Testimonios públicos de San Josemaría sobre el pueblo judío

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Tertulia con San Josemaría Escrivá en Altoclaro (Caracas, Venezuela). 14 de febrero de 1975. Asisten 5.000 personas.

-“Gracias Padre. Padre yo soy hebreo…”

- “Yo amo mucho a los hebreos, porque amo a Jesucristo con locura, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus heri et hodie, ipse et insaecula. Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo, de modo que te miro con cariño. Sigue.”

-“Yo creo que ya la pregunta está respondida, Padre.”

Tertulia con San Josemaría Escrivá en Tabancura (Chile). 5 de Julio de 1974

-“Padre, yo soy judía”

-“Mira, yo te voy a decir una cosa que te va a dar mucha alegría. Yo…, y lo he aprendido de este hijo mío, (señala a Don Álvaro), tengo que decirte que el primer amor de mi vida es un hebreo: Jesús, Jesús de Nazaret. ¡De tu raza! Y el segundo, María Santísima, Virgen y Madre, Madre de ese hebreo y madre mía y madre tuya. ¿Va bien así?

-“Sí Padre.”

Palabras de San Josemaría durante una tertulia en Villa Tevere, el 28 de febrero de 1971. Se conserva grabación magnetofónica.
((Los puntos suspensivos señalan palabras que no se entienden))

Yo quiero mucho a los hebreos; y tenéis bastantes hermanos hebreos —y hermanas— que son maravillosos y generosos. Y hay otros hebreos que son Cooperadores, y son muy generosos… Me acuerdo en este momento de uno muy viejo, que cogió… de otra nación americana y se plantó en México… para que le conociera, que ha regalado un colegio que tienen ahora vuestras hermanas. Ha regalado, pero después se han metido padres de familia, porque no nos interesa tener nada nuestro.

Segundo número de “Studia et Documenta”

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Studia et Documenta es una revista científica editada por el Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer que reúne artículos sobre el santo y sobre la historia del Opus Dei. Recientemente se ha publicado el segundo volumen.

Opus Dei -

El segundo volumen de “Studia et Documenta” dedica una sección monográfica a los estudios de doctorado de san Josemaría, parte de su formación académica.

Según el profesor José Luis Illanes, director del Instituto Histórico, esta sección permite conocer el aprecio de san Josemaría “por la actividad intelectual y cuanto con ella se relaciona, y, en consecuencia, por todo lo que contribuye al progreso del saber y de la cultura”.

Aunque el santo comprendió pronto que debía dedicar su vida a la labor pastoral que conllevaba la fundación del Opus Dei, estuvo siempre próximo al mundo académico, primero como estudiante y más tarde como impulsor de iniciativas universitarias.

Los artículos más extensos de este número de la revista analizan el doctorado de san Josemaría en la Universidad de Madrid y sus estudios de Teología.

Además, hay también artículos sobre su atención a los enfermos de Madrid, la puesta en marcha del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (España) y la creación de la escuela para campesinas en Montefalco (México), entre otros.

Asimismo, se analiza la correspondencia que un estudiante de Bilbao, Emiliano Amann, mantuvo con su familia mientras vivía en la primera residencia de estudiantes impulsada en Madrid por san Josemaría. Sus cartas muestran, con sus impresiones personales, algunos rasgos de la vida en el Opus Dei en la etapa inmediatamente anterior a la guerra civil española.

En la sección bibliográfica, se reseñan con detalle diez libros y se ofrece una breve recensión de otros 17.

Opus Dei -

Entrevistamos a María Eugenia Ossandón, miembro del Comité de redacción de “Studia et Documenta” e investigadora del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer:

- ¿Por qué se dedica una sección monográfica a la formación académica de san Josemaría?

El profesor Pedro Rodríguez nos había hecho saber que estaba investigando sobre el doctorado en derecho de san Josemaría Escrivá de Balaguer, lo que podría dar origen a un artículo en la revista. A esto se unió que, más o menos a la vez, el profesor Francesc Castells iba a terminar un trabajo semejante sobre los estudios de teología. Por un asunto práctico, el número de páginas que sumaban ambos artículos, se decidió que el cuaderno monográfico de la revista estuviera constituido por esos dos estudios solamente.

- ¿La formación académica de san Josemaría marcó de alguna manera a la fundación que realizó?

La formación en derecho le dio las herramientas intelectuales para trabajar en la figura jurídica adecuada para la institución que promovía; la formación teológica era, en cambio, una exigencia de su ministerio sacerdotal y a la vez del camino de santidad que difundía. Como explica Castells, en la preparación sacerdotal que san Josemaría había previsto para los fieles del Opus Dei que se ordenarían, se incluía una formación teológica de máximo nivel y eso, en términos académicos, se traduce en alcanzar el grado de doctor.

- ¿Cuáles son las principales novedades históricas –hasta ahora no publicadas- que salen a la luz en este segundo volumen?

En cierto sentido todo es novedoso: todos los estudios profundizan en aspectos de la vida de san Josemaría o en iniciativas nacidas al alero de su formación espiritual que se conocían sólo superficialmente.

Si se refiere Ud. a escritos de san Josemaría o dirigidos a él que no se habían publicado, en este número de Studia et Documenta se da a conocer parte de la correspondencia con uno de sus profesores, José Pou de Foxá, porque está en relación con la tesis doctoral en derecho. Hay también un artículo sobre la tarea sacerdotal de san Josemaría entre los enfermos de Madrid entre 1927 y 1931: este artículo incluye algunas de las notas que recibió de las Damas Apostólicas, la fundación con la que colaboraba en aquellos años, acerca de los enfermos que debía atender espiritualmente.

Quisiera destacar la última sección de la revista: una lista de publicaciones sobre san Josemaría, ordenadas según tipo y año de publicación, que recoge unos 550 títulos. Es sólo la primera parte: falta aún la segunda, que se publicará en el próximo número. Para cualquier investigador, esta sección es una herramienta indispensable.

- Estudios universitarios y atención de enfermos; Facultad de Periodismo en Navarra e Instituto rural para formación de campesinas en Montefalco. ¿Cómo se compaginan actividades e iniciativas tan variadas?

Por una parte, evidentemente todas tienen relación con la persona de san Josemaría. Las dos primeras actividades las realizó personalmente, las otras dos son iniciativas que nacieron bajo su directo impulso y que en su desarrollo contaron con su aliento y, en ocasiones, con sus sugerencias y orientaciones prácticas.

Otro rasgo en común que yo veo es la centralidad de la persona. Enfermos, estudiantes, campesinas…, no son sólo categorías genéricas: para san Josemaría, cada persona es única y por eso merece una educación y atención esmeradas.

- Las cartas del residente de la DYA reflejan la vida normal de esta primera residencia. ¿Qué detalles resaltaría?

Los autores del artículo destacan el ambiente de estudio serio y el clima de familia que había en la residencia. Me llamó la atención que Emiliano Amann tenía 15 años cuando llegó a Madrid para preparar el ingreso a la carrera de Arquitectura. Amann se adaptó rápidamente a la residencia DYA, en la que se estudiaba y trabajaba con intensidad -son interesantes los datos sobre el ritmo de estudio y sobre las actividades para los residentes- y en la que había un verdadero ambiente de familia. Por ejemplo, es notable una carta en la que Amann cuenta a sus padres los cuidados que se han tenido con él con ocasión de una enfermedad.

- ¿Qué reacciones ha habido al primer volumen de Studia et Documenta, editado en 2007?

Se ha llegado a un importante número de suscriptores en todo el mundo, pero hace falta seguir trabajando para llegar a más universidades, bibliotecas, centros de investigación, etc. En la medida en que aparezcan los siguientes números esperamos conseguir este objetivo. La calidad de la revista es la mejor carta de presentación y en eso trabajamos.

- ¿A qué público está dirigida la revista?

Está dirigida al mundo académico, porque publica estudios especializados principalmente de historia, aunque no exclusivamente. Sin embargo, los escritos de historia han tenido siempre un público lector más amplio que el de los especialistas, porque el lenguaje no es técnico. Contiene artículos en diferentes idiomas: los autores pueden enviar sus colaboraciones en francés, inglés, castellano, italiano, alemán o portugués.

- ¿Cómo es posible suscribirse a esta revista?

El método más sencillo de hacerlo es a través de la página web del Instituto Histórico, www.isje.it.

¡Todos llamados a la santidad!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En Brasil una persona le preguntó si alguna vez le habían llamado loco. ¿Te parece poca locura —le contestó don Josemaría— decir que en medio de la calle se puede y se debe ser santo? ¿Que puede y debe ser santo el que vende helados en un carrito y la empleada que pasa el día en la cocina, y el director de una empresa bancaria, y el profesor de universidad y el que trabaja en el campo, y el que carga sobre las espaldas las maletas…? ¡Todos llamados a la santidad! Ahora esto lo ha recogido el último Concilio, pero en aquella época —1928—, no le cabía en la cabeza a nadie. De modo que… era lógico que pensaran que estaba loco.

Muchas personas, incluso no creyentes, encuentran en las enseñanzas de Josemaría Escrivá un estímulo y un aliento para mejorar en su vida cotidiana. Con razón se le ha llamado, —además de “el santo del trabajo”—, “el santo de la vida cotidiana”. Su mensaje ha revitalizado la vida cristiana en muy diversos ambientes, y acuden a su intercesión todo tipo de personas, con los más diversos carismas. En la actualidad, por ejemplo, hay jóvenes religiosos que han elegido Josemaría como su nombre en religión

Josemaría Escrivá hizo en el mundo —y sigue haciendo— una gran siembra de santidad y paz. Se ofrecen a continuación los perfiles de varios hombres y mujeres, que lucharon por identificarse con Cristo siguiendo su carisma y sus enseñanzas. Algunas de estas personas se encuentran en camino de canonización.

Alvaro del Portillo, obispo. Prelado del Opus Dei (Madrid, 11.III.1914 — Roma, 23.III.1994). Fue el más estrecho y fiel colaborador de Josemaría Escrivá. Pertenecía al Opus Dei desde 1935, fue ordenado sacerdote el 25.VI.1944. El 15.IX.1975, el Congreso General electivo del Opus Dei lo escogió para llevar el gobierno de esta porción de la Iglesia, tras el fallecimiento de su Fundador. El 28.XI.1982 Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal y le nombró Prelado del Opus Dei. El 6.I.1991 fue ordenado obispo. Falleció santamente en Roma en 1994, a la vuelta de una peregrinación a Jerusalén. El Santo Padre acudió a rezar ante sus restos mortales en la Sede Central del Opus Dei.

Isidoro Zorzano, ingeniero de RENFE (Buenos Aires, 13.IX.1902 — Madrid, 15.VII.1943). Es uno de los primeros fieles del Opus Dei. Nacido en Argentina, en el seno de una familia de emigrantes, Isidoro Zorzano conoció a Josemaría Escrivá hacia 1915, cuando —tras el regreso a España— estudiaba el Bachillerato en Logroño. Durante la persecución religiosa en España dio pruebas de caridad y valentía heroica. Tuvo un gran afán por mejorar la situación laboral de los trabajadores de la empresa de Ferrocarriles en la que trabajaba. Sobrellevó cristianamente una enfermedad larga y dolorosa, y falleció santamente en la víspera de la fiesta de la Virgen del Carmen de 1943. Uno de los que le acompañaban escribió estas notas, que sintetizan su vida: “Pasó inadvertido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles. Y se sacrificó siempre”. Su Causa de Canonización se abrió en Madrid el 11 de octubre de 1948.

Luis Gordon Picardo, empresario cervecero (Cádiz, 20.VIII.1898 — Madrid, 5.XI.1932). Nació en Jerez de la Frontera, en el seno de una familia profundamente cristiana de dieciséis hijos, de los que muchos eligieron el camino del sacerdocio o de la vida religiosa. Estudió Ingeniería cervecera en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Nancy. Dirigió una empresa familiar —una pequeña fábrica de cerveza— en Ciempozuelos. Fue uno de los primeros del Opus Dei, al que se incorporó en 1932. Falleció santamente en Madrid el 5 de noviembre de aquel año, atendido por el Fundador, tras una vida de abnegación y sacrificio. Se preocupó hondamente por los obreros de su fábrica y los enfermos de los hospitales.

María Ignacia García Escobar. (Hornachuelos, Córdoba, 1896 — Madrid, 13.IX.1933). Fue una de las primeras mujeres del Opus Dei. Falleció con fama de santidad tras una larga y dolorosa enfermedad, en el Hospital del Rey de Madrid, atendida por el Fundador. Desarrolló un profundo apostolado, lleno de alegría y sentido de reparación y desagravio, con las personas que la rodeaban.

José María Somoano Berdasco, sacerdote diocesano (Arriondas, Asturias, 5.II.1902 — Madrid, 16.VI.1932). Fue el hijo mayor de una familia asturiana, muy cristiana, con doce hijos. Se ordenó sacerdote en Madrid en 1927. Fue capellán de la Enfermería del Hospital del Rey y estuvo junto a Josemaría Escrivá en los comienzos del Opus Dei, vinculándose estrechamente con los afanes del fundador. Dedicó sus mejores esfuerzos apostólicos a los niños abandonados de Madrid y a los enfermos de tuberculosis del Hospital del Rey. Falleció santamente, posiblemente envenenado por los enemigos de la Fe, en la fiesta de la Virgen del Carmen, a la que tenía gran devoción.

Montse Grases, estudiante de Escuela Profesional (Barcelona, 10.VII.1941 — 26.III.1959). Esta joven barcelonesa, nacida en el seno de una familia numerosa y profundamente cristiana, era alegre y emprendedora, muy deportista y con gran afán de almas. Estudió en la Escuela Profesional para la Mujer de la Diputación de Barcelona, y se incorporó al Opus Dei en plena juventud, el 24.XII.1957. Pocos meses después se le diagnosticó un cáncer de huesos, enfermedad que llevó con gran sentido sobrenatural, fortaleza, y abandono en Dios. Falleció en olor de santidad el 26 de Marzo de 1959, Jueves Santo. Está abierta su Causa de Canonización.

Eduardo Ortiz de Landázuri, médico (Segovia, 31.X.1910 — Pamplona, 20.V.1985).Nació en Segovia, en el seno de una familia cristiana, y estudió Medicina en Madrid. Tras el fusilamiento de su padre, el 8.IX.1936,durante la guerra, sufrió una crisis espiritual que le llevó del alejamiento práctico de la Iglesia a una vida intensamente cristiana. Casado, padre de siete hijos. El 1.VI.1952 pidió la admisión en el Opus Dei. Se incorporó en 1958 a la naciente Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, en cuya Facultad —y Clínica Universitaria— trabajó hasta su jubilación, desviviéndose por sus enfermos.Falleció santamente en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra, en Pamplona, el 20.V.1985. Su Causa de Canonización se abrió en Pamplona el 11.XII.1998.

Ernesto Cofiño, pediatra (Ciudad de Guatemala, 5.VI.1899 — 17.X.1991). El “doctor Cofiño” —como le llamaban miles de indígenas guatemaltecos— nació en el seno de una familia numerosa de Guatemala. Casado, padre de cinco hijos. Pidió la admisión en el Opus Dei el 6.XII.1956. Es el pionero de la Pediatría en Guatemala y en Centroamérica, donde ejerció la docencia universitaria y promovió numerosas obras sociales en beneficio de la infancia. Se ocupó muy especialmente de las necesidades del mundo indígena. Impulsó la creación de escuelas para campesinos, para obreros, para universitarios, junto con numerosas iniciativas a favor de las personas más pobres de Centroamérica, siguiendo las enseñanzas sociales de la Iglesia. Falleció con fama de santidad el 17 de octubre de 1991 a causa de un cáncer, enfermedad que sobrellevó cristianamente. Su Causa de Canonización se abrió en la Ciudad de Guatemala en el año 2001.

Alexia González-Barros, estudiante de Bachillerato (Madrid 7.III.1971 — Pamplona, 5.XII.1985) Esta adolescente madrileña nació en el seno de una familia numerosa. Estudió los primeros cursos de Bachillerato en el Colegio Jesús Maestro, dirigido por las religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Por deseo de sus padres, que tenían gran devoción al Fundador del Opus Dei, hizo la primera Comunión el 8 de mayo de 1979, en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, donde estaba enterrado Josemaría Escrivá. “¿Te das cuenta, Alexia —le preguntó Monseñor Álvaro del Portillo—, de que vas a ser la primera niña que haga la Primera Comunión a los pies de nuestro Padre?” Alexia contestó ilusionada: “Sí”.

Al día siguiente, asistió vestida de Primera Comunión a la Audiencia General en la Plaza de San Pedro, y entregó una carta a Juan Pablo II. El Pontífice le hizo entonces el signo de la cruz sobre la frente. “La cruz sobre Alexia”, intuyó su madre. Esa intuición se hizo pronto realidad: en enero de 1985 comenzó a sentir fuertes dolores de cabeza y el 4.II.1985 se declaró su grave enfermedad. Comenzó a sufrir diversas intervenciones quirúrgicas, que llevó con gran fortaleza, afán de almas y sentido sobrenatural. Murió con la ilusión de poder entregarse en el Opus Dei, a cuyo fundador tenía gran devoción. Falleció santamente el 5.XII.1985. Pronto se expandió su fama de santidad en numerosos países. El 11.V.2000 el Postulador de su Causa, Flavio Capucci, entregó en Roma la Positiosobre la heroicidad de su vida y virtudes.

Toni Zweifel, directivo de una ONG de Ayuda al Desarrollo (Verona, Italia, 15.II.1938 — Zürich, Suiza, 24.XI.1989). Este suizo, nacido en Verona, estudió ingeniería industrial en Zürich. Trabajó como colaborador científico en un Instituto de Termodinámica. En 1962 pidió la admisión en el Opus Dei, y diez años después creó una Fundación para la Ayuda al Desarrollo, que llevó a cabo cientos de proyectos de promoción humana y solidaridad en más de treinta países de cuatro continentes. Miles de personas se beneficiaron de su amor de Dios y solicitud por todos, especialmente por los más necesitados. Vivió con heroísmo las virtudes cristianas en la normalidad de una vida corriente. Falleció con fama de santidad en Zürich el 24 de noviembre de 1989, donde se abrió su Causa de Canonización.

Guadalupe Ortiz de Landázuri, química (Madrid, 12.XII.1916 — 16.VII.1975). Nació en Madrid el día de la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Estudió Ciencias Químicas en la Universidad Central y pidió la admisión en el Opus Dei en 1944. El 5 de marzo de 1950 se trasladó a México, donde comenzó la labor apostólica con mujeres del Opus Dei de diversos ambientes sociales. Permaneció en México hasta 1956. En los años siguientes, obtuvo el doctorado y se dedicó a la docencia, mientras realizaba un intenso apostolado. Tras una vida de intensa oración, mortificación y búsqueda de la identificación con Cristo mediante la santificación de su trabajo, falleció santamente el día de la Virgen del Carmen de 1975. Su Causa de Canonización se abrió en 2001 en Madrid

Más allá del Río Bravo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante su viaje a México, en 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer visitará Jaltepec, Casa de Retiros junto a la laguna de Chapala. Allí permanece una semana. Un día caluroso, de los que abundan en aquella altura, tiene una tertulia con un numeroso grupo de sacerdotes. Si todos los auditorios repican en su corazón para arrancarle palabras que hablan del amor de Dios a los hombres, cuando le rodean sacerdotes se desbordan su fe y entusiasmo. Quiere transmitirles en cada gesto el santo orgullo de su consagración como ministros de Dios, otros Cristos en la tierra. Este día de Jaltepec el Padre se encuentra fatigado por el clima y el esfuerzo. Al cabo de un rato, se retira a una habitación; le acompaña uno de sus hijos mexicanos.

Sube la escalera, trabajosamente, y al llegar a su habitación le invita a pasar:

-«Siéntate aquí»; y le señaló una butaca (11)

Su mirada cae sobre un cuadro de la Virgen de Guadalupe situado frente a la cabecera de la cama. Por la ventana opuesta entran los rayos de un sol ardiente -corre el mes de junio- que iluminan la escena pintada: es una reproducción de la que se venera en la Basílica de la Villa, pero en ésta la Virgen tiene las manos separadas y ofrece una rosa a Juan Diego, que recibe las flores, arrodillado, en el regazo de su tilma; los ángeles permanecen en tomo, sin estorbar el diálogo.

El Padre paladea en silencio los orígenes de este amor apasionado de las tierras calientes por su Virgen morena, Emperatriz de América. Fuera de la casa, muy cerca, la laguna de Chapala acuna las barcas; están hechas con un árbol vaciado que lleva flores a navegar aguas adentro. En cada proa puede leerse escrito un nombre. Y sigue dominando el de Guadalupe. México entero repite esta palabra. Y la acompaña de orquídeas, rosas y mariachis.

Monseñor Escrivá de Balaguer contempla, callado, sonriente, el rostro suave de esta imagen de la Virgen Reina de México. Y dice, en voz alta: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor… » (12).

Esta frase del Fundador, como una premonición, será recordada el 26 de junio de 1975, cuando su última mirada en la tierra, antes de caer herido por la muerte, vaya dirigida a una imagen de la Virgen de Guadalupe colocada sobre una de las paredes del despacho donde solía trabajar habitualmente.

La historia de la Obra en México se inicia en 1948, cuando don Pedro Casciaro se desplaza durante dos meses a México. Antes de regresar a Europa, sube a la Basílica de Guadalupe para despedirse de la Señora. Pero tiene la certeza de que no es un adiós definitivo. Por eso deja en la Villa dos palabras que sugieren reencuentros: «Hasta luego».

También el Padre ha seguido sobre el mapa con su oración, desde hace muchos años, las cordilleras de la Sierra Madre y el territorio que se extiende bajo la frontera del Río Bravo.

Por eso, ahora, se reúne con los miembros de la Obra que forman su Consejo General para decidir el comienzo del Opus Dei en este nuevo país.

Aunque sea el Fundador, jamás tomará una decisión en solitario, sin pasar por el estudio y la opinión del Consejo General, para la Sección de hombres, y de la Asesoría Central para la de mujeres. Ellos constituyen los órganos de gobierno de la Obra.

Una vez decidido, y durante una de las etapas en las que el Padre viaja a Madrid, llama a los tres que han de iniciar la siembra en México. Les recibe en su despacho de Diego de León. Sobre la mesa de trabajo hay una imagen de cerámica de tonos vivos y alegres; es una Virgen que sabe de amores, saetas y caminos marineros: la del Rocío.

Después de besarla, se la entrega y les dice que comenzarán «en México con esta imagen de la Virgen, tan pobrecita pero tan alegre, y con mi bendición. Ya veis, es de barro, como nosotros » (13)

A mediados de diciembre de 1948 salen de Bilbao en el Marqués de Comillas, en ruta naviera hacia México. La imagen de la Virgen va, convenientemente embalada, como inseparable compañera de viaje durante treinta y un días, hasta Veracruz. Y luego compartirá por igual la trashumancia de los comienzos: en el cuarto de estar del pequeño departamento de la calle Londres; en el piso de la calle Nápoles, donde pedirá al Padre la admisión César García Sarabia, el primero que lo hace en tierra mexicana.

Desde el primer momento, se multiplican las noticias que llegan de México a Roma.

El 1 de febrero de 1949, cuentan que han visto al Arzobispo y que está encantado de que muy pronto tengan una casa para poder dejar el Señor en el oratorio. Han conseguido un regalo espléndido: el frontal y los laterales de la mesa del altar, del siglo XVIII, tallado en cedro. Y un pequeño retablo, como un relicario, que rodea a la Virgen de Guadalupe. La casa podrá lograrse pronto: quizás a últimos de mes …(14).

Y el 9 de marzo de 1949:

«Desde esta mañana tenemos a Nuestro Señor en casa. Y ahora sí que nos encontramos a gusto y con una confianza absoluta. Nos celebró el Sr. Arzobispo la Misa y vinieron algunos chicos. Un amigo nuestro ha comenzado a rodar una película en color (…) que, cuando esté completa y tengamos ocasión, la enviaremos » (15).

Un año más tarde se decide la llegada de la Sección de mujeres de la Obra a este gran país americano. Guadalupe Ortiz de Landázuri es la persona encargada para llevar adelante esta tarea. El 5 de marzo de 1950 salen del aeropuerto de Madrid-Barajas en un avión mexicano. Se trata de un grupo pequeño: solamente tres. Guadalupe es la mayor, aunque es muy joven.

A las cuatro de la madrugada del 6 de marzo aterrizan en México. Oyen Misa en la iglesia del Espíritu Santo, en la calle de Madero. Por la tarde acuden a la Villa, en un primer saludo de cariño a la Virgen.

El 1 de abril de 1950 tendrán el inmueble para la Residencia femenina universitaria: está situada en el número 32 de la calle Copenhague. Guadalupe recorre la casa con optimismo, llenando los espacios vacíos con una mezcla de imaginación y esperanza: «aquí habrá una biblioteca, aquí un piano, ahí será la sala de estar …»(16). Esta seguridad del futuro es contagiosa y creadora.

Pronto se harán realidad estos sueños.

Desde su llegada a México se matriculan en la Universidad. Y cuando apenas hace tres meses que viven en la capital Federal, piden la admisión al Fundador, Amparo Arteaga, Cristina Ponce, Gabriela Duclaud… En junio de 1950 reciben una larga carta del Padre:

«Veo que nuestra Madre de Guadalupe os bendice y la labor va prendiendo en esas tierras “Laus Deo”! No olvidéis que vuestra misión-¡las primeras de México!- es capital (…): no aflojéis en vuestra vida interior, trabajad con alegría y muy unidas. Veréis cómo arraiga y se multiplica vuestra siembra (…). Sed siempre almas de oración: no me dejéis la presencia de Dios: es el medio eficaz, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural. Escribidme con frecuencia (…). Ya sabéis que, desde lejos, os acompaño siempre»(17).

Y en septiembre, vuelve a enviarles unas cuartillas:

«Pienso que nuestra Madre de Guadalupe tiene los ojos puestos en vosotras, de modo particular en esas primeras hijas mexicanas, que deben ser especialmente alegres, fuertes, constantes y sobrenaturales. Tengo muchas ganas de conocerlas (…). Sentid la responsabilidad que os alcanza como primeros instrumentos de nuestra Obra en esa gran nación mexicana. Leo vuestras cartas despacio, y siempre me dan un alegrón. Contadme detallicos de vuestra vida»(18).

Se necesita ya algún lugar amplio para cursos de retiro espiritual, reuniones y convivencias de verano. Don Pedro se pone en contacto con distintas familias y pronto consigue ayuda. Un conocido, Luis Bernal, le habla de Montefalco.

Se trata de una «hacienda» abandonada, situada en el estado de Morelos. Hay muy mala carretera de México D.F. a Cuautla; peor todavía hasta Jonacatepec. Y el desvío a Montefalco es un camino vecinal cortado por un río. Ni siquiera hay puentecillo. La casa no tiene agua ni luz eléctrica.

Sin embargo, el lugar es espléndido: el valle de Amilpas, sembrado de pueblecitos, con gentes que viven de las pocas propiedades que recibieron después de la revolución. Gentes rudas y fuertes, ásperas como los tres peñones que dominan el valle, y delicadas de alma, templada en el trabajo diario. Tienen los ojos negros y rasgados, la tez morena del indio quemado por el sol. Las mujeres caminan, durante los días festivos, con su vestido de colores y su rebozo de «bolita». Los hombres, con camisa blanca y sombrero de ala ancha.

Santa Clara de Montefalco fue una rica hacienda azucarera con hectáreas suficientes para sembrar la caña. Varias construcciones presidían la explanada: la antigua casa de los dueños, la iglesia con sus dos torres altas en el centro y, al otro lado, las viviendas de los peones; un hospital, varias tiendas y almacenes. Casi constituía un pueblo.

Durante la revolución quemaron Montefalco varias veces. Sólo la iglesia permanece, deteriorada, pero erguida e intacta. El resto es una ruina calcinada que mantiene en pie sus muros y arcos maestros gracias a la firmeza de su construcción. Es un montón de sólidas ruinas. La maleza, a causa del abandono, lo cubre todo. Incluso han crecido árboles dentro de los muros. Pero don Pedro acude a verlo. Tiene que abrirse paso con machete hasta la puerta de la iglesia. Saca unos papeles y empieza a dibujar: aquello, reconstruido, puede quedar así. Magnífico. Y sus trazos de lápiz son una oración confiada: una petición al Cielo que está poniendo ya los cimientos de la gran obra social y apostólica del futuro Montefalco.

En unos años de trabajo sin pausa, de fe, se logrará montar un pabellón como Casa de Retiros. Sobre las grandes losas del suelo colocan los catres; la rusticidad de los muebles no quita grandeza a aquellas paredes que saben de pólvora, dolor y fuego. Ahora le ha llegado el turno al amor como apoyo perdurable. Los sondeos pacientes acaban descubriendo las vetas de agua. Y con el riego vuelven los pájaros, porque Montefalco ofrece el amarillo del maíz y la explosión de bugambilias en las tapias. Es otra vez el corazón de la zona, como tarea de todos. El Centro de Formación Agropecuaria El Peñón unirá en un esfuerzo colosal a campesinos y profesores, a ingenieros y sociólogos. Cuando el Padre vaya a verles en 1970 no podrá menos de decir entusiasmado:

«Montefalco es una locura de amor de Dios. Suelo decir que la pedagogía del Opus Dei se resume en dos afirmaciones: obrar con sentido común y obrar con sentido sobrenatural. En esta casa, don Pedro y mis hijas e hijos mexicanos, no han obrado más que con sentido sobrenatural. Recibir con alegría un montón de ruinas (…), humanamente es absurdo… Pero habéis pensado en las almas, y habéis hecho realidad una maravilla de amor. Dios os bendiga.

Estoy dispuesto a ir con la mano extendida, pidiendo dinero para terminar Montefalco. Lo terminaremos, con vuestro sacrificio, y con la ayuda, como siempre, de tantas personas que están dispuestas a colaborar en una tarea que será un gran bien para todo México» (19)

En 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer, después de veintidós años, volverá a encontrarse con la imagen de la Virgen Rociera en un pequeño despacho de Montefalco. En su humildad de barro, ha hecho crecer ya una inmensa cosecha de espíritu.

Así lo subrayará el Eminentísimo señor Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado de México, después de la muerte del Fundador del Opus Dei: «Agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios(20).

Una amistad que nos unió para siempre

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Testimonio de Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado Emérito de México
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Han pasado poco más de cincuenta años desde que Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei; nos acercamos al también áureo jubileo de la fundación de su Sección Femenina, y los frutos con que el Señor ha bendecido a esta querida asociación de fieles son un motivo más para agradecer a Dios esta nueva mues­tra de su misericordia.

Desde el primer encuentro que a principios de 1959 tuvimos con Monseñor Escrivá de Balaguer –se encontraba acompañado por el Dr. Alvaro del Portillo, actual presidente general de la aso­ciación, y siempre lo vimos a su lado–, fuimos conscientes de que el Señor nos brindaba con ello una venturosa oportunidad para nuestra vida espiritual. Las visitas que en cumplimiento de nuestro ministerio episcopal debíamos gustosamente hacer al Romano Pontífice nos brindaron igualmente la oportunidad de visitar con frecuencia al fundador del Opus Dei, quien desde 1946 había esta­blecido en esa ciudad su residencia, y de profundizar en nuestra amistad.

En nuestras conversaciones, rebosantes de un gran cariño sobrenatural y humano y en las que Monseñor Escrivá nos atendía sin prisas produciéndonos la impresión de que no había cosa más importante para él que nuestra persona, pudimos descubrir en el fundador del Opus Dei un alma especialmente favorecida por Dios con gracias singularísimas, y cuyo ministerio sacerdotal trascendía a todo el mundo a través de la Obra a él encomendada por voluntad divina.

Esa amistad que nos unió para siempre propició el descubri­miento de campos nuevos para nuestra actividad, todos ellos movi­dos por un genuino espíritu apostólico; y al mismo tiempo, nos pro­porcionó una confirmación alentadora de nuestros trabajos pasto­rales. Especial importancia supuso para nosotros el concepto que de la formación cristiana, plena e integral, tenía Monseñor Escrivá de Balaguer, y que vino a resolver una de nuestras grandes inquie­tudes en el campo del apostolado con los seglares, presente ya desde nuestra ordenación sacerdotal en 1919, y cuya importancia con­firmamos primero en nuestra pequeña Diócesis de Tulancingo en 1937, y posteriormente, en nuestra enorme Archidiócesis de Méxi­co a partir de 1955. Para el fundador del Opus Dei la formación doctrinal significa «el suficiente conocimiento que cada fiel debe tener de la misión total de la Iglesia y de la peculiar participación y consiguiente responsabilidad específica que a él le corresponde en esa misión única». (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer. Ed. Rialp, Madrid, 976, núm. 2).

A nadie sorprende que estas relaciones inspiradas por Dios y mantenidas con lealtad y fidelidad entre dos sacerdotes pudiesen ser –como de hecho han sido – fuente de inspiración para ulteriores trabajos en nuestras vidas. La visión que los ojos de Cristo tienen del mundo en toda su integridad es la misma que tienen los ojos sacerdotales que procuran mirar con las pupilas del Señor.

Anterior a nuestro encuentro con él había sido el conocimiento de su Obra en México: un horizonte nuevo, alumbrado por la luz de Cristo, se abría ante nosotros como una expansión del mismo campo pastoral en que hemos vivido consagrados; un horizonte dis­tinto, pero indeleblemente marcado con el sello inconfundible de lo divino, que aparecía hasta en el nombre propio: Opus Dei. Ahora que ha cumplido sus primeros cincuenta años de existencia sobre la tierra, podemos sin dificultad comprobar que la Obra es nueva y antigua a la vez: antigua porque es de Cristo; y nueva porque Cristo es de hoy y propende al futuro, y en él se expande con naturalidad; porque Cristo es de siempre.

Desde el comienzo de la labor de la Obra en México con no poca complacencia contemplamos que se ha mantenido una estre­cha y amistosa relación con el Arzobispo Primado. Fue en junio de 1948 cuando mi predecesor, de gratísima memoria, el Excmo. y Rvmo. Sr. Dr. D. Luis Mª Martínez, concedió amabilísimamente la oportuna autorización para que se estableciera en la Archidió­cesis el primer Centro del Opus Dei en México y de América. Y fue el mismo Sr. Martínez, el 19 de marzo de 1949, atendiendo a la invitación que le hiciera el Consiliario en este país, quien celebró por primera vez la Santa Misa en el oratorio de ese centro y dejó el Santísimo Sacramento en el Sagrario. Una prueba más de esa amistad, entre muchas que se podrían señalar, está en el hecho de haber tenido entre los invitados a la Misa que con motivo de nues­tras Bodas de Plata Episcopales celebramos, sin solemnidad alguna pero con profunda piedad, en el Altar de la Confesión de la Basílica Vaticana, a un sacerdote del Opus Dei.

De todas nuestras fraternas conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, así como de la meditada lectura de sus escritos, que tanto bien han hecho y hacen a las almas, podemos atestiguar lo que siempre hemos visto en sus hijos en estos treinta años de labor de la Obra en nuestro país: su acendrado amor al Romano Pontífice y a la Iglesia toda: su preocupación siempre presente por el bien de las almas, y su fidelidad inconmovible a la doctrina de Cristo y al Magisterio eclesiástico. Pudimos comprobarlo una vez más en esta misma Archidiócesis cuando en 1970, aun antes de ver a sus hijos, vino a pedirnos las licencias necesarias para desempeñar su ministerio durante su estancia entre nosotros.

Con su natural buen humor nos comentaba en esa misma oca­sión: «Antes de ver a las ovejas, quise ver al Pastor». Se cumplía así lo que con tanta insistencia le encarecíamos siempre que le visi­tábamos en Roma: que viniera a México y visitara a esos hijos suyos que con fidelidad ejemplar estaban sirviendo a la Iglesia. Fue sin embargo su profundo amor a la Virgen de Guadalupe lo que le hizo venir a nuestro país, y se cumplió a la letra lo que con anterioridad había dicho: «Cuando vaya a la Villa, tendrán que sacarme de allí con grúa». A lo que recordamos haberle contestado de inmediato: «No seré yo quien la ponga».

Bastan estas ideas para comprender lo que significó para noso­tros recibir, el mes de junio de 1975, de forma súbita e imprevista, la noticia de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, nuestro amadísimo hermano. Aunque mirando este hecho a la luz de la fe, ¿qué podríamos sentir sino que el amor de Dios se lo llevó para tenerlo cerca de Sí y recompensarlo por la vida que él consagró totalmente a la gloria del mismo Señor y al servicio de todas las almas? Al fin y al cabo todos somos peregrinos y transeúntes, y nuestra vida es corta en comparación con la eternidad.

¡Qué bello resultaba descubrir en Monseñor Escrivá una real madurez humana y sobrenatural, puesta al servicio de las almas, con medidas y aspiraciones inspiradas por el Corazón Misericor­dioso de Cristo, que vivió y murió por todos y cada uno de nosotros!

Sabemos que el 50 aniversario de la fundación del Opus Dei, celebrado con el peso de la Cruz por el dolor que supuso la ines­perada muerte de S.S. Juan Pablo I, estuvo impregnado en todos sus hijos del recuerdo de su fundador y del propósito firme de man­tener una estricta fidelidad al espíritu por él predicado y vivido. Serán el ejemplo de su alma sacerdotal, y el recuerdo de su vida y afán apostólico, el alimento vigoroso que dé a su Obra el ímpetu necesario para difundirse con las mismas medidas generosas que su fundador le imprimió.

Tenernos la seguridad de que ese ejemplo de apostolado grabado en todos sus hijos contribuirá a que ese mismo espíritu suscite en el mundo y en todos los cristianos una actividad concorde para cum­plir la voluntad de Dios, que amó a todos los hombres y que a todos los quiere salvos y estrechados entre sus brazos misericordiosos.

Es grande el servicio que el Opus Dei ha prestado y presta a toda la Iglesia; son muchas las almas que al conocer el espíritu del Opus Dei mejoran notablemente la forma de vivir su vida cristiana, y por ello agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios.

No nos resulta fácil expresar en pocas palabras la profundidad del mensaje del Opus Dei, ni el perfil de la riquísima personalidad de su fundador. Pero para quienes tuvimos la gracia de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de tratarlo en múltiples ocasio­nes, sintiendo el calor de su sincera amistad, su entrega ejemplar por la Iglesia hasta el instante en que – en olor de santidad– Dios lo llamó a su presencia, y la fecundidad de esta Obra de Dios que ha superado cualquier previsión humana, no podemos menos que agradecer al Señor esta palpable muestra de su amor por la Iglesia: el Opus Dei.

“La gran familia de los hijos de Dios”

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Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado que Benedicto XVI encomendó a la figura de San Pablo, “emigrante y apóstol de las gentes”

Vatican Information Service

Opus Dei -

A San Pablo, “gran misionero itinerante del Evangelio”, como afirmó el Papa, está dedicada este año la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado. “Cuando de perseguidor de los cristianos se convirtió en apóstol del Evangelio, Pablo -dijo el Santo Padre- se transformó en “embajador de Cristo” resucitado para que todos lo conocieran, convencido de que en Él todos los pueblos están llamados a formar la gran familia de los hijos de Dios”.

“Ésta es también la misión de la Iglesia, más que nunca en esta época de globalización. Como cristianos no podemos dejar de (…) transmitir el mensaje de amor de Jesús, especialmente a los que no lo conocen o se encuentran en situaciones difíciles y dolorosas. Hoy pienso en particular en los inmigrantes. (…) Me gustaría asegurar que la comunidad cristiana piensa en cada persona y en cada familia y pide a San Pablo la fuerza de un impulso nuevo para favorecer en todas las partes del mundo la convivencia pacífica entre hombres y mujeres de etnias, culturas y religiones diversas”.

“Cada uno de nosotros -prosiguió- (…) está llamado a dar testimonio del Evangelio, con un interés todavía más grande por aquellos hermanos y hermanas que vienen a vivir entre nosotros, por diversos motivos y procedentes de diferentes países, valorizando así el fenómeno de las migraciones como motivo de encuentro entre civilizaciones. Recemos y actuemos para que sea siempre así, de forma pacífica y constructiva, con respeto y diálogo, previniendo cualquier tentación de conflicto o atropello”.

Benedicto XVI mencionó también a los pescadores y a los marinos que “desde hace tiempo soportan más inconvenientes. Además de las dificultades habituales, están sometidos a restricciones para bajar a tierra y acoger a bordo a los capellanes, afrontan el peligro de la piratería y los perjuicios de la pesca ilegal. Les manifiesto mi cercanía y espero que su generosidad se recompense con más consideración”.

Al final, el Papa se refirió al Encuentro Mundial de las Familias que se clausura hoy en México, mientras también hoy se abre la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

Más allá del Río Bravo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante su viaje a México, en 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer visitará Jaltepec, Casa de Retiros junto a la laguna de Chapala. Allí permanece una semana. Un día caluroso, de los que abundan en aquella altura, tiene una tertulia con un numeroso grupo de sacerdotes. Si todos los auditorios repican en su corazón para arrancarle palabras que hablan del amor de Dios a los hombres, cuando le rodean sacerdotes se desbordan su fe y entusiasmo. Quiere transmitirles en cada gesto el santo orgullo de su consagración como ministros de Dios, otros Cristos en la tierra. Este día de Jaltepec el Padre se encuentra fatigado por el clima y el esfuerzo. Al cabo de un rato, se retira a una habitación; le acompaña uno de sus hijos mexicanos.

Sube la escalera, trabajosamente, y al llegar a su habitación le invita a pasar:

-«Siéntate aquí»; y le señaló una butaca (11)

Su mirada cae sobre un cuadro de la Virgen de Guadalupe situado frente a la cabecera de la cama. Por la ventana opuesta entran los rayos de un sol ardiente -corre el mes de junio- que iluminan la escena pintada: es una reproducción de la que se venera en la Basílica de la Villa, pero en ésta la Virgen tiene las manos separadas y ofrece una rosa a Juan Diego, que recibe las flores, arrodillado, en el regazo de su tilma; los ángeles permanecen en tomo, sin estorbar el diálogo.

El Padre paladea en silencio los orígenes de este amor apasionado de las tierras calientes por su Virgen morena, Emperatriz de América. Fuera de la casa, muy cerca, la laguna de Chapala acuna las barcas; están hechas con un árbol vaciado que lleva flores a navegar aguas adentro. En cada proa puede leerse escrito un nombre. Y sigue dominando el de Guadalupe. México entero repite esta palabra. Y la acompaña de orquídeas, rosas y mariachis.

Monseñor Escrivá de Balaguer contempla, callado, sonriente, el rostro suave de esta imagen de la Virgen Reina de México. Y dice, en voz alta: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor… » (12).

Esta frase del Fundador, como una premonición, será recordada el 26 de junio de 1975, cuando su última mirada en la tierra, antes de caer herido por la muerte, vaya dirigida a una imagen de la Virgen de Guadalupe colocada sobre una de las paredes del despacho donde solía trabajar habitualmente.

La historia de la Obra en México se inicia en 1948, cuando don Pedro Casciaro se desplaza durante dos meses a México. Antes de regresar a Europa, sube a la Basílica de Guadalupe para despedirse de la Señora. Pero tiene la certeza de que no es un adiós definitivo. Por eso deja en la Villa dos palabras que sugieren reencuentros: «Hasta luego».

También el Padre ha seguido sobre el mapa con su oración, desde hace muchos años, las cordilleras de la Sierra Madre y el territorio que se extiende bajo la frontera del Río Bravo.

Por eso, ahora, se reúne con los miembros de la Obra que forman su Consejo General para decidir el comienzo del Opus Dei en este nuevo país.

Aunque sea el Fundador, jamás tomará una decisión en solitario, sin pasar por el estudio y la opinión del Consejo General, para la Sección de hombres, y de la Asesoría Central para la de mujeres. Ellos constituyen los órganos de gobierno de la Obra.

Una vez decidido, y durante una de las etapas en las que el Padre viaja a Madrid, llama a los tres que han de iniciar la siembra en México. Les recibe en su despacho de Diego de León. Sobre la mesa de trabajo hay una imagen de cerámica de tonos vivos y alegres; es una Virgen que sabe de amores, saetas y caminos marineros: la del Rocío.

Después de besarla, se la entrega y les dice que comenzarán «en México con esta imagen de la Virgen, tan pobrecita pero tan alegre, y con mi bendición. Ya veis, es de barro, como nosotros » (13)

A mediados de diciembre de 1948 salen de Bilbao en el Marqués de Comillas, en ruta naviera hacia México. La imagen de la Virgen va, convenientemente embalada, como inseparable compañera de viaje durante treinta y un días, hasta Veracruz. Y luego compartirá por igual la trashumancia de los comienzos: en el cuarto de estar del pequeño departamento de la calle Londres; en el piso de la calle Nápoles, donde pedirá al Padre la admisión César García Sarabia, el primero que lo hace en tierra mexicana.

Desde el primer momento, se multiplican las noticias que llegan de México a Roma.

El 1 de febrero de 1949, cuentan que han visto al Arzobispo y que está encantado de que muy pronto tengan una casa para poder dejar el Señor en el oratorio. Han conseguido un regalo espléndido: el frontal y los laterales de la mesa del altar, del siglo XVIII, tallado en cedro. Y un pequeño retablo, como un relicario, que rodea a la Virgen de Guadalupe. La casa podrá lograrse pronto: quizás a últimos de mes …(14).

Y el 9 de marzo de 1949:

«Desde esta mañana tenemos a Nuestro Señor en casa. Y ahora sí que nos encontramos a gusto y con una confianza absoluta. Nos celebró el Sr. Arzobispo la Misa y vinieron algunos chicos. Un amigo nuestro ha comenzado a rodar una película en color (…) que, cuando esté completa y tengamos ocasión, la enviaremos » (15).

Un año más tarde se decide la llegada de la Sección de mujeres de la Obra a este gran país americano. Guadalupe Ortiz de Landázuri es la persona encargada para llevar adelante esta tarea. El 5 de marzo de 1950 salen del aeropuerto de Madrid-Barajas en un avión mexicano. Se trata de un grupo pequeño: solamente tres. Guadalupe es la mayor, aunque es muy joven.

A las cuatro de la madrugada del 6 de marzo aterrizan en México. Oyen Misa en la iglesia del Espíritu Santo, en la calle de Madero. Por la tarde acuden a la Villa, en un primer saludo de cariño a la Virgen.

El 1 de abril de 1950 tendrán el inmueble para la Residencia femenina universitaria: está situada en el número 32 de la calle Copenhague. Guadalupe recorre la casa con optimismo, llenando los espacios vacíos con una mezcla de imaginación y esperanza: «aquí habrá una biblioteca, aquí un piano, ahí será la sala de estar …»(16). Esta seguridad del futuro es contagiosa y creadora.

Pronto se harán realidad estos sueños.

Desde su llegada a México se matriculan en la Universidad. Y cuando apenas hace tres meses que viven en la capital Federal, piden la admisión al Fundador, Amparo Arteaga, Cristina Ponce, Gabriela Duclaud… En junio de 1950 reciben una larga carta del Padre:

«Veo que nuestra Madre de Guadalupe os bendice y la labor va prendiendo en esas tierras “Laus Deo”! No olvidéis que vuestra misión-¡las primeras de México!- es capital (…): no aflojéis en vuestra vida interior, trabajad con alegría y muy unidas. Veréis cómo arraiga y se multiplica vuestra siembra (…). Sed siempre almas de oración: no me dejéis la presencia de Dios: es el medio eficaz, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural. Escribidme con frecuencia (…). Ya sabéis que, desde lejos, os acompaño siempre»(17).

Y en septiembre, vuelve a enviarles unas cuartillas:

«Pienso que nuestra Madre de Guadalupe tiene los ojos puestos en vosotras, de modo particular en esas primeras hijas mexicanas, que deben ser especialmente alegres, fuertes, constantes y sobrenaturales. Tengo muchas ganas de conocerlas (…). Sentid la responsabilidad que os alcanza como primeros instrumentos de nuestra Obra en esa gran nación mexicana. Leo vuestras cartas despacio, y siempre me dan un alegrón. Contadme detallicos de vuestra vida»(18).

Se necesita ya algún lugar amplio para cursos de retiro espiritual, reuniones y convivencias de verano. Don Pedro se pone en contacto con distintas familias y pronto consigue ayuda. Un conocido, Luis Bernal, le habla de Montefalco.

Se trata de una «hacienda» abandonada, situada en el estado de Morelos. Hay muy mala carretera de México D.F. a Cuautla; peor todavía hasta Jonacatepec. Y el desvío a Montefalco es un camino vecinal cortado por un río. Ni siquiera hay puentecillo. La casa no tiene agua ni luz eléctrica.

Sin embargo, el lugar es espléndido: el valle de Amilpas, sembrado de pueblecitos, con gentes que viven de las pocas propiedades que recibieron después de la revolución. Gentes rudas y fuertes, ásperas como los tres peñones que dominan el valle, y delicadas de alma, templada en el trabajo diario. Tienen los ojos negros y rasgados, la tez morena del indio quemado por el sol. Las mujeres caminan, durante los días festivos, con su vestido de colores y su rebozo de «bolita». Los hombres, con camisa blanca y sombrero de ala ancha.

Santa Clara de Montefalco fue una rica hacienda azucarera con hectáreas suficientes para sembrar la caña. Varias construcciones presidían la explanada: la antigua casa de los dueños, la iglesia con sus dos torres altas en el centro y, al otro lado, las viviendas de los peones; un hospital, varias tiendas y almacenes. Casi constituía un pueblo.

Durante la revolución quemaron Montefalco varias veces. Sólo la iglesia permanece, deteriorada, pero erguida e intacta. El resto es una ruina calcinada que mantiene en pie sus muros y arcos maestros gracias a la firmeza de su construcción. Es un montón de sólidas ruinas. La maleza, a causa del abandono, lo cubre todo. Incluso han crecido árboles dentro de los muros. Pero don Pedro acude a verlo. Tiene que abrirse paso con machete hasta la puerta de la iglesia. Saca unos papeles y empieza a dibujar: aquello, reconstruido, puede quedar así. Magnífico. Y sus trazos de lápiz son una oración confiada: una petición al Cielo que está poniendo ya los cimientos de la gran obra social y apostólica del futuro Montefalco.

En unos años de trabajo sin pausa, de fe, se logrará montar un pabellón como Casa de Retiros. Sobre las grandes losas del suelo colocan los catres; la rusticidad de los muebles no quita grandeza a aquellas paredes que saben de pólvora, dolor y fuego. Ahora le ha llegado el turno al amor como apoyo perdurable. Los sondeos pacientes acaban descubriendo las vetas de agua. Y con el riego vuelven los pájaros, porque Montefalco ofrece el amarillo del maíz y la explosión de bugambilias en las tapias. Es otra vez el corazón de la zona, como tarea de todos. El Centro de Formación Agropecuaria El Peñón unirá en un esfuerzo colosal a campesinos y profesores, a ingenieros y sociólogos. Cuando el Padre vaya a verles en 1970 no podrá menos de decir entusiasmado:

«Montefalco es una locura de amor de Dios. Suelo decir que la pedagogía del Opus Dei se resume en dos afirmaciones: obrar con sentido común y obrar con sentido sobrenatural. En esta casa, don Pedro y mis hijas e hijos mexicanos, no han obrado más que con sentido sobrenatural. Recibir con alegría un montón de ruinas (…), humanamente es absurdo… Pero habéis pensado en las almas, y habéis hecho realidad una maravilla de amor. Dios os bendiga.

Estoy dispuesto a ir con la mano extendida, pidiendo dinero para terminar Montefalco. Lo terminaremos, con vuestro sacrificio, y con la ayuda, como siempre, de tantas personas que están dispuestas a colaborar en una tarea que será un gran bien para todo México» (19)

En 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer, después de veintidós años, volverá a encontrarse con la imagen de la Virgen Rociera en un pequeño despacho de Montefalco. En su humildad de barro, ha hecho crecer ya una inmensa cosecha de espíritu.

Así lo subrayará el Eminentísimo señor Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado de México, después de la muerte del Fundador del Opus Dei: «Agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios(20).

Calles de Gurtubay y Lagasca

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

09 de mayo de 2009

Opus Dei - En la  fotografía, san Josemaría con Pedro Casciaro, en Roma

En la fotografía, san Josemaría con Pedro Casciaro, en Roma

Siguiendo por la calle Lagasca se llega a la calle Gurtubay. En esta calle se encuentra un centro del Opus Dei dedicado a la labor con jóvenes, impulsado por san Josemaría en el que estuvo el Fundador en varias ocasiones a partir de 1948.

Esta calle de Lagasca fue testigo de las idas y venidas del Fundador durante su estancia en Madrid, y sus grandes sueños apostólicos.

Por esta calle Lagasca, por ejemplo, saliendo de la calle Villanueva, en dirección a la calle de Diego de León, san Josemaría le planteó a Pedro Casciaro, uno de los miembros más antiguos del Opus Dei, la posibilidad de “cruzar el charco” y comenzar la labor apostólica en América.

Pedro Casciaro impulsó el trabajo apostólico del Opus Dei en diversos países, fundamentalmente en México.

Nueva iglesia dedicada a San Josemaría en México D.F.

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El Prelado realizará la dedicación esta semana de la nueva iglesia de San Josemaría en la capital de México

Carta del Prelado (agosto 2009)

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Carta mensual del Prelado, en esta ocasión desde México. Las fiestas marianas del mes de agosto sirven a Mons. Echevarría para invitarnos a imitar la vida ordinaria y cercana a Cristo de la Madre de Dios.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Assumpta est Maria in cælum, gaudet exercitus angelorum;  María ha sido llevada al cielo, en cuerpo y alma, y los ángeles participan de ese gozo. También todos los cristianos nos llenamos de alegría, porque la Virgen vive eternamente en la plenitud de Dios, contempla y ama a la Trinidad Santísima en la gloria del Cielo.

Al acercarse la solemnidad del 15 de agosto, Asunción de Nuestra Señora, deseo recordaros que esta gran festividad nos impulsa a elevar la mirada hacia el cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y Él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos (…). Es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad.  ¿Cómo y con qué asiduidad recurrimos a la Virgen para proceder siempre y en todo con sentido sobrenatural? ¿Pedimos a nuestra Madre que crezca en nuestras almas el espíritu contemplativo?

Las palabras de Benedicto XVI, que acabo de citar, son una eficaz introducción al misterio de fe que nos disponemos a saborear una vez más. Como escribió San Josemaría, misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a entender más —si es posible hablar así— que en otras verdades de fe.  Acudamos a nuestro Padre, que contempla cara a cara a Dios, a la Santísima Humanidad de Jesucristo,  a la Virgen, a los ángeles y a los demás santos, con el ruego expreso de que nos obtenga luz del Señor para ahondar en esta verdad de fe y de este modo amar más y admirar más a Santa María.

Os sugiero, en primer lugar, que miremos a fondo la respuesta cotidiana de la Virgen, que nos detengamos —en la meditación personal— en los pasajes de la Sagrada Escritura que nos hablan de Ella: aunque se trata de un número reducido, en esos textos se contienen ya todas las magnalia, las grandezas de lo que el Espíritu Santo ha querido revelarnos acerca de la Madre de Dios y Madre nuestra: una riqueza inmensa, que toca a cada uno de nosotros descubrir, guiados siempre por el Magisterio de la Iglesia. Os aconsejo que repaséis también algún tratado de mariología y que os esforcéis por ahondar —mediante una lectura meditada y profunda— en las cosas inefables que cumplió en la Virgen el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo.  El cántico del Magnificat, que brotó de los labios y del corazón de María inspirada por el Espíritu Santo, se nos muestra como la mejor escuela para conocer, tratar e imitar a nuestra Madre: es un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es.

Fijémonos, de manera especial, en su vida de oración. Así la descubrimos al contemplar el primer misterio gozoso del Rosario. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración. Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino…. Metámonos perseverantemente en esta escena para acoger con seriedad la invitación de nuestro Padre. Empeñémonos en encontrar —cada uno, cada una— nuestro sitio, al repasar diariamente ese acontecimiento clave de la historia de nuestra salvación, y también en el rezo del Ángelus y del Rosario. Podemos pensar en la Virgen, que se mantiene constantemente en conversación con Dios, y así se halla cuando el Arcángel le transmite la divina embajada. Lo mismo sucede en el segundo misterio luminoso: la confiada súplica que la Virgen expone con su comentario en las bodas de Caná, obtiene que Jesús realice su primer milagro, anticipando en cierto modo su hora, y que los primeros seguidores de su Hijo reciban el don de la fe, como anota el Evangelio en pocas palabras: sus discípulos creyeron en Él.

Precisamente San Juan, el discípulo amado, nos transmite este dato. Nos revela que la Santísima Virgen, que hasta ese momento había cuidado a su Hijo durante los años de vida oculta en Nazaret, ha sido llamada a continuar colaborando directamente en el misterio de la Redención. Este designio divino se insinúa en la respuesta de Cristo a la súplica de su Madre: Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora.  El Señor se refiere al sacrificio de la Cruz. Cuando se presente ese momento, querrá —con lógica sobrenatural y humana— que su Madre se halle junto a Él, como nueva Eva, para cooperar en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Lo relata también San Juan: estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Después dice al discípulo: “Aquí tienes a tu Madre”. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.

Os recordaba, con palabras del Papa, que la solemnidad de la Asunción nos invita a elevar los ojos al Cielo, la morada definitiva a la que nos dirigimos, pero sin olvidar —otra enseñanza de María— que, antes de ser trasladada en cuerpo y alma a la gloria, la Virgen acompañó de cerca a Cristo en su Pasión y Muerte redentoras. La nueva Eva siguió al nuevo Adán en el sufrimiento, en la pasión, así como en el gozo definitivo. Cristo es la primicia, pero su carne resucitada es inseparable de la de su Madre terrena. María, y en Ella toda la humanidad, está implicada en la Asunción hacia Dios, y con Ella toda la creación (…). Nacen así los nuevos cielos y la nueva tierra, en la que ya no habrá ni llanto ni lamento, porque ya no existirá la muerte (cfr. Ap 21, 1-4).

La colaboración de la Virgen en el Sacrificio de la Cruz fue única; por eso la Iglesia la honra «con los títulos de Abogada, Auxilio, Socorro, Mediadora», sin que esto «reste ni añada nada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador».  En esta cooperación estrechísima a la obra de la Redención se sustenta también el título de Mujer eucarística, con el que Juan Pablo II la llamó en su última encíclica. La Sagrada Eucaristía es la actualización sacramental del sacrificio de la Cruz, pues lo que se realizó en el Calvario se hace presente en la Santa Misa. Y no cabe pasar por alto que, en el Gólgota, el Señor manifestó a la Virgen su nueva maternidad. «Las palabras de Jesús —apunta Juan Pablo II— asumen su significado más auténtico en el marco de la misión salvífica. Pronunciadas en el momento del sacrificio redentor, esa circunstancia les confiere su valor más alto. En efecto, el evangelista, después de las expresiones de Jesús a su Madre, añade un inciso significativo: “Sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido” (Jn 19, 28), como si quisiera subrayar que había culminado su sacrificio al encomendar su Madre a Juan y, en él, a todos los hombres, de los que Ella se convierte en Madre en la obra de la salvación».

En cada Santa Misa, la Virgen se halla misteriosamente presente junto al altar donde se actualiza de modo incruento el Sacrificio de la Cruz. En ese insondable misterio —escribió nuestro Padre— se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo.  Ésta es la firme convicción de la Iglesia, expresada en una de las oraciones que la liturgia recomienda a los sacerdotes para disponerse mejor a la celebración del Santo Sacrificio: Oh Madre de piedad y misericordia, Santísima Virgen María (…), acudo a tu piedad para que, así como estuviste junto a tu dulcísimo Hijo clavado en la Cruz, también estés junto a mí, miserable pecador, y junto a todos los fieles que aquí y en toda la Santa Iglesia vamos a participar de aquel divino sacrificio.  ¿Acudes filialmente a Ella, en cada jornada, antes de celebrar o de participar en la Santa Misa?

La Virgen Santísima, desde Belén hasta el Gólgota, supo mostrar a Cristo, conducir a Cristo, a los discípulos —hombres y mujeres— de su Hijo: si Juan, María Magdalena, Salomé y las demás mujeres —como nos detalla el Evangelio— perseveraron firmes junto a la Cruz de Jesús y fueron luego testigos de su resurrección, se debió a que no se apartaron de María en aquellas horas; a que la acogieron en su casa —en todo el espacio de su caminar espiritual— desde el momento inefable en que Cristo los confió a su Madre en el Calvario.

Hijas e hijos míos: la que es toda de Dios, Mujer eucarística y Maestra de oración, quiere que la tratemos, que le pidamos que nos enseñe a enamorarnos de Jesucristo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, para responderle con entera fidelidad en los diferentes momentos y circunstancias. Un gran misterio de amor se nos propone en la fiesta de la Asunción de la Virgen:  Cristo venció la muerte con la omnipotencia de su amor. Sólo el amor es omnipotente. Ese amor impulsó a Cristo a morir por nosotros y así a vencer a la muerte. Sí, ¡sólo el amor hace entrar en el reino de la vida! Y María entró detrás de su Hijo, asociada a su gloria, después de haber sido asociada a su pasión. Entró allí con ímpetu incontenible, manteniendo abierto tras de sí el camino a todos nosotros. Por eso hoy la invocamos: “Puerta del Cielo”, “Reina de los ángeles” y “Refugio de los pecadores“.

Desgranemos piadosamente las letanías y las demás oraciones marianas —el Avemaría, la Salve, el Rosario y las jaculatorias que el cariño filial nos sugiera— con esmerada devoción y piedad de hijos, porque María, Virgen sin mancilla, reparó la caída de Eva: y ha pisado, con su planta inmaculada, la cabeza del dragón infernal.  Unidos a ese gran enamorado de la Virgen, que fue y es nuestro Padre, admiremos más cómo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo.

Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles…, y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles…, y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos…, y todos los pecadores y tú y yo. ¿Nos comportamos nosotros así?

En las cartas y documentos de familia, San Josemaría solía firmar con el nombre Mariano. Entremos, pues, en la escuela de Mariano, imitando a nuestro Padre en su tierna devoción a la Santísima Virgen, como hijos pequeños que en todo momento se saben necesitados de los cuidados de su Madre.

Santa María, además, se ha mostrado siempre Madre del Opus Dei, desde su nacimiento, y la Obra se ha desarrollado al amparo de su manto: nos ha precedido, acompañado y seguido en todos los pasos de nuestra historia familiar y de nuestro peregrinar personal. En el mes de agosto recordamos algunos de esos momentos: la Consagración de la Obra al Corazón dulcísimo de la Virgen, en Loreto, el 15 de agosto de 1951, que renovamos anualmente; la invitación a acudir a la misericordia divina por medio delTrono de la gloria, que es María, el 23 de agosto de 1971… Y tantas otras intervenciones de la Reina de cielos y tierra que ahora no resulta posible enumerar.

En estos días me encuentro en México, adonde he acudido para participar en la dedicación de la iglesia construida en honor de San Josemaría, en el Distrito Federal. Con cada una y con cada uno doy también gracias a Dios, porque esta circunstancia me ha permitido rezar ante la Virgen de Guadalupe en la Villa, con el recuerdo de los pasos de nuestro Padre en 1970. Algunas de las intenciones que entonces llenaban el corazón de nuestro Fundador se mantienen plenamente actuales; otras ya se cumplieron, gracias a la intercesión de nuestra Madre. He acudido, insisto, en nombre de todas y de todos —los que ahora estamos en la Obra y los que llegarán en el transcurso de los siglos—, para rogar por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores, por los Obispos y sacerdotes del mundo entero —especialmente en este Año sacerdotal—, por el Opus Dei y todo el pueblo cristiano; por nuestro personal enamoramiento cotidiano de Jesucristo. Conservo muy presente en mi memoria aquella locución que tanto removió a nuestro Padre, y que nos relató enseguida con una conmoción visible, en agosto de 1970; le vimos muy urgido a comportarse como perseverante rezador. El Señor imprimió en su alma aquellas palabras —clama, ne cesses — que deseo que incorporemos a nuestra piedad y a nuestro quehacer.

Acompañadme en mis peticiones, especialmente el 15 de agosto, cuando renovemos la consagración al Corazón dulcísimo de Nuestra Señora. Y repasemos con hondura esta recomendación de San Josemaría:“Adeamus cum fiducia ad thronum gloriæ, ut misericordiam consequamur” (cfr. Hb 4, 16). Que lo tengáis muy en cuenta en estos momentos y también después. Yo diría que es un querer de Dios: que metamos nuestra vida interior personal dentro de esas palabras que os acabo de decir. A veces las escucharéis sin ruido ninguno, en la intimidad de vuestra alma, cuando menos lo esperéis.

“Adeamus cum fiducia”: id —repito— con confianza al Corazón Dulcísimo de María, que es Madre nuestra y Madre de Jesús. Y con Ella, que es Medianera de todas las gracias, al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesucristo. Con confianza también, y ofreciéndole reparación por tantas ofensas. Que nunca os falte una palabra de cariño: cuando trabajáis, cuando rezáis, cuando descansáis, y también con ocasión de las actividades que parecen menos importantes: cuando os divertís, cuando contáis una anécdota, cuando hacéis un rato de deporte…: con toda vuestra vida, en una palabra. Poned un fundamento sobrenatural en todo, y un trato de intimidad con Dios.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

México, 1 de agosto de 2009.


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