Homilía en la Beatificación de Josemaría Escrivá

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Texto de la homilía del Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro durante la Beatificación de Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei.

Opus Dei -

1. “Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hech 14, 22).

A los dos discípulos que iban por el camino a Emaús, Jesús les dice: «¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?» (Lc 24, 26).

En la primera Lectura hemos visto a los apóstoles Pablo y Bernabé «confirmando las almas de los discípulos, exhortándoles a permanecer en la fe» (cfr Hech 14, 22). Ellos anuncian la misma verdad de que había hablado Cristo en el camino a Emaús; una verdad que su vida y su muerte habían confirmado: «Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.» Por muchas generaciones a lo largo de los siglos, los discípulos de Cristo, crucificado y resucitado, abrazan el mismo camino que el Señor les había indicado. «Os he dado ejemplo» (Jn 13, 15).

2. Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en esta vía de salvación: el camino hacia la santidad, y reflexionar sobre las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos Beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus DeI, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, Canosiana.

La Iglesia desea servir y profesar la verdad completa sobre Cristo, ella quiere ser dispensadora del misterio completo de su Redentor. Si la vía hacia el reino de Dios pasa por muchas tribulaciones, entonces, al final del camino se encontrará también la participación en la gloria: la gloria que Cristo nos ha revelado en su Resurrección.

La medida de dicha gloria nos viene dada por la nueva Jerusalén, anunciada por las palabras inspiradas del Apocalipsis de San Juan: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos» (Apoc 21, 3).

«Ahora hago el universo nuevo» (Apoc 21, 5), dice el Señor glorioso. El camino hacia la «novedad» definitiva de todo lo creado pasa obligatoriamente aquí en la tierra por el mandamiento nuevo: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).

Este mandamiento nuevo ocupó el centro de la vida de dos hijos ejemplares de la Iglesia, que hoy, en la alegría pascual, son proclamados Beatos.

3. Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de Dios a una vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado sacerdote dio inicio a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los sacerdotes y laicos de lo que hoy es la Prelatura del Opus Dei.

La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. «Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría nos dice en una de sus Meditaciones tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios.»

Con sobrenatural intuición, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación (cfr. Dominum et vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. «Todas las cosas de la tierra enseñaba , también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios» (Carta del 19 de marzo de 1954).

«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey.» Esta aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio de la vida espiritual del Beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a Él y a participar en el misterio de su Pasión y Resurrección. Al mismo tiempo, su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar sus virtudes. «Bendeciré tu nombre por siempre jamás»: he aquí el himno que brotaba espontáneamente de su alma y que le impulsaba a ofrecer a Dios todo lo suyo y cuanto le rodeaba. En efecto, su vida se reviste de humanismo cristiano con el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a sus elegidos.

4. La actualidad y transcendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de Josemaría Escrivá. Su tierra natal, España, se honra con este hijo suyo, sacerdote ejemplar, que supo abrir nuevos horizontes apostólicos a la acción misionera y evangelizadora. Que esta gozosa celebración sea ocasión propicia que aliente a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei a una mayor entrega, en su respuesta a la llamada a la santificación y a una más generosa participación en la vida eclesial, siendo siempre testigos de los genuinos valores evangélicos, lo cual se traduzca en un ilusionado dinamismo apostólico, con particular atención hacia los más pobres y necesitados.

5. En la Beata Josefina Bakhita encontramos también un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las bienaventuranzas. Nacida en el Sudán, en 1869, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza. «Siendo esclava nunca me he desesperado decía , porque en mi interior sentía una fuerza misteriosa que me sostenía.» El nombre Bakhita como la habían llamado sus secuestradores significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El Bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas Canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Como Magdalena de Canosa, ella también quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. «Sabéis qué gran alegría da conocer a Dios», solía repetir.

6. La nueva Beata transcurrió 51 años de vida religiosa Canosiana dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración. Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su «madre morenita» así la llamaban una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

En nuestro tiempo, en que el recurso desenfrenado al poder, al dinero y al placer causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos presenta a sor Bakhita como hermana universal, para que nos revele el secreto de la felicidad más auténtica: las bienaventuranzas.

El suyo es un mensaje de bondad heroica a imagen de la bondad del Padre celestial. Ella nos ha dejado un testimonio de reconciliación y de perdón evangélico, que llevará ciertamente consuelo a los cristianos de su patria, Sudán, tan duramente probados por un conflicto que dura desde hace muchos años y que ha provocado tantas víctimas. Su fidelidad y su esperanza son motivo de orgullo y de acción de gracias para toda la Iglesia. En este momento de grandes tribulaciones, sor Bakhita les precede por el camino de la imitación de Cristo, de la intensificación de la vida cristiana y de la adhesión inquebrantable a la Iglesia. Al mismo tiempo, deseo una vez más dirigir una cálida exhortación a los responsables de la situación del Sudán, a fin de que lleven a término los ideales afirmados de paz y concordia; a fin de que el respeto de los derechos fundamentales del hombre y en primer lugar el derecho a la libertad religiosa sea garantizado para todos, sin discriminaciones étnicas o religiosas.

Preocupa enormemente la situación de cientos de miles de prófugos de las regiones meridionales, forzados por la guerra a abandonar casa y trabajo; recientemente han sido obligados a dejar también los campos, donde habían encontrado una cierta forma de asistencia, y han sido deportados a lugares desérticos e incluso se ha impedido el paso libre a los convoyes de ayudas de los organismos internacionales. Su situación es trágica y no puede dejarnos insensibles.

Exhorto vivamente a los organismos internacionales de asistencia que sigan enviando su ayuda benévola, necesaria y urgente.

Al saludar a la delegación de la iglesia del Sudán, presente en esta celebración, dirijo mi afectuoso recuerdo, junto con mi plegaria, a toda la Iglesia de aquel país: a los Obispos, al clero diocesano y misionero, a los laicos comprometidos en la pastoral, y también a los catequistas, colaboradores generosos y necesarios para la propagación de la verdad, de la palabra y del amor de Dios. Las poblaciones del Sudán siempre están presentes en mi corazón y en mis plegarias: las encomiendo a la intercesión de la nueva Beata Josefina Bakhita.

7. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros» (Jn 13, 34-35). Con estas palabras de Jesús concluye el Evangelio de la Misa de hoy. En esta frase evangélica encontramos la síntesis de toda santidad; la santidad que han alcanzado, por caminos diversos pero convergentes en la misma y única meta, Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita. Ellos han amado a Dios con toda la fuerza de su corazón y han dado prueba de una caridad que ha llegado hasta el heroísmo mediante las obras de servicio a los hombres, sus hermanos. Por eso la Iglesia los eleva hoy al honor de los altares y los presenta como ejemplos en la imitación de Cristo, que nos ha amado y se ha dado a Sí mismo por cada uno de nosotros (cfr Gal. 2, 20).

8. «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31): el misterio pascual de la gloria.

Por medio del Hijo del hombre esta gloria se extiende a todo lo visible y lo invisible: «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado» (Ps 144, 10-11).

Dice el Hijo del hombre: «¿No era necesario que… soportase estos sufrimientos para entrar en su gloria?» Estos son los que de generación en generación han seguido a Cristo: «A través de muchas tribulaciones, ellos han entrado en el reino de Dios.»

«Tu reinado es un reinado perpetuo» (Ps 144, 13). Amén.

VII. INICIATIVAS APOSTOLICAS DE LOS MIEMBROS DEL OPUS DEI

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Juan Pablo II en el Centro ELIS
Pablo VI: «Aquí todo es Opus Dei»
Cinco horas romanas
Un servicio cristiano, un apostolado
Todos pueden participar
Netherhall House
Kianda Callege
Las Garzas
Universidad de Navarra
Seido Language Institute
Horizonte cuajado de iniciativas
Torreciudad: un Santuario mariano

II. ALGO DE HISTORIA

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Con motivo de una visita del Fundador del Opus Dei a Andalucía y después de participar, en compañía de más de dos mil personas, en una conversación directa con él, José María Pemán escribió el 22 de noviembre de 1972 en la tercera página del ABC un delicioso artículo, rematado por este mano a mano con el «Séneca»:

«–Don José: si le llaman a todo esto Obra de Dios, ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las “causas segundas”.

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera».

No se podía resumir mejor, a mi juicio, ni con palabras más llanas, la verdadera historia del Opus Dei, ésa que parece tan fácil de escribir yendo desde ahora, después del Concilio Vaticano II, hasta su comienzo, y que resulta sobrehumana –léase sobrenatural– en cuanto uno se planta en 1928, observa el panorama de España y del mundo y trata de hacer camino al andar, de acuerdo con lo que Dios indudablemente quería. A la gente del Opus Dei no le gusta hablar de milagros –suelen decir, como Mons. Escrivá de Balaguer, que les basta con los milagros del Evangelio para creer–, pero indudablemente es ya un prodigio ese formidable cambio de mentalidad, operado en los cristianos y en todos los hombres, que nos hace ver hoy prácticamente como normal lo que hace unos años apenas se podía imaginar.

La «causa segunda», que decía el «Séneca», fue un muchacho de Barbastro, nacido el 9 de enero de 1902 y escogido por Dios para sacar adelante el Opus Dei. Se llamaba Josemaría y, según él mismo ha dicho, con perspectiva de lustros, atribuye más del noventa por cien de su vocación a la vida cristiana de sus padres, don José Escrivá de Balaguer y Corzán y Doña Dolores Albas y Blanc. En Barbastro inició los estudios de enseñanza media, que terminaría en Logroño…

TEMA 25. El matrimonio

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La íntima comunidad de vida y amor conyugal entre hombre y mujer es sagrada, y está estructurada según leyes establecidas por el Creador, que no dependen del arbitrio humano.

«La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (CIC, 1055 §1).

1. El designio divino sobre el matrimonio

«El mismo Dios es autor del matrimonio». La íntima comunidad conyugal entre el hombre y la mujer es sagrada, y está estructura con leyes propias establecidas por el Creador que no dependen del arbitrio humano.

La institución del matrimonio no es una ingerencia indebida en las relaciones personales íntimas entre un hombre y una mujer, sino una exigencia interior del pacto de amor conyugal: es el único lugar que hace posible que el amor entre un hombre y una mujer sea conyugal, es decir un amor electivo que abarca el bien de toda la persona en cuanto sexualmente diferenciada. Este amor mutuo entre los esposos «se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (Gn 1, 31). Y este amor es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. Y los bendijo Dios y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 28)» (Catecismo, 1604).

El pecado original introdujo la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer, debilitando la conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio. La Ley antigua, conforme a la pedagogía divina, no crítica la poligamia de los patriarcas ni prohíbe el divorcio; pero «contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cfr. Os 1-3; Is 54.62, Jr 2-3.31; Ez 16, 62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cfr. Mal 2, 13-17)» (Catecismo, 1611).

«Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia” (Ef 5, 25)» (Compendio, 341).

«Entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento» (CIC, 1055 §2).

El sacramento del matrimonio aumenta la gracia santificante, y confiere la gracia sacramental específica, la cual ejerce una influencia singular sobre todas las realidades de la vida conyugal, especialmente sobre el amor de los esposos. La vocación universal a la santidad está especificada para los esposos «por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar». «Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar».

2. La celebración del matrimonio

El matrimonio nace del consentimiento personal e irrevocable de los esposos (cfr. Catecismo, 1626). «El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio» (CIC, 1057 §2).

«La Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la forma eclesiástica de la celebración del matrimonio» (Catecismo, 1631). Por eso, «solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas» por el Código de Derecho Canónico (CIC, 1108 §1).

Varias razones concurren para explicar esta determinación: el matrimonio sacramental es un acto litúrgico; introduce en un ordo eclesial, creando derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos. Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que exista certeza sobre él (de ahí la obligación de tener testigos); y el carácter público del consentimiento protege el “Sí” una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él (cfr. Catecismo, 1631).

3. Propiedades esenciales del matrimonio.

«Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento» (CIC, 1056). El marido y la mujer «por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)… Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad».

«La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor. La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y exclusivo» (Catecismo, 1645).

«En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cfr. Mt 19, 8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6)» (Catecismo, 1614). En virtud del sacramento, por el que los esposos cristianos manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 32), la indisolubilidad adquiere un sentido nuevo y más profundo acrecentando la solidez original del vínculo conyugal, de modo que «el matrimonio rato [esto es, celebrado entre bautizados] y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte» (CIC, 1141).

«El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo» (Catecismo, 2384). «Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado en conformidad con la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido» (Catecismo, 2386).

«Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación» (Catecismo, 1649). Si tras la separación «el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral» (Catecismo, 2383).

Si tras el divorcio se contrae una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, «el cónyuge casado de nuevo se haya entonces en situación de adulterio público y permanente» (Catecismo, 2384). Los divorciados casados de nuevo, aunque sigan perteneciendo a la Iglesia, no pueden ser admitidos a la Eucaristía, porque su estado y condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor indisoluble entre Cristo y la Iglesia significada y actualizada en la Eucaristía. «La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

4. La paternidad responsable

«Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación. Los hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: “No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2, 18), y que hizo desde el principio al hombre, varón y mujer” (Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos” (Gn 1, 28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tiende a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más» (Catecismo, 1652). Por ello, entre «los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente».

El estereotipo de la familia presentada por la cultura dominante actual se opone a la familia numerosa, justificado por razones económicas, sociales, higiénicas, etc. Pero «el verdadero amor mutuo trasciende la comunidad de marido y mujer, y se extiende a sus frutos naturales: los hijos. El egoísmo, por el contrario, acaba rebajando ese amor a la simple satisfacción del instinto y destruye la relación que une a padres e hijos. Difícilmente habrá quien se sienta buen hijo —verdadero hijo— de sus padres, si puede pensar que ha venido al mundo contra la voluntad de ellos: que no ha nacido de un amor limpio, sino de una imprevisión o de un error de cálculo [...], veo con claridad que los ataques a las familias numerosas provienen de la falta de fe: son producto de un ambiente social incapaz de comprender la generosidad, que pretende encubrir el egoísmo y ciertas prácticas inconfesables con motivos aparentemente altruistas».

Aún con una disposición generosa hacia la paternidad, los esposos pueden encontrarse «impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por cierto tiempo, no puede aumentarse». «Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad».

Es intrínsecamente mala «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación».

Aunque se busque retrasar un nuevo concebimiento, el valor moral del acto conyugal realizado en el periodo infecundo de la mujer es diverso del efectuado con el recurso a un medio anticonceptivo. «El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad». Mediante el recurso a la anticoncepción se excluye el significado procreativo del acto conyugal; el uso del matrimonio en los periodos infecundos de la mujer respeta la inseparable conexión de los significados unitivos y procreativos de la sexualidad humana. En el primer caso se comete un acto positivo para impedir la procreación, eliminando del acto conyugal su potencialidad propia en orden a la procreación; en el segundo sólo se omite el uso del matrimonio en los periodos fecundos de la mujer, lo que de por sí no lesiona a ningún otro acto conyugal de su capacidad procreadora en el momento de su realización. Por tanto, la paternidad responsable, tal como la enseña la Iglesia, no comporta de ningún modo mentalidad anticonceptiva; al contrario, responde a determinada situación provocada por circunstancias concurrentes, que de suyo no se quieren, sino que se padecen, y que pueden contribuir, con la oración, a unir más a los cónyuges y a toda la familia.

5. El matrimonio y la familia

«Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación».

«El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana; la familia es por ello la célula primera y vital de la sociedad». Esta específica y exclusiva dimensión pública del matrimonio y de la familia reclama su defensa y promoción por parte de la autoridad civil. Las leyes que no reconocen las propiedades esenciales del matrimonio —el divorcio—, o la equiparan a otras formas de unión no matrimoniales —uniones de hecho o uniones entre personas del mismo sexo— son injustas: lesionan gravemente el fundamento de la propia sociedad que el Estado está obligado a proteger y fomentar.

En la Iglesia la familia es llamada Iglesia doméstica porque la específica comunión de sus miembros está llamada a ser «revelación y actuación específica de la comunión eclesial. «Los padres han de ser para con sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno, y con especial cuidado la vocación sagrada. «Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras. El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y escuela del más rico humanismo. Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida» (Catecismo, 1657).

Rafael Díaz

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1601-1666, 2331-2400.

Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, 47-52.

Juan Pablo II, Ex. ap. Familiaris consortio, 11-16.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 87-112.

San Josemaría, Homilía El matrimonio, vocación cristiana, en Es Cristo que pasa, 22-30.

J. Miras – J. I. Bañares, Matrimonio y familia, Rialp, Madrid 2006.

J.M. Ibáñez Langlois, Sexualidad, Amor, Santa Pureza, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile 2006.


El prelado del Opus Dei bendijo la escultura del beato Josemaría Escrivá

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Mons. Echevarría destacó las figuras del Fundador de la Universidad de Navarra y de su primer sucesor, Mons. Del Portillo.

02 de julio de 2001

Opus Dei - Mons. Echevarría en el momento de la bendición

Mons. Echevarría en el momento de la bendición

Alrededor de un millar de personas de la comunidad universitaria asistió el sábado a la bendición de la escultura del beato Josemaría Escrivá ubicada en el patio del edificio Central de la Universidad de Navarra. Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei y gran canciller del centro universitario, presidió la ceremonia.

Las primeras palabras de su homilía fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría. Destacó la fidelidad al fundador del Opus Dei de quien, “teniendo una personalidad señera, supo poner toda su vida al servicio de Dios, precisamente sirviendo al beato Josemaría. Nunca pagaremos suficientemente a este hombre de Dios lo que ha hecho por nosotros”. “Aquí tenía que estar ahora con pleno derecho don Álvaro”, subrayó.

Trabajo universitario y justicia social

Opus Dei - Al acto asistieron alrededor de mil personas

Al acto asistieron alrededor de mil personas

El prelado del Opus Dei continuó glosando palabras del Fundador en Pamplona con motivo de la investidura de doctores honoris causa de 1972: “La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres… Al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa”.

Mons. Echevarría invitó a los presentes a mantenerse “en vanguardia, pensando que sólo una cultura que ponga a Dios como punto fundamental de referencia trascendente será una cultura que se desarrolle a favor del hombre, de todos los hombres, y particularmente de todos los necesitados; y será entonces una cultura que no vaya contra el hombre como sucede, y lo vemos, si se prescinde del Creador o se le margina”.

Opus Dei - Las primeras palabras del prelado del Opus Dei fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría

Las primeras palabras del prelado del Opus Dei fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría

Para que la Universidad de Navarra sirva a la sociedad “con el espíritu y el talante que le inculcó su Fundador, resulta necesario que todos luchemos cada día por la santidad, como nos insiste Juan Pablo II, en estos albores del nuevo milenio: Hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral, que nos atañe a todos”.

El prelado del Opus Dei recordó unas palabras del Fundador dirigidas al Dr. Eduardo Ortiz de Landázuri -cuyo proceso de canonización está en marcha- “cuando este insigne hombre de ciencia le comentó que ya había cumplido el encargo de hacer la Universidad de Navarra. La respuesta del beato Josemaría fue viva e instantánea: No te he pedido que hagas una Universidad, sino que te hagas santo haciendo una Universidad, y esto sigue siendo válido para todos los que aquí intervenimos de alguna manera”.

La escultura del beato Josemaría es obra de Francisco López Hernández. De 2,4 metros de altura y 400 kilos, ha sido elaborada mediante la técnica del fundido en bronce a cera perdida. La parte musical de la ceremonia de bendición corrió a cargo del Coro de la Universidad de Navarra, dirigido por Fernando Sesma.

Santidad en el mundo, el camino de los laicos

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Hacia el centenario del beato Escrivá: entrevista con el prelado del Opus Dei, Echevarría

07 de julio de 2001
Francesco Ognibene // Avvenire (Milán)

Clima de vigilia para el Opus Dei. Dentro de pocos meses, el 9 de enero de 2002, se celebrarán los cien años del nacimiento del fundador, el beato Josemaría Escrivá, pionero de la santificación de los laicos a través de la vida cotidiana -desde el trabajo hasta la familia, desde la cultura del tiempo libre hasta las relaciones de amistad- y a través asimismo de un espíritu vivido con naturalidad y fundamentado en la oración, la constante formación cristiana, la responsabilidad personal y el apostolado.

En esta antesala del centenario, el obispo Javier Echevarría, segundo sucesor de Escrivá al frente de la que desde 1982 es una Prelatura personal, ha concedido -en la sede central de Roma, en Via Bruno Buozzi, donde reposan los restos mortales de Escrivá- esta entrevista exclusiva a Avvenire, en la que habla de la naturaleza y las actividades del Opus Dei en Italia y en todo el mundo.

Monseñor Echevarría, ¿qué significa para el Opus Dei recordar al beato Escrivá?

Este centenario no supone una simple conmemoración, sino más bien una invitación a reflexionar sobre las enseñanzas del fundador del Opus Dei, y a descubrir modos nuevos de darles siempre más cuerpo en la existencia ordinaria. El beato Josemaría repetía con frecuencia: “es de Cristo de quien hemos de hablar y no de nosotros mismos”. El fundador del Opus Dei gastó todo su tiempo en anunciar a Jesucristo, recordando que se puede ser plenamente discípulo de Cristo en medio del mundo. El Centenario ha de ser un eco de esa verdad cristiana radical, que llena la vida de sentido y de alegría.

¿Qué quiere decir hoy para un laico cristiano ser santo de altar, como predicaba Escrivá? La imperfección es algo connatural a la condición humana….

Precisamente porque somos imperfectos hemos de buscar la santidad, es decir, la identificación con Jesucristo: nos lo ha pedido Él, y Él no pide imposibles. Los pecados y las miserias personales son evidentes, pero no constituyen un peso insoportable ni una condena, sino una oportunidad de convertirnos a Dios. Cristo nos ha redimido y podemos, con su gracia y nuestra humildad, seguirle e imitarle: ser mejores. Los hijos de Dios, que tienen conciencia de lo que significa la realidad de la filiación divina, saben que la vida cristiana es un camino de liberación, una invitación a la felicidad, no un conjunto de ataduras o prescripciones sin espíritu. Y para los laicos, aspirar a la santidad significa, con palabras del Concilio Vaticano II, “buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales”.

¿Dónde se está desarrollando la Prelatura?

Gracias a Dios, la labor apostólica de la Prelatura del Opus Dei va creciendo. En países de mayoría católica (Honduras o Polonia, por citar algunos de comienzo más reciente), son muy numerosas las personas que acuden a las actividades de formación cristiana. En otras naciones, donde los bautizados son minoría (como en Tierra Santa, Singapur o Kazajstán), para muchas personas el encuentro con la Prelatura significa con frecuencia el primer contacto con la Iglesia a través del vínculo de amistad con un colega católico.

¿Cuál es el “estilo” del Opus Dei?

El acento en la formación cristiana del individuo, no en la programación de actividades o en las estructuras. La fe implica un descubrimiento personal y una respuesta también personal a Dios que pregunta por nosotros. El Opus Dei crece siempre de uno en uno. Y el “cada uno”, en la medida en que se identifica con Cristo, ilumina con luz nueva a muchos otros.

El Opus Dei, dijo Escrivá, “es una gran catequesis”: si esto es así, ¿por qué se dice a veces que se trata más bien de una élite espiritual y social y que cultiva la discreción?

Invito a cualquier persona que se considere poco informada a preguntar, a llamar a un fiel o a un Centro de la Prelatura. Basta consultar la guía telefónica o el website de la Oficina de información del Opus Dei.

El fundador del Opus Dei solía decir que para comunicar hacen falta “buenas explicaderas” y “buenas entendederas”. Los fieles de la Prelatura podemos mejorar siempre la capacidad de hablar con claridad. Por otra parte, para entender el Opus Dei basta comprender la naturalidad de la vida cristiana ordinaria y la libertad; porque no llevar distintivos, ni publicar declaraciones conjuntas, ni organizar reuniones masivas, no equivale a ser secretos.

¿Qué significa eso, entonces?

Significa vivir como cristianos corrientes, que actúan igual que cualquier ciudadano personalmente responsable de sus propias decisiones en el ámbito espiritual, político, social, económico, cultural: la vocación cristiana en el Opus Dei supone una llamada de Dios, pero es también elección por parte del fiel católico que libremente decide emprenderla y que la sigue de hecho sin formar un grupo cerrado, sino abierto a toda la Iglesia.

En el contexto del Jubileo, ¿hay un “mea culpa” del Opus Dei?

Pienso que la contrición a la que nos ha impulsado la petición de perdón que el Papa hizo el 12 de marzo del 2000 consiste sobre todo en la humildad de reconocer cada uno las propias culpas presentes. Los miembros del Opus Dei, cada uno por su cuenta, siempre acaban la jornada con una petición de perdón al Señor, después del examen de conciencia. En el Opus Dei es fundamental que cada uno se convierta a diario y sepa pedir perdón con humildad a Dios y a aquellos a quienes ha podido herir u ofender. Aprender a pedir perdón todos los días es un buen propósito después del Jubileo.

¿Es cierto, como alguno afirma, que el Opus Dei, en países como Italia, da prioridad a los ambientes intelectuales y a las clases dirigentes?

El beato Josemaría, a la vez que fomentaba de modo concretísimo la preocupación por los más necesitados, siempre recordó que la labor entre intelectuales es tarea evangelizadora completamente necesaria: los intelectuales configuran la sociedad y la cultura. Si no conocen a Cristo, si no se les anuncia, las consecuencias para la sociedad son evidentes. Ese apostolado estará siempre vigente en el Opus Dei, bien entendido que las dos prioridades son complementarias, porque a la indigencia material se suma hoy en día una tremenda indigencia intelectual y cultural religiosa.

En Italia hay muchas escuelas promovidas por padres de familia relacionadas con el Opus Dei. ¿Cómo valora esta iniciativa?

Esas iniciativas representan una aventura. Responden al principio de que los padres son los primeros responsables de la educación de los hijos. Pero ciertamente, como todas las aventuras, encuentran muchas dificultades, entre otros motivos porque las leyes no facilitan ese protagonismo de las familias en la educación. Lo ha vuelto a recordar recientemente la Conferencia Episcopal italiana. En todo caso, pienso que vale la pena correr el riesgo de emprender ese reto apasionante de educar cristianamente a los hijos y a los amigos de los hijos: la más importante misión de los padres cristianos.

La Obra tiene fama de ser una institución conservadora. ¿Por qué?

El Opus Dei no tiene dogmas propios ni moral particular, ni hace “escuela” de pensamiento. Se atiene en todo a la doctrina de la Iglesia. Si eso significa ser conservador, juzgue usted mismo y sus lectores. En el fondo, se trata de un error de bulto: el de aplicar a la Iglesia categorías políticas que son inadecuadas en el terreno de la fe. Todo cristiano -si es consecuente- lleva en su corazón un amor grande a su historia; y a la vez, cultiva el deseo de influir positivamente en el mundo, de hacerlo más justo, más humano, liberándolo sin miedo de todos esos lastres que las ideologías han acumulado con los siglos; por ejemplo, desde el racismo hasta la despreocupación “global” por las causas de la pobreza. El beato Josemaría solía decir: “si los cristianos nos tomáramos en serio nuestra fe, se produciría la revolución más importante de la historia”. Es una revolución pendiente, y no precisamente una revolución conservadora.

Se asiste actualmente a un nuevo interés por la religiosidad. ¿Qué respuesta ofrece la Obra a esta reencontrada sed interior?

El Opus Dei ofrece un camino formativo basado en los Sacramentos -la Confesión, la Eucaristía-, la meditación de la Escritura y del Magisterio de la Iglesia, el estudio de la doctrina católica y de la moral profesional. La Prelatura proporciona los medios de formación cristiana siempre de manera compatible con la vida ordinaria: sin dejar el propio oficio o la propia profesión, al contrario, animando a descubrir la relación que existe entre contemplación y trabajo. Se puede mantener una profunda unión con Dios mientras se cocina un plato de pasta, se cuida a un enfermo o se juega un partido de fútbol, o también mientras se hace una labor de investigación científica. Porque la unión con Dios se produce en el fondo de un corazón libre: es cuestión de Amor.

Hablemos de la pertenencia a la Obra en el matrimonio o en el celibato: ¿nos podría explicar cuál es la diferencia respecto a la adhesión a un grupo o una asociación?

Prefiero explicar la Prelatura, más que señalar diferencias. La incorporación al Opus Dei es, originalmente, la respuesta personal y libre a una llamada divina, a Dios que llama. Quien se incorpora a la Prelatura se compromete a dos cosas: a buscar la identificación con Jesucristo según el espíritu del Opus Dei, un espíritu que no saca a nadie de su sitio ni de la posición que ocupa; y a permanecer bajo la jurisdicción del prelado en aquellos aspectos de la vida de unión con Cristo y el apostolado que afectan a la misión apostólica de la Prelatura. No existe diferencia entre un fiel de la Prelatura y otro que no tenga la vocación al Opus Dei.

¿Qué proyectos hay en Italia?

Nos gustaría que cualquier italiano interesado en el Opus Dei tuviera la posibilidad de acudir a un Centro de la Prelatura cercano. Actualmente hay Centros en unas veinticinco ciudades. Queda mucho por hacer.

¿Qué espera de los fieles del Opus Dei de Italia?

Que sigan procurando dar testimonio cristiano en su profesión, contribuyendo a resolver los problemas y necesidades de su propio entorno. Este país ha dado muchos santos a la Iglesia. Como italiano (lo soy de corazón, después de cincuenta y un años en Roma), me gustaría que la tradición no se interrumpiera, sino todo lo contrario.

¿Cuándo será la canonización de Escrivá?

No lo sé. No tenemos prisa: llegará en el momento mejor, cuando Dios quiera. Ya se han abierto algunas causas de beatificación y canonización de fieles laicos del Opus Dei en Guatemala, Suiza y España. Y se está preparando la apertura de la causa de Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del fundador.

Usted ha vivido veinticinco años junto a Escrivá: ¿Tiene algún recuerdo de él particularmente unido a Italia?

El beato Josemaría se trasladó a Roma en 1946, y enseguida se adaptó a la vida y a las costumbres de este país, hacia el que sentía un profundo agradecimiento. Aquí murió y aquí reposan sus restos. Nos pedía que si fallecía fuera de Roma trajéramos su cuerpo a esta tierra, porque para él “romano” era sinónimo de “universal”.

Ordenación de 24 diáconos en Madrid

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En la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, Mons. Javier Echevarría, ordenó el pasado 6 de abril a veinticuatro diáconos de la Prelatura procedentes de trece países: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, España, Gran Bretaña, Honduras, Irlanda, Kenia, México, Nigeria, Portugal y Uruguay.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

En su homilía, el Prelado recordó la relación que guarda el templo de Nuestra Señora de los Ángeles con la fundación de la Obra. El 2 de octubre de 1928, el beato Josemaría Escrivá vio por primera vez el Opus Dei mientras realizaba unos días de retiro espiritual en la casa central de los PP. Paúles. “Conmovido, me arrodillé – explicaba el Fundador-. Estaba solo en mi cuarto (…) Di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles”. En muchas ocasiones afirmó que ese tañer de campanas, que llegaba como un regalo de la Virgen, “nunca ha dejado de sonar en mis oídos”.

El beato Josemaría Escrivá recordaba esos momentos en 1974 ante un grupo de personas en Latinoamérica: “¿Vosotros pensáis lo que es tener veintiséis años, la gracia de Dios, buen humor y nada más; y unas campanas que se oyen, y el querer de Dios, con todo aquello que era un imposible, sin ningún medio humano; y ponerse a soñar, y después verlo realizado en todo el mundo?”.

Durante la homilía, Mons. Echevarría agradeció a “la Reina de los Ángeles” toda “la movilización espiritual de cristianos corrientes nacida de la respuesta del beato Josemaría, que en toda la tierra busca la plenitud de la vida cristiana y trata de ejercitar el apostolado mediante las actividades familiares, sociales y profesionales que entretejen las jornadas de la gran mayoría de las personas”.

Habló también del “toque de campana” que ha dado Juan Pablo II en su última Carta Apostólica: “Jesucristo se sirve de su Vicario en la tierra cuando nos exhorta a recorrer con garbo las sendas de nuestra vocación cristiana”. Con la Novo millennio ineunte, “el Santo Padre ha querido despertar a los tibios, animar a los pusilánimes, impulsar a todos”.

Citando al Papa, dijo que “los caminos por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias caminan son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida”.

Hasta su ordenación presbiteral, estos diáconos asistirán al clero de la prelatura y trabajarán en la labor que el Opus Dei desarrolla en los diferentes países. Entre la variada procedencia geográfica de los nuevos ordenados, se encuentran algunos que proceden del continente africano: Thomas Joseph Mboya Ayugi, keniano; y Innocent Okwudili Uwakwe, nigeriano. Llegan al sacerdocio, con 32 y 34 años, respectivamente.

Todos los diáconos han realizado alguna carrera universitaria civil y han ejercido su profesión antes de iniciar sus estudios teológicos. Entre ellos hay ocho ingenieros, tres periodistas, cuatro abogados, dos filólogos, dos historiadores, etc.

“Trabajar con Cristo y como Él”

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Para comprender mejor la espiritualidad del Opus Dei, la publicación francesa Famille Chrétienne entrevista al Prelado, Monseñor Javier Echevarría.

-Su experiencia como obispo de una Prelatura personal es muy diferentes a la de los obispos que encabezan una diócesis. ¿Cuáles son sus particularidades?

Opus Dei -

“Los obispos compartimos la responsabilidad sobre toda la Iglesia”

En los cuatro sínodos de obispos en los que he participado como padre sinodal, he sentido la solidaridad de mis hermanos en el episcopado. Como miembros del colegio episcopal, compartimos, unidos al Papa, la responsabilidad sobre toda la Iglesia. Se aprende mucho de los demás.

Desde luego, la extensión geográfica de la prelatura del Opus Dei, desde China a Estonia, del Líbano a la India, de México a Uganda, nos sirve para palpar diariamente las realidades más variadas. (…)

También, estamos en contacto permanente con los problemas de los hombres, desde los más banales a los más graves: el hambre (hay fieles de la Obra que no pueden hacer más que una comida al día, como por ejemplo en los Andes peruanos o en alguna isla de Filipinas); la guerra o la inseguridad en Tierra Santa, Colombia, Congo o Sudáfrica y en tantos otros países; o los desafíos intelectuales más serios, como por ejemplo los que se refieren a la bioética.

Pero los medios son siempre los mismos: la Cruz y el Evangelio. Y la misión que la Prelatura ha recibido de la Iglesia atañe a todos los hombres: recordar a cada uno que Dios le ama y espera ser correspondido en la vida ordinaria. En otras palabras, la llamada universal a la santidad allí donde nos encontremos.

El Opus Dei participa pues en la misión de la Iglesia y comparte con ella y en ella “la alegría y la esperanza, la tristeza y el sufrimiento de los hombres” (Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, n° l).

Uno de los retos a los que se enfrentan los fieles de la prelatura es el desconocimiento que se tiene de Jesucristo en grandes áreas del mundo y en amplias capas de la población, desde Suecia a Kazajstán, de Singapur a Finlandia.

Asimismo, nos enfrentamos a la anorexia espiritual de la Vieja Europa; a su “cultura de la muerte”; y a la búsqueda de la igualdad educativa formulada “a la baja”, que son causa de una emotividad exacerbada que revela una falta de referencias y ausencia de coraje, en especial a la hora de combatir los propios defectos, los propios pecados.

Este panorama quedaría incompleto si no mencionáramos el actual deseo del Absoluto entre la juventud, el crecimiento de una conciencia ecológica bien enfocada, y una mayor apertura a la existencia de Dios. Esta palabra, pese a que aún quema en los labios de muchos políticos occidentales, sigue interpelando a mucha gente. Un gran número de jóvenes está descubriendo la novedad de Cristo.

Querría añadir que, gracias a Dios, esta sed de renovación, este deseo de ampliar las fronteras, no pertenece sólo a los jóvenes. Hay, en todos los niveles de las sociedad, hombres y mujeres humanamente maduros, quizá adultos, que mantienen un corazón joven, dispuesto a recibir y a darse.

-La prelatura personal es un hecho único creado a la medida, que permite al Opus Dei estar presente en cualquier diócesis preservando su independencia y su propia autoridad, algo que puede ser fuente de incomprensión y tensiones.

Opus Dei -

“Los medios son siempre los mismos: la Cruz y el Evangelio”

Las prelaturas personales aparecieron en el Concilio Vaticano II como una respuesta a las necesidades pastorales de la Iglesia actual.

La prelatura del Opus Dei es una institución que, desde el punto de vista teológico y canónico, resulta similar a una diócesis, como es el caso de los ordinarios militares. Pero no se distingue por su independencia, sino más bien por la colaboración ofrecida a las diócesis.

De este modo, la prelatura del Opus Dei constituye un servicio que la Iglesia Universal ofrece a las Iglesias particulares. En ningún caso suplanta a estas Iglesias ni a la pastoral diocesana.

De hecho, el Opus Dei, que no posee ninguna liturgia particular, no interfiere para nada con la autoridad local. Sus fieles van a las parroquias, como todo el mundo, para participar en la Eucaristía, el domingo y entre semana. Estos fieles celebran sus bodas, bautizos, comuniones, confirmaciones o funerales en estas parroquias, que dependen de los obispos del lugar.

A menudo, sacerdotes del Opus Dei ayudan a las Iglesias particulares en la atención de de una capellanía universitaria, de una parroquia o del clero diocesano: dependen entonces, para estas misiones, del obispo de la diócesis. (…)

¿Hay algún aspecto de la prelatura del Opus Dei que le parezca más difícil de entender al gran público, creyente o no?

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“Si cada uno se esfuerza por hacer las cosas bien es posible encontrarse con Cristo”

El Opus Dei, al ser una obra de Dios —ese es, precisamente, su significado en latín—, resulta incomprensible para quien no tiene fe o para quien es incapaz de comprender al prójimo sin abandonar sus propios esquemas mentales, a menudo exclusivamente políticos o sociológicos.

Aunque es verdad que la Prelatura pone especial hincapié en la formación de intelectuales —a quienes no hay que identificar con los ricos ni con los poderosos de la tierra—, en realidad se dirige a todos aquellos que llevan una vida normal y corriente e medio del mundo.

Esto puede molestar a quienes ocultan ante los demás su condición de cristianos, a quienes guían su vida según una ideología atea y desean eliminar a los católicos de la vida pública, de los debates de la sociedad, de los centros de enseñanza y, en general, del mundo del trabajo.

Los cristianos coherentes son la piedra en el zapato de quienes tratan de apagar la fe; o, por usar una metáfora evangélica, son la sal de la Tierra. La verdadera amenaza no son las incomprensiones “del exterior”, sino la desvirtualización de la sal se vuelva sosa, el indiferentismo, en una palabra, la renuncia práctica a una fe que es, además, un camino de vida.

La prelatura del Opus Dei ha organizado un congreso con ocasión del centenario del nacimiento de su fundador, el beato Josemaría Escrivá.

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“Es de Cristo de quién debemos hablar”

Ha sido uno de los muchos actos que se han convocado durante este año (…). Es una gran fiesta. No la fiesta por un sacerdote santo, sino, me atrevería a decir, una fiesta por Jesucristo. El beato Josemaría Escrivá decía: “Es de Cristo de quien debemos hablar, no de nosotros”.

Todo hombre, toda mujer, sean quienes sean, están llamados a la santidad, es decir, a identificarse con Jesucristo. Josemaría Escrivá anotó en 1930 en sus apuntes íntimos: “¡Santos! Permaneciendo en el mundo, en nuestros quehaceres ordinarios, en nuestros deberes de estado, ahí y gracias a todo eso”.

Hay un refrán francés que dice mucho de la sabiduría popular de antaño: “Si cada cual se ocupa de lo suyo, las vacas estarán bien guardadas”. Si cada uno se esfuerza, en su trabajo, en su vida normal, por hacer las cosas bien, sin dejarse llevar por la intranquilidad y sin encerrarse en un cómodo egoísmo, es posible encontrarse con Cristo para trabajar con Él y como Él. (…)

Actos conmemorativos en la ciudad natal del beato Josemaría

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El salón de plenos del ayuntamiento de Barbastro (España), ciudad natal del beato Josemaría, acogió un acto conmemorativo en honor del fundador del Opus Dei. Asistieron Antonio Cosculluela, alcalde de la ciudad, y mons. Javier Echevarría, que recordó el amor del futuro santo por la tierra que le vio crecer.

02 de septiembre de 2002

Opus Dei - Al final del acto una agrupación folklórica bailo danzas regionales.

Al final del acto una agrupación folklórica bailo danzas regionales.

El evento tuvo lugar el 31 de agosto en el mismo salón en que el beato Josemaría, poco antes de su fallecimiento, recibió la Medalla de Oro de la ciudad. “Recuerdo perfectamente el 25 de mayo de 1975 cuando estuve con el beato Josemaría en este mismo salón porque aquel acto se transformó en un homenaje a Dios y en un servicio a las almas”, dijo mons. Echevarría, “los que participamos en aquella ceremonia fuimos testigos de su conmoción, tan lógica y humana, y de la emoción provocada por vuestro sincero afecto”. El prelado del Opus Dei afirmó también que “Josemaría Escrivá vivió profundamente unido a su tierra de origen, volvía su memoria con frecuencia a las raíces y a los ambientes en los que creció y en los que maduró su personalidad”.

El alcalde de la ciudad, Antonio Cosculluela, reconoció que “a través de la figura de Escrivá, el nombre de Barbastro es conocido por todo el mundo y tenemos el convencimiento de que el número de personas que se acercan a conocer las calles, plazas, iglesias y monumentos que fueron el marco de su niñez y primera adolescencia, se incrementará con el tiempo”.

Los asistentes al acto participaron después en la inauguración de una Exposición sobre la figura y el mensaje del beato Josemaría, instalada en la Universidad Nacional de Estudios a Distancia (UNED) de Barbastro.

Finalmente, en la Plaza de la Constitución, ante la puerta del Ayuntamiento, la Agrupación Folklórica “Ciudad de Barbastro” cantó dos jotas alusivas al fundador del Opus Dei y bailó danzas regionales ante las autoridades e invitados.

Un desafío para el siglo XXI

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Homilía de Mons. Javier Echevarría en la misa de acción de gracias por la canonización de Josemaría Escrivá. “Si el siglo XX —dijo— ha sido testigo del redescubrimiento de la llamada universal a la santidad, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza”.

Roma, Plaza de San Pedro, 7 de octubre de 2002

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Laudate Dominum omnes gentes (Sal 116 [117] 1), alabad al Señor todas las gentes. La invitación del Salmo responsorial, que ha resonado hace unos momentos, constituye un buen resumen de los sentimientos que se desbordan hoy de nuestro corazón: Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria. Queremos adorar al Dios tres veces Santo y darle gracias por el don con que ha enriquecido a la Iglesia y al mundo: la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, realizada ayer por nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II.

Nuestra gratitud se dirige también al Santo Padre, que ha dado cumplimiento a este designio de la Trinidad: mientras nos disponemos a elevar nuestra plegaria al Cielo, confiamos al Señor su Augusta Persona y sus intenciones. Sabemos que esta súplica agradará mucho a san Josemaría, que amó con toda su alma al Vicario de Cristo en la tierra, hasta el punto de no separar nunca ese amor al Papa del que profesaba a Jesucristo y a su Madre bendita. En efecto, desde el mismo instante en que el Señor irrumpió en su alma con los primeros barruntos del Opus Dei, que entonces aún no conocía, comenzó a rezar y a trabajar para hacer realidad el clamor que brotaba de su corazón: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, todos, con Pedro, a Jesús por María.

Todos los participantes en esta Santa Misa, y las innumerables personas unidas espiritualmente a nosotros en el mundo entero, nos reconocemos gustosamente deudores del nuevo santo que Dios ha concedido a la Iglesia. Muchos de nosotros hemos obtenido por su intercesión gracias y favores de todo tipo. No pocos nos esforzamos por seguir sus pasos de fidelidad al Señor en la tierra, tratando de reproducir en nuestras almas el espíritu que él encarnó. A todos, san Josemaría nos ha mostrado —con su ejemplo y con sus enseñanzas— un modo bien concreto de recorrer la senda de la vocación cristiana, que tiene como meta la santidad. Por esto, la canonización del fundador del Opus Dei asume los rasgos característicos de una fiesta: la fiesta de esta gran familia de Dios, que es la Iglesia. Por todo esto queremos dar gracias al Señor en esta celebración eucarística.

No han transcurrido cuarenta años desde que el Concilio Vaticano II proclamó la llamada universal a la santidad y al apostolado pero queda aún mucho camino por recorrer, hasta que esa verdad llegue efectivamente a iluminar y a guiar los pasos de los hombres y las mujeres de la tierra. Lo ha recordado explícitamente el Romano Pontífice, en su Carta apostólica Novo Millennio ineunte, al proponer esa doctrina como «fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio» (NMI 31).

Opus Dei -

Todos en la Iglesia, cada Pastor y cada fiel, estamos llamados a comprometernos personalmente en la búsqueda diaria de la santidad personal y a participar —también personalmente— en el cumplimiento de la misión que Cristo nos ha confiado. Si el siglo XX ha sido testigo del “redescubrimiento” de esa llamada universal —que estaba contenida en el Evangelio desde el principio, y de la que san Josemaría Escrivá fue constituido heraldo por la personal vocación divina recibida—, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza. He aquí uno de los grandes desafíos que el Espíritu lanza a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

San Josemaría Escrivá procuró despertar esta urgencia de santidad en todos los hombres. El hecho de que su canonización haya tenido lugar en los albores del nuevo siglo, resulta particularmente significativo. Su mensaje resuena con especial fuerza en los momentos actuales: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator su (Lc 5, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» (Carta 24-III-1930, n. 2).

En todo instante —como aconsejaba el nuevo Santo ya desde los años 30— hay que buscar al Señor, encontrarle y amarle. Sólo si nos esforzamos día tras día en recorrer estas tres etapas, llegaremos a la plena identificación con Cristo: a ser alter Christus, ipse Christus. «Quizá comprendéis —os repito con sus palabras— que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre (…). Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Flp 3, 20)» (Amigos de Dios, n. 300).

A Jesús le encontramos en la oración, en la Eucaristía y en los demás sacramentos de la Iglesia; pero también en el cumplimiento fiel y amoroso de los deberes familiares, profesionales y sociales propios de cada uno. Se trata en verdad de un objetivo arduo, que sólo al final del peregrinar terreno podremos alcanzar plenamente. «Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana». Así exhortaba San Josemaría en una de sus homilías; y añadía: «Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente (…), has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas» (Ibid., n. 7).

Santificar el trabajo. Santificarse con el trabajo. Santificar a los demás con el trabajo. En esta frase gráfica resumía el Fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos. El empeño por alcanzar la santidad se halla inseparablemente unido a la santificación de la propia tarea profesional —realizada con perfección humana y rectitud de intención, con espíritu de servicio— y a la santificación de los demás. No es posible desentenderse de los hermanos, de sus necesidades materiales y espirituales, si se quiere caminar en pos del Señor. «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera» (Es Cristo que pasa, n. 120).

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La Providencia divina ha dispuesto que la trayectoria terrena de san Josemaría Escrivá tuviese lugar en el siglo XX, tiempo que ha presenciado enormes desarrollos de la ciencia y de la técnica, que no siempre, por desgracia, han estado al servicio del hombre. En efecto, es preciso reconocer que, junto a logros admirables del espíritu humano, en este tiempo nuestro abundan los torrentes de aguas amargas, que tratan inútilmente de apagar la sed de felicidad de los corazones. Pero también es cierto —como escribió mons. Álvaro del Portillo— que, con el mensaje espiritual del nuevo Santo, «todas las profesiones, todos los ambientes, todas las situaciones sociales honradas (…) han quedado removidas por los Ángeles de Dios, como las aguas de aquella piscina probática recordada en el Evangelio (cfr. Jn 5, 2 y ss), y han adquirido fuerza medicinal» (Carta pastoral, 30-IX-1975, n. 20).

Al recordar al primer sucesor de nuestro Padre, a don Álvaro del Portillo, sentimos muy cerca su presencia espiritual en estos momentos. Con él podemos afirmar, llenos de agradecimiento a Dios, que gracias a la doctrina y al espíritu del fundador del Opus Dei, «hasta de las piedras más áridas e insospechadas han brotado torrentes medicinales. El trabajo humano bien terminado se ha hecho colirio, para descubrir a Dios en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas. Y ha ocurrido precisamente en nuestro tiempo, cuando el materialismo se empeña en convertir el trabajo en un barro que ciega a los hombres, y les impide mirar a Dios» (Ibid.).

Saludo a quienes habéis acudido a Roma desde países de lengua inglesa, para asistir a la canonización de San Josemaría Escrivá. Al regresar a vuestros hogares, llevad con vosotros y tratad de poner en práctica las enseñanzas del nuevo Santo. Pedid a San Josemaría que os enseñe a convertir la prosa diaria —las situaciones más comunes— en versos de poema heroico: en afanes y realidades de santidad y de apostolado.

A los que procedéis de países de lengua francesa, os recuerdo la importancia de colaborar en la misión apostólica de la Iglesia, que es deber de todo cristiano, procurando fecundar con el espíritu del Evangelio las artes y las letras, las ciencias y la técnica. Pedid la intercesión de San Josemaría, para llevar a la práctica aquella aspiración que Dios mismo grabó en su alma: poner a Cristo —con nuestro trabajo, sea el que sea— en la cumbre de todas las actividades humanas.

Hoy la Iglesia venera a la Virgen Santísima con la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Me da alegría pensar que la canonización de nuestro Fundador ha tenido lugar en la víspera de una fiesta de Santa María; esta coincidencia es como un signo más de su cariñosa asistencia de Madre. A su mediación materna acudimos, llenos de confianza, al tiempo que renovamos nuestro agradecimiento al Señor por esta canonización. Deo omnis gloria!, repito una vez más, mientras pedimos que se difunda entre los cristianos, cada día con más fuerza, el deseo de santidad personal y de apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Así sea.


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