Madrid, 1940

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El trabajo apostólico del Opus Dei empieza a desarrollarse de tal forma que se hace preciso abrir dos pequeños pisos, uno en Valladolid y otro en Barcelona, los cuales vienen a sumarse al de Valencia.

En Madrid, donde la casa de la calle de Jenner sigue funcionando como residencia de estudiantes, se alquila un piso en la calle de Martínez Campos (cerca de aquel en el que vivió la madre de don Josemaría antes de la guerra), para que puedan vivir allí algunos miembros de la Obra, que son un poco mayores.

El Padre, con su madre, sus hermanos y algunos miembros de la Obra, se traslada a un edificio de tres plantas, con un pequeño jardín, situado en la esquina de Diego de León y Lagasca, en un extremo del barrio de Salamanca.

La casa es amplia y las piezas nobles tienen prestancia, pero los muebles son tan escasos que resultan desproporcionados a ese cuadro. ¡Ni siquiera tienen dinero para reparar la caldera de la calefacción y comprar carbón!

El Padre duerme en el tercer piso, en una habitación pequeña que tiene una terraza encima y tres paredes en fachada, por lo que resulta gélida en invierno y sofocante en verano. Su madre y su hermana ocupan una habitación en la segunda planta y su hermano otra; realmente, no les sobra espacio, porque el resto de la casa se va llenando poco a poco con los miembros de la Obra que van a recibir una formación intensiva junto al Padre.

La actividad de don Josemaría sigue siendo ilimitada: impulsa la labor apostólica, se preocupa de la formación de las nuevas vocaciones, atiende a los estudiantes de la Residencia de Jenner, dirige espiritualmente a un número creciente de personas, sigue dando retiros y ejercicios espirituales… A todo lo cual hay que añadir su cargo de Rector de Santa Isabel y sus viajes para predicar a sacerdotes de numerosas diócesis.

Entre el 1 y el 7 de septiembre de 1940, da un curso de retiro a un grupo de jóvenes madrileñas. De ahí salen algunas de las primeras vocaciones de mujeres para el Opus Dei.

Rumores y calumnias

El árbol de la Obra empieza a multiplicar sus ramas y la labor apostólica de sus miembros ya no puede pasar inadvertida. La predicación del Fundador, por otra parte, se extiende mucho más allá del amplio círculo de hombres y mujeres de toda condición que le siguen de cerca.

Ya en los primeros comienzos de la Obra, antes de la guerra, habían llegado a oídos de don Josemaría Escrivá comentarios poco afortunados. Ahora, las críticas más o menos veladas cobran nuevo vuelo.

¿De dónde procede su influencia sobre las almas? ¿No es acaso sospechoso el éxito de esta nueva forma de apostolado? ¿No es peligroso hacer creer a simples laicos que pueden santificarse en su propio estado, sin apartarse del mundo, entrar en un convento o hacerse sacerdotes? ¿No resulta extraño hablar de vocación a simples fieles?…

A1 principio, no son más que rumores, palabras al aire, no necesariamente mal intencionadas. El Padre no les da importancia, convencido de que tales rumores acabarán cuando, bajo la novedad de la Obra, se descubran las raíces profundamente evangélicas de su espiritualidad.

Pero los rumores siguen en aumento y, en contra de lo previsto, parecen hallar eco en ciertas personas de las que se podía esperar más sentido común. A la curiosidad y al afán de cotilleo viene a unirse, por duro que resulte creerlo, la malevolencia indudable de algunos. Pronto se hace evidente que no se trata de simples comadreos propalados por gentes ignorantes. Es más bien que, como decía Beaumarchais dos siglos antes, sotto voce, a mezza voce, Basilio susurra de nuevo palabras calumniosas…

La primera reacción del Fundador del Opus Dei consiste en sacar de esas dificultades una lección de humildad: Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas. -Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar y aun pedir perdón- y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas.

Pronto se da cuenta, sin embargo, de que las acusaciones no van dirigidas sólo contra él, sino que amenazan la misma existencia del Opus Dei, todavía muy joven.

Don Josemaría sabe que puede contar con el Obispo de Madrid, que está profundamente convencido de que la Obra es cosa de Dios y suele cortar por lo sano cualquier crítica; y la misma actitud demuestran otros muchos obispos. Alguien recuerda que un día, con ocasión de la festividad del Corpus Christi, el Obispo de Madrid, durante la procesión con el Santísimo Sacramento, ha dicho al Presidente de Acción Católica, que llevaba uno de los varales del Palio:

-Mira: por lo que más vale en el mundo y lo que más estimo, que es Jesús Sacramentado, no ataques, no digas nada en desdoro de esa Obra, que yo quiero como a las niñas de mis ojos.

A pesar de esta firme actitud del prelado, las calumnias no cesan. Al contrario, se van “adornando” con detalles nuevos. Hasta que un día sucede lo increíble: alguien presenta, ante el Tribunal especial de represión de la masonería -creado el 1 de marzo de 1940-, una denuncia en regla contra el Opus Dei. La acusación es terrible y puede tener consecuencias gravísimas en la España de la época, pues en ella se califica a la Obra de “rama judaica de la masonería” y de “secta judaica en relación con los masones”.

Cuando se inicia el proceso, los acusadores arremeten contra la Obra. Uno de ellos, lleno de fogosidad, asegura, en apoyo de su requisitoria, que, para mejor llamar a engaño a la gente, los miembros del Opus Dei procuran no distinguirse en nada de sus conciudadanos y que llevan una vida honesta, laboriosa y casta…

El General Saliquet, que preside el Tribunal aguza el oído:

-¿Quiere usted decir que viven castamente? -pregunta.

-Sí, así es.

-Entonces, no sigamos más: si viven la castidad es que no son masones. ¡No conozco ningún masón que sea casto!

Ante esta afirmación perentoria del Presidente, el proceso se da por cerrado y los jueces pasan al siguiente.

El Tribunal decide entonces enviar a don Josemaría a las dos personalidades que habían sido requeridas para formalizar la acusación, con objeto de que le den a conocer el resultado. El Fundador del Opus Dei los recibe en la residencia de Jenner, sin ningún recelo. Cuando se despiden. uno de los dos “procuradores” no puede contener su curiosidad y le interroga:

-Padre, ¿no podría usted enseñarnos ese oratorio donde los que le acusan de ser masón dicen que usted hace milagros?

-Se lo enseñaré con mucho gusto; pero, ¿de qué milagros se trata?

Un tanto desazonados, le dicen lo que algunos propalan: que ha montado un complicado juego de luces para dar la sensación de que se alza sobre el suelo mientras celebra Misa…

-Pues verdaderamente, con el peso que tengo, elevarme sobre el suelo mientras digo la Misa, sería un milagro de primera categoría -responde el Padre, sonriendo, antes de llevarles al oratorio.

Y es que, en efecto, desde hace algún tiempo, ha empezado a engordar mucho…

La paz en la oración

El incidente ha quedado zanjado, pero no por eso cesan las calumnias. Al contrario. Don Josemaría procura no tenerlas en cuenta y olvidar. Más te ha perdonado Dios a ti. Recomienda a sus hijos que no tengan complejo de víctima, que no hablen entre ellos de lo que pasa y que continúen rezando y trabajando.

Con todo, no puede evitar el sufrir mucho cuando piensa que, aunque algún día se hará justicia con la Obra, los enemigos de la Iglesia pueden utilizar esas mismas acusaciones contra el Opus Dei, y gentes de buena fe repetirlas sin saber que se trata de calumnias.

Así pues, el Padre reza intensamente para que tal situación termine cuanto antes. Aunque no pierde nunca la serenidad, al empezar cada jornada se pregunta, con su colaborador más íntimo, Álvaro del Portillo, de dónde vendrá la injuria ese día.

Hasta que una madrugada, tras una noche en la que le ha sido imposible conciliar el sueño, entra en el oratorio. Arrodillado ante el Sagrario, lo deja todo en manos de Dios: Señor, si tú no necesitas mi honra, ¿yo, para qué la quiero?

Enseguida, una paz profunda le embarga.

Hasta entonces, no sabe el hijo de Dios lo que es ser feliz: hasta llegar a esa desnudez, a esa entrega, que es entrega de amor; pero fundamentada en la mortificación, en el dolor.

Para un cristiano, la alegría no es una alegría fisiológica, de animal sano, sino que procede de una causa sobrenatural: tiene sus raíces en forma de cruz.

El Padre continúa preocupado, pero no por eso piensa en restringir su actividad, ni el apostolado de sus hijos.

Una noche, suena el teléfono en la casa de Diego de León. Han dado ya las doce. Cuando don Josemaría descuelga el auricular, escucha una voz familiar, que pronuncia su nombre y luego dice en latín unas palabras de Cristo a los Apóstoles: Ecce Satanas expetivit vos ut cribaret sicut triticum: “Simón, Simón, he aquí que Satanás, os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe…” (Luc. XXII, 31-32). Tras unos instantes de silencio, la voz vuelve a sonar: et tu confirma filios tuos. Luego se corta la comunicación.

El Obispo de Madrid, que suele acostarse tarde, le ha llamado para darle a entender, con esas palabras, que la persecución arrecia. Para animarle y ayudarle a mantener la fe de los primeros miembros de la Obra, ha modificado ligeramente la segunda parte del versículo de San Lucas: “et tu confirma filios tuos”. Y tú, confirma “a tus hijos” (en lugar de “a tus hermanos”).

Los miembros de la Obra permanecen serenos, aunque sufren al pensar en lo que estará sufriendo el Padre. Éste les explica que Dios nuestro Señor, para hacernos más eficaces, nos ha bendecido con la Cruz. En su tierra -les dice- pinchan la primera florada de higos, que se llenan así de dulzura y sazonan antes.

Todo cuanto acontece, si se vive con fe, con humildad y con espíritu cristiano, ayuda a mejorar y a hacer más eficaz el apostolado.

Un viaje a Barcelona

El Padre puede reconfortar de viva voz a los que viven cerca de él en Madrid o a sus hijos de Valencia, pero no ocurre lo mismo con los de Barcelona, donde alrededor de media docena de jóvenes estudiantes procuran mantenerse firmes bajo la tormenta en un pisito que con buen humor llaman El Palau (el palacio). Y es que don Josemaría sabe que el Gobernador Civil está resuelto a detenerle si se presenta en la Ciudad. No obstante, en 1941, no puede aguantar más y así, después de pedir consejo al Nuncio, Mons. Cicognani, toma un billete de avión para Barcelona con el nombre de José María E. de Balaguer, con idea de permanecer allí sólo veinticuatro horas (Balaguer es una ciudad de Cataluña, de donde era oriunda su familia paterna).

Su llegada proporciona un gozo inmenso a sus hijos, a quienes les anima a seguir siendo optimistas: Nosotros, por ser hijos de Dios, hemos de estar siempre alegres. ¿Aunque nos rompan la cabeza? Sí: aunque tengamos que ir con la cabeza abierta, porque será señal de que Nuestro Padre Dios quiere que la llevemos abierta.

El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están.

¿Qué te importa, cuando vas derecho a tu fin, cabeza y corazón borrachos de Dios, el clamor del viento o el cantar de la chicharra, o el mugido, o el gruñido o el relincho?… Además… es inevitable: no pretendas poner puertas al campo.

Uno de los locos rumores que circulaban entonces por Barcelona, propalado por “almas bienintencionadas”, era que los miembros de la Obra hacían sacrificios humanos y se clavaban en una cruz de madera… El origen de este infundio estaba en una cruz de palo que el Padre había hecho poner en una habitación que comunicaba con la sala de estudio, esa pobre cruz de madera, sola y despreciable, de la que hablaba en Camino: Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

No podía concebirse nada más absurdo, pero, a pesar de todo, el Padre les aconseja que la sustituyan por otra mucho más pequeña… Así no podrá decir nadie que se crucifican, porque no caben….

Unos meses más tarde, el director de “El Palau” asegurará al Padre que, a pesar de las contradicciones y las calumnias, a ninguno de sus hijos de Barcelona le ha pasado por la cabeza ni el más mínimo pensamiento contra los que les atacan.

El viento de la persecución

En Madrid, algunas personas, para perjudicar a la Obra, aconsejan a algunos estudiantes, sobre los que tienen influencia, que se introduzcan entre los que participan en los medios de formación que ofrece el Opus Dei. Esos “falsos hermanos” se fijan, entre otras cosas, en un detalle ornamental del oratorio de la residencia de Jenner: un friso que el Padre había hecho pintar, a corta distancia del techo, con las palabras de un himno litúrgico (Congregavit nos in unum Christi amor, el amor de Cristo nos ha reunido), seguidas de unas frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, in communicatione fractionis panis et orationibus (Act. II,42): “Perseveraban todos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en las oraciones”. Las palabras latinas estaban separadas por motivos decorativos y símbolos eucarísticos y litúrgicos tradicionales: los panes, la espiga, la vid, la luz, la paloma, la cruz… Aquellos pobres chicos infiltrados, en su ignorancia, hacen correr el rumor de que se trata de signos cabalísticos …

En Barcelona ocurre algo parecido. A tal punto llegan las cosas que el nuevo abad coadjutor del Monasterio de Montserrat, el P. Escarré, considera oportuno, el 9 de mayo de 1941, escribir al Obispo de Madrid para pedirle información autorizada sobre el Opus Dei, con objeto de poder dar una respuesta a quienes le preguntan. Monseñor Eijo y Garay le contesta en los siguientes términos:

“Yo sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo. Lo conozco todo, porque el Opus Dei, desde que se fundó en 1928, está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario general o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos y… en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos. El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso (…). Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei ¡y no lo son!; cómo se inquieta a los padres y a las madres de los alumnos, y se requiere la acción de autoridades públicas; (…) de todo ello no sacará el Señor más que bien para el Opus Dei; pero duele el descrédito de los buenos que así persiguen lo bueno”.

La persecución, en efecto, no se limita a los miembros del Opus Dei; se dirige también contra sus familias. La madre de un estudiante que, poco antes, había pedido la admisión al Opus Dei en Valencia, es visitada, con ocasión de un viaje a Barcelona, por un religioso que ella no conocía. Lleno de “caridad”, le dice que su hijo va a condenarse si sigue al Padre Escrivá, pues éste enseña que es posible ser santo en medio del mundo, y le ruega encarecidamente que le haga desistir de seguir ese camino, olvidando que el joven es mayor de edad. Aquella pobre mujer quedó tan impresionada que tuvo que guardar cama durante varios días. Hasta que, a pesar de que aquel religioso le había dicho que no lo hiciera, la buena señora fue a consultar al Vicario de la diócesis de Valencia, don Antonio Rodilla, el cual no sólo la tranquilizó, sino que afirmó con fuerza que su hijo había encontrado en el Opus Dei un auténtico camino de santidad en el mundo.

Don Antonio Rodilla tuvo que disipar también otras muchas mentiras que circulaban entre algunos obispos, consiliarios de Acción Católica, religiosos y religiosas. Porque no se trataba ya de críticas más o menos aisladas, sino de un auténtico vendaval de persecución alimentado por pérfidas calumnias.

El Padre cambia de confesor

Desde su regreso a Madrid, don Josemaría ha vuelto a confesarse habitualmente con su antiguo confesor, el P. Sánchez Ruiz. Aunque sigue confiándole solamente su vida interior, no lo que se refiere al Opus Dei propiamente dicho, le habla de su desconcierto en cuanto estallan los primeros rumores calumniosos.

Cosa curiosa: no encuentra en él el consuelo que esperaba… Hasta que un día, el P. Sánchez, muy nervioso, le dice de sopetón lo que piensa: la Santa Sede jamás aprobará el Opus Dei. Y cita, para apoyar su opinión, un artículo -poco adecuado, por cierto- del Código de Derecho Canónico.

Don Josemaría queda consternado ante este súbito cambio, ya que su confesor siempre se había mostrado convencido del origen divino de lo que había pasado en su alma aquel 2 de octubre de 1928. Es más, cuando le había ido a visitar el 14 de febrero de 1930, después de haber visto, en la Misa, la necesidad de fundar una Sección de mujeres del Opus Dei, el P. Sánchez le había dicho que “aquello era tan de Dios como lo demás”.

¿Cómo explicar este cambio de actitud sin pensar que ha sido presionado para que le disuada de fundar el Opus Dei?

Don Josemaría no concibe la dirección espiritual al margen de un clima de plena confianza. Por eso decide dejar de verle, no sin antes explicarle, con toda delicadeza, que después de lo que le ha dicho, no le parece oportuno seguir confesándose con él. Corre el año 1940 y el Fundador toma como confesor a un sacerdote amigo suyo, don José María García Lahiguera, director espiritual del seminario diocesano de Madrid.

Primera aprobación oficial

Mons. Eijo y Garay está preocupado. Hacia 1940-41, el Señor permite una contradicción tremenda contra el Opus Dei, y el Obispo de Madrid, que sigue paso a paso la vida y desarrollo de la Obra, determina dar la primera aprobación diocesana, para ver si así se acalla la persecución.

El Fundador queda perplejo ante la proposición. Sabe que cuenta con el apoyo y estímulo de su obispo, al que siempre ha tenido informado, pero, como buen canonista, comprende perfectamente que la Obra tiene que crecer y madurar antes de encontrar su propio camino jurídico, pues su novedad planteará, sin duda, la necesidad de reformar la legislación en vigor.

Mientras el Señor permitía estas contradicciones, ocurrió un acontecimiento: el 22 de agosto de 1940 había fallecido el Arzobispo de Toledo y sabe el Padre que el candidato más probable para sucederle es precisamente el Obispo de Madrid.

Por eso, con lealtad, en una conversación, le dice a don Leopoldo: Señor Obispo, déjenos, no nos ayude; ¿no se da cuenta de que se juega la mitra de Toledo? Y don Leopoldo le contesta: “Josemaría, lo que me juego es el alma”.

Unos meses más tarde, el Padre se da cuenta de que todavía no ha presentado a Mons. Eijo y Garay los documentos pertinentes.

-Señor Obispo, yo quiero ser siempre muy obediente a Vuestra Excelencia y sin embargo, a pesar de que hace mucho tiempo me ha pedido los documentos para proceder a la aprobación de la Obra, no se los he traído: sólo hoy me he dado cuenta de esto, de que no hago lo que el Señor Obispo me ha dicho. Y, al darme cuenta, he sentido una gran alegría, porque cualquier otro eclesiástico hubiera venido enseguida al Palacio Episcopal, trayendo esos documentos que el Señor Obispo había pedido: así he tenido una nueva prueba de que la Obra no es mía, sino de Dios; si no la aprueba usted, la aprobará su sucesor…

El 14 de febrero de 1941, el Fundador presenta la solicitud de aprobación, con la documentación requerida. El 24 de marzo el Obispo de Madrid firma el decreto que, en virtud del artículo 708 del Código de Derecho Canónico (por el que los simples fieles pueden asociarse para obras de piedad y caridad), da al Opus Dei la aprobación como Pía Unión pero, como le ha pedido don Josemaría, sin erigirlo canónicamente. Don Leopoldo ha tenido la delicadeza de fechar el documento el 19 de marzo, festividad de San José, fiesta del Patrono que celebra el Fundador. Además de la fórmula ritual, añade algunas palabras que testimonian su afecto y estímulo hacia el Opus Dei: “Y pedimos a Dios Nuestro Señor, por intercesión de San José, en cuya fiesta tenemos la satisfacción de aprobar canónicamente tan importante Obra de celo, que conceda que no se malogre ninguno de los grandes frutos que de ella esperamos”.

Cuando Mons. Eijo y Garay comunica la noticia a don Josemaría, éste se encuentra en la casa de Diego de León. Inmediatamente, va a buscar a su madre y a los pocos miembros de la Obra que están allí. Todos juntos, entran en el oratorio y se postran de rodillas ante el Sagrario, para dar gracias.

Fátima, mayo de 1967

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Trece años después de su última peregrinación a Fátima, el Padre vuelve a postrarse a los pies de Nuestra Señora. A pesar de la lluvia, es grande la afluencia de peregrinos; dentro de unos días, el 13 de mayo, el Papa Pablo VI va a presidir las ceremonias conmemorativas del cincuentenario de las apariciones. El Fundador del Opus Dei se une por adelantado a las intenciones del Sumo Pontífice y pide por la Iglesia y por los frutos del Concilio. Luego, recibe a distintos grupos de sus hijos e hijas portugueses en un Centro de la Obra cercano a Oporto, Enxomil.

Transfigurar la vida ordinaria

El 7 de octubre de 1967 preside, en Pamplona, una ceremonia similar a la de 1964. Seis profesores universitarios de diferentes países reciben de sus manos el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra: un portugués, profesor de la Universidad de Coimbra, Guilherme Braga da Cruz; un belga, Mons. Onclin, profesor de Derecho Canónico en la Universidad de Lovaina y Secretario de la Comisión Pontificia para la reforma del Código de Derecho Canónico; Ralph M. Hower, norteamericano, profesor en la Business School de la Universidad de Harvard; Otto B. Roegele, alemán, profesor y Director del Instituto de Ciencias de la Información de la Universidad de Münich; Jean Roche, profesor en el Colegio de Francia y Rector de la Sorbona; y, finalmente, el Dr. Jiménez Díaz, eminencia médica española, ya fallecido, a quien se otorga el nombramiento a título póstumo por lo mucho que había ayudado a la Universidad de Navarra desde sus comienzos.

Esta vez, son más de treinta y cinco mil las personas llegadas a Pamplona, incluso en trenes especiales, no sólo de distintos puntos de la geografía española, sino también de Portugal, Francia, Italia, Alemania y Bélgica.

Reuniones similares a la que había tenido lugar el año 1964 en el Teatro Gayarre se celebran allí y en otros lugares, incluso al aire libre, en el campus de la Universidad. El ambiente de diálogo, espontáneo y abierto, es también el mismo; estudiantes, empleados, obreros, padres y madres de familia, cooperadores y amigos de la Obra acuden en grupos diversos, y el 8 de octubre se reúnen todos para asistir a la Misa al aire libre que va a celebrar el Padre ante el edificio de la Biblioteca.

En la homilía, Mons. Escrivá de Balaguer hace referencia al marco de nuestra Eucaristía, de nuestra Acción de gracias: nos encontramos en un templo singular: podría decirse que la nave es el “campus” universitario; el retablo, la biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra… ¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero “lugar” de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

Decenas de millares de hombres y mujeres escuchan en religioso silencio al Fundador mientras explica, de manera especialmente viva y directa, el mensaje central del Opus Dei: aprender a santificarse allí donde uno esté, en las circunstancias más vulgares, evitando la tentación de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida. Que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales (…) En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…

A finales de 1968, esta homilía aparecerá editada en un libro que, con el título de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, recoge algunas declaraciones del Fundador del Opus Dei a representantes de diversos medios informativos de diferentes países. Porque, desde 1966, el Padre, renunciando a la norma de conducta que siempre se había trazado, ha concedido -porque así lo exigía el bien de las almas- entrevistas a unos cuantos periodistas.

Ya en 1964, en Pamplona, había recibido a algunos. Entre ellos el corresponsal del diario “Le Fígaro” en España, el cual, dos años más tarde, solicitó del Fundador del Opus Dei unas declaraciones para su periódico. Lo mismo hicieron otros redactores del “New York Times”, del semanario “Time” y de varias revistas españolas.

En esas entrevistas -así como en otra aparecida en 1960 en la edición dominical de “L’Osservatore Romano” y recogida también en el libro de Conversaciones- Monseñor Escrivá de Balaguer respondía a diversas preguntas concernientes a la vida de la Iglesia, la situación de la Universidad, el papel de la mujer en el mundo, etc. También hablaba del Opus Dei, definiendo de la manera más clara posible la naturaleza de la Obra que había fundado en 1928: La finalidad a la que el Opus Dei aspira es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio del mundo, cualquiera que sea su estado o condición (…) Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta (…) El Opus Dei tiene como misión única y exclusiva la difusión de este mensaje (…) Y a quienes entienden este ideal de santidad, la Obra facilita los medios espirituales y la formación doctrinal, ascética y apostólica, necesaria para realizarlo en la propia vida.

Haciendo referencia a quienes seguían empeñados en hablar del Opus Dei sólo en relación con España y con un terreno que no era ni será nunca el suyo, el de la política, repetía una vez más, con energía, que la Obra no está ligada a ningún país, a ningún régimen político, a ningún partido, a ninguna ideología, y que sus miembros abominan de todo intento de servirse de la religión en beneficio de posturas políticas y de intereses de partido.

Para él, está perfectamente claro -y sabe que la realidad da testimonio de ello- que los miembros de la Obra no actúan en grupo, sino individualmente, con libertad y responsabilidad personales.

A1 Fundador no se le oculta que será necesario que pase algún tiempo antes de que se desvanezcan unos prejuicios originados por auténticas campañas de calumnias contra la Obra, pero confía en que los periodistas que le entrevistan dirán la verdad. Es consciente, también, de que en la raíz de estas deformaciones calumniosas, que se remontan a los años cuarenta, hay una visión clerical de las cosas, característica de quienes suele llamar católicos oficiales. Algo que no le sorprende, pero que detesta, porque instrumentalizar al laico para fines que rebasan los propios del ministerio jerárquico es algo absolutamente ajeno al espíritu del Fundador. Por eso, responde así a los redactores de “L’Osservatore della Domenica” que le preguntan sobre este punto: Espero que llegue un momento en el que la frase los católicos penetran en los ambientes sociales se deje de decir… Los socios de la Obra no tienen necesidad de penetrar en las estructuras temporales, por el simple hecho de que son ciudadanos corrientes, iguales a los demás, y por tanto ya estaban allí.

A sus sesenta y cinco años, el Fundador del Opus Dei sigue siendo tan inconformista como lo era ya en los años treinta, cuando predicaba a hombres y mujeres corrientes, de todas las clases sociales, que podían santificarse y santificar su trabajo ordinario en medio del mundo, provocando la indignación, la condena y el escándalo de algunos eclesiásticos, para los cuales los laicos debían ser, como mucho, la longa manus de la jerarquía…

Un gesto simbólico

En 1968, Mons. Escrivá de Balaguer va a dar públicamente una prueba más de su independencia de espíritu al tomar una decisión que -lo sabe- será falsamente interpretada por algunos, aunque esté inspirada en su profundo sentido de la justicia.

En efecto: cuando evoca la manera en que el Opus Dei nació y se ha ido desarrollando, paso a paso, se persuade más y más de que el Señor le ha tratado como a un niño al que su padre le va diciendo cómo colocar las piezas de un rompecabezas una a una; el 2 de octubre de 1928; la fundación de la Sección femenina luego, el 14 de febrero de 1930, sin él haberlo querido; la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz finalmente, otro 14 de febrero, trece años más tarde…

Se da cuenta también, cada vez con más evidencia, de que las duras pruebas a que habían sido sometidos sus padres -y que tanto le habían hecho sufrir a él- eran un medio del que el Señor se había servido en su juventud para purificarle y dejarle más disponible para la inmensa tarea que pensaba confiarle. Calibra cada día con más profundidad el significado del sufrimiento de los suyos: la muerte de sus tres hermanitas, la brusca ruina de su padre, su desaparición prematura… A lo cual vinieron a juntarse luego las consecuencias de su propia entrega al Señor para su madre, su hermana y su hermano.

Más aún: habían aceptado sin protestar infinidad de sacrificios suplementarios que él les había pedido para facilitar el desarrollo de los apostolados de la Obra. Desde la utilización de gran parte de la herencia para financiar la primera residencia, en 1934, hasta el trabajo constante de su madre y de su hermana Carmen en la administración de otros centros, el último de ellos la casa de Salto di Fondi, en Italia, donde tanto había trabajado ésta.

Ahora, a sus sesenta y seis años, don Josemaría siente muy vivo el deseo -el deber filial- de recompensar de alguna manera a su familia, que tanto había sufrido y se había sacrificado, en cierto sentido, por culpa suya. Y como el único superviviente es su hermano Santiago, para hacer algo por él y por los hijos de éste, y para honrar la memoria de sus padres, tan injustamente tratados en sus últimos años en Barbastro, está dispuesto a realizar unas gestiones que, de tener éxito, supondrán un desagravio simbólico, aunque mínimo, por lo mucho que debe a su familia.

La iniciativa había sido de sus hijos, y especialmente de D. Álvaro del Portillo. Hacía años que, al darse cuenta del alcance histórico que cobraría con el tiempo la personalidad del Fundador, había ido investigando en la historia de su familia. Habían salido a la luz vínculos de parentesco -que el Padre conocía, pero que nunca había mencionado, por no darles la menor importancia- con la antigua nobleza aragonesa. Correspondía a la familia un título nobiliario, el del marquesado de Peralta, que Carlos de Habsburgo había otorgado en 1718 a un antepasado de su madre. Hechas las oportunas investigaciones, habían sido informados de que, en efecto, era posible pedir la rehabilitación del título en España. Después de un forcejeo filial, don Álvaro logró que el Padre tomara en consideración el proyecto de reclamar ese título: si lo obtenía, podría transmitírselo a su hermano Santiago al cabo de cierto tiempo… Se trataba de una manera concreta para compensar a los suyos.

Ni que decir tiene que no se le ocultaban los comentarios mordaces que algunos harían, ajenos por completo al hecho de que, a su edad, y con el rumbo que había tomado en su vida, no tenía la menor necesidad ni el menor deseo de reclamar para él un título honorífico. Sabe, sí, que sus hijos e hijas lo comprenderán, pero que otros aprovecharán la ocasión para decir de palabra o por escrito toda clase de perfidias y, de manera indirecta, arrojar puñados de lodo sobre la Obra.

Esto le ha llevado, naturalmente, a consultar el asunto, antes de dar su consentimiento a que se iniciaran las gestiones, con diversas personalidades y organismos de la Curia, incluida la Secretaría de Estado del Vaticano, pues piensa que, como Presidente General de una institución de la Iglesia, debe hacerlo. La respuesta es unánime: no hay ningún inconveniente en que reclame la rehabilitación de ese título. Es más, una alta personalidad de la Curia le dice que debe hacerlo, pues si él, que siempre ha enseñado a sus hijos a cumplir sus obligaciones cívicas y a ejercitar todos sus derechos, no lo hace, les daría mal ejemplo…

Así pues, a comienzos de 1968, escribe al Consiliario del Opus Dei en España para explicarle los motivos de esa decisión, que no son otros que sentimientos de piedad y justicia hacia su familia junto con el deseo de poner en práctica el dulcísimo precepto del Decálogo, el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás a tu padre y a tu madre.” Al mismo tiempo, le ruega, de antemano, que disuada a sus hijos de querer justificarlo ante la opinión pública: no me importan los comentarios -que no harían si se tratase de otra persona cualquiera, de otro ciudadano español-, y os ruego que, si dicen o escriben algo molesto, que sea lo que sea será injusto, “hagáis oídos sordos”.

Como el Padre esperaba, en cuanto le rehabilitaron legalmente el título, la prensa se hizo eco del hecho, a veces con escándalo farisaico y comentarios de mal gusto. No obstante, ninguna instancia del Opus Dei, en país alguno, salió al paso de los mismos. El Padre, por su parte, guarda también absoluto silencio, hasta que, al cabo de un año, transmite el título a su hermano, para que pueda, a su vez, transmitirlo a sus hijos.

En el deliberado silencio del Fundador ha habido, sin duda, una especie de sano desprecio del “qué dirán”, como si hubiese querido, con su ejemplo, animar una vez más a sus hijos a hacer uso de sus derechos, sin refugiarse en una modestia mal entendida, completamente ajena a la verdadera humildad cristiana. Humildad que él manifiesta, por su parte, en ese ofrecerse en bandeja a las malas lenguas, dándoles un pretexto para insultarle.

Los miembros de la Obra y las personas que lo conocen comprenden perfectamente este gesto del Padre y piensan que, en este asunto, con título o sin título nobiliario por medio, ha sabido comportarse como siempre: como un caballero.

Sufrimiento por la Iglesia

El dolor que le causa la incomprensión -por otra parte esperada- no es nada en comparación con el sufrimiento que experimenta en esta época de su vida.

Señor, si es tu Voluntad, haz de mi pobre carne un crucifijo, había escrito en Camino. Pues bien, parece como si Jesucristo hubiese querido conformar aún más a su servidor a su propia imagen en estos años de prueba para la Iglesia universal, que parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana. Porque se ha ido pasando de discutirlo todo a dudar de todo, de tal forma que es algo más que una crisis lo que sacude a la Iglesia; es un terremoto.

Estamos viviendo un momento de locura -confía el Padre a sus colaboradores más íntimos el 25 de noviembre de 1970-. Las almas, a millones, se sienten confundidas. Hay peligro grande de que en la práctica se vacíen de contenido los sacramentos -todos, hasta el Bautismo- y los mismos Mandamientos de la Ley de Dios pierdan su sentido en las conciencias.

El Fundador del Opus Dei sabe que la barca de Pedro no puede hundirse, pero también sabe que Dios permite tiempos de prueba muy duros. Por eso, las fisuras en la fe, las noticias que ponen de manifiesto que el amor a Dios en muchos cristianos se enfría, le llegan al corazón. Piensa en ello noche y día, reza, se mortifica, repara con más generosidad todavía…

Desde hace años, conoce esas largas vigilias nocturnas en las que las sombras parecen hacerse más densas. Son momentos en los que suplica a Dios, con redoblado fervor, que ponga fin a la prueba.

Como la crisis se prolonga, implora que, al menos, pueda ver, si no el fin, el comienzo del fin, y pide a sus hijos que hagan lo mismo, que insistan ante el Señor para que se vea obligado a intervenir, dulcemente constreñido. Él, por su parte, no puede hacer ya más que abandonarse por completo y ponerse en manos de la Providencia.

¡Me duele la Iglesia!, exclama con frecuencia.

La fe que Dios le ha dado desde su infancia y que no ha cesado de crecer en él -una fe tan gorda que se puede cortar-, le dice que al término de esta locura colectiva habrá un vasto resplandor de esperanza, porque el Señor, de los males saca bienes; y de los grandes males, grandes bienes.

Pero el dolor es la piedra de toque del Amor y, por eso, el Padre no puede evitar el sufrir con la Iglesia, no sólo como cristiano, sino también como sacerdote y como responsable de tantas almas que el Señor le ha confiado. Además, no le faltan razones para pensar que el Príncipe de las tinieblas tiene especial empeño en obstaculizar este nuevo camino divino en la tierra que es el Opus Dei.

La mano que sujeta el timón debe, a veces, cuando la tempestad arrecia, adquirir firmeza para mantener el rumbo… Por eso, el sufrimiento de Mons. Escrivá de Balaguer por la Iglesia no es meramente pasivo, sino que va acompañado de un empeño eficaz por evitar que la Obra se desvíe lo más mínimo de la línea señalada por Dios. Se sabe, en efecto, administrador del depósito recibido el 2 de octubre de 1928, y uno de sus elementos esenciales es el carácter secular del Opus Dei.

Sus hijos e hijas, unidos en torno al Fundador e identificados con su espíritu, no tienen la menor duda de que son cristianos corrientes, no religiosos que viven en el mundo o que se adaptan al mundo; saben, en suma, que son ciudadanos iguales a los demás, como lo saben sus parientes y sus amigos. La Iglesia, por su parte, ha reconocido esta característica secular del Opus Dei, pero el Padre, desde hace varios años, está cada vez más preocupado porque, como Fundador, desea que las cosas queden todavía más claras. Piensa que es imprescindible que la Obra tenga un estatuto jurídico más conforme con su naturaleza, cosa que no fue posible conseguir en 1950, pues las mentes no estaban todavía maduras para esto, y el Derecho Canónico no había evolucionado lo suficiente. Ahora, sin embargo, algunas disposiciones del Concilio Vaticano II permitirán, sin duda, obtener ese nuevo estatuto.

El 6 de enero de 1970, mientras contempla con un grupo de hijos suyos el misterio de la Navidad, plasmado en un Nacimiento, invita a sus hijos a la confianza: “Pedid y se os dará…” (Lucas XI, 9).

Buscando refugio en la trinidad de la tierra, Jesús, María y José, el Padre, con la imaginación, toma al Niño en sus brazos y pide perdón por todo el mal que se hace, por todo el bien que dejan de hacer los cristianos…

No lejos del pesebre, se encuentra Herodes: Pero no podrán nada, Señor, ni contra tu Iglesia ni contra tu Obra. Estoy seguro (…) También la Obra ha encontrado, más de una vez, a Herodes en su camino. Pero, ¡tranquilos, tranquilos! (…); no hemos dejado nuestros intereses personales por una nimiedad.

Los que le rodean están serios. Sufren con el sufrimiento del Padre, pero lo único que pueden hacer es asociarse a sus súplicas y trabajar con más intensidad que nunca, abriendo camino en la dirección que él indica

Dos peregrinaciones en la Península Ibérica

Como ha venido haciendo en los momentos más difíciles de su vida, recurre a la Madre de Dios, proclamada por Pablo VI, al finalizar el Concilio, Madre de la Iglesia. Es lo que le lleva a postrarse varias veces a los pies de Nuestra Señora en 1970.

Iré a visitar dos Santuarios de la Virgen -escribe a sus hijos-. Iré como un creyente del siglo XII: con el mismo amor, con aquella sencillez y con aquel gozo. Voy a pedirle por el mundo, por la Iglesia, por el Papa, por la Obra (…) Unios a mis oraciones y a mi Misa.

Esos dos Santuarios son Torreciudad, en España, y Fátima, en Portugal.

A comienzos de abril, el Fundador del Opus Dei se traslada en avión a España. En la antigua casa de la calle de Diego de León, contempla la imagen de la Virgen de Torreciudad, que está siendo restaurada. Es una representación tradicional de la Virgen con el Niño, similar a la que existe en bastantes Santuarios de Europa surgidos a partir del siglo XI. Se ve la talla de madera, pues se le han quitado varias capas de pintura posteriores para aplicarle el estofado de oro que le hará recobrar su aspecto originario.

Presintiendo la emoción del Padre, sus hijos se retiran. Besa filialmente los pies de la Virgen y los del Niño, expresa a la Señora su agradecimiento con palabras que le salen del alma y le cuenta la alegría que siente al volver a verla, como un hijo que se reúne con su madre tras una larga ausencia.

Unos días más tarde, después de visitar en Zaragoza a la Virgen del Pilar, llega a Torreciudad. Un kilómetro antes de alcanzar la ermita, en una curva de la carretera, todavía en construcción, sin asfalto, el Padre hace detener el automóvil, baja, se descalza y sigue caminando a pie, mientras empieza a rezar los misterios dolorosos del Rosario. El día es gris y cae una suave llovizna, pero él, por dos veces, se niega a ponerse de nuevo los zapatos.

-Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario.

Terminados los misterios dolorosos y tras unos instantes de oración silenciosa, el Padre continúa rezando las otras dos partes del Rosario. Finalmente, al entrar en la ermita, avanza hacia el altar y entona la Salve; luego, de rodillas, reza una oración mariana que ha aprendido en su infancia. Sólo entonces pasa a una habitación próxima para quitarse las piedrecillas que se le han incrustado en las plantas de los pies y calzarse de nuevo…

Instantes más tarde, ya está otra vez bajo la lluvia, visitando los lugares donde se alzará el nuevo Santuario, a unos cientos de metros de la ermita. Al borde de una vasta excavación, donde irá la cripta de los confesionarios, traza el signo de la Cruz con la mano. Su deseo más ardiente es que muchas personas encuentren en Torreciudad, en el futuro, el don más precioso: la gracia divina.

El amor grande que Dios tiene a su Madre, hará que allí resplandezcan también su omnipotencia y su misericordia. Nosotros le pediremos y buscaremos milagros en las almas.

El 14 de abril ya se encuentra en Fátima. Descalzo también, se dirige a la “capelinha”, rodeado por algunos de sus hijos portugueses. Cerca de la estatua que conmemora la visita de Pablo VI en 1967 -que es asimismo el año de su última peregrinación a Fátima- reza por el Papa.

La piedad de los peregrinos que le rodean le conmueve. Ahora que la fe parece languidecer en bastantes lugares y algunos ponen en entredicho la devoción a la Virgen, ciertas manifestaciones de piedad le enternecen. Por eso suele decir que le gustaría poder expresar sus sentimientos con la misma sinceridad con que los expresa una viejecita que suspira en la penumbra de una iglesia; por eso, también, se alegra tanto cuando, poco después de su visita a Fátima, uno de sus hijos portugueses le dice en una carta que le había visto besar las medallas del Rosario, como hacía su propia abuela…

Estas peregrinaciones son una demostración evidente de la gran fe del Padre y, al mismo tiempo, afirman su convicción de que la Iglesia no tardará en recobrar la unidad y la paz. “Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros?” (Rom. VIII, 31), repite con San Pablo.

En México, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe

Pero su preocupación por la Iglesia sigue siendo muy viva. Por eso, poco después de regresar a Roma, el Padre, de repente, decide hacer una tercera peregrinación mariana.

Esta vez, el punto de destino está más lejos, en América, adonde nunca había hablado de ir hasta entonces. Verdad es que sus hijos mexicanos venían pidiéndole insistentemente que fuese desde hacía tiempo, pero de no haber mediado un motivo tan poderoso como éste, tal vez nunca se hubiese decidido a atravesar el Atlántico.

Así pues, el 14 de mayo de 1970, toma el avión que ha de conducirle a México.

Una de las primeras visitas que hace es a la Villa, adonde los mexicanos acuden a diario en gran número para rezar ante el célebre lienzo de la Virgen de Guadalupe, patrona de México y de toda Hispanoamérica, desde que en 1531 la Madre de Dios quiso aparecerse a un pobre indio llamado Juan Diego y dejar estampada milagrosamente su imagen en la manta o tilma que utilizaba para cubrirse.

Arrodillado en el presbiterio de la basílica, no quita los ojos de la imagen de la Señora, cuyo rostro tiene rasgos de la raza de la gente de esa tierra bendita. Por el interior del templo, a menudo de rodillas, avanzan muchas personas.

Hora y media más tarde, se incorpora y abandona la basílica. Numerosos miembros de la Obra que han empezado a afluir al enterarse de que está allí el Padre le acompañan desde la nave en cariñoso silencio. La escena se repetirá durante ocho días consecutivos, del 17 al 24, pero en lo sucesivo, para no llamar la atención, el Padre ocupa un balconcillo o tribuna situado a la derecha del presbiterio que le coloca, sin que se le pueda ver desde la nave del templo, a la misma altura de la célebre imagen. Nadie puede conocer hasta dónde llega la intensidad y profundidad de su oración. Sólo los que están muy cerca, junto a él, pueden oír sus palabras audaces y pueriles… que la pluma no puede, no debe estampar. Palabras en las que se vierten sus preocupaciones de siempre: la Iglesia, el Papa, sus hijos e hijas.

Todos los días expresaba su petición en voz alta. Los que están a su lado -entre ellos don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, uno de sus más íntimos colaboradores- quedan impresionados por la simplicidad de sus palabras, que son las que un hijo dirige a su Madre. Tal vez las mismas que el pequeño Josemaría dirigía a María, en Barbastro, cuando, durante el mes de mayo, llevaba una flor a la Virgen, como todos los niños, y le presentaba sus peticiones.

También los mexicanos y las mexicanas depositan rosas a los pies de “su” Virgen de Guadalupe durante todo el año, y el Padre no quiere ser menos… El quinto día de la novena se dirige con estas palabras a la Madre de Dios: Señora nuestra, ahora te traigo -no tengo otra cosa- espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en toda mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

Luego, el Padre formula su petición con la santa desvergüenza que siempre ha recomendado a las almas que quieren trabajar por Dios:

Aquí estoy, porque ¡Tú puedes!, porque ¡Tú amas! Madre mía, Madre nuestra (…), evítanos todo lo que nos impida ser tus hijos, todo lo que intente borrar nuestro camino o adulterar nuestra vocación. Yo no lo permitiré, porque no quiero condenarme; pero no toleres que actúen las fuerzas del mal. ¡Contra Ti no puede nada el diablo!, ¿cómo no voy a contar con esta seguridad? Dios te salve, María, Hija de Dios Padre; Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo; Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo; Dios te salve, María, templo de la Trinidad Beatísima, ¡más que Tú, sólo Dios!: ¡que se vea que eres nuestra Madre!, ¡lúcete!.

La oración en voz alta del Padre se prolonga. Hasta la tribuna desde donde se dirige a la Virgen, llegan las canciones de los fieles en honor de su patrona, y su alma vibra al unísono de aquellas voces. Sigue rezando con insistencia:

Te amo todo lo que sé y puedo. Me he equivocado tantas veces en mi vida, pero te quiero con todas las fuerzas de mi alma. Dinos qué hemos de hacer y, con tu gracia, lo haremos (…) Escúchanos: ¡yo sé que lo harás!.

Entre una criatura, por muy fiel que sea, y su Creador, parece difícil que pueda existir una transacción, a no ser que lo que se pone en juego sobrenaturalmente ya esté inscrito en los planes divinos, como supo Abraham que lo estaba, después de haber negociado con Yahvé, la salvación de un puñado de hombres de su pueblo…

Lo cierto es que, a partir de ese 20 de mayo de 1970, Josemaría Escrivá de Balaguer, sin dejar por eso de sufrir, reparar y rezar por la Iglesia, aumenta más en su alma la confianza y la paz que ya nada podrá quebrantar. Como si la Virgen María, en el Santuario donde ha ido a visitarla, hubiese querido mostrarle el final de la prueba; sin decirle cuándo ni cómo, está convencido de que todo se arreglará cuando llegue el momento oportuno. Poco importa que no llegue a verlo con los ojos de la carne: el gran río de la Iglesia volverá a su cauce…

Antes de abandonar la tribuna, el Padre hace una promesa a la Virgen de Guadalupe; una promesa sin condiciones, como la que había hecho hace ya muchos años en Madrid, al invocar a San Nicolás de Bari para pedirle que resolviera unas dificultades financieras aparentemente insuperables: para agradecer a la Señora la gracia que le acaba de conceder, mandará colocar, en una capilla de la cripta del Santuario de Torreciudad, un mosaico representando a la imagen de la Virgen de Guadalupe y una inscripción conmemorativa.

La raza de los hijos de Dios

Nada más llegar a México, el Padre había dicho a sus hijos que ellos sólo eran la segunda razón de su viaje, pero, al comprobar su gozo por tenerle entre ellos, se da cuenta de que esa segunda razón casi se confunde con la primera.

El Padre visita Montefalco, una antigua hacienda reconstruida por sus hijos en el estado de Morelos, donde han establecido, entre otras actividades educativas, un centro de formación rural para los campesinos de la zona. En medio de aquellos inditos, que le escuchan embelesados y atentos, el Padre se encuentra tan a gusto como con los habitantes de la capital o de otras grandes ciudades. En esas reuniones, hay un buen número de hijos suyos que han venido de otros países: Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Puerto Rico, Colombia, Argentina, e incluso Canadá y los Estados Unidos. A todos, les dice:

Nadie es más que otro. ¡Ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo, valemos la Sangre de Cristo. Fijaos qué maravilla. Porque no hay razas, no hay lenguas; no hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios.

Este lenguaje directo es comprensible a todos. Le oyen los de la ciudad y los del campo, gentes de toda condición… y hasta las lenguas de los campesinos más taciturnos se abren en preguntas a aquel sacerdote de prontas respuestas, que elevan y dignifican su vida. Todos quieren acercarse al Padre, saludarle, recibir una palabra o una sonrisa suya, tocarle…

En México D.F., en un Centro de la Sección de mujeres de la Obra, una campesina anciana, de cara completamente arrugada, se ha quedado en una esquina del vestíbulo. Le dicen al Padre que tiene cuatro hijos en el Opus Dei. El Padre se le acerca y la anciana mujer, sin dar tiempo a pensar en lo que sucede, se arrodilla ante el hombre de Dios. Mientras su hija intenta en vano ponerla en pie, ve con profunda emoción que el Padre, a su vez, se arrodilla ante ella para ponerse a su altura y decirle al oído cosas que ella escucha entre lágrimas: Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios…

Hijos míos, yo no he venido a enseñar, sino a aprender. A aprender de los mexicanos, de su fe sin fisuras, de su amor sincero a la Madre de Dios…

El Padre les habla también del apostolado que pueden hacer en su país y en otros países de lengua española del Continente: ¡Cuánto bien podéis hacer! Si fuéramos más, y si yo fuera mejor… y tú, y tú, y todos fuerais mejores, haríamos una labor maravillosa.

Durante los cuarenta días de su estancia en México, recibe a más de veinte mil personas. En una serie de tertulias llenas de espontaneidad, semejantes a las de España y Portugal, habla una vez más de la santificación del trabajo ordinario, de la vida conyugal; de la amistad y del apostolado; de la oración, de la Iglesia, del Papa, de los Sacramentos y, en especial, de la Eucaristía y la Penitencia. En resumen: de todos esos medios que facilitan el intercambio personal entre el alma y Dios y constituyen el secreto de la fecundidad apostólica.

El Padre, a pesar de su edad, responde de manera sorprendente a tanto ajetreo. No obstante, un día, el 16 de junio, mientras habla a un grupo de sacerdotes cerca del lago de Chapala, al noroeste del país, tiene que retirarse a una habitación contigua para descansar unos momentos, pues el agobiante calor del mediodía le sofoca. Su mirada se detiene en un cuadro colgado en la pared de enfrente que representa a la Virgen de Guadalupe entregando una rosa al indio Juan Diego.

-Quisiera morir así -musita en su oración habitual-: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor…

FILIPINAS. Los pobres del Tercer Mundo

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Los pobres de Manila viven en minúsculas chozas de madera y hojalata que se alzan sobre el fango. Los más privilegiados ocupan casas diminutas de una o dos habitaciones. A veces construyen su hogar con tablas carcomidas entre las ramas de un árbol.

Como los de otros muchos países, los pobres de Manila provienen del campo, donde los ricos hacendados les explotaban; se trasladan a la ciudad en busca de una vida mejor, que rara vez encuentran.

En las zonas más deprimidas, la moralidad es escasa, y a veces nula. No es raro que los adolescentes, antes de llegar a la edad adulta, hayan sido testigos de varios crímenes.

Las Filipinas han sufrido muchas convulsiones desde finales del siglo XIX, cuando el país empezó a luchar por su independencia. Recientemente, ha sido víctima de una rígida y larga dictadura.

Sobre este telón de fondo tuvo lugar la revolución de 1986, que acabó con ella. Sin embargo, cuando el polvo del alzamiento se posó, pudo verse que los efectos de la dictadura permanecían. Un dato significativo: el 70 por 100 de los filipinos viven por debajo del nivel de pobreza.

A la entrada del inmueble en que me alojaba -un edificio de apartamentos situado en San Juan, un antiguo barrio de Manila- había un guardia armado, con uniforme azul. Su presencia era un recordatorio de la desesperada pobreza que le rodeaba.

Ante tanto sufrimiento, muchos cristianos, que no son capaces de hacer lo que la Madre Teresa de Calcuta -atender personalmente los problemas más graves derivados de la pobreza-, se limitan a dar limosna. Pero hasta la Madre Teresa reconoce que la caridad sólo resuelve los problemas más inmediatos, no el problema de fondo. Éste sólo se puede atacar mediante la aplicación de una justicia social basada en principios cristianos, ya que es la única que evita dos grandes escollos: las injusticias provocadas por los excesos del capitalismo, de una parte, y la opresión de los sistemas totalitarios de signo socialista, de otra.

Fue este camino -el del desafío propuesto por las enseñanzas sociales de la Iglesia- el que un grupo reducido de universitarios filipinos tomó mucho antes de que se produjera la revolución de 1986. Cuando se agruparon a mediados de los años 60, eran conscientes de que, aunque Filipinas era un país predominantemente católico, había hecho poco caso de la doctrina social de la Iglesia; pero eran muy jóvenes, y no tenían influencia económica, política o social; sólo tenían buena formación e ilusión juvenil. Dos de ellos, graduados en Harvard, eran dos economistas: el Dr. Bernardo Villegas y el Dr. Jesús Estanislao.

“Queríamos crear un servicio social que fuese profesional y secular, capaz de dar respuesta a las necesidades sociales más apremiantes -me dijo Jess-. Debía ser educativo, apostólico y abierto a todo el mundo, pues queríamos llegar al mayor número posible de personas.”

El grupo se propuso mostrar que las empresas podían ser socialmente responsables. Pero el gobierno, entonces, iba por un camino y los hombres de negocios por otro. Mientras el gobierno hablaba de programas sociales y económicos, las empresas privadas actuaban a su aire. Además, los hombres de negocios sólo estaban interesados en los beneficios, no en el desarrollo económico y social del país.

“Queríamos contar con un centro que estudiase estos problemas y estableciese un puente entre el gobierno y los empresarios.”

El resultado fue el Center for Research and Communication (Centro de Investigación y Comunicación), inaugurado en 1967. El centro ocupaba entonces un edificio alquilado en el número 1607 de Jorge Bocobo, Malate, y no tenía nada que ver con el moderno edificio que ocupa ahora en Pearl Drive, en el Complejo Comercial Ortigas, con sus modernas aulas, salas para seminarios y oficinas.

A poco de ser fundado, el CRC ya había adquirido gran reputación como centro de formación empresarial y de estudios de previsión económica (algo que pronto provocó el recelo del gobierno, que no veía con buenos ojos que un organismo independiente pusiese de relieve los pobres logros económicos del sistema). El CRC formaba hombres de negocios para que dirigieran sus empresas con arreglo a sanos principios económicos; luego, los animaba a, concentrarse en áreas en las que podían ayudar a combatir la pobreza, es decir, a responder a la llamada de la Iglesia a favor de la “opción preferencial por los pobres”. Les pedía, por ejemplo, que tuviesen en cuenta los ingresos reales de los trabajadores de su empresa, su capacidad adquisitiva, sus necesidades familiares, etc.

“Lo que siempre hemos dicho a las diferentes empresas -me explicó Bernie- es que comparen lo que ganan sus empleados con lo que necesitan para vivir como seres humanos. Luego hemos dado un paso adelante. Por ejemplo, en desarrollo agrario. Si un cliente es dueño de una plantación de azúcar, le decimos que debe colaborar en el desarrollo de la comunidad, promoviendo escuelas, hospitales, etc. Existe la creencia, bastante generalizada, de que el- capitalismo no tiene conciencia, y eso es lo que tratamos de desmentir, procurando hacer que los empresarios conozcan lo que la Iglesia ha dicho sobre salarios, trabajo, sindicatos, cooperativas y todos los problemas sociales que tienen planteados los países del Tercer Mundo, entre ellos Filipinas. Y nos hemos encontrado con que los hombre de negocios y las empresas con que hemos contactado están dispuestos a hacer algo por resolver los problemas, una vez que toman conciencia de ellos.”

Los hombres de negocios que fueron al CRC buscando asesoramiento económico, pronto empezaron a responder. Algunos comenzaron a interesarse por las áreas rurales, contribuyendo al desarrollo agrícola; otros crearon fundaciones para la formación de campesinos; algunos elaboraron productos de alta calidad. Mientras tanto, el CRC instaba a la reforma agraria, aconsejando a los grandes terratenientes que parcelaran parte de sus dominios y los repartieran entre los campesinos.

“El mensaje que siempre hemos tratado de inculcar -me dijo Jess- es que en los negocios, antes de mirar lejos, al futuro, debemos recordar que tenemos los pobres al lado, en los taxistas, los porteros, los oficinistas, los campesinos. Insistimos en que los ejecutivos de las grandes empresas deben preocuparse ante todo de estas personas, procurarles mejor educación, tratarles bien, proveer a sus necesidades en términos de su desarrollo cultural, espiritual, profesional, educativo, etc. Y aumentar sus salarios, con arreglo a los beneficios. Los que han seguido esos consejos han comprobado que funcionan en un doble aspecto. Cuando la empresa se preocupa de la gente, se establece una mayor compenetración entre la empresa y sus empleados. La prosperidad de la empresa se convierte en una aventura conjunta y la productividad aumenta.”

La doctrina social de la Iglesia Católica ha rechazado siempre la idea de que la solución de los males económicos esté en ideologías como el socialismo, el capitalismo o la teología de la liberación. Lo que el CRC estaba haciendo se basaba en tres pilares básicos: en primer lugar, el principio de subsidiariedad, que dice que lo que los individuos o los pequeños grupos sociales pueden hacer con eficacia y competencia no debe ser absorbido por cuerpos sociales más amplios, y menos por el Estado (tal es el punto de vista conocido como “lo pequeño es hermoso”, el cual requiere que todos los trabajadores participen en la propiedad de los medios de producción). En segundo lugar, el principio de solidaridad, que dice que los individuos, los grupos privados y las asociaciones deben trabajar unidos, cooperando mutuamente. Y en tercer lugar, el principio de que cada persona y cada grupo debe, dentro de la comunidad, trabajar a favor del bien común. Lo cual no significa buscar el mayor bien para el mayor número, sino más bien el bien total de todos y cada uno de los miembros de la sociedad.

“Aquí es donde entra la competencia característica del CRC -me dijo Bernie-. Hay otras instituciones parecidas, pero yo creo que nosotros destacamos por el énfasis que ponemos en los principios de subsidiariedad, solidaridad y bien común. A los hombres de negocios les decimos con toda claridad que no hay una mano invisible, diga lo que diga Adam Smith, que promueva automáticamente el bien común cuando predomina el egoísmo personal. Eso es una colosal, mentira histórica. Cada persona debe contribuir consciente y activamente al bien común, con sus propias decisiones.”

Esto puede parecer muy bonito, un idealismo muy atractivo, pero impracticable en el mundo donde las empresas .luchan por obtener el mayor rendimiento de los trabajadores con los salarios más bajos posibles. Pero la realidad es que, así las cosas no marchan. Las’ empresas que explotan a los trabajadores y obtienen grandes beneficios a corto plazo por ese procedimiento plantan las semillas de su propia ruina. El CRC ha sido capaz de convencer de este hecho a bastantes empresarios cabezotas, como se comprueba viendo al gran número de ellos que asisten a cursos, seminarios y conferencias. Cada seis meses en un hotel de Manila, cientos de empresarios y hombres de negocios participan en cursos de actualización.

Aunque quienes dirigen el CRC están de acuerdo en los principios básicos, tienen a veces puntos de vista distintos sobre la manera de ponerlos en práctica. El centro recalca que las opiniones económicas del cuadro de profesores son cosa suya. Jess y Bernie, por ejemplo, llevan muchos años trabajando juntos, pero tienen criterios diferentes a la hora de encarar los problemas de la economía filipina. Bernie está convencido de que el futuro de Filipinas está en el desarrollo de la agricultura, mientras que Jess confía más en la industrialización del archipiélago. También discrepan respecto a la protección arancelaria.

“Aquí tenemos un gran pluralismo, una gran variedad de opiniones, pues estamos de acuerdo en que en economía no existen dogmas -explica Bernie-. Como dice el fundador del Opus Dei: en el Opus Dei tenemos un común denominador, que está formado por la doctrina de la Iglesia, pero el numerador es variadísimo: cada cual tiene sus opiniones, su manera de encarar los problemas. Eso es verdad en el Opus Dei, y también en el CRC.

Y lo mismo con quienes aconsejamos. Nadie está autorizado a decidir cómo una persona rica puede contribuir al bien común; creando oportunidades de empleo, obteniendo divisas, produciendo alimentos… La libertad personal y la responsabilidad deben ser los principios motores de la iniciativa privada con vistas al, bien común.”

La relación del Opus Dei con el CRC es la misma que en cualquier otra obra corporativa. El Opus Dei garantiza la doctrina y la orientación espiritual del CRC con arreglo a la fe católica, pero nada más. No se responsabiliza en absoluto sobre problemas concretos, como pueden ser las opiniones respecto a la conveniencia de introducir la reforma agraria en la isla de Negros.

El capellán del CRC, Father Hector Raynal, me habló de los consejos que suele dar a los hombres de negocios que acuden a él para hablarle de temas espirituales:

“En este país, la mayoría de la gente da por supuestas sus creencias religiosas. Suele ser buena, pero no profundiza en el conocimiento de las enseñanzas de Jesucristo. Hay que insistir en las cosas básicas: los sacramentos, la necesidad de estar en estado de gracia… Luego, inculcarles una serie de virtudes humanas: laboriosidad, firmeza, constancia, perseverancia, sinceridad…

Procuro que quienes vienen por aquí se den cuenta de que si quieren construir una sociedad sobre fundamentos cristianos tienen que conocer la doctrina de la Iglesia. Si se construye una sociedad y se tiene éxito económicamente, pero esa sociedad no está basada en principios morales correctos, el fracaso, a la larga, es seguro. Si se construye con la única preocupación de multiplicar los bienes materiales o con la de crear unas estructuras rígidas que coarten los derechos individuales, se edifica sobre arena. Se termina en nada.

Cuando alguien viene a mí para preguntarme si es moral tal o cual negocio, procuro ayudarle aclarándole los conceptos. En el CRC doy un curso de ética cristiana para empresarios que proporciona criterios claros basados en la Ley de Dios. Supongamos que alguien viniera y dijera: “Resulta que tenemos competidores que no pagan impuestos, que firman cheques sin fondos, que pagan salarios de hambre, que sobornan a los funcionarios… ¿Qué nos aconseja? ¿Hacer lo mismo?”. Lógicamente habría que decirle que no, que no puede hacer nada de eso. Pero si pensara que, entonces, no le queda otro camino que retirarse, habría que decirle que tampoco se trata de eso, que habría que estudiar detenidamente la situación. Y aquí es donde interviene la fe. Por supuesto que no se pueden emplear medios ilícitos, porque el fin no justifica los medios. Pero retirarse significaría darse por vencido, dejar los negocios del mundo en manos de quienes lo corrompen. Por eso hay que analizar detenidamente la posibilidad de utilizar otros medios lícitos y eficaces que no utilizan los competidores. El espíritu de Cristo nos dice que debemos colocar a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, que debemos devolver el mundo a Dios. ¿Cómo íbamos a lograrlo si a la primera dificultad nos retiráramos, renunciáramos a la lucha? Sí hemos de utilizar toda clase de medios lícitos, que pueden ser muy poderosos. Me refiero, por ejemplo, a la oración que, tal vez, nos hará ver que tenemos que esforzarnos más en el trabajo.

A los que me piden consejo les digo que tienen que procurar que su empresa sea más productiva, que no deben pensar que porque sean católicos y no puedan utilizar medios ilícitos su empresa debe estar siempre a la cola en cuanto a productividad o beneficios. Porque es falso, y anticuado, pensar que para ser un buen católico hay que ser un mendigo. Ésa era una de las cosas que Monseñor Escrivá quería inculcar en las mentes de muchos: que no es bueno renunciar a la lucha, que hay que procurar destacar, sobresalir, tener éxito. No por motivos egoístas, sino porque así se puede extender más el Evangelio.

Así pues, ése suele ser mi consejo: luchar, esforzarse. Pero si alguien me pregunta a qué partido político debe apuntarse, contesto que eso no es asunto de mi competencia, que puede hacer lo que quiera, siempre que se atenga a lo que dice la Iglesia en este terreno. Así, por ejemplo, con tal de que no se haga del Partido Comunista, puede hacer lo que estime oportuno para ayudar a resolver los problemas de su país. Es completamente libre en ese terreno. “

Actualmente, el CRC tiene una plantilla de ochenta profesionales, entre ellos varios economistas veteranos, doce jóvenes y una veintena de investigadores. En los últimos años ha evolucionado hasta convertirse casi en una universidad especializada en Economía, Ciencias Empresariales, Pedagogía y Humanidades. Ya ha empezado a formar un claustro académico, muchos de cuyos componentes han estudiado en universidades europeas y americanas.

Podría parecer que de todas las actividades corporativas del Opus Dei vistas ahora, el CRC sería una a la que más fácilmente se le podría imputar la búsqueda de influencia. En este sentido, los directores del centro me dijeron que les gustaría ser juzgados por sus logros, pues, a la larga, la gente no se fía de los rumores, sino de los hechos.

Tal es también el punto de vista del arzobispo de Manila, el cardenal Jaime Sin. Poco antes de que me concediera una entrevista, el cardenal había escrito un artículo en un periódico de la capital defendiendo al Opus Dei y la labor que sus miembros llevan a cabo en su diócesis, en especial el CRC. Entre otras cosas, el cardenal Sin decía que era importante tener en cuenta que el CRC no tenía finalidad política, sino profesional. “Cuando se estudian problemas financieros o se trata de prever el futuro, no -se está trabajando a favor de ningún partido político. Se está trabajando por el bienestar del país. Esto es muy claro. El CRC ayuda eficazmente al gobierno mediante el análisis y evaluación de los problemas financieros. Ha probado que cuenta con expertos que saben prever y proyectar, que trabajan de manera muy profesional. Lo cual ha supuesto que el gobierno tome nota de su labor, pues están cooperando al desarrollo del país.”

El cardenal Sin ponía de relieve también que cuando acabó la anterior dictadura y un nuevo gobierno se hizo con el poder en Filipinas, el CRC siguió haciendo lo mismo que hacía, aconsejando a las mismas personas e instituciones, incluido el gobierno. “Es una buena actitud -decía-, pues cuando la Iglesia o alguna organización de la misma se “casa” con el sistema, se queda viuda en la siguiente generación.” Evidentemente la Iglesia adopta esta actitud no sólo para no comprometerse políticamente, sino para garantizar la libertad política de los fieles seglares.

Dos labores inspiradas por el CRC son Dual Tech, un centro de formación profesional para obreros, y la Meralco Foundation, que desarrolla programas industriales para técnicos. Ambas tienen como objetivo dar oportunidades a los trabajadores más pobres.

Dual Tech, situado en el distrito comercial de Makati, es un proyecto conjunto de la Southeast Asian Science Foundation, que no tiene fines lucrativos, y la Fundación Hanns Seidel, de la Alemania Occidental. Fue creado por un grupo de empresarios para proporcionar a sus empleados especializados un aprendizaje adecuado. Dual Tech tiene dos objetivos básicos: adaptar un sistema alemán de enseñanza ambivalente que combina la enseñanza teórica con las prácticas en la misma empresa y estimular los valores morales y una sólida formación humana que se refleje en detalles prácticos, tanto en el trabajo como en la vida privada.

Los mecánicos y electricistas industriales que allí se forman proceden de las áreas más deprimidas de todo el país. Durante los seis primeros meses de sus estudios tienen comida y medicina gratis. Para algunos, esos seis meses son los primeros de su vida en que comen todos los días. Vienen de zonas en las que la instrucción religiosa y moral es escasa. Uno de los instructores de Dual Tech, Florentino Fernando, me dijo que la mayoría proceden de ámbitos en los que matar no es algo vergonzoso, sino más bien causa de orgullo. “Lo que los salva es su fe. A pesar de los pesares, quieren ser mejores.

Saben que violar o matar es malo, pero poco más. Y se dan cuenta de que necesitan aprender para salir adelante.”

Además de las enseñanzas técnicas, los aprendices reciben formación en virtudes humanas, a través de grupos de debate, deportes en equipo y charlas. Cada aprendiz cuenta con un consejero personal que procura ir abriendo horizontes. Ésta es, tal vez, la labor más importante.

Florentino me habló de algunas de sus experiencias como consejero. Me dijo que hacía poco había dado una charla sobre la familia y que uno de los estudiantes, al final, le había dicho que creía que su mujer sabía que tenía una querida. “Yo sólo había hablado de cosas corrientes, como la necesidad de dedicar más tiempo a los hijos, pero mis palabras sin duda le habían conmovido. Por eso, cuando le pregunté si estaba dispuesto a romper con ella, me dijo que sí, porque se había dado cuenta de que la familia era lo más importante. Sabía, sin embargo, que no le iba a ser fácil, y me enseñó un collarcito de oro que su amante le había regalado. Le había dicho a su mujer quedo estaba pagando a plazos (200 pesos al mes), dinero que iba a parar a manos de la otra. Yo le dije, con firmeza, que la única forma de cortar esa relación extraconyugal era hacerlo de golpe, sin contemplaciones; torció el gesto, pero aceptó el consejo. Vino a verme al cabo de un mes, sonriente. Parecía otro. Se había cortado el pelo y se había afeitado. “Buenas noticias -me dijo-. He devuelto el collar.” Había dejado de ver a aquella mujer. “¿Sabe? -añadió- Ahora estoy como más ligero… Quiero más a mi mujer y a mis hijos.” Estaba claro que había metido la pata, pero que su fondo era bueno. Sin duda le había costado mucho dejar a aquella mujer.”

El proyecto Meralco, en Metro Manila, se parece bastante a Dual Tech. Forma a obreros pobres, escasamente cualificados, y les ayuda a mejorar personalmente. Imparte un ciclo de estudios de tres años en el campo de la electrónica o de la instrumentación tecnológica a unos 120 jóvenes, chicos y chicas. Se exige a los aspirantes buenas calificaciones en sus estudios y carencia de recursos económicos. En Meralco se les proporciona libros, material, uniformes, dinero para el transporte y un salario. Uno de los allí formados, Bernardino Equitay, de 24 años, era un muchacho campesino de la isla de Negros, una de las más deprimidas de Filipinas. Su padre plantaba arroz y maíz en un pequeño huerto, lo que le proporcionaba unos ingresos aproximados de 12.000 pesos al año, suma con la que tenía para mantener a sus seis hijos. Bernardino hizo un curso de formación de empresa, pero no le sirvió para encontrar empleo. “Una de las cosas que más me gustan de Meralco -me dijo, es que, cuando termine mis estudios, estoy seguro de encontrar trabajo.”

Otra iniciativa que existe en Manila es la escuela e instituto técnico de Punlaan, en San Juan, que imparte cursos de formación profesional para mujeres que quieran trabajar luego como empleadas de hogar o en diversos servicios hospitalarios y hoteleros, restaurantes, etc.

Desde que empezó, en 1975, con 115 estudiantes, ha formado a más de 2.500 personas, y su prestigio ha hecho que sea una de las instituciones consultoras del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. El instituto está instalado en un antiguo hospital situado en M. Paterno St. y destaca por la limpieza y el buen gusto con que está puesto.

La directora, Miss Amy Bonotan, me explicó que la meta del instituto es procurar quedas estudiantes se den cuenta de que las tareas domésticas tienen también su belleza. “Les mostramos que pueden hacer su trabajo con dignidad, que no tienen que avergonzarse de su profesión.”

Las alumnas de Punlaan sólo pagan unos 60 pesos al mes, cantidad que, evidentemente, no cubre el costo de su educación, que corre a cargo de una fundación. Se puede hacer un curso intensivo de un año, o dos años de estudios a más alto nivel, con la obtención de un diploma que capacita para prestar servicios de restaurante en instituciones hoteleras. Junto a las asignaturas habituales en las escuelas de hostelería, Punlaan se interesa también por la formación del carácter de las alumnas y por su cultura, con clases de psicología, ortografía, historia, moral, etc.

“Las alumnas proceden de familias pobres, paupérimas. Aquí les ayudamos a que se den cuenta de que las tareas domésticas no son despreciables, sino que constituyen un servicio importante. Les explicamos cómo pueden desarrollar su personalidad a través de su trabajo.”

En Filipinas, las muchachas del servicio doméstico han sido a menudo explotadas y maltratadas; por eso Punlaan colabora con el gobierno para crear leyes que las protejan. “Es preciso que quienes las emplean las respeten y sean justas con ellas -dice Amy-. Que tengan derecho a la intimidad, que puedan expresarse libremente, que las condiciones de trabajo sean dignas, que se las eduque. Por eso -añade-, organizamos también seminarios para las amas de casa, con objeto de que aprendan a tratar a sus empleadas. Éstas suelen ser muy sencillas y piensan más con el corazón que con la cabeza; por eso, son muy sensibles y se las hiere enseguida. Por eso, también les ayuda mucho charlar con sus preceptoras, aquí en Punlaan, y desahogarse cuando tienen algún problema.

Esto no quiere decir que la corriente sólo siga un camino. A veces ellas también nos dan lecciones, y de una sabiduría desconcertante que no se aprende en libros. Su vida ha sido casi siempre muy dura, muy difícil. La fortaleza con la que la han encarado, asombrosa. Han desafiado a la pobreza y tienen una fe muy honda.

Hay aquí una chica que lo ha pasado muy mal. Sus padres la habían abandonado y ella había rodado de casa en casa. Cuando llegó aquí se dio cuenta de que ésta era su única esperanza de futuro. Cree firmemente que todo lo que le ha sucedido le ha ayudado a ser más fuerte. No tiene ninguna amargura. Y hay otra que había estado en una casa cuyo dueño le había hecho proposiciones deshonestas. Cuando vino estaba muy” abatida y tenía mucho miedo, pero explicó el problema a su preceptora, que pudo enderezar la situación.”

Durante mi estancia en Manila, pasé mucho tiempo observando lo que hacía el Opus Dei para ayudar a los filipinos materialmente pobres, sin olvidar eso otro aspecto: lo que hace por ayudar a los espiritualmente pobres.

Benjamín Defensor es un periodista que trabajó en el Time Magazine y ahora dirige una cadena de periódicos en Filipinas, entre ellos el Business Day. Cuando durante la dictadura se implantó la ley marcial, se vio obligado a trasladarse a Hong Kong, donde fue director de Asia Television Ltd. Allí conoció el Opus Dei. Por entonces era -según su propia descripción- “un tipo rudo”, que bebía mucho y tenía poco interés en temas espirituales. “Incluso después de casarme, no solía volver a casa antes de las dos de la madrugada, pues, como decía a mis amigos, una cosa es casarse y otra cambiar de vida.. Y así seguí durante muchos años.” Pero conoció el Opus Dei y dejó de beber. Y también dejó de preocuparse por algo que le obsesionaba: ganar dinero. “Ahora ya no me preocupo de eso y las cosas marchan estupendamente.”

Teófilo San Luis, hijo, es especialista en medicina nuclear y trabaja en el hospital de la Universidad de Santo Tomás. Según me contó, antes de conocer el Opus Dei, cada mañana, cuando atravesaba las puertas del hospital, se ponía enfermo de pensar en el día que le esperaba. “El trabajo me parecía una carga insoportable -dice- y la vida algo sin sentido.” Hubiese podido atender a los pobres en la sección de caridad del hospital, pero no le atraía en absoluto. Le parecía inútil, una pérdida de tiempo. Pero cuando conoció el Opus Dei, todo cambió. “Comprendí lo importante que era ayudar a los demás, así que decidí trabajar allí un día a la semana por lo menos; gratis, por supuesto. A partir de entonces dejé de ver a los pacientes como una fuente de ingresos. Empecé a compartir los problemas ajenos, a atender más detenidamente a los enfermos, aconsejándoles, e incluso diciéndoles que rezasen. Ahora ya no me pongo de mal humor por las mañanas.”

La doctora doña Marina Bringas, madre de cinco hijos, que trabaja en el Hospital General de Quezón City, me contó una historia parecida: “Antes procuraba guardar las distancias con los pacientes. Sólo me interesaban los aspectos técnicos. Ahora es diferente. Algunas madres vienen al ala de caridad para acompañar a sus hijos enfermos y tienen que dormir en el suelo. Yo procuro atenderlas, estar un rato con ellas. Les digo que recen. Y a los pacientes, cuando tienen dolores, que ofrezcan su sufrimiento al Señor. Son cosas pequeñas, pero que ahora significan mucho para mí. Forman parte de ese hacer el trabajo lo mejor que uno puede, como enseña el Opus Dei, para ofrecérselo a Dios”.

Sergio Sánchez, piloto de la firma filipina Anscor, que pilota aviones a reacción Hawker 125, dice que en el Opus Dei ha aprendido a dejar de pensar en sí mismo. Antes procuraba obtener los vuelos más seguros, más brillantes; ahora no le importa realizar los peores, con los pasajeros menos agradables. “He aprendido a hacer favores a los demás sin que se den cuenta. Unas veces eso significa-dejar que otro piloto haga los vuelos más largos porque necesita dinero; otras, ayudarle a que piense más en Dios. Porque cuando se está volando -dice- uno tiene la sensación de estar muy cerca de Él, A veces se vuela tan alto que se aprecia la curvatura de la tierra. Es precioso. Pero también le hace a uno sentirse vulnerable…; todos los pilotos sabemos que nuestra vida está siempre en peligro. Hablamos mucho de ello. Sentimos que hay algo que nos mantiene en la existencia, el mismo poder que impulsa el avión y lo mantiene en el aire. Sí, es un ambiente propicio para hacer apostolado, para hablar de cosas trascendentes. Muchos de mis colegas se acercan al Opus Dei y asisten a charlas y meditaciones; algunos piden la admisión en la Obra.”

Monina Mercado, periodista, redactora jefe actualmente de una empresa editorial, Gabriel Books, es madre de tres hijos y se describe a sí misma como “una señorita bien” de los años sesenta. “Adoraba la música de entonces, y la vida social, las fiestas, las exposiciones y los conciertos. No llevaba una vida inmoral, pero sí inútil y frívola. Sentía, como se suele decir, en este país “gusto a ceniza en la boca”. Aunque me gustaba todo eso y tenía la sensación de moverme entre “gente importante”, en cuyas manos estaba el futuro del mundo, era profundamente desgraciada.

No es que todas esas cosas -reuniones, conciertos, actos culturales- tengan nada malo, pero es un error centrar la vida en eso, sobre todo cuando sólo se busca el placer. Cuando empecé a practicar seriamente la fe, me di cuenta enseguida de que no necesitaba muchas de las cosas que me parecían imprescindibles. Y comprendí también que mi condición de madre era mucho más importante. En mi vida sigue habiendo contrariedades, por supuesto, pero ya no he vuelto a tener sabor a ceniza en la boca.”

La llamada universal a la santidad

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Testimonio de Antonio Fontán, Catedrático de Filosofía Latina de la Universidad Complutense (Madrid)
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En estos días se cumple el primer aniversario de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer. Miles de cristianos –laicos y ecle­siásticos, españoles y de todo el mundo están firmemente persua­didos de que el ilustre sacerdote fue uno de esos espíritus privi­legiados en los que la tradición cristiana reconoce los signos de la santidad. Pero no sería propio de las páginas de un diario, ni corres­ponde a mi intención componer un panegírico.

Hay tres hechos que justifican este artículo, aparte de la fecha aniversaria. A la muerte de Monseñor Escrivá, el 26 de junio de 1975, numerosísimos testimonios de admiración y respeto, inmersos en el caudal informativo que arrastraba la noticia, pusieron de relieve que con su desaparición de este mundo se producía una gran ausencia. Además, ahora, al año de su falta, su figura se despega del entorno inmediato de una biografía privada para ocupar el destacado lugar que le corresponde en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana. Sin dejar de ser legítima herencia de los suyos, los hombres y mujeres del Opus Dei, entre los que tengo el honor de contarme, Monseñor Escrivá ha entrado a formar parte del patrimonio común de los cristianos. Finalmente, los españoles y toda nuestra cultura nacional, que fueron su ambiente originario y el marco de la forma­ción e inicial despliegue de su personalidad, le deben el reconocimien­to que merecen los grandes hombres de proyección universal.

La más adecuada perspectiva para comprender a Monseñor Escrivá sería la que se alcanza desde una actitud de fe, análoga a la que inspiró su vida. Y cuanto más viva y operativa, humilde y sacrificada cuatro adjetivos que él aplicaba a la primera de las virtudes teologales, como quien formula una aspiración o una exigencia– sea esa fe, mejor se le podrá entender.

Entre los hombres de esta clase, hay unos que dejan tras de sí el rastro vistoso y fugaz de una estela, y otros que marcan una impronta. Monseñor Escrivá ha sido de los últimos. Su huella per­manece en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana.

Con medio siglo de sacerdocio a sus espaldas, miles de discí­pulos e hijos de su espíritu en todo el mundo, una predicación incan­sable de palabra y por escrito, una copiosa obra literaria, que se enriquece y continuará enriqueciéndose con la progresiva publica­ción de sus inéditos, Escrivá de Balaguer ha aportado a la Iglesia y a la experiencia religiosa y espiritual de los cristianos, ideas y rea­lidades llamadas a ejercer una influencia duradera. La fundación del Opus Dei es, ciertamente, la principal empresa de su vida. Pero no soy yo la persona más indicada para glosaría, ni éste el lugar ni la ocasión de hacerlo.

Un interés más general tiene señalar el principio básico que ani­maba el sacerdocio de Monseñor Escrivá y, por supuesto, también su labor fundacional, así como el estilo de la espiritualidad con que ha contribuido a ¡a vida cristiana del siglo XX.

Más que una invención original -que no sería estrictamente concebible en la Iglesia Católica–, lo que Monseñor Escrivá hizo fue extraer las consecuencias de una resuelta actitud de vuelta a las fuentes. En la más íntima esencia del mensaje evangélico, Mon­señor Escrivá descubre una llamada divina, universal e igualitaria a la realización del ideal cristiano en la vida de cada hombre, sin distinción de clases ni personas, modos de vida ni estados sociales. En el lenguaje tradicional de la Iglesia, desde la era apostólica, a eso se le llama vocación ala santidad. Escrivá de Balaguer dijo algo que después repetiría la voz oficial de la Iglesia: Que esa llamada de Dios no era el privilegiado destino de unos pocos, sino una invi­tación general y común para todos los cristianos. Consciente de su filiación divina, el hombre es llamado a realizarse plena y simul­táneamente en los dos órdenes, natural y sobrenatural, mientras vive su existencia terrena: en el trabajo, igual que en el culto y en la oración, en el ambiente familiar, en el cumplimiento de sus debe­res personales y sociales, en todos los aspectos y ocasiones de su vida.

El estilo de espiritualidad que caracteriza a las tareas de apos­tolado cristiano y catequesis promovidas por Monseñor Escrivá, ya su propia labor personal, es coherente con esa concepción. Impli­ca una positiva valoración cristiana de las realidades terrenas y una concepción unitaria de la vida humana, que no se deja separar en compartimentos estancos.

Al servicio de estos ideales dedicó Monseñor Escrivá de Bala­guer más de cincuenta años de labor sacerdotal, de trabajo incesante y de oración, sin otra mira que cumplir fielmente lo que sentía que Dios pedía de él y con ejemplar lealtad a la Iglesia Católica Romana.

La vocación

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Leí en ese libro que viniera a mis manos y ahora se hacía vivo: “No lo dudes: tu vocación es la gracia mayor que el Señor ha podido hacerte. Agradécesela.”A estos pensamientos, venían sobre mí otros del mismo libro que hablaban de locura, de fuego, de sal, de apostolado…Pero Señor, ¿tú sabes quien soy yo? ¿Es a mí a quien hablas? Yo sólo soy un pecador, y lo sabes perfectamente, un siervo inútil incapaz de hacer nada a derechas, todo en mi es un mal tejido, un telar deshilachado, una voluntad sin fuerza y, sin embargo, me hablas de “sal de la tierra”, mi sal desvirtuada, mi nula voluntad…¡Si todo lo tienes que poner Tú! ¡Siempre te ha tocado ponerlo todo en mi vida! ¿Acaso hay algo bueno en mí que no sea tuyo? Tú mismo, por caminos torcidos, por sendas tenebrosas, me trajiste al Opus Dei, tu llamada. Aquí estoy Señor para hacer lo que me pidas, pero bien sabes que soy un siervo inútil… ¡Bien lo sabes! Todo en mi vida ha sido un sembrado estéril, un campo sin verdor…

Salimos del Centro (al que nuestro hijo nos llevó), la tarde caída ya, aturdidos, sin comprender qué nos pasaba, tiempo de silencio que duraría meses, mientras leíamos las obras de San Josemaría empapándonos de sus palabras, su experiencia espiritual, su lucha interior, indicándonos la ruta de nuestra nueva vida…No sé cómo, porque ninguno de los dos nos atrevíamos, una tarde nos pusimos a rezar el santo rosario, venablo fino, y María salió a nuestro encuentro, y como Juan, la introducimos en nuestra casa, le hicimos un lugar en nuestra vida. No se hizo rogar, se adelantó a nuestras súplicas, mujer al fin cariñosa, nos tranquilizó con sus sonrisas maternales, nos habló con amor de su Hijo, nuestro Hermano, dijo, porque, como dice san Josemaría, si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender un poco lo que hay en ese corazón de Dios que se anonada…”. Conoce nuestras necesidades. Porque también somos hijos suyos. Fue así como comenzó nuestro trato con Ella, su imagen ocupa desde entonces nuestro centro familiar, es el canto cotidiano de Adela desde su enfermedad, la Virgen y el Niño, canción que en su boca se hace gemido de amor que traspasa el cielo… A través de ella encontramos a Jesús, así lo buscamos en nuestro viaje a Tierra Santa: Muéstranos a tu Hijo, le pedíamos. Y nos lo mostró en Belén, como a los pastores… ¡Miradlo! ¡Ved cuan hermoso es! Ella es nuestro modelo, dulce nombre en nuestros labios, como no podía ser de otra manera, vino para rehacer nuestro vida espiritual, abrir la puerta tanto tiempo cerrada de nuestro corazón prisionero, elaborando dulcemente con sus sonrisas y palabras, la más humilde de las mujeres, ¡la que creyó!, las rosas de nuestro regreso al amor de Dios, lo más grande que pudo sucedernos, “¿de qué, que venga a nosotros la Madre de Dios? ¡Bendita tú que has creído lo que se te dijo de parte del Señor!… ¡Todas las generaciones te llamarán bienaventurada!”

¡Que Dios Padre misericordioso nos esperara en la puerta de su Casa, a nosotros, hijos de su memoria, pródigos perdidos, y nos atrajera al abrazo de su Amor feliz con lágrimas de sus ojos y besos de su boca…! Todo eso se nos anunciaba con barruntos de esperanza, de vida interior, el cielo nimbado de fulgores, que no eran otra cosa que ángeles anunciándonos la alegría del cielo y de la navidad… Empezamos a entender, estrenábamos traje nuevo, nuestros harapos quedaban en el suelo arrastrados por la escoba…Eso ocurriría aquel 15 de octubre de 1985, día de Santa Teresa de Jesús, nuestra intercesora. Ese día, Josemaría Escrivá se dio a conocer como Padre nuestro, con muestras visibles de padre cariñoso, nosotros fruto de su oración…

Fue así, como sucedieron las cosas. Cómo nuestra vida perdida fue encontrada, cómo nuestros labios se hicieron ardientes, la palabra de Dios era un licor precioso, bebida de ángeles, y nuestro tapiz recobró su hechura y color, señal inequívoca de nuestra vocación que durante meses se barruntaba en nuestro horizonte con nubes clamorosas cuyo sentido no terminábamos de entender. ¿Qué era lo que se nos anunciaba? ¿Qué significaban esos cirros color de rosa en el cielo azul, luminosas formas, ángeles o pastores, como si Dios con su mano se entretuviera dibujando nuestros nombres, fácilmente legibles, en las estrellas? Fue un presentimiento que cada día se hacía más nítido pese a desgracias familiares, pese a malas noticias, una voz cariñosa, nos decía: Pasad, no os quedéis en la puerta, todos los días, ¡toda la vida!, os esperaba…la mesa está puesta, yo mismo os serviré…

Volvía el consejo insistente: “Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. Fue la frase que vino a señalarnos la ruta. Así, para siempre. Y todo por la gracia de Dios…

Con temple

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1972, Antonio Bienvenida -miembro Supernumerario del Opus Dei- sufre la cornada de un toro. Es una de las muchas faenas que rubricó con sangre en su buen hacer de maestro. El Padre anda entonces por España y se interesa vivamente por el torero. Llama a un amigo de Antonio y le insiste:

-«Dile que tenga cuidado, que me he enterado del percance que ha sufrido, y que se cuide»(36)

Antonio lo sabe y, cuando se restablece un poco, va con su mujer a Pozoalbero, la Casa de Retiros de Jerez de la Frontera, para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer. Le lleva, bien puesta en un marco, la mejor fotografía de uno de sus lances: un momento muy arriesgado y muy torero.

Nada más conocer su llegada, el Padre les recibe y les invita a almorzar. Durante la comida, Antonio cuenta anécdotas de toros, situaciones difíciles y brillantes, miedo y triunfo: las dos caras del peligro. La conversación se acompaña de lances figurados, y le explica los sentimientos artísticos que le animan cuando está sobre el albero de la plaza: eso que los taurinos llaman torear con temple, porque, como es un momento de arte que se va, quieren hacerlo muy despacio para retenerlo el mayor tiempo posible (37).

Sin duda, por la mente del torero desfilan momentos de aquel toreo suyo tan puro, tan de verdad. Y el dolor que le ha causado, muchas veces, colocarse tan cerca de las astas. Se acuerda de un 18 de mayo de 1958 con la Monumental de las Ventas llena hasta la bandera: más de treinta mil aficionados. Un toro le cornea y la sangre sale a borbotones. Está a punto de morir. Tanto, que ha de plantearse seriamente el seguir con el oficio y el arte de una dinastía torera o cambiar de profesión.

Cuando recobra la salud, reaparece en la misma plaza, el 16 de mayo de 1959. Lleva un traje de luces idéntico al de la vez anterior. Brinda el toro, desde el centro, a todos cuantos le miran, en silencio absoluto, desde las gradas nuevamente abarrotadas. Y se lanza con más fuerza que nunca, con el mejor valor. Entre la arena y el cielo de Madrid, liga, esa tarde, la más formidable faena de su vida.

Algún tiempo después, el Padre explica ante una tertulia numerosa:

«Una vez, no os diré cuando, oí a un hijo mío al que quiero mucho -es un torero estupendo- que cuando está con el capote y viene el toro -un toro leal, majo, que hasta le da pena pensar que lo va a matar: él al toro, claro-, se recrea en la suerte, y hace despacio con el capote…».

Y aquí el Padre se marca una verónica… Y continúa, bromeando:

-«Yo no lo sé hacer. No he toreado en mi vida (…). Pues sí, recrearse, recrearse en la suerte, como un artista, ¡con amor!. Esto es también lo que hay que hacer con Dios Nuestro Señor»(38).

Este faenar entre lo divino y lo humano tal vez fuera lo que dio contenido a una conversación de Antonio Bienvenida, un día que regresaba de Valencia, junto a un conocido crítico de toros. Este tenía miedo al vuelo en avión, y Antonio bromeaba con ello. De pronto, se puso serio y dijo:

-«La muerte es lo más hermoso de la vida del hombre. A mí me acompaña constantemente. Me es familiar. La llevo dentro de mí como tú, como todos, pero yo la siento más cerca, a veces se palpa cuando se está delante del toro.

-¿Y no te aterra?

-No. Por dos razones muy poderosas: porque estoy acostumbrado a vencerla siempre, y porque tengo una gran fe en Dios, en que esto no se acaba… en que no puede acabarse

aquí… »(39)

En otra ocasión, comentaba:

«El último toro que pienso lidiar -si Dios quiere lo mejor posible- es el de la muerte, a la que estoy acostumbrado a tratar. Quisiera darle una lidia alegre y… templada. Despacio, lo más despacio que pueda, hasta que pueda llegar a poderla besar; a poderla besar con alegría. Por eso la fe es importantísima»(40)

Antonio morirá en una «tienta», de una cornada por la espalda que le da uno de los astados, en un momento de descuido. Es el año 1975 y sólo hace unos meses que se ha retirado definitivamente de las plazas. Ese mismo año ha fallecido el Fundador del Opus Dei. Tal vez no olvidó el torero, en sus momentos de agonía, el consejo afectuoso y sincero que recibía siempre, después de cada encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer: «que me cuidara mucho y que hiciera todo con mucho temple»(41)

En olor de multitud, como en las tardes de triunfo, fue llevado a hombros por la Plaza de las Ventas. Dijeron los comentaristas que se había cerrado un capítulo importante. Lo que ignoraban era que, montera en mano, el espíritu de Antonio brindaba su mejor lance al Dios que ha pintado el color de los alberos. Tal y como le dijo el Padre que había que hacer a lo largo de su oficio: despacio, sonriendo, sin miedo.

Aquí, todo es «Opus Dei»

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Centro ELIS (Educazione, Lavoro, Instruzione, Sport )es la iniciativa de mayor amplitud que los miembros del Opus Dei han realizado en Roma para contribuir a la promoción de la juventud obrera. Este lugar de formación profesional está enclavado en el barrio Tiburtino, y su puesta en marcha ha requerido la estrecha cooperación de miembros y amigos de la Obra: intelectuales, obreros y profesionales.

El proyecto ELIS nació en la mente y en el corazón del Papa Juan XXIII, que fue un Pontífice especialmente amado del pueblo. Llevaba siempre en su alma la defensa de los que tienen pocos bienes de fortuna, la promoción de una verdadera libertad para los hombres, la carga de los que no tienen trabajo, de los enfermos, los abandonados. Y como, a la vez, sentía confianza y cariño hacia el Fundador del Opus Dei, decidió encomendarle esta tarea de gran esfuerzo y envergadura social. Para ello contaba con unos terrenos en el barrio Tiburtino de Roma, uno de los más necesitados de atención y de estructuras asistenciales y educativas. Y disponía, también, de un dinero que el pueblo había ofrecido a Pío XII, en ocasión de su octogésimo aniversario, para la realización de alguna obra social.

Este fue el comienzo. Porque, al llegar Pablo VI al Pontificado, el proyecto no se interrumpió, sino que obtuvo todo el apoyo, todo el calor de su afecto. Le dijo a Monseñor Escrivá de Balaguer, por medio del Cardenal Dell’Acqua, que deseaba inaugurar personalmente el Centro ELIS, antes de que se concluyera el Concilio Vaticano II.

El Papa recuerda el barrio Tiburtino, que visitó en tiempos de Pío XII: todo eran desmontes, chabolas y muchas personas que, humanamente hablando, estaban al borde de la desesperación… Y el Santo Padre rememora la conversación que sostuvo con un grupo de muchachos, parados contra una tapia. No hacían nada, sólo intentaban divertirse en la calle, sin buscar ni encontrar trabajo porque nadie les había enseñado un oficio.

-«¿Qué sabéis hacer?».

-«Todo… es decir: nada»(26).

Se fue de allí el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, Monseñor Montini, con el alma oprimida. Y con el deseo de crear en el barrio un centro de formación profesional para que los obreros pudieran aprender, especializarse, y mejorar sus condiciones de vida.

Ahora, al llegar a la Sede de Pedro, se encuentra con el proyecto a punto de concluir, y su ánimo se alegra al poder presenciar, hecha realidad, aquella idea que nació en su corazón ante el abandono de este gran suburbio romano.

El Centro ELIS, contiguo a la parroquia de San Juan Bautista al Collatino, confiada también a sacerdotes de la Obra y atendida por don Mario Lantini, consta de una residencia para jóvenes trabajadores, un complejo de edificios escolares y una amplia zona deportiva. Hay escuela de Enseñanza Media diurna y nocturna;

Centro de formación profesional en electro-mecánica y diseño industrial; círculos recreativos y culturales; bibliotecas y salas de estudio. Por último, un grupo deportivo que se ocupa de la educación física de los alumnos. En un edificio totalmente independiente hay una Scuola Alberghiera (Escuela de Hostelería), donde se forman, en régimen de internado, más de sesenta alumnas. Además, lleva a cabo una labor de extensión de los conocimientos impartidos en estos cursos a un gran número de personas de todo el barrio.

El edificio central del ELIS recibió en 1964 el premio nacional de arquitectura social. Es un exponente del carácter que preside sus fines y actividades. En lugar de configurarse como la tradicional escuela de barrio, se han levantado unos locales aptos para una labor educativa de calidad.

En noviembre de 1965, todo está a punto para la recepción e inauguración de los edificios por parte de Su Santidad Pablo VI.

A las siete y media de la tarde del 21 de noviembre de 1965, el horizonte romano amenaza tormenta. Llueve intermitentemente, pero el viento empieza a despejar el cielo. De pronto, la luz de varios reflectores ilumina las fachadas y edificios del Centro ELIS. Dos largas filas de alumnos montan guardia a los lados del trayecto que une el ELIS con la Via Tiburtina. Sostienen antorchas encendidas, y su luz cubre el camino que Pablo VI va a recorrer dentro de unos instantes. El Centro ELIS tiene abiertas de par en par las puertas. Miles de vecinos de la zona se apiñan en la calle para ver llegar al Papa. Un inmenso gentío llena la explanada, frente a la iglesia. Dentro, ni bancos ni reclinatorios, que no servirían más que para ocupar espacio. El templo está presidido por un gran Crucifijo situado en el presbiterio; debajo una sencilla cátedra, con dosel, para el Romano Pontífice. Sillones destinados a las jerarquías eclesiásticas y civiles; y sitiales para el Fundador de la Obra y don Alvaro del Portillo. El altar, cara al pueblo, con un antiguo frontal. A la izquierda, la bellísima escultura de la Virgen que el Padre prometió a los alumnos de la Universidad de Navarra. Ella preside, con serena dignidad, la llegada del Papa. El pedestal está cubierto de flores.

Las notas del órgano indican que el Santo Padre llega al atrio de la iglesia. Allí le esperan el Padre, el Cardenal Vicario y el párroco. El coro llena el ambiente con las notas del Veni Creator. Pero un clamor unánime de los obreros, familiares del barrio, alumnos del Centro ELIS, representantes de la Universidad de Navarra, alumnas de la Scuola Alberghiera apagan los acordes en la unánime adhesión a la Cabeza visible de la Iglesia Católica. Es, además, demostración directa del amor y del espíritu del Opus Dei.

Una vez terminada la Misa, Pablo VI bendice la imagen de la Virgen destinada a Navarra. Quiere hacerlo solemnemente. Cuando la Señora emprenda su viaje, camino de España, será portadora del cariño del Romano Pontífice.

Habla luego Monseñor Escrivá de Balaguer ante el Papa:

«Al encontrarnos ahora en Vuestra Presencia acuden a la memoria tantos recuerdos de mi ya largo itinerario romano: en el centro de esos recuerdos, se destaca la Persona Augusta de Vuestra Santidad, que desde el ya lejano 1946 ha querido benévolamente dar fecundos consejos y generosos ánimos a mi humilde persona y a la Obra que empezaba entonces a dar sus primeros pasos en el suelo romano»(27).

El Papa contesta emocionado. Para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer por esta labor del Centro ELIS que honrará a Roma. Y a todos los miembros del Opus Dei, a algunos de los cuales conoce desde hace ya muchos años. Y mientras habla, sonríe a don Álvaro del Portillo, que está sentado frente a él. Pablo VI recuerda aquel tiempo en que el Tiburtino era un barrio desalentado, cuando los jóvenes no encontraban trabajo ni comida. «Hemos llevado siempre en el corazón la imagen de aquella escena, con el dolor de no haber podido ofrecer el socorro que pedían. Pues bien: aquella amargura encuentra hoy aquí, finalmente, un consuelo. Esta obra parece la respuesta a aquella petición de unos muchachos acobardados y sin trabajo, para formar jóvenes alegres, trabajadores y confiados…».

Cuando el Fundador reclama su bendición apostólica para todos, el Papa le lleva junto a sí y comparte con él este gesto sacerdotal: las dos manos se elevan para ofrecer a Dios el esfuerzo, la alegría y la paz de esta tarde romana. Con razón, antes de marchar camino del Vaticano, Pablo VI podrá decir al Padre:

«Aquí, todo, todo es Opus Dei…».

En el corazón del Padre queda la alegría de haber proporcionado al Vicario de Cristo una pausa de cariño entrañable en medio de las graves preocupaciones que pesan sobre su alma.

«Con que Pablo VI hubiera pasado diez minutos felices, me hubiera quedado contento. Pero me quedé corto (…). Porque estaban previstas dos horas para la visita, y estuvo tres horas largas. No tenía prisa. Se marchó feliz, feliz» (28)

1. Hijo de la Iglesia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por Mons. Josemaría Escrivá, promulgado el 9 de abril de 1990 por Juan Pablo II, sitúa la figura del Fundador del Opus Dei en un preciso contexto eclesial: la llamada a la santidad de todos los bautizados que es, según Pablo VI, “el elemento más característico del Magisterio conciliar, y por así decir, su fin último”. Mons. Escrivá, desde el 2 de octubre de 1928, dedicó todas sus energías a difundir esa vocación universal a la santidad, “en coincidencia profética con el Concilio Vaticano II”.

Como es bien sabido, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetran todos los escritos, la predicación y la vida del Fundador. Me gustaría conocer detalles de cómo manifestaba personalmente, Mons. Escrivá, su profunda convicción de hijo de la Iglesia.

–Conservo el recuerdo imborrable de su llegada a Roma. Era el 23 de junio de 1946. El Padre tenía 44 años. Yo estaba en Roma desde febrero de aquel año, porque el Fundador me había encomendado diversas gestiones para la aprobación pontificia de la Obra. Como las características propias del Opus Dei representaban una novedad absoluta en el Derecho canónico vigente, yo trabajaba en la medida de mis posibilidades, siguiendo las indicaciones precisas del Fundador. Pero me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –ésta fue la expresión literal– con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma.

Aunque en aquel momento padecía una diabetes gravísima –hasta el punto de que el médico que entonces le atendía, el Dr. Rof Carballo, había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía aquel viaje–, el 21 de junio el Padre se embarcó en el viejo J. J. Sister, en Barcelona. Antes había pedido su parecer a los miembros del Consejo General del Opus Dei, y se había abandonado en manos de la Virgen de la Merced.

Después de una dura travesía, a causa de una tempestad absolutamente insólita en el Mediterráneo, la nave atracó en el puerto de Génova el 22 de junio, poco antes de la medianoche. Yo había ido a esperarle desde Roma junto con Salvador Canals, otro miembro del Opus Dei. Pasamos antes por un modesto hotel para reservar las habitaciones. Recuerdo que allí Salvador y yo cenamos muy frugalmente: estábamos en plena posguerra, y como postre nos sirvieron un trozo de parmesano. Yo no conocía este tipo de queso, lo probé y me pareció tan bueno que lo guardé para nuestro Fundador. No podía imaginar que sería su primer alimento después de cuarenta y ocho horas. El Padre me tomó siempre el pelo afectuosamente por aquello.

Al día siguiente celebró su primera misa en tierra italiana, en una iglesia muy dañada por los bombardeos. El viaje hasta Roma, en un pequeño coche alquilado, por aquellas carreteras destrozadas tras la guerra, fue interminable e incomodísimo. Pero el Padre rebosaba alegría, sin una queja: le emocionaba pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de S. Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio pontificio. Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

Este episodio puede dar una idea de la intensidad con que el Fundador amaba a la Iglesia y al Papa. Y, aún más, a pesar del gran deseo –ansia incluso– de acercarse a rezar ante la tumba de San Pedro, el Padre esperó varios días antes de entrar en el Templo de la Cristiandad; tan grande era su espíritu de mortificación.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: Tengo un autógrafo del Santo Padre para “el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei”. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse.

El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá quiso volver a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia.

Volvamos al tema. El Beato Josemaría fue favorablemente acogido en la Curia Romana, especialmente por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Montini, pero no le faltaron dificultades por parte de algunos eclesiásticos. Algunas veces dijo que había perdido la inocencia al llegar a Roma…

–Pero sus reacciones se caracterizaron por una profunda visión sobrenatural. Por ejemplo, comenzó a ir con frecuencia a la Plaza de San Pedro para rezar el Credo delante de la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Utilizaba la fórmula castellana que su madre le había enseñado de pequeño, y cuando llegaba a las palabras: Creo en la Santa Iglesia Católica, añadía el adjetivo romana y, a continuación, un paréntesis: a pesar de los pesares. Una vez, estando yo delante, se lo confió a Mons. Tardini –no recuerdo si ya había sido nombrado Cardenal Secretario de Estado–, y el prelado le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto de ‘a pesar de los pesares’?”. El Padre respondió: A pesar de mis pecados y de los suyos. Lógicamente el Padre no quería ofender a Mons. Tardini. Si ningún hombre está exento de pecado, y el justo cae siete veces al día, nuestro Fundador subrayaba la necesidad de que los colaboradores del Papa fuesen muy santos y estuviesen llenos del Espíritu Santo, para que en toda la Iglesia hubiera más santidad.

No admitía ni justificaba la falsa humildad de algunos eclesiásticos, proclives a la “autocrítica” de la Iglesia: la Iglesia, repetía a menudo, no tiene manchas, porque es la Esposa de Cristo. Este meaculpismo, como solía llamarlo, le llenaba de dolor: no admitía que el reconocimiento de la debilidad de los hombres ofuscase la fe en la santidad objetiva de la Iglesia.

El Fundador conoció a tres Papas. ¿Cuáles fueron sus relaciones con el primero, Pío XII?

–El Santo Padre Pío XII le recibió en audiencia muchas veces, y demostró su estima personal por la Obra concediendo las dos primeras aprobaciones pontificias: el Decretum Laudis de 1947, y la aprobación definitiva en 1950. Para mostrar su afecto, nuestro Fundador llegaba incluso a ofrecer al Papa regalos muy sencillos. Por ejemplo, una vez le llevó unas naranjas que había recibido de España (en aquella época no teníamos dinero ni para comer). Otra vez, como sabía que al Santo Padre le gustaba un determinado vino español, consiguió unas botellas y se las regaló.

Hay un episodio significativo de este afecto del Padre por el Sumo Pontífice. Durante una audiencia, en un determinado momento, quiso besar los pies de Pío XII. El Papa le dejó besar uno, pero no quiso que le besara el otro. Entonces el Padre insistió filialmente expresando al Santo Padre que era aragonés y, como todos los aragoneses, tozudo.

Pío XII manifestó su aprecio por el Fundador del Opus Dei en muchas ocasiones. Al cardenal Gilroy y a su obispo auxiliar les confió: “Es un verdadero santo. Un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos”. El auxiliar, Mons. Thomas Muldeon, después de la muerte del Padre, consignó este recuerdo en un testimonio escrito.

En una entrevista periodística (Conversaciones, num. 229), el Fundador recordó que, en cierta ocasión, animado por el carácter afable y paterno de Juan XXIII, le dijo: en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad… Y el Papa se reía, emocionado, pues sabía que desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei para admitir como cooperadores a los no católicos e incluso a los no cristianos.

–Sucedió en la primera audiencia que Juan XXIII concedió al Fundador, el 5 de marzo de 1960. El Santo Padre era muy afable y sencillo, lo que facilitaba a sus interlocutores confidencias fuera de todo protocolo. Además, en aquellas audiencias papales, también cuando debía tratar de asuntos importantes, no dejaba de contarle hechos que pudieran alegrarle. Recuerdo que pocos días después de su llegada a Roma le recibió Mons. Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado. Nuestro Fundador le habló extensamente de la Obra, y le contó algunas anécdotas apostólicas. Mons. Montini aseguró que enseguida se las referiría al Santo Padre: “Aquí llegan solamente penas y dolores, y el Papa se alegrará mucho cuando conozca tantas cosas buenas que están haciendo ustedes”.

Al término de aquella primera audiencia, Juan XXIII le confió que las explicaciones del Padre sobre el espíritu de la Obra le habían abierto “insospechados horizontes de apostolado”.

A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de julio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de junio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro. Debo añadir que nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli.

Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre –le manifestó siempre gran confianza– algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días.

Por detalles precedentes se intuye que la estima de Pablo VI al Opus Dei y a su Fundador eran anteriores a su elevación al Pontificado.

–Basta recordar que, una vez obtenida la aprobación pontificia del Opus Dei, me pareció oportuno pedir a la Santa Sede, en calidad de Procurador General y en nombre del Consejo General de la Obra, el nombramiento de Prelado doméstico para nuestro Fundador. El entonces monseñor Montini no sólo aprobó mi iniciativa, sino que la hizo suya. Estábamos al comienzo de 1947.

Como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. Mons. Montini alababa al Opus Dei y a su Fundador, y añadía que la Obra era una esperanza para la Iglesia.

El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento.

Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”.

Aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquella visita de Pablo VI al Centro Elis el 21 de noviembre de 1965, día de su inauguración. Los edificios que se levantan en el popular barrio romano del Tiburtino nacieron por iniciativa de Juan XXIII, quien decidió destinar la suma recogida entre católicos de todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII a la creación de una obra social en Roma, confiando el proyecto, la realización y la gestión al Opus Dei. De ahí surgió una estructura polivalente, compuesta por una residencia para estudiantes obreros, un centro de formación profesional con varios programas de especialización técnica y artesanal, una biblioteca, un centro deportivo y una escuela de hogar con todas las actividades necesarias para la promoción de la mujer. Junto al Elis está la iglesia parroquial de San Giovanni Battista al Collatino, confiada a sacerdotes del Opus Dei. El Papa se entretuvo en la visita bastante más tiempo del previsto. Celebró la Santa Misa, bendijo una imagen de la Virgen destinada a la Universidad de Navarra y visitó detenidamente los locales del centro. Al terminar abrazó al Fundador y visiblemente emocionado, exclamó. “Aquí todo es Opus Dei”. Fue un signo de gran consideración hacia la Obra y el Padre, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel momento las visitas del Pontífice eran rarísimas; y Pablo VI quiso que la inauguración del Elis se fijase durante la fase final del Vaticano II, para facilitar así la participación de muchos Padres Conciliares en la ceremonia, como sucedió de hecho.

¿Cuál fue el último encuentro del Fundador con Pablo VI?

–Tuvo lugar el 25 de junio de 1973, con unas características singulares, inolvidables. El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre.

Por otra parte, Mons. Carlo Colombo, asesor teólogico y amigo personal de Pablo VI, ha testimoniado que el Santo Padre le animó a escribir la carta postulatoria para la apertura del proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei. Estas son sus palabras: “En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa. Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas”.

Estuve presente, con un grupo de miembros del Opus Dei de varios países, en la Misa que Juan Pablo II celebró para nosotros el 19 de agosto de 1979, donde pronunció la inolvidable homilía en la que dijo, entre otras cosas: “Gran ideal, verdaderamente, el vuestro, que desde sus comienzos ha anticipado aquella teología del laicado que caracterizaría después a la Iglesia del concilio y del postconcilio”. Escuchar directamente al Sucesor de Pedro este elogio de nuestra espiritualidad y de nuestro “ser Iglesia”, me conmovió, a mí y a todos los presentes, y nuestra mente se dirigió al Fundador, que no tuvo oportunidad de conocer al futuro Juan Pablo II, un Papa cuyo nombre está ligado a la historia de la Obra.

El Fundador del Opus Dei ha sido considerado, pues, un precursor del Concilio Vaticano II, aunque no participó personalmente en el Concilio.

–El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.

Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.

Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres Conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.

Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.

Por lo a que mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente.

Es la Comisión que elaboró el decreto Presbyterorum Ordinis

–Exacto. Además fui nombrado consultor de otras tres comisiones conciliares (para los obispos y el régimen de las diócesis; para los religiosos; para la doctrina de la fe; también consultor de la comisión mixta para las asociaciones de fieles) y consultor de la comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Concluidas las actividades de la Asamblea Ecuménica, recibí el nombramiento de consultor de la comisión postconciliar para los obispos y el gobierno de las diócesis.

Durante el desarrollo de las sesiones conciliares, junto a los resultados positivos y sugerentes, que se condensarían en los documentos definitivos, también hubo discrepancias y confusiones a menudo amplificadas por los periódicos. Esas tensiones hacían sufrir a Juan XXIII y a Pablo VI, como Mons. Dell’Acqua confiaba a nuestro Fundador. Es necesario aclarar que la confianza que este prelado manifestaba a nuestro Fundador, de la que es prueba evidente la abundante correspondencia de este periodo, no era simplemente fruto de la íntima amistad que les unía, sino que el propio Santo Padre animaba al Sustituto de la Secretaría de Estado en esa línea; de esta forma se estableció un canal de comunicación directo, siempre abierto, entre el Papa y nuestro Fundador.

En los tres años de Concilio, sin contar el período preparatorio, nuestro Fundador se entrevistó con muchos Padres Conciliares, peritos, etc. A veces, les invitaba a comer en nuestra sede central; otras, iba a buscarlos a las casas donde se alojaban, casi siempre para devolverles la visita. Hubo días en que recibió más de media docena de visitas, y no le resultaba nada fácil sacar, de sus ocupaciones de gobierno en la Obra, el tiempo necesario para acoger debidamente a esos cardenales, arzobispos, obispos, nuncios, teólogos, etc.

Yo estuve presente en muchas de estas entrevistas, y pude observar con qué sencillez y afabilidad trataba el Padre a quienes venían a verle. Por ejemplo, Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que luego sería Cardenal Arzobispo de París, escribió: “En la época del Concilio Vaticano II tuve ocasión de encontrarme varias veces con Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. De aquellas conversaciones tengo el recuerdo de un hombre que sólo hablaba de Dios. Un rato de charla con él era como un rato de oración. Esto era compatible con su buen humor, con su sentido sobrenatural, con su caridad llena de cariño”.

También Mons. Abilio del Campo, Obispo de Calahorra, ha dejado este testimonio: “Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, apoyándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos”.

Imagino que algunos de estos consejos procurarían también defender la ortodoxia católica en aquella época en que un malentendido “espíritu conciliar” sembraba cierta confusión

–Es significativo el testimonio de Mons. Giacomo Barabino, entonces Secretario del Cardenal Siri, y hoy obispo de Ventimiglia, que declaraba: “Su defensa de la ortodoxia no procedía de un espíritu conservador, de cerrazón mental o rigidez de carácter. Tenía una evidente preocupación por asegurar la ortodoxia y las estructuras vitales, divinas de la Iglesia; pero no era menos evidente su espíritu de apertura e innovación: me entusiasmaba oírle hablar de cómo era necesario secundar, cada uno desde su sitio, con fidelidad al propio carisma dentro de la Iglesia, la corriente santificadora que el Espíritu Santo derrama en el pueblo de Dios, en cada uno de los fieles, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Dentro de su audaz apertura subrayaba la condición misionera de la Iglesia en todos los ambientes, incluso en los más difíciles. Se trataba de una realidad que vivía a diario: la coherencia con la idea fundamental de la que había partido, la vocación universal a la santidad, idea vigorosa que aplicaba continuamente con una elasticidad verdaderamente admirable a las exigencias de los tiempos y al desarrollo de la Iglesia entre los hombres”.

Debió de ser muy grande la emoción de Mons. Escrivá de Balaguer al ver confirmada por el Concilio y convertida en patrimonio de toda la Iglesia aquella intuición que el Señor le había confiado el 2 de octubre de 1928…

–Desde luego. Poco después de la clausura del Concilio solía repetir: Hijos míos, hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne. Y en una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968 declararía: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que –por la gracia de Dios– veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario (Conversaciones, num.72).

Edificar sobre la oración y el sacrificio

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá entendía que en una empresa espiritual el orden debía ser “oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en “tercer lugar”, acción”[1]. Su primera preocupación, por tanto, fue intensificar su propia oración y penitencia y buscar las oraciones y sacrificios de otras personas. En una meditación predicada pocos meses antes de su muerte dijo: “¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos… Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás. Pero no siempre: había temporadas en que no”[2].

Escrivá estaba convencido de que “después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos”[3]. Buscaba ansiosamente las oraciones de sacerdotes, y llegaba incluso a pararles por la calle, aunque no los hubiese visto nunca, para pedirles que rezaran por sus intenciones. En sus frecuentes visitas a enfermos y moribundos les rogaba que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención suya.

Cada mañana, en su camino para celebrar la Santa Misa se encontraba con una mendiga que estaba siempre en el mismo sitio, pidiendo limosna. Un día se acercó a ella y le dijo, haciendose eco de las palabras de san Pedro en los “Hechos de los Apóstoles”:

“-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!

Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la Santa Misa, no estaba, tampoco al otro… Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.

-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?

Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué: mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena. La mendiga me contestó:

-Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.

Sólo le dije: “Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo”.

“Yo os digo que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa”[4].

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 82

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 315

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 98

[4] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 112

Hijos de Dios

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Un día de finales de septiembre de 1931 Escrivá experimentó, con una fuerza arrolladora, la realidad de la paternidad de Dios y el sentido de su propia filiación. Contempló esas alegres realidades durante un largo periodo de oración, de unión con Dios y de acción de gracias. Apuntó la experiencia con concisión, pero con suficiente detalle para dar una idea de su contenido: “Estuve considerando las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y —si no gritando— por lo bajo, anduve llamándole así ¡Padre! muchas veces, seguro de agradarle”[1].

Unas semanas después, el 16 de octubre, experimentó más intensamente, y durante más tiempo, la realidad de su filiación divina. Una vez más, este rato de oración sublime, que más tarde definiría como la oración más elevada que Dios le concediera nunca, no sucedió en un templo, sino en la calle. Había pasado algún tiempo en una iglesia intentando rezar, pero sin lograrlo. Al salir de la iglesia -era una brillante mañana de otoño- compró un periódico y cogió el tranvía. Allí “sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente”, perdido en la contemplación de “esa maravillosa realidad: Dios es mi Padre”[2]. Escrivá sintió “la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba![3] Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…). Probablemente hice aquella oración en voz alta.

Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca”[4].

Años más tarde, al recordar esta experiencia, Escrivá se dio cuenta de la íntima conexión que había entre los sufrimientos que había estado padeciendo y el sentido de la filiación divina: “Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps. II, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón – lo veo con más claridad que nunca—es ésta: tener la Cruz es identficarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”[5].

Escrivá entendió que esta experiencia no debía ser exclusivamente personal. Al contrario, significaba que el sentido de la filiación divina sería una característica fundamental del espíritu del Opus Dei y Escrivá pidió a Dios que la conservara siempre en sus miembros. En una ocasión rezaba: “Señor, pido a tu Madre, a san José nuestro Patrono, a mi Arcángel ministerial, que pidan para mí y para mis hijos siempre este espíritu. Ne respicias peccata mea, sed fidem. ¡Esa fe, esa luz, ese amor a la Cruz, a la muerte! Esa luz divina, que nos hará siempre comprender con claridad que vale la pena clavarse en la Cruz, porque es entrar en la Vida, embriagarse en la Vida de Cristo. ¡La Cruz: allí está Cristo, y tú has de perderte en Él! No habrá más dolores, no habrá más fatigas. No has de decir: Señor, que no puedo más, que soy un desgraciado… ¡No!, ¡no es verdad! En la Cruz serás Cristo, y te sentirás hijo de Dios, y exclamarás: Abba, Pater!, ¡qué alegría encontrarte, Señor!”[6].

Naturalmente, la paternidad de Dios es una verdad revelada por Cristo en el Evangelio y forma parte importante de la doctrina cristiana. Como tal, estaba presente en el espíritu del Opus Dei desde sus mismos comienzos. Sin embargo, ahora cobraba nueva importancia en la propia vida de Escrivá y en la de los fieles de la Obra. En 1969 Escrivá explicaba: “Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios.

Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía —una hora, hora y media, no lo sé—; Abba, Pater!, tenía que gritar.

Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar (Matth XI, 27). Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo”[7].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 388

[2] Ibid. p. 389

[3] “Abba” es el término familiar y afectuoso usado por los niños judíos para dirigirse a su padre. Cristo lo usó en la oración en el huerto (cfr. Marcos 14, 36) y san Pablo lo emplea para describir cómo los cristianos, movidos por el Espíritu Santo, se dirigen a Dios (cfr. Romanos 8, 15 y Gálatas 4, 6)

[4] Ibid. p. 389-90

[5] Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez-Iglesias, José Luis Illanes. EL ITINERARIO JURÍDICO DEL OPUS DEI. HISTORIA Y DEFENSA DE UN CARISMA. Eunsa. Pamplona, 1989, p. 31

[6] AGP P06 IV p. 479

[7] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 390-91


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