Mensaje del Papa para la Cuaresma 2008

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El Santo Padre invita a redescubrir en este tiempo “el valor de ser cristianos” y reflexiona sobre la limosna.

Opus Dei -

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13).

La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).

2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).

En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

“La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos”.

3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.

Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que “Dios ve en el secreto” y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.

Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a “entrenarnos” espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la “batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2007

BENEDICTUS PP. XVI

TEMA 22. La penitencia

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Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia ofreciéndonos una nueva posibilidad de convertirnos y de recuperar, después del Bautismo, la gracia de la justificación.

1. La lucha contra el pecado después del Bautismo

1.1. Necesidad de la conversión

A pesar de que el Bautismo borra todo pecado, nos hace hijos de Dios y dispone a la persona para recibir el regalo divino de la gloria del Cielo, sin embargo en esta vida quedamos aún expuestos a caer en el pecado; nadie está eximido de tener que luchar contra él, y las caídas son frecuentes. Jesús nos ha enseñado a rezar en el Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», y esto no de vez en cuando, sino todos los días, muy a menudo. El apóstol S. Juan dice también: «Si decimos: ‘no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). Y a los cristianos de primera hora en Corinto, san Pablo exhortaba: «En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios» (2 Co 5, 20).

Así pues, la llamada de Jesús a la conversión: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15), no se dirige sólo a los que aún no le conocen, sino a todos los fieles cristianos que también deben convertirse y avivar su fe. «Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia» (Catecismo, 1428).

1.2. La penitencia interior

La conversión comienza en nuestro interior: la que se limita a apariencias externas no es verdadera conversión. Uno no se puede oponer al pecado, en cuanto ofensa a Dios, sino con un acto verdaderamente bueno, acto de virtud, con el que se arrepiente de aquello con lo que ha contrariado la voluntad de Dios y busca activamente eliminar ese desarreglo con todas sus consecuencias. En eso consiste la virtud de la penitencia.

«La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia» (Catecismo, 1431).

La penitencia no es una obra exclusivamente humana, un reajuste interior fruto de un fuerte dominio de sí mismo, que pone en juego todos los resortes del conocimiento propio y una serie de decisiones enérgicas. «La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo» (Catecismo, 1432).

1.3. Diversas formas de penitencia en la vida cristiana

La conversión nace del corazón, pero no se queda encerrada en el interior del hombre, sino que fructifica en obras externas, poniendo en juego a la persona entera, cuerpo y alma. Entre ellas destacan, en primer lugar, las que están incluidas en la celebración de la Eucaristía y las del sacramento de la Penitencia, que Jesucristo instituyó para que saliéramos victoriosos en la lucha contra el pecado.

Además, el cristiano tiene otras muchas formas de poner en práctica su deseo de conversión. «La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cfr. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás» (Catecismo, 1434). A esas tres formas se reconducen, de un modo u otro, todas las obras que nos permiten rectificar el desorden del pecado.

Con el ayuno se entiende no sólo la renuncia moderada al gusto en los alimentos, sino también todo lo que supone exigir al cuerpo y no darle gusto con el fin de dedicarnos a lo que Dios nos pide para el bien de los demás y el propio. Como oración podemos entender toda aplicación de nuestras facultades espirituales –inteligencia, voluntad, memoria– a unirnos a Dios Padre nuestro en conversación familiar e íntima. Con relación a los demás, la limosna no es sólo dar dinero u otros bienes materiales a los necesitados, sino también otros tipos de donación: compartir el propio tiempo, cuidar a los enfermos, perdonar a los que nos han ofendido, corregir al que lo necesita para rectificar, dar consuelo a quien sufre, y otras muchas manifestaciones de entrega a los demás.

La Iglesia nos impulsa a las obras de penitencia especialmente en algunos momentos, que nos sirven además para ser más solidarios con los hermanos en la fe. «Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia» (Catecismo, 1438).

2. El sacramento de la Penitencia y Reconciliación

2.1. Cristo instituyó este sacramento

«Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» (Catecismo, 1446).

Jesús, durante su vida pública, no sólo exhortó a los hombres a penitencia, sino que acogiendo a los pecadores los reconciliaba con el Padre. «Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23)» (Catecismo, 976). Es un poder que se transmite a los obispos, sucesores de los apóstoles como pastores de la Iglesia, y a los presbíteros, que son también sacerdotes del Nuevo Testamento, colaboradores de los obispos, en virtud del sacramento del Orden. «Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico» (Catecismo, 1442).

2.2. Nombres de este sacramento

Recibe diversos nombres según se ponga de relieve un aspecto u otro. «Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador» (Catecismo, 1423); «de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia» (Catecismo, 1424); «de la confesión porque […] la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento» (ibidem); «del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente el perdón y la paz» (ibidem); «de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión» (Catecismo, 1423).

2.3. Sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia

«Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones» (Lumen gentium, 11).

«Porque el pecado es una ofensa hecha o Dios, que rompe nuestra amistad con él, la penitencia “tiene como término el amor y el abandono en el Señor”. El pecador, por tanto, movido por la gracia del Dios misericordioso, se pone en camino de conversión, retorna al Padre, que: «nos amó primero», y a Cristo, que se entregó por nosotros, y al Espíritu Santo, que ha sido derramado copiosamente en nosotros» .

«“Por arcanos y misteriosos designios de Dios, los hombres están vinculados entre sí por lazos sobrenaturales, de suerte que el pecado de uno daña a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a los otros”, por ello la penitencia lleva consigo siempre una reconciliación a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a quienes el propio pecado perjudica».

2.4. La estructura fundamental de la Penitencia

«Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Cristo y establece el modo de la satisfacción» (Compendio, 302).

3. Los actos del penitente

Son «los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción» (Catecismo, 1448).

3.1. La contrición

«Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”» (Catecismo, 1451).

«Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta”(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental» (Catecismo, 1452).

«La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia» (Catecismo, 1453).

«Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas» (Catecismo, 1454).

3.2. La confesión de los pecados

«La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia: “En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo (cfr. Ex 20,17; Mt 5,28), pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos”» (Catecismo, 1456).

«La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión». La confesión de las culpas nace del verdadero conocimiento de sí mismo ante Dios, fruto del examen de conciencia, y de la contrición de los propios pecados. Es mucho más que un desahogo humano: «La confesión sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino».

Al confesar los pecados el cristiano penitente se somete al juicio de Jesucristo, que lo ejercita por medio del sacerdote, el cual prescribe al penitente las obras de penitencia y lo absuelve de los pecados. El penitente combate el pecado con las armas de la humildad y la obediencia.

3.3. La satisfacción

«La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también penitencia» (Catecismo, 1459).

El confesor, antes de dar la absolución, impone la penitencia, que el penitente debe aceptar y cumplir luego. Esa penitencia le sirve como satisfacción por los pecados y su valor proviene sobre todo del sacramento: el penitente ha obedecido a Cristo cumpliendo lo que Él ha establecido sobre este sacramento, y Cristo ofrece al Padre esa satisfacción de un miembro suyo.

Antonio Miralles

Carta del Prelado (marzo 2008)

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El avance de la Cuaresma centra la carta de este mes. Cercana ya la Semana Santa, el Prelado invita a amar a Dios y a los demás con mayor empeño, como el que ponen los atletas cuando ven cercana la meta.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Opus Dei -

Hace dos semanas, he tenido la alegría de estar cuarenta y ocho horas en Holanda. Como siempre en estos viajes breves —igual que en otros más largos—, doy muchas gracias al Señor, pues se palpa la unidad de la Obra: ese ser cor unum et anima una[i], y todos diferentes. San Josemaría, que pidió esta diversidad desde los comienzos, rompía en acción de gracias al ver cómo se iba realizando, y también al comprobar que esta variedad daba paso a una unidad más fuerte, más alegre.

Nos hallamos cerca de la Semana Santa y de la Pascua. Ha transcurrido ya la mitad de la Cuaresma y urge que aceleremos el paso. En las carreras deportivas, los atletas redoblan el esfuerzo cuando se aproximan a la meta. Si hasta entonces habían reservado las fuerzas, ahora las gastan generosamente, con la esperanza de conseguir una buena marca o incluso de ganar la competición. A veces me viene a la cabeza que el tiempo va más rápido que nuestros afanes de santidad, de conversión, y no debería ser así, porque hemos de caminar al paso de Dios.

Comportémonos del mismo modo que los deportistas. ¿Qué son estas semanas sino un entrenamiento para arribar bien purificados al Triduo Pascual, que nos ofrece de nuevo la posibilidad de participar más íntimamente aún en la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte? Esta conocida metáfora deportiva, de connotación paulina[ii], la han desarrollado ampliamente los Padres de la Iglesia. Fijaos cómo se expresa, por ejemplo, San León Magno. Exhortando a los cristianos a redoblar los esfuerzos «para conseguir la palma en la carrera del estadio espiritual»[iii], expone una razón para que nos esforcemos más en estas semanas: «Ninguno de nosotros es tan perfecto y tan santo que no pueda ser aún más perfecto y más santo. Por eso, todos juntos, sin diferencia de dignidad y sin distinción de méritos, corramos con piadosa avidez desde donde estamos hasta donde aún no hemos llegado»[iv].

El mes pasado os sugería que cuidarais especialmente el espíritu de mortificación y de penitencia. Hoy quisiera detenerme en la práctica de las obras de misericordia, materiales y espirituales, que la Cuaresma también pone muy en primer plano. En su Mensaje cuaresmal de este año, el Papa se ha centrado en la limosna, advirtiendo que este acto de caridad, además de ayudar a los indigentes, es también un ejercicio ascético para mantener el alma desasida de los bienes materiales[v].

Al acudir en socorro de los necesitados, cumpliendo las condiciones señaladas por Jesucristo en el Evangelio[vi], nos identificamos más y más con el Señor, que vino a la tierra para librar a los hombres de sus miserias, sobre todo del pecado; al mismo tiempo, prestamos un servicio a Jesús, que ha decidido identificarse con sus hermanos más pequeños: tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme[vii].

A la luz de estas palabras del Señor, percibimos que las obras de caridad, y concretamente la limosna, trascienden la dimensión puramente material y se muestran, sobre todo, como una manifestación de la caridad con la que Dios mismo nos ama: cada vez que, por amor de Dios, compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado, experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría[viii].

Vivamos, pues, cada uno en la medida de sus posibilidades, la práctica de esta obra de caridad de tanta raigambre evangélica, a la que el Señor mismo ha unido especiales frutos espirituales para el que la ejercita, puesla caridad cubre la multitud de los pecados [ix]; y todos estamos muy necesitados del perdón de Dios.

Como es lógico, y así lo ha entendido siempre la Iglesia, la caridad con el prójimo no puede limitarse al ámbito puramente material. En realidad hay muchos pobres, no de medios económicos, sino de afecto, de amor; se mueven en una triste soledad o rodeados por el frío de la indiferencia. En esta óptica se entiende bien lo que San Josemaría enseñó constantemente: Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”[x]. Esta máxima espiritual tiene numerosas aplicaciones en la existencia corriente y será siempre de gran actualidad.

Aunque, con el progreso social, se llegaran a satisfacer todas las deficiencias físicas más perentorias de las personas —alimentación, vestido, vivienda, atención sanitaria, etc.—, nunca podrán resolverse las carencias interiores —afecto, comprensión, disculpa, acogida— que experimentan tantas gentes. Mientras que lo primero admite una programación por parte del Estado, lo segundo atañe a la esfera íntima de cada uno, en la que la relación personal resulta insustituible. Aquí tenemos los cristianos un gran campo para hacer llegar a los demás el consuelo de la caridad de Cristo.

El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa, escribió el Papa en su primera encíclica. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido —cualquier ser humano— necesita: una entrañable atención personal[xi].

Lo descubrimos al leer atentamente el Evangelio. Ciertamente, Jesús se preocupa de las multitudes que no tienen que comer, de los enfermos que le presentan para que los sane, de las turbas deseosas de recibir la doctrina salvadora[xii]… Pero se ocupa igualmente de las personas singulares: atiende al leproso que se arroja a sus pies pidiendo la salud; charla a solas con Nicodemo, que busca la verdad; se entretiene largo rato con la mujer samaritana junto al pozo de Sicar, para convertirla; acoge a la pecadora arrepentida en casa del fariseo, derramando en su alma el perdón de Dios[xiii]…

De los primeros cristianos se decía, con admiración: ¡mirad cómo se aman![xiv]. Esa alabanza de nuestros primeros hermanos en la fe, debería resonar también ahora, en cualquier lugar donde se encuentre un discípulo del Maestro. Resulta de gran actualidad aquella advertencia de San Josemaría: si percibes que tú, ahora o en tantos detalles de la jornada, no mereces esa alabanza; que tu corazón no reacciona como debiera ante los requerimientos divinos, piensa también que te ha llegado el tiempo de rectificar. Atiende la invitación de San Pablo: hagamos el bien a todos y especialmente a aquellos que pertenecen, mediante la fe, a la misma familia que nosotros (Gal 6, 10), al Cuerpo Místico de Cristo[xv]. Por eso, continuaba nuestro Padre, el principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio?[xvi].

El próximo 15 de marzo celebraremos litúrgicamente la solemnidad de San José, anticipada este año porque el 19 es Miércoles Santo. La vida del Patriarca, completamente dedicada al cuidado de Jesús y de María, nos habla de un amor llevado hasta el olvido total de sí mismo. Al renovar el día 19 nuestra entrega a Dios, maravillados ante el ejemplo de este varón justo, meditemos a fondo que —como señala San Juan— la verdad del amor a Dios se manifiesta en la caridad concreta con el prójimo. En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad.

En su mensaje para la Cuaresma, el Papa recuerda la viuda que echa unas monedas en el tesoro del Templo. Esa mujer pobre recibe el elogio de Jesús por su generosidad: ha ofrecido todo lo que tenía. Considerando que ese hecho se sitúa históricamente en los días que preceden a la Pasión y Muerte del Señor, manifestación máxima del amor de Dios,Benedicto XVI propone una enseñanza concreta: podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos.

¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar en nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor[xviii].

Rezo para que la participación piadosa en los ritos litúrgicos del Triduo Santo nos impulse, de una parte, a renovar nuestro dolor por los pecados, que han sido el motivo de la entrega del Señor a la Pasión; y de otra, a fomentar nuestro amor y nuestro agradecimiento a Dios, esmerándonos más y más en los servicios materiales y espirituales a las personas que el Señor va poniendo a nuestro lado. ¿Cómo te has propuesto acompañar a Jesús en esas jornadas? ¿Qué interés alimentas para no perderte ni un gesto del Maestro, para velar su Cuerpo santo, cadáver, con la delicadeza de tu oración y de tu expiación, que son dos formas de amar?

Además de estas fiestas litúrgicas, en el mes de marzo tenemos otras conmemoraciones. El día 11 es el aniversario del nacimiento del queridísimo don Álvaro; y el 23, el de su tránsito a la casa del Cielo, hace ahora catorce años. Durante las jornadas anteriores caminó tras los pasos del Señor por Tierra Santa, dejándonos un ejemplo estupendo de piedad. Pidamos a Dios que nos conceda, a todas y a todos, una fidelidad al espíritu de la Obra tan grande como la que reluce en la vida de este fidelísimo Padre y Pastor del Opus Dei.

No puedo pasar por alto que el día 19 se cumplen veinticinco años de la ejecución de la Bula pontificia por la que se erigió el Opus Dei como prelatura personal. Basta echar una mirada al cuarto de siglo transcurrido para descubrir —¡y no los conocemos todos!— tantos motivos de acción de gracias a la Santísima Trinidad. Esmerémonos en cuidar la Obra, hijas e hijos míos, repitiendo frecuentemente aquella jaculatoria de San Josemaría, completada por su primer sucesor: Cor Mariæ dulcissimum, iter para et serva tutum! Y agradezcamos al Siervo de Dios Juan Pablo II el haber sido dócil instrumento en las manos del Señor. Esta intención la llevó San Josemaría a su Misa diaria, y como es lógico nos unimos a su piedad eucarística, aprovechando también el aniversario de su ordenación sacerdotal, el 28 de este mes.

Hoy he finalizado el curso de retiro espiritual. Os ruego que me apoyéis con vuestras oraciones, para que también yo me convierta a fondo de nuevo en esta Cuaresma y llegue a las fiestas pascuales bien purificado, bien encendido en el amor de Dios, de mis hijas e hijos, y de todas las almas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de marzo de 2008.

[1]

[i] Hch 4, 32 (Vg).

[ii] Cfr. 1 Cor 9, 24-27; Flp 3, 12-14.

[iii] San León Magno, Homilía 7 sobre la Cuaresma.

[iv] San León Magno, Homilía 2 sobre la Cuaresma.

[v] Cfr. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2008, 30-X-2007, n. 1.

[vi] Cfr. Mt 6, 2-4.

[vii] Mt 25, 35-36.

[viii] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2008, 30-X-2007, n. 4.

[ix] 1 Pe 4, 8.

[x] San Josemaría, Camino, n. 463.

[xi] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 28.

[xii] Cfr. Mt 14, 13-21; Mc 1, 32-24; Mc 6, 33-34.

[xiii] Cfr. Mt 8, 1-4; Jn 3, 1-21; Jn 4, 7-30; Lc 7, 36-50.

[xiv] Tertuliano, Apologético 39.

[xv] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 225.

[xvi] Ibid., n. 226.

[xvii] 1 Jn 3, 16-18.

[xviii] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2008, 30-X-2007, n. 5.


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