El matrimonio, camino divino

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

También el amor humano es santificable y santificarte en este apostolado, que no excluye a nadie. Sobre este tema el Fundador del Opus Dei mantuvo un pensamiento inequívoco a lo largo de toda su vida, como subrayó en la entrevista que publicó Telva el 1 de febrero de 1968:

«Hablaré de algo que conozco bien, y que es experiencia sacerdotal mía, ya de muchos años y en muchos países. La mayor parte de los miembros del Opus Dei viven en el estado matrimonial y, para ellos, el amor humano y los deberes conyugales son parte de la vocación divina. El Opus Dei ha hecho del matrimonio un camino divino, una vocación, y esto tiene muchas consecuencias para la santificación personal y para el apostolado. Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez cuando –creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio– me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra!

»El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado –con la gracia de Dios– todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día Irás con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive.

»Por esto pienso siempre con esperanza Y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino –”sacramentum magnum” (Eph. 5, 32), sacramento grande– de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial –el bautismo– ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino.

»Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión depende en gran parte la eficacia y e1 éxito de su vida: su felicidad.

»Pero que no olviden que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz.

»Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio –que es un sacramento, un ideal y una vocación–, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, “aquae multae” –las muchas dificultades, físicas y morales– “non potuerunt extinguere caritatem” (Cant. 8, 7), no podrán apagar el cariño».

El matrimonio, camino divino.

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

También el amor humano es santificable y santificarte en este apostolado, que no excluye a nadie. Sobre este tema el Fundador del Opus Dei mantuvo un pensamiento inequívoco a lo largo de toda su vida, como subrayó en la entrevista que publicó Telva el 1 de febrero de 1968:

«Hablaré de algo que conozco bien, y que es experiencia sacerdotal mía, ya de muchos años y en muchos países. La mayor parte de los miembros del Opus Dei viven en el estado matrimonial y, para ellos, el amor humano y los deberes conyugales son parte de la vocación divina. El Opus Dei ha hecho del matrimonio un camino divino, una vocación, y esto tiene muchas consecuencias para la santificación personal y para el apostolado. Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez cuando –creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio– me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra!

»El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado –con la gracia de Dios– todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día  con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive.

»Por esto pienso siempre con esperanza y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino –”sacramentum magnum” (Eph. 5, 32), sacramento grande– de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial –el bautismo– ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino.

»Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión depende en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad.

»Pero que no olviden que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz.

»Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio –que es un sacramento, un ideal y una vocación–, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, “aquae multae” –las muchas dificultades, físicas y morales– “non potuerunt extinguere caritatem” (Cant. 8, 7), no podrán apagar el cariño».


Un matrimonio de Lagos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Son ahora un profesional africano de Lagos (Nigeria), Mr. Biodun Sanwo, y su esposa, ambos del Opus Dei, quienes responden:

–Mr. Sanwo, ¿qué efecto ha tenido el Opus Dei en su vida?

–El Opus Dei ha cambiado completamente mi vida. Cuando conocí el Opus Dei y empecé a pensar que Dios podía decirme que me hiciera de la Obra pensé que era completamente incompatible con mi vida normal de trabajo… y pensé que era imposible. Ahora estoy muy contento al ver que estoy en el Opus Dei y que soy perfectamente feliz en mi quehacer profesional y en mi vida normal.

–¿Cómo ha reaccionado la gente a su alrededor ante su nueva vida, como usted la llama?

–Al principio, cuando me hice de la Obra la gente estaba muy sorprendida. Ahora, algunas de esas personas son ya Cooperadores del Opus Dei.

–¿En qué forma ha participado usted en la expansión del Opus Dei en Lagos?

–He tenido la suerte de haber sido una de las personas del Opus Dei en sus primerísimos momentos aquí en Lagos. Me vienen ahora a la cabeza los primeros momentos. Estábamos tratando de empezar un Club juvenil, y necesitábamos aulas pero no teníamos espacio. El único sitio disponible era un garaje. Tuvimos que reunir dinero para convertirlo en una clase decente. No sólo lo usamos como aula para los chicos sino también para reuniones con profesionales. Realmente era bueno trabajar en estas cosas. Estoy muy contento de ver que ahora usamos ya un edificio llamado Helmbridge Study Centre, y, aunque todavía tenemos que acabar de pagarlo…

–Señora Sanwo, ¿qué es lo que le ha impresionado más entre las enseñanzas del Fundador del Opus Dei?

–Una enseñanza del Padre que siempre me ha impresionado mucho es que el trabajo es un medio de santificación. Antes yo acostumbraba a ponerme nerviosa y empezaba a refunfuñar cuando trabajaba demasiado y me sentía cansada, pero ahora ofrezco mi trabajo a Dios y lo hago más contenta y más diligentemente tanto en casa como en la oficina.

–¿Ha afectado el espíritu del Opus Dei a su vida familiar?

–El espíritu de la Obra ha afectado grandemente a mi vida familiar. Antes yo me enojaba fácilmente con los niños, que siempre están causando problemas y gritando por toda la casa. Ahora tengo mucho mejor humor. Los comprendo más y no me enojo fácilmente. Como mi marido también es de la Obra, nuestro hogar es ahora más feliz y alegre de lo que acostumbraba.

–¿En qué manera piensa usted que el Opus Dei puede ayudar a la gente en Lagos y en Nigeria en general?



Nace un niño

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es el 9 de enero de 1902. Tal cronología suele augurar nieve y cierzo pirenaico sobre el Alto Aragón. Las tierras del Somontano fraguan su conspiración de hielo y fecundidad durante los largos meses de invierno. Los hombres del labrantío conocen bien esta inclemencia cuando otean el crecimiento de sus viñas, la añosa persistencia del olivo, la realidad inveterada, frente a todo evento, de sus cereales de secano. Saben que, en esta silenciosa expectación del campo, se oculta la promesa de los almendros que pueblan las laderas, de la hierba que está anidando bajo tierra, de las frutas que cubrirán el valle de riqueza cuando caliente el sol de abril.

Pero esta noche es cruda. Las gentes andan sin atención los pasos del camino acostumbrado. En la ciudad de Barbastro, las tiendas cierran al caer las ocho de la tarde. Se han cubierto los escaparates con postigos de madera oscura, y las casas han acogido apresuradamente la tertulia familiar junto al brasero de carbón, la cena caliente, bien aderezada, y la oración cotidiana, cerca del rescoldo, antes de irse a dormir. Las campanas que asoman por el hexágono puntiagudo y vigilante de la Catedral dieron ya las nueve de la noche.

El hogar de los Escrivá y Albás mantiene hoy una vigilia inusitada. Podemos dar marcha atrás en los datos de la Historia y así entrar de algún modo en la intimidad de esta noche para asistir al nacimiento del segundo de sus hijos. Ayudados por la luz blanca que esparcen las farolas de la calle Mayor subimos al primer piso. Las habitaciones más nobles de la vivienda tienen balcones al exterior, a la Plaza porticada de Barbastro. Todo en este hogar transpira señorío y orden. Está envuelto en un cuidado que merodea entre los objetos materiales. Imaginamos el aspecto de la casa. Sobre un mueble reposa la ponchera de cristal tallado con base y tapa de plata cincelada. En el saloncito, las butacas y el sofá, de línea semicircular, cómodos y acogedores. En la pieza contigua, la estantería, donde se alinean, entre otros, los seis tomos, encuadernados en piel, de una antigua y grabada edición de «El Quijote». La mesa camilla, testigo del calor familiar y de la reunión habitual tras el trabajo del día, mantiene hoy silencioso el entorno de sus amplios faldones de paño grueso y abrigador. En el tapete, un trozo cuadrado de batista bordado y a medio terminar. A su lado un alfiletero de plata, menudo, gastado por el uso. Es probable que la gozosa novedad del acontecimiento haya encontrado a la dueña de la casa en plena actividad, sin ocios ni preámbulos; en medio de un quehacer amable que sigue testimoniando su modo y presencia entre las cosas.

Sobre una mesa recia, cuya madera donó un duro árbol pirenaico, seguramente hizo guardia un velón dorado con sus quitaluces grabados y relucientes. En otro ángulo, abierta, la tapa de un arcón de cedro en el que se apilan sábanas, manteles y otras ropas que difunden olor a espliego y a membrillo al extenderse. En la vitrina, la filigrana de los abanicos de encaje, del caracol de nácar, de la tacica de porcelana.

Dos años más tarde estará también allí, en el pequeño velador, una fotografía reciente de los dueños de la casa. Su rostro y su talante no habrán cambiado mucho. En el cartón ocre de esta reproducción nos adelantamos a ver la imagen del matrimonio tomada de perfil, al gusto de la época. En primer término, doña Dolores Albás: tiene un porte sereno, con rasgos tranquilamente dibujados. Un gesto hidalgo emerge de los pliegues de su vestido de brocado, de la gola de orlanza plisada alrededor del cuello, del pelo suavemente recogido hacia la nuca. Hoy, 9 de enero de 1902, tiene veinticuatro años.

Detrás, la presencia jovial de don José Escrivá. Una sonrisa, que guarda complicidad entre los ojos y la boca, deja constancia de su alegría y se refugia, apenas, tras un bigote bien cuidado. Pelo muy corto, rostro joven -tiene sólo diez años sobre el tiempo de su esposa- y una elegancia ágil completan su fisonomía. Lleva un traje de paño de buen corte y ojal en la solapa, corbata blanca de lazo y cuello y pechera almidonados.

La casa es amplia en profundidad y, esta noche, el interés se centra en los alrededores de una habitación de buenas dimensiones en cuyo fondo se alojan dos alcobas. La separación entre esta sala y las alcobas -si se seguían los dictados del modo aragonés- se logra mediante paneles de vidrio artísticamente trabajados en los que juegan dibujos y colores. El balcón, por donde la estancia se asoma a la Plaza, está cubierto por amplios cortinones. Hace frío, y el vaho se quiere condensar en los cristales. A pesar del aislamiento confortable, llegan hasta el hogar las nueve campanadas que acaban de quebrar el silencio de Barbastro.

La cocinera -suponemos que se trataba ya de María, que desempeñará este oficio en el ámbito familiar de los Escrivá durante años- se mueve hoy entre rezos a San Ramón y un ajetreo de ropas y recipientes de agua hirviendo que pone a disposición de los médicos. Nos parece ver a don José que mide con pasos impacientes los metros del pasillo en la obligada espera. Y de pronto, sin incoar ningún minuto de zozobra, suena en la casa una nueva voz que llora sobre el mundo: es un varón, aragonés, que ha nacido sano y está afirmando ya, de modo rotundo, su entrada en el tiempo de los hombres.

TEMA 25. El matrimonio

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La íntima comunidad de vida y amor conyugal entre hombre y mujer es sagrada, y está estructurada según leyes establecidas por el Creador, que no dependen del arbitrio humano.

«La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (CIC, 1055 §1).

1. El designio divino sobre el matrimonio

«El mismo Dios es autor del matrimonio.  La íntima comunidad conyugal entre el hombre y la mujer es sagrada, y está estructura con leyes propias establecidas por el Creador que no dependen del arbitrio humano.

La institución del matrimonio no es una ingerencia indebida en las relaciones personales íntimas entre un hombre y una mujer, sino una exigencia interior del pacto de amor conyugal: es el único lugar que hace posible que el amor entre un hombre y una mujer sea conyugal, es decir un amor electivo que abarca el bien de toda la persona en cuanto sexualmente diferenciada. Este amor mutuo entre los esposos «se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (Gn 1, 31). Y este amor es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. Y los bendijo Dios y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 28)» (Catecismo, 1604).

El pecado original introdujo la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer, debilitando la conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio. La Ley antigua, conforme a la pedagogía divina, no crítica la poligamia de los patriarcas ni prohíbe el divorcio; pero «contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cfr. Os 1-3; Is 54.62, Jr 2-3.31; Ez 16, 62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cfr. Mal 2, 13-17)» (Catecismo, 1611).

«Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia” (Ef 5, 25)» (Compendio, 341).

«Entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento» (CIC, 1055 §2).

El sacramento del matrimonio aumenta la gracia santificante, y confiere la gracia sacramental específica, la cual ejerce una influencia singular sobre todas las realidades de la vida conyugal, especialmente sobre el amor de los esposos. La vocación universal a la santidad está especificada para los esposos «por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar». «Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar».

2. La celebración del matrimonio

El matrimonio nace del consentimiento personal e irrevocable de los esposos (cfr. Catecismo, 1626). «El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio» (CIC, 1057 §2).

«La Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la forma eclesiástica de la celebración del matrimonio» (Catecismo, 1631). Por eso, «solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas» por el Código de Derecho Canónico (CIC, 1108 §1).

Varias razones concurren para explicar esta determinación: el matrimonio sacramental es un acto litúrgico; introduce en un ordo eclesial, creando derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos. Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que exista certeza sobre él (de ahí la obligación de tener testigos); y el carácter público del consentimiento protege el “Sí” una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él (cfr. Catecismo, 1631).

3. Propiedades esenciales del matrimonio.

«Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento» (CIC, 1056). El marido y la mujer «por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)… Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad”.

«La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor. La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y exclusivo» (Catecismo, 1645).

«En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cfr. Mt 19, 8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6)» (Catecismo, 1614). En virtud del sacramento, por el que los esposos cristianos manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 32), la indisolubilidad adquiere un sentido nuevo y más profundo acrecentando la solidez original del vínculo conyugal, de modo que «el matrimonio rato [esto es, celebrado entre bautizados] y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte» (CIC, 1141).

«El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo» (Catecismo, 2384). «Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado en conformidad con la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido» (Catecismo, 2386).

«Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación» (Catecismo, 1649). Si tras la separación «el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral» (Catecismo, 2383).

Si tras el divorcio se contrae una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, «el cónyuge casado de nuevo se haya entonces en situación de adulterio público y permanente» (Catecismo, 2384). Los divorciados casados de nuevo, aunque sigan perteneciendo a la Iglesia, no pueden ser admitidos a la Eucaristía, porque su estado y condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor indisoluble entre Cristo y la Iglesia significada y actualizada en la Eucaristía. «La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

4. La paternidad responsable

«Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación. Los hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: “No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2, 18), y que hizo desde el principio al hombre, varón y mujer” (Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos” (Gn 1, 28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tiende a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más» (Catecismo, 1652)[11]. Por ello, entre «los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente».

El estereotipo de la familia presentada por la cultura dominante actual se opone a la familia numerosa, justificado por razones económicas, sociales, higiénicas, etc. Pero «el verdadero amor mutuo trasciende la comunidad de marido y mujer, y se extiende a sus frutos naturales: los hijos. El egoísmo, por el contrario, acaba rebajando ese amor a la simple satisfacción del instinto y destruye la relación que une a padres e hijos. Difícilmente habrá quien se sienta buen hijo —verdadero hijo— de sus padres, si puede pensar que ha venido al mundo contra la voluntad de ellos: que no ha nacido de un amor limpio, sino de una imprevisión o de un error de cálculo [...], veo con claridad que los ataques a las familias numerosas provienen de la falta de fe: son producto de un ambiente social incapaz de comprender la generosidad, que pretende encubrir el egoísmo y ciertas prácticas inconfesables con motivos aparentemente altruistas».

Aún con una disposición generosa hacia la paternidad, los esposos pueden encontrarse «impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por cierto tiempo, no puede aumentarse». «Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad».

Es intrínsecamente mala «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación».

Aunque se busque retrasar un nuevo concebimiento, el valor moral del acto conyugal realizado en el periodo infecundo de la mujer es diverso del efectuado con el recurso a un medio anticonceptivo. «El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad». Mediante el recurso a la anticoncepción se excluye el significado procreativo del acto conyugal; el uso del matrimonio en los periodos infecundos de la mujer respeta la inseparable conexión de los significados unitivos y procreativos de la sexualidad humana. En el primer caso se comete un acto positivo para impedir la procreación, eliminando del acto conyugal su potencialidad propia en orden a la procreación; en el segundo sólo se omite el uso del matrimonio en los periodos fecundos de la mujer, lo que de por sí no lesiona a ningún otro acto conyugal de su capacidad procreadora en el momento de su realización. Por tanto, la paternidad responsable, tal como la enseña la Iglesia, no comporta de ningún modo mentalidad anticonceptiva; al contrario, responde a determinada situación provocada por circunstancias concurrentes, que de suyo no se quieren, sino que se padecen, y que pueden contribuir, con la oración, a unir más a los cónyuges y a toda la familia.

5. El matrimonio y la familia

«Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación».

«El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana; la familia es por ello la célula primera y vital de la sociedad». Esta específica y exclusiva dimensión pública del matrimonio y de la familia reclama su defensa y promoción por parte de la autoridad civil. Las leyes que no reconocen las propiedades esenciales del matrimonio —el divorcio—, o la equiparan a otras formas de unión no matrimoniales —uniones de hecho o uniones entre personas del mismo sexo— son injustas: lesionan gravemente el fundamento de la propia sociedad que el Estado está obligado a proteger y fomentar.

En la Iglesia la familia es llamada Iglesia doméstica porque la específica comunión de sus miembros está llamada a ser «revelación y actuación específica de la comunión eclesial». «Los padres han de ser para con sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno, y con especial cuidado la vocación sagrada». «Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras. El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y escuela del más rico humanismo. Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida» (Catecismo, 1657).

Prólogo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Este amplio reportaje sobre el Opus Dei es una pequeña contribución a una deuda personal de gratitud hacia esta apasionante realidad cristiana de nuestros días. En 1958 contraje matrimonio mixto en Londres con una señorita británica de religión anglicana. Once años después, cuando teníamos ya cuatro hijos y me encontraba ausente de Madrid por motivos de trabajo, mi mujer abrazaba la fe católica, en pleno ejercicio de su libertad. El paso, desde luego, no fue cosa de un día, sino el desenlace de un difícil proceso que pude seguir muy de cerca: Dios se había servido del Opus Dei para llevar a término, con verdadero derroche de gracia humana y divina, este proceso hacia la plenitud de la fe cristiana, para mí tan entrañable.

No hace falta decir, por tanto, que estas páginas están escritas con conocimiento de la realidad del Opus Dei. Después de consultar la bibliografía existente sobre la Obra, he acudido a los testimonios directos. En estas páginas el lector encontrará declaraciones de gentes muy distintas –unas del Opus Dei, otras no sobre la Obra.

Ultimada la primera redacción de este reportaje, falleció en Roma de improviso Mons. Escrivá de Balaguer. La noticia provocó en todo el mundo infinidad de artículos y comentarios sobre la vida y la Obra del Fundador del Opus Dei, que ocuparían bastantes libros como éste. En la primera edición incluí testimonios de la prensa internacional. En esta segunda edición doy amplia noticia de los sucesos ocurridos en estos años: las declaraciones de la Santa Sede sobre el Opus Dei, la rápida extensión por todo el mundo de la devoción privada al Fundador de la Obra y el comienzo de su Proceso de Beatificación y Canonización.

Desde la primera edición de este libro ha tenido lugar otro acontecimiento de notable importancia: Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal el 28.XI.82. El Papa llevó así a la práctica la nueva figura jurídica contemplada por el Concilio Vaticano II, y desarrollada en documentos posteriores por Pablo VI. Con la Constitución Apostólica Ut sit, Juan Pablo II nombró también Prelado del Opus Dei a Mons. Alvaro del Portillo, quien trabajó siempre inseparablemente unido a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Quiero agradecer aquí la inestimable colaboración de los que han realizado las entrevistas, tomadas de la prensa muchas de ellas, así como la de todos los autores que cito en el texto, por el formidable y exacto material escrito que me brindaron.

¿Cómo explicar la fe católica?

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¿Qué es la Misa? ¿cómo explicar que hay un Dios? ¿por qué existe el mal? ¿por qué el matrimonio es indisoluble? ¿qué dice la Iglesia sobre la honestidad en el trabajo? ¿cuál es el significado del 6º mandamiento?

Varios profesores de Teología han preparado 40 artículos breves que tratan diferentes aspectos de la doctrina católica: los puede encontrar en la sección “Resúmenes de fe cristiana”.

Opus Dei - Conocer bien la fe es la primera condición para poder transmitirla.

Conocer bien la fe es la primera condición para poder transmitirla.

En conjunto, siguen el esquema propuesto por el Catecismo de la Iglesia Católica: la profesión de Fe (temas 1-16), los Sacramentos (temas 17-25), la vida moral cristiana: los mandamientos (temas 26-38), y la oración del creyente (temas 39 y 40).

Con un estilo accesible y riguroso, los autores explicitan de modo sintético las enseñanzas de la Iglesia católica, ofreciendo oportunas referencias a la Sagrada Escritura, los Padres y el Magisterio de la Iglesia.

Opus Dei - Los padres, responsables de explicar la fe a los hijos.

Los padres, responsables de explicar la fe a los hijos.

Además, están presentes las enseñanzas de san Josemaría, que ayudan a acercar las verdades expuestas a la vida cotidiana del lector.

Al final de cada texto se propone una bibliografía fundamental para quien desee profundizar en algún aspecto de cada tema.

Estos escritos invitan a mejorar el conocimiento del cristianismo, proponen una comprensión vital del mismo, y constituyen un material de fácil manejo que estimulan a dar razón de la propia fe.

Las 40 cuestiones tratadas son:
La profesión de Fe
1. La existencia de Dios
2. La Revelación
3. La Fe sobrenatural
4. La naturaleza de Dios y su obrar
5. La Santísima Trinidad
6. La Creación
7. La elevación sobrenatural y el pecado original
8. Jesucristo, Dios y Hombre verdadero
9. La Encarnación
10. La Pasión y Muerte en la Cruz
11. Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo
12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia Católica
13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados
14. Historia de la Iglesia
15. La Iglesia y el Estado
16. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna

Los Sacramentos
17. La Liturgia y los Sacramentos en general
18. El Bautismo y la Confirmación
19. La Eucaristía
20. La Eucaristía (2)
21. La Eucaristía (3)
22. La Penitencia
23. La Penitencia (2)
24. La Unción de los enfermos
24 (2). Orden sagrado
25. El matrimonio

La vida moral cristiana: los mandamientos
26. La libertad, la ley y la conciencia
27. La moralidad de los actos humanos
28. La gracia y las virtudes
29. La persona y la sociedad
30. El pecado personal
31. El Decálogo. El primer mandamiento
32. El segundo y el tercer mandamiento del Decálogo
33. El cuarto mandamiento del Decálogo
34. El quinto mandamiento del Decálogo
35. El sexto mandamiento del Decálogo
36. El séptimo mandamiento del decálogo
37. El octavo mandamiento del Decálogo
38. El noveno y el décimo mandamientos del Decálogo

La oración del creyente
39. La oración
40. Padre nuestro, que estás en el Cielo.

“Me ha ayudado a estar unida a mi marido”

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Joyce Waweru no es católica. Aun así lee los escritos de san Josemaría y asiste cada año a la Misa que se celebra en el día de su fiesta en Limuru (Kenia), donde vive. Aprendió a cocinar y coser en Kimlea, un centro para la educación de la mujer africana impulsado por el Opus Dei. Ofrecemos su testimonio recogido del folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

Joyce Waweru con su marido.

“Me llamo Joyce Waweru y trabajo en una tienda con mi marido. Tenemos cinco hijos. Algunos ya han salido del colegio y los otros todavía estudian. Trabajo duro para mantener a la familia.

En 1988 empecé a ir a Kimlea, un centro de formación profesional que nació gracias al impulso de san Josemaría. Me matriculé en un curso del Outreach Programme en el que aprendí a cocinar y a coser. Al acabar, monté mi propio negocio. Con las ganancias, hemos podido educar a nuestros hijos y atender a las necesidades de la familia.

Ahora ya no vivimos en la plantación de té. Nos trasladamos a una casa mejor en Limuru y la vida ha cambiado mucho para nosotros: tenemos tres tiendas.

En Kimlea he aprendido, además, cosas sobre la vida cristiana y sus valores. De las enseñanzas de Josemaría he asimilado el amor a la alegría, la importancia de trabajar bien y cosas sobre la salvación de mi alma. Todo esto me ha ayudado a ser más trabajadora y a estar unida a mi marido. Como resultado, pienso que en nuestro matrimonio iremos siempre hacia adelante, nunca hacia atrás”.

“Descubrí cómo trabajar con visión de servicio a los demás”

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Jesús San Miguel acaba de recibir el Premio Castilla y León de Investigación Científica y Técnica. Es Jefe del Servicio de Hematología del Hospital Clínico de de Salamanca y subdirector del Centro de Investigación del Cáncer

A sus 54 años este soriano es coordinador de la Red Nacional de Mieloma, después de haber creado la Red Europea de Mieloma (EUMM). Ha recibido, entre otros, el Premio Internacional Waldenström, Premio Nacional de Investigación, Premio Nacional de Oncología y Premio CEOE a la investigación Científica en Ciencias Biológicas. Con este nuevo galardón se reconoce la “extraordinaria calidad” de sus investigaciones en el campo de la Hematología y en concreto de los cánceres hemáticos, como la leucemia, lo que le ha llevado a realizar más de 400 publicaciones, la mayoría de difusión internacional, y participar en 45 proyectos de investigación.

¿Cómo conociste la Obra?

Se puede decir que “desde la otra esquina”. Vivía en Burgos y por diversos avatares me fui a estudiar medicina en la Universidad de Navarra. Allí residí en el Colegio Mayor Belagua, que lleva el Opus Dei. Iba bastante aleccionado, por parte de mi padre y de algunas otras personas, para que ni de lejos me acercase a la Obra. La verdad es que iba cargado con todo tipo de prejuicios en contra de la institución.

Colegio Mayor Belagua

¿Pero ahora eres miembro del Opus Dei?

Sí. Pedí la admisión en la Obra en el año 1974 cuando estudiaba cuarto de Medicina.

¿A qué se debió ese cambio?

Cuando empecé a conocer a personas de la Obra (algunos de ellos hoy grandes amigos míos). Me sorprendió el contraste abismal que había entre la idea que yo tenía, llena de prejuicios, y la realidad. La vida y actitud de esas personas me dio mucho que pensar.

Pero de ahí hasta pedir la admisión…

Fue un proceso lento de asombro y asimilación. La idea de santificar los estudios, el trabajo, me fascinaba. A su vez, me sorprendía y atraía el cariño que encontraba en el Colegio Mayor.

¿A qué te refieres?

Fundamentalmente al ambiente de familia que encontré. Por ejemplo, cogí una gripe muy fuerte que me tuvo más de una semana en cama. Me sentí en todo momento muy arropado, como si estuviera en mi propia casa. Hasta el capellán me llevaba la comida y me acompañaba durante un buen rato.

¿Y eso fue decisivo?

No, realmente sólo fue como una gota más entre otras muchas que terminaron por colmar el vaso, después de que poco a poco hubiera ido calando en mí la coherencia de vida de muchas personas. En el Colegio pude comprobar la pluralidad de ideas políticas y sociales de los miembros de la Obra; nada que ver con el conjunto de tópicos que llevaba en mi mochila cuando aparecí por allí.

Jesús San Miguel en la entrega de los Premios Castilla y León

Antes me hablabas de la santificación del trabajo…

Fue un factor decisivo. He de reconocer que era un poco empollón. Tenía una gran inquietud profesional. Las perspectivas que se me abrían para mi futura labor como médico me parecían apasionantes, soñaba con llegar muy lejos… Pues bien, descubrir que ese trabajo no era un obstáculo sino el mejor de los instrumentos para unirse a Dios y realizarlo con una visión de servicio a los demás suponía dar un giro radical a los motivos que hasta entonces me movían (me enseñaron que en lugar de trabajar por “algo”, lo haría por “alguien”….)

¿Influyeron más aspectos?

Otra cuestión que me pareció inaudita fue enterarme que el matrimonio era una más de las vocaciones cristianas. Me pareció sorprendente, nunca me lo había planteado así. A mí me atraía mucho la idea de compartir la vida con la mujer de la que me enamorara, de formar un hogar, de gozar con los hijos. La idea de que eso era algo querido por Dios me descubrió algo más que una nueva perspectiva. Trabajo y familia eran y son dos aspectos nucleares en mi vida. Tenemos 6 hijos. En los Congresos muchos colegas de todo el mundo me conocen como el “family man”

¿Tu mujer es también del Opus Dei?

Sí, lo que facilita muchas cosas, pero podía no haber sido así porque la vocación es personal. En el matrimonio lo más importante es compartir un proyecto común de vida, eso es fundamental a la hora de educar a los hijos.

A veces se dice que los hijos dan muchos problemas…

Sí, y también muchas alegrías. Lo importante es esforzarse cada día por buscar su bien, compaginando un alto grado de cariño con la transmisión de una educación humana y cristiana recia y coherente. Eso me ha llevado a implicarme, junto a otros padres, en un proyecto educativo en la ciudad, un Colegio que cuenta ya con unos 600 alumnos. Gracias a Dios yo estoy teniendo muchísima suerte con mis hijos. Dos de ellos son del Opus Dei y les veo muy felices. Todos los días pedimos para que todos ellos sean buenos hijos de Dios.

Los que son de la Obra, ¿no pueden estar un poco condicionados porque lo sois tú y tu mujer?

Les hemos educado en un clima de gran libertad y hemos procurado darles lo mejor de nosotros. Ellos son los que libremente, “porque les ha dado la gana”, han elegido ese camino y parecen felices. Nosotros, lejos de empujarles, les hablamos con claridad de la dureza del camino que emprendían y de que lo importante en cualquier camino no son las ilusiones iniciales sino la perseverancia para llegar a la meta.

Efectivamente, hoy los jóvenes no lo tienen fácil…

También les hemos dicho que nos tendrán siempre a su lado…Tal y como están las cosas ningún joven “puede andar por la buena senda” si no es con un elevado grado de libertad. Hoy en día la virtud no es fácil, aunque mi visión de la juventud es muy positiva. A los chicos basta con mostrarles con sinceridad el camino del bien, un camino que es más exigente pero, a la vez, más atractivo que cualquier otro. También te digo una cosa, el mayor fracaso de mi vida sería el no haber ayudado a un hijo a encontrarse con Dios.

Eres Jefe de un Servicio que goza de bastante prestigio en España y más en concreto del Mieloma a nivel internacional lo que supone muchos viajes y participación en múltiples congresos ¿cómo llegas a todo?

Lo del prestigio es un poco exagerado y, en todo caso, fruto del trabajo de las 100 personas que formamos el equipo. Cuesta un poco llegar a todo, pero con esfuerzo se llega.

¿Saben tus colegas y amigos que eres del Opus Dei?

Por supuesto. Lo saben todos, no sólo los de Salamanca, sino también los colegas de otros países con los que coincido en numerosos Congresos. Esto forma parte de mi concepto de amistad. No creo en las amistades superficiales, me gusta tocar fondo (por ejemplo, no podría, no sabría permanecer al margen de un problema familiar de un amigo)

¿Y les hablas del Opus Dei?

Siempre que puedo. Siento mi responsabilidad de cristiano al moverme en el mundo científico internacional. Aprovecho todas las ocasiones para explicar mi fe, mi vocación y los ideales que me mueven. Agradecen siempre mis explicaciones sobre puntos controvertidos de la doctrina de la Iglesia. Muchos amigos han vuelto a practicar la fe, y a bastantes les he puesto en contacto para que asistan a los medios de formación que la Obra imparte en sus distintos países.

¿Conociste a San Josemaría?

Tuve la suerte de asistir a una tertulia con él en el año 1972. Entonces no era de la Obra y me impresionó su fuerza espiritual y la claridad de los mensajes. Intento vivir su enseñanza de buscar la santidad en medio del mundo. Personalmente, probablemente por mi trabajo, hay una expresión suya que me produce una gran satisfacción. Decía con frecuencia que el Opus Dei es “una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad”. Esta imagen, para un hematólogo, tiene un significado muy familiar.

¿Hay que ser especial para ser del Opus Dei?

No se trata de pensar que las personas del Opus Dei somos mejores que los demás, nada de eso. Sólo somos (cada uno de nosotros) un poco mejores de lo que seríamos sin esta vocación (o al menos por ello luchamos), y con todos nuestros defectos intentamos contribuir a que la sociedad camine más cerca de Dios.

Abogado, esposa y madre

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Begoña descubrió el sentido de su vida tras un suceso doloroso que no entendía. La mano de Dios le abrió un nuevo panorama para ser feliz y ayudar a los demás a serlo desde su condición de abogado, esposa y madre.

Hace unos años, mi hermano de 28 años sufrió repentinamente una grave enfermedad. Estuvo en coma más de un mes. Durante aquel largo tiempo pensaba muchas veces que aquello no era justo, que Dios no podía quererlo. Me rebelaba.

Hasta entonces me preocupaba de los amigos, del trabajo, la familia… pero todo aquello no me llenaba, me faltaba algo. Me consideraba católica practicante pero a mi manera.

En el hospital empecé a rezar a la Virgen. No me acordaba de cómo se rezaba el Rosario, por lo que me limitaba a decir “primer misterio, rezaba un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria, segundo misterio…y lo mismo”. Un día me encontré, sin pretenderlo, en el interior de una iglesia, delante de un confesonario. Comencé a hablar con un sacerdote. Salí transformada. A partir de ese momento mi vida dio un giro de 180 grados.

Dios me buscó, me encontró y aquí estoy. Pasado un tiempo pedí la admisión como supernumeraria del Opus Dei. Aunque me daba miedo dar el paso, ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida.

Soy abogado, tengo un despacho profesional en Salamanca, donde me encuentro muy a gusto, estoy casada, tengo un hijo. Mi mundo es éste, aquí es donde vivo y me doy cuenta de que estoy aquí para algo: para querer mucho a mi marido, a mi hijo y para ayudar a los demás y hacer apostolado.

Me preguntaba una y otra vez. ¿Cómo puedo desde donde estoy ayudar a los demás? Y encontré la respuesta en la gente que iba a mi despacho. Ahí estaban Estrella y su marido, indigentes y con el virus del Sida. Vivían en la calle. Con la ayuda de un grupo de amigas les conseguimos una vivienda digna y una ayuda económica para vivir con dignidad. Recuerdo cómo Estrella rezaba “Jesusito de mi vida” todos los días y la alegría que sintió cuando fue a comulgar después de muchísimos años de una vida difícil y alejada de la fe.

“De que tú y yo nos portemos como Dios quiere dependen muchas cosas grandes” dice un punto de Camino. ¡Qué cierto es! Tenemos que hacer lo que debemos y estar en lo que hacemos. Ese es el farol que ha empezado a guiar mi trabajo, mi familia, todo mi actuar. Desde que lucho por poner a Dios en el centro de mi vida estoy muchísimo más tranquila, más contenta, hago muchas más cosas y me han entrado unas ganas locas de contárselo a todos. Así lo hago cuando tomo café con mis amigas, en la parada del autobús con otras madres o en mi trabajo.

Desde mi despacho intento que todo el que entre, salga reconfortado. Decía San Josemaría que los cristianos tenemos que ser una “inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad”. Como abogado no sólo defiendo a mis clientes e intento resolver sus pleitos, sino que además procuro escuchar, aconsejar, asesorar…y hablar de Dios. Con todo esto me santifico y además me lo paso bien.

Encima de mi mesa de trabajo, en un lugar discreto pero visible, tengo una imagen de la Virgen. Una vez, cuando una nueva cliente se iba, al acompañarla a la puerta me dijo: me voy tranquila porque usted tiene una buena guía, refiriéndose a la imagen de la Virgen, que le ayudará a que resuelva bien mi asunto. Aproveché la ocasión para hablarle de más temas.

Otro día llegó un matrimonio que quería separarse. Según ellos, tenían unos problemas grandísimos, no se aguantaban, y se guardaban un rencor mutuo enorme. Empezamos a negociar el convenio regulador de la separación: guarda y custodia de los hijos, pensión de alimentos, etc. Después de charlar durante varios días muchísimo tiempo, se dieron cuenta de que valía la pena intentarlo de nuevo. El marido me preguntaba: “pero, ¿usted no quiere ganar dinero?”. Ese matrimonio se dio una segunda oportunidad. Ha pasado un tiempo y siguen juntos.

A mis clientes les hablo de la Confesión, de la Misa, del matrimonio, etc., sin ningún tipo de reparo ni de respeto humano, con naturalidad, igual que hablo del tiempo, de la política o de la moda. Así surge la amistad. Hace unos meses llegó una pareja para que les solucionara un tema de herencia. Hablamos de ello, de la vida en general y me contaron que llevaban 20 años juntos, tenían dos hijos ya mayores, pero no se habían casado. Ayer vinieron a invitarme a su boda. Todo esto reconforta y hace que cada día dé gracias a Dios por ser su instrumento con toda la gente con la que trato.

Otra actividad que realizo es la coordinación de un programa de radio sobre temas jurídicos. La finalidad del programa es transmitir información con veracidad, resolver los problemas jurídicos que plantean los radioyentes y transmitir la realidad de que el abogado ve a su cliente como un ser humano que necesita ayuda y no simplemente como una fuente de ingresos. Hablamos de todo: eutanasia, matrimonio, comunidades de vecinos, arrendamientos… Hace unos días el programa fue sobre el aborto. Una radioyente localizó mi despacho y me llevó un montón de tomates de su huerta, como agradecimiento por la manera en la que había tratado el tema. ¡Qué ricos estaban!

Mi nueva forma de ver la vida ha repercutido en mi familia. Estamos aprendiendo que el trabajo, el estudio, el esfuerzo, es el medio que Dios nos ha puesto para adquirir las virtudes humanas necesarias para ir ganando esa parcelita del Cielo a la que nos retiraremos cuando muramos. Vamos entendiendo que cuando Dios hace las cosas es por algo.


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