Logroño. La llamada de Dios

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Las desgracias se sucedieron. En 1914 quebró el negocio familiar —un comercio de tejidos— y los Escrivá tuvieron que trasladarse de ciudad. Se asentaron en la capital de la Rioja, donde Josemaría siguió estudiando el Bachillerato. La actuación de su padre en aquellos momentos difíciles le dejó un caudal de recuerdos inolvidables; recuerdos —comentaba— que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria (…): anécdotas de caridad generosa y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos.

Era un adolescente estudioso que soñaba con ser arquitecto y construir grandes edificios. Pero Dios tenía otros planes para él. Un día, durante las Navidades de 1917-18, tras una intensa nevada, vio en la Costanilla de la calle Mayor de Logroño algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies descalzos sobre la nieve. Eran las pisadas de un joven carmelita, José Miguel de la Virgen del Carmen.

Si otros hacen tantos sacrificios por Dios —pensó—, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?; y entendió en su alma que Dios le llamaba a su servicio. Comencé a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor.

¿Para hacer qué? ¿Dónde? Lo ignoraba. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera… De este modo, tan sobrenatural como sencillo, Dios le indicó la dirección —la entrega plena—, pero sin señalarle el camino con claridad. Tuvo que rezar, pedir luces, aconsejarse… como todos los que quieren seguir al Señor. Habló con el Padre José Miguel, que le ayudó en aquellos momentos decisivos, y desde entonces guardó un profundo afecto por la Virgen del Carmen y el Carmelo. No sabía qué hacer: sólo tenía presagios, presentimientos, barruntos en el habla aragonesa. Barrunté el Amor, la llamada de Dios, que quería algo. Yo no sabía lo que era.

Tomó una decisión trascendental en su vida con la ayuda de la Virgen, sin esperar la llegada de unas luces meridianas, de unas gracias tumbativas, como las que recibió San Pablo, que Dios no tenía por qué darle. Dios le llamó en la normalidad de lo cotidiano, con un signo en medio de la calle y Josemaría respondió con generosidad plena, demostrando la madurez espiritual de su corazón de adolescente. Mi Madre del Carmen me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien dijera que iba a vestir sotana. Decidió hacerse sacerdote, algo en lo que no había pensado, para llevar a cabo ese querer de Dios aún desconocido.

Sus padres, como buenos cristianos, respetaron su decisión, y poco tiempo después ingresó en el Seminario de Logroño. Por medio del sacerdocio —intuyó— podría ser fiel a ese algo grande que Dios le pedía; algo, comentaría años después, que todavía estoy paladeando y que me ha endulzado la vida.

Y oraba, de modo incesante: ¡Señor que vea! ¡Señor que sea!

“La Gran Ciudad de Londres”

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En Logroño, la familia se apiñó todavía más, en parte por la fuerza de las cosas y en parte por el esfuerzo que hacían los padres para que los reveses no alterasen el buen humor y la serenidad de todos. Se instalaron al principio en el cuarto piso -bajo el desván- de un inmueble situado en la calle de Sagasta, junto al puente de hierro sobre el Ebro. Don José había encontrado trabajo con un comerciante, Antonio Garrigosa, que tenía una tienda de telas y prendas confeccionadas. Se llamaba “La Gran Ciudad de Londres” y estaba situada bajo los soportales de la principal calle comercial.

Los comienzos no habían sido fáciles. Tuvieron que instalarse, establecer contactos, relacionarse… Poco a poco, sin embargo, gracias a un colega de su padre, empezaron a ser recibidos en una familia, luego en otra…

Los domingos, iban a pasear por los alrededores de la ciudad, al otro lado del Ebro, por la carretera de Laguardia. A lo lejos, se divisaban las colinas malva y azuladas que, en los meses de invierno, a duras penas lograban mitigar el cierzo. Cuando regresaban, antes de atravesar el puente de hierro que conducía directamente a su casa, aparecía la ciudad, extendida al otro lado del ancho cauce del río; destacaban las dos torres gemelas de la Colegiata y, un poco más a la izquierda, esbelta, y puntiaguda como una espiga, la aguja piramidal y el campanario de la iglesia de Santa María de Palacio, así como el campanario románico de San Bartolomé. La jornada dominical concluía en casa, o en la de algunos amigos, con una merienda o una tertulia en la que se comentaban temas de actualidad.

Primeras amistades

En el Instituto de Logroño, donde prosiguió su bachillerato, Josemaría conoció otros compañeros de estudio y pronto hizo algunas amistades. Los riojanos suelen ser francos y abiertos, como los aragoneses, con los que comparten la pasión por la independencia y la igualdad. La espontaneidad de su lenguaje, de una precisión rabelesiana, es proverbial en toda España. Es la propia de los viñadores de esta región, los cuales, tras la plaga de la filoxera que arrasó las viñas hacia 1870, como en Francia, habían aclimatado cepas importadas de la región bordelesa.

El Instituto se alzaba en una plaza situada al final de la calle del Mercado. Bajo los soportales, bordeando el Ayuntamiento y la Colegiata de Santa María la Redonda, Josemaría no tardaba en llegar hasta la calle en que “La Gran Ciudad de Londres” mostraba sus escaparates. Si quería, podía ir a buscar a su padre y, si no, hacerle una visita antes de regresar a su casa, en la calle de Sagasta. La tienda tenía un entresuelo recubierto de madera oscura que le proporcionaba una cierta elegancia. Don José había sabido encarar la situación con buen ánimo y pronto había empezado a distinguirse por su conciencia profesional, su puntualidad y su amabilidad con los clientes.

Las clases del Instituto se completaban con horas de estudio y de repaso en dos colegios: uno, dirigido por hermanos Maristas, y el de San Antonio, algunos de cuyos profesores seglares enseñaban también en el Instituto. Aunque alegre y divertido, Josemaría era más serio y maduro que la mayoría de sus compañeros de estudios. Uno de sus mejores amigos del Instituto se llamaba Isidoro Zorzano, muchacho inteligente y trabajador. Había nacido en Buenos Aires, adonde sus padres, oriundos de un pueblo de la provincia de Logroño, habían emigrado años antes; pera, siendo Isidoro todavía muy niño, habían decidido regresar a su tierra natal.

El monumento más famoso de Logroño era la Colegiata llamada “La Redonda”, construida sobre un templo romano, poligonal. Las dos torres barrocas flanqueaban una fachada con pórtico, ricamente ornamentado. Las capillas laterales y el deambulatorio estaban repletos de espléndidas obras de arte acumuladas a lo largo de los siglos.

En un enorme lienzo situado en la nave derecha, se ve al futuro San Francisco de Borja, que toma conciencia de la fragilidad de los afectos humanos contemplando horrorizado, en el ataúd, el rostro descompuesto de Isabel de Portugal, esposa del Emperador Carlos V. A su alrededor, los personajes que completan el cuadro se dan la vuelta mientras se tapan la nariz, con expresivo gesto. En un pequeño nicho del deambulatorio, se conservaba también un cuadrito pintado, al parecer, por Miguel Ángel, a quien se lo encargó una viuda rica.

Josemaría había proseguido sin problemas sus estudios de bachillerato en el Instituto, interesándose especialmente por las humanidades: literatura, historia, filosofía… Había empezado a apreciar la poesía medieval y los autores clásicos del Siglo de Oro español, entre ellos Cervantes (cuyas Novelas Ejemplares y su obra maestra, Don Quijote, le encantaban) y los grandes místicos castellanos. También se interesaba vivamente por los acontecimientos de la época, de los cuales oía hablar a su padre y sus amigos: en 1916, la revolución irlandesa, alzamiento de todo un pueblo por su libertad y su fe religiosa, tras varios siglos de persecución; en 1918, el fin de la gran guerra y la difícil instauración de un nuevo equilibrio en una Europa desangrada y exhausta…

Era igualmente la edad en que chicos y chicas empiezan a salir juntos, ocasión que aprovechó su madre para darle un consejo lleno de sabiduría, prudencia y buen humor: -Hijo mío, trata de comportarte siempre bien. Y si un día piensas en cosas serias -si piensas en casarte-, no olvides el proverbio que existe entre nosotros: busca una chica que no sea “ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Presentimientos de amor

Pero los primeros impulsos de su corazón, tras muchas vacilaciones, habían terminado por adquirir un sesgo muy distinto.

Una escena en apariencia irrelevante le hizo pensar mucho en lo que es capaz de hacer un hombre cuando su corazón está lleno de amor de Dios… Debió ser durante las vacaciones de Navidad. Hacía mucho frío en Logroño aquel mes de diciembre de 1917. Había estado nevando durante varios días y una espesa capa de nieve helada cubría la ciudad. Al salir de casa, de pronto vio unas huellas de pasos en la nieve, todavía impoluta. No cabía duda: eran las huellas de unos pies desnudos… No tardó en descubrir, a lo lejos, un carmelita descalzo, el Padre José Miguel, cuyo convento estaba en las afueras de Logroño.

Ese encadenamiento de presentimientos y de certezas que llamamos vocación tiene siempre algo de misterioso. El descubrimiento de una generosidad insospechada había hecho cristalizar unos impulsos latentes hasta entonces. A partir de ese momento, ya no pudo disiparlos. Porque estaba cada vez más claro que Dios le pedía una mayor disponibilidad. Pero, ¿cómo lograrla? ¿Tendría que hacerse sacerdote…? Unos meses antes, sólo imaginarlo le hubiese hecho sonreír.

Con todo, no podía dejar de pensar en su futuro, en la carrera que le hubiese gustado seguir. Había dicho a su padre que le gustaría ser arquitecto… ¿Es que unas simples pisadas en la nieve iban a bastar para cambiar por completo el rumbo de su vida?

Sin decir nada a sus padres, durante los meses siguientes se había encaminado varias veces hacia el puente del ferrocarril para ir a ver al Padre José Miguel. Las conversaciones que mantuvo con él no le permitieron ver con claridad, excepto una cosa: no creía que la disponibilidad total que el Señor le pedía -Él sabría por qué- fuese compatible con la vida conventual que le proponía su director espiritual. Éste, con muy buen espíritu, quería persuadirle de que entrar en la Orden Carmelitana sería la mejor manera de responder a la llamada que acababa de experimentar.

Josemaría no sabía adónde le conduciría esa llamada, pero estaba seguro de que no se trataba, en su caso, de una vocación religiosa o monástica, que no era una invitación a abandonar el mundo, y así se lo hizo ver al Padre José Miguel.

Sin embargo, a pesar de que ignoraba cuál sería su camino, no había tratado de ahogar la inquietud que se había ido precisando desde que había visto aquellas pisadas en la nieve.

Fue entonces cuando, con toda naturalidad, movido por el deseo de purificarse más y más, empezó a intensificar las prácticas de piedad que ya le eran familiares. Las constantes invocaciones, las penitencias generosas, la confesión frecuente, la Misa diaria y la Comunión eran para él medios de unirse cada vez más al Señor y de ver con mayor claridad.

Volvió a pensar en hacerse sacerdote, a pesar de su repugnancia inicial. No obstante, la idea se inscribía en la perspectiva de quedar más disponible para “algo” que el Señor le pedía y que seguía sin ver…

Un día, dio el paso definitivo: se lo diría a su padre e ingresaría en el Seminario.. .

La impresión de éste debió ser enorme, pues sin duda no se lo esperaba. Fue la única vez que vio lágrimas en los ojos de su padre. Tras guardar silencio unos instantes, le había dicho, con voz grave:

-Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes deben ser santos… Es muy duro no tener casa, no tener un hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más… Pero yo no me opondré a tu voluntad.

Sólo más tarde fue capaz de medir plenamente lo que estas palabras habían tenido de heroico en un hombre que tanto había sufrido y que ya había imaginado, para él, un brillante porvenir. Aconsejado por su padre, Josemaría fue a visitar a don Antolín Oñate, Abad de la Colegiata, y a un capellán militar que hacía poco se había establecido en Logroño, don Albino Pajares, reputado por su sabiduría y su piedad. Las perspectivas que le descubrieron no le entusiasmaron: párroco rural, canónigo, miembro de la curia diocesana, director de Seminario… ¡No se veía “haciendo carrera” en los medios eclesiásticos! No obstante, su clara voluntad de responder a una llamada cada vez más apremiante del Señor -aunque siguiera siendo misteriosa- pudo más: sería sacerdote…

Sus padres, como le habían prometido, no se opusieron a su decisión. Sin una sola queja, renunciaron a sus proyectos y abandonaron la esperanza de reconstituir el patrimonio familiar con su ayuda.

Él, por su parte, sintió que su corazón se oprimía cuando, para responder a esa llamada divina que era más fuerte que él, decidió entrar en el Seminario. Como para compensar su ausencia, había pedido al Señor que se dignase enviar a sus padres otro hijo varón para que ocupara su lugar en la familia, porque, cuando él tuviera que irse, sólo quedaría Carmen.

Se inició así una nueva etapa de su vida; una etapa que no era definitiva, sino camino hacia “algo”. No en vano le había dicho su padre: “¿Para qué hacerse sacerdote si no es para ser un sacerdote santo?”

Ni que decir tiene que él no pensaba en el sacerdocio al margen de la busca de la santidad, pero la llamada a servir a las almas se inscribía, en su caso, en el marco de otra vocación, no menos apremiante, que, sin embargo, no lograba identificar. Tal era la razón de que, a pesar del paso que acababa de dar, que creía acertado, continuase sintiendo una extraña sensación de seguir caminando como a ciegas, en busca de una respuesta a su ¿por qué? ¿Para qué voy a hacerme sacerdote? El Señor quiere algo. ¿Qué es? Y no cesaba de repetir, como el ciego de Jericó al paso de Jesús: ¡Señor, que vea! Domine, ut videam! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres y que yo ignoro.

Cambio de costumbres

En el curso siguiente, a partir del mes de noviembre de 1918, su vida había quedado ordenada de otra manera. Por la mañana asistía a la Santa Misa en el Seminario, que ocupaba un ángulo de la vasta plaza del Espolón, jardín y paseo próximo al centro de la ciudad. Luego, volvía a casa para desayunar y regresaba al Seminario para asistir a las clases hasta las primeras horas de la tarde.

Aconsejado por el Rector del Seminario y por el obispo, adoptó un plan de estudios personal, acoplado a las materias que le eran familiares por haberlas tocado ya en el Instituto y centrado en el latín -¡al final había topado con él!- y en la filosofía. Algunos preceptores le ayudaban.

El primer año, se limitó a estudiar aquellas asignaturas que resultaban menos problemáticas: historia eclesiástica, arqueología, derecho canónico, teología pastoral, sociología y francés. A1 año siguiente, había abordado la teología fundamental.

Estos nuevos estudios no le habían resultado demasiado difíciles, porque, en realidad, por su formación y su gusto por las humanidades, sabía más que la mayor parte de sus compañeros del Seminario.

A éstos les parecía un tanto reservado. Hizo, sin embargo, muy buenos amigos, que conservó toda su vida. A sus condiscípulos y a sus profesores les hablaba con frecuencia del Instituto que acababa de dejar, así como de la urgente necesidad de insuflar un espíritu auténticamente cristiano a los jóvenes que allí estudiaban, los cuales, al cabo de unos años, serían profesionales e intelectuales que ejercerían gran influencia sobre mucha gente.

Los domingos por la mañana participaba, con los alumnos internos, en la catequesis de la iglesia del Seminario, para los niños de los barrios más pobres. Lo hacía por propia iniciativa, ya que los alumnos externos, como él, no solían participar en ella. Pero se consideraba un seminarista como todos. Y sería sacerdote cuando llegara el momento.

Con todo, seguía teniendo la íntima certeza de que no había ingresado en el Seminario sólo para eso. En los presentimientos que las pisadas en la nieve del carmelita habían avivado en él, anidaba la llamada a algo que, decididamente, no lograba ver. Por eso, rezaba cada vez con más intensidad.

“Señor, ¿qué quieres que haga?”, repetía, haciendo suyas las exclamaciones espontáneas y generosas de los profetas del Antiguo Testamento, cuando Yahvé irrumpía en su vida para pedirles que hiciesen algo grande en su nombre. Y añadía, siempre inspirado en la Biblia: “¡Aquí estoy, Señor, porque me has llamado!” (I Sam. III, 5, 6 y 9).

En esos momentos, le parecía que Dios jugaba con él y le llevaba adonde quería, sin que él se diese cuenta. Ahora, en este 2 de octubre de 1928, lo percibe con toda claridad…

Por los días de su ingreso en el Seminario, su madre les había anunciado, a él y a Carmen, que pronto tendrían un hermanito o una hermanita. Así pues, su audaz petición había sido escuchada, lo cual era una señal más de que todo lo que le estaba sucediendo obedecía a un plan preciso de la Providencia.

Y el 28 de febrero de 1919 nacía su hermano Santiago…

Al año siguiente, en Fonz, volvió a encontrar los amigos y los paisajes de su infancia.

Seguía alimentando la idea de cursar la carrera de Derecho, como su padre le había aconsejado. El proyecto se fue concretando a lo largo del curso escolar 1919-1920 y, a tal efecto, solicitó su traslado al Seminario de Zaragoza. Una media beca que había obtenido completaría la ayuda que sus padres pudieran prestarle.

El martes, 28 de septiembre de 1920, había traspasado el dintel del majestuoso Seminario Mayor de San Carlos, entregando al conserje, un tanto sorprendido, el tabaco y la pipa que utilizaba en Logroño…

4. Su formación

compromiso  Tagged , , , , , , No Comments »

“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?

–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: “Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche”.

Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.

A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: “¿A qué hora ha muerto el niño?” José Escrivá respondió: “No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?” El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.

A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.

Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.

Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.

–Hablando de sí mismo decía a veces: Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba ‘de la almendra’. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo.

Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la ‘almendra’ de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la ‘almendra’. Y por eso doy gracias a Dios.

Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía “besos hechos”.

El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: “¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?”

Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.

El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.

Es un detalle divertido y sintomático…

–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.

Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.

El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos.

–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con “b”, ya que en España la “b” y la “v” se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de los escribas, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.

El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.

–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –”Sobresaliente con premio”, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.

Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería “un albañil distinguido”.

Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: “Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso…

–El Padre comenzó a barruntar el Amor –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.

Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, La Rioja –sustituido en los años cincuenta por otro diario, La Nueva Rioja–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?” Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: Domine, ut videam!, o bien, Domine, ut sit!; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: Domina, ut videam!, Domina, ut sit!

Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.

Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero “laical”, de la familia Escrivá.

–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: ¡El latín, para los curas! Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, legérem sino légerem.

Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos.

Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos.

Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: “Aquí viene el soñador”.

En la Biblia (Gén. 37, 19), así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.

–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.

Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar a mi Madre, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle rosa mystica, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.

De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.

–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.

El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.

–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.

El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor… Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las “fuerzas vivas” –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento…– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: nunca me he aburrido.

En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las “fuerzas vivas”, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.

En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para “castigar” el cuerpo, para mortificarse.

Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.

Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle “el místico”.

El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.

El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?

–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: Regnum Dei intra vos est. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.

Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.

En la Facultad de Derecho

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1922, su familia cambia nuevamente de casa en la ciudad de Logroño. Regresan al antiguo edificio de Sagasta. Pero esta vez, don José ha logrado alquilar un segundo piso. Allí permanecerán hasta que los acontecimientos, en su inquieta evolución, vuelvan a empujarles. Josemaría acuerda con su padre la formalización de matrícula en la Facultad de Derecho, en Zaragoza. Tendrá que finalizar primero la formación del Seminario para poderse dedicar al estudio de las asignaturas universitarias. Emplea el tiempo de verano en preparar las materias de la licenciatura de Derecho, robando horas al sueño y al descanso.

En septiembre de 1923 se examina de las dos primeras asignaturas que, con carácter previo, se cursan en la Facultad de Filosofía. Obtiene, una vez más, brillantes califcaciones(9).

Unos meses antes, el 4 de junio de 1923, el Cardenal Soldevila cae bajo las balas de un comando anarquista. Trece disparos, que taladran la parte posterior de su coche, le quitan la vida frente a las Escuelas del Terminillo, atendidas por las Hijas de la Caridad. Josemaría pasa la noche velando el cadáver de su Arzobispo y amigo.

El 13 de septiembre de este mismo año, el General Primo de Rivera, tras un golpe de Estado favorecido por el Rey, inicia en España la etapa histórica conocida con el nombre de «la Dictadura».

Durante el año académico de 1923-24, Josemaría Escrivá se matricula de varias asignaturas correspondientes a los cursos preparatorio, primero, segundo y tercero, en la Facultad de Derecho. Atiende, con responsabilidad, las obligaciones que, como Inspector del Seminario, le competen; concluye su quinto curso de Teología en la Universidad Pontificia(10). El 14 de junio de 1924 y en la iglesia del Real Seminario de San Carlos, recibe el Subdiaconado de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Obispo titular de Tagora(l11).

En el verano de 1924 continúa estudiando con intensidad, y consigue examinarse, en septiembre, de siete asignaturas de Leyes; y en algunas de ellas, como el Derecho Romano y el Canónico, obtiene Matrícula de Honor. Le gusta la vida universitaria. Es ésta una vocación que no le abandonará nunca: el apostolado entre los estudiantes será una de sus apasionadas dedicaciones. Los alumnos que coinciden con él recordarán su presencia con el traje talar, adecuado a su condición: sotana, manteo y teja. Pero su

imagen está siempre adscrita a la de los grupos de estudiantes que se reúnen, en los minutos de descanso, a charlar en el patio de la Facultad, en los pasillos o a la puerta de las aulas. Comparte sus inquietudes, participa de sus conversaciones y sabe cultivar la amistad de todos. También la de algunos que se manifiestan ideológicamente hostiles, solamente por su condición de clérigo. En broma, alguna vez, le llegan a preguntar:

-«¿Por qué no te vas con los curas?».

-«Porque quiero estar con vosotros»(12).

No sermonea ni moraliza, pero su presencia infunde el respeto necesario. Sabe reír, disculpar, cortar una situación molesta con gracia. Y esto hace su compañía agradable y cordial.

Nadie adivinaría, sin pararse en una consideración’ más profunda, que este joven seminarista, alegre y buen estudiante, pasa muchos ratos junto al Altar Mayor de la iglesia de San Carlos; que acude, sin falta, a su cita diaria con la Virgen Patrona de la ciudad aragonesa; y que en su interior se enciende el fuego apostólico cuando convive la jornada cotidiana con sus compañeros de estudios. Desea extender el amor de Jesucristo a todas las almas, alimentar el entusiasmo de aquellos corazones que le rodean; hablar de la llamada y el barrunto de amor que no le cabe dentro. Y, en la intimidad con Dios, sigue diciendo: “Ut videam!… ut videam”! Que tenga luz para saber el qué y el cómo de aquella insinuación divina que le ha llevado al Seminario y al sacerdocio. De esta etapa es una imagen de la Virgen del Pilar, una escayola de reproducción popular, que pertenece a su tío Carlos Albás, y que le ha permitido grabar, en la base y con un clavo: «”Domina, ut sit”! Señora, que sea». Palabras que resumen la petición y afirmación de su entrega.

Algunas autoridades que escribirán, cincuenta años más tarde, la apología de Josemaría Escrivá de Balaguer, serán amigos forjados durante esta etapa que transcurre entre las aulas y el Seminario: don Félix Lasheras, el profesor Legaz Lacambra y Monseñor José López Ortiz. Este último escribirá: «le recuerdo, ya entonces, con todas esas cualidades que tanto me han llamado la atención en él siempre, y que le hacían ganar las simpatías de todos. Era muy piadoso, y en lo humano abierto, expansivo, lleno de vivacidad, de agilidad, muy comunicativo; sencillo, de un gran corazón y una extraordinaria inteligencia»(13).

Sería difícil adivinar, durante estos años de estudio y trabajo intensos, que tiene cerrados todos los caminos humanos, que se encuentra en honda oscuridad interior: la quiebra económica de su padre y la soledad de Zaragoza. Unicamente cuenta con Dios y con la fortaleza de este Pilar sobre el que se entroniza la Virgen de Aragón, junto al que pasa incesante, como una apasionada y continua oración, el río Ebro.

En la ciudad de Logroño

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La mayor parte de la ciudad de Logroño se acomoda en la margen derecha del Ebro. El encuentro entre este río y el Iregua ha dado origen a un terreno de aluvión enormemente fértil y que ha matizado la vida económica y social de esta ciudad desde sus comienzos. Es una capital de extensión media, edificada con gran generosidad de espacios y salpicada, como toda urbe abrazada por un río, de alamedas, paseos y sorpresas verdes que suavizan el rigor de las construcciones de piedra y hormigón. Los monumentos históricos están bien cuidados y, cada atardecer, sus fábricas se reflejan en el espejo del agua que pasa a pocos metros. Tiene Logroño dos puentes para cruzar el Ebro: el de piedra, que fue reconstruido en 1884 y que tiene siete arcos sobre 189 metros de longitud; y el de hierro, que se construyó en 1882. Este último posee once tramos rectos sobre pilares circulares de piedra revestidos de hierro, con andenes laterales y tránsito central. Su longitud es de 330 metros y sirve como prolongación de la calle de Sagasta. De las murallas que la circunvalaban en el siglo XII apenas queda un lienzo para exhibir como recuerdo histórico. En cambio, y pese a las transformaciones de esta ciudad ribereña, el Espolón, paseo central, sigue conservando su primio tivo encanto señorial, pacífico y romántico. Los álamos, que ya describiera Jovellanos en 1795, los castaños y acacias, prestan una grata y reposada sombra a los antiguos bancos de talla y hierro. Hay juegos para los niños, toboganes, columpios, pérgolas; y un quiosco que se anima con la banda de música en las mañanas domingueras.

Por la calle Muro del Carmen, se llega a la plazoleta del Instituto. Este es un gran edificio de finales del siglo XIX, construido con espacios suficientes para acoger holgados planes docentes.

Sobre Logroño se yergue la más primitiva de todas las flechas góticas de España: Santa María del Palacio, antigua sede residencial de la Orden del Santo Sepulcro en tiempos de Alfonso VII. Después, y en orden cronológico, se pueden anotar la iglesia de San Bartolomé, la de Santiago y Santa María la Redonda, con sus agudas torres gemelas.

Establecida en un punto confluente de fronteras naturales, debe su expansión a ser incluida en la ruta o camino de Santiago. En ella se neutralizan las fuerzas de atracción de dos ciudades poderosas: Zaragoza y Bilbao. Apoyada en un terreno fértil, Logroño vive de sus industrias vinícola y conservera. El valle del Ebro ofrece a los agricultores una exquisita colección de frutas que podrán recoger y enviar a toda España. Ello explica la alta inscripción de comerciantes que integran su población desde hace muchos años.

La docencia se imparte en el Instituto de Enseñanza Media, y cuenta también con la Escuela Normal del Magisterio, Escuelas de Comercio y de Peritos Industriales, promovidas a lo largo de diversas décadas del siglo. Hay un Seminario Diocesano y una iglesia Colegiata: Santa María la Redonda.

En los primeros meses de 1915 llega a Logroño don José Escrivá, para sacar adelante a la familia después de la quiebra de su negocio en Barbastro. Es de suponer que la dedicación anterior al comercio textil le ha permitido establecer relaciones que podrán, ahora, servirle de respaldo y garantía. Estos conocimientos le encaminan hacia la más importante tienda de tejidos existente, en este tiempo, dentro de Logroño. Tiene el nombre de «La Gran Ciudad de Londres», y su dueño es don Antonio Garrigosa.

Conociendo su limpia trayectoria, así como la motivación que le ha llevado hasta Logroño, Garrigosa no duda en aceptar a don José Escrivá entre los colaboradores de su empresa. Y así, en septiembre de este mismo año, puede venir a la ciudad toda la familia. Don José ha buscado un piso en la céntrica calle de Sagasta. Es el número 18 -hoy, número 12-, cuarto piso; le preocupa el exceso de escaleras, pero es lo mejor que ha podido encontrar para los suyos. Desde las ventanas se puede llegar a ver el Espolón y la estructura horizontal que forma sobre el río el gran puente de hierro. Este último piso de la casa tiene encima solamente la buhardilla: durante tres años sentirán el riguroso clima de Logroño.

Carmen se ha matriculado en la Escuela Normal y sigue sus estudios de Magisterio. Josemaría presenta su instancia, fechada en abril de 1916, para examinarse del cuarto año de Bachillerato como alumno no oficial del Instituto de Logroño. Ha cursado los otros tres en los Institutos de Huesca y Lérida, como hacen tradicionalmente los alumnos del Colegio de los Escolapios de Barbastro(1). Sus notas demuestran -antes y después del traslado a Logroño- una buena aptitud tanto para las Ciencias como para las Letras, ya que alternan los Premios o Matrículas de Honor en Aritmética y Geometría con los de Preceptiva, Derecho y Composición.

Garrigosa se da cuenta de la situación económica de la familia Escrivá y quiere suavizar, en lo posible, lo que ha de significar para ellos el traslado, la pérdida del negocio, la soledad de una ciudad desconocida en la que aún no tienen amigos. Hay en «La Gran Ciudad de Londres» un empleado de toda confianza: se llama Antonio Royo. El y los suyos ayudan a ambientarse a los recién llegados y les brindan su amistad. Don José lo agradece y comparte sus años de Logroño con esta familia, aunque hace una vida profundamente hogareña y sus salidas son escasas(2).

Nadie le oirá un comentario amargo o desalentado. No pierde la simpatía especial que le caracteriza y que no le impide manifestar, de vez en vez, su rotundo ser aragonés. Su educación y conocimientos revelan otro origen y otra posición, aunque él jamás toca este asunto. Es un hombre metódico, cumplidor de su deber, trabajador serio y responsable. Su puntualidad es proverbial: todos los días llega al comercio tres o cuatro minutos antes de abrir. Previamente, ha pasado por la encuadernación de Antonio Larios que está en la calle del Mercado, llamada popularmente Portales. Una espontánea afinidad se ha establecido entre don José y Larios; se saludan, unos momentos antes del trabajo, por la mañana y por la tarde.

Algunas veces, a la salida, se reúnen en una pequeña tertulia en la que se habla de casi todo, pero muy en especial de lo que preocupa las vidas y las mentes en Europa entera: la Primera Guerra Mundial, que ha estallado en agosto de 1914. Francia, Inglaterra, Rusia e Italia se enfrentan a Alemania, Austria y Turquía. Mueren los hombres en los campos de batalla y las ciudades son bombardeadas. La inflación económica se hace sentir en todos los países y niveles sociales. Y las gentes se preguntan hasta dónde va a proseguir y a qué nuevos lugares puede comprometer la conflagración.

Don José opina y escucha. Dice una frase amable y se interesa por todo y por todos, mientras juega, en un gesto muy habitual, con su anillo. Flotan aires de irreligiosidad; se habla de la Iglesia con despego. Sin embargo, su persona impone en los demás un profundo respeto a sus creencias.

Manuel Ceniceros tiene entonces doce años. Se encarga de limpiar las lunas de los escaparates, barrer la tienda y de una multitud de pequeños recados y servicios que le ocupan todo el día. Siempre recordará la amabilidad de don José, un señor que no daba órdenes, sino que pedía las cosas por favor; que era capaz de poner una broma oportuna sobre el trabajo para que resultara más grato. Que llevaba en su pitillera de plata, perfectamente alineados, los seis cigarros, liados a mano en casa, que se fumaría durante toda la jornada(3).

Doña Dolores y Carmen también han tenido que acomodar su vida a la nueva situación. Ellas deben llevar a cabo el trabajo de la casa: ya no tienen quien ayude. Sin embargo, todo sigue igual,, con el mismo detalle de siempre.

Mientras tanto, Josemaría continúa sus estudios. Ha logrado ser admitido como alumno no oficial en el Instituto de Logroño, del que es director don Joaquín Elizalde. Por las tardes, bastantes muchachos están libremente adscritos por sus padres a un colegio

privado, en el que estudian y repasan para adelantar y dominar las asignaturas. Dos grandes Centros de Enseñanza Media tiene la ciudad en este tiempo: uno que rigen los HH. Maristas y otro, llevado por seglares, cuyo director es don Bernabé López Merino, farmacéutico de Alfaro y que, posteriormente, llegará a ganar la Cátedra de Ciencias. Este último se llama Colegio de San Antonio.

Josemaría es alumno del San Antonio. Allí empieza a ir todos los días por la tarde; en el camino, le alcanza y se le une Julián Gamarra, que viene desde la calle Carnicerías, contigua a la de Sagasta. Juntos, llegan hasta el colegio, en la calle del Marqués de Murrieta, aunque su entrada se abre a la contigua Avenida de Portugal. Se encuentran también con otros muchos: Francisco Lapeña, Gabino Gómez Arteche y Antonio Urarte Balmaseda… Cerca de la puerta de entrada hay un rincón que los chicos han bautizado con el nombre de «El Casino». En ese pequeño reducto charlan cada día unos minutos antes de que llegue, inexorable, la hora de entrar en las aulas. Josemaría es uno más, aunque destaca por sus notas y por su carácter serio, pero sonriente.

Los domingos se le puede ver por la carretera de Laguardia, que sirve de prolongación a la calle de Sagasta y al Puente de Hierro. Camina cerca de sus padres y de su hermana Carmen, mientras habla animadamente con los hijos de la familia Royo. Suele llevar un traje de color gris, pantalón corto y medias oscuras hasta la rodilla. Incluso acostumbra a calarse una boina pequeña al estilo de los hombres de la Rioja. Sus amigos dicen que tiene una simpatía contagiosa y que es muy comunicativo.

Pero también es un adolescente reflexivo y observador, que sufre hondamente por la situación de la familia; aunque, por temperamento, no cede ante las dificultades. Tal vez, si algo no entiende aún, es la paz con que don José ha aceptado las contradicciones. Tendrán que pasar algunos años para que sepa calibrar, en honda magnitud, toda la dignidad con que actuaron sus padres.

Porque su modo de ser, desde niño, se ha revelado fuerte. Cuando se irrita, su madre suele decir afectuosamente: «Josemaría, ¡pones una cara!… »(4).

Cursa sus estudios con facilidad. Le gusta ampliarlos leyendo a los clásicos; también dedica bastante tiempo a escribir. Sin embargo soporta mal el latín, aunque lo aprueba holgadamente. Piensa que esta lengua está bien para los curas y frailes, sólo para ellos. Si en este año de 1916 alguien hubiera dicho a Josemaría que acabaría siendo sacerdote, probablemente le habría contestado con una carcajada. Nunca ha pensado tal cosa. Ha recibido una profunda formación religiosa en su hogar, pero ni es clerical el ambiente en que se mueve, ni ha considerado jamás la posibilidad de conducir su vida por esos caminos. Admira y ama, además, la unidad y devoción que se profesan sus padres.

El seminario de Logroño

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Siguiendo esos barruntos de los que ya hemos hablado, Escrivá decidió entrar en el seminario de Logroño en la primavera de 1918. Esta decisión cogió a la familia completamente por sorpresa. Su padre tenía la lógica ilusión de ver a su único hijo varón perpetuar el apellido y, quizás, recomponer la fortuna familiar; así las cosas, don José no pudo reprimir las únicas lágrimas que Josemaría viera en ojos de su padre y le aconsejó que meditara el asunto con detenimiento. “Los sacerdotes –le dijo- tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré”[1]. Al joven Escrivá le conmovieron las lágrimas de su padre, pero no se echó atrás en su decisión de entrar en el seminario; y, lleno de confianza en el Señor, tuvo incluso la audacia de pedir a Dios que enviara otro hijo a sus padres. Humanamente hablando, esas oraciones no parecían tener mucho futuro ya que el último vástago había nacido nueve años antes, y su madre tenía a la sazón 39 años y su padre 49. No obstante, a los nueve o diez meses, en febrero de 1919, nació su hermano Santiago.

Escrivá terminó sus estudios en el instituto en 1918 y pasó gran parte del verano estudiando Latín, Lógica, Metafísica y Ética para preparar el examen de ingreso en el seminario. En otoño entró como alumno externo.

La vida en el seminario le produjo una impresión muy fuerte. Aunque su familia estaba atravesando momentos harto difíciles, siempre estuvo acostumbrado a un ambiente amable y de alto nivel cultural, en el que el orden, el aseo, la buena educación, el tacto y el interés por los temas de actualidad, así como una arraigada vida de piedad, impregnaban la buena y grata convivencia. Por el contrario, el ambiente del seminario era algo muy distinto.

El edificio del Seminario de Logroño era un caserón construido en 1559 que en épocas pasadas había conocido tiempos mejores. También había servido de cuartel, hospital militar e incluso de prisión. En 1918, el piso de abajo lo seguía ocupando una brigada de artillería y uno de los pabellones servía de establo a las mulas y caballos empleados en tirar de las piezas de artillería. Los pisos superiores, donde el seminario tenía las dependencias, se encontraban en un estado deplorable.

Muy pocos compañeros de Josemaría provenían de familias en que se valoraran las buenas maneras, la educación y la cultura. No eran muchos los jóvenes pertenecientes a lo que en la España de entonces se llamaban “familias bien”, por su posición económica o social, los que llegaban a hacerse sacerdotes diocesanos. Los pocos muchachos de clase alta o media que decidían ordenarse lo hacían tras ingresar en alguna orden religiosa. Aproximadamente un tercio de los seminaristas diocesanos eran hijos de agricultores u obreros, los cuales, en la España de principios del siglo XX, apenas tenían acceso a la educación y la cultura. Raro era el seminarista cuya familia estuviera habituada a comprar libros o mantuviera suscripciones a periódicos o revistas. Tan solo el 10% de los alumnos de los seminarios españoles surgía de familias con profesiones liberales, y en Logroño puede que el porcentaje fuera incluso menor. Esto explica que los compañeros de instituto de Escrivá le miraran por encima del hombro en cuanto se enteraron de su intención de ingresar en el seminario.

No existen documentos fidedignos que indiquen con certeza el grado de instrucción y piedad que había en el Seminario de Logroño cuando Escrivá ingresó en 1918; o en el de Zaragoza, a donde el joven seminarista se trasladó en 1920. No obstante, el Nuncio de Su Santidad no pintaba por aquel entonces un panorama muy alentador cuando en 1930 describía los seminarios españoles como “cuarteles o reformatorios”. Seguía diciendo: “Y el clero, fruto de ese árbol, ha olvidado el espíritu sobrenatural y se ha preocupado del pan y de la carrera. Los seminaristas, procedentes en su mayoría de las clases más humildes y hasta miserables, no han recibido educación, ni formación, ha faltado estímulo y orientación acertada”[2].

Pero las dificultades externas eran para Josemaría lo de menos; la batalla principal se libraba en el interior. Escrivá se encontró “medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿que es?”[3]. Dios quería algo de él, pero no sabía qué. Ante este dilema, Josemaría intensificó sus oraciones. En una nota de sus apuntes íntimos, redactados algunos años después, escribe: “Durante años, a partir del primero de mi vocación, tuve por jaculatoria siempre en mis labios: Domine, ut videam! Sin saber para qué, yo estaba persuadido de que Dios me quería para algo. Así estoy seguro de haberlo manifestado alguna o algunas veces a tía Cruz Sor Mª de Jesús Crucificado, en cartas que le envié a su convento de Huesca. La primera vez que medité el pasaje de san Marcos del ciego a quien dio vista Jesús, cuando aquel contestó, al ‘qué quieres que te haga’ de Cristo, ‘Rabboni, ut videam’, se me quedó esta frase muy grabada. Y, a pesar de que muchos como al ciego me decían que callara [...], decía y escribía, sin saber por qué: ut videam!, Domine, ut videam! Y otras veces: ut sit! Que vea Señor, que vea. Que sea”[4].

Durante toda su vida, Escrivá mostró una actitud de absoluta disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios. Lo vemos reflejado en uno de sus apuntes personales de 1930: “Y de tu borrico, Niño‑Dios, haz cuanto quieras: como los niños traviesos de la tierra, tírame de las orejas, zurra fuerte a este borricote, hazle correr para tu gusto…”[5]. El teólogo español José Luis Illanes explica que Escrivá aprendió a vivir esta plena disponibilidad para con Dios en los once años que transcurrieron entre los primeros barruntos de su vocación y la fundación del Opus Dei en 1928, “pasados en expectativa, a la espera de una luz divina que desvelara el sentido de la inquietud sembrada en su corazón. Caminar así, ser fiel a una llamada que se entrevé, pero de la que no se conocen el porqué ni el para qué, perseverar jornada a jornada dispuesto para cualquier cosa, aun la más inesperada, vivir al día sin poder hacer planes ni proyectos, es una forja que purifica el alma hasta terminar situándola en una plena desnudez ante Dios. La incertidumbre en que el Señor mantuvo a Mons. Escrivá de Balaguer durante largos años le condujo a una actitud de disponibilidad tan honda que acabó siendo consubstancial con la propria persona”[6]. Tras la muerte de Josemaría Escrivá, el arzobispo de Toledo, cardenal Marcelo González, explicó que el secreto de la inmensa riqueza espiritual de su vida residía “en el dejarse llevar, en la posesión de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todo, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”[7].

Durante sus estudios en el Seminario de Logroño, Josemaría siguió viviendo en casa de sus padres. Como alumno externo disfrutaba de mayor libertad que el resto de los estudiantes que vivían en el seminario, pues no estaba obligado a participar en todas las actividades. Los domingos, por ejemplo, los alumnos que vivían en el seminario enseñaban catecismo a los niños, mientras que los alumnos externos podían estar todo el día con sus familias. Escrivá, sin embargo, echaba una mano en las clases de catecismo, actividad que continuaría ejerciendo con el paso de los años.

[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70

[2] Vicente Cárcel Ortí. LA PERSECUCION RELIGIOSA EN ESPANA DURANTE LA SEGUNDA REPUBLICA (1931-1939). Ediciones Rialp. Madrid 1990. p. 48

[3] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70

[4] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 100

[5] ibid. p. 347

[6] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70

[7] ibd. p. 70

6. Familia y milicia

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría, que llamaba al cuarto mandamiento el dulcísimo precepto, ha enseñado con su ejemplo a amar a los padres y a la familia con ternura, pero también con el desprendimiento de quien se entregó por entero a Dios. Su hogar respiró un clima profundamente cristiano, lleno de dignidad y señorío incluso en medio de estrecheces económicas, y aprendió algunas costumbres que trasladó con naturalidad a los Centros de la Obra. Don José Escrivá murió repentinamente cuando sólo tenía cincuenta y siete años, el 27 de noviembre de 1924. ¿Cómo se comportó el Padre en aquellas circunstancias?

–Fue un golpe muy duro, tanto más porque nada hacía presagiar ese desenlace. Aquel 27 de noviembre, don José Escrivá se levantó a la hora de siempre, sin sentir ningún malestar; o si lo tuvo, no dijo nada. Después del desayuno, rezó un rato de rodillas ante la imagen peregrina de la Virgen Milagrosa, que se llevaba por devoción popular de casa en casa, y que esos días estaba en la suya. Antes de salir hacia su trabajo, se entretuvo también jugando con su hijo pequeño, Santiago, que entonces tenía cinco años. De pronto, ya en la entrada de la casa, se encontró indispuesto, se apoyó en la jamba de la puerta y cayó al suelo sin conocimiento.

Al oír el ruido, acudieron rápidamente doña Dolores y su hija Carmen. Avisaron inmediatamente al párroco y al médico, y trasladaron su cuerpo inerte a una habitación. El doctor diagnosticó que no se podía hacer nada; dos horas después moría, sin volver en sí, pero habiendo recibido los últimos Sacramentos.

Se envió un telegrama al Padre –que estaba en el Seminario de Zaragoza–, para que viniese urgentemente, pues su padre no se encontraba bien. En realidad, nuestro Fundador comprendió desde el primer momento la verdad, porque –como nos confió años después– Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, obispo auxiliar de Zaragoza y Presidente del Seminario, le comunicó inmediatamente la noticia.

Con el permiso del Rector, tomó el primer tren para Logroño. Salió a esperarlo a la estación Manuel Ceniceros, empleado del negocio de tejidos La Gran Ciudad de Londres donde don José trabajaba después del cierre de su empresa de Barbastro. Manuel Ceniceros –que era quien había puesto el telegrama– le confirmó enseguida la muerte de don José. Años más tarde, el Padre me contó que se había dirigido rápidamente hacia su casa, abrumado por el dolor, y que durante el trayecto continuó rezando por el alma de su padre, se puso en las manos de Dios y comenzó a pensar también cómo podría sostener a la familia. Se ocupó del funeral y de todo lo necesario para el entierro.

Un sacerdote amigo, don Daniel Alfaro, le prestó el dinero para las exequias. En cuanto le fue posible, se lo devolvió con profunda gratitud, y el Padre no olvidó nunca la generosidad de aquel amigo: rezó por su persona e intenciones todos los días de su vida, en el momento de la Misa, y más tarde, cuando supo que había muerto, encomendó su alma al Señor en la Santa Misa, hasta el 26 de junio de 1975. He podido comprobar cómo se conmovía el Padre recordando la caridad desinteresada de aquel hermano en el sacerdocio.

Al día siguiente tuvo lugar el entierro. El cementerio de Logroño se encontraba en la otra orilla del río, en la carretera de Mendavia. Al volver a casa, sumido en el dolor y en el pensamiento de que ahora el peso de la familia recaía completamente sobre sus espaldas, llegó al puente sobre el río Ebro. En ese momento se acordó de que se había guardado en el bolsillo la llave del féretro, que le había entregado el sepulturero. Entonces pensó: ¿Qué hago con esta llave, que puede ser, para mí, una ligadura?, y con gesto rápido la tiró al río, y ofreció a Dios la separación de su padre, el amigo más querido.

Este gesto, lleno de serenidad y paz interior, le unió todavía más a la Voluntad del Señor: Dios había decidido llevarse a su padre y él aceptaba sin reservas quedarse sin ese sólido punto de apoyo sobre la tierra. Había aprendido definitivamente a desprenderse incluso de lo que es y parece imprescindible.

El Padre vio la mano del Señor también en el hecho de haber recibido ya el subdiaconado el 14 de junio de ese año: ese hecho lo ligaba para siempre a Dios y, por tanto, se confiaba totalmente a la Voluntad divina, también ahora que le correspondía todo el peso de sacar adelante a la familia, como hijo primogénito.

Retornó a Zaragoza enseguida, después de confortar a los suyos, para proseguir sus estudios sacerdotales. Tres semanas más tarde, el 20 de diciembre de 1924, recibió el diaconado en la capital aragonesa.

El Fundador aprendió de su padre una profunda honradez en el trabajo, y la práctica de la caridad, que supera los límites rigurosos de la justicia; y he pensado siempre que su profunda devoción hacia San José tomó cuerpo a través de la meditación de las virtudes paternas. Doña Dolores, su madre –a la que en el Opus Dei se llama familiarmente Abuela–, también tendría la oportunidad de colaborar directamente con la Obra.

–La entrega sacerdotal de nuestro Fundador no podía dejar de repercutir de alguna manera en su familia. Un pequeño detalle: entre 1927 y 1936, doña Dolores tenía un aspecto joven. Por eso, cuando iban a visitar a una familia amiga, nuestro Fundador le decía: Mamá, no podemos ir juntos por la calle, porque yo no tengo escrito en la frente que soy hijo tuyo, y no quiero exponerme a escandalizar a nadie: ve tú por tu cuenta, que ya nos encontraremos en la casa de esa familia.

Doña Dolores, desde joven, se teñía el pelo para disimular algunas canas prematuras; después de la guerra civil española, el Padre le sugirió delicadamente que dejara de hacerlo, y ella accedió sin dificultades, aunque, por su modo de ser, muy femenino, ciertamente constituyó un sacrificio para ella.

Pero la Abuela supo hacer sacrificios aún mayores por su hijo y por la Obra. Como ya he mencionado, nuestro Fundador habló explícitamente del Opus Dei a su madre, a su hermana Carmen y a su hermano Santiago, en septiembre de 1934. Si hasta ese momento su madre había sido un apoyo seguro para el hijo, en adelante colaboraría de un modo más eficaz y silencioso. Secundó sus deseos, intuyendo lo que no sabía, y subordinó sus planes personales y familiares a los de Dios, poniendo a disposición todo su patrimonio.

Durante la guerra civil española, cuando nuestro Fundador se vio obligado a pasarse a la zona nacional, doña Dolores se quedó en Madrid con sus otros dos hijos, y custodió, aun a costa de su vida, el archivo y todos los documentos de la Obra. Los había escondido dentro de un colchón y cuando los milicianos iban a hacer un registro, ella se metía en la cama, como si se encontrase mal (y era cierto): así logró salvar los papeles de su hijo, entre los que había verdaderos tesoros, como los apuntes en que el Padre había anotado sus experiencias interiores, las gracias recibidas de Dios, las reflexiones y primeros proyectos sobre el desarrollo de la Obra, y tantos otros valiosísimos textos.

Después de la guerra, cuando se comenzó a instalar la residencia de la calle Jenner, el Fundador regaló a su madre un libro sobre San Juan Bosco. Ella le preguntó: “¿Quieres que yo haga como la madre de don Bosco? Te aseguro que no tengo la más mínima intención”. Su hijo replicó: Pero mamá: ¡si lo estás haciendo ya! Y la madre, que había entendido todo, rompió a reír y le dijo: “Y continuaré haciéndolo con mucho gusto”. Lo mismo hizo su hermana Carmen: renunció a vivir su propia vida y se prodigó en servir a la Obra, en primer lugar quizá sobre todo por cariño a su hermano, pero siempre con mucho amor de Dios.

La Abuela y tía Carmen se ocuparon de la administración doméstica de los Centros de la Obra hasta que pudieron hacerse cargo de estos trabajos las mujeres del Opus Dei.

Transmitieron el calor que había caracterizado la vida doméstica de la familia Escrivá a la familia sobrenatural que el Fundador estaba formando. Nosotros íbamos aprendiendo a reconocerlo en el buen gusto de tantos pequeños detalles, en la delicadeza en el trato mutuo, en el cuidado de las cosas materiales de la casa, que implican –es lo más importante– una constante preocupación por los demás y un espíritu de servicio, hecho de vigilancia y abnegación; lo habíamos contemplado en la persona del Padre y lo veíamos confirmado en la Abuela y en tía Carmen. Era natural que procurásemos atesorar todo esto, y así, con espontánea sencillez, arraigaron en nosotros costumbres y tradiciones familiares que aún se viven hoy en los Centros de la Obra: las fotografías o retratos de familia, que dan un tono más íntimo a la casa; un postre sencillo para festejar un santo; el poner con cariño y buen gusto unas flores delante de una imagen de la Virgen, o en un rincón de la casa, etc.

El aire de familia característico del Opus Dei se debe a su Fundador. Pero si acertó a plasmar este estilo de vida en nuestros Centros no fue sólo en virtud del carisma fundacional, sino también por la educación que había recibido en el hogar paterno. Y es justo resaltar que su madre y su hermana le secundaron de modo muy eficaz.

La muerte de su madre le sorprendió en un momento muy concreto, mientras estaba predicando un curso de retiro para sacerdotes.

–Fue el 22 de abril de 1941. Desde el fin de la guerra, el Fundador del Opus Dei desarrollaba un extensísimo apostolado en Madrid y en los lugares más diversos de España; entre otras ocupaciones, predicó muchas tandas de ejercicios espirituales para sacerdotes. En abril de 1941 había aceptado la invitación para dirigir unos ejercicios al obispo y al clero de la diócesis de Lleida.

Algunos días antes del viaje de nuestro Fundador a Lleida, su madre había hecho una excursión a El Escorial con algunos de nosotros, y notó luego una leve afección bronquial. Al día siguiente guardó cama por esa indisposición, pero no parecía nada serio. El Padre, prudentemente, preguntó al médico si podía marcharse con tranquilidad, y el doctor le dijo que no se preocupase. Por esto, al despedirse de su madre, le pidió que ofreciese al Señor sus molestias por los sacerdotes que iban a participar en el curso de retiro. Doña Dolores, que tal vez era la única que presentía la gravedad de su dolencia, asintió, pero mientras nuestro Fundador salía de la habitación musitó en voz baja: “¡Este hijo!”

La enfermedad parecía seguir su curso normal; sin embargo, la tarde del 21 de abril se agravó, degenerando en una pulmonía traumática muy grave. Le fueron administrados los últimos sacramentos y el día 22, en las primeras horas de la mañana, expiró. Traté de telefonear inmediatamente a nuestro Fundador. En aquel tiempo podían pasar horas antes de conseguir una comunicación interurbana; por eso, cuando por fin se logró la conexión, me dijeron que nuestro Fundador estaba predicando y hablé primero con el obispo.

Tiempo más tarde supe que el obispo se acercó al Padre con el rostro demudado, pálido, y le dijo que yo le llamaba. Le di la noticia en pocas palabras: “La Abuela ha muerto”. Después me enteré de que, precisamente cuando le llamé por teléfono, nuestro Fundador estaba predicando sobre el papel imprescindible de la madre en la vida del sacerdote: entre otras cosas, había dicho que para un sacerdote su madre es como un Ángel Custodio, y debería morir un día después que su hijo.

Nuestro Fundador se postró inmediatamente a los pies del Sagrario para rezar: Señor, Tú lo has dispuesto así, y yo me había equivocado. Es mejor lo que Tú quieres: acepto de todo corazón tu voluntad, habiéndote llevado a mi madre. Regresó lo antes posible a Madrid. Lloró y rezó ante su cuerpo, con palabras de apenado desahogo filial: Señor, ¿por qué me haces esto? ¡Cómo me tratas! Recuerdo también que me tomó aparte y me dijo: Hijo mío, ayúdame a rezar un Te Deum, y así lo hicimos. Asistió al entierro con una gran serenidad, y consoló a su hermana Carmen y a su hermano Santiago.

¿Cómo se decidió el Fundador a pedir a su madre y a su hermana que colaborasen para lograr el buen funcionamiento de los primeros Centros de la Obra?

–Recuerdo muy bien que un día, a finales de 1938, cuando nuestro Fundador estaba en el hotel Sabadell de Burgos, me propuso como otras veces que le acompañara a dar un paseo por la orilla del río Arlanzón; mientras caminábamos, me hizo una pregunta que muestra el heroico y absoluto desprendimiento con que servía a Dios. Me preguntó si me parecía oportuno pedir a su madre y a su hermana que se ocuparan de la administración doméstica de nuestros Centros; es decir, de atender al orden de la casa, la limpieza, la cocina, y cosas similares.

Se trataba de una colaboración insustituible para nuestra familia sobrenatural, y por eso le respondí que me parecía una idea estupenda. Fue una respuesta inconsciente, porque no pensé que significaba impedir a su madre, a su hermana y al hermano pequeño de nuestro Fundador, que tuvieran una casa propia: deberían vivir en un rincón de una residencia para estudiantes y, además, tratando de pasar inadvertidos. Nuestro Fundador, después de haberlo meditado detenidamente en la presencia de Dios, pidió a doña Dolores y a Carmen que, a pesar de todo, prestasen este servicio al Señor.

La disponibilidad de la madre y la hermana de nuestro Fundador fue de una eficacia incalculable para el Opus Dei. Carmen afrontó siempre con un profundo sentido de responsabilidad el deber que había hecho propio libremente. Le tocó dirigir la administración doméstica de muchos Centros de la Obra y soportar las incomodidades y contratiempos de los comienzos; cuando las cosas empezaban a funcionar bien, Carmen se quitaba de en medio. Jamás perdió la calma ni se dejó arrastrar por la agitación, el aturdimiento o la angustia: no se enfadaba nunca; es más, parecía siempre serena, con una paz interior y una confianza en Dios que multiplicaban su eficacia. Recuerdo, por ejemplo, cuando comenzó a ocuparse de la administración de las dos primeras casas de retiro del Opus Dei: La Pililla, en Ávila, y Molinoviejo, cerca de Segovia. En ambas, al principio no teníamos ni siquiera luz eléctrica. Carmen, como siempre, no puso ninguna dificultad para dirigir estos trabajos hasta disponer de las condiciones previstas para que se pudieran ocupar directamente las mujeres de la Obra.

Hay que tener en cuenta que Carmen no perteneció nunca a la Obra: no tenía vocación y, sin embargo, siempre que el Fundador pidió a su hermana que ayudara a la Obra, ella respondió con generosidad.

El 2 de abril de 1948 el Padre, que ya llevaba algún tiempo viviendo en Roma, fue a Madrid, y pocos días después, el 15, también Carmen se trasladó a la Ciudad Eterna. Su hermano le había pedido que echara una mano a las empleadas del hogar que desarrollaban el servicio doméstico y a quienes lo dirigían. Ella aceptó con alegría, como siempre que se trataba de sacrificarse por la Obra.

Después Carmen regresó a España y, a comienzos de los años cincuenta, alquiló con su hermano Santiago un apartamento en la calle Zurbano de Madrid. Al fin, después de tantos años, tenía casa propia y podía llevar una vida independiente, y según sus gustos. Pero el descanso duró pocos meses. Antes de que hubiera terminado la decoración de la casa, nuestro Fundador le preguntó si podía dirigir la administración doméstica de una finca que se había comprado en Salto di Fondi, cerca de Terracina. Carmen aceptó inmediatamente, y volvió a Roma en julio de 1952.

Se quedó en Salto di Fondi hasta el verano de 1953: el tiempo necesario para que se terminasen los trabajos de reforma de la casa y las mujeres de la Obra pudieran ir a vivir allí. En lugar de regresar a España, Carmen se estableció en Roma con Santiago en un chalet situado en Via degli Scipioni. Allí pasó los últimos cuatro años de su vida. Tomó esta decisión por el deseo de estar más disponible, más pronta a hacer lo que el Señor le pidiese a través de su hermano. En las peticiones de nuestro Fundador, ella veía realmente la Voluntad de Dios.

Dicho sea de paso, a Carmen no le faltaron ocasiones de formar su propia familia. Es más, podría haberse casado muy bien; de hecho, tenía un pretendiente, un hombre con un título nobiliario que le había pedido la mano formalmente. El Padre me contó la conversación que tuvo entonces con su hermana. Carmen dijo: “Josemaría, por ahora no siento nada por él; pero si le trato llegaré a quererle. Prefiero quedarme contigo y ayudarte todo lo que pueda”.

En efecto, nuestro Fundador tuvo en su hermana una ayuda extraordinaria, sobre todo para la formación en tareas domésticas de algunas entre las primeras vocaciones de mujeres del Opus Dei. Su ayuda consistió en cumplir lo que su hermano le pedía de vez en cuando, pero sin entrometerse nunca en las cuestiones fundacionales, porque comprendía que era una misión confiada por el Señor exclusivamente al Fundador.

Si la abnegación de doña Dolores duró hasta dos años después de la guerra civil española, Carmen se prodigó durante casi veinte años, yendo de una parte a otra, donde se hacía necesaria su presencia.

Padre, ¿podría evocar algún detalle de la muerte de tía Carmen?

–En los primeros meses de 1957 notamos que el estado de salud de Carmen, siempre llena de vitalidad y de energía, se deterioraba. El 4 de marzo los médicos le diagnosticaron un cáncer, y hacia el 20 de abril le anunciaron que sólo le quedaban dos meses de vida.

Apenas lo supo el Padre, quiso que yo se lo comunicase, con toda claridad y con mucha caridad. Quería que aquellos dos meses fueran para su hermana ocasión de unirse aún más con el Señor. El 23 de abril, fiesta de San Jorge, hablé con ella de su enfermedad. Le dije que sólo un milagro podría curarla y que, según el parecer de los médicos, le quedaban dos meses de vida; añadí que, si el tratamiento tenía éxito, quizá podría sobrevivir algo más, pero no mucho. Acogió la noticia con tranquilidad, con serenidad, sin lágrimas, como una persona santa. Y luego dijo: “Alvaro me ha dado ya la sentencia”.

Nuestro Fundador me pidió que buscase entre mis amigos de Roma un sacerdote culto y piadoso que pudiera asistirla espiritualmente durante aquellos meses. Hablé con el Padre Fernández, agustino recoleto, que era una persona de profunda vida interior. Aceptó el encargo y, después de ponerse de acuerdo con la enferma, quedó en visitarla una vez por semana; íbamos a buscarle en coche.

Fueron dos meses de oración y recogimiento. En mayo, aprovechando un viaje a Francia, nuestro Fundador se acercó a Lourdes para pedir el milagro de la curación de su hermana, aceptando siempre la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese.

El 18 de junio se agravó la situación de Carmen, y pidió la Unción de los Enfermos. Al día siguiente recibió el Viático, rodeada por el cariño de nuestro Fundador y de todos nosotros.

El 20 de junio, fiesta del Corpus, pasé mucho tiempo a su cabecera; le hablaba y ella me respondía con toda naturalidad, como si estuviese hablando de otra persona. Yo le preguntaba: “Carmen, ¿quieres ir al Cielo?” Y ella me contestaba con decisión: “¡Claro que sí!” Y en un momento me dijo: “Alvaro, quiero ver…”. Al principio pensé que había perdido la vista y le dije: “¿Pero no nos ves? Estamos aquí…”. Ella replicó: “Sí, eso ya lo sé”. Añadí: “Te parecemos poco. Lo que tú quieres es contemplar a la Virgen”. Respondió: “Sí, ¡eso!”

Durante la agonía no podía casi hablar. Repetía balbuceando las jaculatorias que nuestro Fundador, ayudado por algunos de nosotros, le musitaba al oído. Sólo respondía a los estímulos sobrenaturales.

Apenas unos minutos antes de morir, cuando casi había perdido el pulso, el Padre le dijo: ¿Verdad que cuando llegues al Cielo nos encomendarás mucho? Su hermana contestó: “¡Sí!” Fue una de las últimas palabras que pronunció. Poco después moría.

Poco antes de la muerte de Carmen, su confesor, el Padre Fernández, me comentó: “Tiene una paz interior enorme. Se ve que esta docilidad a la Voluntad divina es un milagro de Dios: no he visto nunca un enfermo tan unido a Dios. Yo vengo aquí para edificarme, más que para ayudarla”.

Al día siguiente del fallecimiento de Carmen, nuestro Fundador contó a un grupo de hijos suyos: se acabaron las lágrimas en el momento en que murió; ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor que se la ha llevado al Cielo; con el gozo del Espíritu Santo. Y al leer en sus rostros la tristeza por la muerte de su hermana, añadió: sí, hijos, me tenéis que dar la enhorabuena; Carmen se encuentra ya en el Cielo. Estaba ilusionadísima con la idea de que pronto vería a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a la Santísima Virgen, y a los Angeles… Ahora continúa encomendándonos.

Enseguida que murió, bajé al oratorio, para celebrar la primera Misa en sufragio por su alma… Encomendadla, ofreced oraciones por ella, pero yo estoy seguro de que ya goza de Dios; ma propio certo: completamente seguro.

El propio Padre me confió el motivo de esta seguridad. No sabía que también había dejado una relación escrita sobre lo sucedido, en un sobre con esta anotación: Para abrir cuando yo muera. Cuando nuestro Fundador se disponía a celebrar la Santa Misa por el alma de su hermana, le vino a la cabeza la idea de pedir una prueba de que Carmen se encontraba ya en el Cielo. Desechó enseguida ese pensamiento, porque le parecía que era tentar a Dios. Sin embargo, me contó que, tanto en el memento de vivos como en el de difuntos, se olvidó de aplicar la intención de la Misa por su hermana, a pesar de las condiciones espirituales y psíquicas en que se encontraba: estaba muy apenado, nunca había celebrado en aquel oratorio, etc. Apenas se dio cuenta de que se había olvidado de ofrecer la Misa por Carmen, le invadió la certeza de que tal olvido, humanamente inexplicable, era la respuesta de Dios: comprendió que el Señor le quería hacer entender de esa manera que su hermana no necesitaba sufragios.

El Padre advirtió de modo inefable la intervención del Señor, que penetra en lo más íntimo del alma. Por eso tuvo la persuasión de que su hermana “había dado el salto”, como ella misma había deseado y merecido con su vida de entrega a la Voluntad divina.

Padre, me gustaría oírle contar algo más sobre el papel del Fundador como cabeza de familia, sobre todo en su relación con su hermano Santiago, cuando era pequeño.

–Cuando nuestro Padre decidió en 1918 entrar en el Seminario de Logroño –donde fue admitido como alumno externo–, no se olvidó de sus deberes familiares. Aunque sus padres, con mucha delicadeza, para dejarle la más completa libertad de decisión, no le pusieron la más mínima dificultad, se dio cuenta de que su elección desbarataba los planes, humanamente lógicos, lícitos y honestos, que ellos se habían hecho para rehacer el patrimonio familiar con su ayuda. Era consciente de que, al aceptar con generosidad la Voluntad divina, debieron cambiar sus proyectos y resignarse, al menos durante unos años, a la ausencia del único hijo varón.

Entonces, nuestro Fundador, con gran sencillez y confianza, empezó a pedir al Señor que enviase a sus padres otro hijo varón. No era poco pedir, porque sus padres eran ya mayores, y habían pasado casi diez años desde el nacimiento de la última hermana, Rosario, muerta a los nueve meses de edad, en 1910. Transcurrieron algunos meses, y ni Carmen ni Josemaría se dieron cuenta de que su madre estaba embarazada, aunque ya era patente. Su alegría fue enorme, y aún más su agradecimiento al Señor, cuando su madre, algún tiempo después, llamó a los dos hermanos y les comunicó que estaba esperando un niño. Santiago Escrivá de Balaguer nació el 29 de febrero de 1919.

Sobre todo a partir de la muerte de su padre, nuestro Fundador se prodigó en la atención y educación de Santiago. Le dedicó todo el tiempo que pudo, para formarlo bien. Fue para él más que un hermano mayor: casi un padre, un amigo, y un maestro. Le enseñó el catecismo, le introdujo en la vida de piedad, le siguió en los estudios, etc.

He escuchado al Padre que a veces tenía que defenderse de la “colaboración” de su hermano pequeño, que imitaba en todo a su hermano mayor. Como Santiago se había dado cuenta de que nuestro Fundador recortaba artículos de los periódicos y los pegaba en fichas, en una ocasión le llenó el fichero con recortes de revistas tomados al azar. Entonces el Padre se hizo con dos calaveras: a una le llamaba en broma “doña Pelada”; la otra era de un caballero templario, y le puso el nombre de “don Alonso”. Colocó las dos calaveras sobre el fichero y, desde entonces, cesaron las “colaboraciones” del pequeño Santiago.

El Padre recordaba a veces otra anécdota. Un día fue a dar un paseo con su hermano. El niño le pedía siempre que le comprase caramelos. Le gustaban especialmente unos que vendía un viejecito en la esquina de una calle cercana a la casa donde vivían; se llamaban chupetes o chupones. Aquel día, mientras se acercaban al puesto en que el hombre vendía su mercancía, una ráfaga de viento levantó una gran polvareda y ensució los caramelos. Sin pensarlo dos veces, el viejecito los tomó, uno a uno, y los fue limpiando a lametones. Desde ese día, Santiago renunció para siempre a esos caramelos. Nuestro Fundador, que sabía sacar de todo suceso una referencia sobrenatural, se divirtió mucho con la reacción de su hermano y le hizo considerar a veces que las cosas del mundo son como caramelos: después de desearlas tanto, acaban por perder su atractivo, y terminan por repugnarnos.

Incluso cuando Santiago alcanzó la mayoría de edad, el Padre continuó ocupándose de él como un buen hermano y cumplió sus obligaciones fraternas. En 1958, en su calidad de cabeza de familia, acudió a Zaragoza para pedir la mano de su futura cuñada, Yoya. Sin embargo, para dar a sus hijos ejemplo de pobreza y de desprendimiento, no asistió a la boda de su hermano, pero me pidió que lo hiciera en su lugar, aprovechando que yo debía viajar a España. Después, hasta su muerte, ayudó a su hermano y a su familia, con la oración y con el consejo, como aparece claramente en la abundante correspondencia que conservamos.

El Fundador llevó este vivo sentido de la paternidad, aprendido y vivido en su familia, a la gran familia sobrenatural de la Obra.

–El Padre repetía a menudo que sólo tenía un corazón, el mismo corazón con el que amaba a Dios y a sus hijos. No era un cariño abstracto: como buen padre, vibraba al unísono con las alegrías y las penas de sus hijos, y estaba muy pendiente de su salud.

Dos casos concretos. En una época, en el Colegio Romano de la Santa Cruz, los alumnos perdían horas de clase durante la semana, porque debían ocuparse personalmente de otras muchas cosas, ligadas sobre todo a la necesidad de seguir de cerca las obras (los trabajos de la construcción de nuestra sede central estaban en pleno apogeo). Se decidió entonces recuperar esas clases los domingos. Cuando el Padre se enteró, lo prohibió tajantemente; es más, si hasta entonces había animado siempre a los alumnos a aprovechar los días de fiesta para visitar los monumentos de Roma –que constituyen una maravillosa apología de la fe–, a partir de ese momento sus invitaciones se hicieron mucho más insistentes. De modo análogo, otra vez se enteró, a través de una carta, de que en una determinada nación sus hijos se veían obligados a privarse de horas de sueño, por las exigencias apostólicas. El Padre intervino y señaló, entre los deberes graves de los directores, el de asegurar que todos los miembros de la Obra estuvieran en la cama habitualmente siete horas y media cada noche.

Eran continuas sus delicadezas. Recuerdo que en 1961, después de haber pasado el verano en Inglaterra, había decidido salir de Londres hacia Roma, el 4 de septiembre. Habíamos comprado ya los billetes para el viaje, cuando nos enteramos de que justamente el día previsto para la salida era el santo de una Numeraria auxiliar que se había ocupado de las tareas domésticas de la casa en que habíamos estado. Al Padre le pareció un deber de caridad retrasar un día el regreso, para poder felicitar a aquella hija suya: otra cosa le hubiera parecido una descortesía. Sus atenciones se hacían aún más solícitas si alguno de sus hijos enfermaba. Cuando en 1943 efectué mi primer viaje a Roma, se había propagado por España una epidemia de tifus esantemático, una enfermedad muy contagiosa que en aquella época era llamada popularmente el “piojo verde”. En el mes de marzo el entonces director de la Residencia universitaria de la Calle Jenner, Juan Antonio Galarraga, tuvo mucha fiebre. Se pensó que era tifus, pero en realidad lo que tenía era la viruela. El Padre se ocupó personalmente de él, lo arropó con unas mantas, y se lo llevó en taxi al hospital de enfermedades infecciosas. Lo trató como un padre a su hijo. Después, durante la convalecencia de Juan Antonio, fue muchas veces a verle, y luego pidió a su hermana Carmen que fuese también a visitarle, para que estuviese atendido con gran solicitud y cariño.

La muerte de una hija o de un hijo suyo le producía un dolor inmenso: le he visto llorar muchas veces. Es lógico que sufra, hijos míos –comentaba–, el Señor me ha dado para vosotros corazón de padre y de madre. Cuando se trataba de una persona joven, protestaba filialmente al Señor: no comprendía humanamente por qué Dios había decidido llamarle a Sí cuando podría haberle servido tantos años aún. Pero después se sometía inmediatamente, en un dolido acto de aceptación de la Voluntad divina: Fiat, adimpleatur…

El 18 de diciembre de 1972, el Padre fue a visitar a una joven Numeraria de origen siciliano, Sofía Varvaro, ingresada en una clínica de Roma. Tenía un cáncer de hígado y estaba desahuciada por los médicos. El Padre la consoló y la animó hablándole del Cielo. El diálogo tuvo momentos de gran emoción.

–”Padre –le confió Sofía–, a veces tengo miedo de no saber llegar al final, porque soy muy poca cosa”.

El Padre le replicó inmediatamente: ¡Hija, no tengas miedo!: ¡que te espera Jesús! Yo le estoy pidiendo que te cures, pero que se haga su Voluntad. Cuesta a veces aceptar esa Voluntad divina, que no entendemos, pero el Señor se debe reír un poco de nosotros, porque nos quiere y nos cuida como un padrazo, con corazón de madre, ¿comprendes? Yo, mañana, con la Hostia santa, te pondré en la patena para ofrecerte al Señor. Y tú, aquí o en el Cielo, siempre muy unida al Padre, a las intenciones del Padre, porque os necesito a todos bien metidos en mi petición.

Sofía le dijo que había rezado mucho por los frutos de su reciente viaje a España y Portugal.

¡Hija mía, me habéis ayudado tanto! No me he encontrado nunca solo. Ahora, después de verte, sé que tú me ayudarás en el Cielo, y también en la tierra, si el Señor te deja aquí. Pide intensamente por esta Iglesia, que a mí me hace padecer tanto, para que termine esta situación. Me apoyo en vosotros, y me siento acompañado por vuestra oración y por vuestro cariño.

–”Padre, gracias por su ayuda, y por la ayuda de todos los de la Obra”.

¡No puede ser de otra manera! Estamos muy unidos, y yo me siento responsable de cada uno de vosotros. Sufro, cuando no estáis bien de salud: me cuesta mucho, pero amo la Voluntad del Señor. Como somos una familia de verdad, yo me encuentro feliz con vuestro cariño, y pienso que también a vosotros os tiene que dar alegría que el Padre os quiera tanto.

–”Padre, quiero llegar al final, pero a veces tengo muchos dolores, y me canso”.

Sí, hija mía, te entiendo muy bien. Acude a la Virgen, y dile: monstra te esse Matrem!, o con sólo que le digas ¡Madre!, es suficiente. Ella no nos puede dejar. Además, nunca estaremos solos, tú nos sostienes a los demás, y los demás están bien unidos a ti. Pide tu curación, aceptando la Voluntad de Dios, y estáte contenta con lo que Él disponga: la Iglesia necesita nuestra vida. Reza por los sacerdotes de toda la Iglesia y especialmente por los de la Obra, no porque debamos ser más santos que los demás, sino para que nos hagamos cargo de esta bendita responsabilidad de que hemos de gastarnos de verdad. Fuerza al Señor. Dile: ¡Jesús mío, por tu Iglesia!, y ofrécele todo. Por la Obra, para que podamos servirte siempre más. Tu unión con el Señor, hija mía, ha de ser cada día más grande.

–”Padre, hace mucho tiempo que no puedo asistir a la Santa Misa”.

Hija mía, ahora tu día entero es una Misa, consumiéndote bien unida al Señor. No te preocupes. El Señor está dentro de ti, no le dejes. Hay que rezar mucho. Dirígete a la Santísima Virgen y a San José. Acude con confianza a nuestro Padre y Señor San José, para que nos lleve por el camino de intimidad que él tuvo con su Hijo.

Al salir de la habitación de la clínica, sin esconder el propio dolor, el Padre repitió lentamente la jaculatoria: Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen!

He reconstruido todo este diálogo sirviéndome de los testimonios y recuerdos de algunas personas que estuvieron presentes, porque cada frase constituye un extraordinario ejemplo práctico de cómo en el Padre el cariño humano y la visión sobrenatural iban siempre íntimamente unidos.

El cariño del Fundador hacia sus hijos se manifestaba en la generosa entrega a su formación, sin dejarse vencer por el cansancio.

–En el plano personal, nunca podré olvidar que, cuando pedí la admisión en la Obra, en el mes de julio de 1935, el Padre, aunque estaba agotado por la abundancia de trabajo, no dudó en empezar un ciclo de clases de formación solamente para mí: un nuevo peso que venía a añadirse a las ya numerosas actividades de que estaban repletas sus jornadas.

Puso un cuidado especialísimo en la formación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, y lo explicaba con cinco razones:

Segunda. Si nuestros sacerdotes no tienen una profunda formación teológica, no me sirven para el apostolado específico del Opus Dei.

Tercera. Los miembros de la Obra hacen muy bien sus estudios civiles, y hubiese sido destruir su espíritu, que no pusiesen la misma intensidad en sus estudios eclesiásticos.

Cuarta. Hay muchas personas que nos tienen un gran cariño, y conviene que vean hasta qué punto se preparan bien los sacerdotes de la Obra.

Quinta. No faltaban tampoco algunas otras personas que nos miraban con menos afecto, y era razonable que comprendieran –todos éstos también– la seriedad y la solidez de nuestra labor.

Y primera. Yo me muero cualquier día, y tengo que dar cuenta a Dios.

De otra parte, el Beato Josemaría era muy exigente, porque exigente es la lucha por la santidad. Afirmó siempre que la Obra es familia, pero también milicia, en el sentido de que los miembros de la Obra reciben una formación adecuada a su tarea sobrenatural de cristianos apostólicamente movilizados para despertar en todos los bautizados la conciencia de la llamada universal a la santidad.

–Proponía metas muy ambiciosas, de acuerdo con un principio que formulaba así: De ordinario, al que pueda hacer siete, le pido catorce, y me hace quince. Y refiriéndose en concreto al trabajo apostólico, decía que, si uno puede hacer diez, hay que pedirle veinte, para que dé dieciocho. En definitiva, los números podían variar, pero el concepto estaba clarísimo.

¿Y cuando debía corregir?

–Cuando debía reprender a alguno, tenía siempre presente la mayor o menor frecuencia de sus relaciones con el interesado. Corregía con inmensa dulzura a aquellos que veía de tarde en tarde y, en cambio, se mostraba más severo con los que tenía cerca. Eran dos modos diferentes de ayudarnos, en función de las diversas circunstancias.

Acabo de explicar cómo el Padre elegía la línea de conducta más adecuada en cada momento para mantener el justo equilibrio entre la necesaria severidad y el cariño. En los primeros años, cuando veía que algo se había hecho mal pensaba: no lo puedo decir inmediatamente porque estaré enfadado, y conviene que lo diga en tono frío, para no herir, ser más eficaz, y no ofender a Dios; dentro de dos o tres días, cuando ya esté más calmado, diré lo que sea. Pero en los últimos años hacía la corrección cuanto antes. Se decía: Si no la hago inmediatamente, pensaré que voy a hacer sufrir a esa hija mía o a ese hijo mío, y corro el peligro de no decirlo. Y por eso intervenía inmediatamente sin pasar nada por alto, porque quería mucho a sus hijos y los quería santos.

¿Y no se equivocaba nunca?

–Las raras veces en que sucedía, rectificaba inmediatamente, y si era el caso, pedía perdón. Recuerdo que en enero de 1955, al regresar a casa a mediodía y pasar por delante del oratorio de San Gabriel, en nuestra Sede Central, me encontré con el Padre, que estaba con algunos alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, entre ellos Fernando Acaso. Después de saludar al Padre, aproveché la ocasión para decir a Fernando que podía ir a recoger unos muebles que nos hacían falta, porque al fin teníamos dinero en el banco. Al oír esto, nuestro Fundador comenzó a excusarse con aquel hijo suyo. Había sucedido lo siguiente: poco antes de que yo llegara, le había preguntado por los muebles. Fernando le había empezado a explicar que no había ido a recogerlos, pero el Padre, sin dejarle seguir, le preguntó de nuevo si los había recogido. Entonces Fernando respondió sencillamente que no, y nuestro Fundador le dijo que no le gustaba que nos excusásemos. Pero al oírme, comprendió inmediatamente lo que había pasado y se apresuró a pedirle perdón, delante de nosotros, porque no le había dejado exponer sus razones. Como si no bastase, luego, en la sala de estar, delante de todos los alumnos del Colegio Romano, le pidió otra vez perdón a Fernando y alabó su humildad. Realmente, era llamativa la prontitud con que rectificaba: y no vacilaba en hacerlo en público si era necesario. Era una característica muy destacada de su comportamiento, y deseaba para todos la alegría de rectificar.

Me gustaría ahora hacerle una pregunta tal vez indiscreta. Usted ha estado cuarenta años junto al Fundador, en estrechísima colaboración: ¿podría hablar ahora de su propio vínculo de filiación con el Padre?

Me considero, con un santo orgullo, aunque inmerecido, hijo espiritual del Fundador y deudor insolvente. Entre tantas cosas, le debo mi vocación a una entrega total a Dios en el Opus Dei; le debo la llamada al sacerdocio, don inefable del Señor, y el haberme impulsado constantemente a servir a la Iglesia, con la adhesión más plena al Romano Pontífice, a los obispos en comunión con la Santa Sede, con el espíritu de obediencia y de unión a la Jerarquía propio de la espiritualidad de la Obra.

Me une al Padre, por tanto, la filial e inmensa estima que le tengo, no sólo porque me dio un ejemplo de santidad heroica, como porque fue instrumento del Señor para encontrar mi vocación, que es la razón de mi vida.

Nuestro Fundador tenía constantes manifestaciones de afecto hacia todos, y personalmente puedo atestiguar que fui objeto continuo de su cariño paterno. Cuando me veía un poco cansado se volcaba conmigo. Parecerá una cosa sin importancia, pero me conmuevo al recordar que, cuando iba a trabajar al Vaticano con mi sotana más nueva, el Padre le decía a don Javier Echevarría poco antes de mi regreso: Vamos a bajar a tu hermano Alvaro la ropa, para que se cambie, porque vendrá cansado. Se esforzaba en conocer los gustos de cada uno, y los recordaba bien; por ejemplo cada vez que me ponía enfermo y tenía que guardar cama o estar a dieta, procuraba que, dentro de las prescripciones médicas, me preparasen platos que me gustaban.

En febrero de 1950 se me agudizaron las molestias que sufría desde algunos años atrás en el hígado y el apéndice. Nuestro Fundador hizo llamar al profesor Faelli, que le trataba la diabetes. El médico dijo que tenían que operarme urgentemente de apendicitis. El Padre no se separó de mi lado hasta el mismo instante de la operación. Yo tenía unos dolores muy agudos, y trató durante todo el tiempo de distraerme y hacerme reír un poco; llegó a improvisar delante de mí una especie de baile muy divertido. Después me confió lo que pensaba en aquellos momentos: sabía que yo estaba preparado para la muerte, y muy unido a Dios, por su misericordia; no necesitaba, pues, consideraciones espirituales que me consolaran o animasen; por otra parte, estaba claro que no me iba a morir: lo único que me hacía falta era olvidar el dolor. Así, delante de mí y en presencia de una tercera persona, el Padre tuvo la gran caridad y humildad de improvisar aquel baile. Y consiguió su propósito, porque me empecé a reír, me divertí mucho y no pensé más en mis dolores. Después de la operación, vino a verme a la Clínica muchas veces, y estuvo conmigo todo el tiempo que pudo; en aquellos ratos, que fueron muchos y prolongados, fui objeto de la inmensa caridad con la que trataba a sus hijos enfermos. No lo olvidaré jamás.

¿Menudencias? Lo considerarán así los que no sepan qué significa querer. Hasta donde era posible, evitaba a sus hijos los disgustos. El 10 de marzo de 1955 llegó un telegrama con la noticia de la muerte de mi madre. El Padre lo leyó y, como era ya de noche, no quiso comunicarme la triste noticia, para que pudiese dormir tranquilo. Al día siguiente me enseñó el telegrama y me explicó: Llegó anoche; he querido que durmieses, y por tanto he esperado hasta ahora, pero las oraciones que ibas a hacer tú, las he hecho yo por ti, y además he hecho las mías por tu madre, y ahora vamos a celebrar los dos la Santa Misa por el alma de tu madre, que era tan buena.

En la vida de familia prestaba pequeños servicios con elegancia, añadiendo siempre alguna frase amable, para evitar que el interesado se sintiera incómodo. Recuerdo que me limpiaba las gafas a menudo, repitiendo con buen humor un dicho usual en España: están tan sucias que se podrían plantar cebolletas.

Pero no deseo alargar las citas indefinidamente. Considero un privilegio y una gran responsabilidad haber sido testigo, durante cuarenta años, de su empeño por alcanzar la santidad. Muchas veces he pedido al Señor que me conceda aunque sólo sea una milésima parte del amor que veía en su corazón. Se suele decir que ningún hombre es grande para su mayordomo; yo no he sido mayordomo del Padre, sino un hijo que, con la ayuda del Señor, ha tratado de serle siempre muy fiel; y debo decir que, desde 1936, cuando comencé a tratarlo con mayor intimidad, hasta aquel 26 de junio de 1975, en que el Señor lo llamó a Sí, mi admiración por su extraordinaria caridad hacia Dios y el prójimo, ha crecido de día en día. Delante del Padre, repito, me siento deudor, deudor insolvente.

En la ciudad de Logroño

fundador  Tagged , , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La mayor parte de la ciudad de Logroño se acomoda en la margen derecha del Ebro. El encuentro entre este río y el Iregua ha dado origen a un terreno de aluvión enormemente fértil y que ha matizado la vida económica y social de esta ciudad desde sus comienzos. Es una capital de extensión media, edificada con gran generosidad de espacios y salpicada, como toda urbe abrazada por un río, de alamedas, paseos y sorpresas verdes que suavizan el rigor de las construcciones de piedra y hormigón. Los monumentos históricos están bien cuidados y, cada atardecer, sus fábricas se reflejan en el espejo del agua que pasa a pocos metros. Tiene Logroño dos puentes para cruzar el Ebro: el de piedra, que fue reconstruido en 1884 y que tiene siete arcos sobre 189 metros de longitud; y el de hierro, que se construyó en 1882. Este último posee once tramos rectos sobre pilares circulares de piedra revestidos de hierro, con andenes laterales y tránsito central. Su longitud es de 330 metros y sirve como prolongación de la calle de Sagasta. De las murallas que la circunvalaban en el siglo XII apenas queda un lienzo para exhibir como recuerdo histórico. En cambio, y pese a las transformaciones de esta ciudad ribereña, el Espolón, paseo central, sigue conservando su primio tivo encanto señorial, pacífico y romántico. Los álamos, que ya describiera Jovellanos en 1795, los castaños y acacias, prestan una grata y reposada sombra a los antiguos bancos de talla y hierro. Hay juegos para los niños, toboganes, columpios, pérgolas; y un quiosco que se anima con la banda de música en las mañanas domingueras.

Por la calle Muro del Carmen, se llega a la plazoleta del Instituto. Este es un gran edificio de finales del siglo XIX, construido con espacios suficientes para acoger holgados planes docentes.

Sobre Logroño se yergue la más primitiva de todas las flechas góticas de España: Santa María del Palacio, antigua sede residencial de la Orden del Santo Sepulcro en tiempos de Alfonso VII. Después, y en orden cronológico, se pueden anotar la iglesia de San Bartolomé, la de Santiago y Santa María la Redonda, con sus agudas torres gemelas.

Establecida en un punto confluente de fronteras naturales, debe su expansión a ser incluida en la ruta o camino de Santiago. En ella se neutralizan las fuerzas de atracción de dos ciudades poderosas: Zaragoza y Bilbao. Apoyada en un terreno fértil, Logroño vive de sus industrias vinícola y conservera. El valle del Ebro ofrece a los agricultores una exquisita colección de frutas que podrán recoger y enviar a toda España. Ello explica la alta inscripción de comerciantes que integran su población desde hace muchos años.

La docencia se imparte en el Instituto de Enseñanza Media, y cuenta también con la Escuela Normal del Magisterio, Escuelas de Comercio y de Peritos Industriales, promovidas a lo largo de diversas décadas del siglo. Hay un Seminario Diocesano y una iglesia Colegiata: Santa María la Redonda.

En los primeros meses de 1915 llega a Logroño don José Escrivá, para sacar adelante a la familia después de la quiebra de su negocio en Barbastro. Es de suponer que la dedicación anterior al comercio textil le ha permitido establecer relaciones que podrán, ahora, servirle de respaldo y garantía. Estos conocimientos le encaminan hacia la más importante tienda de tejidos existente, en este tiempo, dentro de Logroño. Tiene el nombre de «La Gran Ciudad de Londres», y su dueño es don Antonio Garrigosa.

Conociendo su limpia trayectoria, así como la motivación que le ha llevado hasta Logroño, Garrigosa no duda en aceptar a don José Escrivá entre los colaboradores de su empresa. Y así, en septiembre de este mismo año, puede venir a la ciudad toda la familia. Don José ha buscado un piso en la céntrica calle de Sagasta. Es el número 18 -hoy, número 12-, cuarto piso; le preocupa el exceso de escaleras, pero es lo mejor que ha podido encontrar para los suyos. Desde las ventanas se puede llegar a ver el Espolón y la estructura horizontal que forma sobre el río el gran puente de hierro. Este último piso de la casa tiene encima solamente la buhardilla: durante tres años sentirán el riguroso clima de Logroño.

Carmen se ha matriculado en la Escuela Normal y sigue sus estudios de Magisterio. Josemaría presenta su instancia, fechada en abril de 1916, para examinarse del cuarto año de Bachillerato como alumno no oficial del Instituto de Logroño. Ha cursado los otros tres en los Institutos de Huesca y Lérida, como hacen tradicionalmente los alumnos del Colegio de los Escolapios de Barbastro(1). Sus notas demuestran -antes y después del traslado a Logroño- una buena aptitud tanto para las Ciencias como para las Letras, ya que alternan los Premios o Matrículas de Honor en Aritmética y Geometría con los de Preceptiva, Derecho y Composición.

Garrigosa se da cuenta de la situación económica de la familia Escrivá y quiere suavizar, en lo posible, lo que ha de significar para ellos el traslado, la pérdida del negocio, la soledad de una ciudad desconocida en la que aún no tienen amigos. Hay en «La Gran Ciudad de Londres» un empleado de toda confianza: se llama Antonio Royo. El y los suyos ayudan a ambientarse a los recién llegados y les brindan su amistad. Don José lo agradece y comparte sus años de Logroño con esta familia, aunque hace una vida profundamente hogareña y sus salidas son escasas(2).

Nadie le oirá un comentario amargo o desalentado. No pierde la simpatía especial que le caracteriza y que no le impide manifestar, de vez en vez, su rotundo ser aragonés. Su educación y conocimientos revelan otro origen y otra posición, aunque él jamás toca este asunto. Es un hombre metódico, cumplidor de su deber, trabajador serio y responsable. Su puntualidad es proverbial: todos los días llega al comercio tres o cuatro minutos antes de abrir. Previamente, ha pasado por la encuadernación de Antonio Larios que está en la calle del Mercado, llamada popularmente Portales. Una espontánea afinidad se ha establecido entre don José y Larios; se saludan, unos momentos antes del trabajo, por la mañana y por la tarde.

Algunas veces, a la salida, se reúnen en una pequeña tertulia en la que se habla de casi todo, pero muy en especial de lo que preocupa las vidas y las mentes en Europa entera: la Primera Guerra Mundial, que ha estallado en agosto de 1914. Francia, Inglaterra, Rusia e Italia se enfrentan a Alemania, Austria y Turquía. Mueren los hombres en los campos de batalla y las ciudades son bombardeadas. La inflación económica se hace sentir en todos los países y niveles sociales. Y las gentes se preguntan hasta dónde va a proseguir y a qué nuevos lugares puede comprometer la conflagración.

Don José opina y escucha. Dice una frase amable y se interesa por todo y por todos, mientras juega, en un gesto muy habitual, con su anillo. Flotan aires de irreligiosidad; se habla de la Iglesia con despego. Sin embargo, su persona impone en los demás un profundo respeto a sus creencias.

Manuel Ceniceros tiene entonces doce años. Se encarga de limpiar las lunas de los escaparates, barrer la tienda y de una multitud de pequeños recados y servicios que le ocupan todo el día. Siempre recordará la amabilidad de don José, un señor que no daba órdenes, sino que pedía las cosas por favor; que era capaz de poner una broma oportuna sobre el trabajo para que resultara más grato. Que llevaba en su pitillera de plata, perfectamente alineados, los seis cigarros, liados a mano en casa, que se fumaría durante toda la jornada(3).

Doña Dolores y Carmen también han tenido que acomodar su vida a la nueva situación. Ellas deben llevar a cabo el trabajo de la casa: ya no tienen quien ayude. Sin embargo, todo sigue igual,, con el mismo detalle de siempre.

Mientras tanto, Josemaría continúa sus estudios. Ha logrado ser admitido como alumno no oficial en el Instituto de Logroño, del que es director don Joaquín Elizalde. Por las tardes, bastantes muchachos están libremente adscritos por sus padres a un colegio

privado, en el que estudian y repasan para adelantar y dominar las asignaturas. Dos grandes Centros de Enseñanza Media tiene la ciudad en este tiempo: uno que rigen los HH. Maristas y otro, llevado por seglares, cuyo director es don Bernabé López Merino, farmacéutico de Alfaro y que, posteriormente, llegará a ganar la Cátedra de Ciencias. Este último se llama Colegio de San Antonio.

Josemaría es alumno del San Antonio. Allí empieza a ir todos los días por la tarde; en el camino, le alcanza y se le une Julián Gamarra, que viene desde la calle Carnicerías, contigua a la de Sagasta. Juntos, llegan hasta el colegio, en la calle del Marqués de Murrieta, aunque su entrada se abre a la contigua Avenida de Portugal. Se encuentran también con otros muchos: Francisco Lapeña, Gabino Gómez Arteche y Antonio Urarte Balmaseda… Cerca de la puerta de entrada hay un rincón que los chicos han bautizado con el nombre de «El Casino». En ese pequeño reducto charlan cada día unos minutos antes de que llegue, inexorable, la hora de entrar en las aulas. Josemaría es uno más, aunque destaca por sus notas y por su carácter serio, pero sonriente.

Los domingos se le puede ver por la carretera de Laguardia, que sirve de prolongación a la calle de Sagasta y al Puente de Hierro. Camina cerca de sus padres y de su hermana Carmen, mientras habla animadamente con los hijos de la familia Royo. Suele llevar un traje de color gris, pantalón corto y medias oscuras hasta la rodilla. Incluso acostumbra a calarse una boina pequeña al estilo de los hombres de la Rioja. Sus amigos dicen que tiene una simpatía contagiosa y que es muy comunicativo.

Pero también es un adolescente reflexivo y observador, que sufre hondamente por la situación de la familia; aunque, por temperamento, no cede ante las dificultades. Tal vez, si algo no entiende aún, es la paz con que don José ha aceptado las contradicciones. Tendrán que pasar algunos años para que sepa calibrar, en honda magnitud, toda la dignidad con que actuaron sus padres.

Porque su modo de ser, desde niño, se ha revelado fuerte. Cuando se irrita, su madre suele decir afectuosamente: «Josemaría, ¡pones una cara!… »(4).

Cursa sus estudios con facilidad. Le gusta ampliarlos leyendo a los clásicos; también dedica bastante tiempo a escribir. Sin embargo soporta mal el latín, aunque lo aprueba holgadamente. Piensa que esta lengua está bien para los curas y frailes, sólo para ellos. Si en este año de 1916 alguien hubiera dicho a Josemaría que acabaría siendo sacerdote, probablemente le habría contestado con una carcajada. Nunca ha pensado tal cosa. Ha recibido una profunda formación religiosa en su hogar, pero ni es clerical el ambiente en que se mueve, ni ha considerado jamás la posibilidad de conducir su vida por esos caminos. Admira y ama, además, la unidad y devoción que se profesan sus padres.

Sacerdote, solo sacerdote

sacerdotes  Tagged , , , , , No Comments »

Discurso en el acto académico celebrado en honor de San Josemaría, en el Seminario diocesano de Logroño. Logroño, 18-I-2003

Agradezco a mi querido hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa invitación a dirigir unas palabras al clero riojano. Me sugirió que hablara de la llamada a la santidad en el sacerdocio ministerial, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, recientemente canonizado por Juan Pablo II, y lo hago con muchísimo gusto.

En efecto, evocar la figura y las enseñanzas de este santo sacerdote constituye para mí un gozo muy grande. Si, además, las personas que me escuchan son presbíteros, mi alegría se multiplica, pues conozco bien el entrañable amor –más aún, veneración– que el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando tenía la ocasión de reunirse con ellos! Aprendía de todos y, a quienes se lo pedían, no tenía reparos en abrirles su corazón para hablarles de los grandes amores de su vida: Cristo con María, la Iglesia y el Papa, las almas todas. Solía decir que, en esas ocasiones, se sentía como quien va a vender miel al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta calidad, que los que le escuchaban salían de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad a la vocación, con el alma rebosante de optimismo, decididos a gastarse con gozo en la tarea pastoral y apostólica.

Identidad del sacerdote
Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también –y quizá más especialmente– a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: «sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes». En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres –que eso somos todos delante del Señor– son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4,1). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.
Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas –entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice– han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: «ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas –más que Ella sólo Dios– trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura» nota(’36′,’3.5′,’3′,’1′) 1.

El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años. Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros presentimientos –de barruntos, los calificaba– de que el Señor le llamaba para algo que no sabía lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario. Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido «una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años» nota(’36′,’3.5′,’3′,’2′) 2.

En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era –dejadme que insista– la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.

Don y tarea
Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. «Entendemos, con toda la tradición eclesiástica –escribía en 1945–, que el sacerdocio pide –por las funciones sagradas que le competen– algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos –como están– en mediadores entre Dios y los hombres» nota(’36′,’3.5′,’3′,’3′) 3.

Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época. Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años, pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura: super senes intellexi quia mandata tua servavi nota(’36′,’3.5′,’3′,’4′) 4, he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.

Cuando el Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium, afronta el tema de la vocación de los bautizados a la santidad, afirma: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» nota(’36′,’3.5′,’3′,’5′) 5.

En cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en el que hemos sido injertados por el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente: llevamos en nosotros mismos el germen e inicio de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. La consagración bautismal es la realidad fundante de la llamada a la santidad en todos los géneros de vida. Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es obra de toda la vida nota(’36′,’3.5′,’3′,’6′) 6.

La santidad es, pues, don y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar a término con esfuerzo personal, con correspondencia heroica, empeñándose en un verdadero compromiso de vida cristiana.

La santidad sacerdotal como don
Al ser una y la misma la condición radical de todos los bautizados, todos –sacerdotes y seglares– estamos convocados de igual modo a la plenitud de la vida cristiana. «No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifique en su propio estado» nota(’36′,’3.5′,’3′,’7′) 7.

Estamos ante una de las intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó, por encargo divino, desde 1928. Al fundar el Opus Dei, el Señor le mostró que cada persona ha de procurar santificarse en el propio estado, en el género de vida en el que ha sido llamada, en su propio trabajo y a través de su propio trabajo, según la conocida expresión de San Pablo: unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat (1 Cor 7,20).

La santidad, en los sacerdotes y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo, perfeccionada por la Confirmación. Sin embargo, resulta evidente que el deber de tender a la santidad urge especialmente al sacerdote, que ha sido escogido entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5,1).

«En contacto continuo con la santidad de Dios –ha escrito Juan Pablo II–, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico» nota(’36′,’3.5′,’3′,’8′) 8. Y añade en el libro Don y misterio, escrito con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal: «Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad» nota(’36′,’3.5′,’3′,’9′) 9.

El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso, si bien no puede hablarse de santidad de primera o segunda categoría –porque todos estamos invitados a la perfección con la que el mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5,48)–, no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. «Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental» nota(’36′,’3.5′,’3′,’10′) 10.

En el ejercicio del ministerio para el que ha sido ordenado, encuentra el sacerdote el alimento de su vida espiritual, el material que le hace arder en el amor de Dios. Por eso, sería un grave error si otras aspiraciones u otras tareas desdibujaran en su alma lo que, para él, se concreta en algo indispensable para alcanzar la santidad: la celebración cuidadosa y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos a los fieles, especialmente el de la Penitencia; una vida de oración constante y de penitencia alegre; el cuidado de las almas que se le han confiado, junto con los mil servicios que una caridad vigilante sabe dispensar.

Desde que percibió la llamada al sacerdocio, y más explícitamente, desde que fue ordenado sacerdote, San Josemaría quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su “necesidad” de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad. Comprendió que se puede y se debe llevar una conducta santa en todos los estados de vida, y concretamente en el matrimonio; por eso, desde sus primeros años como pastor, además de encaminar a muchas personas por las vías del celibato apostólico asumido con verdadera alegría, alentó a muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación matrimonial.

Escribe Juan Pablo II: «El sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en el Mysterium fidei. Ésta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio» nota(’36′,’3.5′,’3′,’11′) 11.

San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que «por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser» nota(’36′,’3.5′,’3′,’12′) 12. Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:

«Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (…): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría… ¡No señor! Es Cristo» nota(’36′,’3.5′,’3′,’13′) 13.

La santidad sacerdotal como tarea
La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a actuar in persona Christi capitis, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. «Una grandeza prestada –comentaba San Josemaría Escrivá–, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor –añadía– que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor» nota(’36′,’3.5′,’3′,’14′) 14.

Cada cristiano ha de procurar que su condición de seguidor de Jesucristo se refleje en toda su conducta: la familia, la profesión, la actividad social, pública, deportiva… También en la existencia concreta del sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse su específica pertenencia a Cristo. Por el carácter indeleble recibido en la ordenación, se es sacerdote las veinticuatro horas del día, no sólo en los momentos en los que se ejercita expresamente el ministerio. Conviene tenerlo muy presente en la época actual, cuando van desapareciendo –de nuestra sociedad multicultural y multireligiosa– tantos signos que recordaban a nuestros antepasados la primacía de Dios y de la vida sobrenatural. No lo digo con pesimismo, sino con ánimo de que todos nos esforcemos para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestro pueblo, que se manifiestan también en tradiciones piadosas, en elementos de la cultura, del arte y de las costumbres.

A la meta de la santidad, el sacerdote ha de llegar como por un plano inclinado, bajo la dirección del Espíritu Santo, que es quien modela en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de Jesucristo. En este proceso, que dura toda la vida, junto a la acción sobrenatural de la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil de la criatura.

Sin esfuerzo por practicar las virtudes, sin lucha por desarrollarlas cotidianamente, con constancia, no es posible la santidad. ¿En qué se centran los hábitos virtuosos que han de vertebrar la santidad del sacerdote? En lo mismo que en los demás fieles, puesto que todos estamos llamados a idéntica meta –la unión con Dios– y disponemos de los mismos medios para alcanzarla. La diferencia estriba en el modo de ejercitar esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente la finalidad de su vocación específica, el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo del Señor, que afirmó de sí mismo: Pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17,19).

No cabe, en este breve tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero capitales en la enseñanza y en el ejemplo de San Josemaría.

Virtudes humanas del sacerdote
Utilizando la metáfora de la construcción –imagen de raíces bíblicas–, lo primero que se busca es un terreno sólido. El mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión del Sermón de la Montaña, cuando habla del hombre prudente que edificó su casa sobre roca, de modo que cuando llegaron los vientos y las lluvias nada pudieron contra esa mansión (cfr. Mt 7,24-25).

En la vida espiritual del cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura por las virtudes humanas, pues la gracia presupone siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que el sacerdote no deja de ser hombre al recibir la ordenación. Por el contrario, precisamente por haber sido sacado de entre los hombres y constituido mediador entre los hombres y Dios (cfr. Hb 5,1), necesita cuidar su preparación humana, que le capacita para servir mejor a las almas.

«Comprende esta formación –escribe Mons. Álvaro del Portillo– el conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad –ayudado, desde luego, por la gracia– su apostolado» nota(’36′,’3.5′,’3′,’15′) 15. Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei subraya los motivos principales que han de impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar estas virtudes: «El primero, como parte de la lucha ascética normalmente necesaria para llegar a la perfección; el segundo, como medio para ejercitar con mayor eficacia el apostolado» nota(’36′,’3.5′,’3′,’16′) 16.

En la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, destaca este aspecto basilar de la formación cristiana y de la específicamente sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta afirmación, desde su infancia hasta su fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor pastoral se manifiestan concordes en describirle como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se fundían estrechamente en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus enseñanzas, resulta paradigmática la homilía “Virtudes humanas”, recogida en el libro Amigos de Dios, donde se asienta el fundamento teológico de la necesidad de cultivar las virtudes humanas: la hondura de la Encarnación del Verbo, perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios. En esa homilía analiza las principales virtudes que un cristiano y un sacerdote deben cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia, la laboriosidad, el orden, la diligencia, la veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad, la templanza, la audacia, la magnanimidad, la lealtad, el optimismo, la alegría.

Sobre el fundamento de la humildad
«La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia» nota(’36′,’3.5′,’3′,’17′) 17, escribe San Josemaría, en sintonía con la tradición espiritual del Cristianismo. Evidentemente se refiere al fundamento moral, pues el teologal –como predicó con su conducta y con sus enseñanzas– se centra en la fe teologal, que nos conduce a asumir con hondura el sentido de nuestra filiación divina en Cristo. Esta convicción pone de relieve ante los hombres la verdad más profunda sobre nosotros mismos y, por tanto, potencia necesariamente la humildad, que no refleja otra cosa que aquel “andar en verdad” de la Santa de Ávila: el caminar en la fe.

Con una fe recia, como base de la respuesta cristiana, se soslaya el error de presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos del pensamiento del Fundador del Opus Dei. «Ser humildes –predicaba en una ocasión– no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad» nota(’36′,’3.5′,’3′,’18′) 18.

Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba que, «lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad» nota(’36′,’3.5′,’3′,’19′) 19. Y acudía a una comparación clásica: «no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos –que el Señor transforma en realidades– de servir a Dios y pasar inadvertidos» nota(’36′,’3.5′,’3′,’20′) 20.

Pero volvamos a considerar el fundamento teologal, es decir, la fe, y con la fe, la esperanza: no hay santidad si no se desarrolla una fe omnicomprensiva de la realidad, si no se fomenta –como la fuerza que impulsa el peregrinar terreno– la virtud de la esperanza. Desde el primer momento, el Fundador del Opus Dei fue bien consciente de que la misión que Dios le había confiado era inmensamente superior a sus fuerzas. Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos jamás, a los únicos medios capaces de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina: la oración y el sacrificio. Son innumerables los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por los hospitales y los barrios marginados de Madrid, como si se tratase de un tesoro, la plegaria y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo y el aliento de su asistencia sacerdotal.

¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10,42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, «se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?» nota(’36′,’3.5′,’3′,’21′) 21. Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe –escribe el Papa–, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» nota(’36′,’3.5′,’3′,’22′) 22.

La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11,1). Y es «en la oración perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios (…) luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo» nota(’36′,’3.5′,’3′,’23′) 23. En estas palabras de Mons. del Portillo, el más estrecho colaborador del Fundador del Opus Dei durante muchos años, podemos descubrir una delicada alusión a la vida espiritual de San Josemaría, que recibió de Dios la gracia de ser contemplativo en medio de las tareas más absorbentes. Añade don Álvaro: «Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo –Modelo para todos–, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o nos oye» nota(’36′,’3.5′,’3′,’24′) 24.

Caridad pastoral
Llegamos así a la virtud más definitiva y característica de la vida cristiana: la caridad, que en el sacerdote adquiere unos contornos precisos: es caridad pastoral. En pocas palabras, nace de la conciencia de ser representante de Jesucristo, el Pastor supremo (1 Pe 5,4) de las almas, que ha dado la vida por sus ovejas (cfr. Jn 10,11). Esta convicción sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio, pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5,14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente alimentada en la Eucaristía y en la oración, dará eficacia de frutos a su ministerio.

La figura de San Josemaría aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde los primeros momentos de su vocación, no se ahorró ningún trabajo en el servicio de las almas. Antes he aludido brevemente a sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar –porque lo he contemplado con mis ojos– que así gastó el resto de su existencia, hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción.

La peculiar asunción de la persona por Dios, que se lleva a cabo en la ordenación sacerdotal, hace que el presbítero se vincule y consagre íntegramente al servicio y al amor total de Cristo. Con tal envergadura se presenta la riqueza de este don, que puede asumir como suyas –en un sentido particularmente profundo– las palabras del Apóstol: mihi vivere Christus est (Flp 1,21), vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2,20). Por otra parte, la misión recibida tiene un carácter universal: el sacerdote viene enviado al mundo entero, como instrumento vivo de Cristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2,14).

La identificación sacramental con Cristo, junto con la misión recibida, se hallan en el fundamento de las peculiares exigencias de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote en una situación especial en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización doctrinal operada a este propósito por el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro del Portillo escribe: «Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier atadura humana –por justa y noble que fuese– que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud a su total dedicación ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando libremente –por el celibato– a algo en sí bueno y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón, y por Él y en Él dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y de los hombres» nota(’36′,’3.5′,’3′,’25′) 25.

El celibato sacerdotal se configura como manifestación de la completa oblación de su vida que el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso… Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva» nota(’36′,’3.5′,’3′,’26′) 26.

Fraternidad sacerdotal
Amando a todas las almas sin excepción, San Josemaría reservaba un amor de predilección a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido a su gozo cuando podía reunirse con ellos, para aprender de su entrega –tantas veces heroica– y para transmitirles al mismo tiempo algo de su experiencia personal. Pero no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos por los presbíteros, especialmente durante los años que residió en España. En la década de los 40, por ejemplo, a petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos cursos de retiro al clero, que se encontraba necesitado de ayuda espiritual después de la terrible prueba de la persecución religiosa de los años anteriores. San Josemaría se dio de lleno a esa tarea, y llegó a atender, a veces, a más de mil presbíteros en un solo año.

Hasta el final de su vida, alimentó una petición urgente al Señor, para que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones sacerdotales. Personalmente, preparó y encaminó a los seminarios a un gran número de jóvenes con inquietudes vocacionales hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles laicos a rezar con insistencia al Dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su campo (cfr. Mt 9,37-38). Para San Josemaría, el pulso de la vitalidad sobrenatural de una Diócesis viene medido por el número de vocaciones sacerdotales, de las que los primeros responsables son los mismos sacerdotes.

¡Cómo le entristecía encontrarse con alguno que se había despreocupado de esta labor! Porque ese descuido constituye una señal clara de que el mismo sacerdote no está contento con su llamada. Viene a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta sobre las causas de la escasez de vocaciones para los seminarios: «Quizá la primera razón sea que muchas veces los sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos en las manos y, por eso, no encendemos en el deseo de poseer este tesoro a la gente joven. Los seminarios estarían llenos, si nosotros amáramos más nuestro sacerdocio» nota(’36′,’3.5′,’3′,’27′) 27.

Su preocupación por la santidad del clero procedía de mucho tiempo atrás. Tenía muy claro que el primer apostolado de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes: no dejarles solos en sus penas, compartir sus alegrías, animarles en la dificultad, fortalecerlos en los momentos de duda… Conservó grabadas a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura Santa: frater, qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma (Prv 18,19), el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte como ciudad amurallada.

Tan intensamente crecía su afán de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que en 1950, cuando el Opus Dei había recibido ya la aprobación definitiva de la Santa Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes diocesanos. Cuando ya había ofrecido al Señor el sacrificio de Abrahán –pues estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido necesario–, el Cielo le mostró que no era preciso ese sacrificio. En el espíritu del Opus Dei, que enseña a los cristianos a santificarse en medio del mundo, cada uno en la propia ocupación o tarea, también había el mismo lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes diocesanos; bastaba que, en plena comunión con su propio Ordinario y con el presbiterio de la Diócesis, buscasen la santidad en el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando con especial veneración al Obispo diocesano, unidos entrañablemente a sus hermanos en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían ya los clérigos incardinados en el Opus Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes diocesanos que recibiesen esta específica llamada divina.

Hoy, en estas tierras de La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos años, elevo mi corazón agradecido a la Trinidad Beatísima por los copiosos frutos que también la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo, en servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia que Dios nos otorga por medio de su Santísima Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente hace ochenta y cinco años, cuando– precisamente en Logroño– recibió la llamada al sacerdocio.

Las huellas de un santo del seminario de Logroño

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

El obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño y el Prelado del Opus Dei intervinieron en un acto celebrado en el seminario de Logroño. En esta ciudad, san Josemaría vio su llamada y dio sus primeros para el sacerdocio.

Opus Dei - Mons. Búa y Mons. Echevarría, en el seminario de Logroño.

Mons. Búa y Mons. Echevarría, en el seminario de Logroño.

El Seminario Diocesano de Logroño acogió el pasado sábado un acto académico sobre la figura sacerdotal de san Josemaría. En esta ciudad vio el fundador del Opus Dei su llamada al sacerdocio -a raíz de las huellas en la nieve que dejaba un religioso- y en su seminario se formó entre 1918 y 1920.

Este acto, organizado por la Diócesis, estuvo presidido por el obispo Mons. Ramón Búa. Intervinieron además Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei; y José Luis Illanes, profesor ordinario de Teología de la Universidad de Navarra.

Mons. Ramón Búa destacó la importancia que tiene para la historia del seminario riojano “las huellas, los vestigios de santidad que quedaron impresas en nuestra ciudad por el paso del santo recientemente canonizado por la Iglesia”. “Es un santo nuestro, un santo que tenemos que hacer cosa nuestra, propuesto como modelo cercano”

También destacó la “cercanía que el Opus Dei tiene con todos nosotros facilitando ayuda espiritual a tantos sacerdotes y seglares de nuestra diócesis. A tantos que quieren responder a ese carisma de la santidad en lo ordinario”.

La segunda intervención correspondió a D. José Luis Illanes que desde una perspectiva histórica destacó la importancia que tuvieron para San Josemaría sus años de adolescente en Logroño. “Desde una perspectiva cronológica, en los años de Logroño, se consolidó su personalidad, pasando desde la adolescencia a la juventud. Fueron los años en que Dios, sirviéndose del frío de una mañana de invierno, se introdujo con gesto señorial en su existencia, haciéndole barruntar una misión”.

El profesor Illanes recordó muchos pequeños sucesos y acontecimientos familiares que sirvieron de contexto para enmarcar la importancia que tuvo lo ordinario en la vida del santo durante esos años. Terminó su intervención remarcando que “los años de Logroño, constituyen, con plena verdad una encrucijada –e incluso la encrucijada decisiva- en la vida de San Josemaría. Fue entonces Dios quién comenzó a marcarle un rumbo del que no debía apartarse en lo sucesivo. Y del que, de hecho, no se apartó jamás”.

Opus Dei - Intervención del Prelado del Opus Dei.

Intervención del Prelado del Opus Dei.

Virtudes sacerdotales
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, aludiendo a la predicación de San Josemaría sobre el sacerdocio, quiso hacer en su intervención un recorrido por los aspectos más relevantes de la identidad del sacerdote: la santidad sacerdotal como don y tarea, las virtudes humanas, el fundamento de la humildad, la caridad pastoral y la fraternidad sacerdotal.

“San Josemaría –señaló– quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su ‘necesidad’ de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad”.

Al destacar la caridad pastoral como una de las virtudes importantes para el sacerdote señaló como ejemplo a “San Josemaría, en sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Así gastó su existencia hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción”.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder