Palabras de Benedicto XVI a los participantes del UNIV 2008

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Queridos amigos:

Os doy una cordial bienvenida a todos los que habéis venido a Roma de diferentes países y universidades para celebrar juntos la Semana santa y para participar en el congreso internacional UNIV. De este modo, podréis realizar momentos de oración común, un enriquecimiento cultural y un intercambio fecundo de las experiencias hechas por vuestra asociación con centros y actividades de formación cristiana patrocinados por el Opus Dei en vuestras respectivas ciudades y naciones.

Vosotros sabéis que con un serio compromiso personal, inspirado en los valores evangélicos, es posible responder adecuadamente a los grandes interrogantes del tiempo presente. El cristiano sabe que hay un nexo inseparable entre verdad, ética y responsabilidad. Toda expresión cultural auténtica contribuye a formar la conciencia y estimula a la persona a superarse a sí misma a fin de que pueda mejorar la sociedad. Uno se siente así responsable ante la verdad, al servicio de la cual ha de ponerse la propia libertad personal. Se trata ciertamente de una misión comprometida y para realizarla el cristiano está llamado a seguir a Jesús, cultivando una intensa amistad con él a través de la oración y de la contemplación. Ser amigos de Cristo y dar testimonio de él allí donde nos encontremos exige, además, el esfuerzo de ir contracorriente, recordando las palabras del Señor: estáis en el mundo pero no sois del mundo (cf. Jn 15, 19). Por tanto, no tengáis miedo, cuando sea necesario, de ser inconformistas en la universidad, en el colegio y en todas partes.

Queridos jóvenes del UNIV, sed levadura de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús, a veces sin darse cuenta. Para mejorarlo, esforzaos ante todo por cambiar vosotros mismos con una vida sacramental intensa, especialmente acercándoos al sacramento de la Penitencia y participando asiduamente en la celebración de la Eucaristía. Os encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestras familias a María, que nunca dejó de contemplar el rostro de su Hijo Jesús. Invoco sobre cada uno de vosotros la protección de san Josemaría y de todos los santos de vuestras tierras, mientras de corazón os deseo una feliz Pascua.

Tres amores: Cristo, María, el Papa

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo. Madrid, 29‑V‑33. Don Ricardo Fernández Vallespín con­serva un ejemplar de la Historia de la Sagrada Pasión del P. Luis de la Palma, con esta dedicatoria del Fundador del Opus Dei.

Desde su juventud, y hasta su muerte, podría decirse que Mons. Escrivá de Balaguer no hizo otra cosa que poner almas delante de Cristo, de ese Cristo que es herí et hodie, ipse et in saecula, “el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb. 13,8). Cristo, que es la única Víctima, el único Modelo. Cristo, que no es un personaje histórico, sino que vive, y espera a cada uno de los cristianos desde hace veinte siglos.

Probablemente un teólogo que analice con calma sus escritos se verá obligado a reconocer que su doctrina, ante todo, es ne­tamente cristológica. Pero, sin entrar en profundidades teológicas ‑otros lo harán‑ es claro que su sentido cristocéntrico va inse­parablemente unido a su devoción mariana y a su afecto incon­dicionado hacia el Papa, el Vicecristo, el dulce Cristo en la tierra, como gustaba repetir con Santa Catalina de Siena.

Bastaba un rato de conversación ‑por breve que fuera­para darse cuenta enseguida de que todo en su vida giraba alre­dedor de Cristo, de María y del Papa. Lo comprobó don Alfonso

Casas, chantre de la catedral de Túy, a quien el obispo de aquella diócesis presentó al Fundador del Opus Dei en 1945: “No sé si fue entonces (o posteriormente, a través de sus escritos) cuando pude apreciar su profundísima devoción a la Santísima Virgen, a San José, y su incesante e intenso amor al Papa”.

“Tres grandes fuerzas ‑ha bosquejado en el diario ABC don Marcelo González, Cardenal Primado de España‑ animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la Esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particularmente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la Humanidad de Cristo, niño, hombre, muerto y resucitado (sentido de encarna­ción de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen María, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a sí motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María)”.

Efectivamente, su devoción a Santa María era inseparable de San José. Lo llevaba hasta el extremo, si se quiere anecdótico, pero altamente significativo, de unir en una sola palabra su nom­bre de pila, Josemaría. Como relataba el canónigo don Mariano A. Taberna en el Diario de Ávila (28 de junio de 1975), a raíz de su muerte: “Escribo el nombre completo, porque no toleraba nunca que se le llamara sólo don José. Por favor, no me quite a la Virgen, decía inmediatamente”.

Otro sacerdote, don Ramón Cermeño, repasa unos ejercicios espirituales en el Seminario de Ávila, poco después de terminada la guerra de España: insistía en la importancia de fomentar durante el día la presencia de Dios, llamaba a la Virgen “la Señora” y “Santa María”, y recomendaba invocarla antes de comenzar el estudio con la jaculatoria Sancta María, Mater Dei et Sedes sapientiae, ora pro me, “costumbre que en cuanto a mi se refiere llegó a ser connatural”. Y concluye: “Inculcó también tener gran devoción al `Señor San José’, cosa que se notaba él vivía”.

El Fundador del Opus Dei vivía lo que decía, hablaba de lo que vivía. A propósito de aspectos diversos de la vida cristiana, todos los que le conocieron lo anotan. No hay excepción tam­poco, cuando se trata de San José y de Santa María. Afirma el P. Sancho, O.P.: “Era muy devoto de la Virgen, mucho, mucho. Conservo su libro sobre el Santo Rosario, que es todo él una prueba viva de su devoción mariana; si no la hubiera tenido, no hubiera escrito ese libro lleno de una gran ternura con nuestra Madre”.

Diversas manifestaciones de cariño a la Virgen, llenas de delicadeza hacia la que es Madre de Dios y Madre nuestra ‑así le gustaba reiterar‑, se han incorporado a la vida diaria de los socios del Opus Dei, por él recogidas del tesoro de las recias y seculares tradiciones cristianas: el Santo Rosario, el Ángelus, el Acordaos, las tres Avemarías de la noche, el escapulario del Carmen, las imágenes de Santa María que presiden tantos luga­res de trabajo y de oración.

Y junto a la devoción a Santa María ‑inseparable‑, recurrió siempre a San José, a quien muy pronto invocó como Padre y Señor. A él se encomendó siempre, como maestro de vida interior. Sobre San José ha dejado páginas espléndidas que glosan su vida de trabajo, su docilidad a los planes divinos, su humilde sentido de responsabilidad, su amor y delicadeza hacia María y Jesús. Del Santo Patriarca tenían que aprender los socios de la Obra a tratar ‑a contemplar‑ a Jesucristo y a la Virgen.

En los últimos años de su vida, la presencia de la trinidad de la tierra ‑Jesús, María y José‑ que desde que era sacerdote joven fue connatural al Fundador del Opus Dei, se hace de día en día más intensa, más entrañable. Y en esos años finales de su caminar terreno, proclama con ímpetu su amor a San José, al que reserva un trato especial que lo penetra todo. Cabe destacar dos ideas, que el Fundador del Opus Dei invocará con ocasión y sin ella y que, sin duda, están en el centro de su última predicación sobre el Santo Patriarca. Tienen enjundia teológica y, sobre todo, un inextinguible despliegue de consecuencias prácticas. Bien grabadas quedaron a un socio del Opus Dei brasileño, en mayo de 1974, que iba con el Padre en el avión que le llevaba de Río de Janeiro a Sáo Paulo. Durante aquel viaje, comenzó a hablar de San José y de su propósito, para aquel mes de mayo, de meter a San José en todo. Esas dos ideas, que enmarcaban todo un programa de vida contemplativa, y que esbozó brevemente durante el vuelo, eran:

‑Después de Santa María, es la criatura más perfecta que ha salido de las manos de Dios; yo estoy seguro.

‑Pensad que podría aplicarse a San José lo que dicen los teólogos de Santa María: que Dios Nuestro Señor podía llenarla con su gracia, y si pudo, lo hizo…

Con San José, su Esposa está presente en los momentos deci­sivos de la vida de Mons. Escrivá de Balaguer y de la historia del Opus Dei. Antes de su fundación, en la súplica confiada a la Virgen del Pilar. El 2 de octubre de 1928, en las campanas de la iglesia madrileña de Nuestra Señora de los Ángeles, que festeja­ban a su Patrona, y oyó mientras hacía oración. En la primera aprobación que el Opus Dei recibió de la Santa Sede, el 11 de octubre de 1943, día de la Maternidad de la Virgen. El 2 de fe­brero de 1947, Fiesta de la Purificación de Nuestra Señora, cuando Pío XII promulgó la Constitución Apostólica Provida Mater Ecc1esia, mediante cuya aplicación el Opus Dei obtendría la aprobación solemne de la Iglesia. El 15 de agosto de 1951, cuando en la Santa Casa de Loreto ‑en momentos muy difíci­les‑ hizo la Consagración de la Obra al Corazón Dulcísimo de María. Hasta la hora del Ángelus del 26 de junio de 1975, en que sintió el delicado beso de Santa María, camino de la presencia eterna ante su Hijo.

El recurso filial a Nuestra Señora fue constante: acudía a Ella para lo grande, y para lo aparentemente más pequeño. Y tenía afecto a todas las advocaciones de la Virgen.

Lorenzo Martín Nieto, arquitecto de Sevilla, coincidió con Mons. Escrivá de Balaguer, por los años cuarenta, un día de Jueves Santo. El Fundador del Opus Dei había llegado a Sevilla el día anterior. Se veía la necesidad de encontrar un sitio donde pudieran vivir algunos socios de la Obra, y desde allí desarrollar la labor en aquella ciudad:

Rezad para que pronto tengamos una casa, pues aquí estamos de prestado ‑les confió‑. Se lo he pedido a vuestra Patrona, la Virgen de los Reyes, y le he dicho que, si nos prepara pronto una residencia de estudiantes en esta tierra, su imagen presidirá el oratorio que allí se instale.

El 15 de noviembre de 1972 consagró el altar del oratorio del Colegio Mayor Guadaira, instalado pocos años antes en un edificio de nueva planta. El oratorio está presidido por una imagen de la Virgen de los Reyes, en una talla distinta, mejor acabada, que la que estuvo en la primera sede de Guadaira, desde los años cuarenta.

Aquel día, después de consagrar el altar, se quedó un buen rato con los residentes, en el salón de actos. Y resaltando cómo Cristo perdonaba desde la Cruz, vino a su mente la primera vez que había estado en Sevilla, durante una Semana Santa. Se puso a hacer oración delante de un paso, de una imagen de la Virgen:

Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan pre­ciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo:

‑Padre cura, ésta no vale na; la nuestra es la que vale!

De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé:

‑Tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aun­que me gustan todos, también digo: éste, éste es el bueno.

;Qué amor tenéis a la Virgen aquí, hijos míos! Que Ella os bendiga y os guarde.

Que os haga limpios, que os haga rectos,

que os haga alegres ‑lo sois‑, que os haga felices en la tierra; aunque tengáis algún pecadillo que otro… Jesucristo os perdona­rá, porque cuando volvéis a Ella, volvéis a su Hijo.

Además, somos tan débiles todos… Ya rezaréis para que también yo vuelva siempre a mi Madre, con el amor que le tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, para aprender a amar a la Virgen. No vengo a enseñar: vengo siempre a aprender. Y quiero a la Virgen en todas vuestras imágenes, que son tan ma­ravillosas. Precisamente me decían ayer:

‑¿No irá usted a ver…, tal imagen de la Virgen?

Y yo les contesté:

‑Mira, a mí me gustan todas las imágenes de Nuestra Se‑

ñora. Tendría que ir a verlas todas, y eso no es posible; así que no podré ver esa imagen que me dices.

En un rincón de Aragón estamos levantando un gran santua­rio a la Virgen. Amo tanto a Nuestra Señora, que no haré ninguna propaganda de la Virgen de Torreciudad, ninguna (…). Porque amo todos los retratos de mi Madre, todas las imágenes de la Virgen:

En los primeros años de su vida, ermitas y santuarios de toda España habían conocido los piropos ‑el Santo Rosario‑ del Fundador del Opus Dei. Luego serían del mundo entero: Lourdes, Fátima, Loreto, Einsiedeln, Guadalupe (México), Nues­tra Señora Aparecida (Brasil), Luján (Argentina), Lo Vázquez (Chile). O cualquier imagen de Santa María escondida en los rin­cones de una calle madrileña o romana, o en iglesias ‑católicas o no‑ de media Europa.

Pedro Casciaro, que había conocido a don Josemaría en los comienzos de 1935, quiso tenerlo como director espiritual. Bajo su guía fue aprendiendo a hacer oración, a estar en la presencia de Dios en todo momento, también por la calle. Para ayudarle de modo práctico, le preguntó un día cuál era el camino habitual desde su casa ‑en la calle de Castelló‑ hasta la Escuela de Ar­quitectura ‑tenía él clases en el edificio de Areneros que el gobierno había incautado a la Compañía de Jesús‑ o la Facultad de Ciencias, aún en San Bernardo. Y entonces le fue enumerando las imágenes de la Virgen que podía encontrar en su camino:

En la calle de Goya ‑más o menos fueron éstas sus pala­bras‑ hay una pastelería apenas volver la esquina de Castelló, que tiene una hornacina con la Purísima Concepción; al llegar a la estatua de Colón, en el cruce con el paseo de la Castellana, tienes en uno de los relieves del pedestal de la estatua una escena de los Reyes Católicos donde hay una imagen de la Virgen del Pilar; subiendo por los Bulevares…

Pedro Casciaro quedó sorprendido al comprobar su poca capacidad de observación, él ‑estudiante de Arquitectura‑ que tanto solía fijarse en los detalles ornamentales. En realidad ‑apostilla‑, “sólo un alma enamorada de la Virgen habría podido detectarlas. Desde entonces mis horas de trabajo fueron adquiriendo un nuevo sentido de santificación, y mis andanzas por las calles de Madrid, nuevas perspectivas contemplativas”.

Y, por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra.

Encarnación Ortega ilustra con muchos detalles su llegada a Roma el 27 de diciembre de 1946, con otras tres asociadas de la Obra, las primeras que iban a quedarse en Italia. En el recorrido del aeropuerto romano al pequeño piso, instalado en Piazza Cittá Leonina, quiso el Fundador que pasaran por el Colosseo y que allí rezaran, despacio, un Credo, pidiendo a los mártires ‑que en aquel lugar dieron su vida‑ fe y fortaleza para ser buenos instrumentos en servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice. A la mañana siguiente, ante el sepulcro del primer Papa, reno­varon su petición con amor filial, y rezaron intensamente por el Romano Pontífice que en aquel momento ocupaba la sede de Pedro.

No fue una excepción. Más bien al contrario: el Fundador del Opus Dei siempre enseñó a las almas a querer y a orar por el Santo Padre, viendo en él al representante ‑al Vicecristo‑ de Dios en la tierra. Por eso quería que toda persona del Opus Dei que llegase á Roma fuese inmediatamente a la Basílica de San Pedro para renovar su fe y rendir homenaje al Pontífice reinante.

Su amor, su veneración por el Papa ‑quienquiera que fuese­era patente. No hacía falta, ni mucho menos, ser socio del Opus Dei para advertirlo. El 27 de agosto de 1972 ‑y es un ejemplo entre muchos‑ el Cardenal Frings predicaba en Colonia con motivo de la primera Misa solemne de un nuevo sacerdote del Opus Dei: “Para ser sacerdote en la Iglesia Católica hay que estar firmemente convencido ‑convencido, diría yo, con una divina certeza‑ de que la Iglesia es dirigida en su cúspide por Pedro y por su sucesor, el Papa. Mons. Escrivá lo ha captado desde hace tiempo. Y él ha ido por delante de los suyos en su fiel lealtad al Papa, y ha permanecido siempre en fidelidad incon­movible al Papa”.

El Consiliario del Opus Dei en España, don Florencio Sánchez Bella, pronunció la homilía en el funeral por el alma de Mons. Escrivá de Balaguer que se celebró en los primeros días de julio de 1975 en la madrileña Basílica de San Miguel. En un momento dado, contempló su amor apasionado por la Iglesia:

“Sus últimas palabras ‑lo habéis leído en la prensa‑ fueron de amor a la Iglesia y al Papa.

“Permitidme una expansión de amigo. Quiero contaros una anécdota bien reciente, del sábado pasado. Estábamos haciendo oración por la mañana, temprano, en el oratorio del Consejo Ge­neral del Opus Dei en Roma. Hacía poemas horas que habíamos dado sepultura al cuerpo de Monseñor Escrivá de Balaguer. Am­biente de paz, de serenidad, mientras el sacerdote, sentado en una pequeña mesa, leía un libro de meditaciones compuesto hace bastantes años. Hasta que llegó a una cita del Padre, allí recogida. Os la leeré: Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuentas a Dios, vosotros diréis (…) cómo el Padre amaba al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas.

“Brotaron aquí sollozos que subrayaban cómo iba ya prepa­rándonos nuestro Padre en caminos de fe, de esperanza y de amor, unidos inseparablemente a la Iglesia y al Papa’”.

Este espíritu del Fundador del Opus Dei se compendiaba en un adjetivo: “romano”. El cardenal Poletti, Vicario de la diócesis de Roma, escribía a don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general del Opus Dei, el día 27 de junio de 1975:

“La Diócesis de Roma debe mucho a tantos Fundadores de Institutos Religiosos, Asociaciones, y actividades apostólicas que se han desarrollado en la Urbe. Mons. Escrivá de Balaguer, per­sonalidad se suma a esta admirable serie de hombres de Dios.

“El ‑que vivía en Roma desde 1946‑ se preciaba de ser “muy romano” y ha inculcado a sus hijos e hijas, repartidas por el mundo, este amor suyo a Roma, la diócesis del Papa. (…) Como Vicario General del Santo Padre, al recordar la figura del Fun­dador del Opus Dei, deseo expresar mi agradecimiento por el celo suyo y el de sus hijos, que ha sido un fermento de vida apostólica en los más variados ambientes de la vida romana”.

El texto íntegro de esta carta apareció en el número de la Rívista Diocesana di Roma correspondiente a julio‑agosto de 1975. En ese mismo número Francesco Angelicchio publicaba un artículo con el expresivo título Un sacerdote español “muy romano”. En él se preguntaba: “¿Por qué quiso Mons. Escrivá de Balaguer ser “muy romano”? ¿Cuál ha sido la razón para que quisiera con todas sus fuerzas, como repetía a sus hijos, “romanizar” la obra que ha fundado? Sin duda, para tener él mismo y para dar a la nueva fundación idéntico aire con el que Cristo quiso dar a su Iglesia y a su Vicario estableciéndolo en Roma. Para el fundador del Opus Dei, romanidad es sinónimo a la vez de unidad y de universalidad, es manifestación de amor y obediencia al Papa, obispo de Roma, es expresión de docilidad y de servicio a la sede apostólica, es deseo de impregnarse en el espíritu de la primitiva cristiandad y de la Iglesia de los mártires que en Roma aportaron la mayor contribución a la salvación y al incremento de la fidelidad a la Esposa de Cristo y al Primado de Pedro”.

El Fundador del Opus Dei quería grabar en los socios de la Obra ‑en todos los fieles‑ el amor hacia el Vicario de Cristo que rebosaba dentro de su corazón de cristiano. Una vez más, decía y enseñaba lo que vivía. Su primer viaje a Rama fue en 1946. Tras una difícil travesía por mar de Barcelona a Génova ‑donde Mons. Escrivá de Balaguer celebró su primera Misa en tierra italiana, en una iglesia medio destruida por los bombar­deos de la guerra‑, hizo el camino de Génova a Roma en coche, junto con don Álvaro del Portillo y don Salvador Canals, que habían ido a recibirles a Génova. También viajaba don José Orlandis, que narra así la llegada a la Ciudad Eterna:

“Había todavía luz en el cielo, en el crepúsculo de uno de los días más largos del año, cuando por la Vía Aurelia llegamos a las cercanías de la Urbe. En cierto momento, y tras una revuelta del camino, apareció ante nuestros ojos la cúpula de San Pedro. El Padre se emocionó visiblemente y rezó en voz alta un Credo. Pocos minutos después, nos deteníamos en Piazza delta Cittá Leonina, donde estaba el piso recién alquilado, que fue el primer domicilio de Monseñor Escrivá de Balaguer en Roma. Una terra­za de esta casa se abría sobre la Plaza de San Pedro, y a la derecha se alzaba la mole del Palacio Vaticano, con la ventana ilumi­nada donde trabajaba el Romano Pontífice. Nuestro Padre estaba lógicamente fatigado tras aquel largo y duro viaje. Mas, a pesar de nuestros ruegos, no quiso retirarse a descansar y pasó la noche entera en oración en esa terraza, teniendo enfrente la casa del Vicario de Cristo en la tierra.

“Quiero, todavía, dejar constancia de un detalle que, sin duda, constituyó para nuestro Fundador una heroica y silenciosa mortificación. La gran ilusión de toda su vida había sido hacer su `romería’ y videre Petrum. Se dio la circunstancia de que la pri­mera residencia a donde fue a vivir a su llegada a Roma se hallaba a un paso de la Plaza de San Pedro. Pero nuestro Padre debió de resolver entonces ofrecer a Dios lo que para él repre­sentaba el más costoso sacrificio. Y dejó pasar un día, y otro, y otro, hasta seis, sin cruzar la Plaza y postrarse ante la tumba de San Pedro. Por fin ‑nosotros veníamos observando estas cosas con silencioso respeto‑ el día 29, Fiesta del Apóstol, dijo:

Vamos a San Pedro¡ cruzamos la Plaza, el Fundador pasó largo rato orando de rodillas ante el Altar de la Confesión. Luego, regresamos al piso de Cittá Leonina”.

Algo semejante relata Francesco Angelicchio, en el artículo citado poco más arriba: “Le gustaba mucho ‑en algunas épocas durante muchos días seguidos‑ acercarse hasta la Plaza de San Pedro para rezar el Credo y la oración `pro Pontifice’. Al llegar a las palabras `creo en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica’, hacía una pequeña variación, que rezaba con gran intensidad: creo en mi Madre la Iglesia Romana, repitiendo tres veces este acto de fe. A continuación, proseguía: `una, santa, católica, apostólica’. Veíamos cómo las meditaba y procuraba grabarlas a fuego en la cabeza y en el corazón incluso de las personas que le acompañaban”.

Mons. Escrivá de Balaguer rezó e hizo rezar, todos los días, en todos los Centros de la Obra, y a todos los socios, por la persona y las intenciones del Papa. Lo subrayó el Consiliario del Opus Dei en Italia, Mario Lantini, en los funerales celebrados el 28 de junio de 1975 en la Basílica romana de San Eugenio:

“Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica? Mons. Escrivá de Balaguer, el Padre, había escrito estas palabras en 1934, cuando tenía treinta y dos años y el Opus Dei no contaba más que seis. Estas tres palabras componen un programa que ha guiado su vida entera, la de todos los socios del Opus Dei y la de cientos de miles de personas de todo el mundo”.

4. Tres amores: Cristo, María, el Papa

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo. Madrid, 29‑V‑33. Don Ricardo Fernández Vallespín con­serva un ejemplar de la Historia de la Sagrada Pasión del P. Luis de la Palma, con esta dedicatoria del Fundador del Opus Dei.

Desde su juventud, y hasta su muerte, podría decirse que Mons. Escrivá de Balaguer no hizo otra cosa que poner almas delante de Cristo, de ese Cristo que es herí et hodie, ipse et in saecula, “el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb. 13,8). Cristo, que es la única Víctima, el único Modelo. Cristo, que no es un personaje histórico, sino que vive, y espera a cada uno de los cristianos desde hace veinte siglos.

Probablemente un teólogo que analice con calma sus escritos se verá obligado a reconocer que su doctrina, ante todo, es ne­tamente cristológica. Pero, sin entrar en profundidades teológicas ‑otros lo harán‑ es claro que su sentido cristocéntrico va inse­parablemente unido a su devoción mariana y a su afecto incon­dicionado hacia el Papa, el Vicecristo, el dulce Cristo en la tierra, como gustaba repetir con Santa Catalina de Siena.

Bastaba un rato de conversación ‑por breve que fuera­para darse cuenta enseguida de que todo en su vida giraba alre­dedor de Cristo, de María y del Papa. Lo comprobó don Alfonso

Casas, chantre de la catedral de Túy, a quien el obispo de aquella diócesis presentó al Fundador del Opus Dei en 1945: “No sé si fue entonces (o posteriormente, a través de sus escritos) cuando pude apreciar su profundísima devoción a la Santísima Virgen, a San José, y su incesante e intenso amor al Papa”.

“Tres grandes fuerzas ‑ha bosquejado en el diario ABC don Marcelo González, Cardenal Primado de España‑ animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la Esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particularmente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la Humanidad de Cristo, niño, hombre, muerto y resucitado (sentido de encarna­ción de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen María, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a sí motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María)”.

Efectivamente, su devoción a Santa María era inseparable de San José. Lo llevaba hasta el extremo, si se quiere anecdótico, pero altamente significativo, de unir en una sola palabra su nom­bre de pila, Josemaría. Como relataba el canónigo don Mariano A. Taberna en el Diario de Ávila (28 de junio de 1975), a raíz de su muerte: “Escribo el nombre completo, porque no toleraba nunca que se le llamara sólo don José. Por favor, no me quite a la Virgen, decía inmediatamente”.

Otro sacerdote, don Ramón Cermeño, repasa unos ejercicios espirituales en el Seminario de Ávila, poco después de terminada la guerra de España: insistía en la importancia de fomentar durante el día la presencia de Dios, llamaba a la Virgen “la Señora” y “Santa María”, y recomendaba invocarla antes de comenzar el estudio con la jaculatoria Sancta María, Mater Dei et Sedes sapientiae, ora pro me, “costumbre que en cuanto a mi se refiere llegó a ser connatural”. Y concluye: “Inculcó también tener gran devoción al `Señor San José’, cosa que se notaba él vivía”.

El Fundador del Opus Dei vivía lo que decía, hablaba de lo que vivía. A propósito de aspectos diversos de la vida cristiana, todos los que le conocieron lo anotan. No hay excepción tam­poco, cuando se trata de San José y de Santa María. Afirma el P. Sancho, O.P.: “Era muy devoto de la Virgen, mucho, mucho. Conservo su libro sobre el Santo Rosario, que es todo él una prueba viva de su devoción mariana; si no la hubiera tenido, no hubiera escrito ese libro lleno de una gran ternura con nuestra Madre”.

Diversas manifestaciones de cariño a la Virgen, llenas de delicadeza hacia la que es Madre de Dios y Madre nuestra ‑así le gustaba reiterar‑, se han incorporado a la vida diaria de los socios del Opus Dei, por él recogidas del tesoro de las recias y seculares tradiciones cristianas: el Santo Rosario, el Ángelus, el Acordaos, las tres Avemarías de la noche, el escapulario del Carmen, las imágenes de Santa María que presiden tantos luga­res de trabajo y de oración.

Y junto a la devoción a Santa María ‑inseparable‑, recurrió siempre a San José, a quien muy pronto invocó como Padre y Señor. A él se encomendó siempre, como maestro de vida interior. Sobre San José ha dejado páginas espléndidas que glosan su vida de trabajo, su docilidad a los planes divinos, su humilde sentido de responsabilidad, su amor y delicadeza hacia María y Jesús. Del Santo Patriarca tenían que aprender los socios de la Obra a tratar ‑a contemplar‑ a Jesucristo y a la Virgen.

En los últimos años de su vida, la presencia de la trinidad de la tierra ‑Jesús, María y José‑ que desde que era sacerdote joven fue connatural al Fundador del Opus Dei, se hace de día en día más intensa, más entrañable. Y en esos años finales de su caminar terreno, proclama con ímpetu su amor a San José, al que reserva un trato especial que lo penetra todo. Cabe destacar dos ideas, que el Fundador del Opus Dei invocará con ocasión y sin ella y que, sin duda, están en el centro de su última predicación sobre el Santo Patriarca. Tienen enjundia teológica y, sobre todo, un inextinguible despliegue de consecuencias prácticas. Bien grabadas quedaron a un socio del Opus Dei brasileño, en mayo de 1974, que iba con el Padre en el avión que le llevaba de Río de Janeiro a Sáo Paulo. Durante aquel viaje, comenzó a hablar de San José y de su propósito, para aquel mes de mayo, de meter a San José en todo. Esas dos ideas, que enmarcaban todo un programa de vida contemplativa, y que esbozó brevemente durante el vuelo, eran:

‑Después de Santa María, es la criatura más perfecta que ha salido de las manos de Dios; yo estoy seguro.

‑Pensad que podría aplicarse a San José lo que dicen los teólogos de Santa María: que Dios Nuestro Señor podía llenarla con su gracia, y si pudo, lo hizo…

Con San José, su Esposa está presente en los momentos deci­sivos de la vida de Mons. Escrivá de Balaguer y de la historia del Opus Dei. Antes de su fundación, en la súplica confiada a la Virgen del Pilar. El 2 de octubre de 1928, en las campanas de la iglesia madrileña de Nuestra Señora de los Ángeles, que festeja­ban a su Patrona, y oyó mientras hacía oración. En la primera aprobación que el Opus Dei recibió de la Santa Sede, el 11 de octubre de 1943, día de la Maternidad de la Virgen. El 2 de fe­brero de 1947, Fiesta de la Purificación de Nuestra Señora, cuando Pío XII promulgó la Constitución Apostólica Provida Mater Ecc1esia, mediante cuya aplicación el Opus Dei obtendría la aprobación solemne de la Iglesia. El 15 de agosto de 1951, cuando en la Santa Casa de Loreto ‑en momentos muy difíci­les‑ hizo la Consagración de la Obra al Corazón Dulcísimo de María. Hasta la hora del Ángelus del 26 de junio de 1975, en que sintió el delicado beso de Santa María, camino de la presencia eterna ante su Hijo.

El recurso filial a Nuestra Señora fue constante: acudía a Ella para lo grande, y para lo aparentemente más pequeño. Y tenía afecto a todas las advocaciones de la Virgen.

Lorenzo Martín Nieto, arquitecto de Sevilla, coincidió con Mons. Escrivá de Balaguer, por los años cuarenta, un día de Jueves Santo. El Fundador del Opus Dei había llegado a Sevilla el día anterior. Se veía la necesidad de encontrar un sitio donde pudieran vivir algunos socios de la Obra, y desde allí desarrollar la labor en aquella ciudad:

Rezad para que pronto tengamos una casa, pues aquí estamos de prestado ‑les confió‑. Se lo he pedido a vuestra Patrona, la Virgen de los Reyes, y le he dicho que, si nos prepara pronto una residencia de estudiantes en esta tierra, su imagen presidirá el oratorio que allí se instale.

El 15 de noviembre de 1972 consagró el altar del oratorio del Colegio Mayor Guadaira, instalado pocos años antes en un edificio de nueva planta. El oratorio está presidido por una imagen de la Virgen de los Reyes, en una talla distinta, mejor acabada, que la que estuvo en la primera sede de Guadaira, desde los años cuarenta.

Aquel día, después de consagrar el altar, se quedó un buen rato con los residentes, en el salón de actos. Y resaltando cómo Cristo perdonaba desde la Cruz, vino a su mente la primera vez que había estado en Sevilla, durante una Semana Santa. Se puso a hacer oración delante de un paso, de una imagen de la Virgen:

Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan pre­ciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo:

‑Padre cura, ésta no vale na; la nuestra es la que vale!

De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé:

‑Tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aun­que me gustan todos, también digo: éste, éste es el bueno.

;Qué amor tenéis a la Virgen aquí, hijos míos! Que Ella os bendiga y os guarde.

Que os haga limpios, que os haga rectos,

que os haga alegres ‑lo sois‑, que os haga felices en la tierra; aunque tengáis algún pecadillo que otro… Jesucristo os perdona­rá, porque cuando volvéis a Ella, volvéis a su Hijo.

Además, somos tan débiles todos… Ya rezaréis para que

también yo vuelva siempre a mi Madre, con el amor que le tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, para aprender a amar a la Virgen. No vengo a enseñar: vengo siempre a aprender. Y quiero a la Virgen en todas vuestras imágenes, que son tan ma­ravillosas. Precisamente me decían ayer:

‑¿No irá usted a ver…, tal imagen de la Virgen?

Y yo les contesté:

‑Mira, a mí me gustan todas las imágenes de Nuestra Se‑

ñora. Tendría que ir a verlas todas, y eso no es posible; así que no podré ver esa imagen que me dices.

En un rincón de Aragón estamos levantando un gran santua­rio a la Virgen. Amo tanto a Nuestra Señora, que no haré ninguna propaganda de la Virgen de Torreciudad, ninguna (…). Porque amo todos los retratos de mi Madre, todas las imágenes de la Virgen:

En los primeros años de su vida, ermitas y santuarios de toda España habían conocido los piropos ‑el Santo Rosario‑ del Fundador del Opus Dei. Luego serían del mundo entero: Lourdes, Fátima, Loreto, Einsiedeln, Guadalupe (México), Nues­tra Señora Aparecida (Brasil), Luján (Argentina), Lo Vázquez (Chile). O cualquier imagen de Santa María escondida en los rin­cones de una calle madrileña o romana, o en iglesias ‑católicas o no‑ de media Europa.

Pedro Casciaro, que había conocido a don Josemaría en los comienzos de 1935, quiso tenerlo como director espiritual. Bajo su guía fue aprendiendo a hacer oración, a estar en la presencia de Dios en todo momento, también por la calle. Para ayudarle de modo práctico, le preguntó un día cuál era el camino habitual desde su casa ‑en la calle de Castelló‑ hasta la Escuela de Ar­quitectura ‑tenía él clases en el edificio de Areneros que el gobierno había incautado a la Compañía de Jesús‑ o la Facultad de Ciencias, aún en San Bernardo. Y entonces le fue enumerando las imágenes de la Virgen que podía encontrar en su camino:

En la calle de Goya ‑más o menos fueron éstas sus pala­bras‑ hay una pastelería apenas volver la esquina de Castelló, que tiene una hornacina con la Purísima Concepción; al llegar a la estatua de Colón, en el cruce con el paseo de la Castellana, tienes en uno de los relieves del pedestal de la estatua una escena de los Reyes Católicos donde hay una imagen de la Virgen del Pilar; subiendo por los Bulevares…

Pedro Casciaro quedó sorprendido al comprobar su poca capacidad de observación, él ‑estudiante de Arquitectura‑ que tanto solía fijarse en los detalles ornamentales. En realidad ‑apostilla‑, “sólo un alma enamorada de la Virgen habría podido detectarlas. Desde entonces mis horas de trabajo fueron adquiriendo un nuevo sentido de santificación, y mis andanzas por las calles de Madrid, nuevas perspectivas contemplativas”.

Y, por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra.

Encarnación Ortega ilustra con muchos detalles su llegada a Roma el 27 de diciembre de 1946, con otras tres asociadas de la Obra, las primeras que iban a quedarse en Italia. En el recorrido del aeropuerto romano al pequeño piso, instalado en Piazza Cittá Leonina, quiso el Fundador que pasaran por el Colosseo y que allí rezaran, despacio, un Credo, pidiendo a los mártires ‑que en aquel lugar dieron su vida‑ fe y fortaleza para ser buenos instrumentos en servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice. A la mañana siguiente, ante el sepulcro del primer Papa, reno­varon su petición con amor filial, y rezaron intensamente por el Romano Pontífice que en aquel momento ocupaba la sede de Pedro.

No fue una excepción. Más bien al contrario: el Fundador del Opus Dei siempre enseñó a las almas a querer y a orar por el Santo Padre, viendo en él al representante ‑al Vicecristo‑ de Dios en la tierra. Por eso quería que toda persona del Opus Dei que llegase á Roma fuese inmediatamente a la Basílica de San Pedro para renovar su fe y rendir homenaje al Pontífice reinante.

Su amor, su veneración por el Papa ‑quienquiera que fuese­era patente. No hacía falta, ni mucho menos, ser socio del Opus Dei para advertirlo. El 27 de agosto de 1972 ‑y es un ejemplo entre muchos‑ el Cardenal Frings predicaba en Colonia con motivo de la primera Misa solemne de un nuevo sacerdote del Opus Dei: “Para ser sacerdote en la Iglesia Católica hay que estar firmemente convencido ‑convencido, diría yo, con una divina certeza‑ de que la Iglesia es dirigida en su cúspide por Pedro y por su sucesor, el Papa. Mons. Escrivá lo ha captado desde hace tiempo. Y él ha ido por delante de los suyos en su fiel lealtad al Papa, y ha permanecido siempre en fidelidad incon­movible al Papa”.

El Consiliario del Opus Dei en España, don Florencio Sánchez Bella, pronunció la homilía en el funeral por el alma de Mons. Escrivá de Balaguer que se celebró en los primeros días de julio de 1975 en la madrileña Basílica de San Miguel. En un momento dado, contempló su amor apasionado por la Iglesia:

“Sus últimas palabras ‑lo habéis leído en la prensa‑ fueron de amor a la Iglesia y al Papa.

“Permitidme una expansión de amigo. Quiero contaros una anécdota bien reciente, del sábado pasado. Estábamos haciendo oración por la mañana, temprano, en el oratorio del Consejo Ge­neral del Opus Dei en Roma. Hacía poemas horas que habíamos dado sepultura al cuerpo de Monseñor Escrivá de Balaguer. Am­biente de paz, de serenidad, mientras el sacerdote, sentado en una pequeña mesa, leía un libro de meditaciones compuesto hace bastantes años. Hasta que llegó a una cita del Padre, allí recogida. Os la leeré: Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuentas a Dios, vosotros diréis (…) cómo el Padre amaba al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas.

“Brotaron aquí sollozos que subrayaban cómo iba ya prepa­rándonos nuestro Padre en caminos de fe, de esperanza y de amor, unidos inseparablemente a la Iglesia y al Papa’”.

Este espíritu del Fundador del Opus Dei se compendiaba en un adjetivo: “romano”. El cardenal Poletti, Vicario de la diócesis de Roma, escribía a don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general del Opus Dei, el día 27 de junio de 1975:

“La Diócesis de Roma debe mucho a tantos

Fundadores de Institutos Religiosos, Asociaciones, y actividades apostólicas que se han desarrollado en la Urbe. Mons. Escrivá de Balaguer, per­sonalidad

se suma a esta admirable serie de hombres de Dios.

“El ‑que vivía en Roma desde 1946‑ se preciaba de ser “muy romano” y ha inculcado a sus hijos e hijas, repartidas por el mundo, este amor suyo a Roma, la diócesis del Papa. (…) Como Vicario General del Santo Padre, al recordar la figura del Fun­dador del Opus Dei, deseo expresar mi agradecimiento por el celo suyo y el de sus hijos, que ha sido un fermento de vida apostólica en los más variados ambientes de la vida romana”.

El texto íntegro de esta carta apareció en el número de la Rívista Diocesana di Roma correspondiente a julio‑agosto de 1975. En ese mismo número Francesco Angelicchio publicaba un artículo con el expresivo título Un sacerdote español “muy romano”. En él se preguntaba: “¿Por qué quiso Mons. Escrivá de Balaguer ser “muy romano”? ¿Cuál ha sido la razón para que quisiera con todas sus fuerzas, como repetía a sus hijos, “romanizar” la obra que ha fundado? Sin duda, para tener él mismo y para dar a la nueva fundación idéntico aire con el que Cristo quiso dar a su Iglesia y a su Vicario estableciéndolo en Roma. Para el fundador del Opus Dei, romanidad es sinónimo a la vez de unidad y de universalidad, es manifestación de amor y obediencia al Papa, obispo de Roma, es expresión de docilidad y de servicio a la sede apostólica, es deseo de impregnarse en el espíritu de la primitiva cristiandad y de la Iglesia de los mártires que en Roma aportaron la mayor contribución a la salvación y al incremento de la fidelidad a la Esposa de Cristo y al Primado de Pedro”.

El Fundador del Opus Dei quería grabar en los socios de la Obra ‑en todos los fieles‑ el amor hacia el Vicario de Cristo que rebosaba dentro de su corazón de cristiano. Una vez más, decía y enseñaba lo que vivía. Su primer viaje a Rama fue en 1946. Tras una difícil travesía por mar de Barcelona a Génova ‑donde Mons. Escrivá de Balaguer celebró su primera Misa en tierra italiana, en una iglesia medio destruida por los bombar­deos de la guerra‑, hizo el camino de Génova a Roma en coche, junto con don Álvaro del Portillo y don Salvador Canals, que habían ido a recibirles a Génova. También viajaba don José Orlandis, que narra así la llegada a la Ciudad Eterna:

“Había todavía luz en el cielo, en el crepúsculo de uno de los días más largos del año, cuando por la Vía Aurelia llegamos a las cercanías de la Urbe. En cierto momento, y tras una revuelta del camino, apareció ante nuestros ojos la cúpula de San Pedro. El Padre se emocionó visiblemente y rezó en voz alta un Credo. Pocos minutos después, nos deteníamos en Piazza delta Cittá Leonina, donde estaba el piso recién alquilado, que fue el primer domicilio de Monseñor Escrivá de Balaguer en Roma. Una terra­za de esta casa se abría sobre la Plaza de San Pedro, y a la derecha se alzaba la mole del Palacio Vaticano, con la ventana ilumi­nada donde trabajaba el Romano Pontífice. Nuestro Padre estaba lógicamente fatigado tras aquel largo y duro viaje. Mas, a pesar de nuestros ruegos, no quiso retirarse a descansar y pasó la noche entera en oración en esa terraza, teniendo enfrente la casa del Vicario de Cristo en la tierra.

“Quiero, todavía, dejar constancia de un detalle que, sin duda, constituyó para nuestro Fundador una heroica y silenciosa mortificación. La gran ilusión de toda su vida había sido hacer su `romería’ y videre Petrum. Se dio la circunstancia de que la pri­mera residencia a donde fue a vivir a su llegada a Roma se hallaba a un paso de la Plaza de San Pedro. Pero nuestro Padre debió de resolver entonces ofrecer a Dios lo que para él repre­sentaba el más costoso sacrificio. Y dejó pasar un día, y otro, y otro, hasta seis, sin cruzar la Plaza y postrarse ante la tumba de San Pedro. Por fin ‑nosotros veníamos observando estas cosas con silencioso respeto‑ el día 29, Fiesta del Apóstol, dijo:

Vamos a San Pedro. Salimos tramos en la Basílica, y nuestro

a la calle, cruzamos la Plaza, en­ Fundador pasó largo rato orando de rodillas ante el Altar de la Confesión. Luego, regresamos al piso de Cittá Leonina”.

Algo semejante relata Francesco Angelicchio, en el artículo citado poco más arriba: “Le gustaba mucho ‑en algunas épocas durante muchos días seguidos‑ acercarse hasta la Plaza de San Pedro para rezar el Credo y la oración `pro Pontifice’. Al llegar a las palabras `creo en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica’, hacía una pequeña variación, que rezaba con gran intensidad: creo en mi Madre la Iglesia Romana, repitiendo tres veces este acto de fe. A continuación, proseguía: `una, santa, católica, apostólica’. Veíamos cómo las meditaba y procuraba grabarlas a fuego en la cabeza y en el corazón incluso de las personas que le acompañaban”.

Mons. Escrivá de Balaguer rezó e hizo rezar, todos los días, en todos los Centros de la Obra, y a todos los socios, por la persona y las intenciones del Papa. Lo subrayó el Consiliario del Opus Dei en Italia, Mario Lantini, en los funerales celebrados el 28 de junio de 1975 en la Basílica romana de San Eugenio:

“Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica? Mons. Escrivá de Balaguer, el Padre, había escrito estas palabras en 1934, cuando tenía treinta y dos años y el Opus Dei no contaba más que seis. Estas tres palabras componen un programa que ha guiado su vida entera, la de todos los socios del Opus Dei y la de cientos de miles de personas de todo el mundo”.

La Anunciación

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María (Lc 1, 26-27).

“No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración. Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino… —Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena: El Arcángel dice su embajada… ¿Quomodo fiet istud, quoniam virum non cognosco? —¿De qué modo se hará esto si no conozco varón? (Luc., I, 34.)

La voz de nuestra Madre agolpa en mi memoria, por contraste, todas las impurezas de los hombres…, las mías también.

Y ¡cómo odio entonces esas bajas miserias de la tierra!… ¡Qué propósitos!”.

La Anunciación, Santo Rosario

“Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. A lo largo del año, cuando celebramos las fiestas marianas, y en bastantes momentos de cada jornada corriente, los cristianos pensamos muchas veces en la Virgen. Si aprovechamos esos instantes, imaginando cómo se conduciría Nuestra Madre en las tareas que nosotros hemos de realizar, poco a poco iremos aprendiendo: y acabaremos pareciéndonos a Ella, como los hijos se parecen a su madre.

Imitar, en primer lugar, su amor. La caridad no se queda en sentimientos: ha de estar en las palabras, pero sobre todo en las obras. La Virgen no sólo dijo fiat, sino que cumplió en todo momento esa decisión firme e irrevocable. Así nosotros: cuando nos aguijonee el amor de Dios y conozcamos lo que El quiere, debemos comprometernos a ser fieles, leales, y a serlo efectivamente. Porque no todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino aquel que hace la voluntad de mi Padre celestial [i].

Hemos de imitar su natural y sobrenatural elegancia. Ella es una criatura privilegiada de la historia de la salvación: en María, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros [ii]. Fue testigo delicado, que pasa oculto; no le gustó recibir alabanzas, porque no ambicionó su propia gloria. María asiste a los misterios de la infancia de su Hijo, misterios, si cabe hablar así, normales: a la hora de los grandes milagros y de las aclamaciones de las masas, desaparece. En Jerusalén, cuando Cristo —cabalgando un borriquito— es vitoreado como Rey, no está María. Pero reaparece junto a la Cruz, cuando todos huyen. Este modo de comportarse tiene el sabor, no buscado, de la grandeza, de la profundidad, de la santidad de su alma.

Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra[iii]. ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios[iv]”.

Nace un niño

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es el 9 de enero de 1902. Tal cronología suele augurar nieve y cierzo pirenaico sobre el Alto Aragón. Las tierras del Somontano fraguan su conspiración de hielo y fecundidad durante los largos meses de invierno. Los hombres del labrantío conocen bien esta inclemencia cuando otean el crecimiento de sus viñas, la añosa persistencia del olivo, la realidad inveterada, frente a todo evento, de sus cereales de secano. Saben que, en esta silenciosa expectación del campo, se oculta la promesa de los almendros que pueblan las laderas, de la hierba que está anidando bajo tierra, de las frutas que cubrirán el valle de riqueza cuando caliente el sol de abril.

Pero esta noche es cruda. Las gentes andan sin atención los pasos del camino acostumbrado. En la ciudad de Barbastro, las tiendas cierran al caer las ocho de la tarde. Se han cubierto los escaparates con postigos de madera oscura, y las casas han acogido apresuradamente la tertulia familiar junto al brasero de carbón, la cena caliente, bien aderezada, y la oración cotidiana, cerca del rescoldo, antes de irse a dormir. Las campanas que asoman por el hexágono puntiagudo y vigilante de la Catedral dieron ya las nueve de la noche.

El hogar de los Escrivá y Albás mantiene hoy una vigilia inusitada. Podemos dar marcha atrás en los datos de la Historia y así entrar de algún modo en la intimidad de esta noche para asistir al nacimiento del segundo de sus hijos. Ayudados por la luz blanca que esparcen las farolas de la calle Mayor subimos al primer piso. Las habitaciones más nobles de la vivienda tienen balcones al exterior, a la Plaza porticada de Barbastro. Todo en este hogar transpira señorío y orden. Está envuelto en un cuidado que merodea entre los objetos materiales. Imaginamos el aspecto de la casa. Sobre un mueble reposa la ponchera de cristal tallado con base y tapa de plata cincelada. En el saloncito, las butacas y el sofá, de línea semicircular, cómodos y acogedores. En la pieza contigua, la estantería, donde se alinean, entre otros, los seis tomos, encuadernados en piel, de una antigua y grabada edición de «El Quijote». La mesa camilla, testigo del calor familiar y de la reunión habitual tras el trabajo del día, mantiene hoy silencioso el entorno de sus amplios faldones de paño grueso y abrigador. En el tapete, un trozo cuadrado de batista bordado y a medio terminar. A su lado un alfiletero de plata, menudo, gastado por el uso. Es probable que la gozosa novedad del acontecimiento haya encontrado a la dueña de la casa en plena actividad, sin ocios ni preámbulos; en medio de un quehacer amable que sigue testimoniando su modo y presencia entre las cosas.

Sobre una mesa recia, cuya madera donó un duro árbol pirenaico, seguramente hizo guardia un velón dorado con sus quitaluces grabados y relucientes. En otro ángulo, abierta, la tapa de un arcón de cedro en el que se apilan sábanas, manteles y otras ropas que difunden olor a espliego y a membrillo al extenderse. En la vitrina, la filigrana de los abanicos de encaje, del caracol de nácar, de la tacica de porcelana.

Dos años más tarde estará también allí, en el pequeño velador, una fotografía reciente de los dueños de la casa. Su rostro y su talante no habrán cambiado mucho. En el cartón ocre de esta reproducción nos adelantamos a ver la imagen del matrimonio tomada de perfil, al gusto de la época. En primer término, doña Dolores Albás: tiene un porte sereno, con rasgos tranquilamente dibujados. Un gesto hidalgo emerge de los pliegues de su vestido de brocado, de la gola de orlanza plisada alrededor del cuello, del pelo suavemente recogido hacia la nuca. Hoy, 9 de enero de 1902, tiene veinticuatro años.

Detrás, la presencia jovial de don José Escrivá. Una sonrisa, que guarda complicidad entre los ojos y la boca, deja constancia de su alegría y se refugia, apenas, tras un bigote bien cuidado. Pelo muy corto, rostro joven -tiene sólo diez años sobre el tiempo de su esposa- y una elegancia ágil completan su fisonomía. Lleva un traje de paño de buen corte y ojal en la solapa, corbata blanca de lazo y cuello y pechera almidonados.

La casa es amplia en profundidad y, esta noche, el interés se centra en los alrededores de una habitación de buenas dimensiones en cuyo fondo se alojan dos alcobas. La separación entre esta sala y las alcobas -si se seguían los dictados del modo aragonés- se logra mediante paneles de vidrio artísticamente trabajados en los que juegan dibujos y colores. El balcón, por donde la estancia se asoma a la Plaza, está cubierto por amplios cortinones. Hace frío, y el vaho se quiere condensar en los cristales. A pesar del aislamiento confortable, llegan hasta el hogar las nueve campanadas que acaban de quebrar el silencio de Barbastro.

La cocinera -suponemos que se trataba ya de María, que desempeñará este oficio en el ámbito familiar de los Escrivá durante años- se mueve hoy entre rezos a San Ramón y un ajetreo de ropas y recipientes de agua hirviendo que pone a disposición de los médicos. Nos parece ver a don José que mide con pasos impacientes los metros del pasillo en la obligada espera. Y de pronto, sin incoar ningún minuto de zozobra, suena en la casa una nueva voz que llora sobre el mundo: es un varón, aragonés, que ha nacido sano y está afirmando ya, de modo rotundo, su entrada en el tiempo de los hombres.

Cardenal Bertone: “San Josemaría, un santo de nuestros días”

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Extracto de la homilía que el Cardenal Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, pronunció el pasado 6 de octubre, aniversario de la canonización de San Josemaría.

El Cardenal Bertone.

(El Cardenal Tarcisio Bertone celebró una Eucaristía, a la que acudieron los participantes de un congreso promovido por la “Unione Cristiana Imprenditori Dirigenti”, en Turín).

“Cada uno de vosotros, en vuestra actividad profesional, deseáis conjugar fe y servicio, siguiendo la lógica del Evangelio. En vuestras empresas, deseáis vivir la función social y la transparencia; sé que la promoción del hombre y del bien común orientan vuestras decisiones (…).

Con todo, si pensamos en la cantidad de necesidades humanas insatisfechas, en los derechos humanos que no se respetan (el derecho a la vida, a la libertad, al trabajo digno), entonces nos llegan más profundamente estas palabras de Jesús: “Así vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os haya sido ordenado, decid: Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc, 17,10). Es decir, habremos cumplido solamente nuestro deber.

San Josemaría Escrivá, un santo de nuestros días que recordó insistentemente la importancia que tiene para los laicos santificarse en su trabajo, decía que la vocación de los hijos de Dios en medio del mundo les lleva a recorrer todos los caminos de la tierra, atravesando con ellos los obstáculos que se encuentren, a ser por tanto levadura que hace fermentar la masa (Es Cristo que pasa, pág 244).

Esta es vuestra vocación. Esta es la misión que la Iglesia os encomienda. Que a ello os ayuden San José, sencillo trabajador en la casa de Nazaret, y María, la madre y sierva del Señor”.


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