera de la Obra.

Un 12 de octubre

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Una de las alegrías de don Josemaría es la de poder recibir alguna correspondencia escrita de los seres queridos que ha dejado en Madrid. A través de algunas personas amigas que residen en Francia, logra establecer contacto con la zona republicana. Sus cartas traspasan los Pirineos; una vez allí, se cambian de sobre y emprenden la ruta de la capital de España a nombre de Isidoro Zorzano. Las respuestas vienen por la misma vía. Así puede comunicarse con su familia y con los miembros del Opus Dei que han quedado refugiados en Legaciones y Embajadas extranjeras. La charnela sobre la que gira este intercambio de interés y afecto es Isidoro: durante estos meses transmitirá, con toda fidelidad, el aliento del Fundador a sus hijos. Y también las anécdotas, peligros y vicisitudes de la vida de la Obra, al otro lado de las fronteras que impone un país dividido en dos mitades que se enfrentan.

Los que quedaron en la Legación de Honduras, desde la salida del Padre, piensan abandonar el refugio diplomático y presentarse en el ejército republicano. Tienen la idea de que una vez en el frente podrán intentar el paso a la otra zona de España. Isidoro ha quedado como director en Madrid; no les permite que arriesguen de este modo sus vidas. Y así transcurre el tiempo. Un día, a finales de junio, está haciendo la oración ante un crucifijo que conserva en la mesa de su despacho y entiende con claridad que conseguirán cruzar el frente para reunirse con el Padre en Burgos. El Fundador, por su parte, recibe de Dios la misma convicción. Tan absoluta es su certeza sobrenatural que comunica a la madre de Alvaro del Portillo y a la de Vicente Rodríguez Casado -que están también en Burgos- la noticia de que sus hijos, en el mes de octubre, llegarán a la zona nacional.

Isidoro da su consentimiento para salir de la Legación de Honduras a los tres que aún quedan allí. Están asombrados de verle con una decisión tan firme y tan dispar a la que ha mantenido durante todo este período de espera. No hay vacilaciones. La fe en la oración y en la Providencia que vela por el futuro de la Obra, son indudables.

En julio de 1938 abandonan su refugio(24). Alvaro del Portillo acude a sentar plaza y recibir su documentación de soldado como si perteneciera a la quinta más joven. Pero antes de salir camino del frente surge un contratiempo: Vicente Rodríguez Casado, que está en la Embajada de Noruega, se ha puesto enfermo debido al prolongado encerramiento. Alvaro se presta a conseguir una nueva documentación para que Vicente pueda salir de la Embajada sin peligro, ya que es una de las más vigiladas por la cantidad de refugiados que se han acogido a su protección.

Enseguida se presenta de nuevo, con otro nombre, en el ejército. Esta vez acude como si perteneciera a la quinta mayor de edad recientemente movilizada. Es sorprendente que nadie le reconozca.

El Padre sigue las incidencias por las que están pasando sus hijos a través de las cartas de Isidoro, que escribe varias veces al mes. Pide a la familia de Vicente Rodríguez Casado que rece por los que van a intentar el paso a la zona nacional, cruzando las trincheras, para que se les allanen las dificultades.

El 10 de octubre, cuando llegan al frente de Somosierra (Guadalajara), Alvaro del Portillo, Vicente Rodríguez Casado y Eduardo Alastrué esperan la ocasión propicia para atravesar las líneas.

Por fin, el día 11, a primera hora de la mañana, comienza la peligrosa y durísima travesía. Las estribaciones de la Sierra les desorientan; en algunos momentos se sienten perdidos porque la niebla es cerrada en lo alto de los montes. Andan durante todo el día. Tienen que guarecerse en una cueva al llegar la noche porque el frío es inclemente. Al amanecer, emprenden la caminata y al poco tiempo avistan un pueblo que emerge entre los árboles de un pinar. Cuando oyen repicar las campanas de la iglesia llamando a la Misa de la Virgen, saben que han cruzado a la zona nacional. Es el día del Pilar. Allí mismo, sobre el camino, rezan su acción de gracias. Dos jornadas más tarde, abrazan al Padre en Burgos.

La alegría de esta nueva reunión es inmensa. El Padre no sabe qué hacer para que disfruten y descansen. Les lleva por la ciudad antigua: el Arco de Santa María, San Nicolás, Santa Gadea, la Catedral. También por los verdes alrededores bajo el cielo nítido y frío de este otoño. En lo alto de las agujas góticas observan la perfección de las tallas de piedra, afiligranadas; les subraya que aquél es un trabajo hecho cara a Dios. Los hombres no alcanzan a verlo desde abajo. Otean, desde aquella impresionante atalaya, los anchos horizontes, los tonos ocres de la llanura.

No son muchos los días que van a poder estar juntos. Alvaro del Portillo es destinado inmediatamente, por su carrera, a la Academia de Ingenieros donde se lleva a cabo la preparación de los alféreces provisionales. Al concluir el curso, le destacan a un pueblecito de la provincia de Valladolid llamado Cigales, donde está acuartelado un Regimiento en período de formación. Cada vez que consigue un permiso, se acerca a Burgos para ver al Padre; por su parte, el Fundador, cuando puede, llega hasta Valladolid para charlar, largo y tendido, con Alvaro. Sobre esta llanura apuntalada por los chopos, extienden el panorama humano y divino de la Obra. Añoran el mundo entero para ponerlo en las manos de Cristo. Desde que la Legación de Honduras les brindó albergue obligado durante muchos meses, el Padre ha cambiado impresiones frecuentes con Alvaro. Ha medido la talla moral y humana de este hijo suyo y cuenta con él para todo.

A lo largo de la contienda, morirá en el frente Pepe Isasa, miembro del Opus Dei, y algunos amigos de Ferraz. Ricardo Fernández Vallespín resultará herido. Los demás sobrevivirán. Algunos serán dispersados por la guerra. La mayoría va a permanecer fiel, gracias también a la oración y al afecto de todos por cada uno.

«Orad los unos por los otros. -¿Que aquél flaquea?… -¿Que el otro?…

Seguid orando, sin perder la paz. -¿Que se van? ¿Que se pierden?… ¡El Señor os tiene contados desde la eternidad! »(25)

Casi todos comenzaron esta prueba siendo muy jóvenes de edad y de experiencia. La concluyeron con una madurez y entrega superior a las que se pueden adquirir en tres años de vida normal.

«El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo -y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están»(26).

En noviembre de 1938 concluye la batalla del Ebro. Poco después cae Cataluña. El 1 de abril de 1939 se escucha el último parte de radio: la guerra ha terminado.

El Padre regresa a la capital de España el 28 de marzo. Todo lo que habían levantado con tanto esfuerzo se ha convertido en ruinas. Pero entre los escombros de Ferraz 16, permanece intacto un pergamino:

«… Un nuevo mandato os doy; que os améis los unos a los otros como Yo os he amado… ».

Es más que suficiente. El único cimiento que Dios les deja para empezar de nuevo. La representación escrita de un amor universal que no se para, no se ha parado nunca, en colores ni fronteras. Una renovada ilusión y fortaleza por emprender y llevar hasta Cristo las actividades todas de la tierra.

Plan de vida

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Mientras trabajaba para encontrar almas que pudieran entender el mensaje de santidad y apostolado en medio del mundo, Escrivá se esforzaba por definir claramente los rasgos principales de lo que Dios quería de los miembros del Opus Dei. Desde la visión del 2 de octubre estaba claro que los miembros del Opus Dei estaban llamados a un “encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana”[1].

Para ello necesitarían una intensa vida interior de unión con Dios mediante la oración, el sacrificio y la santificación de su trabajo y demás actividades. Tendrían que leer el Evangelio, acudir a la Santa Misa, hacer oración, hacer penitencia, pero no separada ni aparte de su vida y actividades ordinarias. Tenían que evitar “la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas”[2]. Al contrario, su vida interior, sus prácticas de piedad debían llevarles a santificar su vida cotidiana.

La cuestión era cómo alcanzar este ideal. ¿Qué prácticas de piedad deberían realizar los miembros del Opus Dei? ¿Cómo podían integrarlas en el tejido de su vida cotidiana de modo que ésta fuera una única vida, basada en el amor de Dios, y no una esquizofrénica mezcla de piedad y vida ordinaria? Basándose en su experiencia personal y en la de la gente a la que atendía con su dirección espiritual, Escrivá trazó un plan de vida interior para los miembros de la Obra. Por ejemplo, desde el principio fue obvio que deberían leer la Sagrada Escritura, pero no estaba claro el modo en el que se realizaría esa lectura. Primero Escrivá pensó que sería bueno que todos leyeran los mismos textos cada día; finalmente decidió simplemente recomendar que cada uno dedicase unos minutos al día a leer los Evangelios u otro libro del Nuevo Testamento.

En febrero de 1933, consideró que ya había llegado la hora de escribir un “plan de vida”, una serie flexible de prácticas de piedad que los fieles del Opus Dei se comprometerían a intentar cumplir. Este plan incluye no sólo momentos dedicados exclusivamente a rezar (el Rosario o la meditación personal), sino también prácticas de piedad como las acciones de gracias a Dios o jaculatorias a Nuestra Señora. Al repartirlas a lo largo del día, los miembros de la Obra podrían descubrir, que “hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes”[3] en medio de su trabajo y demás actividades laborales y familiares.

El plan de vida que Escrivá propuso fue diseñado para ayudar a los miembros del Opus Dei a “buscar a Dios, encontrarle y tratarle siempre, admirándolo con amor en medio de las fatigas de su trabajo ordinario, que son cuidados terrenos, pero purificados y elevados al orden sobrenatural”[4]. Las prácticas de piedad que Escrivá recomendaba, y a las que se solía referir como “las normas de nuestro plan de vida” o simplemente “las normas” no eran algo nuevo. Con la sola excepción de aquella pequeña serie de oraciones que había escrito para que las recitaran cada día los miembros de la Obra, todas las prácticas que estableció eran comunes de la piedad católica. De hecho, incluso las oraciones que compuso estaban sacadas en su casi totalidad de la Sagrada Escritura y de la liturgia de la Iglesia.

Lo nuevo en este plan de vida era su finalidad. Estaba pensado para ayudar a la gente comprometida en la búsqueda de la santidad a encontrar a Dios en medio del mundo. Al cumplir con diligencia sus responsabilidades familiares, profesionales, civiles y sociales “al servicio de Dios y de todos los hombres”[5] podrían santificar su vida cotidiana, según decía Escrivá, “hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales”[6]. Por esta razón, además de asistir a la Santa Misa y rezar el Rosario, Escrivá incluyó el trabajo y el estudio entre los medios que los miembros del Opus Dei debían utilizar en su lucha por alcanzar la santidad.

[1] CONVERSACIONES CON MONSEÑOR ESCRIVÁ DE BALAGUER. Ediciones Rialp. Madrid 2000. p. 114

[2] Ibid. p. 114

[3] Ibid. p. 114

[4] AGP P06 IV p. 606

[5] CONVERSACIONES CON MONSEÑOR ESCRIVÁ DE BALAGUER. Ediciones Rialp. Madrid 2000. p. 117 y 113

[6] Ibid. p. 114

Único heroísmo: comenzar y recomenzar

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El panorama apostólico de los miembros del Opus Dei es, efectivamente, como tantas veces recordaba Mons. Escrivá de Balaguer, «un mar sin orillas». Cristianos corrientes y responsables, emplean su vida, en el lugar y el tiempo en que ésta se desarrolla, en esforzarse por ser instrumentos dóciles en las manos de Dios para que el mundo sea más cristiano y los hombres se encuentren a sí mismos más dignos y más felices. Su sentido de la filiación divina, mantenido con la oración constante y por la alegría que produce la lucha por desatarse de las cosas y del propio egoísmo, les da una confianza que no admite imposibles, porque «para quienes aman a Dios, todo es para bien». En sus hermosas batallas de paz los fracasos y las victorias se apuntan siempre en el «haber». Procuran vivir de cara a Dios, por eso no pueden perder la alegría, ni sentir desánimo –sino todo lo contrario– por el hecho de que su labor pase muchas veces inadvertida. Ellos, cada uno a su modo, trabajan para Dios, enamorados de un solo ideal –Jesucristo– y empujados por la formidable fuerza de los medios sobrenaturales que la Iglesia pone, desde siempre, a disposición de los hombres.

Cada persona del Opus Dei escribe diariamente en esta tierra una historia sencilla, nutrida de cosas pequeñas, de amor a Dios y a las almas, de virtudes y de defectos, de gracia y de barro, de esfuerzo. Ninguna de esas personas se siente héroe, aunque de hecho resulte heroico ese «comenzar y recomenzar» de cada jornada, volcándose con los miembros de la familia, con los compañeros de trabajo, con los conocidos y con los desconocidos…, buscando en la entrega a los demás –nunca fríamente y en general, sino «con particular cariño»– la propia santificación, de la cual serán ellos los últimos en enterarse, ya que en el Opus Dei no hay «grados de perfección», ni finales de etapa, sino continuas «ganas de dar», buena voluntad en una palabra, porque la razón más sobrenatural de esta vida cristiana de nuestros días es la «realísima gana» y porque la más reciente vocación al Opus Dei –el hombre o la mujer que, en cualquier lugar del mundo, acaba de solicitar la admisión– se siente tan responsable como quien lleva cuarenta años en el Opus Dei.

He dicho ya en alguna parte que la única verdadera historia del Opus Dei es la suma de biografías completas y personales de sus miembros, de todos, porque ninguna es igual, aunque todas lleven esa impronta del mismo espíritu evangélico, siempre viejo y siempre nuevo. Biografías de oración y de acción, de vida contemplativa en las más inverosímiles circunstancias de este mundo, de vida oculta en el actual torbellino de los medios de comunicación. Porque es la médula del mundo la que Dios observa y es sobre esa médula sobre la que Dios actúa, sirviéndose de los cristianos que se empeñan en realizar con decisión su Voluntad sin olvidar nunca que son de arcilla.

Calcular la eficacia del apostolado personal de las personas del Opus Dei sería tanto como descubrir de pronto el fondo de los hombres y de las cosas. A lo largo de mi vida profesional me he encontrado en distintos países con hombres y mujeres del Opus Dei y, aunque he podido apreciar el mismo espíritu en todos ellos, me he convencido también, por la riquísima variedad individual, de que la única explicación del Opus Dei es la sobrenatural, pues no se puede entender de otro modo el hecho de que hombres de tan distintas razas y de tan variada condición puedan entregarse a un ideal con la fuerza, la alegría y la decisión con que lo hacen; ni se podría entender tampoco su rapidísima difusión por el mundo desde una fecha tan cercana a nosotros como 1928.

Y viene bien recordar, por último, por su especial limpidez, en este panorama apostólico el capítulo, sin puertas como el campo, de los Cooperadores del Opus Dei que se acercan a Dios en todo el mundo –no con teorías, sino arrimando el hombro y dando una mano para hacerlo más habitable–, algunos sin disfrutar siquiera de la fe católica al comienzo de su colaboración. ¿Quién conoce a estos millares de personas corrientes que descubren lo inesperado –y del modo más inesperado– en cualquier lugar de los cinco continentes y que, con frecuencia, dan lecciones de generosidad a los mismos católicos?… Joseph, publicitario nigeriano, y su amigo Gabriel, profesor universitario en Lagos; Cees, catedrático de Utrecllt; Paco, conductor de autobús en Sevilla; Carolina, escritora anglicana, convertida en 1971 al catolicismo, en Londres; Maite, ama de casa española; Pascale, investigadora del Departamento de Genética de la Facultad de Medicina de la Universidad de Paris; George, comerciante egipcio de Sidney, de religión copta ortodoxa; Nicoletta, campesina de Brescia (Italia); Marcela, enfermera que trabaja en el Departamento de Pediatría de la Universidad de Ibadán; Herminio, mecánico portugués; Ana María, catedrático de Historia en un Instituto de enseñanza media de Madrid; Eberle, industrial alemán; Anne, madre de familia, casada con un minero de Glasgow; Kawada, matemático de la Universidad de Kioto; etc.

Éste es el apostolado de los miembros del Opus Dei. Hombres y mujeres que viven el compromiso del bautismo y que «pasan la bola» del Evangelio a lo largo y a lo ancho del mundo, con conciencia de que no es sólo para ellos, porque Jesucristo vino a redimir a todos, y a cada uno en particular, y quiere indudablemente que el fuego se propague sin acepción de personas.

La forma de este apostolado, si no lo hemos comprendido ya, es la de una gran catequesis, a escala mundial pero siempre de un modo personal Y directo, que lleve a los hombres y a las mujeres «a hablar con Dios y a hablar de Dios», lo más importante indudablemente de esta vida y de la otra. Es lo que hizo, con una entrega admirable, Mons. Escrivá de Balaguer. Y es lo que tratan de hacer, cada uno en su sitio, con su profesión y con su trabajo, los miembros del Opus Dei, para que el «depósito de la fe», que los cristianos hemos recibido sin ningún mérito por nuestra parte, llegue a más gente y se transmita, limpio, íntegro v vivido, con la misma lealtad con que lo hicieron los cristianos de la primera hora que conocieron físicamente a Jesucristo, el Dios hecho hombre para quedarse con nosotros hasta el final de los siglos. Se trata de la aventura –profunda y siempre poco conocida– de Dios en la Tierra. De la aventura del cristianismo vivido.

Horizonte cuajado de iniciativas

compromiso  Tagged , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

No he encontrado, como decía, ninguna publicación exhaustiva sobre los apostolados de los miembros del Opus Dei. Nos hemos detenido, de pasada, en algunas, pero siempre son muchas más, en todos los países, las que están funcionando. Ahora mismo, en cualquier parte, personas del Opus Dei pueden estar viviendo, mano a mano con otros compatriotas, nuevas iniciativas que cristalizarán en nuevas labores. El campo no tiene puertas. Y la libertad de acción, tampoco, porque el trabajo personal, realizado con imaginación y alegría, y para servir, es fecundo en todas las latitudes.

En Perú, por ejemplo, más de doscientas personas –médicos, economistas, abogados, ingenieros agrónomos, maestros, periodistas, etcétera– llevan adelante gratuitamente las clases radiofónicas ERPA desde hace varios años. Millares de campesinos de Huarochiri, Cañetc y Yauyos –una de las zonas más abruptas y pobres de los Andes peruanos–, provistos previamente de transistores, siguen así los cursos de Agricultura, Salud, Higiene, Economía familiar, Aritmética, Ganadería, Religión, Formación cívica, etc., hacen consultas por escrito que –casi todas– obtienen respuestas inmediatas, y mejoran su formación cultural y práctica sin darse cuenta. También ésta es una labor ideada sobre el terreno por personas del Opus Dei y amigos suyos, que atrae la colaboración de muchas personas y que requiere una gran dedicación, ya que las lecciones deben ser cuidadosamente preparadas y adaptadas luego a un lenguaje radiofónico sencillo y ameno que lleguen fácilmente a las gentes.

Otras labores, por ejemplo, son el Midtown Sports and Cultural Center (Chicago), la granja–escuela para campesinas de Montefalco (México), el Mayana School de Manila, el Instituto de Hogar y Cultura Solana (Quito), el Instituto Técnico Femenino Senara (Madrid), el Instituto Femenino de Estudios Superiores (Guatemala), el Instituto Superior Femenino de Artes y Letras (Bogotá), la residencia para posgraduados Grandpont House (Oxford), el Centre de Rencontres de Couvrelles (Aisne Francia), el Colegio de Arte y Hogar Ogarapé (Asunción), el Centre Culturel Hudson (Montreal), el Instituto Técnico Agrario Bell–Lloc del Plá (Gerona), el Centro de Formación Profesional Doméstica (Lisboa), el Arnold Hall Academy (Boston), la Escuela de Hogar Cultura y Administración (Sáo Paulo), el Okuashiya Study Center (Osaka), el Instituto de Capacitación femenino Altoclaro (Caracas), la Escuela de Hogar y Cultura (Buenos Aires), el Mádchenwohnheim Müngersdorf (Colonia), la Escuela Profesional Pineda (Barcelona), el Colegio Retamar (Madrid), el Colegio Gaztelueta (Bilbao), el Warrane College, (Sidney), etc.

Cinco horas romanas

iglesia  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Este mismo amor y espíritu de servicio a la Iglesia y al Papa se palpaban el 15 de enero de 1984, cuando Juan Pablo II, acompañado por el Cardenal Vicario, Ugo Poletti, y el Obispo auxiliar del sector, Mons. Plotti, visitó el Centro ELIS. El Vicario de Cristo –como ya dije– no sólo celebró una Misa al aire libre para miles de habitantes del Tiburtino, sino que recorrió detenidamente las instalaciones, se entretuvo con los catequistas de la parroquia de San Juan Bautista al Collatino, etc. Miguel Castellví estuvo presente, y lo ha contado de este modo:

«El hombre estaba en el campo de fútbol, donde poco después Juan Pablo II iba a celebrar la Misa para los habitantes del Tiburtino, uno de los barrios más populares de Roma. Sentado en su silla de tijera, como ensimismado, absorto a pesar del bullicio general. Era uno entre tres mil. Se le veía muy emocionado. Me dirigí a él. “¡Si usted hubiera visto esto hace unos años…!”, dijo. “¡Cómo ha cambiado este barrio!”.

»La fama del ELIS es merecida: el 95 por 100 de los alumnos consiguen colocación en el plazo de un año. No sólo esto, dicen los responsables del centro, sino que hay fábricas que “fichan” con anticipación a los jóvenes que siguen los cursos. Es el caso de la Selenia, una empresa electrónica, o la Alitalia. Un profesor me cuenta la siguiente anécdota: “Un ex alumno hizo una prueba en Alitalia. El jefe del taller, que no lo conocía, le encargó que hiciese una pieza. Cuando se la entregó le dijo: ¿Tú has estudiado en el ELIS? Me he dado cuenta porque has acabado bien tu trabajo, recogiendo las herramientas y dejando todo en su lugar”.

»Y la práctica, la realidad, era aquel hombre emocionado que me hablaba del cambio en el barrio y en su vida, los millares y millares de personas que seguían en silencio la ceremonia litúrgica en la tarde romana teñida de rojo por el atardecer, las continuas confesiones –”como se veían en Polonia”, decía un periodista–, los treinta monaguillos que realizaban sus cometidos con precisión germánica –aunque al final de la Misa demostraron que eran bien romanos cuando les saludó el Papa–, la Cruz pectoral que los alumnos del ELIS realizaron y regalaron al Papa –de plata con cinco brillantes, y la imagen de la Virgen de Czestochowa grabada– y que el Papa, después del ofertorio, quiso colocarse bajo los ornamentos sagrados.

»Todo, fruto de este trabajo de los miembros del Opus Dei que, como dijo Monseñor Álvaro del Portillo en su saludo a Juan Pablo II, “se esfuerzan en poner en práctica dos aspectos del apostolado del Opus Dei en todo el mundo: la colaboración con el trabajo pastoral de las diócesis, y el desarrollo de múltiples actividades formativas, dirigidas a personas de todas las condiciones sociales, sin excluir a nadie”.

»Estas palabras fueron pronunciadas durante la reunión que Juan Pablo II mantuvo con el Prelado y el Vicario General del Opus Dei, y con los 32 vicarios regionales que se encontraban en Roma para unos días de estudio en la Sede Central de la Prelatura. “Provienen de todos los ángulos de la tierra”, dijo Monseñor del Portillo. “Cada uno representa en su nación al Prelado y lleva sobre sus hombros la responsabilidad del trabajo de formación y promoción apostólica de todos los fieles de la Prelatura al servicio de las iglesias locales. Han trabajado junto a mí en estos días en comunión con Vuestra Santidad, hemos rezado y estudiado intensamente. Ahora, .cada uno se prepara a llevar a su país la unidad de espíritu en la que todos los fieles de la Prelatura están vocacionalmente llamados a servir a la Iglesia. Coincidiendo el fin de su convivencia con la feliz ocasión de la jornada de hoy, pido a Vuestra Santidad, en nombre de todos ellos, la paternal bendición apostólica con la seguridad de que alcanzará espiritualmente, a través suyo, a todos los miembros del Opus Dei”.

»Juan Pablo II, que durante la homilía de la Misa había dirigido un especial saludo a los miembros y sacerdotes de la Obra y al Prelado, Monseñor Álvaro del Portillo, “que ya como colaborador del Fundador, el Siervo de Dios, Josemaría Escrivá de Balaguer, contribuyó a la realización de esta parroquia y del Centro Internacional ELIS”, respondió al saludo de Monseñor del Portillo con unas palabras improvisadas y car gadas de significado “Que seáis cada vez más Opus Dei y que hagáis el Opus Dei en todas las direcciones del mundo humano y creado. Quizá en esta fórmula se encuentra la realidad teológica y la naturaleza de vuestra vocación en esta época de la Iglesia en que vivimos y en la que habéis sido llamados por el Señor”.

»El Papa, que había llegado a la parroquia de San Giovanni a las cuatro de la tarde, todavía tuvo tiempo para saludar a las alumnas de la Escuela Hotelera, SAFI, y para reunirse con dos mil jóvenes del barrio. El Papa se divirtió de lo lindo con la explosión de entusiasmo que estalló en el gimnasio a su llegada, y con las canciones y los testimonios de vida cristiana y apostolado, concluyó su visita al Tiburtino diciendo a los jóvenes: “En vosotros se aprecian bastante bien los elementos de las siglas del Centro ELIS: Educación –sí, sois bastante educados–; Trabajo, ciertamente; Instrucción –veo bastantes profesores– y Deportes, también, porque estamos en un campo de baloncesto. Os quiero llamar la atención sobre dos cosas: en las anécdotas que me habéis contado se aprecia siempre un elemento del testimonio fundamental, la fuerza de Cristo. Continuad así. Y, además, la Iglesia ha valorado siempre la música, el canto –¡cuánta riqueza en los cantos litúrgicos, en los villancicos populares!–. Pues vosotros tenéis que llevar el testimonio, el apostolado de la guitarra. Que continuéis con el testimonio de Cristo, siendo modernos. Debéis ser los apóstoles de vuestra generación, porque lo haréis mejor que nosotros, que somos de otra época”. A esto miles de voces contestaron: “¡Noooo!”. El Papa, que pidió a los jóvenes que se preparasen para el Jubileo de la Juventud y que ayudasen también a sus amigos a prepararse terminó con “Allora, forza!” (“¡Ahora, adelante!”). Un aplauso atronador le despidió mientras salía para dirigirse a su coche». –

Quedaba descrito así el espíritu del Centro ELIS y el de las labores apostólicas que el Opus Dei impulsa en todo el mundo, de acuerdo con las circunstancias y características de cada tiempo y lugar. En la misma Roma funcionaban ya entonces el Club Internazionale, para muchachos; el Studio Club y el Tain Club, de formación profesional y básica para chicas; la RUI (Residenza Universitaria Internazionale), con numerosos estudiantes del Tercer Mundo; el Centro Romano di Incontri Sacerdotali, al que acuden sacerdotes de los cinco continentes; Villa delle Palme, colegio universitario femenino… En el caso del Centro ELIS se trataba de un encargo concreto de Juan XXIII, quien había facilitado los medios iniciales que Pío XII destinara a «una obra social», pero lo normal es que estas labores apostólicas surjan en todas partes por iniciativa de miembros del Opus Dei y de otras personas que quieran ayudar, sin acepción de raza, cultura o religión. «Son obras –como decía Mons. Escrivá de Balaguer– de promoción humana, cultural, social, realizadas por ciudadanos que procuran iluminarlas con las luces del Evangelio y caldearlas con el amor de Cristo (…) Actividades con fines espirituales y apostólicos, en las que se procura trabajar con esmero y con perfección también humana… ».

En unión con la Jerarquía

iglesia  Tagged , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

En esta divina aventura, los miembros del Opus Dei, igual que los demás fieles, secundan todas las directrices de los legítimos Pastores de la Iglesia. Omnes cum Petro ad Iesunt per Mariam, gustaba de repetir Mons. Escrivá de Balaguer. Y en 1934 escribió: Cristo .María. El Papa. ¿No acabamos de indicaren tres palabras, los arnore.s que compendian toda la /e católica

Son estas tres palabras las que componen el programa que ha guiado su vida entera, la de todos los miembros del Opus Dei y la de cientos de miles de personas en todo el mundo.

Junto con este amor al Papa, forma parte muy importante del espíritu de la Obra –como ya he dichola veneración a los respectivos Obispos y la oración generosa y constante por su persona e intenciones. El apostolado personal de cada miembro del Opus Dei con sus amigos y compañeros lleva a que haya muchos más católicos activos que frecuentan los templos, y colaboran generosamente en las diversas iniciativas apostólicas que hay en las diócesis.

En el Decreto de Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización de Mons. Escrivá de Balaguer, el Cardenal Poletti, Vicario del Papa para la diócesis de Roma, señalaba que «Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, repartidos por el mundo, a actuar en firme unión con la Jerarquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que, en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características suyas». Esta unión con la Jerarquía, siempre vivida, ha sido, si cabe, reforzada con la erección del Opus Dei como Prelatura personal.

Por ejemplo, los Obispos de las diócesis donde hay Centros saben bien que la Obra, antes de erigirlos, solicita la venia del Obispo del lugar. y que le mantiene puntualmente informado de las actividades apostólicas que vaya desarrollando. En cada diócesis, el Opus Dei desea única y exclusivamente servir a las necesidades pastorales de las Iglesias locales.

En conclusión, se puede decir que los miembros del Opus Dei están y viven desperdigados, cada uno en el sitio en que le buscó el Señor: ahí deben esforzarse diariamente por santificar el trabajo –que es medio de subsistencia para sí y para los suyos–, por santificarse en el trabajo, y por convertirlo en ocasión de apostolado. Y el Opus Dei, según sus fines y modos apostólicos, se limitará a proporcionarles la asistencia espiritual necesaria para su vida de piedad, y una adecuada formación espiritual y doctrinal.

Como consecuencia de esta formación, en la que se inculca el amor y la veneración a la Iglesia y a sus legí–timos Pastores, los fieles de la Prelatura pueden participar –si les corresponde y libre y responsablemente lo desean– en los organismos diocesanos. Pero nunca lo hacen representando a la Obra, sino a título exclusivamente personal. Porque el Opus Dei no es ni puede actuar como grupo, ni en esto ni en cualquier actividad humana por noble y generosa que sea.


V. LA GENTE DEL OPUS DEI .

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Los miembros del Opus Dei son, como se puede ver, personas corrientes que desean llevar una vida plenamente cristiana, buscando la santidad y ejerciendo el apostolado, en su propio estado y en su propio trabajo en medio de la sociedad civil.

En el fondo la cosa no puede ser más sencilla. Cada persona del Opus Dei se compromete en concreto a practicar las virtudes cristianas propias de su condición en el mundo, y a ejercer el apostolado en la medida de sus posibilidades y según su situación personal. Como es lógico, esa diversidad de situaciones personales trae consigo una variedad de participación en las labores apostólicas según que puedan dedicar más o menos tiempo, según que puedan desarrollar una u otra actividad, etc. La mayoría de los miembros de la Obra son personas casadas, que procuran vivir seriamente el cristianismo en el seno de su hogar. Otros, en cambio, deciden permanecer célibes, con el fin de dedicar más tiempo a las tareas de formación de los demás miembros y a las diversas actividades apostólicas. Y en correspondencia a esa dedicación de sus miembros, la Obra se compromete a su vez a darles ayuda espiritual y orientación para sostener e incrementar su vida interior, al mismo tiempo que les estimula para que en su acción apostólica puedan servir a todas las almas. Por tratarse de cristianos corrientes, en el Opus Dei se da la misma variedad de personas que en cualquier sociedad: hombres y mujeres, ,jóvenes y viejos, solteros y casados, sanos y enfermos; y hay en, la Obra personas de cualquier condición social y de cualquier profesión. «Para formar parte del Opus Dei –ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer– se necesita sólo la buena voluntad de corresponder a la vocación divina, que invita a buscar la perfección cristiana en el propio estado y en el ejercicio de la propia profesión u oficio en el mundo, según el espíritu del Opus Dei. Precisamente por eso pertenecen a la Obra hombres y mujeres de las más diversas condiciones: porque la vocación la da Dios y… porque para Dios no hay acepción de personas».

A esa multiplicidad de situaciones personales corresponde precisamente una forma personalísima de actuar la misma vocación que cada uno ha recibido, porque, como me decía uno de ellos, «en el Opus Dei cada uno se organiza como le da la gana». Unos pocos residen en centros de la Obra con el fin de estar más disponibles para trabajar en la dirección espiritual y doctrinal de las tareas de formación, pero la mayoría viven con su familia o en aquellos lugares donde los lleva a permanecer el desempeño de su labor profesional.

Del Opus Dei forman parte además sacerdotes, que se ordenan cuando ya pertenecen a la Prelatura y se dedican principalmente –aunque no de manera exclusiva– a la atención espiritual de los demás miembros de la Obra y son, por vocación, sacerdotes seculares en cualquier diócesis donde se encuentren.

Otros, después de haber recibido las sagradas órdenes, se asocian, para mejorar su vida espiritual, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación inseparablemente unida a la Prelatura, sin que esto disminuya –lógicamente– en modo alguno su condición de sacerdotes diocesanos ni su plena dependencia del propio Ordinario, como ya hemos visto.

En resumen, pues, se puede decir que en el Opus Dei hay laicos y sacerdotes seculares; que entre los laicos, hay personas casadas y otras que permanecen célibes; y que, tanto entre los casados como entre los célibes, hay personas de todas las profesiones y ambientes sociales.

Y existen también Cooperadores –muchos de ellos no católicos– que, sin ser propiamente miembros de la Obra, colaboran en las actividades apostólicas con su oración, sus limosnas o su trabajo.

Carta de Mons. del Portillo sobre la erección del Opus Dei como Prelatura

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Carta de Álvaro del Portillo a los miembros del Opus Dei. 28. XI.1982

(…) En septiembre de 1975, durante mi elección como sucesor de nuestro amadísimo Padre, el Congreso General Electivo acordó unánimemente que fueran continuados los trabajos necesarios para conseguir el definitivo estatuto jurídico de la Obra, siguiendo fielmente las directrices fijadas para siempre por nuestro Fundador y sus enseñanzas concretas en esa materia (…)

No me pareció pertinente dar ningún paso en los primerísimos años de mi mandato para evitar y prevenir posible interpretaciones erróneas por parte de quien no conociera cuánto había sufrido nuestro Padre a causa de este problemas, y cuáles habían sido siempre su espíritu sus deseos y sus oraciones. Sin embargo, en la primera audiencia que me concedió el Papa Pablo VI, el 5 de marzo de 1976 -y lo mismo en la sucesiva, el 19 de junio de 1978-, sin pedir nada -en espera de presentar formalmente la solicitud al competente Dicasterio romano-, mencioné las deliberaciones del Congreso General Especial de la Obra sobre este tema. Añadí también -en la primera de esas dos audiencias- mi intención de dejar pasar algún tiempo, a no ser que el Santo Padre me mandase lo contrario. Pablo VI se mostró de acuerdo con mi decisión, y me confirmó que la “cuestión continuaba abierta”. Lo mismo me repitió en la segunda audiencia, y me animó ya a presentar la oportuna solicitud, siguiendo con fidelidad absoluta el espíritu de nuestro Fundador y a la luz de los enriquecimientos aportados al derecho general de la Iglesia por los Decretos conciliares. Con esa indicación del Santo Padre, comenzaba la etapa decisiva de este iter jurídico, pero Pablo VI murió dos meses más tarde, en agosto, antes de que me fuese posible presentar la deseada solicitud.

En septiembre de ese mismo año de 1978, cerca ya del cincuenta aniversario de la fundación de la Obra, al comunicar al nuevo sucesor de Pedro esa fecha de nuestra historia, tuve que informar al Papa Juan Pablo I, recién elegido, de nuestro problema institucional. El Santo Padre me respondió que era su deseo que se procediera expeditamente a conseguir la ansiada solución jurídica. Pero la repentina, y por eso más dolorosa desaparición de Juan Pablo I pareció como un nuevo dilata a nuestros deseos. ¡Dios sabe más!, repetí muchas veces, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre.

Dos meses más tarde, el Papa actualmente reinante, Juan Pablo II, me escribió el 15 de noviembre una carta autógrafa, para manifestarnos su cordial participación en nuestra alegría y agradecimiento a Dios, por las Bodas de Oro de la fundación de la Obra. Al transmitirme la carta, el entonces Cardenal Secretario de Estado me comunicaba que el Santo Padre consideraba “una improrrogable necesidad que se resolviese el problema del status jurídico del Opus Dei”.

Y continué inmediatamente las gestiones ya iniciadas. Hicimos nuestra petición formal al Santo Padre que, el 3 de marzo de 1979, encargó a la Sagrada Congregación para los Obispos el estudio necesario, con el fin de examinar la posibilidad y las modalidades para erigir la Obra como Prelatura personal con Estatutos propios.

Se han necesitado más de tres años y medio de trabajo denso e ininterrumpido, de la Santa Sede y nuestro, para hacer este estudio porque, entre otras cosas, era la primera vez que se erigía una Prelatura personal según las condiciones del Concilio Vaticano II.

La cuestión fue estudiada por la Asamblea plenaria de la Sagrada Congregación para los Obispos el 28 de junio de 1979. Después, intervino una Comisión técnica que, en 25 sesiones de trabajo -del 27 de febrero de 1980 al 19 de febrero de 1981-, estudió todos los aspectos jurídicos, pastorales, históricos, institucionales y de procedimiento de la cuestión. El fruto de esta tarea -recogido en dos volúmenes con un total de 600 páginas- fue examinado por una Comisión especial de Cardenales, designada por el Santo Padre, que emitió su parecer el 26 de septiembre de 1981.

A continuación, la Santa Sede envió a los Obispos de todas las naciones donde tenemos Centros erigidos una nota sobre las características esenciales de la Prelatura, con el fin de informarles y permitirles hacer eventuales observaciones, que fueron estudiadas atentamente, y contestadas, por la Sagrada Congregación para los Obispos.

Posteriormente, el 23 de agosto de este año, el Santo Padre hizo el anuncio oficial de su decisión de erigir el Opus Dei como Prelatura personal, después de haber aprobado -el 5 de agosto de 1982, fiesta de la Virgen de las Nieves- una Declaración de la Sagrada Congregación para los Obispos en la que se explican los rasgos fundamentales de la nueva Prelatura. Finalmente, el Santo Padre mandó que se erigiera la Prelatura con fecha 28 de noviembre de 1982, primer Domingo de Adviento, y que se publicara este acto pontificio en las vísperas de ese Domingo, es decir, en la tarde del sábado 27 de noviembre, que coincide con una fecha tan querida por nuestro Padre: la fiesta de la Virgen de la Medalla Milagrosa, aniversario de la muerte del Abuelo.

Así hemos llegado a la conclusión de este largo camino, tal y como había deseado nuestro Fundador. Gratias Deo super inenarrabili dono eius! (2 Cor 9, 15). ¡Sean dadas gracias a Dios por su don inefable! (…)

Estoy seguro de que vosotros me preguntaréis: pero Padre, ¿cómo dar la importancia debida a este cambio de forma jurídica? ¿cambiará nuestra vida ahora, si el espíritu es idéntico? (…) Os confirmaré que no cambia nada del espíritu, de los fines, de los modos apostólicos que hemos venido viviendo, por la sencilla razón de que, como afirmaba nuestro Padre, primero viene la vida; luego, la norma (…)

Hijos, es la norma la que ahora, por Voluntad divina, se acomoda a nuestra vida como el guante a la mano. Esta norma, por la que nuestro Padre, desde hace tantísimos años, ha rezado, ha sufrido y trabajado sin descanso (…)

En síntesis, nuestro nuevo status jurídico se puede resumir de la siguiente manera:

1º la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei es una Prelatura personal, del tipo de las Prelaturas “para el desempeño de especiales tareas pastorales” que, dotadas de sus propios Estatutos, se prevén en los Documentos emanados por el Concilio Vaticano II y en los sucesivos actos pontificios de aplicación. Por tanto, no se ha concedido ningún privilegio a la Obra -no lo quería nuestro Padre, ni lo queremos nosotros-, ni tampoco se ha creado ahora una nueva forma jurídica exclusivamente para nosotros -aunque el Opus Dei sea la primera institución a la que la Santa Sede ha erigido en Prelatura personal-; se nos encuadra, por tanto, dentro de un derecho común que no existía en 1962 pero que ahora ya vige;

2º nuestra situación no es la de una Prelatura nullius dioecesis, de carácter territorial; ni tampoco de una institución igual a las diócesis rituales de las Iglesia orientales o a cualquier otro tipo de diócesis personal. Todas esas formas jurídicas se basan en el principio de la completa independencia o exención respecto a los obispos diocesanos, mientras que esto no sucede en nuestro caso: tanto porque nunca lo buscó nuestro Padre, como porque jamás lo hemos solicitado, aunque algunos -quizá por ignorancia- han propalado esa calumnia, y a los que perdonamos de todo corazón (…)

El cambio fundamental que recogen los actuales Estatutos consiste en que, desde ahora, los fieles de la Prelatura -es decir, las hijas y los hijos míos Numerarios, Agregados y Supernumerarios- continuarán dedicándose al fin apostólico del Opus Dei, mediante un vínculo de carácter contractual. De esta manera, no sólo queda asegurado perfectamente desde el punto de vista jurídico el rasgo de la secularidad; sino que, además, resulta muy claro que los laicos de la Obra están bajo la jurisdicción del Padre -del Prelado- y de los Directores, en todo lo que se refiere al cumplimiento de los peculiares compromisos ascéticos, apostólicos y formativos, que han asumido por medio de ese vínculo, expresión de una vocación exigente, que informa enteramente nuestra existencia. En lo demás, se encuentran en la misma situación -eclesiástica y civil- que cualquier otro fiel cristiano.

Los sacerdotes del Opus Dei -que son los únicos que forman el clero o presbiterio de la Prelatura- están incardinados en la misma Prelatura: por eso son plenamente -no sólo de espíritu, sino también por su condición jurídica- sacerdotes seculares en todas las diócesis donde estén. Los sacerdotes Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no forman parte del presbiterio de la Prelatura: se asocian a la Obra -igual que lo están ahora: nada cambia-, movidos por nuestro mismo espíritu y vocación divina, para recibir la específica ayuda de carácter espiritual que les lleva a buscar la santidad personal en el ejercicio de su ministerio, y manteniendo al mismo tiempo su dependencia canónica de los respectivos obispos diocesanos.

La potestad del Padre -del Prelado y Ordinario propio de la Prelatura del Opus Dei- es una potestad ordinaria de régimen o jurisdicción, que no difiere substancialmente en su contenido de la que venía gozando hasta ahora, aunque desde el punto de vista jurídico es conceptualmente distinta, ya que la Prelatura es una entidad eclesiástica, diferente de los Institutos Seculares y Religiosos, como lo es también de los simples Movimientos y Asociaciones de fieles (…)

Álvaro del Portillo, Rendere amabile la verità. Librería Editrice Vaticana. Roma, 1995, pp. 48-90


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder